En el patio del colegio

en el patio del colegio 1Cuando niña no era precisamente lo que se llama una chica popular, digamos que no coleccionaba amigos en el cole. Tuve un par de ‘besties’, sí, de esas que van contigo a muerte, pero siempre por goteo. O sea, nunca se me dieron bien grupos, lo mío era el tú a tú, o como mucho el ‘petit comitè’. Ni mejor compañera, ni líder de nada ni leches, a mí no me elegían para esas cosas. Supongo que eso se debía en gran parte a que los demás me percibían como una rarita, amén de santurrona. Curiosamente, con el paso del tiempo mis compis me encontrarían de todo menos santurrona, aunque entre tanta pija “aro-perla” y monjita transfigurada nunca dejé de ser un perro verde con mis prematuros tatuajes y piercings y mis particulares opiniones sobre la vida.

Pero bueno, a lo que íbamos… mi triste infancia de Oliver Twist.

(Je!)

Decía que cuando niña era bastante marginada. Lo que me dolía, sí, pero no hasta el punto de querer cambiar mi forma de ser para agradar a los otros. Bueno, al menos así lo recuerdo, si bien ya sabemos que la memoria, además de traicionera, suele ser bastante autoindulgente… ¡sobre todo si nos vamos tan para atrás!

La cosa es que tengo la imagen de haberme pasado muchos recreos mirando jugar a los demás, esperando una invitación que no llegaba; soñando con tener una pelota para llevar al cole y así ganarme un sitio seguro en el grupo, porque el portador del juguete nunca era marginado. Y me recuerdo también en casa, jugando a saltar el elástico con la muda compañía de dos sillas que hacían las veces de las dos personas que tenían que sujetar el asunto con su cuerpo. Claro, no tenía la misma gracia, pero si cerraba los ojos me imaginaba que había más gente, y a veces hasta me emocionaba. Llegué a convertirme en toda una atleta del elástico, aunque tuve pocas oportunidades de exhibir mis habilidades en público.

No es que le tuviera miedo a mi propia compañía, y siempre estaban los libros para poner a girar al mundo de nuevo, además de una familia que me permitió desarrollar un más que sano sentido de pertenencia. Así que no iba por la vida sintiéndome una paria invisible. Pero aún así lo del cole me jodía, y mucho. Y por una razón muy simple: Me encantaba jugar.

Me encantaba y me sigue encantando, en sus distintas manifestaciones: Pasar una noche de Twister con los amigos, recordar viejos tiempos con el imperecedero “verdad o consecuencia” (o su primo hermano el “nunca nunca”), hacer el tonto frente a una cámara de fotos, ser perseguida por las calles de Barcelona por un guiri enajenado amenazando con arrojarme a una pileta (Thomas, ¿te suena familiar?), columpiarme, saltar, brincar, bailar a lo tonto, correr destartaladamente por el Parque del Retiro, girar en círculos y arrojarme sobre la hierba…

Y, cómo no, la exquisita, y casi infinita, variedad de juegos que se pueden inventar en el terreno sexual. O sea, en la cama. Aunque más bien fuera de ella… ¡Un poquito de creatividad, por favor!

De hecho, no recuerdo haber cuidado tan bien un juguete de niña (las muñecas no eran lo mío en todo caso) como lo hice con mi primer vibrador, un mamotreto feísimo y tieso, color carne para más horror, que me compré en mi primer viaje al extranjero, con 18 años recién cumplidos (imposible pensar en ir a un sex shop en mi Chilito prehistórico, en aquella época sólo pajeros espinilludos se animaban a traspasar las densas y polvorientas cortinas de terciopelo que separaban esos antros de vicio del resto de los mortales). Total, que para proteger semejante tesoro, que me arrojó a la fama entre mi círculo de amistades, algo más expandido por aquella época, le tejí una “camita” a crochet (true story!), con mis propias y amorosas manos. Ay, si mi santa abuelita hubiera imaginado en qué iban a terminar sus clases de manualidades…

en el patio del colegio 2Pero lo mejor de todo es que en este juego llamado sexo no se necesitan juguetes (¡aunque bienvenidos sean!), con unas cuantas buenas neuronas se puede hacer una fiesta. Y no sólo eso. Si quiero puedo jugar sola, no necesito sentarme a esperar mi ticket de entrada. Vale, a veces se cierran los ojos y se imagina que ahí está otro. U otros. Pero no es tanto por soledad como por la simple gracia de hacerlo. El banquete está ahí, está servido… si bien siempre se le puede poner un poquito más de pimienta.

Ahora lo veo claro, el sexo es mi patio del colegio. Un espacio en el que siempre soy bienvenida, en el que estoy invitada a jugar porque sin mí el juego no tendría gracia.

Probablemente por eso me parece mucho más cómodo ser adulto que niño. Hasta diría que tiene su encanto, pese a las responsabilidades, las cuentas, los jefes tocapelotas y todos esos rollos. Definitivamente no soy de las extravían la vista en la nebulosa de la infancia con la sensación de que todo tiempo pasado fue mejor. No. Cuando niña no podía ver la tele porque mis padres la escondían en un armario con llave, para que fuéramos niños juiciosos y cultos. Además, tenía que ingerir permanentemente alimentos que no eran de mi agrado, empezando por un brebaje espantoso (y además muy recurrente en la cocina de mi madre) conocido como “la sopa verde”. Y claro, de sexo ni hablar.

Que alguien me diga, por favor, cómo coño va a ser mejor eso…

Incesto en letras pequeñas

imagen incestoÉste es un post que, desde que empecé con esto, siempre pensé que llegaría la hora de escribir. Pero no es fácil. Y no lo digo porque me resulte difícil expresarme al respecto, sino por ese otro que somos para los demás, ya que estoy segura de que si el 100% de las personas que leyeran este blog me fueran desconocidas, no le hubiera dado ni el 10% de las vueltas que le di.

Lo primero que me pregunté al plantearme hablar sobre mi relación con el incesto -y lo que me he preguntado todas las veces posteriores- es qué utilidad podía tener hacer “pública” una experiencia tan personal, más allá del mero contenido narrativo del asunto. Porque no es algo que necesite compartir con el mundo, hace mucho que hice mis paces con el tema y me lo saqué de las entrañas, y de cualquier manera no quería que se convirtiera en simple papilla para alimentar el morbo con el que muchas veces se leen estas historias.

Pero entonces me di cuenta de que sí podía aportar algo con mi historia y que valía la pena animarme a contarla. O más bien a contar que es lo que saco de ella.

Yo he sido víctima de incesto. En más de una ocasión, si bien ese tipo de recuerdos son bastante difusos y no podría decir si fueron cinco o 30. Otros no lo son, como el sentimiento de culpa, el color de las paredes, la cara de Súper Ratón que me guiñaba un ojo desde un viejo póster mal colgado en una esquina de esa habitación horrible y un sinfín de sensaciones y detalles que no vienen al caso.

El tema es que eso no me ha impedido disfrutar de una sexualidad sana, o al menos sentirla de esa manera, y ello sin necesidad de pasar por las manos de un profesional o ser rescatada de mi pasado oscuro por un la versión masculina de Anastasia Steele (la de Cincuenta Sombras, para los afortunados incautos) en rollo galán redentor. Y es eso, en el fondo, lo que quiero contar. Que un incesto puede ser vivido de muchas maneras, y que el hoyo negro y la desviación (en el sentido más amplio de la palabra) no son las únicas puertas que pueden abrirse ante quien lo sufre. No digo que no sea difícil, aterrador e indescriptible, no me malentendáis. Digo que no necesariamente es una condena y que uno no tiene por qué convertirse en un perturbado por haber vivido experiencias tan perturbadoras. O sea, lo que menos quiero es minimizar el asunto. Está claro que hay personas que viven situaciones de las que resultaría prácticamente imposible salir sin ayuda, después de todo yo siempre dormí segura y protegida en mi propia cama y no hablo por nadie más que por mí. Pero aún así voy a atreverme a ir más allá, y a afirmar que quienes hemos sufrido abusos sexuales también tenemos todo el derecho de sacarnos el cartel con la carita triste de encima desde el preciso momento en que eso deje de ser una necesidad.

Ahora, lo de “sexualidad sana” como expresión no me termina de cerrar del todo. Sano es un adjetivo complicado en relación al sexo, primero porque no tengo conocimiento suficientes en la materia como para aventurar una definición acertada (la palabra me queda grande), y segundo porque no estoy segura de que exista tal cosa en todo caso. Mejor digamos que disfruto de una sexualidad placentera, aunque es probable que me haya metido primero con esa palabra chunga porque quería señalar que nunca he sentido que una parte de mí tenga alguna tara o esté enferma por lo vivido. Admito que puede haber aumentado la dificultad para llegar a ese punto de satisfacción del que os hablaba, porque mi camino no partía de cero sino que de menos no sé cuánto, pero en el intertanto nunca me he sentido como una víctima ni he deseado ser victimizada. Carezco de explicaciones o posturas morales al respecto, y estoy lejísimos de decir que sea lo que deba sentirse, simplemente es lo que siento yo.

Además, no tengo manera de saber cuáles de mis comportamientos pueden haberse visto afectados o ser consecuencia de una entrada tan temprana y retorcida en la sexualidad. ¿Habría tardado menos en tener mi primer orgasmo de no haber sido así? ¿Habría sido tal vez una perfecta esposa y madre de familia que tiene sexo vainilla una vez al mes y le alcanza? ¿Habría llegado al mismo punto de autoconocimiento en el que me encuentro con un camino menos escarpado? ¿Tendría la sexualidad la misma gravidez en mi vida?

Son preguntas de respuesta imposible, así que no vale la pena esforzarse con ellas. No sé si llegaría al punto de decir que “si pudiera cambiar mi pasado no movería ni una coma” -después de todo mi niña interna ha necesitado muchos abrazos para poder jugar despreocupada- pero sí sé que ni me tortura ni me pesa. Claro que no hay recetas, pero el ponerse de cabeza a buscar las que le funcionan a uno ya es ganar la mitad de la batalla (¡y no, en este caso no es cliché!). Es indispensable, eso sí, tener ganas de dar la pelea, porque como vía de protección resulta muy tentador ponerle un candado a la sexualidad y pasarle por el lado de puntillas mientras se gasta la vida. Ahora, no sé si realmente esa habría sido una opción para mí. Si me propusieran uno de esos ejercicios o juegos de asociación de palabras y me dijeran “sexo”, probablemente lo primero que se me vendría a la cabeza sería “exquisito”, o algo por el estilo. Me gusta pensar que ese entusiasmo es “marca de la casa”, y que al menos su germen ya lo llevaba dentro antes de empezar a llenar las páginas de mi libro sexual.

¡Abrazos para todos!

(PD: Se aceptan comentarios. No condolencias).

Culeitor

culo, gluteos– Ava, levanta más el culo!
¡Dios mío! Cuando lo escuché decir mi nombre (¡¡¡se sabía mi nombre!!!), aderezado además con un tono deliciosamente autoritario, pensé que me corría ahí mismo, en medio de la sala.

Culeitor era monitor en un gimnasio al que yo iba hace años. El nombre se lo pusimos con mi amigo el Chamo, en honor a su atributo más destacable: Un maravilloso, perfecto, redondeado, turgente y absolutísimamente tentador culo. Nunca supe qué pelis le gustaban, qué valores consideraba fundamentales en la vida o si tenía buena o mala leche. Daba igual. Me hubiera casado con él sin pensarlo. Y con su culo, claro.

Hace tiempo ya que me jacto de lo bien que me funciona el “mecanismo exitacional”. No tengo ningún problema, ni físico ni mental, que me impida calentar motores con facilidad, permitiendo que mi cuerpo y mi cabeza entren al trapo en medio microsegundo. Probablemente como en mi caso fue un logro conseguido, currado, lo valoro más, lo atesoro, me enorgullece casi. Pero la forma en que todo mi yo se revolucionaba cuando veía aparecer a ese hombre por los pasillos del ‘Holi-gay Gym’, el absoluto descontrol hormonal que me poseía… uf, no creo haberlos experimentado con ese nivel de intensidad con otra persona.

Culeitor no era el más guapo pero tenía cara de macho. Potente, cuadrada, rabiosamente viril. Manos grandes, torso y brazos musculosos sin pasarse, piernas torneadas… El tío era monitor de GAP (glúteos-abdomen-piernas), así que ya os podéis imaginar. Y podéis imaginarme también a mí, la más vaga entre las vagas -la que a los 10 minutos de precalentamiento ya estaba planeando la huida al sauna-, sudando la gota gorda en sesiones de una hora de abdominales satánicos, saltos y otras lindezas. Pero ahí estaba, cada vez que mi horario laboral me lo permitía, dispuesta a entregarme de brazos abiertos al sacrificio “gapiano”. Cualquier cosa con tal de poder contemplar esa maravilla esculpida -y en movimiento, mi madreeee!- unos minutos.

– Ava, levanta más el culo!

¡Dios mío! Cuando lo escuché decir mi nombre (¡¡¡se sabía mi nombre!!!), aderezado además con un tono deliciosamente autoritario, pensé que me corría ahí mismo, en medio de la sala.

La cosa es que cuando tenía a Culeitor cerca me volvía una adolescente. Temblorosa, torpe, irracional a full. Buscaba excusas para hablar con él (¿estoy haciendo bien este ejercicio? ¿Es hora de actualizar mi tabla?), y cuando conseguía cruzar un par de frases mi día se convertía por arte de magia en maravilloso, y me iba a mi curro de mierda con una sonrisa de oreja a oreja que me duraba toda la extenuante jornada. Pero me costaba un mundo acercarme y darle conversación. Y no porque fuera borde, de hecho transmitía buen rollito y no parecía nada sobrado. ¿Pero cómo te vas a animar a convertirte en una caricatura de ti misma, sudorosa y al borde del desmayo? ¿Cómo vas a echar mano de tus mejores armas si no eres capaz de articular palabra?

Y así me la pasé, entre el sufrimiento y el éxtasis durante meses y más meses, en los cuales me enteré de que era hetero y tenía novia. Algo que no cambiaba mucho las cosas, para mí fue como enterarme que Brad Pitt se iba a casar o algo así. O sea, a esas alturas era un rollo contemplativo y ya, y mientras él se siguiera asomando por los pasillos con el objeto de mi deseo coronándole las piernas, estaba todo bien, yo seguiría soñando en silencio con hundir mi cara entre esas nalgas apoteósicas y todos tan contentos. La novia iba al mismo gimnasio de hecho, y aunque yo nunca la vi mi amigo sí, y me contó que no era nada guapa, más bien gordita y algo canosa. De alguna manera me gustó más cuando supe que no necesitaba una top model al lado, y que su maravilloso culo al fin y al cabo estaba al alcance de cualquier mortal.

Así estaban las cosas, yo feliz con mis migajas visuales y el mundo girando como siempre, hasta que un día Culeitor se me acercó para darme conversación. Yo estaba en la elíptica y el tío se paró al lado, me saludó (nuevamente por mi nombre, Diossssss!!!! ¿Cómo puede tan poco movernos tanto?) y me empezó a hablar. Intrascendencias sobre todo, conversaciones “menores”, pero de esas que se dan cuando te apetece hablar con alguien. Y ahí estaba yo, intentando por todos los medios disimular mi condición de flan, alucinando con el tiempo que dedicaba a conversar conmigo mientras me esforzaba por articular respuestas coherentes con mi mejor voz de “aquí no pasa nada”. Cualquier cosa menos que se me notara el nerviosismo, o que me traicionaran las tiritonas piernas y saliera volando de la máquina en movimiento. No sé si conseguí engañarlo en el exterior (probablemente no!), sólo sé que mi estado interno se negó a mentirle a la elíptica, y que pese a mis heroicos esfuerzos ésta se detuvo abruptamente en medio de una sinfonía de pitidos nada discretos. Desconcertada con el sacudón y con los ruidos balbuceé algo así como “oh, parece que se ha estropeado la máquina”. El sólo sonrió, mirando la pantallita, y se alejó con un “hasta luego, guapa, que tengo clases”. Recién entonces fui capaz de mirar yo también la pantalla, y me encontré con su delator mensaje, escrito para más inri con letras mayúsculas, brillantes y parpadeantes:

“RITMO CARDÍACO EXCESIVAMENTE ELEVADO. DETENGA EL EJERCICIO”.