Sobre el spanking, o la fascinación por los azotes

spankingAlguna vez he escrito algo, hasta ahora muy por encima, sobre mi fascinación por el spanking y en particular -porque hablamos de un ‘universo’ mucho más amplio de lo que puede parecer a primera vista- por las sensaciones físicas y mentales que acompañan al rol del spankee. Pero vamos por partes…

Spanking es el término inglés para referirse a los azotes o nalgadas, es decir, golpes dados con la mano o cualquier otro elemento complementario (cinturones, zapatillas, látigos, paletas de ping-pong, varas, cepillos de pelo y un largo etcétera) en los glúteos de otra persona con fines eróticos. Siguiendo con la terminología, el spankee es el que recibe los azotes, el spanker el que los da y el término spanko se referiría indistintamente a uno u otro (la única definición que he encontrado de spanko, palabra que aparece con bastante frecuencia en textos sobre la materia, es “una persona con un fetiche por los azotes, por lo general, aunque no exclusivamente sexual”). Además, no es lo mismo hablar de azotes disciplinarios que de eróticos, siendo los primeros bastante más dolorosos que los segundos, ya que su función es más educativa que placentera.

Hasta aquí los grandes rasgos, la superficie. Pinceladas básicas apenas, para aterrizar a los más despistados. Si os interesa documentaros más sobre el asunto, os recomiendo un blog fantástico y completísimo que no le hace el asco a ningún “subtema” que pueda surgir dentro de este universo (a mí algunos me superan, francamente) y que está en activo desde 2005, con permanentes actualizaciones de textos e imágenes: http://azotesynalgadas.blogspot.com.es/

Porque, como no, cuando hablamos de spanking (como de cualquier otra práctica sexual de esas con nombre en inglés y definición en la Wikipedia) las variaciones parecen ser infinitas. Hay quienes se permiten roles intercambiables, disfrutando de ambos (por lo general de uno más que del otro, pero aún así) y quienes tienen claro cuál es el suyo y no lo sueltan por nada. Algunos disfrutan de elementos accesorios al juego, como visitas al rincón o contar en voz alta y otros son exponentes de una práctica más “purista”, donde nada tiene sentido y todo sobra, salvo el sonido de una buena palmada chocando sobre la piel trémula. También están los que llevan el asunto hasta sus últimas consecuencias, ya sea porque lo viven casi como una religión (con temas de control y obediencia que traspasan las fronteras de los juegos de sábanas, si es que realmente existe tal frontera) o simplemente porque le cogen el gustillo y necesitan que les den cada vez más caña, y a poder ser in crescendo, como una droga… Pero la línea divisoria que a mí me parece más significativa en este tema es la que separa al spanko que se asume y disfruta con sus fantasías ‘erótico-disciplinarias’ del que no sale nunca, o al menos nunca del todo, del “armario vainilla” en el que se encuentra, y que  se conforma con unas palmaditas tibias cada tanto sin atreverse nunca a pedir (o dar) más, o más fuerte…

Vale, no soy experta en el tema ni manejo cifras, pero me atrevería a apostar que son muchos menos los que pertenecen al primer grupo que al segundo. Si bien es cierto que lo que vemos y oímos sobre las prácticas sexuales del prójimo es sólo la punta de iceberg, y que en la intimidad se hace mucho más de lo que se cuenta, tengo la sensación de que el gusto por ser azotado sigue siendo bastante más tabú que otras prácticas. Para empezar, porque cualquier cosa que huela mínimamente a violencia, a imponer la voluntad del fuerte sobre el débil, ya es políticamente incorrecto. Y aunque no se viva como algo malo por dentro (que muchas veces sí, lo que es aún más triste y complejo), sino como un juego erótico más, está aún muy lejos de gozar de aceptación social. Y así, la mayoría de los entusiastas del spanking callan para evitar que le cuelguen el cartelito de “perturbados sexuales”. Yo al menos, nunca me he encontrado con nadie que me cuente en una cena que le mola que le peguen en el culo, mientras que por otro lado la gente tiene cada vez menos reparos para hablar con el que se le sienta al lado (aunque sea en petit comité) de sexo anal o intercambios de parejas, por poner algunos ejemplos. Y es que, por decirlo más claro, las fantasías de azotes suelen ir acompañadas de un sentimiento de vergüenza que nada aporta.

En el blog que os mencionaba más arriba hay un post, “La negación de la evidencia”, en el que se hace referencia a “aquellas personas que viven conflictivamente sus fantasías de azotes”. Cuenta ahí su autor, Fer, que ha mantenido correspondencia con varios spankos, especialmente mujeres, y que “para ellas las fantasías de recibir nalgadas son un elemento perturbador de primer orden que les aporta sufrimiento y contradicción con su entorno social, especialmente con parejas con las cuales hay paz y armonía. Estas mujeres temen a su propio mundo interior. El desarrollo de sus fantasías puede, desde su propia perspectiva, subvertir todo el orden de su universo particular”. Y sigue: “Las fantasías sexuales no son algo que se pueda desligar de nuestra persona, sino que son de cierta forma, a mi manera de ver las cosas, la representación misma de nuestra persona y provocan mucho sufrimiento si quedan enfrentadas a otros aspectos más integradores de nuestras vidas”.

En los últimos párrafos, y a modo de consejo (muy sabio será, pero no por eso sencillo), el autor recomienda a quienes tienen “fantasías con deliciosos azotes eróticos y estas le resultan perturbadoras”, que se reconcilien consigo mismos “y, en todo caso, no enfrentar sus fantasías al resto de su vida y viceversa. Probablemente en muchos casos es importante compartir estas vivencias con otras personas y para esto Internet es maravilloso. Y por último, como decía Oscar Wilde, la mejor manera de evitar la tentación es caer en ella”.

¿Qué hay detrás de esa tentación en particular, de cualquier manera? ¿Por qué para algunos hay goce detrás de ciertos dolores, siendo que el cuerpo no está hecho supuestamente para disfrutarlos? ¿Hasta qué punto interviene el elemento físico y cuánto hay de seducción mental ante una situación cargada de simbologías? El spanking gusta a quienes gusta porque resulta excitante, y mucho, pero… ¿por qué resulta excitante?

He leído en algunos sitios la teoría de que los spankees son personas que fueron “disciplinadas físicamente” cuando niños y de alguna manera buscan repetir vivencias de la infancia, recrear relaciones con los progenitores, volver al nido. Los habrá, como hay de todo en la vida. Pero no es esa mi experiencia. A mí me daban sopa verde y me escondían la tele con llave, pero vamos, ¡es que ni tirones de pelo recuerdo! (y ya veis, he ahí otra cosa que según q contexto… jejeje!)

Supongo que, al fin y al cabo, no importa tanto entenderlo como aceptarse. Sobra decir que no todas las pulsiones internas son aceptables, pero para mí al menos el asunto está bastante claro: Lo es todo aquello que no haga daño -y daño no es sinónimo de dolor- y que respete la libertad y deseos del otro sin imponer los propios deseos y necesidades a través de la fuerza real -y real no es sinónimo de física-. Es decir, todo lo que quepa en el saco del mutuo consentimiento entre dos o más personas (y para no meterme en camisa de 11 varas agregaré aquello de “con una sexualidad ya formada”).

A modo de cierre, permitidme que os vuelva a copiar un extracto de un post del blog “Azotes y Nalgadas”, en este caso titulado “Narraciones del mundo vainilla”, si bien yo lo rebautizaría como “Breve test para saber si tienes un spanko escondido dentro de ti”. Podéis hacerlo si queréis, es sencillísimo, en realidad sólo tiene una pregunta: ¿Os sentís identificados con algo de lo que está escrito a continuación? Si la respuesta es sí, ya sabéis. Ah, y si no estáis seguros, acá os va una ayudita extra, algo así como un bonus track para el autoconocimento… ¿Os pone la foto con la que arranca este post? Ay, estimados míos, tal vez ya va siendo hora de darle otros usos a ese cinturón. Uno de mis elementos favoritos, por cierto, además de la mano…

Es tema común entre los spankos el hablar de sus experiencias previas a su entrada al Internet, cuando su afición spanka vivía en la clandestinidad y sus deseos y fantasías se veían pobremente satisfechos con imágenes fugaces que encontraban en la televisión, el cine o la literatura. Yo misma viví esa etapa con un eterno sentimiento de frustración.

Cuando te topabas con una escena de nalgadas, siempre era parcial, algo le faltaba o le sobraba, pero bastaba para alterarte el equilibrio hormonal y acelerarte los latidos del corazón. Era casi como quedarse a medias, como estar a punto de llegar al orgasmo y que alguna interrupción abrupta te lo impidiera.

La misma frustración te impulsaba a buscar escenas, se convertía casi en obsesión malsana y ojeabas cientos de revistas, libros y pasquines, mirabas cuanta película buena o mala ofrecieran por la televisión, en la que lejanamente suponías que podía haber una escena. Hay quien elegía las películas del viejo oeste, en donde, a veces, John Wayne o cualquier otro áspero vaquero, propinaba unos buenos azotes a alguna chica rejega o soberbia. Yo me inclinaba por las películas, programas o libros en donde se recreaba el ambiente escolar. Un buen internado inglés, por ejemplo, casi ofrecía una garantía de que habría, si no azotes, algún conato de ellos, que para ese entonces ya era algo.

(Y ya para terminar, y volviendo a la foto de marras, confieso que soy incapaz de recordar de dónde la saqué. La descargué hace tiempo, simplemente porque me moló, y al encontrármela ahora en una carpeta no pude evitar la tentación de usarla en este post. Me gustaría poder poner un link -se agradecen aportes si alguien la reconoce-, si bien al menos tiene una leyenda con el autor en la esquina inferior derecha).

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La vida secreta de los jefes

No sé si os habéis dado cuenta, pero el tiempo que ha pasado entre mi último post y éste es el más prolongado que he dejado correr hasta ahora entre dos entradas. Una forma fácil, y algo cliché de zafar, sería decir que he estado muy ocupada ‘viviendo’. Sí, lo sé, no tengo por qué darle explicaciones a nadie, pero aún así os ofrezco mi resumen, simplista e insuficiente, de la situación. Y no por ello falso.

Si no escribo no es porque no me pasen cosas en el aquí y ahora, sino porque no tengo la necesidad de compartirlas, porque necesito procesarlas, o simplemente porque no me pertenecen. Porque hay terceros involucrados que son dueños de sus propias historias y tienen derecho a que éstas sean respetadas. O porque al igual que un buen relato de ficción, la realidad parece narrarse mejor desde la distancia, desde el desapego. Elegid la razón que más os guste. Yo ya tengo la mía.

Así que, resistiendo cualquier tentación de intentar desenmarañar la madeja de sentimientos y confusiones en la que actualmente habito, os voy a dejar una historia que ocurrió hace algunos años, que también habla de aquellas pequeñas y no tan pequeñas cosas que solemos mantener ocultas, para que cada uno reflexione lo que más le apetezca reflexionar al respecto.

imagen cerraduraErase una vez yo, cuando tenía un trabajo de esos de 9 a 7, el culo pegado a una silla y contrato indefinido. Era un día de poco curro y yo estaba entregada en cuerpo y alma a la misión de encontrar entre las carpetas de la redacción un documento que necesitaba para terminar un reportaje. Estaba segura de haberlo visto hace algún tiempo, pero no recordaba su nombre, así que empecé a probar en el buscador con palabras sueltas relacionadas. Llevaba un buen rato buscando cuando me encontré con un bloc de notas de nombre curioso: “en la oscuridad”.

Obviamente no tenía nada que ver con el documento de mis desvelos, pero del título al clic hubo menos que un trecho, y aprovechando que mi jefe más inmediato (el que tenía su escritorio a escasos centímetros del mío) estaba tomando café me puse a leer el largo texto que tenía frente a mis narices. Que era el “copia-pega” de una conversación por chat, a todo esto. Y una bien calentita.

Los participantes de la conversación eran Amo_Falo y Potrilla_Salvaje. Amo_Falo, pese a lo potente de su nombre, era un amo “amateur”, y Potrilla_Salvaje una sumisa experimentada. La primera conversación (en realidad eran cinco en total, pegadas una tras otra con algunos saltos de línea entre medio) era un ir y venir de preguntas y respuestas, ya que A_F (lo siento, si sigo escribiendo Amo_Falo me descojono y no termino nunca) se sentía bastante inseguro respecto a cómo proceder en la que sería su primera experiencia como dominante. Así, como quien pide consejos para dar una charla frente a un nutrido público, o bien para preparar un bizcocho que quede esponjoso, el buen hombre expresaba su preocupación por la situación que se le venía encima, ya que su “sumi” (sic.) también era nueva en esas lides y él no la quería defraudar. Por lo mismo, le preguntaba a su amiga P_S (de forma frecuente y mutua se recordaban la amistad que los unía desde hace años) hasta dónde era recomendable llegar, qué cosas le gustaban a ella y cómo hacer para que su nueva conquista no se enterara de su falta de experiencia en esas lides. Finalmente, le confesaba su temor de no ser lo suficientemente atractivo para la que sería su primera sumisa, con quién nunca se habían visto cara a cara.

Los siguientes mensajes ya eran bastante más subiditos de tono. En ellos A_F no sólo ofrecía un relato pormenorizado de sus encuentros con la “sumi”, también se permitía algunos coqueteos y preguntas indiscretas con su interlocutora, claramente ya más relajado y seguro de sí mismo. Por decirlo de alguna manera, era posible percibir que ya se estaba rompiendo esa “cáscara de aprendiz” para dejar salir la pulpa, la voluntad del amo… Ya dominando la conversación, en uno de los diálogos, por ejemplo, se dedicaba a contar los detalles de una sesión de spanking, describiendo los tres tipos de látigos que había utilizado (si bien confesaba que no se había atrevido a darle “demasiado duro”, al no saber cómo calcular aún la fuerza de sus golpes) y narrando pormenorizadamente lo placentera que le había resultado la experiencia, no tanto de infligir dolor sino de tener la voluntad de un tercero entre sus manos. En otro de los diálogos dejaba hablar más a P_S, interesado por ahondar en las fantasías de sumisa de su amiga y las cosas que le gustaba que le hiciera su amo. Ella, algo reacia al parecer a escandalizar a A_F, ofrecía un par de sugerencias tímidas (uso de velas, un par de varas para que los látigos “no aburran”), a lo que él respondía que quería algo más “creativo”.

Y hasta ahí los diálogos.

Como era de esperar, en cero coma estaba conectada al Messenger (sí, existió algún día!), contándole a mi entonces compi de curro, de desvelos y aventuras, el hallazgo que me traía entre manos: “Tía, te mueres lo que encontré en una de las carpetas de la redacción, lee esto y después me comentas”.

La cosa es que mi compi, investigadora aún más intrépida y ocurrente que yo, en cuanto terminó de leer se fue a San Google y copió la dirección de email de Amo_Falo (sí, he vuelto a escribir el nombre completo, pero es que ahora se aproxima el desenlace)… y cuál no sería nuestra sorpresa al enterarnos – y así de fácil además!- que nuestro amo favorito utilizaba el mismo correo para ciertos asuntos laborales (como dejar opiniones en foros profesionales y otros descuidos) y que se trataba, ni más ni menos, de uno de los peces gordos de la empresa, y el menos turbio, en apariencia, de todos ellos: Un gordito bonachón y poco agraciado, con sus ya respetables canas, que todos apreciaban por su buen humor, sus risotadas permanentes y las golosinas que traía de regalo cada vez que salía de viaje. Un marido respetable y amante padre de familia con hijos universitarios. Una eminencia en su ámbito. Un futuro abuelito de esos que llevan a sus nietos al parque. Un redactor jefe con contactos en las altas esferas…

No es que quiera dejar una moraleja, pero al poco tiempo Amo_Falo murió. De forma inesperada y sin agonías. No tenía ninguna enfermedad chunga, nada que pudiera permitir presagiarlo. Simplemente trabajaba mucho y un día cayó fulminado en la calle. Así sin más. Y se llevó con él todas sus historias, las vividas y las sin vivir.

Sobra decir que el mundo está lleno de Amos Falos. Y de Potrillas Salvajes. No sólo al lado, también dentro de nosotros. Y más allá de que su existencia sirva como anécdota, como aliño para sazonar una jornada laboral entre tantas otras, os invito a sacar el vuestro de habitaciones oscuras y chats, a permitirle que tome un poquito el aire, que se sienta bien consigo mismo. Después no dejaremos nada, ni siquiera eso. Éste es el único momento en el que puede permitirse existir.

S=EX². La ciencia del sexo

Hace rato que tenía ganas de escribir este post. Se me había ido quedando en el tintero, y aunque soy consciente de que no es precisamente “noticia de actualidad”, eso nunca ha sido tema para mí a la hora de decidir sobre qué hablar en este blog. La idea es que prime el interés. Y en este caso hablamos de un libro muy, muy interesante.

Ya os he dado la lata antes con la fascinación que siento por Pere Estupinyà, quien se describe a sí mismo en su web como “escritor y divulgador científico”, así que no me voy a repetir. Tampoco quiero repetir la información que ya ofrecen los muchísimos artículos sobre “S=EX². La ciencia del sexo” y que podéis encontrar en Internet, principalmente citas y comentarios de algunos de los parajes más interesantes del libro junto con una enumeración de los temas tratados. Que son muchos.

Sin embargo, son necesarias unas pinceladas básicas, así que me quedo con que nos encontramos ante un texto que al mismo tiempo disecciona como permite una visión “holística” del tema que se trae entre manos, el sexo, para lo cual se sirve de diversos frentes de aproximación (comandados por un batallón de “logías: biología, sociología, neurología, sociología, fisiología…) y de una combinación perfecta entre sentido del humor, liviandad, rigurosidad y cercanía. O sea, un libro que puede devorarse a un ritmo digno de una novela de suspense, tan entretenido como informativo, y que está plagado de anécdotas, datos curiosos, hallazgos sorprendentes y alguna que otra confesión personal del autor, siempre ávido de saber (al punto de convertirse en el primer hombre en someterse a una Imagen por Resonancia Magnética Funcional mientras experimentaba un orgasmo. Todo sea por la ciencia…).

Ahora, llegados a este punto, de lo que realmente quiero hablar no es del libro en sí –insisto, información hay de sobra- sino de mi experiencia particular leyéndolo. Y después de leerlo, claro.

Para empezar, me lo tragué en verano, así que lo asocio a arena y playa, relajo y desnudez. Es un libro que me sabe a mojito, a mañanas largas, al tacto único del sol besando la piel de un cuerpo en reposo. Un libro degustado, repasado y comentado.

Y ahí tenemos otro tema, es un libro que da muuucho tema de conversación. Porque lo que cuenta está tan bien contado que uno se queda con los datos casi sin enterarse, sin esfuerzo, y con ello se tiene un pozo enorme de saber al cual echar mano cuando se desea deslumbrar –o escandalizar, actividad también de lo más edificante y divertida- al interlocutor que se tenga delante.

Pero bueno, además de enriquecer habilidades sociales, esas cosillas que se van quedando, esos datos y reflexiones, esos resultados científicos y anécdotas pueden poner a funcionar la sesera de otra manera. O sea, ayudarnos a prestar más atención. A observar con distintos ojos –incluso a la manera de “gafas intercambiables”- las conductas de los demás y las propias y dotarnos así de más y mejores herramientas para llevar a cabo nuestro viaje por las sombras del ser humano.

En este contexto, uno de los efectos más interesantes que tuvo el libro sobre mí fue, por explicarlo de una manera simple, una atenuación de un cierto sentimiento de “culpa sexual” que puede surgir en diversas situaciones. Es como si al comprender determinados mecanismos (o al comprender que son compartidos con gran parte de la humanidad, no sé realmente cuál será la opción válida) el Pepe Grillo interno suavizara sus juicios de alguna manera, o más bien como si su voz se reencauzara hacia mejores destinos.

Si a estas alturas os estáis preguntando “madre mía, ¿de qué está hablando esta chica?”, voy a recurrir a una antigua costumbre de terminar con un par de anécdotas ejemplificadoras, ya que cuando no alcanzan las palabras… bien valen más palabras que dibujen imágenes! 😉

Caso 1: Cuando el conocimiento provee calma

Hace poco quedé con un ex. Uno de esos que dejan huella, si bien más que por mérito propio por la forma en que se me dio vuelta el mundo con la experiencia vivida, porque me hizo cuestionarme cosas que consideraba verdades como templos y porque en el breve trayecto que compartimos y en todo el dolor posterior de la pérdida pude aprender muchísimo sobre mí misma… La cosa es que supuestamente se trataba de un encuentro trascendente, y todos sabemos que la trascendencia es muy amiga de crear situaciones embarazosas o liarla, así que aunque me sentía bastante en paz con el mundo no terminaba de confiar del todo en mí y mis reacciones imprevisibles. Pero al llegar al lugar de la cita y encontrarme con ese festín de señales corporales con el que me recibió me relajé de forma automática. El hombre que me había pulverizado el corazón era un manojo de nervios que exhudaba “información útil” por doquier, porque más allá de los gestos más evidentes percibí detalles más sutiles que antes se me habrían escapado. Y así, con la atención ampliada, pude atravesar un poco mejor la opacidad de ese semidiós caído del altar que casi llegó a quebrarme con su hermetismo. Dicen que la información es poder, pero para mí fue calma, toda la que necesitaba para vivir mis procesos y terminar de entender… Porque al fin y al cabo lo que tenía ante mí era un ser humano como cualquier otro, con sus debilidades y sus heridas. Y de esos está lleno el mundo.

Caso 2: Cuando el conocimiento nos hace conscientes

En esta historia el lenguaje corporal vuelve a jugar un rol importante, aunque ahora estamos hablando de mi lenguaje corporal. Inconsciente, más no inocente.

Había ido a visitar a una amiga y mientras ella estaba arriba amamantando a su bebé yo me quedé conversando con su novio en el patio del chalé que comparten. El novio es guapo y me cae genial, lo cual no significa que me haya planteado tener algo con él, ni siquiera a nivel de fantasía. O sea, hablamos de la pareja de una amiga, así que no me permitiría ni coquetear inocentemente con él. O eso creía yo…

Pues ahí estaba, en medio de una conversación sobre motores, cuando me descubrí mordiéndome el labio inferior y apuntando con mi rodilla directamente hacia… ¡bueno, ya sabéis!  A lo que suma el que segundos antes había estado jugueteando con un mechón de pelo y me había pasado distraídamente un dedo por la clavícula, todos ellos signos cantados de descarado cortejo no verbal.

En fin, que teniendo la película clara pude enmendar mis pecaminosos actos y volver al camino de las buenas amigas que respetan al macho provedor ajeno “de pensamiento, palabra y obra”, particularmente si la ‘hembra-amiga’ se encuentra realizando actividades de la envergadura de alimentar a la prole. Porque vamos a ver, un mínimo de respeto, ¿no? O sea, que aunque me guste pensar que muchos límites están para romperse, no soy de las que suelen ir por ahí en rollo depredadora dando zarpazos a novios ajenos… (estaría ovulando ese día, jeje).

imagen spankingCaso 3: Cuando el conocimiento nos libera

Entre muchas otras cosas me gusta el spanking, y alguna vez me da por buscar videos relacionados con el tema. El problema es que para dar con alguno bien hecho o que me resulte placentero hay que pasar por mucha mierda (y casi no digo esto de forma figurada). Lo que me atrae es el erotismo que hay en el dolor, el punto compartido con el placer el final del túnel, no el ansia de un ser humano por hacer sufrir a otro. Por eso cuando me encuentro con alguna grabación que sobrepasa lo que considero tolerable, mi reacción suele ser de rechazo. No considero tolerable un culo hecho un Cristo, surcado de heridas y moratones, y mucho menos una grabación que me hace dudar sobre si la chica que aparece en ella está ahí porque quiere o porque es víctima de alguna mafia que la obliga a gemir mientras es violada y torturada. Pero la cosa es que, aún cerrando rápidamente la tapa del portátil, algunas veces se alcanza a producir un brinco “ahí abajo”, esa puesta en marcha del mecanismo de la excitación que se manifiesta como una pequeña boca despertando al hambre. Una sensación fugaz, pero que puede generar mucha incomodidad. Porque claro, es casi inevitable pensar si no habrá algo malo, algo podrido en uno, para que –aunque sea por breves segundos- se caliente con algo así…

Bueno, pues una de las cosas que explica el buen amigo Pere en su libro es –en mis palabras- que la excitación es una reacción del cuerpo, mientras que el deseo es de la cabeza. Y no necesariamente van de la mano. Que algo nos excite no significa que lo deseemos (ni mucho menos que lo encontremos bueno), y viceversa. Esta diferencia suele estar bastante clara en caso de los chicos, ya que los signos de la excitación se identifican con facilidad, pero no en el de las chicas, lo que puede resultar siendo un caldo de cultivo ideal para la culpa. Por decirlo más claro: Las mujeres a veces no saben que están excitadas (vaaale, por no dármelas de la más chupi diré que no sabemos… Aunque agregando que conocerme a mí misma es una de mis actividades favoritas, en ningún caso una tarea eludida).

Saber reconocer los signos de excitación del propio cuerpo permite precisamente separarlos de lo que es el deseo, y entender que somos tan responsables de los primeros como de tener un espasmo. Otro tema, claro está, es lo que hagamos con ello. No vale pasarse horas viendo videos con niños y después alegar que uno no tuvo nada que ver con la propia excitación. Pero la cosa es que podemos excitarnos con algo sin que nos guste. Y esto, si bien puede parecer un descubrimiento pequeño, creo que no lo es. Ya me gustaría poder hacer un viaje en el tiempo y decirle a una niña que una vez existió que no tiene por qué preocuparse, que el haberse puesto tan rara con esa escena que vio por casualidad en la tele, de un padre golpeando con saña a su hija con un cinturón, no la convierte en una pervertida o una enferma. Lo dicho… just another human being!

Cincuenta sombras de Grey o el sueño de la piba

cincuenta sombrasEmpecé la trilogía más famosilla del último tiempo con entusiasmo, tanto que hasta pensé que podría llegar a merecer un sitio en mi hogar, y no precisamente en los estantes de mi librería… a tal punto parecía funcionar. La permanente y explícita descripción de tórridas escenas sexuales con elementos de lo más variopintos (látigos, juguetes, sumisión, cuarto rojo del dolor…) tenía todos los elementos para resultar irresistible a moros y cristianos. O sea, no hace falta ser un devoto del BDSM para dejar que la imaginación y los sentidos se expandan y vuelven con alas propias con las aventuras -y desventuras- de Anastasia Steele y el irresistible, oscuro y enigmático Christian Grey. El considerable aumento en las ventas de esposas, disfraces y adminículos varios en distintos sex shops confirma la teoría. Las nuevas compradoras, en su mayoría mujeres de mediana edad, pertenecen muy probablemente al recientemente fundado, y cada vez más numeroso, ‘club de Grey’. Una estrellita para el libro entonces, y su capacidad de encender la fantasía y enriquecer la vida sexual de tantas mujeres

Pero hasta ahí lo bueno. Evidentemente no estamos ante una joya literaria, pero sí ante una autora que parece saber bien como sacar partido a distintos recursos y aprovechar sus mecanismos. Lo que no sabe es cuando parar. Poco a poco las escenas se vuelven cansinas, las repeticiones evidentes y los lugares comunes habituales, sin contar con que la historia flaquea, alcanzando insólitas cuotas de ñoñería, en el marco de un amor cada vez más edulcorado y asfixiante. Y si ya se pierde fuelle en el primer libro, el segundo y el tercero son directamente infumables. O sea… ¿cuántas veces más le va a decir el tocapelotas de Grey a Anastasia que le gusta su pelo? ¿Cuántas veces más se va a morder a propósito el labio la angelical (hasta extremos vomitivos) e igualmente tocapelotas señorita Steele para que su amante le de unas nalgadas? Perdí la cuenta al segundo polvo…

No es casual que el tercer libro se llame “Cincuenta sombra liberadas”. Me sentí liberada cuando lo terminé. De hecho, llegué hasta el final finalísimo sólo para escribir este post, creo que de otra manera no habría pasado del primero.

También está la moralina. Porque Cincuenta sombras podría haber tenido entre sus méritos el haber dado a luz a un personaje de esos que dejan huella, una especie de versión masculina de “Lisbeth Salander” con la fusta en la mano. Lleno de complejlisbeth salanderidades, con un pasado terrible, multimillonario y guapo hasta el absurdo, el joven empresario perfectamente podría haber alcanzado alturas. Pero la protagonista de Millenium jamás hubiera buscado redimirse, ella abrazaba sus contradicciones. Para Grey, en cambio, enamorarse significa convertirse en un cliché, renunciar a lo que es y volverse “bueno”, erradicar su violencia interior y suavizar considerablemente la intensidad y sofisticación de sus juegos sexuales. Polvos “vainilla” con algunas chispitas de chocolate.

Curiosamente, es probable que sea en las sombras de este personaje, y en su decepcionante resolución, donde se encuentra la clave del éxito del libro. Porque digámoslo claro, muchas quisieran ser Anastasia Steele, es el sueño de la piba. Se encuentra a un tío con un cuerpo perfecto, una cara perfecta, un fortuna perfecta (vale, eso no le importa, pero tampoco le hace el asco). Además folla de puta madre (para más inri la tía tiene veintipico y es virgen), es intenso, inteligente, le va la marcha… Ok, tiene cosillas que no molan tanto, sombras demasiado oscuras, pero es precisamente eso lo que más despierta el amor de la protagonista. Su ansia de salvarlo, de llevarlo a la luz. Su convencimiento -reforzado por el predecible final- de que su amor mueve montañas, de que su sapo se convertirá en príncipe, sin dejar de ser un poquito canalla. Y Christian Grey es la quintaescencia del canalla lindo, el hombre ante el que sólo caben dos caminos: desearlo y adorarlo públicamente o hacerlo en secreto. Un Rhett Butler postmoderno con aficiones sadomaso y pectorales mejor definidos. ¿Quién no quisiera sacar a semejante portento de las sombras?”.

Más que ante un libro, nos encontramos ante un arquetipo, del profundo deseo femenino de convertir a su hombre en la mejor versión que puede llegar a ser de sí mismo. El sueño redentor. Por suerte aún nos queda mi  punki favorita, la nada azucarada señorita Salander que quiere a Blomkvist con todas sus contradicciones, con su barriga peluda y sus historias a cuestas. Y que sabe respirar sin él, no como Anastasia, que pasa un día lejos de su galán y ya está, literalmente, al borde del desmayo.

Lo más notable es que esa dependencia enfermiza que se desarrolla entre los protagonistas de Cincuenta sombras tiene por objetivo graficar la profundidad de su amor, pero yo me quedo con el de Lisbeth. Porque ama a Mikael desde su insondable condición de solitaria, sin pretender que llene ningún vacío en su vida, sin necesitarlo… ¿Hay alguna forma más profunda?

(Ahora, dicho lo dicho… ¡yo igual quiero ver la película!)