Hay un smartphone entre mis sábanas…

pantallazo durexHace algunas semanas llegó a mi curro un correo de Durex, con el link a un “emotivo” video (yo más bien diría cebollón) que supuestamente revelaría una “esperada tecnología para smartphones que podría cambiar para siempre nuestra vida sexual”.

El video en sí, con su respuesta iluminadora al final del mismo (totalmente predecible por lo demás), no me interesa mayormente, pero sí quería compartir con vosotros algunos de los datos de un estudio de la Universidad de Durham que se ha lanzado junto con la campaña de Durex, porque si bien no me sorprenden, no por ello dejan de resultar alarmantes. Eso sí, hay algunas salvedades que es preciso mencionar, como que sólo se entrevistó –en profundidad- a 30 personas, todas ellas viviendo en Inglaterra (un país no precisamente conocido por las pasiones desatadas de sus habitantes) y que en todos los casos se trataba de relaciones de, al menos, un año. Ahora, para liarla un poco más con los datos, yo agregaría que Inglaterra tampoco es de los países con mayor penetración de dispositivos móviles en su entorno (en Europa España gana por goleada de hecho), por lo que la situación puede ser más preocupante en otros sitios. Aunque para pajas fronterizas ya tenemos a nuestros queridos políticos…

En fin, hechas ya las aclaraciones pertinentes, lo que el documento revela, o mejor dicho pone en cifras, es que “el uso generalizado de la tecnología está impactando seriamente a la frecuencia con la que tenemos relaciones sexuales, incluso llegando a cortar el coito y causando tensión en las relaciones”.

Los investigadores del Centre for Sex, Gender and Sexualities de Durham revelaron que el 40% de los encuestados han pospuesto la práctica sexual a causa de la tecnología, principalmente por el uso de smartphones y tablets. Otros, en cambio, comentaron que intentan ir deprisa durante el acto sexual para poder tener tiempo de responder a los mensajes de sus smartphones. Además, un tercio de las parejas entrevistadas admitió que han interrumpido su relación sexual para contestar al teléfono.

Para Mark McCormack, co-director del Centre for Sex, Gender and Sexualities en la Universidad de Durham, “la tecnología ha revolucionado nuestras vidas y los smartphones son ahora esenciales para la organización de nuestras relaciones íntimas, tanto para el inicio de éstas como para mantener el amor y el afecto cuando las parejas están separadas”, pero “lo que revela este estudio, y refleja el vídeo, es que actualmente la tecnología consume nuestras relaciones en un nivel mucho más profundo. Se ha adentrado en el dormitorio en más formas de las que imaginamos, a menudo con beneficios, pero también con desventajas para las relaciones que pueden ser potencialmente graves, ya que pueden causar frustración y tensión, e inmiscuirse en la actividad sexual”.

Y para los que buscáis una especie de conclusión, os dejo las palabras de Ukonwa Ojo, Head of Global Brand Equity en Durex: “Teniendo en cuenta que la tecnología juega un papel muy importante en nuestras vidas y relaciones, empezamos a explorar cómo podría utilizarse de una forma positiva para mejorar nuestras vidas sexuales; pero al hacerlo, descubrimos que la respuesta más efectiva era la más simple. Después de consultar a un gran número de expertos, realizar el estudio académico y llevar a cabo largas entrevistas cualitativas, la solución resultó ser simple: debemos desconectar para volver a conectar”.

Algunas citas de las entrevistas de Durham

“Cuando él se compró el primer iPhone, yo solía llamarle la tercera persona de nuestro matrimonio y la odiaba con pasión, solía sentarse entre nosotros, en realidad, no me gustaba… se ha convertido en un tercer brazo para muchas personas”.

“A veces estoy en Facebook y él en una aplicación deportiva mientras estamos en la cama; nos damos cuenta que, literalmente, estamos sentados juntos, pero vivimos en mundos distintos”.

“Puede que quiera sexo y él no se de cuenta de esto, porque él está distraído con su teléfono”.

“En los últimos meses, he tratado de prohibirle usar el teléfono en el dormitorio. Ahora estamos intentando usar el dormitorio solo para dormir y tener sexo”.

“Ella ama la tecnología, no voy a mentir, ella ama a su teléfono. A veces parece que tengo una relación con ella y su teléfono, ella ama a su teléfono y nunca se aleja de él”.

“Yo no he pospuesto la práctica sexual, he fingido un orgasmo para acelerarla y volver al trabajo”.

El estudio se elaboró en febrero de este año. Los participantes tenían entre 18 y 55. Todos eran heterosexuales y formaban una diversidad constitutiva en términos de clase, etnia, edad y nivel educativo. El informe completo se puede encontrar aquí (en inglés): http://dro.dur.ac.uk/14770/

También os dejo un enlace al video, para los que estéis interesados 🙂

SOS relatos eróticos

Se me ha presentado la oportunidad de enviar unos cuantos relatos eróticos -algo así como un pequeño “muestrario”- a una editorial de esas serias, que te publican ellos las cosas y más encima te pagan, toda una rareza en estos tiempos que corren… Y claro, como no puede haber peor jueza en este espinoso asunto que yo misma, escribo este post con la esperanza de que vosotros me echéis una manito y me ayudéis a elegir… ¿Cuál ha sido el relato que más os ha gustado, el que consideráis más especial, el que está mejor logrado???

A modo de recordatorio, os dejo los links a los relatos (en el caso de los que van por capis el link es al capi 1), con los primeros párrafos para que sea más fácil recordar de qué va cada uno.

Y por supuestísimo… Muuuuuchas gracias!!!

 

Love story
love story 3-¿Estás listo?-, preguntó ella rozándole el lóbulo con labios deliberadamente húmedos, viscosos de deseo. Letras de miel caliente lo recorrieron, poseyéndolo como posee el sonido de la campana a un niño que espera ansioso la salida a recreo.
– Lo estoy.
– Entonces abre los ojos y mira lo que tengo para ti.

Le quitó la venda mientras hablaba. El parpadeó un par de veces para acostumbrarse al cambio de luz y levantó la mirada. Un hombre alto, más que él, y con una enorme polla en estado de semirreposo, lo observaba con curiosidad. Sintió entonces frío y recordó que estaba desnudo.

Candy

“Tampoco habrá suerte esta noche”, pensó. Si tan sólo fuera por ese espantoso negligé rojo del chino, incapaz por otra parte de contener la insatisfecha abundancia de sus carnes… Pero no, lo peor no estaba en el envase. Era ese deseo rancio que le brillaba en la piel como una mala crema, ese olor a herrumbre que se adivinaba emanando de su coño. No tragó saliva porque tenía la boca seca. “A ésta seguro que le gusta que se lo coman. Que no se me vaya a olvidar pedirle un vaso de agua”, se recordó.

Tras la ventana

Era una casa de esas para esperar dulcemente la muerte.
Con todo ya acabado.
Sin nada por hacer.
Cada cosa en su sitio, como una sinfonía visual.

Nada más entrar supo que muy pronto desearía pasar allí el resto de sus días. Comenzaba a necesitar la paz, y en esa casa se respiraba por todos los rincones. La claridad que entraba por sus grandes ventanales invitaba a la contemplación, no al movimiento. Y él estaba muy cansado.

Telarañas

PantherMedia A10981075– ¡Espera!
– ¿Qué pasa?
– Me duele
– ¿Te duele?
– Sí, no sé, me raspa
– Hmm
– ¿No tienes lubricante? Ponme un poco.
– ¿Ahora?
– No, mañana…
– ¡Es que no sé dónde está!
– Entonces para.
– ¿Cómo?
– ¡Que pares, joder! ¡Que te salgas!

De lejos parece una telaraña, pero al acercarse descubre que es la marca de una trizadura sobre el cristal. Le pasa el dedo índice por encima, con dilación, intentando volverse ajeno o al menos parecerlo. Ella coge el móvil y se dirige hacia el único rincón de la habitación donde no llega la luz, en un intento vano por ocultar sus murmullos. “Sí”, “ya sabes, el cabrón de mi jefe”, “no es nada amor”…

En la cama

Muy lejos del lujo que sugería su nombre, el Grand Castle Hotel era un viejo edificio ruinoso donde las parejas sin recursos iban a echar un polvo. Todo en él resultaba inquietante, desde sus pasillos oscuros hasta sus maderas crujientes, y más de un huésped se había ido con la sensación de que el esqueleto que soportaba el establecimiento respiraba bajo las descascaradas paredes que lo recubrían, atento a todo lo que ocurría. Como si su quietud fuese solo aparente, como si esperase algo.

Claro, también estaban las cucarachas, el moho en las paredes de los baños –compartidos cada dos habitaciones- y el frío que se colaba entre medio de las grietas en invierno. Además de otros inconvenientes que ya me habían sido advertidos por una amiga que había estado un par de veces con su novio. Pero a mí no me importaba nada. Sus puertas se me antojaban la entrada al paraíso.

La danza del adiós

Cinco años y veintitrés días después se mirarán por última vez, casi de la misma manera en la que se miraron en aquel bar cuando todo comenzó: Como si supieran lo que está por ocurrir y no terminaran de creérselo.

Volverán a saltar al unísono hacia lo desconocido, aunque a diferencia de la primera vez no los unirá un abrazo. En cambio, se impulsarán el uno al otro en direcciones opuestas, con estudiados movimientos de bailarines, en una danza en la que nadie tenderá la mano a nadie porque tanto él como ella codiciarán para el otro la prisión que abandonan. Y así, volverán a cambiar el territorio, y pensarán nuevamente que “está todo bien”, sin recordar que eso antes ya lo hicieron, mientras marcan el número del colega de turno para comunicarle las novedades.

El próximo tren  (éste va completito, jeje)

Se suelta la mano. Se cierra la puerta. Se va el tren…

No grita, no se mueve, debatiéndose entre la confusión y el llanto, los ojos fijos en la negra boca del túnel que se tragó a su madre. Intuye que quedándose quieto todo será como antes. No intuye que el hombre de la sudadera gris ha dejado pasar nueve trenes. Ni que tiene una casa con juguetes y golosinas, y un álbum de Los Vengadores en su habitación. Sólo importa que regrese su madre. “Tranquilo chaval, espérala conmigo”, le susurra con voz de ángel, empujándolo suavemente hacia una promesa.

Antes de que empiece mañana

Él la recoge a las 10 en punto. Todas las veces ha llegado a las 10 en punto, así ha sido, invariablemente, desde que se encontraron en el funeral de la madre de Paco. ¿Cuántas veces habrán quedado ya, 12, tal vez 15? Ella perdió la cuenta. Pero siempre es igual. Toca el timbre, espera abajo, cuando la ve aparecer por el portal saluda con una inclinación de cabeza, le abre la puerta del coche, le da una mirada fugaz al reloj que lleva en la muñeca, cierra la puerta y entra él.

El amor en los tiempos del látex

Tomar aire, subir la reja, abrir la puerta –dos vueltas, llave grande, llave pequeña-, desconectar la alarma, poner la calefacción, colgar el bolso y la chaqueta, encender el ordenador, expulsar aire…

En cuanto comenzaba el ritual su boca se llenaba de un sabor a monotonía y polvo que variaba sutilmente según el día de la semana: Los lunes venían con un regustillo a albarán, los martes a limpiacristales, los miércoles al cartón de las cajas del pedido… El sábado era el único día en el que sus tareas se limitaban a la atención de clientes (su primo finalmente había aceptado que ajustara las labores a la afluencia de público), y con el tiempo se había dado cuenta de que era el día que más odiaba de todos: imposible de fraccionar, inconquistable. Como su soledad.

Hambre 

parejaConserva en sus entrañas la misma urgencia de tiempos vividos, y es lo primero que pone a sus pies, como un regalo. Está más delgado, ajado por el paso de los años, pero ella apenas alcanza a registrar esa información, porque nada más verla se le arroja encima como un animal hambriento, devastando sus defensas con el acero de su mirada y la bravura de sus besos. Ni siquiera abandonan el pasillo. Él le arranca la ropa y ella se deja. Le exprime los pechos como si quisiera robarle alguna verdad, los lame con lengua rasposa. Ella deja ir la piel que la recubre y gime una confesión que él no puede entender, mientras su cerebro flamea en pequeñas explosiones de dolor aterciopelado. La gira y la recuesta sobre el piso.

Carne de diván

– ¿Por qué me citaste tan tarde?

– Porque quería ver si eres tan sosa de noche como de día. Ya veo que no.
– Extraña respuesta para un sicólogo. ¿Eso se supone que tiene que mejorar mi autoestima?
-No sé, dímelo tú. ¿Cómo te hace sentir mi respuesta?
– Vaya, lo mismo de siempre, no te gusta lo que te planteo y me sueltas una pregunta capciosa.
– A mí no me parece que sea lo mismo de siempre. ¿Por qué te pusiste maquillaje para venir hoy?
– ¿Maquillaje? ¿Yo?
– Sí, no es que te hayas pasado ni nada, pero nunca usas y se nota. Llevas polvos en la cara, máscara de pestañas y un poco de brillo en los labios. ¿Vas a quedar con alguien después de salir de la consulta o te has arreglado para mí?
– Ricardo, déjalo, que esto se está poniendo raro. No está bien que me hayas citado a esta hora, ni que me digas esas cosas…
– Pero igual viniste, porque estás buscando algo. Y no eres indiferente a lo que te digo. Puedo verlo. Puedo olerlo.

Sobre la trascendencia y el sexo ‘de puta madre’

Inocente de mí, hace un par de semanas lancé una “llamada de auxilio” a través de este blog, poseída por una de mis crisis de sequía creativa. Pensé que me estaba haciendo la vida más fácil, sin imaginar siquiera los berenjenales en los que habría de meterme.

Y es que claro, con el calibre de las propuestas recibidas, como la que aportó el amigo Ducrein, a ver quién se saca un post de la manga en media horita…

Pero antes de que me líe más, os dejo con sus palabras:

http://www.planetaholistico.com.ar/Tantra.htm¿Qué te parece hablar del sexo como paradigma de autoconocimiento y desarrollo personal y, por añadidura, transpersonal? Siempre he pensado que nos solemos quedar en la superficie, que solo rascamos la punta del iceberg y aprovechamos una parte ínfima de todo lo que nos brindan las relaciones sexuales como herramienta. Durante un acto sexual nos encontramos mucho más dispuestos a vaciar nuestra mente, trascender el ego y conectar con nuestra esencia, así que en cierto modo es una pena que todo se quede en un viaje en montaña rusa del cual solo recordamos que ‘nos lo pasamos muy bien’.

Desde que la leí esta propuesta me guiñó un ojo, pero también desde el primer momento me exigió respeto. “No me vayas a pasar por encima”, me advirtió. “Soy un tema importante”. Y así ha estado desde entonces, dando por saco, metiéndose en mi cabeza el temita de marras. El sexo como vía a la trascendencia… ¡Uf, tela! ¿Cómo voy a ser tan cutre de escribir un post intrascendente sobre la trascendencia?

Pensé entonces en documentarme muy mucho, buscar qué dicen los expertos sobre el Tantra, el camino del Tao y todo eso, pero pensé que os podría aburrir. Y aburrirme yo de paso, que es peor (para mí al menos…).

Probablemente ahí esté el problema, el primer problema. Esa tendencia a dividir el mundo siempre en blancos y negros, a nadar con tanta gracia entre dicotomías pero ahogarnos en las sutilezas: chicos malos vs chicos buenos. Polvazo vs sexo de abuelitos. Diversión vs aburrimiento.

Pero no me quiero ir por ahí, no todavía. Retomaré la idea más adelante…

Como es habitual, entonces, voy a hablar de mis propias experiencias, de lo que he vivido, y de cómo el tema propuesto aterriza en mí.

Como os conté en el post anterior, para mi primera vez elegí (si es que se puede hablar de elegir, al menos a nivel consciente, cuando alguien irrumpe en tu vida con esa contundencia) a un personaje bastante peculiar. Y de alguna manera siento que ese arranque me llevó a configurar una suerte de camino en el que la sexualidad se fue volviendo un elemento cada vez más importante en mi vida. No de la mano de quien me acompañó en esa primera experiencia pero sí, en gran parte, a raíz de lo vivido con él. Antes de Ismael el sexo era un deseo eternamente embrionario, una vibración poderosísima a la que no tenía intención alguna de darle cauce. Más bien todo lo contrario.

Novios oficiales no tuve ninguno, pero sí unas cuantas relaciones sin el cartelito. Chicos que me llegaron a gustar muchísimo, que me despertaron mareas dentro de las entrañas, que me llevaron a fantasear. Pero en cuanto mis escarceos adolescentes amenazaban con volverse más carnales, cuando veía en ansia de fusión en los ojos del otro, ponía los pies en polvorosa sin más explicaciones que “lo siento, no sé qué me pasa, ya no quiero estar contigo”.

Probablemente tengan mucho que ver los episodios de incesto que sufrí en la infancia, aunque en ese tiempo no podía verlo ya que tenía los recuerdos bloqueados. No entendía qué me pasaba, y desde mi turbación y mi rabia le reclamaba al cosmos mi derecho a estirar el brazo y coger la deseada manzana de ese árbol que me estaba prohibido. Y entonces apareció Ismael, y mi necesidad de no alejarlo me invitó a cerrar los ojos y saltar al vacío.

Y salté, con el estómago revuelto, el anhelo furioso y la confusión en carne viva.

Desde ese día hasta hoy hay tanto aprendizaje, tantas vueltas, tantas personas importantes, tantas historias, tanto disfrute y crecimiento interno…  Tal vez porque tras esa experiencia me resultara más natural dar otros saltos, abrir otras puertas -mentales y del interior- que querían permanecer cerradas.

Por supuesto que ha habido estancamientos, retrocesos, polvos “puaj”, momentos mezquinos de mi parte, miedos que en algún momento vencieron, complejos, frustraciones y fraudes… no pretendo decir que siempre me lo he pasado de puta madre ni mucho menos, aunque muchas veces sí me lo he pasado de puta madre, jejeje. Lo que quiero decir es que si tenemos en cuenta las definición de trascender (empezar a ser conocido o sabido algo que estaba oculto; extender o comunicarse los efectos de unas cosas a otras, produciendo consecuencias; ir más allá, sobrepasar cierto límite) definitivamente he trascendido a través del sexo.

Ahora, pese a ello nunca me ha abandonado la sensación de que hay un “todavía más” que no estoy alcanzando, niveles más elevados de unión y abandono de uno mismo que se me escapan, capas más profundas en las que rascar. Sin duda he ido más allá de mi misma, y en mi balance hay mucho más que el goce de la carne y el vórtice de un buen orgasmo, pero no sé si me atrevería a hablar de crecimiento espiritual así con mayúsculas… Y aquí ya me empiezo a liar, porque hablo de temas que no tengo claros, que no están resueltos. Así que ni modo… post multicéfalo para vosotros!!!

¿Ha de ser el sexo dulce o amoroso para conectarnos con estados más elevados de consciencia? Y por el contrario, ¿Qué energías de las que no somos conscientes entran en escena en los juegos de poder y dominación, por ejemplo?

Es curioso, pero me resulta difícil meter en un mismo saco la etiqueta de “sexo trascendente” con la de “me lo pasé de puta madre”. ¿Cómo elevarse espiritualmente a través del sexo cuando el orgasmo que se está teniendo es más por asfixia que por amor? ¿Cómo sentirse “espiritual” en medio de una lluvia dorada o cuando el cuerpo pide azotes?

No es un tema menor, o al menos no para mí. Tengo muchísimo más resuelto lo que me ocurre cuando las energías amorosas son las protagónicas. No necesito que me expliquen lo que me pasa cuando me pierdo en la cadencia de un hombre afectuoso –en ningún caso una experiencia menor para quien os escribe, incluso me atrevería a decir que más deseada por menos frecuente– eso lo hemos aprendido casi todos desde pequeños. Lo que no hemos aprendido tantos es que somos una enorme bola de contradicciones con dos piernas.

ositos cariñositosA veces, cuando algún simplista de turno me suelta la típica fracesita de “mejor búscate un hombre bueno”, caigo a mi vez en la pregunta-trampa de si podría pasarme la vida con un osito cariñosito, teniendo sexo “tierno”. O sea, un tío suave, dulce, preocupado por mí, sano internamente y toda esa vaina; que no pegue, no azote, no muerda (o no fuerte), que no diga guarradas y no abandone nunca los límites del respeto y la decencia en el trato. No ayuda mucho que en mi cabeza se dibuje la figura de un Manolito Gafotas en versión cuarentona, medio pelado y de dedos cortos y sudorosos, poco dado a las artes amatorias.

Pero como ya os dije hace unos cuantos párrafos, creo que el problema se limita al ansia por ponerle nombres y categorías a todo, por andar colgando cartelitos. Yo la primera… Porque ni soy Manolita Gafotas ni soy una zorra malvada destruye corazones, y no veo por qué los demás tienen que ir por la vida de blanco o negro cuando yo no lo hago. Si es que al final todos somos surtidísimamente iguales…

Recuerdo que en mi penúltimo año de colegio tuvimos una profesora de música que era mega hippie, hablaba de la reencarnación y nos enseñaba técnicas de relajación y meditación. Duró menos que un suspiro (colegio de monjas rancias y madres histéricas, no necesito decir más), pero alguna semilla se dejó plantada por ahí. Fue mi caso al menos, ya que esas sesiones de meditación eran como pequeños viajes al centro del cosmos, cuyos efectos se derramaban primero en mi cuerpo y después en mi espíritu dejándome transformada… Como si se me ofreciese una gran manta hecha de estrellas en la que ponerme a resguardo del gran caos de la existencia.

Las clases de música eran los viernes por la tarde, y al salir del cole flotando de espiritualidad zen me iba a juntar con mi grupo de amigos, todos ellos unos heavys recalcitrantes que no perdonaban recital o convocatoria que les cayera entre manos. Y ahí estaba yo, dominada por “la música de Satán”, en trance rockero y con las neuronas en éxtasis espiritual tras cada sesión de headbanging, preguntándome cómo era posible que me gustara tanto empujar hombretones y dejarme poseer por gruñidos cavernarios y al mismo tiempo ser capaz de dejarme seducir por las deliciosas sutilezas de la quietud y el silencio. No llegué a entenderlo, pero sí comprendí que ambas eran para mí vías muy efectivas de catarsis.  Ambas experiencias, al fin y al cabo, me purificaban, y permitían que mi cuerpo, mi mente, mi espíritu y mis emociones entraran en comunión. Y lo mejor de todos, la suma de ambas era muchísimo más de lo que cada parte aportaba por separado.

La posible solución del dilema: Respira como te salga de los cojones

Bueno, y ahora os tengo el “momento erudito” del post. Con subtítulo y todo, así los que quieren huir que sepan que pueden hacerlo en este instante. Va de sexo tántrico, por si las moscas, y es largo, pero lo dejo así porque hay partes fantásticas que me parecen escritas para aclarar mis dudas. Y aunque no haya sido realmente así… mola!

Reconozco que he soltado al principio que no quería ponerme muy académica y aburrir, pero aún así no pude resistir la tentación de husmear un poquito en la web, a ver qué decían al respecto “los que saben”. Y como no, he vuelto a caer en brazos de mi amigo “Posho” (sus herederos ya se forran lo bastante como para que yo ayude a engrosarles la cuenta, jeje), que aunque me cae más o menos no más, habla cosas coherentes (y otras menos, pero ese es otro tema).

http://ruizilhao.wix.com/portraits-caricatures#!caricaturesSegún Posho, el Tantra es la ciencia de transformar los amantes ordinarios en almas gemelas (en otra parte del texto lo define como “el camino natural hacia Dios”). Para él, el Tantra ha de ser absorbido, “no es una técnica para ser aprendida”.

Dice el de las barbas: “Cuando estés haciendo el amor no controles. Entra en el descontrol, entra en el caos. Será terrible, espantoso, porque será una especie de muerte. Y la mente dirá: ‘¡Control!’. Y la mente dirá: ‘Salta y mantén el control, de lo contrario te perderás en el abismo’. No escuches a la mente, piérdete. Abandónate a ti mismo y sin ninguna técnica llegarás a tener una experiencia intemporal. No habrá dos en la experiencia intemporal: habrá unidad”.

El objeto es llegar a ser completamente instintivo, tan fuera de la mente “que nos fusionemos con la naturaleza suprema”. Esa es la definición tántrica de nuestra sexualidad: “El retorno a la absoluta inocencia, a la absoluta unidad”. Así, la mayor excitación sexual de todas “no es una búsqueda de la excitación, sino una espera silenciosa: En relajación completa, sin motivo alguno. Uno es consciencia. Está satisfecho pero no es una satisfacción por algo. Y entonces hay una gran belleza, una gran bendición”.

Ahora, Posho advierte que “si eres demasiado técnico te perderás el misterio del Tantra”. Aquel que está basado en técnicas es “pseudo-tantra” porque si las técnicas están ahí el ego estará ahí, controlando. “Entonces estarás haciéndolo, y hacer es el problema. El Tantra tiene que ser un no-hacer; no puede ser técnico. Puedes aprender técnicas para que el coito sea más largo, pero estás controlando. No será salvaje y no será inocente, y tampoco será una meditación .Será de la mente. Esto es técnica, no Tantra”.

Es entonces algo que “no se guía por la cabeza sino por la relajación en el corazón”, y aunque muchos libros han sido escritos sobre el tema, el Tantra real no se puede escribir, no se puede pensar. “Tiene que ser absorbido”. ¿Y cómo?: transformando nuestro enfoque.

(Y estos párrafos que siguen ya son literales, porque me han gustado tanto que no he querido meterles ‘tijera’…)

“Reza con tu mujer, canta con tu mujer, juega con tu mujer, baila con tu mujer, sin idea alguna de sexo. No vayas pensando: ‘¿Cuándo nos vamos a ir a la cama?’. Olvida todo al respecto. Haz alguna otra cosa y piérdete en ello. Y algún día el amor surgirá de ese estar perdido. De repente verás que estás haciendo el amor y tú no lo estás haciendo. Está sucediendo, y estás poseído por ello. Entonces tienes tu primera experiencia del Tantra, poseído por algo más grande que tú. Estabas bailando o estabas cantando en unión o coreando juntos o rezando juntos o meditando juntos, y de repente te das cuenta que los dos se han movido hacia un nuevo espacio. Y tú no sabes cuando has empezado a hacer el amor; tú no lo recuerdas siquiera. Entonces tú estás siendo poseído por la energía del Tantra. Y entonces por primera vez percibirás una experiencia de carácter no técnico”.

“El Tao tiene su propio Tantra. Nunca se divide en lo inferior y lo superior, esa es su belleza. En cuanto divides la realidad en lo inferior y lo superior te estás volviendo esquizofrénico. En cuanto dices que algo es sagrado y algo es profano te has dividido. En cuanto dices que algo es material y algo es espiritual te has dividido, has dividido la realidad. La realidad es una. No hay ni materia ni espíritu. La realidad es una, aunque se exprese a sí misma de muchas formas. Lo espiritual no es más alto y lo material no es más bajo; ellos están en el mismo nivel. Esa es la actitud del Taoísmo. La vida es una. La existencia es una”.

“La primera cosa en el Tao es abandonar la dualidad. El sexo no es más bajo y samadhi no es más elevado. Samadhi y sexo son expresiones de la misma energía. No hay nada loable respecto al Samadhi y no hay nada condenable respecto al sexo. La aceptación del Tao es total, absoluta. No hay nada equivocado respecto al cuerpo, y no hay nada hermoso respecto al espíritu – los dos son hermosos. El Diablo y Dios son uno en el Tao, cielo e infierno son uno en el Tao, bueno y malo son uno en el Tao – esta es la mayor comprensión de la no-dualidad. No hay condena ni preparación. ¿Prepararse para qué? Uno simplemente tiene que relajarse y ser”.

Para los valientes que habéis llegado hasta aquí, y por si os lo estabais preguntando, Santa Wikipedia define samadhi como “un estado de conciencia de ‘meditación’, ‘contemplación’ o ‘recogimiento’ en la que el meditante siente que alcanza la unidad con lo divino”.

Y no, no hay premio… salvo el placer de una buena lectura, jejeje. O de una lectura al menos. Para cualquier queja, pedid una hoja de reclamación a un teletubbie. Y después me contáis de cuál estáis fumando! 😉

Aquello que llamamos primera vez…

http://www.enjoyingchile.cl/web/package/san-pedro-de-atacama-pacote/Me gusta contar que a Ismael lo conocí en un terremoto. Y es verdad. Yo, una chica de colegio de monjas y universidad tradicional (si bien siempre me acompañó una cierta sensación de incomodidad, de no pertenencia, entre mis “pares”), tenía 19 años recién cumplidos, vivía con mis padres y estaba mochileando con una amiga en San Pedro de Atacama. Él, con sus 21 y su charme argentino a cuestas, era artista circense, vivía solo desde los 14 y se encontraba de gira con su compañía. Y ahí estábamos, dos personas de vidas totalmente opuestas, conversando sobre la inmortalidad del cangrejo en la cola del baño de un pub. Y pum! Terremoto grado 8 en el norte de Chile…

Me gusta recordar (aunque a veces me pregunto si no será un truquillo de mi memoria, ya sabéis que jamás recordamos cosas como realmente fueron, incluso siendo ésta nuestra voluntad) que todos corrieron menos nosotros, que nos quedamos ahí, hablando tan campantes mientras las paredes se derrumbaban a nuestro alrededor. Yo porque nunca les he tenido demasiado miedo a los terremotos (o tal vez porque me quería hacer la guay, ainsss, ¡memoria traidora!), y él porque, como recién llegado que era a mis sísmicos terruños, lo encontró todo la mar de divertido de puro novedoso.

Lo q creo recordar bien son dos cosas: por un lado una arrolladora seguridad en sí mismo (yo no la tenía, pero intentaba aparentarla), hecha carne en un cuerpo delgado y fibroso de piernas kilométricas, en el que me fijé por primera vez al día siguiente cuando nos encontramos por casualidad en una piscina de aguas termales. Piel por todas partes, tersa, viril, morena, y esas gotas de agua lamiendo su pecho, riendo cerca de su ombligo, escurriéndose hasta donde yo no podía llegar, entrando juguetonas en ese short vaquero minúsculo que usaba como bañador. Saboreaba yo como colofón una conversación jugosita hasta el pueblo pero me tuve que conformar con un rápido beso de despedida y verlo montarse en una bici destartalada -el cuerpo tatuado, los dreadlocks al aire, el short amarrado en el manillar y sus carnes sólo cubiertas con un calzoncillo mojado y unas Converse- y desaparecer dejando tras de sí una nube de polvo desértico.

Claro que hubo mucho antes de él, si bien con él hubo un antes y un después. Mucho y muchos, hombres que al pensarlos me hacían caer en agujeros de terciopelo, deseos convertidos en pulsaciones, cargados de fuerza; pero no así el ansia de dibujarles un cauce, de abrirles la puerta sin que nada más importara.

Lo otro que se me quedó grabado fue una conversación que tuvimos unos días más tarde, en la que empezamos a intercambiar confidencias e Ismael me contó que no le gustaba acostarse con chicas vírgenes, porque “eran un coñazo” (no fue con esas palabras, pero fue lo que dijo). Lo que a él le molaba, en resumen, eran tías que supieran lo que hacían, no a las que hubiera que entregarles un mapa o tratarlas como si se fueran a quebrar. Compañeras de cama, no aprendices ni cándidas doncellas.

Vale, no es que yo fuera una cándida doncella, pero por hablar claro no me había comido un rosco en la vida. Pero como el tío me tenía trastocada decidí “morir pollo”, como decimos en mis tierras. Hacerme la loca, como que la cosa no era conmigo. Intentar que no se me notara que no llegaba ni a ‘becaria’.

Era tanto mi entusiasmo, tantas mis ganas, que la primera vez que nos encontramos debajo de unas sábanas me lancé hacia su polla como si fuera el más apetitoso de los manjares, decidida a entregar mi mejor performance. En realidad no es que me costara mucho esfuerzo, el doble deseo -por su polla y por hacerlo bien- actuó como el mejor manual de instrucciones y mi amante derramó en mi cara un chorro ignorante y feliz. Y ya de paso, yo pude darme cuenta de los pocos melindres que tenía a la hora de entrar en terrenos nuevos en lo sexual.

Supongo que también intentaba compensar lo que veía como una carencia -mi falta de tablas- con una imaginación abierta, una disposición permanente, un deseo que se iba dibujando y abrazándose al de él a través de innovaciones exóticas, juegos variados y maratones sexo-festivas. Como sea, mi disposición, mezclada con su naturaleza, nos llevaron a un in crescendo invertido que partió por sus picos más altos, sobre todo el lo que respecta a confianza y comodidad (que no a fuegos de artificio). No fue por tanto mi primera vez un polvo tranquilo, tierno, dulce. Fue un polvo de descontención. Un ejercicio de voluntad, un arrojarme a lo que viniera de brazos abiertos, un reclamo de pertenencia: “Ésta también soy yo, esto me gusta, éste también es mi mundo. Y nunca más me vuelvo a quedar fuera”.

(Por cierto, que este post pretende dar respuesta -sólo en parte, pero es que de lo contrario me eternizo- a la propuesta que dejó mi colega Pablo, autor del blog Nadie nos entiende, en mi post anterior (Pasopalabra!), donde me propuso escribir sobre “cómo empezó todo, de cómo fue ese descubrimiento, esa curiosidad, y esa jugoso despertar de tu imaginación tan provocativa”).

Sobre el spanking, o la fascinación por los azotes

spankingAlguna vez he escrito algo, hasta ahora muy por encima, sobre mi fascinación por el spanking y en particular -porque hablamos de un ‘universo’ mucho más amplio de lo que puede parecer a primera vista- por las sensaciones físicas y mentales que acompañan al rol del spankee. Pero vamos por partes…

Spanking es el término inglés para referirse a los azotes o nalgadas, es decir, golpes dados con la mano o cualquier otro elemento complementario (cinturones, zapatillas, látigos, paletas de ping-pong, varas, cepillos de pelo y un largo etcétera) en los glúteos de otra persona con fines eróticos. Siguiendo con la terminología, el spankee es el que recibe los azotes, el spanker el que los da y el término spanko se referiría indistintamente a uno u otro (la única definición que he encontrado de spanko, palabra que aparece con bastante frecuencia en textos sobre la materia, es “una persona con un fetiche por los azotes, por lo general, aunque no exclusivamente sexual”). Además, no es lo mismo hablar de azotes disciplinarios que de eróticos, siendo los primeros bastante más dolorosos que los segundos, ya que su función es más educativa que placentera.

Hasta aquí los grandes rasgos, la superficie. Pinceladas básicas apenas, para aterrizar a los más despistados. Si os interesa documentaros más sobre el asunto, os recomiendo un blog fantástico y completísimo que no le hace el asco a ningún “subtema” que pueda surgir dentro de este universo (a mí algunos me superan, francamente) y que está en activo desde 2005, con permanentes actualizaciones de textos e imágenes: http://azotesynalgadas.blogspot.com.es/

Porque, como no, cuando hablamos de spanking (como de cualquier otra práctica sexual de esas con nombre en inglés y definición en la Wikipedia) las variaciones parecen ser infinitas. Hay quienes se permiten roles intercambiables, disfrutando de ambos (por lo general de uno más que del otro, pero aún así) y quienes tienen claro cuál es el suyo y no lo sueltan por nada. Algunos disfrutan de elementos accesorios al juego, como visitas al rincón o contar en voz alta y otros son exponentes de una práctica más “purista”, donde nada tiene sentido y todo sobra, salvo el sonido de una buena palmada chocando sobre la piel trémula. También están los que llevan el asunto hasta sus últimas consecuencias, ya sea porque lo viven casi como una religión (con temas de control y obediencia que traspasan las fronteras de los juegos de sábanas, si es que realmente existe tal frontera) o simplemente porque le cogen el gustillo y necesitan que les den cada vez más caña, y a poder ser in crescendo, como una droga… Pero la línea divisoria que a mí me parece más significativa en este tema es la que separa al spanko que se asume y disfruta con sus fantasías ‘erótico-disciplinarias’ del que no sale nunca, o al menos nunca del todo, del “armario vainilla” en el que se encuentra, y que  se conforma con unas palmaditas tibias cada tanto sin atreverse nunca a pedir (o dar) más, o más fuerte…

Vale, no soy experta en el tema ni manejo cifras, pero me atrevería a apostar que son muchos menos los que pertenecen al primer grupo que al segundo. Si bien es cierto que lo que vemos y oímos sobre las prácticas sexuales del prójimo es sólo la punta de iceberg, y que en la intimidad se hace mucho más de lo que se cuenta, tengo la sensación de que el gusto por ser azotado sigue siendo bastante más tabú que otras prácticas. Para empezar, porque cualquier cosa que huela mínimamente a violencia, a imponer la voluntad del fuerte sobre el débil, ya es políticamente incorrecto. Y aunque no se viva como algo malo por dentro (que muchas veces sí, lo que es aún más triste y complejo), sino como un juego erótico más, está aún muy lejos de gozar de aceptación social. Y así, la mayoría de los entusiastas del spanking callan para evitar que le cuelguen el cartelito de “perturbados sexuales”. Yo al menos, nunca me he encontrado con nadie que me cuente en una cena que le mola que le peguen en el culo, mientras que por otro lado la gente tiene cada vez menos reparos para hablar con el que se le sienta al lado (aunque sea en petit comité) de sexo anal o intercambios de parejas, por poner algunos ejemplos. Y es que, por decirlo más claro, las fantasías de azotes suelen ir acompañadas de un sentimiento de vergüenza que nada aporta.

En el blog que os mencionaba más arriba hay un post, “La negación de la evidencia”, en el que se hace referencia a “aquellas personas que viven conflictivamente sus fantasías de azotes”. Cuenta ahí su autor, Fer, que ha mantenido correspondencia con varios spankos, especialmente mujeres, y que “para ellas las fantasías de recibir nalgadas son un elemento perturbador de primer orden que les aporta sufrimiento y contradicción con su entorno social, especialmente con parejas con las cuales hay paz y armonía. Estas mujeres temen a su propio mundo interior. El desarrollo de sus fantasías puede, desde su propia perspectiva, subvertir todo el orden de su universo particular”. Y sigue: “Las fantasías sexuales no son algo que se pueda desligar de nuestra persona, sino que son de cierta forma, a mi manera de ver las cosas, la representación misma de nuestra persona y provocan mucho sufrimiento si quedan enfrentadas a otros aspectos más integradores de nuestras vidas”.

En los últimos párrafos, y a modo de consejo (muy sabio será, pero no por eso sencillo), el autor recomienda a quienes tienen “fantasías con deliciosos azotes eróticos y estas le resultan perturbadoras”, que se reconcilien consigo mismos “y, en todo caso, no enfrentar sus fantasías al resto de su vida y viceversa. Probablemente en muchos casos es importante compartir estas vivencias con otras personas y para esto Internet es maravilloso. Y por último, como decía Oscar Wilde, la mejor manera de evitar la tentación es caer en ella”.

¿Qué hay detrás de esa tentación en particular, de cualquier manera? ¿Por qué para algunos hay goce detrás de ciertos dolores, siendo que el cuerpo no está hecho supuestamente para disfrutarlos? ¿Hasta qué punto interviene el elemento físico y cuánto hay de seducción mental ante una situación cargada de simbologías? El spanking gusta a quienes gusta porque resulta excitante, y mucho, pero… ¿por qué resulta excitante?

He leído en algunos sitios la teoría de que los spankees son personas que fueron “disciplinadas físicamente” cuando niños y de alguna manera buscan repetir vivencias de la infancia, recrear relaciones con los progenitores, volver al nido. Los habrá, como hay de todo en la vida. Pero no es esa mi experiencia. A mí me daban sopa verde y me escondían la tele con llave, pero vamos, ¡es que ni tirones de pelo recuerdo! (y ya veis, he ahí otra cosa que según q contexto… jejeje!)

Supongo que, al fin y al cabo, no importa tanto entenderlo como aceptarse. Sobra decir que no todas las pulsiones internas son aceptables, pero para mí al menos el asunto está bastante claro: Lo es todo aquello que no haga daño -y daño no es sinónimo de dolor- y que respete la libertad y deseos del otro sin imponer los propios deseos y necesidades a través de la fuerza real -y real no es sinónimo de física-. Es decir, todo lo que quepa en el saco del mutuo consentimiento entre dos o más personas (y para no meterme en camisa de 11 varas agregaré aquello de “con una sexualidad ya formada”).

A modo de cierre, permitidme que os vuelva a copiar un extracto de un post del blog “Azotes y Nalgadas”, en este caso titulado “Narraciones del mundo vainilla”, si bien yo lo rebautizaría como “Breve test para saber si tienes un spanko escondido dentro de ti”. Podéis hacerlo si queréis, es sencillísimo, en realidad sólo tiene una pregunta: ¿Os sentís identificados con algo de lo que está escrito a continuación? Si la respuesta es sí, ya sabéis. Ah, y si no estáis seguros, acá os va una ayudita extra, algo así como un bonus track para el autoconocimento… ¿Os pone la foto con la que arranca este post? Ay, estimados míos, tal vez ya va siendo hora de darle otros usos a ese cinturón. Uno de mis elementos favoritos, por cierto, además de la mano…

Es tema común entre los spankos el hablar de sus experiencias previas a su entrada al Internet, cuando su afición spanka vivía en la clandestinidad y sus deseos y fantasías se veían pobremente satisfechos con imágenes fugaces que encontraban en la televisión, el cine o la literatura. Yo misma viví esa etapa con un eterno sentimiento de frustración.

Cuando te topabas con una escena de nalgadas, siempre era parcial, algo le faltaba o le sobraba, pero bastaba para alterarte el equilibrio hormonal y acelerarte los latidos del corazón. Era casi como quedarse a medias, como estar a punto de llegar al orgasmo y que alguna interrupción abrupta te lo impidiera.

La misma frustración te impulsaba a buscar escenas, se convertía casi en obsesión malsana y ojeabas cientos de revistas, libros y pasquines, mirabas cuanta película buena o mala ofrecieran por la televisión, en la que lejanamente suponías que podía haber una escena. Hay quien elegía las películas del viejo oeste, en donde, a veces, John Wayne o cualquier otro áspero vaquero, propinaba unos buenos azotes a alguna chica rejega o soberbia. Yo me inclinaba por las películas, programas o libros en donde se recreaba el ambiente escolar. Un buen internado inglés, por ejemplo, casi ofrecía una garantía de que habría, si no azotes, algún conato de ellos, que para ese entonces ya era algo.

(Y ya para terminar, y volviendo a la foto de marras, confieso que soy incapaz de recordar de dónde la saqué. La descargué hace tiempo, simplemente porque me moló, y al encontrármela ahora en una carpeta no pude evitar la tentación de usarla en este post. Me gustaría poder poner un link -se agradecen aportes si alguien la reconoce-, si bien al menos tiene una leyenda con el autor en la esquina inferior derecha).

El sexo ‘al revés’

foto blog al revesMi señora madre, una persona con una inacabable capacidad de aprender cosas nuevas, es muy aficionada a compartir cada día en su muro del Facebook una variopinta colección de links que, por una razón u otra, llamaron su atención. Humor, drama, curiosidades sexuales, espiritualidad, cuidado del cuerpo… todo cabe en su casi infinita lista de intereses, y por ende en su elástico muro (y en el mío, que la buena mujer es muy de compartir, jejeje).

Pues bien, hace algunos días, visitando a saltitos el timeline de mis amigos y conocidos, me quedé pegada con un texto que había copiado mi madre con una serie de tips para combatir el alzheimer. Básicamente, lo que se decía ahí era que el mal de Alzheimer se puede prevenir simplemente cambiando algunas rutinas para estimular el lado derecho del cerebro. Dicha técnica mejoraría la concentración, y ayudaría a desarrollar la creatividad y la inteligencia. Se trata entonces de hacer “ejercicio cerebral” o  o “aeróbica de las neuronas” –la palabra oficial vendría a ser ‘neuróbica’- para mantener al cerebro ágil y saludable, creando nuevos y diferentes patrones de comportamiento y de las actividades de las neuronas del cerebro.

Lo central es que las prácticas elegidas cambien los comportamientos de rutina por otros desacostumbrados. Así, por dar algunos ejemplos, se mencionan los siguientes ejercicios neuróbicos, si bien el texto invita a echar a volar la imaginación y desarrollar ejercicios propios que sigan la línea de los propuestos:

– Usar el reloj en la muñeca contraria a la que normalmente se usa
– Cepillarse los dientes con la mano contraria a la habitual
– Caminar por la casa de espaldas
– Vestirse con los ojos cerrados
– Estimular el paladar con sabores diferentes
– Ver las fotos “cabeza abajo”
– Mirar la hora en el espejo
– Cambiar el camino de rutina para ir y volver a casa.

Después de pasarme un par de tardes caminando de espaldas por mi casa –es impresionante como parece existir todo un nuevo mundo cuando uno anda en modo ‘backwards’- y leyendo los mensajes de mi móvil con la pantalla dada vuelta, me puse a pensar en otros ámbitos de la existencia, fuera de la rutina más cotidiana (vestirse, lavarse los dientes, leer)  donde uno podría plantearse el desafío de hacer las cosas “al revés”… Y cómo no, me di de bruces con el inabarcable terreno de la sexualidad humana. Y dentro de éste, con el sexo.

Curiosamente, en medio de todas estas divagaciones, recibí un mail de lo más perturbador que incluía la siguiente frase: “El otro día, medio dormitando, soñé que cambiábamos los papeles y me esclavizabas. Me tenías de pie, esposado, cogido del pelo por detrás al tiempo que me sodomizabas sin contemplaciones”.

Voilá! Punto para mi cerebro derecho!!!

Alguna vez he dejado entrever aquí que lo mío no es el rollo dominatrix precisamente. Más bien asoman a mis fantasías machos recios y decididos, que saben qué hacer y dónde apretar, y que son capaces de contenerme con la sola fuerza de su mirada. Y aún entendiendo los muchos matices que puede llegar a tener una entrega, la mayoría de las veces lo que me apetece es saborear la contundencia metálica de su sentido más primitivo, el más basto. Sin embargo, fue leer esas palabras y sentir que mi imaginación comenzaba a galopar en sentido contrario al habitual. Y no os podéis imaginar lo que me he divertido haciendo de madame de Sade en mi trepidante cerebrito…

Ya tenemos un ejercicio para la lista entonces, el cambio de roles. Y ojo, que en la cama asumimos muchos roles, y no todos son tan obvios ni tan fáciles de intercambiar.

(Y por cierto, una “N. del A.” para mi estimado amigo sodomizable: cuando quieras, ¿eh?, que yo encantadísima de la vida me zambullo en tales experiencias. Pero ojo, que hay que meterse entero a la piscina, porque después no pienso conmoverme ante arrepentimientos ni melindres ni “no quiero estos” ni chorradas… u know, hay juegos que toca jugarlos en serio para que resulten más divertidos… jeje).

Ahora, si bien en este caso concreto ya me estoy visualizando camino al sex shop para equiparme con el traje de látex, el strap-on y todos los adminículos necesarios, creo que en general no se trata de pensar en ideas demasiado sofisticadas ni en cambios espectaculares para que los ejercicios funcionen también en el área sexual. De hecho, conversando anoche del tema con un amigo, no se demoró ni tres segundos en soltar su propia propuesta: empezar a tomar la iniciativa cuando no se tiene el hábito de hacerlo.

¿Y qué tal una sesión completa estando ambos con los ojos cerrados, por ejemplo? O tal vez en un entorno atípico, ligado a la propia historia. ¿Qué te gustan los flacos? Pues a buscar un gordito calentito y a ver qué tal. La cosa es enarbolar la bandera del cambio. Recuerdo incuso una noche en la que para mí fue toda una experiencia –y una sorprendentemente buena, además- un polvo largo, muy intenso y exclusivamente en la posición del misionero.

Bueno, hasta aquí llego yo porque en realidad mi idea era hacer de éste un post colaborativo. Así que os invito a dejar vuestras propuestas, sin importar si parecen tontas o descabelladas, que aunque probablemente no nos enteremos, siempre existe la posibilidad de contribuir a la felicidad de algún lector (o bloguero!) ávido de nuevas ideas.

En busca del orgasmo perdido

orgasmo_recurso 2

Escribir este post es una deuda que tengo pendiente hace muchísimo tiempo con una amiga, pero cada vez que me disponía a intentarlo algo me frenaba, como si la tarea me quedara demasiado grande, como si se tratara de enfrentarse a una vaca sagrada. Después de todo, ¿qué coño puedo saber yo acerca del orgasmo, así en mayúsculas? Sí, vale, tengo orgasmos, pero muy rara vez durante el sexo (a menos que yo misma colabore directamente en el proceso), y muchas veces me quedo con la sensación de que al asunto le faltó punch, que estuvo bien pero podría haber sido mucho mejor… Eso sin contar con que durante muchísimos años decir orgasmo era para mí lo mismo que decir aguja, siendo mi cuerpo un enorme pajar donde la búsqueda no parecía terminar nunca.

Pero bueno, no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague, así que estimados míos, he aquí el tema que nos traemos entre manos, desde mi humilde perspectiva.

Decía mi amiga lo siguiente en su mensaje: Quería sugerirte  algún artículo que hable del orgasmo. Hay tantas mujeres que creen haberlo sentido y como es algo tan intangible a veces ni lo conocen. Es difícil de explicar el “como es”.

Sin duda que es difícil porque no existe ‘un’ orgasmo femenino, el asunto se puede manifestar de muchas maneras: Siguiendo los patrones del masculino por ejemplo (excitación, plataforma, orgasmo, resolución), teniéndolo en “línea recta”, con varios picos de éxtasis, tal vez encadenando uno tras otro o en espiral… Ahora, si hay algo que sí está claro en esta tierra de sombras y piruetas es que cuando se tiene un orgasmo se sabe. Y ahí no hay más vuelta que darle.

Me lo explicó una prima con todas sus letras –y su habitual dosis de humor ‘barriobajero’- hace muchísimos años cuando yo nadaba con desesperación en los mares de la anorgasmia pero no me quería convencer de ello y a cada saltito, zumbido o sensación rica trataba de colgarle el cartelito de ‘orgasmo soft’: “Eso es como tirarse un pedo –me dijo-. Da igual si es más grande o más chico, siempre te enteras”.

Lo he dicho ya en algún otro post, pero lo vuelvo a repetir ahora: Uno de los mejores métodos de encontrarse con el orgasmo perdido es la masturbación. Un ambiente relajado, tiempo libre y a explorar. Porque claro, si ni siquiera una sabe dónde tocar para ver estrellitas, cómo esperar que lo sepa nadie más. Y otra cosa, la actitud tiene que ser constructiva. Algo así como buscar con alegría y sin esperar resultados, que de lo contrario pasa algo parecido a lo del gatillazo, mientras más se intenta mayor es el desastre, y mientras tanto una se queda sin dedos y con una irritación de la hostia (en el cuerpo y en la cabeza, buff!).

No se trata de ponerse ahora a elaborar el decálogo del buen orgasmo, ni de ser tan ingenua como para pensar que con una lista de tips bienintencionados cualquiera puede alcanzar sus cimas… A veces influyen factores físicos, otras veces hay traumas profundamente arraigados que no se superan solamente con buena voluntad. Sin embargo, sí puedo hablar de mi propia experiencia y de las cosas que a mí me han servido. Cuando hay terceros involucrados vuelvo a lo dicho, o intervengo yo misma en el proceso –timideces fuera!- o saco el manual de instrucciones, el mapa y las riendas, intentado oscilar con elegancia entre la sugerencia y la exactitud. A algunos les mola eso de compartir información, pero no siempre tanta directriz es algo bien recibido. De todas maneras no suelo comerme el coco con ese tema, y cuanto más me relajo más me encuentro con sorpresitas, como una vez que me corrí sólo con que me apretaran los pezones. Y es que muchas veces un buen manejo del in crescendo puede ser el único mapa que se necesita hacia la felicidad.

Ahora, sí que tengo algunos truquillos cuando somos mi orgasmo y yo contra el mundo, sin pollas enhiestas en el panorama. Como volver a empezar cuando siento que se me escapa. Detenerme, respirar profundo, volver a sentir el cuerpo, partir de nuevo, de cero. Sin pensar en que tengo prisa, en que quiero ya, que estaba tan cerquita, que me falta tiempo para tanta parafernalia… O como buscar otros caminos para ganar intensidad, porque a veces las fórmulas seguras, las vías conocidas y habituales, garantizan el resultado, pero ese resultado no pasa de ser un mero desahogo físico. Y algo tan simple como tocarse en otros sitios, o con movimientos nuevos, puede derivar en resultados sorprendentes. No siempre, claro, pero en algún momento…

Y aún a riesgo de quedar como una hippie loca que le aúlla a la luna, meditar unos minutos antes y dirigir mis energías hacia el vientre suele hacer maravillas. O reír durante algunos minutos, así a lo tonto, con ganas, sin razón, con la boca abierta y después cerrada. De lo que se trata es de irse “para dentro”, conectar con uno mismo, con sus sensaciones y cómo éstas se van ramificando. Salir de la cabeza y volverse puro cuerpo flotando en su propio universo.

Un cuerpo que, por cierto, hay que querer. Otro básico del buen orgasmo. Ya sea en compañía o en soledad, es escaso el disfrute que se puede obtener si se piensa más en que a una le cuelga un michelín del tamaño del Titanic que en las cosquillitas que se están produciendo “ahí abajo”.

Y ya lo último: Alguna vez me ha pasado que, como mi primer orgasmo es el que más se tarda y de ahí en adelante los demás son pan comido, me engolosino demasiado y la cosa termina cayendo por su propio peso. O sea, he tenido un par de orgasmos espectaculares pero en cuanto salgo de uno ya quiero otro, como si el placer ya trajera aparejada la necesidad, y sigo y sigo y sigo, y cada uno de los que vienen después es más chiquito que el otro, llega menos dentro, hasta que la cosa se desinfla, hasta que ya tengo que parar simplemente porque tengo todo anestesiado de tanto frotamiento frenético y ya me sube la mala leche. Así que pregunto, porque siempre es tan bonito sentirnos identificados con el prójimo… ¿a alguien más se le han gastado los orgasmos por glotonería o sí que soy media bicho raro?

Mudanza

mudanzaHoy tengo resaca…

Y un cansancio de la hostia, porque mi vida está envuelta en cajas y no le encuentro el sitio a nada.

Y pienso en todo lo que se mantiene sin escribir, sin hacer.

En mi último relato inconcluso, que me acecha furioso reclamando mi atención dispersa. Encajado a medio camino, a medio parir…

En todos esos posts que aún no he escrito, que se acumulan en mi cabeza a la vez que se evaporan un poquito más cada día, huyendo de mí en busca de una muerte prematura.

En las muchas cosas que he vivido, más allá de cintas, brochas y rotuladores…

Y el sexo, oh, sí, el sexo.

Podría llenar un saco de adjetivos. Podría desgranar unas cuantas historias. El príncipe valiente. El príncipe cobarde. El príncipe más majo. La princesa quiere un sapo. Elegid.

Cierro los ojos y todo se mezcla dentro, como la ropa de una lavadora. El color que se forma frente a mí no tiene nombre, o yo no sé decirlo.

Pero si suspendo la respiración por segundos puedo distinguir algunas prendas.

Una visita inesperada.

Una propuesta inapropiada..

Pausa, ternura, reconocimiento.

Pies ajenos bajo las sábanas.

Cadencia. Contacto.

Invitaciones rechazadas.

Invitaciones casi rechazadas que terminaron convirtiéndose en una sorpresa.

Una polla de encaje perfecto.

Un ser humano bajo la polla.

Risas. Y cuantas…

Sol, playa, hotel, un pasillo, mi cama. Mi cama, mi cama, mi cama, mi cama.

Miradas nuevas, seres en descubrimiento.

Calor. Ventanas abiertas. Exposición.

Me atrevería a decir que un poquito de exceso.

Un ejemplar incansable entre mis sábanas. Una maratón digna de veinteañeros.

Mordiscos en mis pezones. Tal vez demasiados. No me di cuenta, claro, y no importa. Lo que está rico está rico.

Ufff, sueeeeeeño. Mucho sueño.

 

Agosto no ha sido precisamente un mes de vacaciones, pero no me quejo…

La vida secreta de los jefes

No sé si os habéis dado cuenta, pero el tiempo que ha pasado entre mi último post y éste es el más prolongado que he dejado correr hasta ahora entre dos entradas. Una forma fácil, y algo cliché de zafar, sería decir que he estado muy ocupada ‘viviendo’. Sí, lo sé, no tengo por qué darle explicaciones a nadie, pero aún así os ofrezco mi resumen, simplista e insuficiente, de la situación. Y no por ello falso.

Si no escribo no es porque no me pasen cosas en el aquí y ahora, sino porque no tengo la necesidad de compartirlas, porque necesito procesarlas, o simplemente porque no me pertenecen. Porque hay terceros involucrados que son dueños de sus propias historias y tienen derecho a que éstas sean respetadas. O porque al igual que un buen relato de ficción, la realidad parece narrarse mejor desde la distancia, desde el desapego. Elegid la razón que más os guste. Yo ya tengo la mía.

Así que, resistiendo cualquier tentación de intentar desenmarañar la madeja de sentimientos y confusiones en la que actualmente habito, os voy a dejar una historia que ocurrió hace algunos años, que también habla de aquellas pequeñas y no tan pequeñas cosas que solemos mantener ocultas, para que cada uno reflexione lo que más le apetezca reflexionar al respecto.

imagen cerraduraErase una vez yo, cuando tenía un trabajo de esos de 9 a 7, el culo pegado a una silla y contrato indefinido. Era un día de poco curro y yo estaba entregada en cuerpo y alma a la misión de encontrar entre las carpetas de la redacción un documento que necesitaba para terminar un reportaje. Estaba segura de haberlo visto hace algún tiempo, pero no recordaba su nombre, así que empecé a probar en el buscador con palabras sueltas relacionadas. Llevaba un buen rato buscando cuando me encontré con un bloc de notas de nombre curioso: “en la oscuridad”.

Obviamente no tenía nada que ver con el documento de mis desvelos, pero del título al clic hubo menos que un trecho, y aprovechando que mi jefe más inmediato (el que tenía su escritorio a escasos centímetros del mío) estaba tomando café me puse a leer el largo texto que tenía frente a mis narices. Que era el “copia-pega” de una conversación por chat, a todo esto. Y una bien calentita.

Los participantes de la conversación eran Amo_Falo y Potrilla_Salvaje. Amo_Falo, pese a lo potente de su nombre, era un amo “amateur”, y Potrilla_Salvaje una sumisa experimentada. La primera conversación (en realidad eran cinco en total, pegadas una tras otra con algunos saltos de línea entre medio) era un ir y venir de preguntas y respuestas, ya que A_F (lo siento, si sigo escribiendo Amo_Falo me descojono y no termino nunca) se sentía bastante inseguro respecto a cómo proceder en la que sería su primera experiencia como dominante. Así, como quien pide consejos para dar una charla frente a un nutrido público, o bien para preparar un bizcocho que quede esponjoso, el buen hombre expresaba su preocupación por la situación que se le venía encima, ya que su “sumi” (sic.) también era nueva en esas lides y él no la quería defraudar. Por lo mismo, le preguntaba a su amiga P_S (de forma frecuente y mutua se recordaban la amistad que los unía desde hace años) hasta dónde era recomendable llegar, qué cosas le gustaban a ella y cómo hacer para que su nueva conquista no se enterara de su falta de experiencia en esas lides. Finalmente, le confesaba su temor de no ser lo suficientemente atractivo para la que sería su primera sumisa, con quién nunca se habían visto cara a cara.

Los siguientes mensajes ya eran bastante más subiditos de tono. En ellos A_F no sólo ofrecía un relato pormenorizado de sus encuentros con la “sumi”, también se permitía algunos coqueteos y preguntas indiscretas con su interlocutora, claramente ya más relajado y seguro de sí mismo. Por decirlo de alguna manera, era posible percibir que ya se estaba rompiendo esa “cáscara de aprendiz” para dejar salir la pulpa, la voluntad del amo… Ya dominando la conversación, en uno de los diálogos, por ejemplo, se dedicaba a contar los detalles de una sesión de spanking, describiendo los tres tipos de látigos que había utilizado (si bien confesaba que no se había atrevido a darle “demasiado duro”, al no saber cómo calcular aún la fuerza de sus golpes) y narrando pormenorizadamente lo placentera que le había resultado la experiencia, no tanto de infligir dolor sino de tener la voluntad de un tercero entre sus manos. En otro de los diálogos dejaba hablar más a P_S, interesado por ahondar en las fantasías de sumisa de su amiga y las cosas que le gustaba que le hiciera su amo. Ella, algo reacia al parecer a escandalizar a A_F, ofrecía un par de sugerencias tímidas (uso de velas, un par de varas para que los látigos “no aburran”), a lo que él respondía que quería algo más “creativo”.

Y hasta ahí los diálogos.

Como era de esperar, en cero coma estaba conectada al Messenger (sí, existió algún día!), contándole a mi entonces compi de curro, de desvelos y aventuras, el hallazgo que me traía entre manos: “Tía, te mueres lo que encontré en una de las carpetas de la redacción, lee esto y después me comentas”.

La cosa es que mi compi, investigadora aún más intrépida y ocurrente que yo, en cuanto terminó de leer se fue a San Google y copió la dirección de email de Amo_Falo (sí, he vuelto a escribir el nombre completo, pero es que ahora se aproxima el desenlace)… y cuál no sería nuestra sorpresa al enterarnos – y así de fácil además!- que nuestro amo favorito utilizaba el mismo correo para ciertos asuntos laborales (como dejar opiniones en foros profesionales y otros descuidos) y que se trataba, ni más ni menos, de uno de los peces gordos de la empresa, y el menos turbio, en apariencia, de todos ellos: Un gordito bonachón y poco agraciado, con sus ya respetables canas, que todos apreciaban por su buen humor, sus risotadas permanentes y las golosinas que traía de regalo cada vez que salía de viaje. Un marido respetable y amante padre de familia con hijos universitarios. Una eminencia en su ámbito. Un futuro abuelito de esos que llevan a sus nietos al parque. Un redactor jefe con contactos en las altas esferas…

No es que quiera dejar una moraleja, pero al poco tiempo Amo_Falo murió. De forma inesperada y sin agonías. No tenía ninguna enfermedad chunga, nada que pudiera permitir presagiarlo. Simplemente trabajaba mucho y un día cayó fulminado en la calle. Así sin más. Y se llevó con él todas sus historias, las vividas y las sin vivir.

Sobra decir que el mundo está lleno de Amos Falos. Y de Potrillas Salvajes. No sólo al lado, también dentro de nosotros. Y más allá de que su existencia sirva como anécdota, como aliño para sazonar una jornada laboral entre tantas otras, os invito a sacar el vuestro de habitaciones oscuras y chats, a permitirle que tome un poquito el aire, que se sienta bien consigo mismo. Después no dejaremos nada, ni siquiera eso. Éste es el único momento en el que puede permitirse existir.

Yo lavo los platos, tú arreglas el coche, nosotros follamos

igualdad de géneroCuanto más igualitario es el reparto de las tareas domésticas, menos sexo. Esa es la conclusión, aunque se adorne y se suavice de mil maneras distintas (menos, pero no peor; menos pero el vínculo es más estable), a la que llegó un estudio publicado el año pasado y que ahora vuelve a instalarse con empeño y desconcierto renovados en webs y sobremesas gracias a un extenso artículo al respecto que salió el mes pasado en el New York Times.

Sí, habéis leído bien: Lo que el estudio afirma es que cuantas más tareas domésticas consideradas “tradicionalmente femeninas” (cocinar, aspirar, hacer la colada, cambiar pañales) realizan los hombres, menos frecuentes son las relaciones sexuales en la pareja. ¿Y el otro lado de la moneda? Nos ofrece resultados similares: En aquellas parejas en las que los hombres hacen labores supuestamente masculinas (sacar la basura, arreglar el coche, armar muebles o reparar las cañerías) el sexo tiene una frecuencia media de 17 veces al mes, 5 veces más que en aquellas relaciones en las que esto no ocurre.

Parece casi anecdótico, y las primeras reacciones tienden al humor. Bueno, las mías al menos. Como proclamar a los cuatro vientos que no me importaría lavar más platos si a cambio me tienen más contentita en otras lides (¡vamos, que si es por eso hasta soy capaz de ensuciarlos a propósito!), o hacer repasos de mis conocidos más “cromañones” en busca de ese ansiado prototipo de macho que “quiere siempre” [que yo quiero]. Por supuesto, si no sabe usar un taladro y pringarse bien los dedos con grasa de motor, queda descartado del Top 10 mental.

Pero el asunto no es nada gracioso, ni liviano. Porque lo que nos viene a decir este estudio es que, de alguna manera, a medida que crece la comunicación entre el hombre y la mujer, a medida que se abrazan los puntos de unión y se logra trascender las diferencias, más disminuye la libido. Que esas parejas “progres” que comparten las labores, que crían a sus hijos al “fifty-fifty” y se disputan el reinado de la cocina quedan muy bonitas en la foto, pero lo que es follar, follan menos. Y ojo, que no es lo mismo que poco, pero ya tiene tela. Porque ese menos es en relación a aquellas parejas que mantienen un reparto de roles más tradicional, donde la sola idea de que el macho de la casa lave los platos haría saltar, junto con los suspiros de rigor, una que otra lágrima de risa a la fémina que se afana tras los fogones.

Bueno, pasado el momento del pasmo vamos con los matices, que los hay… El estudio, importante es decirlo, se realizó en Estados Unidos. Así que convengamos en señalar que sólo es representativo… de lo que representa. Una sociedad occidental, entre tantas otras, con sus  características y particularidades a la hora de entender las relaciones de pareja.

Por otra parte, si bien se constata que dichas relaciones no son tan satisfactorias desde el punto de vista sexual, sí lo son desde el personal y emocional. Bueno, para mí es un poquillo como decir que 2+2 son 5, pero sigamos avanzando.

El estudio ha sido elaborado con datos recolectados hace ya un turro de años (en la década de los 90), y si bien eso podría parecer que invalida sus conclusiones, la autora del reportaje en el New York Times, que es psicoterapeuta de pareja, asegura que se trata de una realidad que se ve día a día en su consulta (Lori Gottlieb se llama, por cierto). Además, una de las autoras del estudio, Julie Brines, ofrece una teoría al respecto: La falta de “diferenciación sexual” que se produciría al no tener tareas definidas es la que generaría esa menor atracción sexual. Algo así como que la neutralidad de género nos está convirtiendo en seres sexualmente neutros. Es más, Brines va más allá y concluye que las parejas homosexuales tienden a escoger a compañeros distintos precisamente para mantener viva su conexión sexual, lo que no pasaría en las parejas de lesbianas, que buscan afinidades en la forma de entender la vida y en los gustos, y cuya vida sexual es menos frecuente e intensa (eso sí, aclarando que registran menos divorcios).

Entre las múltiples teorías surgidas al calor de este polémico estudio, la propia Brines adelanta un par: que nuestra sexualidad es emocional e inconsciente, y que nuestro deseo funciona por asociaciones aprendidas, siendo una de ellas la atracción por lo que es opuesta a nosotros. O sea, que la igualdad es muy bonita y necesaria para organizar la vida social, pero sus valores, simplemente, no se pueden trasplantar siempre a la cama. O más bien a nuestros deseos. Por ese colador no pasa lo políticamente correcto…

Pese a esta evidencia, algunas voces indignadas se alzan en Internet, reclamando que este tipo de estudios, que en el fondo vienen a decir que a las mujeres en su fuero más íntimo les gusta ser dominadas, ponen en riesgo esa precaria igualdad que empieza a asomarse hoy en día, y que tanta sangre, sudor y lágrimas (de féminas, en su mayoría) costó conseguir. Por otra parte, hay quien opina que “a mayor igualdad y presencia de las mujeres en los centros de decisión y de poder, más frecuentes son los intentos de teorizar sobre las desventajas de ese poder y esa igualdad”, sin contar con que la menor frecuencia de deseo sexual de las “parejas modernas” podría atribuirse más al cansancio que la vida diaria provoca en una pareja de nuestros días en la que ambos trabajan” que a un tema de falta de diferenciación por géneros.

Yo, de momento, no tengo opinión, ni de espanto ni de asentimiento científico, aunque sí me interesaría muchísimo conseguir más información sobre la calidad de las relaciones en aquellas parejas que comparten las labores de forma indiferenciada. Pero bueno, que mientras averiguo más por esos lares me propongo realizar mis propias y humildes “labores de investigación de campo” porque el rollo éste de los géneros me parece fascinante y siempre he peleado mucho por expandir los confines que el mío me marcaba. Pero claro, ya sabéis lo que me gusta a mí la tontería!!!

O sea, que como os decía al principio en coña, por probar que no se quede. Ahora, es altamente probable que al quinto día de lavar platos en soledad me termine aburriendo del experimento (para eso ya tengo al mio filio adolescente, que tiene muy muy claro esto de los roles) y decida cambiar el enfoque. Puede que entonces publique un nuevo post haciendo un llamado a las féminas del mundo para que nos unamos en una nueva cruzada pro-igualdad: Disponibilidad total cada vez que nuestro chico-progre coja una escoba o una bayeta. Y en cuanto a las labores de bricolaje y otros menesteres masculinos, eso se arregla fácil: Unas clases con Miley Cirus sobre manejo del martillo y a correr. O a correrse, que es la idea!

Fuentes utilizadas para elaborar este post:

Does a More Equal Marriage Mean Less Sex? (reportaje en el New York Times)

Iguales y ¿asexuados?: conflictos de la pareja moderna

Menos sexo en la pareja si los hombres hacen quehacer

Egalitarianism, Housework and Sexual Frequency in Marriage (link al PDF completo -en inglés- del estudio)

Cuerpos delatores, señales inconscientes y lenguaje no verbal de la seducción

El rollo éste del lenguaje no verbal de la seducción (corporal en su mayor parte) me fascina, como me fascina la grafología o la astrología. Porque a ratos me hace sentir poseedora de un conocimiento añadido sobre mí misma y sobre los otros –que en estos casos siempre es ‘el otro’–, y eso no suele ser desdeñable. El conocimiento tiene eso, que nos hace sentir seguros, nos da calma. Como nos la da cualquier herramienta que nos permita creer que podemos enfrentarnos de alguna manera, aunque sea desde nuestro insignificante rincón y armados con un palillo para los dientes, al caos que es la existencia. Lo predecible parece pacificarnos el espíritu, aunque muchas veces no sea más que un elixir que al beberlo se convierte en veneno para la libertad del mismo.

Pero bueno, que me voy por las ramas y no es la idea. Hablaba del lenguaje corporal, y de la tranquilidad que nos aporta manejar ciertos conceptos. Tranquilidad y poder, claro. O como apunta Pere Estupinyà en “S=EX²”, “dominar el lenguaje no verbal de la seducción es saber lanzar mensajes gestuales que se adentren en el inconsciente de la persona con quien queremos ligar, pero sobre todo saber interpretar sus señales de aceptación, rechazo, interés o cansancio que irá expresando durante la cita sin apenas darse cuenta. Si veis que ladea la cabeza vais bien, podéis pedir otra copa. Pero si notáis que poco a poco se va echando un poquito hacia atrás, mejor reaccionar rápido y sugerir cambiar de bar”. “Son y no son tonterías”, concluye Pere, tan rico él.

imagen lenguaje corporal 2Quienes se toman este tema con un poco de seriedad advierten que hay que distinguir entre “lo anecdótico, propio de revistas para adolescentes” y los comportamientos realmente consistentes en los flirteos de las sociedades occidentales. Todos los animales tienen signos específicos de cortejo y los humanos no somos una excepción. ¿Qué hay, entonces, detrás de esta insultante falta de originalidad en nuestros comportamientos? El sospechoso habitual, ni más ni menos: nuestro instinto de reproducción puro y duro, que tantos quebraderos de corazón nos provoca.

En un trabajo publicado en 1985 sobre el cortejo (para cuya elaboración se siguió  a 200 mujeres durante más de 100 horas en bares y centros de entretenimiento) Monica Moore elaboró un catálogo de 52 conductas femeninas que denotan interés, como mirar directamente a los ojos, acicalarse el pelo inconscientemente, sonreír, ladear la cabeza, tocarse de manera refleja el cuello o los labios, pedir ayuda e inclinar el cuerpo hacia delante. Pero lo que es más importante, se encontró con un hallazgo inesperado (siempre citando el libro de Estupinyà): “Lo que realmente predecía la aproximación masculina y el éxito del encuentro no era la belleza de la mujer, sino el número de señales que emitía. Monica se muestra contundente en este punto: ‘Lo hemos observado repetidamente, los hombres se interesan por las mujeres que dan más señales, no por las que en principio resultan más atractivas’. Es decir, que para que un hombre se acerque a una desconocida, una sonrisa o una mirada directa es muchísimo más eficiente que un vestido escotado o facciones más bellas”.

Y siguiendo con Moore: En dos tercios de las ocasiones es claramente la mujer quien da pistas al hombre para que se acerque a conversar. En realidad es ella la que da la señal. Cuando un chico da un paso –el ‘primer paso’ de toda la vida, vamos– casi siempre es precedido por invitaciones no verbales de la chica. O sea, y en otras palabras, más que tomar la iniciativa los chicos reaccionan al percibir una invitación inconsciente.

Llegados a este punto me pregunto si alguien habrá hecho un estudio serio sobre los signos de cortejo en encuentros homosexuales. De momento, mis barridos por Internet no han arrojado resultados satisfactorios. Vale que en muchos casos la cosa es tan directa que no son necesarias estas “artimañas” para llegar a las sábanas (ay, esa maravillosa practicidad que tiene el sexo gay a veces), pero pretender que no existe un ritual previo es quedarse muy cortos.

Y otra reflexión os dejo: Me parece que manejar mínimas nociones sobre este tema no sólo nos permite entender mejor lo que el otro nos está comunicando de forma no verbal (y si acaso hay una incongruencia con lo que nos transmite verbalmente, y por qué podría ser eso), sino también entender, y hasta cierto punto controlar, lo que nosotros mismos estamos comunicando. No se trata de reprimir las expresiones del nuestro cuerpo, se trata, además de comprendernos mejor, de evitar que hable en exceso por nosotros cuando no queremos. Ay, la traición de un cuerpo delator, quién no se ha visto en esas alguna vez…

Para evitar alargarme os dejo un ‘punteo’ de otras cosillas interesantes en torno a la comunicación no verbal que aparecen en el libro:

– La mirada continúa siendo su principal elemento, tanto de manera involuntaria como controlada.

– Los expertos observan muchas sutilezas en las señales no verbales de seducción, como esconder la panza y mantener la espalda recta, recolocarse la ropa y –en el caso de los hombres– posicionar el cuerpo de manera que cierre el campo visual de la mujer. Otras señales de interés típicas de chicos son: inclinarse hacia la mujer, gesticular airadamente, mover mucho las manos y asentir exageradamente con la cabeza.

– En cuanto a las chicas, nos delatamos cuando humedecemos los labios de forma involuntaria o torcemos un poco el cuello para mirar fijamente al macho que nos arranca los suspiros internos.

Obviamente, también resulta recomendable manejar un mínimo de información sobre aquellas temidas señales de rechazo, para al menos ser un rechazado digno en caso de encontrarnos en esos menesteres.

imagenlenguaje corporal 1Entre los clásicos de toda la vida nos encontramos con el infaltable bostezo (espontáneo, que si ya es del otro mejor ni hablar) y las continuas comprobaciones al móvil (el libro en realidad habla simplemente de comprobaciones pero yo me he permitido el adjetivo extra ya que, en los tiempos que corren, espantarse porque el galán de turno le echó una sola miradita roñosa al WhatsApp no parece la actitud más productiva).

Nuevamente Moore viene a nuestro rescate, esta vez con una lista de 17 actitudes asociadas al rechazo (y siempre en un contexto de primeras citas). La lista hace referencia a comportamientos observados en mujeres, si bien los hombres comparten varios de ellos. Entre las principales tenemos inclinar el cuerpo hacia atrás, cruzar los brazos, tocarse las uñas o mover los dientes. ¿Pensabais que era por nerviosismo? No, advierte Pere: “se encuentra incómoda y quiere escapar”. “Veréis que pronto empieza a desviar la mirada, las piernas se mueven inquietas, y no tardará en dejar de sonreír tan fácilmente como antes. Y si en un momento determinado empieza a llevar la contraria en temas banales en lugar de asentir, podemos interpretarlo como otra de las señales más claras de rechazo”.

Como conclusión más que obvia, el libro nos deja la siguiente: Los hombres menos exitosos a la hora de ligar identifican significativamente menos señales de cortejo que la media…

¡Qué! ¿Os parece ahora que son tonterías de las que estamos hablando?

#nonecesitamosniunhueón

¿Se acerca otro puto San Valentín en el que sentís que os chupaís el dedo? Os dejo esta joyita proveniente de mis terruños originales, aunque apta para todo público 😉

Y por cierto, muchas gracias a mi bellísima amiga Polilla, que me dejó el link en la fanpage.

Antes de que empiece mañana (y VI)

– ¿Entonces? ¿Me la vas a meter o no?

Una pregunta directa. Desnuda. Y que ya no puede ser evitada. De pronto no hay nada más que su pregunta, es más que ella incluso, se ha convertido en el centro del único universo posible. De pronto en el universo eso es lo único que importa.

Él detiene sus besos. Se retrae como si lo hubieran herido en algún sitio y tuviera que evitar que su sangre aflore al exterior. Ella tiene una sensación de déjà vu  y siente frío. Cuando habla, le parece que flota en una gelatina de irrealidad.

– ¿Qué pasó esa noche? No soy capaz de recordarlo, pero no puede haber sido tan malo. ¿Por qué te fuiste así, sin despedirte?

– Vaya, de nuevo nos olvidamos del señor…

– ¡No!- lo interrumpe con energía-. No le estoy hablando a ningún señor de los cojones. Le estoy hablando a mi amigo, o al amigo que algún día tuve al menos.

– Así que es verdad que no lo recuerdas…

– No lo estaría preguntando de ser así.

En lugar de contestar él le da la espalda y se acerca a la ventana, la boca torcida en una mueca casi infantil.  Ella, pese a sentir que ha sido la artífice de la situación que está viviendo, ya que de alguna manera sin su presión el tema jamás hubiera llegado hasta allí, no puede evitar la sorpresa de constatar que él maneja sus propios pesos, su propia gravidez al respecto, y que no hay sitio para ella en la sombra que parece cubrir la habitación que comparten.

– Tengo frío. ¿Me puedo vestir?

– No- Él ni siquiera la mira al responder.

– Vaya. ¿Y entonces?

– Nunca he podido dormir después del sexo. No sé por qué. Es como… Hay una cierta orfandad en esas horas muertas que preceden al día que me lo impide. Es como si al vaciarse mi cuerpo en otra persona quedara demasiado sitio libre para la lucidez, más de la que pudiera soportar. Está oscuro, pero todo se ve demasiado claro, los pelos, las cicatrices, el absurdo. Y en la claridad no existe la esperanza. ¿Sabes  lo que existe? Un regusto a café frío que no hay cómo quitarse de la boca.

– No entiendo. ¿Te fuiste porque no te gustó mi café? ¡De qué coño me estás hablando! No volví a saber de ti en años.

– No es eso. Y ese comentario no está a tu altura.

– Sabes a lo que me refiero. ¿Qué intentas decirme? ¿Qué después de follar se te alteran los químicos del cerebro y no soportas estar cerca de la gente? ¿Qué te fuiste porque eres de esos que jamás despierta con la chica con la que duerme? ¿No te gustó el polvo? ¿Te dejé de gustar yo después del sexo?

Esta vez sí la mira, pero no responde. Y su silencio se parece tanto a la soledad de aquella mañana hace casi 20 años que durante algunos segundos ella siente que podría rozar a la Cecilia de entonces si quisiera, e incluso abrazarla y llenar con su cuerpo duplicado el hueco vacío entre las sábanas. Pero al mismo tiempo sabe que no tendría nada para decirle. Ni una triste palabra.

imagen cama vacía

Tampoco sabe qué más decirle a Víctor, que ha vuelto a girarse hacia la ventana. Intenta un par de frases inofensivas pero no recibe respuesta, y cuando se acerca a tocarlo él le retira la mano y se desplaza un par de metros, con suavidad pero firmeza.  Como no sabe qué más hacer se pone de pie y se dirige hacia el salón en busca de su ropa. Ha pasado tanto rato desde la última vez que él habló que ella siente que no se trata de una opción realmente, sino más bien de una línea única trazada de antemano por otro. Todas las prendas están en el mismo sitio que antes, así que se tarda muy poco en reunirlas. Se mueve con lentitud, con la esperanza de oír de pronto la voz de él ordenándole no hacerlo, pero eso no ocurre. Cuando termina de vestirse –se pone todo menos los zapatos- regresa a la habitación. Él está sentado en el borde de la cama. Ella se queda de pie a su lado.

– Víctor, vengo a despedirme.

– Lo que te dije antes, lo del café y todo ese rollo… No fue lo que pasó contigo.

– ¿Ah no?

– No.

– ¿Y entonces?

– No puede ser lo que pasó contigo porque nosotros nunca hemos follado.

A ella le chirría un poco la palabra, atípica en sus labios, pero pasa el detalle por alto.

– ¡Qué dices! Claro que sí. Vale que no recuerde con claridad esa noche, pero sí tengo imágenes. Y estábamos desnudos. Me chupaste las tetas. Y yo a ti la polla.

– Sí, eso lo hicimos.

Él no agrega más, pero sus palabras tienen el efecto de un coletazo revelador: La misma pregunta por parte de ella -¿me la vas a meter?- y la misma respuesta de él –silencio y retraimiento- aunque en la versión actual él parezca desprovisto de la espontaneidad de la primera.

– Cecilia, hace muchísimos años que no tengo sexo. Y con ello me refiero al coito, para que me entiendas bien.

– ¿Por qué? – pregunta ella más por inercia que por otra cosa. Siente que la última frase contiene demasiada información como para dejarla pasar sin analizarla palabra por palabra, pero él no parece dispuesto a darle tiempo a que lo haga.

– Porque no me gusta.

– ¿No te gusta? Pero… Acaso…

– Me gusta mirar, tocar, dar placer, jugar. Me gustan muchísimas cosas. Pero no… follar.

– Ya. Así que lo de hoy es lo más que puedo esperar de ti.

– ¿Y te parece poco? Te he visto gritar como un animal.

– Es cierto, y si me das cuerda te puedo pintar mis experiencias de esta noche de forma mucho más bonita. Ha sido intenso, por decir lo menos. Pero no sirve para todas las veces.

– Se pueden hacer otras cosas.

– ¿Y en que parte de esta historia se te pone dura?

– No sé qué no has entendido de lo que te he dicho: No me gusta follar, es tan simple como eso. No me falla nada ni estoy traumatizado.

– A mí me parece que sí. Necesitas ayuda.

– No lo creo. Yo no huyo de quién soy, todo lo contrario. ¿Por qué tendría que esforzarme en hacer algo que simplemente no me apetece? No necesito el coito para ser feliz.

– Ya, lo tuyo es ser espectador y nunca perder el control, ¿no? Así te quedarás solo.

– ¿Tú crees?  Nunca me he sentido solo. Y de cualquier manera nunca haría algo que vaya en contra de mí por adaptarme a una mayoría o darle en el gusto a alguien. En cambio no se puede decir lo mismo de ti.

– ¿A qué te refieres?

– A los curiosos personajes que eliges para combatir la soledad. ¿Cuántos de ellos llegaron a conocerte realmente? ¿Cuántos tuvieron el interés? Yo sé lo que te gusta como si me gustara a mí. Y no me refiero a lo que andas por ahí diciendo que te gusta, sino a lo que te hace latir. A lo que dices sin decir. Son cosas que a mí me importan, de verdad.

– Ya, pero no follas.

– Dime una cosa, pero ten la decencia de darme una respuesta honesta. ¿Hace cuánto tiempo no te sentías como hoy? ¿Hace cuánto q no te corrías tres o cuatro veces, y además con esa intensidad? ¿Cuántas veces en tu vida te has permitido la libertad de ser tú misma, de dejarte llevar hasta el extremo en que lo has hecho hoy?

– Muy pocas, ninguna, no lo sé, pero no sigas por ahí. Ese es sólo un aspecto del asunto. No puedes pedirme que renuncie a algo que está en mi naturaleza, que lo saque de la ecuación como si se tratara de una puta operación matemática que termina en balance positivo. ¿Qué hago yo con todo lo que quiero hacerte, con todo lo que quiero tocarte? ¿Qué hago con mi hambre de polla?

– ¿Es necesario que seas tan vulgar?

– ¿Me va a llevar más lejos ser elegante?

– Cecilia, esto se nos está yendo de las manos. No es la idea.

– Mira Víctor, tú puedes currarte unos discursos elaboradísimos sobre lo normal y feliz que eres, pero para mí no funciona así.

– No funciona porque estás totalmente centrada en ti y en tus necesidades, y aunque dices buscar el amor la verdad es no estás dispuesta a mirar el mundo de a dos, a compartir. Te gustas demasiado a ti misma como para hacerle un sitio real a otra persona. ¿Qué pasaría si, estando casada y enamoradísima, tu pareja tiene un accidente y ya no puede tener relaciones? ¿Cuánto te demorarías en abandonarlo? No, espera, seguro que terminarías encontrando una solución salomónica de esas que tanto te gustan: Te quedarías con él, lo cuidarías, pero los fines de semana te buscarías un buen rabo que te ayudara a pasar las penas. De cualquier manera esa persona para ti ya no valdría lo mismo, ¿no?

– Tendría que estar en la situación para saber realmente lo qué haría, pero hay una tercera opción que te callas y soy tan capaz de ella como cualquiera. El amor es algo enorme, y a veces nos sorprendemos a nosotros mismos con lo que podemos llegar a hacer por él. O no hacer.

– ¿Y entonces?

– Entonces, que hay una diferencia fundamental en ambas situaciones. Porque en el caso de tener un marido tullido, al menos podría comprender las razones. Y rezar porque la medicina avance más rápido que nuestras vidas. Y en tu caso, simplemente no entiendo qué te lleva a actuar así, y el no entenderlolo hace mucho peor. ¿Existe alguna posibilidad de que… algún día…?

– No, no la hay.

– ¿Estás completamente seguro?

– Lo estoy. Y es lo único que te voy  a decir al respecto.

– No me alcanza. Necesito saber por qué.

Justo cuando ella siente que está a punto de rasgar el envoltorio que los separa  él la coge de las manos y la tira suavemente hasta que se sienta a su lado en la cama. Sin dejar de mirarla a los ojos le pone un dedo en los labios y lo hace descender con extrema lentitud por su mentón y cuello, hasta posarlo en su pezón izquierdo. Pese a la contención que deberían ofrecer la tela de la blusa y el sujetador, ella siente que el dedo pasa directo a su piel y quema, y que su calor desciende a velocidad de cohete hasta su vientre. Le parece que se moja con un líquido espeso e hirviente y contrae con fuerza la pelvis en un esfuerzo por no dejarlo escapar.

– Te ordeno que no vuelvas a hacerme esa pregunta nunca más.

-No me vale –murmura apenas, haciendo un enorme esfuerzo por reprimir un gemido-. No puedes solucionarlo así.

– Cuando entraste aquí establecimos reglas claras. Pues bien, ya sabes cuáles son tus opciones. Obedeces o te vas. Es todo lo que tengo para ofrecer. Eso y a mí mismo, pero así, tal como soy. No otro. No estoy buscando a alguien que me redima.

Mientras habla él le arranca la blusa de un tirón, haciendo saltar los botones. No tiene más contemplaciones con la falda, y mucho menos con ella, que tiene que sujetarse de unos barrotes de la cama para no caer. En un solo movimiento le inclina la espalda y le eleva la cabeza por el pelo, y sin quitarle las bragas comienza a masajearle el clítoris desde atrás con movimientos bruscos pero regulares. Su mano se desliza dentro casi sin que exista transición, como entra una cuchara en un soufflé, y antes de que ella se dé cuenta él ya tiene el puño metido en el coño, y cuando empieza con los movimientos rotatorios a ella se le aloja una sensación de montaña rusa en la garganta y aprieta los dientes para que nada importante se le escape entre medio de sus gritos. El tiempo no avanza, vuela en círculos que la envuelven por dentro y por fuera, y ella se rinde al vértigo convertida en un volcán invertido que entra en erupción. Y entonces, cuando siente que es incapaz de dar cabida a la más mínima sensación nueva, él le da un mordisco en la espalda, entre el cuello y el omóplato derecho, que la inunda con un ímpetu capaz de vaciar cualquier cosa. Su nuevo orgasmo, que solapa al que ya estaba en curso, es como un latigazo partiéndole la columna en dos, espléndido y salvaje.

silueta en negro

Se tarda un buen rato en abandonar el refugio que le ofrecen los barrotes de la cama y enfrentarlo. Quisiera quedarse ahí para siempre, de espaldas a él pero aún así en contacto con su piel, pero sabe que no es posible. Hay algo de ritual en la forma en que se gira, una cierta pesadez en el aire que la sigue.

– Víctor…

– Si vas a volver a preguntármelo, detente ahora. A menos que estés dispuesta a irte. Me conoces y sabes perfectamente que no habrá vuelta atrás. Y sabes, aunque me pregunto si con la misma claridad, que no quiero que te vayas. Sé que puedo hacerte feliz y creo que deberías dejarme intentarlo. Así que por favor, no hables. No digas nada, absolutamente nada. Sólo recuéstate aquí a mi lado y disfruta de este momento maravilloso.

Ella se acerca a él pero en lugar de acostarse lo besa con largura. Y aunque aún no termina de cruzar del todo la frontera que la separa del mañana, su saliva febril ya sabe a despedida. Se pregunta si acaso no son todos los besos un anticipo de despedida, el último resquicio de lo inevitable.

– Víctor…

Antes de que empiece mañana (V)

bondage_muñecasÉl se detiene. Ella sabe que él no va a continuar como se sabe que hay un bulto entre las sombras: Está ahí, aunque no se lo pueda ver con claridad o entender por qué. No ha contado los golpes pero han sido varios, más de los que alguna vez pensó que podría desear de cualquier manera. Y aunque siente que no puede más, también le parece que acaban de expulsarla de una fiesta, a la vez luminosa y oscura, sin estar preparada del todo para abandonarla.

– Señor- balbucea con voz rasposa, el cuerpo aún convulsionando.

– ¿Sí?

– El coño me hierve.

Él no hace nada por comprobarlo, y ella no puede evitar transformar su omisión en una pequeña afrenta. Aún así, cuando siente los dedos de él sobre sus tobillos su cuerpo acoge esa nueva forma de contacto dispuesto a perdonarlo todo. Él le desata las piernas con cuidado y se sienta en el borde de la cama.

– En serio. Podría meterme una casa ahí dentro. O mejor otras cosas…

No está segura de si es prudente seguir hablando, pero como el silencio de él se prolonga se decide a volver a hacerlo. Sin embargo prefiere cambiar el curso de la conversación, ya que le parece que un peligro la espera en alguna de las esquinas del camino que está tomando.

– Una experiencia muy interesante, sí.

– Háblame un poco de eso Cecilia. Tengo curiosidad.

– ¿De qué, exactamente?

– De lo que se siente.

– Vaya, no sabría cómo ponerlo en palabras.

– Inténtalo.

Él comienza a acariciarle el culo con suavidad. Todo el calor que emana de los glúteos de ella se multiplica furioso en las invisibles estelas que van dejando los dedos de él sobre su castigada piel, como si un ejército de gusanillos le mordiera la carne con sus pequeños dientes terribles hasta entrar en ella, convertidos una vez dentro en ingrávidas burbujas de placer. Se retuerce con pereza.

– Inténtalo-, insiste él, y sin más aviso le suelta una cachetada tremenda. Sin tiempo de rascarle compasión alguna a su gesto, a ella se le escapa un grito que más parece un rugido, y siente que por su garganta huyen todas sus resistencias. La sangre le salta a la cabeza.

– Es como un sándwich- le contesta cuando le vuelve la voz.

– ¿Un sándwich?

– Sí, como si el sabor fuera uno solo pero al mismo tiempo fuera inevitable saborear cada uno de los ingredientes. Primero hay una capa de placer, ese placer anticipado de saber lo que viene, cuando el cuerpo se hace chiquitito y cada célula de él se prepara para recibir. Es como conectar con algo primitivo. Después el dolor puro, sin más adornos, simple y absoluto. Dura muy poquito, pero te da tiempo a preguntarte qué coño estás haciendo allí, qué puede haber de bueno en lo malo. Y al final la última capa, nuevamente placer, alivio, redención… Como si al liberarse de sus miedos el cuerpo se vaciara de todo lo que le sobra y se elevara y… Uf, ya no sé ni lo que digo.

– Se entiende perfectamente.

– Lo que sí, sigo sin saber  con qué…

– Seguro que eres capaz de recordar la primera vez que nos fuimos juntos a la playa.

– ¿Ese verano que llovió casi todo el mes?

– Ese mismo. ¿Recuerdas lo que hacíamos para entretenernos?

– No sé a qué se refiere. Veíamos la tele. Íbamos donde Paco.

– Sí. Pero tú no eras mucho de jugar Pac-Man.

– No, la verdad es que no.

– Pero sí había algo que te gustaba mucho hacer donde Paco. Y un día me confesaste que tenías una fantasía. ¿Te estoy refrescando la memoria?

– ¡Hostias!

-Exacto. Pensé que tal vez podía satisfacer un viejo deseo. ¿Te habían dado antes con una paleta?

– No señor. Nunca.

– ¿Y esa fantasía tuya? ¿De dónde salió?

– No sé. Vi una escena en una peli, hace millones de años, ni siquiera recuerdo su nombre. Se me habrá quedado grabada por algo.

– Ya veo. Bueno, creo que ha sido suficiente por hoy, ¿no?

– Sí, sin duda.

– Ahora date la vuelta.

Piensa que no va a poder, pero entonces se da cuenta de que las ataduras de sus muñecas le permiten bastante libertad de movimiento. Mete la cabeza entre los brazos y se gira elevando un costado del cuerpo, intentando cubrir su rostro al hacerlo.

– ¿Estás lista?

Dice “para qué”, pero no necesita una respuesta. Abre las piernas, todo su deseo convertido en humedad aceitosa. Él se acerca un poco más, pero no la toca.

– Aún nos falta éste-, murmura mostrándole un objeto ovalado y metálico unido a un mando por un cable.

– No sabía que te gustaran tanto los juguetes- dice ella sin dejar de mirar el objeto que tiene entre las manos.

– Te gustan a ti.

– ¿Entonces me esperaba esta noche?

En lugar de contestar él le mete el  huevo metálico entre las piernas y se lo hunde dentro con un solo movimiento, exento de dificultad. El aparato empieza a vibrar y ella, arrastrada por la urgencia de su demanda, se contrae y gime. No puede ser mejor pero sí, porque entonces se da cuenta de cuánto quiere su mano completa ahí dentro, o mejor a él, todo él -desnudo, poderoso y fálico-, preparado para salir victorioso de todas las batallas.

– Entra. Por favor entra.

Él no parece oír su reclamo y aumenta la potencia de la vibración. Ella arquea la espalda y aprieta los puños, abandonando rápidamente su negativa implícita entre aquello que ya se ha deshecho en el pasado. Se le agita la respiración, aunque más que tragarse el aire se lo bebe con sorbos cada vez más desesperados. Aún no ha llegado al momento de no poder aguantar más pero está cerca, así que acelera sus avisos, por si él quisiera dilatar los instantes previos a la tregua. Pero él no parece dispuesto a darle tregua alguna, ya que pone el aparato a máxima potencia –ya no son ondas, ahora parecen mordiscos inesquivables– y se inclina muy cerca de su abertura, con la mirada cargada de algo levemente distinto al deseo. Y entonces, cuando todo se vuelve níveo y comienza a derretirse a su alrededor, él le roza el clítoris con la punta de la lengua, disparando al hacerlo un fogonazo que pulveriza la nada blanquecina que la devora. Toda ella se desliza hacia abajo para recibir las húmedas caricias de su boca. El orgasmo, alojado ya a en columna, no la abandona, pero al extenderse por su cuerpo le parece que, más que venir de dentro de ella, brotara directamente de los labios de él, que la recorre con movimientos espesos. Agotada con tanta exaltación ella grita, suplica, agita las piernas, pero con eso sólo consigue intensificar la presión que ejerce su lengua. La lengua de Víctor. Y el huevo de los cojones. Y sus manos indefensas. Esa es verdaderamente la Santísima Trinidad, se dice antes de soltarse, igual como se soltaba del columpio algunas veces cuando era niña, impulsando el cuerpo hacia delante justo cuando estaba en la parte más alta. Era la idea que tenía en aquella época de volar. La primera vez que cayó mal fue cuando empezó a preocuparse por lo que podría pasar después. Antes de eso nunca hubo un después. De cualquier manera, al llegar a casa le echaron la bronca por volver del parque con la ropa hecha un desastre.

Sus propios gemidos –irreconocibles, rupestres casi-la traen de vuelta a la habitación en la que se encuentra. Abre los ojos pero al hacerlo pasa por encima de él y fija la mirada en las marcas de su propio antebrazo. Aún no está preparada para salir del todo de sí misma.

– No más, te lo suplico.

Él se detiene entonces y la libera de su pequeño visitante interno, que se queda vibrando en un rincón de la cama. Hace rato que ella siente que no puede leer en sus expresiones. Le parece que él sería capaz de cualquier cosa y la posibilidad de encontrarse con algo sorprendente a esas alturas de su vida la seduce más de lo que la asusta. Algo en él la llama, y ese llamado no puede destruirse con la fuerza de la lógica, de igual manera como no puede anularse con palabras el poder de atracción de un imán.

– ¿Estás bien? ¿Tuviste suficiente?

– Algo así.

– ¿Algo así? –Él arquea las cejas en un gesto exagerado, la boca abierta en una enorme sonrisa. Ella intuye el peligro pero no recula.

– Bueno, digamos que me faltó algo. Aunque tendría que dejar que me reponga…

Él no le da tiempo a continuar y le estampa con fuerza la palma de la mano contra su reblandecido coño. El dolor le estalla directamente en la cabeza, sin hacer viaje alguno, para repartirse después por todo su cuerpo en pequeños latigazos de deleite.

– No me refería a eso- murmura cuando se le termina de deshacer el grito dentro.

– Vaya. Te habré entendido mal.

-No lo creo.

A modo de respuesta él comienza a desatarle las muñecas. Ella no se mueve ni baja los brazos cuando él termina pero lo sigue con la mirada. Elige interpretar su gesto como un permiso.

– ¿Me la vas a meter?

Espera su silencio, pero no que le dé una bofetada. Y ya todo ocurre demasiado deprisa, la pregunta estrellándose en su rostro, el vacío, la confusión, la mano de ella viajando hasta el rostro de él, una, dos veces, y a la tercera él le agarra el puño con fuerza y ya no están en la cama, están en el suelo forcejeando, y él le tira el pelo y la muerde y ella se defiende con las uñas, intentando abrirle la camisa a tirones y encontrarse con su piel esquiva. Se miran. Resoplan. Y entonces él vuelve a ella pero su boca ya no muerde, ahora besa, y ella se deja recorrer pensando que bien puede parar un poco. Sólo un poco…

Antes de que empiece mañana (IV)

No es un suave deslizarse por una pendiente, sino más bien como estar atrapada en un ring y caer una y otra vez frente al contrincante. En el momento del final lo único que le queda entre los labios es un tímido regusto a alivio, pero su orgasmo es más un estrangulamiento de los sentidos que su exaltación. Él se ha apartado un poco y la observa como se observa a una criatura curiosa: con los ojos entornados y una sonrisilla levemente burlona.

– ¿Puedo beber un poco de vino? Tengo la boca seca.

Él le indica con un gesto su aprobación. Cuando le habla, su voz la convierte en una copa transparente, derramándose dentro como un chorro de líquido fresco. A ella le parece que lleva horas sin escuchar una voz humana y agradece la sensación.

– La próxima vez te tardarás menos.

– No sé yo si me quedan muchas ganas de una próxima. Para venir a hacer aquí lo mismo que podría estar haciendo en mi casa…

– No es lo mismo. Estando conmigo se puede masticar tu turbación. ¿No es maravilloso? Tu problema es que la rehúyes, cuando podrías entregarte a ella.

– Si, ya. Dicho suena muy bonito. La próxima vez que me abra los brazos iré corriendo a su encuentro.

– Quítate la ropa.

– ¿Ahora?

– No, mañana. Quítatelo todo. Sentada en el sofá.

Ella asiente con la cabeza, se deshace de la copa y le obedece, esta vez evitando dilaciones. No le dice “y siéntate en el sofá”, le dice “sentada”, así que ella se sienta primero y después termina de desvestirse. Cuando está lista él le ordena que cierre los ojos y respire profundo, tomándose todo el tiempo necesario hasta sentir que su cuerpo se relaja por completo. A ella le parece un encargo sencillo, pero en cuanto cierra los ojos cada parte de su cuerpo parece cobrar vida propia y reclamar su atención. El corazón le late con brío. Intenta imaginar que una luz blanca la llena, llevando paz a sus diseccionados miembros. De abajo hacia arriba. Tal como le enseñaron en clases.

Ya va por el cráneo cuando siente que él le coloca las yemas sobre los párpados. Da un brinco y se queda en estado de suspensión hasta que él le posa un dedo sobre los labios. Ella lo lame con cautela y el dedo se retira de su boca con la delicadeza del mar cuando recoge su espuma.

– Shhhhh. Sigue respirando, sin abrir los ojos. Ahora vuelvo.

Después de unos minutos que le parecen hondos y oscuros, más allá de la frontera que sus párpados obedientes construyen de espaldas al mundo, él regresa y le anuncia que tiene cuatro objetos para ella y que está seguro de que le gustarán.

– ¿Puedo saber cuáles son, señor?

– De momento sólo dos. Los otros son sorpresa.

Sorpresa. Nuevamente la sensación de ser una niña, limpia pero a la vez inerme, totalmente a merced de ese único Dios que para ella siempre ha existido: El que es más grande. El que puede más.

En el hueco que permiten sus manos entrelazadas él le deja algo que parece un trozo de tela. Ella lo toca y sonríe.

– Igual me hubiera quedado con los ojos cerrados si me lo hubiera dicho.

– Así no tienes que recordarte a ti misma que no los puedes abrir.

Le pone la venda con movimientos mansos, y a continuación deposita otro objeto en su regazo. Ella no necesita tocarlo para saber. La cuerda parece enroscarse entre sus muslos como una víbora indefensa y juguetona. Un agujero de aire le sube por la columna. Se estremece.

– Espera, tengo otra idea. Sígueme.

imagen cuerdas bondageÉl le coloca la cuerda sobre los hombros y  la guía hacia el interior del piso cogiéndola del brazo con gentileza, sin ejercer casi presión. Sin embargo, hay algo férreo en el centro mismo de su blandura, como una irradiación de su voluntad que no fuera capaz de reprimir del todo. Se detienen al cabo de un rato, no mucho pero sí lo suficiente como para que ella alcance a sorprenderse ante la evidencia de que el sitio es muchísimo más grande de lo que imaginaba.

– Aquí, túmbate aquí. Boca abajo. Y sin hablar.

No ha terminado de acomodarse cuando él le coge las muñecas y se las junta con un movimiento brusco. Le da un tirón para cambiarla un poco de sitio y le ata las muñecas entre sí y después a algo que está fijo. “Probablemente un respaldo”, se dice ella. “Vaya, así que cama con respaldo”.

Después de la sacudida que le da a sus brazos él parece renunciar a la prisa y es mucho más delicado con sus tobillos, que ata al otro extremo de la cama. Sin embargo, a diferencia de los brazos, se asegura de que las piernas queden bien separadas, aunque sin que llegue a resultar doloroso o demasiado incómodo. Algo la reclama con timidez por el costado y ella se gira un poco elevando la cadera, movimiento que él aprovecha para deslizar  un bulto bajo su vientre. “Almohadones. Dos o tres”.

– Lo que estoy viendo ahora mismo… muchos pagarían por ello.

¿Es un cumplido? ¿Una demostración de poder? Ella no sabe qué escarbarle a sus palabras así que contrae la pelvis y suelta un gemido indefinido, que se transmuta en sensación cuando él le roza el nacimiento de la espalda con algo rasposo. Su piel se pone en alerta.

– Sólo es una cuerda. Es que tiene un tubito plástico en la punta, como los cordones de los zapatos.

“Tiene varias”- se extraña, cayendo en la cuenta de que ha necesitado al menos cuatro para atarla a la cama- “¿Las usará con frecuencia o estaba preparado?”.

La sensación no es del todo agradable –“mejor con los dedos”- pero a los pocos segundos se rinde ante la evidencia de que no podría desear otra cosa. Y entonces ya no hay trayecto, y toda ella, desde lo más interno hasta la envoltura, siente sed exactamente de lo que está recibiendo. Cada rasguño invisible que perturba sus poros la abre en millones de pequeñas puertas. Suelta la prisa como un globo. Como si la adivinara, él le murmura dos palabras cerca de su oído.

– Ahora espera.

Y tras una breve pausa, como si no hubiera sido suficiente:

– Lo que haga falta.

La voz se él le sustrae algo, pero a cambio llena todos sus espacios en blanco de expectativas. La sonrisa le dura más que el entusiasmo. Y a medida que se deshacen los segundos todo lo bueno que le estaba ocurriendo se resigna a desfilar frente a ella como un fantasma de un pasado reciente

Si al menos pudiera tocarse, se lamenta. O mejor aún, que Víctor la embistiera por sorpresa aprovechando la descarada posición en la que la tiene esperando. Está segura de que no sólo se siente, sino que además se ve hendida como dos mitades a punto de separarse de una fruta demasiado madura.

Pero no le está permitido el placer de la desintegración, y entonces se hace consciente de la tensión en la que se encuentran sus miembros. Las manos juntas. Las piernas separadas. Almohadones bajo el estómago. No hay nada más que eso. Toda su realidad reducida a unas cuantas pinceladas tan gruesas como ineludibles.

Él se ha ido, o al menos eso piensa ella. En su ausencia, real o figurada, el silencio también es un absoluto.

Y los minutos pasan…

“Dios”

“Cuánto más, cuánto más, cuánto más”

“Me duelen las piernas”

“Pffffffffff”

imagen fuegos artificio

Y entonces algo se altera en el aire -“¿Ha vuelto? ¿Se ha ido alguna vez? ¡Maldita moqueta!”- y esa alteración es como un aviso y a la vez la plataforma desde la que se impulsa su sorpresa. Un golpe. Uno solo pero rotundo, que le llega como llegan los fuegos de artificio: Primero un sonido de trueno  perforándola en un único y focalizado punto  y después ese estallido luminoso y caótico del dolor, efervesciendo furiosamente por dentro.