Hay un smartphone entre mis sábanas…

pantallazo durexHace algunas semanas llegó a mi curro un correo de Durex, con el link a un “emotivo” video (yo más bien diría cebollón) que supuestamente revelaría una “esperada tecnología para smartphones que podría cambiar para siempre nuestra vida sexual”.

El video en sí, con su respuesta iluminadora al final del mismo (totalmente predecible por lo demás), no me interesa mayormente, pero sí quería compartir con vosotros algunos de los datos de un estudio de la Universidad de Durham que se ha lanzado junto con la campaña de Durex, porque si bien no me sorprenden, no por ello dejan de resultar alarmantes. Eso sí, hay algunas salvedades que es preciso mencionar, como que sólo se entrevistó –en profundidad- a 30 personas, todas ellas viviendo en Inglaterra (un país no precisamente conocido por las pasiones desatadas de sus habitantes) y que en todos los casos se trataba de relaciones de, al menos, un año. Ahora, para liarla un poco más con los datos, yo agregaría que Inglaterra tampoco es de los países con mayor penetración de dispositivos móviles en su entorno (en Europa España gana por goleada de hecho), por lo que la situación puede ser más preocupante en otros sitios. Aunque para pajas fronterizas ya tenemos a nuestros queridos políticos…

En fin, hechas ya las aclaraciones pertinentes, lo que el documento revela, o mejor dicho pone en cifras, es que “el uso generalizado de la tecnología está impactando seriamente a la frecuencia con la que tenemos relaciones sexuales, incluso llegando a cortar el coito y causando tensión en las relaciones”.

Los investigadores del Centre for Sex, Gender and Sexualities de Durham revelaron que el 40% de los encuestados han pospuesto la práctica sexual a causa de la tecnología, principalmente por el uso de smartphones y tablets. Otros, en cambio, comentaron que intentan ir deprisa durante el acto sexual para poder tener tiempo de responder a los mensajes de sus smartphones. Además, un tercio de las parejas entrevistadas admitió que han interrumpido su relación sexual para contestar al teléfono.

Para Mark McCormack, co-director del Centre for Sex, Gender and Sexualities en la Universidad de Durham, “la tecnología ha revolucionado nuestras vidas y los smartphones son ahora esenciales para la organización de nuestras relaciones íntimas, tanto para el inicio de éstas como para mantener el amor y el afecto cuando las parejas están separadas”, pero “lo que revela este estudio, y refleja el vídeo, es que actualmente la tecnología consume nuestras relaciones en un nivel mucho más profundo. Se ha adentrado en el dormitorio en más formas de las que imaginamos, a menudo con beneficios, pero también con desventajas para las relaciones que pueden ser potencialmente graves, ya que pueden causar frustración y tensión, e inmiscuirse en la actividad sexual”.

Y para los que buscáis una especie de conclusión, os dejo las palabras de Ukonwa Ojo, Head of Global Brand Equity en Durex: “Teniendo en cuenta que la tecnología juega un papel muy importante en nuestras vidas y relaciones, empezamos a explorar cómo podría utilizarse de una forma positiva para mejorar nuestras vidas sexuales; pero al hacerlo, descubrimos que la respuesta más efectiva era la más simple. Después de consultar a un gran número de expertos, realizar el estudio académico y llevar a cabo largas entrevistas cualitativas, la solución resultó ser simple: debemos desconectar para volver a conectar”.

Algunas citas de las entrevistas de Durham

“Cuando él se compró el primer iPhone, yo solía llamarle la tercera persona de nuestro matrimonio y la odiaba con pasión, solía sentarse entre nosotros, en realidad, no me gustaba… se ha convertido en un tercer brazo para muchas personas”.

“A veces estoy en Facebook y él en una aplicación deportiva mientras estamos en la cama; nos damos cuenta que, literalmente, estamos sentados juntos, pero vivimos en mundos distintos”.

“Puede que quiera sexo y él no se de cuenta de esto, porque él está distraído con su teléfono”.

“En los últimos meses, he tratado de prohibirle usar el teléfono en el dormitorio. Ahora estamos intentando usar el dormitorio solo para dormir y tener sexo”.

“Ella ama la tecnología, no voy a mentir, ella ama a su teléfono. A veces parece que tengo una relación con ella y su teléfono, ella ama a su teléfono y nunca se aleja de él”.

“Yo no he pospuesto la práctica sexual, he fingido un orgasmo para acelerarla y volver al trabajo”.

El estudio se elaboró en febrero de este año. Los participantes tenían entre 18 y 55. Todos eran heterosexuales y formaban una diversidad constitutiva en términos de clase, etnia, edad y nivel educativo. El informe completo se puede encontrar aquí (en inglés): http://dro.dur.ac.uk/14770/

También os dejo un enlace al video, para los que estéis interesados 🙂

SOS relatos eróticos

Se me ha presentado la oportunidad de enviar unos cuantos relatos eróticos -algo así como un pequeño “muestrario”- a una editorial de esas serias, que te publican ellos las cosas y más encima te pagan, toda una rareza en estos tiempos que corren… Y claro, como no puede haber peor jueza en este espinoso asunto que yo misma, escribo este post con la esperanza de que vosotros me echéis una manito y me ayudéis a elegir… ¿Cuál ha sido el relato que más os ha gustado, el que consideráis más especial, el que está mejor logrado???

A modo de recordatorio, os dejo los links a los relatos (en el caso de los que van por capis el link es al capi 1), con los primeros párrafos para que sea más fácil recordar de qué va cada uno.

Y por supuestísimo… Muuuuuchas gracias!!!

 

Love story
love story 3-¿Estás listo?-, preguntó ella rozándole el lóbulo con labios deliberadamente húmedos, viscosos de deseo. Letras de miel caliente lo recorrieron, poseyéndolo como posee el sonido de la campana a un niño que espera ansioso la salida a recreo.
– Lo estoy.
– Entonces abre los ojos y mira lo que tengo para ti.

Le quitó la venda mientras hablaba. El parpadeó un par de veces para acostumbrarse al cambio de luz y levantó la mirada. Un hombre alto, más que él, y con una enorme polla en estado de semirreposo, lo observaba con curiosidad. Sintió entonces frío y recordó que estaba desnudo.

Candy

“Tampoco habrá suerte esta noche”, pensó. Si tan sólo fuera por ese espantoso negligé rojo del chino, incapaz por otra parte de contener la insatisfecha abundancia de sus carnes… Pero no, lo peor no estaba en el envase. Era ese deseo rancio que le brillaba en la piel como una mala crema, ese olor a herrumbre que se adivinaba emanando de su coño. No tragó saliva porque tenía la boca seca. “A ésta seguro que le gusta que se lo coman. Que no se me vaya a olvidar pedirle un vaso de agua”, se recordó.

Tras la ventana

Era una casa de esas para esperar dulcemente la muerte.
Con todo ya acabado.
Sin nada por hacer.
Cada cosa en su sitio, como una sinfonía visual.

Nada más entrar supo que muy pronto desearía pasar allí el resto de sus días. Comenzaba a necesitar la paz, y en esa casa se respiraba por todos los rincones. La claridad que entraba por sus grandes ventanales invitaba a la contemplación, no al movimiento. Y él estaba muy cansado.

Telarañas

PantherMedia A10981075– ¡Espera!
– ¿Qué pasa?
– Me duele
– ¿Te duele?
– Sí, no sé, me raspa
– Hmm
– ¿No tienes lubricante? Ponme un poco.
– ¿Ahora?
– No, mañana…
– ¡Es que no sé dónde está!
– Entonces para.
– ¿Cómo?
– ¡Que pares, joder! ¡Que te salgas!

De lejos parece una telaraña, pero al acercarse descubre que es la marca de una trizadura sobre el cristal. Le pasa el dedo índice por encima, con dilación, intentando volverse ajeno o al menos parecerlo. Ella coge el móvil y se dirige hacia el único rincón de la habitación donde no llega la luz, en un intento vano por ocultar sus murmullos. “Sí”, “ya sabes, el cabrón de mi jefe”, “no es nada amor”…

En la cama

Muy lejos del lujo que sugería su nombre, el Grand Castle Hotel era un viejo edificio ruinoso donde las parejas sin recursos iban a echar un polvo. Todo en él resultaba inquietante, desde sus pasillos oscuros hasta sus maderas crujientes, y más de un huésped se había ido con la sensación de que el esqueleto que soportaba el establecimiento respiraba bajo las descascaradas paredes que lo recubrían, atento a todo lo que ocurría. Como si su quietud fuese solo aparente, como si esperase algo.

Claro, también estaban las cucarachas, el moho en las paredes de los baños –compartidos cada dos habitaciones- y el frío que se colaba entre medio de las grietas en invierno. Además de otros inconvenientes que ya me habían sido advertidos por una amiga que había estado un par de veces con su novio. Pero a mí no me importaba nada. Sus puertas se me antojaban la entrada al paraíso.

La danza del adiós

Cinco años y veintitrés días después se mirarán por última vez, casi de la misma manera en la que se miraron en aquel bar cuando todo comenzó: Como si supieran lo que está por ocurrir y no terminaran de creérselo.

Volverán a saltar al unísono hacia lo desconocido, aunque a diferencia de la primera vez no los unirá un abrazo. En cambio, se impulsarán el uno al otro en direcciones opuestas, con estudiados movimientos de bailarines, en una danza en la que nadie tenderá la mano a nadie porque tanto él como ella codiciarán para el otro la prisión que abandonan. Y así, volverán a cambiar el territorio, y pensarán nuevamente que “está todo bien”, sin recordar que eso antes ya lo hicieron, mientras marcan el número del colega de turno para comunicarle las novedades.

El próximo tren  (éste va completito, jeje)

Se suelta la mano. Se cierra la puerta. Se va el tren…

No grita, no se mueve, debatiéndose entre la confusión y el llanto, los ojos fijos en la negra boca del túnel que se tragó a su madre. Intuye que quedándose quieto todo será como antes. No intuye que el hombre de la sudadera gris ha dejado pasar nueve trenes. Ni que tiene una casa con juguetes y golosinas, y un álbum de Los Vengadores en su habitación. Sólo importa que regrese su madre. “Tranquilo chaval, espérala conmigo”, le susurra con voz de ángel, empujándolo suavemente hacia una promesa.

Antes de que empiece mañana

Él la recoge a las 10 en punto. Todas las veces ha llegado a las 10 en punto, así ha sido, invariablemente, desde que se encontraron en el funeral de la madre de Paco. ¿Cuántas veces habrán quedado ya, 12, tal vez 15? Ella perdió la cuenta. Pero siempre es igual. Toca el timbre, espera abajo, cuando la ve aparecer por el portal saluda con una inclinación de cabeza, le abre la puerta del coche, le da una mirada fugaz al reloj que lleva en la muñeca, cierra la puerta y entra él.

El amor en los tiempos del látex

Tomar aire, subir la reja, abrir la puerta –dos vueltas, llave grande, llave pequeña-, desconectar la alarma, poner la calefacción, colgar el bolso y la chaqueta, encender el ordenador, expulsar aire…

En cuanto comenzaba el ritual su boca se llenaba de un sabor a monotonía y polvo que variaba sutilmente según el día de la semana: Los lunes venían con un regustillo a albarán, los martes a limpiacristales, los miércoles al cartón de las cajas del pedido… El sábado era el único día en el que sus tareas se limitaban a la atención de clientes (su primo finalmente había aceptado que ajustara las labores a la afluencia de público), y con el tiempo se había dado cuenta de que era el día que más odiaba de todos: imposible de fraccionar, inconquistable. Como su soledad.

Hambre 

parejaConserva en sus entrañas la misma urgencia de tiempos vividos, y es lo primero que pone a sus pies, como un regalo. Está más delgado, ajado por el paso de los años, pero ella apenas alcanza a registrar esa información, porque nada más verla se le arroja encima como un animal hambriento, devastando sus defensas con el acero de su mirada y la bravura de sus besos. Ni siquiera abandonan el pasillo. Él le arranca la ropa y ella se deja. Le exprime los pechos como si quisiera robarle alguna verdad, los lame con lengua rasposa. Ella deja ir la piel que la recubre y gime una confesión que él no puede entender, mientras su cerebro flamea en pequeñas explosiones de dolor aterciopelado. La gira y la recuesta sobre el piso.

Carne de diván

– ¿Por qué me citaste tan tarde?

– Porque quería ver si eres tan sosa de noche como de día. Ya veo que no.
– Extraña respuesta para un sicólogo. ¿Eso se supone que tiene que mejorar mi autoestima?
-No sé, dímelo tú. ¿Cómo te hace sentir mi respuesta?
– Vaya, lo mismo de siempre, no te gusta lo que te planteo y me sueltas una pregunta capciosa.
– A mí no me parece que sea lo mismo de siempre. ¿Por qué te pusiste maquillaje para venir hoy?
– ¿Maquillaje? ¿Yo?
– Sí, no es que te hayas pasado ni nada, pero nunca usas y se nota. Llevas polvos en la cara, máscara de pestañas y un poco de brillo en los labios. ¿Vas a quedar con alguien después de salir de la consulta o te has arreglado para mí?
– Ricardo, déjalo, que esto se está poniendo raro. No está bien que me hayas citado a esta hora, ni que me digas esas cosas…
– Pero igual viniste, porque estás buscando algo. Y no eres indiferente a lo que te digo. Puedo verlo. Puedo olerlo.

Sobre la trascendencia y el sexo ‘de puta madre’

Inocente de mí, hace un par de semanas lancé una “llamada de auxilio” a través de este blog, poseída por una de mis crisis de sequía creativa. Pensé que me estaba haciendo la vida más fácil, sin imaginar siquiera los berenjenales en los que habría de meterme.

Y es que claro, con el calibre de las propuestas recibidas, como la que aportó el amigo Ducrein, a ver quién se saca un post de la manga en media horita…

Pero antes de que me líe más, os dejo con sus palabras:

http://www.planetaholistico.com.ar/Tantra.htm¿Qué te parece hablar del sexo como paradigma de autoconocimiento y desarrollo personal y, por añadidura, transpersonal? Siempre he pensado que nos solemos quedar en la superficie, que solo rascamos la punta del iceberg y aprovechamos una parte ínfima de todo lo que nos brindan las relaciones sexuales como herramienta. Durante un acto sexual nos encontramos mucho más dispuestos a vaciar nuestra mente, trascender el ego y conectar con nuestra esencia, así que en cierto modo es una pena que todo se quede en un viaje en montaña rusa del cual solo recordamos que ‘nos lo pasamos muy bien’.

Desde que la leí esta propuesta me guiñó un ojo, pero también desde el primer momento me exigió respeto. “No me vayas a pasar por encima”, me advirtió. “Soy un tema importante”. Y así ha estado desde entonces, dando por saco, metiéndose en mi cabeza el temita de marras. El sexo como vía a la trascendencia… ¡Uf, tela! ¿Cómo voy a ser tan cutre de escribir un post intrascendente sobre la trascendencia?

Pensé entonces en documentarme muy mucho, buscar qué dicen los expertos sobre el Tantra, el camino del Tao y todo eso, pero pensé que os podría aburrir. Y aburrirme yo de paso, que es peor (para mí al menos…).

Probablemente ahí esté el problema, el primer problema. Esa tendencia a dividir el mundo siempre en blancos y negros, a nadar con tanta gracia entre dicotomías pero ahogarnos en las sutilezas: chicos malos vs chicos buenos. Polvazo vs sexo de abuelitos. Diversión vs aburrimiento.

Pero no me quiero ir por ahí, no todavía. Retomaré la idea más adelante…

Como es habitual, entonces, voy a hablar de mis propias experiencias, de lo que he vivido, y de cómo el tema propuesto aterriza en mí.

Como os conté en el post anterior, para mi primera vez elegí (si es que se puede hablar de elegir, al menos a nivel consciente, cuando alguien irrumpe en tu vida con esa contundencia) a un personaje bastante peculiar. Y de alguna manera siento que ese arranque me llevó a configurar una suerte de camino en el que la sexualidad se fue volviendo un elemento cada vez más importante en mi vida. No de la mano de quien me acompañó en esa primera experiencia pero sí, en gran parte, a raíz de lo vivido con él. Antes de Ismael el sexo era un deseo eternamente embrionario, una vibración poderosísima a la que no tenía intención alguna de darle cauce. Más bien todo lo contrario.

Novios oficiales no tuve ninguno, pero sí unas cuantas relaciones sin el cartelito. Chicos que me llegaron a gustar muchísimo, que me despertaron mareas dentro de las entrañas, que me llevaron a fantasear. Pero en cuanto mis escarceos adolescentes amenazaban con volverse más carnales, cuando veía en ansia de fusión en los ojos del otro, ponía los pies en polvorosa sin más explicaciones que “lo siento, no sé qué me pasa, ya no quiero estar contigo”.

Probablemente tengan mucho que ver los episodios de incesto que sufrí en la infancia, aunque en ese tiempo no podía verlo ya que tenía los recuerdos bloqueados. No entendía qué me pasaba, y desde mi turbación y mi rabia le reclamaba al cosmos mi derecho a estirar el brazo y coger la deseada manzana de ese árbol que me estaba prohibido. Y entonces apareció Ismael, y mi necesidad de no alejarlo me invitó a cerrar los ojos y saltar al vacío.

Y salté, con el estómago revuelto, el anhelo furioso y la confusión en carne viva.

Desde ese día hasta hoy hay tanto aprendizaje, tantas vueltas, tantas personas importantes, tantas historias, tanto disfrute y crecimiento interno…  Tal vez porque tras esa experiencia me resultara más natural dar otros saltos, abrir otras puertas -mentales y del interior- que querían permanecer cerradas.

Por supuesto que ha habido estancamientos, retrocesos, polvos “puaj”, momentos mezquinos de mi parte, miedos que en algún momento vencieron, complejos, frustraciones y fraudes… no pretendo decir que siempre me lo he pasado de puta madre ni mucho menos, aunque muchas veces sí me lo he pasado de puta madre, jejeje. Lo que quiero decir es que si tenemos en cuenta las definición de trascender (empezar a ser conocido o sabido algo que estaba oculto; extender o comunicarse los efectos de unas cosas a otras, produciendo consecuencias; ir más allá, sobrepasar cierto límite) definitivamente he trascendido a través del sexo.

Ahora, pese a ello nunca me ha abandonado la sensación de que hay un “todavía más” que no estoy alcanzando, niveles más elevados de unión y abandono de uno mismo que se me escapan, capas más profundas en las que rascar. Sin duda he ido más allá de mi misma, y en mi balance hay mucho más que el goce de la carne y el vórtice de un buen orgasmo, pero no sé si me atrevería a hablar de crecimiento espiritual así con mayúsculas… Y aquí ya me empiezo a liar, porque hablo de temas que no tengo claros, que no están resueltos. Así que ni modo… post multicéfalo para vosotros!!!

¿Ha de ser el sexo dulce o amoroso para conectarnos con estados más elevados de consciencia? Y por el contrario, ¿Qué energías de las que no somos conscientes entran en escena en los juegos de poder y dominación, por ejemplo?

Es curioso, pero me resulta difícil meter en un mismo saco la etiqueta de “sexo trascendente” con la de “me lo pasé de puta madre”. ¿Cómo elevarse espiritualmente a través del sexo cuando el orgasmo que se está teniendo es más por asfixia que por amor? ¿Cómo sentirse “espiritual” en medio de una lluvia dorada o cuando el cuerpo pide azotes?

No es un tema menor, o al menos no para mí. Tengo muchísimo más resuelto lo que me ocurre cuando las energías amorosas son las protagónicas. No necesito que me expliquen lo que me pasa cuando me pierdo en la cadencia de un hombre afectuoso –en ningún caso una experiencia menor para quien os escribe, incluso me atrevería a decir que más deseada por menos frecuente– eso lo hemos aprendido casi todos desde pequeños. Lo que no hemos aprendido tantos es que somos una enorme bola de contradicciones con dos piernas.

ositos cariñositosA veces, cuando algún simplista de turno me suelta la típica fracesita de “mejor búscate un hombre bueno”, caigo a mi vez en la pregunta-trampa de si podría pasarme la vida con un osito cariñosito, teniendo sexo “tierno”. O sea, un tío suave, dulce, preocupado por mí, sano internamente y toda esa vaina; que no pegue, no azote, no muerda (o no fuerte), que no diga guarradas y no abandone nunca los límites del respeto y la decencia en el trato. No ayuda mucho que en mi cabeza se dibuje la figura de un Manolito Gafotas en versión cuarentona, medio pelado y de dedos cortos y sudorosos, poco dado a las artes amatorias.

Pero como ya os dije hace unos cuantos párrafos, creo que el problema se limita al ansia por ponerle nombres y categorías a todo, por andar colgando cartelitos. Yo la primera… Porque ni soy Manolita Gafotas ni soy una zorra malvada destruye corazones, y no veo por qué los demás tienen que ir por la vida de blanco o negro cuando yo no lo hago. Si es que al final todos somos surtidísimamente iguales…

Recuerdo que en mi penúltimo año de colegio tuvimos una profesora de música que era mega hippie, hablaba de la reencarnación y nos enseñaba técnicas de relajación y meditación. Duró menos que un suspiro (colegio de monjas rancias y madres histéricas, no necesito decir más), pero alguna semilla se dejó plantada por ahí. Fue mi caso al menos, ya que esas sesiones de meditación eran como pequeños viajes al centro del cosmos, cuyos efectos se derramaban primero en mi cuerpo y después en mi espíritu dejándome transformada… Como si se me ofreciese una gran manta hecha de estrellas en la que ponerme a resguardo del gran caos de la existencia.

Las clases de música eran los viernes por la tarde, y al salir del cole flotando de espiritualidad zen me iba a juntar con mi grupo de amigos, todos ellos unos heavys recalcitrantes que no perdonaban recital o convocatoria que les cayera entre manos. Y ahí estaba yo, dominada por “la música de Satán”, en trance rockero y con las neuronas en éxtasis espiritual tras cada sesión de headbanging, preguntándome cómo era posible que me gustara tanto empujar hombretones y dejarme poseer por gruñidos cavernarios y al mismo tiempo ser capaz de dejarme seducir por las deliciosas sutilezas de la quietud y el silencio. No llegué a entenderlo, pero sí comprendí que ambas eran para mí vías muy efectivas de catarsis.  Ambas experiencias, al fin y al cabo, me purificaban, y permitían que mi cuerpo, mi mente, mi espíritu y mis emociones entraran en comunión. Y lo mejor de todos, la suma de ambas era muchísimo más de lo que cada parte aportaba por separado.

La posible solución del dilema: Respira como te salga de los cojones

Bueno, y ahora os tengo el “momento erudito” del post. Con subtítulo y todo, así los que quieren huir que sepan que pueden hacerlo en este instante. Va de sexo tántrico, por si las moscas, y es largo, pero lo dejo así porque hay partes fantásticas que me parecen escritas para aclarar mis dudas. Y aunque no haya sido realmente así… mola!

Reconozco que he soltado al principio que no quería ponerme muy académica y aburrir, pero aún así no pude resistir la tentación de husmear un poquito en la web, a ver qué decían al respecto “los que saben”. Y como no, he vuelto a caer en brazos de mi amigo “Posho” (sus herederos ya se forran lo bastante como para que yo ayude a engrosarles la cuenta, jeje), que aunque me cae más o menos no más, habla cosas coherentes (y otras menos, pero ese es otro tema).

http://ruizilhao.wix.com/portraits-caricatures#!caricaturesSegún Posho, el Tantra es la ciencia de transformar los amantes ordinarios en almas gemelas (en otra parte del texto lo define como “el camino natural hacia Dios”). Para él, el Tantra ha de ser absorbido, “no es una técnica para ser aprendida”.

Dice el de las barbas: “Cuando estés haciendo el amor no controles. Entra en el descontrol, entra en el caos. Será terrible, espantoso, porque será una especie de muerte. Y la mente dirá: ‘¡Control!’. Y la mente dirá: ‘Salta y mantén el control, de lo contrario te perderás en el abismo’. No escuches a la mente, piérdete. Abandónate a ti mismo y sin ninguna técnica llegarás a tener una experiencia intemporal. No habrá dos en la experiencia intemporal: habrá unidad”.

El objeto es llegar a ser completamente instintivo, tan fuera de la mente “que nos fusionemos con la naturaleza suprema”. Esa es la definición tántrica de nuestra sexualidad: “El retorno a la absoluta inocencia, a la absoluta unidad”. Así, la mayor excitación sexual de todas “no es una búsqueda de la excitación, sino una espera silenciosa: En relajación completa, sin motivo alguno. Uno es consciencia. Está satisfecho pero no es una satisfacción por algo. Y entonces hay una gran belleza, una gran bendición”.

Ahora, Posho advierte que “si eres demasiado técnico te perderás el misterio del Tantra”. Aquel que está basado en técnicas es “pseudo-tantra” porque si las técnicas están ahí el ego estará ahí, controlando. “Entonces estarás haciéndolo, y hacer es el problema. El Tantra tiene que ser un no-hacer; no puede ser técnico. Puedes aprender técnicas para que el coito sea más largo, pero estás controlando. No será salvaje y no será inocente, y tampoco será una meditación .Será de la mente. Esto es técnica, no Tantra”.

Es entonces algo que “no se guía por la cabeza sino por la relajación en el corazón”, y aunque muchos libros han sido escritos sobre el tema, el Tantra real no se puede escribir, no se puede pensar. “Tiene que ser absorbido”. ¿Y cómo?: transformando nuestro enfoque.

(Y estos párrafos que siguen ya son literales, porque me han gustado tanto que no he querido meterles ‘tijera’…)

“Reza con tu mujer, canta con tu mujer, juega con tu mujer, baila con tu mujer, sin idea alguna de sexo. No vayas pensando: ‘¿Cuándo nos vamos a ir a la cama?’. Olvida todo al respecto. Haz alguna otra cosa y piérdete en ello. Y algún día el amor surgirá de ese estar perdido. De repente verás que estás haciendo el amor y tú no lo estás haciendo. Está sucediendo, y estás poseído por ello. Entonces tienes tu primera experiencia del Tantra, poseído por algo más grande que tú. Estabas bailando o estabas cantando en unión o coreando juntos o rezando juntos o meditando juntos, y de repente te das cuenta que los dos se han movido hacia un nuevo espacio. Y tú no sabes cuando has empezado a hacer el amor; tú no lo recuerdas siquiera. Entonces tú estás siendo poseído por la energía del Tantra. Y entonces por primera vez percibirás una experiencia de carácter no técnico”.

“El Tao tiene su propio Tantra. Nunca se divide en lo inferior y lo superior, esa es su belleza. En cuanto divides la realidad en lo inferior y lo superior te estás volviendo esquizofrénico. En cuanto dices que algo es sagrado y algo es profano te has dividido. En cuanto dices que algo es material y algo es espiritual te has dividido, has dividido la realidad. La realidad es una. No hay ni materia ni espíritu. La realidad es una, aunque se exprese a sí misma de muchas formas. Lo espiritual no es más alto y lo material no es más bajo; ellos están en el mismo nivel. Esa es la actitud del Taoísmo. La vida es una. La existencia es una”.

“La primera cosa en el Tao es abandonar la dualidad. El sexo no es más bajo y samadhi no es más elevado. Samadhi y sexo son expresiones de la misma energía. No hay nada loable respecto al Samadhi y no hay nada condenable respecto al sexo. La aceptación del Tao es total, absoluta. No hay nada equivocado respecto al cuerpo, y no hay nada hermoso respecto al espíritu – los dos son hermosos. El Diablo y Dios son uno en el Tao, cielo e infierno son uno en el Tao, bueno y malo son uno en el Tao – esta es la mayor comprensión de la no-dualidad. No hay condena ni preparación. ¿Prepararse para qué? Uno simplemente tiene que relajarse y ser”.

Para los valientes que habéis llegado hasta aquí, y por si os lo estabais preguntando, Santa Wikipedia define samadhi como “un estado de conciencia de ‘meditación’, ‘contemplación’ o ‘recogimiento’ en la que el meditante siente que alcanza la unidad con lo divino”.

Y no, no hay premio… salvo el placer de una buena lectura, jejeje. O de una lectura al menos. Para cualquier queja, pedid una hoja de reclamación a un teletubbie. Y después me contáis de cuál estáis fumando! 😉

Aquello que llamamos primera vez…

http://www.enjoyingchile.cl/web/package/san-pedro-de-atacama-pacote/Me gusta contar que a Ismael lo conocí en un terremoto. Y es verdad. Yo, una chica de colegio de monjas y universidad tradicional (si bien siempre me acompañó una cierta sensación de incomodidad, de no pertenencia, entre mis “pares”), tenía 19 años recién cumplidos, vivía con mis padres y estaba mochileando con una amiga en San Pedro de Atacama. Él, con sus 21 y su charme argentino a cuestas, era artista circense, vivía solo desde los 14 y se encontraba de gira con su compañía. Y ahí estábamos, dos personas de vidas totalmente opuestas, conversando sobre la inmortalidad del cangrejo en la cola del baño de un pub. Y pum! Terremoto grado 8 en el norte de Chile…

Me gusta recordar (aunque a veces me pregunto si no será un truquillo de mi memoria, ya sabéis que jamás recordamos cosas como realmente fueron, incluso siendo ésta nuestra voluntad) que todos corrieron menos nosotros, que nos quedamos ahí, hablando tan campantes mientras las paredes se derrumbaban a nuestro alrededor. Yo porque nunca les he tenido demasiado miedo a los terremotos (o tal vez porque me quería hacer la guay, ainsss, ¡memoria traidora!), y él porque, como recién llegado que era a mis sísmicos terruños, lo encontró todo la mar de divertido de puro novedoso.

Lo q creo recordar bien son dos cosas: por un lado una arrolladora seguridad en sí mismo (yo no la tenía, pero intentaba aparentarla), hecha carne en un cuerpo delgado y fibroso de piernas kilométricas, en el que me fijé por primera vez al día siguiente cuando nos encontramos por casualidad en una piscina de aguas termales. Piel por todas partes, tersa, viril, morena, y esas gotas de agua lamiendo su pecho, riendo cerca de su ombligo, escurriéndose hasta donde yo no podía llegar, entrando juguetonas en ese short vaquero minúsculo que usaba como bañador. Saboreaba yo como colofón una conversación jugosita hasta el pueblo pero me tuve que conformar con un rápido beso de despedida y verlo montarse en una bici destartalada -el cuerpo tatuado, los dreadlocks al aire, el short amarrado en el manillar y sus carnes sólo cubiertas con un calzoncillo mojado y unas Converse- y desaparecer dejando tras de sí una nube de polvo desértico.

Claro que hubo mucho antes de él, si bien con él hubo un antes y un después. Mucho y muchos, hombres que al pensarlos me hacían caer en agujeros de terciopelo, deseos convertidos en pulsaciones, cargados de fuerza; pero no así el ansia de dibujarles un cauce, de abrirles la puerta sin que nada más importara.

Lo otro que se me quedó grabado fue una conversación que tuvimos unos días más tarde, en la que empezamos a intercambiar confidencias e Ismael me contó que no le gustaba acostarse con chicas vírgenes, porque “eran un coñazo” (no fue con esas palabras, pero fue lo que dijo). Lo que a él le molaba, en resumen, eran tías que supieran lo que hacían, no a las que hubiera que entregarles un mapa o tratarlas como si se fueran a quebrar. Compañeras de cama, no aprendices ni cándidas doncellas.

Vale, no es que yo fuera una cándida doncella, pero por hablar claro no me había comido un rosco en la vida. Pero como el tío me tenía trastocada decidí “morir pollo”, como decimos en mis tierras. Hacerme la loca, como que la cosa no era conmigo. Intentar que no se me notara que no llegaba ni a ‘becaria’.

Era tanto mi entusiasmo, tantas mis ganas, que la primera vez que nos encontramos debajo de unas sábanas me lancé hacia su polla como si fuera el más apetitoso de los manjares, decidida a entregar mi mejor performance. En realidad no es que me costara mucho esfuerzo, el doble deseo -por su polla y por hacerlo bien- actuó como el mejor manual de instrucciones y mi amante derramó en mi cara un chorro ignorante y feliz. Y ya de paso, yo pude darme cuenta de los pocos melindres que tenía a la hora de entrar en terrenos nuevos en lo sexual.

Supongo que también intentaba compensar lo que veía como una carencia -mi falta de tablas- con una imaginación abierta, una disposición permanente, un deseo que se iba dibujando y abrazándose al de él a través de innovaciones exóticas, juegos variados y maratones sexo-festivas. Como sea, mi disposición, mezclada con su naturaleza, nos llevaron a un in crescendo invertido que partió por sus picos más altos, sobre todo el lo que respecta a confianza y comodidad (que no a fuegos de artificio). No fue por tanto mi primera vez un polvo tranquilo, tierno, dulce. Fue un polvo de descontención. Un ejercicio de voluntad, un arrojarme a lo que viniera de brazos abiertos, un reclamo de pertenencia: “Ésta también soy yo, esto me gusta, éste también es mi mundo. Y nunca más me vuelvo a quedar fuera”.

(Por cierto, que este post pretende dar respuesta -sólo en parte, pero es que de lo contrario me eternizo- a la propuesta que dejó mi colega Pablo, autor del blog Nadie nos entiende, en mi post anterior (Pasopalabra!), donde me propuso escribir sobre “cómo empezó todo, de cómo fue ese descubrimiento, esa curiosidad, y esa jugoso despertar de tu imaginación tan provocativa”).

Love story

love story 3-¿Estás listo?-, preguntó ella rozándole el lóbulo con labios deliberadamente húmedos, viscosos de deseo. Letras de miel caliente lo recorrieron, poseyéndolo como posee el sonido de la campana a un niño que espera ansioso la salida a recreo.
– Lo estoy.
– Entonces abre los ojos y mira lo que tengo para ti.

Le quitó la venda mientras hablaba. El parpadeó un par de veces para acostumbrarse al cambio de luz y levantó la mirada. Un hombre alto, más que él, y con una enorme polla en estado de  semirreposo, lo observaba con curiosidad. Sintió entonces frío y recordó que estaba desnudo.

– Te presento a Adriano, es de Brasil. Adriano, éste es Carlos.
– ¿En serio Pame?-, murmuró girando el cuello hacia atrás. ¿Un mulato?

Por toda respuesta ella le dio un cachete en el culo, tan fuerte que le dejó un par de dedos marcados. Después se sentó frente a él en el sofá.

– Ya te vale-, insistió él.
– Agradece que no tuve tiempo para más. Aunque dudo mucho que se pueda mejorar lo presente-, contestó ella dirigiendo una de sus más encantadoras sonrisas al brasileño, que se afanaba en mejorar las proporciones de su ya descomunal miembro.

Al encontrar en sus palabras la invitación que estaba esperando, el mulato se acercó a ella y la besó, acariciándole al mismo tiempo un pezón con sus dedos oscuros. Ella aceptó el beso, dejando escapar un gemido al sentir el contacto de sus yemas en el pecho, pero después lo apartó con suavidad.

– No, no es conmigo la cosa, es con él. Yo sólo voy a mirar. O al menos eso creo.
– Vale. ¿Qué tengo que hacer?
– Quítale el plug y fóllatelo. Con ganas.
– ¿Es su primera vez?
– Es su primera vez con una de verdad. Y no te preocupes, que es él quien va por ahí pidiendo caña. Digamos que se lo ha buscado.
– Bueno, tú mandas…
– Adriano.
– ¿Sí?
– Hasta el fondo.

Ya desde la primera embestida fue incapaz de saber si lo estaban llenando por completo o dejándolo en el más absoluto vacío, como si cada órgano, hueso o gota de sangre se hubieran retirado a algún rincón oculto, porque era tanta polla, tan gruesa y tan dura, que no había sitio para más y hasta el alma se le salía por entre medio de los dientes apretados. Obediente, el monstruo que tenía el mulato entre las piernas se revolvía en él como un puño furioso. Un dolor subterráneo le explotó dentro, escupiendo en su interior pequeñas crisálidas de placer que empezaron a subir por su espalda hasta la nuca y el cráneo. Gritó con hondura, y al final de su grito se encontró con una legión de seres alados que lo invitaban a flotar en una danza de vértigo. Entonces lo comprendió. El universo entero estaba dentro suyo y se movía en círculos. Maravillosos círculos.

Embriagado de sí, todo abismo y agujero, descargó el poderío de su goce en un chorro espeso que se estrelló contra la pared. Adriano se retiró al instante, una gentileza nacida del hábito, y se sentó en el borde de la cama acariciándose el miembro con apetito domesticado. Carlos dirigió entonces la mirada hacia el sofá, para encontrarse con esa sonrisa burlona que conocía tan bien. Ella no dijo nada, pero los vellos revueltos del pubis y sus labios hinchados la delataban.

– Te crees muy guay ¿no? Toda compuestita en tu sofá…
– Jajaja, más que tú al menos.
– Sin embargo ya no llevas las bragas. Veo que te has unido a la fiesta.
– No me pude resistir. Ha sido un espectáculo… fantástico.
– Toda una experiencia, sin duda. Por cierto Adriano, ¿cuánto te debo?
– Quita, quita, que yo pago.
– Mmm… sólo si me dejas que te folle yo ahora.
– Lo estoy deseando…

No lo acompañaron hasta la puerta para no vestirse. Sus cuerpos, reverdecidos bajo la mirada ajena, se buscaron sin necesidad de preámbulo. Fue un polvo rápido, como una caída en un solo acto por un tobogán de felpa, y al llegar abajo descubrieron que había en el mundo algo nuevo, tal vez un olor distinto. Y con eso sobraba de momento.

– Me he quedado con su número por si en algún momento me da un antojito a mí. Por supuesto, estás invitado a mirar si quieres. No te importa, ¿verdad?
– No, claro que no.
– Gato…
– ¿Sí?
– Te amo
– Y yo a ti gatita. Gracias. Gracias por todo.
– Me alegra que te haya gustado el regalo. No se cumplen 40 todos los días. Pero ahora vístete, que hay que ir a buscar al niño al cole.

love story 3Se quedó mirándola mientras se agachaba para recoger su ropa, como si fuera la primera vez. Pensó que podría amarla sin esfuerzo hasta el día de su muerte. Pensó que cualquier día podría morir tranquilo…

Sobre el spanking, o la fascinación por los azotes

spankingAlguna vez he escrito algo, hasta ahora muy por encima, sobre mi fascinación por el spanking y en particular -porque hablamos de un ‘universo’ mucho más amplio de lo que puede parecer a primera vista- por las sensaciones físicas y mentales que acompañan al rol del spankee. Pero vamos por partes…

Spanking es el término inglés para referirse a los azotes o nalgadas, es decir, golpes dados con la mano o cualquier otro elemento complementario (cinturones, zapatillas, látigos, paletas de ping-pong, varas, cepillos de pelo y un largo etcétera) en los glúteos de otra persona con fines eróticos. Siguiendo con la terminología, el spankee es el que recibe los azotes, el spanker el que los da y el término spanko se referiría indistintamente a uno u otro (la única definición que he encontrado de spanko, palabra que aparece con bastante frecuencia en textos sobre la materia, es “una persona con un fetiche por los azotes, por lo general, aunque no exclusivamente sexual”). Además, no es lo mismo hablar de azotes disciplinarios que de eróticos, siendo los primeros bastante más dolorosos que los segundos, ya que su función es más educativa que placentera.

Hasta aquí los grandes rasgos, la superficie. Pinceladas básicas apenas, para aterrizar a los más despistados. Si os interesa documentaros más sobre el asunto, os recomiendo un blog fantástico y completísimo que no le hace el asco a ningún “subtema” que pueda surgir dentro de este universo (a mí algunos me superan, francamente) y que está en activo desde 2005, con permanentes actualizaciones de textos e imágenes: http://azotesynalgadas.blogspot.com.es/

Porque, como no, cuando hablamos de spanking (como de cualquier otra práctica sexual de esas con nombre en inglés y definición en la Wikipedia) las variaciones parecen ser infinitas. Hay quienes se permiten roles intercambiables, disfrutando de ambos (por lo general de uno más que del otro, pero aún así) y quienes tienen claro cuál es el suyo y no lo sueltan por nada. Algunos disfrutan de elementos accesorios al juego, como visitas al rincón o contar en voz alta y otros son exponentes de una práctica más “purista”, donde nada tiene sentido y todo sobra, salvo el sonido de una buena palmada chocando sobre la piel trémula. También están los que llevan el asunto hasta sus últimas consecuencias, ya sea porque lo viven casi como una religión (con temas de control y obediencia que traspasan las fronteras de los juegos de sábanas, si es que realmente existe tal frontera) o simplemente porque le cogen el gustillo y necesitan que les den cada vez más caña, y a poder ser in crescendo, como una droga… Pero la línea divisoria que a mí me parece más significativa en este tema es la que separa al spanko que se asume y disfruta con sus fantasías ‘erótico-disciplinarias’ del que no sale nunca, o al menos nunca del todo, del “armario vainilla” en el que se encuentra, y que  se conforma con unas palmaditas tibias cada tanto sin atreverse nunca a pedir (o dar) más, o más fuerte…

Vale, no soy experta en el tema ni manejo cifras, pero me atrevería a apostar que son muchos menos los que pertenecen al primer grupo que al segundo. Si bien es cierto que lo que vemos y oímos sobre las prácticas sexuales del prójimo es sólo la punta de iceberg, y que en la intimidad se hace mucho más de lo que se cuenta, tengo la sensación de que el gusto por ser azotado sigue siendo bastante más tabú que otras prácticas. Para empezar, porque cualquier cosa que huela mínimamente a violencia, a imponer la voluntad del fuerte sobre el débil, ya es políticamente incorrecto. Y aunque no se viva como algo malo por dentro (que muchas veces sí, lo que es aún más triste y complejo), sino como un juego erótico más, está aún muy lejos de gozar de aceptación social. Y así, la mayoría de los entusiastas del spanking callan para evitar que le cuelguen el cartelito de “perturbados sexuales”. Yo al menos, nunca me he encontrado con nadie que me cuente en una cena que le mola que le peguen en el culo, mientras que por otro lado la gente tiene cada vez menos reparos para hablar con el que se le sienta al lado (aunque sea en petit comité) de sexo anal o intercambios de parejas, por poner algunos ejemplos. Y es que, por decirlo más claro, las fantasías de azotes suelen ir acompañadas de un sentimiento de vergüenza que nada aporta.

En el blog que os mencionaba más arriba hay un post, “La negación de la evidencia”, en el que se hace referencia a “aquellas personas que viven conflictivamente sus fantasías de azotes”. Cuenta ahí su autor, Fer, que ha mantenido correspondencia con varios spankos, especialmente mujeres, y que “para ellas las fantasías de recibir nalgadas son un elemento perturbador de primer orden que les aporta sufrimiento y contradicción con su entorno social, especialmente con parejas con las cuales hay paz y armonía. Estas mujeres temen a su propio mundo interior. El desarrollo de sus fantasías puede, desde su propia perspectiva, subvertir todo el orden de su universo particular”. Y sigue: “Las fantasías sexuales no son algo que se pueda desligar de nuestra persona, sino que son de cierta forma, a mi manera de ver las cosas, la representación misma de nuestra persona y provocan mucho sufrimiento si quedan enfrentadas a otros aspectos más integradores de nuestras vidas”.

En los últimos párrafos, y a modo de consejo (muy sabio será, pero no por eso sencillo), el autor recomienda a quienes tienen “fantasías con deliciosos azotes eróticos y estas le resultan perturbadoras”, que se reconcilien consigo mismos “y, en todo caso, no enfrentar sus fantasías al resto de su vida y viceversa. Probablemente en muchos casos es importante compartir estas vivencias con otras personas y para esto Internet es maravilloso. Y por último, como decía Oscar Wilde, la mejor manera de evitar la tentación es caer en ella”.

¿Qué hay detrás de esa tentación en particular, de cualquier manera? ¿Por qué para algunos hay goce detrás de ciertos dolores, siendo que el cuerpo no está hecho supuestamente para disfrutarlos? ¿Hasta qué punto interviene el elemento físico y cuánto hay de seducción mental ante una situación cargada de simbologías? El spanking gusta a quienes gusta porque resulta excitante, y mucho, pero… ¿por qué resulta excitante?

He leído en algunos sitios la teoría de que los spankees son personas que fueron “disciplinadas físicamente” cuando niños y de alguna manera buscan repetir vivencias de la infancia, recrear relaciones con los progenitores, volver al nido. Los habrá, como hay de todo en la vida. Pero no es esa mi experiencia. A mí me daban sopa verde y me escondían la tele con llave, pero vamos, ¡es que ni tirones de pelo recuerdo! (y ya veis, he ahí otra cosa que según q contexto… jejeje!)

Supongo que, al fin y al cabo, no importa tanto entenderlo como aceptarse. Sobra decir que no todas las pulsiones internas son aceptables, pero para mí al menos el asunto está bastante claro: Lo es todo aquello que no haga daño -y daño no es sinónimo de dolor- y que respete la libertad y deseos del otro sin imponer los propios deseos y necesidades a través de la fuerza real -y real no es sinónimo de física-. Es decir, todo lo que quepa en el saco del mutuo consentimiento entre dos o más personas (y para no meterme en camisa de 11 varas agregaré aquello de “con una sexualidad ya formada”).

A modo de cierre, permitidme que os vuelva a copiar un extracto de un post del blog “Azotes y Nalgadas”, en este caso titulado “Narraciones del mundo vainilla”, si bien yo lo rebautizaría como “Breve test para saber si tienes un spanko escondido dentro de ti”. Podéis hacerlo si queréis, es sencillísimo, en realidad sólo tiene una pregunta: ¿Os sentís identificados con algo de lo que está escrito a continuación? Si la respuesta es sí, ya sabéis. Ah, y si no estáis seguros, acá os va una ayudita extra, algo así como un bonus track para el autoconocimento… ¿Os pone la foto con la que arranca este post? Ay, estimados míos, tal vez ya va siendo hora de darle otros usos a ese cinturón. Uno de mis elementos favoritos, por cierto, además de la mano…

Es tema común entre los spankos el hablar de sus experiencias previas a su entrada al Internet, cuando su afición spanka vivía en la clandestinidad y sus deseos y fantasías se veían pobremente satisfechos con imágenes fugaces que encontraban en la televisión, el cine o la literatura. Yo misma viví esa etapa con un eterno sentimiento de frustración.

Cuando te topabas con una escena de nalgadas, siempre era parcial, algo le faltaba o le sobraba, pero bastaba para alterarte el equilibrio hormonal y acelerarte los latidos del corazón. Era casi como quedarse a medias, como estar a punto de llegar al orgasmo y que alguna interrupción abrupta te lo impidiera.

La misma frustración te impulsaba a buscar escenas, se convertía casi en obsesión malsana y ojeabas cientos de revistas, libros y pasquines, mirabas cuanta película buena o mala ofrecieran por la televisión, en la que lejanamente suponías que podía haber una escena. Hay quien elegía las películas del viejo oeste, en donde, a veces, John Wayne o cualquier otro áspero vaquero, propinaba unos buenos azotes a alguna chica rejega o soberbia. Yo me inclinaba por las películas, programas o libros en donde se recreaba el ambiente escolar. Un buen internado inglés, por ejemplo, casi ofrecía una garantía de que habría, si no azotes, algún conato de ellos, que para ese entonces ya era algo.

(Y ya para terminar, y volviendo a la foto de marras, confieso que soy incapaz de recordar de dónde la saqué. La descargué hace tiempo, simplemente porque me moló, y al encontrármela ahora en una carpeta no pude evitar la tentación de usarla en este post. Me gustaría poder poner un link -se agradecen aportes si alguien la reconoce-, si bien al menos tiene una leyenda con el autor en la esquina inferior derecha).

El sexo ‘al revés’

foto blog al revesMi señora madre, una persona con una inacabable capacidad de aprender cosas nuevas, es muy aficionada a compartir cada día en su muro del Facebook una variopinta colección de links que, por una razón u otra, llamaron su atención. Humor, drama, curiosidades sexuales, espiritualidad, cuidado del cuerpo… todo cabe en su casi infinita lista de intereses, y por ende en su elástico muro (y en el mío, que la buena mujer es muy de compartir, jejeje).

Pues bien, hace algunos días, visitando a saltitos el timeline de mis amigos y conocidos, me quedé pegada con un texto que había copiado mi madre con una serie de tips para combatir el alzheimer. Básicamente, lo que se decía ahí era que el mal de Alzheimer se puede prevenir simplemente cambiando algunas rutinas para estimular el lado derecho del cerebro. Dicha técnica mejoraría la concentración, y ayudaría a desarrollar la creatividad y la inteligencia. Se trata entonces de hacer “ejercicio cerebral” o  o “aeróbica de las neuronas” –la palabra oficial vendría a ser ‘neuróbica’- para mantener al cerebro ágil y saludable, creando nuevos y diferentes patrones de comportamiento y de las actividades de las neuronas del cerebro.

Lo central es que las prácticas elegidas cambien los comportamientos de rutina por otros desacostumbrados. Así, por dar algunos ejemplos, se mencionan los siguientes ejercicios neuróbicos, si bien el texto invita a echar a volar la imaginación y desarrollar ejercicios propios que sigan la línea de los propuestos:

– Usar el reloj en la muñeca contraria a la que normalmente se usa
– Cepillarse los dientes con la mano contraria a la habitual
– Caminar por la casa de espaldas
– Vestirse con los ojos cerrados
– Estimular el paladar con sabores diferentes
– Ver las fotos “cabeza abajo”
– Mirar la hora en el espejo
– Cambiar el camino de rutina para ir y volver a casa.

Después de pasarme un par de tardes caminando de espaldas por mi casa –es impresionante como parece existir todo un nuevo mundo cuando uno anda en modo ‘backwards’- y leyendo los mensajes de mi móvil con la pantalla dada vuelta, me puse a pensar en otros ámbitos de la existencia, fuera de la rutina más cotidiana (vestirse, lavarse los dientes, leer)  donde uno podría plantearse el desafío de hacer las cosas “al revés”… Y cómo no, me di de bruces con el inabarcable terreno de la sexualidad humana. Y dentro de éste, con el sexo.

Curiosamente, en medio de todas estas divagaciones, recibí un mail de lo más perturbador que incluía la siguiente frase: “El otro día, medio dormitando, soñé que cambiábamos los papeles y me esclavizabas. Me tenías de pie, esposado, cogido del pelo por detrás al tiempo que me sodomizabas sin contemplaciones”.

Voilá! Punto para mi cerebro derecho!!!

Alguna vez he dejado entrever aquí que lo mío no es el rollo dominatrix precisamente. Más bien asoman a mis fantasías machos recios y decididos, que saben qué hacer y dónde apretar, y que son capaces de contenerme con la sola fuerza de su mirada. Y aún entendiendo los muchos matices que puede llegar a tener una entrega, la mayoría de las veces lo que me apetece es saborear la contundencia metálica de su sentido más primitivo, el más basto. Sin embargo, fue leer esas palabras y sentir que mi imaginación comenzaba a galopar en sentido contrario al habitual. Y no os podéis imaginar lo que me he divertido haciendo de madame de Sade en mi trepidante cerebrito…

Ya tenemos un ejercicio para la lista entonces, el cambio de roles. Y ojo, que en la cama asumimos muchos roles, y no todos son tan obvios ni tan fáciles de intercambiar.

(Y por cierto, una “N. del A.” para mi estimado amigo sodomizable: cuando quieras, ¿eh?, que yo encantadísima de la vida me zambullo en tales experiencias. Pero ojo, que hay que meterse entero a la piscina, porque después no pienso conmoverme ante arrepentimientos ni melindres ni “no quiero estos” ni chorradas… u know, hay juegos que toca jugarlos en serio para que resulten más divertidos… jeje).

Ahora, si bien en este caso concreto ya me estoy visualizando camino al sex shop para equiparme con el traje de látex, el strap-on y todos los adminículos necesarios, creo que en general no se trata de pensar en ideas demasiado sofisticadas ni en cambios espectaculares para que los ejercicios funcionen también en el área sexual. De hecho, conversando anoche del tema con un amigo, no se demoró ni tres segundos en soltar su propia propuesta: empezar a tomar la iniciativa cuando no se tiene el hábito de hacerlo.

¿Y qué tal una sesión completa estando ambos con los ojos cerrados, por ejemplo? O tal vez en un entorno atípico, ligado a la propia historia. ¿Qué te gustan los flacos? Pues a buscar un gordito calentito y a ver qué tal. La cosa es enarbolar la bandera del cambio. Recuerdo incuso una noche en la que para mí fue toda una experiencia –y una sorprendentemente buena, además- un polvo largo, muy intenso y exclusivamente en la posición del misionero.

Bueno, hasta aquí llego yo porque en realidad mi idea era hacer de éste un post colaborativo. Así que os invito a dejar vuestras propuestas, sin importar si parecen tontas o descabelladas, que aunque probablemente no nos enteremos, siempre existe la posibilidad de contribuir a la felicidad de algún lector (o bloguero!) ávido de nuevas ideas.

Bcute Classic Curve: Guerrillero y cumplidor, pero mejor sin la curvita!

masajeador-bcute-classic-curveLlevaba ya varios días esperándome la cajita de marras. Haciendo guiños desde mi mesita de noche, llamándome con sus tentadoras esquinas de cartón sin abrir. Pero yo nada de nada… Sin ánimos de jugar, sumergida en mis problemas grandes de gente grande, la dejaba noche tras noche aparcada, evitando sus cantos de sirena. “Mañana sí, seguro que me apetece”, me decía antes de ir a dormir.

Nunca había tenido esa sensación, de “tener” que usar un juguetito, ni se me ocurrió pensar en ello cuando me puse a evaluar los pros y los contras de este asunto: Cuento corto, los chicos de Malicieux me preguntaron si quería participar en su campaña de reseñas, para dar a conocer los productos de su web. El mecanismo es bastante clásico a estas alturas -te envían un producto X, lo pruebas, opinas y te lo quedas- pero me dijeron algo que me encantó y que finalmente me llevó a dar el sí, y que os copio textual: “Buscamos que sea muy personal, casi como un relato, pero que cuente la verdad de la experiencia que se ha tenido al utilizarlo y de las impresiones que una ha tenido”.

Bueno pues, esas son las aguas en las que me gusta navegar 🙂

Y como os iba contando, mi primera experiencia fue sentir que qué coño hacía yo ahora con eso, si mi vida estaba hecha un caos y mis ánimos por el suelo. Así que ahí se quedó… hasta que un Whatsapp que no me esperaba derivó en una noche de hotel que tampoco… Y me llevé conmigo mi juguetito sin estrenar, el Masajeador Bcute Classic Curve que tantos días llevaba vegetando en mi casa.

Por suerte me pudo la curiosidad y abrí la caja al bajarme del metro, porque no traía pilas (una gentileza que siempre se agradece, sobre todo porque es un olvido frecuente a la hora de estrenar un juguete). Afortunadamente, en este caso no fue nada que el chino del barrio no pudiera solucionar.

También lo encontré más pequeñito de lo que parecía en la foto que había visto (11 cm de largo x 2.3 de ancho), pero en mi caso lo consideré un plus… no soy muy de usar juguetes con fines “penetrativos”, en lo personal considero que en esos ámbitos nada se compara al producto original y siempre me quedo con la sensación de que cualquier reemplazo es demasiado frío, demasiado tieso, demasiado poco palpitante como para dejarme del todo feliz. Así que, salvo que se trate de juguetes anales, los míos suelen ser pequeños y monos. Y éste, además de serlo, está hecho con un material que es una delicia al tacto, y viene en una fundita negra peluda de lo más cuca, ideal para llevar en el bolso. Todo un detallazo, he de decir. Así que ahora es mi nuevo “juguetito-pocket”, listo para salir de paseo a donde yo me lo quiera llevar.

Lo que sí, confieso que hubiera preferido la versión “no curve”, de haberla… como os decía en el párrafo anterior lo mío no es introducirme juguetes, a lo que se suma que cuando traen la curvita esa nunca sé a ciencia cierta para que lado ponerla ni donde meterla, como que no encaja bien en ninguno de mis orificios!!! Aún así mi entusiasta compañero de cama me lo metió por todos los sitos imaginables, y como esa noche estaba como una moto la sensación estuvo más que bien… como preámbulo eso sí.

Un par de días después me apeteció tener la experiencia exclusiva, “mi juguetito y yo”… Aprovechando que mi encuentro reciente me había sacado de mi letargo asexuado, y que estaba sola en casa, decidí explorar todo su potencial, y el resultado fue más satisfactorio. Para empezar, dura (es increíble lo poco que le dura la pila a algunos juguetes frente al exceso de entusiasmo, por no hablar de aquellos que mueren al segundo uso). Además, tiene una intensidad de vibración bastante interesante para un juguete de su tamaño -tampoco es una taladradora, eh?- y puede hacer maravillas al acercárselo al clítoris -de nuevo, como preámbulo-, sin contar con que es relativamente silencioso, otro elemento a considerar cuando uno comparte piso o le va el rollo callejero. Lo que sí, no esperéis sofisticaciones: No gira, no vibra de manera intermitente ni tiene distintos programas. Estamos ante un “básico”, bastante económico y funcional. Y como tal, cumple lo que promete.

En busca del orgasmo perdido

orgasmo_recurso 2

Escribir este post es una deuda que tengo pendiente hace muchísimo tiempo con una amiga, pero cada vez que me disponía a intentarlo algo me frenaba, como si la tarea me quedara demasiado grande, como si se tratara de enfrentarse a una vaca sagrada. Después de todo, ¿qué coño puedo saber yo acerca del orgasmo, así en mayúsculas? Sí, vale, tengo orgasmos, pero muy rara vez durante el sexo (a menos que yo misma colabore directamente en el proceso), y muchas veces me quedo con la sensación de que al asunto le faltó punch, que estuvo bien pero podría haber sido mucho mejor… Eso sin contar con que durante muchísimos años decir orgasmo era para mí lo mismo que decir aguja, siendo mi cuerpo un enorme pajar donde la búsqueda no parecía terminar nunca.

Pero bueno, no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague, así que estimados míos, he aquí el tema que nos traemos entre manos, desde mi humilde perspectiva.

Decía mi amiga lo siguiente en su mensaje: Quería sugerirte  algún artículo que hable del orgasmo. Hay tantas mujeres que creen haberlo sentido y como es algo tan intangible a veces ni lo conocen. Es difícil de explicar el “como es”.

Sin duda que es difícil porque no existe ‘un’ orgasmo femenino, el asunto se puede manifestar de muchas maneras: Siguiendo los patrones del masculino por ejemplo (excitación, plataforma, orgasmo, resolución), teniéndolo en “línea recta”, con varios picos de éxtasis, tal vez encadenando uno tras otro o en espiral… Ahora, si hay algo que sí está claro en esta tierra de sombras y piruetas es que cuando se tiene un orgasmo se sabe. Y ahí no hay más vuelta que darle.

Me lo explicó una prima con todas sus letras –y su habitual dosis de humor ‘barriobajero’- hace muchísimos años cuando yo nadaba con desesperación en los mares de la anorgasmia pero no me quería convencer de ello y a cada saltito, zumbido o sensación rica trataba de colgarle el cartelito de ‘orgasmo soft’: “Eso es como tirarse un pedo –me dijo-. Da igual si es más grande o más chico, siempre te enteras”.

Lo he dicho ya en algún otro post, pero lo vuelvo a repetir ahora: Uno de los mejores métodos de encontrarse con el orgasmo perdido es la masturbación. Un ambiente relajado, tiempo libre y a explorar. Porque claro, si ni siquiera una sabe dónde tocar para ver estrellitas, cómo esperar que lo sepa nadie más. Y otra cosa, la actitud tiene que ser constructiva. Algo así como buscar con alegría y sin esperar resultados, que de lo contrario pasa algo parecido a lo del gatillazo, mientras más se intenta mayor es el desastre, y mientras tanto una se queda sin dedos y con una irritación de la hostia (en el cuerpo y en la cabeza, buff!).

No se trata de ponerse ahora a elaborar el decálogo del buen orgasmo, ni de ser tan ingenua como para pensar que con una lista de tips bienintencionados cualquiera puede alcanzar sus cimas… A veces influyen factores físicos, otras veces hay traumas profundamente arraigados que no se superan solamente con buena voluntad. Sin embargo, sí puedo hablar de mi propia experiencia y de las cosas que a mí me han servido. Cuando hay terceros involucrados vuelvo a lo dicho, o intervengo yo misma en el proceso –timideces fuera!- o saco el manual de instrucciones, el mapa y las riendas, intentado oscilar con elegancia entre la sugerencia y la exactitud. A algunos les mola eso de compartir información, pero no siempre tanta directriz es algo bien recibido. De todas maneras no suelo comerme el coco con ese tema, y cuanto más me relajo más me encuentro con sorpresitas, como una vez que me corrí sólo con que me apretaran los pezones. Y es que muchas veces un buen manejo del in crescendo puede ser el único mapa que se necesita hacia la felicidad.

Ahora, sí que tengo algunos truquillos cuando somos mi orgasmo y yo contra el mundo, sin pollas enhiestas en el panorama. Como volver a empezar cuando siento que se me escapa. Detenerme, respirar profundo, volver a sentir el cuerpo, partir de nuevo, de cero. Sin pensar en que tengo prisa, en que quiero ya, que estaba tan cerquita, que me falta tiempo para tanta parafernalia… O como buscar otros caminos para ganar intensidad, porque a veces las fórmulas seguras, las vías conocidas y habituales, garantizan el resultado, pero ese resultado no pasa de ser un mero desahogo físico. Y algo tan simple como tocarse en otros sitios, o con movimientos nuevos, puede derivar en resultados sorprendentes. No siempre, claro, pero en algún momento…

Y aún a riesgo de quedar como una hippie loca que le aúlla a la luna, meditar unos minutos antes y dirigir mis energías hacia el vientre suele hacer maravillas. O reír durante algunos minutos, así a lo tonto, con ganas, sin razón, con la boca abierta y después cerrada. De lo que se trata es de irse “para dentro”, conectar con uno mismo, con sus sensaciones y cómo éstas se van ramificando. Salir de la cabeza y volverse puro cuerpo flotando en su propio universo.

Un cuerpo que, por cierto, hay que querer. Otro básico del buen orgasmo. Ya sea en compañía o en soledad, es escaso el disfrute que se puede obtener si se piensa más en que a una le cuelga un michelín del tamaño del Titanic que en las cosquillitas que se están produciendo “ahí abajo”.

Y ya lo último: Alguna vez me ha pasado que, como mi primer orgasmo es el que más se tarda y de ahí en adelante los demás son pan comido, me engolosino demasiado y la cosa termina cayendo por su propio peso. O sea, he tenido un par de orgasmos espectaculares pero en cuanto salgo de uno ya quiero otro, como si el placer ya trajera aparejada la necesidad, y sigo y sigo y sigo, y cada uno de los que vienen después es más chiquito que el otro, llega menos dentro, hasta que la cosa se desinfla, hasta que ya tengo que parar simplemente porque tengo todo anestesiado de tanto frotamiento frenético y ya me sube la mala leche. Así que pregunto, porque siempre es tan bonito sentirnos identificados con el prójimo… ¿a alguien más se le han gastado los orgasmos por glotonería o sí que soy media bicho raro?

Candy

candy

“Tampoco habrá suerte esta noche”, pensó. Si tan sólo fuera por ese espantoso negligé rojo del chino, incapaz por otra parte de contener la insatisfecha abundancia de sus carnes… Pero no, lo peor no estaba en el envase. Era ese deseo rancio que le brillaba en la piel como una mala crema, ese olor a herrumbre que se adivinaba emanando de su coño. No tragó saliva porque tenía la boca seca. “A ésta seguro que le gusta que se lo coman. Que no se me vaya a olvidar pedirle un vaso de agua”, se recordó.

– Hola, soy Luisma. Ya estoy aquí.
– Mmm… puedes llamarme Candy.
– Candy. Ya… ¿Te importa si uso el baño?
Se dirigió hacia el interior del piso pero al no obtener respuesta se giró, sin saber qué camino seguir. Ella parecía aún más confundida. Cuando habló por fin, a él le pareció que su voz era todo lo contrario que su aspecto: ingrávida casi, entre la insignificancia y la dulzura. Le recordó el sonido de un arpa vieja.

– La segunda puerta, allí -indicó con el dedo-. Pero por favor no te tardes. Sólo me alcanza para una hora.

La vergüenza ralentizaba sus palabras. Era tan evidente que casi podía masticarse. Él no llegó a conmoverse, pero sí a darse cuenta de que hace algunos meses se hubiera sentido más predispuesto a ser amable. Ahora sólo le quedaban unos pocos recursos, y todos ellos habitaban en la periferia de su corazón. Haciendo un esfuerzo rascó un poco dentro de sí, pero más que nada porque ponerse en evidencia era de alguna manera compartir.

– Tranquila. Eso no te lo cobro. Sólo cuando los dos estemos listos.

Había pocas cosas que agradecer aquella noche. Tal vez la protección que le ofrecían las descascaradas paredes rosa del baño, pero era efímera. Al menos se alegró de no haberse hecho una paja antes de salir de casa.

 

(Por cierto, la imagen es de http://www.superbwallpapers.com/)

Mudanza

mudanzaHoy tengo resaca…

Y un cansancio de la hostia, porque mi vida está envuelta en cajas y no le encuentro el sitio a nada.

Y pienso en todo lo que se mantiene sin escribir, sin hacer.

En mi último relato inconcluso, que me acecha furioso reclamando mi atención dispersa. Encajado a medio camino, a medio parir…

En todos esos posts que aún no he escrito, que se acumulan en mi cabeza a la vez que se evaporan un poquito más cada día, huyendo de mí en busca de una muerte prematura.

En las muchas cosas que he vivido, más allá de cintas, brochas y rotuladores…

Y el sexo, oh, sí, el sexo.

Podría llenar un saco de adjetivos. Podría desgranar unas cuantas historias. El príncipe valiente. El príncipe cobarde. El príncipe más majo. La princesa quiere un sapo. Elegid.

Cierro los ojos y todo se mezcla dentro, como la ropa de una lavadora. El color que se forma frente a mí no tiene nombre, o yo no sé decirlo.

Pero si suspendo la respiración por segundos puedo distinguir algunas prendas.

Una visita inesperada.

Una propuesta inapropiada..

Pausa, ternura, reconocimiento.

Pies ajenos bajo las sábanas.

Cadencia. Contacto.

Invitaciones rechazadas.

Invitaciones casi rechazadas que terminaron convirtiéndose en una sorpresa.

Una polla de encaje perfecto.

Un ser humano bajo la polla.

Risas. Y cuantas…

Sol, playa, hotel, un pasillo, mi cama. Mi cama, mi cama, mi cama, mi cama.

Miradas nuevas, seres en descubrimiento.

Calor. Ventanas abiertas. Exposición.

Me atrevería a decir que un poquito de exceso.

Un ejemplar incansable entre mis sábanas. Una maratón digna de veinteañeros.

Mordiscos en mis pezones. Tal vez demasiados. No me di cuenta, claro, y no importa. Lo que está rico está rico.

Ufff, sueeeeeeño. Mucho sueño.

 

Agosto no ha sido precisamente un mes de vacaciones, pero no me quejo…

Una casita en la calle Pudeto

(por Mauricio Olivera)

casita pudetoHay una casa en los altos de la calle Pudeto. Es una antigua casona de dos pisos edificada casi por completo en madera de árboles nativos, como suelen serlo las casas en el Sur. El viento y la lluvia que han castigado por décadas su techumbre y sus paredes han desvaído el color de sus tejuelas de alerce hasta dejarlas de un tono verde musgo pálido y enfermizo. Noche y día, una estela de humo sale del extremo del caño ennegrecido que corona el tejado, aletea un par de frágiles segundos al soplo del cierzo helado y se disipa finalmente en el aire, como un fantasma contra el cielo permanentemente nublado.

El inmueble así caracterizado es habitado de forma estable (valga la distinción ya que todos sus demás ocupantes lo son de modo, por así decirlo, transitorio) por dos mujeres de cierta edad, difícil de establecer debido a elementos mayormente culturales, pero que debe fluctuar, con escasa diferencia entre ambas, entre los 68 y los 72 ó 73 inviernos. Las dos mujeres se conocen desde hace unos 60 años, prácticamente cuando, también con un breve margen entre ambas, llegaron cada una a vivir en aquella casa (es muy probable que ninguna de ellas supiese decir, si se les requiriera, cuál llegó primero y cuál después, lo que por lo demás y a estas alturas ya no debe tener el menor interés para nadie).

Una de las mujeres en cuestión se llama Gertrud y es la propietaria del edificio, en el que regenta en las últimas cuatro décadas una casa de reposo privada para personas de la tercera edad altamente dependientes y con grados severos de postración y deterioro intelectual. Se trata en todos los casos de ancianos de más de 80 años, algunos de más de 90 y hasta 100 años, procedentes de familias relativamente acomodadas de la sociedad local, cuyo derrumbe físico y mental les han convertido en pesadas cruces para sus parientes más jóvenes quienes prefieren pagar los elevados aranceles de la muy antigua y respetada residencia, a cambio de la certeza de que su enfermo y anciano padre, madre, abuelo/a o suegro/a se encuentra al cuidado de manos experimentadas y primorosas que velan permanentemente por sus necesidades más básicas.

Gertrud es menuda y gruesa, de tez muy blanca y ojos azules y su cabello ahora entrecano conserva algunos mechones rubios que delatan su ascendencia germánica; una marcada cojera, herencia del flagelo de la polio en los años en los que las vacunas eran un lujo, desconocido para las gentes de lugares remotos y aislados, imprime un sello tragicómico a su andar. Hija de tardíos inmigrantes provenientes de una ladea del norte de Alemania devastada por la Guerra, nació y vivió sus primeros años entre colonos de la zona costera de la región de Los Lagos, hasta que el pavoroso terremoto de 1960 asoló aquel sufrido rincón del planeta cobrándose una treintena de millares de vidas y arrastrando al mar las casas y pertenencias de muchos más; en tales circunstancias, Gertrud junto con sus padres y un puñado más de sacrificados y rubios sobrevivientes arribaron, tras cruzar un embravecido Canal de Chacao, al norte de la Isla de Chiloé, donde, tras vender los pocos animales que habían escapado a la furia del mar, pudieron rehacer sus vidas a punta de hacha y arado de mano. Luego vino la enfermedad que inutilizaría una de sus piernas y, tras ello, la muerte del padre y el lento declinar de la madre, a quien cuidaría con abnegación en sus últimos años, alimentándola a cucharadas y limpiando sus desechos. Se vería, sin quererlo, obligada a desempeñar la misma labor con los ancianos de otras familias locales en su propia heredad de tejuelas de alerce, a fin de subsistir y, para lo cual, se apoyaría desde entonces y por siempre en la fiel Elena, una niña de origen campesino y sangre araucana cuyos padres le fueron arrebatados por el mismo telúrico horror que trajo a Gertrud a la isla y a la casona. Elena fue rescatada del hambre y el frío por la madre de Gertrud, para colaborar en las tareas domésticas tales como picar leña, encender el fuego, acarrear el agua y corretear los pollos, hasta convertirse en un integrante más de la familia. Si bien en un discreto segundo plano, se integraría también al cuidado de sus padres adoptivos y luego de los veteranos residentes que reemplazarían a aquellos tras su deceso. Elena es una mujer pequeña y delgada, de apariencia frágil, su cabeza parece desproporcionadamente grande en relación al resto de su cuerpo, el que se ha ido encorvando con el peso de los años sin perder la agilidad de su juventud, su piel surcada de arrugas es morena y su pelo negro se ha ido llenando de canas a la par que el de su blonda compañera. Sus manos flacas, ásperas y nudosas delatan lustros de infatigables faenas domésticas con el hacha y el fogón, curtidas por las heladas y temporales de los crudos inviernos sureños. Elena jamás mira a los ojos y parece siempre estar persiguiendo algún escurridizo punto en el suelo a escasos palmos por delante de sus pies. Tampoco intercambia la menor conversación con ser humano alguno, salvo para mascullar entre dientes un ininteligible alegato mientras se aleja para cumplir alguna encomienda; en cambio, suele mantener largos soliloquios igualmente incomprensibles en el patio, donde parece hablar con las gallinas que a diario alimenta y espanta de la huerta, o en la cocina mientras manipula leños y ollas, o al cambiar los pañales de los ancianos de la casa a quienes regaña constantemente con agrias recriminaciones medio escupidas en una insondable mezcla de chileno campesino y mapuche, plagada de juramentos y de sonidos inarticulados. Elena nunca sonríe y jamás ha puesto un pie fuera de la casona desde su llegada, sin haber manifestado tampoco el menor interés por hacerlo. Gertrud, en cambio, además de ejercer la función de relaciones públicas, debe ausentarse regularmente para comprar los suministros, realizar trámites y asistir a la misa dominical o a las exequias de los residentes que, con relativa frecuencia, abandonan este mundo y con él la vetusta casa de reposo.

La relación entre estas dos mujeres singulares, edificada a través de décadas de convivencia y trabajo entre el añoso maderamen y los quejidos de ancianos moribundos, resulta sin duda de lo más peculiar para el observador externo, desconocedor de la historia de penurias, soledades y duelos que las unen desde la niñez. Una lengua ignota, sin palabras más allá de “Buenos días” y “Hasta mañana, Elena”, a las que la aludida responde con un gruñido característico, sustenta el vínculo entre estos seres; durante todo el resto de la jornada, la inquebrantable costumbre y unas pocas breves órdenes del tipo “Hay que cambiar los pañales al Sr. Ampuero de la habitación tres” articulan el funcionamiento de la residencia, mientras que las demás tareas como alimentar el fuego de la cocina, preparar las comidas y las papillas, el aseo diario de los ancianos y la administración de medicamentos, se realizan de forma inmutable y rutinaria y, la mayor parte del tiempo, en el más absoluto silencio, roto tan sólo por el sonido cascado de radio “Estrella del Mar”, el farfulleo de Elena y el furor del viento y la lluvia en las tejuelas y ventanas.

Una vez por semana, un tercer personaje se incorpora por espacio aproximado de una hora al hermético círculo conformado por las dos mujeres. Cada jueves al atardecer, un médico octogenario visita la residencia, casi sin faltar desde hace más de 30 años. Se trata del Dr. Saúl Uauy, un antiguo galeno de ascendencia árabe oriundo de Concepción; jubilado en la actualidad, atiende a unos pocos pacientes tanto o más añosos que él en una consulta habilitada en su propia casa y efectúa esporádicas visitas a domicilio, además del control semanal a los ocho longevos clientes de Gertrud. El día de la visita del Dr. Uauy suele transcurrir de modo similar cada vez, como si obedeciese a un ritual sagrado o a un protocolo escrito de antemano por quién sabe qué pluma desconocida a la vez que poco creativa y económica en palabras.

El día de la visita médica, la actividad en la casona comienza algo más temprano que de costumbre y con cierta leve excitación de Gertrud para quien tener a su clientela a punto, limpia y con sus medicamentos administrados, es un asunto de vital importancia.

-Elena, hoy viene el doctor, hay que apurarse para tener a los pacientes listos.

-(gruñido)

Las tareas son idénticas a las de un día corriente, pero el arreglo de las camas y la higiene revisten un especial cuidado y se utiliza más colonia inglesa que lo habitual. Y aunque Elena no parece percatarse en lo más mínimo, las órdenes de Gertrud tienen un tono más imperioso. Cuando llega el médico todo está en perfecto orden y despide femenina pulcritud. Aquel día también se han cambiado las flores que decoran las habitaciones por otras frescas.

-Buenas tardes, Gertrud.

-Buenas tardes, doctor.

-Buenas tardes, Elena.

-(gruñido)

Durante la visita, Gertrud sigue solícita y atenta cada paso, comentario e indicación del profesional. Elena, en cambio, parece no advertir en absoluto su presencia. Terminada la ronda, el veterano médico da las últimas instrucciones mientras se coloca el abrigo y camina hacia la salida, escoltado de cerca por la dueña de casa.

-Buenas noches, Gertrud.

-Buenas noches, doctor.

-Buenas noches, Elena.

-(gruñido)

 

Por la noche, el ajetreo diario disminuye de manera considerable, en especial una vez que se ha administrado la medicación nocturna de los ancianos, la que suele incluir potentes hipnóticos para garantizar el reposo nocturno de los mismos, de sus cuidadoras y del médico. El volumen de la radio también desciende aunque sin llegar a apagarse hasta que las dos mujeres de la casa se retiran, por fin, a descansar cada una a sus aposentos, a eso de la una AM.

-Hasta mañana, Elena, que duermas bien.

-(gruñido)

Cuando Gertrud se despide, Elena se queda en la cocina aún unos minutos mientras termina de tomarse una última taza de té, alimenta el fogón de la cocina y apaga la radio y las luces del primer piso, para dirigirse luego a su dormitorio, ubicado justo al lado de la cocina. Una vez dentro, cierra la puerta con llave y se lava los dientes y las manos en un lavatorio de loza apostado sobre una cómoda con un espejo oval. Ha cesado el refunfuño que por el día destilan infatigablemente sus labios arrugados.

Elena se enfunda una camisa de dormir que le llega hasta los tobillos y se mete en la cama premunida de un rosario de carey, obsequio inmemorial de su madre adoptiva. Y, tal como le fue enseñado casi desde el primer día en que llegó a la casa, coloca sus manos con el rosario sobre el vientre y principia a correr las cuentas a la vez que farfulla una y otra vez insondables credos, padrenuestros y avemarías en voz baja. La monocorde letanía la adormece lentamente como una canción de cuna susurrada en un idioma extraño. Sonidos guturales se van entremezclando con los rezos a la vez que Elena entra en una suerte de trance místico y sus manos, empuñando el rosario con fuerza, van desplazándose por su abdomen hacia su pubis canoso. De pronto, toda la habitación se inunda de una luz refulgente, las paredes de madera desaparecen y desde el cielo por donde revolotean entonando cánticos de alabanza cientos de miles de ángeles con gráciles alas del color de los ventisqueros, desciende envuelto en nubes Aquél que ha de venir cada noche, el dios-hombre que se cuela en su cama desde hace más de treinta años, acude puntual al llamado de sus oraciones. El Dr. Uauy, viene sin falta y sin demora para desposarla ante el Todopoderoso, quien noche tras noche también bendice la unión mística de los dos enamorados; Elena ha comprendido desde la primera vez que ese hombre apuesto y varonil entró en la casa que se ha enamorado perdidamente de ella, tanto como ella de él y, por ello, su unión ha sido bendecida por toda la eternidad; sus manos con el rosario hecho una pelota ya han aterrizado en esa parte de su anatomía cuyo nombre ella desconoce y por la cual orina y, sin notarlo ella, han comenzado a masajearla vigorosamente, encendiendo oleadas de sensaciones indefinibles que recorren todo su cuerpo desde la cabeza hasta los dedos de los pies, insuflándola de un hálito divino en el momento en que el médico, investido de una túnica resplandeciente bordada en oro, rubíes y zafiros, con los cabellos casi negros como aquella primera vez y no blancos como cuando viene una vez por semana a visitar a los enfermos de la casa, fingiendo que no hay nada entre ellos, termina de descender hasta su cama y se posa sobre su cuerpo y se fusionan ambos en un solo ser celestial hecho íntegramente de amor y regocijo, el rosario no deja de prodigar su enérgico masaje y ya no salen de su boca más oraciones sino sólo quejidos guturales de inefable placer, suenan al unísono millones de trompetas y campanas de boda y el firmamento se abre de par en par, dando paso a una cascada torrentosa de estrellas fugaces incandescentes de todos los colores conocidos por el ojo humano y muchos más que sólo los enamorados divinos han visto, se abren las aguas del canal y los Tres Volcanes a lo lejos explotan a una vez vomitando fuegos artificiales vistosísimos igual que cada año en el puerto para la Noche Caleuchana; el cuerpo de Elena parece convulsionar, flotando en el cosmos, cuando la mano y su rosario imprimen la máxima presión allí abajo, justo antes de emitir un último quejido inarticulado y quedar al fin exangüe, inerte y caer rendido en el más profundo de los sueños. A los pocos minutos sólo se escuchan en la habitación estentóreos ronquidos y el crujir de las maderas de la casa en el silencio de la noche.

A las seis de la madrugada, Elena despierta como cada día, con el recuerdo de su encuentro hierogámico de la noche anterior, éste se va difuminando a medida que realiza su rutina de aseo y vestimenta personal y se apronta a dar inicio a una nueva jornada, alimentar el fuego de la cocina y colocar la tetera, preparar los desayunos de los ancianos, el de Gertrud y el suyo propio. Aún es de noche y las ventanas exhiben la escarcha que ha dejado adherida el aire gélido del amanecer sureño. Es un nuevo día. Esta noche Él vendrá una vez más, como todas, y ella lo esperará rezando con su rosario entre los dedos. La voz de la radio Estrella del Mar rompe el silencio comentando los últimos acontecimientos de la actualidad nacional, a los que Elena presta muy poca atención, al igual que a casi todo lo que pasa a su alrededor.

En el patio del colegio

en el patio del colegio 1Cuando niña no era precisamente lo que se llama una chica popular, digamos que no coleccionaba amigos en el cole. Tuve un par de ‘besties’, sí, de esas que van contigo a muerte, pero siempre por goteo. O sea, nunca se me dieron bien grupos, lo mío era el tú a tú, o como mucho el ‘petit comitè’. Ni mejor compañera, ni líder de nada ni leches, a mí no me elegían para esas cosas. Supongo que eso se debía en gran parte a que los demás me percibían como una rarita, amén de santurrona. Curiosamente, con el paso del tiempo mis compis me encontrarían de todo menos santurrona, aunque entre tanta pija “aro-perla” y monjita transfigurada nunca dejé de ser un perro verde con mis prematuros tatuajes y piercings y mis particulares opiniones sobre la vida.

Pero bueno, a lo que íbamos… mi triste infancia de Oliver Twist.

(Je!)

Decía que cuando niña era bastante marginada. Lo que me dolía, sí, pero no hasta el punto de querer cambiar mi forma de ser para agradar a los otros. Bueno, al menos así lo recuerdo, si bien ya sabemos que la memoria, además de traicionera, suele ser bastante autoindulgente… ¡sobre todo si nos vamos tan para atrás!

La cosa es que tengo la imagen de haberme pasado muchos recreos mirando jugar a los demás, esperando una invitación que no llegaba; soñando con tener una pelota para llevar al cole y así ganarme un sitio seguro en el grupo, porque el portador del juguete nunca era marginado. Y me recuerdo también en casa, jugando a saltar el elástico con la muda compañía de dos sillas que hacían las veces de las dos personas que tenían que sujetar el asunto con su cuerpo. Claro, no tenía la misma gracia, pero si cerraba los ojos me imaginaba que había más gente, y a veces hasta me emocionaba. Llegué a convertirme en toda una atleta del elástico, aunque tuve pocas oportunidades de exhibir mis habilidades en público.

No es que le tuviera miedo a mi propia compañía, y siempre estaban los libros para poner a girar al mundo de nuevo, además de una familia que me permitió desarrollar un más que sano sentido de pertenencia. Así que no iba por la vida sintiéndome una paria invisible. Pero aún así lo del cole me jodía, y mucho. Y por una razón muy simple: Me encantaba jugar.

Me encantaba y me sigue encantando, en sus distintas manifestaciones: Pasar una noche de Twister con los amigos, recordar viejos tiempos con el imperecedero “verdad o consecuencia” (o su primo hermano el “nunca nunca”), hacer el tonto frente a una cámara de fotos, ser perseguida por las calles de Barcelona por un guiri enajenado amenazando con arrojarme a una pileta (Thomas, ¿te suena familiar?), columpiarme, saltar, brincar, bailar a lo tonto, correr destartaladamente por el Parque del Retiro, girar en círculos y arrojarme sobre la hierba…

Y, cómo no, la exquisita, y casi infinita, variedad de juegos que se pueden inventar en el terreno sexual. O sea, en la cama. Aunque más bien fuera de ella… ¡Un poquito de creatividad, por favor!

De hecho, no recuerdo haber cuidado tan bien un juguete de niña (las muñecas no eran lo mío en todo caso) como lo hice con mi primer vibrador, un mamotreto feísimo y tieso, color carne para más horror, que me compré en mi primer viaje al extranjero, con 18 años recién cumplidos (imposible pensar en ir a un sex shop en mi Chilito prehistórico, en aquella época sólo pajeros espinilludos se animaban a traspasar las densas y polvorientas cortinas de terciopelo que separaban esos antros de vicio del resto de los mortales). Total, que para proteger semejante tesoro, que me arrojó a la fama entre mi círculo de amistades, algo más expandido por aquella época, le tejí una “camita” a crochet (true story!), con mis propias y amorosas manos. Ay, si mi santa abuelita hubiera imaginado en qué iban a terminar sus clases de manualidades…

en el patio del colegio 2Pero lo mejor de todo es que en este juego llamado sexo no se necesitan juguetes (¡aunque bienvenidos sean!), con unas cuantas buenas neuronas se puede hacer una fiesta. Y no sólo eso. Si quiero puedo jugar sola, no necesito sentarme a esperar mi ticket de entrada. Vale, a veces se cierran los ojos y se imagina que ahí está otro. U otros. Pero no es tanto por soledad como por la simple gracia de hacerlo. El banquete está ahí, está servido… si bien siempre se le puede poner un poquito más de pimienta.

Ahora lo veo claro, el sexo es mi patio del colegio. Un espacio en el que siempre soy bienvenida, en el que estoy invitada a jugar porque sin mí el juego no tendría gracia.

Probablemente por eso me parece mucho más cómodo ser adulto que niño. Hasta diría que tiene su encanto, pese a las responsabilidades, las cuentas, los jefes tocapelotas y todos esos rollos. Definitivamente no soy de las extravían la vista en la nebulosa de la infancia con la sensación de que todo tiempo pasado fue mejor. No. Cuando niña no podía ver la tele porque mis padres la escondían en un armario con llave, para que fuéramos niños juiciosos y cultos. Además, tenía que ingerir permanentemente alimentos que no eran de mi agrado, empezando por un brebaje espantoso (y además muy recurrente en la cocina de mi madre) conocido como “la sopa verde”. Y claro, de sexo ni hablar.

Que alguien me diga, por favor, cómo coño va a ser mejor eso…

Telarañas

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– ¡Espera!
– ¿Qué pasa?
– Me duele
– ¿Te duele?
– Sí, no sé, me raspa
– Hmm
– ¿No tienes lubricante? Ponme un poco.
– ¿Ahora?
– No, mañana…
– ¡Es que no sé dónde está!
– Entonces para.
– ¿Cómo?
– ¡Que pares, joder! ¡Que te salgas!

De lejos parece una telaraña, pero al acercarse descubre que es la marca de una trizadura sobre el cristal. Le pasa el dedo índice por encima, con dilación, intentando volverse ajeno o al menos parecerlo. Ella coge el móvil y se dirige hacia el único rincón de la habitación donde no llega la luz, en un intento vano por ocultar sus murmullos. “Sí”, “ya sabes, el cabrón de mi jefe”, “no es nada amor”…

Sigue desnuda, y aunque protegida por las sombras, éstas se niegan a cubrir del todo su silueta ligeramente encorvada. Él gira con calma la cabeza y la mira, porque de pronto puede hacerlo. “Si el arrepentimiento tuviera forma -piensa-, sería como esos dos pechos caídos. La forma de lo que ya no está, el peso de lo perdido”.

Antes de coger sus cosas le da un último vistazo a la habitación. Unos cuantos cabellos abandonados sobre la almohada, restos de labial y wishky en un vaso de plástico, la ropa de ella colgando con descuido de una silla. Nunca antes lo había notado, es ropa vieja. Cientos de veces utilizada y lavada. Pero ya ni imaginar sus carencias le conmueve.

Ella apenas parece notarlo, ni siquiera suelta el teléfono. Él no dice nada. A sus espaldas deja la puerta entreabierta, pero sólo por no hace ruido al salir de su vida.

500 palabras

Escribo con los dedos aún húmedos. Húmedos de mí. Oliendo a mí…

Dije que tal vez te imaginaba esta noche. No era una intención firme, esa es la verdad. A veces simplemente me gusta perderme entre el oleaje. Pero entonces apareciste, atravesando mis aguas con tu mástil insolente, sin esperar invitación…

¡Bienvenido a la fiesta!

zapatos de tacónEstamos en la habitación de un hotel. Hemos cenado, nos hemos reído y nos hemos quitado todo el ajetreo del cuerpo con un baño tibio y reponedor (sí, las chicas solemos partir por el principio, jeje… Se llama “crear ambiente”). Yo llevo ropa interior, ligas negras y zapatos de tacón (¿fetichismo dijiste? ¡Espera a que saque a pasear mi lado sado y camine sobre ti con ellos puestos!). Tú no llevas nada, ya sabes cómo me pone verte así, más polla que cuerpo. Nada más se necesita…

Tengo dos deseos, así que me acerco a tu oído y te los digo bajito. El primero es que esta noche quiero un poco de dolor en el menú, pero acompañado de un buen manejo del tempo. A fuego lento, in crescendo

Te susurro que lo tienes todo para besar, morder, apretar, arañar, fustigar. Pezones, pechos, muslos, glúteos, los caminos de mi espalda… Ve de a poquito y llega lejos. Mi cuerpo está carnívoro.

Me preguntas entonces qué más quiero, y lo que quiero es rendirme a tus deseos. Sólo por hoy, así que aprovecha.

Por si no ha quedado claro, lo que te ofrezco es una moneda de dos caras: quiero que me pidas que haga y te haga todo lo que te apetezca que haga y te haga, pero sin reprimirte… No vale invitar a la cabeza, estamos en territorio libre. Y quiero, además, que me hagas todo lo que te apetezca hacerme, sin preguntar.

¿Quieres que me ponga de cara a la pared? ¿Contra la ventana? ¿Qué vaya a gatas por mi premio? Lo haré, faltaba más.

¿Quieres ver cómo me toco? Hasta el éxtasis si quieres, gritando tu nombre o el de la deidad que prefieras.

¿Quieres un baile? Lo verás, sólo elige la música y túmbate a mirar. Y si quieres también te acomodo los almohadones.

¿Juegos de roles? El que prefieras, se me ocurren varios que no requieren disfraz. ¿Qué tal un profesor con mala leche? Me encantaría probar su cinturón… Mmm, hay tantas maldades que lo pueden hacer enfurecer…

¿O tal vez prefieras probar tú esos tacones en tu espalda? Claro, todo entra en el menú. Si hay que ponerse canalla me pongo canalla. Ya sabes que también tengo una ‘selfie’ perversilla que cada tanto se asoma a jugar.

En cuanto salga de tu boca lo tendrás.

O simplemente cógelo. Ya te lo dije, esta noche mandas.

¿Ya te has hecho a la idea? Yo estoy llegando al final.

Así que ahora, si no te importa, me quedo sola con mi explosión espectacular, y después me voy a dormir, que mañana curro. Después de todo es mi fantasía, no la tuya…