En el patio del colegio

en el patio del colegio 1Cuando niña no era precisamente lo que se llama una chica popular, digamos que no coleccionaba amigos en el cole. Tuve un par de ‘besties’, sí, de esas que van contigo a muerte, pero siempre por goteo. O sea, nunca se me dieron bien grupos, lo mío era el tú a tú, o como mucho el ‘petit comitè’. Ni mejor compañera, ni líder de nada ni leches, a mí no me elegían para esas cosas. Supongo que eso se debía en gran parte a que los demás me percibían como una rarita, amén de santurrona. Curiosamente, con el paso del tiempo mis compis me encontrarían de todo menos santurrona, aunque entre tanta pija “aro-perla” y monjita transfigurada nunca dejé de ser un perro verde con mis prematuros tatuajes y piercings y mis particulares opiniones sobre la vida.

Pero bueno, a lo que íbamos… mi triste infancia de Oliver Twist.

(Je!)

Decía que cuando niña era bastante marginada. Lo que me dolía, sí, pero no hasta el punto de querer cambiar mi forma de ser para agradar a los otros. Bueno, al menos así lo recuerdo, si bien ya sabemos que la memoria, además de traicionera, suele ser bastante autoindulgente… ¡sobre todo si nos vamos tan para atrás!

La cosa es que tengo la imagen de haberme pasado muchos recreos mirando jugar a los demás, esperando una invitación que no llegaba; soñando con tener una pelota para llevar al cole y así ganarme un sitio seguro en el grupo, porque el portador del juguete nunca era marginado. Y me recuerdo también en casa, jugando a saltar el elástico con la muda compañía de dos sillas que hacían las veces de las dos personas que tenían que sujetar el asunto con su cuerpo. Claro, no tenía la misma gracia, pero si cerraba los ojos me imaginaba que había más gente, y a veces hasta me emocionaba. Llegué a convertirme en toda una atleta del elástico, aunque tuve pocas oportunidades de exhibir mis habilidades en público.

No es que le tuviera miedo a mi propia compañía, y siempre estaban los libros para poner a girar al mundo de nuevo, además de una familia que me permitió desarrollar un más que sano sentido de pertenencia. Así que no iba por la vida sintiéndome una paria invisible. Pero aún así lo del cole me jodía, y mucho. Y por una razón muy simple: Me encantaba jugar.

Me encantaba y me sigue encantando, en sus distintas manifestaciones: Pasar una noche de Twister con los amigos, recordar viejos tiempos con el imperecedero “verdad o consecuencia” (o su primo hermano el “nunca nunca”), hacer el tonto frente a una cámara de fotos, ser perseguida por las calles de Barcelona por un guiri enajenado amenazando con arrojarme a una pileta (Thomas, ¿te suena familiar?), columpiarme, saltar, brincar, bailar a lo tonto, correr destartaladamente por el Parque del Retiro, girar en círculos y arrojarme sobre la hierba…

Y, cómo no, la exquisita, y casi infinita, variedad de juegos que se pueden inventar en el terreno sexual. O sea, en la cama. Aunque más bien fuera de ella… ¡Un poquito de creatividad, por favor!

De hecho, no recuerdo haber cuidado tan bien un juguete de niña (las muñecas no eran lo mío en todo caso) como lo hice con mi primer vibrador, un mamotreto feísimo y tieso, color carne para más horror, que me compré en mi primer viaje al extranjero, con 18 años recién cumplidos (imposible pensar en ir a un sex shop en mi Chilito prehistórico, en aquella época sólo pajeros espinilludos se animaban a traspasar las densas y polvorientas cortinas de terciopelo que separaban esos antros de vicio del resto de los mortales). Total, que para proteger semejante tesoro, que me arrojó a la fama entre mi círculo de amistades, algo más expandido por aquella época, le tejí una “camita” a crochet (true story!), con mis propias y amorosas manos. Ay, si mi santa abuelita hubiera imaginado en qué iban a terminar sus clases de manualidades…

en el patio del colegio 2Pero lo mejor de todo es que en este juego llamado sexo no se necesitan juguetes (¡aunque bienvenidos sean!), con unas cuantas buenas neuronas se puede hacer una fiesta. Y no sólo eso. Si quiero puedo jugar sola, no necesito sentarme a esperar mi ticket de entrada. Vale, a veces se cierran los ojos y se imagina que ahí está otro. U otros. Pero no es tanto por soledad como por la simple gracia de hacerlo. El banquete está ahí, está servido… si bien siempre se le puede poner un poquito más de pimienta.

Ahora lo veo claro, el sexo es mi patio del colegio. Un espacio en el que siempre soy bienvenida, en el que estoy invitada a jugar porque sin mí el juego no tendría gracia.

Probablemente por eso me parece mucho más cómodo ser adulto que niño. Hasta diría que tiene su encanto, pese a las responsabilidades, las cuentas, los jefes tocapelotas y todos esos rollos. Definitivamente no soy de las extravían la vista en la nebulosa de la infancia con la sensación de que todo tiempo pasado fue mejor. No. Cuando niña no podía ver la tele porque mis padres la escondían en un armario con llave, para que fuéramos niños juiciosos y cultos. Además, tenía que ingerir permanentemente alimentos que no eran de mi agrado, empezando por un brebaje espantoso (y además muy recurrente en la cocina de mi madre) conocido como “la sopa verde”. Y claro, de sexo ni hablar.

Que alguien me diga, por favor, cómo coño va a ser mejor eso…

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El amor en los tiempos del látex (III)

imagen látigo– Vaya vaya- dijo él sin demostrar el más mínimo desconcierto-. ¿No podrías haber elegido un látigo más pequeño? Parece un instrumento para domar bestias.
– Impone bastante por su tamaño, pero no pesa mucho, así que no es de los peores. Además, si vamos a hacer esto, hagámoslo bien. Digamos que me has despertado viejos recuerdos.
– Y los que aún faltan…
– A ver si sabes usarlo- lo desafió Cristina.
– No te preocupes, sabré pillarle el punto. Entonces qué, ¿eres una spankee? ¿Eso quieres? ¿Qué te azote el culo?
– Para empezar. Después quiero que sigas con el resto de mi cuerpo. Ya me entiendes, espalda, piernas, tetas. Las zonas que molan.
– ¿Intensidad? Porque veo que no estoy hablando con una aficionada.
– Media. Y digamos que antes era una persona bastante… experimental.
– ¿Y qué pasó?
– Dejé de sentirme motivada.

Mientras hablaban ella lo cogió de la mano y lo llevó a la entrada del almacén, donde su primo había instalado una barra fija para hacer flexiones de brazos en sus ratos de ocio, cuando aún atendía la tienda. Dos juegos de esposas (“¡a tomar por culo el presupuesto!”, pensó), unas aprisionando sus brazos y otras fijando el primer juego a la barra, fueron el improvisado anclaje que ideó su visitante en cuanto se hizo cargo de la situación. Ella se dejó, aliviada de que le hubiera adivinado la intención sin necesidad de más palabras. Se sentía casi vacía, incapaz de seguir exponiéndose frente a él de cualquier otra manera que no fuera con la docilidad de su carne. Probablemente él nunca hubiera podido adivinar la batalla que acababa de librar dentro de sí, los ardientes escombros que se habían removido y la enorme –y exigente- carga de sinceridad que había implicado un acto en apariencia tan simple como la elección de un juguete. No, no tenía cómo saber…

¡Plas!

En cuando sintió el primer mordisco –nuevamente él sabía lo que hacía: el chasquido besó su piel repartiendo la proporción exacta y perfecta de dolor en cada lado- ella cerró los ojos, para sumergirse en una oscuridad que la abrazó como una manta en medio del invierno. Proveniente de muy lejos, pero al mismo tiempo de su interior, el sonido de las hebras al disputar su trayecto con el aire fue adquiriendo una belleza casi musical, estallando en ella con alegría sedienta. “La horrible alegría de despertar, de saberse vivo”, pensó, gimiendo por primera vez. Realmente el gringo le había cogido el puntillo: Ni demasiado fuerte como para volverse intolerable ni demasiado “vainilla” como para quedarse frustrada. Aunque a decir verdad, la tarde ya había superado con mucho sus expectativas.

– ¿Quieres que pare?
– Ya te dije lo que quería- le contestó con voz ronca.
– Perfecto. Sólo me estaba asegurando.

Le dio una decena de latigazos más en el culo, esta vez bastante más despiadados que los anteriores, y ella recordó por qué la mayoría de la gente no comulgaba con el dolor a la hora de buscarle una vertiente erótica: porque dolía. Claro que había más, pero eso no dejaba de estar ahí, coronándolo todo.

Cuando estaba a punto de gritar porque la sensación se volvía insoportable, él se detuvo, le abrió las piernas y le dio varios golpes suaves en el clítoris con la palma de la mano, seguidos de uno rápido y despiadado que la pilló desprevenida por su intensidad. Más que el destello seco del martirio que habían soportado sus nalgas, sintió como si le hubiera explotado entre las piernas un panal hirviente de abejas, e hilillos húmedos comenzaron a descender por la parte interna de sus muslos. Él continuó con latigazos en la espalda, incrementando gradualmente la fuerza de sus golpes, y cuando ella volvió a sentir que había alcanzado el límite de lo soportable el repitió la fórmula anterior, aunque ésta vez usó las puntas superiores del látigo para golpear su clítoris, dándole tres golpes fuertes en lugar de uno. “Por favor, no más”, suplicó ella, sintiendo que perdía la batalla contra las abejas furiosas que removían su sangre palpitante, y entonces él le atravesó los dos pezones de un solo movimiento, certero y terrible, y dejó el juguete en el suelo, dándole unos segundos de descanso.

– Suéltame.
– Todavía no. Hay algo que quiero probar.

imagen látigo 2Poniéndose de rodillas frente a su cuerpo cautivo le besó los vellos del pubis y ella se retorció, estremeciéndose en la mezcla de placer presente y anticipado. Como si hubiera sido una invitación, él le abrió suavemente los labios con las manos y comenzó a lamer su entrada con gula contenida, hundiendo cada tanto la lengua todo lo que podía en su interior. Con cada embestida crecía en ella la sensación de inevitabilidad, y pequeños estremecimientos agitaban la parte baja de su vientre y espalda para subir por su columna, convertidos en éxtasis caliente y líquido. No hizo falta mucho más. Al darse cuenta, él aumentó la potencia de sus succiones y movimientos, hasta que sintió el orgasmo salado y acuoso de ella derramarse en su boca.

Una vez liberada de su prisión temporal, Cristina se tumbó en el suelo y se quedó allí un par de minutos para terminar de desmigajar su disfrute. Cuando abrió los ojos él se había ido. Confundida, se incorporó y se quedó de pie, sin saber qué hacer, hasta que oyó su voz proveniente de la zona de los expositores:

– Estoy aquí, eligiendo mi juguete.

Había olvidado que era su turno de darle placer. En ese momento se dio cuenta de que lo había olvidado casi todo de hecho, incluso las capas que tenía que ponerse para ser la Cristina de los últimos tiempos, como si ese fuera el precio que se le había exigido pagar a cambio de recordar que su cuerpo estaba vivo. El breve camino que recorrió hasta donde él estaba le hizo pensar en los primeros pasos de un hombre en la luna.

– ¿Ya lo tienes?
– Sí, desde un principio sabía cuál elegiría. Sólo quería asegurarme de coger el modelo adecuado.
La sorpresa la hizo arquear las cejas.
– ¿En serio? ¿Un strap-on?
– Dijimos que no íbamos a juzgar.
– Oh, no juzgo. De hecho, celebro tu versatilidad.
– Me alegra oír eso. Aunque mucho me temo que tendremos que añadir otro producto a la lista de pérdidas de esta tienda.
– Mmm… ¿lubricante?
– Chica lista.
– De silicona, ¿no? Porque al agua se seca…
– Exacto. Dicen que hay uno que se vende mucho, el del bote negro. Me lo recomendó una vendedora que conocí hoy, una chica adorable.
– ¿En serio? Pensé que habías dicho que era una borde.
–  No sé de dónde sacas semejante barbaridad. imagen silueta

Cabalgar al gringo fue como montarse en una de las atracciones de la feria del pueblo, algo liberador y revolucionario a un nivel más allá de lo corpóreo. Él había tenido la gentileza de escoger un arnés con dos dildos, uno para penetrarlo a él y otro más pequeño para darle placer a ella mientras se movía. Se corrió un par de veces más en el proceso, en dos orgasmos que fueron como dos zarpazos, y cuando el roce del juguete se le volvió difícil de tolerar se quitó el arnés y continuó manejándolo con la mano, aumentando la profundidad de sus penetraciones. Con cada nueva embestida el gringo rugía, las manos clavadas en la moqueta, los omóplatos buscándose y la espalda arqueada. Ella aprovechó su mano libre para acariciar los contornos de su águila en movimiento, y él comenzó a masturbarse con furia. El chorro que emergió altivo de su interior se estrelló contra un ejemplar de “Las edades de Lulú” que una clienta había dejado fuera de sitio por la mañana. Cristina sonrió. Otro libro que debería estar en el exilio. Y su primo que seguía sin enterarse el pobre, qué desfasado…

Sólo cuando él la besó, ella se dio cuenta de que hasta entonces no lo había hecho. Sabía a galletas de miel y a placer regurgitado, y ella tragó profundo para atesorar ese resabio a refugio que le regalaban sus labios. El beso fue largo y codicioso. Después se vistieron en silencio.

– Estuvo exquisito, Cristina. Realmente exquisito. Espero que te queden energías porque hoy nos vamos de celebración.
– Espera un minuto. Yo no te he dicho mi nombre. ¿Cómo lo sabes?

El silencio, cargado de respuestas posibles, la golpeó como una bofetada seca. Él no apartó los ojos de ella ni perdió la sonrisa.

– Vine a buscarte para llevarte a la boda. Te están esperando.
– ¿Me están esperando? ¿Quiénes?
– Marta, Joaquín… bueno, y yo. Te estamos esperando.
– ¿Marta y Joaquín? ¿Tú qué sabes de ellos? ¿Quién coño eres?
– Me llamo Jan. Aunque otra forma de verlo sería decir que soy la nueva Cristina.
– No entiendo. Me vas a explicar ahora mismo o…
– Sí, si entiendes. ¿Nos vamos?

El amor en los tiempos del látex (II)

velas

Esperaba esposas, consoladores, vibradores de esos que acojonan… Por eso cuando lo vio coger una vela de masajes no pudo evitar sentirse algo decepcionada. Tal vez había cedido demasiado pronto, dejándose llevar por una sensación poderosa, pero efímera, de que su vida estaba a punto de desmoronarse para erigirse sobre cimientos frescos, y que si no saltaba no volvería a tener otra oportunidad. Malditas oportunidades. Costaba tanto dejar de ansiarlas, y tan poco volverlo a hacer. Aún así se resistía. Hacía tiempo que su soledad había dejado de ser una opción para convertirse en el estado natural de las cosas, pero por triste que fuera constatar ese hecho, lo cierto es que había llegado a sentirse bastante cómoda dentro de los confines de un universo habitado sólo por ella. ¿Y si daba ese salto fuera de sí misma sólo para descubrir que había dejado su refugio por una quimera? O peor aún, ¿si volvía a caer? ¿Valía la pena el riesgo? Quiso decirle que todo había sido un error, que se fuera, pero se sintió invadida por una vergüenza incapacitante, acompañada de una vaga sensación de estar en deuda con el desconocido que había estado hurgando entre las estanterías de la tienda.

– Sé que no es lo que te esperabas, pero algunas ocasiones hay que tomárselas con calma. Y a algunas personas también. Como a tí –explicó él al notar la expresión en su rostro.
– Lo dices como si me conocieras.
– ¿Qué te parece si te desnudas y te tumbas ahí? –le contestó, al tiempo que señalaba un pequeño sofá sin respaldo ubicado junto a la entrada de la tienda.

Extrañada de sí misma,  comenzó a quitarse la ropa casi en cuanto oyó sus palabras. Había algo de ceremonial en el momento –los recuerdos de la última vez que se había desvestido frente a otra persona tenían ya en su cabeza un tono sepia – al mismo tiempo que era dolorosamente consciente de su sexualidad oxidada. Quería parecer natural, pero sabía que esforzarse en ello resultaba paradójico, que la naturalidad radicaba precisamente en la falta de esfuerzo. Aún así intentó impartir una cierta lentitud a sus movimientos, pese a que su visitante no parecía demasiado interesado en el proceso. Otra pequeña decepción.

Se tumbó e intentó relajarse, esperando sentir unas manos sobre su piel, pero en vez de eso lo que sintió, tras un par de minutos de espera, fue un chorro de cera caliente que le mordió la espalda sin aviso. El dolor, aún así tolerable, se repartió en ella como una estela y la hizo arquearse, aunque no se quejó. Una sensación vaga parecida a un recuerdo, en la que parecían mezclarse todas las formas y sabores que alguna vez había conocido, bailó frente a sus ojos cerrados, para disolverse luego entre las poderosas manos de su visitante, que había comenzado a extender la cera con movimientos lentos pero profundos. Sabía lo que hacía, eso le quedó claro desde el principio.

Pese a la sorpresa inicial, los primeros –largos- minutos la hicieron sentir increíblemente relajada. Casi llegó a olvidar dónde estaba y con quién, tal era el estado de semiinconsciencia fetal que estaba alcanzando gracias a la pericia de sus manos. Nada existía ya, salvo el vaivén hipnótico de sus dedos y el aroma a vainilla que inundaba la estancia. Vaciada de todo, dejó de reprimir sus manifestaciones de placer, y pequeños gruñidos empezaron a salir de su garganta, más intensos mientras él más se alejaba de su espalda. Los roces en la zona inferior de su cuerpo abandonaron su apariencia de casuales para convertirse en exploratorios, internándose cada vez más en las profundidades ocultas de sus nalgas. Antes de que hundiera la mano del todo se giró hacia él. Quería probarlo. Y sobre todo, después de tanto tiempo, quería probarse.

Él supo en seguida lo que pretendía hacer, porque se incorporó y se desabrochó el cinturón sin poner reparos. Cristina se arrodilló frente a él y dejó que sus papilas se familiarizaran con el sabor de sus fluidos, lamiéndole suavemente el glande con la lengua.  Le pareció que sus labios se volvían más elásticos, expansivos, y comenzó a abrazar con ellos su miembro. Él gimió y le clavó las puntas de los dedos en los hombros. Ella pensó en un bebé siendo amamantado por su madre y sonrió, sin soltar el trofeo que tenía atrapado entre los dientes. Intensificó los movimientos, sintiendo que repercutían sobre ella bajo la forma de una lengua invisible que esparcía fuego en sus entrañas.

Lo habría dejado correrse en su boca, si bien se habría partido de la risa si alguien en la mañana le hubiera sugerido la posibilidad de que terminara su jornada dejando que un extraño se corriera en su boca. Sin embargo, él la detuvo antes, levantándole el mentón con delicadeza.

– No es que no esté disfrutando pero también quiero sentirte de otras maneras. Y no tenemos tanto tiempo.
– ¿No?- contestó ella, sin ni siquiera tomarse la molestia de esconder la decepción en sus palabras.
– No. Así que te propongo un trato.
– A ver…
– Tú elige un juguete, el que más morbo te dé, y yo lo uso contigo. Y después es mi turno de hacer lo mismo, elegir uno para que juegues conmigo. ¿Te parece?
– Me parece. Aunque después igual voy a tener que pagar lo que usemos. Así que no te pases, ¿vale?
– Qué graciosa eres. Probablemente mañana no estés aquí, así que deja de preocuparte.
– ¡Hostias! ¿Y eso qué significa? ¿Eres un sicópata violador y vas a matarme?
– Jaja, vaya fantasías las tuyas.
– En serio. ¿Por qué has dicho eso? ¿Eres un sicópata?
– No. Soy el hombre que cambiará tu vida. Aunque cambiar no siempre sea ir hacia delante.
– Eres muy pretencioso, gringo. Y hablas raro. Elige tu juguete mejor.
– Tú primero. A ver si me sorprendes.

Su impulso inicial fue ir hacia las vendas y las esposas, pero la última frase de él le había sonado a desafío y, aunque intentó que eso no la condicionara no pudo evitar sentir que algo se empañaría si aparecía frente a él con unos artículos tan clichés. Además quería poder mirarlo. Hace rato que su cuidado aspecto físico había dejado de parecerle irritante y había abdicado frente a los evidentes –pero no por ello menos efectivos- encantos del hombre que tenía frente a sí. ¿Un vibrador? Para qué, ella ya tenía un par en su cajón, y lo que estaba deseando era tener una polla caliente y palpitante entre las piernas. Mentira, su polla. No podía dejar de sentirse sorprendida por la manera vertiginosa en que se había creado dentro de ella esa necesidad que antes ni existía ni tenía intención de hacerlo, como si una roca pudiera nacer del aire.

Los juguetes anales fueron descartados ante la imposibilidad de darse una ducha, así como las bolas chinas, porque era otra cosa la que ella quería tener ahí dentro. Indecisa, se puso de pie y se dio un par de vueltas por la tienda, cogiendo algunos juguetes y volviéndolos a dejar en las estanterías, sintiendo que la responsabilidad la ahogaba con su abrazo invisible.

– Me parece a mí que piensas demasiado las cosas. Coge el que quieras, sin peros. El que realmente quieras. Sobra decir que no voy a escandalizarme.

Sus palabras, aunque no dijo nada extraordinario, fueron como dos puertas abriéndose. El camino ya lo había transitado antes, así que esta vez no se perdió. Fue directo hacia la pared central y lo descolgó con docilidad adelantada, saboreando los negros destellos de sus recuerdos. Después se dirigió hacia su improvisado verdugo, y extendiendo los brazos le presentó su elección. Él le devolvió una sonrisa encantadora y torcida.

El amor en los tiempos del látex (I)

sex shop juguetes

Tomar aire, subir la reja, abrir la puerta –dos vueltas, llave grande, llave pequeña-, desconectar la alarma, poner la calefacción, colgar el bolso y la chaqueta, encender el ordenador, expulsar aire…

En cuanto comenzaba el ritual su boca se llenaba de un sabor a monotonía y polvo que variaba sutilmente según el día de la semana: Los lunes venían con un regustillo a albarán, los martes a limpiacristales, los miércoles al cartón de las cajas del pedido… El sábado era el único día en el que sus tareas se limitaban a la atención de clientes (su primo finalmente había aceptado que ajustara las labores a la afluencia de público), y con el tiempo se había dado cuenta de que era el día que más odiaba de todos: imposible de fraccionar, inconquistable. Como su soledad.

Hace algunos años, ni tantos ni tan pocos, había ansiado los domingos. Ahora no ansiaba nada. Recibir el sueldo le producía una especie de calma, un sentimiento que alcanzaba a reconocer como bueno pero que no llegaba a producirle ni la sombra de ese arrebato que se veía en los rostros de algunos clientes cuando, por ejemplo, compraban un juguete. Ella misma había aprovechado en varias ocasiones su descuento de dependienta para adquirir cosas en la tienda, pero casi elegía siempre libros, o como mucho algún vibrador de los convencionales. A veces  se entretenía curioseando entre los artículos más bizarros, pero era una curiosidad tibia, casi larvática. No es que tuviera reparos morales, es que no le alcanzaba el entusiasmo. Y sin embargo podría haberse llevado lo que hubiera querido. No ganaba un gran sueldo, pero dinero no le faltaba: como no tenía hijos y su vida social era casi inexistente, sus gastos eran mínimos.

Su primo era tan cutre como el nombre que había decidido ponerle a la tienda –Sexymundo- pero no tenía más familia que él, y además era el único que le había ofrecido un trabajo cuando había regresado al pueblo. Y además sabiendo que no iba a brillar en el ejercicio de sus funciones. No destacaba por su don de gentes, y si bien hubo una época en el que se había considerado una persona sexual, hace tiempo que había perdido el interés en el intercambio de teléfonos y fluidos. Afortunadamente, a los clientes poco les importaba todo eso. Antes de Sexymundo nunca había existido un sex shop en el pueblo, y los fisgones tardaron poco en superar la incomodidad que les producía su expresión adusta para animarse a comprar algo más que lubricantes y condones.

Pero ese sábado la tienda había estado prácticamente desierta, sobre todo por la tarde. Estaban casi todos en sus casas o en las pocas peluquerías de la zona, preparándose para el matrimonio de Marta, la hija del alcalde. Cristina había hecho todo lo posible por no enterarse de los detalles, pero al final había resultado inevitable, después de todo se trataba del gran evento social de la temporada y todos hablaban de ello. Además, nadie en el pueblo sabía lo que había pasado entre ellas cuando compartieron piso en la ciudad, y mucho menos del papel que había jugado Joaquín –el novio- en toda la historia, así que no se cortaban en su presencia a la hora de celebrar la felicidad de la encantadora pareja.

De cualquier manera Cristina no quería recordarlo. Sólo quería que pasara rápido la última hora, cerrar la tienda y meterse a la cama con un té caliente y un Diazepam meciéndose entre sus venas.

– Perdona, ¿me recomendarías esto?

Se giró esperando ver al típico adolescente baboso con cara de no enterarse de nada, pero en vez de eso se encontró con un hombre adulto correctísimamente vestido de traje y con un enorme tatuaje de águila asomándose por el cuello. “Qué asco de tío. Seguro que estará acostumbrado a conseguir todo lo que se propone con esos ojos y esa sonrisa. Qué le den”, pensó en cuanto lo vio.

Le resultó desagradable de entrada probablemente por esa sonrisa que parecía decir “soy increíblemente guapo y lo sé”. El tío más guapo que había visto en años de hecho. Parecía un superhéroe sacado del universo de Marvel, un dios nórdico de espaldas anchas y brazos contundentes al que sólo le faltaba el martillo. O un hacha. No era del pueblo, así que probablemente estaba allí por la boda. Peor aún.

– Eh, te estoy hablando.
– Sí, ya te oí.
– ¿Y entonces?
– Y yo que sé. Es cuestión de gustos, ¿no?
– Claro, siempre es cuestión de gustos, pero algo me podrás contar sobre él. ¿Cómo funciona? ¿Tiene distintas velocidades? ¿Qué hace?
– Le das al botón y vibra. ¿Algo más?

Pensó que se iría, o que por lo menos le regalaría alguna mueca reprobatoria, pero nada. Parecía más intrigado que enfadado, aunque algo en sus ojos le hizo intuir que no se encontraba precisamente frente a un hombre que pudiera catalogarse como bonachón. Sostuvo su mirada durante unos segundos, sintiendo cómo su sangre se despertaba y empezaba a zumbar en oleadas suaves. Le pareció que su piel se volvía transparente y que él se enteraba de todo. Enrojeció.

– Me gustaría llevar un lubricante, un bote grande. De silicona eso sí, porque al agua se seca muy rápido. ¿Cuál es el mejor que tienes?
– No sé, no uso –contestó, y la invadió una necesidad urgente de que ese hombre desapareciera de su vista. Quería llorar, abrazarlo y abofetearlo, todo de golpe y sin saber por qué.
– ¿No uso? ¿Qué clase de respuesta es esa?- preguntó él, ahogando una carcajada.
– Te puedo decir el que más se vende, pero no tengo idea de si es el mejor. Es el del bote negro, en esa estantería. ¿Algo más? Tengo que hacer caja.
– No estoy muy seguro de atreverme a preguntar nada más. Dejas bastante que desear como vendedora, por no decir directamente que eres una borde.
– Perdona, yo a ti no te he insultado ni te he subido el tono.
– Ni falta que hace. Tu actitud lo dice todo. Y tu cuerpo
– ¿Qué dice qué?
– Lo sabes muy bien.

Se fue sin comprar nada, dejándola con la réplica atravesada en la garganta. Pasó media hora larga, en la que sólo entró una pareja de lesbianas maduras preguntando por la trilogía de las Cincuenta Sombras. ¿También ellas leían esa basura?”, exclamó para sí, malhumorada. Les dijo que los libros estaban agotados y que probablemente llegarían pronto, aunque sabía que eso no era cierto. Llevaba semanas sin incluirlos en el albarán de pedido, simplemente no podía soportar la idea de vender otro y contribuir, de la forma que fuera, a su difusión. Total, su primo sabía tanto del stock de la tienda como de física cuántica, así que podía permitirse pequeñas licencias como esa de tanto en tanto.

Los siguientes minutos los dedicó a limpiar los látigos en exposición, pero no por encima y con la bayeta como de costumbre. Lo hizo con dedicación y sin prisa, con movimientos casi amorosos, pasando un algodón empapado en quitaesmalte (el primer líquido que encontró) por cada mancha o zona pegajosa que iba apareciendo entre tiras y cerdas. Cuando no quedaban más látigos que limpiar volvió a mirar el reloj. Menos cinco ya. Sabía exactamente cuánto dinero había en la caja, ya que ese día sólo había vendido un disfraz de enfermera y tres paquetes de preservativos, así que decidió salir a fumarse un cigarrillo antes de apagar el ordenador y cerrar. Estaba agachada, buscando la cajetilla que se escondía en alguno de los rincones imposibles de su bolso, cuando escuchó las campanillas de la puerta. Sin incorporarse, soltó un desabrido y mecánico “estamos cerrando” y siguió hurgando entre sus cosas.

– ¿Estamos? Aquí no hay nadie más que tú.

Nunca lo había visto antes de ese día, y sin embargo su voz le sonó poderosamente conocida. Se incorporó con un brinco nervioso y se giró, sabiendo perfectamente lo que se iba a encontrar al frente. La violenta sensación al verlo, una especie de alegría comprimida e incómoda, se le inyectó entre las piernas, y los músculos de la pelvis se le contrajeron sorprendidos.

– Ya, bueno, estoy cerrando. Puedes volver el lunes. En la semana estamos hasta las ocho y media.
– No lo creo.
– ¿Cómo dices?
– Eso de irme. Que no lo creo.
– No tienes nada que hacer aquí. Como te dije, estoy cerrando.
– En primer lugar quería disculparme. Te he llamado borde y no me has dado esa confianza. Eso no estuvo bien.
– Vaya. Gracias.
– Espera, que no he terminado. Porque si bien corresponde que me disculpe por llamarte borde no quita que te hayas portado como tal.
– Pues lo estás haciendo de nuevo. Menuda disculpa.
– O como una maleducada, si prefieres que sea más fino. Y estarás de acuerdo conmigo en que esa no es manera de tratar a un cliente. Tendrías que ser más amable.
– ¿O si no qué? ¿Me vas a poner una hoja de reclamación por mirarte feo? -, le replicó con un tono nada amable.
– Está claro que eso no te asusta, o no irías por la vida tratando a la gente con tanto… esmero. No, iba a decir que comienzas a parecerme un desafío. ¿Cuánto tendría que esperar para verte una sonrisa? Aunque sólo sea para comprobar que tienes otra cara, y que no te levantas y te acuestas todos los días con esa de culo que te has puesto hoy. Ten cuidado, o se te va a quedar pegada para siempre.
– Ahora eres tú el maleducado, así que te pido que te vayas. Además tengo que cerrar, ya es tarde.
– ¿O si no qué? ¿Me vas a poner una hoja de reclamación por atrasar 10 minutos tu hora de cierre?

Se lo dijo con una sonrisa canalla, en tono de broma, pero con esa espesura que tienen las bromas de los que están acostumbrados a ganar. Volvió a sentirse irritada por la descarada exhibición de sus encantos, por ese aplomo sin mácula que parecía no costarle esfuerzo. Debía tener alguna fisura, cualquiera. Desconcertada, decidió probar con un cambio de giro y jugársela con la carta del sufrimiento femenino, a ver si así conseguía desarmarlo, o al menos incomodarlo, con eso.

– ¿Sabes qué? Tienes razón. Te pido que me disculpes. No estoy teniendo un buen día, para nada-, dijo con voz suave, dejando escapar un suspiro perceptible pero no demasiado evidente.
– Eso puede cambiar. Siempre puede cambiar, depende de tí- contestó él, sin que la más mínima sombra de compasión se asomara en sus ojos. Parecía más bien divertido.
– Uff, no estoy como para que me suelten el discurso del vaso medio lleno, hoy no. Precisamente hoy no. Pero tampoco quiero aburrirte con mis dramas. Quiero decir, apenas te conozco y tampoco se trata de largarse a hablar con cualquiera.
– Te lo agradezco. Hay desahogos mucho más interesantes que hablar.

¿Te lo agradezco? ¿Qué coño se había imaginado el gringo de los cojones? Tuvo que echar mano a toda su disciplina interna para revestir su irritación de indiferencia. Una sonrisa levemente sicópata se le quedó pegada en la cara.

– ¿Ya sabes lo que te vas a llevar?- le preguntó
– Oh, lo he pensado bien y no creo que necesite llevarme nada en este sitio.
– ¿Me estás tomando el pelo?
– Por supuesto que no. Aquí hay artículos muy interesantes, eso no lo discuto. De hecho, ya tengo fichados algunos. Sólo que no voy a llevármelos, ya que pienso utilizarlos sin sacarlos de esta tienda.