Los sabores del sexo

shutterstock_136219310Sabor a ostras que se van de fiesta
Vestidas de gala para el momento.
Sabor a esfínter dulce
A dulce interior de tu cuerpo.
A palomitas vírgenes abriéndose en mantequilla caliente.
A paredes amarillas que encierran regueros.
A cuellos que parecen dunas
A dunas que parecen cuellos.
Al rojo de una felación caníbal
Y al azul de un lengüetazo tierno.
Sabor a sudor, a sal, a miedo.
Sabor a recuerdo.
Sabor a ti
El sabor del orgasmo en mi boca cuando pienso en ti.

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Cuerpos imperfectos

Image: 'impossible standards'. http://www.flickr.com/photos/21979897@N00/2211304018

No tengo pesa. Para qué voy a gastar dinero en algo que tan pocas alegrías suele reportar, y que con nula generosidad, amenaza permanentemente con amargarme la vida. Prefiero no saber. No tengo la relación más sana del mundo con mi cuerpo, mentiría si dijera que lo amo con locura, pero al menos evito enrollarme mucho con el tema, y hago todo lo posible por impedir que algo que debiera ser un templo del placer –tendrán que perdonarme lo “Paulo Coelho” del término, pero es que eso es realmente- se termine convirtiendo en un obstáculo para el disfrute. O sea, todo mal si el tema del cuerpo es el encargado de enfriar los ambientes en vez de servirnos (y ser servido) como la maravillosa herramienta que es.

Como decía, soy más bien del montón en relación al tema corporal, y a veces, muchas más de las que quisiera, le tiro mala onda mental a alguna parte de mi anatomía. Reconciliarme con la maltratada zona (la de turno) suele ser un trabajo arduo más que un acto natural… porque para qué andamos con cosas, lo natural es amar la belleza, la armonía, y lo cultural nos dice que eso se encuentra en las carnes prietas y las fibras lustrosas. A todos nos gusta un cuerpo bien formado.

Sin embargo, aún teniendo la suerte de compartir cama –o trecho- con un Adonis de esos esculpidos a mano (en general, digo, no es que en estos momentos tenga a uno escondido entre las sábanas), siempre se le puede encontrar alguna imperfección, una pifia o “yayita” de la que agarrarse, ya sea un dedo medio torcido, un juanete, un diente más oscuro o un espantoso pelo grueso que sale de donde no debiera. Todo sirve, personalmente me encanta encontrarme con esos pequeños hallazgos. Pero no se trata de activar el tan humano mecanismo de tratar de sentirme yo más con sus menos; es mucho más simple que eso:  Cuando estoy con alguien a quien quiero, o que me interesa y atrae en más de un nivel –me estoy haciendo “adulta” supongo, ya no me vale sólo con el buen polvo- esas partes se vuelven rincones especiales de su cuerpo, sitios que llego a querer también, o por los que llego a sentir interés y atracción. Hay un viaje ahí, y es fascinante. De alguna manera me abro a lo que amo o me gusta de esos rincones, y ahí está esa conversación post coito nacida junto a unas caricias en una quemadura, o esos mensajes únicos que se dibujan cariñosamente con las yemas de los dedos sobre unas estrías y siguen por una curva imperfecta… y entonces siento un aire de sabor dulce, como exhalado por miles de pequeños besos ligeros, que embellece y transforma esas cicatrices de la existencia que ya son únicas. Las suyas y las mías.

(Eso sí, me van a perdonar… un tío con dos pollas -por mucho que a nivel de fantasía sea la ostia!- o alguna otra rareza por el estilo, ya es un poquito too much para mí. Y tampoco puedo con los que tienen caspa. O mal aliento. Al fin y al cabo, todos tenemos nuestros dealbreakers…)