Aquello que llamamos primera vez…

http://www.enjoyingchile.cl/web/package/san-pedro-de-atacama-pacote/Me gusta contar que a Ismael lo conocí en un terremoto. Y es verdad. Yo, una chica de colegio de monjas y universidad tradicional (si bien siempre me acompañó una cierta sensación de incomodidad, de no pertenencia, entre mis “pares”), tenía 19 años recién cumplidos, vivía con mis padres y estaba mochileando con una amiga en San Pedro de Atacama. Él, con sus 21 y su charme argentino a cuestas, era artista circense, vivía solo desde los 14 y se encontraba de gira con su compañía. Y ahí estábamos, dos personas de vidas totalmente opuestas, conversando sobre la inmortalidad del cangrejo en la cola del baño de un pub. Y pum! Terremoto grado 8 en el norte de Chile…

Me gusta recordar (aunque a veces me pregunto si no será un truquillo de mi memoria, ya sabéis que jamás recordamos cosas como realmente fueron, incluso siendo ésta nuestra voluntad) que todos corrieron menos nosotros, que nos quedamos ahí, hablando tan campantes mientras las paredes se derrumbaban a nuestro alrededor. Yo porque nunca les he tenido demasiado miedo a los terremotos (o tal vez porque me quería hacer la guay, ainsss, ¡memoria traidora!), y él porque, como recién llegado que era a mis sísmicos terruños, lo encontró todo la mar de divertido de puro novedoso.

Lo q creo recordar bien son dos cosas: por un lado una arrolladora seguridad en sí mismo (yo no la tenía, pero intentaba aparentarla), hecha carne en un cuerpo delgado y fibroso de piernas kilométricas, en el que me fijé por primera vez al día siguiente cuando nos encontramos por casualidad en una piscina de aguas termales. Piel por todas partes, tersa, viril, morena, y esas gotas de agua lamiendo su pecho, riendo cerca de su ombligo, escurriéndose hasta donde yo no podía llegar, entrando juguetonas en ese short vaquero minúsculo que usaba como bañador. Saboreaba yo como colofón una conversación jugosita hasta el pueblo pero me tuve que conformar con un rápido beso de despedida y verlo montarse en una bici destartalada -el cuerpo tatuado, los dreadlocks al aire, el short amarrado en el manillar y sus carnes sólo cubiertas con un calzoncillo mojado y unas Converse- y desaparecer dejando tras de sí una nube de polvo desértico.

Claro que hubo mucho antes de él, si bien con él hubo un antes y un después. Mucho y muchos, hombres que al pensarlos me hacían caer en agujeros de terciopelo, deseos convertidos en pulsaciones, cargados de fuerza; pero no así el ansia de dibujarles un cauce, de abrirles la puerta sin que nada más importara.

Lo otro que se me quedó grabado fue una conversación que tuvimos unos días más tarde, en la que empezamos a intercambiar confidencias e Ismael me contó que no le gustaba acostarse con chicas vírgenes, porque “eran un coñazo” (no fue con esas palabras, pero fue lo que dijo). Lo que a él le molaba, en resumen, eran tías que supieran lo que hacían, no a las que hubiera que entregarles un mapa o tratarlas como si se fueran a quebrar. Compañeras de cama, no aprendices ni cándidas doncellas.

Vale, no es que yo fuera una cándida doncella, pero por hablar claro no me había comido un rosco en la vida. Pero como el tío me tenía trastocada decidí “morir pollo”, como decimos en mis tierras. Hacerme la loca, como que la cosa no era conmigo. Intentar que no se me notara que no llegaba ni a ‘becaria’.

Era tanto mi entusiasmo, tantas mis ganas, que la primera vez que nos encontramos debajo de unas sábanas me lancé hacia su polla como si fuera el más apetitoso de los manjares, decidida a entregar mi mejor performance. En realidad no es que me costara mucho esfuerzo, el doble deseo -por su polla y por hacerlo bien- actuó como el mejor manual de instrucciones y mi amante derramó en mi cara un chorro ignorante y feliz. Y ya de paso, yo pude darme cuenta de los pocos melindres que tenía a la hora de entrar en terrenos nuevos en lo sexual.

Supongo que también intentaba compensar lo que veía como una carencia -mi falta de tablas- con una imaginación abierta, una disposición permanente, un deseo que se iba dibujando y abrazándose al de él a través de innovaciones exóticas, juegos variados y maratones sexo-festivas. Como sea, mi disposición, mezclada con su naturaleza, nos llevaron a un in crescendo invertido que partió por sus picos más altos, sobre todo el lo que respecta a confianza y comodidad (que no a fuegos de artificio). No fue por tanto mi primera vez un polvo tranquilo, tierno, dulce. Fue un polvo de descontención. Un ejercicio de voluntad, un arrojarme a lo que viniera de brazos abiertos, un reclamo de pertenencia: “Ésta también soy yo, esto me gusta, éste también es mi mundo. Y nunca más me vuelvo a quedar fuera”.

(Por cierto, que este post pretende dar respuesta -sólo en parte, pero es que de lo contrario me eternizo- a la propuesta que dejó mi colega Pablo, autor del blog Nadie nos entiende, en mi post anterior (Pasopalabra!), donde me propuso escribir sobre “cómo empezó todo, de cómo fue ese descubrimiento, esa curiosidad, y esa jugoso despertar de tu imaginación tan provocativa”).

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Un cuento para no masturbarse :)

Descaradamente he decidido copiar una idea de mi estimada bloguera Contessa Pandora y compartir con vosotros un relato antiguo, si bien no tengo escritos tan ‘antediluvianos’ como los de la colega, que se encontró con un texto de sus 15 primaveras (el continuo maltrato al que someto a los aparatos que me rodean me ha llevado a presenciar la muerte de varios ordenadores y portátiles, con todos mis documentos incluidos, a lo que se suma mi reticencia a hacer respaldos, contratar seguros y ahorrar en general). Aún así, mi relato tiene la respetable antigüedad de 10 años y tres meses, que ya es algo. Aprovecho su escasísimo -por no decir nulo- contenido erótico para dedicárselo a todos mi amigos “juguetones” que me reclaman el insuficiente poder masturbatorio de mis letras, con mucho cariño y algo de malicia 😉

Con vosotros…

El Colorao no vuelve
flaquito

No se podría decir que abrió los ojos. Hizo el movimiento pero la orden no llegó del todo, como si sus párpados quisieran continuar pegados, unidos por una fuerza que superaba con mucho al hilo de voluntad que les ordenaba separarse. Se incorporó con pesadez y algo parecido a la cautela, como si estuviera toreando en cámara lenta un susurro que lo invitara a volver a un abrazo acogedor, y tanteó la silla que tenía junto a su cama, y que hacía las veces de mesita de noche. Sintió la aspereza del plástico y las pequeñas estrías de los cortes que había hecho uno de sus nietos con la navaja del vecino, seguramente el más chiquito, ese al que se le veían siempre las costillas, hasta cuando estaba vestido. Flaquito le decía él, de cariño. El ruido del vaso al caer, más la sensación de que algo no terminaba de cuajar, de que algo faltaba, le dieron un tirón a su sopor. Se restregó los ojos con fuerza y maldijo en silencio, al decidir que la cocina estaba demasiado lejos, y tras el retumbar de aquellas palabras mudas se fue formando un bostezo que se quedó inacabado. Lo que sintió bajo su mano ciega era ahora suave, el algodón que aún conservaba la tibieza de la cercanía con su cuerpo antes dormido, y palpó por segundos la misma tela que tantas veces vio lavar a Ramona junto al río, cuando todavía estaba, cuando juntos les sobraba el ánimo. Se acordó de Ramona mientras se ponía la camiseta, siempre se acordaba de ella cuando se le atascaba la cabeza, el cuello demasiado estrecho, porque entonces se reía con esa risa que era como agua fresca, casi tímida, aunque en el último tiempo estaba tan gastado el cuello que había cedido un poco. Una vez que la tuvo puesta del todo se volvió a tender en la cama y empezó a desenredar las pesadas mantas de entre sus piernas, dando pataditas suaves y cortas. Así se quedó un rato, pedaleando en el aire, escuchando su respiración agitada e imaginando el vaho gris de las mañanas heladas que debía estar saliendo de su boca, como el humo de un cigarrillo fumando con apuro fuera de la mina, y esa respiración más suave que parecía hacerle eco. El pantalón de lanilla no estaba cerca, al menos no respondía al llamado de sus manos, que se deslizaban con pereza sobre el colchón, como si acariciaran una piel. La piel de Ramona. Pensó que seguramente se habría caído junto con algunas mantas, y tuvo que agacharse y andar un rato a gatas por el cuarto. Olía a orines ahí abajo. Cuando encontró lo que buscaba y estaba por sentarse nuevamente, un granito de cemento se le enterró en la rodilla. Lo sacudió con un movimiento rápido y luego se pasó la mano por la piel marchita, para sentir el pequeño surco que había quedado en la pierna, cerca de la cicatriz que se hizo la vez que le cayó la viga encima, ese día que el Colorao era aún un niño, tan lindo como el Flaquito, y se le ocurrió llevarlo al trabajo. Pero ahora estaba en la cárcel, y la Mirta no quería a los hijos del Colorao, y sólo quería cuidar a los suyos, y los pobrecitos andaban todo el día dando vueltas por la casa, sin jugar con los otros porque a ella no le gustaba, y el Flaquito dale que dale con la navaja, rallando las maderas de las murallas, escarbando en el piso, siempre con esa carita de pena, y a él que le gustaría tanto llevarle por las noches una cosita, un engañito cualquiera, un caramelo que sea para sacarle una sonrisa a esa carita triste, le gustaría tanto, aunque igual tendría que llevarle a todos, a los de la Mirta también porque ellos no tenían la culpa, y por eso no le decía a su nuera que se fuera. Eso pensaba mientras se estiraba el pelo hacia atrás con un poco de saliva, poniendo toda la palma sobre la cabeza, escuchando el tenue rasgar de su mano callosa contra la frente. Entonces recordó que estaba atrasado y se puso los pantalones con apuro, conteniendo el gesto de hastío con esa disciplina añosa que le permitía evocar sin derrumbarse cuando Ramona aún estaba viva y le lavaba los calzoncillos, y entonces sí tenía calzoncillos limpios que ponerse bajo los pantalones, aunque parecieran tener el olor a tierra húmeda impregnado. Volvió a agacharse, para colocarse los zapatos, y un mareo le hizo apoyar la mano en la silla, hundiéndolo en un blanco que hirió por segundos la oscuridad del lugar. Atontado, parpadeó varias veces antes de incorporarse, siempre con la mano apoyada en la frío lomo de la silla, seguramente cerca de donde estaba la quemadura más grande, la de la semana pasada, porque la silla ya no tenía esa superficie lisa y brillante de cuando la compraron y las cosas a veces se caían. Cogió la chaqueta del clavo. Al salir de la habitación pasó junto a la ventana y se dio cuenta de que ya estaba amaneciendo. Apuró el paso, pero al llegar a la puerta se paró en seco y giró el cuerpo. Entonces tomó las cerillas que estaban junto al hornillo en la cocina, las que usaba para prender la vela y no despertar con la luz de la bombilla desnuda al niño que dormía a su lado desde que su padre se había ido. Las dejó sobre la silla antes de cerrar la puerta.

Tras la ventana (y V)

KONICA MINOLTA DIGITAL CAMERAAcercándose lentamente hasta ella, le puso las manos sobre los hombros y los acarició con avidez. Había algo inabarcable en el contorno de su piel, algo que se deshacía y volvía a renacer, cobrando en cada toque una forma distinta. No importaba dónde se detuviera, si en los huesos de su clavícula o en la curva de su espalda; algo de él se hundía dentro de ella, y una vez dentro era como si no pudiera volver a salir, y simplemente se adentrara cada vez más. Por un instante sintió que si seguía tocando no quedaría nada más de él, y no le pareció una mala manera de irse.

Ella asintió con una sonrisa leve y se pasó la lengua por los labios, y él tuvo la sensación de que saboreaba sus pensamientos.

La besó entonces, primero con suavidad y después con más ímpetu, concentrándose en raspar de sus labios esponjosos toda la humedad y el calor que le ofrecían. Pero sólo consiguió acrecentar su hambre. Y entonces, como si siempre hubiera conocido el camino, acercó su boca a los pezones oscuros de la mujer, que le esperaban un poco más abajo, poderosos y erguidos. Cerró los ojos y chupó, incapaz de hacer otra cosa, y sintió en seguida que lo invadía una sensación tan dulce que casi llegaba a ser insoportable. La deseaba y se ahogaba al mismo tiempo, sin poder detenerse. Ella le cogió la cara con delicadeza e hizo que la mirara.

– Tranquilo. Hay de sobra.

Quiso responderle que estaba tranquilo, pero en cuanto intentó hablar empezó a salirle leche de los labios. Se dio cuenta entonces de que por los pechos de ella corrían dos hilos blancos que bajaban hasta perderse en su vientre.  Retrocedió, sintiendo que estaba a punto de desmayarse.

– ¿Qué es esto? ¿Quién eres?

– Quien tú quieras que sea.

– ¿Eres mi madre? –le preguntó, sintiéndose inmediatamente estúpido.

– ¿Quieres que sea tu madre?

La mirada de ella se volvió felina y la voz un susurro casi inaudible, pero aún así había una carga en sus palabras, como si él pudiera palpar la tentación que le ofrecían. Por unos instantes se sintió inclinado a decir que sí, a abrir esa puerta y ver qué había detrás de ese abrazo tan ansiado. Nada podía ser peor que el vacío… Sin embargo sacudió la cabeza en señal de negación, si bien no del todo sometido a su renuncia.

– Si no lo eres en realidad, pues no. No quiero que lo seas.

– Realidad. Curiosa palabra.

La miró entonces con más cuidado. ¿Por qué estaban conversando? Tenía a una mujer hermosa y desnuda frente a él, y se encontraba a punto de embarcarse en una discusión existencialista.

Cogiéndola de la mano la llevó hasta el sofá y la tumbó allí. Había algo conmovedor en la docilidad de sus movimientos, como si de pronto se hubiera aburrido de los juegos y hubiera decidido entregarse de alguna manera, más allá de lo físico. Recostada sobre los blancos almohadones, con las piernas ligeramente abiertas, toda ella era una invitación y todo preámbulo un estorbo.

Al penetrarla supo que no había más hogar que ese, y que cualquier otro sitio tendría el sabor de la huída. Pese a que entró en ella con deferencia, una embriaguez efervescente le recorrió el cuerpo con violencia, untando una sensibilidad nueva en cada centímetro de piel viva. No había ya en él trazo alguno reconocible, todo parecía haberse fundido en un punto único, como si su cuerpo al completo fuera un enorme y burbujeante glande a punto de ebullición. Abrió la boca, pero en vez de notar cómo se liberaba su rugido lo sintió retumbar en su interior, deslizándose denso y caliente por las paredes de su garganta hasta deshacerse en su estómago.

No llegó a saber si eyaculó o no, simplemente se perdió en la totalidad de su orgasmo. Suspendido en un espacio indescriptible -¿cómo poner en palabras aquello que se encuentra  al mismo tiempo en el pico más alto de la más alta montaña y en el punto más profundo del más profundo de los océanos?-, sintió que volvía a nacer, ingrávido e inmaculado. Lo invadió un sueño profundo y se dejó acunar por sus brazos, Entonces lo supo: Nada podía herirlo, ya nada tenía forma a su alrededor. Lo único que tenía que hacer era flotar…

– Lo siento, esto no tendría que haber pasado. Se supone que hay reglas- la oyó decir, pero como si estuviera muy lejos de él. Responderle le costó un enorme esfuerzo, sólo quería dormir.

– ¿Cómo dices?

– Aún no era el momento, ella no está lista… – la escuchó decir, pero su voz ya parecía venir de otro mundo. Él alcanzó a murmurar una respuesta incomprensible, más parecida a un gemido que a otra cosa, antes de dejarse ir del todo.

pintura parto 1A la mañana siguiente no recordaría nada. Ni siquiera el golpe que tuvieron que darle -el primero de tantos- para que lograra respirar. Su madre daría a luz sin perder esa expresión de hastío que se había vuelto cada vez más frecuente en su rostro, y dejaría el hospital sin mirar atrás ni una sola vez, arrastrando su cuerpo prematuramente envejecido lejos de allí. Ese malestar en particular pronto se convertiría en un recuerdo lejano, y sólo el líquido pegajoso  brotando con desgana de sus pezones le recordaría -durante un puñado de días- lo que había dejado atrás.

 

(Nota que no sé dónde poner: Las imágenes las encontré en Internet y representan pinturas de la artista Beti Alonso. No la conozco de nada, pero me topé con su fanpage de Facebook. Por respeto a su trabajo os dejo el link: https://www.facebook.com/betialonsopintora)

 

Tras la ventana (I)
Tras la ventana (II)
Tras la ventana (III)
Tras la ventana (IV)

Mudanza

mudanzaHoy tengo resaca…

Y un cansancio de la hostia, porque mi vida está envuelta en cajas y no le encuentro el sitio a nada.

Y pienso en todo lo que se mantiene sin escribir, sin hacer.

En mi último relato inconcluso, que me acecha furioso reclamando mi atención dispersa. Encajado a medio camino, a medio parir…

En todos esos posts que aún no he escrito, que se acumulan en mi cabeza a la vez que se evaporan un poquito más cada día, huyendo de mí en busca de una muerte prematura.

En las muchas cosas que he vivido, más allá de cintas, brochas y rotuladores…

Y el sexo, oh, sí, el sexo.

Podría llenar un saco de adjetivos. Podría desgranar unas cuantas historias. El príncipe valiente. El príncipe cobarde. El príncipe más majo. La princesa quiere un sapo. Elegid.

Cierro los ojos y todo se mezcla dentro, como la ropa de una lavadora. El color que se forma frente a mí no tiene nombre, o yo no sé decirlo.

Pero si suspendo la respiración por segundos puedo distinguir algunas prendas.

Una visita inesperada.

Una propuesta inapropiada..

Pausa, ternura, reconocimiento.

Pies ajenos bajo las sábanas.

Cadencia. Contacto.

Invitaciones rechazadas.

Invitaciones casi rechazadas que terminaron convirtiéndose en una sorpresa.

Una polla de encaje perfecto.

Un ser humano bajo la polla.

Risas. Y cuantas…

Sol, playa, hotel, un pasillo, mi cama. Mi cama, mi cama, mi cama, mi cama.

Miradas nuevas, seres en descubrimiento.

Calor. Ventanas abiertas. Exposición.

Me atrevería a decir que un poquito de exceso.

Un ejemplar incansable entre mis sábanas. Una maratón digna de veinteañeros.

Mordiscos en mis pezones. Tal vez demasiados. No me di cuenta, claro, y no importa. Lo que está rico está rico.

Ufff, sueeeeeeño. Mucho sueño.

 

Agosto no ha sido precisamente un mes de vacaciones, pero no me quejo…

Tras la ventana (IV)

tras la ventana 4Se despertó tarde y se quedó un rato en la cama, incapaz de decidir qué hacer. No quería salir al pasillo y descubrir que el jarrón no era lo único que se había roto en esa casa. Una rápida mirada al suelo le permitió comprobar algo que ya intuía: los trozos ya no estaban allí, ni las flores desparramadas. “Debió limpiarlas mientras yo dormía”, pensó. “¿Se quedará observándome cuando entra en mi habitación de noche”?

El pensamiento lo sorprendió. Tal vez porque en ese momento se dio cuenta, con una punzada que le indicó que estaba más allá de una simple conjetura, de que no era la primera vez que ella entraba mientras él estaba dormido. Pero además no se le pasó por alto el uso del adjetivo posesivo en la frase que surcó su mente: “Mi habitación”.

Cuando ya le resultó evidente que ella no iba a aparecer, se levantó y salió. No quería asomarse al salón y quedarse parado frente a ella sin saber qué decir. Y no quería ser él quien hablara primero. Ella se había ido y lo había dejado solo. Ella tenía que buscarlo.

Sin embargo, al no oír los ruidos familiares de la mañana sintió curiosidad. ¿Ya habría desayunado? ¿Qué estaría haciendo tan silenciosamente? ¿Leyendo?

Como de costumbre la mesa estaba puesta, pero ella no se encontraba allí. Al darle un sorbo al café se percató de que estaba frío. Igual que las tostadas. Se bebió el zumo de naranja con desgana y se metió en la ducha.

Ni siquiera sentir el agua corriendo sobre su cuerpo lo tranquilizó. La ausencia de la mujer le producía la desagradable sensación de que había ido muy lejos la noche anterior, pese a que si miraba la situación desde fuera se podía considerar un ejemplo de virtud. Pero no lo sentía así.

Siguiendo un impulso se puso la ropa que traía el día que llegó, rechazando la que ella le dejaba todos los días sobre la silla. Estaba molesto, con él por no haber sabido contenerse y con ella por no haber apreciado su falta de contención. Pensó que si ella lo veía vestido así podría reaccionar de alguna manera, si bien no tenía muy que reacción esperaba… o deseaba provocar.

Todos sus pequeños rencores y elucubraciones se fueron disolviendo a medida que pasaban las horas, para dejar paso a una sensación de pérdida distinta a la que había cargado por tantos años. No se trataba ya de desear algo que nunca había tenido, sino de temer por algo que se conoce, que se ha poseído. Se preguntó cómo podría alguien llegar a amar, si eso implicaba saber al mismo tiempo- no, más bien sentir sin palabras- lo que significaba realmente la ausencia de lo deseado.

Cuando ya no pudo aguantar el hilo de sus pensamientos arrastró los pies hasta la cocina y se preparó un bocadillo para saciar su hambre. Se tendió en el sofá y cerró los ojos, pendiente de los sonidos que venían del exterior.

 

Ya había oscurecido cuando ella entró por la puerta. Parecía traer el mundo exterior a sus espaldas como un lastre, en su sonrisa huidiza y su andar pesado. Aún así, al verla así él se sintió irritado. De alguna manera excluido. Ella se acercó para saludarlo, pero él se hizo a un lado.

– Te fuiste

El ansia contenida en su voz lo sorprendió y se dio cuenta de que necesitaba dominarse. Ella lo miró con curiosidad. Parecía sinceramente perpleja al percibir el intenso reproche que acompañaba a sus palabras.

– Pero he vuelto.

– ¿Dónde estabas?

– Una reunión de última hora, que se alargó más de lo esperado.

– ¿Con quién?- insistió él con tono agrio.

– Eso a ti no te importa- respondió ella.

– Ya, ¿pero no podrías haberme avisado? Joder, no es tan difícil coger un teléfono.

– Pensé que aprovecharías el día. Te dejé una nota en la entrada. ¿No la viste?

– No-, murmuró, y se sintió inmensamente estúpido. ¿Quién era él para pedirle explicaciones en su propia casa? ¿Tenían algún tipo de relación que le daba derecho a hablarle así? De pronto su presencia en ese lugar le pareció más amenazada que nunca, y volvió a sentir esa carga endeble que colgaba de sus espaldas cuando cruzó el umbral por primera vez.

– Disculpa, yo…

– No pasa nada Pablo, déjalo. Creo que me voy a tumbar, estoy cansada.

 

No, no podía ser eso y ya, no podía terminar así. La cogió de un brazo e intentó besarla, pero ella se soltó con un tirón firme, haciendo un extraño chasquido con la boca. Desesperado, sin saber qué hacer al ver que ella le daba la espalda y se dirigía hacia el interior, comenzó a quitarse la ropa con movimientos decididos, con la vaga sensación de que al estar desnudo le costaría más echarlo de su casa. El inconfundible sonido de la cremallera al bajar hizo que ella detuviera su marcha y se girara a mirarlo. No dijo nada, pero el haberse detenido ya era una respuesta.

Él terminó de desvestirse y extendió los brazos hacia los costados, echando levemente la cabeza hacia atrás.

– Mírame. ¿Por qué no me deseas? ¿Qué es lo que no te gusta?

Cerró los ojos, algo avergonzado con su inesperado y teatral arranque, y al abrirlos se encontró a la mujer a su lado. “¿Pero qué coño”? se dijo, algo mareado por la sorpresa. Resultaba imposible que le hubiera dado tiempo a llegar hasta él. Pero allí estaba.

– No has venido aquí para eso- le dijo con una sonrisa triste.

– ¿Y entonces para qué? ¿Quieres decirme para qué coño estoy aquí? Tú misma me pediste que me quedara.

– Lo sé. No debería haberlo hecho. Pero yo también me siento sola a veces.

– Yo puedo acompañarte. Déjame hacerlo.

Como si se viera forzada a tomar una decisión muy importante ella entrecerró los ojos, y al hacerlo la habitación se oscureció. ¿Cómo se había ido tan rápido la luz? ¿Había sido ella quién había llamado a las sombras? Se encontraba al límite del paroxismo –a eso lo invitaba la lógica-, pero de forma paralela comenzaba a cobrar fuerza la sensación de que sus preguntas sólo tenían peso fuera de los muros que les daban cobijo. Y él estaba dentro. Aunque al parecer no por mucho tiempo.

Entonces ella comenzó a murmurar sonidos incomprensibles al tiempo que movía los brazos, como si cantara muy bajito en una lengua extraña o estuviera recitando algún mantra. Su voz, que más parecía provenir del centro mismo del hogar que del fondo de su garganta, se llevó lo que a él le quedaba de estupor como una suave ola se lleva restos de algas secas al retirarse de la orilla. Poco a poco todo pareció volver a su sitio, aunque era un sitio que él no terminaba de entender. Pero al oírla hablar eso ya no parecía tan importante.

tras la ventana 4bSe dio cuenta entonces de que ella también estaba desnuda, y de que su ropa había desaparecido. Fascinado, contempló su cuerpo firme, mucho más de lo que hubiera esperado en una mujer de su edad, con Pilates y todo. Aunque se encontraban en penumbras le pareció percibir una cierta juventud en su rostro que no había notado antes, o más bien como si la edad no hubiera quedado impresa en él, como si sus preocupaciones fueran de otra índole. Él no sabía qué podía estarla preocupando, pero no albergaba dudas de que sus intentos ya no serían rechazados.

 

Tras la ventana (I)
Tras la ventana (II)
Tras la ventana (III)

Tras la ventana (III)

http://www.fraper.es/portal/cuadros/452-cuadro-jarron-azul-con-flores.htmlHabía pasado más de una semana cuando ella entró por primera vez. Él había dejado de estar pendiente de cada sonido que se desvanecía al otro lado de la puerta una vez que se daban las buenas noches, si bien le seguía costando conciliar el sueño. De alguna manera no había dejado de esperarla del todo, pero como se espera que Dios responda a una plegaria: Todo fe, sin asideros. Por eso, aunque había fantaseado recreando la escena decenas de veces durante las noches anteriores, no supo cómo reaccionar y fingió dormir.

Ella se acercó con sigilo y se sentó en el borde de la cama. Él, boca abajo y desnudo bajo el edredón, recibió el palpitar furioso de su corazón como un anuncio de algo y apretó los párpados.

– ¿Estás despierto?

Sus palabras se vaporizaron en el aire, más livianas que un susurro. No hubo respuesta, pero ella no se fue. Permaneció allí, sentada a su lado, y comenzó a acariciarle el cabello muy suavemente. Pasados unos segundos volvió a hablar.

– Quédate aquí. Quédate conmigo.

Retiró el edredón con cuidado, hasta dejarlo a los pies de la cama. Aunque él no podía verla se la imaginaba perfectamente, absorta en su empeño de no interrumpirle el sueño. Entonces le pasó los dedos por la espalda, como un aprendiz respetuoso que entra en contacto por primera vez con las teclas de un piano, con una liviandad cargada de respeto. Él suspiró, muy quedamente, porque no podía evitar sentir que la estaba engañando.

– Shhhhhh…

Continuó tocándolo mientras tarareaba una canción que él desconocía. Sin aumentar la intensidad de sus roces, poco a poco fue adueñándose de porciones más extensas de su cuerpo, hasta alcanzar con sus yemas perezosas los glúteos –“apenas unos instantes se queda en ellos, ¿por qué se va tan pronto?” – y ya después las piernas. Y entonces comenzó a ascender nuevamente, sin prisa pero esta vez un poco más decidida, un poco más familiarizada con sus llanuras y sus rincones. Él volvió a suspirar y elevó ligeramente las caderas, en parte para dejar sitio a su ya considerable erección, en parte para participar de alguna manera del ritual que se estaba llevando a cabo sobre su piel hambrienta. Como ella no se detuvo, él no volvió a moverse. El enjambre que tenía entre las piernas reclamaba su atención, pero parte de sí estaba fuera de su cuerpo, junto a ella, observando su propia carne yaciente, apenas un accidente entre sus sábanas por capricho del destino.

Quietud y silencio. Cómo los aborrecía de niño. Qué delgada le pareció en esos momentos la línea que separaba el placer del dolor. No el de los artilugios, el de verdad. El dolor de los que están solos.

Pero entre los dedos expertos de la mujer que le ofrecía cobijo todo se desdibujaba. Moldeable como el barro e ingrávido, como si se disolviera y flotara al mismo tiempo, conoció por primera vez el deseo de llorar. Lo hubiera dado todo porque el tiempo se detuviera, por no salir nunca más de esa habitación ni de ese universo hecho de piel y recovecos, en el que ella era la fuente de toda vida y toda felicidad.

http://www.fraper.es/portal/cuadros/452-cuadro-jarron-azul-con-flores.htmlAprovechando una pausa en sus caricias se giró. Aunque ella echó levemente el cuerpo hacia atrás él no fue capaz de percibir en su gesto el aroma de la fragilidad y estiró un brazo para tocarla. Al hacerlo pasó a llevar el jarrón azul que había junto a la cama, que se estrelló contra el suelo escupiendo al quebrarse sus flores envueltas en un chorro de agua turbia.

Antes de que alcanzara a balbucear una disculpa ella le posó los dedos sobre la boca, con una sonrisa leve. Entonces se puso de pie, sus largos cabellos negros cayendo libres sobre sus hombros, los pies descalzos y apenas un ceñido camisón blanco para cubrir sus formas, y se fue como había llegado, sin emitir una palabra, sin dejarle un gesto en el que buscarla.

No fue un pensamiento, sino una imagen lo que se quedó en él cuando ella cerró la puerta: Una postal vieja, que algún amigo del coronel se dejó olvidada en la cabaña de la playa, en la que dos niños de pantalón corto sentados en las rodillas de Papá Noel parecían burlarse con sus pequeñas sonrisas congeladas de todo aquel que estuviera fuera de la imagen, mientras que de fondo deliciosos manjares los esperaban sobre la mesa junto a un árbol colmado de regalos sin abrir.

Tras la ventana (II)

Tras la ventana (I)

Tras la ventana (II)

No dijo nada, tan sólo le hizo un gesto con el dedo y él la siguió hasta una habitación que se encontraba al final del pasillo. Estaba decorada con sobriedad y buen gusto, y ya al primer vistazo se dio cuenta de que se trataba de un cuarto de invitados, lo que en parte le extrañó. En realidad, no sabía muy bien qué esperar. Al buscarla con la mirada reparó en un jarrón azul (¿sería de porcelana? él no sabía de esas cosas) lleno de flores frescas. Empezaba a producirle cada vez más curiosidad la mujer que tenía al frente.

– ¿Para qué las flores?
– ¿Cómo dices?
– No entiendo. Acá no duerme nadie, ¿no? Todo está en su sitio y no se ven objetos personales por ninguna parte. ¿Quién las aprovecha? ¿Las flores?
– Tú.
– ¿Yo?
– Por ejemplo.

Iba a decir “eso es ridículo, no tenías cómo saber que yo vendría”, pero algo lo impulsó a callar. No quería molestarla. Y, sobre todo, no quería empezar a quitar capas tan pronto, porque una vez alcanzado el centro ya no sabría qué hacer. Además, ¿para qué arrebatarle su juguete? Su misterio era como una sombra que, más que oscurecer, refrescaba.

– Me gustan las flores -murmuró de pronto ella, interrumpiendo sus pensamientos-. Así de simple. Desde niña. ¿A ti no?
– Me dan un poco igual. Quiero decir, nunca he gastado dinero en ellas. Pero viéndolas aquí me parecen casi…
– ¿Si?
– Sé que suena ridículo, pero iba a decir “necesarias”.
– ¿Ridículo? Para nada. Me parece un comentario bastante penetrante.

“Penetrante”. Le bastó escuchar esa palabra para sentir como si lo despertaran de una bofetada. La mujer que lo miraba con intensidad no sólo seguía siendo hermosa; era como una invitación, toda ella. Podía sentir como la turbación reptaba por sus muslos hasta hacer nido en su entrepierna. Carraspeó, porque no supo que más hacer, y se acercó al marco de la ventana, dándole la espalda. Había empezado a llover.

Ella comenzó a hurgar en uno de los armarios. Pasados unos minutos, que él agradeció, le tocó con suavidad un hombro. En lugar de girarse él cerró los ojos, sintiendo como llegaban hasta sus labios oleadas mansas de un sabor dulce, a la vez conocido y olvidado, al que no supo dar nombre.

– Probablemente quieras darte un baño. Sobre la cama he dejado toallas limpias y un cepillo de dientes. Es la segunda puerta a la derecha.
– ¿Estás segura de que quieres que me quede?
– No te tardes. Se enfría la cena.

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Casi no pudo dormir en toda la noche. La posibilidad de que su anfitriona apareciera en el marco de la puerta era como un manto que todo lo cubría, meciéndolo y manteniéndolo despierto al mismo tiempo. Recién cuando comenzaba a clarear consiguió cerrar los ojos un par de horas, rendido el cuerpo al fin ante su ausencia. Al despertar la encontró fumando en el balcón. Ella no lo vio entrar, miraba hacia la calle, atrapada al parecer por pensamientos profundos. Si no fuera por el movimiento del humo que de desenroscaba de su cigarrillo él hubiera creído encontrarse frente a un cuadro. La mesa estaba puesta: Gruesas rebanadas de pan rústico, huevos revueltos recién hechos, café y zumo de naranja natural. No supo qué decir, así que simplemente tosió. Ella se puso de pie, aplastando la colilla en un enorme cenicero de colores chillones.

– Buenos días- lo saludó con una sonrisa amplia, acercándose a la mesa y alcanzándole un tazón humeante- El café era sin leche, ¿no?
– Buenos días. Sí, gracias, me gusta solo.
– ¿Has descansado algo? Anoche parecías… intranquilo.
– Ya, ehm… perdona si te desperté.
– No te preocupes. Estaba despierta.
– No suelo moverme tanto, no sé qué me pasó. Y además tu cama no ayuda. ¿No conoces Ikea acaso?
– Es una reliquia familiar, dejémoslo ahí. De cualquier manera se duerme muy bien en ella pasados unos días. Ya te acostumbrarás.

Dijo “ya te acostumbrarás” como quien dice la cosa más nimia, mientras mordía un trozo de pan, y él sintió como si lo trasladaran a otra realidad de un empujón, una en la que estaba bien acercarse y abrazarla, hundir la nariz en su pelo e incluso llenarse la boca con sus pechos generosos. Pero él seguía siendo el mismo, un intruso sólo, incapaz de fundirse con el nuevo escenario. En cuanto a ella, parecía cambiar de sitio todo el tiempo, como si todas las reglas le valieran.

– ¿No tienes que irte a currar? Ya es tarde- comentó él por quebrar el silencio.
– No, trabajo en casa. Y además he decidido tomarme unos días libres.
– ¿Para qué?
– ¿Cómo que para qué? Tú estás aquí, ¿no?
– Ya, eso es lo que no entiendo. No me conoces, y aún así me has invitado. ¿Dejas entrar a cualquier extraño que toca a tu puerta?
– Me gustan las historias. Vivo de ellas. Y quiero ver a dónde me lleva ésta.
– Pero aún así, ¿no te da miedo?
– Sentí que querías estar aquí, que era importante- respondió ella encogiéndose de hombros.
– Te estoy hablando en serio.
– Yo también. ¿Qué quieres que te diga? No eres un desconocido, o al menos no del todo. Eres el hijo adoptivo del coronel Adriasola, Isabel me habló de ti y no creo que vayas a hacerme daño. ¿Me vas a hacer algo malo, Pablo?
– No. Al menos nada que tú no quieras.

Esperaba un leve estremecimiento al menos, un gesto, una mirada de complicidad. Y como su imaginación solía ir muy por delante de lo que creía posible, llegó a imaginarla incluso abriéndose el camisón frente a él, al embrujo de sus palabras. Pero nada. Ella siguió comiendo sin alterarse, como si digerir su frase fuera una parte más del proceso alimenticio que estaba llevando a cabo de forma tan concienzuda. Él no pudo evitar sentirse molesto, de alguna manera traicionado por su silencio. ¿Qué se traía esa mujer entre manos? ¿Qué coño estaba haciendo él allí de todas maneras?

– Muchas gracias por el desayuno, estaba buenísimo, pero es hora de partir- dijo sin poder disimular la irritación en su voz.
– ¿Partir? ¿A dónde?
– ¿Cómo que a dónde? No sé si lo recuerdas, pero llegué hasta acá buscando a alguien.
– Ya. ¿Y sabes por dónde seguir tu búsqueda?
– No, pero yo…
– ¿Entonces cuál es la prisa?
– Si no me voy ahora más tardaré en encontrarla.
– Por favor, no te vayas. Al menos no todavía.

Nadie, hasta ese momento, le había dicho nunca “no te vayas”, y eso que se había ido de muchos sitios. Ni siquiera el coronel. No hizo falta más. Estaba acostumbrado a ignorar su necesidad de los otros como los pobres ignoran el hambre, porque no le quedaba otra, pero no sabía lo que era sentirse necesitado. Mareado de pronto por la evidencia de que ella deseaba su presencia cerró los ojos, buscando en la oscuridad un asidero. Ella lo rozó con delicadeza, sin posar del todo sus dedos en el brazo que tenía delante. Su tacto ligero le recordó a la brisa fresca de una noche de verano, y le pareció que ningún día podía ser demasiado largo si ella le esperaba en casa. Sin saber por qué, se le vino a la mente la imagen de Torpedo, un gato callejero al que alimentaba en secreto cuando niño. Tal vez porque su pelo era inexplicablemente suave, inexplicablemente blanco. Como un refugio.

– Si quieres puedo ayudarte a recoger la mesa- dijo sin más. Ya con eso se sintió más liviano.

Tras la ventana (I)

Tras la ventana (I)

(Para mi madre)

ventana

Era una casa de esas para esperar dulcemente la muerte.
Con todo ya acabado.
Sin nada por hacer.
Cada cosa en su sitio, como una sinfonía visual.

Nada más entrar supo que muy pronto desearía pasar allí el resto de sus días. Comenzaba a necesitar la paz, y en esa casa se respiraba por todos los rincones. La claridad que entraba por sus grandes ventanales invitaba a la contemplación, no al movimiento. Y él estaba muy cansado.
Y luego estaba ella, de pie en el marco de la puerta, con un café humeante en la mano.
Un café y una promesa, de tantos ofrecimientos por cumplir.
Para él.

Encendió un cigarrillo, expectante. Ella, pese a su pulcritud, no le devolvió un gesto agrio. Ni siquiera vaciló. Simplemente le ofreció un cenicero.
Ya con eso deseó abrazarla.
En su lugar dejó descansar las yemas de su mano izquierda sobre el brazo del sofá. Con suavidad. Era casi como tocarla. De alguna manera mujer y espacio eran todo uno allí. Ella era ese hogar, cada rincón, cada pared pura. Y él tenía maletas para deshacer.

No lo interrumpió mientras se bebía el café. Ni un gesto sutil para meterle prisas. Calor y silencio entraron en su cuerpo, inundándolo de sensaciones nacientes. Y al otro lado ya no había vacío, estaba ella con sus formas rotundas y el latido que se adivinaba entre sus pechos.

Se acercó para devolverle la taza. Un poco más. Sólo un poco… Tuvo que esforzarse para enmascarar su avidez. Respiró con suavidad.

En contra de lo esperado, no había un llamado en su aroma. Era agradable, como a bizcocho mojado en leche y tal vez algún otro ingrediente secreto, pero él había imaginado otra cosa.

– ¿Y bien?-, inquirió, aún sin rastros de impaciencia.
– Soy Pablo. Y usted Raquel, ¿no?
– Por favor, trátame de tú. Creo que aún puedo permitirme ese lujo.
– ¿Cómo?
– Digo, que tampoco soy tan vieja…
– Oh, no, por supuesto que no- dijo él evitando su mirada. Ella calló y se dirigió hacia la ventana.

– No sé si Isabel habló contigo.
– Sí, si habló- respondió ella añadiendo una pesada suavidad a sus palabras-. Pero siéntate. Acá estarás más cómodo.

Dijo “acá estarás más cómodo” y él sintió deseos de llorar. La comodidad no era para él más que un sustantivo, como tantos otros aprendidos a golpes, del que sólo tenía la cáscara. Se dirigió como hipnotizado al sofá en el que ella ya le esperaba. Era blando y olía a limpio.

– Pablo…
– ¿Sí?
– Pablo -repitió ella como sin animarse a hablar, cogiéndole una mano. Él cerró los ojos y se dejó ir, sintiendo cómo ese primer contacto traspasaba su piel para envolver algo que no sabía que tenía dentro.
– Me gusta cómo suena mi nombre entre tus labios: Pablo.
– Temo que has estado siguiendo una pista falsa. Yo no soy tu madre.
– Eso es imposible.
– Imposible sería que lo fuera. Nunca he tenido hijos. No puedo tenerlos.

Entonces la miró, largamente. La transformación no se produjo de golpe, sino que de forma gradual, como si ella se desvistiera frente a él con cierta pereza y fuera dejando caer las ropas a sus pies. Y así, en los instantes en los que ninguno habló, fueron resbalando entre sus curvas maduras todos los revestimientos maternales con los que él había alcanzado a cubrirla desde que cruzó el umbral de su puerta.

– Lo siento mucho- murmuró él con un tono mucho más seco del que hubiera querido- Lamento haberte hecho perder así el tiempo. Igual me lo podrías haber dicho por teléfono.
– Te ves cansado- dijo ella pasando por alto su última frase-. Muy cansado. ¿No quieres quedarte hasta mañana? Siempre habrá tiempo de encontrar a la mujer que buscas.

Volvió a mirada, esta vez ya como un repaso. Aún no había llegado a los 50 y sin duda se conservaba bien. Sería de las que trotaba todas las mañanas por el Retiro, o tal vez se daba sus buenas palizas con el Pilates. Ella pareció percibir ese descaro que empezaba a asomar entre sus ojos pardos y le regaló una sonrisa insondable.

No. Definitivamente la mujer que tenía al frente no podía ser madre.

Un lunes cualquiera

salón ventanales luzEra una casa de esas para esperar dulcemente la muerte.
Con todo ya acabado.
Sin nada por hacer.
Cada cosa en su sitio, como una sinfonía visual.

Nada más entrar supo que muy pronto desearía pasar allí el resto de sus días. Comenzaba a necesitar la paz, y en esa casa se respiraba por todos los rincones. La claridad que entraba por sus grandes ventanales invitaba a la contemplación, no al movimiento. Y él estaba muy cansado.
Y luego estaba ella, de pie en el marco de la puerta, con un café humeante en la mano.
Un café y una promesa, de tantos ofrecimientos por cumplir.
Para él.

Encendió un cigarrillo, expectante. Ella, pese a su pulcritud, no le devolvió un gesto agrio. Ni siquiera vaciló. Simplemente le ofreció un cenicero.
Ya con eso deseó tocarla.
En su lugar dejó descansar las yemas de su mano izquierda sobre el brazo del sofá. Con suavidad. Era casi como posar sus dedos sobre ella. De alguna manera mujer y espacio eran todo uno allí. Ella era ese hogar, cada rincón, cada pared pura. Y él tenía maletas para deshacer.

No lo interrumpió mientras se bebía el café. Ni un gesto sutil para meterle prisas. Calor y silencio entraron en su cuerpo, inundándolo de sensaciones nacientes. Y al otro lado ya no había vacío, estaba ella con sus formas rotundas y el latido que se adivinaba entre sus pechos.

Se acercó para devolverle la taza. Un poco más. Sólo un poco…

– Te necesito- le murmuró al oído.
Ella titubeó, por primera vez.
– ¿Cómo dice?
– Que te necesito.
No fue una mirada larga, pero él pudo ver que ella entendía, y se sintió desnudo. No era muy listo para esas cosas, pero en ese momento comprendió lo que era traspasar lo evidente. Se lo había enseñado ella al leer en sus ojos, en un breve trayecto en que lo había cogido de la mano y lo había invitado a embriagarse con su luz.
– Te necesito- volvió a repetir, esta vez alto y claro.
– Ya, pero yo no- le contestó ella sacudiendo la cabeza, y de pronto su voz dejó de ser hermosa-. Salvo para que me cambie el router, claro. Así que hágame el favor de ponerse a trabajar de una vez, o tendré que llamar para pedir otro técnico.

Una casita en la calle Pudeto

(por Mauricio Olivera)

casita pudetoHay una casa en los altos de la calle Pudeto. Es una antigua casona de dos pisos edificada casi por completo en madera de árboles nativos, como suelen serlo las casas en el Sur. El viento y la lluvia que han castigado por décadas su techumbre y sus paredes han desvaído el color de sus tejuelas de alerce hasta dejarlas de un tono verde musgo pálido y enfermizo. Noche y día, una estela de humo sale del extremo del caño ennegrecido que corona el tejado, aletea un par de frágiles segundos al soplo del cierzo helado y se disipa finalmente en el aire, como un fantasma contra el cielo permanentemente nublado.

El inmueble así caracterizado es habitado de forma estable (valga la distinción ya que todos sus demás ocupantes lo son de modo, por así decirlo, transitorio) por dos mujeres de cierta edad, difícil de establecer debido a elementos mayormente culturales, pero que debe fluctuar, con escasa diferencia entre ambas, entre los 68 y los 72 ó 73 inviernos. Las dos mujeres se conocen desde hace unos 60 años, prácticamente cuando, también con un breve margen entre ambas, llegaron cada una a vivir en aquella casa (es muy probable que ninguna de ellas supiese decir, si se les requiriera, cuál llegó primero y cuál después, lo que por lo demás y a estas alturas ya no debe tener el menor interés para nadie).

Una de las mujeres en cuestión se llama Gertrud y es la propietaria del edificio, en el que regenta en las últimas cuatro décadas una casa de reposo privada para personas de la tercera edad altamente dependientes y con grados severos de postración y deterioro intelectual. Se trata en todos los casos de ancianos de más de 80 años, algunos de más de 90 y hasta 100 años, procedentes de familias relativamente acomodadas de la sociedad local, cuyo derrumbe físico y mental les han convertido en pesadas cruces para sus parientes más jóvenes quienes prefieren pagar los elevados aranceles de la muy antigua y respetada residencia, a cambio de la certeza de que su enfermo y anciano padre, madre, abuelo/a o suegro/a se encuentra al cuidado de manos experimentadas y primorosas que velan permanentemente por sus necesidades más básicas.

Gertrud es menuda y gruesa, de tez muy blanca y ojos azules y su cabello ahora entrecano conserva algunos mechones rubios que delatan su ascendencia germánica; una marcada cojera, herencia del flagelo de la polio en los años en los que las vacunas eran un lujo, desconocido para las gentes de lugares remotos y aislados, imprime un sello tragicómico a su andar. Hija de tardíos inmigrantes provenientes de una ladea del norte de Alemania devastada por la Guerra, nació y vivió sus primeros años entre colonos de la zona costera de la región de Los Lagos, hasta que el pavoroso terremoto de 1960 asoló aquel sufrido rincón del planeta cobrándose una treintena de millares de vidas y arrastrando al mar las casas y pertenencias de muchos más; en tales circunstancias, Gertrud junto con sus padres y un puñado más de sacrificados y rubios sobrevivientes arribaron, tras cruzar un embravecido Canal de Chacao, al norte de la Isla de Chiloé, donde, tras vender los pocos animales que habían escapado a la furia del mar, pudieron rehacer sus vidas a punta de hacha y arado de mano. Luego vino la enfermedad que inutilizaría una de sus piernas y, tras ello, la muerte del padre y el lento declinar de la madre, a quien cuidaría con abnegación en sus últimos años, alimentándola a cucharadas y limpiando sus desechos. Se vería, sin quererlo, obligada a desempeñar la misma labor con los ancianos de otras familias locales en su propia heredad de tejuelas de alerce, a fin de subsistir y, para lo cual, se apoyaría desde entonces y por siempre en la fiel Elena, una niña de origen campesino y sangre araucana cuyos padres le fueron arrebatados por el mismo telúrico horror que trajo a Gertrud a la isla y a la casona. Elena fue rescatada del hambre y el frío por la madre de Gertrud, para colaborar en las tareas domésticas tales como picar leña, encender el fuego, acarrear el agua y corretear los pollos, hasta convertirse en un integrante más de la familia. Si bien en un discreto segundo plano, se integraría también al cuidado de sus padres adoptivos y luego de los veteranos residentes que reemplazarían a aquellos tras su deceso. Elena es una mujer pequeña y delgada, de apariencia frágil, su cabeza parece desproporcionadamente grande en relación al resto de su cuerpo, el que se ha ido encorvando con el peso de los años sin perder la agilidad de su juventud, su piel surcada de arrugas es morena y su pelo negro se ha ido llenando de canas a la par que el de su blonda compañera. Sus manos flacas, ásperas y nudosas delatan lustros de infatigables faenas domésticas con el hacha y el fogón, curtidas por las heladas y temporales de los crudos inviernos sureños. Elena jamás mira a los ojos y parece siempre estar persiguiendo algún escurridizo punto en el suelo a escasos palmos por delante de sus pies. Tampoco intercambia la menor conversación con ser humano alguno, salvo para mascullar entre dientes un ininteligible alegato mientras se aleja para cumplir alguna encomienda; en cambio, suele mantener largos soliloquios igualmente incomprensibles en el patio, donde parece hablar con las gallinas que a diario alimenta y espanta de la huerta, o en la cocina mientras manipula leños y ollas, o al cambiar los pañales de los ancianos de la casa a quienes regaña constantemente con agrias recriminaciones medio escupidas en una insondable mezcla de chileno campesino y mapuche, plagada de juramentos y de sonidos inarticulados. Elena nunca sonríe y jamás ha puesto un pie fuera de la casona desde su llegada, sin haber manifestado tampoco el menor interés por hacerlo. Gertrud, en cambio, además de ejercer la función de relaciones públicas, debe ausentarse regularmente para comprar los suministros, realizar trámites y asistir a la misa dominical o a las exequias de los residentes que, con relativa frecuencia, abandonan este mundo y con él la vetusta casa de reposo.

La relación entre estas dos mujeres singulares, edificada a través de décadas de convivencia y trabajo entre el añoso maderamen y los quejidos de ancianos moribundos, resulta sin duda de lo más peculiar para el observador externo, desconocedor de la historia de penurias, soledades y duelos que las unen desde la niñez. Una lengua ignota, sin palabras más allá de “Buenos días” y “Hasta mañana, Elena”, a las que la aludida responde con un gruñido característico, sustenta el vínculo entre estos seres; durante todo el resto de la jornada, la inquebrantable costumbre y unas pocas breves órdenes del tipo “Hay que cambiar los pañales al Sr. Ampuero de la habitación tres” articulan el funcionamiento de la residencia, mientras que las demás tareas como alimentar el fuego de la cocina, preparar las comidas y las papillas, el aseo diario de los ancianos y la administración de medicamentos, se realizan de forma inmutable y rutinaria y, la mayor parte del tiempo, en el más absoluto silencio, roto tan sólo por el sonido cascado de radio “Estrella del Mar”, el farfulleo de Elena y el furor del viento y la lluvia en las tejuelas y ventanas.

Una vez por semana, un tercer personaje se incorpora por espacio aproximado de una hora al hermético círculo conformado por las dos mujeres. Cada jueves al atardecer, un médico octogenario visita la residencia, casi sin faltar desde hace más de 30 años. Se trata del Dr. Saúl Uauy, un antiguo galeno de ascendencia árabe oriundo de Concepción; jubilado en la actualidad, atiende a unos pocos pacientes tanto o más añosos que él en una consulta habilitada en su propia casa y efectúa esporádicas visitas a domicilio, además del control semanal a los ocho longevos clientes de Gertrud. El día de la visita del Dr. Uauy suele transcurrir de modo similar cada vez, como si obedeciese a un ritual sagrado o a un protocolo escrito de antemano por quién sabe qué pluma desconocida a la vez que poco creativa y económica en palabras.

El día de la visita médica, la actividad en la casona comienza algo más temprano que de costumbre y con cierta leve excitación de Gertrud para quien tener a su clientela a punto, limpia y con sus medicamentos administrados, es un asunto de vital importancia.

-Elena, hoy viene el doctor, hay que apurarse para tener a los pacientes listos.

-(gruñido)

Las tareas son idénticas a las de un día corriente, pero el arreglo de las camas y la higiene revisten un especial cuidado y se utiliza más colonia inglesa que lo habitual. Y aunque Elena no parece percatarse en lo más mínimo, las órdenes de Gertrud tienen un tono más imperioso. Cuando llega el médico todo está en perfecto orden y despide femenina pulcritud. Aquel día también se han cambiado las flores que decoran las habitaciones por otras frescas.

-Buenas tardes, Gertrud.

-Buenas tardes, doctor.

-Buenas tardes, Elena.

-(gruñido)

Durante la visita, Gertrud sigue solícita y atenta cada paso, comentario e indicación del profesional. Elena, en cambio, parece no advertir en absoluto su presencia. Terminada la ronda, el veterano médico da las últimas instrucciones mientras se coloca el abrigo y camina hacia la salida, escoltado de cerca por la dueña de casa.

-Buenas noches, Gertrud.

-Buenas noches, doctor.

-Buenas noches, Elena.

-(gruñido)

 

Por la noche, el ajetreo diario disminuye de manera considerable, en especial una vez que se ha administrado la medicación nocturna de los ancianos, la que suele incluir potentes hipnóticos para garantizar el reposo nocturno de los mismos, de sus cuidadoras y del médico. El volumen de la radio también desciende aunque sin llegar a apagarse hasta que las dos mujeres de la casa se retiran, por fin, a descansar cada una a sus aposentos, a eso de la una AM.

-Hasta mañana, Elena, que duermas bien.

-(gruñido)

Cuando Gertrud se despide, Elena se queda en la cocina aún unos minutos mientras termina de tomarse una última taza de té, alimenta el fogón de la cocina y apaga la radio y las luces del primer piso, para dirigirse luego a su dormitorio, ubicado justo al lado de la cocina. Una vez dentro, cierra la puerta con llave y se lava los dientes y las manos en un lavatorio de loza apostado sobre una cómoda con un espejo oval. Ha cesado el refunfuño que por el día destilan infatigablemente sus labios arrugados.

Elena se enfunda una camisa de dormir que le llega hasta los tobillos y se mete en la cama premunida de un rosario de carey, obsequio inmemorial de su madre adoptiva. Y, tal como le fue enseñado casi desde el primer día en que llegó a la casa, coloca sus manos con el rosario sobre el vientre y principia a correr las cuentas a la vez que farfulla una y otra vez insondables credos, padrenuestros y avemarías en voz baja. La monocorde letanía la adormece lentamente como una canción de cuna susurrada en un idioma extraño. Sonidos guturales se van entremezclando con los rezos a la vez que Elena entra en una suerte de trance místico y sus manos, empuñando el rosario con fuerza, van desplazándose por su abdomen hacia su pubis canoso. De pronto, toda la habitación se inunda de una luz refulgente, las paredes de madera desaparecen y desde el cielo por donde revolotean entonando cánticos de alabanza cientos de miles de ángeles con gráciles alas del color de los ventisqueros, desciende envuelto en nubes Aquél que ha de venir cada noche, el dios-hombre que se cuela en su cama desde hace más de treinta años, acude puntual al llamado de sus oraciones. El Dr. Uauy, viene sin falta y sin demora para desposarla ante el Todopoderoso, quien noche tras noche también bendice la unión mística de los dos enamorados; Elena ha comprendido desde la primera vez que ese hombre apuesto y varonil entró en la casa que se ha enamorado perdidamente de ella, tanto como ella de él y, por ello, su unión ha sido bendecida por toda la eternidad; sus manos con el rosario hecho una pelota ya han aterrizado en esa parte de su anatomía cuyo nombre ella desconoce y por la cual orina y, sin notarlo ella, han comenzado a masajearla vigorosamente, encendiendo oleadas de sensaciones indefinibles que recorren todo su cuerpo desde la cabeza hasta los dedos de los pies, insuflándola de un hálito divino en el momento en que el médico, investido de una túnica resplandeciente bordada en oro, rubíes y zafiros, con los cabellos casi negros como aquella primera vez y no blancos como cuando viene una vez por semana a visitar a los enfermos de la casa, fingiendo que no hay nada entre ellos, termina de descender hasta su cama y se posa sobre su cuerpo y se fusionan ambos en un solo ser celestial hecho íntegramente de amor y regocijo, el rosario no deja de prodigar su enérgico masaje y ya no salen de su boca más oraciones sino sólo quejidos guturales de inefable placer, suenan al unísono millones de trompetas y campanas de boda y el firmamento se abre de par en par, dando paso a una cascada torrentosa de estrellas fugaces incandescentes de todos los colores conocidos por el ojo humano y muchos más que sólo los enamorados divinos han visto, se abren las aguas del canal y los Tres Volcanes a lo lejos explotan a una vez vomitando fuegos artificiales vistosísimos igual que cada año en el puerto para la Noche Caleuchana; el cuerpo de Elena parece convulsionar, flotando en el cosmos, cuando la mano y su rosario imprimen la máxima presión allí abajo, justo antes de emitir un último quejido inarticulado y quedar al fin exangüe, inerte y caer rendido en el más profundo de los sueños. A los pocos minutos sólo se escuchan en la habitación estentóreos ronquidos y el crujir de las maderas de la casa en el silencio de la noche.

A las seis de la madrugada, Elena despierta como cada día, con el recuerdo de su encuentro hierogámico de la noche anterior, éste se va difuminando a medida que realiza su rutina de aseo y vestimenta personal y se apronta a dar inicio a una nueva jornada, alimentar el fuego de la cocina y colocar la tetera, preparar los desayunos de los ancianos, el de Gertrud y el suyo propio. Aún es de noche y las ventanas exhiben la escarcha que ha dejado adherida el aire gélido del amanecer sureño. Es un nuevo día. Esta noche Él vendrá una vez más, como todas, y ella lo esperará rezando con su rosario entre los dedos. La voz de la radio Estrella del Mar rompe el silencio comentando los últimos acontecimientos de la actualidad nacional, a los que Elena presta muy poca atención, al igual que a casi todo lo que pasa a su alrededor.

Vladmina & Sambayé, príncipes del caos (II)

(Por Mauricio Olivera)

A los pocos días de presenciar la escena anterior, ya en pleno verano, me sitúo caminando en dirección al sur por la Calle de Narváez. Hacen 38 ó 39 grados y nada o casi nada es más deseable que una cerveza fría o un helado. Entre el bulevar de Ibiza y la avenida Sainz de Baranda hay una heladería. Desde la calle pueden verse sus escaparates con helados de todos los colores y sabores, en cono de barquillo o vasito y con sabrosos aderezos. A un costado de la heladería está sentada sobre unos trapos medio extendidos sobre el pavimento una niña de unos 14 años, tocando un viejísimo acordeón que mantiene apoyado en su regazo. Se trata de una mujercita menuda, delgada, con un hermoso rostro infantil de piel bronceada y cabello castaño; sus mejillas conservan el rubor de la niñez; sus labios son carnosos y sus ojos parecen profundos cielos de desesperación; sus manos son toscas y ásperas como si hubiesen recogido ramas secas durante muchos inviernos sucesivos de Europa del Este. Su mirada se pierde en lontananza a uno y otro extremo de la calle, jamás mira al frente ni a los ojos. Toca el acordeón horriblemente, como si hoy lo tañese por primera vez. A decir verdad, del instrumento no sale ninguna melodía ni armonía mínimamente reconocible. Y lleva así horas, días y semanas y quién sabe cuánto tiempo más. Viste andrajos de colores vistosos y un pañuelo en la cabeza que le da el aspecto de una anciana que ha escapado al envejecimiento físico pero lleva siglos de catástrofe humana a cuestas, archivados en el fondo de las pupilas como una voluta de humo en una burbuja de cristal.

Vladmina & Sambayé, príncipes del caos 2La pequeña gitana se roba mi atención plena de inmediato, como un relámpago en la oscuridad. Es una flor de pétalos coloridos, salpicados de barro negro, sobresaliendo en el paisaje gris y desolado. Igualmente me llama la atención la disonante cacofonía que vomita sin cesar el desvencijado acordeón. Me fijo en la media docena de míseras monedas desperdigadas sobre los trapos que le sirven además de asiento y cojín, monedas que en su conjunto no alcanzan para pagarse un café en un bar de los suburbios (mucho menos para acallar la espantosa sinfonía que sus dedos arrancan al fuelle, gastado y lleno de remiendos). La miro durante unos segundos. Ella sigue con la mirada distante, clavada en un invisible punto de fuga, sin percatarse de mi existencia. Siento el impulso de dejarle una moneda, tal vez así me mire, hasta podría ocurrir que me sonriese, me llevo la mano derecha al bolsillo, palpo el contenido pero no sigo adelante, me detengo en ese punto, acaso ofendido por su machacona letanía. Retiro la mano del bolsillo, sin dejar de mirarla. Finalmente ha debido reparar en mí, ya que gira la cabeza hacia donde estoy, pero sólo por un segundo, pestañea y luego mira nuevamente hacia el otro extremo de la calle, con aire de no estar aquí.

Sigo mi camino bajando por la Calle de Narváez a paso regular; me viene a la memoria el encuentro del que fui testigo a la salida del VIP’s unos días atrás. Me imagino invitándola a tomar un café: “Hola. ¿Quieres tomarte un café?” Demasiado calor. Ella no es de este mundo, quiero decir de este barrio donde la gente toma aquel detestable en pequeñas tacitas o en un vaso, con un cubo de hielo flotando en la mitad, fumando sin parar, de pie junto a una mesita en la calle o sentados en una terraza; a medida que me alejo sigue taladrando mis oídos el sonsonete del acordeón y desfila ante mis ojos la colorida variedad de sabores de la heladería. “Hola. ¿Quieres tomarte un helado?” Me pregunto si se habrá tomado un helado alguna vez. Me pregunto si hablará castellano. “Hola. ¿Hablas castellano? ¿Te apetece tomar un helado?”

A los dos días o poco más o menos vuelvo a pasar por el mismo lugar a propósito. Me ha estado persiguiendo de día y de noche la imagen de la pequeña zíngara, el insultante lamento de su acordeón y el encuentro del VIP’s. Estoy decidido a llevar a cabo mi propio acercamiento entre dos mundos. Media cuadra antes de llegar me ha alcanzado el sonido del acordeón y he sentido el martilleo en mi pecho y en mi cabeza y se me ha anudado el estómago. Deseo volver a verla, saber todo sobre ella, quiero levármela a mi casa, hacerla mi mujer y cuidar de ella. Veo la heladería, personas entrando y otras saliendo con deliciosos copos de helado en las manos, saboreándolos con la lengua, la misma con la que han saboreado acaso la noche anterior penes, vulvas o anos. Junto a la fachada de cristales, hecha un repollo-niña sobre sus trapos y el acordeón en el regazo, está ella. Los viandantes pasan incesantemente por su lado, sin mirarla. Ella tampoco los ve, oteando siempre el horizonte a uno y otro lado.

Me detengo a un metro de ella, la miro por un instante, ella no parece o no quiere advertir mi presencia, me llevo la mano al bolsillo, saco una moneda de dos euros y me agacho para depositarla sobre el trapo negro donde apenas lucen tres moneditas de 10, 5 y 2 céntimos. Una mierda.

La gitanita me mira y me sonríe.

-Gracias, dice sin dejar de tocar la infame melodía. Dice “Gracias” con una vocecita y un acento que me ponen los pelos de punta, su vocecita que no es la de una niña como había imaginado, es una voz de niña-adolescente, de mujercita en eclosión y su acento recuerda al de los rubios obreros y vendimiadores rumanos de torsos y brazos musculosos y piel rojiza. Ella también procede de Europa Oriental, pero sus raíces se hallan repartidas a lo largo y ancho de una égira de miles de años y de kilómetros desde Europa hasta el Punjab indostaní.

“Eres hermosa”, susurro para mis adentros. “Eres una niña preciosa”, me digo. Me quedo parado, sin quitarle los ojos de encima hasta que vuelve a mirarme.

-¿Quieres un helado?

Parece titubear por un momento, mira hacia el interior de la heladería, hacia sus escaparates coloridos, su carita sucia se pone seria pero, para mi regocijo, me sonríe de nuevo y asiente con la cabeza y luego dice:

-Gracias, otra vez con su acento familiar e indefinible a la vez. Entro en la heladería, una vez dentro caigo en la cuenta de que no le he preguntado qué sabor prefiere, me digo que da igual, que si es un regalo, que si acaso, cuándo fue la última vez que se tomó un helado en su vida. Pido un barquillo doble de chocolate suizo y pistacho y salgo y se lo doy.

-Gracias, vuelve a dedicarme una sonrisa que ilumina su rostro infantil y (al fin) deja el acordeón, lo acomoda a su lado sobre los trapos y arremete contra mi dulce carnada de dos sabores.

-Chao. Que lo disfrutes, me despido. Por hoy. Ella dice “Gracias, señor” una vez más y me alejo tramando mi siguiente avance.

Nuevamente, éste tiene lugar a los pocos días durante los cuales casi no puedo pensar en otra cosa. La pequeña gitana con su acordeón y sus harapos de colores está en mi cabeza desde la mañana hasta por la noche, está conmigo en la ducha, en el laburo y en cada comida, llena la oscuridad y el silencio antes de dormirme y en mis sueños me mira con pérfida inocencia y una sonrisa pícara en sus labios carnosos, mientras sus dedos de ángel caído en el lodo extraen de las teclas del fuelle hermosas melodías tradicionales de las estepas y llanuras de los Cárpatos meridionales.

En esta ocasión no hay prolegómenos, llego hasta su lado y me detengo, mirándola. Ella me reconoce, ya que me obsequia su perturbadora sonrisa, menos insinuante que en mis sueños pero no menos inflamatoria para mis deseos.

-Hola, le digo y ella me responde igual. Me acerco un poco más y descargo toda mi artillería:

-¿Quieres venirte a mi casa?

Estas palabras tiene un efecto desolador: su rostro se pone serio de repente, como el del joven subsahariano, se ha borrado la sonrisa que lo iluminaba, sus ojos parpadean nerviosos huyendo hacia un lado y otro, huyendo de mí; la espantosa melodía se ha vuelto más malsonante aún si cabe, como si el viejo acordeón quisiera, furioso, espantarme de su lado, acaso poseído por el espíritu de algún abuelo celoso de su virtud.

Ella dice no con la cabeza, sin verme ya; parece preocupada, como si mi sola presencia fuese para ella motivo de pecado e ignominia. Doy por hecho que ha adivinado en el acto mis maléficas intenciones, lo cual me facilitará bastante las cosas. Como el hombre del VIP’s, insisto:

-Pero no pienses mal. Ven a comer algo y ya está. No voy a hacerte daño.

Y ella, como Kissinga/Alphonse, se resiste, defendiendo con su negativa su honor amenazado; ahora parece ignorarme, pero se le ve enfurruñada y cariacontecida.

-¿Qué dices? ¿Te vienes?

-No, señor, dice al fin, sin dignarse a mirarme aún, mortalmente ofendida.

-¿Por qué no?

-No, señor, repite. Gracias, dice, sin dejar de ver el fondo de la calle. Me retiro, sólo por esta vez.

-Bueno, no pasa nada. Ya nos veremos.

Ella no responde.

 

Esta vez dejo pasar una semana o así. He de castigar su altivez, pienso y fantaseo con ella todo el día, me desahogo dos o tres veces cada día pensando en ella y en las abominaciones que le haré cuando al fin ceda a mis requerimientos.

Para mi sorpresa, esta vez me recibe de nuevo con una preciosa sonrisa en su carita de muñeca.

-Hola.

-Hola.

-¿Cómo te llamas?

-Ljudmila (se pronuncia “Liudmila”).

Más tarde sabría el motivo de este cambio en su disposición para conmigo: le ha contado a su madre de mi oferta y de sus sospechas acerca de mis indecorosas intenciones. La madre se lo ha contado al padre y éste ha montado en cólera al saber de su negativa, estimando que podría haber obtenido, a cambio de someterse a mis caprichos, más dinero de lo que toda la familia gana en la calle en un mes. Le ha dicho, en su enrevesada lengua de gitanos del Este: “Si ese hombre te vuelve a invitar a su casa, le dirás que sí.” Ella ha guardado silencio mientras terminaba de tomar, cabizbaja, su sopa de pan en una escudilla.

-Ljudmila. Qué nombre tan bonito.

-Gracias, dice coqueta, sin dejar de sonreír.

-¿De dónde eres?

– De (…) (luego sabré que ha dicho “Djakovica” y que es una región al suroeste de Kosovo, limítrofe con Albania).

-¿Qué dices, Ljudmila? ¿Te vienes?

-Bueno.

Alla-ahu Akhbar.

Vladmina & Sambayé, príncipes del caos (I)

Hace rato que tenía ganas de compartir entre estos muros algún relato o columna que no fuera mío… Llevaba meses persiguiendo a parientes y amigos varios con la cancioncilla de “¿no quieres escribir nada para mi blog” sin que cayera incauto alguno. Y bueno, aunque no ha sido exactamente eso lo que ha pasado (ni incauto ni un texto escrito ex profeso para mi blog, jeje), os presento la primera de una serie (espero!) de colaboraciones en Ava y el sexo.

El relato es de los fuertecitos, así que aterrizad preparados… y como también es un poco extenso para un solo post, lo he dividido en tres partes.

Disfrutad!

Vladmina & Sambayé, príncipes del caos
(Por Mauricio Olivera)

A la salida del VIP’s que está en la Calle de Goya junto al cine Conde Duque está parado un hombre de raza negra de unos 30 años, metro ochenta y 79 kilos, vestido pobre pero decentemente, sostiene en una de sus manos una funda de plástico transparente con un ejemplar de La Farola en su interior la que enseña con suave ademán a la vez que extiende la otra mano a las personas que entran o salen de la indefinible tienda/restaurante. Éste que describo es un tipo humano habitual de ver en las calles céntricas de Madrid y, debo asumir, en cualquier otra ciudad populosa de España y de Europa occidental. Se trata de inmigrantes, en su mayoría “ilegales” (¿cómo una persona puede “ser” ilegal?), procedentes del África subsahariana, entiéndase Senegal, Nigeria y Gambia, pero también los hay de Camerún, Sierra Leona, Guinea, Congo, Malí y muchos otros sitios increíbles por la belleza de sus desiertos y sus sabanas, así como por el horror indescriptible de sus eternas guerras y hambrunas. Los hay por decenas de miles, pobres entre los pobres, en cada esquina y salida del metro, mendigando céntimos a los transeúntes en las exiguas palabras en castellano que van aprendiendo en el durísimo camino de la migración (“Señor, señora, amiga, guapa… una ayuda… para comer…”); se alimentan casi exclusivamente de carbohidratos, duermen en albergues, en la calle o hacinados por docenas en pisos-patera de la periferia; con frecuencia son detenidos por rubios y fornidos policías de negro quienes los encierran y deportan por “ser” ilegales. Cuando son deportados, todos intentan volver a ingresar por todos los medios. Digo intentan porque el llegar hasta aquí desde el corazón de África no es empresa fácil y muchos mueren en el intento, algunos en mitad del desierto, la mayoría al naufragar sus frágiles embarcaciones, botes inflables o precarias balsas en las que 30, 40 ó más seres humanos soportan apiñados la travesía por el Mediterráneo, comiendo malamente si acaso, orinando y defecando en alegre comunión con el oleaje y las patrullas marítimas que en ocasiones los embisten para ahorrarse el trabajo de recogerlos y llevarlos a un centro de detención en Melilla.

Vladmina & Sambayé, príncipes del caos 3Es una tarde de un invierno particularmente “frío y bastardo, aunque seco”, la temperatura es de -1º y la sensación térmica, de -4 a -5º. Se insinúan las tonalidades azules y anaranjadas del atardecer, el cielo está embozado de nubarrones negros, se presienten tenues copos de nieve que nunca llegan a caer. Del interior del local donde todo es calor, luz, compra y jolgorio, sabrosa comida, pésimo café y bajativos de brandy de jerez, sale entre otros un hombre del tipo ibérico, tez clara bien afeitada y cabello liso y castaño perfectamente recortado; viste camisa o camiseta Polo o Lacoste, pantalones Dockers, jersey de cashmir anudado sobre los hombros, lentes de sol Tommy Hilfiger, Oakley o Dior y billetera abultada en el bolsillo trasero o en el de la camisa. Este personaje también característico del barrio Salamanca es un asesor financiero o dentista de poco más o menos de 40 años, casado y padre de 2, 3 ó 4 hijos, dueño de un piso de 480 mts2 y uno o dos lujosos vehículos con aire acondicionado y radio con puerto USB.

El hombre bien vestido abandona, decía, el local donde ha comido y bebido alcohol y café en compañía de conocidos del trabajo y se marcha el primero porque: a) disfruta poco la compañía de los demás comensales, todos/as bastante parecidos a él, y b) teme una hipotética llamada de su esposa a quien no ha informado de este espontáneo after-hour y desea evitar que el timbre de su blackberry interrumpa la velada para tener que dar explicaciones acerca de su ubicación exacta y de la hora de su llegada al hogar; a su mujer, hermosa y delgada, no le preocupa realmente que el padre de familia se quede charlando y tomando copas con los compañeros/as después de la jornada, costumbre por lo demás tan corriente en esta ciudad como en cualquier otra del mundo; sí puede, no obstante, llamar a su marido sólo para comprobar que su tardanza no obedece a ninguna circunstancia trágica o de otra laya adversa. El hombre bien vestido enciende un cigarrillo que ya se había colocado entre los labios antes de salir a la calle, lo enciende y aspira una bocanada de humo y de aire invernal y, acto seguido, examina la pantalla de la “berry”. En los últimos años, un inquietante pensamiento asalta su cabeza cada vez que se pone un cigarrillo en la boca, una imagen fugaz de sí mismo recibiendo en su boca un pene erecto. Cada vez consigue borrar esta imagen casi de inmediato, pensando en otra cosa o buscando con la mirada a una hembra de buen ver. En esta ocasión, lo tranquiliza la certeza de que su mujer aún no le busca para interrogarlo, intentando desvelar hipotéticos pecados de prostitución y homosexualidad que tan sólo existen en las fantasías masturbatorias de él.

-Buenas tardes, señor, buenas tardes, guapa, una ayuda para comer.

Al oír estas palabras y levantar la vista de la “berry”, el hombre bien vestido llamado, digamos por ejemplo, Íñigo o Santiago, se encuentra a un metro de sí al hombre de raza negra a quien llamaremos, también por ejemplo, Kissinga o Francois, pidiendo una ayuda para comer con La Farola dentro de su funda plástica entre las manos.

En ese momento, Íñigo o Santiago experimenta una sensación tanto o más inconfesable que aquella que le atormenta al ponerse el cigarrillo entre los labios, un cosquilleo casi imperceptible en el ano, cierta suave corriente que acaricia su esfínter como si fuese una pluma, despertando a la vez una ligera contracción muscular involuntaria como quien cerrase la puerta de una fortaleza amenazada.

-Buenas tardes, señor.

-Hola.

Dice “Hola”, mientras piensa en que debería haber dicho “Buenas tardes”, baja la mirada para no ver los ojos hambrientos de Kissinga o Malik y rebusca en su bolsillo una moneda entre las llaves de la 4×4 y el encendedor. Con las yemas de los dedos descarta las de uno y dos euros y elige, finalmente, una de cincuenta céntimos, la que saca del bolsillo y coloca sobre la palma extendida de la mano del hombre de color.

-Gracias, señor, muchas gracias, señor.

Íñigo o Santiago da un paso en dirección al oeste pero se detiene, sin dejar de mirar al joven africano, en el momento en que detiene su marcha sin pensarlo casi percibe cómo su corazón golpetea apresuradamente bajo las costillas y su rostro se ruboriza de vergüenza y horror por lo que está a punto de hacer.

-¿Cómo te llamas?

Esta simple pregunta también produce un efecto imperceptible en el cuerpo del interpelado: los músculos de su pecho y hombros se tensan, su cuello se pone rígido y su rostro adopta una expresión más severa que Santiago o Santi no es capaz de descifrar. Kissinga o Alphonse se siente también de pronto invadido por la vergüenza, quiere que el hombre bien vestido se aleje, masculla su propio nombre entre dientes, Santiago no entiende un carajo ni le interesa, realmente, la gracia del adonis de ébano y añade:

-¿Quieres tomarte un café?

Al decir “café”, Santi o Íñigo piensa en un vaso (¡!) de café caliente y cargado para hacer entrar en calor el cuerpo del joven, piensa en un plato de comida para infundirle fuerza y alcohol para ayudarlo a relajarse; piensa en un solo segundo decisivo que su mujer no lo ha llamado aún, que se ha marchado precozmente del convite y bien puede permitirse una hora más fuera del hogar para ayudar a un necesitado y disfrutar a cambio de su compañía. Al vislumbrarse en dicha ansiada compañía, se imagina por fin a sí mismo y al joven negro en una cama, en una habitación de un hotel, donde ya ha estado en más de una ocasión, solo, tras aducir alguna reunión o intempestivo viaje de trabajo para abandonarse a sus fantasías con prostitutas, sin atreverse jamás a hacerlas realidad, contemplando el teléfono de la habitación con un vaso de fino escocés en la mano, animándose a sí mismo a dar el paso y sucumbiendo al fin a la inmisericorde culpa y al terror a lo desconocido.

-No, señor, gracias, señor, murmura el hombre negro volviendo la mirada hacia un punto muy lejos de quien le habla. Kissinga, Malik o Alphonse también ha sopesado en un segundo hasta el final las implicaciones de la invitación del hombre rico. Se niega de plano, ofendido en su primitiva virilidad. También es hombre de familia, tiene una esposa y un puñado de hermosos negritos juguetones con las barrigas hinchadas de parásitos. También hay una abuela. Viven todos en una choza de adobe en mitad de una llanura reseca e infértil, castigada por una sucesión infinita de epidemias, sequías y guerras tribales. La abuela centenaria ha visto las peores atrocidades que una mente humana pueda imaginar. Su vida transcurre machacando con ayuda de una gran piedra cualquier puñado de mijo, arroz u otro cereal que caiga en sus manos, para fabricar un poco de harina que luego amasará con un pellizco de grasa de cabra para dar forma a una única tortilla que la familia devorará a trozos junto al brasero. El abuelo de Malik murió de tuberculosis cuando aquél era también un negrito juguetón y hambriento. Cuatro hermanos anteriores a él murieron antes de cumplir el año de vida, víctimas del cólera. Los padres de Malik partieron juntos a bordo de un camión, rumbo a un país fronterizo donde, según un antiguo vecino de su pequeña aldea, había trabajo para todos en los algodonales; se llevaron con ellos a las dos hermanas pequeñas, con edad suficiente para participar en las faenas de cosecha y recolección y aportar así a la sobrevivencia del grupo. Kissinga se quedó, con 17 años y una esposa adolescente a punto de parir a su primer hijo, para cuidar de ellos y de la abuela, demasiado longeva para cualquier otra vida que no fuese machacar los escasos granos en su miserable pedazo de tierra árida. A los pocos meses, una nueva conflagración arrastró al paraíso algodonero donde estaban los padres y hermanas del joven progenitor, quien no volvió a recibir la menor noticia de ellos desde entonces y hasta la fecha. Una década más tarde y ya con cuatro descendientes a cuestas, Alphonse/Malik siguió la huella de sus padres a bordo del mismo camión destartalado, en su caso rumbo al viejo continente, donde los contenedores de basura rebosaban toneladas de comida apenas tocada por blancas manos europeas que luego en la calle prodigaban pequeñas fortunas en forma de billetes de 10 y hasta 20 euros a los inmigrantes negros como él. La ruda competencia por subsistir en estas calles asfaltadas, los hostiles inviernos de seis meses y la crisis se encargaron de situar al aventurero en una realidad equidistante entre el sueño de la abundancia sin límites y la aplastante necesidad de su aldea natal. Una vez por semana o cuando puede, Malik reúne los pocos céntimos que ha logrado arañar, descontando el alquiler del piso-patera y los treinta y pocos céntimos diarios que cuesta una barra de pan, y envía el restante a su familia desde un locutorio del barrio. Un primo de su abuela lo recibe en la oficina de correos del pueblo más próximo y lo hace llegar a la familia tras cobrarse lo que considera una comisión más que razonable por el servicio. Con lo que quede, se comprarán unas cuantas onzas de granos y algo de aceite y sal, suficiente para no morir de hambre hasta la próxima remesa.

El hombre rico y bien vestido no se da por vencido:

-Que sí, hombre, ven y tómate un café; que no pasa nada, te invito yo.

En la mente de Josemari, Juanrra o Íñigo ya el hipotético encuentro en el hotel ha avanzado de lleno a la fase en la que su ano estrecho y virgen se ha relajado por completo para ser horadado por una descomunal morcilla de Burgos con venas gordas y tortuosas que emerge del bajo vientre del negro. Esta fantasía universal ha aparecido por primera vez en sus devaneos imaginarios hacia los 30 años, junto con un pertinaz prurito anal de causa inexplicada (una exhaustiva evaluación médica proctológica descartó cualquier proceso patológico incluyendo la simple falta de higiene y se prescribió tratamiento sintomático, el que fue ineficaz). Al poco tiempo, la aparición del síntoma comenzó a acompañarse de la fugaz fantasía de ser penetrado analmente por otro hombre, lo que sin duda calmaría, al menos por unos minutos, las molestias descritas, refractarias a otros procedimientos. Como la imagen que acompaña al acto de llevarse el cigarrillo a la boca, esta terrorífica visión era reprimida de forma instantánea; con el tiempo, sin embargo, se fue volviendo más intrusiva, invadiendo mayor espacio y tiempo en el pensamiento de Joserra o Joseba, despertando la sombría inquietud de si se estaría volviendo (o lo había sido siempre) homosexual. “Bujarrón”, susurraba una vocecilla cascada en su cabeza cada vez que se encontraba luchando contra sus fantasías. “Bujarrón” era la palabra que empleaba (con frecuencia) su abuelo para referirse a los hombres que gustaban de otros hombres; el abuelo decía “Bujarrón” en un tono jocoso pero despectivo y con un aire de odio visceral, el mismo que se dejaba adivinar cuando hacía mención a los “moritos”, culpables de todos los males de España. El abuelo había pertenecido a la Legión Extranjera y había estado en Argelia y Marruecos. Sus relatos de las campañas en el Sahara occidental eran objeto de veneración en las reuniones familiares y eran escuchadas con religioso y temeroso silencio. A Josemari su abuelo siempre le pareció un hombre despiadado, capaz de tratar a otros seres humanos de forma degradante y cruel, pese a lo cual sentía la misma profunda idolatría que el resto de los hijos y nietos. La vocecilla recrudece airada cuando Josema se abandona por fin a su imaginería sodomítica, ahora además interracial, y se permite masturbarse y gozar. “Bujarrón” no cesa de repetir la voz del abuelo en su cabeza. Entre la creciente excitación y la vergüenza, la formidable máquina trepanadota de anos acaba por desplazar a las prostitutas de lujo imaginarias en sus ocasionales estadías en el hotel. Se impone, al fin, la inconfesable ocurrencia de utilizar a uno de los cientos de mendigos africanos que ve a diario en las calles próximas a su casa y a su trabajo para poner fin al tormento del prurito que le obliga a fruncir el esfínter en los sitios y momentos menos propicios, preguntándose si la gente que en ese momento lo mira puede adivinar bajo sus pantalones el reflejo involuntario que delata sus oscuros anhelos.

-No, señor. Gracias, señor. Gracias, señor.

El hombre rico que le ha invitado a un café desiste y se despide diciendo “Bueno. Hasta luego”. Mientras aquél se aleja, invadido por una mezcla de excitación, decepción y alivio, Kissinga se queda de pie, mirando hacia el otro lado, meneando la cabeza con amargura, sintiéndose humillado y triste. En su patria, la sodomía se castiga con la horca. Esta radical aplicación de la ley coránica se nutre además de la tradición de los bravos guerreros de las tribus ancestrales del corazón de África, para quienes este pecado constituía la mayor indignidad y era merecedor de indescriptibles suplicios y mutilaciones.

La vida secreta de los jefes

No sé si os habéis dado cuenta, pero el tiempo que ha pasado entre mi último post y éste es el más prolongado que he dejado correr hasta ahora entre dos entradas. Una forma fácil, y algo cliché de zafar, sería decir que he estado muy ocupada ‘viviendo’. Sí, lo sé, no tengo por qué darle explicaciones a nadie, pero aún así os ofrezco mi resumen, simplista e insuficiente, de la situación. Y no por ello falso.

Si no escribo no es porque no me pasen cosas en el aquí y ahora, sino porque no tengo la necesidad de compartirlas, porque necesito procesarlas, o simplemente porque no me pertenecen. Porque hay terceros involucrados que son dueños de sus propias historias y tienen derecho a que éstas sean respetadas. O porque al igual que un buen relato de ficción, la realidad parece narrarse mejor desde la distancia, desde el desapego. Elegid la razón que más os guste. Yo ya tengo la mía.

Así que, resistiendo cualquier tentación de intentar desenmarañar la madeja de sentimientos y confusiones en la que actualmente habito, os voy a dejar una historia que ocurrió hace algunos años, que también habla de aquellas pequeñas y no tan pequeñas cosas que solemos mantener ocultas, para que cada uno reflexione lo que más le apetezca reflexionar al respecto.

imagen cerraduraErase una vez yo, cuando tenía un trabajo de esos de 9 a 7, el culo pegado a una silla y contrato indefinido. Era un día de poco curro y yo estaba entregada en cuerpo y alma a la misión de encontrar entre las carpetas de la redacción un documento que necesitaba para terminar un reportaje. Estaba segura de haberlo visto hace algún tiempo, pero no recordaba su nombre, así que empecé a probar en el buscador con palabras sueltas relacionadas. Llevaba un buen rato buscando cuando me encontré con un bloc de notas de nombre curioso: “en la oscuridad”.

Obviamente no tenía nada que ver con el documento de mis desvelos, pero del título al clic hubo menos que un trecho, y aprovechando que mi jefe más inmediato (el que tenía su escritorio a escasos centímetros del mío) estaba tomando café me puse a leer el largo texto que tenía frente a mis narices. Que era el “copia-pega” de una conversación por chat, a todo esto. Y una bien calentita.

Los participantes de la conversación eran Amo_Falo y Potrilla_Salvaje. Amo_Falo, pese a lo potente de su nombre, era un amo “amateur”, y Potrilla_Salvaje una sumisa experimentada. La primera conversación (en realidad eran cinco en total, pegadas una tras otra con algunos saltos de línea entre medio) era un ir y venir de preguntas y respuestas, ya que A_F (lo siento, si sigo escribiendo Amo_Falo me descojono y no termino nunca) se sentía bastante inseguro respecto a cómo proceder en la que sería su primera experiencia como dominante. Así, como quien pide consejos para dar una charla frente a un nutrido público, o bien para preparar un bizcocho que quede esponjoso, el buen hombre expresaba su preocupación por la situación que se le venía encima, ya que su “sumi” (sic.) también era nueva en esas lides y él no la quería defraudar. Por lo mismo, le preguntaba a su amiga P_S (de forma frecuente y mutua se recordaban la amistad que los unía desde hace años) hasta dónde era recomendable llegar, qué cosas le gustaban a ella y cómo hacer para que su nueva conquista no se enterara de su falta de experiencia en esas lides. Finalmente, le confesaba su temor de no ser lo suficientemente atractivo para la que sería su primera sumisa, con quién nunca se habían visto cara a cara.

Los siguientes mensajes ya eran bastante más subiditos de tono. En ellos A_F no sólo ofrecía un relato pormenorizado de sus encuentros con la “sumi”, también se permitía algunos coqueteos y preguntas indiscretas con su interlocutora, claramente ya más relajado y seguro de sí mismo. Por decirlo de alguna manera, era posible percibir que ya se estaba rompiendo esa “cáscara de aprendiz” para dejar salir la pulpa, la voluntad del amo… Ya dominando la conversación, en uno de los diálogos, por ejemplo, se dedicaba a contar los detalles de una sesión de spanking, describiendo los tres tipos de látigos que había utilizado (si bien confesaba que no se había atrevido a darle “demasiado duro”, al no saber cómo calcular aún la fuerza de sus golpes) y narrando pormenorizadamente lo placentera que le había resultado la experiencia, no tanto de infligir dolor sino de tener la voluntad de un tercero entre sus manos. En otro de los diálogos dejaba hablar más a P_S, interesado por ahondar en las fantasías de sumisa de su amiga y las cosas que le gustaba que le hiciera su amo. Ella, algo reacia al parecer a escandalizar a A_F, ofrecía un par de sugerencias tímidas (uso de velas, un par de varas para que los látigos “no aburran”), a lo que él respondía que quería algo más “creativo”.

Y hasta ahí los diálogos.

Como era de esperar, en cero coma estaba conectada al Messenger (sí, existió algún día!), contándole a mi entonces compi de curro, de desvelos y aventuras, el hallazgo que me traía entre manos: “Tía, te mueres lo que encontré en una de las carpetas de la redacción, lee esto y después me comentas”.

La cosa es que mi compi, investigadora aún más intrépida y ocurrente que yo, en cuanto terminó de leer se fue a San Google y copió la dirección de email de Amo_Falo (sí, he vuelto a escribir el nombre completo, pero es que ahora se aproxima el desenlace)… y cuál no sería nuestra sorpresa al enterarnos – y así de fácil además!- que nuestro amo favorito utilizaba el mismo correo para ciertos asuntos laborales (como dejar opiniones en foros profesionales y otros descuidos) y que se trataba, ni más ni menos, de uno de los peces gordos de la empresa, y el menos turbio, en apariencia, de todos ellos: Un gordito bonachón y poco agraciado, con sus ya respetables canas, que todos apreciaban por su buen humor, sus risotadas permanentes y las golosinas que traía de regalo cada vez que salía de viaje. Un marido respetable y amante padre de familia con hijos universitarios. Una eminencia en su ámbito. Un futuro abuelito de esos que llevan a sus nietos al parque. Un redactor jefe con contactos en las altas esferas…

No es que quiera dejar una moraleja, pero al poco tiempo Amo_Falo murió. De forma inesperada y sin agonías. No tenía ninguna enfermedad chunga, nada que pudiera permitir presagiarlo. Simplemente trabajaba mucho y un día cayó fulminado en la calle. Así sin más. Y se llevó con él todas sus historias, las vividas y las sin vivir.

Sobra decir que el mundo está lleno de Amos Falos. Y de Potrillas Salvajes. No sólo al lado, también dentro de nosotros. Y más allá de que su existencia sirva como anécdota, como aliño para sazonar una jornada laboral entre tantas otras, os invito a sacar el vuestro de habitaciones oscuras y chats, a permitirle que tome un poquito el aire, que se sienta bien consigo mismo. Después no dejaremos nada, ni siquiera eso. Éste es el único momento en el que puede permitirse existir.

La danza del adiós

la danza del adiósCinco años y veintitrés días después se mirarán por última vez, casi de la misma manera en la que se miraron en aquel bar cuando todo comenzó: Como si supieran lo que está por ocurrir y no terminaran de creérselo.

Volverán a saltar al unísono hacia lo desconocido, aunque a diferencia de la primera vez no los unirá un abrazo. En cambio, se impulsarán el uno al otro en direcciones opuestas, con estudiados movimientos de bailarines, en una danza en la que nadie tenderá la mano a nadie porque tanto él como ella codiciarán para el otro la prisión que abandonan. Y así, volverán a cambiar el territorio, y pensarán nuevamente que “está todo bien”, sin recordar que eso antes ya lo hicieron, mientras marcan el número del colega de turno para comunicarle las novedades.

Ella llorará, pero sólo lo inevitable, porque muy temprano aprendió que él no la encontraba deseable con el rostro cubierto de lágrimas, y aunque estará preparada para dejar de sentirse deseada, no lo estará aún para tener la certeza de que es él quien ya no la desea.

El bostezará y mirará el reloj un par de veces, intentando revestir con una capa de tedio toda la pulpa del ‘nosotros’ que aún tendrá en carne viva.

Por supuesto, ninguno de los dos dirá nada trascendente, o tan siquiera que no haya sido dicho ya; toda su relación habrá sido un entrenamiento para llegar a ese instante. Y ninguno se permitirá recordar los buenos momentos, porque sabrán reconocer la inutilidad de semejantes evocaciones. Ambos pondrán devotamente sus dolores y esperanzas fallidas en el altar el olvido, y levantarán la resistencia como bandera. Él no le contará que le sobran sábanas, soledades y aire por la noche, y ella preferirá callar a reconocer que, pese a todo, estaría dispuesta a volver a intentarlo. Y así, escudados en el otro para justificar sus respectivos silencios, se despedirán como si nunca se hubieran amado, un gesto apenas, de esos que se deshacen con la primera llovizna.

El imperio de los sin sexo

“En la nueva relación sexual no es el sexo lo que desaparece, sino la relación”

sombras, luz, oscuridad

Os podría escribir un nuevo relato, ahora mismo, aunque en mi último post avisé que me tomaría un descanso. Uno coral de ciencia ficción, sobre un lugar en las sombras poblado de extraños seres que cada día se notan menos, que ya casi no follan. Digamos que en este relato hay una mujer, así por ejemplo, que está fehacientemente convencida de que su vida sexual marital puede reactivarse cualquier día de estos, pese a que lleva más de 20 años sin que su marido la toque. Digamos que también hay un hombre solo, muy solo, tanto que hasta los gatos que intenta alimentar en busca de amor le rehúyen, tal vez porque huelen el desamparo en el sudor constante de su piel, tal vez porque tiene los ojos tristes. ¿Más personajes? Qué tal otro hombre, esta vez uno que sí tiene novia (algo cada vez más difícil en este lugar sin Dios ni ley), pero que prefiere encerrarse en una cabina de VideoBox con una peli porno porque sólo así se siente libre de ser como es. O una mujer cuyo trabajo consiste en coser pelo humano en una vagina de goma, en miles de vaginas en realidad, de miles de muñecas. Muñecas que se parecen cada vez más a las mujeres, mujeres que se parecen cada vez más a las muñecas…

Por poner algo también podría poner bares en mi relato, bares donde los hombres mayores pagan más de 300 euros sólo por beber una copa e intercambiar miradas con una mujer, buscando en esas miradas parte de la humanidad perdida –la del otro, y por tanto fundamentalmente la propia-, impulsados por una necesidad profunda de establecer relaciones que les recuerden mínimamente a las de antaño.

En este lugar surrealista algunos personajes encuentran la satisfacción hundiendo sus miembros en unos tubos plásticos llenos de gel, que incluso succionan y “chapotean”, como el más jugosito de los agujeros de carne y hueso, mientras otros exhiben con orgullo su renuncia a interactuar con el prójimo, elevando sentidos himnos a su aislamiento en solitarios karaokes. Criados en soledad, huérfanos de cariño paterno, nos encontramos también con altos ejecutivos que pagan a mujeres para que les hagan de madres, les pongan pañales, los regañen y les den nalgadas cuando se porten mal, además de hacerlos eructar después de comer.

lejano estePara qué hablar del cortejo, prácticamente no existe. Cada vez importa menos conocer al otro y se huye del esfuerzo como de la peste. En este lugar triste –que para no ser copiones vamos a decir que se ambienta en el ‘Lejano Este’– , en el que más del 80% de los juguetes sexuales se dirigen a la autosatisfacción, “cada cual flota en su burbuja, prefiriendo la masturbación a la sexualidad compartida, prefiriéndose a sí mismo antes que al otro. El sexo ya no es un elemento para construir la pareja y el individuo, sino una simple salida de socorro. La evasión de la realidad, la búsqueda desesperada de consuelo y el repliegue sobre sí mismos forman parte de esta nueva sexualidad egocéntrica…”

Estoy segurísima de que habéis adivinado hace rato –por no decir en las primeras líneas- que nada de esto ha salido de mi imaginación, que en realidad os estoy ofreciendo pinceladas de la vida sexual de los japoneses (vale, la frase es una generalización, si bien surgida de historias concretas de gente muy concreta), pero qué queréis que os diga, a mí me parece un relato que hasta el mismísimo Dante tendría en su biblioteca particular. Ufff! Y eso que el video mantiene todo el tiempo un tono mesurado, ahorrándose en su narración bastantes de las perversiones y rebuscadísimas parafilias que tanto abundan en el país del sol naciente. No hacen falta, el retrato ya es bastante escalofriante sin ellas. Dicen que una imagen vale más que mil palabras, pero yo que soy una yonki de las letras pienso que a veces un puñado de palabras nos abre las puertas a un océano. En esta ocasión os dejo las de Fumiyo, que también podéis ver en el documental que encontraréis más abajo.

 “Para obtener placer no tengo que hacer el amor, sólo tengo que eyacular. Me basta con eyacular. Si me preguntan por qué se me hace tan pesado tener que hacer el amor, quizás sea porque cuando hago el amor a una chica no puedo evitar pensar en su placer. Al final me pasa como con mi novia. Voy a que me acaricien en los baños espumosos porque es un lugar en el que las mujeres están a mi servicio. Yo no hago nada, no me canso. En resumen, voy a estos centros de placer sexual únicamente para obtener mi placer personal, y puede decirse que mi placer sexual se resume en eyacular. Eso es”.

“El imperio de los sin sexo”
Documental
52:47 minutos