Celos

imagen celos, trio

Hablaba en el post pasado del tema de la fidelidad. Hablaba de algunas opciones, que básicamente pasan por reconocer que a todos nos gusta mirar para el lado, y que probablemente nos va a gustar hasta el día en el que nos toque ponernos el pijama de palo. No estamos programados genéticamente para mantener relaciones sexuales con una misma persona de por vida, si bien eso sólo significa lo que significa, nadie ha hablado del bien y del mal acá. O sea, y tal como tan acertadamente señala mi amigo Pere Estupinyà en su último libro, hay que tener cuidado de no caer en la “falacia naturalista”, avalando moralmente aquellas cosas que nos vienen dadas por naturaleza y que nos acomoda avalar, mientras olvidamos que hay muchas otras que beben de la misma fuente pero que consideramos verdaderas aberraciones.

En realidad no lo dice así, pero estoy evitando coger mi libro y caer en la trampa de ponerme a buscar la cita, porque entonces ya no paro… De cualquier manera, esa viene a ser más o menos la idea.

¿Por qué no entonces aceptar que si bien es muy difícil amar a dos personas a la vez –nuevamente la ciencia mete aquí su cuchara-, si se puede desear a tres, a cuatro o a cinco? ¿Por qué no aceptar que hay distintas maneras de querer, y que un corazón siempre puede tener sitio para más? ¿Por qué no abdicar de una vez por todas del modelo de pareja que nos hemos montado, y que se cae y nos arrastra en su fracaso una y otra vez, en pos de un camino menos contaminado, en una de esas incluso libre de pantomimas y mascaradas?

Probablemente no alcanzarían 1.000 páginas para terminar de dilucidar este asunto, pero permitidme subir al banquillo de los acusados a uno de los más que posibles culpables de esta historia de nunca acabar: Los celos.

Hijos de la posesión, esa horrible criatura que nos engaña con sus cantos de sirena prometiéndonos un bálsamo que cure nuestro miedo a la soledad mientras silenciosamente inyecta su veneno, los celos anidan en todos nosotros. Se noten o no, nos hagan la vida más o menos jodida, están ahí.

imagen celos, carcelEn mi post “Cuando la ciencia se va a la cama” dije que no soy celosa y que “intento huir de la posesión como del demonio”. Aún entendiéndose que hablaba en términos generales, durante algún tiempo me enorgulleció pensar aquello, como si fuera una especie de sello, una sofisticación más de mi forma de ser que colgarme como una medalla a la modernidad. Ahora, no hace falta bucear con demasiada profundidad en las pantanosas aguas que rodean a este asunto para ver que, cuando mucho, se puede tener el tema más racionalizado. O sea, puedo entenderlo. Tal vez aproximarme a él por vías menos gastadas, y apreciar más matices en algunas de las situaciones que me ha planteado la vida, en una de esas intentar dar la pelea con mejores armas…  pero hasta ahí. Los celos son una cárcel, y sólo quien los padece es su prisionero, pero ¡de qué poco sirve a veces el saber! Yo también he sentido esos mordiscos feroces en el interior del estómago, ese deterioro del alma, esa corrosión de todo lo que late dentro y que nunca termina de explotar. Las esperanzas, cuando mueren, no suelen hacerlo dulcemente. Y como legiones de otras mujeres (y hombres, claro está) en ocasiones he tenido que recomponerme y sonreír, porque no quedaba otra. No importa que sepa que el otro no es mío, que nadie lo es. Porque mío es el olor a él que entra por mi nariz y se inyecta en mi sangre cuando lo tengo cerca, y mía es su piel entre mis dedos. Mío es su sabor, porque está en mi lengua, y mía la forma única en que se dibuja su contorno en mis ojos. Mío, mi tesoro, ¡my precious! Para siempre, o al menos durante todo el “siempre” que sea necesario…

(¿Esperabais alguna conclusión al respecto? Mmm, lo siento, no la hay.)

Morbo… y culpa

oscuridadMe da morbo la oscuridad. Y no hablo de una oscuridad de lámparas apagadas, sino del lado oscuro de los seres humanos. Hasta ahora sólo la he probado en dosis pequeñas, pero puedo reconocer su llamado, el suave terciopelo que empieza a reptar por mi estómago cuando la vida me regala unos minutos de juego oscuro.

Extraños mecanismos los del morbo. Extrañas las maneras –a veces ridículas, rozando el patetismo- de pasarnos la vida luchando con esos centelleos de la carne y, sobre todo, con la embriagadora turbación de nuestras cabezas que nos han enseñado a no sentir. Porque desde niños se nos invita a no soltar las barreras.

El morbo suele estar ligado, la mayoría de las ocasiones, a la vergüenza, y algunas de las cosas que nos seducen se pasan la vida sumergidas en un pozo profundo, de donde nunca serán llamadas a salir. Pero se sienten como un bulto. Lo que hemos hecho -pensado, sentido- se diluye en las tinieblas de lo inconfesable. Pero sigue estando ahí, por más tierra que echemos encima.

A veces me pregunto cómo sería el mundo si al unísono apagáramos nuestras mentes, nuestras convenciones, aprendizajes y adiestramientos. Si de alguna manera nos condujéramos en absoluta libertad, sin cabeza, sin condicionamientos ningún tipo. Me pregunto cómo nos relacionaríamos con los demás, cómo serían las dinámicas de las parejas, de haber parejas. Cómo serían nuestras relaciones -sexuales, porque en semejante escenario probablemente no habría cabida para el romance- y la relación con nuestro cuerpo y nuestros impulsos. Pura corporeidad y espíritu.

Es casi un ejercicio científico imaginarlo, aunque cada vez que lo intento el camino se bifurca ante mí violentamente. ¿Se parecería más a un tenebroso cuadro de Goya, todos entregados a sus empujes más primarios y destructivos? (porque si fuésemos como niños, después de todo, ¿qué nos salvaría de caer en la salvaje barbarie de “El señor de las moscas”?) ¿O, por el contrario más absoluto, sería la imagen misma del paraíso perdido? Expresión sin censura, disfrute sin culpa. Libres de toda culpa en el sentido más absoluto, me atrevería a decir que bíblico (porque creo que hay una profunda sabiduría en algunos rincones de la biblia, pese a las torpes interpretaciones que se han hecho de ella). Después de todo, la mayoría de las cruces que cargamos están en nuestras cabezas, no afuera, y los mayores dolores que hemos sentido son auto-infligidos… aunque por lo general tengamos una escasísima capacidad de darnos cuenta de ello.

Como sea, quien no ve su propio lado oscuro sólo se salva del conocimiento, no de su existencia, o al menos eso creo. Todos tenemos nuestra dosis de perversidad corriendo en las venas, ya sea más lúdica o más destructora.

Oscuridad, y también dolor, a veces me parecen un cóctel exquisito. Morbo puro y duro. En dosis contenidas y con una ventana a mano tal vez, pero si se abraza una pequeña raíz de alguna manera también se abraza la planta. Y ese abrazo es una entrega, un olvido de todo lo que no debería ser, una liberación dentro de la contención. Ahí está la seducción del llamado.

Voy a terminar, como ya hecho otras veces, compartiendo una pequeña historia. Va de una niña y su mejor amiga, que la invita a pasar un verano con su familia en la casa que tienen en la playa. La niña acepta encantada, la perspectiva de salir de su entorno y hacer cosas distintas la tiene en las nubes. No se equivoca. En casa de su amiga, donde más de una vez se ha quedado a dormir, se respira mucha más libertad que en la suya, y en la playa para qué hablar. La casa está situada en un pueblo tranquilo y los padres de su amiga las dejan ir bastante a su bola, absortos en sus propios asuntos. “Niñas, id a jugar”, dicen con frecuencia, esbozando sonrisas cariñosas y despreocupadas. Y las niñas se van a una habitación ubicada fuera de la casa, un mini apartamento en realidad en medio de un precioso patio rodeado de árboles. Y juegan. A las cuerdas, al elástico, a Candy Candy. Y a decir palabrotas. Se ríen al unísono cada vez, encantadas con el pecado descubierto.

–          Vamos a dejar de decir palabrotas -dice la amiga, repentinamente muy seria -. No está bien, no es digno de una señorita.

–          Vale -contesta la niña, sintiendo que le están robando algo-.

–          Hagamos una cosa- sigue la amiga, con un tono más oscurillo-. Las palabrotas están prohibidas. No puedes decirlas. Ni una.

–          ¿Y si se me escapa una? ¿O a ti?

–          Si se me escapa una te pego con un cinturón. Y tú lo mismo.

–          ¿Pegar? ¿Dónde?

–          ¿Dónde crees? En el culo. Así, inclinadas.cinturón

La niña no sabe lo qué es el morbo, pero sí que la idea la seduce, instantáneamente. Aunque tiene una vaga sensación de que no debería ser así, o que al menos sería conveniente no tener testigos de semejantes inclinaciones. Pero sin un testigo no puede haber juego. Otorga con su silencio.

Poco a poco descubre que parte del juego consiste en no traslucir el entusiasmo. Así, va dejando caer las palabras de a poco, las viste de casualidad, se especializa en poner cara de fastidio cuando suelta una y las espacia todo lo que le permite la impaciencia y el cosquilleo insistente que se le instala en todo el cuerpo, pero sobre todo ahí abajo, cada vez que ve el cinturón. E incluso antes. También le gusta azotar a su amiga, pero menos. Su verano empieza a estar marcado por las visitas cotidianas a la habitación externa, donde la amiga –aunque sus fuerzas no dejen de ser las de una niña- pega con ganas. Empieza a saltar sobre charcos de emociones densas, sintiéndose tan encadenada como ligera. Pasan los días.

Después de un par de semanas de clases, la niña por fin ha conseguido permiso de sus padres para ir a ver a su amiga. Está contenta. No piensa tanto en cinturones (porque puede darse cuenta de que en la casa de la ciudad estaría fuera de contexto) como en abrazarla y decirle que la ha echado de menos. Toca el timbre. Abre la madre. Siempre ha sido cariñosa con la niña, agradeciendo de alguna manera la amistad que profesaba por su hija, hasta entonces una chica bastante solitaria. Pero esta vez tiene una expresión furiosa en la cara. Y entonces empieza a soltar, como una metralleta:

–          No sé cómo tienes el descaro de aparecerte por nuestra casa, criatura asquerosa. Te dimos nuestra confianza, te abrimos nuestras puertas y nuestros corazones, y nos pagas así, con una patada en el culo. Qué vergüenza. Eres una malagradecida, y me siento muy dolida, todos lo estamos. No quiero que vuelvas a acercarte a mi hija, eres una mala influencia. Y por supuesto, no quiero que vuelvas a venir a esta casa. Nunca más.

Antes de cerrar la puerta le arroja a la cara un paquete con ropa y otras cosas que se había dejado ahí. A la amiga no vuelve a verla, ni siquiera para pedirle una explicación tardía sobre lo que ha pasado, aunque vagamente intuye algunas posibilidades. No es que no lo necesite, es que no se atreve. Tiene el corazón destrozado por algo que no entiende, y mucha, mucha vergüenza.