Candy

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“Tampoco habrá suerte esta noche”, pensó. Si tan sólo fuera por ese espantoso negligé rojo del chino, incapaz por otra parte de contener la insatisfecha abundancia de sus carnes… Pero no, lo peor no estaba en el envase. Era ese deseo rancio que le brillaba en la piel como una mala crema, ese olor a herrumbre que se adivinaba emanando de su coño. No tragó saliva porque tenía la boca seca. “A ésta seguro que le gusta que se lo coman. Que no se me vaya a olvidar pedirle un vaso de agua”, se recordó.

– Hola, soy Luisma. Ya estoy aquí.
– Mmm… puedes llamarme Candy.
– Candy. Ya… ¿Te importa si uso el baño?
Se dirigió hacia el interior del piso pero al no obtener respuesta se giró, sin saber qué camino seguir. Ella parecía aún más confundida. Cuando habló por fin, a él le pareció que su voz era todo lo contrario que su aspecto: ingrávida casi, entre la insignificancia y la dulzura. Le recordó el sonido de un arpa vieja.

– La segunda puerta, allí -indicó con el dedo-. Pero por favor no te tardes. Sólo me alcanza para una hora.

La vergüenza ralentizaba sus palabras. Era tan evidente que casi podía masticarse. Él no llegó a conmoverse, pero sí a darse cuenta de que hace algunos meses se hubiera sentido más predispuesto a ser amable. Ahora sólo le quedaban unos pocos recursos, y todos ellos habitaban en la periferia de su corazón. Haciendo un esfuerzo rascó un poco dentro de sí, pero más que nada porque ponerse en evidencia era de alguna manera compartir.

– Tranquila. Eso no te lo cobro. Sólo cuando los dos estemos listos.

Había pocas cosas que agradecer aquella noche. Tal vez la protección que le ofrecían las descascaradas paredes rosa del baño, pero era efímera. Al menos se alegró de no haberse hecho una paja antes de salir de casa.

 

(Por cierto, la imagen es de http://www.superbwallpapers.com/)

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Los sucios trapitos sexuales del Vaticano

shutterstock_57746173Luchas de poder, malversaciones financieras, prostitución, relaciones homosexuales… Todo lo que siempre nos imaginamos que existía tras las bambalinas del vaticano está ahí. Ayer, la prensa nacional e internacional se despachó a gusto con la noticia de que tras la renuncia de Benedicto XVI al pontificado estaría la entrega de una investigación sobre la fuga de documentos robados de su despacho (el llamado caso ‘Vatileaks’) realizada por tres cardenales, de esos que tienen chorrocientos años y saben de lo que hablan.

Tan demoledor habría sido el informe que Benedicto XVI, al leerlo, se habría convencido de la necesidad de contar con un Papa más joven, con la energía suficiente para poder llevar a cabo una buena limpieza.

Como era de esperar, y según asegura el diario italiano ‘La Repubblica’, las turbiedades giran en torno al descarado incumplimiento del sexto y séptimo mandamiento: No cometerás actos impuros y no robarás. Vamos con los actos impuros entonces.

Entre otras cosas, el artículo de ‘La Repubblica’ recuerda como en 2010 salió a la luz un escándalo que involucraba a seminaristas que se prostituían y a un miembro de un coro vaticano que ejercía como proxeneta, entre otras lindezas.

La historia salió a la luz porque Angelo Balducci, entonces ‘gentiluomo’ del Papa y presidente del Consejo Nacional italiano de Obras públicas, estaba siendo investigado por corrupción. Al pincharle los jueces el teléfono se supo que hablaba frecuentemente con Chinedu Thiomas Eheim, un miembro del coro de la Reverenda Capilla Musical de la Sacrosanta Basílica Papal de San Pedro en el Vaticano que le ofrecía servicios sexuales con jovencitos, seminaristas incluidos.

“Sólo te digo que mide dos metros, pesa 97 kilos, tiene 33 años y es completamente ‘activo”, llegó a decir el miembro del coro a Balducci en una de las conversaciones interceptadas.

‘La Repubblica’ ha publicado que, según la investigación judicial, los encuentros tenían lugar en una villa a las afueras de Roma, en una sauna, en un centro estético, en el propio Vaticano y en una residencia universitaria. Esta última sería la residencia de Marco Simeon, directivo de la televisión estatal RAI que habría participado en una conspiración para expulsar al arzobispo Carlo María Vigano de la presidencia de la gobernación de la Ciudad del Vaticano, debido a sus intentos por introducir una mayor transparencia financiera. Simeon, a todo esto, es visto como alguien muy cercano al secretario de Estado cardenal Tarcisio Bertone, segundo oficial de mayor rango en el Vaticano.

Asimismo, se habla de la posible existencia dentro del Vaticano de un ‘lobby gay’. Según el artículo del diario italiano, se trataría de “una red transversal unida por la orientación sexual. Por primera vez la palabra ‘homosexualidad’ ha sido pronunciada, leída en voz alta de un texto escrito, en el apartamento de Ratzinger. Y por primera vez se ha hablado, aunque en latín, de la palabra chantaje: influentiam”.

Lo más chungo de todo este asunto no es descubrir que los curas tienen necesidades sexuales y que a más de uno les gusta montarse cada tanto una fiestecilla… Eso es algo que sabemos de sobra, y si no fuera más allá me parecería fantástico por ellos, de hecho estoy convencida de que si se aboliera el celibato la Iglesia podría recuperar parte de su dignidad, al estar menos a merced de las frustraciones y apetitos personales de sus representantes. El problema está en que para satisfacer esos apetitos al tiempo que se mantienen ocultos, muchas veces se elige el camino menos cristiano de todos, el del abuso de poder, el de forzar a alguien contra su voluntad, y no hablo sólo de la pederastia, la más abominable de sus manifestaciones. Porque también se puede forzar con guante de seda. Según dejaría entrever el informe entregado por los cardenales al Pontífice, varios de los integrantes de la red homosexual habrían participado en ella al ser “propensos a chantajes a raíz de sus orientaciones sexuales”.

¿Una verdadera telenovela en Vaticity? Yo diría más bien drama…