El amor en los tiempos del látex (y VII): Epílogo

fotografía antigua pareja– ¿Lo trajiste todo?
– Sí, todo.
– Bien. Déjalo encima de la cama.

Cristina suelta la mochila con cuidado sobre el elegante edredón de un blanco inmaculado y se dirige hacia la ventana. Da una mirada larga y esboza una media sonrisa, como si los paisajes que yacen al otro lado del grueso cristal escondieran en sus rincones las vidas que no vivió. Jan le pasa una mano por la cintura y con la otra le ofrece una copa de vino.

– Te estaba esperando. Has tardado.
– Ya. Hace tiempo que no veía a mi primo. Tenía ganas de conversar hoy. Además nos ha hecho un descuento bastante generoso.
– Bueno, tú también fuiste muy generosa con él cuando estuvo en Suecia.
– Me emocionó su visita. Después de todo, es la única familia que tengo.
– ¿Y yo?
– Tú eres… mi hogar – le contesta Cristina arrugando la nariz. No le gusta ponerse cursi, pero la palabra se le desliza entre los labios como si fuera aire. Él la abraza desde atrás.
– ¿Estás bien?
– Sí. La verdad es que todavía se me hace un poco raro que hayas elegido el pueblo para este viaje, y para qué hablar del hotel… Pero bueno, también es cierto que a estas alturas ya debería estar acostumbrada a tus rarezas.
– Pensé que nos podría venir bien. Últimamente…
– ¿Últimamente qué?

El silencio vuelve a instalarse entre ambos como un invitado no deseado. Cristina intenta un par de frases que terminan muriendo dentro de ella, dando zarpazos inofensivos. Separa con cuidado su cuerpo del de Jan y deja su copa sobre una de las mesitas de noche. Sin dejar de mirarlo se desabrocha los botones delanteros del vestido, que cae al suelo como un fruto maduro. Se quita el sujetador y se acerca a él, esta vez de frente.

– Aún te deseo.
– Y yo a ti. Y te amo. No he dejado de hacerlo desde que nos fuimos juntos. Pero a veces pienso…
– ¿Qué?
– No sé Cris. ¿Nunca te has preguntado lo que habría pasado de habernos quedado?
– Probablemente no tendríamos esa enorme fotografía que tenemos sobre la chimenea. Probablemente no tendríamos chimenea. ¿Pero serían nuestras fotos y recuerdos mejores? ¿Tenemos cómo saberlo? ¿Tiene algún sentido preguntarse eso?
– No. Supongo que no.

Como si en sus palabras encontrara una razón para continuar, ella se baja las bragas de un solo movimiento. Al incorporarse, Jan no parece el mismo. Tiene algo distinto en la mirada, tal vez el eco de un ansia que Cristina creía perdida. Sin dejar de mirarla, él se quita la camiseta y los pantalones y se acerca. Le roza los pechos con la punta de los dedos. Ella cierra los ojos y se entrega a las sensaciones circulares que, desde sus pezones, se van expandiendo por todo su cuerpo. Los roces se vuelven más intensos, Jan aprieta y exprime. Ella inclina la cabeza hacia atrás y suelta un suspiro prolongado. Todo comienza a oscurecerse, el silencio la lame en suaves oleadas. “Ojalá pudiera ser así para siempre”, piensa. “Ojalá esto fuera todo”.

Con tirones suaves la lleva hasta la cama. Ahí la tumba de un empujón, y jadeando sobre ella la penetra sin más preámbulo. Como si la burbuja insonorizada que la envolvía se rompiese de un pinchazo, Cristina cae de golpe en la marea ruidosa de sus embestidas. Sorprendida, le clava las uñas en la espalda. Él suelta un gruñido y baja el ritmo para besarla. Tiene la saliva espesa y caliente. Ella se endurece por dentro al sentirlo bajar por su garganta, y se le tensan los músculos del vientre. Los movimientos se intensifican nuevamente. Jan se retuerce y aprieta los dientes, la mirada de Cristina se clava en las venas de su cuello. Él brama una palabra incomprensible y levanta la pelvis en un movimiento brusco, cogiéndose la polla con una mano. Fuera de ella se derrama en chorros copiosos sobre su vientre, emitiendo quejidos entrecortados.

mujer - vientreCristina se queda tumbada. Con el dedo índice de la mano derecha dibuja trazos sobre su piel, para terminar con movimientos circulares alrededor de su ombligo.

– Antes no he sido del todo sincera contigo-, dice ella de pronto, chupándose el dedo con aire distraído.
– ¿En qué sentido?
– Al salir de la tienda de mi primo me encontré con Marta. Ha vuelto a vivir al pueblo.
– ¿La invitaste al hotel?- pregunta Jan con voz espesa.

Cristina, alcanzando a rasguñar todo lo que se esconde debajo del envoltorio de esa pregunta, deja pasar unos instantes antes de responder.
– No, no va a venir. Lo ha dejado con Joaquín, hace años, y ya no se hablan. Me pidió que te enviara sus saludos.
– ¿Cómo está?
– Cambiada. Ahora está casada con un viejo muy serio y aburrido que hace negocios con su padre, y tienen dos hijos feísimos. ¿Pero sabes qué? La vi feliz. Como si algo se hubiera aliviado dentro de ella.
– La vida puede ser incomprensible a veces- zanja él, filosófico.

Ella se gira para coger un cigarrillo del bolso. Después de encenderlo le da una calada larga. Expulsa el aire sin prisa.

– Jan, ahora mismo no sé si quiero el divorcio o que abramos esa mochila y tengamos el aniversario que habíamos planeado.
– Siempre habrá tiempo para divorciarse amor, mañana será otro día. Así que como puedes ver, voto por la mochila. Y ya que estamos en el punto en el que dimos inicio a nuestra relación, propongo el stap-on para comenzar. Aunque si quieres el primer turno siempre podemos empezar la fiesta con tu amigo el látigo. Prometo que te va a acariciar como nunca lo ha hecho. ¿Qué me dices?
– Estaba por elegir la opción del divorcio, pero si lo pones así… no suena tan mal después de todo.

El amor en los tiempos del látex (VI)

– Después de tu partida dejamos de tener sexo con Joaquín –comenzó Marta encendiendo un cigarrillo. Es curioso, porque estábamos más unidos que nunca. El dolor nos volvió uno. Dormíamos desnudos, con los cuerpos pegados, abrazando el mismo vacío. Ni siquiera nos dejaste una nota, Cris.
– Os vi.
– ¿Cómo?
– Que os vi, saliendo de esa clínica, y por favor no me digas que no sabes de qué hablo. Navidad de 2009. Supuestamente estabais en el pueblo, visitando a tu padre, pero no. Durante meses intenté convencerme de que había sido un error, o al menos algo que podía pasar por alto. Pero me fue comiendo por dentro.
– No era una decisión que te correspondiera tomar. Era mi cuerpo.
– Joaquín también estaba allí.
– Era su esperma…
– ¡Oh, por Dios!
– Cris, yo sé que visto así suena horrible, pero nadie hizo nada con la intención de herirte. No habríamos podido soportar que te opusieras. Nos habría destruido.
– ¿No lo entiendes? No puedo verlo de ninguna otra manera. Vosotros me marcasteis la posición. Desde esa primera conversación que tuvisteis sin mí, en la que os nació el temor de que yo podría querer algo distinto. Ese fue el germen.

Marta no contestó. Sentada en el borde de la cama, su expresión era un anticipo de la derrota. “Tiene los pies tristes, nunca lo había notado”, pensó Cristina, fijando la mirada en la moqueta durante algunos segundos. Cuando volvió a hablar lo hizo tan bajo que a Marta le costó entenderla.

– Yo también tenía derecho. También era mío.
– ¿Lo habrías querido?
– ¿Sabes qué? Hasta el día de hoy no lo sé. No pude llegar al punto de saberlo. Me apartasteis para después volver a colocarme en el cuadro, como si no fuera a notar que algo se había roto y que lo habíais pegado con cola. Y era yo. Yo era el trozo que se había roto. Las cosas no funcionan así.
– Cris…
– No he terminado –cortó con sequedad-. Hasta estar con vosotros siempre había sentido que un sexo espectacular era sinónimo de una relación sana. Que no podía ser de otra manera. Pero también me quitasteis eso. Porque con vosotros tuve un sexo de puta madre, el mejor de mi vida, todo comunicación… ¿pero y fuera de la cama? Ni siquiera sabíamos eso los unos de los otros, qué futuro queríamos. Y fueron más de cinco años viviendo juntos.
– Hablas de “vosotros” como si fuéramos una unidad indivisible, pero ¿qué hay de ti? Apenas pusiste un pie en el hotel te follaste a Joaquín en el baño, y sin embargo a mí me sacas en cara cosas que pasaron hace años, en las que él también participó.
– No tenía intención de terminar hablando de estos temas. De hecho, no tenía intención de terminar hablando de nada esta noche- contestó Cristina con tono neutro, sin tener claro si interpretar ella misma su última frase como una invitación o como un cierre.

Marta se puso lentamente de pie y se dirigió a la salida. Al volver traía a Joaquín de la mano.

– Jan se fue a dormir, el muy canalla. Qué, ¿seguimos con la fiesta? -, preguntó él nada más entrar.
– Cristina nos vio salir de la clínica. Lo sabe. Ya lo sabía.
La sonrisa de Joaquín se esfumó. Cristina fue testigo de su salto, que si bien duró unos instantes lo llevó muy lejos. ¡Había tanto que escarbar y Joaquín era tan débil, tan conmovedoramente débil!
– Fue idea mía. Yo le pedí a Marta que no te dijera nada. Yo no lo quise tener.

Imagen silueta mujerNinguno de los tres se planteó entrar en festividades eróticas después de lo que habían hablado. Las palabras dichas se le sabían ido quedando pegadas al cuerpo como una lluvia fina pero persistente, y el silencio que al final lo coronó todo se esparció entre ellos como aire helado. Jan se había quedado dormido en unos de los sofás de la salita de estar y ahí lo dejaron. Sólo había una cama. Cuando se metieron en ella Cristina eligió el rincón, y se acurrucó dándoles la espalda. Marta se pegó suavemente a su cuerpo abrazándola por detrás. “Tienes que perdonarnos, Cris”, musitó Marta en su oreja. “Lo que teníamos no lo tenía nadie”.

Era cierto, al menos para Cristina. Aunque hubieran podido contar a gritos la verdadera naturaleza de su relación, seguiría habiendo algo que sólo ellos habían compartido, más allá de la complicidad que les daba ocultarse a casi todos. Entendió entonces su sentimiento de orfandad de los últimos años, entendió –y el descubrimiento fue como un desgarro en el estómago- que aunque siempre se había sentido apartada, nunca conocería la pertenencia más que por la sombra que le había dejado su relación con Marta y Joaquín. Cansada de todo, se entregó a su herida reabriéndose, y al hacerlo todo su cuerpo comenzó a relajarse.

Atenta a sus reacciones, Marta le pasó un brazo por el costado, poniéndole la mano sobre el vientre. Cristina tembló levemente al sentir su contacto e, inclinando la cabeza hacia su hombro izquierdo, le ofreció la curvatura de su cuello como si se tratase de una tregua. Marta aspiró suavemente el aroma del perdón y comenzó a pasarle las yemas de los dedos por el pelo.

– Nunca más te vamos a dejar fuera, de nada- susurró. Nunca más habrá secretos.
– ¿Tu padre…? – preguntó Cristina de pronto, soltando el pensamiento como un hipo.
– Ese sí que nos ha dejado fuera, del testamento y de todo- intervino Joaquín desde su orilla-. Pero no nos importa. Porque nos tenemos a nosotros, ¿no?
– Sí, nos tenemos a nosotros- contestó Cristina girándose hacia ambos. Entonces posó con suavidad sus labios en los de Marta, sintiendo que encontraba un rincón cálido y perdido de su infancia después de haber hecho un largo viaje a la intemperie.

corazones trioSe despertaron abrazados como en los viejos tiempos. Al salir de la habitación, se encontraron con Jan, vestido sólo con una toalla en la cintura, que los esperaba para desayunar. El hotel no había escatimado en manjares, y todos tenían un apetito voraz.

– ¿Habéis dormido bien?- preguntó Jan con una sonrisa cómplice en la cara.
– Fantásticamente- contestó Cristina sentándose-. ¿Alguien quiere un cruasán?

Comieron entre risas y bromas, con la luz de la mañana entrando por los enormes ventanales que Jan se había encargado de desnudar antes de que los demás se levantaran. Compartieron la comida de sus platos, se rozaron brazos y piernas, intercambiaron miradas significativas y gestos cómplices. Cuando había desaparecido hasta la última miga, Jan echó el cuerpo hacia atrás y con una gran sonrisa de satisfacción se dirigió a Cristina.

– ¿Entonces, te vienes con nosotros?

Como si hubiera pulsado un interruptor, se hizo el silencio. Cristina enfrentó su mirada a las de sus acompañantes y pudo notar como cada uno leía en sus ojos una cosa distinta. ¡Dios, quería ir con ellos, cómo lo quería!

– Dime una cosa Jan – preguntó con un deje de melancolía en la voz-. ¿Te gustaría tener hijos algún día?
– ¿Hijos?- respondió él confundido-. ¿Quieres tener hijos?
– No se trata de eso, quiero saber qué quieres tú. Y Marta, y Joaquín. No puedo hacerlo de otra manera.
– Cristina, lo hemos dejado todo por ti-, suplicó Joaquín.
– Ya lo sé. Todos hemos dejado cosas. Pero ahora es el momento de compartir las que tenemos. Así que te vuelvo a preguntar – replicó Cristina fijando la mirada en Jan- ¿Te gustaría tener hijos algún día?

El amor en los tiempos del látex (V)

Bath salt. Judy van der Velden. http://www.flickr.com/photos/judy-van-der-velden/8138047928/ (CC).– ¿Estás bien?

Sobresaltada, dio un pequeño respingo. No lo había sentido entrar. De espaldas a la puerta, estaba arrojando puñados de sales aromáticas en el enorme jacuzzi que presidía el cuarto de baño, totalmente atrapada en la descarnada -y a ratos absurda- batalla que sostenían sus pensamientos. Soltó el último de ellos, el que tenía más a mano.

– Son Marta y Joaquín, ¿sabes? Siempre habrá un punto impenetrable en ellos.
– No te equivoques Cristina, las personas cambian. Y Marta y Joaquín son personas, ¿no?

En lugar de contestar, abrió el frasco de aceite perfumado y vertió un chorro en el agua. Jan aprovechó la pausa para continuar hablando.

– Pero si hay algo que nunca cambió fue lo que sentían por ti. Nunca. Y yo… bueno, siempre me pareció que les faltaba algo, no estaban completos. Así que yo tampoco podía estarlo.
– ¿Fue tuya entonces la idea de ir a buscarme? –preguntó ella, incapaz de decidir si eso le gustaba o le producía tristeza.
– En parte. Joaquín fue el primero en hablar de ello, pero tenía miedo a tu rechazo. Yo creo que trataba de convencerse de que todo saldría mal para después no sentirse tan desilusionado. Marta en cambio se mostró más optimista. ¿Vas a rechazarnos Cristina?

Mientras hablaba él se había ido acercando hacia ella, hasta quedar pegado a su cuerpo. Ella no se movió. Jan le colocó las manos en las caderas con cautela y cogiendo la camiseta por los bordes comenzó a subirla, sin dejar de mirarla los ojos. Ella sostuvo su mirada y levantó los brazos.

Quitarle los pantalones le tomó un poco más de trabajo, ya que los vaqueros que llevaba eran bastante ajustados y sólo pudo bajarlos hasta la mitad del camino. Cristina intentó colaborar sacudiendo las piernas, pero terminó enredándose entre los brazos de Jan y los dos fueron a dar al suelo. Aprovechando la cercanía de sus bocas comenzaron a besarse con hambre, entre carcajadas y chillidos, haciendo tal escándalo que Joaquín asomó la cabeza.

– Vaya dos, ¿habéis empezado sin mí? Gringo cabrón, deja algo para los demás.
Be my guest –le contestó él poniéndose de pie sin hacerse problema. Yo estoy bien por ahora.
– Pero te quedas, ¿no?
– Claro. Si a Cristina no le importa.
– A Cristina no le importa- contestó la aludida entrando en el agua-. Pero antes me gustaría veros un rato. Para terminar de relajarme.

pareja_sexualidadMarta y Joaquín siempre habían sido -juntos- una fuerza de la naturaleza, un espectáculo que al primer contacto escupía colores incandescentes al frente a su mirada. Tal vez por eso nunca había terminado de sentirse partícipe, porque siempre le parecía que no estaba dentro del cuadro del todo, que de alguna manera profanaba un territorio cuya esencia reclamaba su dualidad. Algo se pervertía sutilmente con su presencia, que por muy activa que fuese -por ejemplo cuando le tocaba elegir o estar en control- no dejaba de ser la de una espectadora. Eso, al principio, no le ocurría estando con alguno de los dos por separado, pero con el tiempo el gran ojo observador del tercero ausente, ya fuera Marta o Joaquín, no dejó espacio para más, y lo que era una sensación vaga terminó transformándose en una incomodidad persistente. De ahí al miedo a ser despojada de todo sólo había existido un paso. Entre Joaquín y Jan, en cambio, existía una belleza más delicada y menos salvaje, que a Cristina le recordó a un mar en calma rozando la orilla con sus labios de sal. Algo en ellos invitaba a la inclusión. Cerró los ojos y se sumergió, llevándose a las perfumadas profundidades del jacuzzi la imagen de esos dos hombres tocando sus cuerpos desnudos y uniendo sus bocas para satisfacerla.

Seguía amando a Joaquín. Nada se había debilitado en ese sentimiento que se había negado de incontables maneras a desaparecer. Como gran triunfo, había conseguido despojarlo de visibilidad a lo largo de los años, pero no de sustancia, y supo entonces que siempre había estado allí, alimentándose de sus entresijos como una garrapata silenciosa. También supo que podría llegar a amar al gringo, porque más allá de sus enigmas y su laconismo había algo bondadoso en él.

Cuando se cansó de aguantar la respiración y resurgió de entre las aguas pudo ver a Jan paseando las puntas de sus dedos por la polla erecta de Joaquín. Cristina les hizo un gesto con las manos, invitándoles a acompañarla. Jan negó con la cabeza y se sentó en la taza del váter, echando el cuerpo hacia atrás. También él tenía una erección considerable, pero se limitó a acariciarse con parsimonia desde su improvisado punto de observación.

– De verdad que me apetece mirar.
– Mira entonces. Habrá tiempo para todo, no nos corre prisa- le contestó Joaquín uniéndose a Cristina.

Ella lo recibió con un beso húmedo, y la ausencia del gringo entre sus labios se coló por su garganta como un sabor más de los que le regalaba la boca de Joaquín, ligeramente amargo. Estuvieron así un rato, dejando que sus lenguas se buscaran entre jadeos y burbujas, hasta que ella se volteó para apagar el jacuzzi. El botón estaba sumergido, así que para alcanzarlo tuvo que acercar el pecho al agua y levantar el culo, dejando sus nalgas al descubierto. Joaquín soltó un silbido.

– Ya veo que estuvisteis jugando a los latigazos. Bonitas marcas las que te dejó Jan ahí. Pero bueno, no son profundas, así que no hay nada de qué preocuparse. En un par de días casi no las notarás.
– A Jan le va la marcha- contestó ella con una risita-. También tuvo lo suyo.
– Sí, ya me lo imagino.
– A mí también me va- continuó Cristina, girándose hacia Jan con una expresión de coquetería suplicante-. Y pocas veces se tiene una oportunidad como ésta. ¿Seguro que no te animas? Me encantaría sentir cómo me compartís.
– Créeme, ganas no me faltan, pero… es complicado de explicar. Digamos que creo que ésta no es la ocasión. Que os toca a vosotros. Además, no tenemos lubricante- resumió Jan con practicidad.
– Ya- concedió ella sin volver a mirarlo-. Como prefieras.

Dispuesta a dedicarle toda su atención a Joaquín, le indicó que se pusiera de pie al tiempo que ella se arrodillaba. Sacó la lengua y comenzó a lamerle la punta con movimientos pausados, hasta que sintió una humedad espesa y salada descender por su garganta, mezclada con un ligero gustillo a jabón y rosas. Como si con ello se le hubiera desactivado algún tipo de mecanismo que la sujetara, abrió la boca y se metió dentro todo lo que le cupo, teniendo cuidado de no rozar el grueso miembro con los dientes. Los movimientos se fueron acompasando y se hicieron más intensos. Joaquín soltó un gemido que  le llegó envuelto en el denso silencio de Jan. Más que excitada se sentía alerta, como si coronando todo el cúmulo de sensaciones que la habitaban estuviera la extrañeza que le generaba adquirir la sustancia de lo observado, producto de un complejo proceso de alquimia interna que no era capaz de desmontar, aunque sí lo era de darse cuenta de que sólo se producía gracias a la sigilosa presencia del gringo en el cuarto de baño. Antes de que sus pensamientos la sacaran por completo de la situación, Joaquín la alzó por los hombros  y la colocó mirando hacia la pared con los brazos en alto.

– Inclínate un poco nena, que ya no aguanto más.

Ella le obedeció y él la penetró con un movimiento certero, agarrándola con fuerza del pelo con la mano derecha. Tras unas cuantas embestidas profundas le soltó el pelo y le pasó la mano por delante, aprovechando la resbaladiza piel de su vientre para descender en un trayecto impecable hasta la entrada de su vagina. Al sentir el roce de sus dedos alrededor del clítoris Cristina cayó en una espiral aterciopelada que, pese a marcarle un camino claro, parecía contener el infinito. Perdió la noción del tiempo. Los escalofríos comenzaron a acumularse en su columna, y ya se preguntaba cuánto más podría aguantar cuando Joaquín la abrazó con  fuerza y liberó un bramido que pareció traspasar las baldosas de la habitación.

Cuando salieron del agua los esperaba Jan con dos toallas blancas de esas que parecían no haber sido utilizadas nunca. Al acercar la suya al cuerpo de Cristina la rozó sin querer y ella se estremeció soltando un ruidito irreconocible. Jan le regaló una mirada larga.

– La Cris no se ha corrido. Nunca ha sabido mentir con eso. Y yo no sé qué me pasó, pero me quedé muerto, tío. En serio, qué falta de solidaridad la tuya-, rezongó Joaquín.

Cristina se volvió hacia la pared ya que no le apetecía ser testigo de otra negativa. Además, si bien lo que Joaquín decía era cierto, no se sentía precisamente insatisfecha, y la situación podía solucionarse más tarde de alguna otra manera. “No necesito de la caridad del gringo, y mucho menos de su polla posiblemente homosexual”, se dijo, intentando con ese pensamiento infantil adelantarse a otra decepción.

Pero contrario a lo esperado, él se puso de pie con un movimiento enérgico y cogió el frasco de aceite y dos toallas más, que dejó sobre el piso. Adivinando sus intenciones, Joaquín extendió las toallas y colocó a Cristina a gatas en una de ellas, poniéndose él al frente en una posición similar. La estaba besando cuando Jan le vertió sobre la espalda un generoso chorro de aceite, que fue dirigido hacia la entrada de su ano con un movimiento certero. Ella comenzó a masturbarse aprovechando los regueros de aceite que le habían quedado alrededor de los labios. Concentrada en la tarea, lo sintió entrar como un cuchillo partiendo mantequilla.

Cada embate del gringo le agarraba la garganta como un puño candente, para repartirse después por todo su cuerpo en ondas de vértigo. Se dejó ir, borracha de su propia sustancia, abandonando cualquier control sobre la situación. Esperaba un orgasmo majestuoso, pero en cambio de encontró con un cúmulo de pequeñas explosiones, cada una con su textura propia, que se sucedieron en coletazos superpuestos que parecían no terminar. Después todo quedó en calma.

– ¿Y Marta? – preguntó Cristina rompiendo el silencio.
– Estará poniéndose cómoda. Ya sabes lo coquetas que sois las chicas.

Como si la hubieran convocado con sus palabras, Marta entró justo en ese momento y Cristina no pudo evitar fijar la mirada en las cuidadas uñas de sus pies, lágrimas ovaladas de un rojo furioso vertidas cual ofrendas sobre sus blancos y perfectos dedos. Llevaba un elegante camisón de seda negra, corto y ceñido al cuerpo, y se había quitado los adornos del pelo, que se derramaba libre sobre sus hombros y espalda.

– Estaba esperando que terminarais. ¿Os importa que tengamos un momento a solas Cris y yo? Podéis buscaros la vida por vuestra cuenta, no será la primera vez.
– ¿Qué pasa amor? ¿Te pusiste tímida de golpe? – le preguntó Joaquín con risa, pero sin poder evitar un deje de decepción en la voz.
– Piano piano querido. ¿Vienes Cristina?

La siguió, aunque hubiera preferido quedarse tumbada, disfrutando de los últimos coletazos de su orgasmo fragmentario. No sabía por dónde le iba a salir Marta aunque lo sospechaba, así que no las llevaba todas consigo. “Chicas –se dijo antes de cerrar la puerta de la habitación-. Esa necesidad que tienen de conversarlo todo”.

El amor en los tiempos del látex (IV)

imagen boda floresCuando llegó a la iglesia ya habían empezado a acumularse los primeros invitados en la entrada. No eran demasiados para los que se podían esperar en la boda de la hija del alcalde, pero aún así no pudo evitar sentirse extraña con sus vaqueros gastados y su camiseta de algodón abriéndose paso entre largos vestidos de fiesta, trajes lustrosos y tacones de infarto. La nave, salpicada de arreglos florales en blanco y lila, estaba decorada con exquisitez y evidente derroche. Se preguntó qué clase de insania temporal podría haber afectado a dos personas como Marta y Joaquín para estar dispuestos a prestarse a semejante farsa. Todo le pareció absurdo y empezó a sentirse asqueada y profundamente arrepentida de haberse dejado arrastrar por Jan hasta allí. Estaba a punto de escabullirse cuando alguien le tocó el hombro.

– Bienvenida, Cristina. Yo sabía que Jan lograría convencerte de que te unieras a nosotros esta noche. Sin duda es un chico con muchas habilidades-, le dijo Joaquín al oído en voz baja.

Ella no pudo evitar un estremecimiento al oír su voz, que le culebreó deliciosamente por la espalda durante unos instantes. Antes de girarse cerró los ojos, para atesorar ese sonido que en realidad nunca se había ido de ella. Se sintió más despierta que nunca y extrañamente calmada, como si de pronto hubiera vuelto a pisar un terreno familiar. Al mirarlo se dio cuenta que tampoco había cambiado mucho de aspecto: seguía siendo el mismo tío alto, desgarbado y moreno que había sabido acariciarle el cuerpo y el alma con esos maravillosos dedos de pianista. “¡Qué remedio! –pensó-. Vamos a ello”.

– Sólo estoy acá para cerrar las cosas de una buena vez por todas. Algo que vosotros hicisteis hace mucho, por lo que veo- contestó Cristina a modo de saludo.
– Yo no estaría tan seguro.
– ¿Ah, no? Pues a mí esta boda me parece sumamente simbólica.
– Esta boda es una farsa. El padre de Marta está muy enfermo y le ha dicho que quiere verla casada antes de morir, incluso llegó a insinuar algo acerca de su testamento. Pero en el fondo el viejo sabe cómo es su hija. Nunca ha querido reconocerlo, pero lo sabe. Lo que sí, no quiere que lo sepan otros.
– Aún así no lo entiendo.
– Nos pilló volando bajo. Fue justo después de una crisis, cuando creíamos que se iba. Al final, tampoco tiene tanta importancia. Las cosas no cambian realmente para nosotros.
– No, claro.
– ¿Cómo has estado, Cris?
– ¿Todavía tienes el piso frente al parque? – murmuró ella después de una pausa larga.
– Sí. Todo está igual que cuando te fuiste.
– ¿De verdad? ¿Con las hamacas colgando en el balcón?
– Sí. La tuya no la ocupa nadie.
– Ya.
– Extraño ver películas contigo nena. Tenías una cualidad casi infantil, un entusiasmo brillando en la mirada que no he vuelto a ver en otra persona. Siempre encontré fascinante observar el proceso que se gestaba en ti cuando estabas frente a una pantalla.
– Joaquín, no sé qué estoy haciendo aquí.
– Ese siempre fue tu problema, cuestionarse las cosas de más y disfrutar de menos. Qué importan las razones. Estás aquí y ya. Haz algo con ello.
– Felicidades.
– ¿Cómo?
– Por tu boda. Supongo que a eso he venido. A desearte toda la felicidad de mundo.

– ¿Y a mí? ¿También me deseas felicidad?

No fue Joaquín quien había formulado esa última pregunta, sino Marta, que había entrado en el edificio momentos antes sin que ninguno de los dos la notara. “Dios –alcanzó a pensar Cristina-. Está tan hermosa como siempre. O más”.

Imagen flores blancas

Cristina no sabía mucho de vestidos, pero alcanzaba a darse cuenta que el de Marta era espectacular y que le marcaba perfectamente esas curvas generosas que tanto recordaba. Tanto el vestido como los rubios y rizados cabellos de la novia estaban decorados con pequeñas florecitas blancas y moradas, a juego con los colores del lugar. Toda la seguridad que sintió frente a Joaquín se le esfumó en segundos. De pronto le pareció estar soñando, a tal punto se le antojó la presencia de Marta irreal: Una belleza del Renacimiento vestida de blanco furioso y con una sonrisa angelical en la cara. Cristina solía pensar que ofrecían un interesante contraste las dos, Marta como la perfecta y nívea madona y ella con su aspecto de adolescente eterna, su cuerpo fibroso y delgado y su pelo negro cortado a lo garçon.

Detrás de la novia, un grupo de invitados la seguía a cierta distancia, descolocados ante tamaña violación del orden natural de los acontecimientos. Ni siquiera se preocuparon de disimular los murmullos, que se podían oír claramente:

– “¿Pero el novio no debería haber estado esperando en la puerta?”
– “¿Qué hace Martita entrando antes de que toquen la marcha nupcial?”
– “¿Y esa quién es?”
– “¿Está en vaqueros? ¡Qué desubicada!”
– “¿No es la de la tienda que está frente al súper, la de los juguetes?”

Marta, sin perder la sonrisa y sin hacer caso a nada ni a nadie, se acercó a Joaquín y lo besó en los labios. “Jan me avisó. Le dije al chófer que volara”, le soltó en voz baja. A continuación, se giró hacia Cristina y extendiéndole los brazos dijo fuerte y claro:

– Ni un solo día he dejado de pensar en ti. No sabes cuánto he ansiado volver a verte.

Cristina no necesitó más. Embriagada de derrota decidió que no valía la pena resistir, que era una guerra inútil porque siempre tendría al enemigo habitando dentro. Abrazó a Marta, dejando que la pesada soledad que llevaba adherida a la piel como costrones invisibles se disolviera en el embriagador perfume que exhalaba el cuerpo de la novia.

– ¿Por qué te fuiste así Cristina?
– No podía más. Pensé que podía ser feliz, pero me estaba destruyendo.
– Nos perdimos en el camino, tú y nosotros, pero porque no sabíamos cómo hacerlo. Ahora intentamos no engañarnos, afrontar nuestros miedos y compartirlos de forma honesta. Aceptar que los celos son reales y que hay que lidiar con ellos, no esconderlos. Y aceptar también que nuestra forma de amar requiere generosidad. Mucha más generosidad de la que tuvimos. Jan nos ha ayudado mucho, ya verás.
– ¿Jan está con vosotros?
– Sí. Y contigo… si quieres.
– Pero os vais a casar.
– Como dice la Biblia, una palabra tuya bastará para salvarme-, le dijo Marta soltando una pequeña carcajada.
– ¿En serio? ¿Me estás diciendo que si te lo pido no te casas?-, preguntó Cristina sin una sombra de risa en la cara.
– No nos falta nada más que tú.
– Si os casáis no será lo mismo. No puedo participar en una mentira así, lo sabes, pero tampoco puedes pedirme que os detenga. Es demasiada responsabilidad.

Marta no alcanzó a contestar. Su padre la cogió bruscamente de un brazo, con una energía inesperada en un hombre de su condición física, mientras los invitados –ahora sí un buen grupo- soltaban un murmullo al unísono ante este nuevo giro de los acontecimientos.

– ¿Se puede saber qué está pasando?- preguntó el alcalde con aspereza a su hija.
– Creo que lo sabes papá. Lo intenté, pero ya no va a ser posible.
– No me puedes hacer esto. Piensa en los invitados. En la fiesta. ¡Joaquín, di algo, coño!
– Lo siento Manolo, pero estoy con tu hija en esto-, respondió el novio.
– Papá, te amo- dijo Marta poniendo suavemente la mano derecha sobre el hombro de su padre-. Pero no por eso voy a sacrificar mi felicidad. Hasta hace unos pocos minutos habría sido capaz de llevar a cabo esta puesta en escena, porque mi felicidad no estaba completa de todos modos. Pero ahora Cristina ha vuelto, algo que no creía posible, así que ya no puedo hacerlo. Espero que algún día me perdones.
– Hija, por favor, piensa lo que haces. ¿Acaso no estás enamorada de Joaquín?
– Claro que sí. Porque a su lado he aprendido que el amor no es restrictivo, que siempre puede transformarse en algo más grande. Precisamente porque lo amo es que estoy dispuesta a poner nuestra felicidad por encima de cualquier cosa, así que ahórrate tus chantajes, no van a servir de nada. Hemos esperado mucho este día los dos.

El silencio en la nave era absoluto cuando el grupo abandonó el edificio. Marta encabezaba la marcha, seguida de Joaquín y Cristina. Cerrando la procesión iba Jan, como si quisiera proteger a la integrante más reciente de cualquier perturbación ambiental que pudiera alterar su partida.

Cuando salieron a la calle una agradable brisa acarició los brazos desnudos de Cristina. Con el aire de la noche empezó a disiparse esa sensación de opresión que le había escalado por los hombros y el cuello dentro de la iglesia. Respiró con profundidad unas cuantas veces y sintió cómo se le llenaban los pulmones de libertad. Cuando abrió los ojos vio a los demás esperándola dentro del coche, una limusina absolutamente desproporcionada que ponía en evidencia el gusto del viejo alcalde por la exhibición un tanto anacrónica de su poder y su riqueza. Al ver abrirse ante sí el inevitable camino de su propio altar existencial, desprovisto de inútiles oropeles, Cristina se permitió unos segundos más de quietud, no para poner en duda su decisión, sino que para disfrutar de ese aroma único que desprende la felicidad aún no vivida, pero que comienza a despuntar. “Por eso la felicidad no dura. Porque huele a amanecer”, alcanzó a pensar mientras caminaba, pero antes de que el pensamiento la ensombreciera la alegre voz de Marta la sacó de sus cavilaciones.

– Chicos, tenemos que celebrar este reencuentro. ¿Qué os parece la suite presidencial? Ya está pagada de todos modos. De cualquier manera, mañana será otro día.

– Una idea fantástica- la secundó Joaquín, al tiempo que se giraba para dar instrucciones al chófer.

El gringo con el tatuaje del águila, Marta y Joaquín, la suite presidencial… Todo lo que la esperaba entre esas cuatro paredes se volvió de pronto sólido, tomándola por dentro como un gran puño comprimiendo sus entrañas. Terminó de meter el cuerpo en el vehículo y cerró la puerta intentando serenarse, hasta sentir como esa solidez se licuaba, incorporándose poco a poco a su torrente sanguíneo. Sonrió entonces por primera vez en mucho rato y se acomodó sobre el mullido asiento de piel, procurando que los demás no notaran la deliciosa turbación que comenzaba a esponjarse entre sus piernas. “Ah, por ese palpitar… lo que no haría”, se dijo enanchando la sonrisa. Lentamente bajó la ventanilla del coche, invitando a la noche a entrar en ella con todas sus sorpresas.

El amor en los tiempos del látex (III)

imagen látigo– Vaya vaya- dijo él sin demostrar el más mínimo desconcierto-. ¿No podrías haber elegido un látigo más pequeño? Parece un instrumento para domar bestias.
– Impone bastante por su tamaño, pero no pesa mucho, así que no es de los peores. Además, si vamos a hacer esto, hagámoslo bien. Digamos que me has despertado viejos recuerdos.
– Y los que aún faltan…
– A ver si sabes usarlo- lo desafió Cristina.
– No te preocupes, sabré pillarle el punto. Entonces qué, ¿eres una spankee? ¿Eso quieres? ¿Qué te azote el culo?
– Para empezar. Después quiero que sigas con el resto de mi cuerpo. Ya me entiendes, espalda, piernas, tetas. Las zonas que molan.
– ¿Intensidad? Porque veo que no estoy hablando con una aficionada.
– Media. Y digamos que antes era una persona bastante… experimental.
– ¿Y qué pasó?
– Dejé de sentirme motivada.

Mientras hablaban ella lo cogió de la mano y lo llevó a la entrada del almacén, donde su primo había instalado una barra fija para hacer flexiones de brazos en sus ratos de ocio, cuando aún atendía la tienda. Dos juegos de esposas (“¡a tomar por culo el presupuesto!”, pensó), unas aprisionando sus brazos y otras fijando el primer juego a la barra, fueron el improvisado anclaje que ideó su visitante en cuanto se hizo cargo de la situación. Ella se dejó, aliviada de que le hubiera adivinado la intención sin necesidad de más palabras. Se sentía casi vacía, incapaz de seguir exponiéndose frente a él de cualquier otra manera que no fuera con la docilidad de su carne. Probablemente él nunca hubiera podido adivinar la batalla que acababa de librar dentro de sí, los ardientes escombros que se habían removido y la enorme –y exigente- carga de sinceridad que había implicado un acto en apariencia tan simple como la elección de un juguete. No, no tenía cómo saber…

¡Plas!

En cuando sintió el primer mordisco –nuevamente él sabía lo que hacía: el chasquido besó su piel repartiendo la proporción exacta y perfecta de dolor en cada lado- ella cerró los ojos, para sumergirse en una oscuridad que la abrazó como una manta en medio del invierno. Proveniente de muy lejos, pero al mismo tiempo de su interior, el sonido de las hebras al disputar su trayecto con el aire fue adquiriendo una belleza casi musical, estallando en ella con alegría sedienta. “La horrible alegría de despertar, de saberse vivo”, pensó, gimiendo por primera vez. Realmente el gringo le había cogido el puntillo: Ni demasiado fuerte como para volverse intolerable ni demasiado “vainilla” como para quedarse frustrada. Aunque a decir verdad, la tarde ya había superado con mucho sus expectativas.

– ¿Quieres que pare?
– Ya te dije lo que quería- le contestó con voz ronca.
– Perfecto. Sólo me estaba asegurando.

Le dio una decena de latigazos más en el culo, esta vez bastante más despiadados que los anteriores, y ella recordó por qué la mayoría de la gente no comulgaba con el dolor a la hora de buscarle una vertiente erótica: porque dolía. Claro que había más, pero eso no dejaba de estar ahí, coronándolo todo.

Cuando estaba a punto de gritar porque la sensación se volvía insoportable, él se detuvo, le abrió las piernas y le dio varios golpes suaves en el clítoris con la palma de la mano, seguidos de uno rápido y despiadado que la pilló desprevenida por su intensidad. Más que el destello seco del martirio que habían soportado sus nalgas, sintió como si le hubiera explotado entre las piernas un panal hirviente de abejas, e hilillos húmedos comenzaron a descender por la parte interna de sus muslos. Él continuó con latigazos en la espalda, incrementando gradualmente la fuerza de sus golpes, y cuando ella volvió a sentir que había alcanzado el límite de lo soportable el repitió la fórmula anterior, aunque ésta vez usó las puntas superiores del látigo para golpear su clítoris, dándole tres golpes fuertes en lugar de uno. “Por favor, no más”, suplicó ella, sintiendo que perdía la batalla contra las abejas furiosas que removían su sangre palpitante, y entonces él le atravesó los dos pezones de un solo movimiento, certero y terrible, y dejó el juguete en el suelo, dándole unos segundos de descanso.

– Suéltame.
– Todavía no. Hay algo que quiero probar.

imagen látigo 2Poniéndose de rodillas frente a su cuerpo cautivo le besó los vellos del pubis y ella se retorció, estremeciéndose en la mezcla de placer presente y anticipado. Como si hubiera sido una invitación, él le abrió suavemente los labios con las manos y comenzó a lamer su entrada con gula contenida, hundiendo cada tanto la lengua todo lo que podía en su interior. Con cada embestida crecía en ella la sensación de inevitabilidad, y pequeños estremecimientos agitaban la parte baja de su vientre y espalda para subir por su columna, convertidos en éxtasis caliente y líquido. No hizo falta mucho más. Al darse cuenta, él aumentó la potencia de sus succiones y movimientos, hasta que sintió el orgasmo salado y acuoso de ella derramarse en su boca.

Una vez liberada de su prisión temporal, Cristina se tumbó en el suelo y se quedó allí un par de minutos para terminar de desmigajar su disfrute. Cuando abrió los ojos él se había ido. Confundida, se incorporó y se quedó de pie, sin saber qué hacer, hasta que oyó su voz proveniente de la zona de los expositores:

– Estoy aquí, eligiendo mi juguete.

Había olvidado que era su turno de darle placer. En ese momento se dio cuenta de que lo había olvidado casi todo de hecho, incluso las capas que tenía que ponerse para ser la Cristina de los últimos tiempos, como si ese fuera el precio que se le había exigido pagar a cambio de recordar que su cuerpo estaba vivo. El breve camino que recorrió hasta donde él estaba le hizo pensar en los primeros pasos de un hombre en la luna.

– ¿Ya lo tienes?
– Sí, desde un principio sabía cuál elegiría. Sólo quería asegurarme de coger el modelo adecuado.
La sorpresa la hizo arquear las cejas.
– ¿En serio? ¿Un strap-on?
– Dijimos que no íbamos a juzgar.
– Oh, no juzgo. De hecho, celebro tu versatilidad.
– Me alegra oír eso. Aunque mucho me temo que tendremos que añadir otro producto a la lista de pérdidas de esta tienda.
– Mmm… ¿lubricante?
– Chica lista.
– De silicona, ¿no? Porque al agua se seca…
– Exacto. Dicen que hay uno que se vende mucho, el del bote negro. Me lo recomendó una vendedora que conocí hoy, una chica adorable.
– ¿En serio? Pensé que habías dicho que era una borde.
–  No sé de dónde sacas semejante barbaridad. imagen silueta

Cabalgar al gringo fue como montarse en una de las atracciones de la feria del pueblo, algo liberador y revolucionario a un nivel más allá de lo corpóreo. Él había tenido la gentileza de escoger un arnés con dos dildos, uno para penetrarlo a él y otro más pequeño para darle placer a ella mientras se movía. Se corrió un par de veces más en el proceso, en dos orgasmos que fueron como dos zarpazos, y cuando el roce del juguete se le volvió difícil de tolerar se quitó el arnés y continuó manejándolo con la mano, aumentando la profundidad de sus penetraciones. Con cada nueva embestida el gringo rugía, las manos clavadas en la moqueta, los omóplatos buscándose y la espalda arqueada. Ella aprovechó su mano libre para acariciar los contornos de su águila en movimiento, y él comenzó a masturbarse con furia. El chorro que emergió altivo de su interior se estrelló contra un ejemplar de “Las edades de Lulú” que una clienta había dejado fuera de sitio por la mañana. Cristina sonrió. Otro libro que debería estar en el exilio. Y su primo que seguía sin enterarse el pobre, qué desfasado…

Sólo cuando él la besó, ella se dio cuenta de que hasta entonces no lo había hecho. Sabía a galletas de miel y a placer regurgitado, y ella tragó profundo para atesorar ese resabio a refugio que le regalaban sus labios. El beso fue largo y codicioso. Después se vistieron en silencio.

– Estuvo exquisito, Cristina. Realmente exquisito. Espero que te queden energías porque hoy nos vamos de celebración.
– Espera un minuto. Yo no te he dicho mi nombre. ¿Cómo lo sabes?

El silencio, cargado de respuestas posibles, la golpeó como una bofetada seca. Él no apartó los ojos de ella ni perdió la sonrisa.

– Vine a buscarte para llevarte a la boda. Te están esperando.
– ¿Me están esperando? ¿Quiénes?
– Marta, Joaquín… bueno, y yo. Te estamos esperando.
– ¿Marta y Joaquín? ¿Tú qué sabes de ellos? ¿Quién coño eres?
– Me llamo Jan. Aunque otra forma de verlo sería decir que soy la nueva Cristina.
– No entiendo. Me vas a explicar ahora mismo o…
– Sí, si entiendes. ¿Nos vamos?

El amor en los tiempos del látex (II)

velas

Esperaba esposas, consoladores, vibradores de esos que acojonan… Por eso cuando lo vio coger una vela de masajes no pudo evitar sentirse algo decepcionada. Tal vez había cedido demasiado pronto, dejándose llevar por una sensación poderosa, pero efímera, de que su vida estaba a punto de desmoronarse para erigirse sobre cimientos frescos, y que si no saltaba no volvería a tener otra oportunidad. Malditas oportunidades. Costaba tanto dejar de ansiarlas, y tan poco volverlo a hacer. Aún así se resistía. Hacía tiempo que su soledad había dejado de ser una opción para convertirse en el estado natural de las cosas, pero por triste que fuera constatar ese hecho, lo cierto es que había llegado a sentirse bastante cómoda dentro de los confines de un universo habitado sólo por ella. ¿Y si daba ese salto fuera de sí misma sólo para descubrir que había dejado su refugio por una quimera? O peor aún, ¿si volvía a caer? ¿Valía la pena el riesgo? Quiso decirle que todo había sido un error, que se fuera, pero se sintió invadida por una vergüenza incapacitante, acompañada de una vaga sensación de estar en deuda con el desconocido que había estado hurgando entre las estanterías de la tienda.

– Sé que no es lo que te esperabas, pero algunas ocasiones hay que tomárselas con calma. Y a algunas personas también. Como a tí –explicó él al notar la expresión en su rostro.
– Lo dices como si me conocieras.
– ¿Qué te parece si te desnudas y te tumbas ahí? –le contestó, al tiempo que señalaba un pequeño sofá sin respaldo ubicado junto a la entrada de la tienda.

Extrañada de sí misma,  comenzó a quitarse la ropa casi en cuanto oyó sus palabras. Había algo de ceremonial en el momento –los recuerdos de la última vez que se había desvestido frente a otra persona tenían ya en su cabeza un tono sepia – al mismo tiempo que era dolorosamente consciente de su sexualidad oxidada. Quería parecer natural, pero sabía que esforzarse en ello resultaba paradójico, que la naturalidad radicaba precisamente en la falta de esfuerzo. Aún así intentó impartir una cierta lentitud a sus movimientos, pese a que su visitante no parecía demasiado interesado en el proceso. Otra pequeña decepción.

Se tumbó e intentó relajarse, esperando sentir unas manos sobre su piel, pero en vez de eso lo que sintió, tras un par de minutos de espera, fue un chorro de cera caliente que le mordió la espalda sin aviso. El dolor, aún así tolerable, se repartió en ella como una estela y la hizo arquearse, aunque no se quejó. Una sensación vaga parecida a un recuerdo, en la que parecían mezclarse todas las formas y sabores que alguna vez había conocido, bailó frente a sus ojos cerrados, para disolverse luego entre las poderosas manos de su visitante, que había comenzado a extender la cera con movimientos lentos pero profundos. Sabía lo que hacía, eso le quedó claro desde el principio.

Pese a la sorpresa inicial, los primeros –largos- minutos la hicieron sentir increíblemente relajada. Casi llegó a olvidar dónde estaba y con quién, tal era el estado de semiinconsciencia fetal que estaba alcanzando gracias a la pericia de sus manos. Nada existía ya, salvo el vaivén hipnótico de sus dedos y el aroma a vainilla que inundaba la estancia. Vaciada de todo, dejó de reprimir sus manifestaciones de placer, y pequeños gruñidos empezaron a salir de su garganta, más intensos mientras él más se alejaba de su espalda. Los roces en la zona inferior de su cuerpo abandonaron su apariencia de casuales para convertirse en exploratorios, internándose cada vez más en las profundidades ocultas de sus nalgas. Antes de que hundiera la mano del todo se giró hacia él. Quería probarlo. Y sobre todo, después de tanto tiempo, quería probarse.

Él supo en seguida lo que pretendía hacer, porque se incorporó y se desabrochó el cinturón sin poner reparos. Cristina se arrodilló frente a él y dejó que sus papilas se familiarizaran con el sabor de sus fluidos, lamiéndole suavemente el glande con la lengua.  Le pareció que sus labios se volvían más elásticos, expansivos, y comenzó a abrazar con ellos su miembro. Él gimió y le clavó las puntas de los dedos en los hombros. Ella pensó en un bebé siendo amamantado por su madre y sonrió, sin soltar el trofeo que tenía atrapado entre los dientes. Intensificó los movimientos, sintiendo que repercutían sobre ella bajo la forma de una lengua invisible que esparcía fuego en sus entrañas.

Lo habría dejado correrse en su boca, si bien se habría partido de la risa si alguien en la mañana le hubiera sugerido la posibilidad de que terminara su jornada dejando que un extraño se corriera en su boca. Sin embargo, él la detuvo antes, levantándole el mentón con delicadeza.

– No es que no esté disfrutando pero también quiero sentirte de otras maneras. Y no tenemos tanto tiempo.
– ¿No?- contestó ella, sin ni siquiera tomarse la molestia de esconder la decepción en sus palabras.
– No. Así que te propongo un trato.
– A ver…
– Tú elige un juguete, el que más morbo te dé, y yo lo uso contigo. Y después es mi turno de hacer lo mismo, elegir uno para que juegues conmigo. ¿Te parece?
– Me parece. Aunque después igual voy a tener que pagar lo que usemos. Así que no te pases, ¿vale?
– Qué graciosa eres. Probablemente mañana no estés aquí, así que deja de preocuparte.
– ¡Hostias! ¿Y eso qué significa? ¿Eres un sicópata violador y vas a matarme?
– Jaja, vaya fantasías las tuyas.
– En serio. ¿Por qué has dicho eso? ¿Eres un sicópata?
– No. Soy el hombre que cambiará tu vida. Aunque cambiar no siempre sea ir hacia delante.
– Eres muy pretencioso, gringo. Y hablas raro. Elige tu juguete mejor.
– Tú primero. A ver si me sorprendes.

Su impulso inicial fue ir hacia las vendas y las esposas, pero la última frase de él le había sonado a desafío y, aunque intentó que eso no la condicionara no pudo evitar sentir que algo se empañaría si aparecía frente a él con unos artículos tan clichés. Además quería poder mirarlo. Hace rato que su cuidado aspecto físico había dejado de parecerle irritante y había abdicado frente a los evidentes –pero no por ello menos efectivos- encantos del hombre que tenía frente a sí. ¿Un vibrador? Para qué, ella ya tenía un par en su cajón, y lo que estaba deseando era tener una polla caliente y palpitante entre las piernas. Mentira, su polla. No podía dejar de sentirse sorprendida por la manera vertiginosa en que se había creado dentro de ella esa necesidad que antes ni existía ni tenía intención de hacerlo, como si una roca pudiera nacer del aire.

Los juguetes anales fueron descartados ante la imposibilidad de darse una ducha, así como las bolas chinas, porque era otra cosa la que ella quería tener ahí dentro. Indecisa, se puso de pie y se dio un par de vueltas por la tienda, cogiendo algunos juguetes y volviéndolos a dejar en las estanterías, sintiendo que la responsabilidad la ahogaba con su abrazo invisible.

– Me parece a mí que piensas demasiado las cosas. Coge el que quieras, sin peros. El que realmente quieras. Sobra decir que no voy a escandalizarme.

Sus palabras, aunque no dijo nada extraordinario, fueron como dos puertas abriéndose. El camino ya lo había transitado antes, así que esta vez no se perdió. Fue directo hacia la pared central y lo descolgó con docilidad adelantada, saboreando los negros destellos de sus recuerdos. Después se dirigió hacia su improvisado verdugo, y extendiendo los brazos le presentó su elección. Él le devolvió una sonrisa encantadora y torcida.

El amor en los tiempos del látex (I)

sex shop juguetes

Tomar aire, subir la reja, abrir la puerta –dos vueltas, llave grande, llave pequeña-, desconectar la alarma, poner la calefacción, colgar el bolso y la chaqueta, encender el ordenador, expulsar aire…

En cuanto comenzaba el ritual su boca se llenaba de un sabor a monotonía y polvo que variaba sutilmente según el día de la semana: Los lunes venían con un regustillo a albarán, los martes a limpiacristales, los miércoles al cartón de las cajas del pedido… El sábado era el único día en el que sus tareas se limitaban a la atención de clientes (su primo finalmente había aceptado que ajustara las labores a la afluencia de público), y con el tiempo se había dado cuenta de que era el día que más odiaba de todos: imposible de fraccionar, inconquistable. Como su soledad.

Hace algunos años, ni tantos ni tan pocos, había ansiado los domingos. Ahora no ansiaba nada. Recibir el sueldo le producía una especie de calma, un sentimiento que alcanzaba a reconocer como bueno pero que no llegaba a producirle ni la sombra de ese arrebato que se veía en los rostros de algunos clientes cuando, por ejemplo, compraban un juguete. Ella misma había aprovechado en varias ocasiones su descuento de dependienta para adquirir cosas en la tienda, pero casi elegía siempre libros, o como mucho algún vibrador de los convencionales. A veces  se entretenía curioseando entre los artículos más bizarros, pero era una curiosidad tibia, casi larvática. No es que tuviera reparos morales, es que no le alcanzaba el entusiasmo. Y sin embargo podría haberse llevado lo que hubiera querido. No ganaba un gran sueldo, pero dinero no le faltaba: como no tenía hijos y su vida social era casi inexistente, sus gastos eran mínimos.

Su primo era tan cutre como el nombre que había decidido ponerle a la tienda –Sexymundo- pero no tenía más familia que él, y además era el único que le había ofrecido un trabajo cuando había regresado al pueblo. Y además sabiendo que no iba a brillar en el ejercicio de sus funciones. No destacaba por su don de gentes, y si bien hubo una época en el que se había considerado una persona sexual, hace tiempo que había perdido el interés en el intercambio de teléfonos y fluidos. Afortunadamente, a los clientes poco les importaba todo eso. Antes de Sexymundo nunca había existido un sex shop en el pueblo, y los fisgones tardaron poco en superar la incomodidad que les producía su expresión adusta para animarse a comprar algo más que lubricantes y condones.

Pero ese sábado la tienda había estado prácticamente desierta, sobre todo por la tarde. Estaban casi todos en sus casas o en las pocas peluquerías de la zona, preparándose para el matrimonio de Marta, la hija del alcalde. Cristina había hecho todo lo posible por no enterarse de los detalles, pero al final había resultado inevitable, después de todo se trataba del gran evento social de la temporada y todos hablaban de ello. Además, nadie en el pueblo sabía lo que había pasado entre ellas cuando compartieron piso en la ciudad, y mucho menos del papel que había jugado Joaquín –el novio- en toda la historia, así que no se cortaban en su presencia a la hora de celebrar la felicidad de la encantadora pareja.

De cualquier manera Cristina no quería recordarlo. Sólo quería que pasara rápido la última hora, cerrar la tienda y meterse a la cama con un té caliente y un Diazepam meciéndose entre sus venas.

– Perdona, ¿me recomendarías esto?

Se giró esperando ver al típico adolescente baboso con cara de no enterarse de nada, pero en vez de eso se encontró con un hombre adulto correctísimamente vestido de traje y con un enorme tatuaje de águila asomándose por el cuello. “Qué asco de tío. Seguro que estará acostumbrado a conseguir todo lo que se propone con esos ojos y esa sonrisa. Qué le den”, pensó en cuanto lo vio.

Le resultó desagradable de entrada probablemente por esa sonrisa que parecía decir “soy increíblemente guapo y lo sé”. El tío más guapo que había visto en años de hecho. Parecía un superhéroe sacado del universo de Marvel, un dios nórdico de espaldas anchas y brazos contundentes al que sólo le faltaba el martillo. O un hacha. No era del pueblo, así que probablemente estaba allí por la boda. Peor aún.

– Eh, te estoy hablando.
– Sí, ya te oí.
– ¿Y entonces?
– Y yo que sé. Es cuestión de gustos, ¿no?
– Claro, siempre es cuestión de gustos, pero algo me podrás contar sobre él. ¿Cómo funciona? ¿Tiene distintas velocidades? ¿Qué hace?
– Le das al botón y vibra. ¿Algo más?

Pensó que se iría, o que por lo menos le regalaría alguna mueca reprobatoria, pero nada. Parecía más intrigado que enfadado, aunque algo en sus ojos le hizo intuir que no se encontraba precisamente frente a un hombre que pudiera catalogarse como bonachón. Sostuvo su mirada durante unos segundos, sintiendo cómo su sangre se despertaba y empezaba a zumbar en oleadas suaves. Le pareció que su piel se volvía transparente y que él se enteraba de todo. Enrojeció.

– Me gustaría llevar un lubricante, un bote grande. De silicona eso sí, porque al agua se seca muy rápido. ¿Cuál es el mejor que tienes?
– No sé, no uso –contestó, y la invadió una necesidad urgente de que ese hombre desapareciera de su vista. Quería llorar, abrazarlo y abofetearlo, todo de golpe y sin saber por qué.
– ¿No uso? ¿Qué clase de respuesta es esa?- preguntó él, ahogando una carcajada.
– Te puedo decir el que más se vende, pero no tengo idea de si es el mejor. Es el del bote negro, en esa estantería. ¿Algo más? Tengo que hacer caja.
– No estoy muy seguro de atreverme a preguntar nada más. Dejas bastante que desear como vendedora, por no decir directamente que eres una borde.
– Perdona, yo a ti no te he insultado ni te he subido el tono.
– Ni falta que hace. Tu actitud lo dice todo. Y tu cuerpo
– ¿Qué dice qué?
– Lo sabes muy bien.

Se fue sin comprar nada, dejándola con la réplica atravesada en la garganta. Pasó media hora larga, en la que sólo entró una pareja de lesbianas maduras preguntando por la trilogía de las Cincuenta Sombras. ¿También ellas leían esa basura?”, exclamó para sí, malhumorada. Les dijo que los libros estaban agotados y que probablemente llegarían pronto, aunque sabía que eso no era cierto. Llevaba semanas sin incluirlos en el albarán de pedido, simplemente no podía soportar la idea de vender otro y contribuir, de la forma que fuera, a su difusión. Total, su primo sabía tanto del stock de la tienda como de física cuántica, así que podía permitirse pequeñas licencias como esa de tanto en tanto.

Los siguientes minutos los dedicó a limpiar los látigos en exposición, pero no por encima y con la bayeta como de costumbre. Lo hizo con dedicación y sin prisa, con movimientos casi amorosos, pasando un algodón empapado en quitaesmalte (el primer líquido que encontró) por cada mancha o zona pegajosa que iba apareciendo entre tiras y cerdas. Cuando no quedaban más látigos que limpiar volvió a mirar el reloj. Menos cinco ya. Sabía exactamente cuánto dinero había en la caja, ya que ese día sólo había vendido un disfraz de enfermera y tres paquetes de preservativos, así que decidió salir a fumarse un cigarrillo antes de apagar el ordenador y cerrar. Estaba agachada, buscando la cajetilla que se escondía en alguno de los rincones imposibles de su bolso, cuando escuchó las campanillas de la puerta. Sin incorporarse, soltó un desabrido y mecánico “estamos cerrando” y siguió hurgando entre sus cosas.

– ¿Estamos? Aquí no hay nadie más que tú.

Nunca lo había visto antes de ese día, y sin embargo su voz le sonó poderosamente conocida. Se incorporó con un brinco nervioso y se giró, sabiendo perfectamente lo que se iba a encontrar al frente. La violenta sensación al verlo, una especie de alegría comprimida e incómoda, se le inyectó entre las piernas, y los músculos de la pelvis se le contrajeron sorprendidos.

– Ya, bueno, estoy cerrando. Puedes volver el lunes. En la semana estamos hasta las ocho y media.
– No lo creo.
– ¿Cómo dices?
– Eso de irme. Que no lo creo.
– No tienes nada que hacer aquí. Como te dije, estoy cerrando.
– En primer lugar quería disculparme. Te he llamado borde y no me has dado esa confianza. Eso no estuvo bien.
– Vaya. Gracias.
– Espera, que no he terminado. Porque si bien corresponde que me disculpe por llamarte borde no quita que te hayas portado como tal.
– Pues lo estás haciendo de nuevo. Menuda disculpa.
– O como una maleducada, si prefieres que sea más fino. Y estarás de acuerdo conmigo en que esa no es manera de tratar a un cliente. Tendrías que ser más amable.
– ¿O si no qué? ¿Me vas a poner una hoja de reclamación por mirarte feo? -, le replicó con un tono nada amable.
– Está claro que eso no te asusta, o no irías por la vida tratando a la gente con tanto… esmero. No, iba a decir que comienzas a parecerme un desafío. ¿Cuánto tendría que esperar para verte una sonrisa? Aunque sólo sea para comprobar que tienes otra cara, y que no te levantas y te acuestas todos los días con esa de culo que te has puesto hoy. Ten cuidado, o se te va a quedar pegada para siempre.
– Ahora eres tú el maleducado, así que te pido que te vayas. Además tengo que cerrar, ya es tarde.
– ¿O si no qué? ¿Me vas a poner una hoja de reclamación por atrasar 10 minutos tu hora de cierre?

Se lo dijo con una sonrisa canalla, en tono de broma, pero con esa espesura que tienen las bromas de los que están acostumbrados a ganar. Volvió a sentirse irritada por la descarada exhibición de sus encantos, por ese aplomo sin mácula que parecía no costarle esfuerzo. Debía tener alguna fisura, cualquiera. Desconcertada, decidió probar con un cambio de giro y jugársela con la carta del sufrimiento femenino, a ver si así conseguía desarmarlo, o al menos incomodarlo, con eso.

– ¿Sabes qué? Tienes razón. Te pido que me disculpes. No estoy teniendo un buen día, para nada-, dijo con voz suave, dejando escapar un suspiro perceptible pero no demasiado evidente.
– Eso puede cambiar. Siempre puede cambiar, depende de tí- contestó él, sin que la más mínima sombra de compasión se asomara en sus ojos. Parecía más bien divertido.
– Uff, no estoy como para que me suelten el discurso del vaso medio lleno, hoy no. Precisamente hoy no. Pero tampoco quiero aburrirte con mis dramas. Quiero decir, apenas te conozco y tampoco se trata de largarse a hablar con cualquiera.
– Te lo agradezco. Hay desahogos mucho más interesantes que hablar.

¿Te lo agradezco? ¿Qué coño se había imaginado el gringo de los cojones? Tuvo que echar mano a toda su disciplina interna para revestir su irritación de indiferencia. Una sonrisa levemente sicópata se le quedó pegada en la cara.

– ¿Ya sabes lo que te vas a llevar?- le preguntó
– Oh, lo he pensado bien y no creo que necesite llevarme nada en este sitio.
– ¿Me estás tomando el pelo?
– Por supuesto que no. Aquí hay artículos muy interesantes, eso no lo discuto. De hecho, ya tengo fichados algunos. Sólo que no voy a llevármelos, ya que pienso utilizarlos sin sacarlos de esta tienda.

Fidelidad

Fidelidad. Una palabra enorme de cuatro sílabas que nos atrinchera, nos violenta, nos desconcierta, nos acuna. Un mandato, un yugo en ocasiones, un pacto de voluntades. Muchas veces una mentira. Una ilusión que nos tranquiliza…fidelidad

Nos recuerda el científico Pere Estupinyà de la importancia de diferenciar entre fidelidad y monogamia. “La monogamia es natural, la fidelidad no”, explica. La frase, de puro contundente, es como un chorro de claridad. Y continúa: “¿Es natural desear sexualmente a otra persona a pesar de estar felizmente enamorado?, ¿o lo que no es natural es tener relaciones de manera exclusiva siempre con la misma pareja? Bueno, por lo menos en el mundo animal, monogamia e infidelidad no están en absoluto reñidas”.

Para dibujar mejor la idea, Pere nos cuenta de los titís y sakis, unos monos que “tienen la monogamia impregnada en los genes”, pero aclarando que “una cosa es la monogamia social y otra la sexual. La primera es entendida por la naturaleza como el instinto de establecer un núcleo familiar y defender un territorio en aquellas especies cuyas crías requieren el cuidado de ambos progenitores. Por otro lado, la monogamia sexual [lo que nosotros consideraríamos ‘fidelidad’] consiste en mantenerse sexualmente fiel y desestimar la opción de procrear con una hembra receptiva o un macho con mejores genes. Esta monogamia sexual no tiene mucho sentido evolutivo, y de hecho es extrañísima en el mundo animal. Desde luego ningún primate, salvo los humanos, la practica”.

Seguro que hay más humanos que animales siendo “monógamos sexuales”, vale. ¿Pero cuántos de ellos lo son a gusto? ¿Cuántos no han estado “por los pelos” de caer en la tentación? ¿Y cuántos caen una y otra vez mientras mantienen una fachada ejemplificadora, escindidos en dos existencias que no se tocan? Y eso por no hablar de los arrepentidos, los que arrastran su engaño como una losa, convirtiendo sus orgasmos culpables en podredumbre del alma.

¡Cuánto desperdicio, cuánta falta de disfrute!

orgía¿Tengo yo la clave? Por supuesto que no. Durante un tiempo pensé que el tema se circunscribía a un problema de falta de madurez existencial, que la raza humana –siguiendo el camino “correcto” – evolucionaría hacia comunidades poliamorosas, todos revueltos y felices como lombrices. Claro, el panorama en mi cabeza se dibujaba con bastante menos ingenuidad que la que planteo aquí, pero esa es más o menos la idea.

Otra opción sería la de nuestros amigos titís y sakis: una sociedad de familias “tradicionales” (parejas –de cualquier condición sexual- que viven juntas, tienen relaciones estables y crían a sus hijos de forma colaborativa), con escarceos amorosos libres y a tutiplén. O sea, cuando te aburre lo que tienes en casa sales a cenar fuera, y cuando te hastías de tanta cocina de chef vuelves a tu cocina de siempre, por una humeante y reponedora cazuela. O visto de otra manera, sería algo así como respetar la figura de la infancia del “mejor amigo”, que es siempre el primero al que se invita a todo, pero teniendo otros amigos que nos hagan felices.

familias alternativasPero nein. Porque si bien una parte del plan funcionaría de maravillas (yo con todos), el otro hace aguas por donde se mire (“mis” todos o alguno de mis todos con todos los demás). ¿Egoísmo? Tal vez, pero también ciencia. “Sí es natural sentir deseo sexual y amor sincero por varias personas a la vez, y quien haya tenido un amante puede dar fe de ello, pero aceptar que ellas también lo sientan por otros no forma parte de la lógica interna de nuestro cerebro”, reflexiona Estupinyà.

Ahora, tanto como tira la ciencia tiran los hábitos, y ahí la cosa no mejora mucho. Llevamos siglos poniendo como base de la sociedad la familia tradicional y el matrimonio (una figura que se resquebraja a pasos agigantados, si bien es de justicia agregar que algunos aún resisten, dotando a la institución de su más bello sentido), y con ello repitiendo las mismas frases gastadas, las mismas fórmulas de engaño y autoengaño con ligeros cambios propios de cada época. Hoteles y moteles; segundos móviles; cuentas de correo secretas; relaciones cibernéticas; hijos ocultos; romances de oficina, de verano, de viajecillo… Todo ello mientras intentamos seguir convenciéndonos de que a nosotros sí que nos va a resultar, de que podremos regar la flor de la pasión con el cemento de lo cotidiano y mantenerla viva.

Yo me pregunto: ¿Vamos a aprender algo alguna vez? ¿Hasta cuándo insistimos en engañarnos, en repetir comportamientos que nos dañan? ¿Por qué tenemos que mentirnos unos a otros de maneras tan burdas, tan patéticas?

– Ya no la amo, pero no se lo digo para no causarle dolor.
– Mentira. No te importa causarle dolor. Lo que te importa es no ser testigo del dolor que causas.

No, no creo en la fidelidad. Hasta la ilusión más linda se gasta, cuando no se rompe de golpe. Obviamente estoy muy lejos de proponer una fórmula redonda, no vayáis a pensar que tengo el tema resuelto, más bien todo lo contrario. Cada vez que le doy vueltas termino hecha un caos. Pero sí sé una cosa. La fidelidad que yo espero es la honestidad, y si dejo de creer en ella dejo de tener fe en el ser humano. Que no me prometan mañanas porque eso nadie lo tiene entre sus manos, pero que sí me ofrezcan verdades. Es justo que uno sepa qué terreno pisa para saber si lo quiere seguir pisando, si sabe ser feliz con lo que realmente se le está ofreciendo. Enfrentar con honestidad cualquier cambio en las condiciones del “pacto” que se hizo con otra persona (ya sea de exclusividad o de otro tipo), con el añadido de que esa persona te ha entregado su confianza y está compartiendo su vida contigo, es de mínimo respeto. Claro que se arriesga mucho, y para ello se requiere valentía, pero como la requiere cualquier acto de amor. Pero lo contrario no deja de ser un acto de violencia, de alguna manera una violación a la libertad de la otra persona, se justifique como se justifique.

PD1: Estupinyà se ha convertido en un “sospechoso habitual” en mi blog, lo sé, pero es que estoy pasando una etapa ‘Pereadictiva’  que tendréis que saber perdonar. O sea, de que el tío sabe, sabe, y además de que lo explica de puta madre… me pone! :p Así que ya podéis esperar un post más completito sobre su último libro en un futuro no muy lejano, jeje.

PD2: Soy consciente de que me he dejado fuera el tema de los celos, y que su inclusión habría permitido explorar con más profundidad algunos de los puntos que toco en esta entrada… Pero ya la cosa se estaba alargando, y además es que vaya temazo! No sé, me pareció a mí que más bien merecía post propio.

PD3: ¡No, nadie me ha puesto los cuernos últimamente, jejeje! Bueno, al menos que yo sepa. Por si las moscas…