500 palabras

Escribo con los dedos aún húmedos. Húmedos de mí. Oliendo a mí…

Dije que tal vez te imaginaba esta noche. No era una intención firme, esa es la verdad. A veces simplemente me gusta perderme entre el oleaje. Pero entonces apareciste, atravesando mis aguas con tu mástil insolente, sin esperar invitación…

¡Bienvenido a la fiesta!

zapatos de tacónEstamos en la habitación de un hotel. Hemos cenado, nos hemos reído y nos hemos quitado todo el ajetreo del cuerpo con un baño tibio y reponedor (sí, las chicas solemos partir por el principio, jeje… Se llama “crear ambiente”). Yo llevo ropa interior, ligas negras y zapatos de tacón (¿fetichismo dijiste? ¡Espera a que saque a pasear mi lado sado y camine sobre ti con ellos puestos!). Tú no llevas nada, ya sabes cómo me pone verte así, más polla que cuerpo. Nada más se necesita…

Tengo dos deseos, así que me acerco a tu oído y te los digo bajito. El primero es que esta noche quiero un poco de dolor en el menú, pero acompañado de un buen manejo del tempo. A fuego lento, in crescendo

Te susurro que lo tienes todo para besar, morder, apretar, arañar, fustigar. Pezones, pechos, muslos, glúteos, los caminos de mi espalda… Ve de a poquito y llega lejos. Mi cuerpo está carnívoro.

Me preguntas entonces qué más quiero, y lo que quiero es rendirme a tus deseos. Sólo por hoy, así que aprovecha.

Por si no ha quedado claro, lo que te ofrezco es una moneda de dos caras: quiero que me pidas que haga y te haga todo lo que te apetezca que haga y te haga, pero sin reprimirte… No vale invitar a la cabeza, estamos en territorio libre. Y quiero, además, que me hagas todo lo que te apetezca hacerme, sin preguntar.

¿Quieres que me ponga de cara a la pared? ¿Contra la ventana? ¿Qué vaya a gatas por mi premio? Lo haré, faltaba más.

¿Quieres ver cómo me toco? Hasta el éxtasis si quieres, gritando tu nombre o el de la deidad que prefieras.

¿Quieres un baile? Lo verás, sólo elige la música y túmbate a mirar. Y si quieres también te acomodo los almohadones.

¿Juegos de roles? El que prefieras, se me ocurren varios que no requieren disfraz. ¿Qué tal un profesor con mala leche? Me encantaría probar su cinturón… Mmm, hay tantas maldades que lo pueden hacer enfurecer…

¿O tal vez prefieras probar tú esos tacones en tu espalda? Claro, todo entra en el menú. Si hay que ponerse canalla me pongo canalla. Ya sabes que también tengo una ‘selfie’ perversilla que cada tanto se asoma a jugar.

En cuanto salga de tu boca lo tendrás.

O simplemente cógelo. Ya te lo dije, esta noche mandas.

¿Ya te has hecho a la idea? Yo estoy llegando al final.

Así que ahora, si no te importa, me quedo sola con mi explosión espectacular, y después me voy a dormir, que mañana curro. Después de todo es mi fantasía, no la tuya…

Relatos eróticos: Hambre

Hambre

sexo, parejaConserva en sus entrañas la misma urgencia de tiempos vividos, y es lo primero que pone a sus pies, como un regalo. Está más delgado, ajado por el paso de los años, pero ella apenas alcanza a registrar esa información, porque nada más verla se le arroja encima como un animal hambriento, devastando sus defensas con el acero de su mirada y la bravura de sus besos. Ni siquiera abandonan el pasillo. Él le arranca la ropa y ella se deja. Le exprime los pechos como si quisiera robarle alguna verdad, los lame con lengua rasposa. Ella deja ir la piel que la recubre y gime una confesión que él no puede entender, mientras su cerebro flamea en pequeñas explosiones de dolor aterciopelado. La gira y la recuesta sobre el piso. Le hunde las uñas en la piel y recorre su espalda de arriba hacia abajo, marcando su piel nívea con cuatro estelas enrojecidas. Pasajera de sus dedos, ella siente que transita por los caminos del alma. Él le besa las marcas con una suavidad inesperada, descendiendo lentamente por su dorso. Pero es una tregua efímera. Al llegar abajo le explora los glúteos a bocados, con mordiscos agudos que se expanden en ondas oscuras por su cuerpo. Con una mano le atenaza las muñecas, mientras devora la entrada de su ano emitiendo quejidos de bestia enjaulada, con la saliva caliente burbujeando entre sus labios. El tiempo se acelera. La penetra desde atrás con la mano, la hurga hasta que siente su derrota. Vuelve a girarla, para contemplar su trofeo de carne, la vida que late esponjosa entre sus piernas. Se las abre con un movimiento inapelable y manteniendo sus muslos prisioneros bebe de ella con una sed antigua, sometiéndola con la precisión vehemente de su lengua. A ella le crecen alas hacia dentro. Se hunde en su fango de éxtasis, encharcada hasta los huesos de él. Se retuerce. Él levanta la cabeza y sonríe. De una sola embestida entra, hasta el fondo, y con cada movimiento invoca una nueva marea. Le comprime la garganta con una mano y con la otra vuelve a coger sus muñecas. La observa sin dejar de moverse. Afloja la presión. Frente a frente se respiran. Él no puede ser más él: Los ojos entornados, los dientes apretados, los movimientos férreos. Ella no puede ser más ella y grita prisionera de su propia lucidez – ¡Me partes en dos, me partes en dos! – mientras él la abofetea y la besa.

Deliciosos imprevistos (o sobre el maravilloso poder curativo del sexo)

“Está vastamente demostrado que la oxitocina segregada por el hipotálamo después del orgasmo –o cuando la madre amamanta a su hijo– tiene un profundo efecto calmante, y no hace falta muchas estadísticas para ilustrar que tanto hombres como mujeres en ocasiones recurren a la masturbación para tranquilizarse”.

(Pere Estupinyà. S=EX². La ciencia del sexo).

sol

Fue un verano caluroso, muy caluroso, de esos difíciles de describir sin caer en un cliché: humedad a tutiplén; noches eternas e inclementes; cada pensamiento y movimiento ralentizado, como si se existiera en un universo paralelo donde se acabó el aire para respirar y sólo queda el aliento pegajoso de un gigante de gelatina.

Hablo de Barcelona, hace no mucho tiempo atrás, una ciudad maravillosa pero difícil de amar en temporada estival, sobre todo si estás visitando a un amigo que no tiene aire acondicionado. Y más difícil aún si al poco de llegar un enjambre de hambrientos mosquitos-tigre decide que tus piernas son el más delicioso festín que pueda haber sobre la faz de la tierra.

No sé mucho de insectos, pero según me explicaron, la picadura de un mosquito tigre es mucho más molesta, dolorosa y persistente que la de un mosquito sin ‘pedigrí’. Ahora, lo que sí sé es que tenía las piernas irreconocibles, deformadas por decenas de picaduras gigantes, hinchadas y enrojecidas, y que cuando fui a la farmacia a buscar “una cremita” el del mostrador flipó. Y no fue por mis ojeras precisamente.

Llevaría ya 3 ó 4 noches luchando contra la desesperación, la mala leche y las ganas de tirarme por un puente o chutarme heroína cuando mi amigo (a quien voy a llamar Thomas, porque sí) me propuso un paseo por alguno de los pueblecillos costeros de la zona. La idea era ir “a la suerte de la olla”, coger el primer tren que se nos ocurriera y bajarnos donde nos diera el pálpito, a ver qué nos ofrecía la vida. Y partimos, yo con escasa fe en las propiedades terapéuticas de un paseo por la playa y él con la mochila llena de… paciencia. Y es que para qué andamos con cosas, la irritación y la frustración son dos sentimientos que me pueden volver bastante tocapelotas.

La noche nos pilló paseando por un pueblecillo tranquilo. La jornada, llena de largas caminatas, conversaciones y delicias gastronómicas, había estado de lujo, pero inevitablemente había llegado ese momento del día que tanto aborrecía… Cuando empezaba a sentir el calor en las piernas, como si mis picaduras despertaran a la vida y su misión última fuera recordarme que estaban allí para joderme la existencia. Sin poder evitarlo, me daba cada tanto unos rápidos arañazos culposos, intentando que Thomas no lo notara, para que no me echara la paternal bronca de nuevo (me había rascado como una enajenada mental un par de días atrás, en un momento de máxima desesperación, aumentando considerablemente las proporciones del desastre).

– ¿Puedo hacer algo para que te olvides de tus piernas?
– Bfff, lo dudo.
– En serio, cualquier cosa. Lo que sea para que te relajes unos minutos
– Puedes intentarlo, pero no creo que haya algo que…

No alcancé a terminar la frase porque me cogió con fuerza del pelo y me arrastró hacia sí, clavándome la lengua en el fondo de la boca con todo el poderío del invasor. Tras un beso largo y abrasador, sin soltarme el pelo ni permitirme enderezar la cabeza, abrió el botón de mi pantalón con la mano que tenía libre y hundió sus dedos en mi interior, empapado y abierto. Con el placer lamiendo mi columna solté un grito, y entonces quitó la mano para taparme la boca, mientras me miraba con los ojos cargados de juego.

– Shhhhh.

Seguimos paseando y conversando, con nuestro mejor aire de inocencia. Cuando llegábamos a una calle en la que no se veían luces encendidas en las casas o gente caminando volvía a cogerme del pelo y me arrastraba un par de metros, para después masturbarme por unos instantes, apretarme los pezones o arrodillarme en una escalera para que le comiera la polla. Pasado un rato largo encontramos una casa en la que parecía no haber nadie, con una tapia muy bajita que daba a un patio exterior en el que había unos arbustos de lo más convenientes. Saltamos la tapia entre susurros y risas ahogadas, y una vez al otro lado Thomas me dio otro beso pastoso y acalorado y me giró el cuerpo para quedar a espaldas mías. No recuerdo si yo me bajé los pantalones o fue él, pero sí recuerdo que, pese a que la posición no era la más cómoda, estuvo delicioso, y tan intenso que terminé poseída por un mar de explosiones interiores, con el cuerpo empapado y lágrimas corriendo por mi cara. Ahh, ese maravilloso look mapache que queda después de algunos buenos polvos…

– ¿Estás bien?
– ¿Estás de coña? Ha sido fantástico (la expresión de preocupación que comenzaba a asomar en el rostro de mi amigo cambió automáticamente a una de guasa).
– Qué bueno. ¿Alguna molestia? ¿En las piernas tal vez?
– Ninguna. Absolutísimamente ninguna…

PD: Este relato ha sido patrocinado por Durex.
(No, es mentira, pero por si las moscas guarde siempre un preservativo en algún bolsillo -de preferencia holgado- o en el bolso, si lleva. En serio, nunca se sabe…)

El amante amnésico

No lo vi en una peli, me pasó a mí…

Conocí a Julián en un garito del centro, era el amigo del amigo de una amiga. No necesitó mucho para convencerme de acompañarlo: su cara de guarrillo, un desplante a prueba de balas  y un par de sonrisas fueron suficientes para que termináramos en su piso, ambos muy conscientes de lo que se estaba poniendo sobre la mesa: Unos polvos para aligerar el cuerpo, risas y ninguna preocupación por futuros inexistentes.

Y claro, así como llegó se fue. Después de unos cuantos encuentros intercambiando casas –cada vez más espaciados, nocturnos todos, circunscritos a los placeres de la carne y las confidencias eróticas– dejé de recibir mensajes y llamadas. Era más o menos lo que me esperaba en todo caso, así que no le di muchas vueltas, no me ofendí ni me lo tomé como algo personal. A lo más lamenté la pérdida de un compañero de juegos creativo y altamente satisfactorio, pero sin dramas. Por lo general no es difícil saber lo que se puede esperar de una persona cuando empiezas  a compartir cama, otra cosa es que muchas veces (cuando ese panorama que tenemos frente a nuestras narices no calza con lo deseado) elijamos hacernos los locos y soñar con un escenario distinto, contra todo pronóstico. No fue el caso.

fiestaDos o tres años más tarde, estando en una fiesta de esas apoteósicas, multitudinarias y megafashion, lo volví a ver, tomando una copa en la barra con el amigo de mi amiga. Supongo que habrá sentido mi mirada, porque se giró hacia mí y al ver que le sonreía me devolvió la sonrisa. Entonces se acercó, y justo cuando me disponía a saludarlo –“Hey, tanto tiempo, qué tal”- escuché sus palabras y me quedé patidifusa:

“Hola, soy Julián. Eres muy guapa. ¿Cómo te llamas?”

Supongo que soy una persona particular, porque en lugar de ofenderme, y tras la sorpresa inicial, le regalé un ataque de risa, seguido de un par de miradas de esas cargadas de significado. Pero ni con eso…

– ¿De qué te ríes? ¿Cómo te llamas?
– Tío, ¿no sabes cómo me llamo?
– No. ¿Tendría que saberlo?
– ¿De verdad no te acuerdas de mí?
– Mmmm…
– …
– Mmmm…
– …
– Mmmm…
– Hace un par de años… en tu casa… en la mía…
– ¡¡¡HOSTIA!!! ¡Claro tía, qué tal estás, cuánto tiempo!

Por lo general soy de las que intenta ver el vaso medio lleno, así que, en lugar de declararme insultada, elegí asumir su amnesia como algo dado y sentirme halagada por haber sido objeto de su interés y sus artes “ligatorias” en más de una. O tal vez simplemente soy una viciosilla que pone la posibilidad de un polvo rico por encima de su dignidad de amante no recordada. Sé que si la escena hubiera salido en una sitcom, el olvidadizo personaje habría terminado con un cubata derramado sobre su flamante camisa de fiesta. En mi peli, en cambio, terminamos en la cama emulando viejos tiempos. Unas cuantas veces. Hasta que dejé de recibir mensajes y llamadas…

Sexo con el pijo (I)

Image: 'Un dia como una catedral' http://www.flickr.com/photos/56153908@N00/5164898168 Found on flickrcc.netAlto, atlético, guapo, perfumado. Sonriente, aunque con un leve rictus de asco. Jersey de rombitos, camisa dentro del pantalón y mocasines de cuero. Peinado perfecto. Madrileño y pijo hasta la médula…

Seguro que muchas (y muchos) tendréis al menos un pijo o pija auténticos en vuestro currículum.  El mío me “llegó” en un viaje de curro, para ser más exactos arriba de un avión… pese a que puedo imaginar pocos escenarios menos estimulantes para mi libido. Me dejé llevar por la novedad, supongo. Como era un vuelo chárter podíamos elegir libremente los asientos, y lo primero que me llamó la atención de él fue que me eligiera precisamente a mí como compañera de viaje. O sea, no había que ser demasiado observador para darse cuenta de que no teníamos nada que ver, por más que yo fuera disfrazada de persona seria y laboral.

Pero ahí estaba, al lado mío y con el diario descansando sobre las rodillas.

Total, que después de las frases introductorias de rigor nos pusimos a hablar de libros –tal vez no seamos taaan distintos después de todo, llegué a pensar- y me comentó que el fin de semana era la Feria del Libro en el Retiro, por si lo quería acompañar. Vale, me dije a mí misma, no hay que ser prejuiciosa. En una de esas no tiene la cabeza hueca y es buena persona. De cualquier manera, está bueno…

El paseo por el Parque del Retiro fue un poco soso y terminó en nada, pero yo seguía dispuesta a probar. A los pocos días me llamó para quedar y tomar unas copas (que pagué yo, por cierto, ya que oportunamente fue al baño después de pedir la cuenta) y al salir del bar decidió entrar en materia… aunque sin tirarse del todo a la piscina.

– ¿Qué haces ahora? ¿Quieres que te vaya a dejar a tu casa?
– Eeehhh… no sé, cómo veas – (mi nivel de motivación estaba en franco descenso).
– No, bueno, si quieres que te vaya a dejar te voy a dejar.
– Vale
– Bueno, mi casa está a dos cuadras de aquí.
– ¿Quieres mostrarme tu casa?
– No puedo, vivo con mis padres. Sólo te lo comentaba.
– Ah…
– ¿Vamos a la tuya?
– No puedo, vivo con mi hijo.
– Mmm… bueno, conozco un lugar súper chulo, y está cerca.
– ¿Ah sí? Eso suena interesante
– Sí, te va a gustar.

Tras unos minutos de conducción silenciosa el tío aparcó en un sitio eriazo, creo que por el barrio de Barajas.  ¿Perdón, qué, va en serio? Nooo, seguro que sólo ha parado por un ratito, me querrá decir algo, intentaba autoconvencerme. Hasta que lo vi reclinar su asiento y girarse hacia mí con cara de depredador.

– ¡Espera, qué haces! ¿Aquí?
– Cuál es el problema, si este sitio es tan bueno como cualquier otro. Venga, no te hagas la difícil, que sé que quieres…
– ¡Qué dices tío, que no tengo 15 años! Lo siento mucho pero no me apetece echar un polvo dentro de un coche, toda doblada, y para peor en medio de la nada.
– ¿Me estás hablando en serio?
– ¿Me estás hablando en serio tú?

Tras regalarme unos vistosos y muy poco adultos gestos de cabreo, encendió el motor. A esas alturas de la noche mis máximas expectativas eran que me fuera a dejar a mi casa y no me tirara un escupo en la cara, así que me quedé de lo más sorprendida cuando volvió a aparcar… en un hotel. Y aunque me soltó un “vamos” que más parecía un ladrido, aún así lo seguí. En parte porque no me apetecía quedarme tirada en un hotel perdido quién sabe dónde a las dos de la mañana, y en parte de viciosilla no más. O sea, ya estábamos allí, después de todo…

El polvo no fue de los peores que he tenido en mi vida, aunque como era de esperar el hombre no se prodigaba mucho con las manos (¡menos aún con la lengua!). Nada largo ni espectacular, pero al fin y al cabo ejercicio y ciertas cuotas de placer. Para bien y para mal, mi cuerpo es muy agradecido, así que no voy a decir que sufrí, o que sentí desagrado, al menos no en ese momento particular. Aunque me hubiera ahorrado el detalle del galán duchándose nada más acabada la “faena” (señal de alarma número… ¿cuánto? Ya perdí la cuenta).

Pero no terminó ahí la cosa. Al llegar el momento de pasar por recepción y pagar me quedó mirando en espera de que sacara mi billetera. Me hice la loca, ya que al fin y al cabo la idea había sido suya y ni siquiera me había preguntado, lo que implicó nuevos bufidos y caras raras, acompañados de la frase “el próximo lo pagas tú”.

Mmm, ¿perdón? ¿QUÉ PRÓXIMO?

(Pues sí, hubo próximo… por decirlo de alguna manera. Así de bobos somos a veces, hay alguna especie de placer masoquista en tropezar más de una vez con la misma piedra, no se me ocurre más explicación que esa. Pero esta historia ya se está eternizando, así que dejo en stand by la segunda parte. Para la próxima, jeje. Así voy creando suspense…)

De paseo por la sumisión y el dolor

BDSM 1El otro día, tomándome unas cañitas con unos amigos, Ceci y José, les dije que, en dosis tímidas, a mi me molaba el rollo de la dominación y el dolor. El tema me quedó dando vueltas en la cabeza, lo que me ocurre con frecuencia cuando me estoy descubriendo a mí misma frente a otros y no me expreso con claridad. No es que me mole. Es que me produce fascinación. Una fascinación curiosa, precisamente porque va en contra de aquello en lo que creo más profundamente: la libertad y el placer como camino y como máximos objetivos en esta vida. La libertad en el amor, la independencia de las voluntades y de los proyectos (que pueden converger, claro, qué maravilla cuando convergen…). El placer per se, pero también como contrapartida del dolor, del sacrificio y del sufrimiento.

Tal vez de ahí nace, de hecho, el embrujo. Somos seres peculiares…

Personalmente he rozado el tema con el cuerpo y con la mente, siempre con un acercamiento lúdico, sin salir del otro lado de la frontera. Porque ese es el asunto, es otro mundo, oscuro y rodeado de tinieblas, pero asomarse a él puede producir el más exquisito de los vértigos. A mí, al menos, me desafía el intelecto. Entre otras cosas…

Amos y sumisos. El tema va mucho más allá de una práctica sexual, hay toda una filosofía de vida detrás, una forma de entender no sólo las relaciones sino también la existencia en general, que se nutre de una ‘mecánica’ muy específica relacionada con la entrega absoluta y el traspaso de los límites. El sumiso no sólo entrega la voluntad, la entrega voluntariamente. No se trata de debilidad, sino de fuerza. La fuerza de abandonarlo todo, de vaciarse, de convertirse en un “para el otro” absoluto. De entregarse de brazos abiertos y con una confianza inquebrantable al dolor. El dolor como una meta a vencer, una puerta a cruzar para alcanzar el más elevado de los éxtasis. Los relatos sobre estos estados de éxtasis son recurrentes en la literatura BDSM.

Una de las sensaciones más fuertes que he tenido leyendo blogs e historias en Internet es la de que “nosotros” somos el otro, el extraño, el incomprensible y el ignorante. En uno de los blogs más esclarecedores que me he encontrado, “Confesiones de amo y sumisa”, me topé con la siguiente reflexión: Para el mundo vainilla, la sumisa es una mujer fácil que se deja hacer de todo y con todos… En dos palabras: una puta…Cuando la realidad es radicalmente opuesta: no existe una mujer más fiel que la mujer sumisa…”.

Os dejo el link, por si queréis leer el post completo: http://confesionesdeamoysumisa.blogspot.com.es/2011/05/la-sumision-fuera-del-bdsm.html 

También os dejo un par de citas y links de otros post que me parecieron fundamentales. El bloBDSM 2g es de lo más interesante y, a diferencia de otros “del rubro”, está escrito tanto por la sumisa (con ciertas dudas existenciales, por cierto) como por el amo. Bueno, estaba, porque hace tiempo que no se actualiza. Me pregunto si será porque se ha acabado la relación entre los dos…

 “He frecuentado salas en las que las sumisas eran poco más que muebles adornando la habitación,  y he visto cómo los demás dominantes alababan a sus Amos por el  cosificado comportamiento de sus sumisas. ¿Tiene una sumisa que dejar de ser persona, para convertirse en la muñeca hinchable de su Amo…?”

http://confesionesdeamoysumisa.blogspot.com.es/2011/04/la-buena-sumisa.html

“…somos nosotras las que elegimos a quien entregarnos y someternos? ¿Deben ganarse nuestra entrega? ¿Es nuestro Amo quien nos pone la cadena, o se la entregamos nosotras…? ¿Puede ser, que quizás, como en cualquier otra relación de pareja, deba ser algo mutuo, y nuestros Amos nos dominen porque nos dejamos dominar…?

http://confesionesdeamoysumisa.blogspot.com.es/2011/04/quien-elige-quien.html

En cuanto al dolor… ¿se puede hablar de dolor cuando el dolor es sólo la envoltura, y en el centro está el placer? ¿Dónde está el límite? En el BDSM hay dos tipos de “dolores”. El primero, si bien está lejos de ser suave, tiene como objetivo el placer físico, y forma parte de los juegos sexuales habituales. Puedo entenderlo, perfectamente. Pero el segundo persigue el dolor puro y duro, y su objetivo es el castigo. Castigo que, a su vez, surge cuando se manifiesta la voluntad del sumiso, y pretende precisamente la aniquilación de dicha voluntad, como si de un proyecto de ingeniería se tratara. Ahora, detrás de esa destrucción, de ese desmantelamiento total, está precisamente la máxima cumbre a alcanzar, el nirvana absoluto. O al menos eso dicen…

PD1: No supe donde “encajarlo” dentro del post, pero hay otro blog, de relatos eróticos en este caso, que me parece más que recomendable para los interesados, bien escrito y sumamente estimulante. Personalmente tengo debilidad por la serie “Silver”. A ver si alguno se anima a leerlo y me comenta qué le ha parecido…

http://silverdark.bligoo.es/

PD2: Ceci, sé que el post me ha salido laaargo… 😉 Me temo que no lo puedo evitar!)

Morbo… y culpa

oscuridadMe da morbo la oscuridad. Y no hablo de una oscuridad de lámparas apagadas, sino del lado oscuro de los seres humanos. Hasta ahora sólo la he probado en dosis pequeñas, pero puedo reconocer su llamado, el suave terciopelo que empieza a reptar por mi estómago cuando la vida me regala unos minutos de juego oscuro.

Extraños mecanismos los del morbo. Extrañas las maneras –a veces ridículas, rozando el patetismo- de pasarnos la vida luchando con esos centelleos de la carne y, sobre todo, con la embriagadora turbación de nuestras cabezas que nos han enseñado a no sentir. Porque desde niños se nos invita a no soltar las barreras.

El morbo suele estar ligado, la mayoría de las ocasiones, a la vergüenza, y algunas de las cosas que nos seducen se pasan la vida sumergidas en un pozo profundo, de donde nunca serán llamadas a salir. Pero se sienten como un bulto. Lo que hemos hecho -pensado, sentido- se diluye en las tinieblas de lo inconfesable. Pero sigue estando ahí, por más tierra que echemos encima.

A veces me pregunto cómo sería el mundo si al unísono apagáramos nuestras mentes, nuestras convenciones, aprendizajes y adiestramientos. Si de alguna manera nos condujéramos en absoluta libertad, sin cabeza, sin condicionamientos ningún tipo. Me pregunto cómo nos relacionaríamos con los demás, cómo serían las dinámicas de las parejas, de haber parejas. Cómo serían nuestras relaciones -sexuales, porque en semejante escenario probablemente no habría cabida para el romance- y la relación con nuestro cuerpo y nuestros impulsos. Pura corporeidad y espíritu.

Es casi un ejercicio científico imaginarlo, aunque cada vez que lo intento el camino se bifurca ante mí violentamente. ¿Se parecería más a un tenebroso cuadro de Goya, todos entregados a sus empujes más primarios y destructivos? (porque si fuésemos como niños, después de todo, ¿qué nos salvaría de caer en la salvaje barbarie de “El señor de las moscas”?) ¿O, por el contrario más absoluto, sería la imagen misma del paraíso perdido? Expresión sin censura, disfrute sin culpa. Libres de toda culpa en el sentido más absoluto, me atrevería a decir que bíblico (porque creo que hay una profunda sabiduría en algunos rincones de la biblia, pese a las torpes interpretaciones que se han hecho de ella). Después de todo, la mayoría de las cruces que cargamos están en nuestras cabezas, no afuera, y los mayores dolores que hemos sentido son auto-infligidos… aunque por lo general tengamos una escasísima capacidad de darnos cuenta de ello.

Como sea, quien no ve su propio lado oscuro sólo se salva del conocimiento, no de su existencia, o al menos eso creo. Todos tenemos nuestra dosis de perversidad corriendo en las venas, ya sea más lúdica o más destructora.

Oscuridad, y también dolor, a veces me parecen un cóctel exquisito. Morbo puro y duro. En dosis contenidas y con una ventana a mano tal vez, pero si se abraza una pequeña raíz de alguna manera también se abraza la planta. Y ese abrazo es una entrega, un olvido de todo lo que no debería ser, una liberación dentro de la contención. Ahí está la seducción del llamado.

Voy a terminar, como ya hecho otras veces, compartiendo una pequeña historia. Va de una niña y su mejor amiga, que la invita a pasar un verano con su familia en la casa que tienen en la playa. La niña acepta encantada, la perspectiva de salir de su entorno y hacer cosas distintas la tiene en las nubes. No se equivoca. En casa de su amiga, donde más de una vez se ha quedado a dormir, se respira mucha más libertad que en la suya, y en la playa para qué hablar. La casa está situada en un pueblo tranquilo y los padres de su amiga las dejan ir bastante a su bola, absortos en sus propios asuntos. “Niñas, id a jugar”, dicen con frecuencia, esbozando sonrisas cariñosas y despreocupadas. Y las niñas se van a una habitación ubicada fuera de la casa, un mini apartamento en realidad en medio de un precioso patio rodeado de árboles. Y juegan. A las cuerdas, al elástico, a Candy Candy. Y a decir palabrotas. Se ríen al unísono cada vez, encantadas con el pecado descubierto.

–          Vamos a dejar de decir palabrotas -dice la amiga, repentinamente muy seria -. No está bien, no es digno de una señorita.

–          Vale -contesta la niña, sintiendo que le están robando algo-.

–          Hagamos una cosa- sigue la amiga, con un tono más oscurillo-. Las palabrotas están prohibidas. No puedes decirlas. Ni una.

–          ¿Y si se me escapa una? ¿O a ti?

–          Si se me escapa una te pego con un cinturón. Y tú lo mismo.

–          ¿Pegar? ¿Dónde?

–          ¿Dónde crees? En el culo. Así, inclinadas.cinturón

La niña no sabe lo qué es el morbo, pero sí que la idea la seduce, instantáneamente. Aunque tiene una vaga sensación de que no debería ser así, o que al menos sería conveniente no tener testigos de semejantes inclinaciones. Pero sin un testigo no puede haber juego. Otorga con su silencio.

Poco a poco descubre que parte del juego consiste en no traslucir el entusiasmo. Así, va dejando caer las palabras de a poco, las viste de casualidad, se especializa en poner cara de fastidio cuando suelta una y las espacia todo lo que le permite la impaciencia y el cosquilleo insistente que se le instala en todo el cuerpo, pero sobre todo ahí abajo, cada vez que ve el cinturón. E incluso antes. También le gusta azotar a su amiga, pero menos. Su verano empieza a estar marcado por las visitas cotidianas a la habitación externa, donde la amiga –aunque sus fuerzas no dejen de ser las de una niña- pega con ganas. Empieza a saltar sobre charcos de emociones densas, sintiéndose tan encadenada como ligera. Pasan los días.

Después de un par de semanas de clases, la niña por fin ha conseguido permiso de sus padres para ir a ver a su amiga. Está contenta. No piensa tanto en cinturones (porque puede darse cuenta de que en la casa de la ciudad estaría fuera de contexto) como en abrazarla y decirle que la ha echado de menos. Toca el timbre. Abre la madre. Siempre ha sido cariñosa con la niña, agradeciendo de alguna manera la amistad que profesaba por su hija, hasta entonces una chica bastante solitaria. Pero esta vez tiene una expresión furiosa en la cara. Y entonces empieza a soltar, como una metralleta:

–          No sé cómo tienes el descaro de aparecerte por nuestra casa, criatura asquerosa. Te dimos nuestra confianza, te abrimos nuestras puertas y nuestros corazones, y nos pagas así, con una patada en el culo. Qué vergüenza. Eres una malagradecida, y me siento muy dolida, todos lo estamos. No quiero que vuelvas a acercarte a mi hija, eres una mala influencia. Y por supuesto, no quiero que vuelvas a venir a esta casa. Nunca más.

Antes de cerrar la puerta le arroja a la cara un paquete con ropa y otras cosas que se había dejado ahí. A la amiga no vuelve a verla, ni siquiera para pedirle una explicación tardía sobre lo que ha pasado, aunque vagamente intuye algunas posibilidades. No es que no lo necesite, es que no se atreve. Tiene el corazón destrozado por algo que no entiende, y mucha, mucha vergüenza.

Mi vecina la gritona

gato enojadoLa primera vez que la oí no fui capaz de darme cuenta de que eso que oía eran los gritos de una mujer gozando. Era tal la ausencia de contención, tan profunda su estridencia, que lo primero que pensé fue que alguien estaba apaleando a un gato a escasos metros de mi ventana. Porque realmente parecía un gato -al límite de algo, luchando con uñas y dientes por defender alguna de sus siete vidas-, a tal punto que decidí vestirme para intentar averiguar cuál de mis desalmados vecinos se dedicaba a torturar animales indefensos a las dos de la mañana. Recuerdo que estaba en la cama con mi novio de aquella época, en medio de un polvo insípido que interrumpimos sin mayor drama, y que estuvimos un rato discutiendo sobre la conveniencia o no de buscarse líos con los vecinos cuando un sonido nuevo, contundente como un trueno, nos saco de nuestro error: El inconfundible sonido de un hombre eyaculando.

Después de esa primera vez hubo muchas, muchas otras. Casi todos los días de hecho, y al festín de aullidos y ruidos guturales se fueron sumando carreritas por pasillos y habitaciones, movimientos de muebles y risas post coito. Pasaban los meses, cambiaban los amantes (lo sabíamos porque hubo algunos más ruidosos que otros) y yo me debatía entre la admiración y la envidia por lo bien que se lo pasaba mi vecina de arriba.

Un día que salí a colgar ropa en mi balcón vi que del piso de arriba se había caído una maceta con una planta. La planta, aunque maltratada, había sobrevivido, así que  me apresuré en subir a devolvérsela, más por curiosidad que de buena samaritana, ya que me moría por conocer a ese personaje que en mis fantasías me imaginaba como una Sofía Vergara despampanante y envuelta en plumas, permanentemente hambrienta de sexo.
vecina
Cuento corto, la persona que me abrió la puerta era una mujer cuarentona (algo que para mí, con mis veinte años recién cumplidos en aquel entonces, era prácticamente equivalente a ser una anciana sexual), gordita, con el pelo mal teñido, unos vaqueros horribles y chanclas de goma. “No puede ser ella”, pensé, aunque tampoco era probable que tuviera una hija que se dedicara a chillar impunemente con su madre en la otra habitación. Pero toda su cara sonreía. Y cuando habló para darme las gracias me di cuenta de que sí, que tenía delante de mí a la responsable de tantos desvelos “voyeristas”. Su tono y su risa eran inconfundibles.

Más de una vez he leído en revistas y páginas de Internet que las mujeres hacen ruido durante el sexo para complacer a los hombres, que no es un ruido que se haga de forma natural. Y no me refiero sólo a aquellos casos en que la chica no se lo está pasando bien y echa mano de gemidos varios para apurar el trámite, hablo en general. De hecho, he encontrado un par de artículos que aluden a estudios científicos en los que se postula la intencionalidad de los sonidos sexuales de las mujeres. El científico Gayle Brewer, autor de uno de estos análisis, asegura que “el  momento  exacto  del  orgasmo  está  disociado  con  los  jadeos,  lo  que  indica  que  los  gemidos  se realizan  bajo  un  control  consciente de los mismos”.

Es verdad que cuando estoy sola y me masturbo casi nunca hago ruido. Sin embargo la primera vez que conseguí tener un orgasmo, después de un largo y frustrante proceso de búsqueda, fue tal su intensidad que recuerdo que vino acompañado de una explosión de jadeos y gemidos que yo no había puesto ahí, al menos no conscientemente. Y no tenía a nadie al lado mío quien impresionar en todo caso.

Tengo otro recuerdo que viene a poner en duda la rotundidad de los mencionados estudios. Es un poco más reciente, aunque igual han pasado algunos años. Fue después de una fiesta, una de esas espectaculares y apoteósicas que nunca se olvidan, sobre todo porque con el tiempo la prudencia aconseja espaciarlas cada vez más, por no decir abandonarlas. Yo estaba con un amigo y los dos habíamos tomado éxtasis en cantidades considerables, así que una vez que llegamos a casa nos pusimos a hacer lo mejor que se puede hacer en esos casos: follar. No voy a hablar aquí de lo espectacular que estuvo ese polvo (nada más lejos de mi intención que hacer apología a las drogas, a mí me han pasado alguna factura) pero sí de su final. Nunca había sentido tan fuerte la sensación de no ser yo la que estaba ahí, de entregarme de brazos abiertos a ese total abandono. Y nunca habían subido, ni volvieron a subir, semejantes sonidos por mi garganta. Sonidos animales, libres, rugidos vibrantes que retumbaban en mi sangre, que despertaban y sacudían todos mis órganos. Sonidos que no eran míos pero lo eran, y que no estaban ahí para complacer a nadie, sino que surgían de lo más profundo de mi propio placer.

Perversiones del ciudadano común. II: Ignorancia

shutterstock_58763302Hoy voy a levantar mi dedo acusador. Sé que no queda muy bonito como vía de aproximarse a un tema, pero lo hago con el permiso que me da hablar desde la experiencia. Acuso a las mujeres que no se masturban, a las que no conocen su propio cuerpo y a las que no se hacen “responsables” de su propio placer, de cometer el pecado de la ignorancia. Suele ser un pack 3 en 1, aunque también es cierto que hay muchas féminas por ahí que cada tanto se hacen un cariñito a sí mismas y se lo pasan chupi, pero siguen convencidas de que si no se corren durante el coito es porque tienen un mal amante… lo que también puede ser. Pero si ya todos son malos amantes, es probable que algo más esté pasando… ¿no?

Durante años fui anorgásmica. Y no tenía un mal amante, al contrario. Me inicié en el sexo con un chico que me tenía vuelta loca, y que desde un principio demostró ser bastante poco convencional respecto al tema. O sea, que hacíamos “de todo”, a veces en maratones, y yo estaba totalmente entregada a la causa, disfrutando de cada segundo, cada sabor nuevo, cada rincón descubierto, como Alicia cayendo por su propio y fascinante agujero de las maravillas. En sus manos era mantequilla, y como además tenía una relación de esas tóxico-pasionales, a veces había encuentros de antología. Pero no me corría. Nunca. He llegado a pensar que precisamente ahí residía parte importante de problema: Como me lo pasaba de puta madre aunque no me corriera, me hacía la loca y postergaba el tema, que cobraba existencia en mi día a día bajo la forma de un moscardón de esos zumbones, que toca las pelotas pero con el que se puede convivir porque la mayor parte del tiempo se consigue hacerlo desaparecer del radio.

Hay muchísimas causas para que una mujer no pueda tener orgasmos; la mayoría escapa a mi ámbito de competencia. Muchas veces (en más casos de los que resulta fácil creer) los orígenes se encuentran en oscuras historias de abusos e incestos, pero no es de eso de lo que pretendo hablar ahora. Lo que quiero es reflexionar sobre una conducta (o no conducta) que casi siempre deriva en relaciones insatisfactorias, pero que tiene una facilísima solución: No conocerse a sí misma, o lo que es igual, no escuchar al cuerpo, no saber lo que le gusta.

La medicina para combatir semejantes males se llama masturbación, y suele funcionar de puta madre. Es un dos más dos son cuatro, pese a lo cual aun hay muchas, muchísimas, mujeres que no se tocan. Algo las paraliza, algo no muy bien definido detiene el impulso. A veces “da no sé que”, otras la excusa es la falta de tiempo… O sea, ¿perdón? Nos hacemos el tiempo para tantas cosas que no son, no pueden ser, más importantes que pasárnosla de puta madre, darle un buen colocón al cuerpo e inyectanos felicidad directo a la vena.

Probablemente si existe un trauma chungo detrás no sea suficiente con la buena voluntad de la mano derecha, pero siempre viene bien para ir soltando, incluso en esos casos. Porque el ambiente es protegido, nadie mira, nadie juzga. Así que una se puede ir relajando de a poco, sin presiones, simplemente explorando y olvidándose de que existe un objetivo. Ya, es que la cosa es así, mientras más se piensa en el orgasmo como meta, menos se consigue. Aunque tampoco vale tirar la toalla y decidir que no es importante, no nos engañemos: Es fundamental. Hay un antes y un después de él. Así de simple.

En mi caso pasaron muchos meses de aplicación masturbatoria sistemática antes de ver resultados, etapa que describiría como tortuosa; no digo que sea “llegar y llevar” (recuerdo, de hecho, una vez que ya desesperada por encontrar ese Santo Grial negado empecé a decirme a mí misma que casi cualquier sensación era un orgasmo, aunque “pequeñito”. Entonces le pregunté a una prima que cómo sabía cuando había tenido un orgasmo, porque yo no estaba segura. La respuesta se me grabó: “Si no estás segura es que no lo has tenido. Es como tirarse un pedo, siempre sabes que te tiraste uno”). Por otra parte, por mucho que se sepa cuando se ha tenido uno, no todos los orgasmos son espectaculares, el espectro es muy muy amplio y a veces la sensación sólo rasca la superficie, como si hubiera una tela interponiéndose entre la explosión real y su simulacro. Hay orgasmos más sosos que otros, más cortos, menos “mind-blowing”. Siempre es rico, como siempre es rico comer con hambre, pero no es lo mismo comer pan con mantequilla que un entrecot a las brasas con patatas. Pero el asunto es que, en estas lides, aunque resulte absurdo pretender una progresión lineal, el hábito sí hace al monje. O sea, que cuanto más se practique más partes del cuerpo se van despertando, más sensaciones se incorporan al catálogo y más se profundiza en la percepción y el disfrute.

Otra cosa que me ha permitido incrementar espectacularmente la intensidad de mis orgasmos es un libro que amo con locura, si bien el lenguaje puede volverse a ratos un poco cursi (todo lo que tenga tufillo a autoayuda me da bastante ’ puaj’ la verdad) pero le perdono cualquier cosa porque es simplemente una joya: ‘La mujer multiorgásmica’, de Mantak Chia y Rachel Carlton Abrams (también existente en sus variantes’ El hombre multiorgásmico’ y ‘La pareja multiorgásmica’, por si las moscas), bastante fácil de adquirir ya que está disponible en los sitios más variopintos, desde Amantis hasta La Casa del Libro. El texto, que combina técnicas taoístas milenarias con conocimientos de sexología occidental contemporánea, merece un post por sí solo. Si os interesa, no tenéis más que decirlo. Total, a estas alturas ya parezco disco rayado, una verdadera “Testigo del Multiorgamismo”, de lo mucho que predico sobre sus maravillas a todas mis amigas… y no tan amigas! En fin, que la discreción nunca ha sido lo mío…

Perversiones del ciudadano común. I: Disfraces

Half-virgin, de Daniel Iván. http://www.flickr.com/photos/58372389 @N00/4578707356. CC by-nc-nd.Según la RAE, perverso es algo “que corrompe las costumbres o el orden y estado habitual de las cosas”. Perverso es entonces el disfraz que me pongo esta noche, mucho más aún que si fuera vestida de dominatrix: el de “chica buena”. Porque salgo con un “chico bueno”, tal vez otro disfrazado, pero cómo saberlo, mejor prevenir que lamentar. Así que cargo con este sudario que no se ve pero me asfixia, que sepulta mi piel desnuda y corrompe mis impulsos invitándolos a una representación, porque ya he contemplado unas cuantas estampidas. Y practico. De forma tozuda incluso. No se disfruta con el dolor, no se disfruta con el control, no existe placer en la sumisión. Sólo la suavidad me lubrica, sólo en susurros se me posee, sólo las palabras de amor me acunan. Hay que mirar para otro lado, hacer como que no existe el ansia de que lo único restringido sean mis tobillos y mis muñecas. No está bien y punto, algo tiene que haber ahí, algo torcido, eso dicen. Mi abuelito no estaría orgulloso, y esa es la prueba del algodón.

Lo intento. Me trago las palabras poco recatadas, sonrío.

Pero aquí está opaco, y no hay juguetes. Únicamente una gran seriedad, y mucha concentración para interpretar el rol.

Cuerpos imperfectos

Image: 'impossible standards'. http://www.flickr.com/photos/21979897@N00/2211304018

No tengo pesa. Para qué voy a gastar dinero en algo que tan pocas alegrías suele reportar, y que con nula generosidad, amenaza permanentemente con amargarme la vida. Prefiero no saber. No tengo la relación más sana del mundo con mi cuerpo, mentiría si dijera que lo amo con locura, pero al menos evito enrollarme mucho con el tema, y hago todo lo posible por impedir que algo que debiera ser un templo del placer –tendrán que perdonarme lo “Paulo Coelho” del término, pero es que eso es realmente- se termine convirtiendo en un obstáculo para el disfrute. O sea, todo mal si el tema del cuerpo es el encargado de enfriar los ambientes en vez de servirnos (y ser servido) como la maravillosa herramienta que es.

Como decía, soy más bien del montón en relación al tema corporal, y a veces, muchas más de las que quisiera, le tiro mala onda mental a alguna parte de mi anatomía. Reconciliarme con la maltratada zona (la de turno) suele ser un trabajo arduo más que un acto natural… porque para qué andamos con cosas, lo natural es amar la belleza, la armonía, y lo cultural nos dice que eso se encuentra en las carnes prietas y las fibras lustrosas. A todos nos gusta un cuerpo bien formado.

Sin embargo, aún teniendo la suerte de compartir cama –o trecho- con un Adonis de esos esculpidos a mano (en general, digo, no es que en estos momentos tenga a uno escondido entre las sábanas), siempre se le puede encontrar alguna imperfección, una pifia o “yayita” de la que agarrarse, ya sea un dedo medio torcido, un juanete, un diente más oscuro o un espantoso pelo grueso que sale de donde no debiera. Todo sirve, personalmente me encanta encontrarme con esos pequeños hallazgos. Pero no se trata de activar el tan humano mecanismo de tratar de sentirme yo más con sus menos; es mucho más simple que eso:  Cuando estoy con alguien a quien quiero, o que me interesa y atrae en más de un nivel –me estoy haciendo “adulta” supongo, ya no me vale sólo con el buen polvo- esas partes se vuelven rincones especiales de su cuerpo, sitios que llego a querer también, o por los que llego a sentir interés y atracción. Hay un viaje ahí, y es fascinante. De alguna manera me abro a lo que amo o me gusta de esos rincones, y ahí está esa conversación post coito nacida junto a unas caricias en una quemadura, o esos mensajes únicos que se dibujan cariñosamente con las yemas de los dedos sobre unas estrías y siguen por una curva imperfecta… y entonces siento un aire de sabor dulce, como exhalado por miles de pequeños besos ligeros, que embellece y transforma esas cicatrices de la existencia que ya son únicas. Las suyas y las mías.

(Eso sí, me van a perdonar… un tío con dos pollas -por mucho que a nivel de fantasía sea la ostia!- o alguna otra rareza por el estilo, ya es un poquito too much para mí. Y tampoco puedo con los que tienen caspa. O mal aliento. Al fin y al cabo, todos tenemos nuestros dealbreakers…)