Cuerpos delatores, señales inconscientes y lenguaje no verbal de la seducción

El rollo éste del lenguaje no verbal de la seducción (corporal en su mayor parte) me fascina, como me fascina la grafología o la astrología. Porque a ratos me hace sentir poseedora de un conocimiento añadido sobre mí misma y sobre los otros –que en estos casos siempre es ‘el otro’–, y eso no suele ser desdeñable. El conocimiento tiene eso, que nos hace sentir seguros, nos da calma. Como nos la da cualquier herramienta que nos permita creer que podemos enfrentarnos de alguna manera, aunque sea desde nuestro insignificante rincón y armados con un palillo para los dientes, al caos que es la existencia. Lo predecible parece pacificarnos el espíritu, aunque muchas veces no sea más que un elixir que al beberlo se convierte en veneno para la libertad del mismo.

Pero bueno, que me voy por las ramas y no es la idea. Hablaba del lenguaje corporal, y de la tranquilidad que nos aporta manejar ciertos conceptos. Tranquilidad y poder, claro. O como apunta Pere Estupinyà en “S=EX²”, “dominar el lenguaje no verbal de la seducción es saber lanzar mensajes gestuales que se adentren en el inconsciente de la persona con quien queremos ligar, pero sobre todo saber interpretar sus señales de aceptación, rechazo, interés o cansancio que irá expresando durante la cita sin apenas darse cuenta. Si veis que ladea la cabeza vais bien, podéis pedir otra copa. Pero si notáis que poco a poco se va echando un poquito hacia atrás, mejor reaccionar rápido y sugerir cambiar de bar”. “Son y no son tonterías”, concluye Pere, tan rico él.

imagen lenguaje corporal 2Quienes se toman este tema con un poco de seriedad advierten que hay que distinguir entre “lo anecdótico, propio de revistas para adolescentes” y los comportamientos realmente consistentes en los flirteos de las sociedades occidentales. Todos los animales tienen signos específicos de cortejo y los humanos no somos una excepción. ¿Qué hay, entonces, detrás de esta insultante falta de originalidad en nuestros comportamientos? El sospechoso habitual, ni más ni menos: nuestro instinto de reproducción puro y duro, que tantos quebraderos de corazón nos provoca.

En un trabajo publicado en 1985 sobre el cortejo (para cuya elaboración se siguió  a 200 mujeres durante más de 100 horas en bares y centros de entretenimiento) Monica Moore elaboró un catálogo de 52 conductas femeninas que denotan interés, como mirar directamente a los ojos, acicalarse el pelo inconscientemente, sonreír, ladear la cabeza, tocarse de manera refleja el cuello o los labios, pedir ayuda e inclinar el cuerpo hacia delante. Pero lo que es más importante, se encontró con un hallazgo inesperado (siempre citando el libro de Estupinyà): “Lo que realmente predecía la aproximación masculina y el éxito del encuentro no era la belleza de la mujer, sino el número de señales que emitía. Monica se muestra contundente en este punto: ‘Lo hemos observado repetidamente, los hombres se interesan por las mujeres que dan más señales, no por las que en principio resultan más atractivas’. Es decir, que para que un hombre se acerque a una desconocida, una sonrisa o una mirada directa es muchísimo más eficiente que un vestido escotado o facciones más bellas”.

Y siguiendo con Moore: En dos tercios de las ocasiones es claramente la mujer quien da pistas al hombre para que se acerque a conversar. En realidad es ella la que da la señal. Cuando un chico da un paso –el ‘primer paso’ de toda la vida, vamos– casi siempre es precedido por invitaciones no verbales de la chica. O sea, y en otras palabras, más que tomar la iniciativa los chicos reaccionan al percibir una invitación inconsciente.

Llegados a este punto me pregunto si alguien habrá hecho un estudio serio sobre los signos de cortejo en encuentros homosexuales. De momento, mis barridos por Internet no han arrojado resultados satisfactorios. Vale que en muchos casos la cosa es tan directa que no son necesarias estas “artimañas” para llegar a las sábanas (ay, esa maravillosa practicidad que tiene el sexo gay a veces), pero pretender que no existe un ritual previo es quedarse muy cortos.

Y otra reflexión os dejo: Me parece que manejar mínimas nociones sobre este tema no sólo nos permite entender mejor lo que el otro nos está comunicando de forma no verbal (y si acaso hay una incongruencia con lo que nos transmite verbalmente, y por qué podría ser eso), sino también entender, y hasta cierto punto controlar, lo que nosotros mismos estamos comunicando. No se trata de reprimir las expresiones del nuestro cuerpo, se trata, además de comprendernos mejor, de evitar que hable en exceso por nosotros cuando no queremos. Ay, la traición de un cuerpo delator, quién no se ha visto en esas alguna vez…

Para evitar alargarme os dejo un ‘punteo’ de otras cosillas interesantes en torno a la comunicación no verbal que aparecen en el libro:

– La mirada continúa siendo su principal elemento, tanto de manera involuntaria como controlada.

– Los expertos observan muchas sutilezas en las señales no verbales de seducción, como esconder la panza y mantener la espalda recta, recolocarse la ropa y –en el caso de los hombres– posicionar el cuerpo de manera que cierre el campo visual de la mujer. Otras señales de interés típicas de chicos son: inclinarse hacia la mujer, gesticular airadamente, mover mucho las manos y asentir exageradamente con la cabeza.

– En cuanto a las chicas, nos delatamos cuando humedecemos los labios de forma involuntaria o torcemos un poco el cuello para mirar fijamente al macho que nos arranca los suspiros internos.

Obviamente, también resulta recomendable manejar un mínimo de información sobre aquellas temidas señales de rechazo, para al menos ser un rechazado digno en caso de encontrarnos en esos menesteres.

imagenlenguaje corporal 1Entre los clásicos de toda la vida nos encontramos con el infaltable bostezo (espontáneo, que si ya es del otro mejor ni hablar) y las continuas comprobaciones al móvil (el libro en realidad habla simplemente de comprobaciones pero yo me he permitido el adjetivo extra ya que, en los tiempos que corren, espantarse porque el galán de turno le echó una sola miradita roñosa al WhatsApp no parece la actitud más productiva).

Nuevamente Moore viene a nuestro rescate, esta vez con una lista de 17 actitudes asociadas al rechazo (y siempre en un contexto de primeras citas). La lista hace referencia a comportamientos observados en mujeres, si bien los hombres comparten varios de ellos. Entre las principales tenemos inclinar el cuerpo hacia atrás, cruzar los brazos, tocarse las uñas o mover los dientes. ¿Pensabais que era por nerviosismo? No, advierte Pere: “se encuentra incómoda y quiere escapar”. “Veréis que pronto empieza a desviar la mirada, las piernas se mueven inquietas, y no tardará en dejar de sonreír tan fácilmente como antes. Y si en un momento determinado empieza a llevar la contraria en temas banales en lugar de asentir, podemos interpretarlo como otra de las señales más claras de rechazo”.

Como conclusión más que obvia, el libro nos deja la siguiente: Los hombres menos exitosos a la hora de ligar identifican significativamente menos señales de cortejo que la media…

¡Qué! ¿Os parece ahora que son tonterías de las que estamos hablando?

S=EX². La ciencia del sexo

Hace rato que tenía ganas de escribir este post. Se me había ido quedando en el tintero, y aunque soy consciente de que no es precisamente “noticia de actualidad”, eso nunca ha sido tema para mí a la hora de decidir sobre qué hablar en este blog. La idea es que prime el interés. Y en este caso hablamos de un libro muy, muy interesante.

Ya os he dado la lata antes con la fascinación que siento por Pere Estupinyà, quien se describe a sí mismo en su web como “escritor y divulgador científico”, así que no me voy a repetir. Tampoco quiero repetir la información que ya ofrecen los muchísimos artículos sobre “S=EX². La ciencia del sexo” y que podéis encontrar en Internet, principalmente citas y comentarios de algunos de los parajes más interesantes del libro junto con una enumeración de los temas tratados. Que son muchos.

Sin embargo, son necesarias unas pinceladas básicas, así que me quedo con que nos encontramos ante un texto que al mismo tiempo disecciona como permite una visión “holística” del tema que se trae entre manos, el sexo, para lo cual se sirve de diversos frentes de aproximación (comandados por un batallón de “logías: biología, sociología, neurología, sociología, fisiología…) y de una combinación perfecta entre sentido del humor, liviandad, rigurosidad y cercanía. O sea, un libro que puede devorarse a un ritmo digno de una novela de suspense, tan entretenido como informativo, y que está plagado de anécdotas, datos curiosos, hallazgos sorprendentes y alguna que otra confesión personal del autor, siempre ávido de saber (al punto de convertirse en el primer hombre en someterse a una Imagen por Resonancia Magnética Funcional mientras experimentaba un orgasmo. Todo sea por la ciencia…).

Ahora, llegados a este punto, de lo que realmente quiero hablar no es del libro en sí –insisto, información hay de sobra- sino de mi experiencia particular leyéndolo. Y después de leerlo, claro.

Para empezar, me lo tragué en verano, así que lo asocio a arena y playa, relajo y desnudez. Es un libro que me sabe a mojito, a mañanas largas, al tacto único del sol besando la piel de un cuerpo en reposo. Un libro degustado, repasado y comentado.

Y ahí tenemos otro tema, es un libro que da muuucho tema de conversación. Porque lo que cuenta está tan bien contado que uno se queda con los datos casi sin enterarse, sin esfuerzo, y con ello se tiene un pozo enorme de saber al cual echar mano cuando se desea deslumbrar –o escandalizar, actividad también de lo más edificante y divertida- al interlocutor que se tenga delante.

Pero bueno, además de enriquecer habilidades sociales, esas cosillas que se van quedando, esos datos y reflexiones, esos resultados científicos y anécdotas pueden poner a funcionar la sesera de otra manera. O sea, ayudarnos a prestar más atención. A observar con distintos ojos –incluso a la manera de “gafas intercambiables”- las conductas de los demás y las propias y dotarnos así de más y mejores herramientas para llevar a cabo nuestro viaje por las sombras del ser humano.

En este contexto, uno de los efectos más interesantes que tuvo el libro sobre mí fue, por explicarlo de una manera simple, una atenuación de un cierto sentimiento de “culpa sexual” que puede surgir en diversas situaciones. Es como si al comprender determinados mecanismos (o al comprender que son compartidos con gran parte de la humanidad, no sé realmente cuál será la opción válida) el Pepe Grillo interno suavizara sus juicios de alguna manera, o más bien como si su voz se reencauzara hacia mejores destinos.

Si a estas alturas os estáis preguntando “madre mía, ¿de qué está hablando esta chica?”, voy a recurrir a una antigua costumbre de terminar con un par de anécdotas ejemplificadoras, ya que cuando no alcanzan las palabras… bien valen más palabras que dibujen imágenes! 😉

Caso 1: Cuando el conocimiento provee calma

Hace poco quedé con un ex. Uno de esos que dejan huella, si bien más que por mérito propio por la forma en que se me dio vuelta el mundo con la experiencia vivida, porque me hizo cuestionarme cosas que consideraba verdades como templos y porque en el breve trayecto que compartimos y en todo el dolor posterior de la pérdida pude aprender muchísimo sobre mí misma… La cosa es que supuestamente se trataba de un encuentro trascendente, y todos sabemos que la trascendencia es muy amiga de crear situaciones embarazosas o liarla, así que aunque me sentía bastante en paz con el mundo no terminaba de confiar del todo en mí y mis reacciones imprevisibles. Pero al llegar al lugar de la cita y encontrarme con ese festín de señales corporales con el que me recibió me relajé de forma automática. El hombre que me había pulverizado el corazón era un manojo de nervios que exhudaba “información útil” por doquier, porque más allá de los gestos más evidentes percibí detalles más sutiles que antes se me habrían escapado. Y así, con la atención ampliada, pude atravesar un poco mejor la opacidad de ese semidiós caído del altar que casi llegó a quebrarme con su hermetismo. Dicen que la información es poder, pero para mí fue calma, toda la que necesitaba para vivir mis procesos y terminar de entender… Porque al fin y al cabo lo que tenía ante mí era un ser humano como cualquier otro, con sus debilidades y sus heridas. Y de esos está lleno el mundo.

Caso 2: Cuando el conocimiento nos hace conscientes

En esta historia el lenguaje corporal vuelve a jugar un rol importante, aunque ahora estamos hablando de mi lenguaje corporal. Inconsciente, más no inocente.

Había ido a visitar a una amiga y mientras ella estaba arriba amamantando a su bebé yo me quedé conversando con su novio en el patio del chalé que comparten. El novio es guapo y me cae genial, lo cual no significa que me haya planteado tener algo con él, ni siquiera a nivel de fantasía. O sea, hablamos de la pareja de una amiga, así que no me permitiría ni coquetear inocentemente con él. O eso creía yo…

Pues ahí estaba, en medio de una conversación sobre motores, cuando me descubrí mordiéndome el labio inferior y apuntando con mi rodilla directamente hacia… ¡bueno, ya sabéis!  A lo que suma el que segundos antes había estado jugueteando con un mechón de pelo y me había pasado distraídamente un dedo por la clavícula, todos ellos signos cantados de descarado cortejo no verbal.

En fin, que teniendo la película clara pude enmendar mis pecaminosos actos y volver al camino de las buenas amigas que respetan al macho provedor ajeno “de pensamiento, palabra y obra”, particularmente si la ‘hembra-amiga’ se encuentra realizando actividades de la envergadura de alimentar a la prole. Porque vamos a ver, un mínimo de respeto, ¿no? O sea, que aunque me guste pensar que muchos límites están para romperse, no soy de las que suelen ir por ahí en rollo depredadora dando zarpazos a novios ajenos… (estaría ovulando ese día, jeje).

imagen spankingCaso 3: Cuando el conocimiento nos libera

Entre muchas otras cosas me gusta el spanking, y alguna vez me da por buscar videos relacionados con el tema. El problema es que para dar con alguno bien hecho o que me resulte placentero hay que pasar por mucha mierda (y casi no digo esto de forma figurada). Lo que me atrae es el erotismo que hay en el dolor, el punto compartido con el placer el final del túnel, no el ansia de un ser humano por hacer sufrir a otro. Por eso cuando me encuentro con alguna grabación que sobrepasa lo que considero tolerable, mi reacción suele ser de rechazo. No considero tolerable un culo hecho un Cristo, surcado de heridas y moratones, y mucho menos una grabación que me hace dudar sobre si la chica que aparece en ella está ahí porque quiere o porque es víctima de alguna mafia que la obliga a gemir mientras es violada y torturada. Pero la cosa es que, aún cerrando rápidamente la tapa del portátil, algunas veces se alcanza a producir un brinco “ahí abajo”, esa puesta en marcha del mecanismo de la excitación que se manifiesta como una pequeña boca despertando al hambre. Una sensación fugaz, pero que puede generar mucha incomodidad. Porque claro, es casi inevitable pensar si no habrá algo malo, algo podrido en uno, para que –aunque sea por breves segundos- se caliente con algo así…

Bueno, pues una de las cosas que explica el buen amigo Pere en su libro es –en mis palabras- que la excitación es una reacción del cuerpo, mientras que el deseo es de la cabeza. Y no necesariamente van de la mano. Que algo nos excite no significa que lo deseemos (ni mucho menos que lo encontremos bueno), y viceversa. Esta diferencia suele estar bastante clara en caso de los chicos, ya que los signos de la excitación se identifican con facilidad, pero no en el de las chicas, lo que puede resultar siendo un caldo de cultivo ideal para la culpa. Por decirlo más claro: Las mujeres a veces no saben que están excitadas (vaaale, por no dármelas de la más chupi diré que no sabemos… Aunque agregando que conocerme a mí misma es una de mis actividades favoritas, en ningún caso una tarea eludida).

Saber reconocer los signos de excitación del propio cuerpo permite precisamente separarlos de lo que es el deseo, y entender que somos tan responsables de los primeros como de tener un espasmo. Otro tema, claro está, es lo que hagamos con ello. No vale pasarse horas viendo videos con niños y después alegar que uno no tuvo nada que ver con la propia excitación. Pero la cosa es que podemos excitarnos con algo sin que nos guste. Y esto, si bien puede parecer un descubrimiento pequeño, creo que no lo es. Ya me gustaría poder hacer un viaje en el tiempo y decirle a una niña que una vez existió que no tiene por qué preocuparse, que el haberse puesto tan rara con esa escena que vio por casualidad en la tele, de un padre golpeando con saña a su hija con un cinturón, no la convierte en una pervertida o una enferma. Lo dicho… just another human being!

Celos

imagen celos, trio

Hablaba en el post pasado del tema de la fidelidad. Hablaba de algunas opciones, que básicamente pasan por reconocer que a todos nos gusta mirar para el lado, y que probablemente nos va a gustar hasta el día en el que nos toque ponernos el pijama de palo. No estamos programados genéticamente para mantener relaciones sexuales con una misma persona de por vida, si bien eso sólo significa lo que significa, nadie ha hablado del bien y del mal acá. O sea, y tal como tan acertadamente señala mi amigo Pere Estupinyà en su último libro, hay que tener cuidado de no caer en la “falacia naturalista”, avalando moralmente aquellas cosas que nos vienen dadas por naturaleza y que nos acomoda avalar, mientras olvidamos que hay muchas otras que beben de la misma fuente pero que consideramos verdaderas aberraciones.

En realidad no lo dice así, pero estoy evitando coger mi libro y caer en la trampa de ponerme a buscar la cita, porque entonces ya no paro… De cualquier manera, esa viene a ser más o menos la idea.

¿Por qué no entonces aceptar que si bien es muy difícil amar a dos personas a la vez –nuevamente la ciencia mete aquí su cuchara-, si se puede desear a tres, a cuatro o a cinco? ¿Por qué no aceptar que hay distintas maneras de querer, y que un corazón siempre puede tener sitio para más? ¿Por qué no abdicar de una vez por todas del modelo de pareja que nos hemos montado, y que se cae y nos arrastra en su fracaso una y otra vez, en pos de un camino menos contaminado, en una de esas incluso libre de pantomimas y mascaradas?

Probablemente no alcanzarían 1.000 páginas para terminar de dilucidar este asunto, pero permitidme subir al banquillo de los acusados a uno de los más que posibles culpables de esta historia de nunca acabar: Los celos.

Hijos de la posesión, esa horrible criatura que nos engaña con sus cantos de sirena prometiéndonos un bálsamo que cure nuestro miedo a la soledad mientras silenciosamente inyecta su veneno, los celos anidan en todos nosotros. Se noten o no, nos hagan la vida más o menos jodida, están ahí.

imagen celos, carcelEn mi post “Cuando la ciencia se va a la cama” dije que no soy celosa y que “intento huir de la posesión como del demonio”. Aún entendiéndose que hablaba en términos generales, durante algún tiempo me enorgulleció pensar aquello, como si fuera una especie de sello, una sofisticación más de mi forma de ser que colgarme como una medalla a la modernidad. Ahora, no hace falta bucear con demasiada profundidad en las pantanosas aguas que rodean a este asunto para ver que, cuando mucho, se puede tener el tema más racionalizado. O sea, puedo entenderlo. Tal vez aproximarme a él por vías menos gastadas, y apreciar más matices en algunas de las situaciones que me ha planteado la vida, en una de esas intentar dar la pelea con mejores armas…  pero hasta ahí. Los celos son una cárcel, y sólo quien los padece es su prisionero, pero ¡de qué poco sirve a veces el saber! Yo también he sentido esos mordiscos feroces en el interior del estómago, ese deterioro del alma, esa corrosión de todo lo que late dentro y que nunca termina de explotar. Las esperanzas, cuando mueren, no suelen hacerlo dulcemente. Y como legiones de otras mujeres (y hombres, claro está) en ocasiones he tenido que recomponerme y sonreír, porque no quedaba otra. No importa que sepa que el otro no es mío, que nadie lo es. Porque mío es el olor a él que entra por mi nariz y se inyecta en mi sangre cuando lo tengo cerca, y mía es su piel entre mis dedos. Mío es su sabor, porque está en mi lengua, y mía la forma única en que se dibuja su contorno en mis ojos. Mío, mi tesoro, ¡my precious! Para siempre, o al menos durante todo el “siempre” que sea necesario…

(¿Esperabais alguna conclusión al respecto? Mmm, lo siento, no la hay.)

Fidelidad

Fidelidad. Una palabra enorme de cuatro sílabas que nos atrinchera, nos violenta, nos desconcierta, nos acuna. Un mandato, un yugo en ocasiones, un pacto de voluntades. Muchas veces una mentira. Una ilusión que nos tranquiliza…fidelidad

Nos recuerda el científico Pere Estupinyà de la importancia de diferenciar entre fidelidad y monogamia. “La monogamia es natural, la fidelidad no”, explica. La frase, de puro contundente, es como un chorro de claridad. Y continúa: “¿Es natural desear sexualmente a otra persona a pesar de estar felizmente enamorado?, ¿o lo que no es natural es tener relaciones de manera exclusiva siempre con la misma pareja? Bueno, por lo menos en el mundo animal, monogamia e infidelidad no están en absoluto reñidas”.

Para dibujar mejor la idea, Pere nos cuenta de los titís y sakis, unos monos que “tienen la monogamia impregnada en los genes”, pero aclarando que “una cosa es la monogamia social y otra la sexual. La primera es entendida por la naturaleza como el instinto de establecer un núcleo familiar y defender un territorio en aquellas especies cuyas crías requieren el cuidado de ambos progenitores. Por otro lado, la monogamia sexual [lo que nosotros consideraríamos ‘fidelidad’] consiste en mantenerse sexualmente fiel y desestimar la opción de procrear con una hembra receptiva o un macho con mejores genes. Esta monogamia sexual no tiene mucho sentido evolutivo, y de hecho es extrañísima en el mundo animal. Desde luego ningún primate, salvo los humanos, la practica”.

Seguro que hay más humanos que animales siendo “monógamos sexuales”, vale. ¿Pero cuántos de ellos lo son a gusto? ¿Cuántos no han estado “por los pelos” de caer en la tentación? ¿Y cuántos caen una y otra vez mientras mantienen una fachada ejemplificadora, escindidos en dos existencias que no se tocan? Y eso por no hablar de los arrepentidos, los que arrastran su engaño como una losa, convirtiendo sus orgasmos culpables en podredumbre del alma.

¡Cuánto desperdicio, cuánta falta de disfrute!

orgía¿Tengo yo la clave? Por supuesto que no. Durante un tiempo pensé que el tema se circunscribía a un problema de falta de madurez existencial, que la raza humana –siguiendo el camino “correcto” – evolucionaría hacia comunidades poliamorosas, todos revueltos y felices como lombrices. Claro, el panorama en mi cabeza se dibujaba con bastante menos ingenuidad que la que planteo aquí, pero esa es más o menos la idea.

Otra opción sería la de nuestros amigos titís y sakis: una sociedad de familias “tradicionales” (parejas –de cualquier condición sexual- que viven juntas, tienen relaciones estables y crían a sus hijos de forma colaborativa), con escarceos amorosos libres y a tutiplén. O sea, cuando te aburre lo que tienes en casa sales a cenar fuera, y cuando te hastías de tanta cocina de chef vuelves a tu cocina de siempre, por una humeante y reponedora cazuela. O visto de otra manera, sería algo así como respetar la figura de la infancia del “mejor amigo”, que es siempre el primero al que se invita a todo, pero teniendo otros amigos que nos hagan felices.

familias alternativasPero nein. Porque si bien una parte del plan funcionaría de maravillas (yo con todos), el otro hace aguas por donde se mire (“mis” todos o alguno de mis todos con todos los demás). ¿Egoísmo? Tal vez, pero también ciencia. “Sí es natural sentir deseo sexual y amor sincero por varias personas a la vez, y quien haya tenido un amante puede dar fe de ello, pero aceptar que ellas también lo sientan por otros no forma parte de la lógica interna de nuestro cerebro”, reflexiona Estupinyà.

Ahora, tanto como tira la ciencia tiran los hábitos, y ahí la cosa no mejora mucho. Llevamos siglos poniendo como base de la sociedad la familia tradicional y el matrimonio (una figura que se resquebraja a pasos agigantados, si bien es de justicia agregar que algunos aún resisten, dotando a la institución de su más bello sentido), y con ello repitiendo las mismas frases gastadas, las mismas fórmulas de engaño y autoengaño con ligeros cambios propios de cada época. Hoteles y moteles; segundos móviles; cuentas de correo secretas; relaciones cibernéticas; hijos ocultos; romances de oficina, de verano, de viajecillo… Todo ello mientras intentamos seguir convenciéndonos de que a nosotros sí que nos va a resultar, de que podremos regar la flor de la pasión con el cemento de lo cotidiano y mantenerla viva.

Yo me pregunto: ¿Vamos a aprender algo alguna vez? ¿Hasta cuándo insistimos en engañarnos, en repetir comportamientos que nos dañan? ¿Por qué tenemos que mentirnos unos a otros de maneras tan burdas, tan patéticas?

– Ya no la amo, pero no se lo digo para no causarle dolor.
– Mentira. No te importa causarle dolor. Lo que te importa es no ser testigo del dolor que causas.

No, no creo en la fidelidad. Hasta la ilusión más linda se gasta, cuando no se rompe de golpe. Obviamente estoy muy lejos de proponer una fórmula redonda, no vayáis a pensar que tengo el tema resuelto, más bien todo lo contrario. Cada vez que le doy vueltas termino hecha un caos. Pero sí sé una cosa. La fidelidad que yo espero es la honestidad, y si dejo de creer en ella dejo de tener fe en el ser humano. Que no me prometan mañanas porque eso nadie lo tiene entre sus manos, pero que sí me ofrezcan verdades. Es justo que uno sepa qué terreno pisa para saber si lo quiere seguir pisando, si sabe ser feliz con lo que realmente se le está ofreciendo. Enfrentar con honestidad cualquier cambio en las condiciones del “pacto” que se hizo con otra persona (ya sea de exclusividad o de otro tipo), con el añadido de que esa persona te ha entregado su confianza y está compartiendo su vida contigo, es de mínimo respeto. Claro que se arriesga mucho, y para ello se requiere valentía, pero como la requiere cualquier acto de amor. Pero lo contrario no deja de ser un acto de violencia, de alguna manera una violación a la libertad de la otra persona, se justifique como se justifique.

PD1: Estupinyà se ha convertido en un “sospechoso habitual” en mi blog, lo sé, pero es que estoy pasando una etapa ‘Pereadictiva’  que tendréis que saber perdonar. O sea, de que el tío sabe, sabe, y además de que lo explica de puta madre… me pone! :p Así que ya podéis esperar un post más completito sobre su último libro en un futuro no muy lejano, jeje.

PD2: Soy consciente de que me he dejado fuera el tema de los celos, y que su inclusión habría permitido explorar con más profundidad algunos de los puntos que toco en esta entrada… Pero ya la cosa se estaba alargando, y además es que vaya temazo! No sé, me pareció a mí que más bien merecía post propio.

PD3: ¡No, nadie me ha puesto los cuernos últimamente, jejeje! Bueno, al menos que yo sepa. Por si las moscas…

Cuando la ciencia se va a la cama…

shutterstock_140979004 “Las mujeres siempre dan el primer indicio. No el primer paso, el primer paso lo da el hombre, pero siempre después de una señal indirecta de la mujer: un ladeo de cabeza, una mirada, una sonrisa. Entonces es cuando el hombre ataca. Se ha visto al poner a varias mujeres y hay una más guapa que no da ningún tipo de señales, y una menos guapa que sí que lanza miradas, que claramente se acercan muchos más hombres a la que lanza miradas que a la que no”.

(Pere Estupinyà).

Nunca fui una chica de ciencias. En el cole brillaba en humanidades mientras que el cerebro se me quedaba irremediablemente frito a la hora de entrar a clases de biología, física o química. Sentada frente al profesor me sentía como una náufraga que contaba los minutos para salir de ahí y llegar a tierra firme. La maravillosa tierra de las cosas que sí podía entender. Sin embargo, con el paso del tiempo he ido reconciliándome un poco con el tema. Y como no, a través del sexo.

No es que las ‘ciencias’ hayan dejado de parecerme áridas en general (ni siquiera tengo muy claro lo que engloba la palabra), pero el binomio sexo-ciencia se ha convertido en uno de mis favoritos. Me fascina ese proceso que se produce dentro de mí cuando me doy cuenta de que actitudes que suponía racionales, producto de algún desarrollo mental propio (o por último producto de un capricho, pero mío), en realidad corresponden a mi parte más animal, al “llamado de la naturaleza”. Me mola la sensación de vértigo que acompaña a ese pequeño desmantelamiento del ego, una renuncia a reclamar nuestro sello de originalidad en una serie de acciones cotidianas a cambio de entregarnos al asombro de entender que finos hilos invisibles mueven muchos de nuestros comportamientos. Y no sólo los de menor importancia, porque esta realidad subyacente puede cobrar dimensiones insospechadas y esconderse en algunas de las decisiones más trascendentes que se toman en la vida. Así, creemos que el amor, un destino irrenunciable, el poder de los astros o nuestro cacareado libre albedrío nos llevó a los brazos de una persona determinada, cuando en realidad fue su olor, o la información genética contenida en su saliva lo que marcó el punto de partida de esa relación.

En el video ‘Lecciones científicas sobre el sexo’, de La Vanguardia, el químico Pere Estupinyà asegura que nuestro comportamiento sexual es mucho más irracional que racional. Pero ojo, que irracional no significa “porque sí”, simplemente significa que no está dictado por la razón, por lo tanto no es nuestro pensamiento consciente quien dirige nuestros actos. Son los dictados de la ciencia, que siempre está ahí para dictar sus cosas, aunque pasen y pasen los siglos y nos volvamos cada vez más ‘sofisticados’. Incombustible ella. Bueno, la ciencia y otras cosas, claro…

shutterstock_139594508No soy celosa. Intento huir de la posesión como del demonio, aunque unas cuantas veces me haya encontrado con él cara a cara y haya perdido la batalla. No lo soy no porque sea la más chupi del mundo, la más segura de mí misma, sino porque creo que se sufre menos, que es una guerra que vale la pena pelear. Y por lo general el sentimiento me acompaña –porque una cosa es hacer una declaración de principios y otra muy distinta vivir cómodamente dentro de sus márgenes-, aunque hay días en los que me he sorprendido “marcando territorio”, o más inquieta que de costumbre. Vamos, que en ocasiones sería capaz de arrancarle la cabeza a mordiscos a esa perra que tanto habla con “mi” chico… Y entonces me como el coco con que soy poco evolucionada y me deprimo pensando que avanzo para retroceder, cuando en realidad lo que ha ocurrido es que la chica en cuestión no era más que una blanca paloma que había cometido el ‘pecado’ de estar ovulando justo ese día, lo que puso a todo mi organismo de hembra en estado de alerta ambiental.

Y qué me decís del ligar, ese gran arte que creemos haber desmontado y vuelto a montar a la perfección, y que se compone en realidad de mecanismos que escapan totalmente a nuestro conocimiento y control. ¡Qué risa! Vamos por la vida sin darnos cuenta de que somos carne de análisis: “En el tema del cortejo varios sociólogos se meten en bares, se meten en discotecas, y empiezan a observar, a tomar notas… Estudian nuestro  comportamiento”, confidencia Estupinyà. Jooo, qué diver, yo quiero ese curro!!!

Por si os interesa, os dejo el video. Ahí podréis encontrar las respuestas de nuestro hombre de ciencias a las siguientes preguntas: ¿Cuál es el estudio que más te ha llamado la atención? ¿La mujer es más bisexual que el hombre? ¿El tamaño importa? ¿El sexo sin compromiso nos puede llevar a enamorarnos? ¿El alcohol es un estimulante para practicar sexo? ¿Cuáles son las bases no verbales de la seducción?

¿Y vosotros? ¿Os animáis a contarme de algún estudio que os haya parecido particularmente interesante? Sé que estos “llamados a la acción” no suelen tener mucha repercusión, pero me encantaría encontrarme con descubrimientos nuevos… Con un link ya me hacéis feliz! 🙂