Diálogos callejeros 6: Nada me queda bien

tienda-china-madrid.jpg2_Ella es una mulata de formas generosas y vientre plano. Un culo que le nace de la mitad de la espalda, como de dos manzanas abrazándose, y un cabello rizado y fecundo, negro como la noche, compensan unos rasgos un tanto toscos, de pómulos anchos y nariz gruesa. En conjunto es guapa, llamativa, una hembra portentosa entrando en la cuarentena con más piel que tela cubriendo sus entrañas. De cerca sin embargo pueden verse sus remiendos, y en sus ojos hastiados se adivinan los rincones más oscuros del mapa de su vida.

Él tiene una de esas pieles que enrojecen en verano y desalientan en invierno. Está ya en la edad en que oídos y fosas nasales comienzan a escupir pelos al exterior, como si ya no quisieran saber lo que hay dentro y al mismo tiempo fuera necesario taponar cualquier posible acceso. De cerca su cuerpo sigue siendo mudo, apenas el enigma de unos ojos pequeños y la insultante contundencia de una barriga- trofeo. De las que no se consiguen de un día para otro. De las que se llevan con orgullo.

El lugar: Asnaya, una de las tantas tiendas chinas que han conseguido hacerse un sitio en los barrios pijos de la ciudad con escaparates modernos e iluminados y cortes de telas que copian las colecciones de M&H o Sara. Salvo una viejecita que arrastra los pies y mira camisetas juveniles, ellos son los únicos clientes en el local.

La hora da igual; el día, cualquiera. Ayer, tal vez la semana pasada. Mañana…

Ella se dirige al probador. Él da unas cuantas vueltas, manosea unas cuantas prendas sin mirarlas y mira su reloj sin tocarlo. Saca el móvil. Lo guarda. Observa a la china que lo observa desde la caja. Suelta un bufido.

– ¿Te falta mucho?
– No
– Ya
– Que no, te digo. Dos vestidos más y estoy.
– Coño, ¿Qué tienes ahí dentro, la tienda completa?
– Es que nada me queda bien.
– Como no te va a quedar nada bien, con todo lo que te has probado. Joder, ya te vale.
– No sé, las tetas se me ven raras.
– Están como siempre.
– Son las formas, no están bien. Son malas.
– ¿Cómo malas?
– Queda raro, no me gusta.
– Yo te veo bien. ¿No es eso lo que importa?
– Pero a mí no me gusta.
– ¿Y el rojo? Ese te gustó.
– Te gustó a ti. Está mal cosido. Y engorda.
– ¿Y el que llevas puesto? No tiene nada de malo.
– Tú no tienes ni idea.
– Cómo te gusta tocar las pelotas. ¿Te vas a llevar algo o no?
– Te dije que fuéramos a otra tienda, ésta no está bien. Yo no quería venir acá.
– ¿A ver? ¿A cuál?
– A la de antes, no sé, a otra…
– Ya, a otra. Ya.
– ¿Qué quiere decir ese ya?
– Nada
– Ya, nada…

 

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Tras la ventana (y V)

KONICA MINOLTA DIGITAL CAMERAAcercándose lentamente hasta ella, le puso las manos sobre los hombros y los acarició con avidez. Había algo inabarcable en el contorno de su piel, algo que se deshacía y volvía a renacer, cobrando en cada toque una forma distinta. No importaba dónde se detuviera, si en los huesos de su clavícula o en la curva de su espalda; algo de él se hundía dentro de ella, y una vez dentro era como si no pudiera volver a salir, y simplemente se adentrara cada vez más. Por un instante sintió que si seguía tocando no quedaría nada más de él, y no le pareció una mala manera de irse.

Ella asintió con una sonrisa leve y se pasó la lengua por los labios, y él tuvo la sensación de que saboreaba sus pensamientos.

La besó entonces, primero con suavidad y después con más ímpetu, concentrándose en raspar de sus labios esponjosos toda la humedad y el calor que le ofrecían. Pero sólo consiguió acrecentar su hambre. Y entonces, como si siempre hubiera conocido el camino, acercó su boca a los pezones oscuros de la mujer, que le esperaban un poco más abajo, poderosos y erguidos. Cerró los ojos y chupó, incapaz de hacer otra cosa, y sintió en seguida que lo invadía una sensación tan dulce que casi llegaba a ser insoportable. La deseaba y se ahogaba al mismo tiempo, sin poder detenerse. Ella le cogió la cara con delicadeza e hizo que la mirara.

– Tranquilo. Hay de sobra.

Quiso responderle que estaba tranquilo, pero en cuanto intentó hablar empezó a salirle leche de los labios. Se dio cuenta entonces de que por los pechos de ella corrían dos hilos blancos que bajaban hasta perderse en su vientre.  Retrocedió, sintiendo que estaba a punto de desmayarse.

– ¿Qué es esto? ¿Quién eres?

– Quien tú quieras que sea.

– ¿Eres mi madre? –le preguntó, sintiéndose inmediatamente estúpido.

– ¿Quieres que sea tu madre?

La mirada de ella se volvió felina y la voz un susurro casi inaudible, pero aún así había una carga en sus palabras, como si él pudiera palpar la tentación que le ofrecían. Por unos instantes se sintió inclinado a decir que sí, a abrir esa puerta y ver qué había detrás de ese abrazo tan ansiado. Nada podía ser peor que el vacío… Sin embargo sacudió la cabeza en señal de negación, si bien no del todo sometido a su renuncia.

– Si no lo eres en realidad, pues no. No quiero que lo seas.

– Realidad. Curiosa palabra.

La miró entonces con más cuidado. ¿Por qué estaban conversando? Tenía a una mujer hermosa y desnuda frente a él, y se encontraba a punto de embarcarse en una discusión existencialista.

Cogiéndola de la mano la llevó hasta el sofá y la tumbó allí. Había algo conmovedor en la docilidad de sus movimientos, como si de pronto se hubiera aburrido de los juegos y hubiera decidido entregarse de alguna manera, más allá de lo físico. Recostada sobre los blancos almohadones, con las piernas ligeramente abiertas, toda ella era una invitación y todo preámbulo un estorbo.

Al penetrarla supo que no había más hogar que ese, y que cualquier otro sitio tendría el sabor de la huída. Pese a que entró en ella con deferencia, una embriaguez efervescente le recorrió el cuerpo con violencia, untando una sensibilidad nueva en cada centímetro de piel viva. No había ya en él trazo alguno reconocible, todo parecía haberse fundido en un punto único, como si su cuerpo al completo fuera un enorme y burbujeante glande a punto de ebullición. Abrió la boca, pero en vez de notar cómo se liberaba su rugido lo sintió retumbar en su interior, deslizándose denso y caliente por las paredes de su garganta hasta deshacerse en su estómago.

No llegó a saber si eyaculó o no, simplemente se perdió en la totalidad de su orgasmo. Suspendido en un espacio indescriptible -¿cómo poner en palabras aquello que se encuentra  al mismo tiempo en el pico más alto de la más alta montaña y en el punto más profundo del más profundo de los océanos?-, sintió que volvía a nacer, ingrávido e inmaculado. Lo invadió un sueño profundo y se dejó acunar por sus brazos, Entonces lo supo: Nada podía herirlo, ya nada tenía forma a su alrededor. Lo único que tenía que hacer era flotar…

– Lo siento, esto no tendría que haber pasado. Se supone que hay reglas- la oyó decir, pero como si estuviera muy lejos de él. Responderle le costó un enorme esfuerzo, sólo quería dormir.

– ¿Cómo dices?

– Aún no era el momento, ella no está lista… – la escuchó decir, pero su voz ya parecía venir de otro mundo. Él alcanzó a murmurar una respuesta incomprensible, más parecida a un gemido que a otra cosa, antes de dejarse ir del todo.

pintura parto 1A la mañana siguiente no recordaría nada. Ni siquiera el golpe que tuvieron que darle -el primero de tantos- para que lograra respirar. Su madre daría a luz sin perder esa expresión de hastío que se había vuelto cada vez más frecuente en su rostro, y dejaría el hospital sin mirar atrás ni una sola vez, arrastrando su cuerpo prematuramente envejecido lejos de allí. Ese malestar en particular pronto se convertiría en un recuerdo lejano, y sólo el líquido pegajoso  brotando con desgana de sus pezones le recordaría -durante un puñado de días- lo que había dejado atrás.

 

(Nota que no sé dónde poner: Las imágenes las encontré en Internet y representan pinturas de la artista Beti Alonso. No la conozco de nada, pero me topé con su fanpage de Facebook. Por respeto a su trabajo os dejo el link: https://www.facebook.com/betialonsopintora)

 

Tras la ventana (I)
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Tras la ventana (III)
Tras la ventana (IV)

Tras la ventana (IV)

tras la ventana 4Se despertó tarde y se quedó un rato en la cama, incapaz de decidir qué hacer. No quería salir al pasillo y descubrir que el jarrón no era lo único que se había roto en esa casa. Una rápida mirada al suelo le permitió comprobar algo que ya intuía: los trozos ya no estaban allí, ni las flores desparramadas. “Debió limpiarlas mientras yo dormía”, pensó. “¿Se quedará observándome cuando entra en mi habitación de noche”?

El pensamiento lo sorprendió. Tal vez porque en ese momento se dio cuenta, con una punzada que le indicó que estaba más allá de una simple conjetura, de que no era la primera vez que ella entraba mientras él estaba dormido. Pero además no se le pasó por alto el uso del adjetivo posesivo en la frase que surcó su mente: “Mi habitación”.

Cuando ya le resultó evidente que ella no iba a aparecer, se levantó y salió. No quería asomarse al salón y quedarse parado frente a ella sin saber qué decir. Y no quería ser él quien hablara primero. Ella se había ido y lo había dejado solo. Ella tenía que buscarlo.

Sin embargo, al no oír los ruidos familiares de la mañana sintió curiosidad. ¿Ya habría desayunado? ¿Qué estaría haciendo tan silenciosamente? ¿Leyendo?

Como de costumbre la mesa estaba puesta, pero ella no se encontraba allí. Al darle un sorbo al café se percató de que estaba frío. Igual que las tostadas. Se bebió el zumo de naranja con desgana y se metió en la ducha.

Ni siquiera sentir el agua corriendo sobre su cuerpo lo tranquilizó. La ausencia de la mujer le producía la desagradable sensación de que había ido muy lejos la noche anterior, pese a que si miraba la situación desde fuera se podía considerar un ejemplo de virtud. Pero no lo sentía así.

Siguiendo un impulso se puso la ropa que traía el día que llegó, rechazando la que ella le dejaba todos los días sobre la silla. Estaba molesto, con él por no haber sabido contenerse y con ella por no haber apreciado su falta de contención. Pensó que si ella lo veía vestido así podría reaccionar de alguna manera, si bien no tenía muy que reacción esperaba… o deseaba provocar.

Todos sus pequeños rencores y elucubraciones se fueron disolviendo a medida que pasaban las horas, para dejar paso a una sensación de pérdida distinta a la que había cargado por tantos años. No se trataba ya de desear algo que nunca había tenido, sino de temer por algo que se conoce, que se ha poseído. Se preguntó cómo podría alguien llegar a amar, si eso implicaba saber al mismo tiempo- no, más bien sentir sin palabras- lo que significaba realmente la ausencia de lo deseado.

Cuando ya no pudo aguantar el hilo de sus pensamientos arrastró los pies hasta la cocina y se preparó un bocadillo para saciar su hambre. Se tendió en el sofá y cerró los ojos, pendiente de los sonidos que venían del exterior.

 

Ya había oscurecido cuando ella entró por la puerta. Parecía traer el mundo exterior a sus espaldas como un lastre, en su sonrisa huidiza y su andar pesado. Aún así, al verla así él se sintió irritado. De alguna manera excluido. Ella se acercó para saludarlo, pero él se hizo a un lado.

– Te fuiste

El ansia contenida en su voz lo sorprendió y se dio cuenta de que necesitaba dominarse. Ella lo miró con curiosidad. Parecía sinceramente perpleja al percibir el intenso reproche que acompañaba a sus palabras.

– Pero he vuelto.

– ¿Dónde estabas?

– Una reunión de última hora, que se alargó más de lo esperado.

– ¿Con quién?- insistió él con tono agrio.

– Eso a ti no te importa- respondió ella.

– Ya, ¿pero no podrías haberme avisado? Joder, no es tan difícil coger un teléfono.

– Pensé que aprovecharías el día. Te dejé una nota en la entrada. ¿No la viste?

– No-, murmuró, y se sintió inmensamente estúpido. ¿Quién era él para pedirle explicaciones en su propia casa? ¿Tenían algún tipo de relación que le daba derecho a hablarle así? De pronto su presencia en ese lugar le pareció más amenazada que nunca, y volvió a sentir esa carga endeble que colgaba de sus espaldas cuando cruzó el umbral por primera vez.

– Disculpa, yo…

– No pasa nada Pablo, déjalo. Creo que me voy a tumbar, estoy cansada.

 

No, no podía ser eso y ya, no podía terminar así. La cogió de un brazo e intentó besarla, pero ella se soltó con un tirón firme, haciendo un extraño chasquido con la boca. Desesperado, sin saber qué hacer al ver que ella le daba la espalda y se dirigía hacia el interior, comenzó a quitarse la ropa con movimientos decididos, con la vaga sensación de que al estar desnudo le costaría más echarlo de su casa. El inconfundible sonido de la cremallera al bajar hizo que ella detuviera su marcha y se girara a mirarlo. No dijo nada, pero el haberse detenido ya era una respuesta.

Él terminó de desvestirse y extendió los brazos hacia los costados, echando levemente la cabeza hacia atrás.

– Mírame. ¿Por qué no me deseas? ¿Qué es lo que no te gusta?

Cerró los ojos, algo avergonzado con su inesperado y teatral arranque, y al abrirlos se encontró a la mujer a su lado. “¿Pero qué coño”? se dijo, algo mareado por la sorpresa. Resultaba imposible que le hubiera dado tiempo a llegar hasta él. Pero allí estaba.

– No has venido aquí para eso- le dijo con una sonrisa triste.

– ¿Y entonces para qué? ¿Quieres decirme para qué coño estoy aquí? Tú misma me pediste que me quedara.

– Lo sé. No debería haberlo hecho. Pero yo también me siento sola a veces.

– Yo puedo acompañarte. Déjame hacerlo.

Como si se viera forzada a tomar una decisión muy importante ella entrecerró los ojos, y al hacerlo la habitación se oscureció. ¿Cómo se había ido tan rápido la luz? ¿Había sido ella quién había llamado a las sombras? Se encontraba al límite del paroxismo –a eso lo invitaba la lógica-, pero de forma paralela comenzaba a cobrar fuerza la sensación de que sus preguntas sólo tenían peso fuera de los muros que les daban cobijo. Y él estaba dentro. Aunque al parecer no por mucho tiempo.

Entonces ella comenzó a murmurar sonidos incomprensibles al tiempo que movía los brazos, como si cantara muy bajito en una lengua extraña o estuviera recitando algún mantra. Su voz, que más parecía provenir del centro mismo del hogar que del fondo de su garganta, se llevó lo que a él le quedaba de estupor como una suave ola se lleva restos de algas secas al retirarse de la orilla. Poco a poco todo pareció volver a su sitio, aunque era un sitio que él no terminaba de entender. Pero al oírla hablar eso ya no parecía tan importante.

tras la ventana 4bSe dio cuenta entonces de que ella también estaba desnuda, y de que su ropa había desaparecido. Fascinado, contempló su cuerpo firme, mucho más de lo que hubiera esperado en una mujer de su edad, con Pilates y todo. Aunque se encontraban en penumbras le pareció percibir una cierta juventud en su rostro que no había notado antes, o más bien como si la edad no hubiera quedado impresa en él, como si sus preocupaciones fueran de otra índole. Él no sabía qué podía estarla preocupando, pero no albergaba dudas de que sus intentos ya no serían rechazados.

 

Tras la ventana (I)
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Tras la ventana (III)

Tras la ventana (III)

http://www.fraper.es/portal/cuadros/452-cuadro-jarron-azul-con-flores.htmlHabía pasado más de una semana cuando ella entró por primera vez. Él había dejado de estar pendiente de cada sonido que se desvanecía al otro lado de la puerta una vez que se daban las buenas noches, si bien le seguía costando conciliar el sueño. De alguna manera no había dejado de esperarla del todo, pero como se espera que Dios responda a una plegaria: Todo fe, sin asideros. Por eso, aunque había fantaseado recreando la escena decenas de veces durante las noches anteriores, no supo cómo reaccionar y fingió dormir.

Ella se acercó con sigilo y se sentó en el borde de la cama. Él, boca abajo y desnudo bajo el edredón, recibió el palpitar furioso de su corazón como un anuncio de algo y apretó los párpados.

– ¿Estás despierto?

Sus palabras se vaporizaron en el aire, más livianas que un susurro. No hubo respuesta, pero ella no se fue. Permaneció allí, sentada a su lado, y comenzó a acariciarle el cabello muy suavemente. Pasados unos segundos volvió a hablar.

– Quédate aquí. Quédate conmigo.

Retiró el edredón con cuidado, hasta dejarlo a los pies de la cama. Aunque él no podía verla se la imaginaba perfectamente, absorta en su empeño de no interrumpirle el sueño. Entonces le pasó los dedos por la espalda, como un aprendiz respetuoso que entra en contacto por primera vez con las teclas de un piano, con una liviandad cargada de respeto. Él suspiró, muy quedamente, porque no podía evitar sentir que la estaba engañando.

– Shhhhhh…

Continuó tocándolo mientras tarareaba una canción que él desconocía. Sin aumentar la intensidad de sus roces, poco a poco fue adueñándose de porciones más extensas de su cuerpo, hasta alcanzar con sus yemas perezosas los glúteos –“apenas unos instantes se queda en ellos, ¿por qué se va tan pronto?” – y ya después las piernas. Y entonces comenzó a ascender nuevamente, sin prisa pero esta vez un poco más decidida, un poco más familiarizada con sus llanuras y sus rincones. Él volvió a suspirar y elevó ligeramente las caderas, en parte para dejar sitio a su ya considerable erección, en parte para participar de alguna manera del ritual que se estaba llevando a cabo sobre su piel hambrienta. Como ella no se detuvo, él no volvió a moverse. El enjambre que tenía entre las piernas reclamaba su atención, pero parte de sí estaba fuera de su cuerpo, junto a ella, observando su propia carne yaciente, apenas un accidente entre sus sábanas por capricho del destino.

Quietud y silencio. Cómo los aborrecía de niño. Qué delgada le pareció en esos momentos la línea que separaba el placer del dolor. No el de los artilugios, el de verdad. El dolor de los que están solos.

Pero entre los dedos expertos de la mujer que le ofrecía cobijo todo se desdibujaba. Moldeable como el barro e ingrávido, como si se disolviera y flotara al mismo tiempo, conoció por primera vez el deseo de llorar. Lo hubiera dado todo porque el tiempo se detuviera, por no salir nunca más de esa habitación ni de ese universo hecho de piel y recovecos, en el que ella era la fuente de toda vida y toda felicidad.

http://www.fraper.es/portal/cuadros/452-cuadro-jarron-azul-con-flores.htmlAprovechando una pausa en sus caricias se giró. Aunque ella echó levemente el cuerpo hacia atrás él no fue capaz de percibir en su gesto el aroma de la fragilidad y estiró un brazo para tocarla. Al hacerlo pasó a llevar el jarrón azul que había junto a la cama, que se estrelló contra el suelo escupiendo al quebrarse sus flores envueltas en un chorro de agua turbia.

Antes de que alcanzara a balbucear una disculpa ella le posó los dedos sobre la boca, con una sonrisa leve. Entonces se puso de pie, sus largos cabellos negros cayendo libres sobre sus hombros, los pies descalzos y apenas un ceñido camisón blanco para cubrir sus formas, y se fue como había llegado, sin emitir una palabra, sin dejarle un gesto en el que buscarla.

No fue un pensamiento, sino una imagen lo que se quedó en él cuando ella cerró la puerta: Una postal vieja, que algún amigo del coronel se dejó olvidada en la cabaña de la playa, en la que dos niños de pantalón corto sentados en las rodillas de Papá Noel parecían burlarse con sus pequeñas sonrisas congeladas de todo aquel que estuviera fuera de la imagen, mientras que de fondo deliciosos manjares los esperaban sobre la mesa junto a un árbol colmado de regalos sin abrir.

Tras la ventana (II)

Tras la ventana (I)

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No dijo nada, tan sólo le hizo un gesto con el dedo y él la siguió hasta una habitación que se encontraba al final del pasillo. Estaba decorada con sobriedad y buen gusto, y ya al primer vistazo se dio cuenta de que se trataba de un cuarto de invitados, lo que en parte le extrañó. En realidad, no sabía muy bien qué esperar. Al buscarla con la mirada reparó en un jarrón azul (¿sería de porcelana? él no sabía de esas cosas) lleno de flores frescas. Empezaba a producirle cada vez más curiosidad la mujer que tenía al frente.

– ¿Para qué las flores?
– ¿Cómo dices?
– No entiendo. Acá no duerme nadie, ¿no? Todo está en su sitio y no se ven objetos personales por ninguna parte. ¿Quién las aprovecha? ¿Las flores?
– Tú.
– ¿Yo?
– Por ejemplo.

Iba a decir “eso es ridículo, no tenías cómo saber que yo vendría”, pero algo lo impulsó a callar. No quería molestarla. Y, sobre todo, no quería empezar a quitar capas tan pronto, porque una vez alcanzado el centro ya no sabría qué hacer. Además, ¿para qué arrebatarle su juguete? Su misterio era como una sombra que, más que oscurecer, refrescaba.

– Me gustan las flores -murmuró de pronto ella, interrumpiendo sus pensamientos-. Así de simple. Desde niña. ¿A ti no?
– Me dan un poco igual. Quiero decir, nunca he gastado dinero en ellas. Pero viéndolas aquí me parecen casi…
– ¿Si?
– Sé que suena ridículo, pero iba a decir “necesarias”.
– ¿Ridículo? Para nada. Me parece un comentario bastante penetrante.

“Penetrante”. Le bastó escuchar esa palabra para sentir como si lo despertaran de una bofetada. La mujer que lo miraba con intensidad no sólo seguía siendo hermosa; era como una invitación, toda ella. Podía sentir como la turbación reptaba por sus muslos hasta hacer nido en su entrepierna. Carraspeó, porque no supo que más hacer, y se acercó al marco de la ventana, dándole la espalda. Había empezado a llover.

Ella comenzó a hurgar en uno de los armarios. Pasados unos minutos, que él agradeció, le tocó con suavidad un hombro. En lugar de girarse él cerró los ojos, sintiendo como llegaban hasta sus labios oleadas mansas de un sabor dulce, a la vez conocido y olvidado, al que no supo dar nombre.

– Probablemente quieras darte un baño. Sobre la cama he dejado toallas limpias y un cepillo de dientes. Es la segunda puerta a la derecha.
– ¿Estás segura de que quieres que me quede?
– No te tardes. Se enfría la cena.

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Casi no pudo dormir en toda la noche. La posibilidad de que su anfitriona apareciera en el marco de la puerta era como un manto que todo lo cubría, meciéndolo y manteniéndolo despierto al mismo tiempo. Recién cuando comenzaba a clarear consiguió cerrar los ojos un par de horas, rendido el cuerpo al fin ante su ausencia. Al despertar la encontró fumando en el balcón. Ella no lo vio entrar, miraba hacia la calle, atrapada al parecer por pensamientos profundos. Si no fuera por el movimiento del humo que de desenroscaba de su cigarrillo él hubiera creído encontrarse frente a un cuadro. La mesa estaba puesta: Gruesas rebanadas de pan rústico, huevos revueltos recién hechos, café y zumo de naranja natural. No supo qué decir, así que simplemente tosió. Ella se puso de pie, aplastando la colilla en un enorme cenicero de colores chillones.

– Buenos días- lo saludó con una sonrisa amplia, acercándose a la mesa y alcanzándole un tazón humeante- El café era sin leche, ¿no?
– Buenos días. Sí, gracias, me gusta solo.
– ¿Has descansado algo? Anoche parecías… intranquilo.
– Ya, ehm… perdona si te desperté.
– No te preocupes. Estaba despierta.
– No suelo moverme tanto, no sé qué me pasó. Y además tu cama no ayuda. ¿No conoces Ikea acaso?
– Es una reliquia familiar, dejémoslo ahí. De cualquier manera se duerme muy bien en ella pasados unos días. Ya te acostumbrarás.

Dijo “ya te acostumbrarás” como quien dice la cosa más nimia, mientras mordía un trozo de pan, y él sintió como si lo trasladaran a otra realidad de un empujón, una en la que estaba bien acercarse y abrazarla, hundir la nariz en su pelo e incluso llenarse la boca con sus pechos generosos. Pero él seguía siendo el mismo, un intruso sólo, incapaz de fundirse con el nuevo escenario. En cuanto a ella, parecía cambiar de sitio todo el tiempo, como si todas las reglas le valieran.

– ¿No tienes que irte a currar? Ya es tarde- comentó él por quebrar el silencio.
– No, trabajo en casa. Y además he decidido tomarme unos días libres.
– ¿Para qué?
– ¿Cómo que para qué? Tú estás aquí, ¿no?
– Ya, eso es lo que no entiendo. No me conoces, y aún así me has invitado. ¿Dejas entrar a cualquier extraño que toca a tu puerta?
– Me gustan las historias. Vivo de ellas. Y quiero ver a dónde me lleva ésta.
– Pero aún así, ¿no te da miedo?
– Sentí que querías estar aquí, que era importante- respondió ella encogiéndose de hombros.
– Te estoy hablando en serio.
– Yo también. ¿Qué quieres que te diga? No eres un desconocido, o al menos no del todo. Eres el hijo adoptivo del coronel Adriasola, Isabel me habló de ti y no creo que vayas a hacerme daño. ¿Me vas a hacer algo malo, Pablo?
– No. Al menos nada que tú no quieras.

Esperaba un leve estremecimiento al menos, un gesto, una mirada de complicidad. Y como su imaginación solía ir muy por delante de lo que creía posible, llegó a imaginarla incluso abriéndose el camisón frente a él, al embrujo de sus palabras. Pero nada. Ella siguió comiendo sin alterarse, como si digerir su frase fuera una parte más del proceso alimenticio que estaba llevando a cabo de forma tan concienzuda. Él no pudo evitar sentirse molesto, de alguna manera traicionado por su silencio. ¿Qué se traía esa mujer entre manos? ¿Qué coño estaba haciendo él allí de todas maneras?

– Muchas gracias por el desayuno, estaba buenísimo, pero es hora de partir- dijo sin poder disimular la irritación en su voz.
– ¿Partir? ¿A dónde?
– ¿Cómo que a dónde? No sé si lo recuerdas, pero llegué hasta acá buscando a alguien.
– Ya. ¿Y sabes por dónde seguir tu búsqueda?
– No, pero yo…
– ¿Entonces cuál es la prisa?
– Si no me voy ahora más tardaré en encontrarla.
– Por favor, no te vayas. Al menos no todavía.

Nadie, hasta ese momento, le había dicho nunca “no te vayas”, y eso que se había ido de muchos sitios. Ni siquiera el coronel. No hizo falta más. Estaba acostumbrado a ignorar su necesidad de los otros como los pobres ignoran el hambre, porque no le quedaba otra, pero no sabía lo que era sentirse necesitado. Mareado de pronto por la evidencia de que ella deseaba su presencia cerró los ojos, buscando en la oscuridad un asidero. Ella lo rozó con delicadeza, sin posar del todo sus dedos en el brazo que tenía delante. Su tacto ligero le recordó a la brisa fresca de una noche de verano, y le pareció que ningún día podía ser demasiado largo si ella le esperaba en casa. Sin saber por qué, se le vino a la mente la imagen de Torpedo, un gato callejero al que alimentaba en secreto cuando niño. Tal vez porque su pelo era inexplicablemente suave, inexplicablemente blanco. Como un refugio.

– Si quieres puedo ayudarte a recoger la mesa- dijo sin más. Ya con eso se sintió más liviano.

Tras la ventana (I)

Tras la ventana (I)

(Para mi madre)

ventana

Era una casa de esas para esperar dulcemente la muerte.
Con todo ya acabado.
Sin nada por hacer.
Cada cosa en su sitio, como una sinfonía visual.

Nada más entrar supo que muy pronto desearía pasar allí el resto de sus días. Comenzaba a necesitar la paz, y en esa casa se respiraba por todos los rincones. La claridad que entraba por sus grandes ventanales invitaba a la contemplación, no al movimiento. Y él estaba muy cansado.
Y luego estaba ella, de pie en el marco de la puerta, con un café humeante en la mano.
Un café y una promesa, de tantos ofrecimientos por cumplir.
Para él.

Encendió un cigarrillo, expectante. Ella, pese a su pulcritud, no le devolvió un gesto agrio. Ni siquiera vaciló. Simplemente le ofreció un cenicero.
Ya con eso deseó abrazarla.
En su lugar dejó descansar las yemas de su mano izquierda sobre el brazo del sofá. Con suavidad. Era casi como tocarla. De alguna manera mujer y espacio eran todo uno allí. Ella era ese hogar, cada rincón, cada pared pura. Y él tenía maletas para deshacer.

No lo interrumpió mientras se bebía el café. Ni un gesto sutil para meterle prisas. Calor y silencio entraron en su cuerpo, inundándolo de sensaciones nacientes. Y al otro lado ya no había vacío, estaba ella con sus formas rotundas y el latido que se adivinaba entre sus pechos.

Se acercó para devolverle la taza. Un poco más. Sólo un poco… Tuvo que esforzarse para enmascarar su avidez. Respiró con suavidad.

En contra de lo esperado, no había un llamado en su aroma. Era agradable, como a bizcocho mojado en leche y tal vez algún otro ingrediente secreto, pero él había imaginado otra cosa.

– ¿Y bien?-, inquirió, aún sin rastros de impaciencia.
– Soy Pablo. Y usted Raquel, ¿no?
– Por favor, trátame de tú. Creo que aún puedo permitirme ese lujo.
– ¿Cómo?
– Digo, que tampoco soy tan vieja…
– Oh, no, por supuesto que no- dijo él evitando su mirada. Ella calló y se dirigió hacia la ventana.

– No sé si Isabel habló contigo.
– Sí, si habló- respondió ella añadiendo una pesada suavidad a sus palabras-. Pero siéntate. Acá estarás más cómodo.

Dijo “acá estarás más cómodo” y él sintió deseos de llorar. La comodidad no era para él más que un sustantivo, como tantos otros aprendidos a golpes, del que sólo tenía la cáscara. Se dirigió como hipnotizado al sofá en el que ella ya le esperaba. Era blando y olía a limpio.

– Pablo…
– ¿Sí?
– Pablo -repitió ella como sin animarse a hablar, cogiéndole una mano. Él cerró los ojos y se dejó ir, sintiendo cómo ese primer contacto traspasaba su piel para envolver algo que no sabía que tenía dentro.
– Me gusta cómo suena mi nombre entre tus labios: Pablo.
– Temo que has estado siguiendo una pista falsa. Yo no soy tu madre.
– Eso es imposible.
– Imposible sería que lo fuera. Nunca he tenido hijos. No puedo tenerlos.

Entonces la miró, largamente. La transformación no se produjo de golpe, sino que de forma gradual, como si ella se desvistiera frente a él con cierta pereza y fuera dejando caer las ropas a sus pies. Y así, en los instantes en los que ninguno habló, fueron resbalando entre sus curvas maduras todos los revestimientos maternales con los que él había alcanzado a cubrirla desde que cruzó el umbral de su puerta.

– Lo siento mucho- murmuró él con un tono mucho más seco del que hubiera querido- Lamento haberte hecho perder así el tiempo. Igual me lo podrías haber dicho por teléfono.
– Te ves cansado- dijo ella pasando por alto su última frase-. Muy cansado. ¿No quieres quedarte hasta mañana? Siempre habrá tiempo de encontrar a la mujer que buscas.

Volvió a mirada, esta vez ya como un repaso. Aún no había llegado a los 50 y sin duda se conservaba bien. Sería de las que trotaba todas las mañanas por el Retiro, o tal vez se daba sus buenas palizas con el Pilates. Ella pareció percibir ese descaro que empezaba a asomar entre sus ojos pardos y le regaló una sonrisa insondable.

No. Definitivamente la mujer que tenía al frente no podía ser madre.

Telarañas

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– ¡Espera!
– ¿Qué pasa?
– Me duele
– ¿Te duele?
– Sí, no sé, me raspa
– Hmm
– ¿No tienes lubricante? Ponme un poco.
– ¿Ahora?
– No, mañana…
– ¡Es que no sé dónde está!
– Entonces para.
– ¿Cómo?
– ¡Que pares, joder! ¡Que te salgas!

De lejos parece una telaraña, pero al acercarse descubre que es la marca de una trizadura sobre el cristal. Le pasa el dedo índice por encima, con dilación, intentando volverse ajeno o al menos parecerlo. Ella coge el móvil y se dirige hacia el único rincón de la habitación donde no llega la luz, en un intento vano por ocultar sus murmullos. “Sí”, “ya sabes, el cabrón de mi jefe”, “no es nada amor”…

Sigue desnuda, y aunque protegida por las sombras, éstas se niegan a cubrir del todo su silueta ligeramente encorvada. Él gira con calma la cabeza y la mira, porque de pronto puede hacerlo. “Si el arrepentimiento tuviera forma -piensa-, sería como esos dos pechos caídos. La forma de lo que ya no está, el peso de lo perdido”.

Antes de coger sus cosas le da un último vistazo a la habitación. Unos cuantos cabellos abandonados sobre la almohada, restos de labial y wishky en un vaso de plástico, la ropa de ella colgando con descuido de una silla. Nunca antes lo había notado, es ropa vieja. Cientos de veces utilizada y lavada. Pero ya ni imaginar sus carencias le conmueve.

Ella apenas parece notarlo, ni siquiera suelta el teléfono. Él no dice nada. A sus espaldas deja la puerta entreabierta, pero sólo por no hace ruido al salir de su vida.

En la cama VI: La caída

Es increíble todo lo que cabe en unos pocos segundos. Una vida entera cabe, y eso ya es mucho decir, sobre todo si se ha vivido una como la mía. Extiendo los brazos, porque aún me da tiempo a hacerlo, y cierro los ojos…

Hace frío hoy.

New York

¿Por qué regresar a Nueva York?

Porque aquí comenzó nuestra historia realmente, aquí fui feliz. Fuimos felices.

Desde un principio sus calles nos aceptaron como lo que éramos.

En ellas nos reímos, lloramos, celebramos la enorme dicha de traer al mundo un hijo sano. Aquí dio Andresito sus primeros pasos.

También es cierto que esta ciudad me quitó a Andrés, pero hoy he venido a que me lo devuelva. No quiero nada más.

Bueno, sí. Me gustaría volver a abrazar a mi hijo.

Ver amor en sus ojos por última vez.

Me gustaría que nunca hubiésemos cogido ese avión los dos para ir al funeral de Manolo, o al menos que Manolo no le hubiese dejado esa carta, esa jodida carta.

De cualquier manera, me gustaría que hubiese sabido entender, perdonar.

Pero él tampoco tuvo tiempo. Los recuerdos de nuestra felicidad eran demasiado lejanos. Andrés se fue muy pronto.

Me gustaría saber dónde está ahora, qué hace con su vida. Si aún me odia. Al menos su padre se libró de esa amargura. Nunca sabrá cómo quema.

Su padre. Mi hermano. Como ansío estrecharlo entre mis brazos. Aún ahora, cuando creí que ya no sería capaz de desear nada, su ausencia me lame la piel hasta gastarla.

¿Tendré que rendirle cuentas a alguien? No lo sé. ¿Cómo se pagan los orgasmos prohibidos? ¿Se perderá su sabor en mi boca? ¿Será el olvido mi penitencia?

Estoy llegando casi…

New York

Siempre pensé que el rostro de Andrés sería lo último que vería. No el rostro del Andrés enfermo, agónico, derrotado. No. El rostro de mi Andrés, ese que aún tenía fuerzas para adorarme, el que lo desafió todo conmigo. El único hombre que he amado en la vida. Pero no. Es mi propio rostro lo que veo, y por todas partes pavimento. Eso y la sangre, oscura y densa, saliendo de mi cuerpo. Yo ya estoy fuera, así que no siento dolor. Tampoco paz en todo caso. No hay nada, ni siquiera las cuatro letras de esa palabra: n a d a. Si aún pudiera pensar, pensaría que me he equivocado, y mucho: Andrés no está aquí. Afortunadamente, ya no puedo hacerlo.

 

 

En la cama V: Sábanas perversas

hotel new york 2Vestía con elegancia, traje negro y camisa blanca, pero en realidad estaba desnudo. Frente a mí, en ese espacio sin reglas que encontró refugio en el centro vacío del abrazo -¡colisión más bien!- de nuestros dos mundos, Andrés sólo fue Andrés, su pulpa, mi alimento: no su ropa, no su nombre y -qué duda cabe- no su puta sangre ni sus genes malditos.

Nos arrojamos el uno sobre el otro incluso antes de tocarnos, porque lo que íbamos a vivir estaba ya vivido. A centímetros de distancia nos olimos, como dos cachorros de hiena probando su alimento, y nos desnudamos con la mirada quieta para observarnos con los ojos del hambre y con los del alma.

Los años lo habían tratado bien, pero cada signo no reconocido era como una herida para mí, un recordatorio de lo concreta que podía ser en él mi ausencia. Sin poder evitar que me adivinara, como tantas otras veces, retrocedí un par de pasos e intenté sonreír, pero él no se movió, dispuesto a llegar hasta el final de nuestro escrutinio. Noté en ese momento que tenía una pequeña cicatriz bajo el mentón y estiré el brazo para tocarla. Entonces me cogió la mano y me acercó hacia sí, sin brusquedad pero con firmeza, para posar sus labios en el nacimiento de mi cuello. Cerré los ojos para cabalgar sobre mi piel montada en su aliento, pero al sentir sus dientes hundiéndose con decisión apresurada en mi carne el suave batir de las alas de una mariposa se convirtió en tornado, dividiendo el mundo entre lo que está dentro y lo que está fuera, lo que importa y lo que no. Grité entonces, con esa densidad y esa falta de contención que tienen los gritos atrapados largamente en las entrañas, bebiendo de sus dientes feroces la sombra de su amor. Sólo me soltó cuando empezaron a brotar las lágrimas.

– Deja salir el dolor. Clama, llora, escúpelo cuanto puedas, porque ya no cabe más entre nosotros. Y esta noche no hay sitio para él- me susurró al oído.

– Nunca lo entendí hasta ahora, esa sensación. Podrías matarme y moriría sintiéndome liberada, besando tus manos asesinas.

– Nada de eso, yo te quiero viva. Y mía.

beso ok

Besarlo y beber de su saliva los restos salobres de mi propia sangre fue como entrar a alta velocidad en un túnel vacío después de años de luces enceguecedoras. Y aunque la sensación se me revelaba frágil, volví a sentir por unos segundos que pertenecía, que en este mundo había un sitio para nosotros y que siempre sabríamos como volver pese a todo. En el sabor de Andrés no cabían argumentos, en el lado del mundo en el que él estaba las razones llegaban deslucidas, fantasmagóricas.

– Tendríamos que haber nacido primitivos- murmuré-. Quiero decir, en la prehistoria. O en alguna tribu de esas…

– No te detengas y ya. Corre por tu alimento, sin mirar atrás. Estas cuatro paredes son nuestra selva, aquí somos libres.

Como si sus palabras hubieran puesto fin a un conjuro, lo empujé suavemente sobre la cama y me incliné sobre él, luchando contra el deseo de tragarme su polla de inmediato. Apenas aguanté un par de lamidas ávidas, quería sentir cuanto antes su miembro vivo y caliente dentro de mi boca, su glande conquistando mi garganta. Quería follarlo, sorberlo y amarlo con la fuerza de mis labios, que se negaban a liberar a su prisionero. Aguantó bastantes embates pero terminó soltando un par de rugidos, y me tiró sin clemencia del pelo para apartarme. Se incorporó entonces, emergiendo de sí mismo con una sonrisa torcida, y me besó el labio inferior. Temí que me lo mordiera y aspiré un suspiro que no pasó desapercibido. Él estrujó mi mentón entre mis dedos, y me acercó la polla a la cara.

– ¿Todavía tienes hambre?-, preguntó.

– Mucho.

– Bien. Quiero durar cuando te folle, que ya no puedas más y me supliques que pare. Quiero que mañana te cueste caminar, que me lleves en cada uno de tus pasos. Quiero follarte por cada uno de estos años perdidos, porque alguien me los debe y ya no me importa quién. Ahora tú me los vas a devolver.

Mientras hablaba se sacudía la polla con movimientos convulsos. Nunca se la había visto tan grande como ese día entre sus dedos agarrotados, tan hinchada que parecía que iba a explotar, las arterias aguantando a duras penas el tránsito furioso de su sangre. Acerqué mi boca abierta de pajarillo y lo que me cayó encima fue un alud denso como la noche, con gusto a mar y a aullido.

Cumplió su advertencia. Me embistió sin compasión, reconquistando desde la primera entrada su derecho a poseerme. Oleadas metálicas me retumbaban por dentro, cada vez más grandes, más absolutas. Perdí la cuenta de sus erupciones y mis remolinos, sólo puedo decir que juntos llegamos al centro de la galaxia para flotar en un espacio sin continuidad.

Eso y que al día siguiente (¡y unos cuantos más!) no pude evitar caminar como robot. Y acordarme de él, claro. Aunque eso lo habría hecho de todas maneras, con o sin advertencia cumplida. Pero eso ya es adelantarse, y cuando se intenta ir demasiado rápido se corre el riesgo de ver derrumbarse nuestro castillo de naipes, porque siempre se derrumba al final. No hay ninguna bendición en la clarividencia.

De cualquier manera, si me lo hubieran preguntado en ese momento, hubiera asegurado que mi castillo era frágil por el lazo que nos unía. Pero no. Era realmente lo que nos separaba la carcoma de sus cimientos.

castillo 2

No hablamos mucho mientras recuperábamos el aliento, atrapados por el demandante relajo de nuestros cuerpos. Restos de sombra y de máscara de pestañas se habían quedado adheridos a la blanquísima funda de una de las almohadas, dibujando la silueta de dos ojos sin rostro, ligeramente asustados. También nuestras pieles oleosas habían dejado su rastro sobre las finas sábanas de algodón egipcio del hotel. Miré a Andrés y esbocé una sonrisa, pero algo de la pureza del momento se había perdido.

– Necesito un baño- le dije.

– Y yo.

Me siguió hasta la enorme bañera, que llenamos con agua tibia y el contenido de unos botes de cristal que descansaban en una repisa junto al lavamanos (sales, aceites, espuma, bombas efervescentes… no faltaba de nada). Cuando todo estuvo preparado nos sumergimos juntos en nuestro lecho acuático, yo recostada sobre él, la punta de su miembro haciendo cosquillas en mi culo. Abrí un poco mis carnes y lo dejé reposar allí, sin permitirle realmente la entrada. Él apretó un poco más su abrazo y cruzó sus tobillos sobre mis muslos.

Nos quedamos allí lo suficiente como para que el agua comenzara a refrescar mis enfebrecidos genitales. Sólo entonces me di cuenta de que tenía la garganta seca y me giré, intentando ponerme de pie.

– ¿Dónde vas?- preguntó Andrés empujando hacia abajo mis hombros con sus manos. Me quedé donde me dejó, de rodillas.

– No te vayas –insistió-. ¿Qué quieres?

– Tengo sed.

– Abre la boca.

boca, beberCerré los ojos y le obedecí, pensando que iba a masturbarse nuevamente, pero en lugar de eso lo que llegó hasta mis labios fue el sabor inconfundible de un chorro de orina (pese a que hasta entonces nunca la había probado), que después continuó su recorrido por mi barbilla, pechos y ombligo. Me imaginé que con ello me liberaba de cualquier atadura que aún pudiera existir aún entre nosotros, y me incliné hacia atrás para permitir que su líquido dorado me limpiara bien, sin dejarse nada. Pese a la seguridad de sus movimientos abrió los ojos con cierto asombro, aunque sin duda complacido. Cuando hubo terminado me hizo girarme hacia la pared, a gatas y de espaldas a él, al tiempo que cogía el bote con el aceite, depositando una cantidad generosa sobre la palma de su mano. Torcí la cabeza en un ángulo casi imposible. En escasos segundos su erección se había vuelto enorme nuevamente.

– Sé que no es lo mismo, pero…

De un manotazo en cámara lenta me esparció el aceite alrededor del ano, flexionando ligeramente los dedos para dejar entrar un poco más allá el unto. Acto seguido, sin ningún tipo de aviso o contemplación, me hundió la polla bastante más adentro de lo que hubiera esperado para una primera embestida. Me sorprendió que no me hiciera ningún daño, deslizándose dentro de mí con inesperada fluidez. Inmediatamente sentí una garra de terciopelo apretando mi garganta, mientras cosquillas zumbonas escalaban por mi columna. Andrés se enterró hasta el fondo de mí mientras me penetraba el coño con los dedos. No grité, pero todo se quedó suspendido. Entonces me empujó hacia atrás y comenzó a follarme elevando violenta y repetidamente la pelvis, mientras yo daba saltos sobre sus carnes resbalosas, fascinada con esa montaña rusa anal que hasta entonces no había experimentado. Cuando me puse de pie sus líquidos chorreaban entre mis glúteos y piernas, para ir a perderse entre las pequeñas olas de nuestra ciénaga perfumada.

– Pensé que ya nada podría excitarme- soltó él de pronto-. Crucé tantas líneas intentando recrear una sensación parecida a ésta que todo se terminó desdibujando, perdió sentido. Y ahora que estoy aquí lo veo claro: Si éste es un amor enfermo, prefiero la enfermedad. Mi destino eres tú o no es ninguno.

– No pensemos en destinos ni en mañanas, por favor- le contesté, cerrando el paso a la congoja-. Mientras menos se meta la cabeza en todo esto, mejor.

– Aún así, no podemos negar lo innegable. Aunque no quieras hablar de ello.

– ¿Quieres tú? ¿De verdad quieres hacer eso ahora?

– No-, concedió tras unos instantes-. Lo que quiero es pedir servicio a la habitación y reponer energías, para que no te puedas librar de mí tan fácilmente.

“Eso no podría hacerlo ni dedicando toda mi vida a ello”, pensé, pero en lugar de decir algo le guiñé un ojo.

– ¿Te apuntas entonces?- preguntó poniéndose de pie.

– Me parece la mejor idea del mundo mundial-, le dije con una sonrisa en la que cabían todas las preguntas y ninguna respuesta.

Lo vi alejarse en ese momento, y ese breve trayecto que habría de recorrer camino al teléfono, centímetro a centímetro más lejos de mí, se me volvió de pronto intolerable. Entonces fue como si me hiriera un rayo, como si, sin más, me alcanzara de lleno la certeza de nuestra condena. Y el grito salió de mí sin aviso, sin pasar por mi cerebro, expulsado desde el centro mismo de todo lo que no tiene cuerpo hacia ese mundo hostil que le extendía sus engañosos brazos.

– Hazme un hijo, ahora, esta noche.

– ¿Cómo dices?- preguntó en un susurro, el gesto congelado. No supe descifrar si lo que había en su mirada era confusión u otra cosa.

– Sabes que lo nuestro no es posible, que no va a durar. No depende de nosotros. Sería una manera de tenerte por siempre.

– ¿Y qué pasó con eso de darle un hogar a un niño abandonado?

– Ese es un sueño que ya no cumplimos. Hace mucho que renuncié a él. Pero no puedo renunciar a ti, no del todo-, insistí.

– Eva…

– Yo te amo. Tú me amas. Sería un hijo del amor. No hay más.

Lo miré largamente. Y entonces cerré los ojos y contemplé la selva virgen que se extendía frente a mí, llenándome de su verdor. Aterrada, pero fuera al fin de mis enmohecidos barrotes, me encontré cara a cara con mi deseo y lo abracé, dispuesta a darle la bienvenida. Juntos esperaríamos lo que hiciera falta la llegada de Andrés. Tenía que llegar. Estábamos tan cerca.

 

En la cama IV: Sábanas perversas (preludio)

Ansiaría entonces el castigo de las llamas, como única y posible salvación…

Después de que mi padre le partiera la cara al de Andrés la tienda gourmet había dejado de existir. Tampoco yo había vuelto a dirigirle la palabra a Manolo, pese a que durante el primer año hizo varios intentos por obtener mi perdón. En lo que a Andrés respecta, consiguió de alguna manera alcanzar un punto neutro con el que había considerado su padre. Entre ellos se había extendido la tregua del desierto, de la nada. Le había dado la vida al recibirlo como a un hijo para quitársela después, así que Andrés ya no estaba en deuda con él. Podía arrancarlo de su vida sin sentir remordimientos.

Cada uno por nuestro lado, iniciamos una huida hacia delante, donde todo lo que oliera a cambio parecía servir a nuestro propósito de buscar desesperadamente un propósito. Nos cambiamos de casa, de trabajo, de amigos, de hábitos… Llenamos nuestras vidas de nuevas caras y acontecimientos frescos, e incluso llegué a saber que Andrés estuvo unos años viviendo en el extranjero, como si de aquella manera fuera posible conseguir que lo que nos había ocurrido no lo llenara todo, cada segundo, cada pensamiento. Pero era inútil. Ni quemando todos los objetos que me rodeaban hubiera podido dejar de sentir su olor alimentando a todas horas la enfermedad en la que se había convertido su recuerdo.

No alcanzaba. Nada alcanzaba. Ni aunque se mudara de planeta, pensaba yo cada mañana al despertar. Antes incluso de recordar que estaba viva, ya lo estaba pensando.

No puedo resumir en una frase lo que significó para mí el tiempo que estuvimos juntos. Simplemente no hay palabras. Intenté una y otra dejar que entrara en mí la esperanza, en lo que fuera, pero lo único q traspasaba las barreras de mi cuerpo robotizado era un dolor sordo y caliente. Sin embargo, siento que aferrarme a ese dolor fue precisamente lo que me salvó de enloquecer. Era horrible, pero era una desolación llena de él.

Habían pasado ya unos cuantos años, bastantes como para superar lo ocurrido según la opinión de prácticamente todos los que me rodeaban. Bueno, algunas cosas sí que las había superado. Ya no necesitaba dar vueltas en círculos por la habitación antes de ser capaz de meterme a la cama, y reservaba mis lágrimas para ocasiones puntuales. Pero también es cierto que nunca me volví a enamorar, y que incluso la idea de acostarme con otro hombre me resultaba totalmente indiferente. En general, diría que la sensación de que nada valía realmente la pena se había hecho crónica en mí. Así que cuando mi jefe me comunicó que me enviaban nueve días a Nueva York me produjo la misma emoción que si me hubiera dicho que había una cucaracha muerta en el pasillo. “Vale -le contesté alzando los hombros-, si quieres que vaya, voy”. “Si no fuera por la cantidad de horas extras que echas… uf, no sé cómo te soporto”, me soltó. Pero en el fondo sé que me aguantaba porque los dos éramos unos náufragos y me había reconocido. De alguna manera era capaz de ver que mi silencio no era de desdén, que simplemente era el silencio de los perdedores.

NY 1El viaje no estuvo mal, aunque no se puede decir que exprimiera los beneficios de volar en bussiness. Intenté dormir, intenté leer e incluso durante unos minutos le di conversación a uno de los copilotos en un pasillo. Supongo que de alguna manera me amparaba en la altura para jugar a ser otra. Pero la sensación de estar apenas unida por un hilo a todo lo que ocurría en ese otro mundo que abandonábamos no me resultaba del todo liberadora. ‘Si yo estoy arriba, él está abajo’, no podía dejar de pensar.

Sabía que me quedaría en un hotel pijo y que probablemente llamaría la atención nada más cruzar la entrada: A mis ojeras kilométricas y mis pelos de loca, producto de la noche en vela pasada en el avión, se sumaba un atuendo no muy apropiado: Camiseta y pantalón de algodón, zapatos planos y una chaqueta vaquera. Digamos que cuando pensé en la comodidad del trayecto no tuve en cuenta el “momento check-in”. Pero aún así, no estaba preparada ni de lejos para lo que me esperaba al llegar.

La recepcionista sabía algo de español e insistió en comunicarse conmigo en un híbrido anglo-mexicano salpicado de sonrisas y movimientos de brazos. Aunque estaba segura de que no se enteraba ni de la mitad, le contesté también en español, como una forma de agradecer sus esfuerzos, y le pedí que me subieran a la habitación una botella de agua y un bocadillo ligero. Lo último no lo entendió y me empezó a soltar un rollo de unas entradas para no sé qué obra de teatro. Y entonces una voz a mis espaldas me estalló como un bofetón en plena cara, tan inconfundible como si me lo hubiera dado la mismísima mano de Dios.

She’s asking for a sandwish…. Cheese and dried tomatoes on walnuts bread.

En la cama III: Infierno

infierno 1

Lo más curioso de todo es que recuerdo con claridad la sensación de haber pensado, al despertar, que ese iba a ser un día como cualquier otro. Y no es que el pensamiento me desagradara, más bien todo lo contrario. Me gustaba mi vida, y mucho. Sobre todo, me gustaba mi vida con Andrés. Pasábamos por una buena época.

No todo era felicidad, por supuesto, pero quién puede decir semejante cosa…

A veces me preguntaba cómo sería estar con otro hombre, lo confieso. Bueno, quién no se preguntaría algo así en mi lugar. Y no es que no me considerara afortunada. Nunca supe lo que era estar sola o sentirme no querida, Andrés siempre flotó alrededor mío como una nube tibia, haciendo del mundo un lugar más brillante y acogedor de lo que realmente era. Simplemente me jodía un poco el no saber, el no poder tener la certeza de que mi lado de la balanza era el mejor, porque lo que me estaba perdiendo era algo que nunca había tenido. Para mí sólo había un brillo enceguecedor detrás de esa puerta, una idea muy tosca de lo que serían “los otros”. Siempre como un todo, nunca bajo un rostro concreto.

Bueno, no es que le diera demasiadas vueltas al tema. A mis relaciones con Andrés nunca les faltó intensidad, así que sería errado concluir que me aburría. No era eso. Pero si bien aquello que me faltaba se sentía tan pequeñito que casi siempre lograba permanecer ignorado, había conseguido quedarse enquistado en mi interior, recordándome cada tanto con voz débil que tenía capacidad para existir desde la ausencia.

Lo que sí me preocupaba en serio por aquellos días era la llamada de la agencia de adopción, que se retrasaba más allá de lo que podía manejar mi capacidad para el autoengaño. Precisamente la noche anterior lo habíamos estado hablando con Andrés, y ninguno de los dos creía racionalmente que aún estuviéramos a tiempo de recibir la llamada de marras. Aún así seguíamos esclavizados a nuestros móviles, y cada vez que sonaba la campanilla del teléfono de casa nos volvíamos a convertir en padres durante unos escasos y frenéticos segundos, hasta que nos aterrizaba el desencanto. Nunca eran los de la agencia.

De cualquier manera aquel día era domingo, así que nos encontrábamos libres de la tiranía del teléfono. Sé que era domingo porque esa mañana no desperté con Andrés abrazado a mis caderas como de costumbre, lo cual me arrancó un suspiro de felicidad anticipada. El hombre de mis sueños se encontraba en la calle –como todos los domingos que habíamos pasado en casa desde que nos fuimos a vivir juntos– comprando una barra de pan caliente y el periódico. Para mí. Pan y noticias frescas además de cuatro piernas enredadas sobre el colchón, no se me podía ocurrir una mejor manera de recibir el día y de despedir la semana.

Las sábanas aún olían a él, así que me envolví en ellas aunque estaban húmedas de sudor. No me molestaba sentir su calor húmedo entre la tela, pero sí la pesadez que parecía haberse instalado en el aire. Ni una brizna fresca al otro lado de la ventana, y ya iban tres o cuatro noches en las mismas. Pensé en comentarle a Andrés la posibilidad cambiar los ventiladores por un aire acondicionado en condiciones cuando regresara de la compra. Pero lo más seguro era que tardaría en volver, porque estábamos de racha y aquellos domingos en que se levantaba más animado solía acercarse hasta la panadería francesa, que estaba varias calles más abajo.

Al convocar ahora estos recuerdos me pregunto si el entusiasmo febril con el que nos entregamos el uno al otro por aquellos días no sería un intento de robarle protagonismo a la espera que consumía nuestras horas. De cualquier manera se sentía real, muy real. Como todo lo demás…

Aprovechando que tenía un buen puñado de minutos por delante, y que las huellas de nuestro último encuentro aún descansaban en mis contornos y entre las yemas de mis dedos, recorrí con los ojos cerrados mi cuerpo empapado y desnudo. La noche anterior Andrés me había embestido con dureza, y cada arremetida suya había sido más inconmovible que la anterior, más poderosa. Amaba cuando se ponía así, en plan cavernícola. No sé si él se daba cuenta, pero esa hombría condensada en ataque tenía la extraña capacidad de darle lustre a nuestra relación, permitiendo que siempre mantuviera una cierta nubilidad en su esencia. Sus movimientos, profundos y macizos, me explotaban al penetrar como mareas furiosas de placer y dolor, mientras mis brazos inútiles se rendían ante la fuerza de su dominio. Sólo necesitó sujetarlos un par de veces, después de eso un simple gesto bastaba para devolverlos a su sitio. Cuando terminó de follarme quedé tan sensible que llamar al orgasmo había sido, literalmente, como tocar un timbre. Dejamos de hacerlo cuando nos entró el sueño.

Aquella mañana aún podía palpar a Andrés en mi coño henchido, y allí lo busqué, excitada con la idea de que pudiera regresar en cualquier momento y descubrirme. Con roces suaves fui rasgando mis pequeñas resistencias de carne, hasta que mi interior se volvió un pasillo colmado de puertas que al abrirse se deshacían en remolinos, cada uno más grande que el anterior. Y al centro de todo el rostro sin cuerpo de Andrés, la polla sin rostro de Andrés. Extendiendo hacia mí algo parecido a unos brazos acogedores.

No alcancé a correrme, esa es la verdad. A punto estuve de hacerlo, pero el muy cabrón de Andrés eligió el peor momento para llamar a la puerta. Bueno, o al menos yo pensaba que era él. Es verdad que siempre llevaba sus llaves, sí, pero quién más podría ser un domingo por la mañana. Pese a todo sonreí, al caer en la cuenta de que no me importaba que me cortara el rollo si venía con ánimo de compensación, así que ni siquiera me preocupé de ponerme el camisón que yacía arrugado a los pies de la cama.

A veces tengo la sensación de que aquella fue mi última sonrisa.

No, sensación no es la palabra. Es algo más cercano al convencimiento.

infierno 2

En cuanto abrí, el vaho caliente de la calle se coló por la entrada sin darme tiempo a reaccionar. Tampoco pareció hacerlo la mujer que se encontraba de pie frente a mí, y que me miraba estupefacta. Sólo entonces caí en la cuenta de mi desnudez.

– Deme un segundo, si no le importa. En seguida estoy con usted.

Cuando regresé al salón la mujer seguía en la entrada, y aunque no se movía su agitación era notoria, como también sus esfuerzos por ocultarla. Aunque pasaba de los 60 vestía con cierto aire juvenil, pero no en plan ridículo sino que elegante. Pese a su nerviosismo, sus gestos resultaban refinados. Carraspeó un par de veces antes de hablar.

– Eres Eva. Dios mío, en verdad eres Eva.

– Perdón, ¿nos conocemos? – le contesté, notando en sus palabras un leve acento caribeño.

– Me temo que sí. Pero fue hace tanto tiempo que no serás capaz de recordarlo.

– No entiendo. ¿De dónde me conoce?

– Andrés. Necesito hablar con Andrés.

– ¿También conoce a Andrés?

Antes de que tuviera tiempo de responder, el aludido apareció silbando por el pasillo. Al vernos en la puerta apuró el paso con la curiosidad asomándose por el entrecejo. En escasos meses se le formarían allí dos profundas arrugas. Pero en ese pasillo aún seguía siendo un niño. Mi niño.

– Amor- le dije dándole un rápido beso en los labios-, esta señora te está esperando.

– ¿Y usted es?

– Buenos días Andrés. Soy Elena, tu madre.

Eso dijo. Sólo eso, y fue como si la tierra se partiera en mil pedazos desiguales, como una gran sandía que choca contra el suelo una mañana de estío.

infierno ok

Si yo sentí como si me robaran algo en lugar de devolvérmelo, no puedo ni imaginar lo que fue para Andrés escuchar esas seis palabras. Pese a ello su única reacción inmediata fue tragar saliva, para después quedarse mirando fijamente a la mujer que temblaba frente suyo. Tuve que ser yo quién reaccionara y la hiciera pasar al salón. Aunque en el estado en que me encontraba, que se me antojaba cercano a la hipnosis, no atiné a ofrecerle ni un vaso con agua. Y eso que parecía necesitarlo.

Andrés seguía sin decir nada. Se limitó a sentarse en uno de los costados del sofá, con los brazos cruzados y el cuerpo tenso, esperando lo que hubiera que esperar.

– Hijo mío, antes que nada quisiera decir que he venido en cuanto he podido. Créeme que me habría gustado hacerlo antes, no sabes cuánto, pero Rober, mi marido, se encontraba muy enfermo y no podía moverme de su lado. Lamentablemente ya no está con nosotros.

– Nadie le ha pedido que venga… señora. Y no es que me alegre la muerte de ese tal Robert, pero como comprenderá me interesa poco, así que tendrá que disculpar que no le dé el pésame. Además, sigo sin entender que hace aquí- respondió Andrés, y su voz, calmada hasta la asepsia, me pareció por primera vez la de un desconocido.

– Por favor, si me dejas hablar…

– Hable entonces.

– Hace algunas semanas me llamó una amiga a Cuba, que es donde vivo. Ella dirige una agencia de adopciones aquí, y como alguna vez le había hablado de ti le llamó la atención encontrarse tu nombre en un formulario de solicitud. Me dijo que pensaba que se trataba de mi hijo, y aunque no estaba en posición de avisarme, quería decirme off the record que iba a ser abuela. Sólo por curiosidad, ya que pensé que no haría ninguna diferencia, le pregunté por el nombre de tu pareja. Y entonces…

– ¿Entonces? -preguntamos al unísono, dejando que nuestras miradas se cruzaran (Simplemente otro momento tonto que insisto en recordar).

– La respuesta me dejó helada: Eva Sebastián Thomas. Inconfundible. Una chica para la que no alcanzaron los apellidos.

– ¿Y qué tiene que ver Eva en esta historia? Nos conocemos desde niños. Pero eso usted ya lo sabe- repuso Andrés arrastrando las últimas palabras.

– Hijo, esto que te voy a contar tendría que habérmelo llevado a la tumba, pero no será posible. Se lo juré a Manolo y ni siquiera he tenido el valor de ponerlo sobre aviso. Aunque eso es lo que menos importa ahora.

– ¿Qué tiene que ver mi padre? Y por favor, lo de hijo… ni se atreva.

– Lo siento, sé que no me estoy explicando bien pero no me resulta fácil organizar mis ideas- le replicó ella ignorando la última frase-. Acabo de bajarme del avión después de muchas horas de vuelo. Aún estoy un poco acelerada.

– Ya. ¿Y mi padre? ¿Y Eva? ¿Qué pintan ellos en el regreso de la madre pródiga?

– Si dejaras de interrumpirme… Esto no es fácil.

– Haberme escrito entonces. Así lo que sea que tenga que decir habría resultado menos traumático para todos.

– Estas cosas no se escriben.

– ¿Qué cosas? ¿De qué coño estás hablando? ¿Quieres explicarte de una puñetera vez?

Entonces, como si al tutearla por primera vez se hubiera abierto una compuerta, ella entornó los ojos preparándose para escupir su maldición terrible. Y esos segundos aún sin mácula antes de que la pronunciara ni siquiera se ralentizaron, simplemente pasaron por encima del gran manto atemporal de la vida flotando entre latidos de muerte, como si no hubiesen sido los últimos; insuficientes para aplacar la sed de mi avaricia, para calmar el ardor desquiciado con el que volvería a repasar cada uno de esos instantes. Ni siquiera con artificios de la imaginación conseguiría después alargarlos. Más bien al contrario, cada vez que lo intentaba se aceleraban y se hacían más pequeños, atrapados para siempre en la danza de lo inevitable.

– Eva es tu hermana.

– ¿Cómo?

– Que Manolo no es tu padre. El padre de Eva lo es.

infierno 4Intentó seguirse explicando, pero las palabras se deshacían antes de conseguir entrar en mí, como si fueran apenas el reverso de un eco lejano. Que si para cuando se fue éramos dos críos de 3 y 4 años que se detestaban, y que jamás se le pasó por la cabeza que terminaríamos enamorados. Que si con Manolo siempre habían hablado de vivir en la playa, y estaba convencida de que eso haría él tras su partida. Dijo muchas otras cosas, pero ahora no las recuerdo. Me costaba cada vez más trabajo seguirla. Y entonces la pregunta de Andrés, inesperada, logró sacudirme la sensación de sordina con su espantosa lucidez.

– ¿Lo sabía mi padre? ¿Manolo?

– Andrés…

– ¡Lo sabía o no!

– Sí. Desde hace mucho tiempo.

– No te creo- declaró él tras un prolongado silencio.

– Cuando descubrió que su mejor amigo era en realidad tu padre me exigió que desapareciera de vuestras vidas para siempre. Quise quedarme cerca, pero fue imposible. Él se encargó de cerrarme todas las puertas. Y de que yo no volviera a recibir noticias tuyas.

– No, no es posible. Nunca hubiera permitido que estuviéramos juntos. No se hubiera quedado callado.

– Pregúntale tú mismo. Te sorprenderá comprobar hasta qué punto le importa lo que los demás piensen de él. Y su negocio, claro. Por sobre todas las cosas.

El tono de voz de Elena se hizo más ligero en la última frase, como si se hubiera atrevido a soltar parte de la culpa que lastraba sus anteriores palabras. Por sutil que fuera el cambio a Andrés no se le escapó, y torció la boca en un gesto de desagrado. Pese a todo calló, y yo aproveché la pausa para arrojar sobre la pila inquisitoria la pregunta que, a mi vez, me sofocaba el alma. Tomé un gran bocado de aire antes de hacerla, pero más que animarme me supo a canícula y a horribles secretos.

– ¿Y mi padre? ¿Él también lo sabía?

Su respuesta inmediata –”No, no, por supuesto que no. No lo dudes ni por un instante criatura”- debería haberme dado un poco de paz, pero no fue así. Nada podía. Veinte años juntos, veinte años de amor, se deshacían frente a mí en las calderas del infierno, transmutados en dolor y miseria por el indestructible fuego de la verdad.

En la cama II: Felicidad acostumbrada

pareja 2Nos despertamos un poco antes del amanecer porque Andrés había tenido un mal sueño. Su madre volvía a abandonarlo sin darle explicación alguna, pero ésta vez él no era un niño ni su madre tenía el rostro que él aún recordaba, aunque a duras penas. Sí tenía su pelo, lacio y rubio, pero sus facciones eran las mías. Mi mirada, mi boca, mi mentón partido; atrapados en su cuerpo traicionero. Cómplices, partícipes de la gran huída.

Intenté tranquilizarlo acariciando las plantas de sus pies –no os engañéis, no existen los gustos ‘anormales’: dado que todos los tenemos, son lo más normal del mundo-, pero su relato me había dejado una sensación extraña, algo parecido a un zumbido levemente molesto y persistente. Probablemente por la manera en que me narró el sueño, con una angustia impropia de él. Como si fuera otro y viniera de lejos, como si de alguna manera estuviera fuera de sí. Pero no en el sentido literario, sino que en uno más concreto.

La noche anterior nos habíamos quedado despiertos hasta tarde, celebrando que por fin nos habían entregado las llaves del piso nuevo. Conseguir que mi padre aceptara mi salida del hogar que me vio nacer (en serio, mi madre me parió en su habitación) sin un anillo de por medio no había sido tarea fácil. Pero tampoco imposible. Andrés y él siempre habían tenido una conexión especial, un mutuo ‘buenrrollismo’, y finalmente se dejó convencer a regañadientes, con la condición de que yo prometiera esperar al día de mi titulación. Sus preocupaciones no fueron necesarias, debido al retraso de la constructora.

Cuando nos fuimos a la cama nos corría más vino que sangre por las venas, así que nuestra pequeña fiesta particular no terminó según lo esperado. Y confieso que lo había estado esperando bastante, de hecho llevaba unos días fantaseando con todas las guarrerías que haríamos una vez terminada la cena, después de todo se trataba una noche especial. Y no es que no folláramos, incluso me atrevería a decir que superábamos en frecuencia a la mayoría de los amigos de nuestra quinta, pese a que no nos había faltado tiempo para aburrirnos el uno del otro. Pero en un ejercicio de dolorosa honestidad reconozco que comenzábamos a recalar en esa zona en la que cualquier cambio de escenario o circunstancias es bienvenido, porque si bien aún no se ha caído en la rutina ya comienza a intuirse su silueta, y lo que hasta entonces no tenía palabras se puede traducir en una frase: Todavía no estoy ahí, pero la inmunidad no es eterna. No cuando ya es más lo conocido que lo por conocer.

Así que innovar se había convertido en una especie de labor por esos días…

De todas maneras, en ese momento no me importó que mis planes se fueran al garete. Después de unos manoseos torpes y una sinfonía casi interminable de risas sin control caímos abrazados sobre la cama como un fardo con dos cabezas, al borde de la inconsciencia. Antes de que todo se apagara alcancé a pensar que la felicidad era simplemente eso, morir cayendo aferrada a su abrazo.

La danza del adiós

la danza del adiósCinco años y veintitrés días después se mirarán por última vez, casi de la misma manera en la que se miraron en aquel bar cuando todo comenzó: Como si supieran lo que está por ocurrir y no terminaran de creérselo.

Volverán a saltar al unísono hacia lo desconocido, aunque a diferencia de la primera vez no los unirá un abrazo. En cambio, se impulsarán el uno al otro en direcciones opuestas, con estudiados movimientos de bailarines, en una danza en la que nadie tenderá la mano a nadie porque tanto él como ella codiciarán para el otro la prisión que abandonan. Y así, volverán a cambiar el territorio, y pensarán nuevamente que “está todo bien”, sin recordar que eso antes ya lo hicieron, mientras marcan el número del colega de turno para comunicarle las novedades.

Ella llorará, pero sólo lo inevitable, porque muy temprano aprendió que él no la encontraba deseable con el rostro cubierto de lágrimas, y aunque estará preparada para dejar de sentirse deseada, no lo estará aún para tener la certeza de que es él quien ya no la desea.

El bostezará y mirará el reloj un par de veces, intentando revestir con una capa de tedio toda la pulpa del ‘nosotros’ que aún tendrá en carne viva.

Por supuesto, ninguno de los dos dirá nada trascendente, o tan siquiera que no haya sido dicho ya; toda su relación habrá sido un entrenamiento para llegar a ese instante. Y ninguno se permitirá recordar los buenos momentos, porque sabrán reconocer la inutilidad de semejantes evocaciones. Ambos pondrán devotamente sus dolores y esperanzas fallidas en el altar el olvido, y levantarán la resistencia como bandera. Él no le contará que le sobran sábanas, soledades y aire por la noche, y ella preferirá callar a reconocer que, pese a todo, estaría dispuesta a volver a intentarlo. Y así, escudados en el otro para justificar sus respectivos silencios, se despedirán como si nunca se hubieran amado, un gesto apenas, de esos que se deshacen con la primera llovizna.

Yo lavo los platos, tú arreglas el coche, nosotros follamos

igualdad de géneroCuanto más igualitario es el reparto de las tareas domésticas, menos sexo. Esa es la conclusión, aunque se adorne y se suavice de mil maneras distintas (menos, pero no peor; menos pero el vínculo es más estable), a la que llegó un estudio publicado el año pasado y que ahora vuelve a instalarse con empeño y desconcierto renovados en webs y sobremesas gracias a un extenso artículo al respecto que salió el mes pasado en el New York Times.

Sí, habéis leído bien: Lo que el estudio afirma es que cuantas más tareas domésticas consideradas “tradicionalmente femeninas” (cocinar, aspirar, hacer la colada, cambiar pañales) realizan los hombres, menos frecuentes son las relaciones sexuales en la pareja. ¿Y el otro lado de la moneda? Nos ofrece resultados similares: En aquellas parejas en las que los hombres hacen labores supuestamente masculinas (sacar la basura, arreglar el coche, armar muebles o reparar las cañerías) el sexo tiene una frecuencia media de 17 veces al mes, 5 veces más que en aquellas relaciones en las que esto no ocurre.

Parece casi anecdótico, y las primeras reacciones tienden al humor. Bueno, las mías al menos. Como proclamar a los cuatro vientos que no me importaría lavar más platos si a cambio me tienen más contentita en otras lides (¡vamos, que si es por eso hasta soy capaz de ensuciarlos a propósito!), o hacer repasos de mis conocidos más “cromañones” en busca de ese ansiado prototipo de macho que “quiere siempre” [que yo quiero]. Por supuesto, si no sabe usar un taladro y pringarse bien los dedos con grasa de motor, queda descartado del Top 10 mental.

Pero el asunto no es nada gracioso, ni liviano. Porque lo que nos viene a decir este estudio es que, de alguna manera, a medida que crece la comunicación entre el hombre y la mujer, a medida que se abrazan los puntos de unión y se logra trascender las diferencias, más disminuye la libido. Que esas parejas “progres” que comparten las labores, que crían a sus hijos al “fifty-fifty” y se disputan el reinado de la cocina quedan muy bonitas en la foto, pero lo que es follar, follan menos. Y ojo, que no es lo mismo que poco, pero ya tiene tela. Porque ese menos es en relación a aquellas parejas que mantienen un reparto de roles más tradicional, donde la sola idea de que el macho de la casa lave los platos haría saltar, junto con los suspiros de rigor, una que otra lágrima de risa a la fémina que se afana tras los fogones.

Bueno, pasado el momento del pasmo vamos con los matices, que los hay… El estudio, importante es decirlo, se realizó en Estados Unidos. Así que convengamos en señalar que sólo es representativo… de lo que representa. Una sociedad occidental, entre tantas otras, con sus  características y particularidades a la hora de entender las relaciones de pareja.

Por otra parte, si bien se constata que dichas relaciones no son tan satisfactorias desde el punto de vista sexual, sí lo son desde el personal y emocional. Bueno, para mí es un poquillo como decir que 2+2 son 5, pero sigamos avanzando.

El estudio ha sido elaborado con datos recolectados hace ya un turro de años (en la década de los 90), y si bien eso podría parecer que invalida sus conclusiones, la autora del reportaje en el New York Times, que es psicoterapeuta de pareja, asegura que se trata de una realidad que se ve día a día en su consulta (Lori Gottlieb se llama, por cierto). Además, una de las autoras del estudio, Julie Brines, ofrece una teoría al respecto: La falta de “diferenciación sexual” que se produciría al no tener tareas definidas es la que generaría esa menor atracción sexual. Algo así como que la neutralidad de género nos está convirtiendo en seres sexualmente neutros. Es más, Brines va más allá y concluye que las parejas homosexuales tienden a escoger a compañeros distintos precisamente para mantener viva su conexión sexual, lo que no pasaría en las parejas de lesbianas, que buscan afinidades en la forma de entender la vida y en los gustos, y cuya vida sexual es menos frecuente e intensa (eso sí, aclarando que registran menos divorcios).

Entre las múltiples teorías surgidas al calor de este polémico estudio, la propia Brines adelanta un par: que nuestra sexualidad es emocional e inconsciente, y que nuestro deseo funciona por asociaciones aprendidas, siendo una de ellas la atracción por lo que es opuesta a nosotros. O sea, que la igualdad es muy bonita y necesaria para organizar la vida social, pero sus valores, simplemente, no se pueden trasplantar siempre a la cama. O más bien a nuestros deseos. Por ese colador no pasa lo políticamente correcto…

Pese a esta evidencia, algunas voces indignadas se alzan en Internet, reclamando que este tipo de estudios, que en el fondo vienen a decir que a las mujeres en su fuero más íntimo les gusta ser dominadas, ponen en riesgo esa precaria igualdad que empieza a asomarse hoy en día, y que tanta sangre, sudor y lágrimas (de féminas, en su mayoría) costó conseguir. Por otra parte, hay quien opina que “a mayor igualdad y presencia de las mujeres en los centros de decisión y de poder, más frecuentes son los intentos de teorizar sobre las desventajas de ese poder y esa igualdad”, sin contar con que la menor frecuencia de deseo sexual de las “parejas modernas” podría atribuirse más al cansancio que la vida diaria provoca en una pareja de nuestros días en la que ambos trabajan” que a un tema de falta de diferenciación por géneros.

Yo, de momento, no tengo opinión, ni de espanto ni de asentimiento científico, aunque sí me interesaría muchísimo conseguir más información sobre la calidad de las relaciones en aquellas parejas que comparten las labores de forma indiferenciada. Pero bueno, que mientras averiguo más por esos lares me propongo realizar mis propias y humildes “labores de investigación de campo” porque el rollo éste de los géneros me parece fascinante y siempre he peleado mucho por expandir los confines que el mío me marcaba. Pero claro, ya sabéis lo que me gusta a mí la tontería!!!

O sea, que como os decía al principio en coña, por probar que no se quede. Ahora, es altamente probable que al quinto día de lavar platos en soledad me termine aburriendo del experimento (para eso ya tengo al mio filio adolescente, que tiene muy muy claro esto de los roles) y decida cambiar el enfoque. Puede que entonces publique un nuevo post haciendo un llamado a las féminas del mundo para que nos unamos en una nueva cruzada pro-igualdad: Disponibilidad total cada vez que nuestro chico-progre coja una escoba o una bayeta. Y en cuanto a las labores de bricolaje y otros menesteres masculinos, eso se arregla fácil: Unas clases con Miley Cirus sobre manejo del martillo y a correr. O a correrse, que es la idea!

Fuentes utilizadas para elaborar este post:

Does a More Equal Marriage Mean Less Sex? (reportaje en el New York Times)

Iguales y ¿asexuados?: conflictos de la pareja moderna

Menos sexo en la pareja si los hombres hacen quehacer

Egalitarianism, Housework and Sexual Frequency in Marriage (link al PDF completo -en inglés- del estudio)

Celos

imagen celos, trio

Hablaba en el post pasado del tema de la fidelidad. Hablaba de algunas opciones, que básicamente pasan por reconocer que a todos nos gusta mirar para el lado, y que probablemente nos va a gustar hasta el día en el que nos toque ponernos el pijama de palo. No estamos programados genéticamente para mantener relaciones sexuales con una misma persona de por vida, si bien eso sólo significa lo que significa, nadie ha hablado del bien y del mal acá. O sea, y tal como tan acertadamente señala mi amigo Pere Estupinyà en su último libro, hay que tener cuidado de no caer en la “falacia naturalista”, avalando moralmente aquellas cosas que nos vienen dadas por naturaleza y que nos acomoda avalar, mientras olvidamos que hay muchas otras que beben de la misma fuente pero que consideramos verdaderas aberraciones.

En realidad no lo dice así, pero estoy evitando coger mi libro y caer en la trampa de ponerme a buscar la cita, porque entonces ya no paro… De cualquier manera, esa viene a ser más o menos la idea.

¿Por qué no entonces aceptar que si bien es muy difícil amar a dos personas a la vez –nuevamente la ciencia mete aquí su cuchara-, si se puede desear a tres, a cuatro o a cinco? ¿Por qué no aceptar que hay distintas maneras de querer, y que un corazón siempre puede tener sitio para más? ¿Por qué no abdicar de una vez por todas del modelo de pareja que nos hemos montado, y que se cae y nos arrastra en su fracaso una y otra vez, en pos de un camino menos contaminado, en una de esas incluso libre de pantomimas y mascaradas?

Probablemente no alcanzarían 1.000 páginas para terminar de dilucidar este asunto, pero permitidme subir al banquillo de los acusados a uno de los más que posibles culpables de esta historia de nunca acabar: Los celos.

Hijos de la posesión, esa horrible criatura que nos engaña con sus cantos de sirena prometiéndonos un bálsamo que cure nuestro miedo a la soledad mientras silenciosamente inyecta su veneno, los celos anidan en todos nosotros. Se noten o no, nos hagan la vida más o menos jodida, están ahí.

imagen celos, carcelEn mi post “Cuando la ciencia se va a la cama” dije que no soy celosa y que “intento huir de la posesión como del demonio”. Aún entendiéndose que hablaba en términos generales, durante algún tiempo me enorgulleció pensar aquello, como si fuera una especie de sello, una sofisticación más de mi forma de ser que colgarme como una medalla a la modernidad. Ahora, no hace falta bucear con demasiada profundidad en las pantanosas aguas que rodean a este asunto para ver que, cuando mucho, se puede tener el tema más racionalizado. O sea, puedo entenderlo. Tal vez aproximarme a él por vías menos gastadas, y apreciar más matices en algunas de las situaciones que me ha planteado la vida, en una de esas intentar dar la pelea con mejores armas…  pero hasta ahí. Los celos son una cárcel, y sólo quien los padece es su prisionero, pero ¡de qué poco sirve a veces el saber! Yo también he sentido esos mordiscos feroces en el interior del estómago, ese deterioro del alma, esa corrosión de todo lo que late dentro y que nunca termina de explotar. Las esperanzas, cuando mueren, no suelen hacerlo dulcemente. Y como legiones de otras mujeres (y hombres, claro está) en ocasiones he tenido que recomponerme y sonreír, porque no quedaba otra. No importa que sepa que el otro no es mío, que nadie lo es. Porque mío es el olor a él que entra por mi nariz y se inyecta en mi sangre cuando lo tengo cerca, y mía es su piel entre mis dedos. Mío es su sabor, porque está en mi lengua, y mía la forma única en que se dibuja su contorno en mis ojos. Mío, mi tesoro, ¡my precious! Para siempre, o al menos durante todo el “siempre” que sea necesario…

(¿Esperabais alguna conclusión al respecto? Mmm, lo siento, no la hay.)