En busca del orgasmo perdido

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Escribir este post es una deuda que tengo pendiente hace muchísimo tiempo con una amiga, pero cada vez que me disponía a intentarlo algo me frenaba, como si la tarea me quedara demasiado grande, como si se tratara de enfrentarse a una vaca sagrada. Después de todo, ¿qué coño puedo saber yo acerca del orgasmo, así en mayúsculas? Sí, vale, tengo orgasmos, pero muy rara vez durante el sexo (a menos que yo misma colabore directamente en el proceso), y muchas veces me quedo con la sensación de que al asunto le faltó punch, que estuvo bien pero podría haber sido mucho mejor… Eso sin contar con que durante muchísimos años decir orgasmo era para mí lo mismo que decir aguja, siendo mi cuerpo un enorme pajar donde la búsqueda no parecía terminar nunca.

Pero bueno, no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague, así que estimados míos, he aquí el tema que nos traemos entre manos, desde mi humilde perspectiva.

Decía mi amiga lo siguiente en su mensaje: Quería sugerirte  algún artículo que hable del orgasmo. Hay tantas mujeres que creen haberlo sentido y como es algo tan intangible a veces ni lo conocen. Es difícil de explicar el “como es”.

Sin duda que es difícil porque no existe ‘un’ orgasmo femenino, el asunto se puede manifestar de muchas maneras: Siguiendo los patrones del masculino por ejemplo (excitación, plataforma, orgasmo, resolución), teniéndolo en “línea recta”, con varios picos de éxtasis, tal vez encadenando uno tras otro o en espiral… Ahora, si hay algo que sí está claro en esta tierra de sombras y piruetas es que cuando se tiene un orgasmo se sabe. Y ahí no hay más vuelta que darle.

Me lo explicó una prima con todas sus letras –y su habitual dosis de humor ‘barriobajero’- hace muchísimos años cuando yo nadaba con desesperación en los mares de la anorgasmia pero no me quería convencer de ello y a cada saltito, zumbido o sensación rica trataba de colgarle el cartelito de ‘orgasmo soft’: “Eso es como tirarse un pedo –me dijo-. Da igual si es más grande o más chico, siempre te enteras”.

Lo he dicho ya en algún otro post, pero lo vuelvo a repetir ahora: Uno de los mejores métodos de encontrarse con el orgasmo perdido es la masturbación. Un ambiente relajado, tiempo libre y a explorar. Porque claro, si ni siquiera una sabe dónde tocar para ver estrellitas, cómo esperar que lo sepa nadie más. Y otra cosa, la actitud tiene que ser constructiva. Algo así como buscar con alegría y sin esperar resultados, que de lo contrario pasa algo parecido a lo del gatillazo, mientras más se intenta mayor es el desastre, y mientras tanto una se queda sin dedos y con una irritación de la hostia (en el cuerpo y en la cabeza, buff!).

No se trata de ponerse ahora a elaborar el decálogo del buen orgasmo, ni de ser tan ingenua como para pensar que con una lista de tips bienintencionados cualquiera puede alcanzar sus cimas… A veces influyen factores físicos, otras veces hay traumas profundamente arraigados que no se superan solamente con buena voluntad. Sin embargo, sí puedo hablar de mi propia experiencia y de las cosas que a mí me han servido. Cuando hay terceros involucrados vuelvo a lo dicho, o intervengo yo misma en el proceso –timideces fuera!- o saco el manual de instrucciones, el mapa y las riendas, intentado oscilar con elegancia entre la sugerencia y la exactitud. A algunos les mola eso de compartir información, pero no siempre tanta directriz es algo bien recibido. De todas maneras no suelo comerme el coco con ese tema, y cuanto más me relajo más me encuentro con sorpresitas, como una vez que me corrí sólo con que me apretaran los pezones. Y es que muchas veces un buen manejo del in crescendo puede ser el único mapa que se necesita hacia la felicidad.

Ahora, sí que tengo algunos truquillos cuando somos mi orgasmo y yo contra el mundo, sin pollas enhiestas en el panorama. Como volver a empezar cuando siento que se me escapa. Detenerme, respirar profundo, volver a sentir el cuerpo, partir de nuevo, de cero. Sin pensar en que tengo prisa, en que quiero ya, que estaba tan cerquita, que me falta tiempo para tanta parafernalia… O como buscar otros caminos para ganar intensidad, porque a veces las fórmulas seguras, las vías conocidas y habituales, garantizan el resultado, pero ese resultado no pasa de ser un mero desahogo físico. Y algo tan simple como tocarse en otros sitios, o con movimientos nuevos, puede derivar en resultados sorprendentes. No siempre, claro, pero en algún momento…

Y aún a riesgo de quedar como una hippie loca que le aúlla a la luna, meditar unos minutos antes y dirigir mis energías hacia el vientre suele hacer maravillas. O reír durante algunos minutos, así a lo tonto, con ganas, sin razón, con la boca abierta y después cerrada. De lo que se trata es de irse “para dentro”, conectar con uno mismo, con sus sensaciones y cómo éstas se van ramificando. Salir de la cabeza y volverse puro cuerpo flotando en su propio universo.

Un cuerpo que, por cierto, hay que querer. Otro básico del buen orgasmo. Ya sea en compañía o en soledad, es escaso el disfrute que se puede obtener si se piensa más en que a una le cuelga un michelín del tamaño del Titanic que en las cosquillitas que se están produciendo “ahí abajo”.

Y ya lo último: Alguna vez me ha pasado que, como mi primer orgasmo es el que más se tarda y de ahí en adelante los demás son pan comido, me engolosino demasiado y la cosa termina cayendo por su propio peso. O sea, he tenido un par de orgasmos espectaculares pero en cuanto salgo de uno ya quiero otro, como si el placer ya trajera aparejada la necesidad, y sigo y sigo y sigo, y cada uno de los que vienen después es más chiquito que el otro, llega menos dentro, hasta que la cosa se desinfla, hasta que ya tengo que parar simplemente porque tengo todo anestesiado de tanto frotamiento frenético y ya me sube la mala leche. Así que pregunto, porque siempre es tan bonito sentirnos identificados con el prójimo… ¿a alguien más se le han gastado los orgasmos por glotonería o sí que soy media bicho raro?

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“Las muertes chiquitas”, orgasmos ‘made in’ México


La documentalista Mireia Sallarès es la autora de “Las muertes chiquitas”, un proyecto transdisciplinar cuyo epicentro es un documental que “comprime” en cinco horas unas 100 de filmación. Compuesto por entrevistas o conversaciones con más de 30 mujeres de distintas zonas, edades, profesiones y religiones de México, el trabajo “reflexiona sobre la condición política de ser mujer desde el placer, la lucha armada, la transexualidad, la prostitución, la enfermedad, el exilio, la teología de la liberación, el feminicidio y el compromiso ético”.

Respecto a la duración de su trabajo, la autora cuenta que “a falta de cuarenta minutos hay un final, y viene otro. Me preguntaban por qué me cuesta tanto acabar, y respondí que la película es como un orgasmo femenino, más lento y que no termina del todo”.

El documental aún no lo consigo, pero por mientras os dejo con dos tráileres (por cierto, que fea me suena esa palabra, pero si la RAE dice…). El que tenéis más arriba y uno un poco más largo, que encontraréis en el primer link que os pego más abajo (como está subido en Vimeo no lo puedo compartir directamente en el blog). Además, en la misma página del primer link tenéis más datos sobre la autora y una entrevista realizada por Arts Coming.

Fuentes: http://artscoming.com/products-page/product-category/las-muertes-chiquitas/
http://ocio.farodevigo.es/cine/noticias/nws-246785-mireia-sallares-hay-hombres-fingen-orgasmo.html

“Las muertes chiquitas”
Documental
Autora: Mireia Sallarès
Duración: 5 horas

Como comer un coño

Y seguimos con La Habitación Prohibida, esta vez para adentrarnos en las técnicas de un buen cunnilingus… Bueno, este post tiene un tono un poco más “rancio” y que me gusta menos, pero pensé que valía la pena compartirlo porque tiene cosas para no perderse. Como aquello de que “si dos manos caen súbitamente del cielo y empiezan a levantarte, significa que te han echado de la partida. Te dirá que nunca se corre con el sexo oral, pero lo que realmente pasa es que chupas por chupar. Dile, de buena forma, que lo entiendes y analízalo todo”. Pues sí…

La habitación prohibida

Si ayer os dejaba con una completa y graciosa guía para comer pollas, gentileza de la revista Vice, no iba a dejar de lado la réplica para los coños. A si que os dejo una guía destinada a que los chicos aprendan a comérnoslo bien, os recomiendo que la leáis, tiene una visión algo machista a veces, aunque creo que eso es para empatizar con el lector y que no se crea que es una clase de ciencias, pero seguro que os echáis unas risas y quien sabe, quizás alguien pueda aprender algo…

Y si pasas de la versión masculina puedes visitar el post de la Guía lésbica para comer coños, también de la revista Vice.

Sacado del archivo: Guía Vice para comer coños

1. NO TE ARRASTRES
No bajes al pilón al menos que ya estés abajo. Al contrario que una felación, un cunnilingus no…

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Mi primer intento de relato erótico…

shutterstock_45683377Se masturbaba con furia, como si quisiera gastarse hasta desaparecer, hasta arrancarse esa costra que nunca dejaba de dolerle, y dejar así de ansiar su olor triste y sus brazos sin carne, o al menos dejar de odiarse por hacerlo.

Empezó la noche que él se fue, y desde entonces le resultaba cada vez más difícil parar. Bastaba que las lágrimas asomaran a sus ojos para que el dolor se escurriera hacia abajo convertido en urgencia, la urgencia de su sexo vibrando como un panel lleno de abejas enfurecidas.

Se sacaba la ropa a tirones como si se acabara el tiempo, aunque sabía que tiempo era lo único que le quedaba, y tendida en la cama se hundía en la embriaguez de sus propios efluvios, en el sabor acuoso de su soledad. Nada más le importaba, ni sus pezones furiosos y erectos ni la piel que luchaba por desprenderse de su cuerpo; tendida frente a sí misma era toda apertura, tajo, herida. Una herida enorme, sangrante y triunfal que se tragaba todo lo demás.

Gritaba, mucho antes de llegar al clímax, porque no eran las manos de él las que la tocaban, porque no podía dejar de ansiar tocarse y al mismo tiempo arrancarse los dedos a mordiscos. Y así, hundiendo toda su desesperación en la hambrienta pulpa de sus labios, lograba conseguir unos instantes de calor para su cuerpo huérfano, un poco de descanso antes del final. Pero pasados los latigazos del orgasmo todo volvía a empezar, noche tras noche…

Perversiones del ciudadano común 3: ‘Performance’

shutterstock_133884191Todos somos actores de nosotros mismos cada vez que hay un otro para contemplarnos, siempre que nos dibujamos desde una mirada ajena. Sin ni siquiera enterarnos muchas veces, porque a medida que crecemos nos vamos convirtiendo en expertos, tanteando y moldeando permanentemente la imagen que proyectamos hacia el exterior. Partiendo por algo tan básico como el maquillaje, o esos tacones con los que nos torturamos para ganar unos centímetros, o el coche en el que nos dejamos los ahorros para situarnos en un punto específico del mapa social.

Incluso en el sexo -supuestamente tierra fértil para el abandono y olvido de sí mismo-, por no decir donde más, caemos permanentemente en la tentación de la performance. Tendrán que saber perdonarme el anglicismo, pero es que la definición de Wikipedia es perfecta: “Una muestra escénica, muchas veces con un importante factor de improvisación, en la que la provocación o el asombro, así como el sentido de la estética, juegan un papel principal”.

¿No es el sexo acaso, muchas veces, una puesta en escena de nuestras habilidades y conocimientos? ¿No hacemos lo que hacemos para despertar en nuestro compañero su afecto, su interés o su asombro? Los hombres saben mucho de eso, no en vano los principales motivos de consulta con un especialista son por eyaculación precoz e impotencia, que muchas veces son dos caras de una misma moneda, el precio que se cobra el ansia por cumplir. ¿Con qué? La lista es larga. Y las definiciones, si bien personales, están muy lejos de ser libres o tan siquiera propias.

Un gemido para ‘apurar la causa’.

Una preferencia autoimpuesta por una postura que nos resulta más favorecedora.

Unos ojos q se cierran para esconder el hastío de un acto sexual reducido a una concatenación de embestidas interminables.

Un desgano revestido de entusiasmo. Un “tengo ganas” piadoso, uno porque da pereza discutir, otro porque “ya va tocando”…

 shutterstock_90568693.jpgTengo una amiga que estuvo saliendo con un chico de esos ‘neo-hippies’, cuya idea del paraíso en la tierra es comer bayas silvestres y estar en permanente comunión con la madre naturaleza. El chico practicaba el sexo tántrico, y bastaba que mi amiga hiciera ese comentario para despertar las envidias de cuánto ser pensante la rodeara en ese momento. Claro, los mitos en torno a esa práctica ponían a salivar a todos sus oyentes: polvos eternos en los que la mujer puede tener un orgasmo tras otro, sin el temido “me voy a correr” a destiempo. Una forma de amar bella y profunda, que sólo podría producir amantes igualmente bellos y profundos, en contacto consigo mismos y con el palpitar de la existencia, no sujetos al cumplimiento de determinados parámetros o metas. Una experiencia extática, prometedora, suculenta. La libertad de dos almas comulgando a través del tacto y el fluir de las energías frente al amor constreñido y maquetado –con su final predecible- del común de los mortales.

Pues el romance no terminó precisamente en éxtasis, sino que en eyaculación involuntaria. En una de las sesiones al galán se le fue la concentración y –horror de los horrores- se corrió copiosamente, tras una maratón de caricias, juegos y coito. Y entonces rompió a llorar con amargura, y cuando mi amiga trató de consolarlo le salió con que la culpa era de ella y le acusó de “robarle las energías”. Por lo mismo, concluyó, no le hacía bien verla, así que mejor lo dejaban. Mi amiga, claro, hizo lo único que podía hacer, que fue mandarlo al carajo y flipar. O flipar y mandarlo al carajo, en este caso el orden de los factores no altera el producto. El ‘producto’ se alteró solito, con un buen par de tetas. Más o menos como todos, por más que en su etiqueta dijera “gourmet” del sexo. Al parecer, a veces lo especial es aceptar que no lo somos tanto, incluso un buen misionero nos puede dejar marcando ocupado. Para mí, que no lo practico con frecuencia, ha llegado a ser toda una experiencia…

Los sabores del sexo

shutterstock_136219310Sabor a ostras que se van de fiesta
Vestidas de gala para el momento.
Sabor a esfínter dulce
A dulce interior de tu cuerpo.
A palomitas vírgenes abriéndose en mantequilla caliente.
A paredes amarillas que encierran regueros.
A cuellos que parecen dunas
A dunas que parecen cuellos.
Al rojo de una felación caníbal
Y al azul de un lengüetazo tierno.
Sabor a sudor, a sal, a miedo.
Sabor a recuerdo.
Sabor a ti
El sabor del orgasmo en mi boca cuando pienso en ti.

Sexo-arte en “Shame”

Título: Shameshame cartel
Año: 2011
País: Inglaterra

Sexo en pantalla. Pero no el mismo sexo de siempre. Sexo desolado, envasado en cuerpos perfectos. Cuerpos que bailan coreografías disonantes. Manos que tocan lo que no desea ser tocado, poros hambrientos, orgasmos que son explosiones de angustia. Gritos desesperados que no llegan, agujeros que nunca se llenan…

Por fin me encuentro con una peli que me enamora a través de sus escenas de sexo. Vale, también a través de muchas otras escenas, aunque es difícil encontrar una sola que no respire sexualidad en “Shame”, esa película del británico Steve McQueen estrenada en 2011 pero que yo acabo de descubrir…

¡¡¡Uau!!!

No me parece casual que McQueen, además de cineasta,  también sea escultor y fotógrafo. Es decir, un artista, y uno que sabe muy bien cómo contar una historia. O muchísimo mejor, cómo sugerirla y dejar que nos la contemos nosotros mismos. Lo que algunos llaman “respetar a su público”.

Por lo mismo, hay poco que resumir. Apoyándose casi al 100% en sus dos protagonistas –Michael Fassbender y Carey Mulligan, ambos unos monstruos interpretativos– la información que ofrece “Shame” es mínima: Un protagonista adicto al sexo, metódico y terriblemente solo; su hermana, igual de frágil y dañada que él y hambrienta de cariño; tres o cuatro pinceladas que nos sugieren una infancia mutilada… y poco más. Y es que ésta no es una peli para contar. Es para ver y sentir. Empezando por el sexo.

Como decía antes, McQueen es un artista y el sexo en esta peli es arte, además de un potente recurso narrativo. Cada movimiento, gesto, mueca, temblor, rictus, silencio y gemido está ahí para contarnos algo, para ahondar aún más en la profunda devastación de sus personajes y hacernos sentir su desesperanza, sin renunciar nunca a la belleza. El lenguaje está en los cuerpos, y éstos gritan todo lo que no se dice en palabras, ofreciéndonos caracterizaciones densas, llenas de matices. Tanto Fassbender como Mulligan aparecen desnudos en su primera escena (toda una declaración de fragilidad) y de ahí no pararán de sacarse capas, de las otras, las que no se ven pero tapan más que la ropa. Las miradas de Fassbender son impagables (¡benditos primeros planos!), y con ellas consigue que los espectadores veamos –vivamos- la historia con los ojos de él. No es él quien toca ese culo o lame esas tetas, no es él quien entra y sale de esos cuerpos en un vaivén terrible e infinito, somos los receptores de su avidez, voyeristas entregados a la absorción del otro, quienes lo hacemos, transitando con ello un camino que no es gratuito, y que también a nosotros nos deja un sabor amargo. Un amargo exquisito eso sí, para paladares gourmets…

Cállate y méteme la lengua en la garganta de una vez…

Francisco Goya [Public domain], via Wikimedia Commons.Leo mucho sobre sexo. Por interés personal, para encontrar temas motivantes que compartir en este blog y para alimentar la fanpage de Facebook. A veces alguna novela, relatos, columnas de opinión, pero sobre todo artículos. Y una de las cosas que he notado en el último tiempo es que hay cuatro o cinco temas que se repiten de forma persistente, por lo general con un tratamiento paternalista y una profundidad más bien escasa. Uno de estos “sospechosos habituales” es el típico reportaje sobre la importancia de que las mujeres se comuniquen con sus parejas y compartan sus deseos y necesidades en la cama para alcanzar una vida sexual más satisfactoria, acompañado de una serie de consejos bienintencionados y redundantes. Así, por ejemplo, es fácil encontrarse con frases del tipo “si no te atreves a decírselo, gime e intensifica el ritmo de tu respiración para expresar que te gusta lo que está haciendo”, “toma suavemente sus manos y ponlas donde quieras que te toque” o “espéralo en la cama con una ropa provocativa y sugiérele tu posición favorita”.

El problema está en el enfoque. Los habrá, pero personalmente aún no soy capaz de encontrar ningún artículo mínimamente serio que me aporte algo nuevo sobre el tema de la comunicación en el sexo y que no reduzca el tema a un problema  de timidez de algunas mujeres a la hora de decir que le gusta que se la claven hasta el fondo o que le aprieten los pezones. “La cándida doncella contra el mundo, capítulo 100.000”. ¡Pfff, qué pereza!

He tenido muchos amantes generosos, pero pocos sabían comunicarse. Son cosas muy distintas, qué duda cabe. Comunicarse es estar dispuestos a abandonar el personaje, un personaje que muchas veces no sabemos que cargamos. No tiene nada que ver con dedicarle tiempo al otro y darle un masaje, o hacerle una buena mamada aunque te lloren los ojos. Tiene que ver con desnudarse, con quitarse los colgajos de las convenciones, del buen hacer, del qué dirán, y mostrarse tal como uno es, con toda la “incorrección política” que eso implica. Más allá de los aprendizajes, de las expectativas, de los condicionamientos  y las ideas que tenemos de nosotros mismos. Es trascender el mapa y confiar en el territorio. Y, sobre todo, es cosa de a dos. Porque no se saca nada con ronronear y poner cara de gata en celo si el otro se hace el sueco y se resiste a darse por enterado de lo rico que es un buen cunnilingus.

Otra cosa que puede pasar es que, habiendo voluntad de ambas partes por comunicarse, esa comunicación no fluya, se pierda en el camino. A veces ninguno de los dos tiene problemas en decir “me gusta tal, tócame cual”, y el sexo en un principio es fantástico, pero en realidad no se está produciendo un verdadero diálogo, sólo monólogos. He estado en situaciones así: No hay ningún reparo con la performance, el acto es altamente satisfactorio, la sangre fluye donde tiene que fluir, la respiración se acelera y por unos momentos todo se olvida. Un orgasmo es un orgasmo. Pero cuando se va la ola de la euforia y sólo queda el silencio volvemos a caer en los brazos del desencuentro. Y entonces algo nos hace clic, algún pequeño detalle tonto, y nos damos cuenta que la cosa no pasará de ahí, que la comunión entre los cuerpos no puede ir a más porque no se está llegando realmente a lo profundo. Y ese sexo, de mantenerse en el tiempo, está condenado a volverse monótono y desgastarse hasta desaparecer. Cronos devorando a sus hijos…

Ser reales. Hace mucho tiempo que pienso que ese es el compromiso que debería existir en toda pareja, sea del tipo que sea: no engañar al otro vendiéndole algo que no se es. Donde se ponga un hombre honesto que se quiten las promesas. Y así, con el corazón ligero, sólo queda cruzar los dedos para que esa “realidad” se entienda con la “realidad” del otro, cerrar los ojos y saltar al vacío. Bon voyage!

– Eres preciosa, ven y dame un besoImage: 'Something You Cannot Give Without Taking' http://www.flickr.com/photos/68634595@N00/252072484 Found on flickrcc.net
– Mmmm… no.
– ¿No?
– No
– Dame un beso.
– Róbamelo.
– ¿Cómo?
– Me lo vas a tener que robar
– ¿Eso quieres,? ¿que te insista?
– Nooo. No se trata de eso.
– ¿Entonces? Te pido que me des un beso y me dices que no. ¿Te tengo que suplicar?
– Todo lo contrario. Quiero que me lo robes.
– ¿Por qué te ríes?
– No me río, sonrío. Anda, tonto, dame un beso.
– No te entiendo. ¿En qué quedamos? ¿Me quieres dar un beso o no?
– Quiero que me lo des tú. Que me lo robes…
– Ya empezamos
– Bueno, venga, déjalo.
– O sea que no me das un beso. Vale, entonces te lo doy yo a ti. ¿Contenta? Ganaste.
– No se trata de ganar. No era eso.
– Ya. Pero ganaste igual.
– No gané nada.
– (Cállate y dame un puto beso).
– (¡Cállate y róbame el puto beso de una vez!).

Para Gonzalito

Siempre he pensado que el cielo, el más algonzi hermosolá, la vida después de la vida o como la quieran llamar debe ser algo parecido a un orgasmo perpetuo. No hay pensamiento, no hay preocupaciones y todo es presente absoluto, aquí y ahora puro y duro.

Gonzalito es mi sobrino, el mismo del primer post, y murió el viernes. Cuando empecé este blog lo llamé Pablito, ya que por “política de empresa” decidí no decir nunca el nombre real de las personas de las que hablo, es un tema de respeto. Pero en esa ocasión mi madre (sí, lee mi blog!) me comentó que le habría gustado que usara su nombre. Así que ahora lo uso: Gonzalito.

Cuando digo que imagino la muerte como un orgasmo no pretendo decirlo de forma ligera, como se dicen tantas cosas. Al contrario. Creo que casi toda nuestra vida somos esclavos de la mente, y que sólo conocemos breves -muy breves- instantes de liberación total de ella, al menos los occidentales. Y esos instantes se dan sobre todo en el sexo e incluso en esas ocasiones, casi exclusivamente durante el orgasmo. Supongo que por eso los franceses lo llaman ‘la petite mort’.  Es ahí cuando todo se apaga, cuando no pensamos si lo estaremos haciendo bien, si al otro le gusta, si se nos ve o no se nos ve la celulitis, o el michelín que cuelga… Es entonces cuando todos somos igualmente hermosos, trascendentes, y conseguimos ir más allá de nuestro cuerpo y nuestra mente. Cuando somos menos humanos y más divinos.

Gonzi tenía parálisis cerebral. Un estado imposible de imaginar, porque intentar comprender la ausencia de pensamiento a través del pensamiento es un absurdo. En los 14 años que estuvo con nosotros no conoció la cárcel de la mente, pero sí conoció muy bien la del cuerpo. Un cuerpo que dolía, que se estrechaba, que le dio de todo menos placer, aunque eso no es del todo exacto, porque sus ojos se iluminaban con un beso o una caricia. Ahora es pura luz…

14 años son tan pocos, pero a la vez fueron muchos, más allá de todo pronóstico médico y expectativa. ¿Por qué se aferraba de esa manera a la vida un ser que no tenía miedo a dejarla? Sólo puedo imaginar una respuesta: Se sintió muy amado por quienes le rodeaban. Todos los días que le duró la vida.

Por lo mismo este post no es un lamento, es una forma de dar las gracias por su existencia, de celebrar el amor. También una forma de estar cerca de mi familia desde la distancia. No me canso de repetirlo, tengo la mejor familia, los amo profundamente. Tal como le dije a mi sobri en una carta que escribí para su crematorio, en eso él y yo hemos sido muy afortunados.

Mi vecina la gritona

gato enojadoLa primera vez que la oí no fui capaz de darme cuenta de que eso que oía eran los gritos de una mujer gozando. Era tal la ausencia de contención, tan profunda su estridencia, que lo primero que pensé fue que alguien estaba apaleando a un gato a escasos metros de mi ventana. Porque realmente parecía un gato -al límite de algo, luchando con uñas y dientes por defender alguna de sus siete vidas-, a tal punto que decidí vestirme para intentar averiguar cuál de mis desalmados vecinos se dedicaba a torturar animales indefensos a las dos de la mañana. Recuerdo que estaba en la cama con mi novio de aquella época, en medio de un polvo insípido que interrumpimos sin mayor drama, y que estuvimos un rato discutiendo sobre la conveniencia o no de buscarse líos con los vecinos cuando un sonido nuevo, contundente como un trueno, nos saco de nuestro error: El inconfundible sonido de un hombre eyaculando.

Después de esa primera vez hubo muchas, muchas otras. Casi todos los días de hecho, y al festín de aullidos y ruidos guturales se fueron sumando carreritas por pasillos y habitaciones, movimientos de muebles y risas post coito. Pasaban los meses, cambiaban los amantes (lo sabíamos porque hubo algunos más ruidosos que otros) y yo me debatía entre la admiración y la envidia por lo bien que se lo pasaba mi vecina de arriba.

Un día que salí a colgar ropa en mi balcón vi que del piso de arriba se había caído una maceta con una planta. La planta, aunque maltratada, había sobrevivido, así que  me apresuré en subir a devolvérsela, más por curiosidad que de buena samaritana, ya que me moría por conocer a ese personaje que en mis fantasías me imaginaba como una Sofía Vergara despampanante y envuelta en plumas, permanentemente hambrienta de sexo.
vecina
Cuento corto, la persona que me abrió la puerta era una mujer cuarentona (algo que para mí, con mis veinte años recién cumplidos en aquel entonces, era prácticamente equivalente a ser una anciana sexual), gordita, con el pelo mal teñido, unos vaqueros horribles y chanclas de goma. “No puede ser ella”, pensé, aunque tampoco era probable que tuviera una hija que se dedicara a chillar impunemente con su madre en la otra habitación. Pero toda su cara sonreía. Y cuando habló para darme las gracias me di cuenta de que sí, que tenía delante de mí a la responsable de tantos desvelos “voyeristas”. Su tono y su risa eran inconfundibles.

Más de una vez he leído en revistas y páginas de Internet que las mujeres hacen ruido durante el sexo para complacer a los hombres, que no es un ruido que se haga de forma natural. Y no me refiero sólo a aquellos casos en que la chica no se lo está pasando bien y echa mano de gemidos varios para apurar el trámite, hablo en general. De hecho, he encontrado un par de artículos que aluden a estudios científicos en los que se postula la intencionalidad de los sonidos sexuales de las mujeres. El científico Gayle Brewer, autor de uno de estos análisis, asegura que “el  momento  exacto  del  orgasmo  está  disociado  con  los  jadeos,  lo  que  indica  que  los  gemidos  se realizan  bajo  un  control  consciente de los mismos”.

Es verdad que cuando estoy sola y me masturbo casi nunca hago ruido. Sin embargo la primera vez que conseguí tener un orgasmo, después de un largo y frustrante proceso de búsqueda, fue tal su intensidad que recuerdo que vino acompañado de una explosión de jadeos y gemidos que yo no había puesto ahí, al menos no conscientemente. Y no tenía a nadie al lado mío quien impresionar en todo caso.

Tengo otro recuerdo que viene a poner en duda la rotundidad de los mencionados estudios. Es un poco más reciente, aunque igual han pasado algunos años. Fue después de una fiesta, una de esas espectaculares y apoteósicas que nunca se olvidan, sobre todo porque con el tiempo la prudencia aconseja espaciarlas cada vez más, por no decir abandonarlas. Yo estaba con un amigo y los dos habíamos tomado éxtasis en cantidades considerables, así que una vez que llegamos a casa nos pusimos a hacer lo mejor que se puede hacer en esos casos: follar. No voy a hablar aquí de lo espectacular que estuvo ese polvo (nada más lejos de mi intención que hacer apología a las drogas, a mí me han pasado alguna factura) pero sí de su final. Nunca había sentido tan fuerte la sensación de no ser yo la que estaba ahí, de entregarme de brazos abiertos a ese total abandono. Y nunca habían subido, ni volvieron a subir, semejantes sonidos por mi garganta. Sonidos animales, libres, rugidos vibrantes que retumbaban en mi sangre, que despertaban y sacudían todos mis órganos. Sonidos que no eran míos pero lo eran, y que no estaban ahí para complacer a nadie, sino que surgían de lo más profundo de mi propio placer.

Multiorgasmos en 297 páginas

portada la mujer multiorgásmicaComo lo prometido es deuda, voy a dedicar mi post de hoy a un libro poderoso y transformador: La mujer multiorgásmica. Tal como había comentado hace algunos días, se trata de una obra escrita por Mantak Chia y Rachel Carlton que, mediante una serie de reflexiones y ejercicios de sexualidad taoísta, nos enseña a conectarnos con nuestra energía sexual. Los resultados pueden ser sorprendentes.

Es importante destacar que éste no es un libro dirigido exclusivamente a mujeres que no pueden tener orgasmos. Todas, incluso las que ya tienen orgasmos con frecuencia y creen que no hay otra cumbre más allá de las conocidas, podrán encontrar entre sus páginas algún elemento que les sirva para incrementar considerablemente la intensidad de los mismos. Y por supuesto, no se trata de ponerse a “hacer los deberes” en pleno acto sexual; nada atenta más contra el necesario “dejarse ir” de un buen polvo que tener que estar pendiente de seguir una serie de pasos de manual. No, éste es un libro que invita a explorar en el propio cuerpo y en las energías que se mueven en él, para que luego puedan expresarse –libremente y en todo su poderío–  durante el sexo.

Algunos ejercicios son fascinantemente sencillos, y digo fascinante porque realmente sorprende que tan poco pueda hacer tanto. Está, por ejemplo, el Chi Kung de la risa, que mediante cinco pasos incrementa el chi (energía) del centro abdominal, estimulando la producción de endorfinas y dirigiendo el “calor” hacia la zona inferior del cuerpo. Los pasos son:

–          Sentarse con la espalda recta y las manos sobre el abdomen.

–          Dejar que empiece a salir la risa. Reírse con la boca abierta y dejando que el pecho se mueva. De ser posible, hacerlo durante varios minutos.

–          Después reírse con la boca cerrada, moviendo el vientre y las manos. Seguir así durante varios minutos.

–          Dirigir algunas respiraciones profundas hacia el vientre y sentir su chi cálido y vibrante.

–          Frotarse el abdomen con las manos, dibujando una espiral que ayude a absorber el chi.

Si bien al principio puede parecer extraño eso de reír sin motivo, como casi cualquier cosa que se practica, al poco tiempo una se siente más y más cómoda con la idea de descojonarse porque sí y empieza a descubrir los muchos tipos de risa que pueden haber. Desde la perspectiva taoísta, el “jajaja” o “jijiji” con la boca abierta estimulan la zona del pecho, mientras que la risa ventral, con respiración nasal, la boca cerrada y el vientre en movimiento (del tipo “hummm”) estimula los órganos de la cavidad ventral y despierta el chi del centro abdominal.

También están los sonidos sanadores, que trabajan con las emociones positivas y negativas asociadas a los distintos órganos: Pulmón, riñón, hígado, corazón, bazo/estómago y útero/ovarios, además del triple calentador, en referencia a los tres calentadores o divisiones energéticas del cuerpo. Obviamente no puedo ponerme aquí a reproducir todos los ejercicios con detalle (¡ya quisiera yo!) pero sí me gustaría contar un poquito más sobre el sonido del útero y los ovarios, ya que aunque tradicionalmente éstos se incluyen en el ejercicio del riñón (que es el órgano yin que se relaciona con estos órganos yang), el libro les da un énfasis especial por la importancia que tienen para la salud de la mujer. “La energía del útero y de los ovarios es muy poderosa y muchas mujeres guardan en ellos abundante dolor físico y emocional”, señalan los autores. Así, este ejercicio ayuda a “limpiar” cualquier energía que pudiera haber quedado de antiguas experiencias dolorosas o desagradables.

Dado que considero que “La mujer multiorgásmica” debería ser declarado patrimonio de la humanidad por lo beneficioso que puede resultar en muchos casos, os copio de forma literal los dos párrafos que hablan del sonido del útero y de los ovarios, por si alguna se anima a practicarlo. Y si algún chico entre los lectores se está preguntando “¿y yo qué”?, os repito que también existe “El hombre multiorgásmico” (además de “La pareja multiorgásmica”), en la misma línea aunque un pelín menos… zen. Lo cual está más que bien, ya que no me imagino a muchos tíos entusiasmados ante la perspectiva de “conectarse internamente con su centro del placer”. Tampoco los veo haciendo juegos exploratorios para conocerse mejor el pene, probablemente porque en muchos casos (frente a tantas hordas de féminas desincronizadas con sus vaginas) la clave para incrementar el placer de ellos es “salir de su polla”, más que profundizar en la misma. Pero bueno, ya me estoy yendo por las ramas, y además prefiero evitar las generalizaciones. Van los párrafos del sonido del útero, y que os aprovechen:

“Ponte las manos sobre los muslos, con las palmas hacia arriba (sentada y con la espalda recta). Toma conciencia del útero y de los ovarios. Ahora toma una inspiración profunda y ponte las manos sobre la pelvis o justo delante de ella, con las palmas hacia el cuerpo. Al espirar tira del abdomen hacia dentro, como si quisieras llevar el ombligo hacia la columna. Esto comprimirá tus órganos sexuales. Emite el sonido “shuueeei” con la espiración. Imagina que estás liberando cualquier dolor o experiencia negativa que puedas tener grabados en tu útero y ovarios.”

“Relájate y vuelve a poner las palmas sobre los muslos. Al inspirar, imagina que tu útero y ovarios se llenan de una brillante luz violeta, asociada con el poder personal y la creatividad. Repite los movimientos dos veces más (intercalados con otras respiraciones sin sonido). Es conveniente hacer este ejercicio en cualquier momento que sientas dolor, o temas que vas a sentir dolor, en tus órganos sexuales; por ejemplo, cuando tengas calambres menstruales o te vengan recuerdos dolorosos de abusos sexuales o de una violación”. También –agrego yo– es muy recomendable cuando se han practicado o se van a practicar intervenciones quirúrgicas en la zona.

¿Tenéis alguna amiga que esté de cumple pronto y no se os ocurre qué regalarle? Ya sabéis…

Perversiones del ciudadano común. II: Ignorancia

shutterstock_58763302Hoy voy a levantar mi dedo acusador. Sé que no queda muy bonito como vía de aproximarse a un tema, pero lo hago con el permiso que me da hablar desde la experiencia. Acuso a las mujeres que no se masturban, a las que no conocen su propio cuerpo y a las que no se hacen “responsables” de su propio placer, de cometer el pecado de la ignorancia. Suele ser un pack 3 en 1, aunque también es cierto que hay muchas féminas por ahí que cada tanto se hacen un cariñito a sí mismas y se lo pasan chupi, pero siguen convencidas de que si no se corren durante el coito es porque tienen un mal amante… lo que también puede ser. Pero si ya todos son malos amantes, es probable que algo más esté pasando… ¿no?

Durante años fui anorgásmica. Y no tenía un mal amante, al contrario. Me inicié en el sexo con un chico que me tenía vuelta loca, y que desde un principio demostró ser bastante poco convencional respecto al tema. O sea, que hacíamos “de todo”, a veces en maratones, y yo estaba totalmente entregada a la causa, disfrutando de cada segundo, cada sabor nuevo, cada rincón descubierto, como Alicia cayendo por su propio y fascinante agujero de las maravillas. En sus manos era mantequilla, y como además tenía una relación de esas tóxico-pasionales, a veces había encuentros de antología. Pero no me corría. Nunca. He llegado a pensar que precisamente ahí residía parte importante de problema: Como me lo pasaba de puta madre aunque no me corriera, me hacía la loca y postergaba el tema, que cobraba existencia en mi día a día bajo la forma de un moscardón de esos zumbones, que toca las pelotas pero con el que se puede convivir porque la mayor parte del tiempo se consigue hacerlo desaparecer del radio.

Hay muchísimas causas para que una mujer no pueda tener orgasmos; la mayoría escapa a mi ámbito de competencia. Muchas veces (en más casos de los que resulta fácil creer) los orígenes se encuentran en oscuras historias de abusos e incestos, pero no es de eso de lo que pretendo hablar ahora. Lo que quiero es reflexionar sobre una conducta (o no conducta) que casi siempre deriva en relaciones insatisfactorias, pero que tiene una facilísima solución: No conocerse a sí misma, o lo que es igual, no escuchar al cuerpo, no saber lo que le gusta.

La medicina para combatir semejantes males se llama masturbación, y suele funcionar de puta madre. Es un dos más dos son cuatro, pese a lo cual aun hay muchas, muchísimas, mujeres que no se tocan. Algo las paraliza, algo no muy bien definido detiene el impulso. A veces “da no sé que”, otras la excusa es la falta de tiempo… O sea, ¿perdón? Nos hacemos el tiempo para tantas cosas que no son, no pueden ser, más importantes que pasárnosla de puta madre, darle un buen colocón al cuerpo e inyectanos felicidad directo a la vena.

Probablemente si existe un trauma chungo detrás no sea suficiente con la buena voluntad de la mano derecha, pero siempre viene bien para ir soltando, incluso en esos casos. Porque el ambiente es protegido, nadie mira, nadie juzga. Así que una se puede ir relajando de a poco, sin presiones, simplemente explorando y olvidándose de que existe un objetivo. Ya, es que la cosa es así, mientras más se piensa en el orgasmo como meta, menos se consigue. Aunque tampoco vale tirar la toalla y decidir que no es importante, no nos engañemos: Es fundamental. Hay un antes y un después de él. Así de simple.

En mi caso pasaron muchos meses de aplicación masturbatoria sistemática antes de ver resultados, etapa que describiría como tortuosa; no digo que sea “llegar y llevar” (recuerdo, de hecho, una vez que ya desesperada por encontrar ese Santo Grial negado empecé a decirme a mí misma que casi cualquier sensación era un orgasmo, aunque “pequeñito”. Entonces le pregunté a una prima que cómo sabía cuando había tenido un orgasmo, porque yo no estaba segura. La respuesta se me grabó: “Si no estás segura es que no lo has tenido. Es como tirarse un pedo, siempre sabes que te tiraste uno”). Por otra parte, por mucho que se sepa cuando se ha tenido uno, no todos los orgasmos son espectaculares, el espectro es muy muy amplio y a veces la sensación sólo rasca la superficie, como si hubiera una tela interponiéndose entre la explosión real y su simulacro. Hay orgasmos más sosos que otros, más cortos, menos “mind-blowing”. Siempre es rico, como siempre es rico comer con hambre, pero no es lo mismo comer pan con mantequilla que un entrecot a las brasas con patatas. Pero el asunto es que, en estas lides, aunque resulte absurdo pretender una progresión lineal, el hábito sí hace al monje. O sea, que cuanto más se practique más partes del cuerpo se van despertando, más sensaciones se incorporan al catálogo y más se profundiza en la percepción y el disfrute.

Otra cosa que me ha permitido incrementar espectacularmente la intensidad de mis orgasmos es un libro que amo con locura, si bien el lenguaje puede volverse a ratos un poco cursi (todo lo que tenga tufillo a autoayuda me da bastante ’ puaj’ la verdad) pero le perdono cualquier cosa porque es simplemente una joya: ‘La mujer multiorgásmica’, de Mantak Chia y Rachel Carlton Abrams (también existente en sus variantes’ El hombre multiorgásmico’ y ‘La pareja multiorgásmica’, por si las moscas), bastante fácil de adquirir ya que está disponible en los sitios más variopintos, desde Amantis hasta La Casa del Libro. El texto, que combina técnicas taoístas milenarias con conocimientos de sexología occidental contemporánea, merece un post por sí solo. Si os interesa, no tenéis más que decirlo. Total, a estas alturas ya parezco disco rayado, una verdadera “Testigo del Multiorgamismo”, de lo mucho que predico sobre sus maravillas a todas mis amigas… y no tan amigas! En fin, que la discreción nunca ha sido lo mío…