Sobre la trascendencia y el sexo ‘de puta madre’

Inocente de mí, hace un par de semanas lancé una “llamada de auxilio” a través de este blog, poseída por una de mis crisis de sequía creativa. Pensé que me estaba haciendo la vida más fácil, sin imaginar siquiera los berenjenales en los que habría de meterme.

Y es que claro, con el calibre de las propuestas recibidas, como la que aportó el amigo Ducrein, a ver quién se saca un post de la manga en media horita…

Pero antes de que me líe más, os dejo con sus palabras:

http://www.planetaholistico.com.ar/Tantra.htm¿Qué te parece hablar del sexo como paradigma de autoconocimiento y desarrollo personal y, por añadidura, transpersonal? Siempre he pensado que nos solemos quedar en la superficie, que solo rascamos la punta del iceberg y aprovechamos una parte ínfima de todo lo que nos brindan las relaciones sexuales como herramienta. Durante un acto sexual nos encontramos mucho más dispuestos a vaciar nuestra mente, trascender el ego y conectar con nuestra esencia, así que en cierto modo es una pena que todo se quede en un viaje en montaña rusa del cual solo recordamos que ‘nos lo pasamos muy bien’.

Desde que la leí esta propuesta me guiñó un ojo, pero también desde el primer momento me exigió respeto. “No me vayas a pasar por encima”, me advirtió. “Soy un tema importante”. Y así ha estado desde entonces, dando por saco, metiéndose en mi cabeza el temita de marras. El sexo como vía a la trascendencia… ¡Uf, tela! ¿Cómo voy a ser tan cutre de escribir un post intrascendente sobre la trascendencia?

Pensé entonces en documentarme muy mucho, buscar qué dicen los expertos sobre el Tantra, el camino del Tao y todo eso, pero pensé que os podría aburrir. Y aburrirme yo de paso, que es peor (para mí al menos…).

Probablemente ahí esté el problema, el primer problema. Esa tendencia a dividir el mundo siempre en blancos y negros, a nadar con tanta gracia entre dicotomías pero ahogarnos en las sutilezas: chicos malos vs chicos buenos. Polvazo vs sexo de abuelitos. Diversión vs aburrimiento.

Pero no me quiero ir por ahí, no todavía. Retomaré la idea más adelante…

Como es habitual, entonces, voy a hablar de mis propias experiencias, de lo que he vivido, y de cómo el tema propuesto aterriza en mí.

Como os conté en el post anterior, para mi primera vez elegí (si es que se puede hablar de elegir, al menos a nivel consciente, cuando alguien irrumpe en tu vida con esa contundencia) a un personaje bastante peculiar. Y de alguna manera siento que ese arranque me llevó a configurar una suerte de camino en el que la sexualidad se fue volviendo un elemento cada vez más importante en mi vida. No de la mano de quien me acompañó en esa primera experiencia pero sí, en gran parte, a raíz de lo vivido con él. Antes de Ismael el sexo era un deseo eternamente embrionario, una vibración poderosísima a la que no tenía intención alguna de darle cauce. Más bien todo lo contrario.

Novios oficiales no tuve ninguno, pero sí unas cuantas relaciones sin el cartelito. Chicos que me llegaron a gustar muchísimo, que me despertaron mareas dentro de las entrañas, que me llevaron a fantasear. Pero en cuanto mis escarceos adolescentes amenazaban con volverse más carnales, cuando veía en ansia de fusión en los ojos del otro, ponía los pies en polvorosa sin más explicaciones que “lo siento, no sé qué me pasa, ya no quiero estar contigo”.

Probablemente tengan mucho que ver los episodios de incesto que sufrí en la infancia, aunque en ese tiempo no podía verlo ya que tenía los recuerdos bloqueados. No entendía qué me pasaba, y desde mi turbación y mi rabia le reclamaba al cosmos mi derecho a estirar el brazo y coger la deseada manzana de ese árbol que me estaba prohibido. Y entonces apareció Ismael, y mi necesidad de no alejarlo me invitó a cerrar los ojos y saltar al vacío.

Y salté, con el estómago revuelto, el anhelo furioso y la confusión en carne viva.

Desde ese día hasta hoy hay tanto aprendizaje, tantas vueltas, tantas personas importantes, tantas historias, tanto disfrute y crecimiento interno…  Tal vez porque tras esa experiencia me resultara más natural dar otros saltos, abrir otras puertas -mentales y del interior- que querían permanecer cerradas.

Por supuesto que ha habido estancamientos, retrocesos, polvos “puaj”, momentos mezquinos de mi parte, miedos que en algún momento vencieron, complejos, frustraciones y fraudes… no pretendo decir que siempre me lo he pasado de puta madre ni mucho menos, aunque muchas veces sí me lo he pasado de puta madre, jejeje. Lo que quiero decir es que si tenemos en cuenta las definición de trascender (empezar a ser conocido o sabido algo que estaba oculto; extender o comunicarse los efectos de unas cosas a otras, produciendo consecuencias; ir más allá, sobrepasar cierto límite) definitivamente he trascendido a través del sexo.

Ahora, pese a ello nunca me ha abandonado la sensación de que hay un “todavía más” que no estoy alcanzando, niveles más elevados de unión y abandono de uno mismo que se me escapan, capas más profundas en las que rascar. Sin duda he ido más allá de mi misma, y en mi balance hay mucho más que el goce de la carne y el vórtice de un buen orgasmo, pero no sé si me atrevería a hablar de crecimiento espiritual así con mayúsculas… Y aquí ya me empiezo a liar, porque hablo de temas que no tengo claros, que no están resueltos. Así que ni modo… post multicéfalo para vosotros!!!

¿Ha de ser el sexo dulce o amoroso para conectarnos con estados más elevados de consciencia? Y por el contrario, ¿Qué energías de las que no somos conscientes entran en escena en los juegos de poder y dominación, por ejemplo?

Es curioso, pero me resulta difícil meter en un mismo saco la etiqueta de “sexo trascendente” con la de “me lo pasé de puta madre”. ¿Cómo elevarse espiritualmente a través del sexo cuando el orgasmo que se está teniendo es más por asfixia que por amor? ¿Cómo sentirse “espiritual” en medio de una lluvia dorada o cuando el cuerpo pide azotes?

No es un tema menor, o al menos no para mí. Tengo muchísimo más resuelto lo que me ocurre cuando las energías amorosas son las protagónicas. No necesito que me expliquen lo que me pasa cuando me pierdo en la cadencia de un hombre afectuoso –en ningún caso una experiencia menor para quien os escribe, incluso me atrevería a decir que más deseada por menos frecuente– eso lo hemos aprendido casi todos desde pequeños. Lo que no hemos aprendido tantos es que somos una enorme bola de contradicciones con dos piernas.

ositos cariñositosA veces, cuando algún simplista de turno me suelta la típica fracesita de “mejor búscate un hombre bueno”, caigo a mi vez en la pregunta-trampa de si podría pasarme la vida con un osito cariñosito, teniendo sexo “tierno”. O sea, un tío suave, dulce, preocupado por mí, sano internamente y toda esa vaina; que no pegue, no azote, no muerda (o no fuerte), que no diga guarradas y no abandone nunca los límites del respeto y la decencia en el trato. No ayuda mucho que en mi cabeza se dibuje la figura de un Manolito Gafotas en versión cuarentona, medio pelado y de dedos cortos y sudorosos, poco dado a las artes amatorias.

Pero como ya os dije hace unos cuantos párrafos, creo que el problema se limita al ansia por ponerle nombres y categorías a todo, por andar colgando cartelitos. Yo la primera… Porque ni soy Manolita Gafotas ni soy una zorra malvada destruye corazones, y no veo por qué los demás tienen que ir por la vida de blanco o negro cuando yo no lo hago. Si es que al final todos somos surtidísimamente iguales…

Recuerdo que en mi penúltimo año de colegio tuvimos una profesora de música que era mega hippie, hablaba de la reencarnación y nos enseñaba técnicas de relajación y meditación. Duró menos que un suspiro (colegio de monjas rancias y madres histéricas, no necesito decir más), pero alguna semilla se dejó plantada por ahí. Fue mi caso al menos, ya que esas sesiones de meditación eran como pequeños viajes al centro del cosmos, cuyos efectos se derramaban primero en mi cuerpo y después en mi espíritu dejándome transformada… Como si se me ofreciese una gran manta hecha de estrellas en la que ponerme a resguardo del gran caos de la existencia.

Las clases de música eran los viernes por la tarde, y al salir del cole flotando de espiritualidad zen me iba a juntar con mi grupo de amigos, todos ellos unos heavys recalcitrantes que no perdonaban recital o convocatoria que les cayera entre manos. Y ahí estaba yo, dominada por “la música de Satán”, en trance rockero y con las neuronas en éxtasis espiritual tras cada sesión de headbanging, preguntándome cómo era posible que me gustara tanto empujar hombretones y dejarme poseer por gruñidos cavernarios y al mismo tiempo ser capaz de dejarme seducir por las deliciosas sutilezas de la quietud y el silencio. No llegué a entenderlo, pero sí comprendí que ambas eran para mí vías muy efectivas de catarsis.  Ambas experiencias, al fin y al cabo, me purificaban, y permitían que mi cuerpo, mi mente, mi espíritu y mis emociones entraran en comunión. Y lo mejor de todos, la suma de ambas era muchísimo más de lo que cada parte aportaba por separado.

La posible solución del dilema: Respira como te salga de los cojones

Bueno, y ahora os tengo el “momento erudito” del post. Con subtítulo y todo, así los que quieren huir que sepan que pueden hacerlo en este instante. Va de sexo tántrico, por si las moscas, y es largo, pero lo dejo así porque hay partes fantásticas que me parecen escritas para aclarar mis dudas. Y aunque no haya sido realmente así… mola!

Reconozco que he soltado al principio que no quería ponerme muy académica y aburrir, pero aún así no pude resistir la tentación de husmear un poquito en la web, a ver qué decían al respecto “los que saben”. Y como no, he vuelto a caer en brazos de mi amigo “Posho” (sus herederos ya se forran lo bastante como para que yo ayude a engrosarles la cuenta, jeje), que aunque me cae más o menos no más, habla cosas coherentes (y otras menos, pero ese es otro tema).

http://ruizilhao.wix.com/portraits-caricatures#!caricaturesSegún Posho, el Tantra es la ciencia de transformar los amantes ordinarios en almas gemelas (en otra parte del texto lo define como “el camino natural hacia Dios”). Para él, el Tantra ha de ser absorbido, “no es una técnica para ser aprendida”.

Dice el de las barbas: “Cuando estés haciendo el amor no controles. Entra en el descontrol, entra en el caos. Será terrible, espantoso, porque será una especie de muerte. Y la mente dirá: ‘¡Control!’. Y la mente dirá: ‘Salta y mantén el control, de lo contrario te perderás en el abismo’. No escuches a la mente, piérdete. Abandónate a ti mismo y sin ninguna técnica llegarás a tener una experiencia intemporal. No habrá dos en la experiencia intemporal: habrá unidad”.

El objeto es llegar a ser completamente instintivo, tan fuera de la mente “que nos fusionemos con la naturaleza suprema”. Esa es la definición tántrica de nuestra sexualidad: “El retorno a la absoluta inocencia, a la absoluta unidad”. Así, la mayor excitación sexual de todas “no es una búsqueda de la excitación, sino una espera silenciosa: En relajación completa, sin motivo alguno. Uno es consciencia. Está satisfecho pero no es una satisfacción por algo. Y entonces hay una gran belleza, una gran bendición”.

Ahora, Posho advierte que “si eres demasiado técnico te perderás el misterio del Tantra”. Aquel que está basado en técnicas es “pseudo-tantra” porque si las técnicas están ahí el ego estará ahí, controlando. “Entonces estarás haciéndolo, y hacer es el problema. El Tantra tiene que ser un no-hacer; no puede ser técnico. Puedes aprender técnicas para que el coito sea más largo, pero estás controlando. No será salvaje y no será inocente, y tampoco será una meditación .Será de la mente. Esto es técnica, no Tantra”.

Es entonces algo que “no se guía por la cabeza sino por la relajación en el corazón”, y aunque muchos libros han sido escritos sobre el tema, el Tantra real no se puede escribir, no se puede pensar. “Tiene que ser absorbido”. ¿Y cómo?: transformando nuestro enfoque.

(Y estos párrafos que siguen ya son literales, porque me han gustado tanto que no he querido meterles ‘tijera’…)

“Reza con tu mujer, canta con tu mujer, juega con tu mujer, baila con tu mujer, sin idea alguna de sexo. No vayas pensando: ‘¿Cuándo nos vamos a ir a la cama?’. Olvida todo al respecto. Haz alguna otra cosa y piérdete en ello. Y algún día el amor surgirá de ese estar perdido. De repente verás que estás haciendo el amor y tú no lo estás haciendo. Está sucediendo, y estás poseído por ello. Entonces tienes tu primera experiencia del Tantra, poseído por algo más grande que tú. Estabas bailando o estabas cantando en unión o coreando juntos o rezando juntos o meditando juntos, y de repente te das cuenta que los dos se han movido hacia un nuevo espacio. Y tú no sabes cuando has empezado a hacer el amor; tú no lo recuerdas siquiera. Entonces tú estás siendo poseído por la energía del Tantra. Y entonces por primera vez percibirás una experiencia de carácter no técnico”.

“El Tao tiene su propio Tantra. Nunca se divide en lo inferior y lo superior, esa es su belleza. En cuanto divides la realidad en lo inferior y lo superior te estás volviendo esquizofrénico. En cuanto dices que algo es sagrado y algo es profano te has dividido. En cuanto dices que algo es material y algo es espiritual te has dividido, has dividido la realidad. La realidad es una. No hay ni materia ni espíritu. La realidad es una, aunque se exprese a sí misma de muchas formas. Lo espiritual no es más alto y lo material no es más bajo; ellos están en el mismo nivel. Esa es la actitud del Taoísmo. La vida es una. La existencia es una”.

“La primera cosa en el Tao es abandonar la dualidad. El sexo no es más bajo y samadhi no es más elevado. Samadhi y sexo son expresiones de la misma energía. No hay nada loable respecto al Samadhi y no hay nada condenable respecto al sexo. La aceptación del Tao es total, absoluta. No hay nada equivocado respecto al cuerpo, y no hay nada hermoso respecto al espíritu – los dos son hermosos. El Diablo y Dios son uno en el Tao, cielo e infierno son uno en el Tao, bueno y malo son uno en el Tao – esta es la mayor comprensión de la no-dualidad. No hay condena ni preparación. ¿Prepararse para qué? Uno simplemente tiene que relajarse y ser”.

Para los valientes que habéis llegado hasta aquí, y por si os lo estabais preguntando, Santa Wikipedia define samadhi como “un estado de conciencia de ‘meditación’, ‘contemplación’ o ‘recogimiento’ en la que el meditante siente que alcanza la unidad con lo divino”.

Y no, no hay premio… salvo el placer de una buena lectura, jejeje. O de una lectura al menos. Para cualquier queja, pedid una hoja de reclamación a un teletubbie. Y después me contáis de cuál estáis fumando! 😉

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En busca del orgasmo perdido

orgasmo_recurso 2

Escribir este post es una deuda que tengo pendiente hace muchísimo tiempo con una amiga, pero cada vez que me disponía a intentarlo algo me frenaba, como si la tarea me quedara demasiado grande, como si se tratara de enfrentarse a una vaca sagrada. Después de todo, ¿qué coño puedo saber yo acerca del orgasmo, así en mayúsculas? Sí, vale, tengo orgasmos, pero muy rara vez durante el sexo (a menos que yo misma colabore directamente en el proceso), y muchas veces me quedo con la sensación de que al asunto le faltó punch, que estuvo bien pero podría haber sido mucho mejor… Eso sin contar con que durante muchísimos años decir orgasmo era para mí lo mismo que decir aguja, siendo mi cuerpo un enorme pajar donde la búsqueda no parecía terminar nunca.

Pero bueno, no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague, así que estimados míos, he aquí el tema que nos traemos entre manos, desde mi humilde perspectiva.

Decía mi amiga lo siguiente en su mensaje: Quería sugerirte  algún artículo que hable del orgasmo. Hay tantas mujeres que creen haberlo sentido y como es algo tan intangible a veces ni lo conocen. Es difícil de explicar el “como es”.

Sin duda que es difícil porque no existe ‘un’ orgasmo femenino, el asunto se puede manifestar de muchas maneras: Siguiendo los patrones del masculino por ejemplo (excitación, plataforma, orgasmo, resolución), teniéndolo en “línea recta”, con varios picos de éxtasis, tal vez encadenando uno tras otro o en espiral… Ahora, si hay algo que sí está claro en esta tierra de sombras y piruetas es que cuando se tiene un orgasmo se sabe. Y ahí no hay más vuelta que darle.

Me lo explicó una prima con todas sus letras –y su habitual dosis de humor ‘barriobajero’- hace muchísimos años cuando yo nadaba con desesperación en los mares de la anorgasmia pero no me quería convencer de ello y a cada saltito, zumbido o sensación rica trataba de colgarle el cartelito de ‘orgasmo soft’: “Eso es como tirarse un pedo –me dijo-. Da igual si es más grande o más chico, siempre te enteras”.

Lo he dicho ya en algún otro post, pero lo vuelvo a repetir ahora: Uno de los mejores métodos de encontrarse con el orgasmo perdido es la masturbación. Un ambiente relajado, tiempo libre y a explorar. Porque claro, si ni siquiera una sabe dónde tocar para ver estrellitas, cómo esperar que lo sepa nadie más. Y otra cosa, la actitud tiene que ser constructiva. Algo así como buscar con alegría y sin esperar resultados, que de lo contrario pasa algo parecido a lo del gatillazo, mientras más se intenta mayor es el desastre, y mientras tanto una se queda sin dedos y con una irritación de la hostia (en el cuerpo y en la cabeza, buff!).

No se trata de ponerse ahora a elaborar el decálogo del buen orgasmo, ni de ser tan ingenua como para pensar que con una lista de tips bienintencionados cualquiera puede alcanzar sus cimas… A veces influyen factores físicos, otras veces hay traumas profundamente arraigados que no se superan solamente con buena voluntad. Sin embargo, sí puedo hablar de mi propia experiencia y de las cosas que a mí me han servido. Cuando hay terceros involucrados vuelvo a lo dicho, o intervengo yo misma en el proceso –timideces fuera!- o saco el manual de instrucciones, el mapa y las riendas, intentado oscilar con elegancia entre la sugerencia y la exactitud. A algunos les mola eso de compartir información, pero no siempre tanta directriz es algo bien recibido. De todas maneras no suelo comerme el coco con ese tema, y cuanto más me relajo más me encuentro con sorpresitas, como una vez que me corrí sólo con que me apretaran los pezones. Y es que muchas veces un buen manejo del in crescendo puede ser el único mapa que se necesita hacia la felicidad.

Ahora, sí que tengo algunos truquillos cuando somos mi orgasmo y yo contra el mundo, sin pollas enhiestas en el panorama. Como volver a empezar cuando siento que se me escapa. Detenerme, respirar profundo, volver a sentir el cuerpo, partir de nuevo, de cero. Sin pensar en que tengo prisa, en que quiero ya, que estaba tan cerquita, que me falta tiempo para tanta parafernalia… O como buscar otros caminos para ganar intensidad, porque a veces las fórmulas seguras, las vías conocidas y habituales, garantizan el resultado, pero ese resultado no pasa de ser un mero desahogo físico. Y algo tan simple como tocarse en otros sitios, o con movimientos nuevos, puede derivar en resultados sorprendentes. No siempre, claro, pero en algún momento…

Y aún a riesgo de quedar como una hippie loca que le aúlla a la luna, meditar unos minutos antes y dirigir mis energías hacia el vientre suele hacer maravillas. O reír durante algunos minutos, así a lo tonto, con ganas, sin razón, con la boca abierta y después cerrada. De lo que se trata es de irse “para dentro”, conectar con uno mismo, con sus sensaciones y cómo éstas se van ramificando. Salir de la cabeza y volverse puro cuerpo flotando en su propio universo.

Un cuerpo que, por cierto, hay que querer. Otro básico del buen orgasmo. Ya sea en compañía o en soledad, es escaso el disfrute que se puede obtener si se piensa más en que a una le cuelga un michelín del tamaño del Titanic que en las cosquillitas que se están produciendo “ahí abajo”.

Y ya lo último: Alguna vez me ha pasado que, como mi primer orgasmo es el que más se tarda y de ahí en adelante los demás son pan comido, me engolosino demasiado y la cosa termina cayendo por su propio peso. O sea, he tenido un par de orgasmos espectaculares pero en cuanto salgo de uno ya quiero otro, como si el placer ya trajera aparejada la necesidad, y sigo y sigo y sigo, y cada uno de los que vienen después es más chiquito que el otro, llega menos dentro, hasta que la cosa se desinfla, hasta que ya tengo que parar simplemente porque tengo todo anestesiado de tanto frotamiento frenético y ya me sube la mala leche. Así que pregunto, porque siempre es tan bonito sentirnos identificados con el prójimo… ¿a alguien más se le han gastado los orgasmos por glotonería o sí que soy media bicho raro?