Love story

love story 3-¿Estás listo?-, preguntó ella rozándole el lóbulo con labios deliberadamente húmedos, viscosos de deseo. Letras de miel caliente lo recorrieron, poseyéndolo como posee el sonido de la campana a un niño que espera ansioso la salida a recreo.
– Lo estoy.
– Entonces abre los ojos y mira lo que tengo para ti.

Le quitó la venda mientras hablaba. El parpadeó un par de veces para acostumbrarse al cambio de luz y levantó la mirada. Un hombre alto, más que él, y con una enorme polla en estado de  semirreposo, lo observaba con curiosidad. Sintió entonces frío y recordó que estaba desnudo.

– Te presento a Adriano, es de Brasil. Adriano, éste es Carlos.
– ¿En serio Pame?-, murmuró girando el cuello hacia atrás. ¿Un mulato?

Por toda respuesta ella le dio un cachete en el culo, tan fuerte que le dejó un par de dedos marcados. Después se sentó frente a él en el sofá.

– Ya te vale-, insistió él.
– Agradece que no tuve tiempo para más. Aunque dudo mucho que se pueda mejorar lo presente-, contestó ella dirigiendo una de sus más encantadoras sonrisas al brasileño, que se afanaba en mejorar las proporciones de su ya descomunal miembro.

Al encontrar en sus palabras la invitación que estaba esperando, el mulato se acercó a ella y la besó, acariciándole al mismo tiempo un pezón con sus dedos oscuros. Ella aceptó el beso, dejando escapar un gemido al sentir el contacto de sus yemas en el pecho, pero después lo apartó con suavidad.

– No, no es conmigo la cosa, es con él. Yo sólo voy a mirar. O al menos eso creo.
– Vale. ¿Qué tengo que hacer?
– Quítale el plug y fóllatelo. Con ganas.
– ¿Es su primera vez?
– Es su primera vez con una de verdad. Y no te preocupes, que es él quien va por ahí pidiendo caña. Digamos que se lo ha buscado.
– Bueno, tú mandas…
– Adriano.
– ¿Sí?
– Hasta el fondo.

Ya desde la primera embestida fue incapaz de saber si lo estaban llenando por completo o dejándolo en el más absoluto vacío, como si cada órgano, hueso o gota de sangre se hubieran retirado a algún rincón oculto, porque era tanta polla, tan gruesa y tan dura, que no había sitio para más y hasta el alma se le salía por entre medio de los dientes apretados. Obediente, el monstruo que tenía el mulato entre las piernas se revolvía en él como un puño furioso. Un dolor subterráneo le explotó dentro, escupiendo en su interior pequeñas crisálidas de placer que empezaron a subir por su espalda hasta la nuca y el cráneo. Gritó con hondura, y al final de su grito se encontró con una legión de seres alados que lo invitaban a flotar en una danza de vértigo. Entonces lo comprendió. El universo entero estaba dentro suyo y se movía en círculos. Maravillosos círculos.

Embriagado de sí, todo abismo y agujero, descargó el poderío de su goce en un chorro espeso que se estrelló contra la pared. Adriano se retiró al instante, una gentileza nacida del hábito, y se sentó en el borde de la cama acariciándose el miembro con apetito domesticado. Carlos dirigió entonces la mirada hacia el sofá, para encontrarse con esa sonrisa burlona que conocía tan bien. Ella no dijo nada, pero los vellos revueltos del pubis y sus labios hinchados la delataban.

– Te crees muy guay ¿no? Toda compuestita en tu sofá…
– Jajaja, más que tú al menos.
– Sin embargo ya no llevas las bragas. Veo que te has unido a la fiesta.
– No me pude resistir. Ha sido un espectáculo… fantástico.
– Toda una experiencia, sin duda. Por cierto Adriano, ¿cuánto te debo?
– Quita, quita, que yo pago.
– Mmm… sólo si me dejas que te folle yo ahora.
– Lo estoy deseando…

No lo acompañaron hasta la puerta para no vestirse. Sus cuerpos, reverdecidos bajo la mirada ajena, se buscaron sin necesidad de preámbulo. Fue un polvo rápido, como una caída en un solo acto por un tobogán de felpa, y al llegar abajo descubrieron que había en el mundo algo nuevo, tal vez un olor distinto. Y con eso sobraba de momento.

– Me he quedado con su número por si en algún momento me da un antojito a mí. Por supuesto, estás invitado a mirar si quieres. No te importa, ¿verdad?
– No, claro que no.
– Gato…
– ¿Sí?
– Te amo
– Y yo a ti gatita. Gracias. Gracias por todo.
– Me alegra que te haya gustado el regalo. No se cumplen 40 todos los días. Pero ahora vístete, que hay que ir a buscar al niño al cole.

love story 3Se quedó mirándola mientras se agachaba para recoger su ropa, como si fuera la primera vez. Pensó que podría amarla sin esfuerzo hasta el día de su muerte. Pensó que cualquier día podría morir tranquilo…

Un cuento para no masturbarse :)

Descaradamente he decidido copiar una idea de mi estimada bloguera Contessa Pandora y compartir con vosotros un relato antiguo, si bien no tengo escritos tan ‘antediluvianos’ como los de la colega, que se encontró con un texto de sus 15 primaveras (el continuo maltrato al que someto a los aparatos que me rodean me ha llevado a presenciar la muerte de varios ordenadores y portátiles, con todos mis documentos incluidos, a lo que se suma mi reticencia a hacer respaldos, contratar seguros y ahorrar en general). Aún así, mi relato tiene la respetable antigüedad de 10 años y tres meses, que ya es algo. Aprovecho su escasísimo -por no decir nulo- contenido erótico para dedicárselo a todos mi amigos “juguetones” que me reclaman el insuficiente poder masturbatorio de mis letras, con mucho cariño y algo de malicia 😉

Con vosotros…

El Colorao no vuelve
flaquito

No se podría decir que abrió los ojos. Hizo el movimiento pero la orden no llegó del todo, como si sus párpados quisieran continuar pegados, unidos por una fuerza que superaba con mucho al hilo de voluntad que les ordenaba separarse. Se incorporó con pesadez y algo parecido a la cautela, como si estuviera toreando en cámara lenta un susurro que lo invitara a volver a un abrazo acogedor, y tanteó la silla que tenía junto a su cama, y que hacía las veces de mesita de noche. Sintió la aspereza del plástico y las pequeñas estrías de los cortes que había hecho uno de sus nietos con la navaja del vecino, seguramente el más chiquito, ese al que se le veían siempre las costillas, hasta cuando estaba vestido. Flaquito le decía él, de cariño. El ruido del vaso al caer, más la sensación de que algo no terminaba de cuajar, de que algo faltaba, le dieron un tirón a su sopor. Se restregó los ojos con fuerza y maldijo en silencio, al decidir que la cocina estaba demasiado lejos, y tras el retumbar de aquellas palabras mudas se fue formando un bostezo que se quedó inacabado. Lo que sintió bajo su mano ciega era ahora suave, el algodón que aún conservaba la tibieza de la cercanía con su cuerpo antes dormido, y palpó por segundos la misma tela que tantas veces vio lavar a Ramona junto al río, cuando todavía estaba, cuando juntos les sobraba el ánimo. Se acordó de Ramona mientras se ponía la camiseta, siempre se acordaba de ella cuando se le atascaba la cabeza, el cuello demasiado estrecho, porque entonces se reía con esa risa que era como agua fresca, casi tímida, aunque en el último tiempo estaba tan gastado el cuello que había cedido un poco. Una vez que la tuvo puesta del todo se volvió a tender en la cama y empezó a desenredar las pesadas mantas de entre sus piernas, dando pataditas suaves y cortas. Así se quedó un rato, pedaleando en el aire, escuchando su respiración agitada e imaginando el vaho gris de las mañanas heladas que debía estar saliendo de su boca, como el humo de un cigarrillo fumando con apuro fuera de la mina, y esa respiración más suave que parecía hacerle eco. El pantalón de lanilla no estaba cerca, al menos no respondía al llamado de sus manos, que se deslizaban con pereza sobre el colchón, como si acariciaran una piel. La piel de Ramona. Pensó que seguramente se habría caído junto con algunas mantas, y tuvo que agacharse y andar un rato a gatas por el cuarto. Olía a orines ahí abajo. Cuando encontró lo que buscaba y estaba por sentarse nuevamente, un granito de cemento se le enterró en la rodilla. Lo sacudió con un movimiento rápido y luego se pasó la mano por la piel marchita, para sentir el pequeño surco que había quedado en la pierna, cerca de la cicatriz que se hizo la vez que le cayó la viga encima, ese día que el Colorao era aún un niño, tan lindo como el Flaquito, y se le ocurrió llevarlo al trabajo. Pero ahora estaba en la cárcel, y la Mirta no quería a los hijos del Colorao, y sólo quería cuidar a los suyos, y los pobrecitos andaban todo el día dando vueltas por la casa, sin jugar con los otros porque a ella no le gustaba, y el Flaquito dale que dale con la navaja, rallando las maderas de las murallas, escarbando en el piso, siempre con esa carita de pena, y a él que le gustaría tanto llevarle por las noches una cosita, un engañito cualquiera, un caramelo que sea para sacarle una sonrisa a esa carita triste, le gustaría tanto, aunque igual tendría que llevarle a todos, a los de la Mirta también porque ellos no tenían la culpa, y por eso no le decía a su nuera que se fuera. Eso pensaba mientras se estiraba el pelo hacia atrás con un poco de saliva, poniendo toda la palma sobre la cabeza, escuchando el tenue rasgar de su mano callosa contra la frente. Entonces recordó que estaba atrasado y se puso los pantalones con apuro, conteniendo el gesto de hastío con esa disciplina añosa que le permitía evocar sin derrumbarse cuando Ramona aún estaba viva y le lavaba los calzoncillos, y entonces sí tenía calzoncillos limpios que ponerse bajo los pantalones, aunque parecieran tener el olor a tierra húmeda impregnado. Volvió a agacharse, para colocarse los zapatos, y un mareo le hizo apoyar la mano en la silla, hundiéndolo en un blanco que hirió por segundos la oscuridad del lugar. Atontado, parpadeó varias veces antes de incorporarse, siempre con la mano apoyada en la frío lomo de la silla, seguramente cerca de donde estaba la quemadura más grande, la de la semana pasada, porque la silla ya no tenía esa superficie lisa y brillante de cuando la compraron y las cosas a veces se caían. Cogió la chaqueta del clavo. Al salir de la habitación pasó junto a la ventana y se dio cuenta de que ya estaba amaneciendo. Apuró el paso, pero al llegar a la puerta se paró en seco y giró el cuerpo. Entonces tomó las cerillas que estaban junto al hornillo en la cocina, las que usaba para prender la vela y no despertar con la luz de la bombilla desnuda al niño que dormía a su lado desde que su padre se había ido. Las dejó sobre la silla antes de cerrar la puerta.

En busca del orgasmo perdido

orgasmo_recurso 2

Escribir este post es una deuda que tengo pendiente hace muchísimo tiempo con una amiga, pero cada vez que me disponía a intentarlo algo me frenaba, como si la tarea me quedara demasiado grande, como si se tratara de enfrentarse a una vaca sagrada. Después de todo, ¿qué coño puedo saber yo acerca del orgasmo, así en mayúsculas? Sí, vale, tengo orgasmos, pero muy rara vez durante el sexo (a menos que yo misma colabore directamente en el proceso), y muchas veces me quedo con la sensación de que al asunto le faltó punch, que estuvo bien pero podría haber sido mucho mejor… Eso sin contar con que durante muchísimos años decir orgasmo era para mí lo mismo que decir aguja, siendo mi cuerpo un enorme pajar donde la búsqueda no parecía terminar nunca.

Pero bueno, no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague, así que estimados míos, he aquí el tema que nos traemos entre manos, desde mi humilde perspectiva.

Decía mi amiga lo siguiente en su mensaje: Quería sugerirte  algún artículo que hable del orgasmo. Hay tantas mujeres que creen haberlo sentido y como es algo tan intangible a veces ni lo conocen. Es difícil de explicar el “como es”.

Sin duda que es difícil porque no existe ‘un’ orgasmo femenino, el asunto se puede manifestar de muchas maneras: Siguiendo los patrones del masculino por ejemplo (excitación, plataforma, orgasmo, resolución), teniéndolo en “línea recta”, con varios picos de éxtasis, tal vez encadenando uno tras otro o en espiral… Ahora, si hay algo que sí está claro en esta tierra de sombras y piruetas es que cuando se tiene un orgasmo se sabe. Y ahí no hay más vuelta que darle.

Me lo explicó una prima con todas sus letras –y su habitual dosis de humor ‘barriobajero’- hace muchísimos años cuando yo nadaba con desesperación en los mares de la anorgasmia pero no me quería convencer de ello y a cada saltito, zumbido o sensación rica trataba de colgarle el cartelito de ‘orgasmo soft’: “Eso es como tirarse un pedo –me dijo-. Da igual si es más grande o más chico, siempre te enteras”.

Lo he dicho ya en algún otro post, pero lo vuelvo a repetir ahora: Uno de los mejores métodos de encontrarse con el orgasmo perdido es la masturbación. Un ambiente relajado, tiempo libre y a explorar. Porque claro, si ni siquiera una sabe dónde tocar para ver estrellitas, cómo esperar que lo sepa nadie más. Y otra cosa, la actitud tiene que ser constructiva. Algo así como buscar con alegría y sin esperar resultados, que de lo contrario pasa algo parecido a lo del gatillazo, mientras más se intenta mayor es el desastre, y mientras tanto una se queda sin dedos y con una irritación de la hostia (en el cuerpo y en la cabeza, buff!).

No se trata de ponerse ahora a elaborar el decálogo del buen orgasmo, ni de ser tan ingenua como para pensar que con una lista de tips bienintencionados cualquiera puede alcanzar sus cimas… A veces influyen factores físicos, otras veces hay traumas profundamente arraigados que no se superan solamente con buena voluntad. Sin embargo, sí puedo hablar de mi propia experiencia y de las cosas que a mí me han servido. Cuando hay terceros involucrados vuelvo a lo dicho, o intervengo yo misma en el proceso –timideces fuera!- o saco el manual de instrucciones, el mapa y las riendas, intentado oscilar con elegancia entre la sugerencia y la exactitud. A algunos les mola eso de compartir información, pero no siempre tanta directriz es algo bien recibido. De todas maneras no suelo comerme el coco con ese tema, y cuanto más me relajo más me encuentro con sorpresitas, como una vez que me corrí sólo con que me apretaran los pezones. Y es que muchas veces un buen manejo del in crescendo puede ser el único mapa que se necesita hacia la felicidad.

Ahora, sí que tengo algunos truquillos cuando somos mi orgasmo y yo contra el mundo, sin pollas enhiestas en el panorama. Como volver a empezar cuando siento que se me escapa. Detenerme, respirar profundo, volver a sentir el cuerpo, partir de nuevo, de cero. Sin pensar en que tengo prisa, en que quiero ya, que estaba tan cerquita, que me falta tiempo para tanta parafernalia… O como buscar otros caminos para ganar intensidad, porque a veces las fórmulas seguras, las vías conocidas y habituales, garantizan el resultado, pero ese resultado no pasa de ser un mero desahogo físico. Y algo tan simple como tocarse en otros sitios, o con movimientos nuevos, puede derivar en resultados sorprendentes. No siempre, claro, pero en algún momento…

Y aún a riesgo de quedar como una hippie loca que le aúlla a la luna, meditar unos minutos antes y dirigir mis energías hacia el vientre suele hacer maravillas. O reír durante algunos minutos, así a lo tonto, con ganas, sin razón, con la boca abierta y después cerrada. De lo que se trata es de irse “para dentro”, conectar con uno mismo, con sus sensaciones y cómo éstas se van ramificando. Salir de la cabeza y volverse puro cuerpo flotando en su propio universo.

Un cuerpo que, por cierto, hay que querer. Otro básico del buen orgasmo. Ya sea en compañía o en soledad, es escaso el disfrute que se puede obtener si se piensa más en que a una le cuelga un michelín del tamaño del Titanic que en las cosquillitas que se están produciendo “ahí abajo”.

Y ya lo último: Alguna vez me ha pasado que, como mi primer orgasmo es el que más se tarda y de ahí en adelante los demás son pan comido, me engolosino demasiado y la cosa termina cayendo por su propio peso. O sea, he tenido un par de orgasmos espectaculares pero en cuanto salgo de uno ya quiero otro, como si el placer ya trajera aparejada la necesidad, y sigo y sigo y sigo, y cada uno de los que vienen después es más chiquito que el otro, llega menos dentro, hasta que la cosa se desinfla, hasta que ya tengo que parar simplemente porque tengo todo anestesiado de tanto frotamiento frenético y ya me sube la mala leche. Así que pregunto, porque siempre es tan bonito sentirnos identificados con el prójimo… ¿a alguien más se le han gastado los orgasmos por glotonería o sí que soy media bicho raro?

Café solitario a medianoche

Anoche pensé en ti.
“Pensé en ti”… Vaya, y yo que me creo con el don de la palabra.
Empecemos de nuevo…

silueta-hombreAnoche plantaste una estaca en medio de mi cerebro. Lo sé, porque tus letras estaban grabadas en ella.
Anoche me atravesaste, desde la raíz hasta el vientre.
Y por si fuera poco te apropiaste de mis manos, de su voluntad creadora.
Invitado imprevisto, me hice sumisamente hacia un lado en cuanto te vi aparecer, para darte paso.
No me preguntaste mi parecer, simplemente te sentaste frente a mí, a los pies de la cama, y ladeaste la cabeza con esa expresión tan tuya, de estar observando algún asunto muy, pero que muy serio.
Y sólo de verte, algo en mí ya se rindió.
Yo creo que te diste cuenta, porque entonces susurraste “por favor no te detengas, estoy aquí, siénteme”.
Y yo seguí, pero esta vez para ti.
Para tu mirada que parece callar tanto.
Para tus dedos quietos.
Volví a recorrerme, pero esta vez fue distinto, porque portaba tu presencia entre mis yemas.

El aire se cargó de tus aromas.
De tu espesura.
A lo lejos comenzó a oírse el sonido de un caballo al galope…

Y entonces te colaste por entre las comisuras de mis labios, justo cuando empezaba a dibujarse mi primera sonrisa. Y cogido a mis caderas, cabalgaste conmigo a través de todos mis orgasmos, y me abrazaste con la fuerza de las nubes cuando el último ya se retiraba.

Sin tan sólo hubieses aceptado el café que te ofrecí después…
Pero no hay caso. Nunca te quedas a pasar la noche.

Deliciosos imprevistos (o sobre el maravilloso poder curativo del sexo)

“Está vastamente demostrado que la oxitocina segregada por el hipotálamo después del orgasmo –o cuando la madre amamanta a su hijo– tiene un profundo efecto calmante, y no hace falta muchas estadísticas para ilustrar que tanto hombres como mujeres en ocasiones recurren a la masturbación para tranquilizarse”.

(Pere Estupinyà. S=EX². La ciencia del sexo).

sol

Fue un verano caluroso, muy caluroso, de esos difíciles de describir sin caer en un cliché: humedad a tutiplén; noches eternas e inclementes; cada pensamiento y movimiento ralentizado, como si se existiera en un universo paralelo donde se acabó el aire para respirar y sólo queda el aliento pegajoso de un gigante de gelatina.

Hablo de Barcelona, hace no mucho tiempo atrás, una ciudad maravillosa pero difícil de amar en temporada estival, sobre todo si estás visitando a un amigo que no tiene aire acondicionado. Y más difícil aún si al poco de llegar un enjambre de hambrientos mosquitos-tigre decide que tus piernas son el más delicioso festín que pueda haber sobre la faz de la tierra.

No sé mucho de insectos, pero según me explicaron, la picadura de un mosquito tigre es mucho más molesta, dolorosa y persistente que la de un mosquito sin ‘pedigrí’. Ahora, lo que sí sé es que tenía las piernas irreconocibles, deformadas por decenas de picaduras gigantes, hinchadas y enrojecidas, y que cuando fui a la farmacia a buscar “una cremita” el del mostrador flipó. Y no fue por mis ojeras precisamente.

Llevaría ya 3 ó 4 noches luchando contra la desesperación, la mala leche y las ganas de tirarme por un puente o chutarme heroína cuando mi amigo (a quien voy a llamar Thomas, porque sí) me propuso un paseo por alguno de los pueblecillos costeros de la zona. La idea era ir “a la suerte de la olla”, coger el primer tren que se nos ocurriera y bajarnos donde nos diera el pálpito, a ver qué nos ofrecía la vida. Y partimos, yo con escasa fe en las propiedades terapéuticas de un paseo por la playa y él con la mochila llena de… paciencia. Y es que para qué andamos con cosas, la irritación y la frustración son dos sentimientos que me pueden volver bastante tocapelotas.

La noche nos pilló paseando por un pueblecillo tranquilo. La jornada, llena de largas caminatas, conversaciones y delicias gastronómicas, había estado de lujo, pero inevitablemente había llegado ese momento del día que tanto aborrecía… Cuando empezaba a sentir el calor en las piernas, como si mis picaduras despertaran a la vida y su misión última fuera recordarme que estaban allí para joderme la existencia. Sin poder evitarlo, me daba cada tanto unos rápidos arañazos culposos, intentando que Thomas no lo notara, para que no me echara la paternal bronca de nuevo (me había rascado como una enajenada mental un par de días atrás, en un momento de máxima desesperación, aumentando considerablemente las proporciones del desastre).

– ¿Puedo hacer algo para que te olvides de tus piernas?
– Bfff, lo dudo.
– En serio, cualquier cosa. Lo que sea para que te relajes unos minutos
– Puedes intentarlo, pero no creo que haya algo que…

No alcancé a terminar la frase porque me cogió con fuerza del pelo y me arrastró hacia sí, clavándome la lengua en el fondo de la boca con todo el poderío del invasor. Tras un beso largo y abrasador, sin soltarme el pelo ni permitirme enderezar la cabeza, abrió el botón de mi pantalón con la mano que tenía libre y hundió sus dedos en mi interior, empapado y abierto. Con el placer lamiendo mi columna solté un grito, y entonces quitó la mano para taparme la boca, mientras me miraba con los ojos cargados de juego.

– Shhhhh.

Seguimos paseando y conversando, con nuestro mejor aire de inocencia. Cuando llegábamos a una calle en la que no se veían luces encendidas en las casas o gente caminando volvía a cogerme del pelo y me arrastraba un par de metros, para después masturbarme por unos instantes, apretarme los pezones o arrodillarme en una escalera para que le comiera la polla. Pasado un rato largo encontramos una casa en la que parecía no haber nadie, con una tapia muy bajita que daba a un patio exterior en el que había unos arbustos de lo más convenientes. Saltamos la tapia entre susurros y risas ahogadas, y una vez al otro lado Thomas me dio otro beso pastoso y acalorado y me giró el cuerpo para quedar a espaldas mías. No recuerdo si yo me bajé los pantalones o fue él, pero sí recuerdo que, pese a que la posición no era la más cómoda, estuvo delicioso, y tan intenso que terminé poseída por un mar de explosiones interiores, con el cuerpo empapado y lágrimas corriendo por mi cara. Ahh, ese maravilloso look mapache que queda después de algunos buenos polvos…

– ¿Estás bien?
– ¿Estás de coña? Ha sido fantástico (la expresión de preocupación que comenzaba a asomar en el rostro de mi amigo cambió automáticamente a una de guasa).
– Qué bueno. ¿Alguna molestia? ¿En las piernas tal vez?
– Ninguna. Absolutísimamente ninguna…

PD: Este relato ha sido patrocinado por Durex.
(No, es mentira, pero por si las moscas guarde siempre un preservativo en algún bolsillo -de preferencia holgado- o en el bolso, si lleva. En serio, nunca se sabe…)

El imperio de los sin sexo

“En la nueva relación sexual no es el sexo lo que desaparece, sino la relación”

sombras, luz, oscuridad

Os podría escribir un nuevo relato, ahora mismo, aunque en mi último post avisé que me tomaría un descanso. Uno coral de ciencia ficción, sobre un lugar en las sombras poblado de extraños seres que cada día se notan menos, que ya casi no follan. Digamos que en este relato hay una mujer, así por ejemplo, que está fehacientemente convencida de que su vida sexual marital puede reactivarse cualquier día de estos, pese a que lleva más de 20 años sin que su marido la toque. Digamos que también hay un hombre solo, muy solo, tanto que hasta los gatos que intenta alimentar en busca de amor le rehúyen, tal vez porque huelen el desamparo en el sudor constante de su piel, tal vez porque tiene los ojos tristes. ¿Más personajes? Qué tal otro hombre, esta vez uno que sí tiene novia (algo cada vez más difícil en este lugar sin Dios ni ley), pero que prefiere encerrarse en una cabina de VideoBox con una peli porno porque sólo así se siente libre de ser como es. O una mujer cuyo trabajo consiste en coser pelo humano en una vagina de goma, en miles de vaginas en realidad, de miles de muñecas. Muñecas que se parecen cada vez más a las mujeres, mujeres que se parecen cada vez más a las muñecas…

Por poner algo también podría poner bares en mi relato, bares donde los hombres mayores pagan más de 300 euros sólo por beber una copa e intercambiar miradas con una mujer, buscando en esas miradas parte de la humanidad perdida –la del otro, y por tanto fundamentalmente la propia-, impulsados por una necesidad profunda de establecer relaciones que les recuerden mínimamente a las de antaño.

En este lugar surrealista algunos personajes encuentran la satisfacción hundiendo sus miembros en unos tubos plásticos llenos de gel, que incluso succionan y “chapotean”, como el más jugosito de los agujeros de carne y hueso, mientras otros exhiben con orgullo su renuncia a interactuar con el prójimo, elevando sentidos himnos a su aislamiento en solitarios karaokes. Criados en soledad, huérfanos de cariño paterno, nos encontramos también con altos ejecutivos que pagan a mujeres para que les hagan de madres, les pongan pañales, los regañen y les den nalgadas cuando se porten mal, además de hacerlos eructar después de comer.

lejano estePara qué hablar del cortejo, prácticamente no existe. Cada vez importa menos conocer al otro y se huye del esfuerzo como de la peste. En este lugar triste –que para no ser copiones vamos a decir que se ambienta en el ‘Lejano Este’– , en el que más del 80% de los juguetes sexuales se dirigen a la autosatisfacción, “cada cual flota en su burbuja, prefiriendo la masturbación a la sexualidad compartida, prefiriéndose a sí mismo antes que al otro. El sexo ya no es un elemento para construir la pareja y el individuo, sino una simple salida de socorro. La evasión de la realidad, la búsqueda desesperada de consuelo y el repliegue sobre sí mismos forman parte de esta nueva sexualidad egocéntrica…”

Estoy segurísima de que habéis adivinado hace rato –por no decir en las primeras líneas- que nada de esto ha salido de mi imaginación, que en realidad os estoy ofreciendo pinceladas de la vida sexual de los japoneses (vale, la frase es una generalización, si bien surgida de historias concretas de gente muy concreta), pero qué queréis que os diga, a mí me parece un relato que hasta el mismísimo Dante tendría en su biblioteca particular. Ufff! Y eso que el video mantiene todo el tiempo un tono mesurado, ahorrándose en su narración bastantes de las perversiones y rebuscadísimas parafilias que tanto abundan en el país del sol naciente. No hacen falta, el retrato ya es bastante escalofriante sin ellas. Dicen que una imagen vale más que mil palabras, pero yo que soy una yonki de las letras pienso que a veces un puñado de palabras nos abre las puertas a un océano. En esta ocasión os dejo las de Fumiyo, que también podéis ver en el documental que encontraréis más abajo.

 “Para obtener placer no tengo que hacer el amor, sólo tengo que eyacular. Me basta con eyacular. Si me preguntan por qué se me hace tan pesado tener que hacer el amor, quizás sea porque cuando hago el amor a una chica no puedo evitar pensar en su placer. Al final me pasa como con mi novia. Voy a que me acaricien en los baños espumosos porque es un lugar en el que las mujeres están a mi servicio. Yo no hago nada, no me canso. En resumen, voy a estos centros de placer sexual únicamente para obtener mi placer personal, y puede decirse que mi placer sexual se resume en eyacular. Eso es”.

“El imperio de los sin sexo”
Documental
52:47 minutos

Mi segundo relato erótico (VIII)

(Nota mía: Amigos, conocidos, lectores asiduos y visitates ocasionales: Con este capi pongo fin a este relato… Tal vez, aunque no me comprometo a nada, algún día vuelva a jugar con los personajes, después de todo Laura sólo se ha enfrentado a sus fantasmas, aún no los deja salir, y definitivamente Ricardo se las trae. Pero por ahora podéis considerarlo un punto final, así que vuelvo a mis andadas reflexivas, al menos hasta que me vuelva a picar el bichito y otros personajes toquen a mi puerta pidiendo a gritos que los ponga a hacer guarraditas. 😉 En fin, que espero que hayáis disfrutado la historia… Soy muy nuevita en esto, pero personalmente la experiencia me ha encantado!)

Carne de diván (y VIII)

niña y árbol mosaico

– Mónica fue compañera mía, en tercero de primaria. Llegó al cole dos semanas después del comienzo de las clases, cuando ya estaban todos los grupos armados, y nunca pudo integrarse bien. Y ya. No sé qué más quieres que te diga.
– Creo que sí lo sabes. Continúa, por favor.
– Era de Galicia. Como no tenía más familia, al morir sus padres la llevaron a vivir a la casa de una tía abuela que vivía en Madrid, la tía Angustias, una vieja que se estaba quedando ciega y que sentía más amor por sus gatos que por cualquier ser humano.
– O sea, no tenía a nadie.
– No.
– ¿Y os hicisteis amigas?
– …
– ¿Laura?
– No lo sé.
– ¿No lo sabes? ¿Erais amigas o no?
– ¿Puedes desatarme? No me siento bien.
– Sólo los pies, para que puedas incorporarte. Las manos no, al menos hasta que no me cuentes toda la historia.
– ¿Qué es esto? ¿Guantánamo?
– No, querida mía. Esto es sólo tu propio callejón sin salida.
– ¿Puedo vestirme?
– No.
– ¿Y sentarme en el sofá?
– Claro, no soy un monstruo. Pero por favor no juntes las rodillas –agregó mientras deshacía los nudos de sus tobillos con una mirada opaca-. Aquí no hay nada que esconder.

Se acercó tambaleante al sofá en el que tantas veces se había sentado con aire indolente, por lo general más dispuesta a escuchar que a hablar. Él, en lugar de ocupar su sitio habitual tras la enorme mesa de caoba, acercó una silla a ella, quedando a medio metro escaso de su cuerpo. Olía a serenidad –algo parecido al olor a limpio, pero que viene más de adentro– mezclada con excitación. Con los sentidos aún exacerbados, sintió que el aroma de su sicólogo tomaba posesión de su cuerpo, envolviéndola y despertando el hambre -aún no saciado del todo- de su vulva expuesta. Suaves aleteos de mariposa comenzaron a bajar por su Monte de Venus, entrando en ella con la delicadeza de un soplo de aire, llevando consigo algo parecido a la felicidad. La sensación no le era desconocida.

– No sé ponerle nombre a lo que siento ahora. A lo que he sentido contigo esta noche. Sólo sé que nunca lo he conseguido en la cama, y aunque me tentaba pensar que había tenido la mala suerte de encontrar sólo amantes patéticos, ahora veo que no es eso. Estoy enferma, y sólo en mi enfermedad encuentro satisfacción.
– ¿Enfermedad? ¿Te refieres a lo que hemos hecho? ¿A atarse, amordazarse y dar órdenes?
– Lo que hemos hecho ha sido un simple juego de niños. Y lo que debió serlo no lo fue.
– ¿Podrías explicarte mejor?
– Cuando Mónica llegó al colegio nadie la quería. Parecía un perro mojado buscando una caricia. Era fea, oscura, insignificante, con unos enormes ojos de animal apaleado. Para peor su corte de pelo era de antes de la Guerra Civil, y su ropa dejaba bastante que desear, ya que el buen gusto no era sello de su familia. Sin embargo, sus padres le habían dejado muchísima pasta, y todo lo que la tía Angustias tenía de indolente no lo tenía de rata. El dinero le daba lo mismo, así que Mónica podía comprarse todos los juguetes, álbumes y chuches que quisiera. Todos los días el mayordomo de su tía –porque sí, tenía mayordomo, uno más viejo que ella llamado Salvador- le llenaba la tartera con las golosinas más deliciosas, y no había semana en la que no estrenara algún cacharro nuevo. Tenía todas las Barbies, algo que mi padre no permitía en casa porque “perpetuaba la imagen de la mujer objeto”. No sabes las ganas que tenía yo de jugar con una Barbie.
– Entonces te acercaste a ella.
– No, ella se acercó a mí. Para compartir su merienda al principio, después comenzó a regalarme cosas. Además, había escuchado que yo no tenía madre, así que también intentó entrarme por ahí. Y aunque la idea de ser “amiguitas en la orfandad” me parecía repelente, no podía evitar coger sus chocolatinas importadas, ya que mi padre, como acabo de contarte, no consentía esos lujos. Pasados un par de meses Mónica se atrevió a invitarme a comer a su casa. Yo nunca fui de las más populares, pero tenía una cierta reputación, un respeto por parte de mis compañeros, y no quería que comenzaran a meterse conmigo. Así que le dije que sí, pero que tenía que ser un secreto. Un secreto sólo de las dos.
– ¿Y hubo más secretos después de ese?
– Ya sabes… te lo puedes imaginar.
– No, Laura, no me imagino nada. ¿Qué pasó cuando fuiste a comer a su casa?
– Nos pusimos a jugar.
– ¿A qué?
– Juegos…
– ¿Juegos sexuales?
– Algo así.
– ¿Algo así cómo?
– Todo empezó por casualidad, sin querer. Yo me quería ir a mi casa porque estaba aburrida, y Mónica me suplicaba que me quedara un poco más. Le dije que no, y que no pensaba volver porque su casa me daba miedo, que era oscura y olía a pis de gato, y entonces ella se tiró al suelo y comenzó a besarme los zapatos. No sé qué me pasó, era una niña, pero en cuanto hizo eso le pegué una patada en la cara. Y entonces ella me dijo llorando que no le importaba, siempre que me quedara un poco más. Ni siquiera se había levantado del suelo. Así empezó todo.
– ¿Qué empezó?
– El “juego”. Yo la visitaba, pasado un rato le decía que tenía que irme y ella se dejaba golpear. Primero con las manos, después con reglas, o con algún cinturón que robaba para mí de la habitación del mayordomo. En el culo, en las piernas, en las palmas de las manos y hasta en las tretas. En realidad no tenía, pero daba igual. Bueno, eso fue al principio, después…

Le costaba creer que estuviera diciendo todo aquello. Hace algunas horas apenas era capaz de recordar a Mónica, menos aún lo que había ocurrido con ella. Si no fuera por el nivel de detalle con el que los acontecimientos comenzaron a desfilar frente a su mente, habría intentado convencerse de que nunca lo vivió, de que se trataba de un sueño, o una fantasía loca que se le instaló en el cerebro. Sin embargo, más le costaba aceptar que la terrible narración que estaba saliendo de sus labios le estaba resultando terriblemente excitante. Se sentía débil y caliente, y de no haber tenido las manos atadas las tendría abriendo sus interiores en busca de un alivio imposible, sin importar lo que pensara el hombre que tenía al frente. De cualquier manera –pudo comprobar tras una mirada rápida a la entrepierna de Ricardo- a él no le habría molestado gran cosa. En una de esas incluso colaboraba. Ya estaba tardando…

Pero él, pese a la insultante evidencia de su miembro erecto, ni siquiera la miró, lo que la excitó más aún. También parecía estar haciendo un esfuerzo, que se tradujo en tres palabras que a ella le sonaron a sentencia.

– ¿Entonces qué pasó?
– Después hubo otras cosas, otros “elementos”… Empezamos a juntarnos en el cole cuando la tía invitaba a sus amigas. Esperábamos a que todos hubieran salido de clases y nos quedábamos solas en la cancha de atletismo. Hasta que una monja vio algo raro, nada muy evidente por suerte, y nos dijo que no podíamos estar ahí.
– ¿Ahí se detuvieron?
– No, volvimos a quedar en su casa. Esperábamos a que las amigas de la tía se fueran o nos encerrábamos en uno de los cuartos de baño.
– Y en cuanto a esos “elementos” que mencionabas…
– Por favor, no quiero hablar de eso.
– ¿Quieres regresar a tu casa esta noche?
– Ricardo…
– Estoy hablando muy en serio Laura. Continúa.
niña y árbol– Un día que su tía y el mayordomo habían salido a hacer la compra le pedí que me  tocara “ahí abajo”, para saber lo que se sentía. Se resistió un rato pero frente a mis amenazas habituales, que ya incluían contarle a todo el cole que era una guarra, accedió. No sentí nada especial así que la hice ir más rápido. Entonces empezó a dolerme, y como no me gustó la amarré a un árbol como castigo y la dejé ahí un par de horas. Intentó aguantar sin quejarse, pero al final se puso a llorar porque había hormigas y la estaban mordiendo. Me dio miedo que se chivara, así que la solté. Se había hecho pis encima, y la obligué a lavarse delante de mí, diciéndole que era una cerda. Bueno, creo que le dije cerdita e hice algunos ruidos, aunque no creo que cambie mucho las cosas.
– No, Laura, no las cambia.
– Ver su culo desnudo y temeroso, esperando el castigo; ver su cuerpo triste, escuálido y tiritando bajo el agua de la ducha… Sé que es horrible, no creas que no lo sé, pero ahora me doy cuenta de que me ponía. Sabía que estaba mal, pero no podía evitarlo, era como una droga que lo llenaba todo, que hacía que todo estuviera bien, por fin, aunque sólo fuera a momentos. Nunca me había sentido así antes de Mónica. De modo que ni siquiera me importó que no quisiera. No sólo no me importó, me gustaba que no quisiera. A mi cuerpo le gustaba, aunque por las noches me acostara llorando y sintiéndome una mierda. Por ser mala. Pensaba que al morir, Dios me iba a echar a patadas de su reino, gritándoles a todos los ángeles que no dejaran entrar a esa niña pervertida.
– ¿Has pensado en buscarla y pedirle perdón?
– Cuando finalizó el curso la tía de Mónica, que al parecer se sentía agradecida por la compañía que le había brindado a su protegida (o más bien por habérsela sacado de encima) alquiló un piso en la playa, para que fuéramos con el mayordomo. Un día antes del viaje ella fue hasta mi casa para pedirme que no los acompañara, que inventara una excusa. Debía haberme dado cuenta de que estaba al límite, tal vez no quise hacerlo y ya. Sé que aún estaba lejos de comprender las profundidades del alma humana pero a esas alturas Mónica era lo más parecido a un libro abierto para mí. Le dije que no, que había que aprovechar que sólo iba Salvador, que dormía todo el día, y que así tendríamos mucho tiempo para jugar y hacernos más amigas. En un intento por tranquilizarla le ofrecí ser más suave con los castigos, incluso le ofrecí que me pegara ella alguna vez, aunque no tenía intención de cumplir mi promesa. No recuerdo realmente si me respondió algo, creo que ni siquiera esperé a que se fuera del todo para cerrar la puerta. Estaba demasiado enceguecida con el tesoro que tenía entre manos, con el verano que se abría ante mí.
– Pero las cosas no salieron como tú pensabas.
– Al día siguiente mi padre recibió una llamada. Era la tía Angustias, para avisarle que las vacaciones se habían cancelado. Mónica…

No lloró, porque sentía que ni eso se merecía, ni el alivio de las lágrimas, mucho menos el de su cuerpo. Empezó a tiritar, con la mirada ida, momento que él aprovechó para soltarle las manos, que ella no movió de su sitio. Una voz doliente se desprendió de su garganta, deseosa de abandonar las humedades de su prisión.

– Mónica se suicidó, la misma noche que fue a verme. Un par de días después su tía volvió a llamar a mi padre. No sé qué hablaron, supongo que ella dejó una carta o algo así. Mi padre me obligó a ir al funeral y después de eso no volvió a dirigirme la palabra hasta el día en que se fue. Me dejaba la comida servida en la mesa y salía de la habitación cuando entraba yo. El resto de la historia ya la conoces.

Él ni siquiera se acercó a abrazarla. Seguía quieto en su silla, mudo e inexpresivo. Pasaron unos minutos eternos. Sabía que tenía que vestirse, pero se resistía a aceptar que ahí había acabado todo. Se incorporó con deliberada lentitud, esperando al menos una mirada, pero ni eso. Recorrió la habitación con la vista hasta localizar su ropa, que estaba arrugada encima de un armario. Se vistió en silencio, sintiendo que hasta los muebles lloraran una ausencia, y cogió su bolso sin mirar atrás. Cuando estaba abriendo la puerta le llegó su voz, que parecía provenir de un lugar perdido, casi inexistente, donde las niñas llevan vestidos blancos y guardan preciados tesoros entre las manos.

– El próximo martes, a la misma hora.

Mi segundo relato erótico VII

Carne de diván VII

Culo en la oscuridad

Está con Mónica en el patio trasero del colegio. A Mónica le duele, siente que no puede más, está cansada, pero por alguna razón que Laura no puede explicarse continúa resistiendo, sus magulladas carnes untadas con pura fuerza de voluntad. Laura desea abrazarla, pero también desea seguir. Sobre todas las cosas desea seguir.

Pero no puede, porque Mónica ya no está. Y su padre tampoco.

Removió las muñecas con la débil esperanza de que sirviera para algo, en un intento por informarle a Ricardo que había traspasado alguna frontera importante y que ya podían dejarlo ahí, pero él, lejos de soltarle las ataduras, le colocó sus enormes manos sobre la espalda, inclinándola de forma resuelta pero sin brusquedad hacia adelante. Volver a sentir el contacto de la moqueta contra la parte derecha de su cara la devolvió por completo al momento presente, a la exposición de sus carnes, al aparato que se agitaba en su interior. Como si le adivinara el pensamiento, él se lo clavó con fuerza hasta el fondo y lo mantuvo hundido con una mano, al tiempo que aumentaba la velocidad de vibración. Pasados unos segundos se lo extrajo con un movimiento certero, y antes de que su culo pudiera sentir su recién adquirida orfandad le introdujo tres dedos de golpe y comenzó a follarla con la mano, cada vez más rápido y más profundo. Fue demasiado. Sentía que secretos que ni ella misma conocía acudían al llamado de esos enormes dedos que hurgaban en su interior, como si una vez dentro comenzaran a crecer y atravesaran todo su cuerpo hasta el cerebro , para exprimirlo sin piedad. Tenía la vaga sensación de que no podía permitirlo. Intentó levantar la cabeza, pero él se lo impidió. Fue menos amable esta vez.

– Si no te quedas quieta voy a tener que recurrir a otros métodos.

Ahora está en un lugar en el que no quiere estar. Daría lo que fuera por salir de ahí corriendo pero no se atreve a moverse, la mirada severa de su padre se lo impide. Siente que todos la observan y murmuran cosas horribles. Se ahoga. Le pica el vestido. Le pica todo el cuerpo, pero es un picor que no se atenúa con nada, una costra de ausencia y remordimiento imposible de aliviar. Mónica está al centro de la habitación, tumbada con su vestido de encaje blanco. Parece una novia, inocente y pura. Tiene las manos entrelazadas, como si guardara en ellas un preciado tesoro. Siempre lo tuvo en sus manos, pero no lo sabía. Por primera vez se ve hermosa.

Una pena antigua, solidificada en sus huesos, empezó a derretirse como la mantequilla. Su cuerpo comenzó a agitarse en una oleada de espasmos mientras que sus lágrimas, que la cinta ya no era capaz de contener, corrían libres por los pliegues de su garganta. Él la besó bajo la oreja expuesta, lamiendo la humedad salada de su piel con delicadeza. Siguió explorando con la lengua por el cuello y la columna, hasta llegar a las puertas abiertas de su ano. Le pareció que sus palabras le llegaban desde otro sitio.

– No hay nada de malo en esto, no hay nada sucio. Por favor, simplemente entrégate y disfruta. Tienes permitido disfrutar.

Unas cosquillas cálidas comenzaron a recorrerla cuando él le rozó la hambrienta entrada con la punta de la lengua, e inmediatamente sintió un líquido espeso bajar por su entrepierna. Un sabor a magdalenas y leche caliente le llenó la boca, y por primera vez deseó que le arrancara la mordaza y la besara. Él siguió moviéndose sin prisa, alternando las suaves penetraciones con movimientos circulares de la lengua y besos en las nalgas. Al rato sus movimientos se fueron haciendo más agresivos, la lengua cada vez más adentro, dominándolo todo a su paso. Podía sentir como las paredes de su ano se iban expandiendo, cada vez más dóciles ante los embates de esos dedos conquistadores, entregadas de lleno a su derrota. Mudos gemidos comenzaron a devolverse por su garganta, estrellándose contra las riadas de fuego que le subían por la columna. La fuerza vencedora de su lengua lo borraba todo a su paso, pero cuando a ella le pareció que era imposible sentir más él comenzó a masturbarla con una mano desde atrás.

Su vagina, ansiosa de contacto, recibió la mano con violentas contracciones de placer. Quería que entrara hasta el final, que la traspasara con el puño. Quería abrirse para siempre, soltarlo todo, derramarse por todos sus agujeros y no volver nunca más. Cuando él empezó a frotarle el clítoris con la otra mano con movimientos circulares toda ella empezó a girar en círculos de velocidad imposible y, sintiendo que no podía más, se dejó caer hacia el abismo. Sin ataduras. Libre por fin de cualquier peso.

Habitación oscura

Está al otro lado de la puerta. La habitación está vacía. Ella no entiende nada, pero lo entiende todo. Él se rindió con ella. Simplemente se rindió y se fue, incapaz de soportar la idea de haber dado la vida a semejante monstruo.

Explotó en un orgasmo enorme, enceguecedor, que la arrasó por dentro con la vehemencia de un huracán. Y en el centro de esa devastación espléndida y terrible, habitando el germen mismo de su más profundo y oscuro placer, estaba su compañera de clase, que le sonreía hermosa y radiante en su vestido blanco, sentada en su trono de dolor.

– Laura, ¿estás bien?

Asintió con la cabeza.

– Ha llegado la hora de que hables. No sé qué te atormenta, pero algo me dice que has podido recordar. Así que te repito la pregunta. ¿Alguien te hizo daño cuándo niña?

Mientras hablaba le quitó la cinta que le cubría los ojos, aunque le dio unos segundos de tregua para que pudiera acostumbrarse a la luz. Laura fue incapaz de descifrar su mirada. Como si quisiera saber, pero al mismo tiempo no. Cuando le quitó la mordaza un hilo de baba le quedó colgando de los labios. Ella ni siquiera se molestó en secárselo.

– ¿Fue tu padre tal vez, antes de irse de casa?
– Mónica- respondió apenas.
– ¿Mónica? No entiendo. ¿Quién es Mónica?
– Yo la maté. Fue mi culpa.

Mi segundo relato erótico VI

Carne de diván VI

bondage

Sólo cuando estuvo completamente en su poder se dio cuenta de que no sabía nada de él. No tenía la más mínima información de la que asirse en medio de la noche que la envolvía, sólo conocía los escasos datos –gastados ya de tanto repaso- que habían rasguñado sus sentidos: Sus facciones taurinas, la morena suficiencia de su cuerpo, la pausa que acariciaba sus gestos. También su olor, que ella imaginaba parecido a las profundidades del océano, y el sonido hipnótico de su voz. Pero nada más. Se dio cuenta de que nunca hablaba de sí mismo, y aunque intuía que la discreción debía ser una práctica habitual entre los de su profesión, no pudo dejar de sospechar cierto artificio en el meticuloso hermetismo del hombre que la tenía a su merced. Por primera vez se preguntó qué edad tendría. ¿Estaría casado? ¿Con hijos? ¿Habría tenido un infancia feliz? ¿Qué desayunaría todos los días? ¿Y si fuera un pervertido?

Después de amordazarla le había puesto un cojín bajo las rodillas y la había devuelto a la posición original, así que estaba relativamente cómoda, aunque la sensación de haberse convertido en un trozo de carne expuesto en una charcutería le impedía relajarse. No podía verlo, pero sentía sus pasos bordeándole la silueta, deteniéndose cada tanto junto a ella, observándola.

– Mira Laura, ahora vamos a hacer algo muy sencillo. Yo te voy a hacer unas preguntas y tú me vas a responder, sin darle muchas vueltas. Como no es la primera vez que lo hacemos así, no tendremos problemas. Ahora, hay dos cosas que debes tener en cuenta: Las preguntas no se parecerán mucho a las que te suelo hacer durante las sesiones, pero tienes absolutamente prohibido no contestar.  Y lo otro, te informo que esta sesión está siendo grabada.

¿Grabada? ¿Será hijo de puta? Resistió con dificultad la tentación de transmitir su protesta con el cuerpo, de cualquier manera no podía hacer nada para impedirlo y en ese momento sentía que la única vía de rebelión de la que disponía era la inmovilidad más absoluta. Por insignificante que pareciera ese resquicio, aún le daba cierta idea de dominio sobre los movimientos de él.

– Me imagino lo que estarás pensando, pero no tienes nada de qué preocuparte. No voy a hacerme pajas con tu video ni pienso invitar a mis amigos a verlo un sábado por la noche. Es para tu propio uso y disfrute. Pero también para que hagas los deberes. Porque habrá deberes. Algunos más placenteros que otros, claro.

Otra pausa calculada. Se sentía mareada. Ya no era capaz de distinguir desde que parte de la habitación le hablaba, no había espacio a su alrededor, sólo voz y negrura.

– Te miro y pienso “qué me diría si pudiera hablar”. Probablemente me mirarías con esa cara de mártir intelectual que tanto te gusta poner y me dirías algo así como “Ahá… ¿algo más?” Pues sí, algo más, algo que llevo un rato pensado cómo resolver. Como te habrás dado cuenta, no estás en condiciones de responder a mis preguntas hablando, y temo que lo de moverte tampoco lo tienes muy fácil, así que tendrás que comunicarte de otra manera. Se me ocurrió que podías apretar una vez los puños para decir que no y dos veces para decir que sí. Ah, y no vale mentir. Cada vez que me parezca que estás mintiendo… bueno, digamos que te ayudaré a abrirte de otras maneras.

SumisiónNo quería seguir escuchándolo. Quería irse de ahí, o que se la follara salvajemente sobre el escritorio, cualquier cosa menos seguir indefensa y atada, con esa incertidumbre que le mordía el vientre. Además, empezaba a notar cierta tensión en el cuello y los hombros y se preguntó cuánto más podría aguantar. Se removió un poco.

– Si estás incómoda puedes levantar la cabeza. Ya la volveré a poner yo en el suelo si lo considero necesario. Eso sí, no te eches demasiado para atrás ni apoyes el culo en los talones. Ah, y las rodillas no las muevas.

Se irguió un poco en cuanto comprendió lo que le estaba diciendo y sintió su sangre descender hasta los muslos, rápida y caliente.

– ¿Laura, estás lista?

Apretó dos veces los puños

– ¿Te has masturbado alguna vez pensando en mí?

No respondió de inmediato, pero no tanto porque le diera vergüenza reconocer algo que a estas alturas el parecía saber muy bien –por la seguridad de su tono se daba cuenta de que no le estaba haciendo realmente una pregunta– sino porque al escucharlo no pudo evitar ser atrapada por la caótica representación mental de las últimas sesiones masturbatorias a las que lo había “invitado”. Sólo dibujándolo a él al otro lado de sus párpados había logrado desprenderse por segundos de la percepción de que su cuerpo era como un templo sagrado en ruinas, una divinidad estéril de imposible trascendencia. Imaginándolo a él cada célula que despertaba se iba convirtiendo en tierra fresca, en cemento reconstituyente. Salió de sus recuerdos cuando sintió que él le apoyaba un dedo en la entrada del culo. Estaba húmedo y pegajoso.

– No me hagas repetir la pregunta, por favor.

Volvió a apretar los puños dos veces. Él dejó pasar unos segundos antes de continuar. Al hacerlo hundió levemente el dedo.

– ¿Te gusta lo que te estoy haciendo?-, preguntó, enterrando un poco más. Ella pensó en un dedo de niño hundiéndose en una tarta de cumpleaños y arqueó la espalda.

– ¿Laura?

Volvió a contestar que sí con las manos, sintiendo que de las terminaciones nerviosas de su ano salía música. “¡Dios mío!”, le gimió a la bola que acampaba en su boca. Nunca nadie la había tocado así.

– ¿Era esto lo que estabas buscando cuando viniste?- le susurró al oído, clavando el dedo hasta el final.

¿Lo era? Tuvo que reconocer en ese momento que ya al llegar no estaba esperando una sesión convencional, pero ni en sus más debocadas fantasías hubiera podido invocar lo que le estaba ocurriendo. Por no hablar de lo que todavía podía pasar. ¿Qué estaba buscando realmente? ¿Un polvo y ya? ¿Matar algún demonio? ¿Qué alguien, de una buena vez, la hiciera sentir sucia y mala y descontrolada?

No pudo seguir pensando. Él retiró el dedo y sin darle ningún aviso lo reemplazó por otro objeto más grande y duro, que hundió hasta el fondo sin piedad, con un movimientos brusco y preciso. Fue mayor la sorpresa que el dolor.

– Lo que te he puesto es una maravilla que se consigue en muy pocos sitios. Es un butt plug pero al mismo tiempo es un vibrador con mando a distancia, que tiene distintas velocidades e intensidades. Una verdadera joya. Voy a ponerlo en modo suave, para que te vayas acostumbrando a él pero intenta no agotar mi paciencia con tus dilaciones. ¿Era esto lo que estabas buscando cuando viniste?

No pudo cerrar los puños porque la descarga le subió por el recto hasta la columna para cogerle todo el cuerpo, atrapándola en un zumbido voraz que tensionó sus extremidades. Pese a la violencia con la que fue arrojada a esa explosión de lucidez nívea, le dio tiempo a sentirse trasladada a un lugar en el que nada podía hacerle daño.

– Perdona, me equivoqué de botón. Ya lo bajo

Apretó los puños dos veces, sintiendo que todas las respuestas trascendentes que tanto había buscado se acumulaban en ellos. Le pesaba la cabeza, pero era una pesadez agradable, una invitación. Pasaron un par de minutos antes de que él volviera a hablar, y ella los aprovechó para dejarse lamer todo el cuerpo por esas oleadas de sensaciones secundarias que hasta entonces nunca había tenido. Se sorprendió experimentando algo parecido al agradecimiento por la pausa que le había regalado su… ¿captor?

– Bien, ahora quiero que pienses en cómo te sientes en este instante. Inerme, expuesta, abierta. ¿Te gusta sentirte así, Laura?

BondageOtro sí. Tal vez gustar no era la palabra más indicada para una situación que le producía ganas de llorar como una niña y un insoportable dolor de estómago, pero estaba segura de que una parte de ella moriría si él se detenía en ese momento.

– En lo más profundo de ti, en alguno de esos rincones que escondes… ¿deseas que te haga daño?

“Hazme lo que quieras –se gritó-, lo que quieras pero házmelo ya. Húndeme otro cacharro de esos hasta la garganta, abrázame, entiérrame la cabeza en el suelo, arráncame los brazos a mordiscos, qué más da. No sé qué quiero gilipollas, no sé qué coño me pasa”.

– Nena, no hay respuestas buenas o malas. Sólo no me mientas. No te mientas- le dijo él acariciándole con delicadeza la espalda.

Esta vez se olvidó de las manos y asintió con la cabeza. La tela que cubría sus ojos recogió dos lágrimas espesas que ella se alegró de poder ocultar.

– Laura, ¿te ocurrió algo cuando niña, alguien te hizo algo?

La pregunta le supo a pantano. Un verde mohoso entró por sus oídos y fosas nasales, tapándolo todo. Sintió que atravesaba un túnel de silencio, en el que estaba sola. Al otro lado un aparato para el culo comenzó a vibrar con furia.

Mi segundo relato erótico (V)

Carne de diván (V)

shutterstock_124902728_cuerdasLe duró poco la sonrisa. Pese al impacto de haber sido descubierta in fraganti, chapoteando en las primitivas aguas de su paraíso post orgásmico, no tardó mucho en darse cuenta de que él traía algo en las manos, aunque no pudo distinguir qué. Un paquete, un bolso arrugado tal vez. La inquietud le subió como una burbuja gigante por la garganta. Se puso de pie.
– ¿Qué llevas ahí? Dijiste que no ibas a pegarme.
– No voy a pegarte. Voy a atarte.

La saliva le supo a harina. Apenas podía tragar.

– ¿A atarme?
– Sí. Aunque la idea de mostrarte algunos de los infinitos matices eróticos que tiene el dolor me resulte tentadora, creo que tus puertas de entrada al placer, al menos de momento, están en otro lado.
– ¿Por ejemplo?
– Te lo he repetido muchas veces. Tienes que entregarte. Perder el control.
– ¿Y esto sería como una sesión práctica?
– Exactamente. Además de gratis, claro.
– ¿Tratas así a todas tus pacientes?
– Me parece que va siendo hora de cerrar esa boquita.
– ¿Dónde está mi ropa?
– Sí. Definitivamente va siendo hora…

Pero en lugar de eso la besó, y en ese beso largo y enfebrecido le contó uno o dos secretos que empezaron a tomar forma dentro de ella y a irradiar un calor que hasta entonces nunca había sentido. Después se puso detrás y le pasó suavemente las yemas de los dedos por la espalda, subiendo desde su nacimiento hasta la nuca en un único movimiento, lento y fluido. Sin detenerse, lee rodeó el cuello con ambas manos para seguir bajando por su pecho. Acarició unos instantes su ombligo y entonces, sin darle tiempo a reaccionar, cogió bruscamente sus muñecas y las echó hacia atrás, aprisionándolas entre sus dedos.

– Quédate así, sin mover un pelo.

Cogió una cuerda gruesa y de tacto suave y comenzó a atarla con una calma que a ella se le antojó perversa. Aunque no apretaba demasiado, podía sentir sus muñecas palpitar desconcertadas. Se preguntó si alguna vez había reparado realmente en ellas hasta ese momento. “Qué gracioso. Tengo las muñecas acojonadas” – se dijo. “Soy la paciente de las muñecas acojonadas”.

– Laura
– Sí
– Agáchate y junta los tobillos.
– ¿Qué me agache? ¿Cómo?
– Ja ja, vaya pregunta. Acercando tu cuerpo al suelo.
– No, me refiero…
– ¿Sí?
– No sé, tengo las manos atadas, es raro. Me voy a caer.
– No, no te vas a caer. No te estoy diciendo que te tires de un acantilado, sólo que te agaches. Aunque si lo necesitas, primero toma una buena bocanada de aire.
– Ricardo, no te burles de mí.
– No lo hago. No puedes ni imaginarte lo en serio que te tomo. Lo que no quiere decir que no me divierta.
– Mmmm. ¿Y entonces?

Desprovista de toda amabilidad, su voz le llegó como el eco de la llama de una vela apagándose.

– Para abajo, ahora. Con las rodillas y la frente apoyadas en el suelo.

Lo había leído en un par de novelas de esas que estaban tan de moda, pero el cosquilleo gris que había logrado despertarle la lectura de esas escenas no se comparaba a esa mezcla intensa de humillación y excitación que le reventó en el cuerpo cuando escuchó sus palabras. ¿Con las rodillas y la frente? ¿No se estaba pasando un poco? Sin embargo, no se atrevió a desobedecer y se puso en la posición indicada, aunque tuvo que hacer un esfuerzo para no perder el equilibrio. El corazón no le latía, le ondulaba en el pecho buscando con desesperación una salida. Él le quitó las botas con cuidado y comenzó a atar sus tobillos, dándose más prisa esta vez. Cuando hubo terminado volvió a pasarle los dedos por la espalda, pero esta vez de arriba abajo, hasta llegar a su hendidura. Se detuvo unos segundos y comenzó a trazar delicados círculos alrededor de la apertura del ano, sin llegar a tocarlo, aunque ella se sintió inmediatamente penetrada por un ardor líquido que se deshizo en los interiores de su cuerpo. Comenzó a retorcerse sin ser capaz de detener sus movimientos, como si el cerebro recibiera la información a destiempo, cuando ya no había nada que pudiera hacer. El dedo de él rozaba ya peligrosamente las carnes hambrientas de su interior, y ella sintió que si seguía podía tragárselo entero por detrás. “Así que también tenía culo”, alcanzó a pensar, antes de abandonarse del todo en las mareas que la reclamaban. Le pareció que su cuerpo intentaba separarse en dos mitades maduras, que habían estado preparándose largo tiempo para ello, y un sonido rasposo e irreconocible empezó a salir de su garganta. Entonces él detuvo sus caricias y se puso de pie.

shutterstock_131143289_corbata– No hay necesidad de correr. Tenemos mucho tiempo-, le susurró mientras se alejaba.
– Pues yo tengo que volver pronto a casa- le contestó con velocidad herida. Sentía ganas de abofetearlo por haberla dejado así. Sin embargo no se atrevió a mirarlo, pero cuando volvió a acercarse giró un poco el cuello con dificultad y pudo distinguir que traía una cinta de tela en una mano, ancha y gruesa, y en la otra una especie de correa pequeña con una bola de plástico al centro.

– Te aseguro, querida, que tu conversación me parece fascinante, pero durante las próximas horas te prefiero ciega y muda.

No alcanzó a protestar. Él la cogió de los hombros y la elevó por detrás. Después, simplemente, se apagó la luz.

Mi segundo relato erótico (IV)

Carne de diván (IV)

shutterstock_132284909Iba a volver. Lo supo entonces y se alegró por primera vez de estar desnuda. Simplemente no podía dejarla así, tenía que volver. La certeza se había descargado en ella con la contundencia de un rayo, haciendo huir al frío de su cuerpo como un conejo asustado. Ya no tenía miedo, ya no quería irse. Se sentía capaz de quedarse mucho tiempo así, esperando su regreso, saboreando el placer anticipado de ver abrirse la puerta. ¿Qué le diría? Intentó imaginar sus primeras palabras al entrar, y el recuerdo de su voz se le derramó dentro transformado en caramelo líquido, perdiéndose entre los vaivenes de sus palpitares internos. Instintivamente puso su mano entre las piernas, como si algo muy valioso se le fuera a escapar por ahí. Sus labios desnudos recibieron el contacto con gula, desatando una onda expansiva que casi la tumba. “¡Dios mío! ¿Puedo estar tan caliente sólo con evocar su imagen?”, se preguntó.

Lo estaba, como nunca en su vida. Embriagada de calentura se dirigió hacia el sofá y se dejó caer sobre él empujada por el peso de todas sus urgencias, como si un amante invisible la arrojara con impaciente pasión sobre el altar amatorio. “Así que es esto –se dijo mientras caía-. Esto es lo se siente. Ahora yo también lo tengo”.

No se detuvo en ninguna otra parte de su cuerpo, habían dejado de existir convertidas en meras prolongaciones de su matriz enfebrecida. Por lo general cuando se masturbaba comenzaba tocándose lentamente por fuera, acariciando su clítoris con la ternura de una madre que intenta despertar a un hijo pequeño y perezoso una mañana de domingo. No fue el caso, el niño ya estaba despierto y bramaba por un poco de comida. Entró en sí misma hasta el fondo, con la fuerza de un misil.

No fue capaz de ahogar sus propios gritos y empezó a frotar cada vez más fuerte, sintiendo que renacía con cada embestida de su mano enhiesta, al tiempo que una lucidez perdida hace mucho tiempo le iba siendo devuelta. Estaba entrando en un territorio sagrado, del que no quería volver a salir, pero al mismo tiempo le parecía que no era capaz de seguir soportándolo. Enceguecida de luz, podía sentir las húmedas cavernas de su vagina llorar, y el orgasmo llegó como un zarpazo que se le clavó en las entrañas, violento y liberador. Sin pensarlo se llevó dos dedos a la boca, permitiendo por primera vez a su lengua ir al encuentro del sabor de su sexo. Había tanta vida ahí. Se quedó un rato tumbada en la misma posición, con los dedos entre los labios, hasta que sintió la magia desvanecerse. Entonces quiso probar más, pero su mano no alcanzó a llegar a la fuente del recién descubierto néctar. Un sonido delicioso y aterrador al mismo tiempo se lo impidió, el sonido de sus palabras:

– Laura, que ni se te ocurra dejar de hacer lo que estás haciendo.

Abrió los ojos con lentitud y sonrió.

Mi segundo relato erótico

Carne de diván (I)

shutterstock_88430962– ¿Por qué me citaste tan tarde?
– Porque quería ver si eres tan sosa de noche como de día. Ya veo que no.
– Extraña respuesta para un sicólogo. ¿Eso se supone que tiene que mejorar mi autoestima?
-No sé, dímelo tú. ¿Cómo te hace sentir mi respuesta?
– Vaya, lo mismo de siempre, no te gusta lo que te planteo y me sueltas una pregunta capciosa.
– A mí no me parece que sea lo mismo de siempre. ¿Por qué te pusiste maquillaje para venir hoy?
– ¿Maquillaje? ¿Yo?
– Sí, no es que te hayas pasado ni nada, pero nunca usas y se nota. Llevas polvos en la cara, máscara de pestañas y un poco de brillo en los labios. ¿Vas a quedar con alguien después de salir de la consulta o te has arreglado para mí?
– Ricardo, déjalo, que esto se está poniendo raro.  No está bien que me hayas citado a esta hora, ni que me digas esas cosas…
– Pero igual viniste, porque estás buscando algo. Y no eres indiferente a lo que te digo. Puedo verlo. Puedo olerlo.

Cerró los ojos intentando controlar el violento temblor que amenazaba con dominar su cuerpo. Cómo podía ser indiferente a lo que estaba oyendo si cada vez que tenía un momento libre pensaba en él y se llenaba de deseo hasta rozar lo insoportable. Soñaba con dejarse apretar por esos brazos poderosos hasta desvanecerse; con que le explotara el clítoris sin piedad con sus manos enormes y contenedoras, como si fuera un grano de uva madura buscando la destrucción. Cómo podía decirle que el frío se desvanecía frente a su poderío, a esos rasgos indígenas que le prometían la revelación de un misterio largamente ansiado. Había llegado a desearlo como la única cura posible, se había masturbado con hambre y desesperación, hasta tener que parar de dolor, evocando cada centímetro de su cuerpo grueso y oscuro. Y ahora él estaba ahí, como una densidad caliente que se expandía frente a sus ojos cerrados, y ella se sentía incapaz de contestar nada.

– Laura, te propongo una cosa. Perdona si te asusté, quería hacerte reaccionar, pero es sólo porque te tengo fe, porque sé que puedes salir de esa cáscara. Mira, vamos a hacer un juego, para seguir avanzando. Yo te digo una palabra y tú me contestas lo primero que se te venga a la mente.
– ¿Lo primero?
– Sí, sin pensarlo ni medio segundo. La idea es que no te cortes, que digas lo que salga y ya. Confías en mí, ¿verdad?
– Vale. Empieza. Estoy lista.
– Miedo
– Ahora
– Esperanza
– Mañana
– Logro
– Recompensa
– Desierto
– Yo
– Puerta
– Cerrada
– Obsesión
– Abandono
– Muerte
– Abandono
– Lugar seguro
– Aquíshutterstock_70813828_
– Pechos
– Pecas
– Cuerpo
– Dolor
– Amor
– Imposible
– Sexo
– …
– Sexo
– …
– Laura
– ¿Si?
– Quiero verte las pecas…

Mi primer intento de relato erótico…

shutterstock_45683377Se masturbaba con furia, como si quisiera gastarse hasta desaparecer, hasta arrancarse esa costra que nunca dejaba de dolerle, y dejar así de ansiar su olor triste y sus brazos sin carne, o al menos dejar de odiarse por hacerlo.

Empezó la noche que él se fue, y desde entonces le resultaba cada vez más difícil parar. Bastaba que las lágrimas asomaran a sus ojos para que el dolor se escurriera hacia abajo convertido en urgencia, la urgencia de su sexo vibrando como un panel lleno de abejas enfurecidas.

Se sacaba la ropa a tirones como si se acabara el tiempo, aunque sabía que tiempo era lo único que le quedaba, y tendida en la cama se hundía en la embriaguez de sus propios efluvios, en el sabor acuoso de su soledad. Nada más le importaba, ni sus pezones furiosos y erectos ni la piel que luchaba por desprenderse de su cuerpo; tendida frente a sí misma era toda apertura, tajo, herida. Una herida enorme, sangrante y triunfal que se tragaba todo lo demás.

Gritaba, mucho antes de llegar al clímax, porque no eran las manos de él las que la tocaban, porque no podía dejar de ansiar tocarse y al mismo tiempo arrancarse los dedos a mordiscos. Y así, hundiendo toda su desesperación en la hambrienta pulpa de sus labios, lograba conseguir unos instantes de calor para su cuerpo huérfano, un poco de descanso antes del final. Pero pasados los latigazos del orgasmo todo volvía a empezar, noche tras noche…

¿Me devuelve mis técnicas manuales, por favor?

apuntesMe gustan las pollas. Nunca entendí bien por qué, pero cuando era niña si alguien te decía eso, que te gustaban, te estaba soltando uno de los peores insultos que podían existir. ¿Perdón, cuál es el problema? A mí me parece más bien una virtud, o una suerte si se prefiere. Y como me gustan tanto, nunca he tenido problema en llevármelas a la boca. El entusiasmo espontáneo por semejante invento de la naturaleza, totalmente ajeno a cualquier ansia de complacer, hace que me sienta bastante cómoda cuando se trata de jugar con una entre los labios. Pese a ello, no me pasa lo mismo respecto al uso de mis manos, y como de cualquier manera el conocimiento nunca sobra (le decía recientemente a un amigo en una conversación que soy partidaria “del conocimiento fuera de la cama y la espontaneidad dentro de ella”), un día le pedí a un amigo gay que me diera una “clase maestra”, para pulir un poco más el asunto manual. O sea, quería más luz así que me fui directo al sol: alguien q no sólo sabe lo q es tener una polla sino también complacerla cuando es de otro… Vaya, clase de lujo! Y amigo de lujo, qué duda cabe.

La cosa es que yo, alumna aplicada y empollona desde la infancia, asistí al templo del saber provista de boli y papel, a fin de que semejantes borbotones de sabiduría no se escurrieran por los bordes de mi resbaladiza memoria… Además, la sesión fue extensa, y generosamente acompañada por dildos y adminículos varios. Recuerdo, por ejemplo, un movimiento q bautizamos en esa ocasión como “ordeñar la vaca” para que fuera más fácil recordarlo, seguido de una detallada explicación sobre el procedimiento a seguir. También incluí un par de dibujillos gráficos, y alguna reflexión surgida al respecto. Una página, no más, pero una página llenita. Es que estaba encantada de descubrir todas las maravillas que se podían hacer con una mano -una simple, cómoda y funcional mano- en ese ámbito.

Bueno pues, en mi afán de resguardar el preciado documento de ojos indiscretos, y como soy propensa a dejar las cosas en cualquier sitio y luego olvidar dónde, decidí meterlo en mi billetero hasta encontrar un mejor destino, ya que siempre lo llevo en el bolso y no es habitual que terceros accedan a él. Además, mi amigo había pasado algún apuro durante el proceso educativo (o sea que al final igual le dio corte, probablemente más por exceso de confianza que por la falta de ella), por lo que prefería evitarle el trance de tener que repetir sus explicaciones.

Al poco tiempo, caminando por la calle de mi forma más habitual –sumida en mis propios pensamientos y sin prestar atención alguna a mi entorno-, sentí un tirón suave y, unos segundos después, un golpecillo en el hombro. Recién entonces me giro, y un viejito de expresión compungida me suelta: “Señorita, que le acaban de robar”. Y ahí estaba, un tío X, corriendo velozmente por la calle Alcalá con mi inconfundible y enorme billetero rojo en la mano. Adiós documentos recién renovados y tarjetas varias. Adiós 70 euros. Adiós a esas fotos tamaño carné en las que, por una vez, salía de puta madre… ¡Oh, no! ¡Adiós a mis apuntes! Ufff, eso no!!! billetero

Casi me atrevería a decir que fue la pérdida que más lamenté de todas…

Sobra decir que nadie le gusta que le roben el billetero, pero para mí el episodio tuvo tintes cómicos. Y es que hubiera pagado por verle la cara al ladrón al momento de ponerse a revisar el contenido de su botín. ¿Os lo podéis imaginar? Metido entre los billetes, un papel apenas doblado en tres con dibujos y explicaciones que no se prestaban a equívoco. Habrá flipado hasta en sabores. Afortunadamente en ninguno de los documentos robados estaba escrito mi número de teléfono…

Sobre monjas pajilleras y la necesidad universal de correrse a gustito

shutterstock_75107572 Monjitas

Hace algunos días, atacada por una fiebre de limpieza pre-primaveral, estaba revisando un montón de diarios y revistas viejos cuando volví a encontrarme con una historia de lo más curiosa: La de las monjas pajilleras de mediados del siglo XIX, que en una de las máximas expresiones de caridad cristina que le conozco a la Iglesia se dedicaban a masturbar a soldados heridos en los hospitales. Probablemente muchos ya la conozcan, pero me parece una iniciativa tan loable que la comparto por si alguien aún no ha escuchado o leído nada al respecto.

Dice la historia (según algunos leyenda, yo me quedo con lo primero) que en el año 1847 el obispo de Andalucía decretó una dispensa autorizando la creación del “Cuerpo de Pajilleras del Hospicio de San Juan de Dios” en Málaga. Estas “pajilleras de la caridad” eran mujeres (monjas y voluntarias) que masturbaban a los soldados heridos de los hospitales buscando así ofrecerles algún alivio en medio de su enfermedad. La idea surgió de Sor Ethel Sifuentes, fundadora del cuerpo de pajilleras, quien al percatarse de la ansiedad y mal humor que reinaba en el pabellón de heridos de un hospital  donde ejercía de enfermera, comenzó a masturbar a los pacientes sin distinciones de rangos: Todos, desde reclutas hasta oficiales, tenían derecho a su paja diaria. El cambio en el ánimo de los soldados no se hizo esperar.

La iniciativa tuvo tanto éxito que se fundaron más cuerpos de Pajilleras -el de la Reina, las del Socorro de Huelva, las Esclavas de la Pajilla del Corazón de María y, en tiempos de la guerra civil española, las de la Pasionaria-. Además, la idea también se implementó en México, Brasil y República Dominicana.

Como no todo puede ser perfecto, y como al parecer la sensación de que lo que se estaba haciendo no era “del todo correcto” resulta inevitable cuando se mezcla iglesia y sexo, las integrantes de los cuerpos debían utilizar un holgado vestido, que ocultaba del todo las formas de sus cuerpos, así como un velo de lino para taparse la cara, con lo que sólo se les podían ver las manos. Aún así, estoy segura de que más de algún soldado habrá lamentado la desaparición de tan caritativas féminas, ya que casi todos los cuerpos dejaron de existir después de la segunda guerra mundial.

¿Por qué me gusta tanto esta historia? Porque más allá de lo divertido o peculiar del asunto, nos recuerda que el sexo también se anhela desde un cuerpo (o mente) enfermo o mutilado, y que su ausencia puede ser una agonía en sí. Por eso, cuando alguien no está en condiciones de darse a sí mismo tan básica satisfacción, el asunto cobra tintes “humanitarios”.

Vale, es probable que pocos hoy en día estuvieran dispuestos a prestarse de forma tan desinteresada a producir placer en el prójimo. Pero creo que ya en el hecho de reconocer, y de alguna manera respetar, la necesidad de todos de sentir algún tipo de contacto, hay un avance importante.

Cuando yo era niña, una de mis mejores amigas vivía con su tío y una prima con discapacidad intelectual, la Totó. En aquella época la Totó, que se desenvolvía en el mundo como una niña pese a que su cuerpo hace muchísimo que era el de una mujer, tendría cerca de 40 años. Que se supiera  nunca había estado con un hombre, aunque probablemente eso se debía a que siempre iba acompañada por la calle. O sea, que es un dato casi anecdótico que poco y nada nos cuenta de ella, su mundo interno, sus anhelos y necesidades.

Pero un día que estaba en la casa de mi amiga, con 12 ó 13 años, fui testigo de una escena que se me grabó: El padre de la Totó había descubierto hace algún tiempo que la razón de las largas duchas de su hija eran masturbatorias. Decidido a terminar con semejante aberración, empezó a cronometrar el tiempo de las duchas: A los cinco minutos exactos (siete si era día de lavarse el pelo) apagaba el calentador de agua, para evitar así que su “niña” se dedicara a semejantes menesteres.  La cosa es que ese día la Totó no pudo más con la represión paterna, y junto con el agua fría le cayeron encima todas las ansias acumuladas, la rabia y los silencios de tantos años, ya que pocos segundos después de que su padre le apagara por enésima vez el calentador salió corriendo del baño, desnuda, tiritando y chorreando agua, mientras gritaba a viva voz “¡yo también tengo derecho, yo también tengo derecho por la mierda!”. Tan enajenada estaba que llegó hasta el patio y la vieron algunos vecinos, que inmediatamente comenzaron a reír, aunque la situación no tenía nada de graciosa. A mí me pareció una escena desgarradora, pero al mismo tiempo hermosa por su poder y su crudeza, por su capacidad de narrar una historia compleja y llena de matices, del modo en que son hermosas algunas escenas de películas terribles, que más allá del dolor nos dejan algo. Porque en su momento nos rozaron el alma, haciéndonos sentir compasión, y con ello no me refiero al sentido más estrecho de la palabra, como lástima, sino que como una de las expresiones más profundas del amor: padecer con alguien, ser capaz de ponernos en sus zapatos. Ver a la persona que hay detrás de la enfermedad y ofrecerle una mano aliviadora. Literal o figuradamente.