Sobre el spanking, o la fascinación por los azotes

spankingAlguna vez he escrito algo, hasta ahora muy por encima, sobre mi fascinación por el spanking y en particular -porque hablamos de un ‘universo’ mucho más amplio de lo que puede parecer a primera vista- por las sensaciones físicas y mentales que acompañan al rol del spankee. Pero vamos por partes…

Spanking es el término inglés para referirse a los azotes o nalgadas, es decir, golpes dados con la mano o cualquier otro elemento complementario (cinturones, zapatillas, látigos, paletas de ping-pong, varas, cepillos de pelo y un largo etcétera) en los glúteos de otra persona con fines eróticos. Siguiendo con la terminología, el spankee es el que recibe los azotes, el spanker el que los da y el término spanko se referiría indistintamente a uno u otro (la única definición que he encontrado de spanko, palabra que aparece con bastante frecuencia en textos sobre la materia, es “una persona con un fetiche por los azotes, por lo general, aunque no exclusivamente sexual”). Además, no es lo mismo hablar de azotes disciplinarios que de eróticos, siendo los primeros bastante más dolorosos que los segundos, ya que su función es más educativa que placentera.

Hasta aquí los grandes rasgos, la superficie. Pinceladas básicas apenas, para aterrizar a los más despistados. Si os interesa documentaros más sobre el asunto, os recomiendo un blog fantástico y completísimo que no le hace el asco a ningún “subtema” que pueda surgir dentro de este universo (a mí algunos me superan, francamente) y que está en activo desde 2005, con permanentes actualizaciones de textos e imágenes: http://azotesynalgadas.blogspot.com.es/

Porque, como no, cuando hablamos de spanking (como de cualquier otra práctica sexual de esas con nombre en inglés y definición en la Wikipedia) las variaciones parecen ser infinitas. Hay quienes se permiten roles intercambiables, disfrutando de ambos (por lo general de uno más que del otro, pero aún así) y quienes tienen claro cuál es el suyo y no lo sueltan por nada. Algunos disfrutan de elementos accesorios al juego, como visitas al rincón o contar en voz alta y otros son exponentes de una práctica más “purista”, donde nada tiene sentido y todo sobra, salvo el sonido de una buena palmada chocando sobre la piel trémula. También están los que llevan el asunto hasta sus últimas consecuencias, ya sea porque lo viven casi como una religión (con temas de control y obediencia que traspasan las fronteras de los juegos de sábanas, si es que realmente existe tal frontera) o simplemente porque le cogen el gustillo y necesitan que les den cada vez más caña, y a poder ser in crescendo, como una droga… Pero la línea divisoria que a mí me parece más significativa en este tema es la que separa al spanko que se asume y disfruta con sus fantasías ‘erótico-disciplinarias’ del que no sale nunca, o al menos nunca del todo, del “armario vainilla” en el que se encuentra, y que  se conforma con unas palmaditas tibias cada tanto sin atreverse nunca a pedir (o dar) más, o más fuerte…

Vale, no soy experta en el tema ni manejo cifras, pero me atrevería a apostar que son muchos menos los que pertenecen al primer grupo que al segundo. Si bien es cierto que lo que vemos y oímos sobre las prácticas sexuales del prójimo es sólo la punta de iceberg, y que en la intimidad se hace mucho más de lo que se cuenta, tengo la sensación de que el gusto por ser azotado sigue siendo bastante más tabú que otras prácticas. Para empezar, porque cualquier cosa que huela mínimamente a violencia, a imponer la voluntad del fuerte sobre el débil, ya es políticamente incorrecto. Y aunque no se viva como algo malo por dentro (que muchas veces sí, lo que es aún más triste y complejo), sino como un juego erótico más, está aún muy lejos de gozar de aceptación social. Y así, la mayoría de los entusiastas del spanking callan para evitar que le cuelguen el cartelito de “perturbados sexuales”. Yo al menos, nunca me he encontrado con nadie que me cuente en una cena que le mola que le peguen en el culo, mientras que por otro lado la gente tiene cada vez menos reparos para hablar con el que se le sienta al lado (aunque sea en petit comité) de sexo anal o intercambios de parejas, por poner algunos ejemplos. Y es que, por decirlo más claro, las fantasías de azotes suelen ir acompañadas de un sentimiento de vergüenza que nada aporta.

En el blog que os mencionaba más arriba hay un post, “La negación de la evidencia”, en el que se hace referencia a “aquellas personas que viven conflictivamente sus fantasías de azotes”. Cuenta ahí su autor, Fer, que ha mantenido correspondencia con varios spankos, especialmente mujeres, y que “para ellas las fantasías de recibir nalgadas son un elemento perturbador de primer orden que les aporta sufrimiento y contradicción con su entorno social, especialmente con parejas con las cuales hay paz y armonía. Estas mujeres temen a su propio mundo interior. El desarrollo de sus fantasías puede, desde su propia perspectiva, subvertir todo el orden de su universo particular”. Y sigue: “Las fantasías sexuales no son algo que se pueda desligar de nuestra persona, sino que son de cierta forma, a mi manera de ver las cosas, la representación misma de nuestra persona y provocan mucho sufrimiento si quedan enfrentadas a otros aspectos más integradores de nuestras vidas”.

En los últimos párrafos, y a modo de consejo (muy sabio será, pero no por eso sencillo), el autor recomienda a quienes tienen “fantasías con deliciosos azotes eróticos y estas le resultan perturbadoras”, que se reconcilien consigo mismos “y, en todo caso, no enfrentar sus fantasías al resto de su vida y viceversa. Probablemente en muchos casos es importante compartir estas vivencias con otras personas y para esto Internet es maravilloso. Y por último, como decía Oscar Wilde, la mejor manera de evitar la tentación es caer en ella”.

¿Qué hay detrás de esa tentación en particular, de cualquier manera? ¿Por qué para algunos hay goce detrás de ciertos dolores, siendo que el cuerpo no está hecho supuestamente para disfrutarlos? ¿Hasta qué punto interviene el elemento físico y cuánto hay de seducción mental ante una situación cargada de simbologías? El spanking gusta a quienes gusta porque resulta excitante, y mucho, pero… ¿por qué resulta excitante?

He leído en algunos sitios la teoría de que los spankees son personas que fueron “disciplinadas físicamente” cuando niños y de alguna manera buscan repetir vivencias de la infancia, recrear relaciones con los progenitores, volver al nido. Los habrá, como hay de todo en la vida. Pero no es esa mi experiencia. A mí me daban sopa verde y me escondían la tele con llave, pero vamos, ¡es que ni tirones de pelo recuerdo! (y ya veis, he ahí otra cosa que según q contexto… jejeje!)

Supongo que, al fin y al cabo, no importa tanto entenderlo como aceptarse. Sobra decir que no todas las pulsiones internas son aceptables, pero para mí al menos el asunto está bastante claro: Lo es todo aquello que no haga daño -y daño no es sinónimo de dolor- y que respete la libertad y deseos del otro sin imponer los propios deseos y necesidades a través de la fuerza real -y real no es sinónimo de física-. Es decir, todo lo que quepa en el saco del mutuo consentimiento entre dos o más personas (y para no meterme en camisa de 11 varas agregaré aquello de “con una sexualidad ya formada”).

A modo de cierre, permitidme que os vuelva a copiar un extracto de un post del blog “Azotes y Nalgadas”, en este caso titulado “Narraciones del mundo vainilla”, si bien yo lo rebautizaría como “Breve test para saber si tienes un spanko escondido dentro de ti”. Podéis hacerlo si queréis, es sencillísimo, en realidad sólo tiene una pregunta: ¿Os sentís identificados con algo de lo que está escrito a continuación? Si la respuesta es sí, ya sabéis. Ah, y si no estáis seguros, acá os va una ayudita extra, algo así como un bonus track para el autoconocimento… ¿Os pone la foto con la que arranca este post? Ay, estimados míos, tal vez ya va siendo hora de darle otros usos a ese cinturón. Uno de mis elementos favoritos, por cierto, además de la mano…

Es tema común entre los spankos el hablar de sus experiencias previas a su entrada al Internet, cuando su afición spanka vivía en la clandestinidad y sus deseos y fantasías se veían pobremente satisfechos con imágenes fugaces que encontraban en la televisión, el cine o la literatura. Yo misma viví esa etapa con un eterno sentimiento de frustración.

Cuando te topabas con una escena de nalgadas, siempre era parcial, algo le faltaba o le sobraba, pero bastaba para alterarte el equilibrio hormonal y acelerarte los latidos del corazón. Era casi como quedarse a medias, como estar a punto de llegar al orgasmo y que alguna interrupción abrupta te lo impidiera.

La misma frustración te impulsaba a buscar escenas, se convertía casi en obsesión malsana y ojeabas cientos de revistas, libros y pasquines, mirabas cuanta película buena o mala ofrecieran por la televisión, en la que lejanamente suponías que podía haber una escena. Hay quien elegía las películas del viejo oeste, en donde, a veces, John Wayne o cualquier otro áspero vaquero, propinaba unos buenos azotes a alguna chica rejega o soberbia. Yo me inclinaba por las películas, programas o libros en donde se recreaba el ambiente escolar. Un buen internado inglés, por ejemplo, casi ofrecía una garantía de que habría, si no azotes, algún conato de ellos, que para ese entonces ya era algo.

(Y ya para terminar, y volviendo a la foto de marras, confieso que soy incapaz de recordar de dónde la saqué. La descargué hace tiempo, simplemente porque me moló, y al encontrármela ahora en una carpeta no pude evitar la tentación de usarla en este post. Me gustaría poder poner un link -se agradecen aportes si alguien la reconoce-, si bien al menos tiene una leyenda con el autor en la esquina inferior derecha).

Antes de que empiece mañana (y VI)

– ¿Entonces? ¿Me la vas a meter o no?

Una pregunta directa. Desnuda. Y que ya no puede ser evitada. De pronto no hay nada más que su pregunta, es más que ella incluso, se ha convertido en el centro del único universo posible. De pronto en el universo eso es lo único que importa.

Él detiene sus besos. Se retrae como si lo hubieran herido en algún sitio y tuviera que evitar que su sangre aflore al exterior. Ella tiene una sensación de déjà vu  y siente frío. Cuando habla, le parece que flota en una gelatina de irrealidad.

– ¿Qué pasó esa noche? No soy capaz de recordarlo, pero no puede haber sido tan malo. ¿Por qué te fuiste así, sin despedirte?

– Vaya, de nuevo nos olvidamos del señor…

– ¡No!- lo interrumpe con energía-. No le estoy hablando a ningún señor de los cojones. Le estoy hablando a mi amigo, o al amigo que algún día tuve al menos.

– Así que es verdad que no lo recuerdas…

– No lo estaría preguntando de ser así.

En lugar de contestar él le da la espalda y se acerca a la ventana, la boca torcida en una mueca casi infantil.  Ella, pese a sentir que ha sido la artífice de la situación que está viviendo, ya que de alguna manera sin su presión el tema jamás hubiera llegado hasta allí, no puede evitar la sorpresa de constatar que él maneja sus propios pesos, su propia gravidez al respecto, y que no hay sitio para ella en la sombra que parece cubrir la habitación que comparten.

– Tengo frío. ¿Me puedo vestir?

– No- Él ni siquiera la mira al responder.

– Vaya. ¿Y entonces?

– Nunca he podido dormir después del sexo. No sé por qué. Es como… Hay una cierta orfandad en esas horas muertas que preceden al día que me lo impide. Es como si al vaciarse mi cuerpo en otra persona quedara demasiado sitio libre para la lucidez, más de la que pudiera soportar. Está oscuro, pero todo se ve demasiado claro, los pelos, las cicatrices, el absurdo. Y en la claridad no existe la esperanza. ¿Sabes  lo que existe? Un regusto a café frío que no hay cómo quitarse de la boca.

– No entiendo. ¿Te fuiste porque no te gustó mi café? ¡De qué coño me estás hablando! No volví a saber de ti en años.

– No es eso. Y ese comentario no está a tu altura.

– Sabes a lo que me refiero. ¿Qué intentas decirme? ¿Qué después de follar se te alteran los químicos del cerebro y no soportas estar cerca de la gente? ¿Qué te fuiste porque eres de esos que jamás despierta con la chica con la que duerme? ¿No te gustó el polvo? ¿Te dejé de gustar yo después del sexo?

Esta vez sí la mira, pero no responde. Y su silencio se parece tanto a la soledad de aquella mañana hace casi 20 años que durante algunos segundos ella siente que podría rozar a la Cecilia de entonces si quisiera, e incluso abrazarla y llenar con su cuerpo duplicado el hueco vacío entre las sábanas. Pero al mismo tiempo sabe que no tendría nada para decirle. Ni una triste palabra.

imagen cama vacía

Tampoco sabe qué más decirle a Víctor, que ha vuelto a girarse hacia la ventana. Intenta un par de frases inofensivas pero no recibe respuesta, y cuando se acerca a tocarlo él le retira la mano y se desplaza un par de metros, con suavidad pero firmeza.  Como no sabe qué más hacer se pone de pie y se dirige hacia el salón en busca de su ropa. Ha pasado tanto rato desde la última vez que él habló que ella siente que no se trata de una opción realmente, sino más bien de una línea única trazada de antemano por otro. Todas las prendas están en el mismo sitio que antes, así que se tarda muy poco en reunirlas. Se mueve con lentitud, con la esperanza de oír de pronto la voz de él ordenándole no hacerlo, pero eso no ocurre. Cuando termina de vestirse –se pone todo menos los zapatos- regresa a la habitación. Él está sentado en el borde de la cama. Ella se queda de pie a su lado.

– Víctor, vengo a despedirme.

– Lo que te dije antes, lo del café y todo ese rollo… No fue lo que pasó contigo.

– ¿Ah no?

– No.

– ¿Y entonces?

– No puede ser lo que pasó contigo porque nosotros nunca hemos follado.

A ella le chirría un poco la palabra, atípica en sus labios, pero pasa el detalle por alto.

– ¡Qué dices! Claro que sí. Vale que no recuerde con claridad esa noche, pero sí tengo imágenes. Y estábamos desnudos. Me chupaste las tetas. Y yo a ti la polla.

– Sí, eso lo hicimos.

Él no agrega más, pero sus palabras tienen el efecto de un coletazo revelador: La misma pregunta por parte de ella -¿me la vas a meter?- y la misma respuesta de él –silencio y retraimiento- aunque en la versión actual él parezca desprovisto de la espontaneidad de la primera.

– Cecilia, hace muchísimos años que no tengo sexo. Y con ello me refiero al coito, para que me entiendas bien.

– ¿Por qué? – pregunta ella más por inercia que por otra cosa. Siente que la última frase contiene demasiada información como para dejarla pasar sin analizarla palabra por palabra, pero él no parece dispuesto a darle tiempo a que lo haga.

– Porque no me gusta.

– ¿No te gusta? Pero… Acaso…

– Me gusta mirar, tocar, dar placer, jugar. Me gustan muchísimas cosas. Pero no… follar.

– Ya. Así que lo de hoy es lo más que puedo esperar de ti.

– ¿Y te parece poco? Te he visto gritar como un animal.

– Es cierto, y si me das cuerda te puedo pintar mis experiencias de esta noche de forma mucho más bonita. Ha sido intenso, por decir lo menos. Pero no sirve para todas las veces.

– Se pueden hacer otras cosas.

– ¿Y en que parte de esta historia se te pone dura?

– No sé qué no has entendido de lo que te he dicho: No me gusta follar, es tan simple como eso. No me falla nada ni estoy traumatizado.

– A mí me parece que sí. Necesitas ayuda.

– No lo creo. Yo no huyo de quién soy, todo lo contrario. ¿Por qué tendría que esforzarme en hacer algo que simplemente no me apetece? No necesito el coito para ser feliz.

– Ya, lo tuyo es ser espectador y nunca perder el control, ¿no? Así te quedarás solo.

– ¿Tú crees?  Nunca me he sentido solo. Y de cualquier manera nunca haría algo que vaya en contra de mí por adaptarme a una mayoría o darle en el gusto a alguien. En cambio no se puede decir lo mismo de ti.

– ¿A qué te refieres?

– A los curiosos personajes que eliges para combatir la soledad. ¿Cuántos de ellos llegaron a conocerte realmente? ¿Cuántos tuvieron el interés? Yo sé lo que te gusta como si me gustara a mí. Y no me refiero a lo que andas por ahí diciendo que te gusta, sino a lo que te hace latir. A lo que dices sin decir. Son cosas que a mí me importan, de verdad.

– Ya, pero no follas.

– Dime una cosa, pero ten la decencia de darme una respuesta honesta. ¿Hace cuánto tiempo no te sentías como hoy? ¿Hace cuánto q no te corrías tres o cuatro veces, y además con esa intensidad? ¿Cuántas veces en tu vida te has permitido la libertad de ser tú misma, de dejarte llevar hasta el extremo en que lo has hecho hoy?

– Muy pocas, ninguna, no lo sé, pero no sigas por ahí. Ese es sólo un aspecto del asunto. No puedes pedirme que renuncie a algo que está en mi naturaleza, que lo saque de la ecuación como si se tratara de una puta operación matemática que termina en balance positivo. ¿Qué hago yo con todo lo que quiero hacerte, con todo lo que quiero tocarte? ¿Qué hago con mi hambre de polla?

– ¿Es necesario que seas tan vulgar?

– ¿Me va a llevar más lejos ser elegante?

– Cecilia, esto se nos está yendo de las manos. No es la idea.

– Mira Víctor, tú puedes currarte unos discursos elaboradísimos sobre lo normal y feliz que eres, pero para mí no funciona así.

– No funciona porque estás totalmente centrada en ti y en tus necesidades, y aunque dices buscar el amor la verdad es no estás dispuesta a mirar el mundo de a dos, a compartir. Te gustas demasiado a ti misma como para hacerle un sitio real a otra persona. ¿Qué pasaría si, estando casada y enamoradísima, tu pareja tiene un accidente y ya no puede tener relaciones? ¿Cuánto te demorarías en abandonarlo? No, espera, seguro que terminarías encontrando una solución salomónica de esas que tanto te gustan: Te quedarías con él, lo cuidarías, pero los fines de semana te buscarías un buen rabo que te ayudara a pasar las penas. De cualquier manera esa persona para ti ya no valdría lo mismo, ¿no?

– Tendría que estar en la situación para saber realmente lo qué haría, pero hay una tercera opción que te callas y soy tan capaz de ella como cualquiera. El amor es algo enorme, y a veces nos sorprendemos a nosotros mismos con lo que podemos llegar a hacer por él. O no hacer.

– ¿Y entonces?

– Entonces, que hay una diferencia fundamental en ambas situaciones. Porque en el caso de tener un marido tullido, al menos podría comprender las razones. Y rezar porque la medicina avance más rápido que nuestras vidas. Y en tu caso, simplemente no entiendo qué te lleva a actuar así, y el no entenderlolo hace mucho peor. ¿Existe alguna posibilidad de que… algún día…?

– No, no la hay.

– ¿Estás completamente seguro?

– Lo estoy. Y es lo único que te voy  a decir al respecto.

– No me alcanza. Necesito saber por qué.

Justo cuando ella siente que está a punto de rasgar el envoltorio que los separa  él la coge de las manos y la tira suavemente hasta que se sienta a su lado en la cama. Sin dejar de mirarla a los ojos le pone un dedo en los labios y lo hace descender con extrema lentitud por su mentón y cuello, hasta posarlo en su pezón izquierdo. Pese a la contención que deberían ofrecer la tela de la blusa y el sujetador, ella siente que el dedo pasa directo a su piel y quema, y que su calor desciende a velocidad de cohete hasta su vientre. Le parece que se moja con un líquido espeso e hirviente y contrae con fuerza la pelvis en un esfuerzo por no dejarlo escapar.

– Te ordeno que no vuelvas a hacerme esa pregunta nunca más.

-No me vale –murmura apenas, haciendo un enorme esfuerzo por reprimir un gemido-. No puedes solucionarlo así.

– Cuando entraste aquí establecimos reglas claras. Pues bien, ya sabes cuáles son tus opciones. Obedeces o te vas. Es todo lo que tengo para ofrecer. Eso y a mí mismo, pero así, tal como soy. No otro. No estoy buscando a alguien que me redima.

Mientras habla él le arranca la blusa de un tirón, haciendo saltar los botones. No tiene más contemplaciones con la falda, y mucho menos con ella, que tiene que sujetarse de unos barrotes de la cama para no caer. En un solo movimiento le inclina la espalda y le eleva la cabeza por el pelo, y sin quitarle las bragas comienza a masajearle el clítoris desde atrás con movimientos bruscos pero regulares. Su mano se desliza dentro casi sin que exista transición, como entra una cuchara en un soufflé, y antes de que ella se dé cuenta él ya tiene el puño metido en el coño, y cuando empieza con los movimientos rotatorios a ella se le aloja una sensación de montaña rusa en la garganta y aprieta los dientes para que nada importante se le escape entre medio de sus gritos. El tiempo no avanza, vuela en círculos que la envuelven por dentro y por fuera, y ella se rinde al vértigo convertida en un volcán invertido que entra en erupción. Y entonces, cuando siente que es incapaz de dar cabida a la más mínima sensación nueva, él le da un mordisco en la espalda, entre el cuello y el omóplato derecho, que la inunda con un ímpetu capaz de vaciar cualquier cosa. Su nuevo orgasmo, que solapa al que ya estaba en curso, es como un latigazo partiéndole la columna en dos, espléndido y salvaje.

silueta en negro

Se tarda un buen rato en abandonar el refugio que le ofrecen los barrotes de la cama y enfrentarlo. Quisiera quedarse ahí para siempre, de espaldas a él pero aún así en contacto con su piel, pero sabe que no es posible. Hay algo de ritual en la forma en que se gira, una cierta pesadez en el aire que la sigue.

– Víctor…

– Si vas a volver a preguntármelo, detente ahora. A menos que estés dispuesta a irte. Me conoces y sabes perfectamente que no habrá vuelta atrás. Y sabes, aunque me pregunto si con la misma claridad, que no quiero que te vayas. Sé que puedo hacerte feliz y creo que deberías dejarme intentarlo. Así que por favor, no hables. No digas nada, absolutamente nada. Sólo recuéstate aquí a mi lado y disfruta de este momento maravilloso.

Ella se acerca a él pero en lugar de acostarse lo besa con largura. Y aunque aún no termina de cruzar del todo la frontera que la separa del mañana, su saliva febril ya sabe a despedida. Se pregunta si acaso no son todos los besos un anticipo de despedida, el último resquicio de lo inevitable.

– Víctor…

Antes de que empiece mañana (V)

bondage_muñecasÉl se detiene. Ella sabe que él no va a continuar como se sabe que hay un bulto entre las sombras: Está ahí, aunque no se lo pueda ver con claridad o entender por qué. No ha contado los golpes pero han sido varios, más de los que alguna vez pensó que podría desear de cualquier manera. Y aunque siente que no puede más, también le parece que acaban de expulsarla de una fiesta, a la vez luminosa y oscura, sin estar preparada del todo para abandonarla.

– Señor- balbucea con voz rasposa, el cuerpo aún convulsionando.

– ¿Sí?

– El coño me hierve.

Él no hace nada por comprobarlo, y ella no puede evitar transformar su omisión en una pequeña afrenta. Aún así, cuando siente los dedos de él sobre sus tobillos su cuerpo acoge esa nueva forma de contacto dispuesto a perdonarlo todo. Él le desata las piernas con cuidado y se sienta en el borde de la cama.

– En serio. Podría meterme una casa ahí dentro. O mejor otras cosas…

No está segura de si es prudente seguir hablando, pero como el silencio de él se prolonga se decide a volver a hacerlo. Sin embargo prefiere cambiar el curso de la conversación, ya que le parece que un peligro la espera en alguna de las esquinas del camino que está tomando.

– Una experiencia muy interesante, sí.

– Háblame un poco de eso Cecilia. Tengo curiosidad.

– ¿De qué, exactamente?

– De lo que se siente.

– Vaya, no sabría cómo ponerlo en palabras.

– Inténtalo.

Él comienza a acariciarle el culo con suavidad. Todo el calor que emana de los glúteos de ella se multiplica furioso en las invisibles estelas que van dejando los dedos de él sobre su castigada piel, como si un ejército de gusanillos le mordiera la carne con sus pequeños dientes terribles hasta entrar en ella, convertidos una vez dentro en ingrávidas burbujas de placer. Se retuerce con pereza.

– Inténtalo-, insiste él, y sin más aviso le suelta una cachetada tremenda. Sin tiempo de rascarle compasión alguna a su gesto, a ella se le escapa un grito que más parece un rugido, y siente que por su garganta huyen todas sus resistencias. La sangre le salta a la cabeza.

– Es como un sándwich- le contesta cuando le vuelve la voz.

– ¿Un sándwich?

– Sí, como si el sabor fuera uno solo pero al mismo tiempo fuera inevitable saborear cada uno de los ingredientes. Primero hay una capa de placer, ese placer anticipado de saber lo que viene, cuando el cuerpo se hace chiquitito y cada célula de él se prepara para recibir. Es como conectar con algo primitivo. Después el dolor puro, sin más adornos, simple y absoluto. Dura muy poquito, pero te da tiempo a preguntarte qué coño estás haciendo allí, qué puede haber de bueno en lo malo. Y al final la última capa, nuevamente placer, alivio, redención… Como si al liberarse de sus miedos el cuerpo se vaciara de todo lo que le sobra y se elevara y… Uf, ya no sé ni lo que digo.

– Se entiende perfectamente.

– Lo que sí, sigo sin saber  con qué…

– Seguro que eres capaz de recordar la primera vez que nos fuimos juntos a la playa.

– ¿Ese verano que llovió casi todo el mes?

– Ese mismo. ¿Recuerdas lo que hacíamos para entretenernos?

– No sé a qué se refiere. Veíamos la tele. Íbamos donde Paco.

– Sí. Pero tú no eras mucho de jugar Pac-Man.

– No, la verdad es que no.

– Pero sí había algo que te gustaba mucho hacer donde Paco. Y un día me confesaste que tenías una fantasía. ¿Te estoy refrescando la memoria?

– ¡Hostias!

-Exacto. Pensé que tal vez podía satisfacer un viejo deseo. ¿Te habían dado antes con una paleta?

– No señor. Nunca.

– ¿Y esa fantasía tuya? ¿De dónde salió?

– No sé. Vi una escena en una peli, hace millones de años, ni siquiera recuerdo su nombre. Se me habrá quedado grabada por algo.

– Ya veo. Bueno, creo que ha sido suficiente por hoy, ¿no?

– Sí, sin duda.

– Ahora date la vuelta.

Piensa que no va a poder, pero entonces se da cuenta de que las ataduras de sus muñecas le permiten bastante libertad de movimiento. Mete la cabeza entre los brazos y se gira elevando un costado del cuerpo, intentando cubrir su rostro al hacerlo.

– ¿Estás lista?

Dice “para qué”, pero no necesita una respuesta. Abre las piernas, todo su deseo convertido en humedad aceitosa. Él se acerca un poco más, pero no la toca.

– Aún nos falta éste-, murmura mostrándole un objeto ovalado y metálico unido a un mando por un cable.

– No sabía que te gustaran tanto los juguetes- dice ella sin dejar de mirar el objeto que tiene entre las manos.

– Te gustan a ti.

– ¿Entonces me esperaba esta noche?

En lugar de contestar él le mete el  huevo metálico entre las piernas y se lo hunde dentro con un solo movimiento, exento de dificultad. El aparato empieza a vibrar y ella, arrastrada por la urgencia de su demanda, se contrae y gime. No puede ser mejor pero sí, porque entonces se da cuenta de cuánto quiere su mano completa ahí dentro, o mejor a él, todo él -desnudo, poderoso y fálico-, preparado para salir victorioso de todas las batallas.

– Entra. Por favor entra.

Él no parece oír su reclamo y aumenta la potencia de la vibración. Ella arquea la espalda y aprieta los puños, abandonando rápidamente su negativa implícita entre aquello que ya se ha deshecho en el pasado. Se le agita la respiración, aunque más que tragarse el aire se lo bebe con sorbos cada vez más desesperados. Aún no ha llegado al momento de no poder aguantar más pero está cerca, así que acelera sus avisos, por si él quisiera dilatar los instantes previos a la tregua. Pero él no parece dispuesto a darle tregua alguna, ya que pone el aparato a máxima potencia –ya no son ondas, ahora parecen mordiscos inesquivables– y se inclina muy cerca de su abertura, con la mirada cargada de algo levemente distinto al deseo. Y entonces, cuando todo se vuelve níveo y comienza a derretirse a su alrededor, él le roza el clítoris con la punta de la lengua, disparando al hacerlo un fogonazo que pulveriza la nada blanquecina que la devora. Toda ella se desliza hacia abajo para recibir las húmedas caricias de su boca. El orgasmo, alojado ya a en columna, no la abandona, pero al extenderse por su cuerpo le parece que, más que venir de dentro de ella, brotara directamente de los labios de él, que la recorre con movimientos espesos. Agotada con tanta exaltación ella grita, suplica, agita las piernas, pero con eso sólo consigue intensificar la presión que ejerce su lengua. La lengua de Víctor. Y el huevo de los cojones. Y sus manos indefensas. Esa es verdaderamente la Santísima Trinidad, se dice antes de soltarse, igual como se soltaba del columpio algunas veces cuando era niña, impulsando el cuerpo hacia delante justo cuando estaba en la parte más alta. Era la idea que tenía en aquella época de volar. La primera vez que cayó mal fue cuando empezó a preocuparse por lo que podría pasar después. Antes de eso nunca hubo un después. De cualquier manera, al llegar a casa le echaron la bronca por volver del parque con la ropa hecha un desastre.

Sus propios gemidos –irreconocibles, rupestres casi-la traen de vuelta a la habitación en la que se encuentra. Abre los ojos pero al hacerlo pasa por encima de él y fija la mirada en las marcas de su propio antebrazo. Aún no está preparada para salir del todo de sí misma.

– No más, te lo suplico.

Él se detiene entonces y la libera de su pequeño visitante interno, que se queda vibrando en un rincón de la cama. Hace rato que ella siente que no puede leer en sus expresiones. Le parece que él sería capaz de cualquier cosa y la posibilidad de encontrarse con algo sorprendente a esas alturas de su vida la seduce más de lo que la asusta. Algo en él la llama, y ese llamado no puede destruirse con la fuerza de la lógica, de igual manera como no puede anularse con palabras el poder de atracción de un imán.

– ¿Estás bien? ¿Tuviste suficiente?

– Algo así.

– ¿Algo así? –Él arquea las cejas en un gesto exagerado, la boca abierta en una enorme sonrisa. Ella intuye el peligro pero no recula.

– Bueno, digamos que me faltó algo. Aunque tendría que dejar que me reponga…

Él no le da tiempo a continuar y le estampa con fuerza la palma de la mano contra su reblandecido coño. El dolor le estalla directamente en la cabeza, sin hacer viaje alguno, para repartirse después por todo su cuerpo en pequeños latigazos de deleite.

– No me refería a eso- murmura cuando se le termina de deshacer el grito dentro.

– Vaya. Te habré entendido mal.

-No lo creo.

A modo de respuesta él comienza a desatarle las muñecas. Ella no se mueve ni baja los brazos cuando él termina pero lo sigue con la mirada. Elige interpretar su gesto como un permiso.

– ¿Me la vas a meter?

Espera su silencio, pero no que le dé una bofetada. Y ya todo ocurre demasiado deprisa, la pregunta estrellándose en su rostro, el vacío, la confusión, la mano de ella viajando hasta el rostro de él, una, dos veces, y a la tercera él le agarra el puño con fuerza y ya no están en la cama, están en el suelo forcejeando, y él le tira el pelo y la muerde y ella se defiende con las uñas, intentando abrirle la camisa a tirones y encontrarse con su piel esquiva. Se miran. Resoplan. Y entonces él vuelve a ella pero su boca ya no muerde, ahora besa, y ella se deja recorrer pensando que bien puede parar un poco. Sólo un poco…

Antes de que empiece mañana (IV)

No es un suave deslizarse por una pendiente, sino más bien como estar atrapada en un ring y caer una y otra vez frente al contrincante. En el momento del final lo único que le queda entre los labios es un tímido regusto a alivio, pero su orgasmo es más un estrangulamiento de los sentidos que su exaltación. Él se ha apartado un poco y la observa como se observa a una criatura curiosa: con los ojos entornados y una sonrisilla levemente burlona.

– ¿Puedo beber un poco de vino? Tengo la boca seca.

Él le indica con un gesto su aprobación. Cuando le habla, su voz la convierte en una copa transparente, derramándose dentro como un chorro de líquido fresco. A ella le parece que lleva horas sin escuchar una voz humana y agradece la sensación.

– La próxima vez te tardarás menos.

– No sé yo si me quedan muchas ganas de una próxima. Para venir a hacer aquí lo mismo que podría estar haciendo en mi casa…

– No es lo mismo. Estando conmigo se puede masticar tu turbación. ¿No es maravilloso? Tu problema es que la rehúyes, cuando podrías entregarte a ella.

– Si, ya. Dicho suena muy bonito. La próxima vez que me abra los brazos iré corriendo a su encuentro.

– Quítate la ropa.

– ¿Ahora?

– No, mañana. Quítatelo todo. Sentada en el sofá.

Ella asiente con la cabeza, se deshace de la copa y le obedece, esta vez evitando dilaciones. No le dice “y siéntate en el sofá”, le dice “sentada”, así que ella se sienta primero y después termina de desvestirse. Cuando está lista él le ordena que cierre los ojos y respire profundo, tomándose todo el tiempo necesario hasta sentir que su cuerpo se relaja por completo. A ella le parece un encargo sencillo, pero en cuanto cierra los ojos cada parte de su cuerpo parece cobrar vida propia y reclamar su atención. El corazón le late con brío. Intenta imaginar que una luz blanca la llena, llevando paz a sus diseccionados miembros. De abajo hacia arriba. Tal como le enseñaron en clases.

Ya va por el cráneo cuando siente que él le coloca las yemas sobre los párpados. Da un brinco y se queda en estado de suspensión hasta que él le posa un dedo sobre los labios. Ella lo lame con cautela y el dedo se retira de su boca con la delicadeza del mar cuando recoge su espuma.

– Shhhhh. Sigue respirando, sin abrir los ojos. Ahora vuelvo.

Después de unos minutos que le parecen hondos y oscuros, más allá de la frontera que sus párpados obedientes construyen de espaldas al mundo, él regresa y le anuncia que tiene cuatro objetos para ella y que está seguro de que le gustarán.

– ¿Puedo saber cuáles son, señor?

– De momento sólo dos. Los otros son sorpresa.

Sorpresa. Nuevamente la sensación de ser una niña, limpia pero a la vez inerme, totalmente a merced de ese único Dios que para ella siempre ha existido: El que es más grande. El que puede más.

En el hueco que permiten sus manos entrelazadas él le deja algo que parece un trozo de tela. Ella lo toca y sonríe.

– Igual me hubiera quedado con los ojos cerrados si me lo hubiera dicho.

– Así no tienes que recordarte a ti misma que no los puedes abrir.

Le pone la venda con movimientos mansos, y a continuación deposita otro objeto en su regazo. Ella no necesita tocarlo para saber. La cuerda parece enroscarse entre sus muslos como una víbora indefensa y juguetona. Un agujero de aire le sube por la columna. Se estremece.

– Espera, tengo otra idea. Sígueme.

imagen cuerdas bondageÉl le coloca la cuerda sobre los hombros y  la guía hacia el interior del piso cogiéndola del brazo con gentileza, sin ejercer casi presión. Sin embargo, hay algo férreo en el centro mismo de su blandura, como una irradiación de su voluntad que no fuera capaz de reprimir del todo. Se detienen al cabo de un rato, no mucho pero sí lo suficiente como para que ella alcance a sorprenderse ante la evidencia de que el sitio es muchísimo más grande de lo que imaginaba.

– Aquí, túmbate aquí. Boca abajo. Y sin hablar.

No ha terminado de acomodarse cuando él le coge las muñecas y se las junta con un movimiento brusco. Le da un tirón para cambiarla un poco de sitio y le ata las muñecas entre sí y después a algo que está fijo. “Probablemente un respaldo”, se dice ella. “Vaya, así que cama con respaldo”.

Después de la sacudida que le da a sus brazos él parece renunciar a la prisa y es mucho más delicado con sus tobillos, que ata al otro extremo de la cama. Sin embargo, a diferencia de los brazos, se asegura de que las piernas queden bien separadas, aunque sin que llegue a resultar doloroso o demasiado incómodo. Algo la reclama con timidez por el costado y ella se gira un poco elevando la cadera, movimiento que él aprovecha para deslizar  un bulto bajo su vientre. “Almohadones. Dos o tres”.

– Lo que estoy viendo ahora mismo… muchos pagarían por ello.

¿Es un cumplido? ¿Una demostración de poder? Ella no sabe qué escarbarle a sus palabras así que contrae la pelvis y suelta un gemido indefinido, que se transmuta en sensación cuando él le roza el nacimiento de la espalda con algo rasposo. Su piel se pone en alerta.

– Sólo es una cuerda. Es que tiene un tubito plástico en la punta, como los cordones de los zapatos.

“Tiene varias”- se extraña, cayendo en la cuenta de que ha necesitado al menos cuatro para atarla a la cama- “¿Las usará con frecuencia o estaba preparado?”.

La sensación no es del todo agradable –“mejor con los dedos”- pero a los pocos segundos se rinde ante la evidencia de que no podría desear otra cosa. Y entonces ya no hay trayecto, y toda ella, desde lo más interno hasta la envoltura, siente sed exactamente de lo que está recibiendo. Cada rasguño invisible que perturba sus poros la abre en millones de pequeñas puertas. Suelta la prisa como un globo. Como si la adivinara, él le murmura dos palabras cerca de su oído.

– Ahora espera.

Y tras una breve pausa, como si no hubiera sido suficiente:

– Lo que haga falta.

La voz se él le sustrae algo, pero a cambio llena todos sus espacios en blanco de expectativas. La sonrisa le dura más que el entusiasmo. Y a medida que se deshacen los segundos todo lo bueno que le estaba ocurriendo se resigna a desfilar frente a ella como un fantasma de un pasado reciente

Si al menos pudiera tocarse, se lamenta. O mejor aún, que Víctor la embistiera por sorpresa aprovechando la descarada posición en la que la tiene esperando. Está segura de que no sólo se siente, sino que además se ve hendida como dos mitades a punto de separarse de una fruta demasiado madura.

Pero no le está permitido el placer de la desintegración, y entonces se hace consciente de la tensión en la que se encuentran sus miembros. Las manos juntas. Las piernas separadas. Almohadones bajo el estómago. No hay nada más que eso. Toda su realidad reducida a unas cuantas pinceladas tan gruesas como ineludibles.

Él se ha ido, o al menos eso piensa ella. En su ausencia, real o figurada, el silencio también es un absoluto.

Y los minutos pasan…

“Dios”

“Cuánto más, cuánto más, cuánto más”

“Me duelen las piernas”

“Pffffffffff”

imagen fuegos artificio

Y entonces algo se altera en el aire -“¿Ha vuelto? ¿Se ha ido alguna vez? ¡Maldita moqueta!”- y esa alteración es como un aviso y a la vez la plataforma desde la que se impulsa su sorpresa. Un golpe. Uno solo pero rotundo, que le llega como llegan los fuegos de artificio: Primero un sonido de trueno  perforándola en un único y focalizado punto  y después ese estallido luminoso y caótico del dolor, efervesciendo furiosamente por dentro.

Antes de que empiece mañana (III)

imagen mujer y fragilidad– ¿Mañana? ¿Y quién te dice que va a haber un mañana? Lo único que tenemos es el ahora, el aquí y ahora.

Lo mira como si de alguna manera lo poseyera, las cejas alzadas, retadora. Se siente enfadada por haber hablado, porque él la hubiera hecho hablar con tanta facilidad. Pero por mucho desafío que intente inyectarle a su mirada, no puede evitar que una vocecilla desagradable le recuerde que está desnuda de la cintura para abajo. Se siente ridícula. Él no parece reparar en su figura escindida y coge la botella de vino.

– Señor- murmura él simplemente después de servirse la tercera copa.

– ¿Cómo?

– Qué rápido te olvidas de decirme señor.

– Lo siento señor.

– No, no lo sientes, aunque como fórmula funciona. De cualquier manera, me da un poco igual cómo me digas. Pero por favor, no me vengas con tu gimnasia intelectual ahora porque no me impresiona. Hace nada estabas hablando de ir de visita a casa de tu tía y no sé qué otras historias, así que no compro ese cuento de que no te proyectas a futuro. Todos lo hacemos.

– Vale, pero…

– Lo que me preguntas no es poca cosa y yo no quiero contestar a la ligera –la interrumpe él alzando la voz-. Mañana, en algún momento del día, después de pensarlo con calma, te tendré una respuesta. Ahora tengo cosas más inmediatas de las que ocuparme.

Tal vez no es capaz de percibir el sutil instante en el que su excitación comienza a transformarse en irritación, pero la sensación que se le va gestando en el interior ya es un poco más difícil de esquivar para ella. Como si ese padre dulcemente incestuoso que le fue sugerido –ofrecido de alguna manera- hace algunos instantes en el bar ya no estuviera ahí. Y el padre soñado, convertido en realidad, no es más que un procreador, con un deje ligeramente condescendiente asido a sus palabras pequeñas. Recuerda una pesadilla que solía tener de niña, en el que el maestro Yoda se aparecía junto a su cama irradiando una paz verde y luminosa para después convertirse en un Yeti terrorífico de colmillos gigantes que la perseguía por toda la casa con la intención de devorarla. Intenta retroceder en el pensamiento, recuperar la imagen robada, pero él no se lo permite.

– Bueno, ya está bien de tanta conversación. ¿Empezamos?

“¿Empezamos? ¿Empezamos qué?”, se pregunta, y la imagen de un agujero se le viene a la cabeza. No es que crea que se va a hacer daño, pero el trayecto no se ve del todo cómodo, demasiado movimiento tal vez. No sabe si está lista para caer en ese vórtice de terciopelo.

– ¿Señor?

– ¿Sí?

– ¿Qué pasará si no le obedezco?

– ¿Necesitas que pase algo? ¿No puedes obedecer y ya?

– Puedo intentarlo pero no sé. No sería lo mismo.

– Ya veo.

Dice “ya veo”, pero luego nada más, y su silencio ya le parece a ella como un castigo. Muy leve aún, lo sabe, pero también sabe que recién está comenzando a asomar la cabeza en el agujero.

– Todo acto tiene sus consecuencias señor- aventura ella pasando por encima de una sensación de pequeñez que empieza a ahogarla. Toma aire, dispuesta a sumergirse hasta los hombros-. Si quiere imponer sus reglas tiene que tener herramientas para hacerlas cumplir.

– ¿Quieres consecuencias? Aquí te doy una: Estás aquí porque es tu deseo obedecerme, y te irás cuando deje de serlo.

– No entiendo.

La sonrisa en él gatilla en ella la comprensión que antes no pudo alcanzar. Él, sin embargo, no se resiste a ofrecer una respuesta más clara, si bien la envuelve en un susurro que parece una tregua.

– Desobedéceme en lo que sea y te vas de mi casa. Fin del juego, sin advertencias. ¿Ahora sí?

Retrocede al oírlo, pero siente como todo lo que no es carne en ella diera un paso al frente. Ahí está de nuevo ese calor que sueña, esa vibración en las palabras. Ahí ese hueco oscuro al que pertenece, libre de visitantes. Podría alcanzar la redención si quisiera. De qué, no lo sabe bien, pero llega a sentir el viento silbando en sus oídos. Antes de responder cierra los ojos y respira de forma profunda, como si en ese movimiento intentara inhalar un poco más de fragilidad y exhalar su exceso de fuerza. No quiere irse, pero para eso debe dejar de luchar.

– Señor, lo escucho.

– Bien. Quiero que tengas un orgasmo.

– ¿Cómo?

– Lo que oyes. Que tengas un orgasmo. No me importa cuánto te tardes, pero quiero uno de verdad, aquí y ahora. Delante de mí.

– ¿Eso es todo?

– Si te parece poco es porque crees que tengo mala memoria. Una vez, hace muchos años, durante una de esas larguísimas conversaciones que nos gustaba tanto tener por las noches mientras recorríamos caminando la ciudad, me confesaste que te resultaba casi imposible correrte cuando te masturbabas si alguien te estaba mirando. Que algo en ti se bloqueaba y terminabas fingiendo para salir del paso.

– Entonces no llevabas corbata- responde ella, pero en seguida se corrige-. No llevaba corbata, señor.

– Explícate.

– Es una época muy lejana la que recuerda. Muchas cosas pueden haber cambiado desde entonces.

– Ya, pues mejor para ti. De todas maneras insisto en que no tengo prisa, tómate todo el tiempo que haga falta. Si el placer se te resiste, quiero verlo. Y si mi presencia te perturba quiero que te entregues a esa perturbación, que no la rehúyas. Crees que el orgasmo es un momento que se vive en solitario. Bueno, yo te digo que me abras la puerta, que me invites a vivirlo contigo, aunque para eso tengas que lograr la ecuación imposible de permitirme ser observador y sacudirte de encima la sensación de ser observada al mismo tiempo. Otra manera es apagar la cabeza al cien por cien. Aunque no sé yo si…

– ¿Puedo hacer lo que considere necesario?

– Sí, pero dentro de los siguientes límites: Puedes hacer cualquier cosa que harías estando sola. Y viceversa, se entiende.

– No del todo. Por favor, sea claro.

– Que lo que no harías estando sola tampoco puedes hacerlo aquí.

– No se me ocurre nada que…

– Cubrirte. Gemir sin necesidad. Tratarte a ti misma con delicadeza. Utilizar una sola mano. Empezar con…

–  Qué cabro… na

– ¿Cómo dices?

– Que tiene usted una memoria muy cabrona, señor. Con todo respeto, claro.

– ¿Empezamos?

Se acerca al sofá que él le señala con un gesto impaciente, pero en lugar de tumbarse allí lo hace en el suelo. Está dispuesta a ejercer cualquier pequeño acto de rebeldía que se mantenga dentro de lo establecido, como si necesitara acercarse un poco más para apreciar de cerca los límites que toman forma frente a ella. De cualquier manera no recuerda haberse masturbado nunca en un sofá, mientras que sí podría mencionar unas cuantas ocasiones en las que colocó una toalla o un albornoz viejo sobre las frías baldosas del baño en busca de un poco de privacidad.

“A ver, céntrate”, se dice a sí misma. “¿Te sacarías la blusa si estuvieras sola? No, probablemente no. A menos que hiciera frío. Pero no es el caso”.

Dispuesta a seguir a esa vocecita que se presenta ante sus ojos ciegos bajo la forma de una pequeña antorcha de luz –“como si estuviera sola, como si estuviera sola”, repite como si fuera un mantra salvador-, deposita una generosa cantidad de saliva en las yemas de su mano derecha y comienza a tocarse con movimientos lentos y circulares, poniendo al mismo tiempo los dedos de su mano izquierda en forma de V y apartando con ellos sus labios mayores. “¿Cuánto tiempo ha de mantenerse esta vez al ralentí?”, no puede evitar preguntarse casi en seguida. “¿Cuánto antes de abandonar esas suaves erupciones de la periferia, tan deliciosas como inútiles, para lanzarse a ciegas en la búsqueda vertical de un esquivo centro de lava?” “Aún no”, se responde, haciendo el primer esfuerzo por ser reclamada por sus sensaciones. Se dirige hacia sus dedos y repasa mentalmente cada centímetro de piel que tocan, intentando derramar dentro lo que siente fuera. Lo consigue durante algunos instantes pero entonces el sonido de un mueble al arrastrase la desconcentra. Al abrir un ojo se encuentra con la imagen ovalada y ligeramente borrosa de él colocando una silla frente a ella para observarla con más comodidad. Vuelve a cerrarlo, pero sus miradas alcanzan a cruzarse.

– Lo siento, no quería interrumpir- dice él con voz amable-. Por favor, sigue.

Como lo de los círculos no funciona intenta concentrarse en su respiración. Sin embargo, cada vez que inspira siente que lo invita a él a entrar y que ahí se le queda adherido, dificultando aún más su cometido. Vuelve a los círculos e intensifica sus movimientos.

Cuanto le parece que lleva ya un buen rato alternando círculos y movimientos de rodillo con los dedos juntos se permite entrar un poco más. La respuesta inmediata que siente en la parte baja del cráneo la reconforta y relaja por lo que tiene de progreso. Se embiste a sí misma con los dedos prietos intentado no dar demasiada fuerza a sus desplazamientos, ya que no quiere tener que recomenzar por correr demasiado deprisa. “Cuando te desconectes de la sensación detente unos segundos y vuelve a empezar”, alguien le dijo alguna vez, y ese consejo fue tanto una bendición como una maldición. Porque desde entonces ya no puede darse por vencida. No sería la primera vez que llega a un punto no muerto pero sí agónico, alcanzando el ansiado final únicamente por su porfía y su capacidad robarle horas al sueño de ser necesario sin parecer una autómata de ojeras imposibles al día siguiente.

Por ahí está. Sabe que le empieza a pasar por el lado, así que empieza a caminar de puntillas, para no asustarlo. Don orgasmo, listo para ser encontrado… o desvanecerse. Lo siente como se siente una sombra, como si tela delgada pero efectiva separara lo que tiene que ser tocado de lo que está tocando. Y entonces ahí está Víctor de nuevo, dentro de ella, y a su lado está Yoda y al otro su profesor de matemáticas. “¿Qué coño hace el profesor de matemáticas aquí”?

Se toma unos segundos de pausa, pero en lugar de limpiarse se tiñe de la presencia de él, agazapado al otro lado de sus párpados. Se pregunta si es su respiración lo que escucha, más espesa y acelerada. Un calor uniforme la baña desde el pelo hasta los pies al imaginárselo agitado por su estampa onanista, intercambiándose de alguna manera el placer que cada uno está experimentando. Una gota tibia se desliza por su frente. Cuando vuelve a meterse los dedos es él quien la penetra, y en su trayecto hacia ella no hay planos o trazos, sólo ondas concéntricas que se deshacen y vuelven a rearmarse con su propia materia. Se le escapa un gemido involuntario, que él le devuelve más gutural y lejano. Y entonces, como si fuera un llamado dirigido sólo a ella, abandona sus correrías y mira hacia atrás, para encontrarse en medio de una pradera que florece simplemente, dejándola suspendida en cada pequeño estallido de cada flor para volver a reclamarla la tierra. Y así está un rato, elevándose y bajando, elevándose y bajando, en un vaivén que sólo interrumpe para quitarse de un manotazo el pelo húmedo de la cara.

– ¿Quieres una goma para el pelo?

– ¡Joder, no me interrumpas!- ruge más que contestar.

– Lo siento nena, ¿te está costando trabajo?

Esta vez abre bien los ojos. Se lo encuentra reclinado muy cerca de ella, todo victoria y sonrisa flotando frente a su mirada, como un enorme y satisfecho gato de Chesire.

Antes de que empiece mañana (II)

Él abre la puerta del piso y ella entra. Le indica con un gesto que deje el bolso sobre el sofá, un enorme sofá de un blanco virginal que preside el salón. Nada más inclinarse y descolgárselo del hombro él le comunica una nueva orden, la primera dentro de los confines de su guarida. Su voz tiene una extraña cualidad de retornada, como si en lugar de ir directo de su boca al oído de ella hubiera sido traducida a algún idioma inexistente para luego ser vuelta a entregar en su lengua original, de alguna manera pervertida por el proceso. Lo sabe entonces, aunque es más un leve arañazo de saber que una certeza: No hay posibilidad de nada directo entre ellos, la figura del traductor siempre estará al centro. De ahí en adelante cualquier cosa que pueda escuchar, o incluso decir, no sólo será una verdad del porte de una roca, sino también una réplica imposible en sí misma. Se siente mareada.

“Desnúdate de la cintura para abajo”. Afortunadamente él no parece estar interesado en seguir los cánones del juego que ella cree que están jugando, porque espera pacientemente a que salga de sus cavilaciones, sin amenazarla o insultarla.

Ella se gira sintiendo que con ese sólo movimiento ya le está regalando algo. Intenta convencerse de que lo más difícil ha pasado, de que estar ahí ya vale, pero una emoción parecida al aturdimiento, densa como la gelatina, ralentiza su voluntad.

Su falda, ajustada al cuerpo y hasta la rodilla, no lleva cremallera, por lo que le resulta fácil quitársela pese a todo. Gracias a la elasticidad de la tela la prenda abandona sus caderas con mansedumbre cuando ella introduce sus manos en los costados y empuja hacia fuera. Después se queda sin saber qué hacer, detenida en la sensación de que todo funciona al revés. “¿De la cintura para abajo? ¿A quién se le ocurre?”

silueta desnudándoseNo es que no se sienta dispuesta a cambiar la mirada, porque lo está. La sola imagen de su desnudez asimétrica-tan primaria, tan física y cercana a la tierra, mientras que la parte pensante de su cuerpo permanece ajena a todo, despojada de su verdad- es una evidencia casi palpable de ello. Sin embargo, son precisamente esas sombras parciales que la cubren las que la jalan hacia atrás: Por primera vez se siente sin guión, sin mapa. Y rodeada de un enorme y dilatado territorio.

Las medias, las bragas. Se da órdenes a sí misma e intenta imaginar que está sola, que se desviste antes de ir a la cama. Pero no es lo mismo. No quiere inclinarse demasiado hacia delante y que los pechos le cuelguen como las tetillas de una vaca, pero tampoco le resulta posible quitarse las medias con el cuerpo estirado, así que opta por girarse hacia la pared y regalarle un vistazo posterior de su anatomía. “Éste se derrite, seguro”, se felicita.

– ¿Te dije que podías darte la vuelta?

La pregunta la pilla con las medias a medio camino. Vuelve a girarse y con el movimiento caen hasta sus pies. Ahí se quedan, probablemente las únicas que le rendirán pleitesía aquella noche, alcanza a pensar.

– No. Sabes que no lo dijiste. Pero no imaginé que el tema éste de la autoridad iba a ser tan… extremo.

– ¿Extremo? Se va usted a hartar, señorita. Digamos que estoy pensando en algo así como una terapia de choque. Así que por favor no me hagas reír con tus palabras grandilocuentes.

– No, en serio, es que no termino de comprenderlo. ¿Tengo que pedir permiso hasta para moverme cuando estemos aquí? ¿Quieres es ser mi amo? ¿Es eso?

Él se toma unos instantes antes de responder.

– Lo del permiso lo iremos descubriendo juntos, según lo que surja. Yo también estoy dando un salto aquí, no eres la única. Ahora, a modo de guía te aconsejo que preguntes menos y escuches más. Así que cierra la boca y quítate las bragas de una puta vez.

Escucharle soltar un taco por primera vez en su vida no sólo la activa, también la sacude como si una mano gigante hubiera abofeteado todo su cuerpo en un único movimiento, desencadenando una serie de sensaciones de distintos pesos y tamaños. Si su coño emitiera sonidos estaría rugiendo, hipando, suplicando y cantando, todo por el embrujo de una palabra. “Puta”.

“Disciplina”.

No recuerda cómo se quita las bragas, es como si hubiera dado un salto extracorpóreo para pasar por encima de ese momento. Ya no importa, ha perdido consistencia. De pronto todo gravita en torno a él, que ha comenzado a alejarse. Y entonces ya no siente alivio al perder su presencia, sino el principio de una desolación anticipada. Entiende, como si no pudiera parar de absorber revelaciones, que ese es el precio que habrá de pagar. Y aún no sabe qué le tocará recibir a cambio.

Él lcopas vino filtroe ofrece una copa de vino blanco y se sirve otra. A ella no le gusta el vino pero igual se lo bebe, porque no quiere tensar más la cuerda. “¿Desde cuándo tan dócil”?, se pregunta, pero sabe que en realidad sólo tiene la cáscara de una pregunta. Desde nunca, y es precisamente por eso que se está dejando atrapar por una fascinación que al mismo tiempo la nubla y la atraviesa con una claridad casi imposible. Todo es artificio, pero desprovisto de adornos…

Mientras beben él se pasea en círculos y comienza a hablar.

– Yo no soy el amo de nadie. Eso es demasiado trabajo y los confines de ese juego son demasiado visibles como para que me resulte del todo interesante. Lo único claro es que aquí no hay nada claro, y que no lo habrá hasta que yo lo decida. Sin embargo, si te pone la idea puedes decirme señor. Sé que te va el tema de los roles.

– Señor…

– ¿Sí?

– ¿Tengo que pedir permiso para hablar?

– No es necesario. Lo que no puedes hacer, bajo ningún concepto, es cuestionarme. Quiero todo, absolutamente todo tu respeto y tu confianza.

Ella calla. No sabe si él espera algún tipo de respuesta así que prefiere irse a la segura y refugiarse, al menos temporalmente, en la esquina del observador. Observar y obedecer. No puede ser tan difícil. Él se sirve otra copa de vino sin quitarle los ojos de encima. Pasan un par de minutos. De pronto se siente como un elástico viejo que ya no resiste otro estirón. Para huir de sí misma intenta imaginarlo desnudo, y se pregunta si tendrá que esperar mucho más para que su deseo se haga realidad. Por unos instantes le parece que se equivocó de historia, que se encuentra frente al anverso del que debiera ser su abismo. ¿Cómo poder alcanzar la cima si no es a través de su propia voluntad? ¿Y qué hace ahora con sus impulsos, con su deseo de arrancarle la ropa a tirones?

– ¿En qué estás pensando?

– No puedo responder sin faltarle el respeto, señor.

– Oh, pero yo quiero que me respondas. Cuando digo que no me cuestiones no significa que no esté abierto a recibir sugerencias. No puedo imaginar nada más interesante que ver cómo participas tú misma en este proceso.

– Me estaba preguntando si acaso me dejará hacerle algunas de las cosas que me va a hacer usted a mí cuando estemos en otro sitio, en mi casa por ejemplo.

– ¿Cómo qué? -Por primera vez su voz suena cauta.

– No sé, tenerlo a mi merced. Atarlo. Explorarlo…

Él deja su copa sobre una mesa cercana. Si bien no expresa ninguna sorpresa por la frase de ella, tampoco reacciona con liviandad. Con los ojos entrecerrados, parece sopesar un asunto fundamental. Ella puede sentir cómo dialoga con sus dudas.

– Bien. Entiendo. Sin embargo, antes de que lleguemos a ese punto, quiero escuchar esa pregunta de la misma manera como sonó en tu cabeza, y quiero que me lo digas ahora. Por si no ha quedado claro, lo que te pido es tu pensamiento exacto. Palabra por palabra.

– Señor…

– Eres una de las personas más inteligentes que conozco, así que estoy seguro de que sabrás comprender perfectamente lo que voy a decirte. Será la primera y la última vez que lo haga, porque contigo no hace falta más.

Ella guarda silencio. Lo mira fijamente. Él se bebe su mirada como si fuera alcohol puro y continúa.

– Absolutamente todo, todo lo que hagas o digas, no sólo está permitido sino que es necesario, por no decir indispensable, cuando mane de mí. Recuérdalo, es lo que te mantendrá protegida.

– ¿Protegida de qué, señor?

Él titubea. Se pasa la lengua por los labios, como si al humedecerlos se suavizaran sus palabras.

– De cualquier desviación en la que pudiera caer este juego. Ahora mismo, por ejemplo, estoy a punto de perder la paciencia, así que dime: ¿cuál fue exactamente el pensamiento que cruzó por tu cabeza hace un par de minutos? Y no te atrevas a censurarte.

Si ella pudiera contar todo lo que le ocurre en esos escasos tres o cuatro segundos que tarda en contestar, diría que  le dio tiempo a hacer un viaje larguísimo traspasando los confines de su cuerpo y de su propia vida, para iniciarse en la fuerza salvaje  de algún antepasado prehistórico, perdido en un atrás desconocido. Sólo con esa fuerza podría, en el preciso instante del ahora, comprimir no el atrás, sino que los años futuros de dudas, miradas perdidas en algún cristal mugriento y pasos lentos sobre algún borde yermo, para echárselo todo sobre los hombros, como si de un saco pesadísimo se tratara, en un solo movimiento preciso y brusco. Pero no puede. Debe contestar antes de que el tiempo siga avanzando, inconmovible. Antes de que se desvíe.

– Palabra por palabra, Cecilia.

Ella no baja la mirada para contestar.

– Dios mío, cómo me pone ese culo enorme. Apostaría a que nunca ha tomado el sol, que lo debe tener más blanco que la teta de una monja, pero me pone igual, así todo blandito y jugoso. ¿Cuándo coño piensa bajarse los pantalones? ¿Me dejará alguna vez azotarle ese culo hasta hacerlo suplicar que pare?

Él levanta una ceja con un movimiento estudiado y elegante, que podría ganar un concurso de perfección erótica. Pero ambos saben que sólo se echa la cortina cuando se intenta tapar algo. La lucidez de ella y la lucidez de él parecen coger forma e integrarse ante sus ojos, y ella siente cómo esa sustancia nacida del fornicio de sus mentes desprende un aroma dulzón que inunda la habitación. Casi duele. Y es casi hermoso. Él le pone una mano sobre el hombro izquierdo, aún cubierto por la tela de la blusa.

– Me lo voy a pensar. Prometo tenerte una respuesta para mañana.

Antes de que empiece mañana

Él la recoge a las 10 en punto. Todas las veces ha llegado a las 10 en punto, así ha sido, invariablemente, desde que se encontraron en el funeral de la madre de Paco. ¿Cuántas veces habrán quedado ya, 12, tal vez 15? Ella perdió la cuenta. Pero siempre es igual. Toca el timbre, espera abajo, cuando la ve aparecer por el portal saluda con una inclinación de cabeza, le abre la puerta del coche, le da una mirada fugaz al reloj que lleva en la muñeca, cierra la puerta y entra él.

Ella lo mira y no puede evitar recodar el día del funeral, hace poco más de seis meses. Sabía que él iría, pero habían pasado muchos años desde aquella noche de borrachera que estropeó la mejor amistad de su vida, así que pensó que no le importaría volver a verlo. En realidad nunca le gustó de forma romántica. Aunque de alguna manera siempre lo amó, para tener una relación prefería a los hombres más delgados… y más manejables. Y él, de hecho, estaba incluso más corpulento que en sus recuerdos. Pero extrañamente eso no le molestó aquel día, y hasta se atrevería a afirmar que sintió que tenía que ser así, que en el caso de Víctor no podía ser distinto, o que perdía algo si era distinto. Además, conservaba todo su pelo –y eso se podía decir de muy pocos de los asistentes-, una mata tupida y oscura que invitaba a hundir los dedos en ella, y los años lo habían dotado de una elegancia que, si bien ya se le adivinaba en su época universitaria, ahora estaba evidentemente respaldada por la seguridad que aporta una prolongada solidez económica.

– Te has ido.

– ¿Cómo?

Él carraspea. Por lo general no se muestra nervioso pero ahora se ve un poco intranquilo. O tal vez no es eso, pero un cierto atascamiento en sus gestos la pone en alerta. Sin embargo la sensación sólo dura un par de segundos.

– Que te has ido- repite él-. Llevas un buen rato mirando la guantera y pensando cosas muy serias a juzgar por tu expresión. Ya llegamos.

Ella se baja sin responder y cierra la puerta con más fuerza de la que le habría gustado. Dos horas de flamenco esta vez, una tortura sofisticada y cruel probablemente para nada. De nuevo para nada.

pareja bailando flamenco

– Me temo que mis panoramas están empezando a aburrirte –sugiere él a la salida, y espera unos segundos antes de agregar-: O eso o algo te molesta hoy. ¿Me equivoco?

La tentación le guiña un ojo, pero ella la desecha con un parpadeo. Decide volver a jugar la carta de la contención, ya que mientras más pasa el tiempo y más se desespera, más se da cuenta de que le importaría mucho estar equivocada respecto a los sentimientos de él.

– No me apetece volver a casa en seguida esta vez. ¿Me invitas a una copa?

– No sé, es tarde. ¿Otro día?

– ¿Tarde para qué? Mira, si es por el dinero yo invito- contesta en tono ligeramente desafiante, aprovechando su propia risa para apretar las correas del bozal que le ha puesto a su impaciencia.

Él sabe no puede eludir el asunto. No parece del todo cómodo con la idea pero ella decide pasarlo por alto.

– Sabes que no es por dinero. Venga, te invito a una copa- le dice dando una nueva mirada al reloj.

– Mira, ahí hay un garito en el que ponen unos mojitos de puta madre. No te vas a arrepentir.

Lo coge del brazo con un gesto espontáneo y él reacciona como si hubiera recibido una pequeña descarga, no del todo desagradable pero tampoco confortable. Ella se da cuenta entonces de que es la primera vez que lo toca, la primera en años al menos. Que ni siquiera en lo de Paco se besaron para saludarse. Lo suelta con suavidad como si el gesto naciera puro de cualquier tipo de deseo, limpio de pensamiento, y echa a andar. Él la sigue.

Una vez dentro del atestado local le permite tomarse cuatro mojitos y él hace lo mismo sin perder la compostura. Permitir, el verbo se le viene a la cabeza junto con una sensación vagamente inquietante. Porque aunque es ella quien llama al camarero y pide más, hay algo en la mirada de él que la hace sentir como una niña que está tanteando la paciencia de papá, echando con timidez pero descaro más y más caramelos en el carro de la compra mientras teme –y ansía a la vez- el momento en que le digan basta. Con amor, pero ya sin paciencia.

MojitosCuando terminan la cuarta copa él, sin consultarle, pide la cuenta con un gesto adusto, parecido a un chasquido de dedos sin sonido. Ella no recordaba esos ademanes. No le gustan, pero igual le gustan. Le da una mirada prolongada y él en ese momento decide no esperar la cuenta y deja un generoso puñado de billetes sobre la mesa poniéndose de pie. Al hacerlo pierde levemente el equilibrio, y ella se le arroja encima con el sigilo presto de un cazador.

– Ni de coña voy a dejar que cojas el coche, no estás en condiciones. Además, no estamos tan lejos, y hace una noche estupenda. Vamos a caminar.

No le dice “si te opones lo estropeas”, pero el mensaje es tan palpable en sus ojos que él se deja guiar hasta la salida. Una vez fuera  el aire de la noche parece devolverle su fuerza, como si su hombría volviera a recuperar una cierta verticalidad fugazmente perdida.

– Esta vez se van a invertir los papeles- dice ella tras unos minutos de caminar en silencio, casi en un susurro.

– ¿A qué te refieres?

– Bueno, tu casa está camino a la mía, así que hoy yo te voy a dejar en la puerta.

– Ni loco. Te dejo en tu casa, como corresponde.

– ¿Siempre haces lo que corresponde? No te recordaba tan apegado a la… ‘correspondeidad’.

– ¿Correspondeidad? Veo que no has perdido el hábito de inventar palabras con todo el morro.

– ¿Es eso lo que temes? ¿Qué se vuelva a ir al carajo nuestra amistad?

Él suelta una carcajada breve, afilada casi.

– Cecilia, no te engañes. Nosotros ni somos amigos ni somos los de antes. ¿Crees que una amistad se forja en unos cuantos encuentros, hablando de política y de recuerdos del pasado? Somos un hombre y una mujer a punto de tomar una decisión, eso es todo.

– No entiendo por qué me hablas así.

– Porque después no quiero reclamos. Nunca te ha faltado capacidad para entender, la claridad siempre ha sido tu bendición, y también tu maldición. Otra cosa es que elijas no ver las cosas.

– ¿Y qué estoy eligiendo no ver?

– Que todo tiene consecuencias. Y que es probable que me conozcas menos de lo que crees.

Algo en la dureza de sus palabras le resulta vigorizante, como si al hablarle con esa severidad le fuera exfoliando ideas muertas que se le habían ido quedando adheridas a la piel sin que se diera cuenta. Sin embargo le incomoda al mismo tiempo la sensación de irse quedando en carne viva frente a una estatua ataviada de plumas de vivos colores. En algo tiene razón al final: Ella empieza a entender que no lo conoce. Y es en ese vértigo donde comienza a alimentarse una resolución, tan sólida que no importa hacia donde deba dirigirse, sólo importa la incorruptible materia que la conforma. Cuantas veces se ha perdido antes por un impulso, alcanza a pensar, y sin embargo es siempre como volver a nacer.

Antes de meter la llave en el portal él vuelve a preguntarle si está segura. Ella le devuelve una sonrisa inequívoca, pero lejos de darse por satisfecho con esa respuesta él le ofrece a su vez una mirada impaciente, algo irritada. Ella retrocede medio paso, confundida. Él se acerca con la suavidad de un felino bien alimentado y le roza la palma de la mano.

– Sólo quiero recordarte que tú has propuesto esto. Lo has propuesto y lo has conducido. Y eso está muy bien, y me gusta, pero necesito que te hagas responsable de ello. De que estás aquí porque quieres, no porque fuiste seducida con malas artes o atraída con promesas imposibles.

– ¿A dónde quieres llegar?

– Eres una mujer fascinante, pero no puedes controlarlo todo. No todo puede ser a tu ritmo, de la forma que quieras y cuando tú quieras o necesites. Yo te tomo muy, muy en serio. Y por eso no te voy a insultar haciéndote perder más el tiempo. En vez de eso te voy a decir lo que necesito de ti, lo único que necesito porque en lo que respecta a lo demás, para mí lo tienes todo.

– ¿Entonces? ¿Qué es eso que necesitas?

– Ya lo he dicho. Que sueltes el control.

– Ya, pero eso qué significa en términos concretos. Y ya que estamos, ¿qué pasa con lo que yo necesito?

– Si yo soy lo que necesitas o no, tendrás que encontrar tu propia manera de descubrirlo. Por mi parte te estaré muy agradecido si me informas al respecto cuando lo averigües. Y respecto a tu primera pregunta, sólo me resta decirte que una vez que cruces el umbral de este edificio estarás en mi casa, en mi territorio, así que es mi juego el que vamos a jugar esta noche. O sea, y si lo quieres más claro, las reglas las pongo yo.

– ¿A qué reglas te refieres?

– A todas. A absolutamente todas ellas- suelta encogiéndose los hombros, como si estuviera diciendo lo más natural del mundo.

Una vez que el abre la puerta ella mete un pie dentro, pero deja el otro fuera. Con los puños simula la forma de una trompeta y tararea una melodía inventada, al tiempo que hace una reverencia. Al ver que él no se ríe hace un puchero y entra al edificio dando un saltito desprovisto de solemnidad. No alcanza a dar dos pasos cuando la voz de él le llega como un proyectil directo a la espalda.

– ¡Quieta!

Ella se queda estática, los brazos levemente extendidos, el gesto congelado en la cara. Tiene que hacer esfuerzos por no reírse cuando él se pone frente a ella, con cara de estar resolviendo un problema matemático. Él se acerca un poco más y le pasea los dedos a milímetros del cuerpo, desde las caderas hasta el hueco de las axilas, levitando con parsimonia por la curvada ruta de sus costados. Ella siente como el calor empieza a zumbarle impaciente en la parte baja del vientre, pero antes de que el aviso tenga tiempo de recorrerle todo el cuerpo él le aprieta los pezones con dos movimientos idénticos, y los hace girar con fuerza en el sentido de la agujas del reloj. A ella se le escapa un grito agudo, mientras la sorpresa se le derrama en la cara con la precisión tibia y licuada de un chorro de esperma. Aún así no se mueve. “Así que de eso se trata”, se dice. Intenta poner la mente en blanco concentrándose en su respiración, pero todo su cuerpo es una sola palpitación furiosa. Piensa que podría sumergirse en el charco que tiene entre las piernas, mientras a lo lejos comienza a maullar un gato. Probablemente se trate de un gato bebé, piensa, y siente un deseo casi insoportable de ser abrazada.

-De cualquier manera -dice él de pronto, como si retomara alguna conversación interrumpida- lo mío es más la dominación que el dolor, esto sólo ha sido una pequeña tentación fuera de contexto. Verás, ocurre lo siguiente: lograr dominar, aunque sólo sea a niveles superficiales y durante unos instantes, un espíritu como el tuyo me parece una verdadera obra de arte. Eso es lo que me interesa, contenerte. No andarte dando azotes.

Ella no esconde su decepción, más bien la exagera con una mueca infantil, a lo que él responde rápidamente:

– Bueno, eso no significa que no pueda darte un gusto de vez en cuando. Aunque en tu caso, creo que mejor dejamos eso para los premios.

dedo en ascensorComo si recordara de pronto donde están, él se dirige al fondo de la estancia y pulsa el botón para llamar al ascensor. Después le hace un gesto para que lo siga. Ella lo hace preguntándose si el siguiente plato en el menú será el típico polvazo dentro de la caja metálica, tórrido, manido, pero aún así con un puntillo indispensable. “¿Tendrán todos los ascensores un botón para detenerlos cada vez que a uno le apetezca”, se pregunta. “Lástima, eso sí, que llevo mis medias caras”, agrega para sí, esbozando una media sonrisa. Espera a que él entre primero y se pone a su lado. Se cierran las puertas y el aparato se pone perezosamente en movimiento.

– Cuando vayamos en el ascensor quiero que te pongas delante, sin mirarme. Exactamente delante de mí. Quieta y sin hablar. Sin importar lo que pase.

Ella no responde. Se cambia de posición sintiendo que se le tensan hasta las pestañas. Aguarda un gesto de él, un sonido, pero no hay nada.

Cuando están por llegar a la planta octava él hace un movimiento que ella no ve ni espera y el ascensor se detiene. “Así que tenía el botoncito de marras”, ríe para sus adentros, pero esa risa que se traga como un hipo sólo consigue ponerla más nerviosa. Decir que tiene un nudo en el estómago es quedarse cortos; tiene un puño, y le está empezando a explorar las entrañas con sus nudillos impúdicos. “¿Y él, qué hace?- se pregunta- ¿Me está mirando? ¿Se está tocando sin hacer ruido? ¿Por qué no se mueve?”.

Empieza a contar los segundos, pero en cada segundo que cuenta hay una pulsación que la reclama, un sentimiento de ascendencia escalonada que le empieza a resultar difícil de dominar. No tiene ni la más mínima idea de qué puede pasar en el momento siguiente y la sensación la llena de vértigo. De pronto le parece sentir la mirada de él sobre la parte posterior de su cuerpo como si la tocara realmente con los ojos, con toda la densidad de su invisibilidad al acecho. ¿Está él igual de expectante? ¿O sólo el reverso que ella recibe atravesándole por detrás hasta casi desgarrarle el vientre? Siguen pasando los segundos, muchos ya, y siente que está a punto de caer, que le empiezan a temblar las piernas.

Se le agita la respiración y cree vislumbrar el límite de lo que puede aguantar. ¿Cómo es posible? ¡Si no ha hecho nada! De pronto desea con todas sus fuerzas desabrocharse la blusa, descolocarlo, hacerlo reaccionar de alguna manera, y al mismo tiempo librarse ella de esa sensación de ahogo que se le va acercando a la garganta. Aún sin moverse de su sitio, emite un gemido tímido, inclinando levemente el cuerpo, como si le hubieran dado un golpe suave en el estómago. Lo siente acercarse, pero no llega a rozarla. Su voz la saca del remolino que había empezado a reclamarla.

– Respira. Lentamente.

Al oírlo recobra parte de su serenidad. Como no quiere regalarle el espectáculo de su agitación, decide concentrarse en sus propias divagaciones. “Así que se le pone dura pensando en dominarme. Le parece una obra de arte, dijo, o algo así. Aunque sólo sea… ¿durante unos instantes? ¿Y los otros instantes qué?”. Por momentos piensa que esa frase es una tabla de salvación, pero en seguida se da cuenta de que en ella no caben los dos. O mejor dicho, lo que tiene es una promesa de salvación que sólo se ofrece bajo la forma de dos tablas separadas.

Nuevamente siente que él hace algo detrás de ella, y el ascensor reanuda su movimiento. Casi de inmediato se detiene y se abren sus puertas. La imagen que se ofrece a sus ojos la hace sentir como un trozo de carnada a punto de ser engullida por dos enormes piernas metálicas que apenas pueden disimular su hambre, y echa el cuerpo hacia atrás en lugar de salir al pasillo.

– ¿Ocurre algo? – Junto con la pregunta él le da un suave empujón. A ella le desagrada el gesto.

– Sí, la verdad que sí, aunque no sé si es el momento…

– Dímelo.

– Quisiera saber si esto también será así cuando estemos en la calle, o en mi casa, o donde sea. Si pretendes que me saque las tetas delante de desconocidos para probar mi obediencia o chorradas de esas, y,  en caso de que esta relación vaya algún día hacia alguna parte, si podré comportarme de forma normal cuando vayamos juntos de visita a ver a mi tía Eduvigis, por ejemplo.

– No sabía que tuvieras una tía Eduvigis- Él apenas puede contener la carcajada. A ella, por su parte, no se le escapa la falta de reacción de él ante el uso de la palabra “relación”.

– Ya sabes a qué me refiero, tonto. Es una forma de decir. Lo que quiero saber es si podré seguir siendo yo misma. Actuar libremente, tomar iniciativas. ¿Podré comerte la polla simplemente porque me apetece o tendré que esperar a que me des permiso? No sé, eso de regalar toda tu voluntad de un plumazo y para siempre… ni me convence ni me parece tan valioso. Creo que tiene más peso esa voluntad q nace del querer interno y se regala una y otra vez, que se renueva en cada entrega, y no una voluntad de cartón que vale para todo, nacida al calor de un pacto cutre.

– ¿Voluntad de cartón nacida al calor de un pacto cutre? Dios mío, ¿pero tú escuchas las cosas que dices? ¿De cuál estás fumando?

– Sólo a veces

– ¿Sólo a veces qué? ¿Sólo a veces te escuchas? ¿O sólo a veces fumas de la buena?

Ella no responde y él deja que la sonrisa se le deshaga lentamente en los labios, aunque a ella le parece que conserva una parte entre los dientes. Se acerca entonces y la arrincona contra la puerta de entrada plantándole delante la incuestionable evidencia de su cuerpo despierto. Con la mano derecha le coge el mentón, con un movimiento no exento de fuerza, y le acerca la boca al oído, aunque no baja el tono de voz al hablar.

– Nada deseo más que tú sigas siendo tú y estar ahí para verlo. No quiero coartarte sino todo lo contrario. Quiero ser testigo de cómo te… expandes. Me gusta tu mala leche, tu tozudez, tu gusto por los juegos y los desafíos. Pero aquí, y escúchame bien, aquí en mi casa se hace lo que yo digo. Aquí eres para mí.

– ¿Y afuera?

– Afuera me tienes a tus pies, como siempre ha sido-.  Y antes de abrir la puerta añade, como si quisiera aligerar su última frase-: Confío, además, en que fuera de estas cuatro paredes esas cualidades que te definen sigan estallando en toda su belleza, más que nunca incluso. Como una sinfonía interpretada sólo para mí. Porque seré el único capaz de saber todo lo que esa expresión de tu libertad significa.

– Víctor…

– ¿Sí?

– ¿Sigues enamorado de mí?

(Atribución de crédito para la primera imagen: Jack.Q / Shutterstock.com)

El amor en los tiempos del látex (y VII): Epílogo

fotografía antigua pareja– ¿Lo trajiste todo?
– Sí, todo.
– Bien. Déjalo encima de la cama.

Cristina suelta la mochila con cuidado sobre el elegante edredón de un blanco inmaculado y se dirige hacia la ventana. Da una mirada larga y esboza una media sonrisa, como si los paisajes que yacen al otro lado del grueso cristal escondieran en sus rincones las vidas que no vivió. Jan le pasa una mano por la cintura y con la otra le ofrece una copa de vino.

– Te estaba esperando. Has tardado.
– Ya. Hace tiempo que no veía a mi primo. Tenía ganas de conversar hoy. Además nos ha hecho un descuento bastante generoso.
– Bueno, tú también fuiste muy generosa con él cuando estuvo en Suecia.
– Me emocionó su visita. Después de todo, es la única familia que tengo.
– ¿Y yo?
– Tú eres… mi hogar – le contesta Cristina arrugando la nariz. No le gusta ponerse cursi, pero la palabra se le desliza entre los labios como si fuera aire. Él la abraza desde atrás.
– ¿Estás bien?
– Sí. La verdad es que todavía se me hace un poco raro que hayas elegido el pueblo para este viaje, y para qué hablar del hotel… Pero bueno, también es cierto que a estas alturas ya debería estar acostumbrada a tus rarezas.
– Pensé que nos podría venir bien. Últimamente…
– ¿Últimamente qué?

El silencio vuelve a instalarse entre ambos como un invitado no deseado. Cristina intenta un par de frases que terminan muriendo dentro de ella, dando zarpazos inofensivos. Separa con cuidado su cuerpo del de Jan y deja su copa sobre una de las mesitas de noche. Sin dejar de mirarlo se desabrocha los botones delanteros del vestido, que cae al suelo como un fruto maduro. Se quita el sujetador y se acerca a él, esta vez de frente.

– Aún te deseo.
– Y yo a ti. Y te amo. No he dejado de hacerlo desde que nos fuimos juntos. Pero a veces pienso…
– ¿Qué?
– No sé Cris. ¿Nunca te has preguntado lo que habría pasado de habernos quedado?
– Probablemente no tendríamos esa enorme fotografía que tenemos sobre la chimenea. Probablemente no tendríamos chimenea. ¿Pero serían nuestras fotos y recuerdos mejores? ¿Tenemos cómo saberlo? ¿Tiene algún sentido preguntarse eso?
– No. Supongo que no.

Como si en sus palabras encontrara una razón para continuar, ella se baja las bragas de un solo movimiento. Al incorporarse, Jan no parece el mismo. Tiene algo distinto en la mirada, tal vez el eco de un ansia que Cristina creía perdida. Sin dejar de mirarla, él se quita la camiseta y los pantalones y se acerca. Le roza los pechos con la punta de los dedos. Ella cierra los ojos y se entrega a las sensaciones circulares que, desde sus pezones, se van expandiendo por todo su cuerpo. Los roces se vuelven más intensos, Jan aprieta y exprime. Ella inclina la cabeza hacia atrás y suelta un suspiro prolongado. Todo comienza a oscurecerse, el silencio la lame en suaves oleadas. “Ojalá pudiera ser así para siempre”, piensa. “Ojalá esto fuera todo”.

Con tirones suaves la lleva hasta la cama. Ahí la tumba de un empujón, y jadeando sobre ella la penetra sin más preámbulo. Como si la burbuja insonorizada que la envolvía se rompiese de un pinchazo, Cristina cae de golpe en la marea ruidosa de sus embestidas. Sorprendida, le clava las uñas en la espalda. Él suelta un gruñido y baja el ritmo para besarla. Tiene la saliva espesa y caliente. Ella se endurece por dentro al sentirlo bajar por su garganta, y se le tensan los músculos del vientre. Los movimientos se intensifican nuevamente. Jan se retuerce y aprieta los dientes, la mirada de Cristina se clava en las venas de su cuello. Él brama una palabra incomprensible y levanta la pelvis en un movimiento brusco, cogiéndose la polla con una mano. Fuera de ella se derrama en chorros copiosos sobre su vientre, emitiendo quejidos entrecortados.

mujer - vientreCristina se queda tumbada. Con el dedo índice de la mano derecha dibuja trazos sobre su piel, para terminar con movimientos circulares alrededor de su ombligo.

– Antes no he sido del todo sincera contigo-, dice ella de pronto, chupándose el dedo con aire distraído.
– ¿En qué sentido?
– Al salir de la tienda de mi primo me encontré con Marta. Ha vuelto a vivir al pueblo.
– ¿La invitaste al hotel?- pregunta Jan con voz espesa.

Cristina, alcanzando a rasguñar todo lo que se esconde debajo del envoltorio de esa pregunta, deja pasar unos instantes antes de responder.
– No, no va a venir. Lo ha dejado con Joaquín, hace años, y ya no se hablan. Me pidió que te enviara sus saludos.
– ¿Cómo está?
– Cambiada. Ahora está casada con un viejo muy serio y aburrido que hace negocios con su padre, y tienen dos hijos feísimos. ¿Pero sabes qué? La vi feliz. Como si algo se hubiera aliviado dentro de ella.
– La vida puede ser incomprensible a veces- zanja él, filosófico.

Ella se gira para coger un cigarrillo del bolso. Después de encenderlo le da una calada larga. Expulsa el aire sin prisa.

– Jan, ahora mismo no sé si quiero el divorcio o que abramos esa mochila y tengamos el aniversario que habíamos planeado.
– Siempre habrá tiempo para divorciarse amor, mañana será otro día. Así que como puedes ver, voto por la mochila. Y ya que estamos en el punto en el que dimos inicio a nuestra relación, propongo el stap-on para comenzar. Aunque si quieres el primer turno siempre podemos empezar la fiesta con tu amigo el látigo. Prometo que te va a acariciar como nunca lo ha hecho. ¿Qué me dices?
– Estaba por elegir la opción del divorcio, pero si lo pones así… no suena tan mal después de todo.

El amor en los tiempos del látex (VI)

– Después de tu partida dejamos de tener sexo con Joaquín –comenzó Marta encendiendo un cigarrillo. Es curioso, porque estábamos más unidos que nunca. El dolor nos volvió uno. Dormíamos desnudos, con los cuerpos pegados, abrazando el mismo vacío. Ni siquiera nos dejaste una nota, Cris.
– Os vi.
– ¿Cómo?
– Que os vi, saliendo de esa clínica, y por favor no me digas que no sabes de qué hablo. Navidad de 2009. Supuestamente estabais en el pueblo, visitando a tu padre, pero no. Durante meses intenté convencerme de que había sido un error, o al menos algo que podía pasar por alto. Pero me fue comiendo por dentro.
– No era una decisión que te correspondiera tomar. Era mi cuerpo.
– Joaquín también estaba allí.
– Era su esperma…
– ¡Oh, por Dios!
– Cris, yo sé que visto así suena horrible, pero nadie hizo nada con la intención de herirte. No habríamos podido soportar que te opusieras. Nos habría destruido.
– ¿No lo entiendes? No puedo verlo de ninguna otra manera. Vosotros me marcasteis la posición. Desde esa primera conversación que tuvisteis sin mí, en la que os nació el temor de que yo podría querer algo distinto. Ese fue el germen.

Marta no contestó. Sentada en el borde de la cama, su expresión era un anticipo de la derrota. “Tiene los pies tristes, nunca lo había notado”, pensó Cristina, fijando la mirada en la moqueta durante algunos segundos. Cuando volvió a hablar lo hizo tan bajo que a Marta le costó entenderla.

– Yo también tenía derecho. También era mío.
– ¿Lo habrías querido?
– ¿Sabes qué? Hasta el día de hoy no lo sé. No pude llegar al punto de saberlo. Me apartasteis para después volver a colocarme en el cuadro, como si no fuera a notar que algo se había roto y que lo habíais pegado con cola. Y era yo. Yo era el trozo que se había roto. Las cosas no funcionan así.
– Cris…
– No he terminado –cortó con sequedad-. Hasta estar con vosotros siempre había sentido que un sexo espectacular era sinónimo de una relación sana. Que no podía ser de otra manera. Pero también me quitasteis eso. Porque con vosotros tuve un sexo de puta madre, el mejor de mi vida, todo comunicación… ¿pero y fuera de la cama? Ni siquiera sabíamos eso los unos de los otros, qué futuro queríamos. Y fueron más de cinco años viviendo juntos.
– Hablas de “vosotros” como si fuéramos una unidad indivisible, pero ¿qué hay de ti? Apenas pusiste un pie en el hotel te follaste a Joaquín en el baño, y sin embargo a mí me sacas en cara cosas que pasaron hace años, en las que él también participó.
– No tenía intención de terminar hablando de estos temas. De hecho, no tenía intención de terminar hablando de nada esta noche- contestó Cristina con tono neutro, sin tener claro si interpretar ella misma su última frase como una invitación o como un cierre.

Marta se puso lentamente de pie y se dirigió a la salida. Al volver traía a Joaquín de la mano.

– Jan se fue a dormir, el muy canalla. Qué, ¿seguimos con la fiesta? -, preguntó él nada más entrar.
– Cristina nos vio salir de la clínica. Lo sabe. Ya lo sabía.
La sonrisa de Joaquín se esfumó. Cristina fue testigo de su salto, que si bien duró unos instantes lo llevó muy lejos. ¡Había tanto que escarbar y Joaquín era tan débil, tan conmovedoramente débil!
– Fue idea mía. Yo le pedí a Marta que no te dijera nada. Yo no lo quise tener.

Imagen silueta mujerNinguno de los tres se planteó entrar en festividades eróticas después de lo que habían hablado. Las palabras dichas se le sabían ido quedando pegadas al cuerpo como una lluvia fina pero persistente, y el silencio que al final lo coronó todo se esparció entre ellos como aire helado. Jan se había quedado dormido en unos de los sofás de la salita de estar y ahí lo dejaron. Sólo había una cama. Cuando se metieron en ella Cristina eligió el rincón, y se acurrucó dándoles la espalda. Marta se pegó suavemente a su cuerpo abrazándola por detrás. “Tienes que perdonarnos, Cris”, musitó Marta en su oreja. “Lo que teníamos no lo tenía nadie”.

Era cierto, al menos para Cristina. Aunque hubieran podido contar a gritos la verdadera naturaleza de su relación, seguiría habiendo algo que sólo ellos habían compartido, más allá de la complicidad que les daba ocultarse a casi todos. Entendió entonces su sentimiento de orfandad de los últimos años, entendió –y el descubrimiento fue como un desgarro en el estómago- que aunque siempre se había sentido apartada, nunca conocería la pertenencia más que por la sombra que le había dejado su relación con Marta y Joaquín. Cansada de todo, se entregó a su herida reabriéndose, y al hacerlo todo su cuerpo comenzó a relajarse.

Atenta a sus reacciones, Marta le pasó un brazo por el costado, poniéndole la mano sobre el vientre. Cristina tembló levemente al sentir su contacto e, inclinando la cabeza hacia su hombro izquierdo, le ofreció la curvatura de su cuello como si se tratase de una tregua. Marta aspiró suavemente el aroma del perdón y comenzó a pasarle las yemas de los dedos por el pelo.

– Nunca más te vamos a dejar fuera, de nada- susurró. Nunca más habrá secretos.
– ¿Tu padre…? – preguntó Cristina de pronto, soltando el pensamiento como un hipo.
– Ese sí que nos ha dejado fuera, del testamento y de todo- intervino Joaquín desde su orilla-. Pero no nos importa. Porque nos tenemos a nosotros, ¿no?
– Sí, nos tenemos a nosotros- contestó Cristina girándose hacia ambos. Entonces posó con suavidad sus labios en los de Marta, sintiendo que encontraba un rincón cálido y perdido de su infancia después de haber hecho un largo viaje a la intemperie.

corazones trioSe despertaron abrazados como en los viejos tiempos. Al salir de la habitación, se encontraron con Jan, vestido sólo con una toalla en la cintura, que los esperaba para desayunar. El hotel no había escatimado en manjares, y todos tenían un apetito voraz.

– ¿Habéis dormido bien?- preguntó Jan con una sonrisa cómplice en la cara.
– Fantásticamente- contestó Cristina sentándose-. ¿Alguien quiere un cruasán?

Comieron entre risas y bromas, con la luz de la mañana entrando por los enormes ventanales que Jan se había encargado de desnudar antes de que los demás se levantaran. Compartieron la comida de sus platos, se rozaron brazos y piernas, intercambiaron miradas significativas y gestos cómplices. Cuando había desaparecido hasta la última miga, Jan echó el cuerpo hacia atrás y con una gran sonrisa de satisfacción se dirigió a Cristina.

– ¿Entonces, te vienes con nosotros?

Como si hubiera pulsado un interruptor, se hizo el silencio. Cristina enfrentó su mirada a las de sus acompañantes y pudo notar como cada uno leía en sus ojos una cosa distinta. ¡Dios, quería ir con ellos, cómo lo quería!

– Dime una cosa Jan – preguntó con un deje de melancolía en la voz-. ¿Te gustaría tener hijos algún día?
– ¿Hijos?- respondió él confundido-. ¿Quieres tener hijos?
– No se trata de eso, quiero saber qué quieres tú. Y Marta, y Joaquín. No puedo hacerlo de otra manera.
– Cristina, lo hemos dejado todo por ti-, suplicó Joaquín.
– Ya lo sé. Todos hemos dejado cosas. Pero ahora es el momento de compartir las que tenemos. Así que te vuelvo a preguntar – replicó Cristina fijando la mirada en Jan- ¿Te gustaría tener hijos algún día?

El amor en los tiempos del látex (V)

Bath salt. Judy van der Velden. http://www.flickr.com/photos/judy-van-der-velden/8138047928/ (CC).– ¿Estás bien?

Sobresaltada, dio un pequeño respingo. No lo había sentido entrar. De espaldas a la puerta, estaba arrojando puñados de sales aromáticas en el enorme jacuzzi que presidía el cuarto de baño, totalmente atrapada en la descarnada -y a ratos absurda- batalla que sostenían sus pensamientos. Soltó el último de ellos, el que tenía más a mano.

– Son Marta y Joaquín, ¿sabes? Siempre habrá un punto impenetrable en ellos.
– No te equivoques Cristina, las personas cambian. Y Marta y Joaquín son personas, ¿no?

En lugar de contestar, abrió el frasco de aceite perfumado y vertió un chorro en el agua. Jan aprovechó la pausa para continuar hablando.

– Pero si hay algo que nunca cambió fue lo que sentían por ti. Nunca. Y yo… bueno, siempre me pareció que les faltaba algo, no estaban completos. Así que yo tampoco podía estarlo.
– ¿Fue tuya entonces la idea de ir a buscarme? –preguntó ella, incapaz de decidir si eso le gustaba o le producía tristeza.
– En parte. Joaquín fue el primero en hablar de ello, pero tenía miedo a tu rechazo. Yo creo que trataba de convencerse de que todo saldría mal para después no sentirse tan desilusionado. Marta en cambio se mostró más optimista. ¿Vas a rechazarnos Cristina?

Mientras hablaba él se había ido acercando hacia ella, hasta quedar pegado a su cuerpo. Ella no se movió. Jan le colocó las manos en las caderas con cautela y cogiendo la camiseta por los bordes comenzó a subirla, sin dejar de mirarla los ojos. Ella sostuvo su mirada y levantó los brazos.

Quitarle los pantalones le tomó un poco más de trabajo, ya que los vaqueros que llevaba eran bastante ajustados y sólo pudo bajarlos hasta la mitad del camino. Cristina intentó colaborar sacudiendo las piernas, pero terminó enredándose entre los brazos de Jan y los dos fueron a dar al suelo. Aprovechando la cercanía de sus bocas comenzaron a besarse con hambre, entre carcajadas y chillidos, haciendo tal escándalo que Joaquín asomó la cabeza.

– Vaya dos, ¿habéis empezado sin mí? Gringo cabrón, deja algo para los demás.
Be my guest –le contestó él poniéndose de pie sin hacerse problema. Yo estoy bien por ahora.
– Pero te quedas, ¿no?
– Claro. Si a Cristina no le importa.
– A Cristina no le importa- contestó la aludida entrando en el agua-. Pero antes me gustaría veros un rato. Para terminar de relajarme.

pareja_sexualidadMarta y Joaquín siempre habían sido -juntos- una fuerza de la naturaleza, un espectáculo que al primer contacto escupía colores incandescentes al frente a su mirada. Tal vez por eso nunca había terminado de sentirse partícipe, porque siempre le parecía que no estaba dentro del cuadro del todo, que de alguna manera profanaba un territorio cuya esencia reclamaba su dualidad. Algo se pervertía sutilmente con su presencia, que por muy activa que fuese -por ejemplo cuando le tocaba elegir o estar en control- no dejaba de ser la de una espectadora. Eso, al principio, no le ocurría estando con alguno de los dos por separado, pero con el tiempo el gran ojo observador del tercero ausente, ya fuera Marta o Joaquín, no dejó espacio para más, y lo que era una sensación vaga terminó transformándose en una incomodidad persistente. De ahí al miedo a ser despojada de todo sólo había existido un paso. Entre Joaquín y Jan, en cambio, existía una belleza más delicada y menos salvaje, que a Cristina le recordó a un mar en calma rozando la orilla con sus labios de sal. Algo en ellos invitaba a la inclusión. Cerró los ojos y se sumergió, llevándose a las perfumadas profundidades del jacuzzi la imagen de esos dos hombres tocando sus cuerpos desnudos y uniendo sus bocas para satisfacerla.

Seguía amando a Joaquín. Nada se había debilitado en ese sentimiento que se había negado de incontables maneras a desaparecer. Como gran triunfo, había conseguido despojarlo de visibilidad a lo largo de los años, pero no de sustancia, y supo entonces que siempre había estado allí, alimentándose de sus entresijos como una garrapata silenciosa. También supo que podría llegar a amar al gringo, porque más allá de sus enigmas y su laconismo había algo bondadoso en él.

Cuando se cansó de aguantar la respiración y resurgió de entre las aguas pudo ver a Jan paseando las puntas de sus dedos por la polla erecta de Joaquín. Cristina les hizo un gesto con las manos, invitándoles a acompañarla. Jan negó con la cabeza y se sentó en la taza del váter, echando el cuerpo hacia atrás. También él tenía una erección considerable, pero se limitó a acariciarse con parsimonia desde su improvisado punto de observación.

– De verdad que me apetece mirar.
– Mira entonces. Habrá tiempo para todo, no nos corre prisa- le contestó Joaquín uniéndose a Cristina.

Ella lo recibió con un beso húmedo, y la ausencia del gringo entre sus labios se coló por su garganta como un sabor más de los que le regalaba la boca de Joaquín, ligeramente amargo. Estuvieron así un rato, dejando que sus lenguas se buscaran entre jadeos y burbujas, hasta que ella se volteó para apagar el jacuzzi. El botón estaba sumergido, así que para alcanzarlo tuvo que acercar el pecho al agua y levantar el culo, dejando sus nalgas al descubierto. Joaquín soltó un silbido.

– Ya veo que estuvisteis jugando a los latigazos. Bonitas marcas las que te dejó Jan ahí. Pero bueno, no son profundas, así que no hay nada de qué preocuparse. En un par de días casi no las notarás.
– A Jan le va la marcha- contestó ella con una risita-. También tuvo lo suyo.
– Sí, ya me lo imagino.
– A mí también me va- continuó Cristina, girándose hacia Jan con una expresión de coquetería suplicante-. Y pocas veces se tiene una oportunidad como ésta. ¿Seguro que no te animas? Me encantaría sentir cómo me compartís.
– Créeme, ganas no me faltan, pero… es complicado de explicar. Digamos que creo que ésta no es la ocasión. Que os toca a vosotros. Además, no tenemos lubricante- resumió Jan con practicidad.
– Ya- concedió ella sin volver a mirarlo-. Como prefieras.

Dispuesta a dedicarle toda su atención a Joaquín, le indicó que se pusiera de pie al tiempo que ella se arrodillaba. Sacó la lengua y comenzó a lamerle la punta con movimientos pausados, hasta que sintió una humedad espesa y salada descender por su garganta, mezclada con un ligero gustillo a jabón y rosas. Como si con ello se le hubiera desactivado algún tipo de mecanismo que la sujetara, abrió la boca y se metió dentro todo lo que le cupo, teniendo cuidado de no rozar el grueso miembro con los dientes. Los movimientos se fueron acompasando y se hicieron más intensos. Joaquín soltó un gemido que  le llegó envuelto en el denso silencio de Jan. Más que excitada se sentía alerta, como si coronando todo el cúmulo de sensaciones que la habitaban estuviera la extrañeza que le generaba adquirir la sustancia de lo observado, producto de un complejo proceso de alquimia interna que no era capaz de desmontar, aunque sí lo era de darse cuenta de que sólo se producía gracias a la sigilosa presencia del gringo en el cuarto de baño. Antes de que sus pensamientos la sacaran por completo de la situación, Joaquín la alzó por los hombros  y la colocó mirando hacia la pared con los brazos en alto.

– Inclínate un poco nena, que ya no aguanto más.

Ella le obedeció y él la penetró con un movimiento certero, agarrándola con fuerza del pelo con la mano derecha. Tras unas cuantas embestidas profundas le soltó el pelo y le pasó la mano por delante, aprovechando la resbaladiza piel de su vientre para descender en un trayecto impecable hasta la entrada de su vagina. Al sentir el roce de sus dedos alrededor del clítoris Cristina cayó en una espiral aterciopelada que, pese a marcarle un camino claro, parecía contener el infinito. Perdió la noción del tiempo. Los escalofríos comenzaron a acumularse en su columna, y ya se preguntaba cuánto más podría aguantar cuando Joaquín la abrazó con  fuerza y liberó un bramido que pareció traspasar las baldosas de la habitación.

Cuando salieron del agua los esperaba Jan con dos toallas blancas de esas que parecían no haber sido utilizadas nunca. Al acercar la suya al cuerpo de Cristina la rozó sin querer y ella se estremeció soltando un ruidito irreconocible. Jan le regaló una mirada larga.

– La Cris no se ha corrido. Nunca ha sabido mentir con eso. Y yo no sé qué me pasó, pero me quedé muerto, tío. En serio, qué falta de solidaridad la tuya-, rezongó Joaquín.

Cristina se volvió hacia la pared ya que no le apetecía ser testigo de otra negativa. Además, si bien lo que Joaquín decía era cierto, no se sentía precisamente insatisfecha, y la situación podía solucionarse más tarde de alguna otra manera. “No necesito de la caridad del gringo, y mucho menos de su polla posiblemente homosexual”, se dijo, intentando con ese pensamiento infantil adelantarse a otra decepción.

Pero contrario a lo esperado, él se puso de pie con un movimiento enérgico y cogió el frasco de aceite y dos toallas más, que dejó sobre el piso. Adivinando sus intenciones, Joaquín extendió las toallas y colocó a Cristina a gatas en una de ellas, poniéndose él al frente en una posición similar. La estaba besando cuando Jan le vertió sobre la espalda un generoso chorro de aceite, que fue dirigido hacia la entrada de su ano con un movimiento certero. Ella comenzó a masturbarse aprovechando los regueros de aceite que le habían quedado alrededor de los labios. Concentrada en la tarea, lo sintió entrar como un cuchillo partiendo mantequilla.

Cada embate del gringo le agarraba la garganta como un puño candente, para repartirse después por todo su cuerpo en ondas de vértigo. Se dejó ir, borracha de su propia sustancia, abandonando cualquier control sobre la situación. Esperaba un orgasmo majestuoso, pero en cambio de encontró con un cúmulo de pequeñas explosiones, cada una con su textura propia, que se sucedieron en coletazos superpuestos que parecían no terminar. Después todo quedó en calma.

– ¿Y Marta? – preguntó Cristina rompiendo el silencio.
– Estará poniéndose cómoda. Ya sabes lo coquetas que sois las chicas.

Como si la hubieran convocado con sus palabras, Marta entró justo en ese momento y Cristina no pudo evitar fijar la mirada en las cuidadas uñas de sus pies, lágrimas ovaladas de un rojo furioso vertidas cual ofrendas sobre sus blancos y perfectos dedos. Llevaba un elegante camisón de seda negra, corto y ceñido al cuerpo, y se había quitado los adornos del pelo, que se derramaba libre sobre sus hombros y espalda.

– Estaba esperando que terminarais. ¿Os importa que tengamos un momento a solas Cris y yo? Podéis buscaros la vida por vuestra cuenta, no será la primera vez.
– ¿Qué pasa amor? ¿Te pusiste tímida de golpe? – le preguntó Joaquín con risa, pero sin poder evitar un deje de decepción en la voz.
– Piano piano querido. ¿Vienes Cristina?

La siguió, aunque hubiera preferido quedarse tumbada, disfrutando de los últimos coletazos de su orgasmo fragmentario. No sabía por dónde le iba a salir Marta aunque lo sospechaba, así que no las llevaba todas consigo. “Chicas –se dijo antes de cerrar la puerta de la habitación-. Esa necesidad que tienen de conversarlo todo”.

El amor en los tiempos del látex (IV)

imagen boda floresCuando llegó a la iglesia ya habían empezado a acumularse los primeros invitados en la entrada. No eran demasiados para los que se podían esperar en la boda de la hija del alcalde, pero aún así no pudo evitar sentirse extraña con sus vaqueros gastados y su camiseta de algodón abriéndose paso entre largos vestidos de fiesta, trajes lustrosos y tacones de infarto. La nave, salpicada de arreglos florales en blanco y lila, estaba decorada con exquisitez y evidente derroche. Se preguntó qué clase de insania temporal podría haber afectado a dos personas como Marta y Joaquín para estar dispuestos a prestarse a semejante farsa. Todo le pareció absurdo y empezó a sentirse asqueada y profundamente arrepentida de haberse dejado arrastrar por Jan hasta allí. Estaba a punto de escabullirse cuando alguien le tocó el hombro.

– Bienvenida, Cristina. Yo sabía que Jan lograría convencerte de que te unieras a nosotros esta noche. Sin duda es un chico con muchas habilidades-, le dijo Joaquín al oído en voz baja.

Ella no pudo evitar un estremecimiento al oír su voz, que le culebreó deliciosamente por la espalda durante unos instantes. Antes de girarse cerró los ojos, para atesorar ese sonido que en realidad nunca se había ido de ella. Se sintió más despierta que nunca y extrañamente calmada, como si de pronto hubiera vuelto a pisar un terreno familiar. Al mirarlo se dio cuenta que tampoco había cambiado mucho de aspecto: seguía siendo el mismo tío alto, desgarbado y moreno que había sabido acariciarle el cuerpo y el alma con esos maravillosos dedos de pianista. “¡Qué remedio! –pensó-. Vamos a ello”.

– Sólo estoy acá para cerrar las cosas de una buena vez por todas. Algo que vosotros hicisteis hace mucho, por lo que veo- contestó Cristina a modo de saludo.
– Yo no estaría tan seguro.
– ¿Ah, no? Pues a mí esta boda me parece sumamente simbólica.
– Esta boda es una farsa. El padre de Marta está muy enfermo y le ha dicho que quiere verla casada antes de morir, incluso llegó a insinuar algo acerca de su testamento. Pero en el fondo el viejo sabe cómo es su hija. Nunca ha querido reconocerlo, pero lo sabe. Lo que sí, no quiere que lo sepan otros.
– Aún así no lo entiendo.
– Nos pilló volando bajo. Fue justo después de una crisis, cuando creíamos que se iba. Al final, tampoco tiene tanta importancia. Las cosas no cambian realmente para nosotros.
– No, claro.
– ¿Cómo has estado, Cris?
– ¿Todavía tienes el piso frente al parque? – murmuró ella después de una pausa larga.
– Sí. Todo está igual que cuando te fuiste.
– ¿De verdad? ¿Con las hamacas colgando en el balcón?
– Sí. La tuya no la ocupa nadie.
– Ya.
– Extraño ver películas contigo nena. Tenías una cualidad casi infantil, un entusiasmo brillando en la mirada que no he vuelto a ver en otra persona. Siempre encontré fascinante observar el proceso que se gestaba en ti cuando estabas frente a una pantalla.
– Joaquín, no sé qué estoy haciendo aquí.
– Ese siempre fue tu problema, cuestionarse las cosas de más y disfrutar de menos. Qué importan las razones. Estás aquí y ya. Haz algo con ello.
– Felicidades.
– ¿Cómo?
– Por tu boda. Supongo que a eso he venido. A desearte toda la felicidad de mundo.

– ¿Y a mí? ¿También me deseas felicidad?

No fue Joaquín quien había formulado esa última pregunta, sino Marta, que había entrado en el edificio momentos antes sin que ninguno de los dos la notara. “Dios –alcanzó a pensar Cristina-. Está tan hermosa como siempre. O más”.

Imagen flores blancas

Cristina no sabía mucho de vestidos, pero alcanzaba a darse cuenta que el de Marta era espectacular y que le marcaba perfectamente esas curvas generosas que tanto recordaba. Tanto el vestido como los rubios y rizados cabellos de la novia estaban decorados con pequeñas florecitas blancas y moradas, a juego con los colores del lugar. Toda la seguridad que sintió frente a Joaquín se le esfumó en segundos. De pronto le pareció estar soñando, a tal punto se le antojó la presencia de Marta irreal: Una belleza del Renacimiento vestida de blanco furioso y con una sonrisa angelical en la cara. Cristina solía pensar que ofrecían un interesante contraste las dos, Marta como la perfecta y nívea madona y ella con su aspecto de adolescente eterna, su cuerpo fibroso y delgado y su pelo negro cortado a lo garçon.

Detrás de la novia, un grupo de invitados la seguía a cierta distancia, descolocados ante tamaña violación del orden natural de los acontecimientos. Ni siquiera se preocuparon de disimular los murmullos, que se podían oír claramente:

– “¿Pero el novio no debería haber estado esperando en la puerta?”
– “¿Qué hace Martita entrando antes de que toquen la marcha nupcial?”
– “¿Y esa quién es?”
– “¿Está en vaqueros? ¡Qué desubicada!”
– “¿No es la de la tienda que está frente al súper, la de los juguetes?”

Marta, sin perder la sonrisa y sin hacer caso a nada ni a nadie, se acercó a Joaquín y lo besó en los labios. “Jan me avisó. Le dije al chófer que volara”, le soltó en voz baja. A continuación, se giró hacia Cristina y extendiéndole los brazos dijo fuerte y claro:

– Ni un solo día he dejado de pensar en ti. No sabes cuánto he ansiado volver a verte.

Cristina no necesitó más. Embriagada de derrota decidió que no valía la pena resistir, que era una guerra inútil porque siempre tendría al enemigo habitando dentro. Abrazó a Marta, dejando que la pesada soledad que llevaba adherida a la piel como costrones invisibles se disolviera en el embriagador perfume que exhalaba el cuerpo de la novia.

– ¿Por qué te fuiste así Cristina?
– No podía más. Pensé que podía ser feliz, pero me estaba destruyendo.
– Nos perdimos en el camino, tú y nosotros, pero porque no sabíamos cómo hacerlo. Ahora intentamos no engañarnos, afrontar nuestros miedos y compartirlos de forma honesta. Aceptar que los celos son reales y que hay que lidiar con ellos, no esconderlos. Y aceptar también que nuestra forma de amar requiere generosidad. Mucha más generosidad de la que tuvimos. Jan nos ha ayudado mucho, ya verás.
– ¿Jan está con vosotros?
– Sí. Y contigo… si quieres.
– Pero os vais a casar.
– Como dice la Biblia, una palabra tuya bastará para salvarme-, le dijo Marta soltando una pequeña carcajada.
– ¿En serio? ¿Me estás diciendo que si te lo pido no te casas?-, preguntó Cristina sin una sombra de risa en la cara.
– No nos falta nada más que tú.
– Si os casáis no será lo mismo. No puedo participar en una mentira así, lo sabes, pero tampoco puedes pedirme que os detenga. Es demasiada responsabilidad.

Marta no alcanzó a contestar. Su padre la cogió bruscamente de un brazo, con una energía inesperada en un hombre de su condición física, mientras los invitados –ahora sí un buen grupo- soltaban un murmullo al unísono ante este nuevo giro de los acontecimientos.

– ¿Se puede saber qué está pasando?- preguntó el alcalde con aspereza a su hija.
– Creo que lo sabes papá. Lo intenté, pero ya no va a ser posible.
– No me puedes hacer esto. Piensa en los invitados. En la fiesta. ¡Joaquín, di algo, coño!
– Lo siento Manolo, pero estoy con tu hija en esto-, respondió el novio.
– Papá, te amo- dijo Marta poniendo suavemente la mano derecha sobre el hombro de su padre-. Pero no por eso voy a sacrificar mi felicidad. Hasta hace unos pocos minutos habría sido capaz de llevar a cabo esta puesta en escena, porque mi felicidad no estaba completa de todos modos. Pero ahora Cristina ha vuelto, algo que no creía posible, así que ya no puedo hacerlo. Espero que algún día me perdones.
– Hija, por favor, piensa lo que haces. ¿Acaso no estás enamorada de Joaquín?
– Claro que sí. Porque a su lado he aprendido que el amor no es restrictivo, que siempre puede transformarse en algo más grande. Precisamente porque lo amo es que estoy dispuesta a poner nuestra felicidad por encima de cualquier cosa, así que ahórrate tus chantajes, no van a servir de nada. Hemos esperado mucho este día los dos.

El silencio en la nave era absoluto cuando el grupo abandonó el edificio. Marta encabezaba la marcha, seguida de Joaquín y Cristina. Cerrando la procesión iba Jan, como si quisiera proteger a la integrante más reciente de cualquier perturbación ambiental que pudiera alterar su partida.

Cuando salieron a la calle una agradable brisa acarició los brazos desnudos de Cristina. Con el aire de la noche empezó a disiparse esa sensación de opresión que le había escalado por los hombros y el cuello dentro de la iglesia. Respiró con profundidad unas cuantas veces y sintió cómo se le llenaban los pulmones de libertad. Cuando abrió los ojos vio a los demás esperándola dentro del coche, una limusina absolutamente desproporcionada que ponía en evidencia el gusto del viejo alcalde por la exhibición un tanto anacrónica de su poder y su riqueza. Al ver abrirse ante sí el inevitable camino de su propio altar existencial, desprovisto de inútiles oropeles, Cristina se permitió unos segundos más de quietud, no para poner en duda su decisión, sino que para disfrutar de ese aroma único que desprende la felicidad aún no vivida, pero que comienza a despuntar. “Por eso la felicidad no dura. Porque huele a amanecer”, alcanzó a pensar mientras caminaba, pero antes de que el pensamiento la ensombreciera la alegre voz de Marta la sacó de sus cavilaciones.

– Chicos, tenemos que celebrar este reencuentro. ¿Qué os parece la suite presidencial? Ya está pagada de todos modos. De cualquier manera, mañana será otro día.

– Una idea fantástica- la secundó Joaquín, al tiempo que se giraba para dar instrucciones al chófer.

El gringo con el tatuaje del águila, Marta y Joaquín, la suite presidencial… Todo lo que la esperaba entre esas cuatro paredes se volvió de pronto sólido, tomándola por dentro como un gran puño comprimiendo sus entrañas. Terminó de meter el cuerpo en el vehículo y cerró la puerta intentando serenarse, hasta sentir como esa solidez se licuaba, incorporándose poco a poco a su torrente sanguíneo. Sonrió entonces por primera vez en mucho rato y se acomodó sobre el mullido asiento de piel, procurando que los demás no notaran la deliciosa turbación que comenzaba a esponjarse entre sus piernas. “Ah, por ese palpitar… lo que no haría”, se dijo enanchando la sonrisa. Lentamente bajó la ventanilla del coche, invitando a la noche a entrar en ella con todas sus sorpresas.

El amor en los tiempos del látex (III)

imagen látigo– Vaya vaya- dijo él sin demostrar el más mínimo desconcierto-. ¿No podrías haber elegido un látigo más pequeño? Parece un instrumento para domar bestias.
– Impone bastante por su tamaño, pero no pesa mucho, así que no es de los peores. Además, si vamos a hacer esto, hagámoslo bien. Digamos que me has despertado viejos recuerdos.
– Y los que aún faltan…
– A ver si sabes usarlo- lo desafió Cristina.
– No te preocupes, sabré pillarle el punto. Entonces qué, ¿eres una spankee? ¿Eso quieres? ¿Qué te azote el culo?
– Para empezar. Después quiero que sigas con el resto de mi cuerpo. Ya me entiendes, espalda, piernas, tetas. Las zonas que molan.
– ¿Intensidad? Porque veo que no estoy hablando con una aficionada.
– Media. Y digamos que antes era una persona bastante… experimental.
– ¿Y qué pasó?
– Dejé de sentirme motivada.

Mientras hablaban ella lo cogió de la mano y lo llevó a la entrada del almacén, donde su primo había instalado una barra fija para hacer flexiones de brazos en sus ratos de ocio, cuando aún atendía la tienda. Dos juegos de esposas (“¡a tomar por culo el presupuesto!”, pensó), unas aprisionando sus brazos y otras fijando el primer juego a la barra, fueron el improvisado anclaje que ideó su visitante en cuanto se hizo cargo de la situación. Ella se dejó, aliviada de que le hubiera adivinado la intención sin necesidad de más palabras. Se sentía casi vacía, incapaz de seguir exponiéndose frente a él de cualquier otra manera que no fuera con la docilidad de su carne. Probablemente él nunca hubiera podido adivinar la batalla que acababa de librar dentro de sí, los ardientes escombros que se habían removido y la enorme –y exigente- carga de sinceridad que había implicado un acto en apariencia tan simple como la elección de un juguete. No, no tenía cómo saber…

¡Plas!

En cuando sintió el primer mordisco –nuevamente él sabía lo que hacía: el chasquido besó su piel repartiendo la proporción exacta y perfecta de dolor en cada lado- ella cerró los ojos, para sumergirse en una oscuridad que la abrazó como una manta en medio del invierno. Proveniente de muy lejos, pero al mismo tiempo de su interior, el sonido de las hebras al disputar su trayecto con el aire fue adquiriendo una belleza casi musical, estallando en ella con alegría sedienta. “La horrible alegría de despertar, de saberse vivo”, pensó, gimiendo por primera vez. Realmente el gringo le había cogido el puntillo: Ni demasiado fuerte como para volverse intolerable ni demasiado “vainilla” como para quedarse frustrada. Aunque a decir verdad, la tarde ya había superado con mucho sus expectativas.

– ¿Quieres que pare?
– Ya te dije lo que quería- le contestó con voz ronca.
– Perfecto. Sólo me estaba asegurando.

Le dio una decena de latigazos más en el culo, esta vez bastante más despiadados que los anteriores, y ella recordó por qué la mayoría de la gente no comulgaba con el dolor a la hora de buscarle una vertiente erótica: porque dolía. Claro que había más, pero eso no dejaba de estar ahí, coronándolo todo.

Cuando estaba a punto de gritar porque la sensación se volvía insoportable, él se detuvo, le abrió las piernas y le dio varios golpes suaves en el clítoris con la palma de la mano, seguidos de uno rápido y despiadado que la pilló desprevenida por su intensidad. Más que el destello seco del martirio que habían soportado sus nalgas, sintió como si le hubiera explotado entre las piernas un panal hirviente de abejas, e hilillos húmedos comenzaron a descender por la parte interna de sus muslos. Él continuó con latigazos en la espalda, incrementando gradualmente la fuerza de sus golpes, y cuando ella volvió a sentir que había alcanzado el límite de lo soportable el repitió la fórmula anterior, aunque ésta vez usó las puntas superiores del látigo para golpear su clítoris, dándole tres golpes fuertes en lugar de uno. “Por favor, no más”, suplicó ella, sintiendo que perdía la batalla contra las abejas furiosas que removían su sangre palpitante, y entonces él le atravesó los dos pezones de un solo movimiento, certero y terrible, y dejó el juguete en el suelo, dándole unos segundos de descanso.

– Suéltame.
– Todavía no. Hay algo que quiero probar.

imagen látigo 2Poniéndose de rodillas frente a su cuerpo cautivo le besó los vellos del pubis y ella se retorció, estremeciéndose en la mezcla de placer presente y anticipado. Como si hubiera sido una invitación, él le abrió suavemente los labios con las manos y comenzó a lamer su entrada con gula contenida, hundiendo cada tanto la lengua todo lo que podía en su interior. Con cada embestida crecía en ella la sensación de inevitabilidad, y pequeños estremecimientos agitaban la parte baja de su vientre y espalda para subir por su columna, convertidos en éxtasis caliente y líquido. No hizo falta mucho más. Al darse cuenta, él aumentó la potencia de sus succiones y movimientos, hasta que sintió el orgasmo salado y acuoso de ella derramarse en su boca.

Una vez liberada de su prisión temporal, Cristina se tumbó en el suelo y se quedó allí un par de minutos para terminar de desmigajar su disfrute. Cuando abrió los ojos él se había ido. Confundida, se incorporó y se quedó de pie, sin saber qué hacer, hasta que oyó su voz proveniente de la zona de los expositores:

– Estoy aquí, eligiendo mi juguete.

Había olvidado que era su turno de darle placer. En ese momento se dio cuenta de que lo había olvidado casi todo de hecho, incluso las capas que tenía que ponerse para ser la Cristina de los últimos tiempos, como si ese fuera el precio que se le había exigido pagar a cambio de recordar que su cuerpo estaba vivo. El breve camino que recorrió hasta donde él estaba le hizo pensar en los primeros pasos de un hombre en la luna.

– ¿Ya lo tienes?
– Sí, desde un principio sabía cuál elegiría. Sólo quería asegurarme de coger el modelo adecuado.
La sorpresa la hizo arquear las cejas.
– ¿En serio? ¿Un strap-on?
– Dijimos que no íbamos a juzgar.
– Oh, no juzgo. De hecho, celebro tu versatilidad.
– Me alegra oír eso. Aunque mucho me temo que tendremos que añadir otro producto a la lista de pérdidas de esta tienda.
– Mmm… ¿lubricante?
– Chica lista.
– De silicona, ¿no? Porque al agua se seca…
– Exacto. Dicen que hay uno que se vende mucho, el del bote negro. Me lo recomendó una vendedora que conocí hoy, una chica adorable.
– ¿En serio? Pensé que habías dicho que era una borde.
–  No sé de dónde sacas semejante barbaridad. imagen silueta

Cabalgar al gringo fue como montarse en una de las atracciones de la feria del pueblo, algo liberador y revolucionario a un nivel más allá de lo corpóreo. Él había tenido la gentileza de escoger un arnés con dos dildos, uno para penetrarlo a él y otro más pequeño para darle placer a ella mientras se movía. Se corrió un par de veces más en el proceso, en dos orgasmos que fueron como dos zarpazos, y cuando el roce del juguete se le volvió difícil de tolerar se quitó el arnés y continuó manejándolo con la mano, aumentando la profundidad de sus penetraciones. Con cada nueva embestida el gringo rugía, las manos clavadas en la moqueta, los omóplatos buscándose y la espalda arqueada. Ella aprovechó su mano libre para acariciar los contornos de su águila en movimiento, y él comenzó a masturbarse con furia. El chorro que emergió altivo de su interior se estrelló contra un ejemplar de “Las edades de Lulú” que una clienta había dejado fuera de sitio por la mañana. Cristina sonrió. Otro libro que debería estar en el exilio. Y su primo que seguía sin enterarse el pobre, qué desfasado…

Sólo cuando él la besó, ella se dio cuenta de que hasta entonces no lo había hecho. Sabía a galletas de miel y a placer regurgitado, y ella tragó profundo para atesorar ese resabio a refugio que le regalaban sus labios. El beso fue largo y codicioso. Después se vistieron en silencio.

– Estuvo exquisito, Cristina. Realmente exquisito. Espero que te queden energías porque hoy nos vamos de celebración.
– Espera un minuto. Yo no te he dicho mi nombre. ¿Cómo lo sabes?

El silencio, cargado de respuestas posibles, la golpeó como una bofetada seca. Él no apartó los ojos de ella ni perdió la sonrisa.

– Vine a buscarte para llevarte a la boda. Te están esperando.
– ¿Me están esperando? ¿Quiénes?
– Marta, Joaquín… bueno, y yo. Te estamos esperando.
– ¿Marta y Joaquín? ¿Tú qué sabes de ellos? ¿Quién coño eres?
– Me llamo Jan. Aunque otra forma de verlo sería decir que soy la nueva Cristina.
– No entiendo. Me vas a explicar ahora mismo o…
– Sí, si entiendes. ¿Nos vamos?

El amor en los tiempos del látex (II)

velas

Esperaba esposas, consoladores, vibradores de esos que acojonan… Por eso cuando lo vio coger una vela de masajes no pudo evitar sentirse algo decepcionada. Tal vez había cedido demasiado pronto, dejándose llevar por una sensación poderosa, pero efímera, de que su vida estaba a punto de desmoronarse para erigirse sobre cimientos frescos, y que si no saltaba no volvería a tener otra oportunidad. Malditas oportunidades. Costaba tanto dejar de ansiarlas, y tan poco volverlo a hacer. Aún así se resistía. Hacía tiempo que su soledad había dejado de ser una opción para convertirse en el estado natural de las cosas, pero por triste que fuera constatar ese hecho, lo cierto es que había llegado a sentirse bastante cómoda dentro de los confines de un universo habitado sólo por ella. ¿Y si daba ese salto fuera de sí misma sólo para descubrir que había dejado su refugio por una quimera? O peor aún, ¿si volvía a caer? ¿Valía la pena el riesgo? Quiso decirle que todo había sido un error, que se fuera, pero se sintió invadida por una vergüenza incapacitante, acompañada de una vaga sensación de estar en deuda con el desconocido que había estado hurgando entre las estanterías de la tienda.

– Sé que no es lo que te esperabas, pero algunas ocasiones hay que tomárselas con calma. Y a algunas personas también. Como a tí –explicó él al notar la expresión en su rostro.
– Lo dices como si me conocieras.
– ¿Qué te parece si te desnudas y te tumbas ahí? –le contestó, al tiempo que señalaba un pequeño sofá sin respaldo ubicado junto a la entrada de la tienda.

Extrañada de sí misma,  comenzó a quitarse la ropa casi en cuanto oyó sus palabras. Había algo de ceremonial en el momento –los recuerdos de la última vez que se había desvestido frente a otra persona tenían ya en su cabeza un tono sepia – al mismo tiempo que era dolorosamente consciente de su sexualidad oxidada. Quería parecer natural, pero sabía que esforzarse en ello resultaba paradójico, que la naturalidad radicaba precisamente en la falta de esfuerzo. Aún así intentó impartir una cierta lentitud a sus movimientos, pese a que su visitante no parecía demasiado interesado en el proceso. Otra pequeña decepción.

Se tumbó e intentó relajarse, esperando sentir unas manos sobre su piel, pero en vez de eso lo que sintió, tras un par de minutos de espera, fue un chorro de cera caliente que le mordió la espalda sin aviso. El dolor, aún así tolerable, se repartió en ella como una estela y la hizo arquearse, aunque no se quejó. Una sensación vaga parecida a un recuerdo, en la que parecían mezclarse todas las formas y sabores que alguna vez había conocido, bailó frente a sus ojos cerrados, para disolverse luego entre las poderosas manos de su visitante, que había comenzado a extender la cera con movimientos lentos pero profundos. Sabía lo que hacía, eso le quedó claro desde el principio.

Pese a la sorpresa inicial, los primeros –largos- minutos la hicieron sentir increíblemente relajada. Casi llegó a olvidar dónde estaba y con quién, tal era el estado de semiinconsciencia fetal que estaba alcanzando gracias a la pericia de sus manos. Nada existía ya, salvo el vaivén hipnótico de sus dedos y el aroma a vainilla que inundaba la estancia. Vaciada de todo, dejó de reprimir sus manifestaciones de placer, y pequeños gruñidos empezaron a salir de su garganta, más intensos mientras él más se alejaba de su espalda. Los roces en la zona inferior de su cuerpo abandonaron su apariencia de casuales para convertirse en exploratorios, internándose cada vez más en las profundidades ocultas de sus nalgas. Antes de que hundiera la mano del todo se giró hacia él. Quería probarlo. Y sobre todo, después de tanto tiempo, quería probarse.

Él supo en seguida lo que pretendía hacer, porque se incorporó y se desabrochó el cinturón sin poner reparos. Cristina se arrodilló frente a él y dejó que sus papilas se familiarizaran con el sabor de sus fluidos, lamiéndole suavemente el glande con la lengua.  Le pareció que sus labios se volvían más elásticos, expansivos, y comenzó a abrazar con ellos su miembro. Él gimió y le clavó las puntas de los dedos en los hombros. Ella pensó en un bebé siendo amamantado por su madre y sonrió, sin soltar el trofeo que tenía atrapado entre los dientes. Intensificó los movimientos, sintiendo que repercutían sobre ella bajo la forma de una lengua invisible que esparcía fuego en sus entrañas.

Lo habría dejado correrse en su boca, si bien se habría partido de la risa si alguien en la mañana le hubiera sugerido la posibilidad de que terminara su jornada dejando que un extraño se corriera en su boca. Sin embargo, él la detuvo antes, levantándole el mentón con delicadeza.

– No es que no esté disfrutando pero también quiero sentirte de otras maneras. Y no tenemos tanto tiempo.
– ¿No?- contestó ella, sin ni siquiera tomarse la molestia de esconder la decepción en sus palabras.
– No. Así que te propongo un trato.
– A ver…
– Tú elige un juguete, el que más morbo te dé, y yo lo uso contigo. Y después es mi turno de hacer lo mismo, elegir uno para que juegues conmigo. ¿Te parece?
– Me parece. Aunque después igual voy a tener que pagar lo que usemos. Así que no te pases, ¿vale?
– Qué graciosa eres. Probablemente mañana no estés aquí, así que deja de preocuparte.
– ¡Hostias! ¿Y eso qué significa? ¿Eres un sicópata violador y vas a matarme?
– Jaja, vaya fantasías las tuyas.
– En serio. ¿Por qué has dicho eso? ¿Eres un sicópata?
– No. Soy el hombre que cambiará tu vida. Aunque cambiar no siempre sea ir hacia delante.
– Eres muy pretencioso, gringo. Y hablas raro. Elige tu juguete mejor.
– Tú primero. A ver si me sorprendes.

Su impulso inicial fue ir hacia las vendas y las esposas, pero la última frase de él le había sonado a desafío y, aunque intentó que eso no la condicionara no pudo evitar sentir que algo se empañaría si aparecía frente a él con unos artículos tan clichés. Además quería poder mirarlo. Hace rato que su cuidado aspecto físico había dejado de parecerle irritante y había abdicado frente a los evidentes –pero no por ello menos efectivos- encantos del hombre que tenía frente a sí. ¿Un vibrador? Para qué, ella ya tenía un par en su cajón, y lo que estaba deseando era tener una polla caliente y palpitante entre las piernas. Mentira, su polla. No podía dejar de sentirse sorprendida por la manera vertiginosa en que se había creado dentro de ella esa necesidad que antes ni existía ni tenía intención de hacerlo, como si una roca pudiera nacer del aire.

Los juguetes anales fueron descartados ante la imposibilidad de darse una ducha, así como las bolas chinas, porque era otra cosa la que ella quería tener ahí dentro. Indecisa, se puso de pie y se dio un par de vueltas por la tienda, cogiendo algunos juguetes y volviéndolos a dejar en las estanterías, sintiendo que la responsabilidad la ahogaba con su abrazo invisible.

– Me parece a mí que piensas demasiado las cosas. Coge el que quieras, sin peros. El que realmente quieras. Sobra decir que no voy a escandalizarme.

Sus palabras, aunque no dijo nada extraordinario, fueron como dos puertas abriéndose. El camino ya lo había transitado antes, así que esta vez no se perdió. Fue directo hacia la pared central y lo descolgó con docilidad adelantada, saboreando los negros destellos de sus recuerdos. Después se dirigió hacia su improvisado verdugo, y extendiendo los brazos le presentó su elección. Él le devolvió una sonrisa encantadora y torcida.