Sobre la trascendencia y el sexo ‘de puta madre’

Inocente de mí, hace un par de semanas lancé una “llamada de auxilio” a través de este blog, poseída por una de mis crisis de sequía creativa. Pensé que me estaba haciendo la vida más fácil, sin imaginar siquiera los berenjenales en los que habría de meterme.

Y es que claro, con el calibre de las propuestas recibidas, como la que aportó el amigo Ducrein, a ver quién se saca un post de la manga en media horita…

Pero antes de que me líe más, os dejo con sus palabras:

http://www.planetaholistico.com.ar/Tantra.htm¿Qué te parece hablar del sexo como paradigma de autoconocimiento y desarrollo personal y, por añadidura, transpersonal? Siempre he pensado que nos solemos quedar en la superficie, que solo rascamos la punta del iceberg y aprovechamos una parte ínfima de todo lo que nos brindan las relaciones sexuales como herramienta. Durante un acto sexual nos encontramos mucho más dispuestos a vaciar nuestra mente, trascender el ego y conectar con nuestra esencia, así que en cierto modo es una pena que todo se quede en un viaje en montaña rusa del cual solo recordamos que ‘nos lo pasamos muy bien’.

Desde que la leí esta propuesta me guiñó un ojo, pero también desde el primer momento me exigió respeto. “No me vayas a pasar por encima”, me advirtió. “Soy un tema importante”. Y así ha estado desde entonces, dando por saco, metiéndose en mi cabeza el temita de marras. El sexo como vía a la trascendencia… ¡Uf, tela! ¿Cómo voy a ser tan cutre de escribir un post intrascendente sobre la trascendencia?

Pensé entonces en documentarme muy mucho, buscar qué dicen los expertos sobre el Tantra, el camino del Tao y todo eso, pero pensé que os podría aburrir. Y aburrirme yo de paso, que es peor (para mí al menos…).

Probablemente ahí esté el problema, el primer problema. Esa tendencia a dividir el mundo siempre en blancos y negros, a nadar con tanta gracia entre dicotomías pero ahogarnos en las sutilezas: chicos malos vs chicos buenos. Polvazo vs sexo de abuelitos. Diversión vs aburrimiento.

Pero no me quiero ir por ahí, no todavía. Retomaré la idea más adelante…

Como es habitual, entonces, voy a hablar de mis propias experiencias, de lo que he vivido, y de cómo el tema propuesto aterriza en mí.

Como os conté en el post anterior, para mi primera vez elegí (si es que se puede hablar de elegir, al menos a nivel consciente, cuando alguien irrumpe en tu vida con esa contundencia) a un personaje bastante peculiar. Y de alguna manera siento que ese arranque me llevó a configurar una suerte de camino en el que la sexualidad se fue volviendo un elemento cada vez más importante en mi vida. No de la mano de quien me acompañó en esa primera experiencia pero sí, en gran parte, a raíz de lo vivido con él. Antes de Ismael el sexo era un deseo eternamente embrionario, una vibración poderosísima a la que no tenía intención alguna de darle cauce. Más bien todo lo contrario.

Novios oficiales no tuve ninguno, pero sí unas cuantas relaciones sin el cartelito. Chicos que me llegaron a gustar muchísimo, que me despertaron mareas dentro de las entrañas, que me llevaron a fantasear. Pero en cuanto mis escarceos adolescentes amenazaban con volverse más carnales, cuando veía en ansia de fusión en los ojos del otro, ponía los pies en polvorosa sin más explicaciones que “lo siento, no sé qué me pasa, ya no quiero estar contigo”.

Probablemente tengan mucho que ver los episodios de incesto que sufrí en la infancia, aunque en ese tiempo no podía verlo ya que tenía los recuerdos bloqueados. No entendía qué me pasaba, y desde mi turbación y mi rabia le reclamaba al cosmos mi derecho a estirar el brazo y coger la deseada manzana de ese árbol que me estaba prohibido. Y entonces apareció Ismael, y mi necesidad de no alejarlo me invitó a cerrar los ojos y saltar al vacío.

Y salté, con el estómago revuelto, el anhelo furioso y la confusión en carne viva.

Desde ese día hasta hoy hay tanto aprendizaje, tantas vueltas, tantas personas importantes, tantas historias, tanto disfrute y crecimiento interno…  Tal vez porque tras esa experiencia me resultara más natural dar otros saltos, abrir otras puertas -mentales y del interior- que querían permanecer cerradas.

Por supuesto que ha habido estancamientos, retrocesos, polvos “puaj”, momentos mezquinos de mi parte, miedos que en algún momento vencieron, complejos, frustraciones y fraudes… no pretendo decir que siempre me lo he pasado de puta madre ni mucho menos, aunque muchas veces sí me lo he pasado de puta madre, jejeje. Lo que quiero decir es que si tenemos en cuenta las definición de trascender (empezar a ser conocido o sabido algo que estaba oculto; extender o comunicarse los efectos de unas cosas a otras, produciendo consecuencias; ir más allá, sobrepasar cierto límite) definitivamente he trascendido a través del sexo.

Ahora, pese a ello nunca me ha abandonado la sensación de que hay un “todavía más” que no estoy alcanzando, niveles más elevados de unión y abandono de uno mismo que se me escapan, capas más profundas en las que rascar. Sin duda he ido más allá de mi misma, y en mi balance hay mucho más que el goce de la carne y el vórtice de un buen orgasmo, pero no sé si me atrevería a hablar de crecimiento espiritual así con mayúsculas… Y aquí ya me empiezo a liar, porque hablo de temas que no tengo claros, que no están resueltos. Así que ni modo… post multicéfalo para vosotros!!!

¿Ha de ser el sexo dulce o amoroso para conectarnos con estados más elevados de consciencia? Y por el contrario, ¿Qué energías de las que no somos conscientes entran en escena en los juegos de poder y dominación, por ejemplo?

Es curioso, pero me resulta difícil meter en un mismo saco la etiqueta de “sexo trascendente” con la de “me lo pasé de puta madre”. ¿Cómo elevarse espiritualmente a través del sexo cuando el orgasmo que se está teniendo es más por asfixia que por amor? ¿Cómo sentirse “espiritual” en medio de una lluvia dorada o cuando el cuerpo pide azotes?

No es un tema menor, o al menos no para mí. Tengo muchísimo más resuelto lo que me ocurre cuando las energías amorosas son las protagónicas. No necesito que me expliquen lo que me pasa cuando me pierdo en la cadencia de un hombre afectuoso –en ningún caso una experiencia menor para quien os escribe, incluso me atrevería a decir que más deseada por menos frecuente– eso lo hemos aprendido casi todos desde pequeños. Lo que no hemos aprendido tantos es que somos una enorme bola de contradicciones con dos piernas.

ositos cariñositosA veces, cuando algún simplista de turno me suelta la típica fracesita de “mejor búscate un hombre bueno”, caigo a mi vez en la pregunta-trampa de si podría pasarme la vida con un osito cariñosito, teniendo sexo “tierno”. O sea, un tío suave, dulce, preocupado por mí, sano internamente y toda esa vaina; que no pegue, no azote, no muerda (o no fuerte), que no diga guarradas y no abandone nunca los límites del respeto y la decencia en el trato. No ayuda mucho que en mi cabeza se dibuje la figura de un Manolito Gafotas en versión cuarentona, medio pelado y de dedos cortos y sudorosos, poco dado a las artes amatorias.

Pero como ya os dije hace unos cuantos párrafos, creo que el problema se limita al ansia por ponerle nombres y categorías a todo, por andar colgando cartelitos. Yo la primera… Porque ni soy Manolita Gafotas ni soy una zorra malvada destruye corazones, y no veo por qué los demás tienen que ir por la vida de blanco o negro cuando yo no lo hago. Si es que al final todos somos surtidísimamente iguales…

Recuerdo que en mi penúltimo año de colegio tuvimos una profesora de música que era mega hippie, hablaba de la reencarnación y nos enseñaba técnicas de relajación y meditación. Duró menos que un suspiro (colegio de monjas rancias y madres histéricas, no necesito decir más), pero alguna semilla se dejó plantada por ahí. Fue mi caso al menos, ya que esas sesiones de meditación eran como pequeños viajes al centro del cosmos, cuyos efectos se derramaban primero en mi cuerpo y después en mi espíritu dejándome transformada… Como si se me ofreciese una gran manta hecha de estrellas en la que ponerme a resguardo del gran caos de la existencia.

Las clases de música eran los viernes por la tarde, y al salir del cole flotando de espiritualidad zen me iba a juntar con mi grupo de amigos, todos ellos unos heavys recalcitrantes que no perdonaban recital o convocatoria que les cayera entre manos. Y ahí estaba yo, dominada por “la música de Satán”, en trance rockero y con las neuronas en éxtasis espiritual tras cada sesión de headbanging, preguntándome cómo era posible que me gustara tanto empujar hombretones y dejarme poseer por gruñidos cavernarios y al mismo tiempo ser capaz de dejarme seducir por las deliciosas sutilezas de la quietud y el silencio. No llegué a entenderlo, pero sí comprendí que ambas eran para mí vías muy efectivas de catarsis.  Ambas experiencias, al fin y al cabo, me purificaban, y permitían que mi cuerpo, mi mente, mi espíritu y mis emociones entraran en comunión. Y lo mejor de todos, la suma de ambas era muchísimo más de lo que cada parte aportaba por separado.

La posible solución del dilema: Respira como te salga de los cojones

Bueno, y ahora os tengo el “momento erudito” del post. Con subtítulo y todo, así los que quieren huir que sepan que pueden hacerlo en este instante. Va de sexo tántrico, por si las moscas, y es largo, pero lo dejo así porque hay partes fantásticas que me parecen escritas para aclarar mis dudas. Y aunque no haya sido realmente así… mola!

Reconozco que he soltado al principio que no quería ponerme muy académica y aburrir, pero aún así no pude resistir la tentación de husmear un poquito en la web, a ver qué decían al respecto “los que saben”. Y como no, he vuelto a caer en brazos de mi amigo “Posho” (sus herederos ya se forran lo bastante como para que yo ayude a engrosarles la cuenta, jeje), que aunque me cae más o menos no más, habla cosas coherentes (y otras menos, pero ese es otro tema).

http://ruizilhao.wix.com/portraits-caricatures#!caricaturesSegún Posho, el Tantra es la ciencia de transformar los amantes ordinarios en almas gemelas (en otra parte del texto lo define como “el camino natural hacia Dios”). Para él, el Tantra ha de ser absorbido, “no es una técnica para ser aprendida”.

Dice el de las barbas: “Cuando estés haciendo el amor no controles. Entra en el descontrol, entra en el caos. Será terrible, espantoso, porque será una especie de muerte. Y la mente dirá: ‘¡Control!’. Y la mente dirá: ‘Salta y mantén el control, de lo contrario te perderás en el abismo’. No escuches a la mente, piérdete. Abandónate a ti mismo y sin ninguna técnica llegarás a tener una experiencia intemporal. No habrá dos en la experiencia intemporal: habrá unidad”.

El objeto es llegar a ser completamente instintivo, tan fuera de la mente “que nos fusionemos con la naturaleza suprema”. Esa es la definición tántrica de nuestra sexualidad: “El retorno a la absoluta inocencia, a la absoluta unidad”. Así, la mayor excitación sexual de todas “no es una búsqueda de la excitación, sino una espera silenciosa: En relajación completa, sin motivo alguno. Uno es consciencia. Está satisfecho pero no es una satisfacción por algo. Y entonces hay una gran belleza, una gran bendición”.

Ahora, Posho advierte que “si eres demasiado técnico te perderás el misterio del Tantra”. Aquel que está basado en técnicas es “pseudo-tantra” porque si las técnicas están ahí el ego estará ahí, controlando. “Entonces estarás haciéndolo, y hacer es el problema. El Tantra tiene que ser un no-hacer; no puede ser técnico. Puedes aprender técnicas para que el coito sea más largo, pero estás controlando. No será salvaje y no será inocente, y tampoco será una meditación .Será de la mente. Esto es técnica, no Tantra”.

Es entonces algo que “no se guía por la cabeza sino por la relajación en el corazón”, y aunque muchos libros han sido escritos sobre el tema, el Tantra real no se puede escribir, no se puede pensar. “Tiene que ser absorbido”. ¿Y cómo?: transformando nuestro enfoque.

(Y estos párrafos que siguen ya son literales, porque me han gustado tanto que no he querido meterles ‘tijera’…)

“Reza con tu mujer, canta con tu mujer, juega con tu mujer, baila con tu mujer, sin idea alguna de sexo. No vayas pensando: ‘¿Cuándo nos vamos a ir a la cama?’. Olvida todo al respecto. Haz alguna otra cosa y piérdete en ello. Y algún día el amor surgirá de ese estar perdido. De repente verás que estás haciendo el amor y tú no lo estás haciendo. Está sucediendo, y estás poseído por ello. Entonces tienes tu primera experiencia del Tantra, poseído por algo más grande que tú. Estabas bailando o estabas cantando en unión o coreando juntos o rezando juntos o meditando juntos, y de repente te das cuenta que los dos se han movido hacia un nuevo espacio. Y tú no sabes cuando has empezado a hacer el amor; tú no lo recuerdas siquiera. Entonces tú estás siendo poseído por la energía del Tantra. Y entonces por primera vez percibirás una experiencia de carácter no técnico”.

“El Tao tiene su propio Tantra. Nunca se divide en lo inferior y lo superior, esa es su belleza. En cuanto divides la realidad en lo inferior y lo superior te estás volviendo esquizofrénico. En cuanto dices que algo es sagrado y algo es profano te has dividido. En cuanto dices que algo es material y algo es espiritual te has dividido, has dividido la realidad. La realidad es una. No hay ni materia ni espíritu. La realidad es una, aunque se exprese a sí misma de muchas formas. Lo espiritual no es más alto y lo material no es más bajo; ellos están en el mismo nivel. Esa es la actitud del Taoísmo. La vida es una. La existencia es una”.

“La primera cosa en el Tao es abandonar la dualidad. El sexo no es más bajo y samadhi no es más elevado. Samadhi y sexo son expresiones de la misma energía. No hay nada loable respecto al Samadhi y no hay nada condenable respecto al sexo. La aceptación del Tao es total, absoluta. No hay nada equivocado respecto al cuerpo, y no hay nada hermoso respecto al espíritu – los dos son hermosos. El Diablo y Dios son uno en el Tao, cielo e infierno son uno en el Tao, bueno y malo son uno en el Tao – esta es la mayor comprensión de la no-dualidad. No hay condena ni preparación. ¿Prepararse para qué? Uno simplemente tiene que relajarse y ser”.

Para los valientes que habéis llegado hasta aquí, y por si os lo estabais preguntando, Santa Wikipedia define samadhi como “un estado de conciencia de ‘meditación’, ‘contemplación’ o ‘recogimiento’ en la que el meditante siente que alcanza la unidad con lo divino”.

Y no, no hay premio… salvo el placer de una buena lectura, jejeje. O de una lectura al menos. Para cualquier queja, pedid una hoja de reclamación a un teletubbie. Y después me contáis de cuál estáis fumando! 😉

En la cama VI: La caída

Es increíble todo lo que cabe en unos pocos segundos. Una vida entera cabe, y eso ya es mucho decir, sobre todo si se ha vivido una como la mía. Extiendo los brazos, porque aún me da tiempo a hacerlo, y cierro los ojos…

Hace frío hoy.

New York

¿Por qué regresar a Nueva York?

Porque aquí comenzó nuestra historia realmente, aquí fui feliz. Fuimos felices.

Desde un principio sus calles nos aceptaron como lo que éramos.

En ellas nos reímos, lloramos, celebramos la enorme dicha de traer al mundo un hijo sano. Aquí dio Andresito sus primeros pasos.

También es cierto que esta ciudad me quitó a Andrés, pero hoy he venido a que me lo devuelva. No quiero nada más.

Bueno, sí. Me gustaría volver a abrazar a mi hijo.

Ver amor en sus ojos por última vez.

Me gustaría que nunca hubiésemos cogido ese avión los dos para ir al funeral de Manolo, o al menos que Manolo no le hubiese dejado esa carta, esa jodida carta.

De cualquier manera, me gustaría que hubiese sabido entender, perdonar.

Pero él tampoco tuvo tiempo. Los recuerdos de nuestra felicidad eran demasiado lejanos. Andrés se fue muy pronto.

Me gustaría saber dónde está ahora, qué hace con su vida. Si aún me odia. Al menos su padre se libró de esa amargura. Nunca sabrá cómo quema.

Su padre. Mi hermano. Como ansío estrecharlo entre mis brazos. Aún ahora, cuando creí que ya no sería capaz de desear nada, su ausencia me lame la piel hasta gastarla.

¿Tendré que rendirle cuentas a alguien? No lo sé. ¿Cómo se pagan los orgasmos prohibidos? ¿Se perderá su sabor en mi boca? ¿Será el olvido mi penitencia?

Estoy llegando casi…

New York

Siempre pensé que el rostro de Andrés sería lo último que vería. No el rostro del Andrés enfermo, agónico, derrotado. No. El rostro de mi Andrés, ese que aún tenía fuerzas para adorarme, el que lo desafió todo conmigo. El único hombre que he amado en la vida. Pero no. Es mi propio rostro lo que veo, y por todas partes pavimento. Eso y la sangre, oscura y densa, saliendo de mi cuerpo. Yo ya estoy fuera, así que no siento dolor. Tampoco paz en todo caso. No hay nada, ni siquiera las cuatro letras de esa palabra: n a d a. Si aún pudiera pensar, pensaría que me he equivocado, y mucho: Andrés no está aquí. Afortunadamente, ya no puedo hacerlo.

 

 

En la cama V: Sábanas perversas

hotel new york 2Vestía con elegancia, traje negro y camisa blanca, pero en realidad estaba desnudo. Frente a mí, en ese espacio sin reglas que encontró refugio en el centro vacío del abrazo -¡colisión más bien!- de nuestros dos mundos, Andrés sólo fue Andrés, su pulpa, mi alimento: no su ropa, no su nombre y -qué duda cabe- no su puta sangre ni sus genes malditos.

Nos arrojamos el uno sobre el otro incluso antes de tocarnos, porque lo que íbamos a vivir estaba ya vivido. A centímetros de distancia nos olimos, como dos cachorros de hiena probando su alimento, y nos desnudamos con la mirada quieta para observarnos con los ojos del hambre y con los del alma.

Los años lo habían tratado bien, pero cada signo no reconocido era como una herida para mí, un recordatorio de lo concreta que podía ser en él mi ausencia. Sin poder evitar que me adivinara, como tantas otras veces, retrocedí un par de pasos e intenté sonreír, pero él no se movió, dispuesto a llegar hasta el final de nuestro escrutinio. Noté en ese momento que tenía una pequeña cicatriz bajo el mentón y estiré el brazo para tocarla. Entonces me cogió la mano y me acercó hacia sí, sin brusquedad pero con firmeza, para posar sus labios en el nacimiento de mi cuello. Cerré los ojos para cabalgar sobre mi piel montada en su aliento, pero al sentir sus dientes hundiéndose con decisión apresurada en mi carne el suave batir de las alas de una mariposa se convirtió en tornado, dividiendo el mundo entre lo que está dentro y lo que está fuera, lo que importa y lo que no. Grité entonces, con esa densidad y esa falta de contención que tienen los gritos atrapados largamente en las entrañas, bebiendo de sus dientes feroces la sombra de su amor. Sólo me soltó cuando empezaron a brotar las lágrimas.

– Deja salir el dolor. Clama, llora, escúpelo cuanto puedas, porque ya no cabe más entre nosotros. Y esta noche no hay sitio para él- me susurró al oído.

– Nunca lo entendí hasta ahora, esa sensación. Podrías matarme y moriría sintiéndome liberada, besando tus manos asesinas.

– Nada de eso, yo te quiero viva. Y mía.

beso ok

Besarlo y beber de su saliva los restos salobres de mi propia sangre fue como entrar a alta velocidad en un túnel vacío después de años de luces enceguecedoras. Y aunque la sensación se me revelaba frágil, volví a sentir por unos segundos que pertenecía, que en este mundo había un sitio para nosotros y que siempre sabríamos como volver pese a todo. En el sabor de Andrés no cabían argumentos, en el lado del mundo en el que él estaba las razones llegaban deslucidas, fantasmagóricas.

– Tendríamos que haber nacido primitivos- murmuré-. Quiero decir, en la prehistoria. O en alguna tribu de esas…

– No te detengas y ya. Corre por tu alimento, sin mirar atrás. Estas cuatro paredes son nuestra selva, aquí somos libres.

Como si sus palabras hubieran puesto fin a un conjuro, lo empujé suavemente sobre la cama y me incliné sobre él, luchando contra el deseo de tragarme su polla de inmediato. Apenas aguanté un par de lamidas ávidas, quería sentir cuanto antes su miembro vivo y caliente dentro de mi boca, su glande conquistando mi garganta. Quería follarlo, sorberlo y amarlo con la fuerza de mis labios, que se negaban a liberar a su prisionero. Aguantó bastantes embates pero terminó soltando un par de rugidos, y me tiró sin clemencia del pelo para apartarme. Se incorporó entonces, emergiendo de sí mismo con una sonrisa torcida, y me besó el labio inferior. Temí que me lo mordiera y aspiré un suspiro que no pasó desapercibido. Él estrujó mi mentón entre mis dedos, y me acercó la polla a la cara.

– ¿Todavía tienes hambre?-, preguntó.

– Mucho.

– Bien. Quiero durar cuando te folle, que ya no puedas más y me supliques que pare. Quiero que mañana te cueste caminar, que me lleves en cada uno de tus pasos. Quiero follarte por cada uno de estos años perdidos, porque alguien me los debe y ya no me importa quién. Ahora tú me los vas a devolver.

Mientras hablaba se sacudía la polla con movimientos convulsos. Nunca se la había visto tan grande como ese día entre sus dedos agarrotados, tan hinchada que parecía que iba a explotar, las arterias aguantando a duras penas el tránsito furioso de su sangre. Acerqué mi boca abierta de pajarillo y lo que me cayó encima fue un alud denso como la noche, con gusto a mar y a aullido.

Cumplió su advertencia. Me embistió sin compasión, reconquistando desde la primera entrada su derecho a poseerme. Oleadas metálicas me retumbaban por dentro, cada vez más grandes, más absolutas. Perdí la cuenta de sus erupciones y mis remolinos, sólo puedo decir que juntos llegamos al centro de la galaxia para flotar en un espacio sin continuidad.

Eso y que al día siguiente (¡y unos cuantos más!) no pude evitar caminar como robot. Y acordarme de él, claro. Aunque eso lo habría hecho de todas maneras, con o sin advertencia cumplida. Pero eso ya es adelantarse, y cuando se intenta ir demasiado rápido se corre el riesgo de ver derrumbarse nuestro castillo de naipes, porque siempre se derrumba al final. No hay ninguna bendición en la clarividencia.

De cualquier manera, si me lo hubieran preguntado en ese momento, hubiera asegurado que mi castillo era frágil por el lazo que nos unía. Pero no. Era realmente lo que nos separaba la carcoma de sus cimientos.

castillo 2

No hablamos mucho mientras recuperábamos el aliento, atrapados por el demandante relajo de nuestros cuerpos. Restos de sombra y de máscara de pestañas se habían quedado adheridos a la blanquísima funda de una de las almohadas, dibujando la silueta de dos ojos sin rostro, ligeramente asustados. También nuestras pieles oleosas habían dejado su rastro sobre las finas sábanas de algodón egipcio del hotel. Miré a Andrés y esbocé una sonrisa, pero algo de la pureza del momento se había perdido.

– Necesito un baño- le dije.

– Y yo.

Me siguió hasta la enorme bañera, que llenamos con agua tibia y el contenido de unos botes de cristal que descansaban en una repisa junto al lavamanos (sales, aceites, espuma, bombas efervescentes… no faltaba de nada). Cuando todo estuvo preparado nos sumergimos juntos en nuestro lecho acuático, yo recostada sobre él, la punta de su miembro haciendo cosquillas en mi culo. Abrí un poco mis carnes y lo dejé reposar allí, sin permitirle realmente la entrada. Él apretó un poco más su abrazo y cruzó sus tobillos sobre mis muslos.

Nos quedamos allí lo suficiente como para que el agua comenzara a refrescar mis enfebrecidos genitales. Sólo entonces me di cuenta de que tenía la garganta seca y me giré, intentando ponerme de pie.

– ¿Dónde vas?- preguntó Andrés empujando hacia abajo mis hombros con sus manos. Me quedé donde me dejó, de rodillas.

– No te vayas –insistió-. ¿Qué quieres?

– Tengo sed.

– Abre la boca.

boca, beberCerré los ojos y le obedecí, pensando que iba a masturbarse nuevamente, pero en lugar de eso lo que llegó hasta mis labios fue el sabor inconfundible de un chorro de orina (pese a que hasta entonces nunca la había probado), que después continuó su recorrido por mi barbilla, pechos y ombligo. Me imaginé que con ello me liberaba de cualquier atadura que aún pudiera existir aún entre nosotros, y me incliné hacia atrás para permitir que su líquido dorado me limpiara bien, sin dejarse nada. Pese a la seguridad de sus movimientos abrió los ojos con cierto asombro, aunque sin duda complacido. Cuando hubo terminado me hizo girarme hacia la pared, a gatas y de espaldas a él, al tiempo que cogía el bote con el aceite, depositando una cantidad generosa sobre la palma de su mano. Torcí la cabeza en un ángulo casi imposible. En escasos segundos su erección se había vuelto enorme nuevamente.

– Sé que no es lo mismo, pero…

De un manotazo en cámara lenta me esparció el aceite alrededor del ano, flexionando ligeramente los dedos para dejar entrar un poco más allá el unto. Acto seguido, sin ningún tipo de aviso o contemplación, me hundió la polla bastante más adentro de lo que hubiera esperado para una primera embestida. Me sorprendió que no me hiciera ningún daño, deslizándose dentro de mí con inesperada fluidez. Inmediatamente sentí una garra de terciopelo apretando mi garganta, mientras cosquillas zumbonas escalaban por mi columna. Andrés se enterró hasta el fondo de mí mientras me penetraba el coño con los dedos. No grité, pero todo se quedó suspendido. Entonces me empujó hacia atrás y comenzó a follarme elevando violenta y repetidamente la pelvis, mientras yo daba saltos sobre sus carnes resbalosas, fascinada con esa montaña rusa anal que hasta entonces no había experimentado. Cuando me puse de pie sus líquidos chorreaban entre mis glúteos y piernas, para ir a perderse entre las pequeñas olas de nuestra ciénaga perfumada.

– Pensé que ya nada podría excitarme- soltó él de pronto-. Crucé tantas líneas intentando recrear una sensación parecida a ésta que todo se terminó desdibujando, perdió sentido. Y ahora que estoy aquí lo veo claro: Si éste es un amor enfermo, prefiero la enfermedad. Mi destino eres tú o no es ninguno.

– No pensemos en destinos ni en mañanas, por favor- le contesté, cerrando el paso a la congoja-. Mientras menos se meta la cabeza en todo esto, mejor.

– Aún así, no podemos negar lo innegable. Aunque no quieras hablar de ello.

– ¿Quieres tú? ¿De verdad quieres hacer eso ahora?

– No-, concedió tras unos instantes-. Lo que quiero es pedir servicio a la habitación y reponer energías, para que no te puedas librar de mí tan fácilmente.

“Eso no podría hacerlo ni dedicando toda mi vida a ello”, pensé, pero en lugar de decir algo le guiñé un ojo.

– ¿Te apuntas entonces?- preguntó poniéndose de pie.

– Me parece la mejor idea del mundo mundial-, le dije con una sonrisa en la que cabían todas las preguntas y ninguna respuesta.

Lo vi alejarse en ese momento, y ese breve trayecto que habría de recorrer camino al teléfono, centímetro a centímetro más lejos de mí, se me volvió de pronto intolerable. Entonces fue como si me hiriera un rayo, como si, sin más, me alcanzara de lleno la certeza de nuestra condena. Y el grito salió de mí sin aviso, sin pasar por mi cerebro, expulsado desde el centro mismo de todo lo que no tiene cuerpo hacia ese mundo hostil que le extendía sus engañosos brazos.

– Hazme un hijo, ahora, esta noche.

– ¿Cómo dices?- preguntó en un susurro, el gesto congelado. No supe descifrar si lo que había en su mirada era confusión u otra cosa.

– Sabes que lo nuestro no es posible, que no va a durar. No depende de nosotros. Sería una manera de tenerte por siempre.

– ¿Y qué pasó con eso de darle un hogar a un niño abandonado?

– Ese es un sueño que ya no cumplimos. Hace mucho que renuncié a él. Pero no puedo renunciar a ti, no del todo-, insistí.

– Eva…

– Yo te amo. Tú me amas. Sería un hijo del amor. No hay más.

Lo miré largamente. Y entonces cerré los ojos y contemplé la selva virgen que se extendía frente a mí, llenándome de su verdor. Aterrada, pero fuera al fin de mis enmohecidos barrotes, me encontré cara a cara con mi deseo y lo abracé, dispuesta a darle la bienvenida. Juntos esperaríamos lo que hiciera falta la llegada de Andrés. Tenía que llegar. Estábamos tan cerca.

 

En la cama III: Infierno

infierno 1

Lo más curioso de todo es que recuerdo con claridad la sensación de haber pensado, al despertar, que ese iba a ser un día como cualquier otro. Y no es que el pensamiento me desagradara, más bien todo lo contrario. Me gustaba mi vida, y mucho. Sobre todo, me gustaba mi vida con Andrés. Pasábamos por una buena época.

No todo era felicidad, por supuesto, pero quién puede decir semejante cosa…

A veces me preguntaba cómo sería estar con otro hombre, lo confieso. Bueno, quién no se preguntaría algo así en mi lugar. Y no es que no me considerara afortunada. Nunca supe lo que era estar sola o sentirme no querida, Andrés siempre flotó alrededor mío como una nube tibia, haciendo del mundo un lugar más brillante y acogedor de lo que realmente era. Simplemente me jodía un poco el no saber, el no poder tener la certeza de que mi lado de la balanza era el mejor, porque lo que me estaba perdiendo era algo que nunca había tenido. Para mí sólo había un brillo enceguecedor detrás de esa puerta, una idea muy tosca de lo que serían “los otros”. Siempre como un todo, nunca bajo un rostro concreto.

Bueno, no es que le diera demasiadas vueltas al tema. A mis relaciones con Andrés nunca les faltó intensidad, así que sería errado concluir que me aburría. No era eso. Pero si bien aquello que me faltaba se sentía tan pequeñito que casi siempre lograba permanecer ignorado, había conseguido quedarse enquistado en mi interior, recordándome cada tanto con voz débil que tenía capacidad para existir desde la ausencia.

Lo que sí me preocupaba en serio por aquellos días era la llamada de la agencia de adopción, que se retrasaba más allá de lo que podía manejar mi capacidad para el autoengaño. Precisamente la noche anterior lo habíamos estado hablando con Andrés, y ninguno de los dos creía racionalmente que aún estuviéramos a tiempo de recibir la llamada de marras. Aún así seguíamos esclavizados a nuestros móviles, y cada vez que sonaba la campanilla del teléfono de casa nos volvíamos a convertir en padres durante unos escasos y frenéticos segundos, hasta que nos aterrizaba el desencanto. Nunca eran los de la agencia.

De cualquier manera aquel día era domingo, así que nos encontrábamos libres de la tiranía del teléfono. Sé que era domingo porque esa mañana no desperté con Andrés abrazado a mis caderas como de costumbre, lo cual me arrancó un suspiro de felicidad anticipada. El hombre de mis sueños se encontraba en la calle –como todos los domingos que habíamos pasado en casa desde que nos fuimos a vivir juntos– comprando una barra de pan caliente y el periódico. Para mí. Pan y noticias frescas además de cuatro piernas enredadas sobre el colchón, no se me podía ocurrir una mejor manera de recibir el día y de despedir la semana.

Las sábanas aún olían a él, así que me envolví en ellas aunque estaban húmedas de sudor. No me molestaba sentir su calor húmedo entre la tela, pero sí la pesadez que parecía haberse instalado en el aire. Ni una brizna fresca al otro lado de la ventana, y ya iban tres o cuatro noches en las mismas. Pensé en comentarle a Andrés la posibilidad cambiar los ventiladores por un aire acondicionado en condiciones cuando regresara de la compra. Pero lo más seguro era que tardaría en volver, porque estábamos de racha y aquellos domingos en que se levantaba más animado solía acercarse hasta la panadería francesa, que estaba varias calles más abajo.

Al convocar ahora estos recuerdos me pregunto si el entusiasmo febril con el que nos entregamos el uno al otro por aquellos días no sería un intento de robarle protagonismo a la espera que consumía nuestras horas. De cualquier manera se sentía real, muy real. Como todo lo demás…

Aprovechando que tenía un buen puñado de minutos por delante, y que las huellas de nuestro último encuentro aún descansaban en mis contornos y entre las yemas de mis dedos, recorrí con los ojos cerrados mi cuerpo empapado y desnudo. La noche anterior Andrés me había embestido con dureza, y cada arremetida suya había sido más inconmovible que la anterior, más poderosa. Amaba cuando se ponía así, en plan cavernícola. No sé si él se daba cuenta, pero esa hombría condensada en ataque tenía la extraña capacidad de darle lustre a nuestra relación, permitiendo que siempre mantuviera una cierta nubilidad en su esencia. Sus movimientos, profundos y macizos, me explotaban al penetrar como mareas furiosas de placer y dolor, mientras mis brazos inútiles se rendían ante la fuerza de su dominio. Sólo necesitó sujetarlos un par de veces, después de eso un simple gesto bastaba para devolverlos a su sitio. Cuando terminó de follarme quedé tan sensible que llamar al orgasmo había sido, literalmente, como tocar un timbre. Dejamos de hacerlo cuando nos entró el sueño.

Aquella mañana aún podía palpar a Andrés en mi coño henchido, y allí lo busqué, excitada con la idea de que pudiera regresar en cualquier momento y descubrirme. Con roces suaves fui rasgando mis pequeñas resistencias de carne, hasta que mi interior se volvió un pasillo colmado de puertas que al abrirse se deshacían en remolinos, cada uno más grande que el anterior. Y al centro de todo el rostro sin cuerpo de Andrés, la polla sin rostro de Andrés. Extendiendo hacia mí algo parecido a unos brazos acogedores.

No alcancé a correrme, esa es la verdad. A punto estuve de hacerlo, pero el muy cabrón de Andrés eligió el peor momento para llamar a la puerta. Bueno, o al menos yo pensaba que era él. Es verdad que siempre llevaba sus llaves, sí, pero quién más podría ser un domingo por la mañana. Pese a todo sonreí, al caer en la cuenta de que no me importaba que me cortara el rollo si venía con ánimo de compensación, así que ni siquiera me preocupé de ponerme el camisón que yacía arrugado a los pies de la cama.

A veces tengo la sensación de que aquella fue mi última sonrisa.

No, sensación no es la palabra. Es algo más cercano al convencimiento.

infierno 2

En cuanto abrí, el vaho caliente de la calle se coló por la entrada sin darme tiempo a reaccionar. Tampoco pareció hacerlo la mujer que se encontraba de pie frente a mí, y que me miraba estupefacta. Sólo entonces caí en la cuenta de mi desnudez.

– Deme un segundo, si no le importa. En seguida estoy con usted.

Cuando regresé al salón la mujer seguía en la entrada, y aunque no se movía su agitación era notoria, como también sus esfuerzos por ocultarla. Aunque pasaba de los 60 vestía con cierto aire juvenil, pero no en plan ridículo sino que elegante. Pese a su nerviosismo, sus gestos resultaban refinados. Carraspeó un par de veces antes de hablar.

– Eres Eva. Dios mío, en verdad eres Eva.

– Perdón, ¿nos conocemos? – le contesté, notando en sus palabras un leve acento caribeño.

– Me temo que sí. Pero fue hace tanto tiempo que no serás capaz de recordarlo.

– No entiendo. ¿De dónde me conoce?

– Andrés. Necesito hablar con Andrés.

– ¿También conoce a Andrés?

Antes de que tuviera tiempo de responder, el aludido apareció silbando por el pasillo. Al vernos en la puerta apuró el paso con la curiosidad asomándose por el entrecejo. En escasos meses se le formarían allí dos profundas arrugas. Pero en ese pasillo aún seguía siendo un niño. Mi niño.

– Amor- le dije dándole un rápido beso en los labios-, esta señora te está esperando.

– ¿Y usted es?

– Buenos días Andrés. Soy Elena, tu madre.

Eso dijo. Sólo eso, y fue como si la tierra se partiera en mil pedazos desiguales, como una gran sandía que choca contra el suelo una mañana de estío.

infierno ok

Si yo sentí como si me robaran algo en lugar de devolvérmelo, no puedo ni imaginar lo que fue para Andrés escuchar esas seis palabras. Pese a ello su única reacción inmediata fue tragar saliva, para después quedarse mirando fijamente a la mujer que temblaba frente suyo. Tuve que ser yo quién reaccionara y la hiciera pasar al salón. Aunque en el estado en que me encontraba, que se me antojaba cercano a la hipnosis, no atiné a ofrecerle ni un vaso con agua. Y eso que parecía necesitarlo.

Andrés seguía sin decir nada. Se limitó a sentarse en uno de los costados del sofá, con los brazos cruzados y el cuerpo tenso, esperando lo que hubiera que esperar.

– Hijo mío, antes que nada quisiera decir que he venido en cuanto he podido. Créeme que me habría gustado hacerlo antes, no sabes cuánto, pero Rober, mi marido, se encontraba muy enfermo y no podía moverme de su lado. Lamentablemente ya no está con nosotros.

– Nadie le ha pedido que venga… señora. Y no es que me alegre la muerte de ese tal Robert, pero como comprenderá me interesa poco, así que tendrá que disculpar que no le dé el pésame. Además, sigo sin entender que hace aquí- respondió Andrés, y su voz, calmada hasta la asepsia, me pareció por primera vez la de un desconocido.

– Por favor, si me dejas hablar…

– Hable entonces.

– Hace algunas semanas me llamó una amiga a Cuba, que es donde vivo. Ella dirige una agencia de adopciones aquí, y como alguna vez le había hablado de ti le llamó la atención encontrarse tu nombre en un formulario de solicitud. Me dijo que pensaba que se trataba de mi hijo, y aunque no estaba en posición de avisarme, quería decirme off the record que iba a ser abuela. Sólo por curiosidad, ya que pensé que no haría ninguna diferencia, le pregunté por el nombre de tu pareja. Y entonces…

– ¿Entonces? -preguntamos al unísono, dejando que nuestras miradas se cruzaran (Simplemente otro momento tonto que insisto en recordar).

– La respuesta me dejó helada: Eva Sebastián Thomas. Inconfundible. Una chica para la que no alcanzaron los apellidos.

– ¿Y qué tiene que ver Eva en esta historia? Nos conocemos desde niños. Pero eso usted ya lo sabe- repuso Andrés arrastrando las últimas palabras.

– Hijo, esto que te voy a contar tendría que habérmelo llevado a la tumba, pero no será posible. Se lo juré a Manolo y ni siquiera he tenido el valor de ponerlo sobre aviso. Aunque eso es lo que menos importa ahora.

– ¿Qué tiene que ver mi padre? Y por favor, lo de hijo… ni se atreva.

– Lo siento, sé que no me estoy explicando bien pero no me resulta fácil organizar mis ideas- le replicó ella ignorando la última frase-. Acabo de bajarme del avión después de muchas horas de vuelo. Aún estoy un poco acelerada.

– Ya. ¿Y mi padre? ¿Y Eva? ¿Qué pintan ellos en el regreso de la madre pródiga?

– Si dejaras de interrumpirme… Esto no es fácil.

– Haberme escrito entonces. Así lo que sea que tenga que decir habría resultado menos traumático para todos.

– Estas cosas no se escriben.

– ¿Qué cosas? ¿De qué coño estás hablando? ¿Quieres explicarte de una puñetera vez?

Entonces, como si al tutearla por primera vez se hubiera abierto una compuerta, ella entornó los ojos preparándose para escupir su maldición terrible. Y esos segundos aún sin mácula antes de que la pronunciara ni siquiera se ralentizaron, simplemente pasaron por encima del gran manto atemporal de la vida flotando entre latidos de muerte, como si no hubiesen sido los últimos; insuficientes para aplacar la sed de mi avaricia, para calmar el ardor desquiciado con el que volvería a repasar cada uno de esos instantes. Ni siquiera con artificios de la imaginación conseguiría después alargarlos. Más bien al contrario, cada vez que lo intentaba se aceleraban y se hacían más pequeños, atrapados para siempre en la danza de lo inevitable.

– Eva es tu hermana.

– ¿Cómo?

– Que Manolo no es tu padre. El padre de Eva lo es.

infierno 4Intentó seguirse explicando, pero las palabras se deshacían antes de conseguir entrar en mí, como si fueran apenas el reverso de un eco lejano. Que si para cuando se fue éramos dos críos de 3 y 4 años que se detestaban, y que jamás se le pasó por la cabeza que terminaríamos enamorados. Que si con Manolo siempre habían hablado de vivir en la playa, y estaba convencida de que eso haría él tras su partida. Dijo muchas otras cosas, pero ahora no las recuerdo. Me costaba cada vez más trabajo seguirla. Y entonces la pregunta de Andrés, inesperada, logró sacudirme la sensación de sordina con su espantosa lucidez.

– ¿Lo sabía mi padre? ¿Manolo?

– Andrés…

– ¡Lo sabía o no!

– Sí. Desde hace mucho tiempo.

– No te creo- declaró él tras un prolongado silencio.

– Cuando descubrió que su mejor amigo era en realidad tu padre me exigió que desapareciera de vuestras vidas para siempre. Quise quedarme cerca, pero fue imposible. Él se encargó de cerrarme todas las puertas. Y de que yo no volviera a recibir noticias tuyas.

– No, no es posible. Nunca hubiera permitido que estuviéramos juntos. No se hubiera quedado callado.

– Pregúntale tú mismo. Te sorprenderá comprobar hasta qué punto le importa lo que los demás piensen de él. Y su negocio, claro. Por sobre todas las cosas.

El tono de voz de Elena se hizo más ligero en la última frase, como si se hubiera atrevido a soltar parte de la culpa que lastraba sus anteriores palabras. Por sutil que fuera el cambio a Andrés no se le escapó, y torció la boca en un gesto de desagrado. Pese a todo calló, y yo aproveché la pausa para arrojar sobre la pila inquisitoria la pregunta que, a mi vez, me sofocaba el alma. Tomé un gran bocado de aire antes de hacerla, pero más que animarme me supo a canícula y a horribles secretos.

– ¿Y mi padre? ¿Él también lo sabía?

Su respuesta inmediata –”No, no, por supuesto que no. No lo dudes ni por un instante criatura”- debería haberme dado un poco de paz, pero no fue así. Nada podía. Veinte años juntos, veinte años de amor, se deshacían frente a mí en las calderas del infierno, transmutados en dolor y miseria por el indestructible fuego de la verdad.

Incesto en letras pequeñas

imagen incestoÉste es un post que, desde que empecé con esto, siempre pensé que llegaría la hora de escribir. Pero no es fácil. Y no lo digo porque me resulte difícil expresarme al respecto, sino por ese otro que somos para los demás, ya que estoy segura de que si el 100% de las personas que leyeran este blog me fueran desconocidas, no le hubiera dado ni el 10% de las vueltas que le di.

Lo primero que me pregunté al plantearme hablar sobre mi relación con el incesto -y lo que me he preguntado todas las veces posteriores- es qué utilidad podía tener hacer “pública” una experiencia tan personal, más allá del mero contenido narrativo del asunto. Porque no es algo que necesite compartir con el mundo, hace mucho que hice mis paces con el tema y me lo saqué de las entrañas, y de cualquier manera no quería que se convirtiera en simple papilla para alimentar el morbo con el que muchas veces se leen estas historias.

Pero entonces me di cuenta de que sí podía aportar algo con mi historia y que valía la pena animarme a contarla. O más bien a contar que es lo que saco de ella.

Yo he sido víctima de incesto. En más de una ocasión, si bien ese tipo de recuerdos son bastante difusos y no podría decir si fueron cinco o 30. Otros no lo son, como el sentimiento de culpa, el color de las paredes, la cara de Súper Ratón que me guiñaba un ojo desde un viejo póster mal colgado en una esquina de esa habitación horrible y un sinfín de sensaciones y detalles que no vienen al caso.

El tema es que eso no me ha impedido disfrutar de una sexualidad sana, o al menos sentirla de esa manera, y ello sin necesidad de pasar por las manos de un profesional o ser rescatada de mi pasado oscuro por un la versión masculina de Anastasia Steele (la de Cincuenta Sombras, para los afortunados incautos) en rollo galán redentor. Y es eso, en el fondo, lo que quiero contar. Que un incesto puede ser vivido de muchas maneras, y que el hoyo negro y la desviación (en el sentido más amplio de la palabra) no son las únicas puertas que pueden abrirse ante quien lo sufre. No digo que no sea difícil, aterrador e indescriptible, no me malentendáis. Digo que no necesariamente es una condena y que uno no tiene por qué convertirse en un perturbado por haber vivido experiencias tan perturbadoras. O sea, lo que menos quiero es minimizar el asunto. Está claro que hay personas que viven situaciones de las que resultaría prácticamente imposible salir sin ayuda, después de todo yo siempre dormí segura y protegida en mi propia cama y no hablo por nadie más que por mí. Pero aún así voy a atreverme a ir más allá, y a afirmar que quienes hemos sufrido abusos sexuales también tenemos todo el derecho de sacarnos el cartel con la carita triste de encima desde el preciso momento en que eso deje de ser una necesidad.

Ahora, lo de “sexualidad sana” como expresión no me termina de cerrar del todo. Sano es un adjetivo complicado en relación al sexo, primero porque no tengo conocimiento suficientes en la materia como para aventurar una definición acertada (la palabra me queda grande), y segundo porque no estoy segura de que exista tal cosa en todo caso. Mejor digamos que disfruto de una sexualidad placentera, aunque es probable que me haya metido primero con esa palabra chunga porque quería señalar que nunca he sentido que una parte de mí tenga alguna tara o esté enferma por lo vivido. Admito que puede haber aumentado la dificultad para llegar a ese punto de satisfacción del que os hablaba, porque mi camino no partía de cero sino que de menos no sé cuánto, pero en el intertanto nunca me he sentido como una víctima ni he deseado ser victimizada. Carezco de explicaciones o posturas morales al respecto, y estoy lejísimos de decir que sea lo que deba sentirse, simplemente es lo que siento yo.

Además, no tengo manera de saber cuáles de mis comportamientos pueden haberse visto afectados o ser consecuencia de una entrada tan temprana y retorcida en la sexualidad. ¿Habría tardado menos en tener mi primer orgasmo de no haber sido así? ¿Habría sido tal vez una perfecta esposa y madre de familia que tiene sexo vainilla una vez al mes y le alcanza? ¿Habría llegado al mismo punto de autoconocimiento en el que me encuentro con un camino menos escarpado? ¿Tendría la sexualidad la misma gravidez en mi vida?

Son preguntas de respuesta imposible, así que no vale la pena esforzarse con ellas. No sé si llegaría al punto de decir que “si pudiera cambiar mi pasado no movería ni una coma” -después de todo mi niña interna ha necesitado muchos abrazos para poder jugar despreocupada- pero sí sé que ni me tortura ni me pesa. Claro que no hay recetas, pero el ponerse de cabeza a buscar las que le funcionan a uno ya es ganar la mitad de la batalla (¡y no, en este caso no es cliché!). Es indispensable, eso sí, tener ganas de dar la pelea, porque como vía de protección resulta muy tentador ponerle un candado a la sexualidad y pasarle por el lado de puntillas mientras se gasta la vida. Ahora, no sé si realmente esa habría sido una opción para mí. Si me propusieran uno de esos ejercicios o juegos de asociación de palabras y me dijeran “sexo”, probablemente lo primero que se me vendría a la cabeza sería “exquisito”, o algo por el estilo. Me gusta pensar que ese entusiasmo es “marca de la casa”, y que al menos su germen ya lo llevaba dentro antes de empezar a llenar las páginas de mi libro sexual.

¡Abrazos para todos!

(PD: Se aceptan comentarios. No condolencias).