Sexo, iglesia, sangre y rock & roll

Mientras recargo las pilas, os dejo la última joyita de David Bowie, The Next Day, censurada durante unas horas en Youtube y repuesta ante las quejas furibundas y reiteradas en redes sociales… Notable la participación de Gary Oldman en el video (también sale Marion Cotillard, pero ella me gusta -y me pone- bastante menos).
Y por cierto… por fin aprendí cómo subir videos al blog!!! 🙂

Sobre monjas pajilleras y la necesidad universal de correrse a gustito

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Hace algunos días, atacada por una fiebre de limpieza pre-primaveral, estaba revisando un montón de diarios y revistas viejos cuando volví a encontrarme con una historia de lo más curiosa: La de las monjas pajilleras de mediados del siglo XIX, que en una de las máximas expresiones de caridad cristina que le conozco a la Iglesia se dedicaban a masturbar a soldados heridos en los hospitales. Probablemente muchos ya la conozcan, pero me parece una iniciativa tan loable que la comparto por si alguien aún no ha escuchado o leído nada al respecto.

Dice la historia (según algunos leyenda, yo me quedo con lo primero) que en el año 1847 el obispo de Andalucía decretó una dispensa autorizando la creación del “Cuerpo de Pajilleras del Hospicio de San Juan de Dios” en Málaga. Estas “pajilleras de la caridad” eran mujeres (monjas y voluntarias) que masturbaban a los soldados heridos de los hospitales buscando así ofrecerles algún alivio en medio de su enfermedad. La idea surgió de Sor Ethel Sifuentes, fundadora del cuerpo de pajilleras, quien al percatarse de la ansiedad y mal humor que reinaba en el pabellón de heridos de un hospital  donde ejercía de enfermera, comenzó a masturbar a los pacientes sin distinciones de rangos: Todos, desde reclutas hasta oficiales, tenían derecho a su paja diaria. El cambio en el ánimo de los soldados no se hizo esperar.

La iniciativa tuvo tanto éxito que se fundaron más cuerpos de Pajilleras -el de la Reina, las del Socorro de Huelva, las Esclavas de la Pajilla del Corazón de María y, en tiempos de la guerra civil española, las de la Pasionaria-. Además, la idea también se implementó en México, Brasil y República Dominicana.

Como no todo puede ser perfecto, y como al parecer la sensación de que lo que se estaba haciendo no era “del todo correcto” resulta inevitable cuando se mezcla iglesia y sexo, las integrantes de los cuerpos debían utilizar un holgado vestido, que ocultaba del todo las formas de sus cuerpos, así como un velo de lino para taparse la cara, con lo que sólo se les podían ver las manos. Aún así, estoy segura de que más de algún soldado habrá lamentado la desaparición de tan caritativas féminas, ya que casi todos los cuerpos dejaron de existir después de la segunda guerra mundial.

¿Por qué me gusta tanto esta historia? Porque más allá de lo divertido o peculiar del asunto, nos recuerda que el sexo también se anhela desde un cuerpo (o mente) enfermo o mutilado, y que su ausencia puede ser una agonía en sí. Por eso, cuando alguien no está en condiciones de darse a sí mismo tan básica satisfacción, el asunto cobra tintes “humanitarios”.

Vale, es probable que pocos hoy en día estuvieran dispuestos a prestarse de forma tan desinteresada a producir placer en el prójimo. Pero creo que ya en el hecho de reconocer, y de alguna manera respetar, la necesidad de todos de sentir algún tipo de contacto, hay un avance importante.

Cuando yo era niña, una de mis mejores amigas vivía con su tío y una prima con discapacidad intelectual, la Totó. En aquella época la Totó, que se desenvolvía en el mundo como una niña pese a que su cuerpo hace muchísimo que era el de una mujer, tendría cerca de 40 años. Que se supiera  nunca había estado con un hombre, aunque probablemente eso se debía a que siempre iba acompañada por la calle. O sea, que es un dato casi anecdótico que poco y nada nos cuenta de ella, su mundo interno, sus anhelos y necesidades.

Pero un día que estaba en la casa de mi amiga, con 12 ó 13 años, fui testigo de una escena que se me grabó: El padre de la Totó había descubierto hace algún tiempo que la razón de las largas duchas de su hija eran masturbatorias. Decidido a terminar con semejante aberración, empezó a cronometrar el tiempo de las duchas: A los cinco minutos exactos (siete si era día de lavarse el pelo) apagaba el calentador de agua, para evitar así que su “niña” se dedicara a semejantes menesteres.  La cosa es que ese día la Totó no pudo más con la represión paterna, y junto con el agua fría le cayeron encima todas las ansias acumuladas, la rabia y los silencios de tantos años, ya que pocos segundos después de que su padre le apagara por enésima vez el calentador salió corriendo del baño, desnuda, tiritando y chorreando agua, mientras gritaba a viva voz “¡yo también tengo derecho, yo también tengo derecho por la mierda!”. Tan enajenada estaba que llegó hasta el patio y la vieron algunos vecinos, que inmediatamente comenzaron a reír, aunque la situación no tenía nada de graciosa. A mí me pareció una escena desgarradora, pero al mismo tiempo hermosa por su poder y su crudeza, por su capacidad de narrar una historia compleja y llena de matices, del modo en que son hermosas algunas escenas de películas terribles, que más allá del dolor nos dejan algo. Porque en su momento nos rozaron el alma, haciéndonos sentir compasión, y con ello no me refiero al sentido más estrecho de la palabra, como lástima, sino que como una de las expresiones más profundas del amor: padecer con alguien, ser capaz de ponernos en sus zapatos. Ver a la persona que hay detrás de la enfermedad y ofrecerle una mano aliviadora. Literal o figuradamente.