Fidelidad

Fidelidad. Una palabra enorme de cuatro sílabas que nos atrinchera, nos violenta, nos desconcierta, nos acuna. Un mandato, un yugo en ocasiones, un pacto de voluntades. Muchas veces una mentira. Una ilusión que nos tranquiliza…fidelidad

Nos recuerda el científico Pere Estupinyà de la importancia de diferenciar entre fidelidad y monogamia. “La monogamia es natural, la fidelidad no”, explica. La frase, de puro contundente, es como un chorro de claridad. Y continúa: “¿Es natural desear sexualmente a otra persona a pesar de estar felizmente enamorado?, ¿o lo que no es natural es tener relaciones de manera exclusiva siempre con la misma pareja? Bueno, por lo menos en el mundo animal, monogamia e infidelidad no están en absoluto reñidas”.

Para dibujar mejor la idea, Pere nos cuenta de los titís y sakis, unos monos que “tienen la monogamia impregnada en los genes”, pero aclarando que “una cosa es la monogamia social y otra la sexual. La primera es entendida por la naturaleza como el instinto de establecer un núcleo familiar y defender un territorio en aquellas especies cuyas crías requieren el cuidado de ambos progenitores. Por otro lado, la monogamia sexual [lo que nosotros consideraríamos ‘fidelidad’] consiste en mantenerse sexualmente fiel y desestimar la opción de procrear con una hembra receptiva o un macho con mejores genes. Esta monogamia sexual no tiene mucho sentido evolutivo, y de hecho es extrañísima en el mundo animal. Desde luego ningún primate, salvo los humanos, la practica”.

Seguro que hay más humanos que animales siendo “monógamos sexuales”, vale. ¿Pero cuántos de ellos lo son a gusto? ¿Cuántos no han estado “por los pelos” de caer en la tentación? ¿Y cuántos caen una y otra vez mientras mantienen una fachada ejemplificadora, escindidos en dos existencias que no se tocan? Y eso por no hablar de los arrepentidos, los que arrastran su engaño como una losa, convirtiendo sus orgasmos culpables en podredumbre del alma.

¡Cuánto desperdicio, cuánta falta de disfrute!

orgía¿Tengo yo la clave? Por supuesto que no. Durante un tiempo pensé que el tema se circunscribía a un problema de falta de madurez existencial, que la raza humana –siguiendo el camino “correcto” – evolucionaría hacia comunidades poliamorosas, todos revueltos y felices como lombrices. Claro, el panorama en mi cabeza se dibujaba con bastante menos ingenuidad que la que planteo aquí, pero esa es más o menos la idea.

Otra opción sería la de nuestros amigos titís y sakis: una sociedad de familias “tradicionales” (parejas –de cualquier condición sexual- que viven juntas, tienen relaciones estables y crían a sus hijos de forma colaborativa), con escarceos amorosos libres y a tutiplén. O sea, cuando te aburre lo que tienes en casa sales a cenar fuera, y cuando te hastías de tanta cocina de chef vuelves a tu cocina de siempre, por una humeante y reponedora cazuela. O visto de otra manera, sería algo así como respetar la figura de la infancia del “mejor amigo”, que es siempre el primero al que se invita a todo, pero teniendo otros amigos que nos hagan felices.

familias alternativasPero nein. Porque si bien una parte del plan funcionaría de maravillas (yo con todos), el otro hace aguas por donde se mire (“mis” todos o alguno de mis todos con todos los demás). ¿Egoísmo? Tal vez, pero también ciencia. “Sí es natural sentir deseo sexual y amor sincero por varias personas a la vez, y quien haya tenido un amante puede dar fe de ello, pero aceptar que ellas también lo sientan por otros no forma parte de la lógica interna de nuestro cerebro”, reflexiona Estupinyà.

Ahora, tanto como tira la ciencia tiran los hábitos, y ahí la cosa no mejora mucho. Llevamos siglos poniendo como base de la sociedad la familia tradicional y el matrimonio (una figura que se resquebraja a pasos agigantados, si bien es de justicia agregar que algunos aún resisten, dotando a la institución de su más bello sentido), y con ello repitiendo las mismas frases gastadas, las mismas fórmulas de engaño y autoengaño con ligeros cambios propios de cada época. Hoteles y moteles; segundos móviles; cuentas de correo secretas; relaciones cibernéticas; hijos ocultos; romances de oficina, de verano, de viajecillo… Todo ello mientras intentamos seguir convenciéndonos de que a nosotros sí que nos va a resultar, de que podremos regar la flor de la pasión con el cemento de lo cotidiano y mantenerla viva.

Yo me pregunto: ¿Vamos a aprender algo alguna vez? ¿Hasta cuándo insistimos en engañarnos, en repetir comportamientos que nos dañan? ¿Por qué tenemos que mentirnos unos a otros de maneras tan burdas, tan patéticas?

– Ya no la amo, pero no se lo digo para no causarle dolor.
– Mentira. No te importa causarle dolor. Lo que te importa es no ser testigo del dolor que causas.

No, no creo en la fidelidad. Hasta la ilusión más linda se gasta, cuando no se rompe de golpe. Obviamente estoy muy lejos de proponer una fórmula redonda, no vayáis a pensar que tengo el tema resuelto, más bien todo lo contrario. Cada vez que le doy vueltas termino hecha un caos. Pero sí sé una cosa. La fidelidad que yo espero es la honestidad, y si dejo de creer en ella dejo de tener fe en el ser humano. Que no me prometan mañanas porque eso nadie lo tiene entre sus manos, pero que sí me ofrezcan verdades. Es justo que uno sepa qué terreno pisa para saber si lo quiere seguir pisando, si sabe ser feliz con lo que realmente se le está ofreciendo. Enfrentar con honestidad cualquier cambio en las condiciones del “pacto” que se hizo con otra persona (ya sea de exclusividad o de otro tipo), con el añadido de que esa persona te ha entregado su confianza y está compartiendo su vida contigo, es de mínimo respeto. Claro que se arriesga mucho, y para ello se requiere valentía, pero como la requiere cualquier acto de amor. Pero lo contrario no deja de ser un acto de violencia, de alguna manera una violación a la libertad de la otra persona, se justifique como se justifique.

PD1: Estupinyà se ha convertido en un “sospechoso habitual” en mi blog, lo sé, pero es que estoy pasando una etapa ‘Pereadictiva’  que tendréis que saber perdonar. O sea, de que el tío sabe, sabe, y además de que lo explica de puta madre… me pone! :p Así que ya podéis esperar un post más completito sobre su último libro en un futuro no muy lejano, jeje.

PD2: Soy consciente de que me he dejado fuera el tema de los celos, y que su inclusión habría permitido explorar con más profundidad algunos de los puntos que toco en esta entrada… Pero ya la cosa se estaba alargando, y además es que vaya temazo! No sé, me pareció a mí que más bien merecía post propio.

PD3: ¡No, nadie me ha puesto los cuernos últimamente, jejeje! Bueno, al menos que yo sepa. Por si las moscas…

Diálogos callejeros 2: Si no tienes la polla grande no me hagas perder el tiempo

cañas

Un bar, castizo, muy castizo. Unas cañas y muchas tapas. Ruido. Cuerpos pegados. Cuatro chicas. Dos rubias, una morena y una pelirroja. Las rubias escuchan en silencio. La morena, la más joven, tiene los ojos grandes y redondos, y chupa un calamar con aire inocente. La pelirroja es una hembra, su cuerpo es una invitación, su risa un trueno. Antes de hablar se lame la espuma de los labios.

– Tía, en esta vida hay que ser práctica. A mí no me gusta perder el tiempo. Por eso lo primero que le digo a un tío cuando voy a estar con él, lo primero, es que a mí me gustan las pollas grandes. Y que si no es el caso, ya se puede ir por dónde ha venido.
– ¿En serio le sueltas eso a un tío que vienes conociendo?
– En serio. O sea, si no la tiene grande que no me haga perder el tiempo.
– Uf, no sé. Yo no podría decirle algo así a alguien, es como feo.
– ¿Feo? Feo es encontrarte con la sorpresa de que tiene una cosa que ni se ve entre las piernas. O sea, sé muy bien lo que me gusta y lo que no, y yo con una polla pequeña no puedo. Así de simple.
– Ya, pero pobre. Tampoco sería su culpa. No sé, puedes herir los sentimientos de alguien.
– ¿Y fingir que algo te gusta cuando no, no es acaso otra manera de herir? Y una peor todavía.
– Pero no tiene por qué no gustarte. Se pueden hacer tantas cosas. Existe la imaginación…
– No tía, no me vengas con chorradas. Si te baila dentro, te baila. Y yo con eso no me corro.
– Bueno, hay otras maneras de correrse.
– Ya, para eso me corro sola, no te jode. Yo estoy hablando de echar un polvo y no sentir nada. ¿A ti te mola eso?
– No, claro que no. Pero soltarle a un tío, así a bocajarro, que para estar conmigo su miembro tiene que pasar una ‘prueba de tamaño’ me parece muy violento. Como tampoco me molaría que un tío me dijera “a mí sólo me gustan los labios vaginales que son blanquitos o rosados. Así que si los tuyos son más oscuros ya puedes desaparecer”.
– Bueno, tal vez eso es algo muy importante para él. Mejor eso a que te folle con asco. Al menos sería honesto.
– A veces pienso que la honestidad está sobrevalorada.
– ¿Lo está? Entonces respóndeme una cosa. ¿Cuántas veces has apretado los dientes esperando que pase el mal rato? ¿Y después, qué haces? ¿Sigues fingiendo que estuvo todo bien, permaneces un momento más en la cama para bordar tu acto de compasión? ¿Vuelves a quedar para no herir sus sentimientos?
– Mmm… Este calamar está frío.
– Ya…