Yo, mujer

yo, mujerHace más tiempo del que me gustaría reconocer, en una ciudad muy muy lejana, me dirigí cierta tarde hacia el salón en el que se encontraban mis padres conversando civilizadamente (tenían el curioso hábito de ser extremadamente civilizados en aquella época) y, hecha un manojo de desconcierto e indignación, los dejé flipados al gritarles la siguiente frase: “Me siento estafada. Ustedes me estafaron. Me dijeron que hombres y mujeres éramos iguales y eso no es así. Y yo no sé qué hacer con esa realidad para la que no fui preparada”.

Hace muchísimo menos tiempo, léase unas cuantas semanas, volví a dejar a mi madre patidifusa al soltarle en medio de la calle algo así como que no me considero una persona con “conciencia de género”, y que nunca he sentido que la lucha de las mujeres sea mi lucha. Lo cual estuvo muy mal explicado, de paso. Lo que quería decir, lo que sigo diciendo, es que me siento primero integrante de la raza humana, y después del género femenino. Que me interesan más los aspectos que nos unen que los que nos separan, que mi vista está puesta más en lo que tenemos en común que en lo que nos diferencia. Que mis grandes preguntas no suelen tener un corte cromosomático. Que antes veo al otro como a un igual que como a un rival.

Sin embargo, sea ante todo, después, por encima o por debajo, soy mujer y me siento orgullosa de serlo. Y entre ambas situaciones que os cuento he recorrido un largo camino en el que esa realidad ha estado muy presente. De formas hermosas y dolorosas.

Cuando fui a reclamar a mis padres que me educaran bajo una premisa falsa (que mi género jamás me iba a frenar, ni iba a merecer o recibir menos por él, que las oportunidades eran las mismas para todos y que lo que valía era el esfuerzo, no lo que había bajo la falda de nadie) había entrado de un patadón en la vida “adulta” y tenía un hijo que, si bien fue concebido entre dos, era básicamente criado entre una… más algunos aportes solidarios de la tropa familia-amigos que finalmente fueron los que hicieron el cuento posible, pero bueno, si hay que dar las gracias no es exactamente una labor compartida, es una labor para la cual se recibe ayuda… y la diferencia, por sutil que pueda parecer, es enorme.

La cosa es que en ese  tiempo la sensación de caminar sobre el aire, sin certezas de las que agarrarme, era permanente. La vida se abría, y yo no me sentía preparada para ello. Un festín de impotencia con cubiertos y mantel.

¿Llegaremos a sentirnos preparados para lo que tenemos delante alguna vez, de cualquier manera? Quizás cuando, de una vez por todas, nos decidamos a abrazar la confusión, la falta de absolutos, como el único absoluto posible.

Yo no os puedo hablar de lo que es ser mujer, sino de lo que ha significado para mí, de algunos de los colores y formas que han ido quedando de ese trayecto que he recorrido desde el día aquel en el que sentí la necesidad de renegar de mi condición frente a mis padres (la hubiera devuelto, de haber existido oficina de reclamaciones) y mi momento actual. Lo que sí, aunque os hable desde mí, no puedo sino reconocer -finalmente!- que la “lucha de las mujeres” sí es mi lucha, aunque sólo sea porque muchas veces me ha tocado batallar desde ese lado del frente, por más que quisiera hacerme la loca y decir “yo no tengo vela en este entierro”. Porque me ha tocado pagar mi condición de tal. Porque la he maldecido tanto como la he amado pero aún así, al fin y al cabo, ni hoy ni nunca renunciaría a ella. Y si elegir pudiera, lo elegiría para la próxima existencia (de haberla, claro). Sí, ser mujer. Pese a todo lo que no brilla. Pese a lo imposible de meter en unas cuantas frases ese todo que a veces tanto ahoga…

Ser mujer es parir, donde la vida te pille, sea o no sea el momento apropiado. Con dolor, como dicen las escrituras, pero también con miedo, con retorcijones intestinales, con vergüenza, vulnerable y solitaria.

Es ser testigo, con 19 años, del deterioro del envase, de la fragilidad de la piel, de lo perenne que pueden ser algunas marcas.

Es contar cuentos sin tener ganas, e ir al parque y fingir que se persiguen mariposas cuando se piensa en pollas… Y también es pensar en mariposas y desear perseguirlas, pero con menos capacidad de elegir cuándo se hace una cosa y cuando la otra.

Es abrir las piernas más veces de las que se cierran, abrirlas forzada, sin deseo; abrirlas para el otro, para el adulto, para el médico, para el poderoso, para el que tiene una promesa que ofrecer.

Y es aprender, también, a hacerlo para mí.

Ser mujer fue en algún momento crecer mirándome las tetas en el espejo y deseando creer en un dios al que pedirle que se desarrollaran más de prisa. Fue medirme en centímetros y no en sentimientos.

Ser mujer es sentirse trascendente y después pintarse los labios de rojo. Y es saber convertir el cuerpo en masilla, tan apto para la exhibición como para el ocultamiento.

Ser mujer es darse cuenta un día de que sí, que ganas menos que tus compañeros hombres, que tú eres la estadística viviente y respirante, o lo que es otra forma de verlo, que esa estadística te ha alcanzado con sus garras y se ha quedado adherida a tus concretas carnes.

Ser mujer es cargar con los ciclos de la luna en el vientre y debatirse entre la grandeza creacional y el muy concreto coñazo que eso significa. Es aprender el arte de la renuncia oportuna cuando el deseo no calza con el momento (joda lo que joda!) y el la despreocupación cuando la oportunidad no merece ser renunciada. Y también es, de alguna manera, vivir en un  mundo de relaciones menos livianas, en el que se tiene que decidir de antemano qué peso se le da a una mera posibilidad, porque una vez que se abandona la casa sin depilar ya se ha asesinado esa posibilidad antes de que se desarrolle.

O dicho de otra manera: Ser mujer es tener que esperar muchas veces más de lo que hay. Y es tener las piernas suaves después de una noche que no salió según lo esperado, para revivir en el tacto de esas carnes lisas lo inútiles que pueden ser a veces las esperanzas.

Vale, no será la forma más profunda de terminar este post, pero seguro que más de una se siente identificada!

(Y por cierto, quiero aprovechar esta oportunidad para saludar y dedicarle este post a mi amiga Polilla, una mujer bellísima, aperrada y con un corazón de oro, ya que hoy es su cumple y la tengo muy lejitos como para darle el abrazo de oso que me gustaría…)

Yo lavo los platos, tú arreglas el coche, nosotros follamos

igualdad de géneroCuanto más igualitario es el reparto de las tareas domésticas, menos sexo. Esa es la conclusión, aunque se adorne y se suavice de mil maneras distintas (menos, pero no peor; menos pero el vínculo es más estable), a la que llegó un estudio publicado el año pasado y que ahora vuelve a instalarse con empeño y desconcierto renovados en webs y sobremesas gracias a un extenso artículo al respecto que salió el mes pasado en el New York Times.

Sí, habéis leído bien: Lo que el estudio afirma es que cuantas más tareas domésticas consideradas “tradicionalmente femeninas” (cocinar, aspirar, hacer la colada, cambiar pañales) realizan los hombres, menos frecuentes son las relaciones sexuales en la pareja. ¿Y el otro lado de la moneda? Nos ofrece resultados similares: En aquellas parejas en las que los hombres hacen labores supuestamente masculinas (sacar la basura, arreglar el coche, armar muebles o reparar las cañerías) el sexo tiene una frecuencia media de 17 veces al mes, 5 veces más que en aquellas relaciones en las que esto no ocurre.

Parece casi anecdótico, y las primeras reacciones tienden al humor. Bueno, las mías al menos. Como proclamar a los cuatro vientos que no me importaría lavar más platos si a cambio me tienen más contentita en otras lides (¡vamos, que si es por eso hasta soy capaz de ensuciarlos a propósito!), o hacer repasos de mis conocidos más “cromañones” en busca de ese ansiado prototipo de macho que “quiere siempre” [que yo quiero]. Por supuesto, si no sabe usar un taladro y pringarse bien los dedos con grasa de motor, queda descartado del Top 10 mental.

Pero el asunto no es nada gracioso, ni liviano. Porque lo que nos viene a decir este estudio es que, de alguna manera, a medida que crece la comunicación entre el hombre y la mujer, a medida que se abrazan los puntos de unión y se logra trascender las diferencias, más disminuye la libido. Que esas parejas “progres” que comparten las labores, que crían a sus hijos al “fifty-fifty” y se disputan el reinado de la cocina quedan muy bonitas en la foto, pero lo que es follar, follan menos. Y ojo, que no es lo mismo que poco, pero ya tiene tela. Porque ese menos es en relación a aquellas parejas que mantienen un reparto de roles más tradicional, donde la sola idea de que el macho de la casa lave los platos haría saltar, junto con los suspiros de rigor, una que otra lágrima de risa a la fémina que se afana tras los fogones.

Bueno, pasado el momento del pasmo vamos con los matices, que los hay… El estudio, importante es decirlo, se realizó en Estados Unidos. Así que convengamos en señalar que sólo es representativo… de lo que representa. Una sociedad occidental, entre tantas otras, con sus  características y particularidades a la hora de entender las relaciones de pareja.

Por otra parte, si bien se constata que dichas relaciones no son tan satisfactorias desde el punto de vista sexual, sí lo son desde el personal y emocional. Bueno, para mí es un poquillo como decir que 2+2 son 5, pero sigamos avanzando.

El estudio ha sido elaborado con datos recolectados hace ya un turro de años (en la década de los 90), y si bien eso podría parecer que invalida sus conclusiones, la autora del reportaje en el New York Times, que es psicoterapeuta de pareja, asegura que se trata de una realidad que se ve día a día en su consulta (Lori Gottlieb se llama, por cierto). Además, una de las autoras del estudio, Julie Brines, ofrece una teoría al respecto: La falta de “diferenciación sexual” que se produciría al no tener tareas definidas es la que generaría esa menor atracción sexual. Algo así como que la neutralidad de género nos está convirtiendo en seres sexualmente neutros. Es más, Brines va más allá y concluye que las parejas homosexuales tienden a escoger a compañeros distintos precisamente para mantener viva su conexión sexual, lo que no pasaría en las parejas de lesbianas, que buscan afinidades en la forma de entender la vida y en los gustos, y cuya vida sexual es menos frecuente e intensa (eso sí, aclarando que registran menos divorcios).

Entre las múltiples teorías surgidas al calor de este polémico estudio, la propia Brines adelanta un par: que nuestra sexualidad es emocional e inconsciente, y que nuestro deseo funciona por asociaciones aprendidas, siendo una de ellas la atracción por lo que es opuesta a nosotros. O sea, que la igualdad es muy bonita y necesaria para organizar la vida social, pero sus valores, simplemente, no se pueden trasplantar siempre a la cama. O más bien a nuestros deseos. Por ese colador no pasa lo políticamente correcto…

Pese a esta evidencia, algunas voces indignadas se alzan en Internet, reclamando que este tipo de estudios, que en el fondo vienen a decir que a las mujeres en su fuero más íntimo les gusta ser dominadas, ponen en riesgo esa precaria igualdad que empieza a asomarse hoy en día, y que tanta sangre, sudor y lágrimas (de féminas, en su mayoría) costó conseguir. Por otra parte, hay quien opina que “a mayor igualdad y presencia de las mujeres en los centros de decisión y de poder, más frecuentes son los intentos de teorizar sobre las desventajas de ese poder y esa igualdad”, sin contar con que la menor frecuencia de deseo sexual de las “parejas modernas” podría atribuirse más al cansancio que la vida diaria provoca en una pareja de nuestros días en la que ambos trabajan” que a un tema de falta de diferenciación por géneros.

Yo, de momento, no tengo opinión, ni de espanto ni de asentimiento científico, aunque sí me interesaría muchísimo conseguir más información sobre la calidad de las relaciones en aquellas parejas que comparten las labores de forma indiferenciada. Pero bueno, que mientras averiguo más por esos lares me propongo realizar mis propias y humildes “labores de investigación de campo” porque el rollo éste de los géneros me parece fascinante y siempre he peleado mucho por expandir los confines que el mío me marcaba. Pero claro, ya sabéis lo que me gusta a mí la tontería!!!

O sea, que como os decía al principio en coña, por probar que no se quede. Ahora, es altamente probable que al quinto día de lavar platos en soledad me termine aburriendo del experimento (para eso ya tengo al mio filio adolescente, que tiene muy muy claro esto de los roles) y decida cambiar el enfoque. Puede que entonces publique un nuevo post haciendo un llamado a las féminas del mundo para que nos unamos en una nueva cruzada pro-igualdad: Disponibilidad total cada vez que nuestro chico-progre coja una escoba o una bayeta. Y en cuanto a las labores de bricolaje y otros menesteres masculinos, eso se arregla fácil: Unas clases con Miley Cirus sobre manejo del martillo y a correr. O a correrse, que es la idea!

Fuentes utilizadas para elaborar este post:

Does a More Equal Marriage Mean Less Sex? (reportaje en el New York Times)

Iguales y ¿asexuados?: conflictos de la pareja moderna

Menos sexo en la pareja si los hombres hacen quehacer

Egalitarianism, Housework and Sexual Frequency in Marriage (link al PDF completo -en inglés- del estudio)

Loving Erika Lust! (o por qué creo que Erika no hace porno para mujeres)

Para los que aún no lo sabéis, Erika Lust, cuyo nombre real es Erika Hallqvist, es una ‘guiri’ (Estocolmo, 1977) afincada en Barcelona, cientista política especializada en Derechos Humanos y Feminismo, que se ha hecho conocida por revolucionar el mundo de la pornografía con una propuesta en la que prima el componente artístico y que juega con situaciones más cotidianas y reconocibles que las de una “gang bang”, por ejemplo. Ahora, pese a que su trabajo se decanta por la sugerencia antes que por la evidencia, no escatima en momentos de sexo explícito, siempre dentro de la unicidad creativa de la obra.

En un mundo hambriento de etiquetas, el trabajo de Erika –quien escribe, dirige y produce sus propios filmes- ha sido rápidamente bautizado como “porno para mujeres” o incluso “porno feminista”. Un cartel sin duda llamativo, y bastante funcional a la hora de propagar la buena nueva: Existe algo distinto a lo ya visto, algo que se contrapone al porno tradicional de gemidos plásticos y carencia argumental que tan poco atrae a las féminas. Sin embargo, es una visión con la que no concuerdo.

Primero, porque he conocido a unas cuantas congéneres consumidoras habituales del “porno de toda la vida”, por lo que si seguimos por ese camino tendríamos que rebautizarlo como “porno para casi todos los hombres y no pocas mujeres”, o algo así. Yo misma, en varias ocasiones, he visto pelis o videos (acompañada o no) que cumplieron a la perfección sus objetivos, y dudo mucho que sea una excepción a la regla.

Ahora, no es esa mi razón de peso para convertir este post en un alegato contra la percepción (a mi juicio errónea) de que Erika hace cine de género. Porque así como conozco a féminas que no tienen ningún problema en disfrutar de una sesión del clásico ‘mete-saca’ en pantalla, también podría mencionar a unos cuantos chicos que han caído rendidos ante los encantos de la directora sueca.

Es cierto que al porno tradicional, enquistado en sus propias fronteras, le iba quedando poco que ofrecer a sus espectadores. Y probablemente muchos –hombre y mujeres- han continuado consumiéndolo simplemente por no contar con una alternativa más satisfactoria. ¿Por qué entonces cuando ésta llega pretendemos limitarla a un grupo concreto? ¿Por qué damos por supuesto que la otra parte de la población humana no tiene lo que hace falta para disfrutar de un porno más sutil, evocador y con capacidad para integrar distintos elementos y crear historias? A mí, en lo personal, me parece un insulto hacia los hombres.

Por jugar con una imagen un poco burda, plantear una división así de artificial (reforzando la dañina idea de que la sexualidad es un compartimento estanco y que estamos destinados a existir en un mundo binario donde a hombres y mujeres les corresponde una lista predeterminada de características y tendencias) es como decir que el cine comercial de Hollywood es cine para tíos y el cine arte europeo es de tías porque son más “sensibles”.

¡Ay, mis benditos cromañones, qué mal se os trata a veces!

Erika Lust¿Y entonces, qué nombre le ponemos? ¿Porno para personas que disfrutan del erotismo más allá de la genitalidad? ¿Porno del siglo XXI? ¿Necesita un nombre realmente? ¿Qué tal entonces el porno de Erika? ¿No hablamos acaso del cine de Hitchcock o de Woody Allen? Pues me parece a mí que nuestra catalana adoptiva ha hecho méritos suficientes como para considerarla una precursora en su ámbito, o una “disruptora” si lo preferís (del latín dirumpo: destrozar, hacer pedazos, romper, destruir, establecer discontinuidad).

En fin, que era eso, básicamente, lo que quería decir hoy. En un principio pensé en hacer de esta entrada una oda a mi amiga Erika, y contaros por qué me encanta y me tiene rendida a sus pies. Sin embargo, hay información de sobra en Internet sobre las particulares características de su trabajo, así como unos cuantos cortos y no tan cortos (casi ninguno en Youtube eso sí, no perdáis el tiempo por ahí) como para que yo os pueda contar algo nuevo. Y claro, lo que también sobra en Internet es la etiquetita de los cojones. De ahí que me tengáis alegando cual vieja gruñona en lugar de escribir la carta abierta de amor a la Lust que inicialmente había planeado.

Aún así… QUÉ GRANDE ERES, ERIKA!!!

PD: Os dejo unos pocos links por si os interesan. El primero es de una entrevista reciente concedida a El País, el segundo os llevará a un compilado de videos en Dailymotion y el tercero es de su web oficial (en inglés).
http://elpais.com/elpais/2013/08/09/eps/1376044290_250638.html
http://www.dailymotion.com/lustfilms
http://www.erikalust.com/