Fantasías prohibidas

cartel superman mujer maravillaNo soy amiga de lo prohibido. Lo cual siempre es jodido, porque hay muchas cosas en esta vida que están prohibidas. Y si no tienes pasta, muchas más.

Entonces intento, al menos, no prohibirme demasiado a mí misma. Claro, si nos podemos rebuscados, cada día me prohíbo algún chocolate que me impedirá entrar en mis vaqueros favoritos, algún insulto liberador en pro de la convivencia –o de la supervivencia incluso- cotidiana, algún gusto que terminaría de liquidar mis finanzas. Y podría seguir, que sólo estoy mirando por encima.

Sin embargo, mis auto-prohibiciones suelen estar basadas en consideraciones prácticas, como no perder mi trabajo o no rodar por las calles de Madrid, que si por mí fuera me zamparía 5 pizzas chorreantes de queso calentito cada noche. Otra cosa es cuando hablamos de asuntos morales.

No se trata de que no tenga límites ni que me guste hacer de todo, ¡que el de las barbas me libre! Con lo que he visto por ahí, la sola idea me parece espeluznante. Sin embargo, creo que he conseguido que mis límites sean los propios, los que me dicta mi estómago, los que llevo dentro. O sea, que tiendo a –o intento al menos- hacer lo que me gusta y no hacer lo que no me gusta, lo cual no es ni tan poco ni tan simple. Claro, hay elementos culturales, sociales, familiares… pero también procesos de vaciado y limpieza que me han permitido desarrollar una cierta resistencia a imposiciones externas.

Ahora, no reclamo ninguna originalidad al respecto, más bien todo lo contrario. Pasé muchos años sintiéndome transgresora –con todo el subidón y la incomodidad que eso significaba-, pero ahora más bien me parece que la esquina que habito se vuelve cada vez más reconocible, y que se va poblando y fortaleciendo en su condición de opcional (como contraria a heredada). O por decirlo de otra manera, que mi forma de ser, de entender y habitar el mundo, se va volviendo más y más hija de su tiempo.

¿Qué son entonces, hoy en día, las fantasías prohibidas? Para muchos ya no tienen sentido esas imágenes de ojos vendados, esposas, látigos, tríos, juegos de rol o casi cualquier cosa que podáis poner en la lista del imaginario clásico clandestino. Been there, done that. O eso o es que, simplemente, no apetece. Si apetece se hace.

Paralelamente, y acá también voy perdiendo terreno en lo que a singularidad se refiere, hay también una tendencia reconocible hacia nuevas formas de relacionarse, otras maneras de conectar entre personas dispuestas a combatir la oscuridad que se esconde detrás del brillo rosa de las relaciones pactadas, los convenios de por vida y la exclusividad sobre los cuerpos y los deseos. Opciones no menos dolorosas ni difíciles en mi humilde opinión, pero sí más honestas y valientes.

En mi caso, he reconocido (en ocasiones con mucha dificultad) que mi búsqueda de libertad pasaba inevitablemente por aprender a respetar la libertad del otro. Pero a respetarla de verdad. Su libertad de no querer abrirme las puertas. Su libertad de no desearme. Su libertad de desearme menos de lo que quisiera, o de forma menos total. Su libertad de irse. Su libertad de quedarse sin certezas de permanencia, sin condiciones, sin requerimientos de cambios. Su libertad de que otras cosas sean más importantes, o tengan más peso en momentos determinados. Su libertad, al fin y al cabo, de tomar sus propias decisiones.

Creo firmemente en que lo único honesto es la ausencia de promesas, la eliminación de cualquier mañana en los discursos y en los afectos. Lo cual no significa que una relación no pueda durar toda la vida, o incluso que alguien no pueda desear, genuinamente, no estar con nadie más en lo que le queda de vida. De hecho, ¡qué belleza cuando eso ocurre!

Creo en la incertidumbre, y en la importancia de saber estar y funcionar solos, con independencia de si se tiene pareja o no. Creo en el amor desde la igualdad de espacios y oportunidades, y creo que la única exclusividad posible es la que nace del deseo, del sentir real de los cuerpos y de la conexión de las almas, no de una firma o una promesa arrancada en medio de un periodo de colocón cerebral. Pero lo creo no porque sea cómodo o bonito, o porque me guste. Lo creo simplemente porque siento que lo contrario es mentirse, porque muchas veces crecer es aceptar.

Volvamos a jugar con la pregunta que nos convoca entonces. Si entendemos “lo prohibido” como algo a lo que no se aspira realmente, es decir no como un proyecto a realizar sino como una ilusión desde lo intransable, una aberración casi… ¿Cuál sería mi fantasía prohibida en ese caso? ¿Mi fantasía horrible, inconfesable, impura? ¿Un macho protector y proveedor? ¿Una casita en la pradera con cuatro hijas de doradas trenzas largas? ¿Un despreciable famoso con sus despreciables y sucios millones y su abdomen perfecto?

cartel amorCasi, pero no…

(Y habría quedado de lo más sugerente como título, pero que queréis, me pudo el SEO…)

 “La seguridad de un hombre enamorado de por vida”.

 

N de A: Tras un nuevo lapsus existencial, este post pretende cerrar la trilogía “a la carta”, en esta ocasión en respuesta a la sugerencia de mi estimado A. Irles, autor de Otra resaca más, que propuso como tema para una entrada lo siguiente: “Fantasías prohibidas! Y no me refiero a algo sexual (que también podría ser…) si no a anhelos oscuros que podrías tener o que creas que la gente pueda tener…”.

Total, que ninguno me puso las cosas muy fáciles… Ya me las pagarán! 😮

Love story

love story 3-¿Estás listo?-, preguntó ella rozándole el lóbulo con labios deliberadamente húmedos, viscosos de deseo. Letras de miel caliente lo recorrieron, poseyéndolo como posee el sonido de la campana a un niño que espera ansioso la salida a recreo.
– Lo estoy.
– Entonces abre los ojos y mira lo que tengo para ti.

Le quitó la venda mientras hablaba. El parpadeó un par de veces para acostumbrarse al cambio de luz y levantó la mirada. Un hombre alto, más que él, y con una enorme polla en estado de  semirreposo, lo observaba con curiosidad. Sintió entonces frío y recordó que estaba desnudo.

– Te presento a Adriano, es de Brasil. Adriano, éste es Carlos.
– ¿En serio Pame?-, murmuró girando el cuello hacia atrás. ¿Un mulato?

Por toda respuesta ella le dio un cachete en el culo, tan fuerte que le dejó un par de dedos marcados. Después se sentó frente a él en el sofá.

– Ya te vale-, insistió él.
– Agradece que no tuve tiempo para más. Aunque dudo mucho que se pueda mejorar lo presente-, contestó ella dirigiendo una de sus más encantadoras sonrisas al brasileño, que se afanaba en mejorar las proporciones de su ya descomunal miembro.

Al encontrar en sus palabras la invitación que estaba esperando, el mulato se acercó a ella y la besó, acariciándole al mismo tiempo un pezón con sus dedos oscuros. Ella aceptó el beso, dejando escapar un gemido al sentir el contacto de sus yemas en el pecho, pero después lo apartó con suavidad.

– No, no es conmigo la cosa, es con él. Yo sólo voy a mirar. O al menos eso creo.
– Vale. ¿Qué tengo que hacer?
– Quítale el plug y fóllatelo. Con ganas.
– ¿Es su primera vez?
– Es su primera vez con una de verdad. Y no te preocupes, que es él quien va por ahí pidiendo caña. Digamos que se lo ha buscado.
– Bueno, tú mandas…
– Adriano.
– ¿Sí?
– Hasta el fondo.

Ya desde la primera embestida fue incapaz de saber si lo estaban llenando por completo o dejándolo en el más absoluto vacío, como si cada órgano, hueso o gota de sangre se hubieran retirado a algún rincón oculto, porque era tanta polla, tan gruesa y tan dura, que no había sitio para más y hasta el alma se le salía por entre medio de los dientes apretados. Obediente, el monstruo que tenía el mulato entre las piernas se revolvía en él como un puño furioso. Un dolor subterráneo le explotó dentro, escupiendo en su interior pequeñas crisálidas de placer que empezaron a subir por su espalda hasta la nuca y el cráneo. Gritó con hondura, y al final de su grito se encontró con una legión de seres alados que lo invitaban a flotar en una danza de vértigo. Entonces lo comprendió. El universo entero estaba dentro suyo y se movía en círculos. Maravillosos círculos.

Embriagado de sí, todo abismo y agujero, descargó el poderío de su goce en un chorro espeso que se estrelló contra la pared. Adriano se retiró al instante, una gentileza nacida del hábito, y se sentó en el borde de la cama acariciándose el miembro con apetito domesticado. Carlos dirigió entonces la mirada hacia el sofá, para encontrarse con esa sonrisa burlona que conocía tan bien. Ella no dijo nada, pero los vellos revueltos del pubis y sus labios hinchados la delataban.

– Te crees muy guay ¿no? Toda compuestita en tu sofá…
– Jajaja, más que tú al menos.
– Sin embargo ya no llevas las bragas. Veo que te has unido a la fiesta.
– No me pude resistir. Ha sido un espectáculo… fantástico.
– Toda una experiencia, sin duda. Por cierto Adriano, ¿cuánto te debo?
– Quita, quita, que yo pago.
– Mmm… sólo si me dejas que te folle yo ahora.
– Lo estoy deseando…

No lo acompañaron hasta la puerta para no vestirse. Sus cuerpos, reverdecidos bajo la mirada ajena, se buscaron sin necesidad de preámbulo. Fue un polvo rápido, como una caída en un solo acto por un tobogán de felpa, y al llegar abajo descubrieron que había en el mundo algo nuevo, tal vez un olor distinto. Y con eso sobraba de momento.

– Me he quedado con su número por si en algún momento me da un antojito a mí. Por supuesto, estás invitado a mirar si quieres. No te importa, ¿verdad?
– No, claro que no.
– Gato…
– ¿Sí?
– Te amo
– Y yo a ti gatita. Gracias. Gracias por todo.
– Me alegra que te haya gustado el regalo. No se cumplen 40 todos los días. Pero ahora vístete, que hay que ir a buscar al niño al cole.

love story 3Se quedó mirándola mientras se agachaba para recoger su ropa, como si fuera la primera vez. Pensó que podría amarla sin esfuerzo hasta el día de su muerte. Pensó que cualquier día podría morir tranquilo…

Sobre el spanking, o la fascinación por los azotes

spankingAlguna vez he escrito algo, hasta ahora muy por encima, sobre mi fascinación por el spanking y en particular -porque hablamos de un ‘universo’ mucho más amplio de lo que puede parecer a primera vista- por las sensaciones físicas y mentales que acompañan al rol del spankee. Pero vamos por partes…

Spanking es el término inglés para referirse a los azotes o nalgadas, es decir, golpes dados con la mano o cualquier otro elemento complementario (cinturones, zapatillas, látigos, paletas de ping-pong, varas, cepillos de pelo y un largo etcétera) en los glúteos de otra persona con fines eróticos. Siguiendo con la terminología, el spankee es el que recibe los azotes, el spanker el que los da y el término spanko se referiría indistintamente a uno u otro (la única definición que he encontrado de spanko, palabra que aparece con bastante frecuencia en textos sobre la materia, es “una persona con un fetiche por los azotes, por lo general, aunque no exclusivamente sexual”). Además, no es lo mismo hablar de azotes disciplinarios que de eróticos, siendo los primeros bastante más dolorosos que los segundos, ya que su función es más educativa que placentera.

Hasta aquí los grandes rasgos, la superficie. Pinceladas básicas apenas, para aterrizar a los más despistados. Si os interesa documentaros más sobre el asunto, os recomiendo un blog fantástico y completísimo que no le hace el asco a ningún “subtema” que pueda surgir dentro de este universo (a mí algunos me superan, francamente) y que está en activo desde 2005, con permanentes actualizaciones de textos e imágenes: http://azotesynalgadas.blogspot.com.es/

Porque, como no, cuando hablamos de spanking (como de cualquier otra práctica sexual de esas con nombre en inglés y definición en la Wikipedia) las variaciones parecen ser infinitas. Hay quienes se permiten roles intercambiables, disfrutando de ambos (por lo general de uno más que del otro, pero aún así) y quienes tienen claro cuál es el suyo y no lo sueltan por nada. Algunos disfrutan de elementos accesorios al juego, como visitas al rincón o contar en voz alta y otros son exponentes de una práctica más “purista”, donde nada tiene sentido y todo sobra, salvo el sonido de una buena palmada chocando sobre la piel trémula. También están los que llevan el asunto hasta sus últimas consecuencias, ya sea porque lo viven casi como una religión (con temas de control y obediencia que traspasan las fronteras de los juegos de sábanas, si es que realmente existe tal frontera) o simplemente porque le cogen el gustillo y necesitan que les den cada vez más caña, y a poder ser in crescendo, como una droga… Pero la línea divisoria que a mí me parece más significativa en este tema es la que separa al spanko que se asume y disfruta con sus fantasías ‘erótico-disciplinarias’ del que no sale nunca, o al menos nunca del todo, del “armario vainilla” en el que se encuentra, y que  se conforma con unas palmaditas tibias cada tanto sin atreverse nunca a pedir (o dar) más, o más fuerte…

Vale, no soy experta en el tema ni manejo cifras, pero me atrevería a apostar que son muchos menos los que pertenecen al primer grupo que al segundo. Si bien es cierto que lo que vemos y oímos sobre las prácticas sexuales del prójimo es sólo la punta de iceberg, y que en la intimidad se hace mucho más de lo que se cuenta, tengo la sensación de que el gusto por ser azotado sigue siendo bastante más tabú que otras prácticas. Para empezar, porque cualquier cosa que huela mínimamente a violencia, a imponer la voluntad del fuerte sobre el débil, ya es políticamente incorrecto. Y aunque no se viva como algo malo por dentro (que muchas veces sí, lo que es aún más triste y complejo), sino como un juego erótico más, está aún muy lejos de gozar de aceptación social. Y así, la mayoría de los entusiastas del spanking callan para evitar que le cuelguen el cartelito de “perturbados sexuales”. Yo al menos, nunca me he encontrado con nadie que me cuente en una cena que le mola que le peguen en el culo, mientras que por otro lado la gente tiene cada vez menos reparos para hablar con el que se le sienta al lado (aunque sea en petit comité) de sexo anal o intercambios de parejas, por poner algunos ejemplos. Y es que, por decirlo más claro, las fantasías de azotes suelen ir acompañadas de un sentimiento de vergüenza que nada aporta.

En el blog que os mencionaba más arriba hay un post, “La negación de la evidencia”, en el que se hace referencia a “aquellas personas que viven conflictivamente sus fantasías de azotes”. Cuenta ahí su autor, Fer, que ha mantenido correspondencia con varios spankos, especialmente mujeres, y que “para ellas las fantasías de recibir nalgadas son un elemento perturbador de primer orden que les aporta sufrimiento y contradicción con su entorno social, especialmente con parejas con las cuales hay paz y armonía. Estas mujeres temen a su propio mundo interior. El desarrollo de sus fantasías puede, desde su propia perspectiva, subvertir todo el orden de su universo particular”. Y sigue: “Las fantasías sexuales no son algo que se pueda desligar de nuestra persona, sino que son de cierta forma, a mi manera de ver las cosas, la representación misma de nuestra persona y provocan mucho sufrimiento si quedan enfrentadas a otros aspectos más integradores de nuestras vidas”.

En los últimos párrafos, y a modo de consejo (muy sabio será, pero no por eso sencillo), el autor recomienda a quienes tienen “fantasías con deliciosos azotes eróticos y estas le resultan perturbadoras”, que se reconcilien consigo mismos “y, en todo caso, no enfrentar sus fantasías al resto de su vida y viceversa. Probablemente en muchos casos es importante compartir estas vivencias con otras personas y para esto Internet es maravilloso. Y por último, como decía Oscar Wilde, la mejor manera de evitar la tentación es caer en ella”.

¿Qué hay detrás de esa tentación en particular, de cualquier manera? ¿Por qué para algunos hay goce detrás de ciertos dolores, siendo que el cuerpo no está hecho supuestamente para disfrutarlos? ¿Hasta qué punto interviene el elemento físico y cuánto hay de seducción mental ante una situación cargada de simbologías? El spanking gusta a quienes gusta porque resulta excitante, y mucho, pero… ¿por qué resulta excitante?

He leído en algunos sitios la teoría de que los spankees son personas que fueron “disciplinadas físicamente” cuando niños y de alguna manera buscan repetir vivencias de la infancia, recrear relaciones con los progenitores, volver al nido. Los habrá, como hay de todo en la vida. Pero no es esa mi experiencia. A mí me daban sopa verde y me escondían la tele con llave, pero vamos, ¡es que ni tirones de pelo recuerdo! (y ya veis, he ahí otra cosa que según q contexto… jejeje!)

Supongo que, al fin y al cabo, no importa tanto entenderlo como aceptarse. Sobra decir que no todas las pulsiones internas son aceptables, pero para mí al menos el asunto está bastante claro: Lo es todo aquello que no haga daño -y daño no es sinónimo de dolor- y que respete la libertad y deseos del otro sin imponer los propios deseos y necesidades a través de la fuerza real -y real no es sinónimo de física-. Es decir, todo lo que quepa en el saco del mutuo consentimiento entre dos o más personas (y para no meterme en camisa de 11 varas agregaré aquello de “con una sexualidad ya formada”).

A modo de cierre, permitidme que os vuelva a copiar un extracto de un post del blog “Azotes y Nalgadas”, en este caso titulado “Narraciones del mundo vainilla”, si bien yo lo rebautizaría como “Breve test para saber si tienes un spanko escondido dentro de ti”. Podéis hacerlo si queréis, es sencillísimo, en realidad sólo tiene una pregunta: ¿Os sentís identificados con algo de lo que está escrito a continuación? Si la respuesta es sí, ya sabéis. Ah, y si no estáis seguros, acá os va una ayudita extra, algo así como un bonus track para el autoconocimento… ¿Os pone la foto con la que arranca este post? Ay, estimados míos, tal vez ya va siendo hora de darle otros usos a ese cinturón. Uno de mis elementos favoritos, por cierto, además de la mano…

Es tema común entre los spankos el hablar de sus experiencias previas a su entrada al Internet, cuando su afición spanka vivía en la clandestinidad y sus deseos y fantasías se veían pobremente satisfechos con imágenes fugaces que encontraban en la televisión, el cine o la literatura. Yo misma viví esa etapa con un eterno sentimiento de frustración.

Cuando te topabas con una escena de nalgadas, siempre era parcial, algo le faltaba o le sobraba, pero bastaba para alterarte el equilibrio hormonal y acelerarte los latidos del corazón. Era casi como quedarse a medias, como estar a punto de llegar al orgasmo y que alguna interrupción abrupta te lo impidiera.

La misma frustración te impulsaba a buscar escenas, se convertía casi en obsesión malsana y ojeabas cientos de revistas, libros y pasquines, mirabas cuanta película buena o mala ofrecieran por la televisión, en la que lejanamente suponías que podía haber una escena. Hay quien elegía las películas del viejo oeste, en donde, a veces, John Wayne o cualquier otro áspero vaquero, propinaba unos buenos azotes a alguna chica rejega o soberbia. Yo me inclinaba por las películas, programas o libros en donde se recreaba el ambiente escolar. Un buen internado inglés, por ejemplo, casi ofrecía una garantía de que habría, si no azotes, algún conato de ellos, que para ese entonces ya era algo.

(Y ya para terminar, y volviendo a la foto de marras, confieso que soy incapaz de recordar de dónde la saqué. La descargué hace tiempo, simplemente porque me moló, y al encontrármela ahora en una carpeta no pude evitar la tentación de usarla en este post. Me gustaría poder poner un link -se agradecen aportes si alguien la reconoce-, si bien al menos tiene una leyenda con el autor en la esquina inferior derecha).

Tras la ventana (y V)

KONICA MINOLTA DIGITAL CAMERAAcercándose lentamente hasta ella, le puso las manos sobre los hombros y los acarició con avidez. Había algo inabarcable en el contorno de su piel, algo que se deshacía y volvía a renacer, cobrando en cada toque una forma distinta. No importaba dónde se detuviera, si en los huesos de su clavícula o en la curva de su espalda; algo de él se hundía dentro de ella, y una vez dentro era como si no pudiera volver a salir, y simplemente se adentrara cada vez más. Por un instante sintió que si seguía tocando no quedaría nada más de él, y no le pareció una mala manera de irse.

Ella asintió con una sonrisa leve y se pasó la lengua por los labios, y él tuvo la sensación de que saboreaba sus pensamientos.

La besó entonces, primero con suavidad y después con más ímpetu, concentrándose en raspar de sus labios esponjosos toda la humedad y el calor que le ofrecían. Pero sólo consiguió acrecentar su hambre. Y entonces, como si siempre hubiera conocido el camino, acercó su boca a los pezones oscuros de la mujer, que le esperaban un poco más abajo, poderosos y erguidos. Cerró los ojos y chupó, incapaz de hacer otra cosa, y sintió en seguida que lo invadía una sensación tan dulce que casi llegaba a ser insoportable. La deseaba y se ahogaba al mismo tiempo, sin poder detenerse. Ella le cogió la cara con delicadeza e hizo que la mirara.

– Tranquilo. Hay de sobra.

Quiso responderle que estaba tranquilo, pero en cuanto intentó hablar empezó a salirle leche de los labios. Se dio cuenta entonces de que por los pechos de ella corrían dos hilos blancos que bajaban hasta perderse en su vientre.  Retrocedió, sintiendo que estaba a punto de desmayarse.

– ¿Qué es esto? ¿Quién eres?

– Quien tú quieras que sea.

– ¿Eres mi madre? –le preguntó, sintiéndose inmediatamente estúpido.

– ¿Quieres que sea tu madre?

La mirada de ella se volvió felina y la voz un susurro casi inaudible, pero aún así había una carga en sus palabras, como si él pudiera palpar la tentación que le ofrecían. Por unos instantes se sintió inclinado a decir que sí, a abrir esa puerta y ver qué había detrás de ese abrazo tan ansiado. Nada podía ser peor que el vacío… Sin embargo sacudió la cabeza en señal de negación, si bien no del todo sometido a su renuncia.

– Si no lo eres en realidad, pues no. No quiero que lo seas.

– Realidad. Curiosa palabra.

La miró entonces con más cuidado. ¿Por qué estaban conversando? Tenía a una mujer hermosa y desnuda frente a él, y se encontraba a punto de embarcarse en una discusión existencialista.

Cogiéndola de la mano la llevó hasta el sofá y la tumbó allí. Había algo conmovedor en la docilidad de sus movimientos, como si de pronto se hubiera aburrido de los juegos y hubiera decidido entregarse de alguna manera, más allá de lo físico. Recostada sobre los blancos almohadones, con las piernas ligeramente abiertas, toda ella era una invitación y todo preámbulo un estorbo.

Al penetrarla supo que no había más hogar que ese, y que cualquier otro sitio tendría el sabor de la huída. Pese a que entró en ella con deferencia, una embriaguez efervescente le recorrió el cuerpo con violencia, untando una sensibilidad nueva en cada centímetro de piel viva. No había ya en él trazo alguno reconocible, todo parecía haberse fundido en un punto único, como si su cuerpo al completo fuera un enorme y burbujeante glande a punto de ebullición. Abrió la boca, pero en vez de notar cómo se liberaba su rugido lo sintió retumbar en su interior, deslizándose denso y caliente por las paredes de su garganta hasta deshacerse en su estómago.

No llegó a saber si eyaculó o no, simplemente se perdió en la totalidad de su orgasmo. Suspendido en un espacio indescriptible -¿cómo poner en palabras aquello que se encuentra  al mismo tiempo en el pico más alto de la más alta montaña y en el punto más profundo del más profundo de los océanos?-, sintió que volvía a nacer, ingrávido e inmaculado. Lo invadió un sueño profundo y se dejó acunar por sus brazos, Entonces lo supo: Nada podía herirlo, ya nada tenía forma a su alrededor. Lo único que tenía que hacer era flotar…

– Lo siento, esto no tendría que haber pasado. Se supone que hay reglas- la oyó decir, pero como si estuviera muy lejos de él. Responderle le costó un enorme esfuerzo, sólo quería dormir.

– ¿Cómo dices?

– Aún no era el momento, ella no está lista… – la escuchó decir, pero su voz ya parecía venir de otro mundo. Él alcanzó a murmurar una respuesta incomprensible, más parecida a un gemido que a otra cosa, antes de dejarse ir del todo.

pintura parto 1A la mañana siguiente no recordaría nada. Ni siquiera el golpe que tuvieron que darle -el primero de tantos- para que lograra respirar. Su madre daría a luz sin perder esa expresión de hastío que se había vuelto cada vez más frecuente en su rostro, y dejaría el hospital sin mirar atrás ni una sola vez, arrastrando su cuerpo prematuramente envejecido lejos de allí. Ese malestar en particular pronto se convertiría en un recuerdo lejano, y sólo el líquido pegajoso  brotando con desgana de sus pezones le recordaría -durante un puñado de días- lo que había dejado atrás.

 

(Nota que no sé dónde poner: Las imágenes las encontré en Internet y representan pinturas de la artista Beti Alonso. No la conozco de nada, pero me topé con su fanpage de Facebook. Por respeto a su trabajo os dejo el link: https://www.facebook.com/betialonsopintora)

 

Tras la ventana (I)
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Tras la ventana (III)
Tras la ventana (IV)

Tras la ventana (IV)

tras la ventana 4Se despertó tarde y se quedó un rato en la cama, incapaz de decidir qué hacer. No quería salir al pasillo y descubrir que el jarrón no era lo único que se había roto en esa casa. Una rápida mirada al suelo le permitió comprobar algo que ya intuía: los trozos ya no estaban allí, ni las flores desparramadas. “Debió limpiarlas mientras yo dormía”, pensó. “¿Se quedará observándome cuando entra en mi habitación de noche”?

El pensamiento lo sorprendió. Tal vez porque en ese momento se dio cuenta, con una punzada que le indicó que estaba más allá de una simple conjetura, de que no era la primera vez que ella entraba mientras él estaba dormido. Pero además no se le pasó por alto el uso del adjetivo posesivo en la frase que surcó su mente: “Mi habitación”.

Cuando ya le resultó evidente que ella no iba a aparecer, se levantó y salió. No quería asomarse al salón y quedarse parado frente a ella sin saber qué decir. Y no quería ser él quien hablara primero. Ella se había ido y lo había dejado solo. Ella tenía que buscarlo.

Sin embargo, al no oír los ruidos familiares de la mañana sintió curiosidad. ¿Ya habría desayunado? ¿Qué estaría haciendo tan silenciosamente? ¿Leyendo?

Como de costumbre la mesa estaba puesta, pero ella no se encontraba allí. Al darle un sorbo al café se percató de que estaba frío. Igual que las tostadas. Se bebió el zumo de naranja con desgana y se metió en la ducha.

Ni siquiera sentir el agua corriendo sobre su cuerpo lo tranquilizó. La ausencia de la mujer le producía la desagradable sensación de que había ido muy lejos la noche anterior, pese a que si miraba la situación desde fuera se podía considerar un ejemplo de virtud. Pero no lo sentía así.

Siguiendo un impulso se puso la ropa que traía el día que llegó, rechazando la que ella le dejaba todos los días sobre la silla. Estaba molesto, con él por no haber sabido contenerse y con ella por no haber apreciado su falta de contención. Pensó que si ella lo veía vestido así podría reaccionar de alguna manera, si bien no tenía muy que reacción esperaba… o deseaba provocar.

Todos sus pequeños rencores y elucubraciones se fueron disolviendo a medida que pasaban las horas, para dejar paso a una sensación de pérdida distinta a la que había cargado por tantos años. No se trataba ya de desear algo que nunca había tenido, sino de temer por algo que se conoce, que se ha poseído. Se preguntó cómo podría alguien llegar a amar, si eso implicaba saber al mismo tiempo- no, más bien sentir sin palabras- lo que significaba realmente la ausencia de lo deseado.

Cuando ya no pudo aguantar el hilo de sus pensamientos arrastró los pies hasta la cocina y se preparó un bocadillo para saciar su hambre. Se tendió en el sofá y cerró los ojos, pendiente de los sonidos que venían del exterior.

 

Ya había oscurecido cuando ella entró por la puerta. Parecía traer el mundo exterior a sus espaldas como un lastre, en su sonrisa huidiza y su andar pesado. Aún así, al verla así él se sintió irritado. De alguna manera excluido. Ella se acercó para saludarlo, pero él se hizo a un lado.

– Te fuiste

El ansia contenida en su voz lo sorprendió y se dio cuenta de que necesitaba dominarse. Ella lo miró con curiosidad. Parecía sinceramente perpleja al percibir el intenso reproche que acompañaba a sus palabras.

– Pero he vuelto.

– ¿Dónde estabas?

– Una reunión de última hora, que se alargó más de lo esperado.

– ¿Con quién?- insistió él con tono agrio.

– Eso a ti no te importa- respondió ella.

– Ya, ¿pero no podrías haberme avisado? Joder, no es tan difícil coger un teléfono.

– Pensé que aprovecharías el día. Te dejé una nota en la entrada. ¿No la viste?

– No-, murmuró, y se sintió inmensamente estúpido. ¿Quién era él para pedirle explicaciones en su propia casa? ¿Tenían algún tipo de relación que le daba derecho a hablarle así? De pronto su presencia en ese lugar le pareció más amenazada que nunca, y volvió a sentir esa carga endeble que colgaba de sus espaldas cuando cruzó el umbral por primera vez.

– Disculpa, yo…

– No pasa nada Pablo, déjalo. Creo que me voy a tumbar, estoy cansada.

 

No, no podía ser eso y ya, no podía terminar así. La cogió de un brazo e intentó besarla, pero ella se soltó con un tirón firme, haciendo un extraño chasquido con la boca. Desesperado, sin saber qué hacer al ver que ella le daba la espalda y se dirigía hacia el interior, comenzó a quitarse la ropa con movimientos decididos, con la vaga sensación de que al estar desnudo le costaría más echarlo de su casa. El inconfundible sonido de la cremallera al bajar hizo que ella detuviera su marcha y se girara a mirarlo. No dijo nada, pero el haberse detenido ya era una respuesta.

Él terminó de desvestirse y extendió los brazos hacia los costados, echando levemente la cabeza hacia atrás.

– Mírame. ¿Por qué no me deseas? ¿Qué es lo que no te gusta?

Cerró los ojos, algo avergonzado con su inesperado y teatral arranque, y al abrirlos se encontró a la mujer a su lado. “¿Pero qué coño”? se dijo, algo mareado por la sorpresa. Resultaba imposible que le hubiera dado tiempo a llegar hasta él. Pero allí estaba.

– No has venido aquí para eso- le dijo con una sonrisa triste.

– ¿Y entonces para qué? ¿Quieres decirme para qué coño estoy aquí? Tú misma me pediste que me quedara.

– Lo sé. No debería haberlo hecho. Pero yo también me siento sola a veces.

– Yo puedo acompañarte. Déjame hacerlo.

Como si se viera forzada a tomar una decisión muy importante ella entrecerró los ojos, y al hacerlo la habitación se oscureció. ¿Cómo se había ido tan rápido la luz? ¿Había sido ella quién había llamado a las sombras? Se encontraba al límite del paroxismo –a eso lo invitaba la lógica-, pero de forma paralela comenzaba a cobrar fuerza la sensación de que sus preguntas sólo tenían peso fuera de los muros que les daban cobijo. Y él estaba dentro. Aunque al parecer no por mucho tiempo.

Entonces ella comenzó a murmurar sonidos incomprensibles al tiempo que movía los brazos, como si cantara muy bajito en una lengua extraña o estuviera recitando algún mantra. Su voz, que más parecía provenir del centro mismo del hogar que del fondo de su garganta, se llevó lo que a él le quedaba de estupor como una suave ola se lleva restos de algas secas al retirarse de la orilla. Poco a poco todo pareció volver a su sitio, aunque era un sitio que él no terminaba de entender. Pero al oírla hablar eso ya no parecía tan importante.

tras la ventana 4bSe dio cuenta entonces de que ella también estaba desnuda, y de que su ropa había desaparecido. Fascinado, contempló su cuerpo firme, mucho más de lo que hubiera esperado en una mujer de su edad, con Pilates y todo. Aunque se encontraban en penumbras le pareció percibir una cierta juventud en su rostro que no había notado antes, o más bien como si la edad no hubiera quedado impresa en él, como si sus preocupaciones fueran de otra índole. Él no sabía qué podía estarla preocupando, pero no albergaba dudas de que sus intentos ya no serían rechazados.

 

Tras la ventana (I)
Tras la ventana (II)
Tras la ventana (III)

Tras la ventana (III)

http://www.fraper.es/portal/cuadros/452-cuadro-jarron-azul-con-flores.htmlHabía pasado más de una semana cuando ella entró por primera vez. Él había dejado de estar pendiente de cada sonido que se desvanecía al otro lado de la puerta una vez que se daban las buenas noches, si bien le seguía costando conciliar el sueño. De alguna manera no había dejado de esperarla del todo, pero como se espera que Dios responda a una plegaria: Todo fe, sin asideros. Por eso, aunque había fantaseado recreando la escena decenas de veces durante las noches anteriores, no supo cómo reaccionar y fingió dormir.

Ella se acercó con sigilo y se sentó en el borde de la cama. Él, boca abajo y desnudo bajo el edredón, recibió el palpitar furioso de su corazón como un anuncio de algo y apretó los párpados.

– ¿Estás despierto?

Sus palabras se vaporizaron en el aire, más livianas que un susurro. No hubo respuesta, pero ella no se fue. Permaneció allí, sentada a su lado, y comenzó a acariciarle el cabello muy suavemente. Pasados unos segundos volvió a hablar.

– Quédate aquí. Quédate conmigo.

Retiró el edredón con cuidado, hasta dejarlo a los pies de la cama. Aunque él no podía verla se la imaginaba perfectamente, absorta en su empeño de no interrumpirle el sueño. Entonces le pasó los dedos por la espalda, como un aprendiz respetuoso que entra en contacto por primera vez con las teclas de un piano, con una liviandad cargada de respeto. Él suspiró, muy quedamente, porque no podía evitar sentir que la estaba engañando.

– Shhhhhh…

Continuó tocándolo mientras tarareaba una canción que él desconocía. Sin aumentar la intensidad de sus roces, poco a poco fue adueñándose de porciones más extensas de su cuerpo, hasta alcanzar con sus yemas perezosas los glúteos –“apenas unos instantes se queda en ellos, ¿por qué se va tan pronto?” – y ya después las piernas. Y entonces comenzó a ascender nuevamente, sin prisa pero esta vez un poco más decidida, un poco más familiarizada con sus llanuras y sus rincones. Él volvió a suspirar y elevó ligeramente las caderas, en parte para dejar sitio a su ya considerable erección, en parte para participar de alguna manera del ritual que se estaba llevando a cabo sobre su piel hambrienta. Como ella no se detuvo, él no volvió a moverse. El enjambre que tenía entre las piernas reclamaba su atención, pero parte de sí estaba fuera de su cuerpo, junto a ella, observando su propia carne yaciente, apenas un accidente entre sus sábanas por capricho del destino.

Quietud y silencio. Cómo los aborrecía de niño. Qué delgada le pareció en esos momentos la línea que separaba el placer del dolor. No el de los artilugios, el de verdad. El dolor de los que están solos.

Pero entre los dedos expertos de la mujer que le ofrecía cobijo todo se desdibujaba. Moldeable como el barro e ingrávido, como si se disolviera y flotara al mismo tiempo, conoció por primera vez el deseo de llorar. Lo hubiera dado todo porque el tiempo se detuviera, por no salir nunca más de esa habitación ni de ese universo hecho de piel y recovecos, en el que ella era la fuente de toda vida y toda felicidad.

http://www.fraper.es/portal/cuadros/452-cuadro-jarron-azul-con-flores.htmlAprovechando una pausa en sus caricias se giró. Aunque ella echó levemente el cuerpo hacia atrás él no fue capaz de percibir en su gesto el aroma de la fragilidad y estiró un brazo para tocarla. Al hacerlo pasó a llevar el jarrón azul que había junto a la cama, que se estrelló contra el suelo escupiendo al quebrarse sus flores envueltas en un chorro de agua turbia.

Antes de que alcanzara a balbucear una disculpa ella le posó los dedos sobre la boca, con una sonrisa leve. Entonces se puso de pie, sus largos cabellos negros cayendo libres sobre sus hombros, los pies descalzos y apenas un ceñido camisón blanco para cubrir sus formas, y se fue como había llegado, sin emitir una palabra, sin dejarle un gesto en el que buscarla.

No fue un pensamiento, sino una imagen lo que se quedó en él cuando ella cerró la puerta: Una postal vieja, que algún amigo del coronel se dejó olvidada en la cabaña de la playa, en la que dos niños de pantalón corto sentados en las rodillas de Papá Noel parecían burlarse con sus pequeñas sonrisas congeladas de todo aquel que estuviera fuera de la imagen, mientras que de fondo deliciosos manjares los esperaban sobre la mesa junto a un árbol colmado de regalos sin abrir.

Tras la ventana (II)

Tras la ventana (I)

Tras la ventana (II)

No dijo nada, tan sólo le hizo un gesto con el dedo y él la siguió hasta una habitación que se encontraba al final del pasillo. Estaba decorada con sobriedad y buen gusto, y ya al primer vistazo se dio cuenta de que se trataba de un cuarto de invitados, lo que en parte le extrañó. En realidad, no sabía muy bien qué esperar. Al buscarla con la mirada reparó en un jarrón azul (¿sería de porcelana? él no sabía de esas cosas) lleno de flores frescas. Empezaba a producirle cada vez más curiosidad la mujer que tenía al frente.

– ¿Para qué las flores?
– ¿Cómo dices?
– No entiendo. Acá no duerme nadie, ¿no? Todo está en su sitio y no se ven objetos personales por ninguna parte. ¿Quién las aprovecha? ¿Las flores?
– Tú.
– ¿Yo?
– Por ejemplo.

Iba a decir “eso es ridículo, no tenías cómo saber que yo vendría”, pero algo lo impulsó a callar. No quería molestarla. Y, sobre todo, no quería empezar a quitar capas tan pronto, porque una vez alcanzado el centro ya no sabría qué hacer. Además, ¿para qué arrebatarle su juguete? Su misterio era como una sombra que, más que oscurecer, refrescaba.

– Me gustan las flores -murmuró de pronto ella, interrumpiendo sus pensamientos-. Así de simple. Desde niña. ¿A ti no?
– Me dan un poco igual. Quiero decir, nunca he gastado dinero en ellas. Pero viéndolas aquí me parecen casi…
– ¿Si?
– Sé que suena ridículo, pero iba a decir “necesarias”.
– ¿Ridículo? Para nada. Me parece un comentario bastante penetrante.

“Penetrante”. Le bastó escuchar esa palabra para sentir como si lo despertaran de una bofetada. La mujer que lo miraba con intensidad no sólo seguía siendo hermosa; era como una invitación, toda ella. Podía sentir como la turbación reptaba por sus muslos hasta hacer nido en su entrepierna. Carraspeó, porque no supo que más hacer, y se acercó al marco de la ventana, dándole la espalda. Había empezado a llover.

Ella comenzó a hurgar en uno de los armarios. Pasados unos minutos, que él agradeció, le tocó con suavidad un hombro. En lugar de girarse él cerró los ojos, sintiendo como llegaban hasta sus labios oleadas mansas de un sabor dulce, a la vez conocido y olvidado, al que no supo dar nombre.

– Probablemente quieras darte un baño. Sobre la cama he dejado toallas limpias y un cepillo de dientes. Es la segunda puerta a la derecha.
– ¿Estás segura de que quieres que me quede?
– No te tardes. Se enfría la cena.

en la ventana_ok

Casi no pudo dormir en toda la noche. La posibilidad de que su anfitriona apareciera en el marco de la puerta era como un manto que todo lo cubría, meciéndolo y manteniéndolo despierto al mismo tiempo. Recién cuando comenzaba a clarear consiguió cerrar los ojos un par de horas, rendido el cuerpo al fin ante su ausencia. Al despertar la encontró fumando en el balcón. Ella no lo vio entrar, miraba hacia la calle, atrapada al parecer por pensamientos profundos. Si no fuera por el movimiento del humo que de desenroscaba de su cigarrillo él hubiera creído encontrarse frente a un cuadro. La mesa estaba puesta: Gruesas rebanadas de pan rústico, huevos revueltos recién hechos, café y zumo de naranja natural. No supo qué decir, así que simplemente tosió. Ella se puso de pie, aplastando la colilla en un enorme cenicero de colores chillones.

– Buenos días- lo saludó con una sonrisa amplia, acercándose a la mesa y alcanzándole un tazón humeante- El café era sin leche, ¿no?
– Buenos días. Sí, gracias, me gusta solo.
– ¿Has descansado algo? Anoche parecías… intranquilo.
– Ya, ehm… perdona si te desperté.
– No te preocupes. Estaba despierta.
– No suelo moverme tanto, no sé qué me pasó. Y además tu cama no ayuda. ¿No conoces Ikea acaso?
– Es una reliquia familiar, dejémoslo ahí. De cualquier manera se duerme muy bien en ella pasados unos días. Ya te acostumbrarás.

Dijo “ya te acostumbrarás” como quien dice la cosa más nimia, mientras mordía un trozo de pan, y él sintió como si lo trasladaran a otra realidad de un empujón, una en la que estaba bien acercarse y abrazarla, hundir la nariz en su pelo e incluso llenarse la boca con sus pechos generosos. Pero él seguía siendo el mismo, un intruso sólo, incapaz de fundirse con el nuevo escenario. En cuanto a ella, parecía cambiar de sitio todo el tiempo, como si todas las reglas le valieran.

– ¿No tienes que irte a currar? Ya es tarde- comentó él por quebrar el silencio.
– No, trabajo en casa. Y además he decidido tomarme unos días libres.
– ¿Para qué?
– ¿Cómo que para qué? Tú estás aquí, ¿no?
– Ya, eso es lo que no entiendo. No me conoces, y aún así me has invitado. ¿Dejas entrar a cualquier extraño que toca a tu puerta?
– Me gustan las historias. Vivo de ellas. Y quiero ver a dónde me lleva ésta.
– Pero aún así, ¿no te da miedo?
– Sentí que querías estar aquí, que era importante- respondió ella encogiéndose de hombros.
– Te estoy hablando en serio.
– Yo también. ¿Qué quieres que te diga? No eres un desconocido, o al menos no del todo. Eres el hijo adoptivo del coronel Adriasola, Isabel me habló de ti y no creo que vayas a hacerme daño. ¿Me vas a hacer algo malo, Pablo?
– No. Al menos nada que tú no quieras.

Esperaba un leve estremecimiento al menos, un gesto, una mirada de complicidad. Y como su imaginación solía ir muy por delante de lo que creía posible, llegó a imaginarla incluso abriéndose el camisón frente a él, al embrujo de sus palabras. Pero nada. Ella siguió comiendo sin alterarse, como si digerir su frase fuera una parte más del proceso alimenticio que estaba llevando a cabo de forma tan concienzuda. Él no pudo evitar sentirse molesto, de alguna manera traicionado por su silencio. ¿Qué se traía esa mujer entre manos? ¿Qué coño estaba haciendo él allí de todas maneras?

– Muchas gracias por el desayuno, estaba buenísimo, pero es hora de partir- dijo sin poder disimular la irritación en su voz.
– ¿Partir? ¿A dónde?
– ¿Cómo que a dónde? No sé si lo recuerdas, pero llegué hasta acá buscando a alguien.
– Ya. ¿Y sabes por dónde seguir tu búsqueda?
– No, pero yo…
– ¿Entonces cuál es la prisa?
– Si no me voy ahora más tardaré en encontrarla.
– Por favor, no te vayas. Al menos no todavía.

Nadie, hasta ese momento, le había dicho nunca “no te vayas”, y eso que se había ido de muchos sitios. Ni siquiera el coronel. No hizo falta más. Estaba acostumbrado a ignorar su necesidad de los otros como los pobres ignoran el hambre, porque no le quedaba otra, pero no sabía lo que era sentirse necesitado. Mareado de pronto por la evidencia de que ella deseaba su presencia cerró los ojos, buscando en la oscuridad un asidero. Ella lo rozó con delicadeza, sin posar del todo sus dedos en el brazo que tenía delante. Su tacto ligero le recordó a la brisa fresca de una noche de verano, y le pareció que ningún día podía ser demasiado largo si ella le esperaba en casa. Sin saber por qué, se le vino a la mente la imagen de Torpedo, un gato callejero al que alimentaba en secreto cuando niño. Tal vez porque su pelo era inexplicablemente suave, inexplicablemente blanco. Como un refugio.

– Si quieres puedo ayudarte a recoger la mesa- dijo sin más. Ya con eso se sintió más liviano.

Tras la ventana (I)

Tras la ventana (I)

(Para mi madre)

ventana

Era una casa de esas para esperar dulcemente la muerte.
Con todo ya acabado.
Sin nada por hacer.
Cada cosa en su sitio, como una sinfonía visual.

Nada más entrar supo que muy pronto desearía pasar allí el resto de sus días. Comenzaba a necesitar la paz, y en esa casa se respiraba por todos los rincones. La claridad que entraba por sus grandes ventanales invitaba a la contemplación, no al movimiento. Y él estaba muy cansado.
Y luego estaba ella, de pie en el marco de la puerta, con un café humeante en la mano.
Un café y una promesa, de tantos ofrecimientos por cumplir.
Para él.

Encendió un cigarrillo, expectante. Ella, pese a su pulcritud, no le devolvió un gesto agrio. Ni siquiera vaciló. Simplemente le ofreció un cenicero.
Ya con eso deseó abrazarla.
En su lugar dejó descansar las yemas de su mano izquierda sobre el brazo del sofá. Con suavidad. Era casi como tocarla. De alguna manera mujer y espacio eran todo uno allí. Ella era ese hogar, cada rincón, cada pared pura. Y él tenía maletas para deshacer.

No lo interrumpió mientras se bebía el café. Ni un gesto sutil para meterle prisas. Calor y silencio entraron en su cuerpo, inundándolo de sensaciones nacientes. Y al otro lado ya no había vacío, estaba ella con sus formas rotundas y el latido que se adivinaba entre sus pechos.

Se acercó para devolverle la taza. Un poco más. Sólo un poco… Tuvo que esforzarse para enmascarar su avidez. Respiró con suavidad.

En contra de lo esperado, no había un llamado en su aroma. Era agradable, como a bizcocho mojado en leche y tal vez algún otro ingrediente secreto, pero él había imaginado otra cosa.

– ¿Y bien?-, inquirió, aún sin rastros de impaciencia.
– Soy Pablo. Y usted Raquel, ¿no?
– Por favor, trátame de tú. Creo que aún puedo permitirme ese lujo.
– ¿Cómo?
– Digo, que tampoco soy tan vieja…
– Oh, no, por supuesto que no- dijo él evitando su mirada. Ella calló y se dirigió hacia la ventana.

– No sé si Isabel habló contigo.
– Sí, si habló- respondió ella añadiendo una pesada suavidad a sus palabras-. Pero siéntate. Acá estarás más cómodo.

Dijo “acá estarás más cómodo” y él sintió deseos de llorar. La comodidad no era para él más que un sustantivo, como tantos otros aprendidos a golpes, del que sólo tenía la cáscara. Se dirigió como hipnotizado al sofá en el que ella ya le esperaba. Era blando y olía a limpio.

– Pablo…
– ¿Sí?
– Pablo -repitió ella como sin animarse a hablar, cogiéndole una mano. Él cerró los ojos y se dejó ir, sintiendo cómo ese primer contacto traspasaba su piel para envolver algo que no sabía que tenía dentro.
– Me gusta cómo suena mi nombre entre tus labios: Pablo.
– Temo que has estado siguiendo una pista falsa. Yo no soy tu madre.
– Eso es imposible.
– Imposible sería que lo fuera. Nunca he tenido hijos. No puedo tenerlos.

Entonces la miró, largamente. La transformación no se produjo de golpe, sino que de forma gradual, como si ella se desvistiera frente a él con cierta pereza y fuera dejando caer las ropas a sus pies. Y así, en los instantes en los que ninguno habló, fueron resbalando entre sus curvas maduras todos los revestimientos maternales con los que él había alcanzado a cubrirla desde que cruzó el umbral de su puerta.

– Lo siento mucho- murmuró él con un tono mucho más seco del que hubiera querido- Lamento haberte hecho perder así el tiempo. Igual me lo podrías haber dicho por teléfono.
– Te ves cansado- dijo ella pasando por alto su última frase-. Muy cansado. ¿No quieres quedarte hasta mañana? Siempre habrá tiempo de encontrar a la mujer que buscas.

Volvió a mirada, esta vez ya como un repaso. Aún no había llegado a los 50 y sin duda se conservaba bien. Sería de las que trotaba todas las mañanas por el Retiro, o tal vez se daba sus buenas palizas con el Pilates. Ella pareció percibir ese descaro que empezaba a asomar entre sus ojos pardos y le regaló una sonrisa insondable.

No. Definitivamente la mujer que tenía al frente no podía ser madre.

Un lunes cualquiera

salón ventanales luzEra una casa de esas para esperar dulcemente la muerte.
Con todo ya acabado.
Sin nada por hacer.
Cada cosa en su sitio, como una sinfonía visual.

Nada más entrar supo que muy pronto desearía pasar allí el resto de sus días. Comenzaba a necesitar la paz, y en esa casa se respiraba por todos los rincones. La claridad que entraba por sus grandes ventanales invitaba a la contemplación, no al movimiento. Y él estaba muy cansado.
Y luego estaba ella, de pie en el marco de la puerta, con un café humeante en la mano.
Un café y una promesa, de tantos ofrecimientos por cumplir.
Para él.

Encendió un cigarrillo, expectante. Ella, pese a su pulcritud, no le devolvió un gesto agrio. Ni siquiera vaciló. Simplemente le ofreció un cenicero.
Ya con eso deseó tocarla.
En su lugar dejó descansar las yemas de su mano izquierda sobre el brazo del sofá. Con suavidad. Era casi como posar sus dedos sobre ella. De alguna manera mujer y espacio eran todo uno allí. Ella era ese hogar, cada rincón, cada pared pura. Y él tenía maletas para deshacer.

No lo interrumpió mientras se bebía el café. Ni un gesto sutil para meterle prisas. Calor y silencio entraron en su cuerpo, inundándolo de sensaciones nacientes. Y al otro lado ya no había vacío, estaba ella con sus formas rotundas y el latido que se adivinaba entre sus pechos.

Se acercó para devolverle la taza. Un poco más. Sólo un poco…

– Te necesito- le murmuró al oído.
Ella titubeó, por primera vez.
– ¿Cómo dice?
– Que te necesito.
No fue una mirada larga, pero él pudo ver que ella entendía, y se sintió desnudo. No era muy listo para esas cosas, pero en ese momento comprendió lo que era traspasar lo evidente. Se lo había enseñado ella al leer en sus ojos, en un breve trayecto en que lo había cogido de la mano y lo había invitado a embriagarse con su luz.
– Te necesito- volvió a repetir, esta vez alto y claro.
– Ya, pero yo no- le contestó ella sacudiendo la cabeza, y de pronto su voz dejó de ser hermosa-. Salvo para que me cambie el router, claro. Así que hágame el favor de ponerse a trabajar de una vez, o tendré que llamar para pedir otro técnico.

Una casita en la calle Pudeto

(por Mauricio Olivera)

casita pudetoHay una casa en los altos de la calle Pudeto. Es una antigua casona de dos pisos edificada casi por completo en madera de árboles nativos, como suelen serlo las casas en el Sur. El viento y la lluvia que han castigado por décadas su techumbre y sus paredes han desvaído el color de sus tejuelas de alerce hasta dejarlas de un tono verde musgo pálido y enfermizo. Noche y día, una estela de humo sale del extremo del caño ennegrecido que corona el tejado, aletea un par de frágiles segundos al soplo del cierzo helado y se disipa finalmente en el aire, como un fantasma contra el cielo permanentemente nublado.

El inmueble así caracterizado es habitado de forma estable (valga la distinción ya que todos sus demás ocupantes lo son de modo, por así decirlo, transitorio) por dos mujeres de cierta edad, difícil de establecer debido a elementos mayormente culturales, pero que debe fluctuar, con escasa diferencia entre ambas, entre los 68 y los 72 ó 73 inviernos. Las dos mujeres se conocen desde hace unos 60 años, prácticamente cuando, también con un breve margen entre ambas, llegaron cada una a vivir en aquella casa (es muy probable que ninguna de ellas supiese decir, si se les requiriera, cuál llegó primero y cuál después, lo que por lo demás y a estas alturas ya no debe tener el menor interés para nadie).

Una de las mujeres en cuestión se llama Gertrud y es la propietaria del edificio, en el que regenta en las últimas cuatro décadas una casa de reposo privada para personas de la tercera edad altamente dependientes y con grados severos de postración y deterioro intelectual. Se trata en todos los casos de ancianos de más de 80 años, algunos de más de 90 y hasta 100 años, procedentes de familias relativamente acomodadas de la sociedad local, cuyo derrumbe físico y mental les han convertido en pesadas cruces para sus parientes más jóvenes quienes prefieren pagar los elevados aranceles de la muy antigua y respetada residencia, a cambio de la certeza de que su enfermo y anciano padre, madre, abuelo/a o suegro/a se encuentra al cuidado de manos experimentadas y primorosas que velan permanentemente por sus necesidades más básicas.

Gertrud es menuda y gruesa, de tez muy blanca y ojos azules y su cabello ahora entrecano conserva algunos mechones rubios que delatan su ascendencia germánica; una marcada cojera, herencia del flagelo de la polio en los años en los que las vacunas eran un lujo, desconocido para las gentes de lugares remotos y aislados, imprime un sello tragicómico a su andar. Hija de tardíos inmigrantes provenientes de una ladea del norte de Alemania devastada por la Guerra, nació y vivió sus primeros años entre colonos de la zona costera de la región de Los Lagos, hasta que el pavoroso terremoto de 1960 asoló aquel sufrido rincón del planeta cobrándose una treintena de millares de vidas y arrastrando al mar las casas y pertenencias de muchos más; en tales circunstancias, Gertrud junto con sus padres y un puñado más de sacrificados y rubios sobrevivientes arribaron, tras cruzar un embravecido Canal de Chacao, al norte de la Isla de Chiloé, donde, tras vender los pocos animales que habían escapado a la furia del mar, pudieron rehacer sus vidas a punta de hacha y arado de mano. Luego vino la enfermedad que inutilizaría una de sus piernas y, tras ello, la muerte del padre y el lento declinar de la madre, a quien cuidaría con abnegación en sus últimos años, alimentándola a cucharadas y limpiando sus desechos. Se vería, sin quererlo, obligada a desempeñar la misma labor con los ancianos de otras familias locales en su propia heredad de tejuelas de alerce, a fin de subsistir y, para lo cual, se apoyaría desde entonces y por siempre en la fiel Elena, una niña de origen campesino y sangre araucana cuyos padres le fueron arrebatados por el mismo telúrico horror que trajo a Gertrud a la isla y a la casona. Elena fue rescatada del hambre y el frío por la madre de Gertrud, para colaborar en las tareas domésticas tales como picar leña, encender el fuego, acarrear el agua y corretear los pollos, hasta convertirse en un integrante más de la familia. Si bien en un discreto segundo plano, se integraría también al cuidado de sus padres adoptivos y luego de los veteranos residentes que reemplazarían a aquellos tras su deceso. Elena es una mujer pequeña y delgada, de apariencia frágil, su cabeza parece desproporcionadamente grande en relación al resto de su cuerpo, el que se ha ido encorvando con el peso de los años sin perder la agilidad de su juventud, su piel surcada de arrugas es morena y su pelo negro se ha ido llenando de canas a la par que el de su blonda compañera. Sus manos flacas, ásperas y nudosas delatan lustros de infatigables faenas domésticas con el hacha y el fogón, curtidas por las heladas y temporales de los crudos inviernos sureños. Elena jamás mira a los ojos y parece siempre estar persiguiendo algún escurridizo punto en el suelo a escasos palmos por delante de sus pies. Tampoco intercambia la menor conversación con ser humano alguno, salvo para mascullar entre dientes un ininteligible alegato mientras se aleja para cumplir alguna encomienda; en cambio, suele mantener largos soliloquios igualmente incomprensibles en el patio, donde parece hablar con las gallinas que a diario alimenta y espanta de la huerta, o en la cocina mientras manipula leños y ollas, o al cambiar los pañales de los ancianos de la casa a quienes regaña constantemente con agrias recriminaciones medio escupidas en una insondable mezcla de chileno campesino y mapuche, plagada de juramentos y de sonidos inarticulados. Elena nunca sonríe y jamás ha puesto un pie fuera de la casona desde su llegada, sin haber manifestado tampoco el menor interés por hacerlo. Gertrud, en cambio, además de ejercer la función de relaciones públicas, debe ausentarse regularmente para comprar los suministros, realizar trámites y asistir a la misa dominical o a las exequias de los residentes que, con relativa frecuencia, abandonan este mundo y con él la vetusta casa de reposo.

La relación entre estas dos mujeres singulares, edificada a través de décadas de convivencia y trabajo entre el añoso maderamen y los quejidos de ancianos moribundos, resulta sin duda de lo más peculiar para el observador externo, desconocedor de la historia de penurias, soledades y duelos que las unen desde la niñez. Una lengua ignota, sin palabras más allá de “Buenos días” y “Hasta mañana, Elena”, a las que la aludida responde con un gruñido característico, sustenta el vínculo entre estos seres; durante todo el resto de la jornada, la inquebrantable costumbre y unas pocas breves órdenes del tipo “Hay que cambiar los pañales al Sr. Ampuero de la habitación tres” articulan el funcionamiento de la residencia, mientras que las demás tareas como alimentar el fuego de la cocina, preparar las comidas y las papillas, el aseo diario de los ancianos y la administración de medicamentos, se realizan de forma inmutable y rutinaria y, la mayor parte del tiempo, en el más absoluto silencio, roto tan sólo por el sonido cascado de radio “Estrella del Mar”, el farfulleo de Elena y el furor del viento y la lluvia en las tejuelas y ventanas.

Una vez por semana, un tercer personaje se incorpora por espacio aproximado de una hora al hermético círculo conformado por las dos mujeres. Cada jueves al atardecer, un médico octogenario visita la residencia, casi sin faltar desde hace más de 30 años. Se trata del Dr. Saúl Uauy, un antiguo galeno de ascendencia árabe oriundo de Concepción; jubilado en la actualidad, atiende a unos pocos pacientes tanto o más añosos que él en una consulta habilitada en su propia casa y efectúa esporádicas visitas a domicilio, además del control semanal a los ocho longevos clientes de Gertrud. El día de la visita del Dr. Uauy suele transcurrir de modo similar cada vez, como si obedeciese a un ritual sagrado o a un protocolo escrito de antemano por quién sabe qué pluma desconocida a la vez que poco creativa y económica en palabras.

El día de la visita médica, la actividad en la casona comienza algo más temprano que de costumbre y con cierta leve excitación de Gertrud para quien tener a su clientela a punto, limpia y con sus medicamentos administrados, es un asunto de vital importancia.

-Elena, hoy viene el doctor, hay que apurarse para tener a los pacientes listos.

-(gruñido)

Las tareas son idénticas a las de un día corriente, pero el arreglo de las camas y la higiene revisten un especial cuidado y se utiliza más colonia inglesa que lo habitual. Y aunque Elena no parece percatarse en lo más mínimo, las órdenes de Gertrud tienen un tono más imperioso. Cuando llega el médico todo está en perfecto orden y despide femenina pulcritud. Aquel día también se han cambiado las flores que decoran las habitaciones por otras frescas.

-Buenas tardes, Gertrud.

-Buenas tardes, doctor.

-Buenas tardes, Elena.

-(gruñido)

Durante la visita, Gertrud sigue solícita y atenta cada paso, comentario e indicación del profesional. Elena, en cambio, parece no advertir en absoluto su presencia. Terminada la ronda, el veterano médico da las últimas instrucciones mientras se coloca el abrigo y camina hacia la salida, escoltado de cerca por la dueña de casa.

-Buenas noches, Gertrud.

-Buenas noches, doctor.

-Buenas noches, Elena.

-(gruñido)

 

Por la noche, el ajetreo diario disminuye de manera considerable, en especial una vez que se ha administrado la medicación nocturna de los ancianos, la que suele incluir potentes hipnóticos para garantizar el reposo nocturno de los mismos, de sus cuidadoras y del médico. El volumen de la radio también desciende aunque sin llegar a apagarse hasta que las dos mujeres de la casa se retiran, por fin, a descansar cada una a sus aposentos, a eso de la una AM.

-Hasta mañana, Elena, que duermas bien.

-(gruñido)

Cuando Gertrud se despide, Elena se queda en la cocina aún unos minutos mientras termina de tomarse una última taza de té, alimenta el fogón de la cocina y apaga la radio y las luces del primer piso, para dirigirse luego a su dormitorio, ubicado justo al lado de la cocina. Una vez dentro, cierra la puerta con llave y se lava los dientes y las manos en un lavatorio de loza apostado sobre una cómoda con un espejo oval. Ha cesado el refunfuño que por el día destilan infatigablemente sus labios arrugados.

Elena se enfunda una camisa de dormir que le llega hasta los tobillos y se mete en la cama premunida de un rosario de carey, obsequio inmemorial de su madre adoptiva. Y, tal como le fue enseñado casi desde el primer día en que llegó a la casa, coloca sus manos con el rosario sobre el vientre y principia a correr las cuentas a la vez que farfulla una y otra vez insondables credos, padrenuestros y avemarías en voz baja. La monocorde letanía la adormece lentamente como una canción de cuna susurrada en un idioma extraño. Sonidos guturales se van entremezclando con los rezos a la vez que Elena entra en una suerte de trance místico y sus manos, empuñando el rosario con fuerza, van desplazándose por su abdomen hacia su pubis canoso. De pronto, toda la habitación se inunda de una luz refulgente, las paredes de madera desaparecen y desde el cielo por donde revolotean entonando cánticos de alabanza cientos de miles de ángeles con gráciles alas del color de los ventisqueros, desciende envuelto en nubes Aquél que ha de venir cada noche, el dios-hombre que se cuela en su cama desde hace más de treinta años, acude puntual al llamado de sus oraciones. El Dr. Uauy, viene sin falta y sin demora para desposarla ante el Todopoderoso, quien noche tras noche también bendice la unión mística de los dos enamorados; Elena ha comprendido desde la primera vez que ese hombre apuesto y varonil entró en la casa que se ha enamorado perdidamente de ella, tanto como ella de él y, por ello, su unión ha sido bendecida por toda la eternidad; sus manos con el rosario hecho una pelota ya han aterrizado en esa parte de su anatomía cuyo nombre ella desconoce y por la cual orina y, sin notarlo ella, han comenzado a masajearla vigorosamente, encendiendo oleadas de sensaciones indefinibles que recorren todo su cuerpo desde la cabeza hasta los dedos de los pies, insuflándola de un hálito divino en el momento en que el médico, investido de una túnica resplandeciente bordada en oro, rubíes y zafiros, con los cabellos casi negros como aquella primera vez y no blancos como cuando viene una vez por semana a visitar a los enfermos de la casa, fingiendo que no hay nada entre ellos, termina de descender hasta su cama y se posa sobre su cuerpo y se fusionan ambos en un solo ser celestial hecho íntegramente de amor y regocijo, el rosario no deja de prodigar su enérgico masaje y ya no salen de su boca más oraciones sino sólo quejidos guturales de inefable placer, suenan al unísono millones de trompetas y campanas de boda y el firmamento se abre de par en par, dando paso a una cascada torrentosa de estrellas fugaces incandescentes de todos los colores conocidos por el ojo humano y muchos más que sólo los enamorados divinos han visto, se abren las aguas del canal y los Tres Volcanes a lo lejos explotan a una vez vomitando fuegos artificiales vistosísimos igual que cada año en el puerto para la Noche Caleuchana; el cuerpo de Elena parece convulsionar, flotando en el cosmos, cuando la mano y su rosario imprimen la máxima presión allí abajo, justo antes de emitir un último quejido inarticulado y quedar al fin exangüe, inerte y caer rendido en el más profundo de los sueños. A los pocos minutos sólo se escuchan en la habitación estentóreos ronquidos y el crujir de las maderas de la casa en el silencio de la noche.

A las seis de la madrugada, Elena despierta como cada día, con el recuerdo de su encuentro hierogámico de la noche anterior, éste se va difuminando a medida que realiza su rutina de aseo y vestimenta personal y se apronta a dar inicio a una nueva jornada, alimentar el fuego de la cocina y colocar la tetera, preparar los desayunos de los ancianos, el de Gertrud y el suyo propio. Aún es de noche y las ventanas exhiben la escarcha que ha dejado adherida el aire gélido del amanecer sureño. Es un nuevo día. Esta noche Él vendrá una vez más, como todas, y ella lo esperará rezando con su rosario entre los dedos. La voz de la radio Estrella del Mar rompe el silencio comentando los últimos acontecimientos de la actualidad nacional, a los que Elena presta muy poca atención, al igual que a casi todo lo que pasa a su alrededor.

500 palabras

Escribo con los dedos aún húmedos. Húmedos de mí. Oliendo a mí…

Dije que tal vez te imaginaba esta noche. No era una intención firme, esa es la verdad. A veces simplemente me gusta perderme entre el oleaje. Pero entonces apareciste, atravesando mis aguas con tu mástil insolente, sin esperar invitación…

¡Bienvenido a la fiesta!

zapatos de tacónEstamos en la habitación de un hotel. Hemos cenado, nos hemos reído y nos hemos quitado todo el ajetreo del cuerpo con un baño tibio y reponedor (sí, las chicas solemos partir por el principio, jeje… Se llama “crear ambiente”). Yo llevo ropa interior, ligas negras y zapatos de tacón (¿fetichismo dijiste? ¡Espera a que saque a pasear mi lado sado y camine sobre ti con ellos puestos!). Tú no llevas nada, ya sabes cómo me pone verte así, más polla que cuerpo. Nada más se necesita…

Tengo dos deseos, así que me acerco a tu oído y te los digo bajito. El primero es que esta noche quiero un poco de dolor en el menú, pero acompañado de un buen manejo del tempo. A fuego lento, in crescendo

Te susurro que lo tienes todo para besar, morder, apretar, arañar, fustigar. Pezones, pechos, muslos, glúteos, los caminos de mi espalda… Ve de a poquito y llega lejos. Mi cuerpo está carnívoro.

Me preguntas entonces qué más quiero, y lo que quiero es rendirme a tus deseos. Sólo por hoy, así que aprovecha.

Por si no ha quedado claro, lo que te ofrezco es una moneda de dos caras: quiero que me pidas que haga y te haga todo lo que te apetezca que haga y te haga, pero sin reprimirte… No vale invitar a la cabeza, estamos en territorio libre. Y quiero, además, que me hagas todo lo que te apetezca hacerme, sin preguntar.

¿Quieres que me ponga de cara a la pared? ¿Contra la ventana? ¿Qué vaya a gatas por mi premio? Lo haré, faltaba más.

¿Quieres ver cómo me toco? Hasta el éxtasis si quieres, gritando tu nombre o el de la deidad que prefieras.

¿Quieres un baile? Lo verás, sólo elige la música y túmbate a mirar. Y si quieres también te acomodo los almohadones.

¿Juegos de roles? El que prefieras, se me ocurren varios que no requieren disfraz. ¿Qué tal un profesor con mala leche? Me encantaría probar su cinturón… Mmm, hay tantas maldades que lo pueden hacer enfurecer…

¿O tal vez prefieras probar tú esos tacones en tu espalda? Claro, todo entra en el menú. Si hay que ponerse canalla me pongo canalla. Ya sabes que también tengo una ‘selfie’ perversilla que cada tanto se asoma a jugar.

En cuanto salga de tu boca lo tendrás.

O simplemente cógelo. Ya te lo dije, esta noche mandas.

¿Ya te has hecho a la idea? Yo estoy llegando al final.

Así que ahora, si no te importa, me quedo sola con mi explosión espectacular, y después me voy a dormir, que mañana curro. Después de todo es mi fantasía, no la tuya…

Café solitario a medianoche

Anoche pensé en ti.
“Pensé en ti”… Vaya, y yo que me creo con el don de la palabra.
Empecemos de nuevo…

silueta-hombreAnoche plantaste una estaca en medio de mi cerebro. Lo sé, porque tus letras estaban grabadas en ella.
Anoche me atravesaste, desde la raíz hasta el vientre.
Y por si fuera poco te apropiaste de mis manos, de su voluntad creadora.
Invitado imprevisto, me hice sumisamente hacia un lado en cuanto te vi aparecer, para darte paso.
No me preguntaste mi parecer, simplemente te sentaste frente a mí, a los pies de la cama, y ladeaste la cabeza con esa expresión tan tuya, de estar observando algún asunto muy, pero que muy serio.
Y sólo de verte, algo en mí ya se rindió.
Yo creo que te diste cuenta, porque entonces susurraste “por favor no te detengas, estoy aquí, siénteme”.
Y yo seguí, pero esta vez para ti.
Para tu mirada que parece callar tanto.
Para tus dedos quietos.
Volví a recorrerme, pero esta vez fue distinto, porque portaba tu presencia entre mis yemas.

El aire se cargó de tus aromas.
De tu espesura.
A lo lejos comenzó a oírse el sonido de un caballo al galope…

Y entonces te colaste por entre las comisuras de mis labios, justo cuando empezaba a dibujarse mi primera sonrisa. Y cogido a mis caderas, cabalgaste conmigo a través de todos mis orgasmos, y me abrazaste con la fuerza de las nubes cuando el último ya se retiraba.

Sin tan sólo hubieses aceptado el café que te ofrecí después…
Pero no hay caso. Nunca te quedas a pasar la noche.

Antes de que empiece mañana (y VI)

– ¿Entonces? ¿Me la vas a meter o no?

Una pregunta directa. Desnuda. Y que ya no puede ser evitada. De pronto no hay nada más que su pregunta, es más que ella incluso, se ha convertido en el centro del único universo posible. De pronto en el universo eso es lo único que importa.

Él detiene sus besos. Se retrae como si lo hubieran herido en algún sitio y tuviera que evitar que su sangre aflore al exterior. Ella tiene una sensación de déjà vu  y siente frío. Cuando habla, le parece que flota en una gelatina de irrealidad.

– ¿Qué pasó esa noche? No soy capaz de recordarlo, pero no puede haber sido tan malo. ¿Por qué te fuiste así, sin despedirte?

– Vaya, de nuevo nos olvidamos del señor…

– ¡No!- lo interrumpe con energía-. No le estoy hablando a ningún señor de los cojones. Le estoy hablando a mi amigo, o al amigo que algún día tuve al menos.

– Así que es verdad que no lo recuerdas…

– No lo estaría preguntando de ser así.

En lugar de contestar él le da la espalda y se acerca a la ventana, la boca torcida en una mueca casi infantil.  Ella, pese a sentir que ha sido la artífice de la situación que está viviendo, ya que de alguna manera sin su presión el tema jamás hubiera llegado hasta allí, no puede evitar la sorpresa de constatar que él maneja sus propios pesos, su propia gravidez al respecto, y que no hay sitio para ella en la sombra que parece cubrir la habitación que comparten.

– Tengo frío. ¿Me puedo vestir?

– No- Él ni siquiera la mira al responder.

– Vaya. ¿Y entonces?

– Nunca he podido dormir después del sexo. No sé por qué. Es como… Hay una cierta orfandad en esas horas muertas que preceden al día que me lo impide. Es como si al vaciarse mi cuerpo en otra persona quedara demasiado sitio libre para la lucidez, más de la que pudiera soportar. Está oscuro, pero todo se ve demasiado claro, los pelos, las cicatrices, el absurdo. Y en la claridad no existe la esperanza. ¿Sabes  lo que existe? Un regusto a café frío que no hay cómo quitarse de la boca.

– No entiendo. ¿Te fuiste porque no te gustó mi café? ¡De qué coño me estás hablando! No volví a saber de ti en años.

– No es eso. Y ese comentario no está a tu altura.

– Sabes a lo que me refiero. ¿Qué intentas decirme? ¿Qué después de follar se te alteran los químicos del cerebro y no soportas estar cerca de la gente? ¿Qué te fuiste porque eres de esos que jamás despierta con la chica con la que duerme? ¿No te gustó el polvo? ¿Te dejé de gustar yo después del sexo?

Esta vez sí la mira, pero no responde. Y su silencio se parece tanto a la soledad de aquella mañana hace casi 20 años que durante algunos segundos ella siente que podría rozar a la Cecilia de entonces si quisiera, e incluso abrazarla y llenar con su cuerpo duplicado el hueco vacío entre las sábanas. Pero al mismo tiempo sabe que no tendría nada para decirle. Ni una triste palabra.

imagen cama vacía

Tampoco sabe qué más decirle a Víctor, que ha vuelto a girarse hacia la ventana. Intenta un par de frases inofensivas pero no recibe respuesta, y cuando se acerca a tocarlo él le retira la mano y se desplaza un par de metros, con suavidad pero firmeza.  Como no sabe qué más hacer se pone de pie y se dirige hacia el salón en busca de su ropa. Ha pasado tanto rato desde la última vez que él habló que ella siente que no se trata de una opción realmente, sino más bien de una línea única trazada de antemano por otro. Todas las prendas están en el mismo sitio que antes, así que se tarda muy poco en reunirlas. Se mueve con lentitud, con la esperanza de oír de pronto la voz de él ordenándole no hacerlo, pero eso no ocurre. Cuando termina de vestirse –se pone todo menos los zapatos- regresa a la habitación. Él está sentado en el borde de la cama. Ella se queda de pie a su lado.

– Víctor, vengo a despedirme.

– Lo que te dije antes, lo del café y todo ese rollo… No fue lo que pasó contigo.

– ¿Ah no?

– No.

– ¿Y entonces?

– No puede ser lo que pasó contigo porque nosotros nunca hemos follado.

A ella le chirría un poco la palabra, atípica en sus labios, pero pasa el detalle por alto.

– ¡Qué dices! Claro que sí. Vale que no recuerde con claridad esa noche, pero sí tengo imágenes. Y estábamos desnudos. Me chupaste las tetas. Y yo a ti la polla.

– Sí, eso lo hicimos.

Él no agrega más, pero sus palabras tienen el efecto de un coletazo revelador: La misma pregunta por parte de ella -¿me la vas a meter?- y la misma respuesta de él –silencio y retraimiento- aunque en la versión actual él parezca desprovisto de la espontaneidad de la primera.

– Cecilia, hace muchísimos años que no tengo sexo. Y con ello me refiero al coito, para que me entiendas bien.

– ¿Por qué? – pregunta ella más por inercia que por otra cosa. Siente que la última frase contiene demasiada información como para dejarla pasar sin analizarla palabra por palabra, pero él no parece dispuesto a darle tiempo a que lo haga.

– Porque no me gusta.

– ¿No te gusta? Pero… Acaso…

– Me gusta mirar, tocar, dar placer, jugar. Me gustan muchísimas cosas. Pero no… follar.

– Ya. Así que lo de hoy es lo más que puedo esperar de ti.

– ¿Y te parece poco? Te he visto gritar como un animal.

– Es cierto, y si me das cuerda te puedo pintar mis experiencias de esta noche de forma mucho más bonita. Ha sido intenso, por decir lo menos. Pero no sirve para todas las veces.

– Se pueden hacer otras cosas.

– ¿Y en que parte de esta historia se te pone dura?

– No sé qué no has entendido de lo que te he dicho: No me gusta follar, es tan simple como eso. No me falla nada ni estoy traumatizado.

– A mí me parece que sí. Necesitas ayuda.

– No lo creo. Yo no huyo de quién soy, todo lo contrario. ¿Por qué tendría que esforzarme en hacer algo que simplemente no me apetece? No necesito el coito para ser feliz.

– Ya, lo tuyo es ser espectador y nunca perder el control, ¿no? Así te quedarás solo.

– ¿Tú crees?  Nunca me he sentido solo. Y de cualquier manera nunca haría algo que vaya en contra de mí por adaptarme a una mayoría o darle en el gusto a alguien. En cambio no se puede decir lo mismo de ti.

– ¿A qué te refieres?

– A los curiosos personajes que eliges para combatir la soledad. ¿Cuántos de ellos llegaron a conocerte realmente? ¿Cuántos tuvieron el interés? Yo sé lo que te gusta como si me gustara a mí. Y no me refiero a lo que andas por ahí diciendo que te gusta, sino a lo que te hace latir. A lo que dices sin decir. Son cosas que a mí me importan, de verdad.

– Ya, pero no follas.

– Dime una cosa, pero ten la decencia de darme una respuesta honesta. ¿Hace cuánto tiempo no te sentías como hoy? ¿Hace cuánto q no te corrías tres o cuatro veces, y además con esa intensidad? ¿Cuántas veces en tu vida te has permitido la libertad de ser tú misma, de dejarte llevar hasta el extremo en que lo has hecho hoy?

– Muy pocas, ninguna, no lo sé, pero no sigas por ahí. Ese es sólo un aspecto del asunto. No puedes pedirme que renuncie a algo que está en mi naturaleza, que lo saque de la ecuación como si se tratara de una puta operación matemática que termina en balance positivo. ¿Qué hago yo con todo lo que quiero hacerte, con todo lo que quiero tocarte? ¿Qué hago con mi hambre de polla?

– ¿Es necesario que seas tan vulgar?

– ¿Me va a llevar más lejos ser elegante?

– Cecilia, esto se nos está yendo de las manos. No es la idea.

– Mira Víctor, tú puedes currarte unos discursos elaboradísimos sobre lo normal y feliz que eres, pero para mí no funciona así.

– No funciona porque estás totalmente centrada en ti y en tus necesidades, y aunque dices buscar el amor la verdad es no estás dispuesta a mirar el mundo de a dos, a compartir. Te gustas demasiado a ti misma como para hacerle un sitio real a otra persona. ¿Qué pasaría si, estando casada y enamoradísima, tu pareja tiene un accidente y ya no puede tener relaciones? ¿Cuánto te demorarías en abandonarlo? No, espera, seguro que terminarías encontrando una solución salomónica de esas que tanto te gustan: Te quedarías con él, lo cuidarías, pero los fines de semana te buscarías un buen rabo que te ayudara a pasar las penas. De cualquier manera esa persona para ti ya no valdría lo mismo, ¿no?

– Tendría que estar en la situación para saber realmente lo qué haría, pero hay una tercera opción que te callas y soy tan capaz de ella como cualquiera. El amor es algo enorme, y a veces nos sorprendemos a nosotros mismos con lo que podemos llegar a hacer por él. O no hacer.

– ¿Y entonces?

– Entonces, que hay una diferencia fundamental en ambas situaciones. Porque en el caso de tener un marido tullido, al menos podría comprender las razones. Y rezar porque la medicina avance más rápido que nuestras vidas. Y en tu caso, simplemente no entiendo qué te lleva a actuar así, y el no entenderlolo hace mucho peor. ¿Existe alguna posibilidad de que… algún día…?

– No, no la hay.

– ¿Estás completamente seguro?

– Lo estoy. Y es lo único que te voy  a decir al respecto.

– No me alcanza. Necesito saber por qué.

Justo cuando ella siente que está a punto de rasgar el envoltorio que los separa  él la coge de las manos y la tira suavemente hasta que se sienta a su lado en la cama. Sin dejar de mirarla a los ojos le pone un dedo en los labios y lo hace descender con extrema lentitud por su mentón y cuello, hasta posarlo en su pezón izquierdo. Pese a la contención que deberían ofrecer la tela de la blusa y el sujetador, ella siente que el dedo pasa directo a su piel y quema, y que su calor desciende a velocidad de cohete hasta su vientre. Le parece que se moja con un líquido espeso e hirviente y contrae con fuerza la pelvis en un esfuerzo por no dejarlo escapar.

– Te ordeno que no vuelvas a hacerme esa pregunta nunca más.

-No me vale –murmura apenas, haciendo un enorme esfuerzo por reprimir un gemido-. No puedes solucionarlo así.

– Cuando entraste aquí establecimos reglas claras. Pues bien, ya sabes cuáles son tus opciones. Obedeces o te vas. Es todo lo que tengo para ofrecer. Eso y a mí mismo, pero así, tal como soy. No otro. No estoy buscando a alguien que me redima.

Mientras habla él le arranca la blusa de un tirón, haciendo saltar los botones. No tiene más contemplaciones con la falda, y mucho menos con ella, que tiene que sujetarse de unos barrotes de la cama para no caer. En un solo movimiento le inclina la espalda y le eleva la cabeza por el pelo, y sin quitarle las bragas comienza a masajearle el clítoris desde atrás con movimientos bruscos pero regulares. Su mano se desliza dentro casi sin que exista transición, como entra una cuchara en un soufflé, y antes de que ella se dé cuenta él ya tiene el puño metido en el coño, y cuando empieza con los movimientos rotatorios a ella se le aloja una sensación de montaña rusa en la garganta y aprieta los dientes para que nada importante se le escape entre medio de sus gritos. El tiempo no avanza, vuela en círculos que la envuelven por dentro y por fuera, y ella se rinde al vértigo convertida en un volcán invertido que entra en erupción. Y entonces, cuando siente que es incapaz de dar cabida a la más mínima sensación nueva, él le da un mordisco en la espalda, entre el cuello y el omóplato derecho, que la inunda con un ímpetu capaz de vaciar cualquier cosa. Su nuevo orgasmo, que solapa al que ya estaba en curso, es como un latigazo partiéndole la columna en dos, espléndido y salvaje.

silueta en negro

Se tarda un buen rato en abandonar el refugio que le ofrecen los barrotes de la cama y enfrentarlo. Quisiera quedarse ahí para siempre, de espaldas a él pero aún así en contacto con su piel, pero sabe que no es posible. Hay algo de ritual en la forma en que se gira, una cierta pesadez en el aire que la sigue.

– Víctor…

– Si vas a volver a preguntármelo, detente ahora. A menos que estés dispuesta a irte. Me conoces y sabes perfectamente que no habrá vuelta atrás. Y sabes, aunque me pregunto si con la misma claridad, que no quiero que te vayas. Sé que puedo hacerte feliz y creo que deberías dejarme intentarlo. Así que por favor, no hables. No digas nada, absolutamente nada. Sólo recuéstate aquí a mi lado y disfruta de este momento maravilloso.

Ella se acerca a él pero en lugar de acostarse lo besa con largura. Y aunque aún no termina de cruzar del todo la frontera que la separa del mañana, su saliva febril ya sabe a despedida. Se pregunta si acaso no son todos los besos un anticipo de despedida, el último resquicio de lo inevitable.

– Víctor…

Antes de que empiece mañana (V)

bondage_muñecasÉl se detiene. Ella sabe que él no va a continuar como se sabe que hay un bulto entre las sombras: Está ahí, aunque no se lo pueda ver con claridad o entender por qué. No ha contado los golpes pero han sido varios, más de los que alguna vez pensó que podría desear de cualquier manera. Y aunque siente que no puede más, también le parece que acaban de expulsarla de una fiesta, a la vez luminosa y oscura, sin estar preparada del todo para abandonarla.

– Señor- balbucea con voz rasposa, el cuerpo aún convulsionando.

– ¿Sí?

– El coño me hierve.

Él no hace nada por comprobarlo, y ella no puede evitar transformar su omisión en una pequeña afrenta. Aún así, cuando siente los dedos de él sobre sus tobillos su cuerpo acoge esa nueva forma de contacto dispuesto a perdonarlo todo. Él le desata las piernas con cuidado y se sienta en el borde de la cama.

– En serio. Podría meterme una casa ahí dentro. O mejor otras cosas…

No está segura de si es prudente seguir hablando, pero como el silencio de él se prolonga se decide a volver a hacerlo. Sin embargo prefiere cambiar el curso de la conversación, ya que le parece que un peligro la espera en alguna de las esquinas del camino que está tomando.

– Una experiencia muy interesante, sí.

– Háblame un poco de eso Cecilia. Tengo curiosidad.

– ¿De qué, exactamente?

– De lo que se siente.

– Vaya, no sabría cómo ponerlo en palabras.

– Inténtalo.

Él comienza a acariciarle el culo con suavidad. Todo el calor que emana de los glúteos de ella se multiplica furioso en las invisibles estelas que van dejando los dedos de él sobre su castigada piel, como si un ejército de gusanillos le mordiera la carne con sus pequeños dientes terribles hasta entrar en ella, convertidos una vez dentro en ingrávidas burbujas de placer. Se retuerce con pereza.

– Inténtalo-, insiste él, y sin más aviso le suelta una cachetada tremenda. Sin tiempo de rascarle compasión alguna a su gesto, a ella se le escapa un grito que más parece un rugido, y siente que por su garganta huyen todas sus resistencias. La sangre le salta a la cabeza.

– Es como un sándwich- le contesta cuando le vuelve la voz.

– ¿Un sándwich?

– Sí, como si el sabor fuera uno solo pero al mismo tiempo fuera inevitable saborear cada uno de los ingredientes. Primero hay una capa de placer, ese placer anticipado de saber lo que viene, cuando el cuerpo se hace chiquitito y cada célula de él se prepara para recibir. Es como conectar con algo primitivo. Después el dolor puro, sin más adornos, simple y absoluto. Dura muy poquito, pero te da tiempo a preguntarte qué coño estás haciendo allí, qué puede haber de bueno en lo malo. Y al final la última capa, nuevamente placer, alivio, redención… Como si al liberarse de sus miedos el cuerpo se vaciara de todo lo que le sobra y se elevara y… Uf, ya no sé ni lo que digo.

– Se entiende perfectamente.

– Lo que sí, sigo sin saber  con qué…

– Seguro que eres capaz de recordar la primera vez que nos fuimos juntos a la playa.

– ¿Ese verano que llovió casi todo el mes?

– Ese mismo. ¿Recuerdas lo que hacíamos para entretenernos?

– No sé a qué se refiere. Veíamos la tele. Íbamos donde Paco.

– Sí. Pero tú no eras mucho de jugar Pac-Man.

– No, la verdad es que no.

– Pero sí había algo que te gustaba mucho hacer donde Paco. Y un día me confesaste que tenías una fantasía. ¿Te estoy refrescando la memoria?

– ¡Hostias!

-Exacto. Pensé que tal vez podía satisfacer un viejo deseo. ¿Te habían dado antes con una paleta?

– No señor. Nunca.

– ¿Y esa fantasía tuya? ¿De dónde salió?

– No sé. Vi una escena en una peli, hace millones de años, ni siquiera recuerdo su nombre. Se me habrá quedado grabada por algo.

– Ya veo. Bueno, creo que ha sido suficiente por hoy, ¿no?

– Sí, sin duda.

– Ahora date la vuelta.

Piensa que no va a poder, pero entonces se da cuenta de que las ataduras de sus muñecas le permiten bastante libertad de movimiento. Mete la cabeza entre los brazos y se gira elevando un costado del cuerpo, intentando cubrir su rostro al hacerlo.

– ¿Estás lista?

Dice “para qué”, pero no necesita una respuesta. Abre las piernas, todo su deseo convertido en humedad aceitosa. Él se acerca un poco más, pero no la toca.

– Aún nos falta éste-, murmura mostrándole un objeto ovalado y metálico unido a un mando por un cable.

– No sabía que te gustaran tanto los juguetes- dice ella sin dejar de mirar el objeto que tiene entre las manos.

– Te gustan a ti.

– ¿Entonces me esperaba esta noche?

En lugar de contestar él le mete el  huevo metálico entre las piernas y se lo hunde dentro con un solo movimiento, exento de dificultad. El aparato empieza a vibrar y ella, arrastrada por la urgencia de su demanda, se contrae y gime. No puede ser mejor pero sí, porque entonces se da cuenta de cuánto quiere su mano completa ahí dentro, o mejor a él, todo él -desnudo, poderoso y fálico-, preparado para salir victorioso de todas las batallas.

– Entra. Por favor entra.

Él no parece oír su reclamo y aumenta la potencia de la vibración. Ella arquea la espalda y aprieta los puños, abandonando rápidamente su negativa implícita entre aquello que ya se ha deshecho en el pasado. Se le agita la respiración, aunque más que tragarse el aire se lo bebe con sorbos cada vez más desesperados. Aún no ha llegado al momento de no poder aguantar más pero está cerca, así que acelera sus avisos, por si él quisiera dilatar los instantes previos a la tregua. Pero él no parece dispuesto a darle tregua alguna, ya que pone el aparato a máxima potencia –ya no son ondas, ahora parecen mordiscos inesquivables– y se inclina muy cerca de su abertura, con la mirada cargada de algo levemente distinto al deseo. Y entonces, cuando todo se vuelve níveo y comienza a derretirse a su alrededor, él le roza el clítoris con la punta de la lengua, disparando al hacerlo un fogonazo que pulveriza la nada blanquecina que la devora. Toda ella se desliza hacia abajo para recibir las húmedas caricias de su boca. El orgasmo, alojado ya a en columna, no la abandona, pero al extenderse por su cuerpo le parece que, más que venir de dentro de ella, brotara directamente de los labios de él, que la recorre con movimientos espesos. Agotada con tanta exaltación ella grita, suplica, agita las piernas, pero con eso sólo consigue intensificar la presión que ejerce su lengua. La lengua de Víctor. Y el huevo de los cojones. Y sus manos indefensas. Esa es verdaderamente la Santísima Trinidad, se dice antes de soltarse, igual como se soltaba del columpio algunas veces cuando era niña, impulsando el cuerpo hacia delante justo cuando estaba en la parte más alta. Era la idea que tenía en aquella época de volar. La primera vez que cayó mal fue cuando empezó a preocuparse por lo que podría pasar después. Antes de eso nunca hubo un después. De cualquier manera, al llegar a casa le echaron la bronca por volver del parque con la ropa hecha un desastre.

Sus propios gemidos –irreconocibles, rupestres casi-la traen de vuelta a la habitación en la que se encuentra. Abre los ojos pero al hacerlo pasa por encima de él y fija la mirada en las marcas de su propio antebrazo. Aún no está preparada para salir del todo de sí misma.

– No más, te lo suplico.

Él se detiene entonces y la libera de su pequeño visitante interno, que se queda vibrando en un rincón de la cama. Hace rato que ella siente que no puede leer en sus expresiones. Le parece que él sería capaz de cualquier cosa y la posibilidad de encontrarse con algo sorprendente a esas alturas de su vida la seduce más de lo que la asusta. Algo en él la llama, y ese llamado no puede destruirse con la fuerza de la lógica, de igual manera como no puede anularse con palabras el poder de atracción de un imán.

– ¿Estás bien? ¿Tuviste suficiente?

– Algo así.

– ¿Algo así? –Él arquea las cejas en un gesto exagerado, la boca abierta en una enorme sonrisa. Ella intuye el peligro pero no recula.

– Bueno, digamos que me faltó algo. Aunque tendría que dejar que me reponga…

Él no le da tiempo a continuar y le estampa con fuerza la palma de la mano contra su reblandecido coño. El dolor le estalla directamente en la cabeza, sin hacer viaje alguno, para repartirse después por todo su cuerpo en pequeños latigazos de deleite.

– No me refería a eso- murmura cuando se le termina de deshacer el grito dentro.

– Vaya. Te habré entendido mal.

-No lo creo.

A modo de respuesta él comienza a desatarle las muñecas. Ella no se mueve ni baja los brazos cuando él termina pero lo sigue con la mirada. Elige interpretar su gesto como un permiso.

– ¿Me la vas a meter?

Espera su silencio, pero no que le dé una bofetada. Y ya todo ocurre demasiado deprisa, la pregunta estrellándose en su rostro, el vacío, la confusión, la mano de ella viajando hasta el rostro de él, una, dos veces, y a la tercera él le agarra el puño con fuerza y ya no están en la cama, están en el suelo forcejeando, y él le tira el pelo y la muerde y ella se defiende con las uñas, intentando abrirle la camisa a tirones y encontrarse con su piel esquiva. Se miran. Resoplan. Y entonces él vuelve a ella pero su boca ya no muerde, ahora besa, y ella se deja recorrer pensando que bien puede parar un poco. Sólo un poco…

Antes de que empiece mañana (IV)

No es un suave deslizarse por una pendiente, sino más bien como estar atrapada en un ring y caer una y otra vez frente al contrincante. En el momento del final lo único que le queda entre los labios es un tímido regusto a alivio, pero su orgasmo es más un estrangulamiento de los sentidos que su exaltación. Él se ha apartado un poco y la observa como se observa a una criatura curiosa: con los ojos entornados y una sonrisilla levemente burlona.

– ¿Puedo beber un poco de vino? Tengo la boca seca.

Él le indica con un gesto su aprobación. Cuando le habla, su voz la convierte en una copa transparente, derramándose dentro como un chorro de líquido fresco. A ella le parece que lleva horas sin escuchar una voz humana y agradece la sensación.

– La próxima vez te tardarás menos.

– No sé yo si me quedan muchas ganas de una próxima. Para venir a hacer aquí lo mismo que podría estar haciendo en mi casa…

– No es lo mismo. Estando conmigo se puede masticar tu turbación. ¿No es maravilloso? Tu problema es que la rehúyes, cuando podrías entregarte a ella.

– Si, ya. Dicho suena muy bonito. La próxima vez que me abra los brazos iré corriendo a su encuentro.

– Quítate la ropa.

– ¿Ahora?

– No, mañana. Quítatelo todo. Sentada en el sofá.

Ella asiente con la cabeza, se deshace de la copa y le obedece, esta vez evitando dilaciones. No le dice “y siéntate en el sofá”, le dice “sentada”, así que ella se sienta primero y después termina de desvestirse. Cuando está lista él le ordena que cierre los ojos y respire profundo, tomándose todo el tiempo necesario hasta sentir que su cuerpo se relaja por completo. A ella le parece un encargo sencillo, pero en cuanto cierra los ojos cada parte de su cuerpo parece cobrar vida propia y reclamar su atención. El corazón le late con brío. Intenta imaginar que una luz blanca la llena, llevando paz a sus diseccionados miembros. De abajo hacia arriba. Tal como le enseñaron en clases.

Ya va por el cráneo cuando siente que él le coloca las yemas sobre los párpados. Da un brinco y se queda en estado de suspensión hasta que él le posa un dedo sobre los labios. Ella lo lame con cautela y el dedo se retira de su boca con la delicadeza del mar cuando recoge su espuma.

– Shhhhh. Sigue respirando, sin abrir los ojos. Ahora vuelvo.

Después de unos minutos que le parecen hondos y oscuros, más allá de la frontera que sus párpados obedientes construyen de espaldas al mundo, él regresa y le anuncia que tiene cuatro objetos para ella y que está seguro de que le gustarán.

– ¿Puedo saber cuáles son, señor?

– De momento sólo dos. Los otros son sorpresa.

Sorpresa. Nuevamente la sensación de ser una niña, limpia pero a la vez inerme, totalmente a merced de ese único Dios que para ella siempre ha existido: El que es más grande. El que puede más.

En el hueco que permiten sus manos entrelazadas él le deja algo que parece un trozo de tela. Ella lo toca y sonríe.

– Igual me hubiera quedado con los ojos cerrados si me lo hubiera dicho.

– Así no tienes que recordarte a ti misma que no los puedes abrir.

Le pone la venda con movimientos mansos, y a continuación deposita otro objeto en su regazo. Ella no necesita tocarlo para saber. La cuerda parece enroscarse entre sus muslos como una víbora indefensa y juguetona. Un agujero de aire le sube por la columna. Se estremece.

– Espera, tengo otra idea. Sígueme.

imagen cuerdas bondageÉl le coloca la cuerda sobre los hombros y  la guía hacia el interior del piso cogiéndola del brazo con gentileza, sin ejercer casi presión. Sin embargo, hay algo férreo en el centro mismo de su blandura, como una irradiación de su voluntad que no fuera capaz de reprimir del todo. Se detienen al cabo de un rato, no mucho pero sí lo suficiente como para que ella alcance a sorprenderse ante la evidencia de que el sitio es muchísimo más grande de lo que imaginaba.

– Aquí, túmbate aquí. Boca abajo. Y sin hablar.

No ha terminado de acomodarse cuando él le coge las muñecas y se las junta con un movimiento brusco. Le da un tirón para cambiarla un poco de sitio y le ata las muñecas entre sí y después a algo que está fijo. “Probablemente un respaldo”, se dice ella. “Vaya, así que cama con respaldo”.

Después de la sacudida que le da a sus brazos él parece renunciar a la prisa y es mucho más delicado con sus tobillos, que ata al otro extremo de la cama. Sin embargo, a diferencia de los brazos, se asegura de que las piernas queden bien separadas, aunque sin que llegue a resultar doloroso o demasiado incómodo. Algo la reclama con timidez por el costado y ella se gira un poco elevando la cadera, movimiento que él aprovecha para deslizar  un bulto bajo su vientre. “Almohadones. Dos o tres”.

– Lo que estoy viendo ahora mismo… muchos pagarían por ello.

¿Es un cumplido? ¿Una demostración de poder? Ella no sabe qué escarbarle a sus palabras así que contrae la pelvis y suelta un gemido indefinido, que se transmuta en sensación cuando él le roza el nacimiento de la espalda con algo rasposo. Su piel se pone en alerta.

– Sólo es una cuerda. Es que tiene un tubito plástico en la punta, como los cordones de los zapatos.

“Tiene varias”- se extraña, cayendo en la cuenta de que ha necesitado al menos cuatro para atarla a la cama- “¿Las usará con frecuencia o estaba preparado?”.

La sensación no es del todo agradable –“mejor con los dedos”- pero a los pocos segundos se rinde ante la evidencia de que no podría desear otra cosa. Y entonces ya no hay trayecto, y toda ella, desde lo más interno hasta la envoltura, siente sed exactamente de lo que está recibiendo. Cada rasguño invisible que perturba sus poros la abre en millones de pequeñas puertas. Suelta la prisa como un globo. Como si la adivinara, él le murmura dos palabras cerca de su oído.

– Ahora espera.

Y tras una breve pausa, como si no hubiera sido suficiente:

– Lo que haga falta.

La voz se él le sustrae algo, pero a cambio llena todos sus espacios en blanco de expectativas. La sonrisa le dura más que el entusiasmo. Y a medida que se deshacen los segundos todo lo bueno que le estaba ocurriendo se resigna a desfilar frente a ella como un fantasma de un pasado reciente

Si al menos pudiera tocarse, se lamenta. O mejor aún, que Víctor la embistiera por sorpresa aprovechando la descarada posición en la que la tiene esperando. Está segura de que no sólo se siente, sino que además se ve hendida como dos mitades a punto de separarse de una fruta demasiado madura.

Pero no le está permitido el placer de la desintegración, y entonces se hace consciente de la tensión en la que se encuentran sus miembros. Las manos juntas. Las piernas separadas. Almohadones bajo el estómago. No hay nada más que eso. Toda su realidad reducida a unas cuantas pinceladas tan gruesas como ineludibles.

Él se ha ido, o al menos eso piensa ella. En su ausencia, real o figurada, el silencio también es un absoluto.

Y los minutos pasan…

“Dios”

“Cuánto más, cuánto más, cuánto más”

“Me duelen las piernas”

“Pffffffffff”

imagen fuegos artificio

Y entonces algo se altera en el aire -“¿Ha vuelto? ¿Se ha ido alguna vez? ¡Maldita moqueta!”- y esa alteración es como un aviso y a la vez la plataforma desde la que se impulsa su sorpresa. Un golpe. Uno solo pero rotundo, que le llega como llegan los fuegos de artificio: Primero un sonido de trueno  perforándola en un único y focalizado punto  y después ese estallido luminoso y caótico del dolor, efervesciendo furiosamente por dentro.