Fantasías prohibidas

cartel superman mujer maravillaNo soy amiga de lo prohibido. Lo cual siempre es jodido, porque hay muchas cosas en esta vida que están prohibidas. Y si no tienes pasta, muchas más.

Entonces intento, al menos, no prohibirme demasiado a mí misma. Claro, si nos podemos rebuscados, cada día me prohíbo algún chocolate que me impedirá entrar en mis vaqueros favoritos, algún insulto liberador en pro de la convivencia –o de la supervivencia incluso- cotidiana, algún gusto que terminaría de liquidar mis finanzas. Y podría seguir, que sólo estoy mirando por encima.

Sin embargo, mis auto-prohibiciones suelen estar basadas en consideraciones prácticas, como no perder mi trabajo o no rodar por las calles de Madrid, que si por mí fuera me zamparía 5 pizzas chorreantes de queso calentito cada noche. Otra cosa es cuando hablamos de asuntos morales.

No se trata de que no tenga límites ni que me guste hacer de todo, ¡que el de las barbas me libre! Con lo que he visto por ahí, la sola idea me parece espeluznante. Sin embargo, creo que he conseguido que mis límites sean los propios, los que me dicta mi estómago, los que llevo dentro. O sea, que tiendo a –o intento al menos- hacer lo que me gusta y no hacer lo que no me gusta, lo cual no es ni tan poco ni tan simple. Claro, hay elementos culturales, sociales, familiares… pero también procesos de vaciado y limpieza que me han permitido desarrollar una cierta resistencia a imposiciones externas.

Ahora, no reclamo ninguna originalidad al respecto, más bien todo lo contrario. Pasé muchos años sintiéndome transgresora –con todo el subidón y la incomodidad que eso significaba-, pero ahora más bien me parece que la esquina que habito se vuelve cada vez más reconocible, y que se va poblando y fortaleciendo en su condición de opcional (como contraria a heredada). O por decirlo de otra manera, que mi forma de ser, de entender y habitar el mundo, se va volviendo más y más hija de su tiempo.

¿Qué son entonces, hoy en día, las fantasías prohibidas? Para muchos ya no tienen sentido esas imágenes de ojos vendados, esposas, látigos, tríos, juegos de rol o casi cualquier cosa que podáis poner en la lista del imaginario clásico clandestino. Been there, done that. O eso o es que, simplemente, no apetece. Si apetece se hace.

Paralelamente, y acá también voy perdiendo terreno en lo que a singularidad se refiere, hay también una tendencia reconocible hacia nuevas formas de relacionarse, otras maneras de conectar entre personas dispuestas a combatir la oscuridad que se esconde detrás del brillo rosa de las relaciones pactadas, los convenios de por vida y la exclusividad sobre los cuerpos y los deseos. Opciones no menos dolorosas ni difíciles en mi humilde opinión, pero sí más honestas y valientes.

En mi caso, he reconocido (en ocasiones con mucha dificultad) que mi búsqueda de libertad pasaba inevitablemente por aprender a respetar la libertad del otro. Pero a respetarla de verdad. Su libertad de no querer abrirme las puertas. Su libertad de no desearme. Su libertad de desearme menos de lo que quisiera, o de forma menos total. Su libertad de irse. Su libertad de quedarse sin certezas de permanencia, sin condiciones, sin requerimientos de cambios. Su libertad de que otras cosas sean más importantes, o tengan más peso en momentos determinados. Su libertad, al fin y al cabo, de tomar sus propias decisiones.

Creo firmemente en que lo único honesto es la ausencia de promesas, la eliminación de cualquier mañana en los discursos y en los afectos. Lo cual no significa que una relación no pueda durar toda la vida, o incluso que alguien no pueda desear, genuinamente, no estar con nadie más en lo que le queda de vida. De hecho, ¡qué belleza cuando eso ocurre!

Creo en la incertidumbre, y en la importancia de saber estar y funcionar solos, con independencia de si se tiene pareja o no. Creo en el amor desde la igualdad de espacios y oportunidades, y creo que la única exclusividad posible es la que nace del deseo, del sentir real de los cuerpos y de la conexión de las almas, no de una firma o una promesa arrancada en medio de un periodo de colocón cerebral. Pero lo creo no porque sea cómodo o bonito, o porque me guste. Lo creo simplemente porque siento que lo contrario es mentirse, porque muchas veces crecer es aceptar.

Volvamos a jugar con la pregunta que nos convoca entonces. Si entendemos “lo prohibido” como algo a lo que no se aspira realmente, es decir no como un proyecto a realizar sino como una ilusión desde lo intransable, una aberración casi… ¿Cuál sería mi fantasía prohibida en ese caso? ¿Mi fantasía horrible, inconfesable, impura? ¿Un macho protector y proveedor? ¿Una casita en la pradera con cuatro hijas de doradas trenzas largas? ¿Un despreciable famoso con sus despreciables y sucios millones y su abdomen perfecto?

cartel amorCasi, pero no…

(Y habría quedado de lo más sugerente como título, pero que queréis, me pudo el SEO…)

 “La seguridad de un hombre enamorado de por vida”.

 

N de A: Tras un nuevo lapsus existencial, este post pretende cerrar la trilogía “a la carta”, en esta ocasión en respuesta a la sugerencia de mi estimado A. Irles, autor de Otra resaca más, que propuso como tema para una entrada lo siguiente: “Fantasías prohibidas! Y no me refiero a algo sexual (que también podría ser…) si no a anhelos oscuros que podrías tener o que creas que la gente pueda tener…”.

Total, que ninguno me puso las cosas muy fáciles… Ya me las pagarán! 😮