S=EX². La ciencia del sexo

Hace rato que tenía ganas de escribir este post. Se me había ido quedando en el tintero, y aunque soy consciente de que no es precisamente “noticia de actualidad”, eso nunca ha sido tema para mí a la hora de decidir sobre qué hablar en este blog. La idea es que prime el interés. Y en este caso hablamos de un libro muy, muy interesante.

Ya os he dado la lata antes con la fascinación que siento por Pere Estupinyà, quien se describe a sí mismo en su web como “escritor y divulgador científico”, así que no me voy a repetir. Tampoco quiero repetir la información que ya ofrecen los muchísimos artículos sobre “S=EX². La ciencia del sexo” y que podéis encontrar en Internet, principalmente citas y comentarios de algunos de los parajes más interesantes del libro junto con una enumeración de los temas tratados. Que son muchos.

Sin embargo, son necesarias unas pinceladas básicas, así que me quedo con que nos encontramos ante un texto que al mismo tiempo disecciona como permite una visión “holística” del tema que se trae entre manos, el sexo, para lo cual se sirve de diversos frentes de aproximación (comandados por un batallón de “logías: biología, sociología, neurología, sociología, fisiología…) y de una combinación perfecta entre sentido del humor, liviandad, rigurosidad y cercanía. O sea, un libro que puede devorarse a un ritmo digno de una novela de suspense, tan entretenido como informativo, y que está plagado de anécdotas, datos curiosos, hallazgos sorprendentes y alguna que otra confesión personal del autor, siempre ávido de saber (al punto de convertirse en el primer hombre en someterse a una Imagen por Resonancia Magnética Funcional mientras experimentaba un orgasmo. Todo sea por la ciencia…).

Ahora, llegados a este punto, de lo que realmente quiero hablar no es del libro en sí –insisto, información hay de sobra- sino de mi experiencia particular leyéndolo. Y después de leerlo, claro.

Para empezar, me lo tragué en verano, así que lo asocio a arena y playa, relajo y desnudez. Es un libro que me sabe a mojito, a mañanas largas, al tacto único del sol besando la piel de un cuerpo en reposo. Un libro degustado, repasado y comentado.

Y ahí tenemos otro tema, es un libro que da muuucho tema de conversación. Porque lo que cuenta está tan bien contado que uno se queda con los datos casi sin enterarse, sin esfuerzo, y con ello se tiene un pozo enorme de saber al cual echar mano cuando se desea deslumbrar –o escandalizar, actividad también de lo más edificante y divertida- al interlocutor que se tenga delante.

Pero bueno, además de enriquecer habilidades sociales, esas cosillas que se van quedando, esos datos y reflexiones, esos resultados científicos y anécdotas pueden poner a funcionar la sesera de otra manera. O sea, ayudarnos a prestar más atención. A observar con distintos ojos –incluso a la manera de “gafas intercambiables”- las conductas de los demás y las propias y dotarnos así de más y mejores herramientas para llevar a cabo nuestro viaje por las sombras del ser humano.

En este contexto, uno de los efectos más interesantes que tuvo el libro sobre mí fue, por explicarlo de una manera simple, una atenuación de un cierto sentimiento de “culpa sexual” que puede surgir en diversas situaciones. Es como si al comprender determinados mecanismos (o al comprender que son compartidos con gran parte de la humanidad, no sé realmente cuál será la opción válida) el Pepe Grillo interno suavizara sus juicios de alguna manera, o más bien como si su voz se reencauzara hacia mejores destinos.

Si a estas alturas os estáis preguntando “madre mía, ¿de qué está hablando esta chica?”, voy a recurrir a una antigua costumbre de terminar con un par de anécdotas ejemplificadoras, ya que cuando no alcanzan las palabras… bien valen más palabras que dibujen imágenes! 😉

Caso 1: Cuando el conocimiento provee calma

Hace poco quedé con un ex. Uno de esos que dejan huella, si bien más que por mérito propio por la forma en que se me dio vuelta el mundo con la experiencia vivida, porque me hizo cuestionarme cosas que consideraba verdades como templos y porque en el breve trayecto que compartimos y en todo el dolor posterior de la pérdida pude aprender muchísimo sobre mí misma… La cosa es que supuestamente se trataba de un encuentro trascendente, y todos sabemos que la trascendencia es muy amiga de crear situaciones embarazosas o liarla, así que aunque me sentía bastante en paz con el mundo no terminaba de confiar del todo en mí y mis reacciones imprevisibles. Pero al llegar al lugar de la cita y encontrarme con ese festín de señales corporales con el que me recibió me relajé de forma automática. El hombre que me había pulverizado el corazón era un manojo de nervios que exhudaba “información útil” por doquier, porque más allá de los gestos más evidentes percibí detalles más sutiles que antes se me habrían escapado. Y así, con la atención ampliada, pude atravesar un poco mejor la opacidad de ese semidiós caído del altar que casi llegó a quebrarme con su hermetismo. Dicen que la información es poder, pero para mí fue calma, toda la que necesitaba para vivir mis procesos y terminar de entender… Porque al fin y al cabo lo que tenía ante mí era un ser humano como cualquier otro, con sus debilidades y sus heridas. Y de esos está lleno el mundo.

Caso 2: Cuando el conocimiento nos hace conscientes

En esta historia el lenguaje corporal vuelve a jugar un rol importante, aunque ahora estamos hablando de mi lenguaje corporal. Inconsciente, más no inocente.

Había ido a visitar a una amiga y mientras ella estaba arriba amamantando a su bebé yo me quedé conversando con su novio en el patio del chalé que comparten. El novio es guapo y me cae genial, lo cual no significa que me haya planteado tener algo con él, ni siquiera a nivel de fantasía. O sea, hablamos de la pareja de una amiga, así que no me permitiría ni coquetear inocentemente con él. O eso creía yo…

Pues ahí estaba, en medio de una conversación sobre motores, cuando me descubrí mordiéndome el labio inferior y apuntando con mi rodilla directamente hacia… ¡bueno, ya sabéis!  A lo que suma el que segundos antes había estado jugueteando con un mechón de pelo y me había pasado distraídamente un dedo por la clavícula, todos ellos signos cantados de descarado cortejo no verbal.

En fin, que teniendo la película clara pude enmendar mis pecaminosos actos y volver al camino de las buenas amigas que respetan al macho provedor ajeno “de pensamiento, palabra y obra”, particularmente si la ‘hembra-amiga’ se encuentra realizando actividades de la envergadura de alimentar a la prole. Porque vamos a ver, un mínimo de respeto, ¿no? O sea, que aunque me guste pensar que muchos límites están para romperse, no soy de las que suelen ir por ahí en rollo depredadora dando zarpazos a novios ajenos… (estaría ovulando ese día, jeje).

imagen spankingCaso 3: Cuando el conocimiento nos libera

Entre muchas otras cosas me gusta el spanking, y alguna vez me da por buscar videos relacionados con el tema. El problema es que para dar con alguno bien hecho o que me resulte placentero hay que pasar por mucha mierda (y casi no digo esto de forma figurada). Lo que me atrae es el erotismo que hay en el dolor, el punto compartido con el placer el final del túnel, no el ansia de un ser humano por hacer sufrir a otro. Por eso cuando me encuentro con alguna grabación que sobrepasa lo que considero tolerable, mi reacción suele ser de rechazo. No considero tolerable un culo hecho un Cristo, surcado de heridas y moratones, y mucho menos una grabación que me hace dudar sobre si la chica que aparece en ella está ahí porque quiere o porque es víctima de alguna mafia que la obliga a gemir mientras es violada y torturada. Pero la cosa es que, aún cerrando rápidamente la tapa del portátil, algunas veces se alcanza a producir un brinco “ahí abajo”, esa puesta en marcha del mecanismo de la excitación que se manifiesta como una pequeña boca despertando al hambre. Una sensación fugaz, pero que puede generar mucha incomodidad. Porque claro, es casi inevitable pensar si no habrá algo malo, algo podrido en uno, para que –aunque sea por breves segundos- se caliente con algo así…

Bueno, pues una de las cosas que explica el buen amigo Pere en su libro es –en mis palabras- que la excitación es una reacción del cuerpo, mientras que el deseo es de la cabeza. Y no necesariamente van de la mano. Que algo nos excite no significa que lo deseemos (ni mucho menos que lo encontremos bueno), y viceversa. Esta diferencia suele estar bastante clara en caso de los chicos, ya que los signos de la excitación se identifican con facilidad, pero no en el de las chicas, lo que puede resultar siendo un caldo de cultivo ideal para la culpa. Por decirlo más claro: Las mujeres a veces no saben que están excitadas (vaaale, por no dármelas de la más chupi diré que no sabemos… Aunque agregando que conocerme a mí misma es una de mis actividades favoritas, en ningún caso una tarea eludida).

Saber reconocer los signos de excitación del propio cuerpo permite precisamente separarlos de lo que es el deseo, y entender que somos tan responsables de los primeros como de tener un espasmo. Otro tema, claro está, es lo que hagamos con ello. No vale pasarse horas viendo videos con niños y después alegar que uno no tuvo nada que ver con la propia excitación. Pero la cosa es que podemos excitarnos con algo sin que nos guste. Y esto, si bien puede parecer un descubrimiento pequeño, creo que no lo es. Ya me gustaría poder hacer un viaje en el tiempo y decirle a una niña que una vez existió que no tiene por qué preocuparse, que el haberse puesto tan rara con esa escena que vio por casualidad en la tele, de un padre golpeando con saña a su hija con un cinturón, no la convierte en una pervertida o una enferma. Lo dicho… just another human being!

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Culeitor

culo, gluteos– Ava, levanta más el culo!
¡Dios mío! Cuando lo escuché decir mi nombre (¡¡¡se sabía mi nombre!!!), aderezado además con un tono deliciosamente autoritario, pensé que me corría ahí mismo, en medio de la sala.

Culeitor era monitor en un gimnasio al que yo iba hace años. El nombre se lo pusimos con mi amigo el Chamo, en honor a su atributo más destacable: Un maravilloso, perfecto, redondeado, turgente y absolutísimamente tentador culo. Nunca supe qué pelis le gustaban, qué valores consideraba fundamentales en la vida o si tenía buena o mala leche. Daba igual. Me hubiera casado con él sin pensarlo. Y con su culo, claro.

Hace tiempo ya que me jacto de lo bien que me funciona el “mecanismo exitacional”. No tengo ningún problema, ni físico ni mental, que me impida calentar motores con facilidad, permitiendo que mi cuerpo y mi cabeza entren al trapo en medio microsegundo. Probablemente como en mi caso fue un logro conseguido, currado, lo valoro más, lo atesoro, me enorgullece casi. Pero la forma en que todo mi yo se revolucionaba cuando veía aparecer a ese hombre por los pasillos del ‘Holi-gay Gym’, el absoluto descontrol hormonal que me poseía… uf, no creo haberlos experimentado con ese nivel de intensidad con otra persona.

Culeitor no era el más guapo pero tenía cara de macho. Potente, cuadrada, rabiosamente viril. Manos grandes, torso y brazos musculosos sin pasarse, piernas torneadas… El tío era monitor de GAP (glúteos-abdomen-piernas), así que ya os podéis imaginar. Y podéis imaginarme también a mí, la más vaga entre las vagas -la que a los 10 minutos de precalentamiento ya estaba planeando la huida al sauna-, sudando la gota gorda en sesiones de una hora de abdominales satánicos, saltos y otras lindezas. Pero ahí estaba, cada vez que mi horario laboral me lo permitía, dispuesta a entregarme de brazos abiertos al sacrificio “gapiano”. Cualquier cosa con tal de poder contemplar esa maravilla esculpida -y en movimiento, mi madreeee!- unos minutos.

– Ava, levanta más el culo!

¡Dios mío! Cuando lo escuché decir mi nombre (¡¡¡se sabía mi nombre!!!), aderezado además con un tono deliciosamente autoritario, pensé que me corría ahí mismo, en medio de la sala.

La cosa es que cuando tenía a Culeitor cerca me volvía una adolescente. Temblorosa, torpe, irracional a full. Buscaba excusas para hablar con él (¿estoy haciendo bien este ejercicio? ¿Es hora de actualizar mi tabla?), y cuando conseguía cruzar un par de frases mi día se convertía por arte de magia en maravilloso, y me iba a mi curro de mierda con una sonrisa de oreja a oreja que me duraba toda la extenuante jornada. Pero me costaba un mundo acercarme y darle conversación. Y no porque fuera borde, de hecho transmitía buen rollito y no parecía nada sobrado. ¿Pero cómo te vas a animar a convertirte en una caricatura de ti misma, sudorosa y al borde del desmayo? ¿Cómo vas a echar mano de tus mejores armas si no eres capaz de articular palabra?

Y así me la pasé, entre el sufrimiento y el éxtasis durante meses y más meses, en los cuales me enteré de que era hetero y tenía novia. Algo que no cambiaba mucho las cosas, para mí fue como enterarme que Brad Pitt se iba a casar o algo así. O sea, a esas alturas era un rollo contemplativo y ya, y mientras él se siguiera asomando por los pasillos con el objeto de mi deseo coronándole las piernas, estaba todo bien, yo seguiría soñando en silencio con hundir mi cara entre esas nalgas apoteósicas y todos tan contentos. La novia iba al mismo gimnasio de hecho, y aunque yo nunca la vi mi amigo sí, y me contó que no era nada guapa, más bien gordita y algo canosa. De alguna manera me gustó más cuando supe que no necesitaba una top model al lado, y que su maravilloso culo al fin y al cabo estaba al alcance de cualquier mortal.

Así estaban las cosas, yo feliz con mis migajas visuales y el mundo girando como siempre, hasta que un día Culeitor se me acercó para darme conversación. Yo estaba en la elíptica y el tío se paró al lado, me saludó (nuevamente por mi nombre, Diossssss!!!! ¿Cómo puede tan poco movernos tanto?) y me empezó a hablar. Intrascendencias sobre todo, conversaciones “menores”, pero de esas que se dan cuando te apetece hablar con alguien. Y ahí estaba yo, intentando por todos los medios disimular mi condición de flan, alucinando con el tiempo que dedicaba a conversar conmigo mientras me esforzaba por articular respuestas coherentes con mi mejor voz de “aquí no pasa nada”. Cualquier cosa menos que se me notara el nerviosismo, o que me traicionaran las tiritonas piernas y saliera volando de la máquina en movimiento. No sé si conseguí engañarlo en el exterior (probablemente no!), sólo sé que mi estado interno se negó a mentirle a la elíptica, y que pese a mis heroicos esfuerzos ésta se detuvo abruptamente en medio de una sinfonía de pitidos nada discretos. Desconcertada con el sacudón y con los ruidos balbuceé algo así como “oh, parece que se ha estropeado la máquina”. El sólo sonrió, mirando la pantallita, y se alejó con un “hasta luego, guapa, que tengo clases”. Recién entonces fui capaz de mirar yo también la pantalla, y me encontré con su delator mensaje, escrito para más inri con letras mayúsculas, brillantes y parpadeantes:

“RITMO CARDÍACO EXCESIVAMENTE ELEVADO. DETENGA EL EJERCICIO”.