El sexo ‘al revés’

foto blog al revesMi señora madre, una persona con una inacabable capacidad de aprender cosas nuevas, es muy aficionada a compartir cada día en su muro del Facebook una variopinta colección de links que, por una razón u otra, llamaron su atención. Humor, drama, curiosidades sexuales, espiritualidad, cuidado del cuerpo… todo cabe en su casi infinita lista de intereses, y por ende en su elástico muro (y en el mío, que la buena mujer es muy de compartir, jejeje).

Pues bien, hace algunos días, visitando a saltitos el timeline de mis amigos y conocidos, me quedé pegada con un texto que había copiado mi madre con una serie de tips para combatir el alzheimer. Básicamente, lo que se decía ahí era que el mal de Alzheimer se puede prevenir simplemente cambiando algunas rutinas para estimular el lado derecho del cerebro. Dicha técnica mejoraría la concentración, y ayudaría a desarrollar la creatividad y la inteligencia. Se trata entonces de hacer “ejercicio cerebral” o  o “aeróbica de las neuronas” –la palabra oficial vendría a ser ‘neuróbica’- para mantener al cerebro ágil y saludable, creando nuevos y diferentes patrones de comportamiento y de las actividades de las neuronas del cerebro.

Lo central es que las prácticas elegidas cambien los comportamientos de rutina por otros desacostumbrados. Así, por dar algunos ejemplos, se mencionan los siguientes ejercicios neuróbicos, si bien el texto invita a echar a volar la imaginación y desarrollar ejercicios propios que sigan la línea de los propuestos:

– Usar el reloj en la muñeca contraria a la que normalmente se usa
– Cepillarse los dientes con la mano contraria a la habitual
– Caminar por la casa de espaldas
– Vestirse con los ojos cerrados
– Estimular el paladar con sabores diferentes
– Ver las fotos “cabeza abajo”
– Mirar la hora en el espejo
– Cambiar el camino de rutina para ir y volver a casa.

Después de pasarme un par de tardes caminando de espaldas por mi casa –es impresionante como parece existir todo un nuevo mundo cuando uno anda en modo ‘backwards’- y leyendo los mensajes de mi móvil con la pantalla dada vuelta, me puse a pensar en otros ámbitos de la existencia, fuera de la rutina más cotidiana (vestirse, lavarse los dientes, leer)  donde uno podría plantearse el desafío de hacer las cosas “al revés”… Y cómo no, me di de bruces con el inabarcable terreno de la sexualidad humana. Y dentro de éste, con el sexo.

Curiosamente, en medio de todas estas divagaciones, recibí un mail de lo más perturbador que incluía la siguiente frase: “El otro día, medio dormitando, soñé que cambiábamos los papeles y me esclavizabas. Me tenías de pie, esposado, cogido del pelo por detrás al tiempo que me sodomizabas sin contemplaciones”.

Voilá! Punto para mi cerebro derecho!!!

Alguna vez he dejado entrever aquí que lo mío no es el rollo dominatrix precisamente. Más bien asoman a mis fantasías machos recios y decididos, que saben qué hacer y dónde apretar, y que son capaces de contenerme con la sola fuerza de su mirada. Y aún entendiendo los muchos matices que puede llegar a tener una entrega, la mayoría de las veces lo que me apetece es saborear la contundencia metálica de su sentido más primitivo, el más basto. Sin embargo, fue leer esas palabras y sentir que mi imaginación comenzaba a galopar en sentido contrario al habitual. Y no os podéis imaginar lo que me he divertido haciendo de madame de Sade en mi trepidante cerebrito…

Ya tenemos un ejercicio para la lista entonces, el cambio de roles. Y ojo, que en la cama asumimos muchos roles, y no todos son tan obvios ni tan fáciles de intercambiar.

(Y por cierto, una “N. del A.” para mi estimado amigo sodomizable: cuando quieras, ¿eh?, que yo encantadísima de la vida me zambullo en tales experiencias. Pero ojo, que hay que meterse entero a la piscina, porque después no pienso conmoverme ante arrepentimientos ni melindres ni “no quiero estos” ni chorradas… u know, hay juegos que toca jugarlos en serio para que resulten más divertidos… jeje).

Ahora, si bien en este caso concreto ya me estoy visualizando camino al sex shop para equiparme con el traje de látex, el strap-on y todos los adminículos necesarios, creo que en general no se trata de pensar en ideas demasiado sofisticadas ni en cambios espectaculares para que los ejercicios funcionen también en el área sexual. De hecho, conversando anoche del tema con un amigo, no se demoró ni tres segundos en soltar su propia propuesta: empezar a tomar la iniciativa cuando no se tiene el hábito de hacerlo.

¿Y qué tal una sesión completa estando ambos con los ojos cerrados, por ejemplo? O tal vez en un entorno atípico, ligado a la propia historia. ¿Qué te gustan los flacos? Pues a buscar un gordito calentito y a ver qué tal. La cosa es enarbolar la bandera del cambio. Recuerdo incuso una noche en la que para mí fue toda una experiencia –y una sorprendentemente buena, además- un polvo largo, muy intenso y exclusivamente en la posición del misionero.

Bueno, hasta aquí llego yo porque en realidad mi idea era hacer de éste un post colaborativo. Así que os invito a dejar vuestras propuestas, sin importar si parecen tontas o descabelladas, que aunque probablemente no nos enteremos, siempre existe la posibilidad de contribuir a la felicidad de algún lector (o bloguero!) ávido de nuevas ideas.

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500 palabras

Escribo con los dedos aún húmedos. Húmedos de mí. Oliendo a mí…

Dije que tal vez te imaginaba esta noche. No era una intención firme, esa es la verdad. A veces simplemente me gusta perderme entre el oleaje. Pero entonces apareciste, atravesando mis aguas con tu mástil insolente, sin esperar invitación…

¡Bienvenido a la fiesta!

zapatos de tacónEstamos en la habitación de un hotel. Hemos cenado, nos hemos reído y nos hemos quitado todo el ajetreo del cuerpo con un baño tibio y reponedor (sí, las chicas solemos partir por el principio, jeje… Se llama “crear ambiente”). Yo llevo ropa interior, ligas negras y zapatos de tacón (¿fetichismo dijiste? ¡Espera a que saque a pasear mi lado sado y camine sobre ti con ellos puestos!). Tú no llevas nada, ya sabes cómo me pone verte así, más polla que cuerpo. Nada más se necesita…

Tengo dos deseos, así que me acerco a tu oído y te los digo bajito. El primero es que esta noche quiero un poco de dolor en el menú, pero acompañado de un buen manejo del tempo. A fuego lento, in crescendo

Te susurro que lo tienes todo para besar, morder, apretar, arañar, fustigar. Pezones, pechos, muslos, glúteos, los caminos de mi espalda… Ve de a poquito y llega lejos. Mi cuerpo está carnívoro.

Me preguntas entonces qué más quiero, y lo que quiero es rendirme a tus deseos. Sólo por hoy, así que aprovecha.

Por si no ha quedado claro, lo que te ofrezco es una moneda de dos caras: quiero que me pidas que haga y te haga todo lo que te apetezca que haga y te haga, pero sin reprimirte… No vale invitar a la cabeza, estamos en territorio libre. Y quiero, además, que me hagas todo lo que te apetezca hacerme, sin preguntar.

¿Quieres que me ponga de cara a la pared? ¿Contra la ventana? ¿Qué vaya a gatas por mi premio? Lo haré, faltaba más.

¿Quieres ver cómo me toco? Hasta el éxtasis si quieres, gritando tu nombre o el de la deidad que prefieras.

¿Quieres un baile? Lo verás, sólo elige la música y túmbate a mirar. Y si quieres también te acomodo los almohadones.

¿Juegos de roles? El que prefieras, se me ocurren varios que no requieren disfraz. ¿Qué tal un profesor con mala leche? Me encantaría probar su cinturón… Mmm, hay tantas maldades que lo pueden hacer enfurecer…

¿O tal vez prefieras probar tú esos tacones en tu espalda? Claro, todo entra en el menú. Si hay que ponerse canalla me pongo canalla. Ya sabes que también tengo una ‘selfie’ perversilla que cada tanto se asoma a jugar.

En cuanto salga de tu boca lo tendrás.

O simplemente cógelo. Ya te lo dije, esta noche mandas.

¿Ya te has hecho a la idea? Yo estoy llegando al final.

Así que ahora, si no te importa, me quedo sola con mi explosión espectacular, y después me voy a dormir, que mañana curro. Después de todo es mi fantasía, no la tuya…

La vida secreta de los jefes

No sé si os habéis dado cuenta, pero el tiempo que ha pasado entre mi último post y éste es el más prolongado que he dejado correr hasta ahora entre dos entradas. Una forma fácil, y algo cliché de zafar, sería decir que he estado muy ocupada ‘viviendo’. Sí, lo sé, no tengo por qué darle explicaciones a nadie, pero aún así os ofrezco mi resumen, simplista e insuficiente, de la situación. Y no por ello falso.

Si no escribo no es porque no me pasen cosas en el aquí y ahora, sino porque no tengo la necesidad de compartirlas, porque necesito procesarlas, o simplemente porque no me pertenecen. Porque hay terceros involucrados que son dueños de sus propias historias y tienen derecho a que éstas sean respetadas. O porque al igual que un buen relato de ficción, la realidad parece narrarse mejor desde la distancia, desde el desapego. Elegid la razón que más os guste. Yo ya tengo la mía.

Así que, resistiendo cualquier tentación de intentar desenmarañar la madeja de sentimientos y confusiones en la que actualmente habito, os voy a dejar una historia que ocurrió hace algunos años, que también habla de aquellas pequeñas y no tan pequeñas cosas que solemos mantener ocultas, para que cada uno reflexione lo que más le apetezca reflexionar al respecto.

imagen cerraduraErase una vez yo, cuando tenía un trabajo de esos de 9 a 7, el culo pegado a una silla y contrato indefinido. Era un día de poco curro y yo estaba entregada en cuerpo y alma a la misión de encontrar entre las carpetas de la redacción un documento que necesitaba para terminar un reportaje. Estaba segura de haberlo visto hace algún tiempo, pero no recordaba su nombre, así que empecé a probar en el buscador con palabras sueltas relacionadas. Llevaba un buen rato buscando cuando me encontré con un bloc de notas de nombre curioso: “en la oscuridad”.

Obviamente no tenía nada que ver con el documento de mis desvelos, pero del título al clic hubo menos que un trecho, y aprovechando que mi jefe más inmediato (el que tenía su escritorio a escasos centímetros del mío) estaba tomando café me puse a leer el largo texto que tenía frente a mis narices. Que era el “copia-pega” de una conversación por chat, a todo esto. Y una bien calentita.

Los participantes de la conversación eran Amo_Falo y Potrilla_Salvaje. Amo_Falo, pese a lo potente de su nombre, era un amo “amateur”, y Potrilla_Salvaje una sumisa experimentada. La primera conversación (en realidad eran cinco en total, pegadas una tras otra con algunos saltos de línea entre medio) era un ir y venir de preguntas y respuestas, ya que A_F (lo siento, si sigo escribiendo Amo_Falo me descojono y no termino nunca) se sentía bastante inseguro respecto a cómo proceder en la que sería su primera experiencia como dominante. Así, como quien pide consejos para dar una charla frente a un nutrido público, o bien para preparar un bizcocho que quede esponjoso, el buen hombre expresaba su preocupación por la situación que se le venía encima, ya que su “sumi” (sic.) también era nueva en esas lides y él no la quería defraudar. Por lo mismo, le preguntaba a su amiga P_S (de forma frecuente y mutua se recordaban la amistad que los unía desde hace años) hasta dónde era recomendable llegar, qué cosas le gustaban a ella y cómo hacer para que su nueva conquista no se enterara de su falta de experiencia en esas lides. Finalmente, le confesaba su temor de no ser lo suficientemente atractivo para la que sería su primera sumisa, con quién nunca se habían visto cara a cara.

Los siguientes mensajes ya eran bastante más subiditos de tono. En ellos A_F no sólo ofrecía un relato pormenorizado de sus encuentros con la “sumi”, también se permitía algunos coqueteos y preguntas indiscretas con su interlocutora, claramente ya más relajado y seguro de sí mismo. Por decirlo de alguna manera, era posible percibir que ya se estaba rompiendo esa “cáscara de aprendiz” para dejar salir la pulpa, la voluntad del amo… Ya dominando la conversación, en uno de los diálogos, por ejemplo, se dedicaba a contar los detalles de una sesión de spanking, describiendo los tres tipos de látigos que había utilizado (si bien confesaba que no se había atrevido a darle “demasiado duro”, al no saber cómo calcular aún la fuerza de sus golpes) y narrando pormenorizadamente lo placentera que le había resultado la experiencia, no tanto de infligir dolor sino de tener la voluntad de un tercero entre sus manos. En otro de los diálogos dejaba hablar más a P_S, interesado por ahondar en las fantasías de sumisa de su amiga y las cosas que le gustaba que le hiciera su amo. Ella, algo reacia al parecer a escandalizar a A_F, ofrecía un par de sugerencias tímidas (uso de velas, un par de varas para que los látigos “no aburran”), a lo que él respondía que quería algo más “creativo”.

Y hasta ahí los diálogos.

Como era de esperar, en cero coma estaba conectada al Messenger (sí, existió algún día!), contándole a mi entonces compi de curro, de desvelos y aventuras, el hallazgo que me traía entre manos: “Tía, te mueres lo que encontré en una de las carpetas de la redacción, lee esto y después me comentas”.

La cosa es que mi compi, investigadora aún más intrépida y ocurrente que yo, en cuanto terminó de leer se fue a San Google y copió la dirección de email de Amo_Falo (sí, he vuelto a escribir el nombre completo, pero es que ahora se aproxima el desenlace)… y cuál no sería nuestra sorpresa al enterarnos – y así de fácil además!- que nuestro amo favorito utilizaba el mismo correo para ciertos asuntos laborales (como dejar opiniones en foros profesionales y otros descuidos) y que se trataba, ni más ni menos, de uno de los peces gordos de la empresa, y el menos turbio, en apariencia, de todos ellos: Un gordito bonachón y poco agraciado, con sus ya respetables canas, que todos apreciaban por su buen humor, sus risotadas permanentes y las golosinas que traía de regalo cada vez que salía de viaje. Un marido respetable y amante padre de familia con hijos universitarios. Una eminencia en su ámbito. Un futuro abuelito de esos que llevan a sus nietos al parque. Un redactor jefe con contactos en las altas esferas…

No es que quiera dejar una moraleja, pero al poco tiempo Amo_Falo murió. De forma inesperada y sin agonías. No tenía ninguna enfermedad chunga, nada que pudiera permitir presagiarlo. Simplemente trabajaba mucho y un día cayó fulminado en la calle. Así sin más. Y se llevó con él todas sus historias, las vividas y las sin vivir.

Sobra decir que el mundo está lleno de Amos Falos. Y de Potrillas Salvajes. No sólo al lado, también dentro de nosotros. Y más allá de que su existencia sirva como anécdota, como aliño para sazonar una jornada laboral entre tantas otras, os invito a sacar el vuestro de habitaciones oscuras y chats, a permitirle que tome un poquito el aire, que se sienta bien consigo mismo. Después no dejaremos nada, ni siquiera eso. Éste es el único momento en el que puede permitirse existir.

Antes de que empiece mañana (y VI)

– ¿Entonces? ¿Me la vas a meter o no?

Una pregunta directa. Desnuda. Y que ya no puede ser evitada. De pronto no hay nada más que su pregunta, es más que ella incluso, se ha convertido en el centro del único universo posible. De pronto en el universo eso es lo único que importa.

Él detiene sus besos. Se retrae como si lo hubieran herido en algún sitio y tuviera que evitar que su sangre aflore al exterior. Ella tiene una sensación de déjà vu  y siente frío. Cuando habla, le parece que flota en una gelatina de irrealidad.

– ¿Qué pasó esa noche? No soy capaz de recordarlo, pero no puede haber sido tan malo. ¿Por qué te fuiste así, sin despedirte?

– Vaya, de nuevo nos olvidamos del señor…

– ¡No!- lo interrumpe con energía-. No le estoy hablando a ningún señor de los cojones. Le estoy hablando a mi amigo, o al amigo que algún día tuve al menos.

– Así que es verdad que no lo recuerdas…

– No lo estaría preguntando de ser así.

En lugar de contestar él le da la espalda y se acerca a la ventana, la boca torcida en una mueca casi infantil.  Ella, pese a sentir que ha sido la artífice de la situación que está viviendo, ya que de alguna manera sin su presión el tema jamás hubiera llegado hasta allí, no puede evitar la sorpresa de constatar que él maneja sus propios pesos, su propia gravidez al respecto, y que no hay sitio para ella en la sombra que parece cubrir la habitación que comparten.

– Tengo frío. ¿Me puedo vestir?

– No- Él ni siquiera la mira al responder.

– Vaya. ¿Y entonces?

– Nunca he podido dormir después del sexo. No sé por qué. Es como… Hay una cierta orfandad en esas horas muertas que preceden al día que me lo impide. Es como si al vaciarse mi cuerpo en otra persona quedara demasiado sitio libre para la lucidez, más de la que pudiera soportar. Está oscuro, pero todo se ve demasiado claro, los pelos, las cicatrices, el absurdo. Y en la claridad no existe la esperanza. ¿Sabes  lo que existe? Un regusto a café frío que no hay cómo quitarse de la boca.

– No entiendo. ¿Te fuiste porque no te gustó mi café? ¡De qué coño me estás hablando! No volví a saber de ti en años.

– No es eso. Y ese comentario no está a tu altura.

– Sabes a lo que me refiero. ¿Qué intentas decirme? ¿Qué después de follar se te alteran los químicos del cerebro y no soportas estar cerca de la gente? ¿Qué te fuiste porque eres de esos que jamás despierta con la chica con la que duerme? ¿No te gustó el polvo? ¿Te dejé de gustar yo después del sexo?

Esta vez sí la mira, pero no responde. Y su silencio se parece tanto a la soledad de aquella mañana hace casi 20 años que durante algunos segundos ella siente que podría rozar a la Cecilia de entonces si quisiera, e incluso abrazarla y llenar con su cuerpo duplicado el hueco vacío entre las sábanas. Pero al mismo tiempo sabe que no tendría nada para decirle. Ni una triste palabra.

imagen cama vacía

Tampoco sabe qué más decirle a Víctor, que ha vuelto a girarse hacia la ventana. Intenta un par de frases inofensivas pero no recibe respuesta, y cuando se acerca a tocarlo él le retira la mano y se desplaza un par de metros, con suavidad pero firmeza.  Como no sabe qué más hacer se pone de pie y se dirige hacia el salón en busca de su ropa. Ha pasado tanto rato desde la última vez que él habló que ella siente que no se trata de una opción realmente, sino más bien de una línea única trazada de antemano por otro. Todas las prendas están en el mismo sitio que antes, así que se tarda muy poco en reunirlas. Se mueve con lentitud, con la esperanza de oír de pronto la voz de él ordenándole no hacerlo, pero eso no ocurre. Cuando termina de vestirse –se pone todo menos los zapatos- regresa a la habitación. Él está sentado en el borde de la cama. Ella se queda de pie a su lado.

– Víctor, vengo a despedirme.

– Lo que te dije antes, lo del café y todo ese rollo… No fue lo que pasó contigo.

– ¿Ah no?

– No.

– ¿Y entonces?

– No puede ser lo que pasó contigo porque nosotros nunca hemos follado.

A ella le chirría un poco la palabra, atípica en sus labios, pero pasa el detalle por alto.

– ¡Qué dices! Claro que sí. Vale que no recuerde con claridad esa noche, pero sí tengo imágenes. Y estábamos desnudos. Me chupaste las tetas. Y yo a ti la polla.

– Sí, eso lo hicimos.

Él no agrega más, pero sus palabras tienen el efecto de un coletazo revelador: La misma pregunta por parte de ella -¿me la vas a meter?- y la misma respuesta de él –silencio y retraimiento- aunque en la versión actual él parezca desprovisto de la espontaneidad de la primera.

– Cecilia, hace muchísimos años que no tengo sexo. Y con ello me refiero al coito, para que me entiendas bien.

– ¿Por qué? – pregunta ella más por inercia que por otra cosa. Siente que la última frase contiene demasiada información como para dejarla pasar sin analizarla palabra por palabra, pero él no parece dispuesto a darle tiempo a que lo haga.

– Porque no me gusta.

– ¿No te gusta? Pero… Acaso…

– Me gusta mirar, tocar, dar placer, jugar. Me gustan muchísimas cosas. Pero no… follar.

– Ya. Así que lo de hoy es lo más que puedo esperar de ti.

– ¿Y te parece poco? Te he visto gritar como un animal.

– Es cierto, y si me das cuerda te puedo pintar mis experiencias de esta noche de forma mucho más bonita. Ha sido intenso, por decir lo menos. Pero no sirve para todas las veces.

– Se pueden hacer otras cosas.

– ¿Y en que parte de esta historia se te pone dura?

– No sé qué no has entendido de lo que te he dicho: No me gusta follar, es tan simple como eso. No me falla nada ni estoy traumatizado.

– A mí me parece que sí. Necesitas ayuda.

– No lo creo. Yo no huyo de quién soy, todo lo contrario. ¿Por qué tendría que esforzarme en hacer algo que simplemente no me apetece? No necesito el coito para ser feliz.

– Ya, lo tuyo es ser espectador y nunca perder el control, ¿no? Así te quedarás solo.

– ¿Tú crees?  Nunca me he sentido solo. Y de cualquier manera nunca haría algo que vaya en contra de mí por adaptarme a una mayoría o darle en el gusto a alguien. En cambio no se puede decir lo mismo de ti.

– ¿A qué te refieres?

– A los curiosos personajes que eliges para combatir la soledad. ¿Cuántos de ellos llegaron a conocerte realmente? ¿Cuántos tuvieron el interés? Yo sé lo que te gusta como si me gustara a mí. Y no me refiero a lo que andas por ahí diciendo que te gusta, sino a lo que te hace latir. A lo que dices sin decir. Son cosas que a mí me importan, de verdad.

– Ya, pero no follas.

– Dime una cosa, pero ten la decencia de darme una respuesta honesta. ¿Hace cuánto tiempo no te sentías como hoy? ¿Hace cuánto q no te corrías tres o cuatro veces, y además con esa intensidad? ¿Cuántas veces en tu vida te has permitido la libertad de ser tú misma, de dejarte llevar hasta el extremo en que lo has hecho hoy?

– Muy pocas, ninguna, no lo sé, pero no sigas por ahí. Ese es sólo un aspecto del asunto. No puedes pedirme que renuncie a algo que está en mi naturaleza, que lo saque de la ecuación como si se tratara de una puta operación matemática que termina en balance positivo. ¿Qué hago yo con todo lo que quiero hacerte, con todo lo que quiero tocarte? ¿Qué hago con mi hambre de polla?

– ¿Es necesario que seas tan vulgar?

– ¿Me va a llevar más lejos ser elegante?

– Cecilia, esto se nos está yendo de las manos. No es la idea.

– Mira Víctor, tú puedes currarte unos discursos elaboradísimos sobre lo normal y feliz que eres, pero para mí no funciona así.

– No funciona porque estás totalmente centrada en ti y en tus necesidades, y aunque dices buscar el amor la verdad es no estás dispuesta a mirar el mundo de a dos, a compartir. Te gustas demasiado a ti misma como para hacerle un sitio real a otra persona. ¿Qué pasaría si, estando casada y enamoradísima, tu pareja tiene un accidente y ya no puede tener relaciones? ¿Cuánto te demorarías en abandonarlo? No, espera, seguro que terminarías encontrando una solución salomónica de esas que tanto te gustan: Te quedarías con él, lo cuidarías, pero los fines de semana te buscarías un buen rabo que te ayudara a pasar las penas. De cualquier manera esa persona para ti ya no valdría lo mismo, ¿no?

– Tendría que estar en la situación para saber realmente lo qué haría, pero hay una tercera opción que te callas y soy tan capaz de ella como cualquiera. El amor es algo enorme, y a veces nos sorprendemos a nosotros mismos con lo que podemos llegar a hacer por él. O no hacer.

– ¿Y entonces?

– Entonces, que hay una diferencia fundamental en ambas situaciones. Porque en el caso de tener un marido tullido, al menos podría comprender las razones. Y rezar porque la medicina avance más rápido que nuestras vidas. Y en tu caso, simplemente no entiendo qué te lleva a actuar así, y el no entenderlolo hace mucho peor. ¿Existe alguna posibilidad de que… algún día…?

– No, no la hay.

– ¿Estás completamente seguro?

– Lo estoy. Y es lo único que te voy  a decir al respecto.

– No me alcanza. Necesito saber por qué.

Justo cuando ella siente que está a punto de rasgar el envoltorio que los separa  él la coge de las manos y la tira suavemente hasta que se sienta a su lado en la cama. Sin dejar de mirarla a los ojos le pone un dedo en los labios y lo hace descender con extrema lentitud por su mentón y cuello, hasta posarlo en su pezón izquierdo. Pese a la contención que deberían ofrecer la tela de la blusa y el sujetador, ella siente que el dedo pasa directo a su piel y quema, y que su calor desciende a velocidad de cohete hasta su vientre. Le parece que se moja con un líquido espeso e hirviente y contrae con fuerza la pelvis en un esfuerzo por no dejarlo escapar.

– Te ordeno que no vuelvas a hacerme esa pregunta nunca más.

-No me vale –murmura apenas, haciendo un enorme esfuerzo por reprimir un gemido-. No puedes solucionarlo así.

– Cuando entraste aquí establecimos reglas claras. Pues bien, ya sabes cuáles son tus opciones. Obedeces o te vas. Es todo lo que tengo para ofrecer. Eso y a mí mismo, pero así, tal como soy. No otro. No estoy buscando a alguien que me redima.

Mientras habla él le arranca la blusa de un tirón, haciendo saltar los botones. No tiene más contemplaciones con la falda, y mucho menos con ella, que tiene que sujetarse de unos barrotes de la cama para no caer. En un solo movimiento le inclina la espalda y le eleva la cabeza por el pelo, y sin quitarle las bragas comienza a masajearle el clítoris desde atrás con movimientos bruscos pero regulares. Su mano se desliza dentro casi sin que exista transición, como entra una cuchara en un soufflé, y antes de que ella se dé cuenta él ya tiene el puño metido en el coño, y cuando empieza con los movimientos rotatorios a ella se le aloja una sensación de montaña rusa en la garganta y aprieta los dientes para que nada importante se le escape entre medio de sus gritos. El tiempo no avanza, vuela en círculos que la envuelven por dentro y por fuera, y ella se rinde al vértigo convertida en un volcán invertido que entra en erupción. Y entonces, cuando siente que es incapaz de dar cabida a la más mínima sensación nueva, él le da un mordisco en la espalda, entre el cuello y el omóplato derecho, que la inunda con un ímpetu capaz de vaciar cualquier cosa. Su nuevo orgasmo, que solapa al que ya estaba en curso, es como un latigazo partiéndole la columna en dos, espléndido y salvaje.

silueta en negro

Se tarda un buen rato en abandonar el refugio que le ofrecen los barrotes de la cama y enfrentarlo. Quisiera quedarse ahí para siempre, de espaldas a él pero aún así en contacto con su piel, pero sabe que no es posible. Hay algo de ritual en la forma en que se gira, una cierta pesadez en el aire que la sigue.

– Víctor…

– Si vas a volver a preguntármelo, detente ahora. A menos que estés dispuesta a irte. Me conoces y sabes perfectamente que no habrá vuelta atrás. Y sabes, aunque me pregunto si con la misma claridad, que no quiero que te vayas. Sé que puedo hacerte feliz y creo que deberías dejarme intentarlo. Así que por favor, no hables. No digas nada, absolutamente nada. Sólo recuéstate aquí a mi lado y disfruta de este momento maravilloso.

Ella se acerca a él pero en lugar de acostarse lo besa con largura. Y aunque aún no termina de cruzar del todo la frontera que la separa del mañana, su saliva febril ya sabe a despedida. Se pregunta si acaso no son todos los besos un anticipo de despedida, el último resquicio de lo inevitable.

– Víctor…

Antes de que empiece mañana (V)

bondage_muñecasÉl se detiene. Ella sabe que él no va a continuar como se sabe que hay un bulto entre las sombras: Está ahí, aunque no se lo pueda ver con claridad o entender por qué. No ha contado los golpes pero han sido varios, más de los que alguna vez pensó que podría desear de cualquier manera. Y aunque siente que no puede más, también le parece que acaban de expulsarla de una fiesta, a la vez luminosa y oscura, sin estar preparada del todo para abandonarla.

– Señor- balbucea con voz rasposa, el cuerpo aún convulsionando.

– ¿Sí?

– El coño me hierve.

Él no hace nada por comprobarlo, y ella no puede evitar transformar su omisión en una pequeña afrenta. Aún así, cuando siente los dedos de él sobre sus tobillos su cuerpo acoge esa nueva forma de contacto dispuesto a perdonarlo todo. Él le desata las piernas con cuidado y se sienta en el borde de la cama.

– En serio. Podría meterme una casa ahí dentro. O mejor otras cosas…

No está segura de si es prudente seguir hablando, pero como el silencio de él se prolonga se decide a volver a hacerlo. Sin embargo prefiere cambiar el curso de la conversación, ya que le parece que un peligro la espera en alguna de las esquinas del camino que está tomando.

– Una experiencia muy interesante, sí.

– Háblame un poco de eso Cecilia. Tengo curiosidad.

– ¿De qué, exactamente?

– De lo que se siente.

– Vaya, no sabría cómo ponerlo en palabras.

– Inténtalo.

Él comienza a acariciarle el culo con suavidad. Todo el calor que emana de los glúteos de ella se multiplica furioso en las invisibles estelas que van dejando los dedos de él sobre su castigada piel, como si un ejército de gusanillos le mordiera la carne con sus pequeños dientes terribles hasta entrar en ella, convertidos una vez dentro en ingrávidas burbujas de placer. Se retuerce con pereza.

– Inténtalo-, insiste él, y sin más aviso le suelta una cachetada tremenda. Sin tiempo de rascarle compasión alguna a su gesto, a ella se le escapa un grito que más parece un rugido, y siente que por su garganta huyen todas sus resistencias. La sangre le salta a la cabeza.

– Es como un sándwich- le contesta cuando le vuelve la voz.

– ¿Un sándwich?

– Sí, como si el sabor fuera uno solo pero al mismo tiempo fuera inevitable saborear cada uno de los ingredientes. Primero hay una capa de placer, ese placer anticipado de saber lo que viene, cuando el cuerpo se hace chiquitito y cada célula de él se prepara para recibir. Es como conectar con algo primitivo. Después el dolor puro, sin más adornos, simple y absoluto. Dura muy poquito, pero te da tiempo a preguntarte qué coño estás haciendo allí, qué puede haber de bueno en lo malo. Y al final la última capa, nuevamente placer, alivio, redención… Como si al liberarse de sus miedos el cuerpo se vaciara de todo lo que le sobra y se elevara y… Uf, ya no sé ni lo que digo.

– Se entiende perfectamente.

– Lo que sí, sigo sin saber  con qué…

– Seguro que eres capaz de recordar la primera vez que nos fuimos juntos a la playa.

– ¿Ese verano que llovió casi todo el mes?

– Ese mismo. ¿Recuerdas lo que hacíamos para entretenernos?

– No sé a qué se refiere. Veíamos la tele. Íbamos donde Paco.

– Sí. Pero tú no eras mucho de jugar Pac-Man.

– No, la verdad es que no.

– Pero sí había algo que te gustaba mucho hacer donde Paco. Y un día me confesaste que tenías una fantasía. ¿Te estoy refrescando la memoria?

– ¡Hostias!

-Exacto. Pensé que tal vez podía satisfacer un viejo deseo. ¿Te habían dado antes con una paleta?

– No señor. Nunca.

– ¿Y esa fantasía tuya? ¿De dónde salió?

– No sé. Vi una escena en una peli, hace millones de años, ni siquiera recuerdo su nombre. Se me habrá quedado grabada por algo.

– Ya veo. Bueno, creo que ha sido suficiente por hoy, ¿no?

– Sí, sin duda.

– Ahora date la vuelta.

Piensa que no va a poder, pero entonces se da cuenta de que las ataduras de sus muñecas le permiten bastante libertad de movimiento. Mete la cabeza entre los brazos y se gira elevando un costado del cuerpo, intentando cubrir su rostro al hacerlo.

– ¿Estás lista?

Dice “para qué”, pero no necesita una respuesta. Abre las piernas, todo su deseo convertido en humedad aceitosa. Él se acerca un poco más, pero no la toca.

– Aún nos falta éste-, murmura mostrándole un objeto ovalado y metálico unido a un mando por un cable.

– No sabía que te gustaran tanto los juguetes- dice ella sin dejar de mirar el objeto que tiene entre las manos.

– Te gustan a ti.

– ¿Entonces me esperaba esta noche?

En lugar de contestar él le mete el  huevo metálico entre las piernas y se lo hunde dentro con un solo movimiento, exento de dificultad. El aparato empieza a vibrar y ella, arrastrada por la urgencia de su demanda, se contrae y gime. No puede ser mejor pero sí, porque entonces se da cuenta de cuánto quiere su mano completa ahí dentro, o mejor a él, todo él -desnudo, poderoso y fálico-, preparado para salir victorioso de todas las batallas.

– Entra. Por favor entra.

Él no parece oír su reclamo y aumenta la potencia de la vibración. Ella arquea la espalda y aprieta los puños, abandonando rápidamente su negativa implícita entre aquello que ya se ha deshecho en el pasado. Se le agita la respiración, aunque más que tragarse el aire se lo bebe con sorbos cada vez más desesperados. Aún no ha llegado al momento de no poder aguantar más pero está cerca, así que acelera sus avisos, por si él quisiera dilatar los instantes previos a la tregua. Pero él no parece dispuesto a darle tregua alguna, ya que pone el aparato a máxima potencia –ya no son ondas, ahora parecen mordiscos inesquivables– y se inclina muy cerca de su abertura, con la mirada cargada de algo levemente distinto al deseo. Y entonces, cuando todo se vuelve níveo y comienza a derretirse a su alrededor, él le roza el clítoris con la punta de la lengua, disparando al hacerlo un fogonazo que pulveriza la nada blanquecina que la devora. Toda ella se desliza hacia abajo para recibir las húmedas caricias de su boca. El orgasmo, alojado ya a en columna, no la abandona, pero al extenderse por su cuerpo le parece que, más que venir de dentro de ella, brotara directamente de los labios de él, que la recorre con movimientos espesos. Agotada con tanta exaltación ella grita, suplica, agita las piernas, pero con eso sólo consigue intensificar la presión que ejerce su lengua. La lengua de Víctor. Y el huevo de los cojones. Y sus manos indefensas. Esa es verdaderamente la Santísima Trinidad, se dice antes de soltarse, igual como se soltaba del columpio algunas veces cuando era niña, impulsando el cuerpo hacia delante justo cuando estaba en la parte más alta. Era la idea que tenía en aquella época de volar. La primera vez que cayó mal fue cuando empezó a preocuparse por lo que podría pasar después. Antes de eso nunca hubo un después. De cualquier manera, al llegar a casa le echaron la bronca por volver del parque con la ropa hecha un desastre.

Sus propios gemidos –irreconocibles, rupestres casi-la traen de vuelta a la habitación en la que se encuentra. Abre los ojos pero al hacerlo pasa por encima de él y fija la mirada en las marcas de su propio antebrazo. Aún no está preparada para salir del todo de sí misma.

– No más, te lo suplico.

Él se detiene entonces y la libera de su pequeño visitante interno, que se queda vibrando en un rincón de la cama. Hace rato que ella siente que no puede leer en sus expresiones. Le parece que él sería capaz de cualquier cosa y la posibilidad de encontrarse con algo sorprendente a esas alturas de su vida la seduce más de lo que la asusta. Algo en él la llama, y ese llamado no puede destruirse con la fuerza de la lógica, de igual manera como no puede anularse con palabras el poder de atracción de un imán.

– ¿Estás bien? ¿Tuviste suficiente?

– Algo así.

– ¿Algo así? –Él arquea las cejas en un gesto exagerado, la boca abierta en una enorme sonrisa. Ella intuye el peligro pero no recula.

– Bueno, digamos que me faltó algo. Aunque tendría que dejar que me reponga…

Él no le da tiempo a continuar y le estampa con fuerza la palma de la mano contra su reblandecido coño. El dolor le estalla directamente en la cabeza, sin hacer viaje alguno, para repartirse después por todo su cuerpo en pequeños latigazos de deleite.

– No me refería a eso- murmura cuando se le termina de deshacer el grito dentro.

– Vaya. Te habré entendido mal.

-No lo creo.

A modo de respuesta él comienza a desatarle las muñecas. Ella no se mueve ni baja los brazos cuando él termina pero lo sigue con la mirada. Elige interpretar su gesto como un permiso.

– ¿Me la vas a meter?

Espera su silencio, pero no que le dé una bofetada. Y ya todo ocurre demasiado deprisa, la pregunta estrellándose en su rostro, el vacío, la confusión, la mano de ella viajando hasta el rostro de él, una, dos veces, y a la tercera él le agarra el puño con fuerza y ya no están en la cama, están en el suelo forcejeando, y él le tira el pelo y la muerde y ella se defiende con las uñas, intentando abrirle la camisa a tirones y encontrarse con su piel esquiva. Se miran. Resoplan. Y entonces él vuelve a ella pero su boca ya no muerde, ahora besa, y ella se deja recorrer pensando que bien puede parar un poco. Sólo un poco…

Antes de que empiece mañana (IV)

No es un suave deslizarse por una pendiente, sino más bien como estar atrapada en un ring y caer una y otra vez frente al contrincante. En el momento del final lo único que le queda entre los labios es un tímido regusto a alivio, pero su orgasmo es más un estrangulamiento de los sentidos que su exaltación. Él se ha apartado un poco y la observa como se observa a una criatura curiosa: con los ojos entornados y una sonrisilla levemente burlona.

– ¿Puedo beber un poco de vino? Tengo la boca seca.

Él le indica con un gesto su aprobación. Cuando le habla, su voz la convierte en una copa transparente, derramándose dentro como un chorro de líquido fresco. A ella le parece que lleva horas sin escuchar una voz humana y agradece la sensación.

– La próxima vez te tardarás menos.

– No sé yo si me quedan muchas ganas de una próxima. Para venir a hacer aquí lo mismo que podría estar haciendo en mi casa…

– No es lo mismo. Estando conmigo se puede masticar tu turbación. ¿No es maravilloso? Tu problema es que la rehúyes, cuando podrías entregarte a ella.

– Si, ya. Dicho suena muy bonito. La próxima vez que me abra los brazos iré corriendo a su encuentro.

– Quítate la ropa.

– ¿Ahora?

– No, mañana. Quítatelo todo. Sentada en el sofá.

Ella asiente con la cabeza, se deshace de la copa y le obedece, esta vez evitando dilaciones. No le dice “y siéntate en el sofá”, le dice “sentada”, así que ella se sienta primero y después termina de desvestirse. Cuando está lista él le ordena que cierre los ojos y respire profundo, tomándose todo el tiempo necesario hasta sentir que su cuerpo se relaja por completo. A ella le parece un encargo sencillo, pero en cuanto cierra los ojos cada parte de su cuerpo parece cobrar vida propia y reclamar su atención. El corazón le late con brío. Intenta imaginar que una luz blanca la llena, llevando paz a sus diseccionados miembros. De abajo hacia arriba. Tal como le enseñaron en clases.

Ya va por el cráneo cuando siente que él le coloca las yemas sobre los párpados. Da un brinco y se queda en estado de suspensión hasta que él le posa un dedo sobre los labios. Ella lo lame con cautela y el dedo se retira de su boca con la delicadeza del mar cuando recoge su espuma.

– Shhhhh. Sigue respirando, sin abrir los ojos. Ahora vuelvo.

Después de unos minutos que le parecen hondos y oscuros, más allá de la frontera que sus párpados obedientes construyen de espaldas al mundo, él regresa y le anuncia que tiene cuatro objetos para ella y que está seguro de que le gustarán.

– ¿Puedo saber cuáles son, señor?

– De momento sólo dos. Los otros son sorpresa.

Sorpresa. Nuevamente la sensación de ser una niña, limpia pero a la vez inerme, totalmente a merced de ese único Dios que para ella siempre ha existido: El que es más grande. El que puede más.

En el hueco que permiten sus manos entrelazadas él le deja algo que parece un trozo de tela. Ella lo toca y sonríe.

– Igual me hubiera quedado con los ojos cerrados si me lo hubiera dicho.

– Así no tienes que recordarte a ti misma que no los puedes abrir.

Le pone la venda con movimientos mansos, y a continuación deposita otro objeto en su regazo. Ella no necesita tocarlo para saber. La cuerda parece enroscarse entre sus muslos como una víbora indefensa y juguetona. Un agujero de aire le sube por la columna. Se estremece.

– Espera, tengo otra idea. Sígueme.

imagen cuerdas bondageÉl le coloca la cuerda sobre los hombros y  la guía hacia el interior del piso cogiéndola del brazo con gentileza, sin ejercer casi presión. Sin embargo, hay algo férreo en el centro mismo de su blandura, como una irradiación de su voluntad que no fuera capaz de reprimir del todo. Se detienen al cabo de un rato, no mucho pero sí lo suficiente como para que ella alcance a sorprenderse ante la evidencia de que el sitio es muchísimo más grande de lo que imaginaba.

– Aquí, túmbate aquí. Boca abajo. Y sin hablar.

No ha terminado de acomodarse cuando él le coge las muñecas y se las junta con un movimiento brusco. Le da un tirón para cambiarla un poco de sitio y le ata las muñecas entre sí y después a algo que está fijo. “Probablemente un respaldo”, se dice ella. “Vaya, así que cama con respaldo”.

Después de la sacudida que le da a sus brazos él parece renunciar a la prisa y es mucho más delicado con sus tobillos, que ata al otro extremo de la cama. Sin embargo, a diferencia de los brazos, se asegura de que las piernas queden bien separadas, aunque sin que llegue a resultar doloroso o demasiado incómodo. Algo la reclama con timidez por el costado y ella se gira un poco elevando la cadera, movimiento que él aprovecha para deslizar  un bulto bajo su vientre. “Almohadones. Dos o tres”.

– Lo que estoy viendo ahora mismo… muchos pagarían por ello.

¿Es un cumplido? ¿Una demostración de poder? Ella no sabe qué escarbarle a sus palabras así que contrae la pelvis y suelta un gemido indefinido, que se transmuta en sensación cuando él le roza el nacimiento de la espalda con algo rasposo. Su piel se pone en alerta.

– Sólo es una cuerda. Es que tiene un tubito plástico en la punta, como los cordones de los zapatos.

“Tiene varias”- se extraña, cayendo en la cuenta de que ha necesitado al menos cuatro para atarla a la cama- “¿Las usará con frecuencia o estaba preparado?”.

La sensación no es del todo agradable –“mejor con los dedos”- pero a los pocos segundos se rinde ante la evidencia de que no podría desear otra cosa. Y entonces ya no hay trayecto, y toda ella, desde lo más interno hasta la envoltura, siente sed exactamente de lo que está recibiendo. Cada rasguño invisible que perturba sus poros la abre en millones de pequeñas puertas. Suelta la prisa como un globo. Como si la adivinara, él le murmura dos palabras cerca de su oído.

– Ahora espera.

Y tras una breve pausa, como si no hubiera sido suficiente:

– Lo que haga falta.

La voz se él le sustrae algo, pero a cambio llena todos sus espacios en blanco de expectativas. La sonrisa le dura más que el entusiasmo. Y a medida que se deshacen los segundos todo lo bueno que le estaba ocurriendo se resigna a desfilar frente a ella como un fantasma de un pasado reciente

Si al menos pudiera tocarse, se lamenta. O mejor aún, que Víctor la embistiera por sorpresa aprovechando la descarada posición en la que la tiene esperando. Está segura de que no sólo se siente, sino que además se ve hendida como dos mitades a punto de separarse de una fruta demasiado madura.

Pero no le está permitido el placer de la desintegración, y entonces se hace consciente de la tensión en la que se encuentran sus miembros. Las manos juntas. Las piernas separadas. Almohadones bajo el estómago. No hay nada más que eso. Toda su realidad reducida a unas cuantas pinceladas tan gruesas como ineludibles.

Él se ha ido, o al menos eso piensa ella. En su ausencia, real o figurada, el silencio también es un absoluto.

Y los minutos pasan…

“Dios”

“Cuánto más, cuánto más, cuánto más”

“Me duelen las piernas”

“Pffffffffff”

imagen fuegos artificio

Y entonces algo se altera en el aire -“¿Ha vuelto? ¿Se ha ido alguna vez? ¡Maldita moqueta!”- y esa alteración es como un aviso y a la vez la plataforma desde la que se impulsa su sorpresa. Un golpe. Uno solo pero rotundo, que le llega como llegan los fuegos de artificio: Primero un sonido de trueno  perforándola en un único y focalizado punto  y después ese estallido luminoso y caótico del dolor, efervesciendo furiosamente por dentro.

Antes de que empiece mañana (III)

imagen mujer y fragilidad– ¿Mañana? ¿Y quién te dice que va a haber un mañana? Lo único que tenemos es el ahora, el aquí y ahora.

Lo mira como si de alguna manera lo poseyera, las cejas alzadas, retadora. Se siente enfadada por haber hablado, porque él la hubiera hecho hablar con tanta facilidad. Pero por mucho desafío que intente inyectarle a su mirada, no puede evitar que una vocecilla desagradable le recuerde que está desnuda de la cintura para abajo. Se siente ridícula. Él no parece reparar en su figura escindida y coge la botella de vino.

– Señor- murmura él simplemente después de servirse la tercera copa.

– ¿Cómo?

– Qué rápido te olvidas de decirme señor.

– Lo siento señor.

– No, no lo sientes, aunque como fórmula funciona. De cualquier manera, me da un poco igual cómo me digas. Pero por favor, no me vengas con tu gimnasia intelectual ahora porque no me impresiona. Hace nada estabas hablando de ir de visita a casa de tu tía y no sé qué otras historias, así que no compro ese cuento de que no te proyectas a futuro. Todos lo hacemos.

– Vale, pero…

– Lo que me preguntas no es poca cosa y yo no quiero contestar a la ligera –la interrumpe él alzando la voz-. Mañana, en algún momento del día, después de pensarlo con calma, te tendré una respuesta. Ahora tengo cosas más inmediatas de las que ocuparme.

Tal vez no es capaz de percibir el sutil instante en el que su excitación comienza a transformarse en irritación, pero la sensación que se le va gestando en el interior ya es un poco más difícil de esquivar para ella. Como si ese padre dulcemente incestuoso que le fue sugerido –ofrecido de alguna manera- hace algunos instantes en el bar ya no estuviera ahí. Y el padre soñado, convertido en realidad, no es más que un procreador, con un deje ligeramente condescendiente asido a sus palabras pequeñas. Recuerda una pesadilla que solía tener de niña, en el que el maestro Yoda se aparecía junto a su cama irradiando una paz verde y luminosa para después convertirse en un Yeti terrorífico de colmillos gigantes que la perseguía por toda la casa con la intención de devorarla. Intenta retroceder en el pensamiento, recuperar la imagen robada, pero él no se lo permite.

– Bueno, ya está bien de tanta conversación. ¿Empezamos?

“¿Empezamos? ¿Empezamos qué?”, se pregunta, y la imagen de un agujero se le viene a la cabeza. No es que crea que se va a hacer daño, pero el trayecto no se ve del todo cómodo, demasiado movimiento tal vez. No sabe si está lista para caer en ese vórtice de terciopelo.

– ¿Señor?

– ¿Sí?

– ¿Qué pasará si no le obedezco?

– ¿Necesitas que pase algo? ¿No puedes obedecer y ya?

– Puedo intentarlo pero no sé. No sería lo mismo.

– Ya veo.

Dice “ya veo”, pero luego nada más, y su silencio ya le parece a ella como un castigo. Muy leve aún, lo sabe, pero también sabe que recién está comenzando a asomar la cabeza en el agujero.

– Todo acto tiene sus consecuencias señor- aventura ella pasando por encima de una sensación de pequeñez que empieza a ahogarla. Toma aire, dispuesta a sumergirse hasta los hombros-. Si quiere imponer sus reglas tiene que tener herramientas para hacerlas cumplir.

– ¿Quieres consecuencias? Aquí te doy una: Estás aquí porque es tu deseo obedecerme, y te irás cuando deje de serlo.

– No entiendo.

La sonrisa en él gatilla en ella la comprensión que antes no pudo alcanzar. Él, sin embargo, no se resiste a ofrecer una respuesta más clara, si bien la envuelve en un susurro que parece una tregua.

– Desobedéceme en lo que sea y te vas de mi casa. Fin del juego, sin advertencias. ¿Ahora sí?

Retrocede al oírlo, pero siente como todo lo que no es carne en ella diera un paso al frente. Ahí está de nuevo ese calor que sueña, esa vibración en las palabras. Ahí ese hueco oscuro al que pertenece, libre de visitantes. Podría alcanzar la redención si quisiera. De qué, no lo sabe bien, pero llega a sentir el viento silbando en sus oídos. Antes de responder cierra los ojos y respira de forma profunda, como si en ese movimiento intentara inhalar un poco más de fragilidad y exhalar su exceso de fuerza. No quiere irse, pero para eso debe dejar de luchar.

– Señor, lo escucho.

– Bien. Quiero que tengas un orgasmo.

– ¿Cómo?

– Lo que oyes. Que tengas un orgasmo. No me importa cuánto te tardes, pero quiero uno de verdad, aquí y ahora. Delante de mí.

– ¿Eso es todo?

– Si te parece poco es porque crees que tengo mala memoria. Una vez, hace muchos años, durante una de esas larguísimas conversaciones que nos gustaba tanto tener por las noches mientras recorríamos caminando la ciudad, me confesaste que te resultaba casi imposible correrte cuando te masturbabas si alguien te estaba mirando. Que algo en ti se bloqueaba y terminabas fingiendo para salir del paso.

– Entonces no llevabas corbata- responde ella, pero en seguida se corrige-. No llevaba corbata, señor.

– Explícate.

– Es una época muy lejana la que recuerda. Muchas cosas pueden haber cambiado desde entonces.

– Ya, pues mejor para ti. De todas maneras insisto en que no tengo prisa, tómate todo el tiempo que haga falta. Si el placer se te resiste, quiero verlo. Y si mi presencia te perturba quiero que te entregues a esa perturbación, que no la rehúyas. Crees que el orgasmo es un momento que se vive en solitario. Bueno, yo te digo que me abras la puerta, que me invites a vivirlo contigo, aunque para eso tengas que lograr la ecuación imposible de permitirme ser observador y sacudirte de encima la sensación de ser observada al mismo tiempo. Otra manera es apagar la cabeza al cien por cien. Aunque no sé yo si…

– ¿Puedo hacer lo que considere necesario?

– Sí, pero dentro de los siguientes límites: Puedes hacer cualquier cosa que harías estando sola. Y viceversa, se entiende.

– No del todo. Por favor, sea claro.

– Que lo que no harías estando sola tampoco puedes hacerlo aquí.

– No se me ocurre nada que…

– Cubrirte. Gemir sin necesidad. Tratarte a ti misma con delicadeza. Utilizar una sola mano. Empezar con…

–  Qué cabro… na

– ¿Cómo dices?

– Que tiene usted una memoria muy cabrona, señor. Con todo respeto, claro.

– ¿Empezamos?

Se acerca al sofá que él le señala con un gesto impaciente, pero en lugar de tumbarse allí lo hace en el suelo. Está dispuesta a ejercer cualquier pequeño acto de rebeldía que se mantenga dentro de lo establecido, como si necesitara acercarse un poco más para apreciar de cerca los límites que toman forma frente a ella. De cualquier manera no recuerda haberse masturbado nunca en un sofá, mientras que sí podría mencionar unas cuantas ocasiones en las que colocó una toalla o un albornoz viejo sobre las frías baldosas del baño en busca de un poco de privacidad.

“A ver, céntrate”, se dice a sí misma. “¿Te sacarías la blusa si estuvieras sola? No, probablemente no. A menos que hiciera frío. Pero no es el caso”.

Dispuesta a seguir a esa vocecita que se presenta ante sus ojos ciegos bajo la forma de una pequeña antorcha de luz –“como si estuviera sola, como si estuviera sola”, repite como si fuera un mantra salvador-, deposita una generosa cantidad de saliva en las yemas de su mano derecha y comienza a tocarse con movimientos lentos y circulares, poniendo al mismo tiempo los dedos de su mano izquierda en forma de V y apartando con ellos sus labios mayores. “¿Cuánto tiempo ha de mantenerse esta vez al ralentí?”, no puede evitar preguntarse casi en seguida. “¿Cuánto antes de abandonar esas suaves erupciones de la periferia, tan deliciosas como inútiles, para lanzarse a ciegas en la búsqueda vertical de un esquivo centro de lava?” “Aún no”, se responde, haciendo el primer esfuerzo por ser reclamada por sus sensaciones. Se dirige hacia sus dedos y repasa mentalmente cada centímetro de piel que tocan, intentando derramar dentro lo que siente fuera. Lo consigue durante algunos instantes pero entonces el sonido de un mueble al arrastrase la desconcentra. Al abrir un ojo se encuentra con la imagen ovalada y ligeramente borrosa de él colocando una silla frente a ella para observarla con más comodidad. Vuelve a cerrarlo, pero sus miradas alcanzan a cruzarse.

– Lo siento, no quería interrumpir- dice él con voz amable-. Por favor, sigue.

Como lo de los círculos no funciona intenta concentrarse en su respiración. Sin embargo, cada vez que inspira siente que lo invita a él a entrar y que ahí se le queda adherido, dificultando aún más su cometido. Vuelve a los círculos e intensifica sus movimientos.

Cuanto le parece que lleva ya un buen rato alternando círculos y movimientos de rodillo con los dedos juntos se permite entrar un poco más. La respuesta inmediata que siente en la parte baja del cráneo la reconforta y relaja por lo que tiene de progreso. Se embiste a sí misma con los dedos prietos intentado no dar demasiada fuerza a sus desplazamientos, ya que no quiere tener que recomenzar por correr demasiado deprisa. “Cuando te desconectes de la sensación detente unos segundos y vuelve a empezar”, alguien le dijo alguna vez, y ese consejo fue tanto una bendición como una maldición. Porque desde entonces ya no puede darse por vencida. No sería la primera vez que llega a un punto no muerto pero sí agónico, alcanzando el ansiado final únicamente por su porfía y su capacidad robarle horas al sueño de ser necesario sin parecer una autómata de ojeras imposibles al día siguiente.

Por ahí está. Sabe que le empieza a pasar por el lado, así que empieza a caminar de puntillas, para no asustarlo. Don orgasmo, listo para ser encontrado… o desvanecerse. Lo siente como se siente una sombra, como si tela delgada pero efectiva separara lo que tiene que ser tocado de lo que está tocando. Y entonces ahí está Víctor de nuevo, dentro de ella, y a su lado está Yoda y al otro su profesor de matemáticas. “¿Qué coño hace el profesor de matemáticas aquí”?

Se toma unos segundos de pausa, pero en lugar de limpiarse se tiñe de la presencia de él, agazapado al otro lado de sus párpados. Se pregunta si es su respiración lo que escucha, más espesa y acelerada. Un calor uniforme la baña desde el pelo hasta los pies al imaginárselo agitado por su estampa onanista, intercambiándose de alguna manera el placer que cada uno está experimentando. Una gota tibia se desliza por su frente. Cuando vuelve a meterse los dedos es él quien la penetra, y en su trayecto hacia ella no hay planos o trazos, sólo ondas concéntricas que se deshacen y vuelven a rearmarse con su propia materia. Se le escapa un gemido involuntario, que él le devuelve más gutural y lejano. Y entonces, como si fuera un llamado dirigido sólo a ella, abandona sus correrías y mira hacia atrás, para encontrarse en medio de una pradera que florece simplemente, dejándola suspendida en cada pequeño estallido de cada flor para volver a reclamarla la tierra. Y así está un rato, elevándose y bajando, elevándose y bajando, en un vaivén que sólo interrumpe para quitarse de un manotazo el pelo húmedo de la cara.

– ¿Quieres una goma para el pelo?

– ¡Joder, no me interrumpas!- ruge más que contestar.

– Lo siento nena, ¿te está costando trabajo?

Esta vez abre bien los ojos. Se lo encuentra reclinado muy cerca de ella, todo victoria y sonrisa flotando frente a su mirada, como un enorme y satisfecho gato de Chesire.

Antes de que empiece mañana (II)

Él abre la puerta del piso y ella entra. Le indica con un gesto que deje el bolso sobre el sofá, un enorme sofá de un blanco virginal que preside el salón. Nada más inclinarse y descolgárselo del hombro él le comunica una nueva orden, la primera dentro de los confines de su guarida. Su voz tiene una extraña cualidad de retornada, como si en lugar de ir directo de su boca al oído de ella hubiera sido traducida a algún idioma inexistente para luego ser vuelta a entregar en su lengua original, de alguna manera pervertida por el proceso. Lo sabe entonces, aunque es más un leve arañazo de saber que una certeza: No hay posibilidad de nada directo entre ellos, la figura del traductor siempre estará al centro. De ahí en adelante cualquier cosa que pueda escuchar, o incluso decir, no sólo será una verdad del porte de una roca, sino también una réplica imposible en sí misma. Se siente mareada.

“Desnúdate de la cintura para abajo”. Afortunadamente él no parece estar interesado en seguir los cánones del juego que ella cree que están jugando, porque espera pacientemente a que salga de sus cavilaciones, sin amenazarla o insultarla.

Ella se gira sintiendo que con ese sólo movimiento ya le está regalando algo. Intenta convencerse de que lo más difícil ha pasado, de que estar ahí ya vale, pero una emoción parecida al aturdimiento, densa como la gelatina, ralentiza su voluntad.

Su falda, ajustada al cuerpo y hasta la rodilla, no lleva cremallera, por lo que le resulta fácil quitársela pese a todo. Gracias a la elasticidad de la tela la prenda abandona sus caderas con mansedumbre cuando ella introduce sus manos en los costados y empuja hacia fuera. Después se queda sin saber qué hacer, detenida en la sensación de que todo funciona al revés. “¿De la cintura para abajo? ¿A quién se le ocurre?”

silueta desnudándoseNo es que no se sienta dispuesta a cambiar la mirada, porque lo está. La sola imagen de su desnudez asimétrica-tan primaria, tan física y cercana a la tierra, mientras que la parte pensante de su cuerpo permanece ajena a todo, despojada de su verdad- es una evidencia casi palpable de ello. Sin embargo, son precisamente esas sombras parciales que la cubren las que la jalan hacia atrás: Por primera vez se siente sin guión, sin mapa. Y rodeada de un enorme y dilatado territorio.

Las medias, las bragas. Se da órdenes a sí misma e intenta imaginar que está sola, que se desviste antes de ir a la cama. Pero no es lo mismo. No quiere inclinarse demasiado hacia delante y que los pechos le cuelguen como las tetillas de una vaca, pero tampoco le resulta posible quitarse las medias con el cuerpo estirado, así que opta por girarse hacia la pared y regalarle un vistazo posterior de su anatomía. “Éste se derrite, seguro”, se felicita.

– ¿Te dije que podías darte la vuelta?

La pregunta la pilla con las medias a medio camino. Vuelve a girarse y con el movimiento caen hasta sus pies. Ahí se quedan, probablemente las únicas que le rendirán pleitesía aquella noche, alcanza a pensar.

– No. Sabes que no lo dijiste. Pero no imaginé que el tema éste de la autoridad iba a ser tan… extremo.

– ¿Extremo? Se va usted a hartar, señorita. Digamos que estoy pensando en algo así como una terapia de choque. Así que por favor no me hagas reír con tus palabras grandilocuentes.

– No, en serio, es que no termino de comprenderlo. ¿Tengo que pedir permiso hasta para moverme cuando estemos aquí? ¿Quieres es ser mi amo? ¿Es eso?

Él se toma unos instantes antes de responder.

– Lo del permiso lo iremos descubriendo juntos, según lo que surja. Yo también estoy dando un salto aquí, no eres la única. Ahora, a modo de guía te aconsejo que preguntes menos y escuches más. Así que cierra la boca y quítate las bragas de una puta vez.

Escucharle soltar un taco por primera vez en su vida no sólo la activa, también la sacude como si una mano gigante hubiera abofeteado todo su cuerpo en un único movimiento, desencadenando una serie de sensaciones de distintos pesos y tamaños. Si su coño emitiera sonidos estaría rugiendo, hipando, suplicando y cantando, todo por el embrujo de una palabra. “Puta”.

“Disciplina”.

No recuerda cómo se quita las bragas, es como si hubiera dado un salto extracorpóreo para pasar por encima de ese momento. Ya no importa, ha perdido consistencia. De pronto todo gravita en torno a él, que ha comenzado a alejarse. Y entonces ya no siente alivio al perder su presencia, sino el principio de una desolación anticipada. Entiende, como si no pudiera parar de absorber revelaciones, que ese es el precio que habrá de pagar. Y aún no sabe qué le tocará recibir a cambio.

Él lcopas vino filtroe ofrece una copa de vino blanco y se sirve otra. A ella no le gusta el vino pero igual se lo bebe, porque no quiere tensar más la cuerda. “¿Desde cuándo tan dócil”?, se pregunta, pero sabe que en realidad sólo tiene la cáscara de una pregunta. Desde nunca, y es precisamente por eso que se está dejando atrapar por una fascinación que al mismo tiempo la nubla y la atraviesa con una claridad casi imposible. Todo es artificio, pero desprovisto de adornos…

Mientras beben él se pasea en círculos y comienza a hablar.

– Yo no soy el amo de nadie. Eso es demasiado trabajo y los confines de ese juego son demasiado visibles como para que me resulte del todo interesante. Lo único claro es que aquí no hay nada claro, y que no lo habrá hasta que yo lo decida. Sin embargo, si te pone la idea puedes decirme señor. Sé que te va el tema de los roles.

– Señor…

– ¿Sí?

– ¿Tengo que pedir permiso para hablar?

– No es necesario. Lo que no puedes hacer, bajo ningún concepto, es cuestionarme. Quiero todo, absolutamente todo tu respeto y tu confianza.

Ella calla. No sabe si él espera algún tipo de respuesta así que prefiere irse a la segura y refugiarse, al menos temporalmente, en la esquina del observador. Observar y obedecer. No puede ser tan difícil. Él se sirve otra copa de vino sin quitarle los ojos de encima. Pasan un par de minutos. De pronto se siente como un elástico viejo que ya no resiste otro estirón. Para huir de sí misma intenta imaginarlo desnudo, y se pregunta si tendrá que esperar mucho más para que su deseo se haga realidad. Por unos instantes le parece que se equivocó de historia, que se encuentra frente al anverso del que debiera ser su abismo. ¿Cómo poder alcanzar la cima si no es a través de su propia voluntad? ¿Y qué hace ahora con sus impulsos, con su deseo de arrancarle la ropa a tirones?

– ¿En qué estás pensando?

– No puedo responder sin faltarle el respeto, señor.

– Oh, pero yo quiero que me respondas. Cuando digo que no me cuestiones no significa que no esté abierto a recibir sugerencias. No puedo imaginar nada más interesante que ver cómo participas tú misma en este proceso.

– Me estaba preguntando si acaso me dejará hacerle algunas de las cosas que me va a hacer usted a mí cuando estemos en otro sitio, en mi casa por ejemplo.

– ¿Cómo qué? -Por primera vez su voz suena cauta.

– No sé, tenerlo a mi merced. Atarlo. Explorarlo…

Él deja su copa sobre una mesa cercana. Si bien no expresa ninguna sorpresa por la frase de ella, tampoco reacciona con liviandad. Con los ojos entrecerrados, parece sopesar un asunto fundamental. Ella puede sentir cómo dialoga con sus dudas.

– Bien. Entiendo. Sin embargo, antes de que lleguemos a ese punto, quiero escuchar esa pregunta de la misma manera como sonó en tu cabeza, y quiero que me lo digas ahora. Por si no ha quedado claro, lo que te pido es tu pensamiento exacto. Palabra por palabra.

– Señor…

– Eres una de las personas más inteligentes que conozco, así que estoy seguro de que sabrás comprender perfectamente lo que voy a decirte. Será la primera y la última vez que lo haga, porque contigo no hace falta más.

Ella guarda silencio. Lo mira fijamente. Él se bebe su mirada como si fuera alcohol puro y continúa.

– Absolutamente todo, todo lo que hagas o digas, no sólo está permitido sino que es necesario, por no decir indispensable, cuando mane de mí. Recuérdalo, es lo que te mantendrá protegida.

– ¿Protegida de qué, señor?

Él titubea. Se pasa la lengua por los labios, como si al humedecerlos se suavizaran sus palabras.

– De cualquier desviación en la que pudiera caer este juego. Ahora mismo, por ejemplo, estoy a punto de perder la paciencia, así que dime: ¿cuál fue exactamente el pensamiento que cruzó por tu cabeza hace un par de minutos? Y no te atrevas a censurarte.

Si ella pudiera contar todo lo que le ocurre en esos escasos tres o cuatro segundos que tarda en contestar, diría que  le dio tiempo a hacer un viaje larguísimo traspasando los confines de su cuerpo y de su propia vida, para iniciarse en la fuerza salvaje  de algún antepasado prehistórico, perdido en un atrás desconocido. Sólo con esa fuerza podría, en el preciso instante del ahora, comprimir no el atrás, sino que los años futuros de dudas, miradas perdidas en algún cristal mugriento y pasos lentos sobre algún borde yermo, para echárselo todo sobre los hombros, como si de un saco pesadísimo se tratara, en un solo movimiento preciso y brusco. Pero no puede. Debe contestar antes de que el tiempo siga avanzando, inconmovible. Antes de que se desvíe.

– Palabra por palabra, Cecilia.

Ella no baja la mirada para contestar.

– Dios mío, cómo me pone ese culo enorme. Apostaría a que nunca ha tomado el sol, que lo debe tener más blanco que la teta de una monja, pero me pone igual, así todo blandito y jugoso. ¿Cuándo coño piensa bajarse los pantalones? ¿Me dejará alguna vez azotarle ese culo hasta hacerlo suplicar que pare?

Él levanta una ceja con un movimiento estudiado y elegante, que podría ganar un concurso de perfección erótica. Pero ambos saben que sólo se echa la cortina cuando se intenta tapar algo. La lucidez de ella y la lucidez de él parecen coger forma e integrarse ante sus ojos, y ella siente cómo esa sustancia nacida del fornicio de sus mentes desprende un aroma dulzón que inunda la habitación. Casi duele. Y es casi hermoso. Él le pone una mano sobre el hombro izquierdo, aún cubierto por la tela de la blusa.

– Me lo voy a pensar. Prometo tenerte una respuesta para mañana.

Antes de que empiece mañana

Él la recoge a las 10 en punto. Todas las veces ha llegado a las 10 en punto, así ha sido, invariablemente, desde que se encontraron en el funeral de la madre de Paco. ¿Cuántas veces habrán quedado ya, 12, tal vez 15? Ella perdió la cuenta. Pero siempre es igual. Toca el timbre, espera abajo, cuando la ve aparecer por el portal saluda con una inclinación de cabeza, le abre la puerta del coche, le da una mirada fugaz al reloj que lleva en la muñeca, cierra la puerta y entra él.

Ella lo mira y no puede evitar recodar el día del funeral, hace poco más de seis meses. Sabía que él iría, pero habían pasado muchos años desde aquella noche de borrachera que estropeó la mejor amistad de su vida, así que pensó que no le importaría volver a verlo. En realidad nunca le gustó de forma romántica. Aunque de alguna manera siempre lo amó, para tener una relación prefería a los hombres más delgados… y más manejables. Y él, de hecho, estaba incluso más corpulento que en sus recuerdos. Pero extrañamente eso no le molestó aquel día, y hasta se atrevería a afirmar que sintió que tenía que ser así, que en el caso de Víctor no podía ser distinto, o que perdía algo si era distinto. Además, conservaba todo su pelo –y eso se podía decir de muy pocos de los asistentes-, una mata tupida y oscura que invitaba a hundir los dedos en ella, y los años lo habían dotado de una elegancia que, si bien ya se le adivinaba en su época universitaria, ahora estaba evidentemente respaldada por la seguridad que aporta una prolongada solidez económica.

– Te has ido.

– ¿Cómo?

Él carraspea. Por lo general no se muestra nervioso pero ahora se ve un poco intranquilo. O tal vez no es eso, pero un cierto atascamiento en sus gestos la pone en alerta. Sin embargo la sensación sólo dura un par de segundos.

– Que te has ido- repite él-. Llevas un buen rato mirando la guantera y pensando cosas muy serias a juzgar por tu expresión. Ya llegamos.

Ella se baja sin responder y cierra la puerta con más fuerza de la que le habría gustado. Dos horas de flamenco esta vez, una tortura sofisticada y cruel probablemente para nada. De nuevo para nada.

pareja bailando flamenco

– Me temo que mis panoramas están empezando a aburrirte –sugiere él a la salida, y espera unos segundos antes de agregar-: O eso o algo te molesta hoy. ¿Me equivoco?

La tentación le guiña un ojo, pero ella la desecha con un parpadeo. Decide volver a jugar la carta de la contención, ya que mientras más pasa el tiempo y más se desespera, más se da cuenta de que le importaría mucho estar equivocada respecto a los sentimientos de él.

– No me apetece volver a casa en seguida esta vez. ¿Me invitas a una copa?

– No sé, es tarde. ¿Otro día?

– ¿Tarde para qué? Mira, si es por el dinero yo invito- contesta en tono ligeramente desafiante, aprovechando su propia risa para apretar las correas del bozal que le ha puesto a su impaciencia.

Él sabe no puede eludir el asunto. No parece del todo cómodo con la idea pero ella decide pasarlo por alto.

– Sabes que no es por dinero. Venga, te invito a una copa- le dice dando una nueva mirada al reloj.

– Mira, ahí hay un garito en el que ponen unos mojitos de puta madre. No te vas a arrepentir.

Lo coge del brazo con un gesto espontáneo y él reacciona como si hubiera recibido una pequeña descarga, no del todo desagradable pero tampoco confortable. Ella se da cuenta entonces de que es la primera vez que lo toca, la primera en años al menos. Que ni siquiera en lo de Paco se besaron para saludarse. Lo suelta con suavidad como si el gesto naciera puro de cualquier tipo de deseo, limpio de pensamiento, y echa a andar. Él la sigue.

Una vez dentro del atestado local le permite tomarse cuatro mojitos y él hace lo mismo sin perder la compostura. Permitir, el verbo se le viene a la cabeza junto con una sensación vagamente inquietante. Porque aunque es ella quien llama al camarero y pide más, hay algo en la mirada de él que la hace sentir como una niña que está tanteando la paciencia de papá, echando con timidez pero descaro más y más caramelos en el carro de la compra mientras teme –y ansía a la vez- el momento en que le digan basta. Con amor, pero ya sin paciencia.

MojitosCuando terminan la cuarta copa él, sin consultarle, pide la cuenta con un gesto adusto, parecido a un chasquido de dedos sin sonido. Ella no recordaba esos ademanes. No le gustan, pero igual le gustan. Le da una mirada prolongada y él en ese momento decide no esperar la cuenta y deja un generoso puñado de billetes sobre la mesa poniéndose de pie. Al hacerlo pierde levemente el equilibrio, y ella se le arroja encima con el sigilo presto de un cazador.

– Ni de coña voy a dejar que cojas el coche, no estás en condiciones. Además, no estamos tan lejos, y hace una noche estupenda. Vamos a caminar.

No le dice “si te opones lo estropeas”, pero el mensaje es tan palpable en sus ojos que él se deja guiar hasta la salida. Una vez fuera  el aire de la noche parece devolverle su fuerza, como si su hombría volviera a recuperar una cierta verticalidad fugazmente perdida.

– Esta vez se van a invertir los papeles- dice ella tras unos minutos de caminar en silencio, casi en un susurro.

– ¿A qué te refieres?

– Bueno, tu casa está camino a la mía, así que hoy yo te voy a dejar en la puerta.

– Ni loco. Te dejo en tu casa, como corresponde.

– ¿Siempre haces lo que corresponde? No te recordaba tan apegado a la… ‘correspondeidad’.

– ¿Correspondeidad? Veo que no has perdido el hábito de inventar palabras con todo el morro.

– ¿Es eso lo que temes? ¿Qué se vuelva a ir al carajo nuestra amistad?

Él suelta una carcajada breve, afilada casi.

– Cecilia, no te engañes. Nosotros ni somos amigos ni somos los de antes. ¿Crees que una amistad se forja en unos cuantos encuentros, hablando de política y de recuerdos del pasado? Somos un hombre y una mujer a punto de tomar una decisión, eso es todo.

– No entiendo por qué me hablas así.

– Porque después no quiero reclamos. Nunca te ha faltado capacidad para entender, la claridad siempre ha sido tu bendición, y también tu maldición. Otra cosa es que elijas no ver las cosas.

– ¿Y qué estoy eligiendo no ver?

– Que todo tiene consecuencias. Y que es probable que me conozcas menos de lo que crees.

Algo en la dureza de sus palabras le resulta vigorizante, como si al hablarle con esa severidad le fuera exfoliando ideas muertas que se le habían ido quedando adheridas a la piel sin que se diera cuenta. Sin embargo le incomoda al mismo tiempo la sensación de irse quedando en carne viva frente a una estatua ataviada de plumas de vivos colores. En algo tiene razón al final: Ella empieza a entender que no lo conoce. Y es en ese vértigo donde comienza a alimentarse una resolución, tan sólida que no importa hacia donde deba dirigirse, sólo importa la incorruptible materia que la conforma. Cuantas veces se ha perdido antes por un impulso, alcanza a pensar, y sin embargo es siempre como volver a nacer.

Antes de meter la llave en el portal él vuelve a preguntarle si está segura. Ella le devuelve una sonrisa inequívoca, pero lejos de darse por satisfecho con esa respuesta él le ofrece a su vez una mirada impaciente, algo irritada. Ella retrocede medio paso, confundida. Él se acerca con la suavidad de un felino bien alimentado y le roza la palma de la mano.

– Sólo quiero recordarte que tú has propuesto esto. Lo has propuesto y lo has conducido. Y eso está muy bien, y me gusta, pero necesito que te hagas responsable de ello. De que estás aquí porque quieres, no porque fuiste seducida con malas artes o atraída con promesas imposibles.

– ¿A dónde quieres llegar?

– Eres una mujer fascinante, pero no puedes controlarlo todo. No todo puede ser a tu ritmo, de la forma que quieras y cuando tú quieras o necesites. Yo te tomo muy, muy en serio. Y por eso no te voy a insultar haciéndote perder más el tiempo. En vez de eso te voy a decir lo que necesito de ti, lo único que necesito porque en lo que respecta a lo demás, para mí lo tienes todo.

– ¿Entonces? ¿Qué es eso que necesitas?

– Ya lo he dicho. Que sueltes el control.

– Ya, pero eso qué significa en términos concretos. Y ya que estamos, ¿qué pasa con lo que yo necesito?

– Si yo soy lo que necesitas o no, tendrás que encontrar tu propia manera de descubrirlo. Por mi parte te estaré muy agradecido si me informas al respecto cuando lo averigües. Y respecto a tu primera pregunta, sólo me resta decirte que una vez que cruces el umbral de este edificio estarás en mi casa, en mi territorio, así que es mi juego el que vamos a jugar esta noche. O sea, y si lo quieres más claro, las reglas las pongo yo.

– ¿A qué reglas te refieres?

– A todas. A absolutamente todas ellas- suelta encogiéndose los hombros, como si estuviera diciendo lo más natural del mundo.

Una vez que el abre la puerta ella mete un pie dentro, pero deja el otro fuera. Con los puños simula la forma de una trompeta y tararea una melodía inventada, al tiempo que hace una reverencia. Al ver que él no se ríe hace un puchero y entra al edificio dando un saltito desprovisto de solemnidad. No alcanza a dar dos pasos cuando la voz de él le llega como un proyectil directo a la espalda.

– ¡Quieta!

Ella se queda estática, los brazos levemente extendidos, el gesto congelado en la cara. Tiene que hacer esfuerzos por no reírse cuando él se pone frente a ella, con cara de estar resolviendo un problema matemático. Él se acerca un poco más y le pasea los dedos a milímetros del cuerpo, desde las caderas hasta el hueco de las axilas, levitando con parsimonia por la curvada ruta de sus costados. Ella siente como el calor empieza a zumbarle impaciente en la parte baja del vientre, pero antes de que el aviso tenga tiempo de recorrerle todo el cuerpo él le aprieta los pezones con dos movimientos idénticos, y los hace girar con fuerza en el sentido de la agujas del reloj. A ella se le escapa un grito agudo, mientras la sorpresa se le derrama en la cara con la precisión tibia y licuada de un chorro de esperma. Aún así no se mueve. “Así que de eso se trata”, se dice. Intenta poner la mente en blanco concentrándose en su respiración, pero todo su cuerpo es una sola palpitación furiosa. Piensa que podría sumergirse en el charco que tiene entre las piernas, mientras a lo lejos comienza a maullar un gato. Probablemente se trate de un gato bebé, piensa, y siente un deseo casi insoportable de ser abrazada.

-De cualquier manera -dice él de pronto, como si retomara alguna conversación interrumpida- lo mío es más la dominación que el dolor, esto sólo ha sido una pequeña tentación fuera de contexto. Verás, ocurre lo siguiente: lograr dominar, aunque sólo sea a niveles superficiales y durante unos instantes, un espíritu como el tuyo me parece una verdadera obra de arte. Eso es lo que me interesa, contenerte. No andarte dando azotes.

Ella no esconde su decepción, más bien la exagera con una mueca infantil, a lo que él responde rápidamente:

– Bueno, eso no significa que no pueda darte un gusto de vez en cuando. Aunque en tu caso, creo que mejor dejamos eso para los premios.

dedo en ascensorComo si recordara de pronto donde están, él se dirige al fondo de la estancia y pulsa el botón para llamar al ascensor. Después le hace un gesto para que lo siga. Ella lo hace preguntándose si el siguiente plato en el menú será el típico polvazo dentro de la caja metálica, tórrido, manido, pero aún así con un puntillo indispensable. “¿Tendrán todos los ascensores un botón para detenerlos cada vez que a uno le apetezca”, se pregunta. “Lástima, eso sí, que llevo mis medias caras”, agrega para sí, esbozando una media sonrisa. Espera a que él entre primero y se pone a su lado. Se cierran las puertas y el aparato se pone perezosamente en movimiento.

– Cuando vayamos en el ascensor quiero que te pongas delante, sin mirarme. Exactamente delante de mí. Quieta y sin hablar. Sin importar lo que pase.

Ella no responde. Se cambia de posición sintiendo que se le tensan hasta las pestañas. Aguarda un gesto de él, un sonido, pero no hay nada.

Cuando están por llegar a la planta octava él hace un movimiento que ella no ve ni espera y el ascensor se detiene. “Así que tenía el botoncito de marras”, ríe para sus adentros, pero esa risa que se traga como un hipo sólo consigue ponerla más nerviosa. Decir que tiene un nudo en el estómago es quedarse cortos; tiene un puño, y le está empezando a explorar las entrañas con sus nudillos impúdicos. “¿Y él, qué hace?- se pregunta- ¿Me está mirando? ¿Se está tocando sin hacer ruido? ¿Por qué no se mueve?”.

Empieza a contar los segundos, pero en cada segundo que cuenta hay una pulsación que la reclama, un sentimiento de ascendencia escalonada que le empieza a resultar difícil de dominar. No tiene ni la más mínima idea de qué puede pasar en el momento siguiente y la sensación la llena de vértigo. De pronto le parece sentir la mirada de él sobre la parte posterior de su cuerpo como si la tocara realmente con los ojos, con toda la densidad de su invisibilidad al acecho. ¿Está él igual de expectante? ¿O sólo el reverso que ella recibe atravesándole por detrás hasta casi desgarrarle el vientre? Siguen pasando los segundos, muchos ya, y siente que está a punto de caer, que le empiezan a temblar las piernas.

Se le agita la respiración y cree vislumbrar el límite de lo que puede aguantar. ¿Cómo es posible? ¡Si no ha hecho nada! De pronto desea con todas sus fuerzas desabrocharse la blusa, descolocarlo, hacerlo reaccionar de alguna manera, y al mismo tiempo librarse ella de esa sensación de ahogo que se le va acercando a la garganta. Aún sin moverse de su sitio, emite un gemido tímido, inclinando levemente el cuerpo, como si le hubieran dado un golpe suave en el estómago. Lo siente acercarse, pero no llega a rozarla. Su voz la saca del remolino que había empezado a reclamarla.

– Respira. Lentamente.

Al oírlo recobra parte de su serenidad. Como no quiere regalarle el espectáculo de su agitación, decide concentrarse en sus propias divagaciones. “Así que se le pone dura pensando en dominarme. Le parece una obra de arte, dijo, o algo así. Aunque sólo sea… ¿durante unos instantes? ¿Y los otros instantes qué?”. Por momentos piensa que esa frase es una tabla de salvación, pero en seguida se da cuenta de que en ella no caben los dos. O mejor dicho, lo que tiene es una promesa de salvación que sólo se ofrece bajo la forma de dos tablas separadas.

Nuevamente siente que él hace algo detrás de ella, y el ascensor reanuda su movimiento. Casi de inmediato se detiene y se abren sus puertas. La imagen que se ofrece a sus ojos la hace sentir como un trozo de carnada a punto de ser engullida por dos enormes piernas metálicas que apenas pueden disimular su hambre, y echa el cuerpo hacia atrás en lugar de salir al pasillo.

– ¿Ocurre algo? – Junto con la pregunta él le da un suave empujón. A ella le desagrada el gesto.

– Sí, la verdad que sí, aunque no sé si es el momento…

– Dímelo.

– Quisiera saber si esto también será así cuando estemos en la calle, o en mi casa, o donde sea. Si pretendes que me saque las tetas delante de desconocidos para probar mi obediencia o chorradas de esas, y,  en caso de que esta relación vaya algún día hacia alguna parte, si podré comportarme de forma normal cuando vayamos juntos de visita a ver a mi tía Eduvigis, por ejemplo.

– No sabía que tuvieras una tía Eduvigis- Él apenas puede contener la carcajada. A ella, por su parte, no se le escapa la falta de reacción de él ante el uso de la palabra “relación”.

– Ya sabes a qué me refiero, tonto. Es una forma de decir. Lo que quiero saber es si podré seguir siendo yo misma. Actuar libremente, tomar iniciativas. ¿Podré comerte la polla simplemente porque me apetece o tendré que esperar a que me des permiso? No sé, eso de regalar toda tu voluntad de un plumazo y para siempre… ni me convence ni me parece tan valioso. Creo que tiene más peso esa voluntad q nace del querer interno y se regala una y otra vez, que se renueva en cada entrega, y no una voluntad de cartón que vale para todo, nacida al calor de un pacto cutre.

– ¿Voluntad de cartón nacida al calor de un pacto cutre? Dios mío, ¿pero tú escuchas las cosas que dices? ¿De cuál estás fumando?

– Sólo a veces

– ¿Sólo a veces qué? ¿Sólo a veces te escuchas? ¿O sólo a veces fumas de la buena?

Ella no responde y él deja que la sonrisa se le deshaga lentamente en los labios, aunque a ella le parece que conserva una parte entre los dientes. Se acerca entonces y la arrincona contra la puerta de entrada plantándole delante la incuestionable evidencia de su cuerpo despierto. Con la mano derecha le coge el mentón, con un movimiento no exento de fuerza, y le acerca la boca al oído, aunque no baja el tono de voz al hablar.

– Nada deseo más que tú sigas siendo tú y estar ahí para verlo. No quiero coartarte sino todo lo contrario. Quiero ser testigo de cómo te… expandes. Me gusta tu mala leche, tu tozudez, tu gusto por los juegos y los desafíos. Pero aquí, y escúchame bien, aquí en mi casa se hace lo que yo digo. Aquí eres para mí.

– ¿Y afuera?

– Afuera me tienes a tus pies, como siempre ha sido-.  Y antes de abrir la puerta añade, como si quisiera aligerar su última frase-: Confío, además, en que fuera de estas cuatro paredes esas cualidades que te definen sigan estallando en toda su belleza, más que nunca incluso. Como una sinfonía interpretada sólo para mí. Porque seré el único capaz de saber todo lo que esa expresión de tu libertad significa.

– Víctor…

– ¿Sí?

– ¿Sigues enamorado de mí?

(Atribución de crédito para la primera imagen: Jack.Q / Shutterstock.com)

Mi segundo relato erótico (VIII)

(Nota mía: Amigos, conocidos, lectores asiduos y visitates ocasionales: Con este capi pongo fin a este relato… Tal vez, aunque no me comprometo a nada, algún día vuelva a jugar con los personajes, después de todo Laura sólo se ha enfrentado a sus fantasmas, aún no los deja salir, y definitivamente Ricardo se las trae. Pero por ahora podéis considerarlo un punto final, así que vuelvo a mis andadas reflexivas, al menos hasta que me vuelva a picar el bichito y otros personajes toquen a mi puerta pidiendo a gritos que los ponga a hacer guarraditas. 😉 En fin, que espero que hayáis disfrutado la historia… Soy muy nuevita en esto, pero personalmente la experiencia me ha encantado!)

Carne de diván (y VIII)

niña y árbol mosaico

– Mónica fue compañera mía, en tercero de primaria. Llegó al cole dos semanas después del comienzo de las clases, cuando ya estaban todos los grupos armados, y nunca pudo integrarse bien. Y ya. No sé qué más quieres que te diga.
– Creo que sí lo sabes. Continúa, por favor.
– Era de Galicia. Como no tenía más familia, al morir sus padres la llevaron a vivir a la casa de una tía abuela que vivía en Madrid, la tía Angustias, una vieja que se estaba quedando ciega y que sentía más amor por sus gatos que por cualquier ser humano.
– O sea, no tenía a nadie.
– No.
– ¿Y os hicisteis amigas?
– …
– ¿Laura?
– No lo sé.
– ¿No lo sabes? ¿Erais amigas o no?
– ¿Puedes desatarme? No me siento bien.
– Sólo los pies, para que puedas incorporarte. Las manos no, al menos hasta que no me cuentes toda la historia.
– ¿Qué es esto? ¿Guantánamo?
– No, querida mía. Esto es sólo tu propio callejón sin salida.
– ¿Puedo vestirme?
– No.
– ¿Y sentarme en el sofá?
– Claro, no soy un monstruo. Pero por favor no juntes las rodillas –agregó mientras deshacía los nudos de sus tobillos con una mirada opaca-. Aquí no hay nada que esconder.

Se acercó tambaleante al sofá en el que tantas veces se había sentado con aire indolente, por lo general más dispuesta a escuchar que a hablar. Él, en lugar de ocupar su sitio habitual tras la enorme mesa de caoba, acercó una silla a ella, quedando a medio metro escaso de su cuerpo. Olía a serenidad –algo parecido al olor a limpio, pero que viene más de adentro– mezclada con excitación. Con los sentidos aún exacerbados, sintió que el aroma de su sicólogo tomaba posesión de su cuerpo, envolviéndola y despertando el hambre -aún no saciado del todo- de su vulva expuesta. Suaves aleteos de mariposa comenzaron a bajar por su Monte de Venus, entrando en ella con la delicadeza de un soplo de aire, llevando consigo algo parecido a la felicidad. La sensación no le era desconocida.

– No sé ponerle nombre a lo que siento ahora. A lo que he sentido contigo esta noche. Sólo sé que nunca lo he conseguido en la cama, y aunque me tentaba pensar que había tenido la mala suerte de encontrar sólo amantes patéticos, ahora veo que no es eso. Estoy enferma, y sólo en mi enfermedad encuentro satisfacción.
– ¿Enfermedad? ¿Te refieres a lo que hemos hecho? ¿A atarse, amordazarse y dar órdenes?
– Lo que hemos hecho ha sido un simple juego de niños. Y lo que debió serlo no lo fue.
– ¿Podrías explicarte mejor?
– Cuando Mónica llegó al colegio nadie la quería. Parecía un perro mojado buscando una caricia. Era fea, oscura, insignificante, con unos enormes ojos de animal apaleado. Para peor su corte de pelo era de antes de la Guerra Civil, y su ropa dejaba bastante que desear, ya que el buen gusto no era sello de su familia. Sin embargo, sus padres le habían dejado muchísima pasta, y todo lo que la tía Angustias tenía de indolente no lo tenía de rata. El dinero le daba lo mismo, así que Mónica podía comprarse todos los juguetes, álbumes y chuches que quisiera. Todos los días el mayordomo de su tía –porque sí, tenía mayordomo, uno más viejo que ella llamado Salvador- le llenaba la tartera con las golosinas más deliciosas, y no había semana en la que no estrenara algún cacharro nuevo. Tenía todas las Barbies, algo que mi padre no permitía en casa porque “perpetuaba la imagen de la mujer objeto”. No sabes las ganas que tenía yo de jugar con una Barbie.
– Entonces te acercaste a ella.
– No, ella se acercó a mí. Para compartir su merienda al principio, después comenzó a regalarme cosas. Además, había escuchado que yo no tenía madre, así que también intentó entrarme por ahí. Y aunque la idea de ser “amiguitas en la orfandad” me parecía repelente, no podía evitar coger sus chocolatinas importadas, ya que mi padre, como acabo de contarte, no consentía esos lujos. Pasados un par de meses Mónica se atrevió a invitarme a comer a su casa. Yo nunca fui de las más populares, pero tenía una cierta reputación, un respeto por parte de mis compañeros, y no quería que comenzaran a meterse conmigo. Así que le dije que sí, pero que tenía que ser un secreto. Un secreto sólo de las dos.
– ¿Y hubo más secretos después de ese?
– Ya sabes… te lo puedes imaginar.
– No, Laura, no me imagino nada. ¿Qué pasó cuando fuiste a comer a su casa?
– Nos pusimos a jugar.
– ¿A qué?
– Juegos…
– ¿Juegos sexuales?
– Algo así.
– ¿Algo así cómo?
– Todo empezó por casualidad, sin querer. Yo me quería ir a mi casa porque estaba aburrida, y Mónica me suplicaba que me quedara un poco más. Le dije que no, y que no pensaba volver porque su casa me daba miedo, que era oscura y olía a pis de gato, y entonces ella se tiró al suelo y comenzó a besarme los zapatos. No sé qué me pasó, era una niña, pero en cuanto hizo eso le pegué una patada en la cara. Y entonces ella me dijo llorando que no le importaba, siempre que me quedara un poco más. Ni siquiera se había levantado del suelo. Así empezó todo.
– ¿Qué empezó?
– El “juego”. Yo la visitaba, pasado un rato le decía que tenía que irme y ella se dejaba golpear. Primero con las manos, después con reglas, o con algún cinturón que robaba para mí de la habitación del mayordomo. En el culo, en las piernas, en las palmas de las manos y hasta en las tretas. En realidad no tenía, pero daba igual. Bueno, eso fue al principio, después…

Le costaba creer que estuviera diciendo todo aquello. Hace algunas horas apenas era capaz de recordar a Mónica, menos aún lo que había ocurrido con ella. Si no fuera por el nivel de detalle con el que los acontecimientos comenzaron a desfilar frente a su mente, habría intentado convencerse de que nunca lo vivió, de que se trataba de un sueño, o una fantasía loca que se le instaló en el cerebro. Sin embargo, más le costaba aceptar que la terrible narración que estaba saliendo de sus labios le estaba resultando terriblemente excitante. Se sentía débil y caliente, y de no haber tenido las manos atadas las tendría abriendo sus interiores en busca de un alivio imposible, sin importar lo que pensara el hombre que tenía al frente. De cualquier manera –pudo comprobar tras una mirada rápida a la entrepierna de Ricardo- a él no le habría molestado gran cosa. En una de esas incluso colaboraba. Ya estaba tardando…

Pero él, pese a la insultante evidencia de su miembro erecto, ni siquiera la miró, lo que la excitó más aún. También parecía estar haciendo un esfuerzo, que se tradujo en tres palabras que a ella le sonaron a sentencia.

– ¿Entonces qué pasó?
– Después hubo otras cosas, otros “elementos”… Empezamos a juntarnos en el cole cuando la tía invitaba a sus amigas. Esperábamos a que todos hubieran salido de clases y nos quedábamos solas en la cancha de atletismo. Hasta que una monja vio algo raro, nada muy evidente por suerte, y nos dijo que no podíamos estar ahí.
– ¿Ahí se detuvieron?
– No, volvimos a quedar en su casa. Esperábamos a que las amigas de la tía se fueran o nos encerrábamos en uno de los cuartos de baño.
– Y en cuanto a esos “elementos” que mencionabas…
– Por favor, no quiero hablar de eso.
– ¿Quieres regresar a tu casa esta noche?
– Ricardo…
– Estoy hablando muy en serio Laura. Continúa.
niña y árbol– Un día que su tía y el mayordomo habían salido a hacer la compra le pedí que me  tocara “ahí abajo”, para saber lo que se sentía. Se resistió un rato pero frente a mis amenazas habituales, que ya incluían contarle a todo el cole que era una guarra, accedió. No sentí nada especial así que la hice ir más rápido. Entonces empezó a dolerme, y como no me gustó la amarré a un árbol como castigo y la dejé ahí un par de horas. Intentó aguantar sin quejarse, pero al final se puso a llorar porque había hormigas y la estaban mordiendo. Me dio miedo que se chivara, así que la solté. Se había hecho pis encima, y la obligué a lavarse delante de mí, diciéndole que era una cerda. Bueno, creo que le dije cerdita e hice algunos ruidos, aunque no creo que cambie mucho las cosas.
– No, Laura, no las cambia.
– Ver su culo desnudo y temeroso, esperando el castigo; ver su cuerpo triste, escuálido y tiritando bajo el agua de la ducha… Sé que es horrible, no creas que no lo sé, pero ahora me doy cuenta de que me ponía. Sabía que estaba mal, pero no podía evitarlo, era como una droga que lo llenaba todo, que hacía que todo estuviera bien, por fin, aunque sólo fuera a momentos. Nunca me había sentido así antes de Mónica. De modo que ni siquiera me importó que no quisiera. No sólo no me importó, me gustaba que no quisiera. A mi cuerpo le gustaba, aunque por las noches me acostara llorando y sintiéndome una mierda. Por ser mala. Pensaba que al morir, Dios me iba a echar a patadas de su reino, gritándoles a todos los ángeles que no dejaran entrar a esa niña pervertida.
– ¿Has pensado en buscarla y pedirle perdón?
– Cuando finalizó el curso la tía de Mónica, que al parecer se sentía agradecida por la compañía que le había brindado a su protegida (o más bien por habérsela sacado de encima) alquiló un piso en la playa, para que fuéramos con el mayordomo. Un día antes del viaje ella fue hasta mi casa para pedirme que no los acompañara, que inventara una excusa. Debía haberme dado cuenta de que estaba al límite, tal vez no quise hacerlo y ya. Sé que aún estaba lejos de comprender las profundidades del alma humana pero a esas alturas Mónica era lo más parecido a un libro abierto para mí. Le dije que no, que había que aprovechar que sólo iba Salvador, que dormía todo el día, y que así tendríamos mucho tiempo para jugar y hacernos más amigas. En un intento por tranquilizarla le ofrecí ser más suave con los castigos, incluso le ofrecí que me pegara ella alguna vez, aunque no tenía intención de cumplir mi promesa. No recuerdo realmente si me respondió algo, creo que ni siquiera esperé a que se fuera del todo para cerrar la puerta. Estaba demasiado enceguecida con el tesoro que tenía entre manos, con el verano que se abría ante mí.
– Pero las cosas no salieron como tú pensabas.
– Al día siguiente mi padre recibió una llamada. Era la tía Angustias, para avisarle que las vacaciones se habían cancelado. Mónica…

No lloró, porque sentía que ni eso se merecía, ni el alivio de las lágrimas, mucho menos el de su cuerpo. Empezó a tiritar, con la mirada ida, momento que él aprovechó para soltarle las manos, que ella no movió de su sitio. Una voz doliente se desprendió de su garganta, deseosa de abandonar las humedades de su prisión.

– Mónica se suicidó, la misma noche que fue a verme. Un par de días después su tía volvió a llamar a mi padre. No sé qué hablaron, supongo que ella dejó una carta o algo así. Mi padre me obligó a ir al funeral y después de eso no volvió a dirigirme la palabra hasta el día en que se fue. Me dejaba la comida servida en la mesa y salía de la habitación cuando entraba yo. El resto de la historia ya la conoces.

Él ni siquiera se acercó a abrazarla. Seguía quieto en su silla, mudo e inexpresivo. Pasaron unos minutos eternos. Sabía que tenía que vestirse, pero se resistía a aceptar que ahí había acabado todo. Se incorporó con deliberada lentitud, esperando al menos una mirada, pero ni eso. Recorrió la habitación con la vista hasta localizar su ropa, que estaba arrugada encima de un armario. Se vistió en silencio, sintiendo que hasta los muebles lloraran una ausencia, y cogió su bolso sin mirar atrás. Cuando estaba abriendo la puerta le llegó su voz, que parecía provenir de un lugar perdido, casi inexistente, donde las niñas llevan vestidos blancos y guardan preciados tesoros entre las manos.

– El próximo martes, a la misma hora.

Mi segundo relato erótico VII

Carne de diván VII

Culo en la oscuridad

Está con Mónica en el patio trasero del colegio. A Mónica le duele, siente que no puede más, está cansada, pero por alguna razón que Laura no puede explicarse continúa resistiendo, sus magulladas carnes untadas con pura fuerza de voluntad. Laura desea abrazarla, pero también desea seguir. Sobre todas las cosas desea seguir.

Pero no puede, porque Mónica ya no está. Y su padre tampoco.

Removió las muñecas con la débil esperanza de que sirviera para algo, en un intento por informarle a Ricardo que había traspasado alguna frontera importante y que ya podían dejarlo ahí, pero él, lejos de soltarle las ataduras, le colocó sus enormes manos sobre la espalda, inclinándola de forma resuelta pero sin brusquedad hacia adelante. Volver a sentir el contacto de la moqueta contra la parte derecha de su cara la devolvió por completo al momento presente, a la exposición de sus carnes, al aparato que se agitaba en su interior. Como si le adivinara el pensamiento, él se lo clavó con fuerza hasta el fondo y lo mantuvo hundido con una mano, al tiempo que aumentaba la velocidad de vibración. Pasados unos segundos se lo extrajo con un movimiento certero, y antes de que su culo pudiera sentir su recién adquirida orfandad le introdujo tres dedos de golpe y comenzó a follarla con la mano, cada vez más rápido y más profundo. Fue demasiado. Sentía que secretos que ni ella misma conocía acudían al llamado de esos enormes dedos que hurgaban en su interior, como si una vez dentro comenzaran a crecer y atravesaran todo su cuerpo hasta el cerebro , para exprimirlo sin piedad. Tenía la vaga sensación de que no podía permitirlo. Intentó levantar la cabeza, pero él se lo impidió. Fue menos amable esta vez.

– Si no te quedas quieta voy a tener que recurrir a otros métodos.

Ahora está en un lugar en el que no quiere estar. Daría lo que fuera por salir de ahí corriendo pero no se atreve a moverse, la mirada severa de su padre se lo impide. Siente que todos la observan y murmuran cosas horribles. Se ahoga. Le pica el vestido. Le pica todo el cuerpo, pero es un picor que no se atenúa con nada, una costra de ausencia y remordimiento imposible de aliviar. Mónica está al centro de la habitación, tumbada con su vestido de encaje blanco. Parece una novia, inocente y pura. Tiene las manos entrelazadas, como si guardara en ellas un preciado tesoro. Siempre lo tuvo en sus manos, pero no lo sabía. Por primera vez se ve hermosa.

Una pena antigua, solidificada en sus huesos, empezó a derretirse como la mantequilla. Su cuerpo comenzó a agitarse en una oleada de espasmos mientras que sus lágrimas, que la cinta ya no era capaz de contener, corrían libres por los pliegues de su garganta. Él la besó bajo la oreja expuesta, lamiendo la humedad salada de su piel con delicadeza. Siguió explorando con la lengua por el cuello y la columna, hasta llegar a las puertas abiertas de su ano. Le pareció que sus palabras le llegaban desde otro sitio.

– No hay nada de malo en esto, no hay nada sucio. Por favor, simplemente entrégate y disfruta. Tienes permitido disfrutar.

Unas cosquillas cálidas comenzaron a recorrerla cuando él le rozó la hambrienta entrada con la punta de la lengua, e inmediatamente sintió un líquido espeso bajar por su entrepierna. Un sabor a magdalenas y leche caliente le llenó la boca, y por primera vez deseó que le arrancara la mordaza y la besara. Él siguió moviéndose sin prisa, alternando las suaves penetraciones con movimientos circulares de la lengua y besos en las nalgas. Al rato sus movimientos se fueron haciendo más agresivos, la lengua cada vez más adentro, dominándolo todo a su paso. Podía sentir como las paredes de su ano se iban expandiendo, cada vez más dóciles ante los embates de esos dedos conquistadores, entregadas de lleno a su derrota. Mudos gemidos comenzaron a devolverse por su garganta, estrellándose contra las riadas de fuego que le subían por la columna. La fuerza vencedora de su lengua lo borraba todo a su paso, pero cuando a ella le pareció que era imposible sentir más él comenzó a masturbarla con una mano desde atrás.

Su vagina, ansiosa de contacto, recibió la mano con violentas contracciones de placer. Quería que entrara hasta el final, que la traspasara con el puño. Quería abrirse para siempre, soltarlo todo, derramarse por todos sus agujeros y no volver nunca más. Cuando él empezó a frotarle el clítoris con la otra mano con movimientos circulares toda ella empezó a girar en círculos de velocidad imposible y, sintiendo que no podía más, se dejó caer hacia el abismo. Sin ataduras. Libre por fin de cualquier peso.

Habitación oscura

Está al otro lado de la puerta. La habitación está vacía. Ella no entiende nada, pero lo entiende todo. Él se rindió con ella. Simplemente se rindió y se fue, incapaz de soportar la idea de haber dado la vida a semejante monstruo.

Explotó en un orgasmo enorme, enceguecedor, que la arrasó por dentro con la vehemencia de un huracán. Y en el centro de esa devastación espléndida y terrible, habitando el germen mismo de su más profundo y oscuro placer, estaba su compañera de clase, que le sonreía hermosa y radiante en su vestido blanco, sentada en su trono de dolor.

– Laura, ¿estás bien?

Asintió con la cabeza.

– Ha llegado la hora de que hables. No sé qué te atormenta, pero algo me dice que has podido recordar. Así que te repito la pregunta. ¿Alguien te hizo daño cuándo niña?

Mientras hablaba le quitó la cinta que le cubría los ojos, aunque le dio unos segundos de tregua para que pudiera acostumbrarse a la luz. Laura fue incapaz de descifrar su mirada. Como si quisiera saber, pero al mismo tiempo no. Cuando le quitó la mordaza un hilo de baba le quedó colgando de los labios. Ella ni siquiera se molestó en secárselo.

– ¿Fue tu padre tal vez, antes de irse de casa?
– Mónica- respondió apenas.
– ¿Mónica? No entiendo. ¿Quién es Mónica?
– Yo la maté. Fue mi culpa.

Mi segundo relato erótico VI

Carne de diván VI

bondage

Sólo cuando estuvo completamente en su poder se dio cuenta de que no sabía nada de él. No tenía la más mínima información de la que asirse en medio de la noche que la envolvía, sólo conocía los escasos datos –gastados ya de tanto repaso- que habían rasguñado sus sentidos: Sus facciones taurinas, la morena suficiencia de su cuerpo, la pausa que acariciaba sus gestos. También su olor, que ella imaginaba parecido a las profundidades del océano, y el sonido hipnótico de su voz. Pero nada más. Se dio cuenta de que nunca hablaba de sí mismo, y aunque intuía que la discreción debía ser una práctica habitual entre los de su profesión, no pudo dejar de sospechar cierto artificio en el meticuloso hermetismo del hombre que la tenía a su merced. Por primera vez se preguntó qué edad tendría. ¿Estaría casado? ¿Con hijos? ¿Habría tenido un infancia feliz? ¿Qué desayunaría todos los días? ¿Y si fuera un pervertido?

Después de amordazarla le había puesto un cojín bajo las rodillas y la había devuelto a la posición original, así que estaba relativamente cómoda, aunque la sensación de haberse convertido en un trozo de carne expuesto en una charcutería le impedía relajarse. No podía verlo, pero sentía sus pasos bordeándole la silueta, deteniéndose cada tanto junto a ella, observándola.

– Mira Laura, ahora vamos a hacer algo muy sencillo. Yo te voy a hacer unas preguntas y tú me vas a responder, sin darle muchas vueltas. Como no es la primera vez que lo hacemos así, no tendremos problemas. Ahora, hay dos cosas que debes tener en cuenta: Las preguntas no se parecerán mucho a las que te suelo hacer durante las sesiones, pero tienes absolutamente prohibido no contestar.  Y lo otro, te informo que esta sesión está siendo grabada.

¿Grabada? ¿Será hijo de puta? Resistió con dificultad la tentación de transmitir su protesta con el cuerpo, de cualquier manera no podía hacer nada para impedirlo y en ese momento sentía que la única vía de rebelión de la que disponía era la inmovilidad más absoluta. Por insignificante que pareciera ese resquicio, aún le daba cierta idea de dominio sobre los movimientos de él.

– Me imagino lo que estarás pensando, pero no tienes nada de qué preocuparte. No voy a hacerme pajas con tu video ni pienso invitar a mis amigos a verlo un sábado por la noche. Es para tu propio uso y disfrute. Pero también para que hagas los deberes. Porque habrá deberes. Algunos más placenteros que otros, claro.

Otra pausa calculada. Se sentía mareada. Ya no era capaz de distinguir desde que parte de la habitación le hablaba, no había espacio a su alrededor, sólo voz y negrura.

– Te miro y pienso “qué me diría si pudiera hablar”. Probablemente me mirarías con esa cara de mártir intelectual que tanto te gusta poner y me dirías algo así como “Ahá… ¿algo más?” Pues sí, algo más, algo que llevo un rato pensado cómo resolver. Como te habrás dado cuenta, no estás en condiciones de responder a mis preguntas hablando, y temo que lo de moverte tampoco lo tienes muy fácil, así que tendrás que comunicarte de otra manera. Se me ocurrió que podías apretar una vez los puños para decir que no y dos veces para decir que sí. Ah, y no vale mentir. Cada vez que me parezca que estás mintiendo… bueno, digamos que te ayudaré a abrirte de otras maneras.

SumisiónNo quería seguir escuchándolo. Quería irse de ahí, o que se la follara salvajemente sobre el escritorio, cualquier cosa menos seguir indefensa y atada, con esa incertidumbre que le mordía el vientre. Además, empezaba a notar cierta tensión en el cuello y los hombros y se preguntó cuánto más podría aguantar. Se removió un poco.

– Si estás incómoda puedes levantar la cabeza. Ya la volveré a poner yo en el suelo si lo considero necesario. Eso sí, no te eches demasiado para atrás ni apoyes el culo en los talones. Ah, y las rodillas no las muevas.

Se irguió un poco en cuanto comprendió lo que le estaba diciendo y sintió su sangre descender hasta los muslos, rápida y caliente.

– ¿Laura, estás lista?

Apretó dos veces los puños

– ¿Te has masturbado alguna vez pensando en mí?

No respondió de inmediato, pero no tanto porque le diera vergüenza reconocer algo que a estas alturas el parecía saber muy bien –por la seguridad de su tono se daba cuenta de que no le estaba haciendo realmente una pregunta– sino porque al escucharlo no pudo evitar ser atrapada por la caótica representación mental de las últimas sesiones masturbatorias a las que lo había “invitado”. Sólo dibujándolo a él al otro lado de sus párpados había logrado desprenderse por segundos de la percepción de que su cuerpo era como un templo sagrado en ruinas, una divinidad estéril de imposible trascendencia. Imaginándolo a él cada célula que despertaba se iba convirtiendo en tierra fresca, en cemento reconstituyente. Salió de sus recuerdos cuando sintió que él le apoyaba un dedo en la entrada del culo. Estaba húmedo y pegajoso.

– No me hagas repetir la pregunta, por favor.

Volvió a apretar los puños dos veces. Él dejó pasar unos segundos antes de continuar. Al hacerlo hundió levemente el dedo.

– ¿Te gusta lo que te estoy haciendo?-, preguntó, enterrando un poco más. Ella pensó en un dedo de niño hundiéndose en una tarta de cumpleaños y arqueó la espalda.

– ¿Laura?

Volvió a contestar que sí con las manos, sintiendo que de las terminaciones nerviosas de su ano salía música. “¡Dios mío!”, le gimió a la bola que acampaba en su boca. Nunca nadie la había tocado así.

– ¿Era esto lo que estabas buscando cuando viniste?- le susurró al oído, clavando el dedo hasta el final.

¿Lo era? Tuvo que reconocer en ese momento que ya al llegar no estaba esperando una sesión convencional, pero ni en sus más debocadas fantasías hubiera podido invocar lo que le estaba ocurriendo. Por no hablar de lo que todavía podía pasar. ¿Qué estaba buscando realmente? ¿Un polvo y ya? ¿Matar algún demonio? ¿Qué alguien, de una buena vez, la hiciera sentir sucia y mala y descontrolada?

No pudo seguir pensando. Él retiró el dedo y sin darle ningún aviso lo reemplazó por otro objeto más grande y duro, que hundió hasta el fondo sin piedad, con un movimientos brusco y preciso. Fue mayor la sorpresa que el dolor.

– Lo que te he puesto es una maravilla que se consigue en muy pocos sitios. Es un butt plug pero al mismo tiempo es un vibrador con mando a distancia, que tiene distintas velocidades e intensidades. Una verdadera joya. Voy a ponerlo en modo suave, para que te vayas acostumbrando a él pero intenta no agotar mi paciencia con tus dilaciones. ¿Era esto lo que estabas buscando cuando viniste?

No pudo cerrar los puños porque la descarga le subió por el recto hasta la columna para cogerle todo el cuerpo, atrapándola en un zumbido voraz que tensionó sus extremidades. Pese a la violencia con la que fue arrojada a esa explosión de lucidez nívea, le dio tiempo a sentirse trasladada a un lugar en el que nada podía hacerle daño.

– Perdona, me equivoqué de botón. Ya lo bajo

Apretó los puños dos veces, sintiendo que todas las respuestas trascendentes que tanto había buscado se acumulaban en ellos. Le pesaba la cabeza, pero era una pesadez agradable, una invitación. Pasaron un par de minutos antes de que él volviera a hablar, y ella los aprovechó para dejarse lamer todo el cuerpo por esas oleadas de sensaciones secundarias que hasta entonces nunca había tenido. Se sorprendió experimentando algo parecido al agradecimiento por la pausa que le había regalado su… ¿captor?

– Bien, ahora quiero que pienses en cómo te sientes en este instante. Inerme, expuesta, abierta. ¿Te gusta sentirte así, Laura?

BondageOtro sí. Tal vez gustar no era la palabra más indicada para una situación que le producía ganas de llorar como una niña y un insoportable dolor de estómago, pero estaba segura de que una parte de ella moriría si él se detenía en ese momento.

– En lo más profundo de ti, en alguno de esos rincones que escondes… ¿deseas que te haga daño?

“Hazme lo que quieras –se gritó-, lo que quieras pero házmelo ya. Húndeme otro cacharro de esos hasta la garganta, abrázame, entiérrame la cabeza en el suelo, arráncame los brazos a mordiscos, qué más da. No sé qué quiero gilipollas, no sé qué coño me pasa”.

– Nena, no hay respuestas buenas o malas. Sólo no me mientas. No te mientas- le dijo él acariciándole con delicadeza la espalda.

Esta vez se olvidó de las manos y asintió con la cabeza. La tela que cubría sus ojos recogió dos lágrimas espesas que ella se alegró de poder ocultar.

– Laura, ¿te ocurrió algo cuando niña, alguien te hizo algo?

La pregunta le supo a pantano. Un verde mohoso entró por sus oídos y fosas nasales, tapándolo todo. Sintió que atravesaba un túnel de silencio, en el que estaba sola. Al otro lado un aparato para el culo comenzó a vibrar con furia.

Perversiones del ciudadano común. I: Disfraces

Half-virgin, de Daniel Iván. http://www.flickr.com/photos/58372389 @N00/4578707356. CC by-nc-nd.Según la RAE, perverso es algo “que corrompe las costumbres o el orden y estado habitual de las cosas”. Perverso es entonces el disfraz que me pongo esta noche, mucho más aún que si fuera vestida de dominatrix: el de “chica buena”. Porque salgo con un “chico bueno”, tal vez otro disfrazado, pero cómo saberlo, mejor prevenir que lamentar. Así que cargo con este sudario que no se ve pero me asfixia, que sepulta mi piel desnuda y corrompe mis impulsos invitándolos a una representación, porque ya he contemplado unas cuantas estampidas. Y practico. De forma tozuda incluso. No se disfruta con el dolor, no se disfruta con el control, no existe placer en la sumisión. Sólo la suavidad me lubrica, sólo en susurros se me posee, sólo las palabras de amor me acunan. Hay que mirar para otro lado, hacer como que no existe el ansia de que lo único restringido sean mis tobillos y mis muñecas. No está bien y punto, algo tiene que haber ahí, algo torcido, eso dicen. Mi abuelito no estaría orgulloso, y esa es la prueba del algodón.

Lo intento. Me trago las palabras poco recatadas, sonrío.

Pero aquí está opaco, y no hay juguetes. Únicamente una gran seriedad, y mucha concentración para interpretar el rol.