Diálogos callejeros 6: Nada me queda bien

tienda-china-madrid.jpg2_Ella es una mulata de formas generosas y vientre plano. Un culo que le nace de la mitad de la espalda, como de dos manzanas abrazándose, y un cabello rizado y fecundo, negro como la noche, compensan unos rasgos un tanto toscos, de pómulos anchos y nariz gruesa. En conjunto es guapa, llamativa, una hembra portentosa entrando en la cuarentena con más piel que tela cubriendo sus entrañas. De cerca sin embargo pueden verse sus remiendos, y en sus ojos hastiados se adivinan los rincones más oscuros del mapa de su vida.

Él tiene una de esas pieles que enrojecen en verano y desalientan en invierno. Está ya en la edad en que oídos y fosas nasales comienzan a escupir pelos al exterior, como si ya no quisieran saber lo que hay dentro y al mismo tiempo fuera necesario taponar cualquier posible acceso. De cerca su cuerpo sigue siendo mudo, apenas el enigma de unos ojos pequeños y la insultante contundencia de una barriga- trofeo. De las que no se consiguen de un día para otro. De las que se llevan con orgullo.

El lugar: Asnaya, una de las tantas tiendas chinas que han conseguido hacerse un sitio en los barrios pijos de la ciudad con escaparates modernos e iluminados y cortes de telas que copian las colecciones de M&H o Sara. Salvo una viejecita que arrastra los pies y mira camisetas juveniles, ellos son los únicos clientes en el local.

La hora da igual; el día, cualquiera. Ayer, tal vez la semana pasada. Mañana…

Ella se dirige al probador. Él da unas cuantas vueltas, manosea unas cuantas prendas sin mirarlas y mira su reloj sin tocarlo. Saca el móvil. Lo guarda. Observa a la china que lo observa desde la caja. Suelta un bufido.

– ¿Te falta mucho?
– No
– Ya
– Que no, te digo. Dos vestidos más y estoy.
– Coño, ¿Qué tienes ahí dentro, la tienda completa?
– Es que nada me queda bien.
– Como no te va a quedar nada bien, con todo lo que te has probado. Joder, ya te vale.
– No sé, las tetas se me ven raras.
– Están como siempre.
– Son las formas, no están bien. Son malas.
– ¿Cómo malas?
– Queda raro, no me gusta.
– Yo te veo bien. ¿No es eso lo que importa?
– Pero a mí no me gusta.
– ¿Y el rojo? Ese te gustó.
– Te gustó a ti. Está mal cosido. Y engorda.
– ¿Y el que llevas puesto? No tiene nada de malo.
– Tú no tienes ni idea.
– Cómo te gusta tocar las pelotas. ¿Te vas a llevar algo o no?
– Te dije que fuéramos a otra tienda, ésta no está bien. Yo no quería venir acá.
– ¿A ver? ¿A cuál?
– A la de antes, no sé, a otra…
– Ya, a otra. Ya.
– ¿Qué quiere decir ese ya?
– Nada
– Ya, nada…

 

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Diálogos callejeros 5: Tampoco soy gilipollas

balcón con vocesEs medianoche. Curro. La ventana abierta deja entrar el aire fresco de afuera. La calle dormita, pasan pocos coches.
Se podrían decir que estoy concentrada en mi trabajo, pero no es la palabra más exacta. Más bien diría que voy con el automático puesto, soporizada en una especie de trance cutre, mecida por el repiqueteo monótono de unas teclas de plástico. En el aquí y ahora mi universo existe en sordina, atrapado entre mis ojos y una pantalla brillante.
Y entonces dos voces se cuelan por el marco de la ventana y entran en mi habitación. Primero con sigilo, después con contundencia. Y sólo cuando se han ido parecen explotar, y al hacerlo arrasan con todo, lo cambian todo. Con la fuerza del invasor.
Altas, más no claras.
Exigentes, dispuestas a reclamar su presencia en el mundo. Vestidas de juventud y manchadas de cinismo.
Voces amargas.

– Tío, ¿pero te lo has pensado bien?
– Que sí.
– ¿Y cuándo te pille poniéndole los cuernos qué? ¿Lo has pensado? Que te va a dejar sin un duro.
– Tampoco soy gilipollas. No tendría por qué enterarse.
– Mejor no firmes. Hazme caso.
– Tengo que firmar. Ya le dije que sí.
– Pues dile que no.
– Deja, si no va a pasar nada. Además, ¿quién puede decirle que no a una hembra así? Está tremenda…
– Ahora, pero después te quiero ver tronco. Tremendo juicio el que te va a meter…

(De eso hablamos cuando creemos hablar de amor…)

 

Diálogos callejeros 4: Quiero, pero así no puedo

autobús - lluviaSeis de la tarde. Un autobús atestado de gente se arrastra con desgana por las calles de Madrid. Fuera llueve. Dentro, algunos pasajeros se quejan por lo excesivo de la calefacción. Al otro lado de los vidrios empañados  se intuyen los edificios monocordes del barrio de Carabanchel.

Ella lleva una gastada cazadora blanca, el pelo con las raíces más oscuras y restos de esmalte rojo en las uñas. Él, alto, desgarbado y con un bigotillo que roza lo ridículo, le acerca la boca sustanciosa a la oreja, en un intento por privatizar sus súplicas. Éstas, sin embargo,  logran reptar por encima de su improvisado cerco sin deshacerse en el camino, alcanzando los oídos de los no pocos curiosos que se afanan en fingir indiferencia.

– ¿Entonces cuándo?
– Uf, qué cansino. ¿Te lo tengo que volver a explicar?
– No. O bueno, no sé. Lo único que sé es que así no se puede vivir.
– ¿Y tú crees que para mí es fácil? ¿Crees que no quiero? Quiero, pero así no puedo tío, no puedo.
– Ya, cari, pero habrá que hacer algo. Toca adaptase, no queda otra. ¡Joder, qué se yo! En la ducha…
– ¿En la ducha? ¿Para que tu vieja vaya a tocarnos las pelotas a los dos minutos de empezar? En cuanto me tardo un poco porque me toca lavarme el pelo abre el grifo de la cocina para que el agua salga fría.
– No es como lo dices, es para ahorrar… No lo hace con maldad.
– Ya.
– Siempre podemos esperar a que la peña se quede dormida…
– ¿Y cuándo es eso? Tu viejo se despierta con cualquier cosa y tu hermano se pasa toda la puta noche estudiando. Ni siquiera sé para qué…
– Joder tía, colabora un poco.
– No, si yo colaboro. Todos los días me levanto y pongo buena cara, intentando olvidar que estamos durmiendo en un puto sofá. ¿Te parece poco?
– Ese es el problema, durmiendo. Tres meses y no hacemos más que dormir.
– Haberlo pensado mejor.
– ¿Estás de coña? ¿Qué opción teníamos?
– Eso no. Lo otro. Antes.
– ¿Eso también es mi culpa? Seguro que también será mi culpa que necesites un jodido hotel cinco estrellas para echar un polvo. Antes no te complicabas tanto.
– No se trata de eso, y si me escucharas no tendría que repetirte lo mismo por décima vez. No es que no tenga ganas, es que me supera. Así no puedo y ya está. ¿Sabes cómo me siento? Como esas viejas que van a ver a sus maridos a la cárcel y tienen que hacerlo entre mantas amarradas con trozos de cuerda, con todos ahí escuchando y haciéndose pajas a dos centímetros de distancia.
– ¿Y dónde coño es eso?
imagen secreto – No sé, en algunas cárceles lo hacen así. Lo vio en un documental.
– Cari, esta sequía es una cárcel. Pero tú tienes la llave de mi libertad…
– …
– Qué pasa. ¿No me quedó bonito?
– Joder tío, ¿no entiendes que necesito un poco de privacidad?
– Y yo necesito un poco de follar. Pero así va el mundo…

Diálogos callejeros 3: ¿Verdad que es guapa mi novia?

shutterstock_141994456– ¿Cuánto llevas ya con Lucía?
– Seis meses. Es increíble que hasta ahora no te la haya podido presentar.
– Ya, tío. Siempre pasa algo…
– Pues ella es, mi novia, mi amor. ¿Verdad que es guapa?
– Mi chica sí que es guapa. ¿Has visto ese culo?
– Sí, no está mal, pero con el de la mía me sobra. Precioso su culito. Y tiene los ojos claros, ¿te has fijado?
– Sí, muy bonitos. Pero Ana…
– ¿Sabes lo primero que me dijo cuando la conocí? “No eres mi tipo”. Y yo pensé: “¿Ah, sí? Te vas a cagar”. Y aquí nos tienes.
– ¿Eso te dijo?
– Sí. Que no le gustaban los tíos como yo. Que le gustaban más ‘deportistas’. Y que sólo íbamos a ser amigos. ¡Mis cojones!
– Pues a Ana la conocí bailando. Y tuvimos buen rollo en seguida.
– Con Lucía no tenemos tiempo para salir a bailar. Yo con lo del negocio tengo cada vez más curro, y ella como es jefa en su departamento, se la pasa liada. Así que preferimos quedarnos en casa los fines de semana, aprovechando el tiempo. Ya me entiendes.
– Qué hijoeputa eres. Por eso ya no se te ve ni la sombra.
– Claro, ahí, aprovechando en casita. Por cierto, ¿te conté que terminé la ampliación de mi chalé?
– Bueno, ¿y qué tal… eso?
– ¿La ampliación?
– ¡No, cabrón!
– Ah, jajaja, claro. Hombre, fantástico. Pero de verdad te lo digo, el mejor sexo de mi vida. La tía es una artista.
– ¡Calla, calla! Tú no sabes lo que hace Ana con la boca…
– No, pero cuando quieras me invitas a saberlo. Aunque con Lucía alucinas.
– Con Ana sí que alucino. Es de no creérselo.
– Anda, cabrón, invítame otra caña mejor. Y brindemos por eso.
– Vale. ¿Y a las chicas les pido lo mismo?
– Da igual. De cualquier manera, yo te puedo decir lo que van a cenar esta noche…

Diálogos callejeros 2: Si no tienes la polla grande no me hagas perder el tiempo

cañas

Un bar, castizo, muy castizo. Unas cañas y muchas tapas. Ruido. Cuerpos pegados. Cuatro chicas. Dos rubias, una morena y una pelirroja. Las rubias escuchan en silencio. La morena, la más joven, tiene los ojos grandes y redondos, y chupa un calamar con aire inocente. La pelirroja es una hembra, su cuerpo es una invitación, su risa un trueno. Antes de hablar se lame la espuma de los labios.

– Tía, en esta vida hay que ser práctica. A mí no me gusta perder el tiempo. Por eso lo primero que le digo a un tío cuando voy a estar con él, lo primero, es que a mí me gustan las pollas grandes. Y que si no es el caso, ya se puede ir por dónde ha venido.
– ¿En serio le sueltas eso a un tío que vienes conociendo?
– En serio. O sea, si no la tiene grande que no me haga perder el tiempo.
– Uf, no sé. Yo no podría decirle algo así a alguien, es como feo.
– ¿Feo? Feo es encontrarte con la sorpresa de que tiene una cosa que ni se ve entre las piernas. O sea, sé muy bien lo que me gusta y lo que no, y yo con una polla pequeña no puedo. Así de simple.
– Ya, pero pobre. Tampoco sería su culpa. No sé, puedes herir los sentimientos de alguien.
– ¿Y fingir que algo te gusta cuando no, no es acaso otra manera de herir? Y una peor todavía.
– Pero no tiene por qué no gustarte. Se pueden hacer tantas cosas. Existe la imaginación…
– No tía, no me vengas con chorradas. Si te baila dentro, te baila. Y yo con eso no me corro.
– Bueno, hay otras maneras de correrse.
– Ya, para eso me corro sola, no te jode. Yo estoy hablando de echar un polvo y no sentir nada. ¿A ti te mola eso?
– No, claro que no. Pero soltarle a un tío, así a bocajarro, que para estar conmigo su miembro tiene que pasar una ‘prueba de tamaño’ me parece muy violento. Como tampoco me molaría que un tío me dijera “a mí sólo me gustan los labios vaginales que son blanquitos o rosados. Así que si los tuyos son más oscuros ya puedes desaparecer”.
– Bueno, tal vez eso es algo muy importante para él. Mejor eso a que te folle con asco. Al menos sería honesto.
– A veces pienso que la honestidad está sobrevalorada.
– ¿Lo está? Entonces respóndeme una cosa. ¿Cuántas veces has apretado los dientes esperando que pase el mal rato? ¿Y después, qué haces? ¿Sigues fingiendo que estuvo todo bien, permaneces un momento más en la cama para bordar tu acto de compasión? ¿Vuelves a quedar para no herir sus sentimientos?
– Mmm… Este calamar está frío.
– Ya…