Sexo-arte en “Shame”

Título: Shameshame cartel
Año: 2011
País: Inglaterra

Sexo en pantalla. Pero no el mismo sexo de siempre. Sexo desolado, envasado en cuerpos perfectos. Cuerpos que bailan coreografías disonantes. Manos que tocan lo que no desea ser tocado, poros hambrientos, orgasmos que son explosiones de angustia. Gritos desesperados que no llegan, agujeros que nunca se llenan…

Por fin me encuentro con una peli que me enamora a través de sus escenas de sexo. Vale, también a través de muchas otras escenas, aunque es difícil encontrar una sola que no respire sexualidad en “Shame”, esa película del británico Steve McQueen estrenada en 2011 pero que yo acabo de descubrir…

¡¡¡Uau!!!

No me parece casual que McQueen, además de cineasta,  también sea escultor y fotógrafo. Es decir, un artista, y uno que sabe muy bien cómo contar una historia. O muchísimo mejor, cómo sugerirla y dejar que nos la contemos nosotros mismos. Lo que algunos llaman “respetar a su público”.

Por lo mismo, hay poco que resumir. Apoyándose casi al 100% en sus dos protagonistas –Michael Fassbender y Carey Mulligan, ambos unos monstruos interpretativos– la información que ofrece “Shame” es mínima: Un protagonista adicto al sexo, metódico y terriblemente solo; su hermana, igual de frágil y dañada que él y hambrienta de cariño; tres o cuatro pinceladas que nos sugieren una infancia mutilada… y poco más. Y es que ésta no es una peli para contar. Es para ver y sentir. Empezando por el sexo.

Como decía antes, McQueen es un artista y el sexo en esta peli es arte, además de un potente recurso narrativo. Cada movimiento, gesto, mueca, temblor, rictus, silencio y gemido está ahí para contarnos algo, para ahondar aún más en la profunda devastación de sus personajes y hacernos sentir su desesperanza, sin renunciar nunca a la belleza. El lenguaje está en los cuerpos, y éstos gritan todo lo que no se dice en palabras, ofreciéndonos caracterizaciones densas, llenas de matices. Tanto Fassbender como Mulligan aparecen desnudos en su primera escena (toda una declaración de fragilidad) y de ahí no pararán de sacarse capas, de las otras, las que no se ven pero tapan más que la ropa. Las miradas de Fassbender son impagables (¡benditos primeros planos!), y con ellas consigue que los espectadores veamos –vivamos- la historia con los ojos de él. No es él quien toca ese culo o lame esas tetas, no es él quien entra y sale de esos cuerpos en un vaivén terrible e infinito, somos los receptores de su avidez, voyeristas entregados a la absorción del otro, quienes lo hacemos, transitando con ello un camino que no es gratuito, y que también a nosotros nos deja un sabor amargo. Un amargo exquisito eso sí, para paladares gourmets…

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Cállate y méteme la lengua en la garganta de una vez…

Francisco Goya [Public domain], via Wikimedia Commons.Leo mucho sobre sexo. Por interés personal, para encontrar temas motivantes que compartir en este blog y para alimentar la fanpage de Facebook. A veces alguna novela, relatos, columnas de opinión, pero sobre todo artículos. Y una de las cosas que he notado en el último tiempo es que hay cuatro o cinco temas que se repiten de forma persistente, por lo general con un tratamiento paternalista y una profundidad más bien escasa. Uno de estos “sospechosos habituales” es el típico reportaje sobre la importancia de que las mujeres se comuniquen con sus parejas y compartan sus deseos y necesidades en la cama para alcanzar una vida sexual más satisfactoria, acompañado de una serie de consejos bienintencionados y redundantes. Así, por ejemplo, es fácil encontrarse con frases del tipo “si no te atreves a decírselo, gime e intensifica el ritmo de tu respiración para expresar que te gusta lo que está haciendo”, “toma suavemente sus manos y ponlas donde quieras que te toque” o “espéralo en la cama con una ropa provocativa y sugiérele tu posición favorita”.

El problema está en el enfoque. Los habrá, pero personalmente aún no soy capaz de encontrar ningún artículo mínimamente serio que me aporte algo nuevo sobre el tema de la comunicación en el sexo y que no reduzca el tema a un problema  de timidez de algunas mujeres a la hora de decir que le gusta que se la claven hasta el fondo o que le aprieten los pezones. “La cándida doncella contra el mundo, capítulo 100.000”. ¡Pfff, qué pereza!

He tenido muchos amantes generosos, pero pocos sabían comunicarse. Son cosas muy distintas, qué duda cabe. Comunicarse es estar dispuestos a abandonar el personaje, un personaje que muchas veces no sabemos que cargamos. No tiene nada que ver con dedicarle tiempo al otro y darle un masaje, o hacerle una buena mamada aunque te lloren los ojos. Tiene que ver con desnudarse, con quitarse los colgajos de las convenciones, del buen hacer, del qué dirán, y mostrarse tal como uno es, con toda la “incorrección política” que eso implica. Más allá de los aprendizajes, de las expectativas, de los condicionamientos  y las ideas que tenemos de nosotros mismos. Es trascender el mapa y confiar en el territorio. Y, sobre todo, es cosa de a dos. Porque no se saca nada con ronronear y poner cara de gata en celo si el otro se hace el sueco y se resiste a darse por enterado de lo rico que es un buen cunnilingus.

Otra cosa que puede pasar es que, habiendo voluntad de ambas partes por comunicarse, esa comunicación no fluya, se pierda en el camino. A veces ninguno de los dos tiene problemas en decir “me gusta tal, tócame cual”, y el sexo en un principio es fantástico, pero en realidad no se está produciendo un verdadero diálogo, sólo monólogos. He estado en situaciones así: No hay ningún reparo con la performance, el acto es altamente satisfactorio, la sangre fluye donde tiene que fluir, la respiración se acelera y por unos momentos todo se olvida. Un orgasmo es un orgasmo. Pero cuando se va la ola de la euforia y sólo queda el silencio volvemos a caer en los brazos del desencuentro. Y entonces algo nos hace clic, algún pequeño detalle tonto, y nos damos cuenta que la cosa no pasará de ahí, que la comunión entre los cuerpos no puede ir a más porque no se está llegando realmente a lo profundo. Y ese sexo, de mantenerse en el tiempo, está condenado a volverse monótono y desgastarse hasta desaparecer. Cronos devorando a sus hijos…

Ser reales. Hace mucho tiempo que pienso que ese es el compromiso que debería existir en toda pareja, sea del tipo que sea: no engañar al otro vendiéndole algo que no se es. Donde se ponga un hombre honesto que se quiten las promesas. Y así, con el corazón ligero, sólo queda cruzar los dedos para que esa “realidad” se entienda con la “realidad” del otro, cerrar los ojos y saltar al vacío. Bon voyage!

– Eres preciosa, ven y dame un besoImage: 'Something You Cannot Give Without Taking' http://www.flickr.com/photos/68634595@N00/252072484 Found on flickrcc.net
– Mmmm… no.
– ¿No?
– No
– Dame un beso.
– Róbamelo.
– ¿Cómo?
– Me lo vas a tener que robar
– ¿Eso quieres,? ¿que te insista?
– Nooo. No se trata de eso.
– ¿Entonces? Te pido que me des un beso y me dices que no. ¿Te tengo que suplicar?
– Todo lo contrario. Quiero que me lo robes.
– ¿Por qué te ríes?
– No me río, sonrío. Anda, tonto, dame un beso.
– No te entiendo. ¿En qué quedamos? ¿Me quieres dar un beso o no?
– Quiero que me lo des tú. Que me lo robes…
– Ya empezamos
– Bueno, venga, déjalo.
– O sea que no me das un beso. Vale, entonces te lo doy yo a ti. ¿Contenta? Ganaste.
– No se trata de ganar. No era eso.
– Ya. Pero ganaste igual.
– No gané nada.
– (Cállate y dame un puto beso).
– (¡Cállate y róbame el puto beso de una vez!).

Sobre monjas pajilleras y la necesidad universal de correrse a gustito

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Hace algunos días, atacada por una fiebre de limpieza pre-primaveral, estaba revisando un montón de diarios y revistas viejos cuando volví a encontrarme con una historia de lo más curiosa: La de las monjas pajilleras de mediados del siglo XIX, que en una de las máximas expresiones de caridad cristina que le conozco a la Iglesia se dedicaban a masturbar a soldados heridos en los hospitales. Probablemente muchos ya la conozcan, pero me parece una iniciativa tan loable que la comparto por si alguien aún no ha escuchado o leído nada al respecto.

Dice la historia (según algunos leyenda, yo me quedo con lo primero) que en el año 1847 el obispo de Andalucía decretó una dispensa autorizando la creación del “Cuerpo de Pajilleras del Hospicio de San Juan de Dios” en Málaga. Estas “pajilleras de la caridad” eran mujeres (monjas y voluntarias) que masturbaban a los soldados heridos de los hospitales buscando así ofrecerles algún alivio en medio de su enfermedad. La idea surgió de Sor Ethel Sifuentes, fundadora del cuerpo de pajilleras, quien al percatarse de la ansiedad y mal humor que reinaba en el pabellón de heridos de un hospital  donde ejercía de enfermera, comenzó a masturbar a los pacientes sin distinciones de rangos: Todos, desde reclutas hasta oficiales, tenían derecho a su paja diaria. El cambio en el ánimo de los soldados no se hizo esperar.

La iniciativa tuvo tanto éxito que se fundaron más cuerpos de Pajilleras -el de la Reina, las del Socorro de Huelva, las Esclavas de la Pajilla del Corazón de María y, en tiempos de la guerra civil española, las de la Pasionaria-. Además, la idea también se implementó en México, Brasil y República Dominicana.

Como no todo puede ser perfecto, y como al parecer la sensación de que lo que se estaba haciendo no era “del todo correcto” resulta inevitable cuando se mezcla iglesia y sexo, las integrantes de los cuerpos debían utilizar un holgado vestido, que ocultaba del todo las formas de sus cuerpos, así como un velo de lino para taparse la cara, con lo que sólo se les podían ver las manos. Aún así, estoy segura de que más de algún soldado habrá lamentado la desaparición de tan caritativas féminas, ya que casi todos los cuerpos dejaron de existir después de la segunda guerra mundial.

¿Por qué me gusta tanto esta historia? Porque más allá de lo divertido o peculiar del asunto, nos recuerda que el sexo también se anhela desde un cuerpo (o mente) enfermo o mutilado, y que su ausencia puede ser una agonía en sí. Por eso, cuando alguien no está en condiciones de darse a sí mismo tan básica satisfacción, el asunto cobra tintes “humanitarios”.

Vale, es probable que pocos hoy en día estuvieran dispuestos a prestarse de forma tan desinteresada a producir placer en el prójimo. Pero creo que ya en el hecho de reconocer, y de alguna manera respetar, la necesidad de todos de sentir algún tipo de contacto, hay un avance importante.

Cuando yo era niña, una de mis mejores amigas vivía con su tío y una prima con discapacidad intelectual, la Totó. En aquella época la Totó, que se desenvolvía en el mundo como una niña pese a que su cuerpo hace muchísimo que era el de una mujer, tendría cerca de 40 años. Que se supiera  nunca había estado con un hombre, aunque probablemente eso se debía a que siempre iba acompañada por la calle. O sea, que es un dato casi anecdótico que poco y nada nos cuenta de ella, su mundo interno, sus anhelos y necesidades.

Pero un día que estaba en la casa de mi amiga, con 12 ó 13 años, fui testigo de una escena que se me grabó: El padre de la Totó había descubierto hace algún tiempo que la razón de las largas duchas de su hija eran masturbatorias. Decidido a terminar con semejante aberración, empezó a cronometrar el tiempo de las duchas: A los cinco minutos exactos (siete si era día de lavarse el pelo) apagaba el calentador de agua, para evitar así que su “niña” se dedicara a semejantes menesteres.  La cosa es que ese día la Totó no pudo más con la represión paterna, y junto con el agua fría le cayeron encima todas las ansias acumuladas, la rabia y los silencios de tantos años, ya que pocos segundos después de que su padre le apagara por enésima vez el calentador salió corriendo del baño, desnuda, tiritando y chorreando agua, mientras gritaba a viva voz “¡yo también tengo derecho, yo también tengo derecho por la mierda!”. Tan enajenada estaba que llegó hasta el patio y la vieron algunos vecinos, que inmediatamente comenzaron a reír, aunque la situación no tenía nada de graciosa. A mí me pareció una escena desgarradora, pero al mismo tiempo hermosa por su poder y su crudeza, por su capacidad de narrar una historia compleja y llena de matices, del modo en que son hermosas algunas escenas de películas terribles, que más allá del dolor nos dejan algo. Porque en su momento nos rozaron el alma, haciéndonos sentir compasión, y con ello no me refiero al sentido más estrecho de la palabra, como lástima, sino que como una de las expresiones más profundas del amor: padecer con alguien, ser capaz de ponernos en sus zapatos. Ver a la persona que hay detrás de la enfermedad y ofrecerle una mano aliviadora. Literal o figuradamente.

Perversiones del ciudadano común. I: Disfraces

Half-virgin, de Daniel Iván. http://www.flickr.com/photos/58372389 @N00/4578707356. CC by-nc-nd.Según la RAE, perverso es algo “que corrompe las costumbres o el orden y estado habitual de las cosas”. Perverso es entonces el disfraz que me pongo esta noche, mucho más aún que si fuera vestida de dominatrix: el de “chica buena”. Porque salgo con un “chico bueno”, tal vez otro disfrazado, pero cómo saberlo, mejor prevenir que lamentar. Así que cargo con este sudario que no se ve pero me asfixia, que sepulta mi piel desnuda y corrompe mis impulsos invitándolos a una representación, porque ya he contemplado unas cuantas estampidas. Y practico. De forma tozuda incluso. No se disfruta con el dolor, no se disfruta con el control, no existe placer en la sumisión. Sólo la suavidad me lubrica, sólo en susurros se me posee, sólo las palabras de amor me acunan. Hay que mirar para otro lado, hacer como que no existe el ansia de que lo único restringido sean mis tobillos y mis muñecas. No está bien y punto, algo tiene que haber ahí, algo torcido, eso dicen. Mi abuelito no estaría orgulloso, y esa es la prueba del algodón.

Lo intento. Me trago las palabras poco recatadas, sonrío.

Pero aquí está opaco, y no hay juguetes. Únicamente una gran seriedad, y mucha concentración para interpretar el rol.