Culeitor

culo, gluteos– Ava, levanta más el culo!
¡Dios mío! Cuando lo escuché decir mi nombre (¡¡¡se sabía mi nombre!!!), aderezado además con un tono deliciosamente autoritario, pensé que me corría ahí mismo, en medio de la sala.

Culeitor era monitor en un gimnasio al que yo iba hace años. El nombre se lo pusimos con mi amigo el Chamo, en honor a su atributo más destacable: Un maravilloso, perfecto, redondeado, turgente y absolutísimamente tentador culo. Nunca supe qué pelis le gustaban, qué valores consideraba fundamentales en la vida o si tenía buena o mala leche. Daba igual. Me hubiera casado con él sin pensarlo. Y con su culo, claro.

Hace tiempo ya que me jacto de lo bien que me funciona el “mecanismo exitacional”. No tengo ningún problema, ni físico ni mental, que me impida calentar motores con facilidad, permitiendo que mi cuerpo y mi cabeza entren al trapo en medio microsegundo. Probablemente como en mi caso fue un logro conseguido, currado, lo valoro más, lo atesoro, me enorgullece casi. Pero la forma en que todo mi yo se revolucionaba cuando veía aparecer a ese hombre por los pasillos del ‘Holi-gay Gym’, el absoluto descontrol hormonal que me poseía… uf, no creo haberlos experimentado con ese nivel de intensidad con otra persona.

Culeitor no era el más guapo pero tenía cara de macho. Potente, cuadrada, rabiosamente viril. Manos grandes, torso y brazos musculosos sin pasarse, piernas torneadas… El tío era monitor de GAP (glúteos-abdomen-piernas), así que ya os podéis imaginar. Y podéis imaginarme también a mí, la más vaga entre las vagas -la que a los 10 minutos de precalentamiento ya estaba planeando la huida al sauna-, sudando la gota gorda en sesiones de una hora de abdominales satánicos, saltos y otras lindezas. Pero ahí estaba, cada vez que mi horario laboral me lo permitía, dispuesta a entregarme de brazos abiertos al sacrificio “gapiano”. Cualquier cosa con tal de poder contemplar esa maravilla esculpida -y en movimiento, mi madreeee!- unos minutos.

– Ava, levanta más el culo!

¡Dios mío! Cuando lo escuché decir mi nombre (¡¡¡se sabía mi nombre!!!), aderezado además con un tono deliciosamente autoritario, pensé que me corría ahí mismo, en medio de la sala.

La cosa es que cuando tenía a Culeitor cerca me volvía una adolescente. Temblorosa, torpe, irracional a full. Buscaba excusas para hablar con él (¿estoy haciendo bien este ejercicio? ¿Es hora de actualizar mi tabla?), y cuando conseguía cruzar un par de frases mi día se convertía por arte de magia en maravilloso, y me iba a mi curro de mierda con una sonrisa de oreja a oreja que me duraba toda la extenuante jornada. Pero me costaba un mundo acercarme y darle conversación. Y no porque fuera borde, de hecho transmitía buen rollito y no parecía nada sobrado. ¿Pero cómo te vas a animar a convertirte en una caricatura de ti misma, sudorosa y al borde del desmayo? ¿Cómo vas a echar mano de tus mejores armas si no eres capaz de articular palabra?

Y así me la pasé, entre el sufrimiento y el éxtasis durante meses y más meses, en los cuales me enteré de que era hetero y tenía novia. Algo que no cambiaba mucho las cosas, para mí fue como enterarme que Brad Pitt se iba a casar o algo así. O sea, a esas alturas era un rollo contemplativo y ya, y mientras él se siguiera asomando por los pasillos con el objeto de mi deseo coronándole las piernas, estaba todo bien, yo seguiría soñando en silencio con hundir mi cara entre esas nalgas apoteósicas y todos tan contentos. La novia iba al mismo gimnasio de hecho, y aunque yo nunca la vi mi amigo sí, y me contó que no era nada guapa, más bien gordita y algo canosa. De alguna manera me gustó más cuando supe que no necesitaba una top model al lado, y que su maravilloso culo al fin y al cabo estaba al alcance de cualquier mortal.

Así estaban las cosas, yo feliz con mis migajas visuales y el mundo girando como siempre, hasta que un día Culeitor se me acercó para darme conversación. Yo estaba en la elíptica y el tío se paró al lado, me saludó (nuevamente por mi nombre, Diossssss!!!! ¿Cómo puede tan poco movernos tanto?) y me empezó a hablar. Intrascendencias sobre todo, conversaciones “menores”, pero de esas que se dan cuando te apetece hablar con alguien. Y ahí estaba yo, intentando por todos los medios disimular mi condición de flan, alucinando con el tiempo que dedicaba a conversar conmigo mientras me esforzaba por articular respuestas coherentes con mi mejor voz de “aquí no pasa nada”. Cualquier cosa menos que se me notara el nerviosismo, o que me traicionaran las tiritonas piernas y saliera volando de la máquina en movimiento. No sé si conseguí engañarlo en el exterior (probablemente no!), sólo sé que mi estado interno se negó a mentirle a la elíptica, y que pese a mis heroicos esfuerzos ésta se detuvo abruptamente en medio de una sinfonía de pitidos nada discretos. Desconcertada con el sacudón y con los ruidos balbuceé algo así como “oh, parece que se ha estropeado la máquina”. El sólo sonrió, mirando la pantallita, y se alejó con un “hasta luego, guapa, que tengo clases”. Recién entonces fui capaz de mirar yo también la pantalla, y me encontré con su delator mensaje, escrito para más inri con letras mayúsculas, brillantes y parpadeantes:

“RITMO CARDÍACO EXCESIVAMENTE ELEVADO. DETENGA EL EJERCICIO”.

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Diálogos callejeros 3: ¿Verdad que es guapa mi novia?

shutterstock_141994456– ¿Cuánto llevas ya con Lucía?
– Seis meses. Es increíble que hasta ahora no te la haya podido presentar.
– Ya, tío. Siempre pasa algo…
– Pues ella es, mi novia, mi amor. ¿Verdad que es guapa?
– Mi chica sí que es guapa. ¿Has visto ese culo?
– Sí, no está mal, pero con el de la mía me sobra. Precioso su culito. Y tiene los ojos claros, ¿te has fijado?
– Sí, muy bonitos. Pero Ana…
– ¿Sabes lo primero que me dijo cuando la conocí? “No eres mi tipo”. Y yo pensé: “¿Ah, sí? Te vas a cagar”. Y aquí nos tienes.
– ¿Eso te dijo?
– Sí. Que no le gustaban los tíos como yo. Que le gustaban más ‘deportistas’. Y que sólo íbamos a ser amigos. ¡Mis cojones!
– Pues a Ana la conocí bailando. Y tuvimos buen rollo en seguida.
– Con Lucía no tenemos tiempo para salir a bailar. Yo con lo del negocio tengo cada vez más curro, y ella como es jefa en su departamento, se la pasa liada. Así que preferimos quedarnos en casa los fines de semana, aprovechando el tiempo. Ya me entiendes.
– Qué hijoeputa eres. Por eso ya no se te ve ni la sombra.
– Claro, ahí, aprovechando en casita. Por cierto, ¿te conté que terminé la ampliación de mi chalé?
– Bueno, ¿y qué tal… eso?
– ¿La ampliación?
– ¡No, cabrón!
– Ah, jajaja, claro. Hombre, fantástico. Pero de verdad te lo digo, el mejor sexo de mi vida. La tía es una artista.
– ¡Calla, calla! Tú no sabes lo que hace Ana con la boca…
– No, pero cuando quieras me invitas a saberlo. Aunque con Lucía alucinas.
– Con Ana sí que alucino. Es de no creérselo.
– Anda, cabrón, invítame otra caña mejor. Y brindemos por eso.
– Vale. ¿Y a las chicas les pido lo mismo?
– Da igual. De cualquier manera, yo te puedo decir lo que van a cenar esta noche…

Morbo… y culpa

oscuridadMe da morbo la oscuridad. Y no hablo de una oscuridad de lámparas apagadas, sino del lado oscuro de los seres humanos. Hasta ahora sólo la he probado en dosis pequeñas, pero puedo reconocer su llamado, el suave terciopelo que empieza a reptar por mi estómago cuando la vida me regala unos minutos de juego oscuro.

Extraños mecanismos los del morbo. Extrañas las maneras –a veces ridículas, rozando el patetismo- de pasarnos la vida luchando con esos centelleos de la carne y, sobre todo, con la embriagadora turbación de nuestras cabezas que nos han enseñado a no sentir. Porque desde niños se nos invita a no soltar las barreras.

El morbo suele estar ligado, la mayoría de las ocasiones, a la vergüenza, y algunas de las cosas que nos seducen se pasan la vida sumergidas en un pozo profundo, de donde nunca serán llamadas a salir. Pero se sienten como un bulto. Lo que hemos hecho -pensado, sentido- se diluye en las tinieblas de lo inconfesable. Pero sigue estando ahí, por más tierra que echemos encima.

A veces me pregunto cómo sería el mundo si al unísono apagáramos nuestras mentes, nuestras convenciones, aprendizajes y adiestramientos. Si de alguna manera nos condujéramos en absoluta libertad, sin cabeza, sin condicionamientos ningún tipo. Me pregunto cómo nos relacionaríamos con los demás, cómo serían las dinámicas de las parejas, de haber parejas. Cómo serían nuestras relaciones -sexuales, porque en semejante escenario probablemente no habría cabida para el romance- y la relación con nuestro cuerpo y nuestros impulsos. Pura corporeidad y espíritu.

Es casi un ejercicio científico imaginarlo, aunque cada vez que lo intento el camino se bifurca ante mí violentamente. ¿Se parecería más a un tenebroso cuadro de Goya, todos entregados a sus empujes más primarios y destructivos? (porque si fuésemos como niños, después de todo, ¿qué nos salvaría de caer en la salvaje barbarie de “El señor de las moscas”?) ¿O, por el contrario más absoluto, sería la imagen misma del paraíso perdido? Expresión sin censura, disfrute sin culpa. Libres de toda culpa en el sentido más absoluto, me atrevería a decir que bíblico (porque creo que hay una profunda sabiduría en algunos rincones de la biblia, pese a las torpes interpretaciones que se han hecho de ella). Después de todo, la mayoría de las cruces que cargamos están en nuestras cabezas, no afuera, y los mayores dolores que hemos sentido son auto-infligidos… aunque por lo general tengamos una escasísima capacidad de darnos cuenta de ello.

Como sea, quien no ve su propio lado oscuro sólo se salva del conocimiento, no de su existencia, o al menos eso creo. Todos tenemos nuestra dosis de perversidad corriendo en las venas, ya sea más lúdica o más destructora.

Oscuridad, y también dolor, a veces me parecen un cóctel exquisito. Morbo puro y duro. En dosis contenidas y con una ventana a mano tal vez, pero si se abraza una pequeña raíz de alguna manera también se abraza la planta. Y ese abrazo es una entrega, un olvido de todo lo que no debería ser, una liberación dentro de la contención. Ahí está la seducción del llamado.

Voy a terminar, como ya hecho otras veces, compartiendo una pequeña historia. Va de una niña y su mejor amiga, que la invita a pasar un verano con su familia en la casa que tienen en la playa. La niña acepta encantada, la perspectiva de salir de su entorno y hacer cosas distintas la tiene en las nubes. No se equivoca. En casa de su amiga, donde más de una vez se ha quedado a dormir, se respira mucha más libertad que en la suya, y en la playa para qué hablar. La casa está situada en un pueblo tranquilo y los padres de su amiga las dejan ir bastante a su bola, absortos en sus propios asuntos. “Niñas, id a jugar”, dicen con frecuencia, esbozando sonrisas cariñosas y despreocupadas. Y las niñas se van a una habitación ubicada fuera de la casa, un mini apartamento en realidad en medio de un precioso patio rodeado de árboles. Y juegan. A las cuerdas, al elástico, a Candy Candy. Y a decir palabrotas. Se ríen al unísono cada vez, encantadas con el pecado descubierto.

–          Vamos a dejar de decir palabrotas -dice la amiga, repentinamente muy seria -. No está bien, no es digno de una señorita.

–          Vale -contesta la niña, sintiendo que le están robando algo-.

–          Hagamos una cosa- sigue la amiga, con un tono más oscurillo-. Las palabrotas están prohibidas. No puedes decirlas. Ni una.

–          ¿Y si se me escapa una? ¿O a ti?

–          Si se me escapa una te pego con un cinturón. Y tú lo mismo.

–          ¿Pegar? ¿Dónde?

–          ¿Dónde crees? En el culo. Así, inclinadas.cinturón

La niña no sabe lo qué es el morbo, pero sí que la idea la seduce, instantáneamente. Aunque tiene una vaga sensación de que no debería ser así, o que al menos sería conveniente no tener testigos de semejantes inclinaciones. Pero sin un testigo no puede haber juego. Otorga con su silencio.

Poco a poco descubre que parte del juego consiste en no traslucir el entusiasmo. Así, va dejando caer las palabras de a poco, las viste de casualidad, se especializa en poner cara de fastidio cuando suelta una y las espacia todo lo que le permite la impaciencia y el cosquilleo insistente que se le instala en todo el cuerpo, pero sobre todo ahí abajo, cada vez que ve el cinturón. E incluso antes. También le gusta azotar a su amiga, pero menos. Su verano empieza a estar marcado por las visitas cotidianas a la habitación externa, donde la amiga –aunque sus fuerzas no dejen de ser las de una niña- pega con ganas. Empieza a saltar sobre charcos de emociones densas, sintiéndose tan encadenada como ligera. Pasan los días.

Después de un par de semanas de clases, la niña por fin ha conseguido permiso de sus padres para ir a ver a su amiga. Está contenta. No piensa tanto en cinturones (porque puede darse cuenta de que en la casa de la ciudad estaría fuera de contexto) como en abrazarla y decirle que la ha echado de menos. Toca el timbre. Abre la madre. Siempre ha sido cariñosa con la niña, agradeciendo de alguna manera la amistad que profesaba por su hija, hasta entonces una chica bastante solitaria. Pero esta vez tiene una expresión furiosa en la cara. Y entonces empieza a soltar, como una metralleta:

–          No sé cómo tienes el descaro de aparecerte por nuestra casa, criatura asquerosa. Te dimos nuestra confianza, te abrimos nuestras puertas y nuestros corazones, y nos pagas así, con una patada en el culo. Qué vergüenza. Eres una malagradecida, y me siento muy dolida, todos lo estamos. No quiero que vuelvas a acercarte a mi hija, eres una mala influencia. Y por supuesto, no quiero que vuelvas a venir a esta casa. Nunca más.

Antes de cerrar la puerta le arroja a la cara un paquete con ropa y otras cosas que se había dejado ahí. A la amiga no vuelve a verla, ni siquiera para pedirle una explicación tardía sobre lo que ha pasado, aunque vagamente intuye algunas posibilidades. No es que no lo necesite, es que no se atreve. Tiene el corazón destrozado por algo que no entiende, y mucha, mucha vergüenza.

Un culo para comer palomitas

Título: S&M Rechter (S&M Juez)
Año: 2009
País: Bélgica
sm rechter
Esta peli me la recomendó un amigo y me encantó. Primero que nada, porque es una historia de amor, y en el fondo soy una romántica perdida a la que le gusta mucho el sexo. Y como historia de amor es de las buenas, de las que sondean en las profundidades de las relaciones, la entrega y la sexualidad en una pareja. Nada de rascar en la superficie, va directo a la yugular. Y lo hace contándonos las experiencias de una pareja que hace rato dejó de ser joven, que no es particularmente atractiva y que responde perfectamente al cliché del triste polvo mensual, en la postura del misionero y sin excesivos entusiasmos. Pero Magda no es feliz y su marido, el juez Koen, descubrirá hasta donde es capaz de llegar por ella…

Más allá de que sea una peli basada en hechos reales, es real hasta su médula, y en su realismo es ferozmente sexual. El sexo no sólo se cuenta y se muestra; se palpa, se incrusta en los poros tal como lo vomita la pantalla, crudo y desnudo, como el olvido de uno mismo. Entra por la cabeza, por los ojos y por el estómago. Y detrás no se ven cámaras, sólo la vida.

Se me quedaron grabadas varias escenas, aunque una en particular logró escalar más alto en mi memoria, probablemente porque se nutrió tanto de la historia que me estaban contando como de la que yo le estoy contando al mundo. O dicho de otra manera, se terminó convirtiendo en experiencia propia. En la tele la pareja tiene sexo. Esta vez del convencional, en una cama y sin terceros mirando. Se trata de una especie de “premio” que recibe el juez, una vez que Magda ha podido satisfacer sus más oscuros instintos sadomaso y es capaz de disfrutar de un polvo tradicional sin sentir que la están acuchillando (pero no acuchillando rico, entiéndase). La cosa es que, con un primer plano del culo cincuentón de Magda, mi amigo Byron comenta algo parecido a “me encanta el culo de esa tía. Míralo, no es perfecto, tiene celulitis, tiene sus años. Pero es de verdad. Muy sexy”. Y entonces lo vi. Lo atractiva que era Magda, libre ya de sus ataduras, amiga de su cuerpo. Lo hermoso de ese juez barrigón y con nariz de patata, ese juez valiente que pone el amor por delante de cualquier cosa. Lo poderoso de la escena. Eros entre las sábanas, con sus regalos y sus exigencias. Con su propia belleza.

¿Más razones para ver esta joyita? Si te gustan los látigos, salen muchos, además de otros adminículos curiosísimos que pueden provocar encogimientos y dilatamientos de lo más interesantes. Aún así, la recomendaría para ver con palomitas y un buen amigo. Para otros menesteres probablemente funcione mejor una mínima dosis de “Hollywood”.

Lo siento, no conseguí el tráiler con subtis en español 😦