Relatos eróticos: Hambre

Hambre

sexo, parejaConserva en sus entrañas la misma urgencia de tiempos vividos, y es lo primero que pone a sus pies, como un regalo. Está más delgado, ajado por el paso de los años, pero ella apenas alcanza a registrar esa información, porque nada más verla se le arroja encima como un animal hambriento, devastando sus defensas con el acero de su mirada y la bravura de sus besos. Ni siquiera abandonan el pasillo. Él le arranca la ropa y ella se deja. Le exprime los pechos como si quisiera robarle alguna verdad, los lame con lengua rasposa. Ella deja ir la piel que la recubre y gime una confesión que él no puede entender, mientras su cerebro flamea en pequeñas explosiones de dolor aterciopelado. La gira y la recuesta sobre el piso. Le hunde las uñas en la piel y recorre su espalda de arriba hacia abajo, marcando su piel nívea con cuatro estelas enrojecidas. Pasajera de sus dedos, ella siente que transita por los caminos del alma. Él le besa las marcas con una suavidad inesperada, descendiendo lentamente por su dorso. Pero es una tregua efímera. Al llegar abajo le explora los glúteos a bocados, con mordiscos agudos que se expanden en ondas oscuras por su cuerpo. Con una mano le atenaza las muñecas, mientras devora la entrada de su ano emitiendo quejidos de bestia enjaulada, con la saliva caliente burbujeando entre sus labios. El tiempo se acelera. La penetra desde atrás con la mano, la hurga hasta que siente su derrota. Vuelve a girarla, para contemplar su trofeo de carne, la vida que late esponjosa entre sus piernas. Se las abre con un movimiento inapelable y manteniendo sus muslos prisioneros bebe de ella con una sed antigua, sometiéndola con la precisión vehemente de su lengua. A ella le crecen alas hacia dentro. Se hunde en su fango de éxtasis, encharcada hasta los huesos de él. Se retuerce. Él levanta la cabeza y sonríe. De una sola embestida entra, hasta el fondo, y con cada movimiento invoca una nueva marea. Le comprime la garganta con una mano y con la otra vuelve a coger sus muñecas. La observa sin dejar de moverse. Afloja la presión. Frente a frente se respiran. Él no puede ser más él: Los ojos entornados, los dientes apretados, los movimientos férreos. Ella no puede ser más ella y grita prisionera de su propia lucidez – ¡Me partes en dos, me partes en dos! – mientras él la abofetea y la besa.

Anuncios

Mi segundo relato erótico (VIII)

(Nota mía: Amigos, conocidos, lectores asiduos y visitates ocasionales: Con este capi pongo fin a este relato… Tal vez, aunque no me comprometo a nada, algún día vuelva a jugar con los personajes, después de todo Laura sólo se ha enfrentado a sus fantasmas, aún no los deja salir, y definitivamente Ricardo se las trae. Pero por ahora podéis considerarlo un punto final, así que vuelvo a mis andadas reflexivas, al menos hasta que me vuelva a picar el bichito y otros personajes toquen a mi puerta pidiendo a gritos que los ponga a hacer guarraditas. 😉 En fin, que espero que hayáis disfrutado la historia… Soy muy nuevita en esto, pero personalmente la experiencia me ha encantado!)

Carne de diván (y VIII)

niña y árbol mosaico

– Mónica fue compañera mía, en tercero de primaria. Llegó al cole dos semanas después del comienzo de las clases, cuando ya estaban todos los grupos armados, y nunca pudo integrarse bien. Y ya. No sé qué más quieres que te diga.
– Creo que sí lo sabes. Continúa, por favor.
– Era de Galicia. Como no tenía más familia, al morir sus padres la llevaron a vivir a la casa de una tía abuela que vivía en Madrid, la tía Angustias, una vieja que se estaba quedando ciega y que sentía más amor por sus gatos que por cualquier ser humano.
– O sea, no tenía a nadie.
– No.
– ¿Y os hicisteis amigas?
– …
– ¿Laura?
– No lo sé.
– ¿No lo sabes? ¿Erais amigas o no?
– ¿Puedes desatarme? No me siento bien.
– Sólo los pies, para que puedas incorporarte. Las manos no, al menos hasta que no me cuentes toda la historia.
– ¿Qué es esto? ¿Guantánamo?
– No, querida mía. Esto es sólo tu propio callejón sin salida.
– ¿Puedo vestirme?
– No.
– ¿Y sentarme en el sofá?
– Claro, no soy un monstruo. Pero por favor no juntes las rodillas –agregó mientras deshacía los nudos de sus tobillos con una mirada opaca-. Aquí no hay nada que esconder.

Se acercó tambaleante al sofá en el que tantas veces se había sentado con aire indolente, por lo general más dispuesta a escuchar que a hablar. Él, en lugar de ocupar su sitio habitual tras la enorme mesa de caoba, acercó una silla a ella, quedando a medio metro escaso de su cuerpo. Olía a serenidad –algo parecido al olor a limpio, pero que viene más de adentro– mezclada con excitación. Con los sentidos aún exacerbados, sintió que el aroma de su sicólogo tomaba posesión de su cuerpo, envolviéndola y despertando el hambre -aún no saciado del todo- de su vulva expuesta. Suaves aleteos de mariposa comenzaron a bajar por su Monte de Venus, entrando en ella con la delicadeza de un soplo de aire, llevando consigo algo parecido a la felicidad. La sensación no le era desconocida.

– No sé ponerle nombre a lo que siento ahora. A lo que he sentido contigo esta noche. Sólo sé que nunca lo he conseguido en la cama, y aunque me tentaba pensar que había tenido la mala suerte de encontrar sólo amantes patéticos, ahora veo que no es eso. Estoy enferma, y sólo en mi enfermedad encuentro satisfacción.
– ¿Enfermedad? ¿Te refieres a lo que hemos hecho? ¿A atarse, amordazarse y dar órdenes?
– Lo que hemos hecho ha sido un simple juego de niños. Y lo que debió serlo no lo fue.
– ¿Podrías explicarte mejor?
– Cuando Mónica llegó al colegio nadie la quería. Parecía un perro mojado buscando una caricia. Era fea, oscura, insignificante, con unos enormes ojos de animal apaleado. Para peor su corte de pelo era de antes de la Guerra Civil, y su ropa dejaba bastante que desear, ya que el buen gusto no era sello de su familia. Sin embargo, sus padres le habían dejado muchísima pasta, y todo lo que la tía Angustias tenía de indolente no lo tenía de rata. El dinero le daba lo mismo, así que Mónica podía comprarse todos los juguetes, álbumes y chuches que quisiera. Todos los días el mayordomo de su tía –porque sí, tenía mayordomo, uno más viejo que ella llamado Salvador- le llenaba la tartera con las golosinas más deliciosas, y no había semana en la que no estrenara algún cacharro nuevo. Tenía todas las Barbies, algo que mi padre no permitía en casa porque “perpetuaba la imagen de la mujer objeto”. No sabes las ganas que tenía yo de jugar con una Barbie.
– Entonces te acercaste a ella.
– No, ella se acercó a mí. Para compartir su merienda al principio, después comenzó a regalarme cosas. Además, había escuchado que yo no tenía madre, así que también intentó entrarme por ahí. Y aunque la idea de ser “amiguitas en la orfandad” me parecía repelente, no podía evitar coger sus chocolatinas importadas, ya que mi padre, como acabo de contarte, no consentía esos lujos. Pasados un par de meses Mónica se atrevió a invitarme a comer a su casa. Yo nunca fui de las más populares, pero tenía una cierta reputación, un respeto por parte de mis compañeros, y no quería que comenzaran a meterse conmigo. Así que le dije que sí, pero que tenía que ser un secreto. Un secreto sólo de las dos.
– ¿Y hubo más secretos después de ese?
– Ya sabes… te lo puedes imaginar.
– No, Laura, no me imagino nada. ¿Qué pasó cuando fuiste a comer a su casa?
– Nos pusimos a jugar.
– ¿A qué?
– Juegos…
– ¿Juegos sexuales?
– Algo así.
– ¿Algo así cómo?
– Todo empezó por casualidad, sin querer. Yo me quería ir a mi casa porque estaba aburrida, y Mónica me suplicaba que me quedara un poco más. Le dije que no, y que no pensaba volver porque su casa me daba miedo, que era oscura y olía a pis de gato, y entonces ella se tiró al suelo y comenzó a besarme los zapatos. No sé qué me pasó, era una niña, pero en cuanto hizo eso le pegué una patada en la cara. Y entonces ella me dijo llorando que no le importaba, siempre que me quedara un poco más. Ni siquiera se había levantado del suelo. Así empezó todo.
– ¿Qué empezó?
– El “juego”. Yo la visitaba, pasado un rato le decía que tenía que irme y ella se dejaba golpear. Primero con las manos, después con reglas, o con algún cinturón que robaba para mí de la habitación del mayordomo. En el culo, en las piernas, en las palmas de las manos y hasta en las tretas. En realidad no tenía, pero daba igual. Bueno, eso fue al principio, después…

Le costaba creer que estuviera diciendo todo aquello. Hace algunas horas apenas era capaz de recordar a Mónica, menos aún lo que había ocurrido con ella. Si no fuera por el nivel de detalle con el que los acontecimientos comenzaron a desfilar frente a su mente, habría intentado convencerse de que nunca lo vivió, de que se trataba de un sueño, o una fantasía loca que se le instaló en el cerebro. Sin embargo, más le costaba aceptar que la terrible narración que estaba saliendo de sus labios le estaba resultando terriblemente excitante. Se sentía débil y caliente, y de no haber tenido las manos atadas las tendría abriendo sus interiores en busca de un alivio imposible, sin importar lo que pensara el hombre que tenía al frente. De cualquier manera –pudo comprobar tras una mirada rápida a la entrepierna de Ricardo- a él no le habría molestado gran cosa. En una de esas incluso colaboraba. Ya estaba tardando…

Pero él, pese a la insultante evidencia de su miembro erecto, ni siquiera la miró, lo que la excitó más aún. También parecía estar haciendo un esfuerzo, que se tradujo en tres palabras que a ella le sonaron a sentencia.

– ¿Entonces qué pasó?
– Después hubo otras cosas, otros “elementos”… Empezamos a juntarnos en el cole cuando la tía invitaba a sus amigas. Esperábamos a que todos hubieran salido de clases y nos quedábamos solas en la cancha de atletismo. Hasta que una monja vio algo raro, nada muy evidente por suerte, y nos dijo que no podíamos estar ahí.
– ¿Ahí se detuvieron?
– No, volvimos a quedar en su casa. Esperábamos a que las amigas de la tía se fueran o nos encerrábamos en uno de los cuartos de baño.
– Y en cuanto a esos “elementos” que mencionabas…
– Por favor, no quiero hablar de eso.
– ¿Quieres regresar a tu casa esta noche?
– Ricardo…
– Estoy hablando muy en serio Laura. Continúa.
niña y árbol– Un día que su tía y el mayordomo habían salido a hacer la compra le pedí que me  tocara “ahí abajo”, para saber lo que se sentía. Se resistió un rato pero frente a mis amenazas habituales, que ya incluían contarle a todo el cole que era una guarra, accedió. No sentí nada especial así que la hice ir más rápido. Entonces empezó a dolerme, y como no me gustó la amarré a un árbol como castigo y la dejé ahí un par de horas. Intentó aguantar sin quejarse, pero al final se puso a llorar porque había hormigas y la estaban mordiendo. Me dio miedo que se chivara, así que la solté. Se había hecho pis encima, y la obligué a lavarse delante de mí, diciéndole que era una cerda. Bueno, creo que le dije cerdita e hice algunos ruidos, aunque no creo que cambie mucho las cosas.
– No, Laura, no las cambia.
– Ver su culo desnudo y temeroso, esperando el castigo; ver su cuerpo triste, escuálido y tiritando bajo el agua de la ducha… Sé que es horrible, no creas que no lo sé, pero ahora me doy cuenta de que me ponía. Sabía que estaba mal, pero no podía evitarlo, era como una droga que lo llenaba todo, que hacía que todo estuviera bien, por fin, aunque sólo fuera a momentos. Nunca me había sentido así antes de Mónica. De modo que ni siquiera me importó que no quisiera. No sólo no me importó, me gustaba que no quisiera. A mi cuerpo le gustaba, aunque por las noches me acostara llorando y sintiéndome una mierda. Por ser mala. Pensaba que al morir, Dios me iba a echar a patadas de su reino, gritándoles a todos los ángeles que no dejaran entrar a esa niña pervertida.
– ¿Has pensado en buscarla y pedirle perdón?
– Cuando finalizó el curso la tía de Mónica, que al parecer se sentía agradecida por la compañía que le había brindado a su protegida (o más bien por habérsela sacado de encima) alquiló un piso en la playa, para que fuéramos con el mayordomo. Un día antes del viaje ella fue hasta mi casa para pedirme que no los acompañara, que inventara una excusa. Debía haberme dado cuenta de que estaba al límite, tal vez no quise hacerlo y ya. Sé que aún estaba lejos de comprender las profundidades del alma humana pero a esas alturas Mónica era lo más parecido a un libro abierto para mí. Le dije que no, que había que aprovechar que sólo iba Salvador, que dormía todo el día, y que así tendríamos mucho tiempo para jugar y hacernos más amigas. En un intento por tranquilizarla le ofrecí ser más suave con los castigos, incluso le ofrecí que me pegara ella alguna vez, aunque no tenía intención de cumplir mi promesa. No recuerdo realmente si me respondió algo, creo que ni siquiera esperé a que se fuera del todo para cerrar la puerta. Estaba demasiado enceguecida con el tesoro que tenía entre manos, con el verano que se abría ante mí.
– Pero las cosas no salieron como tú pensabas.
– Al día siguiente mi padre recibió una llamada. Era la tía Angustias, para avisarle que las vacaciones se habían cancelado. Mónica…

No lloró, porque sentía que ni eso se merecía, ni el alivio de las lágrimas, mucho menos el de su cuerpo. Empezó a tiritar, con la mirada ida, momento que él aprovechó para soltarle las manos, que ella no movió de su sitio. Una voz doliente se desprendió de su garganta, deseosa de abandonar las humedades de su prisión.

– Mónica se suicidó, la misma noche que fue a verme. Un par de días después su tía volvió a llamar a mi padre. No sé qué hablaron, supongo que ella dejó una carta o algo así. Mi padre me obligó a ir al funeral y después de eso no volvió a dirigirme la palabra hasta el día en que se fue. Me dejaba la comida servida en la mesa y salía de la habitación cuando entraba yo. El resto de la historia ya la conoces.

Él ni siquiera se acercó a abrazarla. Seguía quieto en su silla, mudo e inexpresivo. Pasaron unos minutos eternos. Sabía que tenía que vestirse, pero se resistía a aceptar que ahí había acabado todo. Se incorporó con deliberada lentitud, esperando al menos una mirada, pero ni eso. Recorrió la habitación con la vista hasta localizar su ropa, que estaba arrugada encima de un armario. Se vistió en silencio, sintiendo que hasta los muebles lloraran una ausencia, y cogió su bolso sin mirar atrás. Cuando estaba abriendo la puerta le llegó su voz, que parecía provenir de un lugar perdido, casi inexistente, donde las niñas llevan vestidos blancos y guardan preciados tesoros entre las manos.

– El próximo martes, a la misma hora.

Mi segundo relato erótico VII

Carne de diván VII

Culo en la oscuridad

Está con Mónica en el patio trasero del colegio. A Mónica le duele, siente que no puede más, está cansada, pero por alguna razón que Laura no puede explicarse continúa resistiendo, sus magulladas carnes untadas con pura fuerza de voluntad. Laura desea abrazarla, pero también desea seguir. Sobre todas las cosas desea seguir.

Pero no puede, porque Mónica ya no está. Y su padre tampoco.

Removió las muñecas con la débil esperanza de que sirviera para algo, en un intento por informarle a Ricardo que había traspasado alguna frontera importante y que ya podían dejarlo ahí, pero él, lejos de soltarle las ataduras, le colocó sus enormes manos sobre la espalda, inclinándola de forma resuelta pero sin brusquedad hacia adelante. Volver a sentir el contacto de la moqueta contra la parte derecha de su cara la devolvió por completo al momento presente, a la exposición de sus carnes, al aparato que se agitaba en su interior. Como si le adivinara el pensamiento, él se lo clavó con fuerza hasta el fondo y lo mantuvo hundido con una mano, al tiempo que aumentaba la velocidad de vibración. Pasados unos segundos se lo extrajo con un movimiento certero, y antes de que su culo pudiera sentir su recién adquirida orfandad le introdujo tres dedos de golpe y comenzó a follarla con la mano, cada vez más rápido y más profundo. Fue demasiado. Sentía que secretos que ni ella misma conocía acudían al llamado de esos enormes dedos que hurgaban en su interior, como si una vez dentro comenzaran a crecer y atravesaran todo su cuerpo hasta el cerebro , para exprimirlo sin piedad. Tenía la vaga sensación de que no podía permitirlo. Intentó levantar la cabeza, pero él se lo impidió. Fue menos amable esta vez.

– Si no te quedas quieta voy a tener que recurrir a otros métodos.

Ahora está en un lugar en el que no quiere estar. Daría lo que fuera por salir de ahí corriendo pero no se atreve a moverse, la mirada severa de su padre se lo impide. Siente que todos la observan y murmuran cosas horribles. Se ahoga. Le pica el vestido. Le pica todo el cuerpo, pero es un picor que no se atenúa con nada, una costra de ausencia y remordimiento imposible de aliviar. Mónica está al centro de la habitación, tumbada con su vestido de encaje blanco. Parece una novia, inocente y pura. Tiene las manos entrelazadas, como si guardara en ellas un preciado tesoro. Siempre lo tuvo en sus manos, pero no lo sabía. Por primera vez se ve hermosa.

Una pena antigua, solidificada en sus huesos, empezó a derretirse como la mantequilla. Su cuerpo comenzó a agitarse en una oleada de espasmos mientras que sus lágrimas, que la cinta ya no era capaz de contener, corrían libres por los pliegues de su garganta. Él la besó bajo la oreja expuesta, lamiendo la humedad salada de su piel con delicadeza. Siguió explorando con la lengua por el cuello y la columna, hasta llegar a las puertas abiertas de su ano. Le pareció que sus palabras le llegaban desde otro sitio.

– No hay nada de malo en esto, no hay nada sucio. Por favor, simplemente entrégate y disfruta. Tienes permitido disfrutar.

Unas cosquillas cálidas comenzaron a recorrerla cuando él le rozó la hambrienta entrada con la punta de la lengua, e inmediatamente sintió un líquido espeso bajar por su entrepierna. Un sabor a magdalenas y leche caliente le llenó la boca, y por primera vez deseó que le arrancara la mordaza y la besara. Él siguió moviéndose sin prisa, alternando las suaves penetraciones con movimientos circulares de la lengua y besos en las nalgas. Al rato sus movimientos se fueron haciendo más agresivos, la lengua cada vez más adentro, dominándolo todo a su paso. Podía sentir como las paredes de su ano se iban expandiendo, cada vez más dóciles ante los embates de esos dedos conquistadores, entregadas de lleno a su derrota. Mudos gemidos comenzaron a devolverse por su garganta, estrellándose contra las riadas de fuego que le subían por la columna. La fuerza vencedora de su lengua lo borraba todo a su paso, pero cuando a ella le pareció que era imposible sentir más él comenzó a masturbarla con una mano desde atrás.

Su vagina, ansiosa de contacto, recibió la mano con violentas contracciones de placer. Quería que entrara hasta el final, que la traspasara con el puño. Quería abrirse para siempre, soltarlo todo, derramarse por todos sus agujeros y no volver nunca más. Cuando él empezó a frotarle el clítoris con la otra mano con movimientos circulares toda ella empezó a girar en círculos de velocidad imposible y, sintiendo que no podía más, se dejó caer hacia el abismo. Sin ataduras. Libre por fin de cualquier peso.

Habitación oscura

Está al otro lado de la puerta. La habitación está vacía. Ella no entiende nada, pero lo entiende todo. Él se rindió con ella. Simplemente se rindió y se fue, incapaz de soportar la idea de haber dado la vida a semejante monstruo.

Explotó en un orgasmo enorme, enceguecedor, que la arrasó por dentro con la vehemencia de un huracán. Y en el centro de esa devastación espléndida y terrible, habitando el germen mismo de su más profundo y oscuro placer, estaba su compañera de clase, que le sonreía hermosa y radiante en su vestido blanco, sentada en su trono de dolor.

– Laura, ¿estás bien?

Asintió con la cabeza.

– Ha llegado la hora de que hables. No sé qué te atormenta, pero algo me dice que has podido recordar. Así que te repito la pregunta. ¿Alguien te hizo daño cuándo niña?

Mientras hablaba le quitó la cinta que le cubría los ojos, aunque le dio unos segundos de tregua para que pudiera acostumbrarse a la luz. Laura fue incapaz de descifrar su mirada. Como si quisiera saber, pero al mismo tiempo no. Cuando le quitó la mordaza un hilo de baba le quedó colgando de los labios. Ella ni siquiera se molestó en secárselo.

– ¿Fue tu padre tal vez, antes de irse de casa?
– Mónica- respondió apenas.
– ¿Mónica? No entiendo. ¿Quién es Mónica?
– Yo la maté. Fue mi culpa.

Mi segundo relato erótico VI

Carne de diván VI

bondage

Sólo cuando estuvo completamente en su poder se dio cuenta de que no sabía nada de él. No tenía la más mínima información de la que asirse en medio de la noche que la envolvía, sólo conocía los escasos datos –gastados ya de tanto repaso- que habían rasguñado sus sentidos: Sus facciones taurinas, la morena suficiencia de su cuerpo, la pausa que acariciaba sus gestos. También su olor, que ella imaginaba parecido a las profundidades del océano, y el sonido hipnótico de su voz. Pero nada más. Se dio cuenta de que nunca hablaba de sí mismo, y aunque intuía que la discreción debía ser una práctica habitual entre los de su profesión, no pudo dejar de sospechar cierto artificio en el meticuloso hermetismo del hombre que la tenía a su merced. Por primera vez se preguntó qué edad tendría. ¿Estaría casado? ¿Con hijos? ¿Habría tenido un infancia feliz? ¿Qué desayunaría todos los días? ¿Y si fuera un pervertido?

Después de amordazarla le había puesto un cojín bajo las rodillas y la había devuelto a la posición original, así que estaba relativamente cómoda, aunque la sensación de haberse convertido en un trozo de carne expuesto en una charcutería le impedía relajarse. No podía verlo, pero sentía sus pasos bordeándole la silueta, deteniéndose cada tanto junto a ella, observándola.

– Mira Laura, ahora vamos a hacer algo muy sencillo. Yo te voy a hacer unas preguntas y tú me vas a responder, sin darle muchas vueltas. Como no es la primera vez que lo hacemos así, no tendremos problemas. Ahora, hay dos cosas que debes tener en cuenta: Las preguntas no se parecerán mucho a las que te suelo hacer durante las sesiones, pero tienes absolutamente prohibido no contestar.  Y lo otro, te informo que esta sesión está siendo grabada.

¿Grabada? ¿Será hijo de puta? Resistió con dificultad la tentación de transmitir su protesta con el cuerpo, de cualquier manera no podía hacer nada para impedirlo y en ese momento sentía que la única vía de rebelión de la que disponía era la inmovilidad más absoluta. Por insignificante que pareciera ese resquicio, aún le daba cierta idea de dominio sobre los movimientos de él.

– Me imagino lo que estarás pensando, pero no tienes nada de qué preocuparte. No voy a hacerme pajas con tu video ni pienso invitar a mis amigos a verlo un sábado por la noche. Es para tu propio uso y disfrute. Pero también para que hagas los deberes. Porque habrá deberes. Algunos más placenteros que otros, claro.

Otra pausa calculada. Se sentía mareada. Ya no era capaz de distinguir desde que parte de la habitación le hablaba, no había espacio a su alrededor, sólo voz y negrura.

– Te miro y pienso “qué me diría si pudiera hablar”. Probablemente me mirarías con esa cara de mártir intelectual que tanto te gusta poner y me dirías algo así como “Ahá… ¿algo más?” Pues sí, algo más, algo que llevo un rato pensado cómo resolver. Como te habrás dado cuenta, no estás en condiciones de responder a mis preguntas hablando, y temo que lo de moverte tampoco lo tienes muy fácil, así que tendrás que comunicarte de otra manera. Se me ocurrió que podías apretar una vez los puños para decir que no y dos veces para decir que sí. Ah, y no vale mentir. Cada vez que me parezca que estás mintiendo… bueno, digamos que te ayudaré a abrirte de otras maneras.

SumisiónNo quería seguir escuchándolo. Quería irse de ahí, o que se la follara salvajemente sobre el escritorio, cualquier cosa menos seguir indefensa y atada, con esa incertidumbre que le mordía el vientre. Además, empezaba a notar cierta tensión en el cuello y los hombros y se preguntó cuánto más podría aguantar. Se removió un poco.

– Si estás incómoda puedes levantar la cabeza. Ya la volveré a poner yo en el suelo si lo considero necesario. Eso sí, no te eches demasiado para atrás ni apoyes el culo en los talones. Ah, y las rodillas no las muevas.

Se irguió un poco en cuanto comprendió lo que le estaba diciendo y sintió su sangre descender hasta los muslos, rápida y caliente.

– ¿Laura, estás lista?

Apretó dos veces los puños

– ¿Te has masturbado alguna vez pensando en mí?

No respondió de inmediato, pero no tanto porque le diera vergüenza reconocer algo que a estas alturas el parecía saber muy bien –por la seguridad de su tono se daba cuenta de que no le estaba haciendo realmente una pregunta– sino porque al escucharlo no pudo evitar ser atrapada por la caótica representación mental de las últimas sesiones masturbatorias a las que lo había “invitado”. Sólo dibujándolo a él al otro lado de sus párpados había logrado desprenderse por segundos de la percepción de que su cuerpo era como un templo sagrado en ruinas, una divinidad estéril de imposible trascendencia. Imaginándolo a él cada célula que despertaba se iba convirtiendo en tierra fresca, en cemento reconstituyente. Salió de sus recuerdos cuando sintió que él le apoyaba un dedo en la entrada del culo. Estaba húmedo y pegajoso.

– No me hagas repetir la pregunta, por favor.

Volvió a apretar los puños dos veces. Él dejó pasar unos segundos antes de continuar. Al hacerlo hundió levemente el dedo.

– ¿Te gusta lo que te estoy haciendo?-, preguntó, enterrando un poco más. Ella pensó en un dedo de niño hundiéndose en una tarta de cumpleaños y arqueó la espalda.

– ¿Laura?

Volvió a contestar que sí con las manos, sintiendo que de las terminaciones nerviosas de su ano salía música. “¡Dios mío!”, le gimió a la bola que acampaba en su boca. Nunca nadie la había tocado así.

– ¿Era esto lo que estabas buscando cuando viniste?- le susurró al oído, clavando el dedo hasta el final.

¿Lo era? Tuvo que reconocer en ese momento que ya al llegar no estaba esperando una sesión convencional, pero ni en sus más debocadas fantasías hubiera podido invocar lo que le estaba ocurriendo. Por no hablar de lo que todavía podía pasar. ¿Qué estaba buscando realmente? ¿Un polvo y ya? ¿Matar algún demonio? ¿Qué alguien, de una buena vez, la hiciera sentir sucia y mala y descontrolada?

No pudo seguir pensando. Él retiró el dedo y sin darle ningún aviso lo reemplazó por otro objeto más grande y duro, que hundió hasta el fondo sin piedad, con un movimientos brusco y preciso. Fue mayor la sorpresa que el dolor.

– Lo que te he puesto es una maravilla que se consigue en muy pocos sitios. Es un butt plug pero al mismo tiempo es un vibrador con mando a distancia, que tiene distintas velocidades e intensidades. Una verdadera joya. Voy a ponerlo en modo suave, para que te vayas acostumbrando a él pero intenta no agotar mi paciencia con tus dilaciones. ¿Era esto lo que estabas buscando cuando viniste?

No pudo cerrar los puños porque la descarga le subió por el recto hasta la columna para cogerle todo el cuerpo, atrapándola en un zumbido voraz que tensionó sus extremidades. Pese a la violencia con la que fue arrojada a esa explosión de lucidez nívea, le dio tiempo a sentirse trasladada a un lugar en el que nada podía hacerle daño.

– Perdona, me equivoqué de botón. Ya lo bajo

Apretó los puños dos veces, sintiendo que todas las respuestas trascendentes que tanto había buscado se acumulaban en ellos. Le pesaba la cabeza, pero era una pesadez agradable, una invitación. Pasaron un par de minutos antes de que él volviera a hablar, y ella los aprovechó para dejarse lamer todo el cuerpo por esas oleadas de sensaciones secundarias que hasta entonces nunca había tenido. Se sorprendió experimentando algo parecido al agradecimiento por la pausa que le había regalado su… ¿captor?

– Bien, ahora quiero que pienses en cómo te sientes en este instante. Inerme, expuesta, abierta. ¿Te gusta sentirte así, Laura?

BondageOtro sí. Tal vez gustar no era la palabra más indicada para una situación que le producía ganas de llorar como una niña y un insoportable dolor de estómago, pero estaba segura de que una parte de ella moriría si él se detenía en ese momento.

– En lo más profundo de ti, en alguno de esos rincones que escondes… ¿deseas que te haga daño?

“Hazme lo que quieras –se gritó-, lo que quieras pero házmelo ya. Húndeme otro cacharro de esos hasta la garganta, abrázame, entiérrame la cabeza en el suelo, arráncame los brazos a mordiscos, qué más da. No sé qué quiero gilipollas, no sé qué coño me pasa”.

– Nena, no hay respuestas buenas o malas. Sólo no me mientas. No te mientas- le dijo él acariciándole con delicadeza la espalda.

Esta vez se olvidó de las manos y asintió con la cabeza. La tela que cubría sus ojos recogió dos lágrimas espesas que ella se alegró de poder ocultar.

– Laura, ¿te ocurrió algo cuando niña, alguien te hizo algo?

La pregunta le supo a pantano. Un verde mohoso entró por sus oídos y fosas nasales, tapándolo todo. Sintió que atravesaba un túnel de silencio, en el que estaba sola. Al otro lado un aparato para el culo comenzó a vibrar con furia.

Mi segundo relato erótico (V)

Carne de diván (V)

shutterstock_124902728_cuerdasLe duró poco la sonrisa. Pese al impacto de haber sido descubierta in fraganti, chapoteando en las primitivas aguas de su paraíso post orgásmico, no tardó mucho en darse cuenta de que él traía algo en las manos, aunque no pudo distinguir qué. Un paquete, un bolso arrugado tal vez. La inquietud le subió como una burbuja gigante por la garganta. Se puso de pie.
– ¿Qué llevas ahí? Dijiste que no ibas a pegarme.
– No voy a pegarte. Voy a atarte.

La saliva le supo a harina. Apenas podía tragar.

– ¿A atarme?
– Sí. Aunque la idea de mostrarte algunos de los infinitos matices eróticos que tiene el dolor me resulte tentadora, creo que tus puertas de entrada al placer, al menos de momento, están en otro lado.
– ¿Por ejemplo?
– Te lo he repetido muchas veces. Tienes que entregarte. Perder el control.
– ¿Y esto sería como una sesión práctica?
– Exactamente. Además de gratis, claro.
– ¿Tratas así a todas tus pacientes?
– Me parece que va siendo hora de cerrar esa boquita.
– ¿Dónde está mi ropa?
– Sí. Definitivamente va siendo hora…

Pero en lugar de eso la besó, y en ese beso largo y enfebrecido le contó uno o dos secretos que empezaron a tomar forma dentro de ella y a irradiar un calor que hasta entonces nunca había sentido. Después se puso detrás y le pasó suavemente las yemas de los dedos por la espalda, subiendo desde su nacimiento hasta la nuca en un único movimiento, lento y fluido. Sin detenerse, lee rodeó el cuello con ambas manos para seguir bajando por su pecho. Acarició unos instantes su ombligo y entonces, sin darle tiempo a reaccionar, cogió bruscamente sus muñecas y las echó hacia atrás, aprisionándolas entre sus dedos.

– Quédate así, sin mover un pelo.

Cogió una cuerda gruesa y de tacto suave y comenzó a atarla con una calma que a ella se le antojó perversa. Aunque no apretaba demasiado, podía sentir sus muñecas palpitar desconcertadas. Se preguntó si alguna vez había reparado realmente en ellas hasta ese momento. “Qué gracioso. Tengo las muñecas acojonadas” – se dijo. “Soy la paciente de las muñecas acojonadas”.

– Laura
– Sí
– Agáchate y junta los tobillos.
– ¿Qué me agache? ¿Cómo?
– Ja ja, vaya pregunta. Acercando tu cuerpo al suelo.
– No, me refiero…
– ¿Sí?
– No sé, tengo las manos atadas, es raro. Me voy a caer.
– No, no te vas a caer. No te estoy diciendo que te tires de un acantilado, sólo que te agaches. Aunque si lo necesitas, primero toma una buena bocanada de aire.
– Ricardo, no te burles de mí.
– No lo hago. No puedes ni imaginarte lo en serio que te tomo. Lo que no quiere decir que no me divierta.
– Mmmm. ¿Y entonces?

Desprovista de toda amabilidad, su voz le llegó como el eco de la llama de una vela apagándose.

– Para abajo, ahora. Con las rodillas y la frente apoyadas en el suelo.

Lo había leído en un par de novelas de esas que estaban tan de moda, pero el cosquilleo gris que había logrado despertarle la lectura de esas escenas no se comparaba a esa mezcla intensa de humillación y excitación que le reventó en el cuerpo cuando escuchó sus palabras. ¿Con las rodillas y la frente? ¿No se estaba pasando un poco? Sin embargo, no se atrevió a desobedecer y se puso en la posición indicada, aunque tuvo que hacer un esfuerzo para no perder el equilibrio. El corazón no le latía, le ondulaba en el pecho buscando con desesperación una salida. Él le quitó las botas con cuidado y comenzó a atar sus tobillos, dándose más prisa esta vez. Cuando hubo terminado volvió a pasarle los dedos por la espalda, pero esta vez de arriba abajo, hasta llegar a su hendidura. Se detuvo unos segundos y comenzó a trazar delicados círculos alrededor de la apertura del ano, sin llegar a tocarlo, aunque ella se sintió inmediatamente penetrada por un ardor líquido que se deshizo en los interiores de su cuerpo. Comenzó a retorcerse sin ser capaz de detener sus movimientos, como si el cerebro recibiera la información a destiempo, cuando ya no había nada que pudiera hacer. El dedo de él rozaba ya peligrosamente las carnes hambrientas de su interior, y ella sintió que si seguía podía tragárselo entero por detrás. “Así que también tenía culo”, alcanzó a pensar, antes de abandonarse del todo en las mareas que la reclamaban. Le pareció que su cuerpo intentaba separarse en dos mitades maduras, que habían estado preparándose largo tiempo para ello, y un sonido rasposo e irreconocible empezó a salir de su garganta. Entonces él detuvo sus caricias y se puso de pie.

shutterstock_131143289_corbata– No hay necesidad de correr. Tenemos mucho tiempo-, le susurró mientras se alejaba.
– Pues yo tengo que volver pronto a casa- le contestó con velocidad herida. Sentía ganas de abofetearlo por haberla dejado así. Sin embargo no se atrevió a mirarlo, pero cuando volvió a acercarse giró un poco el cuello con dificultad y pudo distinguir que traía una cinta de tela en una mano, ancha y gruesa, y en la otra una especie de correa pequeña con una bola de plástico al centro.

– Te aseguro, querida, que tu conversación me parece fascinante, pero durante las próximas horas te prefiero ciega y muda.

No alcanzó a protestar. Él la cogió de los hombros y la elevó por detrás. Después, simplemente, se apagó la luz.

Mi segundo relato erótico (IV)

Carne de diván (IV)

shutterstock_132284909Iba a volver. Lo supo entonces y se alegró por primera vez de estar desnuda. Simplemente no podía dejarla así, tenía que volver. La certeza se había descargado en ella con la contundencia de un rayo, haciendo huir al frío de su cuerpo como un conejo asustado. Ya no tenía miedo, ya no quería irse. Se sentía capaz de quedarse mucho tiempo así, esperando su regreso, saboreando el placer anticipado de ver abrirse la puerta. ¿Qué le diría? Intentó imaginar sus primeras palabras al entrar, y el recuerdo de su voz se le derramó dentro transformado en caramelo líquido, perdiéndose entre los vaivenes de sus palpitares internos. Instintivamente puso su mano entre las piernas, como si algo muy valioso se le fuera a escapar por ahí. Sus labios desnudos recibieron el contacto con gula, desatando una onda expansiva que casi la tumba. “¡Dios mío! ¿Puedo estar tan caliente sólo con evocar su imagen?”, se preguntó.

Lo estaba, como nunca en su vida. Embriagada de calentura se dirigió hacia el sofá y se dejó caer sobre él empujada por el peso de todas sus urgencias, como si un amante invisible la arrojara con impaciente pasión sobre el altar amatorio. “Así que es esto –se dijo mientras caía-. Esto es lo se siente. Ahora yo también lo tengo”.

No se detuvo en ninguna otra parte de su cuerpo, habían dejado de existir convertidas en meras prolongaciones de su matriz enfebrecida. Por lo general cuando se masturbaba comenzaba tocándose lentamente por fuera, acariciando su clítoris con la ternura de una madre que intenta despertar a un hijo pequeño y perezoso una mañana de domingo. No fue el caso, el niño ya estaba despierto y bramaba por un poco de comida. Entró en sí misma hasta el fondo, con la fuerza de un misil.

No fue capaz de ahogar sus propios gritos y empezó a frotar cada vez más fuerte, sintiendo que renacía con cada embestida de su mano enhiesta, al tiempo que una lucidez perdida hace mucho tiempo le iba siendo devuelta. Estaba entrando en un territorio sagrado, del que no quería volver a salir, pero al mismo tiempo le parecía que no era capaz de seguir soportándolo. Enceguecida de luz, podía sentir las húmedas cavernas de su vagina llorar, y el orgasmo llegó como un zarpazo que se le clavó en las entrañas, violento y liberador. Sin pensarlo se llevó dos dedos a la boca, permitiendo por primera vez a su lengua ir al encuentro del sabor de su sexo. Había tanta vida ahí. Se quedó un rato tumbada en la misma posición, con los dedos entre los labios, hasta que sintió la magia desvanecerse. Entonces quiso probar más, pero su mano no alcanzó a llegar a la fuente del recién descubierto néctar. Un sonido delicioso y aterrador al mismo tiempo se lo impidió, el sonido de sus palabras:

– Laura, que ni se te ocurra dejar de hacer lo que estás haciendo.

Abrió los ojos con lentitud y sonrió.

Mi segundo relato erótico (III)

Carne de diván (III)

shutterstock_64387165Estaba desnuda en el centro de la habitación. No había sido capaz ni de sacarse los anillos, de hecho el simple acto de mantenerse en pie le estaba resultando toda una prueba iniciática. La había desvestido él, lentamente, evitando rozarle el cuerpo con los dedos, y en ese proceso de ir quitando capas sólo había quedado un centro blando y abierto, como un molusco gigante al que han despojado de su concha pero sigue furiosamente vivo, sintiendo la existencia atravesar cada una de sus hendiduras. Deseó llorar, gritar y desvanecerse al mismo tiempo, sin poder discernir si se sentía fascinada o aterrada ante lo que estaba ocurriendo. Deseó abrazarlo, morderlo, golpearlo, pasarle la lengua por cada centímetro de piel, y era tal el peso de su deseo que ya ni el aire le cupo, sólo el ansia que conquistaba su cuerpo. Se ahogaba.  Intentó evocar un pensamiento, un recuerdo cualquiera que la sacara de allí o le sirviera de escudo, pero no fue capaz ni de recordar su propio nombre. Nada, como si de pronto todo lo hubiera olvidado y tuviera que volver a dar forma al mundo nuevamente. Nada. No había nada más que su abertura palpitando frente a un hombre oscuro.

– Laura
– ¿Sí?
– ¿Estás bien? Estás temblando.
– Sí. Por favor no vayas a pensar que no puedo con esto.
– No se trata de una prueba. No es la idea que lo pases mal, aunque estaría bien que cruzaras ciertas puertas. Pero viéndote así, no sé si es una buena idea.
– ¿Así cómo? ¿A qué te refieres?
– Así toda hiperventilada. Al principio me dio morbo pero ahora como que me corta el rollo.
– Gilipollas.
– ¿Qué me has dicho?
– Cabrón, hijo de puta y gilipollas.

No se esperaba una reacción así de él. De hecho, se hubiera sorprendido menos si la hubiera dado una bofetada o la hubiera puesto entre las piernas para quitarse el cinturón y descargarse con su culo después de oír semejantes palabras, escupidas con rabia (un delicioso vacío de montaña rusa se escurrió rápidamente desde su estómago hasta sus nalgas en cuanto la imagen se dibujó delante de ella). Pero no. Ricardo se había quedado mudo y estático, y su mirada era tan indescifrable que en un momento no lo pudo soportar más y se dio la vuelta para no tener que seguir viéndolo. Cuando volvió a girarse él se había ido. Tuvo que hacer un esfuerzo para encajar la nueva situación. Hace algunos segundos su presencia lo abarcaba todo, ahora la fuerza de su ausencia la hacía sentir huérfana y ridícula.

Esperó unos minutos eternos, resistiéndose a pensar que ahí había acabado todo, pero su resistencia perdía fuerza frente a la creciente sensación de que ya no volvería a verlo cruzar la puerta. Un frío convulso empezó a lamerla por dentro y por fuera, dirigiendo su atención hacia sus ateridos pezones. Parecían dos bocas cerradas, enfurruñadas ante la falta de caricias. ¿Cómo los habría tocado él de no haberse ido? ¿Habría sido delicado, como un susurro depositado en el oído, o estremecedor como el rugido de un león? La imagen de sus manos obreras deslizándose por sus pechos le despertó una tristeza activa, una necesidad urgente de salir de allí y buscar un refugio en el que lamerse las heridas. “La exposición es en sí una herida, pero sólo duele cuando perdemos los ojos que nos contemplan”, pensó con amargura. Sí, tenía que vestirse y marcharse, antes de que sus pensamientos empezaran a comerse el poco calor que le quedaba en el cuerpo.

– ¡¡¡JODER, ESTE CABRÓN SE LLEVÓ MI ROPA!!!

Mi segundo relato erótico (II)

Carne de diván (II)

shutterstock_88020070¿Pasaron segundos, minutos? Era incapaz de saberlo. Él seguía ahí, inmóvil y esperando, como espera el depredador que vigila el más mínimo movimiento de su presa. Ella podía sentir su aliento, su olor a guerra, su ansia de sangre. Tragó saliva y se obligó a hablar, sintiendo que algo inquietante y espeso tomaba posesión de su cuerpo, dispuesto a colonizarlo para siempre. “A partir de aquí no hay vuelta atrás”, pensó.

– Perdona, no… no te entiendo.
– Sí, si me entiendes. Sácate la camiseta.
– Ricardo, quiero irme a mi casa.
– No, no lo quieres. Quieres estar aquí. Quieres que unos brazos te contengan. No es la solución a nada, pero yo también lo estoy deseando. ¿No te justaba jugar, ponerme miraditas y poses? Pues ahora te toca enfrentar las consecuencias de tus actos.
– Tú flipas. Yo me voy.
– ¡Cállate y siéntate!
– ¿Perdón?
– Lo que oyes.

Sabía que estaba entrando en terreno desconocido, aunque en realidad casi todo le resultaba desconocido cuando se trataba de relacionarse con los demás. Las escasas experiencias sexuales que podía recordar habían sido tristes y monótonas, y aunque era consciente que tenía que haber algo más, al intentar imaginarlo sólo encontraba sombras y caminos cerrados. Su lucidez, sin embargo, alcanzaba las cumbres más altas a la hora de contemplar la ausencia, el “menos” permanente en el que se había convertido su existencia. Ahora, la falta de entrenamiento cuando se trataba de captar los distintos tonos y sutilezas amatorias no le impidió darse cuenta con una claridad casi absoluta de que aquel era el momento de tomar una decisión, y que además iba de cabeza a tomarla por omisión. Estaba a escasos instantes de perder su vía de escape. “Es ahora”, se dijo. O se ponía de pie y se iba o… Unos cuantos segundos más, un guiño o un movimiento traicionero de su cuerpo y ya no podría alegar inocencia.

– No sé cómo hacerlo. Tengo miedo.
– Miedo. Qué delicia.

¿Era posible? Con sólo escuchar sus palabras sintió que algo enorme y pesado la penetraba y la partía en dos. Entonces lo entendió. Eso nunca más iba a volver a unirse,  ella ya era otra, una iniciada. No habría cura, nada volvería a calmarle el ansia. “Ni aunque me lo tragara entero, cada órgano, cada trozo de él entrando por mi boca”, se dijo. “Ni aunque lo encerrara pasa siempre en una jaula y sólo yo jugara con su cuerpo”. Ambos pensamientos, breves pero nítidos, la sobresaltaron, pero más la sorprendió la ingravidez de su sobresalto, lo fácil que lo aceptaba. De alguna manera había vuelto a nacer, y tenía hambre.

– Eres un remolino de emociones ahora mismo, una obra de arte. Podría contemplarte por horas, pero tengo otros planes más interesantes. Sácame la corbata. Y ni se te ocurra decirme que no.
– No
– Joder, te va la marcha parece. ¿Con ganas de jugar, Laura?
– ¿Me vas a obligar?
– Hey, qué perversa. ¿Eso quieres?
– ¿Tú qué quieres?
– Que no me contestes una pregunta con otra pregunta.
– Ricardo, no sé. Quiero irme, quiero quedarme…
– Yo te voy a ayudar. Ahí está la puerta. Tienes exactamente 15 segundos para salir por ella. Ese es el único contrato que te voy a ofrecer. Te vas, te olvidas. Te quedas, aceptas.
– ¿Qué acepto?
– Todo. Lo que surja. Lo que se me antoje. Lo que se te antoje. 10 segundos.
– No quiero que me veas desnuda.
– No digas gilipolleces. Cinco.
– Lo digo en serio. O si no me voy.
– Vaya, lo siento muchísimo
– ¿Por qué?
– Porque eso dejó de ser una opción hace exactamente dos segundos. Así que ahora me vas a sacar la corbata del cuello y te vas a callar de una puta vez. Y después  de eso me la vas a dar y te vas a desnudar lentamente delante de mí, porque quiero ver las historias que cuenta tu cuerpo. ¿He sido lo suficientemente claro o necesitas otro tipo de instrucciones?
– ¿Podemos parar cuando yo lo desee? ¿No deberíamos tener una palabra?
– ¿Tú qué crees? ¿Qué esto es una novelita sadomaso? Nadie te va a dar con un palo aquí, quédate tranquila y deja de intentar controlarlo todo. No todas las cosas se paran cuando uno quiere, a veces siguen su propio curso.
– ¿Entonces no me vas a pegar ni nada de eso?
– Dos años de terapia y aún a veces me sorprendes.
– No te lo estoy pidiendo. Sólo estoy preguntando.
– Laura.
– ¿Sí?
– La corbata. Pensaba vendarte los ojos, pero ahora me planteo seriamente la opción de amordazarte, a ver si así te callas.
– No, por favor. No lo hagas.
– Ah, por cierto, me olvidé de decirte algo.
– ¿Qué cosa?
– Las botas. Esas te las puedes dejar puestas.

Mi segundo relato erótico

Carne de diván (I)

shutterstock_88430962– ¿Por qué me citaste tan tarde?
– Porque quería ver si eres tan sosa de noche como de día. Ya veo que no.
– Extraña respuesta para un sicólogo. ¿Eso se supone que tiene que mejorar mi autoestima?
-No sé, dímelo tú. ¿Cómo te hace sentir mi respuesta?
– Vaya, lo mismo de siempre, no te gusta lo que te planteo y me sueltas una pregunta capciosa.
– A mí no me parece que sea lo mismo de siempre. ¿Por qué te pusiste maquillaje para venir hoy?
– ¿Maquillaje? ¿Yo?
– Sí, no es que te hayas pasado ni nada, pero nunca usas y se nota. Llevas polvos en la cara, máscara de pestañas y un poco de brillo en los labios. ¿Vas a quedar con alguien después de salir de la consulta o te has arreglado para mí?
– Ricardo, déjalo, que esto se está poniendo raro.  No está bien que me hayas citado a esta hora, ni que me digas esas cosas…
– Pero igual viniste, porque estás buscando algo. Y no eres indiferente a lo que te digo. Puedo verlo. Puedo olerlo.

Cerró los ojos intentando controlar el violento temblor que amenazaba con dominar su cuerpo. Cómo podía ser indiferente a lo que estaba oyendo si cada vez que tenía un momento libre pensaba en él y se llenaba de deseo hasta rozar lo insoportable. Soñaba con dejarse apretar por esos brazos poderosos hasta desvanecerse; con que le explotara el clítoris sin piedad con sus manos enormes y contenedoras, como si fuera un grano de uva madura buscando la destrucción. Cómo podía decirle que el frío se desvanecía frente a su poderío, a esos rasgos indígenas que le prometían la revelación de un misterio largamente ansiado. Había llegado a desearlo como la única cura posible, se había masturbado con hambre y desesperación, hasta tener que parar de dolor, evocando cada centímetro de su cuerpo grueso y oscuro. Y ahora él estaba ahí, como una densidad caliente que se expandía frente a sus ojos cerrados, y ella se sentía incapaz de contestar nada.

– Laura, te propongo una cosa. Perdona si te asusté, quería hacerte reaccionar, pero es sólo porque te tengo fe, porque sé que puedes salir de esa cáscara. Mira, vamos a hacer un juego, para seguir avanzando. Yo te digo una palabra y tú me contestas lo primero que se te venga a la mente.
– ¿Lo primero?
– Sí, sin pensarlo ni medio segundo. La idea es que no te cortes, que digas lo que salga y ya. Confías en mí, ¿verdad?
– Vale. Empieza. Estoy lista.
– Miedo
– Ahora
– Esperanza
– Mañana
– Logro
– Recompensa
– Desierto
– Yo
– Puerta
– Cerrada
– Obsesión
– Abandono
– Muerte
– Abandono
– Lugar seguro
– Aquíshutterstock_70813828_
– Pechos
– Pecas
– Cuerpo
– Dolor
– Amor
– Imposible
– Sexo
– …
– Sexo
– …
– Laura
– ¿Si?
– Quiero verte las pecas…

Mi primer rechazo lésbico

Verde erotico > Hiremio(Santa Olaya) Garcia Calveiro. http://www.artelista.com/obra/7034208966624258-verdeerotico.htmlHace poco me escribió una chica mexicana, a través del formulario de contacto, para (entre otras cosas) preguntarme “si alguna vez habrá por allí entre tus fantasías, vivencias e imaginación algo entre mujeres”. Y eso me hizo recordar una historia de aquellas que supuestamente no tuvieron mayor trascendencia, pero que cada tanto vienen y rasguñan una pequeña parte de nosotros, para recordarnos que de alguna manera siguen vivas, que por alguna razón se quedaron ahí, pendiendo de los caprichosos hilos de nuestro subconsciente.

Ocurrió en Madrid hace algunos años, de la manera en la que suelen salir mejor estas cosas: sin mayor planificación ni parafernalia. Yo andaba de fiestecilla con un colega que recientemente había terminado una larga relación de pareja y se encontraba en pleno proceso de centrifugado existencial y nos juntamos con mi amiga Manzanita, una chica de apariencia juiciosa y tranquila que en ese entonces era compañera mía de trabajo en una tienda de artículos de piel. Manzanita andaba con el Juanes, un chico colombiano que suplía su falta de altura y atributos físicos con un encanto y una seguridad arrolladores, y la novia canadiense de éste último, una chica pequeña y delgada que cumplía con todos o casi todos los elementos del estereotipo gringo: muy rubia, muy mona, con los ojos muy azules y la sangre lista para salir disparada hacia su cabeza al primer apuro, además de una cara permanente de no estarse enterando de nada.

La cosa es que, aburridos de bailar y aplanar las calles de la ciudad en busca de garitos, decidimos irnos todos a la casa del Juanes a terminar la partusa. Una vez allí, tras unos momentos de relax en el salón, copitas y algún que otro diálogo intrascendente, la pareja anfitriona desapareció de la escena. Pasado un rato razonable, y en vista de que la fiesta languidecía, enviamos a Manzanita a averiguar qué ocurría, mientras nosotros nos entreteníamos encendiendo motores en el sofá. Cuál no sería mi sorpresa al ver aparecer en el marco de la puerta a los pocos minutos a mi recatada amiga, la misma con la que había compartido interminables horas de sopor laboral sin haberla oído nunca soltar un taco, enfundada en una miniatura de satén negro y con una sonrisa de oreja a oreja. “Te tengo una invitación”, me dijo, y tomándome de la mano me llevó a la habitación del Juanes.

Bastante desconcertada, pero dispuesta a añadir nuevas experiencias a mi catálogo particular, la seguí. Sobre la cama me esperaban el Juanes y su novia, también en paños menores y ya comenzando el proceso de combustión. Al verme entrar el Juanes me tendió una mano a modo de convocatoria, y yo, aún confundida, me giré hacia mi amiga. “No te preocupes, yo sólo quiero mirar”, fue su respuesta, y con eso me terminé de pegar el ‘alcachofazo’, como decimos en mis tierras. Uno nunca deja de conocer a la gente.

Podría llenar un par de páginas con todo lo que sentí en ese momento –nunca me había visto en una situación así, nunca había hecho nada con una chica, la novedad me atraía pero a la vez me acojonaba, pensaba que no sería capaz de dar la talla, y mucho, muchísimo menos de hacer un cunnilingus, por mencionar algunas de las cosas que se me vinieron encima- pero en resumen diré que cogí todo eso y me lo metí al bolsillo, dispuesta a pasar por encima de todo lo que no fuera sensación pura y dura, lista para dejarme llevar y dar un salto de fe. No recuerdo que haya sido liviano –no soy de la generación del ‘todos con todos’, lo mío ha sido un proceso más bien personal– pero sí rápido. Al fin y al cabo, la mejor manera de tirarse a la piscina es de piquero, eso de meter la patita poco a poco suele terminar en deserción.

Total, que me acerqué a ellos, puse mi mano en el hombro de la chica, a la que sentí temblar, (¿Manzanita sigue aquí? Dios mío, qué corte. ¡Qué carajo hace aquí Manzanita!), y comencé a acariciarla lentamente, mientras el Juanes me besaba. Al poco rato se salió del encuadre, y con suavidad empujó nuestros cuerpos para ayudarlos a acercarse más. Empezamos a besarnos y entonces el desconcierto se inyectó en mi cuerpo como una revelación: Pequeño. Todo es más pequeño.

Más pequeño, más suave, distinto. Tanto que el acto comenzó a revestirse con la mística de lo inexplorado, la carga de lo nuevo. Estaba a punto de desprenderme como una fruta del árbol de lo consciente, de traspasar ese umbral en el que dejas de poseer la escena para entregarte a ella (Manzanita ya no era una luz fosforescente y perturbadora, era parte del paisaje, necesaria incluso. ¡Manzanita tenía que estar ahí!), cuando sentí que me sacaban del cuadro unas manos sobre mi pecho. No mis pechos, que eso habría sido otra historia…

Al abrir los ojos me encontré con una canadiense sofocada y a punto de llanto, meneando la cabeza y repitiendo “no puedo, no puedo”, mientras le regalaba a su novio unas conmovedoras miradas de “por favor no me dejes por no haber sido lo suficientemente lesbi para ti”. A mí también me dedicó un par de ellas, fugaces y a su pesar, que decían algo así como “Uf, no, qué asquito” y “perdona el mal rato”. Acto seguido desapareció para no volver.

Y bueno, hasta aquí llegó la historia, aunque en realidad no. Digamos que al no poder cumplir con una de las fantasías arquetípicas del género humano, decidí aprovechar lo que la vida sí me estaba dando y cumplir otra. Pero eso, amigos míos, es carne de otro post. Para terminar, sólo compartir que una parte de mí se sintió aliviada, otra decepcionada y la tercera –pero no la última- rechazada. Porque, al fin y al cabo, un rechazo es un rechazo, y si ocurre en la cama siempre deja una pequeña herida en el alma, por más matizada por las circunstancias que esté. Sé que no fue personal, y entendámonos, no es que ande traumatizada ni mucho menos, pero… ¿de qué otra manera pueden ser las cosas entre las sábanas además de personales?

¡Ah! Y este post está dedicado a Lulú, la chica mexicana que me mandó un mensaje y me inspiró para escribirlo. Mis agradecimientos para ella y para todos aquellos amigos –presenciales o virtuales- que con sus aportes, preguntas, sugerencias, comentarios y visitas enriquecen este blog.

Mi primer intento de relato erótico…

shutterstock_45683377Se masturbaba con furia, como si quisiera gastarse hasta desaparecer, hasta arrancarse esa costra que nunca dejaba de dolerle, y dejar así de ansiar su olor triste y sus brazos sin carne, o al menos dejar de odiarse por hacerlo.

Empezó la noche que él se fue, y desde entonces le resultaba cada vez más difícil parar. Bastaba que las lágrimas asomaran a sus ojos para que el dolor se escurriera hacia abajo convertido en urgencia, la urgencia de su sexo vibrando como un panel lleno de abejas enfurecidas.

Se sacaba la ropa a tirones como si se acabara el tiempo, aunque sabía que tiempo era lo único que le quedaba, y tendida en la cama se hundía en la embriaguez de sus propios efluvios, en el sabor acuoso de su soledad. Nada más le importaba, ni sus pezones furiosos y erectos ni la piel que luchaba por desprenderse de su cuerpo; tendida frente a sí misma era toda apertura, tajo, herida. Una herida enorme, sangrante y triunfal que se tragaba todo lo demás.

Gritaba, mucho antes de llegar al clímax, porque no eran las manos de él las que la tocaban, porque no podía dejar de ansiar tocarse y al mismo tiempo arrancarse los dedos a mordiscos. Y así, hundiendo toda su desesperación en la hambrienta pulpa de sus labios, lograba conseguir unos instantes de calor para su cuerpo huérfano, un poco de descanso antes del final. Pero pasados los latigazos del orgasmo todo volvía a empezar, noche tras noche…

Carrusel

Se apaga el sexo y se enciende la luz. Desnuda, terrible, con su terrible ausencia.

Cuerpo sobre mi cuerpo atenuando el hambre, besos sobre mis labios ahogando el vacío. Pero te vas y se desvanece el bálsamo de tus abrazos. Y me quedo con un silencio cargado de ruidos, y ese silencio soy yo, y esos ruidos son los míos.

De cualquier manera ya no temo a la oscuridad. Es mi lucidez la que sangra.

Siempre será así porque nacemos equivocados…

shutterstock_127257389

Sexo-arte en “Shame”

Título: Shameshame cartel
Año: 2011
País: Inglaterra

Sexo en pantalla. Pero no el mismo sexo de siempre. Sexo desolado, envasado en cuerpos perfectos. Cuerpos que bailan coreografías disonantes. Manos que tocan lo que no desea ser tocado, poros hambrientos, orgasmos que son explosiones de angustia. Gritos desesperados que no llegan, agujeros que nunca se llenan…

Por fin me encuentro con una peli que me enamora a través de sus escenas de sexo. Vale, también a través de muchas otras escenas, aunque es difícil encontrar una sola que no respire sexualidad en “Shame”, esa película del británico Steve McQueen estrenada en 2011 pero que yo acabo de descubrir…

¡¡¡Uau!!!

No me parece casual que McQueen, además de cineasta,  también sea escultor y fotógrafo. Es decir, un artista, y uno que sabe muy bien cómo contar una historia. O muchísimo mejor, cómo sugerirla y dejar que nos la contemos nosotros mismos. Lo que algunos llaman “respetar a su público”.

Por lo mismo, hay poco que resumir. Apoyándose casi al 100% en sus dos protagonistas –Michael Fassbender y Carey Mulligan, ambos unos monstruos interpretativos– la información que ofrece “Shame” es mínima: Un protagonista adicto al sexo, metódico y terriblemente solo; su hermana, igual de frágil y dañada que él y hambrienta de cariño; tres o cuatro pinceladas que nos sugieren una infancia mutilada… y poco más. Y es que ésta no es una peli para contar. Es para ver y sentir. Empezando por el sexo.

Como decía antes, McQueen es un artista y el sexo en esta peli es arte, además de un potente recurso narrativo. Cada movimiento, gesto, mueca, temblor, rictus, silencio y gemido está ahí para contarnos algo, para ahondar aún más en la profunda devastación de sus personajes y hacernos sentir su desesperanza, sin renunciar nunca a la belleza. El lenguaje está en los cuerpos, y éstos gritan todo lo que no se dice en palabras, ofreciéndonos caracterizaciones densas, llenas de matices. Tanto Fassbender como Mulligan aparecen desnudos en su primera escena (toda una declaración de fragilidad) y de ahí no pararán de sacarse capas, de las otras, las que no se ven pero tapan más que la ropa. Las miradas de Fassbender son impagables (¡benditos primeros planos!), y con ellas consigue que los espectadores veamos –vivamos- la historia con los ojos de él. No es él quien toca ese culo o lame esas tetas, no es él quien entra y sale de esos cuerpos en un vaivén terrible e infinito, somos los receptores de su avidez, voyeristas entregados a la absorción del otro, quienes lo hacemos, transitando con ello un camino que no es gratuito, y que también a nosotros nos deja un sabor amargo. Un amargo exquisito eso sí, para paladares gourmets…

El amante amnésico

No lo vi en una peli, me pasó a mí…

Conocí a Julián en un garito del centro, era el amigo del amigo de una amiga. No necesitó mucho para convencerme de acompañarlo: su cara de guarrillo, un desplante a prueba de balas  y un par de sonrisas fueron suficientes para que termináramos en su piso, ambos muy conscientes de lo que se estaba poniendo sobre la mesa: Unos polvos para aligerar el cuerpo, risas y ninguna preocupación por futuros inexistentes.

Y claro, así como llegó se fue. Después de unos cuantos encuentros intercambiando casas –cada vez más espaciados, nocturnos todos, circunscritos a los placeres de la carne y las confidencias eróticas– dejé de recibir mensajes y llamadas. Era más o menos lo que me esperaba en todo caso, así que no le di muchas vueltas, no me ofendí ni me lo tomé como algo personal. A lo más lamenté la pérdida de un compañero de juegos creativo y altamente satisfactorio, pero sin dramas. Por lo general no es difícil saber lo que se puede esperar de una persona cuando empiezas  a compartir cama, otra cosa es que muchas veces (cuando ese panorama que tenemos frente a nuestras narices no calza con lo deseado) elijamos hacernos los locos y soñar con un escenario distinto, contra todo pronóstico. No fue el caso.

fiestaDos o tres años más tarde, estando en una fiesta de esas apoteósicas, multitudinarias y megafashion, lo volví a ver, tomando una copa en la barra con el amigo de mi amiga. Supongo que habrá sentido mi mirada, porque se giró hacia mí y al ver que le sonreía me devolvió la sonrisa. Entonces se acercó, y justo cuando me disponía a saludarlo –“Hey, tanto tiempo, qué tal”- escuché sus palabras y me quedé patidifusa:

“Hola, soy Julián. Eres muy guapa. ¿Cómo te llamas?”

Supongo que soy una persona particular, porque en lugar de ofenderme, y tras la sorpresa inicial, le regalé un ataque de risa, seguido de un par de miradas de esas cargadas de significado. Pero ni con eso…

– ¿De qué te ríes? ¿Cómo te llamas?
– Tío, ¿no sabes cómo me llamo?
– No. ¿Tendría que saberlo?
– ¿De verdad no te acuerdas de mí?
– Mmmm…
– …
– Mmmm…
– …
– Mmmm…
– Hace un par de años… en tu casa… en la mía…
– ¡¡¡HOSTIA!!! ¡Claro tía, qué tal estás, cuánto tiempo!

Por lo general soy de las que intenta ver el vaso medio lleno, así que, en lugar de declararme insultada, elegí asumir su amnesia como algo dado y sentirme halagada por haber sido objeto de su interés y sus artes “ligatorias” en más de una. O tal vez simplemente soy una viciosilla que pone la posibilidad de un polvo rico por encima de su dignidad de amante no recordada. Sé que si la escena hubiera salido en una sitcom, el olvidadizo personaje habría terminado con un cubata derramado sobre su flamante camisa de fiesta. En mi peli, en cambio, terminamos en la cama emulando viejos tiempos. Unas cuantas veces. Hasta que dejé de recibir mensajes y llamadas…

Cállate y méteme la lengua en la garganta de una vez…

Francisco Goya [Public domain], via Wikimedia Commons.Leo mucho sobre sexo. Por interés personal, para encontrar temas motivantes que compartir en este blog y para alimentar la fanpage de Facebook. A veces alguna novela, relatos, columnas de opinión, pero sobre todo artículos. Y una de las cosas que he notado en el último tiempo es que hay cuatro o cinco temas que se repiten de forma persistente, por lo general con un tratamiento paternalista y una profundidad más bien escasa. Uno de estos “sospechosos habituales” es el típico reportaje sobre la importancia de que las mujeres se comuniquen con sus parejas y compartan sus deseos y necesidades en la cama para alcanzar una vida sexual más satisfactoria, acompañado de una serie de consejos bienintencionados y redundantes. Así, por ejemplo, es fácil encontrarse con frases del tipo “si no te atreves a decírselo, gime e intensifica el ritmo de tu respiración para expresar que te gusta lo que está haciendo”, “toma suavemente sus manos y ponlas donde quieras que te toque” o “espéralo en la cama con una ropa provocativa y sugiérele tu posición favorita”.

El problema está en el enfoque. Los habrá, pero personalmente aún no soy capaz de encontrar ningún artículo mínimamente serio que me aporte algo nuevo sobre el tema de la comunicación en el sexo y que no reduzca el tema a un problema  de timidez de algunas mujeres a la hora de decir que le gusta que se la claven hasta el fondo o que le aprieten los pezones. “La cándida doncella contra el mundo, capítulo 100.000”. ¡Pfff, qué pereza!

He tenido muchos amantes generosos, pero pocos sabían comunicarse. Son cosas muy distintas, qué duda cabe. Comunicarse es estar dispuestos a abandonar el personaje, un personaje que muchas veces no sabemos que cargamos. No tiene nada que ver con dedicarle tiempo al otro y darle un masaje, o hacerle una buena mamada aunque te lloren los ojos. Tiene que ver con desnudarse, con quitarse los colgajos de las convenciones, del buen hacer, del qué dirán, y mostrarse tal como uno es, con toda la “incorrección política” que eso implica. Más allá de los aprendizajes, de las expectativas, de los condicionamientos  y las ideas que tenemos de nosotros mismos. Es trascender el mapa y confiar en el territorio. Y, sobre todo, es cosa de a dos. Porque no se saca nada con ronronear y poner cara de gata en celo si el otro se hace el sueco y se resiste a darse por enterado de lo rico que es un buen cunnilingus.

Otra cosa que puede pasar es que, habiendo voluntad de ambas partes por comunicarse, esa comunicación no fluya, se pierda en el camino. A veces ninguno de los dos tiene problemas en decir “me gusta tal, tócame cual”, y el sexo en un principio es fantástico, pero en realidad no se está produciendo un verdadero diálogo, sólo monólogos. He estado en situaciones así: No hay ningún reparo con la performance, el acto es altamente satisfactorio, la sangre fluye donde tiene que fluir, la respiración se acelera y por unos momentos todo se olvida. Un orgasmo es un orgasmo. Pero cuando se va la ola de la euforia y sólo queda el silencio volvemos a caer en los brazos del desencuentro. Y entonces algo nos hace clic, algún pequeño detalle tonto, y nos damos cuenta que la cosa no pasará de ahí, que la comunión entre los cuerpos no puede ir a más porque no se está llegando realmente a lo profundo. Y ese sexo, de mantenerse en el tiempo, está condenado a volverse monótono y desgastarse hasta desaparecer. Cronos devorando a sus hijos…

Ser reales. Hace mucho tiempo que pienso que ese es el compromiso que debería existir en toda pareja, sea del tipo que sea: no engañar al otro vendiéndole algo que no se es. Donde se ponga un hombre honesto que se quiten las promesas. Y así, con el corazón ligero, sólo queda cruzar los dedos para que esa “realidad” se entienda con la “realidad” del otro, cerrar los ojos y saltar al vacío. Bon voyage!

– Eres preciosa, ven y dame un besoImage: 'Something You Cannot Give Without Taking' http://www.flickr.com/photos/68634595@N00/252072484 Found on flickrcc.net
– Mmmm… no.
– ¿No?
– No
– Dame un beso.
– Róbamelo.
– ¿Cómo?
– Me lo vas a tener que robar
– ¿Eso quieres,? ¿que te insista?
– Nooo. No se trata de eso.
– ¿Entonces? Te pido que me des un beso y me dices que no. ¿Te tengo que suplicar?
– Todo lo contrario. Quiero que me lo robes.
– ¿Por qué te ríes?
– No me río, sonrío. Anda, tonto, dame un beso.
– No te entiendo. ¿En qué quedamos? ¿Me quieres dar un beso o no?
– Quiero que me lo des tú. Que me lo robes…
– Ya empezamos
– Bueno, venga, déjalo.
– O sea que no me das un beso. Vale, entonces te lo doy yo a ti. ¿Contenta? Ganaste.
– No se trata de ganar. No era eso.
– Ya. Pero ganaste igual.
– No gané nada.
– (Cállate y dame un puto beso).
– (¡Cállate y róbame el puto beso de una vez!).