Mi segundo relato erótico (VIII)

(Nota mía: Amigos, conocidos, lectores asiduos y visitates ocasionales: Con este capi pongo fin a este relato… Tal vez, aunque no me comprometo a nada, algún día vuelva a jugar con los personajes, después de todo Laura sólo se ha enfrentado a sus fantasmas, aún no los deja salir, y definitivamente Ricardo se las trae. Pero por ahora podéis considerarlo un punto final, así que vuelvo a mis andadas reflexivas, al menos hasta que me vuelva a picar el bichito y otros personajes toquen a mi puerta pidiendo a gritos que los ponga a hacer guarraditas. 😉 En fin, que espero que hayáis disfrutado la historia… Soy muy nuevita en esto, pero personalmente la experiencia me ha encantado!)

Carne de diván (y VIII)

niña y árbol mosaico

– Mónica fue compañera mía, en tercero de primaria. Llegó al cole dos semanas después del comienzo de las clases, cuando ya estaban todos los grupos armados, y nunca pudo integrarse bien. Y ya. No sé qué más quieres que te diga.
– Creo que sí lo sabes. Continúa, por favor.
– Era de Galicia. Como no tenía más familia, al morir sus padres la llevaron a vivir a la casa de una tía abuela que vivía en Madrid, la tía Angustias, una vieja que se estaba quedando ciega y que sentía más amor por sus gatos que por cualquier ser humano.
– O sea, no tenía a nadie.
– No.
– ¿Y os hicisteis amigas?
– …
– ¿Laura?
– No lo sé.
– ¿No lo sabes? ¿Erais amigas o no?
– ¿Puedes desatarme? No me siento bien.
– Sólo los pies, para que puedas incorporarte. Las manos no, al menos hasta que no me cuentes toda la historia.
– ¿Qué es esto? ¿Guantánamo?
– No, querida mía. Esto es sólo tu propio callejón sin salida.
– ¿Puedo vestirme?
– No.
– ¿Y sentarme en el sofá?
– Claro, no soy un monstruo. Pero por favor no juntes las rodillas –agregó mientras deshacía los nudos de sus tobillos con una mirada opaca-. Aquí no hay nada que esconder.

Se acercó tambaleante al sofá en el que tantas veces se había sentado con aire indolente, por lo general más dispuesta a escuchar que a hablar. Él, en lugar de ocupar su sitio habitual tras la enorme mesa de caoba, acercó una silla a ella, quedando a medio metro escaso de su cuerpo. Olía a serenidad –algo parecido al olor a limpio, pero que viene más de adentro– mezclada con excitación. Con los sentidos aún exacerbados, sintió que el aroma de su sicólogo tomaba posesión de su cuerpo, envolviéndola y despertando el hambre -aún no saciado del todo- de su vulva expuesta. Suaves aleteos de mariposa comenzaron a bajar por su Monte de Venus, entrando en ella con la delicadeza de un soplo de aire, llevando consigo algo parecido a la felicidad. La sensación no le era desconocida.

– No sé ponerle nombre a lo que siento ahora. A lo que he sentido contigo esta noche. Sólo sé que nunca lo he conseguido en la cama, y aunque me tentaba pensar que había tenido la mala suerte de encontrar sólo amantes patéticos, ahora veo que no es eso. Estoy enferma, y sólo en mi enfermedad encuentro satisfacción.
– ¿Enfermedad? ¿Te refieres a lo que hemos hecho? ¿A atarse, amordazarse y dar órdenes?
– Lo que hemos hecho ha sido un simple juego de niños. Y lo que debió serlo no lo fue.
– ¿Podrías explicarte mejor?
– Cuando Mónica llegó al colegio nadie la quería. Parecía un perro mojado buscando una caricia. Era fea, oscura, insignificante, con unos enormes ojos de animal apaleado. Para peor su corte de pelo era de antes de la Guerra Civil, y su ropa dejaba bastante que desear, ya que el buen gusto no era sello de su familia. Sin embargo, sus padres le habían dejado muchísima pasta, y todo lo que la tía Angustias tenía de indolente no lo tenía de rata. El dinero le daba lo mismo, así que Mónica podía comprarse todos los juguetes, álbumes y chuches que quisiera. Todos los días el mayordomo de su tía –porque sí, tenía mayordomo, uno más viejo que ella llamado Salvador- le llenaba la tartera con las golosinas más deliciosas, y no había semana en la que no estrenara algún cacharro nuevo. Tenía todas las Barbies, algo que mi padre no permitía en casa porque “perpetuaba la imagen de la mujer objeto”. No sabes las ganas que tenía yo de jugar con una Barbie.
– Entonces te acercaste a ella.
– No, ella se acercó a mí. Para compartir su merienda al principio, después comenzó a regalarme cosas. Además, había escuchado que yo no tenía madre, así que también intentó entrarme por ahí. Y aunque la idea de ser “amiguitas en la orfandad” me parecía repelente, no podía evitar coger sus chocolatinas importadas, ya que mi padre, como acabo de contarte, no consentía esos lujos. Pasados un par de meses Mónica se atrevió a invitarme a comer a su casa. Yo nunca fui de las más populares, pero tenía una cierta reputación, un respeto por parte de mis compañeros, y no quería que comenzaran a meterse conmigo. Así que le dije que sí, pero que tenía que ser un secreto. Un secreto sólo de las dos.
– ¿Y hubo más secretos después de ese?
– Ya sabes… te lo puedes imaginar.
– No, Laura, no me imagino nada. ¿Qué pasó cuando fuiste a comer a su casa?
– Nos pusimos a jugar.
– ¿A qué?
– Juegos…
– ¿Juegos sexuales?
– Algo así.
– ¿Algo así cómo?
– Todo empezó por casualidad, sin querer. Yo me quería ir a mi casa porque estaba aburrida, y Mónica me suplicaba que me quedara un poco más. Le dije que no, y que no pensaba volver porque su casa me daba miedo, que era oscura y olía a pis de gato, y entonces ella se tiró al suelo y comenzó a besarme los zapatos. No sé qué me pasó, era una niña, pero en cuanto hizo eso le pegué una patada en la cara. Y entonces ella me dijo llorando que no le importaba, siempre que me quedara un poco más. Ni siquiera se había levantado del suelo. Así empezó todo.
– ¿Qué empezó?
– El “juego”. Yo la visitaba, pasado un rato le decía que tenía que irme y ella se dejaba golpear. Primero con las manos, después con reglas, o con algún cinturón que robaba para mí de la habitación del mayordomo. En el culo, en las piernas, en las palmas de las manos y hasta en las tretas. En realidad no tenía, pero daba igual. Bueno, eso fue al principio, después…

Le costaba creer que estuviera diciendo todo aquello. Hace algunas horas apenas era capaz de recordar a Mónica, menos aún lo que había ocurrido con ella. Si no fuera por el nivel de detalle con el que los acontecimientos comenzaron a desfilar frente a su mente, habría intentado convencerse de que nunca lo vivió, de que se trataba de un sueño, o una fantasía loca que se le instaló en el cerebro. Sin embargo, más le costaba aceptar que la terrible narración que estaba saliendo de sus labios le estaba resultando terriblemente excitante. Se sentía débil y caliente, y de no haber tenido las manos atadas las tendría abriendo sus interiores en busca de un alivio imposible, sin importar lo que pensara el hombre que tenía al frente. De cualquier manera –pudo comprobar tras una mirada rápida a la entrepierna de Ricardo- a él no le habría molestado gran cosa. En una de esas incluso colaboraba. Ya estaba tardando…

Pero él, pese a la insultante evidencia de su miembro erecto, ni siquiera la miró, lo que la excitó más aún. También parecía estar haciendo un esfuerzo, que se tradujo en tres palabras que a ella le sonaron a sentencia.

– ¿Entonces qué pasó?
– Después hubo otras cosas, otros “elementos”… Empezamos a juntarnos en el cole cuando la tía invitaba a sus amigas. Esperábamos a que todos hubieran salido de clases y nos quedábamos solas en la cancha de atletismo. Hasta que una monja vio algo raro, nada muy evidente por suerte, y nos dijo que no podíamos estar ahí.
– ¿Ahí se detuvieron?
– No, volvimos a quedar en su casa. Esperábamos a que las amigas de la tía se fueran o nos encerrábamos en uno de los cuartos de baño.
– Y en cuanto a esos “elementos” que mencionabas…
– Por favor, no quiero hablar de eso.
– ¿Quieres regresar a tu casa esta noche?
– Ricardo…
– Estoy hablando muy en serio Laura. Continúa.
niña y árbol– Un día que su tía y el mayordomo habían salido a hacer la compra le pedí que me  tocara “ahí abajo”, para saber lo que se sentía. Se resistió un rato pero frente a mis amenazas habituales, que ya incluían contarle a todo el cole que era una guarra, accedió. No sentí nada especial así que la hice ir más rápido. Entonces empezó a dolerme, y como no me gustó la amarré a un árbol como castigo y la dejé ahí un par de horas. Intentó aguantar sin quejarse, pero al final se puso a llorar porque había hormigas y la estaban mordiendo. Me dio miedo que se chivara, así que la solté. Se había hecho pis encima, y la obligué a lavarse delante de mí, diciéndole que era una cerda. Bueno, creo que le dije cerdita e hice algunos ruidos, aunque no creo que cambie mucho las cosas.
– No, Laura, no las cambia.
– Ver su culo desnudo y temeroso, esperando el castigo; ver su cuerpo triste, escuálido y tiritando bajo el agua de la ducha… Sé que es horrible, no creas que no lo sé, pero ahora me doy cuenta de que me ponía. Sabía que estaba mal, pero no podía evitarlo, era como una droga que lo llenaba todo, que hacía que todo estuviera bien, por fin, aunque sólo fuera a momentos. Nunca me había sentido así antes de Mónica. De modo que ni siquiera me importó que no quisiera. No sólo no me importó, me gustaba que no quisiera. A mi cuerpo le gustaba, aunque por las noches me acostara llorando y sintiéndome una mierda. Por ser mala. Pensaba que al morir, Dios me iba a echar a patadas de su reino, gritándoles a todos los ángeles que no dejaran entrar a esa niña pervertida.
– ¿Has pensado en buscarla y pedirle perdón?
– Cuando finalizó el curso la tía de Mónica, que al parecer se sentía agradecida por la compañía que le había brindado a su protegida (o más bien por habérsela sacado de encima) alquiló un piso en la playa, para que fuéramos con el mayordomo. Un día antes del viaje ella fue hasta mi casa para pedirme que no los acompañara, que inventara una excusa. Debía haberme dado cuenta de que estaba al límite, tal vez no quise hacerlo y ya. Sé que aún estaba lejos de comprender las profundidades del alma humana pero a esas alturas Mónica era lo más parecido a un libro abierto para mí. Le dije que no, que había que aprovechar que sólo iba Salvador, que dormía todo el día, y que así tendríamos mucho tiempo para jugar y hacernos más amigas. En un intento por tranquilizarla le ofrecí ser más suave con los castigos, incluso le ofrecí que me pegara ella alguna vez, aunque no tenía intención de cumplir mi promesa. No recuerdo realmente si me respondió algo, creo que ni siquiera esperé a que se fuera del todo para cerrar la puerta. Estaba demasiado enceguecida con el tesoro que tenía entre manos, con el verano que se abría ante mí.
– Pero las cosas no salieron como tú pensabas.
– Al día siguiente mi padre recibió una llamada. Era la tía Angustias, para avisarle que las vacaciones se habían cancelado. Mónica…

No lloró, porque sentía que ni eso se merecía, ni el alivio de las lágrimas, mucho menos el de su cuerpo. Empezó a tiritar, con la mirada ida, momento que él aprovechó para soltarle las manos, que ella no movió de su sitio. Una voz doliente se desprendió de su garganta, deseosa de abandonar las humedades de su prisión.

– Mónica se suicidó, la misma noche que fue a verme. Un par de días después su tía volvió a llamar a mi padre. No sé qué hablaron, supongo que ella dejó una carta o algo así. Mi padre me obligó a ir al funeral y después de eso no volvió a dirigirme la palabra hasta el día en que se fue. Me dejaba la comida servida en la mesa y salía de la habitación cuando entraba yo. El resto de la historia ya la conoces.

Él ni siquiera se acercó a abrazarla. Seguía quieto en su silla, mudo e inexpresivo. Pasaron unos minutos eternos. Sabía que tenía que vestirse, pero se resistía a aceptar que ahí había acabado todo. Se incorporó con deliberada lentitud, esperando al menos una mirada, pero ni eso. Recorrió la habitación con la vista hasta localizar su ropa, que estaba arrugada encima de un armario. Se vistió en silencio, sintiendo que hasta los muebles lloraran una ausencia, y cogió su bolso sin mirar atrás. Cuando estaba abriendo la puerta le llegó su voz, que parecía provenir de un lugar perdido, casi inexistente, donde las niñas llevan vestidos blancos y guardan preciados tesoros entre las manos.

– El próximo martes, a la misma hora.

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Mi segundo relato erótico VII

Carne de diván VII

Culo en la oscuridad

Está con Mónica en el patio trasero del colegio. A Mónica le duele, siente que no puede más, está cansada, pero por alguna razón que Laura no puede explicarse continúa resistiendo, sus magulladas carnes untadas con pura fuerza de voluntad. Laura desea abrazarla, pero también desea seguir. Sobre todas las cosas desea seguir.

Pero no puede, porque Mónica ya no está. Y su padre tampoco.

Removió las muñecas con la débil esperanza de que sirviera para algo, en un intento por informarle a Ricardo que había traspasado alguna frontera importante y que ya podían dejarlo ahí, pero él, lejos de soltarle las ataduras, le colocó sus enormes manos sobre la espalda, inclinándola de forma resuelta pero sin brusquedad hacia adelante. Volver a sentir el contacto de la moqueta contra la parte derecha de su cara la devolvió por completo al momento presente, a la exposición de sus carnes, al aparato que se agitaba en su interior. Como si le adivinara el pensamiento, él se lo clavó con fuerza hasta el fondo y lo mantuvo hundido con una mano, al tiempo que aumentaba la velocidad de vibración. Pasados unos segundos se lo extrajo con un movimiento certero, y antes de que su culo pudiera sentir su recién adquirida orfandad le introdujo tres dedos de golpe y comenzó a follarla con la mano, cada vez más rápido y más profundo. Fue demasiado. Sentía que secretos que ni ella misma conocía acudían al llamado de esos enormes dedos que hurgaban en su interior, como si una vez dentro comenzaran a crecer y atravesaran todo su cuerpo hasta el cerebro , para exprimirlo sin piedad. Tenía la vaga sensación de que no podía permitirlo. Intentó levantar la cabeza, pero él se lo impidió. Fue menos amable esta vez.

– Si no te quedas quieta voy a tener que recurrir a otros métodos.

Ahora está en un lugar en el que no quiere estar. Daría lo que fuera por salir de ahí corriendo pero no se atreve a moverse, la mirada severa de su padre se lo impide. Siente que todos la observan y murmuran cosas horribles. Se ahoga. Le pica el vestido. Le pica todo el cuerpo, pero es un picor que no se atenúa con nada, una costra de ausencia y remordimiento imposible de aliviar. Mónica está al centro de la habitación, tumbada con su vestido de encaje blanco. Parece una novia, inocente y pura. Tiene las manos entrelazadas, como si guardara en ellas un preciado tesoro. Siempre lo tuvo en sus manos, pero no lo sabía. Por primera vez se ve hermosa.

Una pena antigua, solidificada en sus huesos, empezó a derretirse como la mantequilla. Su cuerpo comenzó a agitarse en una oleada de espasmos mientras que sus lágrimas, que la cinta ya no era capaz de contener, corrían libres por los pliegues de su garganta. Él la besó bajo la oreja expuesta, lamiendo la humedad salada de su piel con delicadeza. Siguió explorando con la lengua por el cuello y la columna, hasta llegar a las puertas abiertas de su ano. Le pareció que sus palabras le llegaban desde otro sitio.

– No hay nada de malo en esto, no hay nada sucio. Por favor, simplemente entrégate y disfruta. Tienes permitido disfrutar.

Unas cosquillas cálidas comenzaron a recorrerla cuando él le rozó la hambrienta entrada con la punta de la lengua, e inmediatamente sintió un líquido espeso bajar por su entrepierna. Un sabor a magdalenas y leche caliente le llenó la boca, y por primera vez deseó que le arrancara la mordaza y la besara. Él siguió moviéndose sin prisa, alternando las suaves penetraciones con movimientos circulares de la lengua y besos en las nalgas. Al rato sus movimientos se fueron haciendo más agresivos, la lengua cada vez más adentro, dominándolo todo a su paso. Podía sentir como las paredes de su ano se iban expandiendo, cada vez más dóciles ante los embates de esos dedos conquistadores, entregadas de lleno a su derrota. Mudos gemidos comenzaron a devolverse por su garganta, estrellándose contra las riadas de fuego que le subían por la columna. La fuerza vencedora de su lengua lo borraba todo a su paso, pero cuando a ella le pareció que era imposible sentir más él comenzó a masturbarla con una mano desde atrás.

Su vagina, ansiosa de contacto, recibió la mano con violentas contracciones de placer. Quería que entrara hasta el final, que la traspasara con el puño. Quería abrirse para siempre, soltarlo todo, derramarse por todos sus agujeros y no volver nunca más. Cuando él empezó a frotarle el clítoris con la otra mano con movimientos circulares toda ella empezó a girar en círculos de velocidad imposible y, sintiendo que no podía más, se dejó caer hacia el abismo. Sin ataduras. Libre por fin de cualquier peso.

Habitación oscura

Está al otro lado de la puerta. La habitación está vacía. Ella no entiende nada, pero lo entiende todo. Él se rindió con ella. Simplemente se rindió y se fue, incapaz de soportar la idea de haber dado la vida a semejante monstruo.

Explotó en un orgasmo enorme, enceguecedor, que la arrasó por dentro con la vehemencia de un huracán. Y en el centro de esa devastación espléndida y terrible, habitando el germen mismo de su más profundo y oscuro placer, estaba su compañera de clase, que le sonreía hermosa y radiante en su vestido blanco, sentada en su trono de dolor.

– Laura, ¿estás bien?

Asintió con la cabeza.

– Ha llegado la hora de que hables. No sé qué te atormenta, pero algo me dice que has podido recordar. Así que te repito la pregunta. ¿Alguien te hizo daño cuándo niña?

Mientras hablaba le quitó la cinta que le cubría los ojos, aunque le dio unos segundos de tregua para que pudiera acostumbrarse a la luz. Laura fue incapaz de descifrar su mirada. Como si quisiera saber, pero al mismo tiempo no. Cuando le quitó la mordaza un hilo de baba le quedó colgando de los labios. Ella ni siquiera se molestó en secárselo.

– ¿Fue tu padre tal vez, antes de irse de casa?
– Mónica- respondió apenas.
– ¿Mónica? No entiendo. ¿Quién es Mónica?
– Yo la maté. Fue mi culpa.