Una casita en la calle Pudeto

(por Mauricio Olivera)

casita pudetoHay una casa en los altos de la calle Pudeto. Es una antigua casona de dos pisos edificada casi por completo en madera de árboles nativos, como suelen serlo las casas en el Sur. El viento y la lluvia que han castigado por décadas su techumbre y sus paredes han desvaído el color de sus tejuelas de alerce hasta dejarlas de un tono verde musgo pálido y enfermizo. Noche y día, una estela de humo sale del extremo del caño ennegrecido que corona el tejado, aletea un par de frágiles segundos al soplo del cierzo helado y se disipa finalmente en el aire, como un fantasma contra el cielo permanentemente nublado.

El inmueble así caracterizado es habitado de forma estable (valga la distinción ya que todos sus demás ocupantes lo son de modo, por así decirlo, transitorio) por dos mujeres de cierta edad, difícil de establecer debido a elementos mayormente culturales, pero que debe fluctuar, con escasa diferencia entre ambas, entre los 68 y los 72 ó 73 inviernos. Las dos mujeres se conocen desde hace unos 60 años, prácticamente cuando, también con un breve margen entre ambas, llegaron cada una a vivir en aquella casa (es muy probable que ninguna de ellas supiese decir, si se les requiriera, cuál llegó primero y cuál después, lo que por lo demás y a estas alturas ya no debe tener el menor interés para nadie).

Una de las mujeres en cuestión se llama Gertrud y es la propietaria del edificio, en el que regenta en las últimas cuatro décadas una casa de reposo privada para personas de la tercera edad altamente dependientes y con grados severos de postración y deterioro intelectual. Se trata en todos los casos de ancianos de más de 80 años, algunos de más de 90 y hasta 100 años, procedentes de familias relativamente acomodadas de la sociedad local, cuyo derrumbe físico y mental les han convertido en pesadas cruces para sus parientes más jóvenes quienes prefieren pagar los elevados aranceles de la muy antigua y respetada residencia, a cambio de la certeza de que su enfermo y anciano padre, madre, abuelo/a o suegro/a se encuentra al cuidado de manos experimentadas y primorosas que velan permanentemente por sus necesidades más básicas.

Gertrud es menuda y gruesa, de tez muy blanca y ojos azules y su cabello ahora entrecano conserva algunos mechones rubios que delatan su ascendencia germánica; una marcada cojera, herencia del flagelo de la polio en los años en los que las vacunas eran un lujo, desconocido para las gentes de lugares remotos y aislados, imprime un sello tragicómico a su andar. Hija de tardíos inmigrantes provenientes de una ladea del norte de Alemania devastada por la Guerra, nació y vivió sus primeros años entre colonos de la zona costera de la región de Los Lagos, hasta que el pavoroso terremoto de 1960 asoló aquel sufrido rincón del planeta cobrándose una treintena de millares de vidas y arrastrando al mar las casas y pertenencias de muchos más; en tales circunstancias, Gertrud junto con sus padres y un puñado más de sacrificados y rubios sobrevivientes arribaron, tras cruzar un embravecido Canal de Chacao, al norte de la Isla de Chiloé, donde, tras vender los pocos animales que habían escapado a la furia del mar, pudieron rehacer sus vidas a punta de hacha y arado de mano. Luego vino la enfermedad que inutilizaría una de sus piernas y, tras ello, la muerte del padre y el lento declinar de la madre, a quien cuidaría con abnegación en sus últimos años, alimentándola a cucharadas y limpiando sus desechos. Se vería, sin quererlo, obligada a desempeñar la misma labor con los ancianos de otras familias locales en su propia heredad de tejuelas de alerce, a fin de subsistir y, para lo cual, se apoyaría desde entonces y por siempre en la fiel Elena, una niña de origen campesino y sangre araucana cuyos padres le fueron arrebatados por el mismo telúrico horror que trajo a Gertrud a la isla y a la casona. Elena fue rescatada del hambre y el frío por la madre de Gertrud, para colaborar en las tareas domésticas tales como picar leña, encender el fuego, acarrear el agua y corretear los pollos, hasta convertirse en un integrante más de la familia. Si bien en un discreto segundo plano, se integraría también al cuidado de sus padres adoptivos y luego de los veteranos residentes que reemplazarían a aquellos tras su deceso. Elena es una mujer pequeña y delgada, de apariencia frágil, su cabeza parece desproporcionadamente grande en relación al resto de su cuerpo, el que se ha ido encorvando con el peso de los años sin perder la agilidad de su juventud, su piel surcada de arrugas es morena y su pelo negro se ha ido llenando de canas a la par que el de su blonda compañera. Sus manos flacas, ásperas y nudosas delatan lustros de infatigables faenas domésticas con el hacha y el fogón, curtidas por las heladas y temporales de los crudos inviernos sureños. Elena jamás mira a los ojos y parece siempre estar persiguiendo algún escurridizo punto en el suelo a escasos palmos por delante de sus pies. Tampoco intercambia la menor conversación con ser humano alguno, salvo para mascullar entre dientes un ininteligible alegato mientras se aleja para cumplir alguna encomienda; en cambio, suele mantener largos soliloquios igualmente incomprensibles en el patio, donde parece hablar con las gallinas que a diario alimenta y espanta de la huerta, o en la cocina mientras manipula leños y ollas, o al cambiar los pañales de los ancianos de la casa a quienes regaña constantemente con agrias recriminaciones medio escupidas en una insondable mezcla de chileno campesino y mapuche, plagada de juramentos y de sonidos inarticulados. Elena nunca sonríe y jamás ha puesto un pie fuera de la casona desde su llegada, sin haber manifestado tampoco el menor interés por hacerlo. Gertrud, en cambio, además de ejercer la función de relaciones públicas, debe ausentarse regularmente para comprar los suministros, realizar trámites y asistir a la misa dominical o a las exequias de los residentes que, con relativa frecuencia, abandonan este mundo y con él la vetusta casa de reposo.

La relación entre estas dos mujeres singulares, edificada a través de décadas de convivencia y trabajo entre el añoso maderamen y los quejidos de ancianos moribundos, resulta sin duda de lo más peculiar para el observador externo, desconocedor de la historia de penurias, soledades y duelos que las unen desde la niñez. Una lengua ignota, sin palabras más allá de “Buenos días” y “Hasta mañana, Elena”, a las que la aludida responde con un gruñido característico, sustenta el vínculo entre estos seres; durante todo el resto de la jornada, la inquebrantable costumbre y unas pocas breves órdenes del tipo “Hay que cambiar los pañales al Sr. Ampuero de la habitación tres” articulan el funcionamiento de la residencia, mientras que las demás tareas como alimentar el fuego de la cocina, preparar las comidas y las papillas, el aseo diario de los ancianos y la administración de medicamentos, se realizan de forma inmutable y rutinaria y, la mayor parte del tiempo, en el más absoluto silencio, roto tan sólo por el sonido cascado de radio “Estrella del Mar”, el farfulleo de Elena y el furor del viento y la lluvia en las tejuelas y ventanas.

Una vez por semana, un tercer personaje se incorpora por espacio aproximado de una hora al hermético círculo conformado por las dos mujeres. Cada jueves al atardecer, un médico octogenario visita la residencia, casi sin faltar desde hace más de 30 años. Se trata del Dr. Saúl Uauy, un antiguo galeno de ascendencia árabe oriundo de Concepción; jubilado en la actualidad, atiende a unos pocos pacientes tanto o más añosos que él en una consulta habilitada en su propia casa y efectúa esporádicas visitas a domicilio, además del control semanal a los ocho longevos clientes de Gertrud. El día de la visita del Dr. Uauy suele transcurrir de modo similar cada vez, como si obedeciese a un ritual sagrado o a un protocolo escrito de antemano por quién sabe qué pluma desconocida a la vez que poco creativa y económica en palabras.

El día de la visita médica, la actividad en la casona comienza algo más temprano que de costumbre y con cierta leve excitación de Gertrud para quien tener a su clientela a punto, limpia y con sus medicamentos administrados, es un asunto de vital importancia.

-Elena, hoy viene el doctor, hay que apurarse para tener a los pacientes listos.

-(gruñido)

Las tareas son idénticas a las de un día corriente, pero el arreglo de las camas y la higiene revisten un especial cuidado y se utiliza más colonia inglesa que lo habitual. Y aunque Elena no parece percatarse en lo más mínimo, las órdenes de Gertrud tienen un tono más imperioso. Cuando llega el médico todo está en perfecto orden y despide femenina pulcritud. Aquel día también se han cambiado las flores que decoran las habitaciones por otras frescas.

-Buenas tardes, Gertrud.

-Buenas tardes, doctor.

-Buenas tardes, Elena.

-(gruñido)

Durante la visita, Gertrud sigue solícita y atenta cada paso, comentario e indicación del profesional. Elena, en cambio, parece no advertir en absoluto su presencia. Terminada la ronda, el veterano médico da las últimas instrucciones mientras se coloca el abrigo y camina hacia la salida, escoltado de cerca por la dueña de casa.

-Buenas noches, Gertrud.

-Buenas noches, doctor.

-Buenas noches, Elena.

-(gruñido)

 

Por la noche, el ajetreo diario disminuye de manera considerable, en especial una vez que se ha administrado la medicación nocturna de los ancianos, la que suele incluir potentes hipnóticos para garantizar el reposo nocturno de los mismos, de sus cuidadoras y del médico. El volumen de la radio también desciende aunque sin llegar a apagarse hasta que las dos mujeres de la casa se retiran, por fin, a descansar cada una a sus aposentos, a eso de la una AM.

-Hasta mañana, Elena, que duermas bien.

-(gruñido)

Cuando Gertrud se despide, Elena se queda en la cocina aún unos minutos mientras termina de tomarse una última taza de té, alimenta el fogón de la cocina y apaga la radio y las luces del primer piso, para dirigirse luego a su dormitorio, ubicado justo al lado de la cocina. Una vez dentro, cierra la puerta con llave y se lava los dientes y las manos en un lavatorio de loza apostado sobre una cómoda con un espejo oval. Ha cesado el refunfuño que por el día destilan infatigablemente sus labios arrugados.

Elena se enfunda una camisa de dormir que le llega hasta los tobillos y se mete en la cama premunida de un rosario de carey, obsequio inmemorial de su madre adoptiva. Y, tal como le fue enseñado casi desde el primer día en que llegó a la casa, coloca sus manos con el rosario sobre el vientre y principia a correr las cuentas a la vez que farfulla una y otra vez insondables credos, padrenuestros y avemarías en voz baja. La monocorde letanía la adormece lentamente como una canción de cuna susurrada en un idioma extraño. Sonidos guturales se van entremezclando con los rezos a la vez que Elena entra en una suerte de trance místico y sus manos, empuñando el rosario con fuerza, van desplazándose por su abdomen hacia su pubis canoso. De pronto, toda la habitación se inunda de una luz refulgente, las paredes de madera desaparecen y desde el cielo por donde revolotean entonando cánticos de alabanza cientos de miles de ángeles con gráciles alas del color de los ventisqueros, desciende envuelto en nubes Aquél que ha de venir cada noche, el dios-hombre que se cuela en su cama desde hace más de treinta años, acude puntual al llamado de sus oraciones. El Dr. Uauy, viene sin falta y sin demora para desposarla ante el Todopoderoso, quien noche tras noche también bendice la unión mística de los dos enamorados; Elena ha comprendido desde la primera vez que ese hombre apuesto y varonil entró en la casa que se ha enamorado perdidamente de ella, tanto como ella de él y, por ello, su unión ha sido bendecida por toda la eternidad; sus manos con el rosario hecho una pelota ya han aterrizado en esa parte de su anatomía cuyo nombre ella desconoce y por la cual orina y, sin notarlo ella, han comenzado a masajearla vigorosamente, encendiendo oleadas de sensaciones indefinibles que recorren todo su cuerpo desde la cabeza hasta los dedos de los pies, insuflándola de un hálito divino en el momento en que el médico, investido de una túnica resplandeciente bordada en oro, rubíes y zafiros, con los cabellos casi negros como aquella primera vez y no blancos como cuando viene una vez por semana a visitar a los enfermos de la casa, fingiendo que no hay nada entre ellos, termina de descender hasta su cama y se posa sobre su cuerpo y se fusionan ambos en un solo ser celestial hecho íntegramente de amor y regocijo, el rosario no deja de prodigar su enérgico masaje y ya no salen de su boca más oraciones sino sólo quejidos guturales de inefable placer, suenan al unísono millones de trompetas y campanas de boda y el firmamento se abre de par en par, dando paso a una cascada torrentosa de estrellas fugaces incandescentes de todos los colores conocidos por el ojo humano y muchos más que sólo los enamorados divinos han visto, se abren las aguas del canal y los Tres Volcanes a lo lejos explotan a una vez vomitando fuegos artificiales vistosísimos igual que cada año en el puerto para la Noche Caleuchana; el cuerpo de Elena parece convulsionar, flotando en el cosmos, cuando la mano y su rosario imprimen la máxima presión allí abajo, justo antes de emitir un último quejido inarticulado y quedar al fin exangüe, inerte y caer rendido en el más profundo de los sueños. A los pocos minutos sólo se escuchan en la habitación estentóreos ronquidos y el crujir de las maderas de la casa en el silencio de la noche.

A las seis de la madrugada, Elena despierta como cada día, con el recuerdo de su encuentro hierogámico de la noche anterior, éste se va difuminando a medida que realiza su rutina de aseo y vestimenta personal y se apronta a dar inicio a una nueva jornada, alimentar el fuego de la cocina y colocar la tetera, preparar los desayunos de los ancianos, el de Gertrud y el suyo propio. Aún es de noche y las ventanas exhiben la escarcha que ha dejado adherida el aire gélido del amanecer sureño. Es un nuevo día. Esta noche Él vendrá una vez más, como todas, y ella lo esperará rezando con su rosario entre los dedos. La voz de la radio Estrella del Mar rompe el silencio comentando los últimos acontecimientos de la actualidad nacional, a los que Elena presta muy poca atención, al igual que a casi todo lo que pasa a su alrededor.

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Vladmina & Sambayé, príncipes del caos (II)

(Por Mauricio Olivera)

A los pocos días de presenciar la escena anterior, ya en pleno verano, me sitúo caminando en dirección al sur por la Calle de Narváez. Hacen 38 ó 39 grados y nada o casi nada es más deseable que una cerveza fría o un helado. Entre el bulevar de Ibiza y la avenida Sainz de Baranda hay una heladería. Desde la calle pueden verse sus escaparates con helados de todos los colores y sabores, en cono de barquillo o vasito y con sabrosos aderezos. A un costado de la heladería está sentada sobre unos trapos medio extendidos sobre el pavimento una niña de unos 14 años, tocando un viejísimo acordeón que mantiene apoyado en su regazo. Se trata de una mujercita menuda, delgada, con un hermoso rostro infantil de piel bronceada y cabello castaño; sus mejillas conservan el rubor de la niñez; sus labios son carnosos y sus ojos parecen profundos cielos de desesperación; sus manos son toscas y ásperas como si hubiesen recogido ramas secas durante muchos inviernos sucesivos de Europa del Este. Su mirada se pierde en lontananza a uno y otro extremo de la calle, jamás mira al frente ni a los ojos. Toca el acordeón horriblemente, como si hoy lo tañese por primera vez. A decir verdad, del instrumento no sale ninguna melodía ni armonía mínimamente reconocible. Y lleva así horas, días y semanas y quién sabe cuánto tiempo más. Viste andrajos de colores vistosos y un pañuelo en la cabeza que le da el aspecto de una anciana que ha escapado al envejecimiento físico pero lleva siglos de catástrofe humana a cuestas, archivados en el fondo de las pupilas como una voluta de humo en una burbuja de cristal.

Vladmina & Sambayé, príncipes del caos 2La pequeña gitana se roba mi atención plena de inmediato, como un relámpago en la oscuridad. Es una flor de pétalos coloridos, salpicados de barro negro, sobresaliendo en el paisaje gris y desolado. Igualmente me llama la atención la disonante cacofonía que vomita sin cesar el desvencijado acordeón. Me fijo en la media docena de míseras monedas desperdigadas sobre los trapos que le sirven además de asiento y cojín, monedas que en su conjunto no alcanzan para pagarse un café en un bar de los suburbios (mucho menos para acallar la espantosa sinfonía que sus dedos arrancan al fuelle, gastado y lleno de remiendos). La miro durante unos segundos. Ella sigue con la mirada distante, clavada en un invisible punto de fuga, sin percatarse de mi existencia. Siento el impulso de dejarle una moneda, tal vez así me mire, hasta podría ocurrir que me sonriese, me llevo la mano derecha al bolsillo, palpo el contenido pero no sigo adelante, me detengo en ese punto, acaso ofendido por su machacona letanía. Retiro la mano del bolsillo, sin dejar de mirarla. Finalmente ha debido reparar en mí, ya que gira la cabeza hacia donde estoy, pero sólo por un segundo, pestañea y luego mira nuevamente hacia el otro extremo de la calle, con aire de no estar aquí.

Sigo mi camino bajando por la Calle de Narváez a paso regular; me viene a la memoria el encuentro del que fui testigo a la salida del VIP’s unos días atrás. Me imagino invitándola a tomar un café: “Hola. ¿Quieres tomarte un café?” Demasiado calor. Ella no es de este mundo, quiero decir de este barrio donde la gente toma aquel detestable en pequeñas tacitas o en un vaso, con un cubo de hielo flotando en la mitad, fumando sin parar, de pie junto a una mesita en la calle o sentados en una terraza; a medida que me alejo sigue taladrando mis oídos el sonsonete del acordeón y desfila ante mis ojos la colorida variedad de sabores de la heladería. “Hola. ¿Quieres tomarte un helado?” Me pregunto si se habrá tomado un helado alguna vez. Me pregunto si hablará castellano. “Hola. ¿Hablas castellano? ¿Te apetece tomar un helado?”

A los dos días o poco más o menos vuelvo a pasar por el mismo lugar a propósito. Me ha estado persiguiendo de día y de noche la imagen de la pequeña zíngara, el insultante lamento de su acordeón y el encuentro del VIP’s. Estoy decidido a llevar a cabo mi propio acercamiento entre dos mundos. Media cuadra antes de llegar me ha alcanzado el sonido del acordeón y he sentido el martilleo en mi pecho y en mi cabeza y se me ha anudado el estómago. Deseo volver a verla, saber todo sobre ella, quiero levármela a mi casa, hacerla mi mujer y cuidar de ella. Veo la heladería, personas entrando y otras saliendo con deliciosos copos de helado en las manos, saboreándolos con la lengua, la misma con la que han saboreado acaso la noche anterior penes, vulvas o anos. Junto a la fachada de cristales, hecha un repollo-niña sobre sus trapos y el acordeón en el regazo, está ella. Los viandantes pasan incesantemente por su lado, sin mirarla. Ella tampoco los ve, oteando siempre el horizonte a uno y otro lado.

Me detengo a un metro de ella, la miro por un instante, ella no parece o no quiere advertir mi presencia, me llevo la mano al bolsillo, saco una moneda de dos euros y me agacho para depositarla sobre el trapo negro donde apenas lucen tres moneditas de 10, 5 y 2 céntimos. Una mierda.

La gitanita me mira y me sonríe.

-Gracias, dice sin dejar de tocar la infame melodía. Dice “Gracias” con una vocecita y un acento que me ponen los pelos de punta, su vocecita que no es la de una niña como había imaginado, es una voz de niña-adolescente, de mujercita en eclosión y su acento recuerda al de los rubios obreros y vendimiadores rumanos de torsos y brazos musculosos y piel rojiza. Ella también procede de Europa Oriental, pero sus raíces se hallan repartidas a lo largo y ancho de una égira de miles de años y de kilómetros desde Europa hasta el Punjab indostaní.

“Eres hermosa”, susurro para mis adentros. “Eres una niña preciosa”, me digo. Me quedo parado, sin quitarle los ojos de encima hasta que vuelve a mirarme.

-¿Quieres un helado?

Parece titubear por un momento, mira hacia el interior de la heladería, hacia sus escaparates coloridos, su carita sucia se pone seria pero, para mi regocijo, me sonríe de nuevo y asiente con la cabeza y luego dice:

-Gracias, otra vez con su acento familiar e indefinible a la vez. Entro en la heladería, una vez dentro caigo en la cuenta de que no le he preguntado qué sabor prefiere, me digo que da igual, que si es un regalo, que si acaso, cuándo fue la última vez que se tomó un helado en su vida. Pido un barquillo doble de chocolate suizo y pistacho y salgo y se lo doy.

-Gracias, vuelve a dedicarme una sonrisa que ilumina su rostro infantil y (al fin) deja el acordeón, lo acomoda a su lado sobre los trapos y arremete contra mi dulce carnada de dos sabores.

-Chao. Que lo disfrutes, me despido. Por hoy. Ella dice “Gracias, señor” una vez más y me alejo tramando mi siguiente avance.

Nuevamente, éste tiene lugar a los pocos días durante los cuales casi no puedo pensar en otra cosa. La pequeña gitana con su acordeón y sus harapos de colores está en mi cabeza desde la mañana hasta por la noche, está conmigo en la ducha, en el laburo y en cada comida, llena la oscuridad y el silencio antes de dormirme y en mis sueños me mira con pérfida inocencia y una sonrisa pícara en sus labios carnosos, mientras sus dedos de ángel caído en el lodo extraen de las teclas del fuelle hermosas melodías tradicionales de las estepas y llanuras de los Cárpatos meridionales.

En esta ocasión no hay prolegómenos, llego hasta su lado y me detengo, mirándola. Ella me reconoce, ya que me obsequia su perturbadora sonrisa, menos insinuante que en mis sueños pero no menos inflamatoria para mis deseos.

-Hola, le digo y ella me responde igual. Me acerco un poco más y descargo toda mi artillería:

-¿Quieres venirte a mi casa?

Estas palabras tiene un efecto desolador: su rostro se pone serio de repente, como el del joven subsahariano, se ha borrado la sonrisa que lo iluminaba, sus ojos parpadean nerviosos huyendo hacia un lado y otro, huyendo de mí; la espantosa melodía se ha vuelto más malsonante aún si cabe, como si el viejo acordeón quisiera, furioso, espantarme de su lado, acaso poseído por el espíritu de algún abuelo celoso de su virtud.

Ella dice no con la cabeza, sin verme ya; parece preocupada, como si mi sola presencia fuese para ella motivo de pecado e ignominia. Doy por hecho que ha adivinado en el acto mis maléficas intenciones, lo cual me facilitará bastante las cosas. Como el hombre del VIP’s, insisto:

-Pero no pienses mal. Ven a comer algo y ya está. No voy a hacerte daño.

Y ella, como Kissinga/Alphonse, se resiste, defendiendo con su negativa su honor amenazado; ahora parece ignorarme, pero se le ve enfurruñada y cariacontecida.

-¿Qué dices? ¿Te vienes?

-No, señor, dice al fin, sin dignarse a mirarme aún, mortalmente ofendida.

-¿Por qué no?

-No, señor, repite. Gracias, dice, sin dejar de ver el fondo de la calle. Me retiro, sólo por esta vez.

-Bueno, no pasa nada. Ya nos veremos.

Ella no responde.

 

Esta vez dejo pasar una semana o así. He de castigar su altivez, pienso y fantaseo con ella todo el día, me desahogo dos o tres veces cada día pensando en ella y en las abominaciones que le haré cuando al fin ceda a mis requerimientos.

Para mi sorpresa, esta vez me recibe de nuevo con una preciosa sonrisa en su carita de muñeca.

-Hola.

-Hola.

-¿Cómo te llamas?

-Ljudmila (se pronuncia “Liudmila”).

Más tarde sabría el motivo de este cambio en su disposición para conmigo: le ha contado a su madre de mi oferta y de sus sospechas acerca de mis indecorosas intenciones. La madre se lo ha contado al padre y éste ha montado en cólera al saber de su negativa, estimando que podría haber obtenido, a cambio de someterse a mis caprichos, más dinero de lo que toda la familia gana en la calle en un mes. Le ha dicho, en su enrevesada lengua de gitanos del Este: “Si ese hombre te vuelve a invitar a su casa, le dirás que sí.” Ella ha guardado silencio mientras terminaba de tomar, cabizbaja, su sopa de pan en una escudilla.

-Ljudmila. Qué nombre tan bonito.

-Gracias, dice coqueta, sin dejar de sonreír.

-¿De dónde eres?

– De (…) (luego sabré que ha dicho “Djakovica” y que es una región al suroeste de Kosovo, limítrofe con Albania).

-¿Qué dices, Ljudmila? ¿Te vienes?

-Bueno.

Alla-ahu Akhbar.

Vladmina & Sambayé, príncipes del caos (I)

Hace rato que tenía ganas de compartir entre estos muros algún relato o columna que no fuera mío… Llevaba meses persiguiendo a parientes y amigos varios con la cancioncilla de “¿no quieres escribir nada para mi blog” sin que cayera incauto alguno. Y bueno, aunque no ha sido exactamente eso lo que ha pasado (ni incauto ni un texto escrito ex profeso para mi blog, jeje), os presento la primera de una serie (espero!) de colaboraciones en Ava y el sexo.

El relato es de los fuertecitos, así que aterrizad preparados… y como también es un poco extenso para un solo post, lo he dividido en tres partes.

Disfrutad!

Vladmina & Sambayé, príncipes del caos
(Por Mauricio Olivera)

A la salida del VIP’s que está en la Calle de Goya junto al cine Conde Duque está parado un hombre de raza negra de unos 30 años, metro ochenta y 79 kilos, vestido pobre pero decentemente, sostiene en una de sus manos una funda de plástico transparente con un ejemplar de La Farola en su interior la que enseña con suave ademán a la vez que extiende la otra mano a las personas que entran o salen de la indefinible tienda/restaurante. Éste que describo es un tipo humano habitual de ver en las calles céntricas de Madrid y, debo asumir, en cualquier otra ciudad populosa de España y de Europa occidental. Se trata de inmigrantes, en su mayoría “ilegales” (¿cómo una persona puede “ser” ilegal?), procedentes del África subsahariana, entiéndase Senegal, Nigeria y Gambia, pero también los hay de Camerún, Sierra Leona, Guinea, Congo, Malí y muchos otros sitios increíbles por la belleza de sus desiertos y sus sabanas, así como por el horror indescriptible de sus eternas guerras y hambrunas. Los hay por decenas de miles, pobres entre los pobres, en cada esquina y salida del metro, mendigando céntimos a los transeúntes en las exiguas palabras en castellano que van aprendiendo en el durísimo camino de la migración (“Señor, señora, amiga, guapa… una ayuda… para comer…”); se alimentan casi exclusivamente de carbohidratos, duermen en albergues, en la calle o hacinados por docenas en pisos-patera de la periferia; con frecuencia son detenidos por rubios y fornidos policías de negro quienes los encierran y deportan por “ser” ilegales. Cuando son deportados, todos intentan volver a ingresar por todos los medios. Digo intentan porque el llegar hasta aquí desde el corazón de África no es empresa fácil y muchos mueren en el intento, algunos en mitad del desierto, la mayoría al naufragar sus frágiles embarcaciones, botes inflables o precarias balsas en las que 30, 40 ó más seres humanos soportan apiñados la travesía por el Mediterráneo, comiendo malamente si acaso, orinando y defecando en alegre comunión con el oleaje y las patrullas marítimas que en ocasiones los embisten para ahorrarse el trabajo de recogerlos y llevarlos a un centro de detención en Melilla.

Vladmina & Sambayé, príncipes del caos 3Es una tarde de un invierno particularmente “frío y bastardo, aunque seco”, la temperatura es de -1º y la sensación térmica, de -4 a -5º. Se insinúan las tonalidades azules y anaranjadas del atardecer, el cielo está embozado de nubarrones negros, se presienten tenues copos de nieve que nunca llegan a caer. Del interior del local donde todo es calor, luz, compra y jolgorio, sabrosa comida, pésimo café y bajativos de brandy de jerez, sale entre otros un hombre del tipo ibérico, tez clara bien afeitada y cabello liso y castaño perfectamente recortado; viste camisa o camiseta Polo o Lacoste, pantalones Dockers, jersey de cashmir anudado sobre los hombros, lentes de sol Tommy Hilfiger, Oakley o Dior y billetera abultada en el bolsillo trasero o en el de la camisa. Este personaje también característico del barrio Salamanca es un asesor financiero o dentista de poco más o menos de 40 años, casado y padre de 2, 3 ó 4 hijos, dueño de un piso de 480 mts2 y uno o dos lujosos vehículos con aire acondicionado y radio con puerto USB.

El hombre bien vestido abandona, decía, el local donde ha comido y bebido alcohol y café en compañía de conocidos del trabajo y se marcha el primero porque: a) disfruta poco la compañía de los demás comensales, todos/as bastante parecidos a él, y b) teme una hipotética llamada de su esposa a quien no ha informado de este espontáneo after-hour y desea evitar que el timbre de su blackberry interrumpa la velada para tener que dar explicaciones acerca de su ubicación exacta y de la hora de su llegada al hogar; a su mujer, hermosa y delgada, no le preocupa realmente que el padre de familia se quede charlando y tomando copas con los compañeros/as después de la jornada, costumbre por lo demás tan corriente en esta ciudad como en cualquier otra del mundo; sí puede, no obstante, llamar a su marido sólo para comprobar que su tardanza no obedece a ninguna circunstancia trágica o de otra laya adversa. El hombre bien vestido enciende un cigarrillo que ya se había colocado entre los labios antes de salir a la calle, lo enciende y aspira una bocanada de humo y de aire invernal y, acto seguido, examina la pantalla de la “berry”. En los últimos años, un inquietante pensamiento asalta su cabeza cada vez que se pone un cigarrillo en la boca, una imagen fugaz de sí mismo recibiendo en su boca un pene erecto. Cada vez consigue borrar esta imagen casi de inmediato, pensando en otra cosa o buscando con la mirada a una hembra de buen ver. En esta ocasión, lo tranquiliza la certeza de que su mujer aún no le busca para interrogarlo, intentando desvelar hipotéticos pecados de prostitución y homosexualidad que tan sólo existen en las fantasías masturbatorias de él.

-Buenas tardes, señor, buenas tardes, guapa, una ayuda para comer.

Al oír estas palabras y levantar la vista de la “berry”, el hombre bien vestido llamado, digamos por ejemplo, Íñigo o Santiago, se encuentra a un metro de sí al hombre de raza negra a quien llamaremos, también por ejemplo, Kissinga o Francois, pidiendo una ayuda para comer con La Farola dentro de su funda plástica entre las manos.

En ese momento, Íñigo o Santiago experimenta una sensación tanto o más inconfesable que aquella que le atormenta al ponerse el cigarrillo entre los labios, un cosquilleo casi imperceptible en el ano, cierta suave corriente que acaricia su esfínter como si fuese una pluma, despertando a la vez una ligera contracción muscular involuntaria como quien cerrase la puerta de una fortaleza amenazada.

-Buenas tardes, señor.

-Hola.

Dice “Hola”, mientras piensa en que debería haber dicho “Buenas tardes”, baja la mirada para no ver los ojos hambrientos de Kissinga o Malik y rebusca en su bolsillo una moneda entre las llaves de la 4×4 y el encendedor. Con las yemas de los dedos descarta las de uno y dos euros y elige, finalmente, una de cincuenta céntimos, la que saca del bolsillo y coloca sobre la palma extendida de la mano del hombre de color.

-Gracias, señor, muchas gracias, señor.

Íñigo o Santiago da un paso en dirección al oeste pero se detiene, sin dejar de mirar al joven africano, en el momento en que detiene su marcha sin pensarlo casi percibe cómo su corazón golpetea apresuradamente bajo las costillas y su rostro se ruboriza de vergüenza y horror por lo que está a punto de hacer.

-¿Cómo te llamas?

Esta simple pregunta también produce un efecto imperceptible en el cuerpo del interpelado: los músculos de su pecho y hombros se tensan, su cuello se pone rígido y su rostro adopta una expresión más severa que Santiago o Santi no es capaz de descifrar. Kissinga o Alphonse se siente también de pronto invadido por la vergüenza, quiere que el hombre bien vestido se aleje, masculla su propio nombre entre dientes, Santiago no entiende un carajo ni le interesa, realmente, la gracia del adonis de ébano y añade:

-¿Quieres tomarte un café?

Al decir “café”, Santi o Íñigo piensa en un vaso (¡!) de café caliente y cargado para hacer entrar en calor el cuerpo del joven, piensa en un plato de comida para infundirle fuerza y alcohol para ayudarlo a relajarse; piensa en un solo segundo decisivo que su mujer no lo ha llamado aún, que se ha marchado precozmente del convite y bien puede permitirse una hora más fuera del hogar para ayudar a un necesitado y disfrutar a cambio de su compañía. Al vislumbrarse en dicha ansiada compañía, se imagina por fin a sí mismo y al joven negro en una cama, en una habitación de un hotel, donde ya ha estado en más de una ocasión, solo, tras aducir alguna reunión o intempestivo viaje de trabajo para abandonarse a sus fantasías con prostitutas, sin atreverse jamás a hacerlas realidad, contemplando el teléfono de la habitación con un vaso de fino escocés en la mano, animándose a sí mismo a dar el paso y sucumbiendo al fin a la inmisericorde culpa y al terror a lo desconocido.

-No, señor, gracias, señor, murmura el hombre negro volviendo la mirada hacia un punto muy lejos de quien le habla. Kissinga, Malik o Alphonse también ha sopesado en un segundo hasta el final las implicaciones de la invitación del hombre rico. Se niega de plano, ofendido en su primitiva virilidad. También es hombre de familia, tiene una esposa y un puñado de hermosos negritos juguetones con las barrigas hinchadas de parásitos. También hay una abuela. Viven todos en una choza de adobe en mitad de una llanura reseca e infértil, castigada por una sucesión infinita de epidemias, sequías y guerras tribales. La abuela centenaria ha visto las peores atrocidades que una mente humana pueda imaginar. Su vida transcurre machacando con ayuda de una gran piedra cualquier puñado de mijo, arroz u otro cereal que caiga en sus manos, para fabricar un poco de harina que luego amasará con un pellizco de grasa de cabra para dar forma a una única tortilla que la familia devorará a trozos junto al brasero. El abuelo de Malik murió de tuberculosis cuando aquél era también un negrito juguetón y hambriento. Cuatro hermanos anteriores a él murieron antes de cumplir el año de vida, víctimas del cólera. Los padres de Malik partieron juntos a bordo de un camión, rumbo a un país fronterizo donde, según un antiguo vecino de su pequeña aldea, había trabajo para todos en los algodonales; se llevaron con ellos a las dos hermanas pequeñas, con edad suficiente para participar en las faenas de cosecha y recolección y aportar así a la sobrevivencia del grupo. Kissinga se quedó, con 17 años y una esposa adolescente a punto de parir a su primer hijo, para cuidar de ellos y de la abuela, demasiado longeva para cualquier otra vida que no fuese machacar los escasos granos en su miserable pedazo de tierra árida. A los pocos meses, una nueva conflagración arrastró al paraíso algodonero donde estaban los padres y hermanas del joven progenitor, quien no volvió a recibir la menor noticia de ellos desde entonces y hasta la fecha. Una década más tarde y ya con cuatro descendientes a cuestas, Alphonse/Malik siguió la huella de sus padres a bordo del mismo camión destartalado, en su caso rumbo al viejo continente, donde los contenedores de basura rebosaban toneladas de comida apenas tocada por blancas manos europeas que luego en la calle prodigaban pequeñas fortunas en forma de billetes de 10 y hasta 20 euros a los inmigrantes negros como él. La ruda competencia por subsistir en estas calles asfaltadas, los hostiles inviernos de seis meses y la crisis se encargaron de situar al aventurero en una realidad equidistante entre el sueño de la abundancia sin límites y la aplastante necesidad de su aldea natal. Una vez por semana o cuando puede, Malik reúne los pocos céntimos que ha logrado arañar, descontando el alquiler del piso-patera y los treinta y pocos céntimos diarios que cuesta una barra de pan, y envía el restante a su familia desde un locutorio del barrio. Un primo de su abuela lo recibe en la oficina de correos del pueblo más próximo y lo hace llegar a la familia tras cobrarse lo que considera una comisión más que razonable por el servicio. Con lo que quede, se comprarán unas cuantas onzas de granos y algo de aceite y sal, suficiente para no morir de hambre hasta la próxima remesa.

El hombre rico y bien vestido no se da por vencido:

-Que sí, hombre, ven y tómate un café; que no pasa nada, te invito yo.

En la mente de Josemari, Juanrra o Íñigo ya el hipotético encuentro en el hotel ha avanzado de lleno a la fase en la que su ano estrecho y virgen se ha relajado por completo para ser horadado por una descomunal morcilla de Burgos con venas gordas y tortuosas que emerge del bajo vientre del negro. Esta fantasía universal ha aparecido por primera vez en sus devaneos imaginarios hacia los 30 años, junto con un pertinaz prurito anal de causa inexplicada (una exhaustiva evaluación médica proctológica descartó cualquier proceso patológico incluyendo la simple falta de higiene y se prescribió tratamiento sintomático, el que fue ineficaz). Al poco tiempo, la aparición del síntoma comenzó a acompañarse de la fugaz fantasía de ser penetrado analmente por otro hombre, lo que sin duda calmaría, al menos por unos minutos, las molestias descritas, refractarias a otros procedimientos. Como la imagen que acompaña al acto de llevarse el cigarrillo a la boca, esta terrorífica visión era reprimida de forma instantánea; con el tiempo, sin embargo, se fue volviendo más intrusiva, invadiendo mayor espacio y tiempo en el pensamiento de Joserra o Joseba, despertando la sombría inquietud de si se estaría volviendo (o lo había sido siempre) homosexual. “Bujarrón”, susurraba una vocecilla cascada en su cabeza cada vez que se encontraba luchando contra sus fantasías. “Bujarrón” era la palabra que empleaba (con frecuencia) su abuelo para referirse a los hombres que gustaban de otros hombres; el abuelo decía “Bujarrón” en un tono jocoso pero despectivo y con un aire de odio visceral, el mismo que se dejaba adivinar cuando hacía mención a los “moritos”, culpables de todos los males de España. El abuelo había pertenecido a la Legión Extranjera y había estado en Argelia y Marruecos. Sus relatos de las campañas en el Sahara occidental eran objeto de veneración en las reuniones familiares y eran escuchadas con religioso y temeroso silencio. A Josemari su abuelo siempre le pareció un hombre despiadado, capaz de tratar a otros seres humanos de forma degradante y cruel, pese a lo cual sentía la misma profunda idolatría que el resto de los hijos y nietos. La vocecilla recrudece airada cuando Josema se abandona por fin a su imaginería sodomítica, ahora además interracial, y se permite masturbarse y gozar. “Bujarrón” no cesa de repetir la voz del abuelo en su cabeza. Entre la creciente excitación y la vergüenza, la formidable máquina trepanadota de anos acaba por desplazar a las prostitutas de lujo imaginarias en sus ocasionales estadías en el hotel. Se impone, al fin, la inconfesable ocurrencia de utilizar a uno de los cientos de mendigos africanos que ve a diario en las calles próximas a su casa y a su trabajo para poner fin al tormento del prurito que le obliga a fruncir el esfínter en los sitios y momentos menos propicios, preguntándose si la gente que en ese momento lo mira puede adivinar bajo sus pantalones el reflejo involuntario que delata sus oscuros anhelos.

-No, señor. Gracias, señor. Gracias, señor.

El hombre rico que le ha invitado a un café desiste y se despide diciendo “Bueno. Hasta luego”. Mientras aquél se aleja, invadido por una mezcla de excitación, decepción y alivio, Kissinga se queda de pie, mirando hacia el otro lado, meneando la cabeza con amargura, sintiéndose humillado y triste. En su patria, la sodomía se castiga con la horca. Esta radical aplicación de la ley coránica se nutre además de la tradición de los bravos guerreros de las tribus ancestrales del corazón de África, para quienes este pecado constituía la mayor indignidad y era merecedor de indescriptibles suplicios y mutilaciones.