El amante amnésico

No lo vi en una peli, me pasó a mí…

Conocí a Julián en un garito del centro, era el amigo del amigo de una amiga. No necesitó mucho para convencerme de acompañarlo: su cara de guarrillo, un desplante a prueba de balas  y un par de sonrisas fueron suficientes para que termináramos en su piso, ambos muy conscientes de lo que se estaba poniendo sobre la mesa: Unos polvos para aligerar el cuerpo, risas y ninguna preocupación por futuros inexistentes.

Y claro, así como llegó se fue. Después de unos cuantos encuentros intercambiando casas –cada vez más espaciados, nocturnos todos, circunscritos a los placeres de la carne y las confidencias eróticas– dejé de recibir mensajes y llamadas. Era más o menos lo que me esperaba en todo caso, así que no le di muchas vueltas, no me ofendí ni me lo tomé como algo personal. A lo más lamenté la pérdida de un compañero de juegos creativo y altamente satisfactorio, pero sin dramas. Por lo general no es difícil saber lo que se puede esperar de una persona cuando empiezas  a compartir cama, otra cosa es que muchas veces (cuando ese panorama que tenemos frente a nuestras narices no calza con lo deseado) elijamos hacernos los locos y soñar con un escenario distinto, contra todo pronóstico. No fue el caso.

fiestaDos o tres años más tarde, estando en una fiesta de esas apoteósicas, multitudinarias y megafashion, lo volví a ver, tomando una copa en la barra con el amigo de mi amiga. Supongo que habrá sentido mi mirada, porque se giró hacia mí y al ver que le sonreía me devolvió la sonrisa. Entonces se acercó, y justo cuando me disponía a saludarlo –“Hey, tanto tiempo, qué tal”- escuché sus palabras y me quedé patidifusa:

“Hola, soy Julián. Eres muy guapa. ¿Cómo te llamas?”

Supongo que soy una persona particular, porque en lugar de ofenderme, y tras la sorpresa inicial, le regalé un ataque de risa, seguido de un par de miradas de esas cargadas de significado. Pero ni con eso…

– ¿De qué te ríes? ¿Cómo te llamas?
– Tío, ¿no sabes cómo me llamo?
– No. ¿Tendría que saberlo?
– ¿De verdad no te acuerdas de mí?
– Mmmm…
– …
– Mmmm…
– …
– Mmmm…
– Hace un par de años… en tu casa… en la mía…
– ¡¡¡HOSTIA!!! ¡Claro tía, qué tal estás, cuánto tiempo!

Por lo general soy de las que intenta ver el vaso medio lleno, así que, en lugar de declararme insultada, elegí asumir su amnesia como algo dado y sentirme halagada por haber sido objeto de su interés y sus artes “ligatorias” en más de una. O tal vez simplemente soy una viciosilla que pone la posibilidad de un polvo rico por encima de su dignidad de amante no recordada. Sé que si la escena hubiera salido en una sitcom, el olvidadizo personaje habría terminado con un cubata derramado sobre su flamante camisa de fiesta. En mi peli, en cambio, terminamos en la cama emulando viejos tiempos. Unas cuantas veces. Hasta que dejé de recibir mensajes y llamadas…

Cuerpos imperfectos

Image: 'impossible standards'. http://www.flickr.com/photos/21979897@N00/2211304018

No tengo pesa. Para qué voy a gastar dinero en algo que tan pocas alegrías suele reportar, y que con nula generosidad, amenaza permanentemente con amargarme la vida. Prefiero no saber. No tengo la relación más sana del mundo con mi cuerpo, mentiría si dijera que lo amo con locura, pero al menos evito enrollarme mucho con el tema, y hago todo lo posible por impedir que algo que debiera ser un templo del placer –tendrán que perdonarme lo “Paulo Coelho” del término, pero es que eso es realmente- se termine convirtiendo en un obstáculo para el disfrute. O sea, todo mal si el tema del cuerpo es el encargado de enfriar los ambientes en vez de servirnos (y ser servido) como la maravillosa herramienta que es.

Como decía, soy más bien del montón en relación al tema corporal, y a veces, muchas más de las que quisiera, le tiro mala onda mental a alguna parte de mi anatomía. Reconciliarme con la maltratada zona (la de turno) suele ser un trabajo arduo más que un acto natural… porque para qué andamos con cosas, lo natural es amar la belleza, la armonía, y lo cultural nos dice que eso se encuentra en las carnes prietas y las fibras lustrosas. A todos nos gusta un cuerpo bien formado.

Sin embargo, aún teniendo la suerte de compartir cama –o trecho- con un Adonis de esos esculpidos a mano (en general, digo, no es que en estos momentos tenga a uno escondido entre las sábanas), siempre se le puede encontrar alguna imperfección, una pifia o “yayita” de la que agarrarse, ya sea un dedo medio torcido, un juanete, un diente más oscuro o un espantoso pelo grueso que sale de donde no debiera. Todo sirve, personalmente me encanta encontrarme con esos pequeños hallazgos. Pero no se trata de activar el tan humano mecanismo de tratar de sentirme yo más con sus menos; es mucho más simple que eso:  Cuando estoy con alguien a quien quiero, o que me interesa y atrae en más de un nivel –me estoy haciendo “adulta” supongo, ya no me vale sólo con el buen polvo- esas partes se vuelven rincones especiales de su cuerpo, sitios que llego a querer también, o por los que llego a sentir interés y atracción. Hay un viaje ahí, y es fascinante. De alguna manera me abro a lo que amo o me gusta de esos rincones, y ahí está esa conversación post coito nacida junto a unas caricias en una quemadura, o esos mensajes únicos que se dibujan cariñosamente con las yemas de los dedos sobre unas estrías y siguen por una curva imperfecta… y entonces siento un aire de sabor dulce, como exhalado por miles de pequeños besos ligeros, que embellece y transforma esas cicatrices de la existencia que ya son únicas. Las suyas y las mías.

(Eso sí, me van a perdonar… un tío con dos pollas -por mucho que a nivel de fantasía sea la ostia!- o alguna otra rareza por el estilo, ya es un poquito too much para mí. Y tampoco puedo con los que tienen caspa. O mal aliento. Al fin y al cabo, todos tenemos nuestros dealbreakers…)

El post que os estaba debiendo… Ava y el sexo!

Tendría que haber sido éste mi primer post, pero no lo fue, porque me apetecía hablar de mi sobri. Y después se me atragantaron las ganas de hablar de la peli, dejándome fuera, en el atragantamiento, aspectos esenciales de ella, como el tema de los límites en las relaciones, si acaso está todo permitido en la cama cuando hay consentimiento mutuo y hasta dónde sería uno capaz de traspasar dichos límites por amor… Sorry for that! Mi entusiasmo inicial me lleva a escribir “en caliente”, sin borrador y sin reposar mis palabras o darles la oportunidad de cristalizar en ideas más densas e imágenes mejor logradas. Y por otra parte, siento que tengo el puño algo “enmohecido” aún, no sólo en esto de bloguear, sino en lo que respecta a la escritura creativa en general. Pero todo a su tiempo…

La cosa es que ha llegado el momento de hacer mi declaración de intenciones. Es decir, por qué coño estoy escribiendo este blog y qué pretendo con él. Como ya he dicho, y además es bastante obvio, el sexo me encanta, soy una fan empedernida, una groupie del “mete-saca”. Es saludable, ayuda a la estética, es gratis y no cuesta tanto protegerse y evitar sus peligros, sin contar con que es delicioso. Pero además me encanta hablar sobre él, aprender cosas nuevas, escuchar relatos y experiencias ajenas, contar las mías, leer, mirar, compartir. Y mis amigos dicen que se me da bien, que les gusta conversar conmigo del tema, que me sale natural. Porque no soy ni me creo una experta, aunque sí una interesada perpetua. Tengo más preguntas que respuestas al respecto, sin contar con que he tenido muchas experiencias fallidas y polvos sin orgasmos como para osar considerarme una eminencia, y además qué cuernos es ser una eminencia en semejantes y pegajosas aguas, me pregunto yo. Pero sí me creo una curranta en buscar a mi “yo gozosa” y en esto de la liberación de las ataduras (a paso de  hormiguita a veces, pero de hormiguita laboriosa al fin y al cabo) y una convencida de que relajarse, cuidarse y hacerlo sólo si uno quiere es  todo, todísimo lo que se necesita.

Cinéfila a muerte pero poco propensa al porno –no me desagrada ni nada parecido si la chica se ve a gusto, y la verdad es que suele cumplir su función primordial, pero por lo general me “chirría” tanta falta de naturalidad- creo que las películas deberían tener muchas más escenas de sexo cuando te narran la historia de una pareja. Y obviamente no me refiero al sexo chupi-guay de cuerpos iluminados y movimientos de sincronía perfecta, ni a un compendio de escenas innecesarias para vender más tickets. Me refiero al sexo que nos habla de las personas que hay detrás, y que nos permite verlas en una dimensión que suele permanecer oculta, pero que resulta primordial, que es inherente al ser humano y que por lo tanto lo enriquece (enriqueciendo asimismo el conocimiento que tenemos de los demás y, con ello, las posibilidades de “conectar” entre nosotros).

Creo también que mucha gente lo pasa mal en la cama, y eso es algo terrible. Gente que sufre y se complica con el sexo hasta el punto de volverse una actividad tortuosa. Hay tantos tabúes, ideas equivocadas, elementos asociados que no deberían estar ahí y malos entendidos que cuesta muy poco convertir algo que es una fiesta en un funeral. La sensación no me es ajena, i’ve been there… De hecho, a mayor o menor escala, dudo mucho que le sea ajena a cualquiera que me esté leyendo. Y estoy convencida de que hablar y compartir ayuda mucho más de lo que parece; a veces simplemente el reconocernos en otra experiencia  la aliviana, y otras veces abrirnos a experiencias que nos son ajenas nos regalan perspectiva. Nada me alegraría más que tener feedback en este blog, que discutáis cosas y generéis preguntas, que expreséis vuestro desacuerdo de ser el caso… ¡La invitación queda hecha! Por mi parte intentaré buscar temas interesantes para motivar. ¿Alguna idea?