Diálogos callejeros 6: Nada me queda bien

tienda-china-madrid.jpg2_Ella es una mulata de formas generosas y vientre plano. Un culo que le nace de la mitad de la espalda, como de dos manzanas abrazándose, y un cabello rizado y fecundo, negro como la noche, compensan unos rasgos un tanto toscos, de pómulos anchos y nariz gruesa. En conjunto es guapa, llamativa, una hembra portentosa entrando en la cuarentena con más piel que tela cubriendo sus entrañas. De cerca sin embargo pueden verse sus remiendos, y en sus ojos hastiados se adivinan los rincones más oscuros del mapa de su vida.

Él tiene una de esas pieles que enrojecen en verano y desalientan en invierno. Está ya en la edad en que oídos y fosas nasales comienzan a escupir pelos al exterior, como si ya no quisieran saber lo que hay dentro y al mismo tiempo fuera necesario taponar cualquier posible acceso. De cerca su cuerpo sigue siendo mudo, apenas el enigma de unos ojos pequeños y la insultante contundencia de una barriga- trofeo. De las que no se consiguen de un día para otro. De las que se llevan con orgullo.

El lugar: Asnaya, una de las tantas tiendas chinas que han conseguido hacerse un sitio en los barrios pijos de la ciudad con escaparates modernos e iluminados y cortes de telas que copian las colecciones de M&H o Sara. Salvo una viejecita que arrastra los pies y mira camisetas juveniles, ellos son los únicos clientes en el local.

La hora da igual; el día, cualquiera. Ayer, tal vez la semana pasada. Mañana…

Ella se dirige al probador. Él da unas cuantas vueltas, manosea unas cuantas prendas sin mirarlas y mira su reloj sin tocarlo. Saca el móvil. Lo guarda. Observa a la china que lo observa desde la caja. Suelta un bufido.

– ¿Te falta mucho?
– No
– Ya
– Que no, te digo. Dos vestidos más y estoy.
– Coño, ¿Qué tienes ahí dentro, la tienda completa?
– Es que nada me queda bien.
– Como no te va a quedar nada bien, con todo lo que te has probado. Joder, ya te vale.
– No sé, las tetas se me ven raras.
– Están como siempre.
– Son las formas, no están bien. Son malas.
– ¿Cómo malas?
– Queda raro, no me gusta.
– Yo te veo bien. ¿No es eso lo que importa?
– Pero a mí no me gusta.
– ¿Y el rojo? Ese te gustó.
– Te gustó a ti. Está mal cosido. Y engorda.
– ¿Y el que llevas puesto? No tiene nada de malo.
– Tú no tienes ni idea.
– Cómo te gusta tocar las pelotas. ¿Te vas a llevar algo o no?
– Te dije que fuéramos a otra tienda, ésta no está bien. Yo no quería venir acá.
– ¿A ver? ¿A cuál?
– A la de antes, no sé, a otra…
– Ya, a otra. Ya.
– ¿Qué quiere decir ese ya?
– Nada
– Ya, nada…

 

Letras de adiós a una polla

A veces debes conocer al otro realmente bien para darte cuenta de que sois dos extraños
(Mary Tyler Moore)

Mi estimado, maravilloso, jugoso montículo de pulsión y sangre:

Crédito imagen: http://surprosur.com/2011/06/23/penemania/

Ha llegado la hora de decir adiós
De expulsar su paraíso de mi caverna.

Mi deseo ya rezuma máculas
Ha comenzado una batalla
De ausentes, de triunfos vacíos
Silente
No declarada.

Y nosotros aquí, en medio de todo…
¡Cuánto desperdicio!

Mi querido miembro, hermoso, arrogante
A ratos carne de mi carne
Ahora apenas rascacielos sin habitante
Pálpito cuajado
Tronco sin tierra, camino bifurcado.

Yo quería, usted quería
Más el querer no hace verano
es necesario despedirse
Mi sed anhela otros lagos.

Conmigo me llevo su llenura
Su honestidad depredadora
Y las veces que me enredé entre sus hilos dorados
Hasta diría que lo he amado

Pero a esas manos que lo mueven…
Ay!
A esas, imposible.

Mi polla querida
Mi marioneta perfecta
Reciba un beso póstumo de estos labios simultáneos.

 

(Crédito imagen: http://surprosur.com/2011/06/23/penemania/)

Diálogos callejeros 5: Tampoco soy gilipollas

balcón con vocesEs medianoche. Curro. La ventana abierta deja entrar el aire fresco de afuera. La calle dormita, pasan pocos coches.
Se podrían decir que estoy concentrada en mi trabajo, pero no es la palabra más exacta. Más bien diría que voy con el automático puesto, soporizada en una especie de trance cutre, mecida por el repiqueteo monótono de unas teclas de plástico. En el aquí y ahora mi universo existe en sordina, atrapado entre mis ojos y una pantalla brillante.
Y entonces dos voces se cuelan por el marco de la ventana y entran en mi habitación. Primero con sigilo, después con contundencia. Y sólo cuando se han ido parecen explotar, y al hacerlo arrasan con todo, lo cambian todo. Con la fuerza del invasor.
Altas, más no claras.
Exigentes, dispuestas a reclamar su presencia en el mundo. Vestidas de juventud y manchadas de cinismo.
Voces amargas.

– Tío, ¿pero te lo has pensado bien?
– Que sí.
– ¿Y cuándo te pille poniéndole los cuernos qué? ¿Lo has pensado? Que te va a dejar sin un duro.
– Tampoco soy gilipollas. No tendría por qué enterarse.
– Mejor no firmes. Hazme caso.
– Tengo que firmar. Ya le dije que sí.
– Pues dile que no.
– Deja, si no va a pasar nada. Además, ¿quién puede decirle que no a una hembra así? Está tremenda…
– Ahora, pero después te quiero ver tronco. Tremendo juicio el que te va a meter…

(De eso hablamos cuando creemos hablar de amor…)

 

Fantasías prohibidas

cartel superman mujer maravillaNo soy amiga de lo prohibido. Lo cual siempre es jodido, porque hay muchas cosas en esta vida que están prohibidas. Y si no tienes pasta, muchas más.

Entonces intento, al menos, no prohibirme demasiado a mí misma. Claro, si nos podemos rebuscados, cada día me prohíbo algún chocolate que me impedirá entrar en mis vaqueros favoritos, algún insulto liberador en pro de la convivencia –o de la supervivencia incluso- cotidiana, algún gusto que terminaría de liquidar mis finanzas. Y podría seguir, que sólo estoy mirando por encima.

Sin embargo, mis auto-prohibiciones suelen estar basadas en consideraciones prácticas, como no perder mi trabajo o no rodar por las calles de Madrid, que si por mí fuera me zamparía 5 pizzas chorreantes de queso calentito cada noche. Otra cosa es cuando hablamos de asuntos morales.

No se trata de que no tenga límites ni que me guste hacer de todo, ¡que el de las barbas me libre! Con lo que he visto por ahí, la sola idea me parece espeluznante. Sin embargo, creo que he conseguido que mis límites sean los propios, los que me dicta mi estómago, los que llevo dentro. O sea, que tiendo a –o intento al menos- hacer lo que me gusta y no hacer lo que no me gusta, lo cual no es ni tan poco ni tan simple. Claro, hay elementos culturales, sociales, familiares… pero también procesos de vaciado y limpieza que me han permitido desarrollar una cierta resistencia a imposiciones externas.

Ahora, no reclamo ninguna originalidad al respecto, más bien todo lo contrario. Pasé muchos años sintiéndome transgresora –con todo el subidón y la incomodidad que eso significaba-, pero ahora más bien me parece que la esquina que habito se vuelve cada vez más reconocible, y que se va poblando y fortaleciendo en su condición de opcional (como contraria a heredada). O por decirlo de otra manera, que mi forma de ser, de entender y habitar el mundo, se va volviendo más y más hija de su tiempo.

¿Qué son entonces, hoy en día, las fantasías prohibidas? Para muchos ya no tienen sentido esas imágenes de ojos vendados, esposas, látigos, tríos, juegos de rol o casi cualquier cosa que podáis poner en la lista del imaginario clásico clandestino. Been there, done that. O eso o es que, simplemente, no apetece. Si apetece se hace.

Paralelamente, y acá también voy perdiendo terreno en lo que a singularidad se refiere, hay también una tendencia reconocible hacia nuevas formas de relacionarse, otras maneras de conectar entre personas dispuestas a combatir la oscuridad que se esconde detrás del brillo rosa de las relaciones pactadas, los convenios de por vida y la exclusividad sobre los cuerpos y los deseos. Opciones no menos dolorosas ni difíciles en mi humilde opinión, pero sí más honestas y valientes.

En mi caso, he reconocido (en ocasiones con mucha dificultad) que mi búsqueda de libertad pasaba inevitablemente por aprender a respetar la libertad del otro. Pero a respetarla de verdad. Su libertad de no querer abrirme las puertas. Su libertad de no desearme. Su libertad de desearme menos de lo que quisiera, o de forma menos total. Su libertad de irse. Su libertad de quedarse sin certezas de permanencia, sin condiciones, sin requerimientos de cambios. Su libertad de que otras cosas sean más importantes, o tengan más peso en momentos determinados. Su libertad, al fin y al cabo, de tomar sus propias decisiones.

Creo firmemente en que lo único honesto es la ausencia de promesas, la eliminación de cualquier mañana en los discursos y en los afectos. Lo cual no significa que una relación no pueda durar toda la vida, o incluso que alguien no pueda desear, genuinamente, no estar con nadie más en lo que le queda de vida. De hecho, ¡qué belleza cuando eso ocurre!

Creo en la incertidumbre, y en la importancia de saber estar y funcionar solos, con independencia de si se tiene pareja o no. Creo en el amor desde la igualdad de espacios y oportunidades, y creo que la única exclusividad posible es la que nace del deseo, del sentir real de los cuerpos y de la conexión de las almas, no de una firma o una promesa arrancada en medio de un periodo de colocón cerebral. Pero lo creo no porque sea cómodo o bonito, o porque me guste. Lo creo simplemente porque siento que lo contrario es mentirse, porque muchas veces crecer es aceptar.

Volvamos a jugar con la pregunta que nos convoca entonces. Si entendemos “lo prohibido” como algo a lo que no se aspira realmente, es decir no como un proyecto a realizar sino como una ilusión desde lo intransable, una aberración casi… ¿Cuál sería mi fantasía prohibida en ese caso? ¿Mi fantasía horrible, inconfesable, impura? ¿Un macho protector y proveedor? ¿Una casita en la pradera con cuatro hijas de doradas trenzas largas? ¿Un despreciable famoso con sus despreciables y sucios millones y su abdomen perfecto?

cartel amorCasi, pero no…

(Y habría quedado de lo más sugerente como título, pero que queréis, me pudo el SEO…)

 “La seguridad de un hombre enamorado de por vida”.

 

N de A: Tras un nuevo lapsus existencial, este post pretende cerrar la trilogía “a la carta”, en esta ocasión en respuesta a la sugerencia de mi estimado A. Irles, autor de Otra resaca más, que propuso como tema para una entrada lo siguiente: “Fantasías prohibidas! Y no me refiero a algo sexual (que también podría ser…) si no a anhelos oscuros que podrías tener o que creas que la gente pueda tener…”.

Total, que ninguno me puso las cosas muy fáciles… Ya me las pagarán! 😮

Love story

love story 3-¿Estás listo?-, preguntó ella rozándole el lóbulo con labios deliberadamente húmedos, viscosos de deseo. Letras de miel caliente lo recorrieron, poseyéndolo como posee el sonido de la campana a un niño que espera ansioso la salida a recreo.
– Lo estoy.
– Entonces abre los ojos y mira lo que tengo para ti.

Le quitó la venda mientras hablaba. El parpadeó un par de veces para acostumbrarse al cambio de luz y levantó la mirada. Un hombre alto, más que él, y con una enorme polla en estado de  semirreposo, lo observaba con curiosidad. Sintió entonces frío y recordó que estaba desnudo.

– Te presento a Adriano, es de Brasil. Adriano, éste es Carlos.
– ¿En serio Pame?-, murmuró girando el cuello hacia atrás. ¿Un mulato?

Por toda respuesta ella le dio un cachete en el culo, tan fuerte que le dejó un par de dedos marcados. Después se sentó frente a él en el sofá.

– Ya te vale-, insistió él.
– Agradece que no tuve tiempo para más. Aunque dudo mucho que se pueda mejorar lo presente-, contestó ella dirigiendo una de sus más encantadoras sonrisas al brasileño, que se afanaba en mejorar las proporciones de su ya descomunal miembro.

Al encontrar en sus palabras la invitación que estaba esperando, el mulato se acercó a ella y la besó, acariciándole al mismo tiempo un pezón con sus dedos oscuros. Ella aceptó el beso, dejando escapar un gemido al sentir el contacto de sus yemas en el pecho, pero después lo apartó con suavidad.

– No, no es conmigo la cosa, es con él. Yo sólo voy a mirar. O al menos eso creo.
– Vale. ¿Qué tengo que hacer?
– Quítale el plug y fóllatelo. Con ganas.
– ¿Es su primera vez?
– Es su primera vez con una de verdad. Y no te preocupes, que es él quien va por ahí pidiendo caña. Digamos que se lo ha buscado.
– Bueno, tú mandas…
– Adriano.
– ¿Sí?
– Hasta el fondo.

Ya desde la primera embestida fue incapaz de saber si lo estaban llenando por completo o dejándolo en el más absoluto vacío, como si cada órgano, hueso o gota de sangre se hubieran retirado a algún rincón oculto, porque era tanta polla, tan gruesa y tan dura, que no había sitio para más y hasta el alma se le salía por entre medio de los dientes apretados. Obediente, el monstruo que tenía el mulato entre las piernas se revolvía en él como un puño furioso. Un dolor subterráneo le explotó dentro, escupiendo en su interior pequeñas crisálidas de placer que empezaron a subir por su espalda hasta la nuca y el cráneo. Gritó con hondura, y al final de su grito se encontró con una legión de seres alados que lo invitaban a flotar en una danza de vértigo. Entonces lo comprendió. El universo entero estaba dentro suyo y se movía en círculos. Maravillosos círculos.

Embriagado de sí, todo abismo y agujero, descargó el poderío de su goce en un chorro espeso que se estrelló contra la pared. Adriano se retiró al instante, una gentileza nacida del hábito, y se sentó en el borde de la cama acariciándose el miembro con apetito domesticado. Carlos dirigió entonces la mirada hacia el sofá, para encontrarse con esa sonrisa burlona que conocía tan bien. Ella no dijo nada, pero los vellos revueltos del pubis y sus labios hinchados la delataban.

– Te crees muy guay ¿no? Toda compuestita en tu sofá…
– Jajaja, más que tú al menos.
– Sin embargo ya no llevas las bragas. Veo que te has unido a la fiesta.
– No me pude resistir. Ha sido un espectáculo… fantástico.
– Toda una experiencia, sin duda. Por cierto Adriano, ¿cuánto te debo?
– Quita, quita, que yo pago.
– Mmm… sólo si me dejas que te folle yo ahora.
– Lo estoy deseando…

No lo acompañaron hasta la puerta para no vestirse. Sus cuerpos, reverdecidos bajo la mirada ajena, se buscaron sin necesidad de preámbulo. Fue un polvo rápido, como una caída en un solo acto por un tobogán de felpa, y al llegar abajo descubrieron que había en el mundo algo nuevo, tal vez un olor distinto. Y con eso sobraba de momento.

– Me he quedado con su número por si en algún momento me da un antojito a mí. Por supuesto, estás invitado a mirar si quieres. No te importa, ¿verdad?
– No, claro que no.
– Gato…
– ¿Sí?
– Te amo
– Y yo a ti gatita. Gracias. Gracias por todo.
– Me alegra que te haya gustado el regalo. No se cumplen 40 todos los días. Pero ahora vístete, que hay que ir a buscar al niño al cole.

love story 3Se quedó mirándola mientras se agachaba para recoger su ropa, como si fuera la primera vez. Pensó que podría amarla sin esfuerzo hasta el día de su muerte. Pensó que cualquier día podría morir tranquilo…

Que sepas que he muerto mirándote a los ojos

Fuente: http://www.london.anglican.org/life/funerals/Mi adiós es un adiós de besos al aire.
De andenes solitarios.
Sin espectadores…

Más un adiós necesario.

Mi asfixia es hija de tus garras.
De tu ausencia.
Y yo me retuerzo bajo tus cadenas, toda mi lucidez malograda…

De nada sirven ya mis espasmos,
abandono la resistencia.

Porque la debilidad siempre es más fuerte.
Destruye toda simiente.
Y después sobra silencio.

Que sepas que he muerto para ti porque así lo has querido.
Que sepas que he muerto mirándote a los ojos.

El síndrome del perro mojado (o ese puto encanto de que no te paren bola)

La otra noche te espere bajo la lluvia dos horas, mil horas, como un perro,
y cuando llegaste me miraste y me dijiste loco, estas mojado ya no te quiero”.

La situación es un clásico, que levante la mano quien no la haya vivido a uno u otro lado de la medalla: Fulanito besa el suelo que pisa Menganita. La considera una diosa hecha mujer y estaría dispuesto a hacer cualquier cosa por ella, desde dejarse profanar sus más oscuros y no profanados rincones hasta procrear a sus hijos o poner todo su patrimonio a su nombre. Pero a Menganita no le termina de hacer “tilín”. Hasta que Fulanito se aburre y se las empluma, en busca de amantes más… dispuestas. Y para peor, las encuentra (aunque eso último no es requisito indispensable en este cuento). Y entonces Menganita, que no podrá creer lo mucho que ha dejado escapar, llorará su estupidez hasta la eternidad, porque ahora todo en ella es lucidez y cada rincón del cuerpo de Fulanito le parece deseable, cada una de sus bromas divertidas y cada gesto un reflejo de la grandeza de su corazón.

Por supuesto la historia también funciona al revés. Zutanito lleva años pasando del nada despreciable culo de Perengana, que ha intentado hacerle ver, de todas las maneras posible, lo conveniente y chupi que sería que estuvieran juntos forever and ever. Hasta que algo en Zutanito comienza a derretirse. Tal vez es que pasan los años, tal vez sus otras amigas no han envejecido igual de bien, tal vez de pronto se da cuenta de que se siente solo, o escucha la llamada del amor… La cosa es que la empieza a ver con otros ojos, y decide dar el salto, darle más, darse más. Y Perengana, que ha prendido cuanta vela ha encontrado en el chino de la esquina para empaparse del amor de Zulanito, que le ha rezado a todos sus santitos y ha soñado por las noches con yacer al lado de ese hombre, de pronto empieza a sentir que ya no lo desea tanto, que entre sus brazos no luce igual, que de cerca ha perdido brillo. No sabe por qué, no es lo que hubiera querido, pero no depende de ella realmente.

¿O sí?

No tengo nada parecido a una respuesta. Y aunque intento permanecer alerta y no permitir que semejantes tejemanejes existenciales me perturben, no siempre he conseguido permanecer inmune a los efectos del síndrome del “perro mojado” (me lo acabo de inventar, por si las moscas… ¿cómo va eso del copyright???). Porque por más gilipollas que suene el asunto en papel, hay algo que va más allá del raciocinio, una especie de cosquillita, un calorcito, un je ne sais quoi emanando directamente de lo inalcanzable que nos pierde. Algo que moldea el deseo, arrojándolo fuera de nuestra esfera y alejándonos cada vez más del control.

No descarto que en este querer permanentemente lo que no se tiene, pueda existir algún regustillo “bio”, alguno de esos guiños fascinantes y medios perversillos con los que la madre naturaleza nos sorprende cada tanto: Por decir algo, se me ocurre que por el rollo de la procreación podría ser bueno que no nos quedemos con la primera conquista que caiga a nuestros pies. O sea, algo así como darle valor a la dificultad: Para comerse el pasto más rico hay que subir más arriba en la montaña, aún a riesgo de despaturrarse en el camino. Y quien no quiere ser la cabra más fuerte.

Ahora, que lo dicho es sólo por dejar la puertecilla abierta, tampoco se trata de echarle las culpas de todo a la creación, el cosmos o los ciclos de la luna… De hecho, si tuviera que aventurar una teoría, me decantaría más por nuestra propia estupidez, porque probablemente muchas raíces de este tipo de comportamientos “románticos” se alimenten en una  inclinación que tenemos los seres humanos hacia el sufrimiento, agravada por siglos de condicionamientos culturales, familiares y/o religiosos. Y así vamos por la vida, como cabras de cerebros diminutos, sintiendo que lo más difícil -y lo que más nos duele- es lo mejor, que vale más si nos ha costado sangre, sudor y lágrimas. Sin ser capaces de ver, muchas veces, los pelotones de pasto verdísimo que nos esperan en las mismísimas faldas de la montaña.

Pensadlo un poco: ¿Vale… la pena?

Ya, descubrí América por teléfono, como se dice en mis terruños…

perro_lluvia (CC ángel palomo)(Crédito de la imagen: Ángel Palomo. http://angelpalomoilustracion.blogspot.com).

En la cama VI: La caída

Es increíble todo lo que cabe en unos pocos segundos. Una vida entera cabe, y eso ya es mucho decir, sobre todo si se ha vivido una como la mía. Extiendo los brazos, porque aún me da tiempo a hacerlo, y cierro los ojos…

Hace frío hoy.

New York

¿Por qué regresar a Nueva York?

Porque aquí comenzó nuestra historia realmente, aquí fui feliz. Fuimos felices.

Desde un principio sus calles nos aceptaron como lo que éramos.

En ellas nos reímos, lloramos, celebramos la enorme dicha de traer al mundo un hijo sano. Aquí dio Andresito sus primeros pasos.

También es cierto que esta ciudad me quitó a Andrés, pero hoy he venido a que me lo devuelva. No quiero nada más.

Bueno, sí. Me gustaría volver a abrazar a mi hijo.

Ver amor en sus ojos por última vez.

Me gustaría que nunca hubiésemos cogido ese avión los dos para ir al funeral de Manolo, o al menos que Manolo no le hubiese dejado esa carta, esa jodida carta.

De cualquier manera, me gustaría que hubiese sabido entender, perdonar.

Pero él tampoco tuvo tiempo. Los recuerdos de nuestra felicidad eran demasiado lejanos. Andrés se fue muy pronto.

Me gustaría saber dónde está ahora, qué hace con su vida. Si aún me odia. Al menos su padre se libró de esa amargura. Nunca sabrá cómo quema.

Su padre. Mi hermano. Como ansío estrecharlo entre mis brazos. Aún ahora, cuando creí que ya no sería capaz de desear nada, su ausencia me lame la piel hasta gastarla.

¿Tendré que rendirle cuentas a alguien? No lo sé. ¿Cómo se pagan los orgasmos prohibidos? ¿Se perderá su sabor en mi boca? ¿Será el olvido mi penitencia?

Estoy llegando casi…

New York

Siempre pensé que el rostro de Andrés sería lo último que vería. No el rostro del Andrés enfermo, agónico, derrotado. No. El rostro de mi Andrés, ese que aún tenía fuerzas para adorarme, el que lo desafió todo conmigo. El único hombre que he amado en la vida. Pero no. Es mi propio rostro lo que veo, y por todas partes pavimento. Eso y la sangre, oscura y densa, saliendo de mi cuerpo. Yo ya estoy fuera, así que no siento dolor. Tampoco paz en todo caso. No hay nada, ni siquiera las cuatro letras de esa palabra: n a d a. Si aún pudiera pensar, pensaría que me he equivocado, y mucho: Andrés no está aquí. Afortunadamente, ya no puedo hacerlo.

 

 

En la cama V: Sábanas perversas

hotel new york 2Vestía con elegancia, traje negro y camisa blanca, pero en realidad estaba desnudo. Frente a mí, en ese espacio sin reglas que encontró refugio en el centro vacío del abrazo -¡colisión más bien!- de nuestros dos mundos, Andrés sólo fue Andrés, su pulpa, mi alimento: no su ropa, no su nombre y -qué duda cabe- no su puta sangre ni sus genes malditos.

Nos arrojamos el uno sobre el otro incluso antes de tocarnos, porque lo que íbamos a vivir estaba ya vivido. A centímetros de distancia nos olimos, como dos cachorros de hiena probando su alimento, y nos desnudamos con la mirada quieta para observarnos con los ojos del hambre y con los del alma.

Los años lo habían tratado bien, pero cada signo no reconocido era como una herida para mí, un recordatorio de lo concreta que podía ser en él mi ausencia. Sin poder evitar que me adivinara, como tantas otras veces, retrocedí un par de pasos e intenté sonreír, pero él no se movió, dispuesto a llegar hasta el final de nuestro escrutinio. Noté en ese momento que tenía una pequeña cicatriz bajo el mentón y estiré el brazo para tocarla. Entonces me cogió la mano y me acercó hacia sí, sin brusquedad pero con firmeza, para posar sus labios en el nacimiento de mi cuello. Cerré los ojos para cabalgar sobre mi piel montada en su aliento, pero al sentir sus dientes hundiéndose con decisión apresurada en mi carne el suave batir de las alas de una mariposa se convirtió en tornado, dividiendo el mundo entre lo que está dentro y lo que está fuera, lo que importa y lo que no. Grité entonces, con esa densidad y esa falta de contención que tienen los gritos atrapados largamente en las entrañas, bebiendo de sus dientes feroces la sombra de su amor. Sólo me soltó cuando empezaron a brotar las lágrimas.

– Deja salir el dolor. Clama, llora, escúpelo cuanto puedas, porque ya no cabe más entre nosotros. Y esta noche no hay sitio para él- me susurró al oído.

– Nunca lo entendí hasta ahora, esa sensación. Podrías matarme y moriría sintiéndome liberada, besando tus manos asesinas.

– Nada de eso, yo te quiero viva. Y mía.

beso ok

Besarlo y beber de su saliva los restos salobres de mi propia sangre fue como entrar a alta velocidad en un túnel vacío después de años de luces enceguecedoras. Y aunque la sensación se me revelaba frágil, volví a sentir por unos segundos que pertenecía, que en este mundo había un sitio para nosotros y que siempre sabríamos como volver pese a todo. En el sabor de Andrés no cabían argumentos, en el lado del mundo en el que él estaba las razones llegaban deslucidas, fantasmagóricas.

– Tendríamos que haber nacido primitivos- murmuré-. Quiero decir, en la prehistoria. O en alguna tribu de esas…

– No te detengas y ya. Corre por tu alimento, sin mirar atrás. Estas cuatro paredes son nuestra selva, aquí somos libres.

Como si sus palabras hubieran puesto fin a un conjuro, lo empujé suavemente sobre la cama y me incliné sobre él, luchando contra el deseo de tragarme su polla de inmediato. Apenas aguanté un par de lamidas ávidas, quería sentir cuanto antes su miembro vivo y caliente dentro de mi boca, su glande conquistando mi garganta. Quería follarlo, sorberlo y amarlo con la fuerza de mis labios, que se negaban a liberar a su prisionero. Aguantó bastantes embates pero terminó soltando un par de rugidos, y me tiró sin clemencia del pelo para apartarme. Se incorporó entonces, emergiendo de sí mismo con una sonrisa torcida, y me besó el labio inferior. Temí que me lo mordiera y aspiré un suspiro que no pasó desapercibido. Él estrujó mi mentón entre mis dedos, y me acercó la polla a la cara.

– ¿Todavía tienes hambre?-, preguntó.

– Mucho.

– Bien. Quiero durar cuando te folle, que ya no puedas más y me supliques que pare. Quiero que mañana te cueste caminar, que me lleves en cada uno de tus pasos. Quiero follarte por cada uno de estos años perdidos, porque alguien me los debe y ya no me importa quién. Ahora tú me los vas a devolver.

Mientras hablaba se sacudía la polla con movimientos convulsos. Nunca se la había visto tan grande como ese día entre sus dedos agarrotados, tan hinchada que parecía que iba a explotar, las arterias aguantando a duras penas el tránsito furioso de su sangre. Acerqué mi boca abierta de pajarillo y lo que me cayó encima fue un alud denso como la noche, con gusto a mar y a aullido.

Cumplió su advertencia. Me embistió sin compasión, reconquistando desde la primera entrada su derecho a poseerme. Oleadas metálicas me retumbaban por dentro, cada vez más grandes, más absolutas. Perdí la cuenta de sus erupciones y mis remolinos, sólo puedo decir que juntos llegamos al centro de la galaxia para flotar en un espacio sin continuidad.

Eso y que al día siguiente (¡y unos cuantos más!) no pude evitar caminar como robot. Y acordarme de él, claro. Aunque eso lo habría hecho de todas maneras, con o sin advertencia cumplida. Pero eso ya es adelantarse, y cuando se intenta ir demasiado rápido se corre el riesgo de ver derrumbarse nuestro castillo de naipes, porque siempre se derrumba al final. No hay ninguna bendición en la clarividencia.

De cualquier manera, si me lo hubieran preguntado en ese momento, hubiera asegurado que mi castillo era frágil por el lazo que nos unía. Pero no. Era realmente lo que nos separaba la carcoma de sus cimientos.

castillo 2

No hablamos mucho mientras recuperábamos el aliento, atrapados por el demandante relajo de nuestros cuerpos. Restos de sombra y de máscara de pestañas se habían quedado adheridos a la blanquísima funda de una de las almohadas, dibujando la silueta de dos ojos sin rostro, ligeramente asustados. También nuestras pieles oleosas habían dejado su rastro sobre las finas sábanas de algodón egipcio del hotel. Miré a Andrés y esbocé una sonrisa, pero algo de la pureza del momento se había perdido.

– Necesito un baño- le dije.

– Y yo.

Me siguió hasta la enorme bañera, que llenamos con agua tibia y el contenido de unos botes de cristal que descansaban en una repisa junto al lavamanos (sales, aceites, espuma, bombas efervescentes… no faltaba de nada). Cuando todo estuvo preparado nos sumergimos juntos en nuestro lecho acuático, yo recostada sobre él, la punta de su miembro haciendo cosquillas en mi culo. Abrí un poco mis carnes y lo dejé reposar allí, sin permitirle realmente la entrada. Él apretó un poco más su abrazo y cruzó sus tobillos sobre mis muslos.

Nos quedamos allí lo suficiente como para que el agua comenzara a refrescar mis enfebrecidos genitales. Sólo entonces me di cuenta de que tenía la garganta seca y me giré, intentando ponerme de pie.

– ¿Dónde vas?- preguntó Andrés empujando hacia abajo mis hombros con sus manos. Me quedé donde me dejó, de rodillas.

– No te vayas –insistió-. ¿Qué quieres?

– Tengo sed.

– Abre la boca.

boca, beberCerré los ojos y le obedecí, pensando que iba a masturbarse nuevamente, pero en lugar de eso lo que llegó hasta mis labios fue el sabor inconfundible de un chorro de orina (pese a que hasta entonces nunca la había probado), que después continuó su recorrido por mi barbilla, pechos y ombligo. Me imaginé que con ello me liberaba de cualquier atadura que aún pudiera existir aún entre nosotros, y me incliné hacia atrás para permitir que su líquido dorado me limpiara bien, sin dejarse nada. Pese a la seguridad de sus movimientos abrió los ojos con cierto asombro, aunque sin duda complacido. Cuando hubo terminado me hizo girarme hacia la pared, a gatas y de espaldas a él, al tiempo que cogía el bote con el aceite, depositando una cantidad generosa sobre la palma de su mano. Torcí la cabeza en un ángulo casi imposible. En escasos segundos su erección se había vuelto enorme nuevamente.

– Sé que no es lo mismo, pero…

De un manotazo en cámara lenta me esparció el aceite alrededor del ano, flexionando ligeramente los dedos para dejar entrar un poco más allá el unto. Acto seguido, sin ningún tipo de aviso o contemplación, me hundió la polla bastante más adentro de lo que hubiera esperado para una primera embestida. Me sorprendió que no me hiciera ningún daño, deslizándose dentro de mí con inesperada fluidez. Inmediatamente sentí una garra de terciopelo apretando mi garganta, mientras cosquillas zumbonas escalaban por mi columna. Andrés se enterró hasta el fondo de mí mientras me penetraba el coño con los dedos. No grité, pero todo se quedó suspendido. Entonces me empujó hacia atrás y comenzó a follarme elevando violenta y repetidamente la pelvis, mientras yo daba saltos sobre sus carnes resbalosas, fascinada con esa montaña rusa anal que hasta entonces no había experimentado. Cuando me puse de pie sus líquidos chorreaban entre mis glúteos y piernas, para ir a perderse entre las pequeñas olas de nuestra ciénaga perfumada.

– Pensé que ya nada podría excitarme- soltó él de pronto-. Crucé tantas líneas intentando recrear una sensación parecida a ésta que todo se terminó desdibujando, perdió sentido. Y ahora que estoy aquí lo veo claro: Si éste es un amor enfermo, prefiero la enfermedad. Mi destino eres tú o no es ninguno.

– No pensemos en destinos ni en mañanas, por favor- le contesté, cerrando el paso a la congoja-. Mientras menos se meta la cabeza en todo esto, mejor.

– Aún así, no podemos negar lo innegable. Aunque no quieras hablar de ello.

– ¿Quieres tú? ¿De verdad quieres hacer eso ahora?

– No-, concedió tras unos instantes-. Lo que quiero es pedir servicio a la habitación y reponer energías, para que no te puedas librar de mí tan fácilmente.

“Eso no podría hacerlo ni dedicando toda mi vida a ello”, pensé, pero en lugar de decir algo le guiñé un ojo.

– ¿Te apuntas entonces?- preguntó poniéndose de pie.

– Me parece la mejor idea del mundo mundial-, le dije con una sonrisa en la que cabían todas las preguntas y ninguna respuesta.

Lo vi alejarse en ese momento, y ese breve trayecto que habría de recorrer camino al teléfono, centímetro a centímetro más lejos de mí, se me volvió de pronto intolerable. Entonces fue como si me hiriera un rayo, como si, sin más, me alcanzara de lleno la certeza de nuestra condena. Y el grito salió de mí sin aviso, sin pasar por mi cerebro, expulsado desde el centro mismo de todo lo que no tiene cuerpo hacia ese mundo hostil que le extendía sus engañosos brazos.

– Hazme un hijo, ahora, esta noche.

– ¿Cómo dices?- preguntó en un susurro, el gesto congelado. No supe descifrar si lo que había en su mirada era confusión u otra cosa.

– Sabes que lo nuestro no es posible, que no va a durar. No depende de nosotros. Sería una manera de tenerte por siempre.

– ¿Y qué pasó con eso de darle un hogar a un niño abandonado?

– Ese es un sueño que ya no cumplimos. Hace mucho que renuncié a él. Pero no puedo renunciar a ti, no del todo-, insistí.

– Eva…

– Yo te amo. Tú me amas. Sería un hijo del amor. No hay más.

Lo miré largamente. Y entonces cerré los ojos y contemplé la selva virgen que se extendía frente a mí, llenándome de su verdor. Aterrada, pero fuera al fin de mis enmohecidos barrotes, me encontré cara a cara con mi deseo y lo abracé, dispuesta a darle la bienvenida. Juntos esperaríamos lo que hiciera falta la llegada de Andrés. Tenía que llegar. Estábamos tan cerca.

 

En la cama IV: Sábanas perversas (preludio)

Ansiaría entonces el castigo de las llamas, como única y posible salvación…

Después de que mi padre le partiera la cara al de Andrés la tienda gourmet había dejado de existir. Tampoco yo había vuelto a dirigirle la palabra a Manolo, pese a que durante el primer año hizo varios intentos por obtener mi perdón. En lo que a Andrés respecta, consiguió de alguna manera alcanzar un punto neutro con el que había considerado su padre. Entre ellos se había extendido la tregua del desierto, de la nada. Le había dado la vida al recibirlo como a un hijo para quitársela después, así que Andrés ya no estaba en deuda con él. Podía arrancarlo de su vida sin sentir remordimientos.

Cada uno por nuestro lado, iniciamos una huida hacia delante, donde todo lo que oliera a cambio parecía servir a nuestro propósito de buscar desesperadamente un propósito. Nos cambiamos de casa, de trabajo, de amigos, de hábitos… Llenamos nuestras vidas de nuevas caras y acontecimientos frescos, e incluso llegué a saber que Andrés estuvo unos años viviendo en el extranjero, como si de aquella manera fuera posible conseguir que lo que nos había ocurrido no lo llenara todo, cada segundo, cada pensamiento. Pero era inútil. Ni quemando todos los objetos que me rodeaban hubiera podido dejar de sentir su olor alimentando a todas horas la enfermedad en la que se había convertido su recuerdo.

No alcanzaba. Nada alcanzaba. Ni aunque se mudara de planeta, pensaba yo cada mañana al despertar. Antes incluso de recordar que estaba viva, ya lo estaba pensando.

No puedo resumir en una frase lo que significó para mí el tiempo que estuvimos juntos. Simplemente no hay palabras. Intenté una y otra dejar que entrara en mí la esperanza, en lo que fuera, pero lo único q traspasaba las barreras de mi cuerpo robotizado era un dolor sordo y caliente. Sin embargo, siento que aferrarme a ese dolor fue precisamente lo que me salvó de enloquecer. Era horrible, pero era una desolación llena de él.

Habían pasado ya unos cuantos años, bastantes como para superar lo ocurrido según la opinión de prácticamente todos los que me rodeaban. Bueno, algunas cosas sí que las había superado. Ya no necesitaba dar vueltas en círculos por la habitación antes de ser capaz de meterme a la cama, y reservaba mis lágrimas para ocasiones puntuales. Pero también es cierto que nunca me volví a enamorar, y que incluso la idea de acostarme con otro hombre me resultaba totalmente indiferente. En general, diría que la sensación de que nada valía realmente la pena se había hecho crónica en mí. Así que cuando mi jefe me comunicó que me enviaban nueve días a Nueva York me produjo la misma emoción que si me hubiera dicho que había una cucaracha muerta en el pasillo. “Vale -le contesté alzando los hombros-, si quieres que vaya, voy”. “Si no fuera por la cantidad de horas extras que echas… uf, no sé cómo te soporto”, me soltó. Pero en el fondo sé que me aguantaba porque los dos éramos unos náufragos y me había reconocido. De alguna manera era capaz de ver que mi silencio no era de desdén, que simplemente era el silencio de los perdedores.

NY 1El viaje no estuvo mal, aunque no se puede decir que exprimiera los beneficios de volar en bussiness. Intenté dormir, intenté leer e incluso durante unos minutos le di conversación a uno de los copilotos en un pasillo. Supongo que de alguna manera me amparaba en la altura para jugar a ser otra. Pero la sensación de estar apenas unida por un hilo a todo lo que ocurría en ese otro mundo que abandonábamos no me resultaba del todo liberadora. ‘Si yo estoy arriba, él está abajo’, no podía dejar de pensar.

Sabía que me quedaría en un hotel pijo y que probablemente llamaría la atención nada más cruzar la entrada: A mis ojeras kilométricas y mis pelos de loca, producto de la noche en vela pasada en el avión, se sumaba un atuendo no muy apropiado: Camiseta y pantalón de algodón, zapatos planos y una chaqueta vaquera. Digamos que cuando pensé en la comodidad del trayecto no tuve en cuenta el “momento check-in”. Pero aún así, no estaba preparada ni de lejos para lo que me esperaba al llegar.

La recepcionista sabía algo de español e insistió en comunicarse conmigo en un híbrido anglo-mexicano salpicado de sonrisas y movimientos de brazos. Aunque estaba segura de que no se enteraba ni de la mitad, le contesté también en español, como una forma de agradecer sus esfuerzos, y le pedí que me subieran a la habitación una botella de agua y un bocadillo ligero. Lo último no lo entendió y me empezó a soltar un rollo de unas entradas para no sé qué obra de teatro. Y entonces una voz a mis espaldas me estalló como un bofetón en plena cara, tan inconfundible como si me lo hubiera dado la mismísima mano de Dios.

She’s asking for a sandwish…. Cheese and dried tomatoes on walnuts bread.

En la cama III: Infierno

infierno 1

Lo más curioso de todo es que recuerdo con claridad la sensación de haber pensado, al despertar, que ese iba a ser un día como cualquier otro. Y no es que el pensamiento me desagradara, más bien todo lo contrario. Me gustaba mi vida, y mucho. Sobre todo, me gustaba mi vida con Andrés. Pasábamos por una buena época.

No todo era felicidad, por supuesto, pero quién puede decir semejante cosa…

A veces me preguntaba cómo sería estar con otro hombre, lo confieso. Bueno, quién no se preguntaría algo así en mi lugar. Y no es que no me considerara afortunada. Nunca supe lo que era estar sola o sentirme no querida, Andrés siempre flotó alrededor mío como una nube tibia, haciendo del mundo un lugar más brillante y acogedor de lo que realmente era. Simplemente me jodía un poco el no saber, el no poder tener la certeza de que mi lado de la balanza era el mejor, porque lo que me estaba perdiendo era algo que nunca había tenido. Para mí sólo había un brillo enceguecedor detrás de esa puerta, una idea muy tosca de lo que serían “los otros”. Siempre como un todo, nunca bajo un rostro concreto.

Bueno, no es que le diera demasiadas vueltas al tema. A mis relaciones con Andrés nunca les faltó intensidad, así que sería errado concluir que me aburría. No era eso. Pero si bien aquello que me faltaba se sentía tan pequeñito que casi siempre lograba permanecer ignorado, había conseguido quedarse enquistado en mi interior, recordándome cada tanto con voz débil que tenía capacidad para existir desde la ausencia.

Lo que sí me preocupaba en serio por aquellos días era la llamada de la agencia de adopción, que se retrasaba más allá de lo que podía manejar mi capacidad para el autoengaño. Precisamente la noche anterior lo habíamos estado hablando con Andrés, y ninguno de los dos creía racionalmente que aún estuviéramos a tiempo de recibir la llamada de marras. Aún así seguíamos esclavizados a nuestros móviles, y cada vez que sonaba la campanilla del teléfono de casa nos volvíamos a convertir en padres durante unos escasos y frenéticos segundos, hasta que nos aterrizaba el desencanto. Nunca eran los de la agencia.

De cualquier manera aquel día era domingo, así que nos encontrábamos libres de la tiranía del teléfono. Sé que era domingo porque esa mañana no desperté con Andrés abrazado a mis caderas como de costumbre, lo cual me arrancó un suspiro de felicidad anticipada. El hombre de mis sueños se encontraba en la calle –como todos los domingos que habíamos pasado en casa desde que nos fuimos a vivir juntos– comprando una barra de pan caliente y el periódico. Para mí. Pan y noticias frescas además de cuatro piernas enredadas sobre el colchón, no se me podía ocurrir una mejor manera de recibir el día y de despedir la semana.

Las sábanas aún olían a él, así que me envolví en ellas aunque estaban húmedas de sudor. No me molestaba sentir su calor húmedo entre la tela, pero sí la pesadez que parecía haberse instalado en el aire. Ni una brizna fresca al otro lado de la ventana, y ya iban tres o cuatro noches en las mismas. Pensé en comentarle a Andrés la posibilidad cambiar los ventiladores por un aire acondicionado en condiciones cuando regresara de la compra. Pero lo más seguro era que tardaría en volver, porque estábamos de racha y aquellos domingos en que se levantaba más animado solía acercarse hasta la panadería francesa, que estaba varias calles más abajo.

Al convocar ahora estos recuerdos me pregunto si el entusiasmo febril con el que nos entregamos el uno al otro por aquellos días no sería un intento de robarle protagonismo a la espera que consumía nuestras horas. De cualquier manera se sentía real, muy real. Como todo lo demás…

Aprovechando que tenía un buen puñado de minutos por delante, y que las huellas de nuestro último encuentro aún descansaban en mis contornos y entre las yemas de mis dedos, recorrí con los ojos cerrados mi cuerpo empapado y desnudo. La noche anterior Andrés me había embestido con dureza, y cada arremetida suya había sido más inconmovible que la anterior, más poderosa. Amaba cuando se ponía así, en plan cavernícola. No sé si él se daba cuenta, pero esa hombría condensada en ataque tenía la extraña capacidad de darle lustre a nuestra relación, permitiendo que siempre mantuviera una cierta nubilidad en su esencia. Sus movimientos, profundos y macizos, me explotaban al penetrar como mareas furiosas de placer y dolor, mientras mis brazos inútiles se rendían ante la fuerza de su dominio. Sólo necesitó sujetarlos un par de veces, después de eso un simple gesto bastaba para devolverlos a su sitio. Cuando terminó de follarme quedé tan sensible que llamar al orgasmo había sido, literalmente, como tocar un timbre. Dejamos de hacerlo cuando nos entró el sueño.

Aquella mañana aún podía palpar a Andrés en mi coño henchido, y allí lo busqué, excitada con la idea de que pudiera regresar en cualquier momento y descubrirme. Con roces suaves fui rasgando mis pequeñas resistencias de carne, hasta que mi interior se volvió un pasillo colmado de puertas que al abrirse se deshacían en remolinos, cada uno más grande que el anterior. Y al centro de todo el rostro sin cuerpo de Andrés, la polla sin rostro de Andrés. Extendiendo hacia mí algo parecido a unos brazos acogedores.

No alcancé a correrme, esa es la verdad. A punto estuve de hacerlo, pero el muy cabrón de Andrés eligió el peor momento para llamar a la puerta. Bueno, o al menos yo pensaba que era él. Es verdad que siempre llevaba sus llaves, sí, pero quién más podría ser un domingo por la mañana. Pese a todo sonreí, al caer en la cuenta de que no me importaba que me cortara el rollo si venía con ánimo de compensación, así que ni siquiera me preocupé de ponerme el camisón que yacía arrugado a los pies de la cama.

A veces tengo la sensación de que aquella fue mi última sonrisa.

No, sensación no es la palabra. Es algo más cercano al convencimiento.

infierno 2

En cuanto abrí, el vaho caliente de la calle se coló por la entrada sin darme tiempo a reaccionar. Tampoco pareció hacerlo la mujer que se encontraba de pie frente a mí, y que me miraba estupefacta. Sólo entonces caí en la cuenta de mi desnudez.

– Deme un segundo, si no le importa. En seguida estoy con usted.

Cuando regresé al salón la mujer seguía en la entrada, y aunque no se movía su agitación era notoria, como también sus esfuerzos por ocultarla. Aunque pasaba de los 60 vestía con cierto aire juvenil, pero no en plan ridículo sino que elegante. Pese a su nerviosismo, sus gestos resultaban refinados. Carraspeó un par de veces antes de hablar.

– Eres Eva. Dios mío, en verdad eres Eva.

– Perdón, ¿nos conocemos? – le contesté, notando en sus palabras un leve acento caribeño.

– Me temo que sí. Pero fue hace tanto tiempo que no serás capaz de recordarlo.

– No entiendo. ¿De dónde me conoce?

– Andrés. Necesito hablar con Andrés.

– ¿También conoce a Andrés?

Antes de que tuviera tiempo de responder, el aludido apareció silbando por el pasillo. Al vernos en la puerta apuró el paso con la curiosidad asomándose por el entrecejo. En escasos meses se le formarían allí dos profundas arrugas. Pero en ese pasillo aún seguía siendo un niño. Mi niño.

– Amor- le dije dándole un rápido beso en los labios-, esta señora te está esperando.

– ¿Y usted es?

– Buenos días Andrés. Soy Elena, tu madre.

Eso dijo. Sólo eso, y fue como si la tierra se partiera en mil pedazos desiguales, como una gran sandía que choca contra el suelo una mañana de estío.

infierno ok

Si yo sentí como si me robaran algo en lugar de devolvérmelo, no puedo ni imaginar lo que fue para Andrés escuchar esas seis palabras. Pese a ello su única reacción inmediata fue tragar saliva, para después quedarse mirando fijamente a la mujer que temblaba frente suyo. Tuve que ser yo quién reaccionara y la hiciera pasar al salón. Aunque en el estado en que me encontraba, que se me antojaba cercano a la hipnosis, no atiné a ofrecerle ni un vaso con agua. Y eso que parecía necesitarlo.

Andrés seguía sin decir nada. Se limitó a sentarse en uno de los costados del sofá, con los brazos cruzados y el cuerpo tenso, esperando lo que hubiera que esperar.

– Hijo mío, antes que nada quisiera decir que he venido en cuanto he podido. Créeme que me habría gustado hacerlo antes, no sabes cuánto, pero Rober, mi marido, se encontraba muy enfermo y no podía moverme de su lado. Lamentablemente ya no está con nosotros.

– Nadie le ha pedido que venga… señora. Y no es que me alegre la muerte de ese tal Robert, pero como comprenderá me interesa poco, así que tendrá que disculpar que no le dé el pésame. Además, sigo sin entender que hace aquí- respondió Andrés, y su voz, calmada hasta la asepsia, me pareció por primera vez la de un desconocido.

– Por favor, si me dejas hablar…

– Hable entonces.

– Hace algunas semanas me llamó una amiga a Cuba, que es donde vivo. Ella dirige una agencia de adopciones aquí, y como alguna vez le había hablado de ti le llamó la atención encontrarse tu nombre en un formulario de solicitud. Me dijo que pensaba que se trataba de mi hijo, y aunque no estaba en posición de avisarme, quería decirme off the record que iba a ser abuela. Sólo por curiosidad, ya que pensé que no haría ninguna diferencia, le pregunté por el nombre de tu pareja. Y entonces…

– ¿Entonces? -preguntamos al unísono, dejando que nuestras miradas se cruzaran (Simplemente otro momento tonto que insisto en recordar).

– La respuesta me dejó helada: Eva Sebastián Thomas. Inconfundible. Una chica para la que no alcanzaron los apellidos.

– ¿Y qué tiene que ver Eva en esta historia? Nos conocemos desde niños. Pero eso usted ya lo sabe- repuso Andrés arrastrando las últimas palabras.

– Hijo, esto que te voy a contar tendría que habérmelo llevado a la tumba, pero no será posible. Se lo juré a Manolo y ni siquiera he tenido el valor de ponerlo sobre aviso. Aunque eso es lo que menos importa ahora.

– ¿Qué tiene que ver mi padre? Y por favor, lo de hijo… ni se atreva.

– Lo siento, sé que no me estoy explicando bien pero no me resulta fácil organizar mis ideas- le replicó ella ignorando la última frase-. Acabo de bajarme del avión después de muchas horas de vuelo. Aún estoy un poco acelerada.

– Ya. ¿Y mi padre? ¿Y Eva? ¿Qué pintan ellos en el regreso de la madre pródiga?

– Si dejaras de interrumpirme… Esto no es fácil.

– Haberme escrito entonces. Así lo que sea que tenga que decir habría resultado menos traumático para todos.

– Estas cosas no se escriben.

– ¿Qué cosas? ¿De qué coño estás hablando? ¿Quieres explicarte de una puñetera vez?

Entonces, como si al tutearla por primera vez se hubiera abierto una compuerta, ella entornó los ojos preparándose para escupir su maldición terrible. Y esos segundos aún sin mácula antes de que la pronunciara ni siquiera se ralentizaron, simplemente pasaron por encima del gran manto atemporal de la vida flotando entre latidos de muerte, como si no hubiesen sido los últimos; insuficientes para aplacar la sed de mi avaricia, para calmar el ardor desquiciado con el que volvería a repasar cada uno de esos instantes. Ni siquiera con artificios de la imaginación conseguiría después alargarlos. Más bien al contrario, cada vez que lo intentaba se aceleraban y se hacían más pequeños, atrapados para siempre en la danza de lo inevitable.

– Eva es tu hermana.

– ¿Cómo?

– Que Manolo no es tu padre. El padre de Eva lo es.

infierno 4Intentó seguirse explicando, pero las palabras se deshacían antes de conseguir entrar en mí, como si fueran apenas el reverso de un eco lejano. Que si para cuando se fue éramos dos críos de 3 y 4 años que se detestaban, y que jamás se le pasó por la cabeza que terminaríamos enamorados. Que si con Manolo siempre habían hablado de vivir en la playa, y estaba convencida de que eso haría él tras su partida. Dijo muchas otras cosas, pero ahora no las recuerdo. Me costaba cada vez más trabajo seguirla. Y entonces la pregunta de Andrés, inesperada, logró sacudirme la sensación de sordina con su espantosa lucidez.

– ¿Lo sabía mi padre? ¿Manolo?

– Andrés…

– ¡Lo sabía o no!

– Sí. Desde hace mucho tiempo.

– No te creo- declaró él tras un prolongado silencio.

– Cuando descubrió que su mejor amigo era en realidad tu padre me exigió que desapareciera de vuestras vidas para siempre. Quise quedarme cerca, pero fue imposible. Él se encargó de cerrarme todas las puertas. Y de que yo no volviera a recibir noticias tuyas.

– No, no es posible. Nunca hubiera permitido que estuviéramos juntos. No se hubiera quedado callado.

– Pregúntale tú mismo. Te sorprenderá comprobar hasta qué punto le importa lo que los demás piensen de él. Y su negocio, claro. Por sobre todas las cosas.

El tono de voz de Elena se hizo más ligero en la última frase, como si se hubiera atrevido a soltar parte de la culpa que lastraba sus anteriores palabras. Por sutil que fuera el cambio a Andrés no se le escapó, y torció la boca en un gesto de desagrado. Pese a todo calló, y yo aproveché la pausa para arrojar sobre la pila inquisitoria la pregunta que, a mi vez, me sofocaba el alma. Tomé un gran bocado de aire antes de hacerla, pero más que animarme me supo a canícula y a horribles secretos.

– ¿Y mi padre? ¿Él también lo sabía?

Su respuesta inmediata –”No, no, por supuesto que no. No lo dudes ni por un instante criatura”- debería haberme dado un poco de paz, pero no fue así. Nada podía. Veinte años juntos, veinte años de amor, se deshacían frente a mí en las calderas del infierno, transmutados en dolor y miseria por el indestructible fuego de la verdad.

En la cama II: Felicidad acostumbrada

pareja 2Nos despertamos un poco antes del amanecer porque Andrés había tenido un mal sueño. Su madre volvía a abandonarlo sin darle explicación alguna, pero ésta vez él no era un niño ni su madre tenía el rostro que él aún recordaba, aunque a duras penas. Sí tenía su pelo, lacio y rubio, pero sus facciones eran las mías. Mi mirada, mi boca, mi mentón partido; atrapados en su cuerpo traicionero. Cómplices, partícipes de la gran huída.

Intenté tranquilizarlo acariciando las plantas de sus pies –no os engañéis, no existen los gustos ‘anormales’: dado que todos los tenemos, son lo más normal del mundo-, pero su relato me había dejado una sensación extraña, algo parecido a un zumbido levemente molesto y persistente. Probablemente por la manera en que me narró el sueño, con una angustia impropia de él. Como si fuera otro y viniera de lejos, como si de alguna manera estuviera fuera de sí. Pero no en el sentido literario, sino que en uno más concreto.

La noche anterior nos habíamos quedado despiertos hasta tarde, celebrando que por fin nos habían entregado las llaves del piso nuevo. Conseguir que mi padre aceptara mi salida del hogar que me vio nacer (en serio, mi madre me parió en su habitación) sin un anillo de por medio no había sido tarea fácil. Pero tampoco imposible. Andrés y él siempre habían tenido una conexión especial, un mutuo ‘buenrrollismo’, y finalmente se dejó convencer a regañadientes, con la condición de que yo prometiera esperar al día de mi titulación. Sus preocupaciones no fueron necesarias, debido al retraso de la constructora.

Cuando nos fuimos a la cama nos corría más vino que sangre por las venas, así que nuestra pequeña fiesta particular no terminó según lo esperado. Y confieso que lo había estado esperando bastante, de hecho llevaba unos días fantaseando con todas las guarrerías que haríamos una vez terminada la cena, después de todo se trataba una noche especial. Y no es que no folláramos, incluso me atrevería a decir que superábamos en frecuencia a la mayoría de los amigos de nuestra quinta, pese a que no nos había faltado tiempo para aburrirnos el uno del otro. Pero en un ejercicio de dolorosa honestidad reconozco que comenzábamos a recalar en esa zona en la que cualquier cambio de escenario o circunstancias es bienvenido, porque si bien aún no se ha caído en la rutina ya comienza a intuirse su silueta, y lo que hasta entonces no tenía palabras se puede traducir en una frase: Todavía no estoy ahí, pero la inmunidad no es eterna. No cuando ya es más lo conocido que lo por conocer.

Así que innovar se había convertido en una especie de labor por esos días…

De todas maneras, en ese momento no me importó que mis planes se fueran al garete. Después de unos manoseos torpes y una sinfonía casi interminable de risas sin control caímos abrazados sobre la cama como un fardo con dos cabezas, al borde de la inconsciencia. Antes de que todo se apagara alcancé a pensar que la felicidad era simplemente eso, morir cayendo aferrada a su abrazo.

En la cama I: Inocencia

“Grace is at the core of tragedy, for if there’s no height at which to drop, no pride taken in a life lived, you have nothing to lose. But once in the freefall of disgrace, the only way to change the momentum is to use it to your advantage”.

(Revenge, ABC)

castillo

Muy lejos del lujo que sugería su nombre, el Grand Castle Hotel era un viejo edificio ruinoso donde las parejas sin recursos iban a echar un polvo. Todo en él resultaba inquietante, desde sus pasillos oscuros hasta sus maderas crujientes, y más de un huésped se había ido con la sensación de que el esqueleto que soportaba el establecimiento respiraba bajo las descascaradas paredes que lo recubrían, atento a todo lo que ocurría. Como si su quietud fuese solo aparente, como si esperase algo.

Claro, también estaban las cucarachas, el moho en las paredes de los baños –compartidos cada dos habitaciones- y el frío que se colaba entre medio de las grietas en invierno. Además de otros inconvenientes que ya me habían sido advertidos por una amiga que había estado un par de veces con su novio. Pero a mí no me importaba nada. Sus puertas se me antojaban la entrada al paraíso.

Por aquel entonces mi piel aún no conocía el tacto de unas buenas sábanas, ni mi corazón había aprendido a buscar el vacío detrás de una mirada. Al contrario. Los ojos de Andrés estaban llenos de un deseo que crecía y burbujeaba como la levadura, y mi cuerpo había empezado a reconocer el efecto que producía en el suyo. Así que cuando sugirió que celebráramos su cumpleaños en el Grand Castle le dije que sí. Pese a la inquietud que me producía la idea..

Ese día él cumplía 16 años. Yo tenía uno menos. Ambos íbamos a hacer el amor por primera vez…

Y digo hacer el amor, aunque hoy la frase me resulte desagradable, porque a Andrés yo le amaba. Y él a mí, con fuerza. Tanta que me hacía ansiar la adultez, para ponerlo todo a prueba y escupirle mi triunfo a la vida, robándole antes de tiempo sus cuidados secretos. Para ser, de una vez por todas, todo lo que hubiéramos podido llegar a ser.

Pero esa es otra historia…

Nos abrió un tío que parecía sacado de una película de Tim Burton. El pelo enmarañado, los ojos saltones y una chaqueta verde limón cargada de remiendos. Apenas se permitió una leve sonrisa al vernos en la entrada (probablemente estaba más interesado en la caja que haría esa noche que en la edad de sus clientes), y tras recordarnos la hora de salida nos entregó una llave enorme y oxidada, limitándose a hacer un gesto hacia la puerta que se encontraba al final del pasillo.

Llegar hasta ella fue como caer en cámara lenta por un tobogán de paredes amables, pero cuyo trayecto no admitía retroceso. Sobre nuestras cabezas se deshacía suavemente la infancia, acudiendo al llamado de la brisa que corría hacia rumbos desconocidos fuera de los muros del hotel. A nuestros pies se abría el futuro, enorme y palpitante. Una vez dentro de la habitación tuve que coger la mano de Andrés, mareada de sensaciones.

Juegos previos no tuvimos, pero no me quejo. De cualquier manera yo estaba demasiado nerviosa como para rehuir la torpeza, pero a la vez ese mismo nerviosismo me mantenía despierta y receptiva, cargándolo todo de un erotismo recién nacido que parecía brotar hasta de los muebles. Incluso antes de que Andrés me quitara con movimientos mansos la camiseta, ya podía sentir sus dedos en mi piel, escribiendo con sus yemas nuestra historia en mis rincones más analfabetos. “Eva”, susurró paseando su mirada de larva furiosa sobre mis pequeños pezones erectos. “Eva”. Nunca mi nombre me había parecido tan virginal y tan de la tierra al mismo tiempo.

Sentirlo dentro por primera vez no fue para nada doloroso, o al menos así no lo recuerdo. Sí recuerdo el calor húmedo que acarició mi entrepierna, y –pasados los primeros minutos- la sensación de querer que se introdujera completo por esa boca poderosa que hasta entonces no conocía la magnitud de su hambre. Cuando vio correr mis lágrimas se detuvo al instante, preocupado por estarme haciendo daño. “Son de felicidad”, recuerdo que musité, abrazándolo para invitarlo a sobrevolar conmigo ese éxtasis que entre ambos habíamos conquistado.

Recuerdo también haber pensado que lo que yo hasta ese momento creía que eran besos no eran besos, en realidad eran caricias dadas con los labios al otro lado de la piel. No fue hasta esa noche que sus besos entraron en mí realmente, que él entró en mí como una realidad concreta. Esa noche fuimos dos.

No nos alcanzó para el desayuno, pero Andrés sacó de la mochila un par de bocadillos enormes que devoramos en el parque cercano a mi casa, saciando nuestra sed en la Fuente de los Querubines, bajo cuya sombra tantas veces habíamos jugado de niños. Cuando terminamos de comer –queso y tomate seco en pan de nueces, delicias a las que estábamos habituados desde que nuestros padres, también amigos de la infancia, se habían asociado con una tienda gourmet– nos tendimos sobre la hierba a disfrutar del sol de la mañana. En un momento dado Andrés se giró en mi dirección y acercó su mano hacia mi rostro. Ungida por una sensación de trascendencia, entorné los ojos dejando que su presencia se convirtiera en tacto y oscuridad, pero sin permitir que esa oscuridad me lo robara del todo. Y entonces retiró con delicadeza una miga de pan que se había quedado atrapada entre la comisura de mis labios, y se la llevó a la boca.

Últimamente esa imagen se asoma en mí con insistencia.

La danza del adiós

la danza del adiósCinco años y veintitrés días después se mirarán por última vez, casi de la misma manera en la que se miraron en aquel bar cuando todo comenzó: Como si supieran lo que está por ocurrir y no terminaran de creérselo.

Volverán a saltar al unísono hacia lo desconocido, aunque a diferencia de la primera vez no los unirá un abrazo. En cambio, se impulsarán el uno al otro en direcciones opuestas, con estudiados movimientos de bailarines, en una danza en la que nadie tenderá la mano a nadie porque tanto él como ella codiciarán para el otro la prisión que abandonan. Y así, volverán a cambiar el territorio, y pensarán nuevamente que “está todo bien”, sin recordar que eso antes ya lo hicieron, mientras marcan el número del colega de turno para comunicarle las novedades.

Ella llorará, pero sólo lo inevitable, porque muy temprano aprendió que él no la encontraba deseable con el rostro cubierto de lágrimas, y aunque estará preparada para dejar de sentirse deseada, no lo estará aún para tener la certeza de que es él quien ya no la desea.

El bostezará y mirará el reloj un par de veces, intentando revestir con una capa de tedio toda la pulpa del ‘nosotros’ que aún tendrá en carne viva.

Por supuesto, ninguno de los dos dirá nada trascendente, o tan siquiera que no haya sido dicho ya; toda su relación habrá sido un entrenamiento para llegar a ese instante. Y ninguno se permitirá recordar los buenos momentos, porque sabrán reconocer la inutilidad de semejantes evocaciones. Ambos pondrán devotamente sus dolores y esperanzas fallidas en el altar el olvido, y levantarán la resistencia como bandera. Él no le contará que le sobran sábanas, soledades y aire por la noche, y ella preferirá callar a reconocer que, pese a todo, estaría dispuesta a volver a intentarlo. Y así, escudados en el otro para justificar sus respectivos silencios, se despedirán como si nunca se hubieran amado, un gesto apenas, de esos que se deshacen con la primera llovizna.

Por qué amamos, por qué engañamos


Conferencia de la antropóloga Helen Fisher que habla del amor y analiza su evolución, sus fundamentos bioquímicos y su importancia social. Os la recomiendo muy mucho 🙂 Vale que la mujer no derrocha encanto escénico, pero plantea unas reflexiones de lo más sustanciosas…

(Por si no se ve bien el video -parece que da problemas en algunos navegadores- os dejo el link al original, sólo hay que hacer clic aquí. Tenéis que seleccionar los subtítulos eso sí…)