Stand-bye!

hoja flotandoCuando era niña, no sé a qué edad exactamente pero creo que no pasaba de los seis años, tomé clases de natación en una especie de club jetsético–pueblerino para clase media del que mis padres eran socios.

No recuerdo mucho de piruetas y ejercicios (más bien, como mucho, en la actualidad consigo nadar unos cuantos minutos como sapo despaturrado), pero sí se me grabó en la piel la sensación que tuve esas primeras veces que conseguí flotar, con los ojos cerrados apuntando al cielo, sin que el dedo de la profesora me ofreciera soporte en un punto estratégico de mi espalda. Éramos sólo yo, el agua abrazando mi cuerpo diminuto, la oscuridad y ese extraño silencio acuático que parece regresar todos los sonidos a su origen, hacia la matriz. Había algo hermoso y feroz en esas ocasiones, algo profundamente amenazante y maravillosamente liberador al mismo tiempo.

Así siento la vida ahora mismo, como algo amenazante y frágil, pero a la vez liberador. Y esta liberación, que llega a través de montes escarpados y variopintos desafíos, tiene acaso una mayor densidad, una dimensión más compleja, más elevada que en otras ocasiones. Y yo no puedo seguir mirando para el lado, ni conformándome…

No soy de las que sueña con ser Frodo, pero si toca, toca.

charlie 3Eso sí, las batallas no suelen ser gratuitas. Ahora mismo que intento colocar a mis soldaditos en orden, sacarle brillo a las armas y poner en marcha nuevas estrategias y avanzadillas, no tengo tiempo ni energías para más. Y no quiero terminar superada, neurótica y sin pelo. Porque tengo mucho, muchísimo trabajo frente a mí, y un mínimo de vida que requiere ser vivida fuera de un asiento y una pantalla, y en el camino no estoy dispuesta a dejarme la paz, ni esta claridad que tantos momentos oscuros me ha costado.

O sea que esto que empezó tan bien montadito en realidad es un aviso. Me desaparezco por un tiempo. Un par de meses al menos. Y lo hago disculpándome de antemano, por esas visitas, mensajes y comentarios que me dejo sin contestar, y los que vendrán. Nada se irá al olvido, sólo descansarán en carbonita hasta que alcance prados más verdes y pueda apretar el botón de descongelar. O hasta que consiga dominar al mundo… Seguro que lo primero es un pelín más rápido!!

charlie 4Ojo, que no me voy ni me he aburrido del blog, os sigo queriendo y necesitando. De hecho, tengo más ganas que nunca de estar acá, de escribir para mí, para vosotros, precisamente ahora que me siento llena, fértil, creativa. Pero también prudente. Simplemente no es el momento de tirar de este ovillo, las cuentas no cuadran, toca elegir.

Mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor

Ajajaja, no, no era eso, pero suena tan bonito anyway!!! 😀

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Experiencia “Puf”

puf 1Sí, lo confieso, lo hice. Más que porque me gustara la idea en sí (decenas de reparos, tontos y menos tontos, venían a mi cabeza cada vez que me planteaba el tema), por mi emperramiento en beber de muchas aguas, en probar antes de decir no gracias, en coleccionar nuevas aventuras aunque de entrada parezcan algo surrealistas, frikis o incluso loosers.

Lo hice. Por curiosidad. Por aburrimiento. Por tener algo que contaros. Porque lo que suma no resta. Porque me aparecieron unos cuantos cheerleaders en el camino, encantados ante la posibilidad de vivir una nueva experiencia… vicaria, pero experiencia al fin y al cabo. Es curioso, todos te animan pero casi nadie lo ha hecho o piensa hacerlo.

Total, que me creé un perfil en una de esas páginas para conocer gente. Vamos a llamarla “Puf”, aunque el nombre no sea precisamente un alarde de imaginación. Pero como que da igual, porque la palabra le va como anillo al dedo. Puf entonces…

Mi experiencia en Puf duró menos de dos semanas, y todo ese tiempo se vio movilizada por ese potente motor que llamamos culpa. Culpable de hacerlo sin fe. Culpable de no contestar a todas las solicitudes, mensajes, toques, guiños, listas y noséquémases que iban proliferando como hongos en mi buzón de correo. Culpable de inventarme una excusa tonta para no salir a tomarme unas cañas con el gordito angustiosamente simpático de los catorce mensajes. Culpable de reírme de los que me escribían “hola presiosa” o “haber cuando quedamos”. Culpable de salir huyendo de una conversación cuando el tío me confesó que se sentía deprimido y solo y que hace tres años que no echaba un polvo porque nadie le paraba bola.

Nada como Puf para sentirte como una grandísima hija de puta. ¡Qué satisfacción garantizada ni que niño muerto! Maldad garantizada. Partiendo por la propia.

puf 3Es verdad que empecé con cero fe. No tanto en la fauna humana que me podía encontrar como en el sistema en sí, en entrar en un juego que se maneja con los códigos de un supermercado, en este caso de de kilos y alturas. Porque frente a ti no tienes personas sino tallas de ropa y colores de ojos, acompañados de unos cuantos datos a duras penas personales, jirones de información supuestamente valiosa del tipo “tienes coche” o “te gustan los niños”. Pero aún así le puse empeño. Ya sabéis, por eso de vivir las experiencias a cabalidad. Demasiado empeño diría yo…

La cosa es que a los cinco minutos tenía un aluvión de mensajes reclamando contestación. Algunos podréis pensar que las fotos tenían trampa, pero prometo que no. De hecho, descarté de entrada “las mejores”, porque no quería verme más radiante que en mi día promedio, igual como jamás usaría sujetadores con relleno y no cuento en mi colección con ningún “push-up”: Lo que hay es lo que ves, no quiero que nadie se sienta estafado a la hora de la verdad.

Habrá sido la intro entonces, porque esa sí que me la curré. Y así, con unas cuantas frases, aterricé en esa tierra de ilusiones y hambres contenidas como la más maja entre las majas. La más open mind. Densa pero ligera, sofisticada pero sin perder lo simple, cosmopolita pero accesible. Y por supuesto, con un infaltable toque de humor.

El problema es mantenerse a la altura de la imagen que uno tiene de sí mismo –la “ficha” en ese caso- más allá del buen rollo inicial y la declaración de intenciones. Lo cual parece fácil al principio. Pero claro, es como cuando participas en un reallity (a este paso pocos moriremos sin haber estado en uno). Empiezas mostrando lo mejor de ti y a los dos minutos ya estás arrancando ojos a diestra y siniestra y descuerando a tu ex mejor amigo con tu archirrival. La naturaleza humana, que tiene estas cosillas…

puf 4Tampoco es fácil en todo caso mantener una actitud abierta y querer ir a lo profundo del ser cuando un tío te manda una foto en zunga de leopardo o cuando otro aparece en su perfil muy sonriente con su mujer y sus hijos (¡historias reales!). Otras para la colección son: borracho en un garito, mostrando “tableta” al espejo del baño, abrazado a dos rubias tetonas, apuntando a la cámara con una pistola de juguete y con cara de suicidio inminente. Por no hablar de las fotos troceadas (ojos, pedazos de cara, pies sin dueño, una mano con una sonrisa dibujada…) y las directamente falsas (el hermano menor de Brad Pitt en foto de estudio, vestido de Armani y buscando el amor en Puf… yaaa!).

Es que además está el tema de los filtros. Puedes poner los que quieras para buscar gente (incluso nivel de ingresos o de estudios) pero no para ser buscado. Y da igual que pongas que no te interesan los casados y los abuelitos, que uses mayúsculas e íconos con caritas de espanto. Igual te escriben, por si las flies. Porque pareces tan simpática…

Y claro, también hablamos de un sitio donde llega mucha gente que se siente sola. Y que lo que están buscando es de alguna manera solucionar su vida, encontrar una llave a una felicidad que se resiste, a un futuro menos triste, que se visualiza más habitable y mejor por el hecho de estar en compañía. Pero eso de ser una llave para alguien es demasiada responsabilidad. Además de un coñazo.

puf 2¿Qué haces entonces cuando tienes 50 mensajes de 50 tíos que no te parecen atractivos en lo absoluto pero que se nota que han hecho un esfuerzo por presentarse, decir algo amable, parecer graciosos y ganarse una oportunidad? ¿Qué hacer en una tierra de solitarios cuando no te seduce la soledad? En mi caso, sentirme como la mierda.

Sé que otros lo viven con más liviandad, que muchas veces me enrollo más de la cuenta, y que no arrastré a nadie al suicidio con mi indiferencia cibernética. Pero aún así en mi conciencia se balanceaba más de un ahorcado virtual, sobre todo en el caso de los que andaban pregonando su abandono como doloroso cartel de presentación. ¡Cuánto peso para algo que empezó como un intento de diversión!

Igual me habría molado llegar a la parte del “cara a cara” con alguien. Son tan poco habituales las citas hoy en día (yo al menos tengo muy pocas a mi haber) que más que rancias yo diría que comienzan a tener el encanto de lo vintage. No es que haya notado su ausencia pero supongo no soy del todo inmune a tanta peli y serie gringa que me tragué en mis años adolescentes. Que te abran la puerta del coche y te muevan la silla para que te sientes no está tan mal después de todo. Es más, puedo vivir perfectamente con ello.

puf 5Creo que sólo por eso, por la curiosidad de esa cita potencial con alguien potencialmente interesante, que no huí a los dos días y aguanté un puñado más. A ver si alguno me hacía levantar una ceja con el poder de un par de párrafos. Pero definitivamente Puf no es país para poetas. Ni para corazones culposos, ya que estamos…

Fantasías prohibidas

cartel superman mujer maravillaNo soy amiga de lo prohibido. Lo cual siempre es jodido, porque hay muchas cosas en esta vida que están prohibidas. Y si no tienes pasta, muchas más.

Entonces intento, al menos, no prohibirme demasiado a mí misma. Claro, si nos podemos rebuscados, cada día me prohíbo algún chocolate que me impedirá entrar en mis vaqueros favoritos, algún insulto liberador en pro de la convivencia –o de la supervivencia incluso- cotidiana, algún gusto que terminaría de liquidar mis finanzas. Y podría seguir, que sólo estoy mirando por encima.

Sin embargo, mis auto-prohibiciones suelen estar basadas en consideraciones prácticas, como no perder mi trabajo o no rodar por las calles de Madrid, que si por mí fuera me zamparía 5 pizzas chorreantes de queso calentito cada noche. Otra cosa es cuando hablamos de asuntos morales.

No se trata de que no tenga límites ni que me guste hacer de todo, ¡que el de las barbas me libre! Con lo que he visto por ahí, la sola idea me parece espeluznante. Sin embargo, creo que he conseguido que mis límites sean los propios, los que me dicta mi estómago, los que llevo dentro. O sea, que tiendo a –o intento al menos- hacer lo que me gusta y no hacer lo que no me gusta, lo cual no es ni tan poco ni tan simple. Claro, hay elementos culturales, sociales, familiares… pero también procesos de vaciado y limpieza que me han permitido desarrollar una cierta resistencia a imposiciones externas.

Ahora, no reclamo ninguna originalidad al respecto, más bien todo lo contrario. Pasé muchos años sintiéndome transgresora –con todo el subidón y la incomodidad que eso significaba-, pero ahora más bien me parece que la esquina que habito se vuelve cada vez más reconocible, y que se va poblando y fortaleciendo en su condición de opcional (como contraria a heredada). O por decirlo de otra manera, que mi forma de ser, de entender y habitar el mundo, se va volviendo más y más hija de su tiempo.

¿Qué son entonces, hoy en día, las fantasías prohibidas? Para muchos ya no tienen sentido esas imágenes de ojos vendados, esposas, látigos, tríos, juegos de rol o casi cualquier cosa que podáis poner en la lista del imaginario clásico clandestino. Been there, done that. O eso o es que, simplemente, no apetece. Si apetece se hace.

Paralelamente, y acá también voy perdiendo terreno en lo que a singularidad se refiere, hay también una tendencia reconocible hacia nuevas formas de relacionarse, otras maneras de conectar entre personas dispuestas a combatir la oscuridad que se esconde detrás del brillo rosa de las relaciones pactadas, los convenios de por vida y la exclusividad sobre los cuerpos y los deseos. Opciones no menos dolorosas ni difíciles en mi humilde opinión, pero sí más honestas y valientes.

En mi caso, he reconocido (en ocasiones con mucha dificultad) que mi búsqueda de libertad pasaba inevitablemente por aprender a respetar la libertad del otro. Pero a respetarla de verdad. Su libertad de no querer abrirme las puertas. Su libertad de no desearme. Su libertad de desearme menos de lo que quisiera, o de forma menos total. Su libertad de irse. Su libertad de quedarse sin certezas de permanencia, sin condiciones, sin requerimientos de cambios. Su libertad de que otras cosas sean más importantes, o tengan más peso en momentos determinados. Su libertad, al fin y al cabo, de tomar sus propias decisiones.

Creo firmemente en que lo único honesto es la ausencia de promesas, la eliminación de cualquier mañana en los discursos y en los afectos. Lo cual no significa que una relación no pueda durar toda la vida, o incluso que alguien no pueda desear, genuinamente, no estar con nadie más en lo que le queda de vida. De hecho, ¡qué belleza cuando eso ocurre!

Creo en la incertidumbre, y en la importancia de saber estar y funcionar solos, con independencia de si se tiene pareja o no. Creo en el amor desde la igualdad de espacios y oportunidades, y creo que la única exclusividad posible es la que nace del deseo, del sentir real de los cuerpos y de la conexión de las almas, no de una firma o una promesa arrancada en medio de un periodo de colocón cerebral. Pero lo creo no porque sea cómodo o bonito, o porque me guste. Lo creo simplemente porque siento que lo contrario es mentirse, porque muchas veces crecer es aceptar.

Volvamos a jugar con la pregunta que nos convoca entonces. Si entendemos “lo prohibido” como algo a lo que no se aspira realmente, es decir no como un proyecto a realizar sino como una ilusión desde lo intransable, una aberración casi… ¿Cuál sería mi fantasía prohibida en ese caso? ¿Mi fantasía horrible, inconfesable, impura? ¿Un macho protector y proveedor? ¿Una casita en la pradera con cuatro hijas de doradas trenzas largas? ¿Un despreciable famoso con sus despreciables y sucios millones y su abdomen perfecto?

cartel amorCasi, pero no…

(Y habría quedado de lo más sugerente como título, pero que queréis, me pudo el SEO…)

 “La seguridad de un hombre enamorado de por vida”.

 

N de A: Tras un nuevo lapsus existencial, este post pretende cerrar la trilogía “a la carta”, en esta ocasión en respuesta a la sugerencia de mi estimado A. Irles, autor de Otra resaca más, que propuso como tema para una entrada lo siguiente: “Fantasías prohibidas! Y no me refiero a algo sexual (que también podría ser…) si no a anhelos oscuros que podrías tener o que creas que la gente pueda tener…”.

Total, que ninguno me puso las cosas muy fáciles… Ya me las pagarán! 😮

Sobre la trascendencia y el sexo ‘de puta madre’

Inocente de mí, hace un par de semanas lancé una “llamada de auxilio” a través de este blog, poseída por una de mis crisis de sequía creativa. Pensé que me estaba haciendo la vida más fácil, sin imaginar siquiera los berenjenales en los que habría de meterme.

Y es que claro, con el calibre de las propuestas recibidas, como la que aportó el amigo Ducrein, a ver quién se saca un post de la manga en media horita…

Pero antes de que me líe más, os dejo con sus palabras:

http://www.planetaholistico.com.ar/Tantra.htm¿Qué te parece hablar del sexo como paradigma de autoconocimiento y desarrollo personal y, por añadidura, transpersonal? Siempre he pensado que nos solemos quedar en la superficie, que solo rascamos la punta del iceberg y aprovechamos una parte ínfima de todo lo que nos brindan las relaciones sexuales como herramienta. Durante un acto sexual nos encontramos mucho más dispuestos a vaciar nuestra mente, trascender el ego y conectar con nuestra esencia, así que en cierto modo es una pena que todo se quede en un viaje en montaña rusa del cual solo recordamos que ‘nos lo pasamos muy bien’.

Desde que la leí esta propuesta me guiñó un ojo, pero también desde el primer momento me exigió respeto. “No me vayas a pasar por encima”, me advirtió. “Soy un tema importante”. Y así ha estado desde entonces, dando por saco, metiéndose en mi cabeza el temita de marras. El sexo como vía a la trascendencia… ¡Uf, tela! ¿Cómo voy a ser tan cutre de escribir un post intrascendente sobre la trascendencia?

Pensé entonces en documentarme muy mucho, buscar qué dicen los expertos sobre el Tantra, el camino del Tao y todo eso, pero pensé que os podría aburrir. Y aburrirme yo de paso, que es peor (para mí al menos…).

Probablemente ahí esté el problema, el primer problema. Esa tendencia a dividir el mundo siempre en blancos y negros, a nadar con tanta gracia entre dicotomías pero ahogarnos en las sutilezas: chicos malos vs chicos buenos. Polvazo vs sexo de abuelitos. Diversión vs aburrimiento.

Pero no me quiero ir por ahí, no todavía. Retomaré la idea más adelante…

Como es habitual, entonces, voy a hablar de mis propias experiencias, de lo que he vivido, y de cómo el tema propuesto aterriza en mí.

Como os conté en el post anterior, para mi primera vez elegí (si es que se puede hablar de elegir, al menos a nivel consciente, cuando alguien irrumpe en tu vida con esa contundencia) a un personaje bastante peculiar. Y de alguna manera siento que ese arranque me llevó a configurar una suerte de camino en el que la sexualidad se fue volviendo un elemento cada vez más importante en mi vida. No de la mano de quien me acompañó en esa primera experiencia pero sí, en gran parte, a raíz de lo vivido con él. Antes de Ismael el sexo era un deseo eternamente embrionario, una vibración poderosísima a la que no tenía intención alguna de darle cauce. Más bien todo lo contrario.

Novios oficiales no tuve ninguno, pero sí unas cuantas relaciones sin el cartelito. Chicos que me llegaron a gustar muchísimo, que me despertaron mareas dentro de las entrañas, que me llevaron a fantasear. Pero en cuanto mis escarceos adolescentes amenazaban con volverse más carnales, cuando veía en ansia de fusión en los ojos del otro, ponía los pies en polvorosa sin más explicaciones que “lo siento, no sé qué me pasa, ya no quiero estar contigo”.

Probablemente tengan mucho que ver los episodios de incesto que sufrí en la infancia, aunque en ese tiempo no podía verlo ya que tenía los recuerdos bloqueados. No entendía qué me pasaba, y desde mi turbación y mi rabia le reclamaba al cosmos mi derecho a estirar el brazo y coger la deseada manzana de ese árbol que me estaba prohibido. Y entonces apareció Ismael, y mi necesidad de no alejarlo me invitó a cerrar los ojos y saltar al vacío.

Y salté, con el estómago revuelto, el anhelo furioso y la confusión en carne viva.

Desde ese día hasta hoy hay tanto aprendizaje, tantas vueltas, tantas personas importantes, tantas historias, tanto disfrute y crecimiento interno…  Tal vez porque tras esa experiencia me resultara más natural dar otros saltos, abrir otras puertas -mentales y del interior- que querían permanecer cerradas.

Por supuesto que ha habido estancamientos, retrocesos, polvos “puaj”, momentos mezquinos de mi parte, miedos que en algún momento vencieron, complejos, frustraciones y fraudes… no pretendo decir que siempre me lo he pasado de puta madre ni mucho menos, aunque muchas veces sí me lo he pasado de puta madre, jejeje. Lo que quiero decir es que si tenemos en cuenta las definición de trascender (empezar a ser conocido o sabido algo que estaba oculto; extender o comunicarse los efectos de unas cosas a otras, produciendo consecuencias; ir más allá, sobrepasar cierto límite) definitivamente he trascendido a través del sexo.

Ahora, pese a ello nunca me ha abandonado la sensación de que hay un “todavía más” que no estoy alcanzando, niveles más elevados de unión y abandono de uno mismo que se me escapan, capas más profundas en las que rascar. Sin duda he ido más allá de mi misma, y en mi balance hay mucho más que el goce de la carne y el vórtice de un buen orgasmo, pero no sé si me atrevería a hablar de crecimiento espiritual así con mayúsculas… Y aquí ya me empiezo a liar, porque hablo de temas que no tengo claros, que no están resueltos. Así que ni modo… post multicéfalo para vosotros!!!

¿Ha de ser el sexo dulce o amoroso para conectarnos con estados más elevados de consciencia? Y por el contrario, ¿Qué energías de las que no somos conscientes entran en escena en los juegos de poder y dominación, por ejemplo?

Es curioso, pero me resulta difícil meter en un mismo saco la etiqueta de “sexo trascendente” con la de “me lo pasé de puta madre”. ¿Cómo elevarse espiritualmente a través del sexo cuando el orgasmo que se está teniendo es más por asfixia que por amor? ¿Cómo sentirse “espiritual” en medio de una lluvia dorada o cuando el cuerpo pide azotes?

No es un tema menor, o al menos no para mí. Tengo muchísimo más resuelto lo que me ocurre cuando las energías amorosas son las protagónicas. No necesito que me expliquen lo que me pasa cuando me pierdo en la cadencia de un hombre afectuoso –en ningún caso una experiencia menor para quien os escribe, incluso me atrevería a decir que más deseada por menos frecuente– eso lo hemos aprendido casi todos desde pequeños. Lo que no hemos aprendido tantos es que somos una enorme bola de contradicciones con dos piernas.

ositos cariñositosA veces, cuando algún simplista de turno me suelta la típica fracesita de “mejor búscate un hombre bueno”, caigo a mi vez en la pregunta-trampa de si podría pasarme la vida con un osito cariñosito, teniendo sexo “tierno”. O sea, un tío suave, dulce, preocupado por mí, sano internamente y toda esa vaina; que no pegue, no azote, no muerda (o no fuerte), que no diga guarradas y no abandone nunca los límites del respeto y la decencia en el trato. No ayuda mucho que en mi cabeza se dibuje la figura de un Manolito Gafotas en versión cuarentona, medio pelado y de dedos cortos y sudorosos, poco dado a las artes amatorias.

Pero como ya os dije hace unos cuantos párrafos, creo que el problema se limita al ansia por ponerle nombres y categorías a todo, por andar colgando cartelitos. Yo la primera… Porque ni soy Manolita Gafotas ni soy una zorra malvada destruye corazones, y no veo por qué los demás tienen que ir por la vida de blanco o negro cuando yo no lo hago. Si es que al final todos somos surtidísimamente iguales…

Recuerdo que en mi penúltimo año de colegio tuvimos una profesora de música que era mega hippie, hablaba de la reencarnación y nos enseñaba técnicas de relajación y meditación. Duró menos que un suspiro (colegio de monjas rancias y madres histéricas, no necesito decir más), pero alguna semilla se dejó plantada por ahí. Fue mi caso al menos, ya que esas sesiones de meditación eran como pequeños viajes al centro del cosmos, cuyos efectos se derramaban primero en mi cuerpo y después en mi espíritu dejándome transformada… Como si se me ofreciese una gran manta hecha de estrellas en la que ponerme a resguardo del gran caos de la existencia.

Las clases de música eran los viernes por la tarde, y al salir del cole flotando de espiritualidad zen me iba a juntar con mi grupo de amigos, todos ellos unos heavys recalcitrantes que no perdonaban recital o convocatoria que les cayera entre manos. Y ahí estaba yo, dominada por “la música de Satán”, en trance rockero y con las neuronas en éxtasis espiritual tras cada sesión de headbanging, preguntándome cómo era posible que me gustara tanto empujar hombretones y dejarme poseer por gruñidos cavernarios y al mismo tiempo ser capaz de dejarme seducir por las deliciosas sutilezas de la quietud y el silencio. No llegué a entenderlo, pero sí comprendí que ambas eran para mí vías muy efectivas de catarsis.  Ambas experiencias, al fin y al cabo, me purificaban, y permitían que mi cuerpo, mi mente, mi espíritu y mis emociones entraran en comunión. Y lo mejor de todos, la suma de ambas era muchísimo más de lo que cada parte aportaba por separado.

La posible solución del dilema: Respira como te salga de los cojones

Bueno, y ahora os tengo el “momento erudito” del post. Con subtítulo y todo, así los que quieren huir que sepan que pueden hacerlo en este instante. Va de sexo tántrico, por si las moscas, y es largo, pero lo dejo así porque hay partes fantásticas que me parecen escritas para aclarar mis dudas. Y aunque no haya sido realmente así… mola!

Reconozco que he soltado al principio que no quería ponerme muy académica y aburrir, pero aún así no pude resistir la tentación de husmear un poquito en la web, a ver qué decían al respecto “los que saben”. Y como no, he vuelto a caer en brazos de mi amigo “Posho” (sus herederos ya se forran lo bastante como para que yo ayude a engrosarles la cuenta, jeje), que aunque me cae más o menos no más, habla cosas coherentes (y otras menos, pero ese es otro tema).

http://ruizilhao.wix.com/portraits-caricatures#!caricaturesSegún Posho, el Tantra es la ciencia de transformar los amantes ordinarios en almas gemelas (en otra parte del texto lo define como “el camino natural hacia Dios”). Para él, el Tantra ha de ser absorbido, “no es una técnica para ser aprendida”.

Dice el de las barbas: “Cuando estés haciendo el amor no controles. Entra en el descontrol, entra en el caos. Será terrible, espantoso, porque será una especie de muerte. Y la mente dirá: ‘¡Control!’. Y la mente dirá: ‘Salta y mantén el control, de lo contrario te perderás en el abismo’. No escuches a la mente, piérdete. Abandónate a ti mismo y sin ninguna técnica llegarás a tener una experiencia intemporal. No habrá dos en la experiencia intemporal: habrá unidad”.

El objeto es llegar a ser completamente instintivo, tan fuera de la mente “que nos fusionemos con la naturaleza suprema”. Esa es la definición tántrica de nuestra sexualidad: “El retorno a la absoluta inocencia, a la absoluta unidad”. Así, la mayor excitación sexual de todas “no es una búsqueda de la excitación, sino una espera silenciosa: En relajación completa, sin motivo alguno. Uno es consciencia. Está satisfecho pero no es una satisfacción por algo. Y entonces hay una gran belleza, una gran bendición”.

Ahora, Posho advierte que “si eres demasiado técnico te perderás el misterio del Tantra”. Aquel que está basado en técnicas es “pseudo-tantra” porque si las técnicas están ahí el ego estará ahí, controlando. “Entonces estarás haciéndolo, y hacer es el problema. El Tantra tiene que ser un no-hacer; no puede ser técnico. Puedes aprender técnicas para que el coito sea más largo, pero estás controlando. No será salvaje y no será inocente, y tampoco será una meditación .Será de la mente. Esto es técnica, no Tantra”.

Es entonces algo que “no se guía por la cabeza sino por la relajación en el corazón”, y aunque muchos libros han sido escritos sobre el tema, el Tantra real no se puede escribir, no se puede pensar. “Tiene que ser absorbido”. ¿Y cómo?: transformando nuestro enfoque.

(Y estos párrafos que siguen ya son literales, porque me han gustado tanto que no he querido meterles ‘tijera’…)

“Reza con tu mujer, canta con tu mujer, juega con tu mujer, baila con tu mujer, sin idea alguna de sexo. No vayas pensando: ‘¿Cuándo nos vamos a ir a la cama?’. Olvida todo al respecto. Haz alguna otra cosa y piérdete en ello. Y algún día el amor surgirá de ese estar perdido. De repente verás que estás haciendo el amor y tú no lo estás haciendo. Está sucediendo, y estás poseído por ello. Entonces tienes tu primera experiencia del Tantra, poseído por algo más grande que tú. Estabas bailando o estabas cantando en unión o coreando juntos o rezando juntos o meditando juntos, y de repente te das cuenta que los dos se han movido hacia un nuevo espacio. Y tú no sabes cuando has empezado a hacer el amor; tú no lo recuerdas siquiera. Entonces tú estás siendo poseído por la energía del Tantra. Y entonces por primera vez percibirás una experiencia de carácter no técnico”.

“El Tao tiene su propio Tantra. Nunca se divide en lo inferior y lo superior, esa es su belleza. En cuanto divides la realidad en lo inferior y lo superior te estás volviendo esquizofrénico. En cuanto dices que algo es sagrado y algo es profano te has dividido. En cuanto dices que algo es material y algo es espiritual te has dividido, has dividido la realidad. La realidad es una. No hay ni materia ni espíritu. La realidad es una, aunque se exprese a sí misma de muchas formas. Lo espiritual no es más alto y lo material no es más bajo; ellos están en el mismo nivel. Esa es la actitud del Taoísmo. La vida es una. La existencia es una”.

“La primera cosa en el Tao es abandonar la dualidad. El sexo no es más bajo y samadhi no es más elevado. Samadhi y sexo son expresiones de la misma energía. No hay nada loable respecto al Samadhi y no hay nada condenable respecto al sexo. La aceptación del Tao es total, absoluta. No hay nada equivocado respecto al cuerpo, y no hay nada hermoso respecto al espíritu – los dos son hermosos. El Diablo y Dios son uno en el Tao, cielo e infierno son uno en el Tao, bueno y malo son uno en el Tao – esta es la mayor comprensión de la no-dualidad. No hay condena ni preparación. ¿Prepararse para qué? Uno simplemente tiene que relajarse y ser”.

Para los valientes que habéis llegado hasta aquí, y por si os lo estabais preguntando, Santa Wikipedia define samadhi como “un estado de conciencia de ‘meditación’, ‘contemplación’ o ‘recogimiento’ en la que el meditante siente que alcanza la unidad con lo divino”.

Y no, no hay premio… salvo el placer de una buena lectura, jejeje. O de una lectura al menos. Para cualquier queja, pedid una hoja de reclamación a un teletubbie. Y después me contáis de cuál estáis fumando! 😉

Aquello que llamamos primera vez…

http://www.enjoyingchile.cl/web/package/san-pedro-de-atacama-pacote/Me gusta contar que a Ismael lo conocí en un terremoto. Y es verdad. Yo, una chica de colegio de monjas y universidad tradicional (si bien siempre me acompañó una cierta sensación de incomodidad, de no pertenencia, entre mis “pares”), tenía 19 años recién cumplidos, vivía con mis padres y estaba mochileando con una amiga en San Pedro de Atacama. Él, con sus 21 y su charme argentino a cuestas, era artista circense, vivía solo desde los 14 y se encontraba de gira con su compañía. Y ahí estábamos, dos personas de vidas totalmente opuestas, conversando sobre la inmortalidad del cangrejo en la cola del baño de un pub. Y pum! Terremoto grado 8 en el norte de Chile…

Me gusta recordar (aunque a veces me pregunto si no será un truquillo de mi memoria, ya sabéis que jamás recordamos cosas como realmente fueron, incluso siendo ésta nuestra voluntad) que todos corrieron menos nosotros, que nos quedamos ahí, hablando tan campantes mientras las paredes se derrumbaban a nuestro alrededor. Yo porque nunca les he tenido demasiado miedo a los terremotos (o tal vez porque me quería hacer la guay, ainsss, ¡memoria traidora!), y él porque, como recién llegado que era a mis sísmicos terruños, lo encontró todo la mar de divertido de puro novedoso.

Lo q creo recordar bien son dos cosas: por un lado una arrolladora seguridad en sí mismo (yo no la tenía, pero intentaba aparentarla), hecha carne en un cuerpo delgado y fibroso de piernas kilométricas, en el que me fijé por primera vez al día siguiente cuando nos encontramos por casualidad en una piscina de aguas termales. Piel por todas partes, tersa, viril, morena, y esas gotas de agua lamiendo su pecho, riendo cerca de su ombligo, escurriéndose hasta donde yo no podía llegar, entrando juguetonas en ese short vaquero minúsculo que usaba como bañador. Saboreaba yo como colofón una conversación jugosita hasta el pueblo pero me tuve que conformar con un rápido beso de despedida y verlo montarse en una bici destartalada -el cuerpo tatuado, los dreadlocks al aire, el short amarrado en el manillar y sus carnes sólo cubiertas con un calzoncillo mojado y unas Converse- y desaparecer dejando tras de sí una nube de polvo desértico.

Claro que hubo mucho antes de él, si bien con él hubo un antes y un después. Mucho y muchos, hombres que al pensarlos me hacían caer en agujeros de terciopelo, deseos convertidos en pulsaciones, cargados de fuerza; pero no así el ansia de dibujarles un cauce, de abrirles la puerta sin que nada más importara.

Lo otro que se me quedó grabado fue una conversación que tuvimos unos días más tarde, en la que empezamos a intercambiar confidencias e Ismael me contó que no le gustaba acostarse con chicas vírgenes, porque “eran un coñazo” (no fue con esas palabras, pero fue lo que dijo). Lo que a él le molaba, en resumen, eran tías que supieran lo que hacían, no a las que hubiera que entregarles un mapa o tratarlas como si se fueran a quebrar. Compañeras de cama, no aprendices ni cándidas doncellas.

Vale, no es que yo fuera una cándida doncella, pero por hablar claro no me había comido un rosco en la vida. Pero como el tío me tenía trastocada decidí “morir pollo”, como decimos en mis tierras. Hacerme la loca, como que la cosa no era conmigo. Intentar que no se me notara que no llegaba ni a ‘becaria’.

Era tanto mi entusiasmo, tantas mis ganas, que la primera vez que nos encontramos debajo de unas sábanas me lancé hacia su polla como si fuera el más apetitoso de los manjares, decidida a entregar mi mejor performance. En realidad no es que me costara mucho esfuerzo, el doble deseo -por su polla y por hacerlo bien- actuó como el mejor manual de instrucciones y mi amante derramó en mi cara un chorro ignorante y feliz. Y ya de paso, yo pude darme cuenta de los pocos melindres que tenía a la hora de entrar en terrenos nuevos en lo sexual.

Supongo que también intentaba compensar lo que veía como una carencia -mi falta de tablas- con una imaginación abierta, una disposición permanente, un deseo que se iba dibujando y abrazándose al de él a través de innovaciones exóticas, juegos variados y maratones sexo-festivas. Como sea, mi disposición, mezclada con su naturaleza, nos llevaron a un in crescendo invertido que partió por sus picos más altos, sobre todo el lo que respecta a confianza y comodidad (que no a fuegos de artificio). No fue por tanto mi primera vez un polvo tranquilo, tierno, dulce. Fue un polvo de descontención. Un ejercicio de voluntad, un arrojarme a lo que viniera de brazos abiertos, un reclamo de pertenencia: “Ésta también soy yo, esto me gusta, éste también es mi mundo. Y nunca más me vuelvo a quedar fuera”.

(Por cierto, que este post pretende dar respuesta -sólo en parte, pero es que de lo contrario me eternizo- a la propuesta que dejó mi colega Pablo, autor del blog Nadie nos entiende, en mi post anterior (Pasopalabra!), donde me propuso escribir sobre “cómo empezó todo, de cómo fue ese descubrimiento, esa curiosidad, y esa jugoso despertar de tu imaginación tan provocativa”).

Pasopalabra!

signo interrogacionAcá estoy, al otro lado de la pantalla, una vez más volviéndome loca con esto de decidir sobre qué cuernos escribir el próximo post. Pasa mucho. A mí al menos es la parte que más me cuesta de proceso, la que más me desquicia, la que con más fuerza amenaza todo el delicado engranaje que ha de ponerse en marcha para poder parir una mísera entrada en condiciones. Pero vamos, que éste no es el muro de los lamentos…

Es verdad que siempre está la opción relato, una muy recurrida cuando no me apetece –o no me resulta- aquello de escarbar en primera persona, ya sea porque mi yo se encuentra asomado al abismo (en cuyo caso necesito dejar que el bosque repose para ver los árboles) o porque siento que no tengo mucho que contar. Simplemente. A veces ocurre.

Pero ahora mismo, con mi inspiración en huelga de hambre (pobrecilla, creo que la he maltratado un pelín últimamente), esa no es una alternativa que me resulte apetecible. Hay que pelear mucho con teclas porfiadas…

Me pongo entonces a revisar las alertas de Google, a ver si por ahí cae alguna idea. Tal vez algún tema de actualidad, o algún estudio “científico” de esos que se me van ramificando en la cabeza en continuas reflexiones. Pero nada. Ésta es la semana de las putas 50 sombras tocapelotas de Grey, y casi todo gira en torno al temita de marras. En serio, que hastiada estoy de la peli esa y todas las opiniones que suscita, pero sobre todo de las sesudas reflexiones de sus detractores (entre los que por cierto me encuentro) y los análisis psico-socio-lo que sea con perspectiva de género. Sí, andar zurrando a cándidas y virginales doncellas no es bonito. Pero por favor, un poco de originalidad en el enfoque.

Pues nada, después de mucho estrujarme el cerebruto os tengo una idea. Vale, sé que hay que tener morro, pero qué coño, éste es mi blog y aquí mando yo. Así que doy vía libre a vuestras sugerencias. ¿Sobre qué pensáis que debería ir mi próximo post? ¿Qué tema os molaría leer la próxima vez que vengáis a visitarme? ¿De qué os gustaría saber mi experiencia u opinión? En resumen: ¿Qué os puedo contar que os interese? Si recibo al menos seis propuestas me comprometo a escribir sobre las tres que más me molen en mis tres próximas entradas. Así que sed creativos y dejadme propuestas jugosas sobre la mesa, que yo intentaré hacer algo digno con ellas 🙂

A ver qué sale, jejeje…

Segundo cumple, y acá seguimos

tarta 2 añosHoy mi blog cumple dos años. Y aunque toca hacer balance, no os voy a ofrecer esta vez una lista de los post más leídos, los más comentados y todo el rollo, ni tampoco de esas gráficas, estadísticas y cifras que nos alimentan el corazoncillo y el ego bloguero cada tanto al más puro estilo McDonald’s: Con deliciosa chatarra. No, simplemente os voy a contar cosillas, así sin mayor orden o estructura. Como vayan surgiendo.

El otro día un amigo al que no veía hace mucho me soltó de pronto, sin ningún tipo de aviso previo, la siguiente frase: “He leído tu blog” (insértese aquí la mirada intensa y circunstancial de rigor). Le pregunté si le molaba, y cuando estaba lista para inflarme cual pavo navideño, me encontré con la siguiente respuesta:
– Ya no lo leo.
– Ajajaja, vaya, que sincero. ¿Y eso?
– Son los relatos. No sirven.
– ¿No sirven? No entiendo…
– Eso, que no sirven.
– ¿Son aburridos? ¿Confusos? ¿No están bien estructurados? ¿Los personajes no son coherentes? ¿Les falta credibilidad?
– No, no es eso. Es que no sirven para hacerse pajas. Terminan todos en tragedia y entonces me da el bajón.

!!!!

La verdad es que más allá de la vanidad herida me descojoné con ganas, aunque el episodio también me hizo plantearme por unos instantes qué estoy persiguiendo con este blog. Para qué lado quiero llevar el carro…

Además de ser para mí un espacio de expresión creativa, me gustaría creer que también he logrado que éste sea un lugar en el que aprender -yo la primera- e intercambiar experiencias. Y poco más, que ya es muchísimo decir. Así que a quién le interese (tal vez debería incluir este párrafo en la pestañita de “Advertencia”), no,  este no es un blog para hacerse pajas. Ahora, si alguien se las hace con lo que lee aquí, os aseguro que no me ofende en lo más mínimo. Al contrario, me parece un plus de lo más estimulante y, más aún, hasta diría que me da bastante morbo formar parte, aunque sea de forma indirecta, de las actividades masturbatorias de algún prójimo o prójima. Pero eso es muy distinto a querer currármela para que un tío al que no he visto en mi vida se toque al otro lado de la pantalla…

Porque sí, esa es otra cosa que ocurre cuando escribes un blog de sexo. Que te llegan mensajes y mails por todas las vías posibles (las redes sociales definitivamente le pusieron campo a las puertas) de tíos ociosos -nunca una tía, al menos habría novedad- pretendiendo que les escribas guarradas ‘en directo’ porque “la tienen dura”. Ya, y yo no tengo un duro, pero me lo como solita…

Ya por último, quiero hablar de otra consecuencia que este blog ha traído a mi vida, y me vais a perdonar que no cierre con lo más bonito pero como os dije antes, hoy ando dispersa…

Como podéis imaginar, no soy la persona más discreta del mundo en lo que a mis propios asuntos se refiere, y en una serie de impulsos del momento di la dirección de este blog a varios amigos y conocidos, porque al fin y al cabo escribimos para que nos lean. Y aunque llegué a temer que eso me frenara a la hora de escribir con libertad, creo que la mayoría de las veces he conseguido sobreponerme a la sensación de que alguien mira por sobre mi hombro, y simplemente compartir lo que he querido con vosotros olvidando que entre el público se encuentran unas cuantas caras familiares. Pero lo que no fui capaz de prever fue el efecto que leerme podría tener sobre terceros. Y cómo eso podría afectar su relación conmigo.

Curiosamente en el caso de mi familia, que es donde yo tenía más reparos con el tema de la sobreexposición, nunca ha habido un problema. Al contrario, siempre me han apoyado, comparten mis links, me leen y hasta me dejan cosillas interesantes para que me sirvan de inspiración. Y así en la mayoría de los casos. Rollos míos, no pasa nada…

Hasta que pasa. Y aunque sean pocas, no por eso me han resultado menos significativas esas ocasiones. Porque si bien celebro el ser capaz de despertar sensaciones, no celebro cuando éstas se enquistan en sentimientos de temor y recelo, “porque ya no sé si voy a ser capaz de satisfacerte”, o porque “pareces saber demasiado”. Visto y oído más de una vez…

Pffffff 😦

Siempre que te cuelgan una etiqueta hay una pérdida, no se agrega nada, más bien se arranca un pedacito de uno de un pequeño mordisco…

Si alguien cree que sé demasiado es que no me ha leído bien. Con tantas dudas me pesan muy poquito las certezas y mi desastrosa vida sentimental sirve más para guión de sitcom de canal británico que para dar cátedra, por no mencionar que un abrazo calentito cuando la existencia se pone chunga me vale tanto o más -mucho más- que un buen cunnilingus. Pero bueno, no es que seamos libros más o menos abiertos, es que somos bibliotecas enteras, y habiendo tanto donde bucear sólo se conoce lo que realmente se quiere conocer. Al menos yo, de momento, sigo interesada en seguir explorando detrás del personaje que siempre somos para los demás, y en aprender asimismo de cada persona que me abra las puertas a ello.

(A menos que sea un noctámbulo ocioso y pajillero de esos que creen que lo que me falta por aprender en la vida son las dimensiones de su miembro y las dos o tres cosas que me haría con él).

Que paséis una muy muy feliz Nochevieja y lo dicho… acá seguimos!!!

El sexo ‘al revés’

foto blog al revesMi señora madre, una persona con una inacabable capacidad de aprender cosas nuevas, es muy aficionada a compartir cada día en su muro del Facebook una variopinta colección de links que, por una razón u otra, llamaron su atención. Humor, drama, curiosidades sexuales, espiritualidad, cuidado del cuerpo… todo cabe en su casi infinita lista de intereses, y por ende en su elástico muro (y en el mío, que la buena mujer es muy de compartir, jejeje).

Pues bien, hace algunos días, visitando a saltitos el timeline de mis amigos y conocidos, me quedé pegada con un texto que había copiado mi madre con una serie de tips para combatir el alzheimer. Básicamente, lo que se decía ahí era que el mal de Alzheimer se puede prevenir simplemente cambiando algunas rutinas para estimular el lado derecho del cerebro. Dicha técnica mejoraría la concentración, y ayudaría a desarrollar la creatividad y la inteligencia. Se trata entonces de hacer “ejercicio cerebral” o  o “aeróbica de las neuronas” –la palabra oficial vendría a ser ‘neuróbica’- para mantener al cerebro ágil y saludable, creando nuevos y diferentes patrones de comportamiento y de las actividades de las neuronas del cerebro.

Lo central es que las prácticas elegidas cambien los comportamientos de rutina por otros desacostumbrados. Así, por dar algunos ejemplos, se mencionan los siguientes ejercicios neuróbicos, si bien el texto invita a echar a volar la imaginación y desarrollar ejercicios propios que sigan la línea de los propuestos:

– Usar el reloj en la muñeca contraria a la que normalmente se usa
– Cepillarse los dientes con la mano contraria a la habitual
– Caminar por la casa de espaldas
– Vestirse con los ojos cerrados
– Estimular el paladar con sabores diferentes
– Ver las fotos “cabeza abajo”
– Mirar la hora en el espejo
– Cambiar el camino de rutina para ir y volver a casa.

Después de pasarme un par de tardes caminando de espaldas por mi casa –es impresionante como parece existir todo un nuevo mundo cuando uno anda en modo ‘backwards’- y leyendo los mensajes de mi móvil con la pantalla dada vuelta, me puse a pensar en otros ámbitos de la existencia, fuera de la rutina más cotidiana (vestirse, lavarse los dientes, leer)  donde uno podría plantearse el desafío de hacer las cosas “al revés”… Y cómo no, me di de bruces con el inabarcable terreno de la sexualidad humana. Y dentro de éste, con el sexo.

Curiosamente, en medio de todas estas divagaciones, recibí un mail de lo más perturbador que incluía la siguiente frase: “El otro día, medio dormitando, soñé que cambiábamos los papeles y me esclavizabas. Me tenías de pie, esposado, cogido del pelo por detrás al tiempo que me sodomizabas sin contemplaciones”.

Voilá! Punto para mi cerebro derecho!!!

Alguna vez he dejado entrever aquí que lo mío no es el rollo dominatrix precisamente. Más bien asoman a mis fantasías machos recios y decididos, que saben qué hacer y dónde apretar, y que son capaces de contenerme con la sola fuerza de su mirada. Y aún entendiendo los muchos matices que puede llegar a tener una entrega, la mayoría de las veces lo que me apetece es saborear la contundencia metálica de su sentido más primitivo, el más basto. Sin embargo, fue leer esas palabras y sentir que mi imaginación comenzaba a galopar en sentido contrario al habitual. Y no os podéis imaginar lo que me he divertido haciendo de madame de Sade en mi trepidante cerebrito…

Ya tenemos un ejercicio para la lista entonces, el cambio de roles. Y ojo, que en la cama asumimos muchos roles, y no todos son tan obvios ni tan fáciles de intercambiar.

(Y por cierto, una “N. del A.” para mi estimado amigo sodomizable: cuando quieras, ¿eh?, que yo encantadísima de la vida me zambullo en tales experiencias. Pero ojo, que hay que meterse entero a la piscina, porque después no pienso conmoverme ante arrepentimientos ni melindres ni “no quiero estos” ni chorradas… u know, hay juegos que toca jugarlos en serio para que resulten más divertidos… jeje).

Ahora, si bien en este caso concreto ya me estoy visualizando camino al sex shop para equiparme con el traje de látex, el strap-on y todos los adminículos necesarios, creo que en general no se trata de pensar en ideas demasiado sofisticadas ni en cambios espectaculares para que los ejercicios funcionen también en el área sexual. De hecho, conversando anoche del tema con un amigo, no se demoró ni tres segundos en soltar su propia propuesta: empezar a tomar la iniciativa cuando no se tiene el hábito de hacerlo.

¿Y qué tal una sesión completa estando ambos con los ojos cerrados, por ejemplo? O tal vez en un entorno atípico, ligado a la propia historia. ¿Qué te gustan los flacos? Pues a buscar un gordito calentito y a ver qué tal. La cosa es enarbolar la bandera del cambio. Recuerdo incuso una noche en la que para mí fue toda una experiencia –y una sorprendentemente buena, además- un polvo largo, muy intenso y exclusivamente en la posición del misionero.

Bueno, hasta aquí llego yo porque en realidad mi idea era hacer de éste un post colaborativo. Así que os invito a dejar vuestras propuestas, sin importar si parecen tontas o descabelladas, que aunque probablemente no nos enteremos, siempre existe la posibilidad de contribuir a la felicidad de algún lector (o bloguero!) ávido de nuevas ideas.

Sofá, mantita y evasión…

otoño_1Llevo tanto tiempo metida en la cueva, desprendiéndome de hábitos y escamas para adaptarme a mis nuevos escenarios, que por poco me quedo con el gusto de no volver a asomar la nariz fuera. Hace frío fuera, y hay que buscarse la vida. Apetece más abrazarse a los afectos seguros e hibernar…

Pero ese es el problema, que cuando los procesos introspectivos se alargan más de la cuenta se corre el riesgo de transmutar esa introspección en evasión. La religión del sofá y la mantita ejerce una llamada poderosa, y por el contrario la vida real no nos permite apretar el botón de flash forward, por muy jodida que se ponga.

Sobra decir que es difícil, cuando se siente la necesidad de apagas las luces (aunque sólo sea por un poco de descanso hasta la próxima batalla), mantener al cuerpo emocionado con sus propios placeres, así como es difícil escribir sin hambre y pretender alimentar el entusiasmo de cualquiera.

Pero ya sabéis lo que dicen… no hay mal que dure cien años ni tonto que lo soporte!!!  Así que aquí me tenéis, dándole ya vueltas en la cabeza a un tema que me gustaría compartir con vosotros… Mañana o pasado como mucho, que ya tengo ganas de veros por acá. La idea original era escribirlo ahora y no perderme en tanto preámbulo, pero como que me dio sueño. Es lo que tiene sacarse la piel de abuelita después de tanto tiempo para ponerse el traje de lobo y sumergirse en un fin de semana surrealista e intenso… que se llega al domingo arrastrando las patitas, con la casa hecha un desastre y la resaca instalada en huesos y articulaciones. Así que un tecito caliente y al sobre con los pollitos para recargar las pilas, que el mundo sigue girando y ya me quiero volver a montar!

Dulces sueños 🙂

Bcute Classic Curve: Guerrillero y cumplidor, pero mejor sin la curvita!

masajeador-bcute-classic-curveLlevaba ya varios días esperándome la cajita de marras. Haciendo guiños desde mi mesita de noche, llamándome con sus tentadoras esquinas de cartón sin abrir. Pero yo nada de nada… Sin ánimos de jugar, sumergida en mis problemas grandes de gente grande, la dejaba noche tras noche aparcada, evitando sus cantos de sirena. “Mañana sí, seguro que me apetece”, me decía antes de ir a dormir.

Nunca había tenido esa sensación, de “tener” que usar un juguetito, ni se me ocurrió pensar en ello cuando me puse a evaluar los pros y los contras de este asunto: Cuento corto, los chicos de Malicieux me preguntaron si quería participar en su campaña de reseñas, para dar a conocer los productos de su web. El mecanismo es bastante clásico a estas alturas -te envían un producto X, lo pruebas, opinas y te lo quedas- pero me dijeron algo que me encantó y que finalmente me llevó a dar el sí, y que os copio textual: “Buscamos que sea muy personal, casi como un relato, pero que cuente la verdad de la experiencia que se ha tenido al utilizarlo y de las impresiones que una ha tenido”.

Bueno pues, esas son las aguas en las que me gusta navegar 🙂

Y como os iba contando, mi primera experiencia fue sentir que qué coño hacía yo ahora con eso, si mi vida estaba hecha un caos y mis ánimos por el suelo. Así que ahí se quedó… hasta que un Whatsapp que no me esperaba derivó en una noche de hotel que tampoco… Y me llevé conmigo mi juguetito sin estrenar, el Masajeador Bcute Classic Curve que tantos días llevaba vegetando en mi casa.

Por suerte me pudo la curiosidad y abrí la caja al bajarme del metro, porque no traía pilas (una gentileza que siempre se agradece, sobre todo porque es un olvido frecuente a la hora de estrenar un juguete). Afortunadamente, en este caso no fue nada que el chino del barrio no pudiera solucionar.

También lo encontré más pequeñito de lo que parecía en la foto que había visto (11 cm de largo x 2.3 de ancho), pero en mi caso lo consideré un plus… no soy muy de usar juguetes con fines “penetrativos”, en lo personal considero que en esos ámbitos nada se compara al producto original y siempre me quedo con la sensación de que cualquier reemplazo es demasiado frío, demasiado tieso, demasiado poco palpitante como para dejarme del todo feliz. Así que, salvo que se trate de juguetes anales, los míos suelen ser pequeños y monos. Y éste, además de serlo, está hecho con un material que es una delicia al tacto, y viene en una fundita negra peluda de lo más cuca, ideal para llevar en el bolso. Todo un detallazo, he de decir. Así que ahora es mi nuevo “juguetito-pocket”, listo para salir de paseo a donde yo me lo quiera llevar.

Lo que sí, confieso que hubiera preferido la versión “no curve”, de haberla… como os decía en el párrafo anterior lo mío no es introducirme juguetes, a lo que se suma que cuando traen la curvita esa nunca sé a ciencia cierta para que lado ponerla ni donde meterla, como que no encaja bien en ninguno de mis orificios!!! Aún así mi entusiasta compañero de cama me lo metió por todos los sitos imaginables, y como esa noche estaba como una moto la sensación estuvo más que bien… como preámbulo eso sí.

Un par de días después me apeteció tener la experiencia exclusiva, “mi juguetito y yo”… Aprovechando que mi encuentro reciente me había sacado de mi letargo asexuado, y que estaba sola en casa, decidí explorar todo su potencial, y el resultado fue más satisfactorio. Para empezar, dura (es increíble lo poco que le dura la pila a algunos juguetes frente al exceso de entusiasmo, por no hablar de aquellos que mueren al segundo uso). Además, tiene una intensidad de vibración bastante interesante para un juguete de su tamaño -tampoco es una taladradora, eh?- y puede hacer maravillas al acercárselo al clítoris -de nuevo, como preámbulo-, sin contar con que es relativamente silencioso, otro elemento a considerar cuando uno comparte piso o le va el rollo callejero. Lo que sí, no esperéis sofisticaciones: No gira, no vibra de manera intermitente ni tiene distintos programas. Estamos ante un “básico”, bastante económico y funcional. Y como tal, cumple lo que promete.

En busca del orgasmo perdido

orgasmo_recurso 2

Escribir este post es una deuda que tengo pendiente hace muchísimo tiempo con una amiga, pero cada vez que me disponía a intentarlo algo me frenaba, como si la tarea me quedara demasiado grande, como si se tratara de enfrentarse a una vaca sagrada. Después de todo, ¿qué coño puedo saber yo acerca del orgasmo, así en mayúsculas? Sí, vale, tengo orgasmos, pero muy rara vez durante el sexo (a menos que yo misma colabore directamente en el proceso), y muchas veces me quedo con la sensación de que al asunto le faltó punch, que estuvo bien pero podría haber sido mucho mejor… Eso sin contar con que durante muchísimos años decir orgasmo era para mí lo mismo que decir aguja, siendo mi cuerpo un enorme pajar donde la búsqueda no parecía terminar nunca.

Pero bueno, no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague, así que estimados míos, he aquí el tema que nos traemos entre manos, desde mi humilde perspectiva.

Decía mi amiga lo siguiente en su mensaje: Quería sugerirte  algún artículo que hable del orgasmo. Hay tantas mujeres que creen haberlo sentido y como es algo tan intangible a veces ni lo conocen. Es difícil de explicar el “como es”.

Sin duda que es difícil porque no existe ‘un’ orgasmo femenino, el asunto se puede manifestar de muchas maneras: Siguiendo los patrones del masculino por ejemplo (excitación, plataforma, orgasmo, resolución), teniéndolo en “línea recta”, con varios picos de éxtasis, tal vez encadenando uno tras otro o en espiral… Ahora, si hay algo que sí está claro en esta tierra de sombras y piruetas es que cuando se tiene un orgasmo se sabe. Y ahí no hay más vuelta que darle.

Me lo explicó una prima con todas sus letras –y su habitual dosis de humor ‘barriobajero’- hace muchísimos años cuando yo nadaba con desesperación en los mares de la anorgasmia pero no me quería convencer de ello y a cada saltito, zumbido o sensación rica trataba de colgarle el cartelito de ‘orgasmo soft’: “Eso es como tirarse un pedo –me dijo-. Da igual si es más grande o más chico, siempre te enteras”.

Lo he dicho ya en algún otro post, pero lo vuelvo a repetir ahora: Uno de los mejores métodos de encontrarse con el orgasmo perdido es la masturbación. Un ambiente relajado, tiempo libre y a explorar. Porque claro, si ni siquiera una sabe dónde tocar para ver estrellitas, cómo esperar que lo sepa nadie más. Y otra cosa, la actitud tiene que ser constructiva. Algo así como buscar con alegría y sin esperar resultados, que de lo contrario pasa algo parecido a lo del gatillazo, mientras más se intenta mayor es el desastre, y mientras tanto una se queda sin dedos y con una irritación de la hostia (en el cuerpo y en la cabeza, buff!).

No se trata de ponerse ahora a elaborar el decálogo del buen orgasmo, ni de ser tan ingenua como para pensar que con una lista de tips bienintencionados cualquiera puede alcanzar sus cimas… A veces influyen factores físicos, otras veces hay traumas profundamente arraigados que no se superan solamente con buena voluntad. Sin embargo, sí puedo hablar de mi propia experiencia y de las cosas que a mí me han servido. Cuando hay terceros involucrados vuelvo a lo dicho, o intervengo yo misma en el proceso –timideces fuera!- o saco el manual de instrucciones, el mapa y las riendas, intentado oscilar con elegancia entre la sugerencia y la exactitud. A algunos les mola eso de compartir información, pero no siempre tanta directriz es algo bien recibido. De todas maneras no suelo comerme el coco con ese tema, y cuanto más me relajo más me encuentro con sorpresitas, como una vez que me corrí sólo con que me apretaran los pezones. Y es que muchas veces un buen manejo del in crescendo puede ser el único mapa que se necesita hacia la felicidad.

Ahora, sí que tengo algunos truquillos cuando somos mi orgasmo y yo contra el mundo, sin pollas enhiestas en el panorama. Como volver a empezar cuando siento que se me escapa. Detenerme, respirar profundo, volver a sentir el cuerpo, partir de nuevo, de cero. Sin pensar en que tengo prisa, en que quiero ya, que estaba tan cerquita, que me falta tiempo para tanta parafernalia… O como buscar otros caminos para ganar intensidad, porque a veces las fórmulas seguras, las vías conocidas y habituales, garantizan el resultado, pero ese resultado no pasa de ser un mero desahogo físico. Y algo tan simple como tocarse en otros sitios, o con movimientos nuevos, puede derivar en resultados sorprendentes. No siempre, claro, pero en algún momento…

Y aún a riesgo de quedar como una hippie loca que le aúlla a la luna, meditar unos minutos antes y dirigir mis energías hacia el vientre suele hacer maravillas. O reír durante algunos minutos, así a lo tonto, con ganas, sin razón, con la boca abierta y después cerrada. De lo que se trata es de irse “para dentro”, conectar con uno mismo, con sus sensaciones y cómo éstas se van ramificando. Salir de la cabeza y volverse puro cuerpo flotando en su propio universo.

Un cuerpo que, por cierto, hay que querer. Otro básico del buen orgasmo. Ya sea en compañía o en soledad, es escaso el disfrute que se puede obtener si se piensa más en que a una le cuelga un michelín del tamaño del Titanic que en las cosquillitas que se están produciendo “ahí abajo”.

Y ya lo último: Alguna vez me ha pasado que, como mi primer orgasmo es el que más se tarda y de ahí en adelante los demás son pan comido, me engolosino demasiado y la cosa termina cayendo por su propio peso. O sea, he tenido un par de orgasmos espectaculares pero en cuanto salgo de uno ya quiero otro, como si el placer ya trajera aparejada la necesidad, y sigo y sigo y sigo, y cada uno de los que vienen después es más chiquito que el otro, llega menos dentro, hasta que la cosa se desinfla, hasta que ya tengo que parar simplemente porque tengo todo anestesiado de tanto frotamiento frenético y ya me sube la mala leche. Así que pregunto, porque siempre es tan bonito sentirnos identificados con el prójimo… ¿a alguien más se le han gastado los orgasmos por glotonería o sí que soy media bicho raro?

Mudanza

mudanzaHoy tengo resaca…

Y un cansancio de la hostia, porque mi vida está envuelta en cajas y no le encuentro el sitio a nada.

Y pienso en todo lo que se mantiene sin escribir, sin hacer.

En mi último relato inconcluso, que me acecha furioso reclamando mi atención dispersa. Encajado a medio camino, a medio parir…

En todos esos posts que aún no he escrito, que se acumulan en mi cabeza a la vez que se evaporan un poquito más cada día, huyendo de mí en busca de una muerte prematura.

En las muchas cosas que he vivido, más allá de cintas, brochas y rotuladores…

Y el sexo, oh, sí, el sexo.

Podría llenar un saco de adjetivos. Podría desgranar unas cuantas historias. El príncipe valiente. El príncipe cobarde. El príncipe más majo. La princesa quiere un sapo. Elegid.

Cierro los ojos y todo se mezcla dentro, como la ropa de una lavadora. El color que se forma frente a mí no tiene nombre, o yo no sé decirlo.

Pero si suspendo la respiración por segundos puedo distinguir algunas prendas.

Una visita inesperada.

Una propuesta inapropiada..

Pausa, ternura, reconocimiento.

Pies ajenos bajo las sábanas.

Cadencia. Contacto.

Invitaciones rechazadas.

Invitaciones casi rechazadas que terminaron convirtiéndose en una sorpresa.

Una polla de encaje perfecto.

Un ser humano bajo la polla.

Risas. Y cuantas…

Sol, playa, hotel, un pasillo, mi cama. Mi cama, mi cama, mi cama, mi cama.

Miradas nuevas, seres en descubrimiento.

Calor. Ventanas abiertas. Exposición.

Me atrevería a decir que un poquito de exceso.

Un ejemplar incansable entre mis sábanas. Una maratón digna de veinteañeros.

Mordiscos en mis pezones. Tal vez demasiados. No me di cuenta, claro, y no importa. Lo que está rico está rico.

Ufff, sueeeeeeño. Mucho sueño.

 

Agosto no ha sido precisamente un mes de vacaciones, pero no me quejo…

En el patio del colegio

en el patio del colegio 1Cuando niña no era precisamente lo que se llama una chica popular, digamos que no coleccionaba amigos en el cole. Tuve un par de ‘besties’, sí, de esas que van contigo a muerte, pero siempre por goteo. O sea, nunca se me dieron bien grupos, lo mío era el tú a tú, o como mucho el ‘petit comitè’. Ni mejor compañera, ni líder de nada ni leches, a mí no me elegían para esas cosas. Supongo que eso se debía en gran parte a que los demás me percibían como una rarita, amén de santurrona. Curiosamente, con el paso del tiempo mis compis me encontrarían de todo menos santurrona, aunque entre tanta pija “aro-perla” y monjita transfigurada nunca dejé de ser un perro verde con mis prematuros tatuajes y piercings y mis particulares opiniones sobre la vida.

Pero bueno, a lo que íbamos… mi triste infancia de Oliver Twist.

(Je!)

Decía que cuando niña era bastante marginada. Lo que me dolía, sí, pero no hasta el punto de querer cambiar mi forma de ser para agradar a los otros. Bueno, al menos así lo recuerdo, si bien ya sabemos que la memoria, además de traicionera, suele ser bastante autoindulgente… ¡sobre todo si nos vamos tan para atrás!

La cosa es que tengo la imagen de haberme pasado muchos recreos mirando jugar a los demás, esperando una invitación que no llegaba; soñando con tener una pelota para llevar al cole y así ganarme un sitio seguro en el grupo, porque el portador del juguete nunca era marginado. Y me recuerdo también en casa, jugando a saltar el elástico con la muda compañía de dos sillas que hacían las veces de las dos personas que tenían que sujetar el asunto con su cuerpo. Claro, no tenía la misma gracia, pero si cerraba los ojos me imaginaba que había más gente, y a veces hasta me emocionaba. Llegué a convertirme en toda una atleta del elástico, aunque tuve pocas oportunidades de exhibir mis habilidades en público.

No es que le tuviera miedo a mi propia compañía, y siempre estaban los libros para poner a girar al mundo de nuevo, además de una familia que me permitió desarrollar un más que sano sentido de pertenencia. Así que no iba por la vida sintiéndome una paria invisible. Pero aún así lo del cole me jodía, y mucho. Y por una razón muy simple: Me encantaba jugar.

Me encantaba y me sigue encantando, en sus distintas manifestaciones: Pasar una noche de Twister con los amigos, recordar viejos tiempos con el imperecedero “verdad o consecuencia” (o su primo hermano el “nunca nunca”), hacer el tonto frente a una cámara de fotos, ser perseguida por las calles de Barcelona por un guiri enajenado amenazando con arrojarme a una pileta (Thomas, ¿te suena familiar?), columpiarme, saltar, brincar, bailar a lo tonto, correr destartaladamente por el Parque del Retiro, girar en círculos y arrojarme sobre la hierba…

Y, cómo no, la exquisita, y casi infinita, variedad de juegos que se pueden inventar en el terreno sexual. O sea, en la cama. Aunque más bien fuera de ella… ¡Un poquito de creatividad, por favor!

De hecho, no recuerdo haber cuidado tan bien un juguete de niña (las muñecas no eran lo mío en todo caso) como lo hice con mi primer vibrador, un mamotreto feísimo y tieso, color carne para más horror, que me compré en mi primer viaje al extranjero, con 18 años recién cumplidos (imposible pensar en ir a un sex shop en mi Chilito prehistórico, en aquella época sólo pajeros espinilludos se animaban a traspasar las densas y polvorientas cortinas de terciopelo que separaban esos antros de vicio del resto de los mortales). Total, que para proteger semejante tesoro, que me arrojó a la fama entre mi círculo de amistades, algo más expandido por aquella época, le tejí una “camita” a crochet (true story!), con mis propias y amorosas manos. Ay, si mi santa abuelita hubiera imaginado en qué iban a terminar sus clases de manualidades…

en el patio del colegio 2Pero lo mejor de todo es que en este juego llamado sexo no se necesitan juguetes (¡aunque bienvenidos sean!), con unas cuantas buenas neuronas se puede hacer una fiesta. Y no sólo eso. Si quiero puedo jugar sola, no necesito sentarme a esperar mi ticket de entrada. Vale, a veces se cierran los ojos y se imagina que ahí está otro. U otros. Pero no es tanto por soledad como por la simple gracia de hacerlo. El banquete está ahí, está servido… si bien siempre se le puede poner un poquito más de pimienta.

Ahora lo veo claro, el sexo es mi patio del colegio. Un espacio en el que siempre soy bienvenida, en el que estoy invitada a jugar porque sin mí el juego no tendría gracia.

Probablemente por eso me parece mucho más cómodo ser adulto que niño. Hasta diría que tiene su encanto, pese a las responsabilidades, las cuentas, los jefes tocapelotas y todos esos rollos. Definitivamente no soy de las extravían la vista en la nebulosa de la infancia con la sensación de que todo tiempo pasado fue mejor. No. Cuando niña no podía ver la tele porque mis padres la escondían en un armario con llave, para que fuéramos niños juiciosos y cultos. Además, tenía que ingerir permanentemente alimentos que no eran de mi agrado, empezando por un brebaje espantoso (y además muy recurrente en la cocina de mi madre) conocido como “la sopa verde”. Y claro, de sexo ni hablar.

Que alguien me diga, por favor, cómo coño va a ser mejor eso…

La vida secreta de los jefes

No sé si os habéis dado cuenta, pero el tiempo que ha pasado entre mi último post y éste es el más prolongado que he dejado correr hasta ahora entre dos entradas. Una forma fácil, y algo cliché de zafar, sería decir que he estado muy ocupada ‘viviendo’. Sí, lo sé, no tengo por qué darle explicaciones a nadie, pero aún así os ofrezco mi resumen, simplista e insuficiente, de la situación. Y no por ello falso.

Si no escribo no es porque no me pasen cosas en el aquí y ahora, sino porque no tengo la necesidad de compartirlas, porque necesito procesarlas, o simplemente porque no me pertenecen. Porque hay terceros involucrados que son dueños de sus propias historias y tienen derecho a que éstas sean respetadas. O porque al igual que un buen relato de ficción, la realidad parece narrarse mejor desde la distancia, desde el desapego. Elegid la razón que más os guste. Yo ya tengo la mía.

Así que, resistiendo cualquier tentación de intentar desenmarañar la madeja de sentimientos y confusiones en la que actualmente habito, os voy a dejar una historia que ocurrió hace algunos años, que también habla de aquellas pequeñas y no tan pequeñas cosas que solemos mantener ocultas, para que cada uno reflexione lo que más le apetezca reflexionar al respecto.

imagen cerraduraErase una vez yo, cuando tenía un trabajo de esos de 9 a 7, el culo pegado a una silla y contrato indefinido. Era un día de poco curro y yo estaba entregada en cuerpo y alma a la misión de encontrar entre las carpetas de la redacción un documento que necesitaba para terminar un reportaje. Estaba segura de haberlo visto hace algún tiempo, pero no recordaba su nombre, así que empecé a probar en el buscador con palabras sueltas relacionadas. Llevaba un buen rato buscando cuando me encontré con un bloc de notas de nombre curioso: “en la oscuridad”.

Obviamente no tenía nada que ver con el documento de mis desvelos, pero del título al clic hubo menos que un trecho, y aprovechando que mi jefe más inmediato (el que tenía su escritorio a escasos centímetros del mío) estaba tomando café me puse a leer el largo texto que tenía frente a mis narices. Que era el “copia-pega” de una conversación por chat, a todo esto. Y una bien calentita.

Los participantes de la conversación eran Amo_Falo y Potrilla_Salvaje. Amo_Falo, pese a lo potente de su nombre, era un amo “amateur”, y Potrilla_Salvaje una sumisa experimentada. La primera conversación (en realidad eran cinco en total, pegadas una tras otra con algunos saltos de línea entre medio) era un ir y venir de preguntas y respuestas, ya que A_F (lo siento, si sigo escribiendo Amo_Falo me descojono y no termino nunca) se sentía bastante inseguro respecto a cómo proceder en la que sería su primera experiencia como dominante. Así, como quien pide consejos para dar una charla frente a un nutrido público, o bien para preparar un bizcocho que quede esponjoso, el buen hombre expresaba su preocupación por la situación que se le venía encima, ya que su “sumi” (sic.) también era nueva en esas lides y él no la quería defraudar. Por lo mismo, le preguntaba a su amiga P_S (de forma frecuente y mutua se recordaban la amistad que los unía desde hace años) hasta dónde era recomendable llegar, qué cosas le gustaban a ella y cómo hacer para que su nueva conquista no se enterara de su falta de experiencia en esas lides. Finalmente, le confesaba su temor de no ser lo suficientemente atractivo para la que sería su primera sumisa, con quién nunca se habían visto cara a cara.

Los siguientes mensajes ya eran bastante más subiditos de tono. En ellos A_F no sólo ofrecía un relato pormenorizado de sus encuentros con la “sumi”, también se permitía algunos coqueteos y preguntas indiscretas con su interlocutora, claramente ya más relajado y seguro de sí mismo. Por decirlo de alguna manera, era posible percibir que ya se estaba rompiendo esa “cáscara de aprendiz” para dejar salir la pulpa, la voluntad del amo… Ya dominando la conversación, en uno de los diálogos, por ejemplo, se dedicaba a contar los detalles de una sesión de spanking, describiendo los tres tipos de látigos que había utilizado (si bien confesaba que no se había atrevido a darle “demasiado duro”, al no saber cómo calcular aún la fuerza de sus golpes) y narrando pormenorizadamente lo placentera que le había resultado la experiencia, no tanto de infligir dolor sino de tener la voluntad de un tercero entre sus manos. En otro de los diálogos dejaba hablar más a P_S, interesado por ahondar en las fantasías de sumisa de su amiga y las cosas que le gustaba que le hiciera su amo. Ella, algo reacia al parecer a escandalizar a A_F, ofrecía un par de sugerencias tímidas (uso de velas, un par de varas para que los látigos “no aburran”), a lo que él respondía que quería algo más “creativo”.

Y hasta ahí los diálogos.

Como era de esperar, en cero coma estaba conectada al Messenger (sí, existió algún día!), contándole a mi entonces compi de curro, de desvelos y aventuras, el hallazgo que me traía entre manos: “Tía, te mueres lo que encontré en una de las carpetas de la redacción, lee esto y después me comentas”.

La cosa es que mi compi, investigadora aún más intrépida y ocurrente que yo, en cuanto terminó de leer se fue a San Google y copió la dirección de email de Amo_Falo (sí, he vuelto a escribir el nombre completo, pero es que ahora se aproxima el desenlace)… y cuál no sería nuestra sorpresa al enterarnos – y así de fácil además!- que nuestro amo favorito utilizaba el mismo correo para ciertos asuntos laborales (como dejar opiniones en foros profesionales y otros descuidos) y que se trataba, ni más ni menos, de uno de los peces gordos de la empresa, y el menos turbio, en apariencia, de todos ellos: Un gordito bonachón y poco agraciado, con sus ya respetables canas, que todos apreciaban por su buen humor, sus risotadas permanentes y las golosinas que traía de regalo cada vez que salía de viaje. Un marido respetable y amante padre de familia con hijos universitarios. Una eminencia en su ámbito. Un futuro abuelito de esos que llevan a sus nietos al parque. Un redactor jefe con contactos en las altas esferas…

No es que quiera dejar una moraleja, pero al poco tiempo Amo_Falo murió. De forma inesperada y sin agonías. No tenía ninguna enfermedad chunga, nada que pudiera permitir presagiarlo. Simplemente trabajaba mucho y un día cayó fulminado en la calle. Así sin más. Y se llevó con él todas sus historias, las vividas y las sin vivir.

Sobra decir que el mundo está lleno de Amos Falos. Y de Potrillas Salvajes. No sólo al lado, también dentro de nosotros. Y más allá de que su existencia sirva como anécdota, como aliño para sazonar una jornada laboral entre tantas otras, os invito a sacar el vuestro de habitaciones oscuras y chats, a permitirle que tome un poquito el aire, que se sienta bien consigo mismo. Después no dejaremos nada, ni siquiera eso. Éste es el único momento en el que puede permitirse existir.

Yo, mujer

yo, mujerHace más tiempo del que me gustaría reconocer, en una ciudad muy muy lejana, me dirigí cierta tarde hacia el salón en el que se encontraban mis padres conversando civilizadamente (tenían el curioso hábito de ser extremadamente civilizados en aquella época) y, hecha un manojo de desconcierto e indignación, los dejé flipados al gritarles la siguiente frase: “Me siento estafada. Ustedes me estafaron. Me dijeron que hombres y mujeres éramos iguales y eso no es así. Y yo no sé qué hacer con esa realidad para la que no fui preparada”.

Hace muchísimo menos tiempo, léase unas cuantas semanas, volví a dejar a mi madre patidifusa al soltarle en medio de la calle algo así como que no me considero una persona con “conciencia de género”, y que nunca he sentido que la lucha de las mujeres sea mi lucha. Lo cual estuvo muy mal explicado, de paso. Lo que quería decir, lo que sigo diciendo, es que me siento primero integrante de la raza humana, y después del género femenino. Que me interesan más los aspectos que nos unen que los que nos separan, que mi vista está puesta más en lo que tenemos en común que en lo que nos diferencia. Que mis grandes preguntas no suelen tener un corte cromosomático. Que antes veo al otro como a un igual que como a un rival.

Sin embargo, sea ante todo, después, por encima o por debajo, soy mujer y me siento orgullosa de serlo. Y entre ambas situaciones que os cuento he recorrido un largo camino en el que esa realidad ha estado muy presente. De formas hermosas y dolorosas.

Cuando fui a reclamar a mis padres que me educaran bajo una premisa falsa (que mi género jamás me iba a frenar, ni iba a merecer o recibir menos por él, que las oportunidades eran las mismas para todos y que lo que valía era el esfuerzo, no lo que había bajo la falda de nadie) había entrado de un patadón en la vida “adulta” y tenía un hijo que, si bien fue concebido entre dos, era básicamente criado entre una… más algunos aportes solidarios de la tropa familia-amigos que finalmente fueron los que hicieron el cuento posible, pero bueno, si hay que dar las gracias no es exactamente una labor compartida, es una labor para la cual se recibe ayuda… y la diferencia, por sutil que pueda parecer, es enorme.

La cosa es que en ese  tiempo la sensación de caminar sobre el aire, sin certezas de las que agarrarme, era permanente. La vida se abría, y yo no me sentía preparada para ello. Un festín de impotencia con cubiertos y mantel.

¿Llegaremos a sentirnos preparados para lo que tenemos delante alguna vez, de cualquier manera? Quizás cuando, de una vez por todas, nos decidamos a abrazar la confusión, la falta de absolutos, como el único absoluto posible.

Yo no os puedo hablar de lo que es ser mujer, sino de lo que ha significado para mí, de algunos de los colores y formas que han ido quedando de ese trayecto que he recorrido desde el día aquel en el que sentí la necesidad de renegar de mi condición frente a mis padres (la hubiera devuelto, de haber existido oficina de reclamaciones) y mi momento actual. Lo que sí, aunque os hable desde mí, no puedo sino reconocer -finalmente!- que la “lucha de las mujeres” sí es mi lucha, aunque sólo sea porque muchas veces me ha tocado batallar desde ese lado del frente, por más que quisiera hacerme la loca y decir “yo no tengo vela en este entierro”. Porque me ha tocado pagar mi condición de tal. Porque la he maldecido tanto como la he amado pero aún así, al fin y al cabo, ni hoy ni nunca renunciaría a ella. Y si elegir pudiera, lo elegiría para la próxima existencia (de haberla, claro). Sí, ser mujer. Pese a todo lo que no brilla. Pese a lo imposible de meter en unas cuantas frases ese todo que a veces tanto ahoga…

Ser mujer es parir, donde la vida te pille, sea o no sea el momento apropiado. Con dolor, como dicen las escrituras, pero también con miedo, con retorcijones intestinales, con vergüenza, vulnerable y solitaria.

Es ser testigo, con 19 años, del deterioro del envase, de la fragilidad de la piel, de lo perenne que pueden ser algunas marcas.

Es contar cuentos sin tener ganas, e ir al parque y fingir que se persiguen mariposas cuando se piensa en pollas… Y también es pensar en mariposas y desear perseguirlas, pero con menos capacidad de elegir cuándo se hace una cosa y cuando la otra.

Es abrir las piernas más veces de las que se cierran, abrirlas forzada, sin deseo; abrirlas para el otro, para el adulto, para el médico, para el poderoso, para el que tiene una promesa que ofrecer.

Y es aprender, también, a hacerlo para mí.

Ser mujer fue en algún momento crecer mirándome las tetas en el espejo y deseando creer en un dios al que pedirle que se desarrollaran más de prisa. Fue medirme en centímetros y no en sentimientos.

Ser mujer es sentirse trascendente y después pintarse los labios de rojo. Y es saber convertir el cuerpo en masilla, tan apto para la exhibición como para el ocultamiento.

Ser mujer es darse cuenta un día de que sí, que ganas menos que tus compañeros hombres, que tú eres la estadística viviente y respirante, o lo que es otra forma de verlo, que esa estadística te ha alcanzado con sus garras y se ha quedado adherida a tus concretas carnes.

Ser mujer es cargar con los ciclos de la luna en el vientre y debatirse entre la grandeza creacional y el muy concreto coñazo que eso significa. Es aprender el arte de la renuncia oportuna cuando el deseo no calza con el momento (joda lo que joda!) y el la despreocupación cuando la oportunidad no merece ser renunciada. Y también es, de alguna manera, vivir en un  mundo de relaciones menos livianas, en el que se tiene que decidir de antemano qué peso se le da a una mera posibilidad, porque una vez que se abandona la casa sin depilar ya se ha asesinado esa posibilidad antes de que se desarrolle.

O dicho de otra manera: Ser mujer es tener que esperar muchas veces más de lo que hay. Y es tener las piernas suaves después de una noche que no salió según lo esperado, para revivir en el tacto de esas carnes lisas lo inútiles que pueden ser a veces las esperanzas.

Vale, no será la forma más profunda de terminar este post, pero seguro que más de una se siente identificada!

(Y por cierto, quiero aprovechar esta oportunidad para saludar y dedicarle este post a mi amiga Polilla, una mujer bellísima, aperrada y con un corazón de oro, ya que hoy es su cumple y la tengo muy lejitos como para darle el abrazo de oso que me gustaría…)