SOS relatos eróticos

Se me ha presentado la oportunidad de enviar unos cuantos relatos eróticos -algo así como un pequeño “muestrario”- a una editorial de esas serias, que te publican ellos las cosas y más encima te pagan, toda una rareza en estos tiempos que corren… Y claro, como no puede haber peor jueza en este espinoso asunto que yo misma, escribo este post con la esperanza de que vosotros me echéis una manito y me ayudéis a elegir… ¿Cuál ha sido el relato que más os ha gustado, el que consideráis más especial, el que está mejor logrado???

A modo de recordatorio, os dejo los links a los relatos (en el caso de los que van por capis el link es al capi 1), con los primeros párrafos para que sea más fácil recordar de qué va cada uno.

Y por supuestísimo… Muuuuuchas gracias!!!

 

Love story
love story 3-¿Estás listo?-, preguntó ella rozándole el lóbulo con labios deliberadamente húmedos, viscosos de deseo. Letras de miel caliente lo recorrieron, poseyéndolo como posee el sonido de la campana a un niño que espera ansioso la salida a recreo.
– Lo estoy.
– Entonces abre los ojos y mira lo que tengo para ti.

Le quitó la venda mientras hablaba. El parpadeó un par de veces para acostumbrarse al cambio de luz y levantó la mirada. Un hombre alto, más que él, y con una enorme polla en estado de semirreposo, lo observaba con curiosidad. Sintió entonces frío y recordó que estaba desnudo.

Candy

“Tampoco habrá suerte esta noche”, pensó. Si tan sólo fuera por ese espantoso negligé rojo del chino, incapaz por otra parte de contener la insatisfecha abundancia de sus carnes… Pero no, lo peor no estaba en el envase. Era ese deseo rancio que le brillaba en la piel como una mala crema, ese olor a herrumbre que se adivinaba emanando de su coño. No tragó saliva porque tenía la boca seca. “A ésta seguro que le gusta que se lo coman. Que no se me vaya a olvidar pedirle un vaso de agua”, se recordó.

Tras la ventana

Era una casa de esas para esperar dulcemente la muerte.
Con todo ya acabado.
Sin nada por hacer.
Cada cosa en su sitio, como una sinfonía visual.

Nada más entrar supo que muy pronto desearía pasar allí el resto de sus días. Comenzaba a necesitar la paz, y en esa casa se respiraba por todos los rincones. La claridad que entraba por sus grandes ventanales invitaba a la contemplación, no al movimiento. Y él estaba muy cansado.

Telarañas

PantherMedia A10981075– ¡Espera!
– ¿Qué pasa?
– Me duele
– ¿Te duele?
– Sí, no sé, me raspa
– Hmm
– ¿No tienes lubricante? Ponme un poco.
– ¿Ahora?
– No, mañana…
– ¡Es que no sé dónde está!
– Entonces para.
– ¿Cómo?
– ¡Que pares, joder! ¡Que te salgas!

De lejos parece una telaraña, pero al acercarse descubre que es la marca de una trizadura sobre el cristal. Le pasa el dedo índice por encima, con dilación, intentando volverse ajeno o al menos parecerlo. Ella coge el móvil y se dirige hacia el único rincón de la habitación donde no llega la luz, en un intento vano por ocultar sus murmullos. “Sí”, “ya sabes, el cabrón de mi jefe”, “no es nada amor”…

En la cama

Muy lejos del lujo que sugería su nombre, el Grand Castle Hotel era un viejo edificio ruinoso donde las parejas sin recursos iban a echar un polvo. Todo en él resultaba inquietante, desde sus pasillos oscuros hasta sus maderas crujientes, y más de un huésped se había ido con la sensación de que el esqueleto que soportaba el establecimiento respiraba bajo las descascaradas paredes que lo recubrían, atento a todo lo que ocurría. Como si su quietud fuese solo aparente, como si esperase algo.

Claro, también estaban las cucarachas, el moho en las paredes de los baños –compartidos cada dos habitaciones- y el frío que se colaba entre medio de las grietas en invierno. Además de otros inconvenientes que ya me habían sido advertidos por una amiga que había estado un par de veces con su novio. Pero a mí no me importaba nada. Sus puertas se me antojaban la entrada al paraíso.

La danza del adiós

Cinco años y veintitrés días después se mirarán por última vez, casi de la misma manera en la que se miraron en aquel bar cuando todo comenzó: Como si supieran lo que está por ocurrir y no terminaran de creérselo.

Volverán a saltar al unísono hacia lo desconocido, aunque a diferencia de la primera vez no los unirá un abrazo. En cambio, se impulsarán el uno al otro en direcciones opuestas, con estudiados movimientos de bailarines, en una danza en la que nadie tenderá la mano a nadie porque tanto él como ella codiciarán para el otro la prisión que abandonan. Y así, volverán a cambiar el territorio, y pensarán nuevamente que “está todo bien”, sin recordar que eso antes ya lo hicieron, mientras marcan el número del colega de turno para comunicarle las novedades.

El próximo tren  (éste va completito, jeje)

Se suelta la mano. Se cierra la puerta. Se va el tren…

No grita, no se mueve, debatiéndose entre la confusión y el llanto, los ojos fijos en la negra boca del túnel que se tragó a su madre. Intuye que quedándose quieto todo será como antes. No intuye que el hombre de la sudadera gris ha dejado pasar nueve trenes. Ni que tiene una casa con juguetes y golosinas, y un álbum de Los Vengadores en su habitación. Sólo importa que regrese su madre. “Tranquilo chaval, espérala conmigo”, le susurra con voz de ángel, empujándolo suavemente hacia una promesa.

Antes de que empiece mañana

Él la recoge a las 10 en punto. Todas las veces ha llegado a las 10 en punto, así ha sido, invariablemente, desde que se encontraron en el funeral de la madre de Paco. ¿Cuántas veces habrán quedado ya, 12, tal vez 15? Ella perdió la cuenta. Pero siempre es igual. Toca el timbre, espera abajo, cuando la ve aparecer por el portal saluda con una inclinación de cabeza, le abre la puerta del coche, le da una mirada fugaz al reloj que lleva en la muñeca, cierra la puerta y entra él.

El amor en los tiempos del látex

Tomar aire, subir la reja, abrir la puerta –dos vueltas, llave grande, llave pequeña-, desconectar la alarma, poner la calefacción, colgar el bolso y la chaqueta, encender el ordenador, expulsar aire…

En cuanto comenzaba el ritual su boca se llenaba de un sabor a monotonía y polvo que variaba sutilmente según el día de la semana: Los lunes venían con un regustillo a albarán, los martes a limpiacristales, los miércoles al cartón de las cajas del pedido… El sábado era el único día en el que sus tareas se limitaban a la atención de clientes (su primo finalmente había aceptado que ajustara las labores a la afluencia de público), y con el tiempo se había dado cuenta de que era el día que más odiaba de todos: imposible de fraccionar, inconquistable. Como su soledad.

Hambre 

parejaConserva en sus entrañas la misma urgencia de tiempos vividos, y es lo primero que pone a sus pies, como un regalo. Está más delgado, ajado por el paso de los años, pero ella apenas alcanza a registrar esa información, porque nada más verla se le arroja encima como un animal hambriento, devastando sus defensas con el acero de su mirada y la bravura de sus besos. Ni siquiera abandonan el pasillo. Él le arranca la ropa y ella se deja. Le exprime los pechos como si quisiera robarle alguna verdad, los lame con lengua rasposa. Ella deja ir la piel que la recubre y gime una confesión que él no puede entender, mientras su cerebro flamea en pequeñas explosiones de dolor aterciopelado. La gira y la recuesta sobre el piso.

Carne de diván

– ¿Por qué me citaste tan tarde?

– Porque quería ver si eres tan sosa de noche como de día. Ya veo que no.
– Extraña respuesta para un sicólogo. ¿Eso se supone que tiene que mejorar mi autoestima?
-No sé, dímelo tú. ¿Cómo te hace sentir mi respuesta?
– Vaya, lo mismo de siempre, no te gusta lo que te planteo y me sueltas una pregunta capciosa.
– A mí no me parece que sea lo mismo de siempre. ¿Por qué te pusiste maquillaje para venir hoy?
– ¿Maquillaje? ¿Yo?
– Sí, no es que te hayas pasado ni nada, pero nunca usas y se nota. Llevas polvos en la cara, máscara de pestañas y un poco de brillo en los labios. ¿Vas a quedar con alguien después de salir de la consulta o te has arreglado para mí?
– Ricardo, déjalo, que esto se está poniendo raro. No está bien que me hayas citado a esta hora, ni que me digas esas cosas…
– Pero igual viniste, porque estás buscando algo. Y no eres indiferente a lo que te digo. Puedo verlo. Puedo olerlo.

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Love story

love story 3-¿Estás listo?-, preguntó ella rozándole el lóbulo con labios deliberadamente húmedos, viscosos de deseo. Letras de miel caliente lo recorrieron, poseyéndolo como posee el sonido de la campana a un niño que espera ansioso la salida a recreo.
– Lo estoy.
– Entonces abre los ojos y mira lo que tengo para ti.

Le quitó la venda mientras hablaba. El parpadeó un par de veces para acostumbrarse al cambio de luz y levantó la mirada. Un hombre alto, más que él, y con una enorme polla en estado de  semirreposo, lo observaba con curiosidad. Sintió entonces frío y recordó que estaba desnudo.

– Te presento a Adriano, es de Brasil. Adriano, éste es Carlos.
– ¿En serio Pame?-, murmuró girando el cuello hacia atrás. ¿Un mulato?

Por toda respuesta ella le dio un cachete en el culo, tan fuerte que le dejó un par de dedos marcados. Después se sentó frente a él en el sofá.

– Ya te vale-, insistió él.
– Agradece que no tuve tiempo para más. Aunque dudo mucho que se pueda mejorar lo presente-, contestó ella dirigiendo una de sus más encantadoras sonrisas al brasileño, que se afanaba en mejorar las proporciones de su ya descomunal miembro.

Al encontrar en sus palabras la invitación que estaba esperando, el mulato se acercó a ella y la besó, acariciándole al mismo tiempo un pezón con sus dedos oscuros. Ella aceptó el beso, dejando escapar un gemido al sentir el contacto de sus yemas en el pecho, pero después lo apartó con suavidad.

– No, no es conmigo la cosa, es con él. Yo sólo voy a mirar. O al menos eso creo.
– Vale. ¿Qué tengo que hacer?
– Quítale el plug y fóllatelo. Con ganas.
– ¿Es su primera vez?
– Es su primera vez con una de verdad. Y no te preocupes, que es él quien va por ahí pidiendo caña. Digamos que se lo ha buscado.
– Bueno, tú mandas…
– Adriano.
– ¿Sí?
– Hasta el fondo.

Ya desde la primera embestida fue incapaz de saber si lo estaban llenando por completo o dejándolo en el más absoluto vacío, como si cada órgano, hueso o gota de sangre se hubieran retirado a algún rincón oculto, porque era tanta polla, tan gruesa y tan dura, que no había sitio para más y hasta el alma se le salía por entre medio de los dientes apretados. Obediente, el monstruo que tenía el mulato entre las piernas se revolvía en él como un puño furioso. Un dolor subterráneo le explotó dentro, escupiendo en su interior pequeñas crisálidas de placer que empezaron a subir por su espalda hasta la nuca y el cráneo. Gritó con hondura, y al final de su grito se encontró con una legión de seres alados que lo invitaban a flotar en una danza de vértigo. Entonces lo comprendió. El universo entero estaba dentro suyo y se movía en círculos. Maravillosos círculos.

Embriagado de sí, todo abismo y agujero, descargó el poderío de su goce en un chorro espeso que se estrelló contra la pared. Adriano se retiró al instante, una gentileza nacida del hábito, y se sentó en el borde de la cama acariciándose el miembro con apetito domesticado. Carlos dirigió entonces la mirada hacia el sofá, para encontrarse con esa sonrisa burlona que conocía tan bien. Ella no dijo nada, pero los vellos revueltos del pubis y sus labios hinchados la delataban.

– Te crees muy guay ¿no? Toda compuestita en tu sofá…
– Jajaja, más que tú al menos.
– Sin embargo ya no llevas las bragas. Veo que te has unido a la fiesta.
– No me pude resistir. Ha sido un espectáculo… fantástico.
– Toda una experiencia, sin duda. Por cierto Adriano, ¿cuánto te debo?
– Quita, quita, que yo pago.
– Mmm… sólo si me dejas que te folle yo ahora.
– Lo estoy deseando…

No lo acompañaron hasta la puerta para no vestirse. Sus cuerpos, reverdecidos bajo la mirada ajena, se buscaron sin necesidad de preámbulo. Fue un polvo rápido, como una caída en un solo acto por un tobogán de felpa, y al llegar abajo descubrieron que había en el mundo algo nuevo, tal vez un olor distinto. Y con eso sobraba de momento.

– Me he quedado con su número por si en algún momento me da un antojito a mí. Por supuesto, estás invitado a mirar si quieres. No te importa, ¿verdad?
– No, claro que no.
– Gato…
– ¿Sí?
– Te amo
– Y yo a ti gatita. Gracias. Gracias por todo.
– Me alegra que te haya gustado el regalo. No se cumplen 40 todos los días. Pero ahora vístete, que hay que ir a buscar al niño al cole.

love story 3Se quedó mirándola mientras se agachaba para recoger su ropa, como si fuera la primera vez. Pensó que podría amarla sin esfuerzo hasta el día de su muerte. Pensó que cualquier día podría morir tranquilo…

Así, con todo el morro…

foto-post-concurso

Se que os debo una entrada hace rato, pero no sabéis la ilusión que me hace lo que os voy a contar…

Os invito a leer mi último relato, escrito para participar en el concurso de relatos eróticos de Malicieux. Podéis leerlo (y votarlo, que no me enojo) haciendo clic aquí. La forma de votar es de lo más tierni… al final de relato aparece un corazoncito, si pincháis en él ya estáis regalándome un voto.

Y sí, me da un poquillo de pudor esto de autopromocionarme (no soy particularmente fan de los concursos en los que uno mismo tiene que currarse el voto y tocarle las narices a amigos y conocidos), pero la verdad es que muero por hincarle el diente a ese premio -juguetitos, juguetitos, vengan a mí- ya que hace muuucho que no puedo renovar mi stock y salvo el vibrador Bcute Classic Curve que me enviaron recientemente para escribir una reseña, a mi cofrecito happy le salen teralarañas ya… Es que esto de la crisis es muy malo!

Bueno, no doy más la lata. Ojalá que os guste!!!!

Besos y abrazos

Ava

 

 

Candy

candy

“Tampoco habrá suerte esta noche”, pensó. Si tan sólo fuera por ese espantoso negligé rojo del chino, incapaz por otra parte de contener la insatisfecha abundancia de sus carnes… Pero no, lo peor no estaba en el envase. Era ese deseo rancio que le brillaba en la piel como una mala crema, ese olor a herrumbre que se adivinaba emanando de su coño. No tragó saliva porque tenía la boca seca. “A ésta seguro que le gusta que se lo coman. Que no se me vaya a olvidar pedirle un vaso de agua”, se recordó.

– Hola, soy Luisma. Ya estoy aquí.
– Mmm… puedes llamarme Candy.
– Candy. Ya… ¿Te importa si uso el baño?
Se dirigió hacia el interior del piso pero al no obtener respuesta se giró, sin saber qué camino seguir. Ella parecía aún más confundida. Cuando habló por fin, a él le pareció que su voz era todo lo contrario que su aspecto: ingrávida casi, entre la insignificancia y la dulzura. Le recordó el sonido de un arpa vieja.

– La segunda puerta, allí -indicó con el dedo-. Pero por favor no te tardes. Sólo me alcanza para una hora.

La vergüenza ralentizaba sus palabras. Era tan evidente que casi podía masticarse. Él no llegó a conmoverse, pero sí a darse cuenta de que hace algunos meses se hubiera sentido más predispuesto a ser amable. Ahora sólo le quedaban unos pocos recursos, y todos ellos habitaban en la periferia de su corazón. Haciendo un esfuerzo rascó un poco dentro de sí, pero más que nada porque ponerse en evidencia era de alguna manera compartir.

– Tranquila. Eso no te lo cobro. Sólo cuando los dos estemos listos.

Había pocas cosas que agradecer aquella noche. Tal vez la protección que le ofrecían las descascaradas paredes rosa del baño, pero era efímera. Al menos se alegró de no haberse hecho una paja antes de salir de casa.

 

(Por cierto, la imagen es de http://www.superbwallpapers.com/)

Relatos eróticos para concursar

concurso dolce lovePara qué andamos con cosas. La gran mayoría de los lectores de blogs escribimos en blogs (no sé como coño aterriza el resto de la peña en estas páginas perdidas, pero ese ya es otro tema). O sea, que somos una tribu a la que le encanta teclear, y en este mundillo aún más particular de los blogs de sexo lo que se estila es “hacerle al relato erótico”. Yo la primera, claro.

Por eso, a falta de un post “de los míos” (la escasez de tiempo repercute directamente en mi capacidad creativa, vaya novedad) paso a ofreceros otro lapsus informativo, que estoy segura de que interesará a más de uno: un concurso de relatos eróticos.

El concurso es de Dolce Love, la misma empresa que está buscando asesoras de Tuppersex (si os interesa el tema, leer el post anterior, Dolce Love ‘calling‘) y va por su segunda edición. El premio no es para infartarse, 150 euros y la publicación del relato erótico en el Blog de la Doctora Miss Love, pero ya que haya vil metal de por medio es bastante para los tiempos que corren, y francamente… al final lo que más nos gusta es que nos lean!!! De hecho yo ya tengo un par de ideas para participar. Si consigo que me salga un relato digno lo compartiré con vosotros, aunque una vez finalizado el concurso, ya que el asunto tiene que ser inédito (haberlo sabido antes, puf!).

Los textos deben tener entre 300 y 3.000 palabras y pueden presentarse desde ya y hasta el 30 de noviembre, tiempo en el que, al recibo de cada uno de los relatos, se subirán a la red social de Facebook para que los seguidores de la marca puedan votar sus relatos eróticos favoritos y así salgan los finalistas del concurso.

Una vez finalizado el plazo se dejará un mes más (hasta el 31 de diciembre) para las votaciones, a fin de que todos tengan oportunidad de promocionar su relato y de conseguir que la gente lo lea. Tras ese tiempo, los doce relatos eróticos más votados pasarán a la final, y un jurado, compuesto por Venus O’Hara y la dirección de Dolce Love elegirá el relato ganador haciéndolo público el 15 de enero.

Eso sería. Si no sabéis por dónde empezar a tirar del hilo, aquí os copio unos ‘tips’ de Angie, responsable del concurso: “Tened en cuenta que la originalidad hará que vuestro relato sea más votado, así como la forma en que lo promocionéis vosotros”.

Bueno, creo que no me dejo nada en el tintero… salvo mi relato, jijiji, y por supuesto un link a las bases! 🙂

Mucha suerte, mis queridos competidores!!!

 

Tras la ventana (y V)

KONICA MINOLTA DIGITAL CAMERAAcercándose lentamente hasta ella, le puso las manos sobre los hombros y los acarició con avidez. Había algo inabarcable en el contorno de su piel, algo que se deshacía y volvía a renacer, cobrando en cada toque una forma distinta. No importaba dónde se detuviera, si en los huesos de su clavícula o en la curva de su espalda; algo de él se hundía dentro de ella, y una vez dentro era como si no pudiera volver a salir, y simplemente se adentrara cada vez más. Por un instante sintió que si seguía tocando no quedaría nada más de él, y no le pareció una mala manera de irse.

Ella asintió con una sonrisa leve y se pasó la lengua por los labios, y él tuvo la sensación de que saboreaba sus pensamientos.

La besó entonces, primero con suavidad y después con más ímpetu, concentrándose en raspar de sus labios esponjosos toda la humedad y el calor que le ofrecían. Pero sólo consiguió acrecentar su hambre. Y entonces, como si siempre hubiera conocido el camino, acercó su boca a los pezones oscuros de la mujer, que le esperaban un poco más abajo, poderosos y erguidos. Cerró los ojos y chupó, incapaz de hacer otra cosa, y sintió en seguida que lo invadía una sensación tan dulce que casi llegaba a ser insoportable. La deseaba y se ahogaba al mismo tiempo, sin poder detenerse. Ella le cogió la cara con delicadeza e hizo que la mirara.

– Tranquilo. Hay de sobra.

Quiso responderle que estaba tranquilo, pero en cuanto intentó hablar empezó a salirle leche de los labios. Se dio cuenta entonces de que por los pechos de ella corrían dos hilos blancos que bajaban hasta perderse en su vientre.  Retrocedió, sintiendo que estaba a punto de desmayarse.

– ¿Qué es esto? ¿Quién eres?

– Quien tú quieras que sea.

– ¿Eres mi madre? –le preguntó, sintiéndose inmediatamente estúpido.

– ¿Quieres que sea tu madre?

La mirada de ella se volvió felina y la voz un susurro casi inaudible, pero aún así había una carga en sus palabras, como si él pudiera palpar la tentación que le ofrecían. Por unos instantes se sintió inclinado a decir que sí, a abrir esa puerta y ver qué había detrás de ese abrazo tan ansiado. Nada podía ser peor que el vacío… Sin embargo sacudió la cabeza en señal de negación, si bien no del todo sometido a su renuncia.

– Si no lo eres en realidad, pues no. No quiero que lo seas.

– Realidad. Curiosa palabra.

La miró entonces con más cuidado. ¿Por qué estaban conversando? Tenía a una mujer hermosa y desnuda frente a él, y se encontraba a punto de embarcarse en una discusión existencialista.

Cogiéndola de la mano la llevó hasta el sofá y la tumbó allí. Había algo conmovedor en la docilidad de sus movimientos, como si de pronto se hubiera aburrido de los juegos y hubiera decidido entregarse de alguna manera, más allá de lo físico. Recostada sobre los blancos almohadones, con las piernas ligeramente abiertas, toda ella era una invitación y todo preámbulo un estorbo.

Al penetrarla supo que no había más hogar que ese, y que cualquier otro sitio tendría el sabor de la huída. Pese a que entró en ella con deferencia, una embriaguez efervescente le recorrió el cuerpo con violencia, untando una sensibilidad nueva en cada centímetro de piel viva. No había ya en él trazo alguno reconocible, todo parecía haberse fundido en un punto único, como si su cuerpo al completo fuera un enorme y burbujeante glande a punto de ebullición. Abrió la boca, pero en vez de notar cómo se liberaba su rugido lo sintió retumbar en su interior, deslizándose denso y caliente por las paredes de su garganta hasta deshacerse en su estómago.

No llegó a saber si eyaculó o no, simplemente se perdió en la totalidad de su orgasmo. Suspendido en un espacio indescriptible -¿cómo poner en palabras aquello que se encuentra  al mismo tiempo en el pico más alto de la más alta montaña y en el punto más profundo del más profundo de los océanos?-, sintió que volvía a nacer, ingrávido e inmaculado. Lo invadió un sueño profundo y se dejó acunar por sus brazos, Entonces lo supo: Nada podía herirlo, ya nada tenía forma a su alrededor. Lo único que tenía que hacer era flotar…

– Lo siento, esto no tendría que haber pasado. Se supone que hay reglas- la oyó decir, pero como si estuviera muy lejos de él. Responderle le costó un enorme esfuerzo, sólo quería dormir.

– ¿Cómo dices?

– Aún no era el momento, ella no está lista… – la escuchó decir, pero su voz ya parecía venir de otro mundo. Él alcanzó a murmurar una respuesta incomprensible, más parecida a un gemido que a otra cosa, antes de dejarse ir del todo.

pintura parto 1A la mañana siguiente no recordaría nada. Ni siquiera el golpe que tuvieron que darle -el primero de tantos- para que lograra respirar. Su madre daría a luz sin perder esa expresión de hastío que se había vuelto cada vez más frecuente en su rostro, y dejaría el hospital sin mirar atrás ni una sola vez, arrastrando su cuerpo prematuramente envejecido lejos de allí. Ese malestar en particular pronto se convertiría en un recuerdo lejano, y sólo el líquido pegajoso  brotando con desgana de sus pezones le recordaría -durante un puñado de días- lo que había dejado atrás.

 

(Nota que no sé dónde poner: Las imágenes las encontré en Internet y representan pinturas de la artista Beti Alonso. No la conozco de nada, pero me topé con su fanpage de Facebook. Por respeto a su trabajo os dejo el link: https://www.facebook.com/betialonsopintora)

 

Tras la ventana (I)
Tras la ventana (II)
Tras la ventana (III)
Tras la ventana (IV)

Tras la ventana (IV)

tras la ventana 4Se despertó tarde y se quedó un rato en la cama, incapaz de decidir qué hacer. No quería salir al pasillo y descubrir que el jarrón no era lo único que se había roto en esa casa. Una rápida mirada al suelo le permitió comprobar algo que ya intuía: los trozos ya no estaban allí, ni las flores desparramadas. “Debió limpiarlas mientras yo dormía”, pensó. “¿Se quedará observándome cuando entra en mi habitación de noche”?

El pensamiento lo sorprendió. Tal vez porque en ese momento se dio cuenta, con una punzada que le indicó que estaba más allá de una simple conjetura, de que no era la primera vez que ella entraba mientras él estaba dormido. Pero además no se le pasó por alto el uso del adjetivo posesivo en la frase que surcó su mente: “Mi habitación”.

Cuando ya le resultó evidente que ella no iba a aparecer, se levantó y salió. No quería asomarse al salón y quedarse parado frente a ella sin saber qué decir. Y no quería ser él quien hablara primero. Ella se había ido y lo había dejado solo. Ella tenía que buscarlo.

Sin embargo, al no oír los ruidos familiares de la mañana sintió curiosidad. ¿Ya habría desayunado? ¿Qué estaría haciendo tan silenciosamente? ¿Leyendo?

Como de costumbre la mesa estaba puesta, pero ella no se encontraba allí. Al darle un sorbo al café se percató de que estaba frío. Igual que las tostadas. Se bebió el zumo de naranja con desgana y se metió en la ducha.

Ni siquiera sentir el agua corriendo sobre su cuerpo lo tranquilizó. La ausencia de la mujer le producía la desagradable sensación de que había ido muy lejos la noche anterior, pese a que si miraba la situación desde fuera se podía considerar un ejemplo de virtud. Pero no lo sentía así.

Siguiendo un impulso se puso la ropa que traía el día que llegó, rechazando la que ella le dejaba todos los días sobre la silla. Estaba molesto, con él por no haber sabido contenerse y con ella por no haber apreciado su falta de contención. Pensó que si ella lo veía vestido así podría reaccionar de alguna manera, si bien no tenía muy que reacción esperaba… o deseaba provocar.

Todos sus pequeños rencores y elucubraciones se fueron disolviendo a medida que pasaban las horas, para dejar paso a una sensación de pérdida distinta a la que había cargado por tantos años. No se trataba ya de desear algo que nunca había tenido, sino de temer por algo que se conoce, que se ha poseído. Se preguntó cómo podría alguien llegar a amar, si eso implicaba saber al mismo tiempo- no, más bien sentir sin palabras- lo que significaba realmente la ausencia de lo deseado.

Cuando ya no pudo aguantar el hilo de sus pensamientos arrastró los pies hasta la cocina y se preparó un bocadillo para saciar su hambre. Se tendió en el sofá y cerró los ojos, pendiente de los sonidos que venían del exterior.

 

Ya había oscurecido cuando ella entró por la puerta. Parecía traer el mundo exterior a sus espaldas como un lastre, en su sonrisa huidiza y su andar pesado. Aún así, al verla así él se sintió irritado. De alguna manera excluido. Ella se acercó para saludarlo, pero él se hizo a un lado.

– Te fuiste

El ansia contenida en su voz lo sorprendió y se dio cuenta de que necesitaba dominarse. Ella lo miró con curiosidad. Parecía sinceramente perpleja al percibir el intenso reproche que acompañaba a sus palabras.

– Pero he vuelto.

– ¿Dónde estabas?

– Una reunión de última hora, que se alargó más de lo esperado.

– ¿Con quién?- insistió él con tono agrio.

– Eso a ti no te importa- respondió ella.

– Ya, ¿pero no podrías haberme avisado? Joder, no es tan difícil coger un teléfono.

– Pensé que aprovecharías el día. Te dejé una nota en la entrada. ¿No la viste?

– No-, murmuró, y se sintió inmensamente estúpido. ¿Quién era él para pedirle explicaciones en su propia casa? ¿Tenían algún tipo de relación que le daba derecho a hablarle así? De pronto su presencia en ese lugar le pareció más amenazada que nunca, y volvió a sentir esa carga endeble que colgaba de sus espaldas cuando cruzó el umbral por primera vez.

– Disculpa, yo…

– No pasa nada Pablo, déjalo. Creo que me voy a tumbar, estoy cansada.

 

No, no podía ser eso y ya, no podía terminar así. La cogió de un brazo e intentó besarla, pero ella se soltó con un tirón firme, haciendo un extraño chasquido con la boca. Desesperado, sin saber qué hacer al ver que ella le daba la espalda y se dirigía hacia el interior, comenzó a quitarse la ropa con movimientos decididos, con la vaga sensación de que al estar desnudo le costaría más echarlo de su casa. El inconfundible sonido de la cremallera al bajar hizo que ella detuviera su marcha y se girara a mirarlo. No dijo nada, pero el haberse detenido ya era una respuesta.

Él terminó de desvestirse y extendió los brazos hacia los costados, echando levemente la cabeza hacia atrás.

– Mírame. ¿Por qué no me deseas? ¿Qué es lo que no te gusta?

Cerró los ojos, algo avergonzado con su inesperado y teatral arranque, y al abrirlos se encontró a la mujer a su lado. “¿Pero qué coño”? se dijo, algo mareado por la sorpresa. Resultaba imposible que le hubiera dado tiempo a llegar hasta él. Pero allí estaba.

– No has venido aquí para eso- le dijo con una sonrisa triste.

– ¿Y entonces para qué? ¿Quieres decirme para qué coño estoy aquí? Tú misma me pediste que me quedara.

– Lo sé. No debería haberlo hecho. Pero yo también me siento sola a veces.

– Yo puedo acompañarte. Déjame hacerlo.

Como si se viera forzada a tomar una decisión muy importante ella entrecerró los ojos, y al hacerlo la habitación se oscureció. ¿Cómo se había ido tan rápido la luz? ¿Había sido ella quién había llamado a las sombras? Se encontraba al límite del paroxismo –a eso lo invitaba la lógica-, pero de forma paralela comenzaba a cobrar fuerza la sensación de que sus preguntas sólo tenían peso fuera de los muros que les daban cobijo. Y él estaba dentro. Aunque al parecer no por mucho tiempo.

Entonces ella comenzó a murmurar sonidos incomprensibles al tiempo que movía los brazos, como si cantara muy bajito en una lengua extraña o estuviera recitando algún mantra. Su voz, que más parecía provenir del centro mismo del hogar que del fondo de su garganta, se llevó lo que a él le quedaba de estupor como una suave ola se lleva restos de algas secas al retirarse de la orilla. Poco a poco todo pareció volver a su sitio, aunque era un sitio que él no terminaba de entender. Pero al oírla hablar eso ya no parecía tan importante.

tras la ventana 4bSe dio cuenta entonces de que ella también estaba desnuda, y de que su ropa había desaparecido. Fascinado, contempló su cuerpo firme, mucho más de lo que hubiera esperado en una mujer de su edad, con Pilates y todo. Aunque se encontraban en penumbras le pareció percibir una cierta juventud en su rostro que no había notado antes, o más bien como si la edad no hubiera quedado impresa en él, como si sus preocupaciones fueran de otra índole. Él no sabía qué podía estarla preocupando, pero no albergaba dudas de que sus intentos ya no serían rechazados.

 

Tras la ventana (I)
Tras la ventana (II)
Tras la ventana (III)

Tras la ventana (III)

http://www.fraper.es/portal/cuadros/452-cuadro-jarron-azul-con-flores.htmlHabía pasado más de una semana cuando ella entró por primera vez. Él había dejado de estar pendiente de cada sonido que se desvanecía al otro lado de la puerta una vez que se daban las buenas noches, si bien le seguía costando conciliar el sueño. De alguna manera no había dejado de esperarla del todo, pero como se espera que Dios responda a una plegaria: Todo fe, sin asideros. Por eso, aunque había fantaseado recreando la escena decenas de veces durante las noches anteriores, no supo cómo reaccionar y fingió dormir.

Ella se acercó con sigilo y se sentó en el borde de la cama. Él, boca abajo y desnudo bajo el edredón, recibió el palpitar furioso de su corazón como un anuncio de algo y apretó los párpados.

– ¿Estás despierto?

Sus palabras se vaporizaron en el aire, más livianas que un susurro. No hubo respuesta, pero ella no se fue. Permaneció allí, sentada a su lado, y comenzó a acariciarle el cabello muy suavemente. Pasados unos segundos volvió a hablar.

– Quédate aquí. Quédate conmigo.

Retiró el edredón con cuidado, hasta dejarlo a los pies de la cama. Aunque él no podía verla se la imaginaba perfectamente, absorta en su empeño de no interrumpirle el sueño. Entonces le pasó los dedos por la espalda, como un aprendiz respetuoso que entra en contacto por primera vez con las teclas de un piano, con una liviandad cargada de respeto. Él suspiró, muy quedamente, porque no podía evitar sentir que la estaba engañando.

– Shhhhhh…

Continuó tocándolo mientras tarareaba una canción que él desconocía. Sin aumentar la intensidad de sus roces, poco a poco fue adueñándose de porciones más extensas de su cuerpo, hasta alcanzar con sus yemas perezosas los glúteos –“apenas unos instantes se queda en ellos, ¿por qué se va tan pronto?” – y ya después las piernas. Y entonces comenzó a ascender nuevamente, sin prisa pero esta vez un poco más decidida, un poco más familiarizada con sus llanuras y sus rincones. Él volvió a suspirar y elevó ligeramente las caderas, en parte para dejar sitio a su ya considerable erección, en parte para participar de alguna manera del ritual que se estaba llevando a cabo sobre su piel hambrienta. Como ella no se detuvo, él no volvió a moverse. El enjambre que tenía entre las piernas reclamaba su atención, pero parte de sí estaba fuera de su cuerpo, junto a ella, observando su propia carne yaciente, apenas un accidente entre sus sábanas por capricho del destino.

Quietud y silencio. Cómo los aborrecía de niño. Qué delgada le pareció en esos momentos la línea que separaba el placer del dolor. No el de los artilugios, el de verdad. El dolor de los que están solos.

Pero entre los dedos expertos de la mujer que le ofrecía cobijo todo se desdibujaba. Moldeable como el barro e ingrávido, como si se disolviera y flotara al mismo tiempo, conoció por primera vez el deseo de llorar. Lo hubiera dado todo porque el tiempo se detuviera, por no salir nunca más de esa habitación ni de ese universo hecho de piel y recovecos, en el que ella era la fuente de toda vida y toda felicidad.

http://www.fraper.es/portal/cuadros/452-cuadro-jarron-azul-con-flores.htmlAprovechando una pausa en sus caricias se giró. Aunque ella echó levemente el cuerpo hacia atrás él no fue capaz de percibir en su gesto el aroma de la fragilidad y estiró un brazo para tocarla. Al hacerlo pasó a llevar el jarrón azul que había junto a la cama, que se estrelló contra el suelo escupiendo al quebrarse sus flores envueltas en un chorro de agua turbia.

Antes de que alcanzara a balbucear una disculpa ella le posó los dedos sobre la boca, con una sonrisa leve. Entonces se puso de pie, sus largos cabellos negros cayendo libres sobre sus hombros, los pies descalzos y apenas un ceñido camisón blanco para cubrir sus formas, y se fue como había llegado, sin emitir una palabra, sin dejarle un gesto en el que buscarla.

No fue un pensamiento, sino una imagen lo que se quedó en él cuando ella cerró la puerta: Una postal vieja, que algún amigo del coronel se dejó olvidada en la cabaña de la playa, en la que dos niños de pantalón corto sentados en las rodillas de Papá Noel parecían burlarse con sus pequeñas sonrisas congeladas de todo aquel que estuviera fuera de la imagen, mientras que de fondo deliciosos manjares los esperaban sobre la mesa junto a un árbol colmado de regalos sin abrir.

Tras la ventana (II)

Tras la ventana (I)

Tras la ventana (II)

No dijo nada, tan sólo le hizo un gesto con el dedo y él la siguió hasta una habitación que se encontraba al final del pasillo. Estaba decorada con sobriedad y buen gusto, y ya al primer vistazo se dio cuenta de que se trataba de un cuarto de invitados, lo que en parte le extrañó. En realidad, no sabía muy bien qué esperar. Al buscarla con la mirada reparó en un jarrón azul (¿sería de porcelana? él no sabía de esas cosas) lleno de flores frescas. Empezaba a producirle cada vez más curiosidad la mujer que tenía al frente.

– ¿Para qué las flores?
– ¿Cómo dices?
– No entiendo. Acá no duerme nadie, ¿no? Todo está en su sitio y no se ven objetos personales por ninguna parte. ¿Quién las aprovecha? ¿Las flores?
– Tú.
– ¿Yo?
– Por ejemplo.

Iba a decir “eso es ridículo, no tenías cómo saber que yo vendría”, pero algo lo impulsó a callar. No quería molestarla. Y, sobre todo, no quería empezar a quitar capas tan pronto, porque una vez alcanzado el centro ya no sabría qué hacer. Además, ¿para qué arrebatarle su juguete? Su misterio era como una sombra que, más que oscurecer, refrescaba.

– Me gustan las flores -murmuró de pronto ella, interrumpiendo sus pensamientos-. Así de simple. Desde niña. ¿A ti no?
– Me dan un poco igual. Quiero decir, nunca he gastado dinero en ellas. Pero viéndolas aquí me parecen casi…
– ¿Si?
– Sé que suena ridículo, pero iba a decir “necesarias”.
– ¿Ridículo? Para nada. Me parece un comentario bastante penetrante.

“Penetrante”. Le bastó escuchar esa palabra para sentir como si lo despertaran de una bofetada. La mujer que lo miraba con intensidad no sólo seguía siendo hermosa; era como una invitación, toda ella. Podía sentir como la turbación reptaba por sus muslos hasta hacer nido en su entrepierna. Carraspeó, porque no supo que más hacer, y se acercó al marco de la ventana, dándole la espalda. Había empezado a llover.

Ella comenzó a hurgar en uno de los armarios. Pasados unos minutos, que él agradeció, le tocó con suavidad un hombro. En lugar de girarse él cerró los ojos, sintiendo como llegaban hasta sus labios oleadas mansas de un sabor dulce, a la vez conocido y olvidado, al que no supo dar nombre.

– Probablemente quieras darte un baño. Sobre la cama he dejado toallas limpias y un cepillo de dientes. Es la segunda puerta a la derecha.
– ¿Estás segura de que quieres que me quede?
– No te tardes. Se enfría la cena.

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Casi no pudo dormir en toda la noche. La posibilidad de que su anfitriona apareciera en el marco de la puerta era como un manto que todo lo cubría, meciéndolo y manteniéndolo despierto al mismo tiempo. Recién cuando comenzaba a clarear consiguió cerrar los ojos un par de horas, rendido el cuerpo al fin ante su ausencia. Al despertar la encontró fumando en el balcón. Ella no lo vio entrar, miraba hacia la calle, atrapada al parecer por pensamientos profundos. Si no fuera por el movimiento del humo que de desenroscaba de su cigarrillo él hubiera creído encontrarse frente a un cuadro. La mesa estaba puesta: Gruesas rebanadas de pan rústico, huevos revueltos recién hechos, café y zumo de naranja natural. No supo qué decir, así que simplemente tosió. Ella se puso de pie, aplastando la colilla en un enorme cenicero de colores chillones.

– Buenos días- lo saludó con una sonrisa amplia, acercándose a la mesa y alcanzándole un tazón humeante- El café era sin leche, ¿no?
– Buenos días. Sí, gracias, me gusta solo.
– ¿Has descansado algo? Anoche parecías… intranquilo.
– Ya, ehm… perdona si te desperté.
– No te preocupes. Estaba despierta.
– No suelo moverme tanto, no sé qué me pasó. Y además tu cama no ayuda. ¿No conoces Ikea acaso?
– Es una reliquia familiar, dejémoslo ahí. De cualquier manera se duerme muy bien en ella pasados unos días. Ya te acostumbrarás.

Dijo “ya te acostumbrarás” como quien dice la cosa más nimia, mientras mordía un trozo de pan, y él sintió como si lo trasladaran a otra realidad de un empujón, una en la que estaba bien acercarse y abrazarla, hundir la nariz en su pelo e incluso llenarse la boca con sus pechos generosos. Pero él seguía siendo el mismo, un intruso sólo, incapaz de fundirse con el nuevo escenario. En cuanto a ella, parecía cambiar de sitio todo el tiempo, como si todas las reglas le valieran.

– ¿No tienes que irte a currar? Ya es tarde- comentó él por quebrar el silencio.
– No, trabajo en casa. Y además he decidido tomarme unos días libres.
– ¿Para qué?
– ¿Cómo que para qué? Tú estás aquí, ¿no?
– Ya, eso es lo que no entiendo. No me conoces, y aún así me has invitado. ¿Dejas entrar a cualquier extraño que toca a tu puerta?
– Me gustan las historias. Vivo de ellas. Y quiero ver a dónde me lleva ésta.
– Pero aún así, ¿no te da miedo?
– Sentí que querías estar aquí, que era importante- respondió ella encogiéndose de hombros.
– Te estoy hablando en serio.
– Yo también. ¿Qué quieres que te diga? No eres un desconocido, o al menos no del todo. Eres el hijo adoptivo del coronel Adriasola, Isabel me habló de ti y no creo que vayas a hacerme daño. ¿Me vas a hacer algo malo, Pablo?
– No. Al menos nada que tú no quieras.

Esperaba un leve estremecimiento al menos, un gesto, una mirada de complicidad. Y como su imaginación solía ir muy por delante de lo que creía posible, llegó a imaginarla incluso abriéndose el camisón frente a él, al embrujo de sus palabras. Pero nada. Ella siguió comiendo sin alterarse, como si digerir su frase fuera una parte más del proceso alimenticio que estaba llevando a cabo de forma tan concienzuda. Él no pudo evitar sentirse molesto, de alguna manera traicionado por su silencio. ¿Qué se traía esa mujer entre manos? ¿Qué coño estaba haciendo él allí de todas maneras?

– Muchas gracias por el desayuno, estaba buenísimo, pero es hora de partir- dijo sin poder disimular la irritación en su voz.
– ¿Partir? ¿A dónde?
– ¿Cómo que a dónde? No sé si lo recuerdas, pero llegué hasta acá buscando a alguien.
– Ya. ¿Y sabes por dónde seguir tu búsqueda?
– No, pero yo…
– ¿Entonces cuál es la prisa?
– Si no me voy ahora más tardaré en encontrarla.
– Por favor, no te vayas. Al menos no todavía.

Nadie, hasta ese momento, le había dicho nunca “no te vayas”, y eso que se había ido de muchos sitios. Ni siquiera el coronel. No hizo falta más. Estaba acostumbrado a ignorar su necesidad de los otros como los pobres ignoran el hambre, porque no le quedaba otra, pero no sabía lo que era sentirse necesitado. Mareado de pronto por la evidencia de que ella deseaba su presencia cerró los ojos, buscando en la oscuridad un asidero. Ella lo rozó con delicadeza, sin posar del todo sus dedos en el brazo que tenía delante. Su tacto ligero le recordó a la brisa fresca de una noche de verano, y le pareció que ningún día podía ser demasiado largo si ella le esperaba en casa. Sin saber por qué, se le vino a la mente la imagen de Torpedo, un gato callejero al que alimentaba en secreto cuando niño. Tal vez porque su pelo era inexplicablemente suave, inexplicablemente blanco. Como un refugio.

– Si quieres puedo ayudarte a recoger la mesa- dijo sin más. Ya con eso se sintió más liviano.

Tras la ventana (I)

Tras la ventana (I)

(Para mi madre)

ventana

Era una casa de esas para esperar dulcemente la muerte.
Con todo ya acabado.
Sin nada por hacer.
Cada cosa en su sitio, como una sinfonía visual.

Nada más entrar supo que muy pronto desearía pasar allí el resto de sus días. Comenzaba a necesitar la paz, y en esa casa se respiraba por todos los rincones. La claridad que entraba por sus grandes ventanales invitaba a la contemplación, no al movimiento. Y él estaba muy cansado.
Y luego estaba ella, de pie en el marco de la puerta, con un café humeante en la mano.
Un café y una promesa, de tantos ofrecimientos por cumplir.
Para él.

Encendió un cigarrillo, expectante. Ella, pese a su pulcritud, no le devolvió un gesto agrio. Ni siquiera vaciló. Simplemente le ofreció un cenicero.
Ya con eso deseó abrazarla.
En su lugar dejó descansar las yemas de su mano izquierda sobre el brazo del sofá. Con suavidad. Era casi como tocarla. De alguna manera mujer y espacio eran todo uno allí. Ella era ese hogar, cada rincón, cada pared pura. Y él tenía maletas para deshacer.

No lo interrumpió mientras se bebía el café. Ni un gesto sutil para meterle prisas. Calor y silencio entraron en su cuerpo, inundándolo de sensaciones nacientes. Y al otro lado ya no había vacío, estaba ella con sus formas rotundas y el latido que se adivinaba entre sus pechos.

Se acercó para devolverle la taza. Un poco más. Sólo un poco… Tuvo que esforzarse para enmascarar su avidez. Respiró con suavidad.

En contra de lo esperado, no había un llamado en su aroma. Era agradable, como a bizcocho mojado en leche y tal vez algún otro ingrediente secreto, pero él había imaginado otra cosa.

– ¿Y bien?-, inquirió, aún sin rastros de impaciencia.
– Soy Pablo. Y usted Raquel, ¿no?
– Por favor, trátame de tú. Creo que aún puedo permitirme ese lujo.
– ¿Cómo?
– Digo, que tampoco soy tan vieja…
– Oh, no, por supuesto que no- dijo él evitando su mirada. Ella calló y se dirigió hacia la ventana.

– No sé si Isabel habló contigo.
– Sí, si habló- respondió ella añadiendo una pesada suavidad a sus palabras-. Pero siéntate. Acá estarás más cómodo.

Dijo “acá estarás más cómodo” y él sintió deseos de llorar. La comodidad no era para él más que un sustantivo, como tantos otros aprendidos a golpes, del que sólo tenía la cáscara. Se dirigió como hipnotizado al sofá en el que ella ya le esperaba. Era blando y olía a limpio.

– Pablo…
– ¿Sí?
– Pablo -repitió ella como sin animarse a hablar, cogiéndole una mano. Él cerró los ojos y se dejó ir, sintiendo cómo ese primer contacto traspasaba su piel para envolver algo que no sabía que tenía dentro.
– Me gusta cómo suena mi nombre entre tus labios: Pablo.
– Temo que has estado siguiendo una pista falsa. Yo no soy tu madre.
– Eso es imposible.
– Imposible sería que lo fuera. Nunca he tenido hijos. No puedo tenerlos.

Entonces la miró, largamente. La transformación no se produjo de golpe, sino que de forma gradual, como si ella se desvistiera frente a él con cierta pereza y fuera dejando caer las ropas a sus pies. Y así, en los instantes en los que ninguno habló, fueron resbalando entre sus curvas maduras todos los revestimientos maternales con los que él había alcanzado a cubrirla desde que cruzó el umbral de su puerta.

– Lo siento mucho- murmuró él con un tono mucho más seco del que hubiera querido- Lamento haberte hecho perder así el tiempo. Igual me lo podrías haber dicho por teléfono.
– Te ves cansado- dijo ella pasando por alto su última frase-. Muy cansado. ¿No quieres quedarte hasta mañana? Siempre habrá tiempo de encontrar a la mujer que buscas.

Volvió a mirada, esta vez ya como un repaso. Aún no había llegado a los 50 y sin duda se conservaba bien. Sería de las que trotaba todas las mañanas por el Retiro, o tal vez se daba sus buenas palizas con el Pilates. Ella pareció percibir ese descaro que empezaba a asomar entre sus ojos pardos y le regaló una sonrisa insondable.

No. Definitivamente la mujer que tenía al frente no podía ser madre.

Un lunes cualquiera

salón ventanales luzEra una casa de esas para esperar dulcemente la muerte.
Con todo ya acabado.
Sin nada por hacer.
Cada cosa en su sitio, como una sinfonía visual.

Nada más entrar supo que muy pronto desearía pasar allí el resto de sus días. Comenzaba a necesitar la paz, y en esa casa se respiraba por todos los rincones. La claridad que entraba por sus grandes ventanales invitaba a la contemplación, no al movimiento. Y él estaba muy cansado.
Y luego estaba ella, de pie en el marco de la puerta, con un café humeante en la mano.
Un café y una promesa, de tantos ofrecimientos por cumplir.
Para él.

Encendió un cigarrillo, expectante. Ella, pese a su pulcritud, no le devolvió un gesto agrio. Ni siquiera vaciló. Simplemente le ofreció un cenicero.
Ya con eso deseó tocarla.
En su lugar dejó descansar las yemas de su mano izquierda sobre el brazo del sofá. Con suavidad. Era casi como posar sus dedos sobre ella. De alguna manera mujer y espacio eran todo uno allí. Ella era ese hogar, cada rincón, cada pared pura. Y él tenía maletas para deshacer.

No lo interrumpió mientras se bebía el café. Ni un gesto sutil para meterle prisas. Calor y silencio entraron en su cuerpo, inundándolo de sensaciones nacientes. Y al otro lado ya no había vacío, estaba ella con sus formas rotundas y el latido que se adivinaba entre sus pechos.

Se acercó para devolverle la taza. Un poco más. Sólo un poco…

– Te necesito- le murmuró al oído.
Ella titubeó, por primera vez.
– ¿Cómo dice?
– Que te necesito.
No fue una mirada larga, pero él pudo ver que ella entendía, y se sintió desnudo. No era muy listo para esas cosas, pero en ese momento comprendió lo que era traspasar lo evidente. Se lo había enseñado ella al leer en sus ojos, en un breve trayecto en que lo había cogido de la mano y lo había invitado a embriagarse con su luz.
– Te necesito- volvió a repetir, esta vez alto y claro.
– Ya, pero yo no- le contestó ella sacudiendo la cabeza, y de pronto su voz dejó de ser hermosa-. Salvo para que me cambie el router, claro. Así que hágame el favor de ponerse a trabajar de una vez, o tendré que llamar para pedir otro técnico.

Una casita en la calle Pudeto

(por Mauricio Olivera)

casita pudetoHay una casa en los altos de la calle Pudeto. Es una antigua casona de dos pisos edificada casi por completo en madera de árboles nativos, como suelen serlo las casas en el Sur. El viento y la lluvia que han castigado por décadas su techumbre y sus paredes han desvaído el color de sus tejuelas de alerce hasta dejarlas de un tono verde musgo pálido y enfermizo. Noche y día, una estela de humo sale del extremo del caño ennegrecido que corona el tejado, aletea un par de frágiles segundos al soplo del cierzo helado y se disipa finalmente en el aire, como un fantasma contra el cielo permanentemente nublado.

El inmueble así caracterizado es habitado de forma estable (valga la distinción ya que todos sus demás ocupantes lo son de modo, por así decirlo, transitorio) por dos mujeres de cierta edad, difícil de establecer debido a elementos mayormente culturales, pero que debe fluctuar, con escasa diferencia entre ambas, entre los 68 y los 72 ó 73 inviernos. Las dos mujeres se conocen desde hace unos 60 años, prácticamente cuando, también con un breve margen entre ambas, llegaron cada una a vivir en aquella casa (es muy probable que ninguna de ellas supiese decir, si se les requiriera, cuál llegó primero y cuál después, lo que por lo demás y a estas alturas ya no debe tener el menor interés para nadie).

Una de las mujeres en cuestión se llama Gertrud y es la propietaria del edificio, en el que regenta en las últimas cuatro décadas una casa de reposo privada para personas de la tercera edad altamente dependientes y con grados severos de postración y deterioro intelectual. Se trata en todos los casos de ancianos de más de 80 años, algunos de más de 90 y hasta 100 años, procedentes de familias relativamente acomodadas de la sociedad local, cuyo derrumbe físico y mental les han convertido en pesadas cruces para sus parientes más jóvenes quienes prefieren pagar los elevados aranceles de la muy antigua y respetada residencia, a cambio de la certeza de que su enfermo y anciano padre, madre, abuelo/a o suegro/a se encuentra al cuidado de manos experimentadas y primorosas que velan permanentemente por sus necesidades más básicas.

Gertrud es menuda y gruesa, de tez muy blanca y ojos azules y su cabello ahora entrecano conserva algunos mechones rubios que delatan su ascendencia germánica; una marcada cojera, herencia del flagelo de la polio en los años en los que las vacunas eran un lujo, desconocido para las gentes de lugares remotos y aislados, imprime un sello tragicómico a su andar. Hija de tardíos inmigrantes provenientes de una ladea del norte de Alemania devastada por la Guerra, nació y vivió sus primeros años entre colonos de la zona costera de la región de Los Lagos, hasta que el pavoroso terremoto de 1960 asoló aquel sufrido rincón del planeta cobrándose una treintena de millares de vidas y arrastrando al mar las casas y pertenencias de muchos más; en tales circunstancias, Gertrud junto con sus padres y un puñado más de sacrificados y rubios sobrevivientes arribaron, tras cruzar un embravecido Canal de Chacao, al norte de la Isla de Chiloé, donde, tras vender los pocos animales que habían escapado a la furia del mar, pudieron rehacer sus vidas a punta de hacha y arado de mano. Luego vino la enfermedad que inutilizaría una de sus piernas y, tras ello, la muerte del padre y el lento declinar de la madre, a quien cuidaría con abnegación en sus últimos años, alimentándola a cucharadas y limpiando sus desechos. Se vería, sin quererlo, obligada a desempeñar la misma labor con los ancianos de otras familias locales en su propia heredad de tejuelas de alerce, a fin de subsistir y, para lo cual, se apoyaría desde entonces y por siempre en la fiel Elena, una niña de origen campesino y sangre araucana cuyos padres le fueron arrebatados por el mismo telúrico horror que trajo a Gertrud a la isla y a la casona. Elena fue rescatada del hambre y el frío por la madre de Gertrud, para colaborar en las tareas domésticas tales como picar leña, encender el fuego, acarrear el agua y corretear los pollos, hasta convertirse en un integrante más de la familia. Si bien en un discreto segundo plano, se integraría también al cuidado de sus padres adoptivos y luego de los veteranos residentes que reemplazarían a aquellos tras su deceso. Elena es una mujer pequeña y delgada, de apariencia frágil, su cabeza parece desproporcionadamente grande en relación al resto de su cuerpo, el que se ha ido encorvando con el peso de los años sin perder la agilidad de su juventud, su piel surcada de arrugas es morena y su pelo negro se ha ido llenando de canas a la par que el de su blonda compañera. Sus manos flacas, ásperas y nudosas delatan lustros de infatigables faenas domésticas con el hacha y el fogón, curtidas por las heladas y temporales de los crudos inviernos sureños. Elena jamás mira a los ojos y parece siempre estar persiguiendo algún escurridizo punto en el suelo a escasos palmos por delante de sus pies. Tampoco intercambia la menor conversación con ser humano alguno, salvo para mascullar entre dientes un ininteligible alegato mientras se aleja para cumplir alguna encomienda; en cambio, suele mantener largos soliloquios igualmente incomprensibles en el patio, donde parece hablar con las gallinas que a diario alimenta y espanta de la huerta, o en la cocina mientras manipula leños y ollas, o al cambiar los pañales de los ancianos de la casa a quienes regaña constantemente con agrias recriminaciones medio escupidas en una insondable mezcla de chileno campesino y mapuche, plagada de juramentos y de sonidos inarticulados. Elena nunca sonríe y jamás ha puesto un pie fuera de la casona desde su llegada, sin haber manifestado tampoco el menor interés por hacerlo. Gertrud, en cambio, además de ejercer la función de relaciones públicas, debe ausentarse regularmente para comprar los suministros, realizar trámites y asistir a la misa dominical o a las exequias de los residentes que, con relativa frecuencia, abandonan este mundo y con él la vetusta casa de reposo.

La relación entre estas dos mujeres singulares, edificada a través de décadas de convivencia y trabajo entre el añoso maderamen y los quejidos de ancianos moribundos, resulta sin duda de lo más peculiar para el observador externo, desconocedor de la historia de penurias, soledades y duelos que las unen desde la niñez. Una lengua ignota, sin palabras más allá de “Buenos días” y “Hasta mañana, Elena”, a las que la aludida responde con un gruñido característico, sustenta el vínculo entre estos seres; durante todo el resto de la jornada, la inquebrantable costumbre y unas pocas breves órdenes del tipo “Hay que cambiar los pañales al Sr. Ampuero de la habitación tres” articulan el funcionamiento de la residencia, mientras que las demás tareas como alimentar el fuego de la cocina, preparar las comidas y las papillas, el aseo diario de los ancianos y la administración de medicamentos, se realizan de forma inmutable y rutinaria y, la mayor parte del tiempo, en el más absoluto silencio, roto tan sólo por el sonido cascado de radio “Estrella del Mar”, el farfulleo de Elena y el furor del viento y la lluvia en las tejuelas y ventanas.

Una vez por semana, un tercer personaje se incorpora por espacio aproximado de una hora al hermético círculo conformado por las dos mujeres. Cada jueves al atardecer, un médico octogenario visita la residencia, casi sin faltar desde hace más de 30 años. Se trata del Dr. Saúl Uauy, un antiguo galeno de ascendencia árabe oriundo de Concepción; jubilado en la actualidad, atiende a unos pocos pacientes tanto o más añosos que él en una consulta habilitada en su propia casa y efectúa esporádicas visitas a domicilio, además del control semanal a los ocho longevos clientes de Gertrud. El día de la visita del Dr. Uauy suele transcurrir de modo similar cada vez, como si obedeciese a un ritual sagrado o a un protocolo escrito de antemano por quién sabe qué pluma desconocida a la vez que poco creativa y económica en palabras.

El día de la visita médica, la actividad en la casona comienza algo más temprano que de costumbre y con cierta leve excitación de Gertrud para quien tener a su clientela a punto, limpia y con sus medicamentos administrados, es un asunto de vital importancia.

-Elena, hoy viene el doctor, hay que apurarse para tener a los pacientes listos.

-(gruñido)

Las tareas son idénticas a las de un día corriente, pero el arreglo de las camas y la higiene revisten un especial cuidado y se utiliza más colonia inglesa que lo habitual. Y aunque Elena no parece percatarse en lo más mínimo, las órdenes de Gertrud tienen un tono más imperioso. Cuando llega el médico todo está en perfecto orden y despide femenina pulcritud. Aquel día también se han cambiado las flores que decoran las habitaciones por otras frescas.

-Buenas tardes, Gertrud.

-Buenas tardes, doctor.

-Buenas tardes, Elena.

-(gruñido)

Durante la visita, Gertrud sigue solícita y atenta cada paso, comentario e indicación del profesional. Elena, en cambio, parece no advertir en absoluto su presencia. Terminada la ronda, el veterano médico da las últimas instrucciones mientras se coloca el abrigo y camina hacia la salida, escoltado de cerca por la dueña de casa.

-Buenas noches, Gertrud.

-Buenas noches, doctor.

-Buenas noches, Elena.

-(gruñido)

 

Por la noche, el ajetreo diario disminuye de manera considerable, en especial una vez que se ha administrado la medicación nocturna de los ancianos, la que suele incluir potentes hipnóticos para garantizar el reposo nocturno de los mismos, de sus cuidadoras y del médico. El volumen de la radio también desciende aunque sin llegar a apagarse hasta que las dos mujeres de la casa se retiran, por fin, a descansar cada una a sus aposentos, a eso de la una AM.

-Hasta mañana, Elena, que duermas bien.

-(gruñido)

Cuando Gertrud se despide, Elena se queda en la cocina aún unos minutos mientras termina de tomarse una última taza de té, alimenta el fogón de la cocina y apaga la radio y las luces del primer piso, para dirigirse luego a su dormitorio, ubicado justo al lado de la cocina. Una vez dentro, cierra la puerta con llave y se lava los dientes y las manos en un lavatorio de loza apostado sobre una cómoda con un espejo oval. Ha cesado el refunfuño que por el día destilan infatigablemente sus labios arrugados.

Elena se enfunda una camisa de dormir que le llega hasta los tobillos y se mete en la cama premunida de un rosario de carey, obsequio inmemorial de su madre adoptiva. Y, tal como le fue enseñado casi desde el primer día en que llegó a la casa, coloca sus manos con el rosario sobre el vientre y principia a correr las cuentas a la vez que farfulla una y otra vez insondables credos, padrenuestros y avemarías en voz baja. La monocorde letanía la adormece lentamente como una canción de cuna susurrada en un idioma extraño. Sonidos guturales se van entremezclando con los rezos a la vez que Elena entra en una suerte de trance místico y sus manos, empuñando el rosario con fuerza, van desplazándose por su abdomen hacia su pubis canoso. De pronto, toda la habitación se inunda de una luz refulgente, las paredes de madera desaparecen y desde el cielo por donde revolotean entonando cánticos de alabanza cientos de miles de ángeles con gráciles alas del color de los ventisqueros, desciende envuelto en nubes Aquél que ha de venir cada noche, el dios-hombre que se cuela en su cama desde hace más de treinta años, acude puntual al llamado de sus oraciones. El Dr. Uauy, viene sin falta y sin demora para desposarla ante el Todopoderoso, quien noche tras noche también bendice la unión mística de los dos enamorados; Elena ha comprendido desde la primera vez que ese hombre apuesto y varonil entró en la casa que se ha enamorado perdidamente de ella, tanto como ella de él y, por ello, su unión ha sido bendecida por toda la eternidad; sus manos con el rosario hecho una pelota ya han aterrizado en esa parte de su anatomía cuyo nombre ella desconoce y por la cual orina y, sin notarlo ella, han comenzado a masajearla vigorosamente, encendiendo oleadas de sensaciones indefinibles que recorren todo su cuerpo desde la cabeza hasta los dedos de los pies, insuflándola de un hálito divino en el momento en que el médico, investido de una túnica resplandeciente bordada en oro, rubíes y zafiros, con los cabellos casi negros como aquella primera vez y no blancos como cuando viene una vez por semana a visitar a los enfermos de la casa, fingiendo que no hay nada entre ellos, termina de descender hasta su cama y se posa sobre su cuerpo y se fusionan ambos en un solo ser celestial hecho íntegramente de amor y regocijo, el rosario no deja de prodigar su enérgico masaje y ya no salen de su boca más oraciones sino sólo quejidos guturales de inefable placer, suenan al unísono millones de trompetas y campanas de boda y el firmamento se abre de par en par, dando paso a una cascada torrentosa de estrellas fugaces incandescentes de todos los colores conocidos por el ojo humano y muchos más que sólo los enamorados divinos han visto, se abren las aguas del canal y los Tres Volcanes a lo lejos explotan a una vez vomitando fuegos artificiales vistosísimos igual que cada año en el puerto para la Noche Caleuchana; el cuerpo de Elena parece convulsionar, flotando en el cosmos, cuando la mano y su rosario imprimen la máxima presión allí abajo, justo antes de emitir un último quejido inarticulado y quedar al fin exangüe, inerte y caer rendido en el más profundo de los sueños. A los pocos minutos sólo se escuchan en la habitación estentóreos ronquidos y el crujir de las maderas de la casa en el silencio de la noche.

A las seis de la madrugada, Elena despierta como cada día, con el recuerdo de su encuentro hierogámico de la noche anterior, éste se va difuminando a medida que realiza su rutina de aseo y vestimenta personal y se apronta a dar inicio a una nueva jornada, alimentar el fuego de la cocina y colocar la tetera, preparar los desayunos de los ancianos, el de Gertrud y el suyo propio. Aún es de noche y las ventanas exhiben la escarcha que ha dejado adherida el aire gélido del amanecer sureño. Es un nuevo día. Esta noche Él vendrá una vez más, como todas, y ella lo esperará rezando con su rosario entre los dedos. La voz de la radio Estrella del Mar rompe el silencio comentando los últimos acontecimientos de la actualidad nacional, a los que Elena presta muy poca atención, al igual que a casi todo lo que pasa a su alrededor.

Telarañas

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– ¡Espera!
– ¿Qué pasa?
– Me duele
– ¿Te duele?
– Sí, no sé, me raspa
– Hmm
– ¿No tienes lubricante? Ponme un poco.
– ¿Ahora?
– No, mañana…
– ¡Es que no sé dónde está!
– Entonces para.
– ¿Cómo?
– ¡Que pares, joder! ¡Que te salgas!

De lejos parece una telaraña, pero al acercarse descubre que es la marca de una trizadura sobre el cristal. Le pasa el dedo índice por encima, con dilación, intentando volverse ajeno o al menos parecerlo. Ella coge el móvil y se dirige hacia el único rincón de la habitación donde no llega la luz, en un intento vano por ocultar sus murmullos. “Sí”, “ya sabes, el cabrón de mi jefe”, “no es nada amor”…

Sigue desnuda, y aunque protegida por las sombras, éstas se niegan a cubrir del todo su silueta ligeramente encorvada. Él gira con calma la cabeza y la mira, porque de pronto puede hacerlo. “Si el arrepentimiento tuviera forma -piensa-, sería como esos dos pechos caídos. La forma de lo que ya no está, el peso de lo perdido”.

Antes de coger sus cosas le da un último vistazo a la habitación. Unos cuantos cabellos abandonados sobre la almohada, restos de labial y wishky en un vaso de plástico, la ropa de ella colgando con descuido de una silla. Nunca antes lo había notado, es ropa vieja. Cientos de veces utilizada y lavada. Pero ya ni imaginar sus carencias le conmueve.

Ella apenas parece notarlo, ni siquiera suelta el teléfono. Él no dice nada. A sus espaldas deja la puerta entreabierta, pero sólo por no hace ruido al salir de su vida.

Vladmina & Sambayé, príncipes del caos (y III)

(Por Mauricio Olivera)

Vladmina & Sambayé, príncipes del caosLa de Ljudmila es una familia gitana descendiente de los primeros bohemios húngaros que llegaron a Europa en el siglo XV a través de la actual República Checa, dispersándose desde allí y proliferando en todos los sitios imaginables, entre ellos Croacia y Rumania, donde alrededor de 50.000 serían enviados a campos de exterminio por los gobiernos locales adictos al nazismo durante la Segunda Guerra Imperialista. Los sobrevivientes proseguirían su destino errante desde Europa Central hacia el suroeste (otros, más visionarios, emigrarían hacia el oeste y el sur), donde los bisabuelos de Ljudmila se establecerían finalmente en tierras de la antigua Yugoslavia. Los abuelos heredarían la tradición nómade huyendo de la proscripción del gobierno socialista, desde Croacia hasta lo que es hoy Bosnia-Herzegovina, Albania y Kosovo. Los padres, albano-kosovares musulmanes, terminarían siendo desplazados también al estallar la última de las Guerras Balcánicas, entre 1999 y 2001, llevándose consigo a sus tres hijos y poca cosa más a bordo de un carromato de tracción humana que aún conservan y en el cual el padre recoge muebles viejos y otras porquerías de los contenedores. Un cuarto hijo nacería en su paso por el norte de Italia y otros tres tras su asentamiento definitivo en las barriadas del sureste madrileño.

Ljudmila y su familia residen en una tienda miserable junto al viejo carromato en el poblado de La Cañada Real. Ljudmila es la menor de los tres nacidos en Djakovica antes de la guerra y la migración forzada; el mayor está actualmente en la prisión de Soto del Real por robo con violencia y el segundo se encuentra en un hogar de menores en riesgo social, tutelado por la Comunidad de Madrid, asimismo por conductas delictivas. Ambos son analfabetos, al igual que Ljudmila y sus padres. Los cuatro pequeños, si bien aún tampoco leen ni escriben, asisten casi a diario a un centro educativo donde les facilitan un almuerzo nutritivo y gratuito de lunes a viernes. Ljudmila ha debido trabajar en la calle desde tiernos años, mendigando y luego más crecidita empuñando el acordeón del abuelo, para aportar a la subsistencia del grupo familiar con un escuálido pero valioso puñado de monedas. Los padres de Ljudmila son personas de piel amarillenta, oscura y muy arrugada, aparentan 50 años cada uno pero tienen poco más de 30. Sus dientes son amarillos y carcomidos y les faltan varios. Son seres taciturnos, enjutos e irascibles. Estas gentes, tanto o más desfavorecidas que las procedentes de la región subsahariana, suelen exhibir defectos físicos como estrabismo, o lesiones deformantes en las extremidades inferiores, a veces producidas por minas antipersonales o por raquitismo; van descalzos en invierno, limpian los parabrisas de los automóviles en las esquinas de las avenidas ante el furor de los conductores y, en ocasiones, son detenidos por la Policía y llevados a tristes calabozos. Ljudmila tiene la piel clara y sonrosada y sus dientes son como pétalos de margarita perlados, pequeños y perfectos. Sus orejitas parecen de mazapán, provocan deseos de morderlas, de comérselas a pedacitos o al menos de chuparlas con fruición. Su barbilla también es perfecta como toda ella.

Ljudmila me acompaña caminando las pocas cuadras que distan hasta mi piso, llevando el acordeón en la espalda, enfundado en una tela rectangular como si de un saco o un bebé se tratase. Ljudmila no ha escuchado hablar del “porraimos” ni entiende una palabra de romaní; su lengua natal es, de hecho, el albanés. Al llegar a mi casa, se queda junto a la puerta con su bulto en la espalda, algo encorvada. Le indico que puede dejarlo en el suelo y le pregunto si quiere comer.

-¡Sí!, dice al instante abriendo sus redondos ojos como si no probase bocado en semanas.

-Pasa, siéntate le indico, ella camina con timidez hacia un pequeño living-comedor-estudio habilitado con un par de tumbonas y yo entro en la cocina y preparo un bocadillo de chorizo y queso y saco dos botellines de cerveza rubia del refrigerador y lo llevo todo hasta una mesita de centro frente a donde ella se ha sentado. Cuando ve la cerveza parece asustada y se excusa con un gesto de su mano, diciendo “No, yo no cerveza”, con su vocecita y su acento deliciosos. Le ofrezco un jugo que acepta y cuando regreso con él ya ha devorado casi la mitad del bocadillo. Evita mirarme mientras come, o me mira de reojo y cada tanto pasea la vista inquieta por toda la habitación, con curiosidad, para luego volver a mirar la mesita mientras sigue arrancando dentelladas al pan y masticando animadamente; dejo el vaso de jugo en la mesita frente a ella quien lo toma sin soltar el pan y se lo bebe de unos cuantos tragos, le ofrezco más y asiente con la cabeza. Parece una huérfana, sin serlo, una chiquilla abandonada de una novela de Dickens, a ratos una ardilla mordisqueando una almendra a la vez que vigila su entorno.

Me siento en la otra tumbona con una cerveza, mirándola. Ella ahora me devuelve la mirada y me sonríe, su sonrisa resplandece en el espacio que nos rodea y aún más allá. Cuando termina de comer se bebe el segundo vaso de jugo y sigue examinando el decorado y el mobiliario de mi living. Le pregunto por su pueblo natal, devastado por los bombardeos aéreos y los francotiradores; le pregunto por sus padres, hermanos y abuelos; quiero saberlo todo, le pregunto por su periplo hasta estas calles inhóspitas y me lo cuenta todo con estremecedora simpleza y candidez. Después de un rato, con el corazón a mil y la cabeza zumbando me pongo de pie y le digo “Ven”. Ella se incorpora sin titubear y me sigue hasta el dormitorio, donde se queda mirando la cama de dos plazas.

-Ven, le digo nuevamente entrando en el pequeño baño frente a los pies de la cama. Ella me sigue.

-Date un baño, le digo y descuelgo una toalla seca que doblo y deposito sobre la tapa del WC, al lado de la ducha. Señalo los grifos: “¿Sabes cómo funciona esto?” Ella niega con la cabeza, de modo que pongo a correr el agua de la ducha a una temperatura muy agradable. Entrecierro al salir la puerta del baño, mientras ella ya ha comenzado a quitarse la ropa. Huele bastante mal, ella y su ropa, evito tan siquiera pensar en tocarla o en hacerle nada sin una ducha. “Tómate todo el tiempo que quieras”, le digo y me siento a esperar a los pies de la cama.

Unos diez minutos más tarde sale del baño llevando encima la toalla a modo de capa y el pelo estilando. Se queda de pie mirándome a unos pasos. Me levanto y camino hasta ponerme detrás de ella, cojo la toalla con suavidad y la levanto hasta su cabeza y comienzo a secarle el pelo. Ya no huele mal. Huele a jabón, toda ella y su pelo. Se lo ha lavado con jabón. Permanece inmóvil mientras le seco el pelo, luego los hombros, la espalda y los brazos. Vuelvo a sentarme en la cama con la toalla en mis manos, la dejo en una esquina de la cama y ella queda completamente desnuda a medio metro de mí. Hace ademán de cubrirse con los brazos pero los deja caer a los costados. La contemplo mudo mientras se yergue en mis eslíps una erección formidable. Ahora parece aún más un híbrido inquietante de niña y mujer, con su corta estatura, su carita de muñeca y sus caderas anchas un poco cuadradas; sus pechos son redondos y voluminosos con aréolas como botones de rosa, turgentes y delicados; bajo ellos se le marcan todas las costillas y le asoma una barriguita coqueta sobre un arbusto de vello rizado y fino. Me posee la fiebre, siento toda mi sangre correr hacia mi pene que diríase va a estallar de un momento a otro. Entonces le tomo una mano y la aproximo hacia mí, la siento sobre mi muslo derecho, aspirando el olor a jabón de su cabello, ella apoya su mano en mi hombro, yo acaricio su espalda y su cadera, siento sus pequeños glúteos sobre mi muslo y el cosquilleo tibio del arbustito entre ellos, disfruto cada embriagadora sensación y textura durante algunos minutos. Luego, con la máxima delicadeza la beso en la mejilla, buscando sus labios rellenos, ella se mira los pies y retira un poco su carita, la beso en el cuello y se le escapa un gemidito, a la vez que entrecierra los ojos y levanta un segundo la cabeza; vuelvo a buscar sus labios, vuelve a esquivarme mirando al suelo, la beso otra vez en el cuello y deja escapar otro gemido cerrando los ojos. Me quedo, pues, en su cuello, mancillándolo con mis labios entreabiertos y la punta de mi lengua, y todo su cuerpo se retuerce gimiendo como una lombriz sobre el fogón, sus nalgas y su arbusto amasan mi muslo haciendo círculos; le acaricio un pecho y me deja hacer y siento que voy a encenderme en llamas cuando jugueteo con su pezón entre mis dedos; da un respingo hacia atrás, retirando el pecho pero vuelve a retorcerse cuando sigo besándola en el cuello. Su cuello, blanco y delicado, es la puerta a un misterio de ilimitado y perverso placer.

En un momento la tomo en brazos y la acuesto en la cama. Se queda con sus brazos y piernas estirados, viéndome mirarla de arriba abajo en su abrumadora desnudez. Acaricio sus pechos, su vientre, sus caderas y muslos y finalmente su pubis rizado muy suave. Ella me mira y se deja hacer. Se queda quieta, aún viéndome mientras me desvisto por completo y me tiendo de lado junto a ella. Entonces, por fin, se deja besar en la boca, su boca es pequeña y deliciosa, sus labios parecen un mousse, besa sin la lengua como una primeriza, parece que no ha dado un beso jamás; tomándola de la cintura acerco su cuerpo al mío y nos enredamos en un abrazo, mi pene al rojo vivo roza su vientre y ella lo busca con su mano y lo acaricia con torpeza infantil, arriba y abajo cada vez con más blanda fuerza y ahora soy yo quien no puede reprimir un gemido exultante de goce. Temiendo derramarme prematuramente me libero de su mano y busco con la mía su arbusto rizado, lo acaricio, jugueteo con sus genitales con la yema de un dedo y ahora emite un gritito que resuena en mis oídos. Sigo hurgando con mis dedos hasta encontrar el introito y voy adentrándome en él, éste es estrecho pero ha perdido su sello de garantía. Ocurrió hace cosa de un año, con un joven también gitano de Rumania, unos años mayor que ella a quien no ha vuelto a ver. Avanzo todo un dedo, ella aprisiona mi mano con sus piernas, la libera, levanta sus caderas, vuelve a juntarlas, se arquea con los ojos cerrados, soltando grititos. Por más que lo intento, no hay espacio para un segundo dedo, así que cojo del velador un tubo de gel íntimo y unto con él mis dedos, con ellos me lo aplico sobre el glande y luego entre sus labios menores. Ahora vuelve a mirarme con su carita rubicunda y separa las piernas, invitándome sin palabras a hundirme en ella con mi alfanje enhiesto. Lo hago, al principio con dificultad pese a la generosa cantidad de lubricante, ella gime cada vez más alto y me clava las uñas en la espalda y luego en las nalgas, empujándome dentro suyo. No quiero preñarla y me salgo de nuevo cuando estoy a punto para sacar ahora un preservativo y cubrirlo con gel. Ahora penetro en ella con más soltura, deleitándome en su sedosa estrechez, su olor a jabón y sus pechos contra mi abdomen, me apoyo en los codos para no aplastarla con mi peso. Se me vienen a la mente una tras otra las indescriptibles aberraciones con las que he fantaseado, me imagino profanando su pequeño ano con mi lengua durante horas mientras me masturbo, me imagino penetrándola analmente con mucho lubricante, haciéndole el amor en la boca, lamiendo su vulva, me imagino muchas cosas despreciables pero comprendo que no haré nada de todo eso. Finalmente, después de pocos minutos, estallo de placer como una gran bola de challa luminiscente en el espacio, disparo mi artillería con un mugido incontenible, presa de ondulantes espasmos, en una danza cósmica de fuegos artificiales y furiosos tambores africanos, me fundo con ella en un abrazo delirioso, elevado por millares de ángeles y me derrumbo a su lado, jadeando y flotando en una nube de felicidad que desciende hasta mi colchón, dejándome allí tendido, exhausto y sudoroso.

Al cabo de un rato largo abro los ojos y la miro; ella parece dormida. Me quedo extasiándome en su menuda belleza, en su respiración profunda y acompasada. Me levanto y comienzo a vestirme con lentitud. Ella, sin moverse, abre los ojos. “Ya puedes vestirte”, le ordeno; se incorpora y se va al baño y al rato aparece ya vestida, anudándose el pañuelo por debajo de la cabellera húmeda. Le entrego un billete de 20 euros. “Gracias”, me dice. Le acaricio la barbilla y le indico la salida. Antes de salir recoge su acordeón, ahora silencioso, y vuelve a cargárselo en la espalda. “Adiós, Ljudmila”, me despido. “Hasta luego, señor”, me responde mirándome a los ojos con una última sonrisa.

Esta noche, Ljudmila le entregará a su padre el billete que ha ganado con su sudor, sin decir una palabra. El padre lo tomará y lo guardará también sin abrir la boca, con el gesto huraño de siempre. La madre pondrá frente a ella la escudilla con su ración de sopa de pan, quizás con mayor brusquedad que la habitual, también en silencio. Intercambiarán frases breves sobre lo que harán al día siguiente. Sorberán ruidosamente la sopa. Luego, sin lavarse los dientes ni las caras, apagarán la única vela y se irán a dormir todos juntos, los siete, sobre una pulgada de mantas renegridas. Ella pensará en mí antes de dormirse. Lo hará un par de veces más en los días sucesivos y luego me olvidará, tal vez en los brazos de otro joven y avezado inmigrante. Yo pensaré en ella toda la tarde, me dormiré pensando en ella, reviviendo cada segundo de nuestro encuentro y evocaré su recuerdo cada día en mi aseo matinal durante varias semanas. No la olvidaré jamás. Al igual que su primer amor gitano, yo tampoco volveré a verla en la vida.

Vladmina & Sambayé, príncipes del caos (II)

(Por Mauricio Olivera)

A los pocos días de presenciar la escena anterior, ya en pleno verano, me sitúo caminando en dirección al sur por la Calle de Narváez. Hacen 38 ó 39 grados y nada o casi nada es más deseable que una cerveza fría o un helado. Entre el bulevar de Ibiza y la avenida Sainz de Baranda hay una heladería. Desde la calle pueden verse sus escaparates con helados de todos los colores y sabores, en cono de barquillo o vasito y con sabrosos aderezos. A un costado de la heladería está sentada sobre unos trapos medio extendidos sobre el pavimento una niña de unos 14 años, tocando un viejísimo acordeón que mantiene apoyado en su regazo. Se trata de una mujercita menuda, delgada, con un hermoso rostro infantil de piel bronceada y cabello castaño; sus mejillas conservan el rubor de la niñez; sus labios son carnosos y sus ojos parecen profundos cielos de desesperación; sus manos son toscas y ásperas como si hubiesen recogido ramas secas durante muchos inviernos sucesivos de Europa del Este. Su mirada se pierde en lontananza a uno y otro extremo de la calle, jamás mira al frente ni a los ojos. Toca el acordeón horriblemente, como si hoy lo tañese por primera vez. A decir verdad, del instrumento no sale ninguna melodía ni armonía mínimamente reconocible. Y lleva así horas, días y semanas y quién sabe cuánto tiempo más. Viste andrajos de colores vistosos y un pañuelo en la cabeza que le da el aspecto de una anciana que ha escapado al envejecimiento físico pero lleva siglos de catástrofe humana a cuestas, archivados en el fondo de las pupilas como una voluta de humo en una burbuja de cristal.

Vladmina & Sambayé, príncipes del caos 2La pequeña gitana se roba mi atención plena de inmediato, como un relámpago en la oscuridad. Es una flor de pétalos coloridos, salpicados de barro negro, sobresaliendo en el paisaje gris y desolado. Igualmente me llama la atención la disonante cacofonía que vomita sin cesar el desvencijado acordeón. Me fijo en la media docena de míseras monedas desperdigadas sobre los trapos que le sirven además de asiento y cojín, monedas que en su conjunto no alcanzan para pagarse un café en un bar de los suburbios (mucho menos para acallar la espantosa sinfonía que sus dedos arrancan al fuelle, gastado y lleno de remiendos). La miro durante unos segundos. Ella sigue con la mirada distante, clavada en un invisible punto de fuga, sin percatarse de mi existencia. Siento el impulso de dejarle una moneda, tal vez así me mire, hasta podría ocurrir que me sonriese, me llevo la mano derecha al bolsillo, palpo el contenido pero no sigo adelante, me detengo en ese punto, acaso ofendido por su machacona letanía. Retiro la mano del bolsillo, sin dejar de mirarla. Finalmente ha debido reparar en mí, ya que gira la cabeza hacia donde estoy, pero sólo por un segundo, pestañea y luego mira nuevamente hacia el otro extremo de la calle, con aire de no estar aquí.

Sigo mi camino bajando por la Calle de Narváez a paso regular; me viene a la memoria el encuentro del que fui testigo a la salida del VIP’s unos días atrás. Me imagino invitándola a tomar un café: “Hola. ¿Quieres tomarte un café?” Demasiado calor. Ella no es de este mundo, quiero decir de este barrio donde la gente toma aquel detestable en pequeñas tacitas o en un vaso, con un cubo de hielo flotando en la mitad, fumando sin parar, de pie junto a una mesita en la calle o sentados en una terraza; a medida que me alejo sigue taladrando mis oídos el sonsonete del acordeón y desfila ante mis ojos la colorida variedad de sabores de la heladería. “Hola. ¿Quieres tomarte un helado?” Me pregunto si se habrá tomado un helado alguna vez. Me pregunto si hablará castellano. “Hola. ¿Hablas castellano? ¿Te apetece tomar un helado?”

A los dos días o poco más o menos vuelvo a pasar por el mismo lugar a propósito. Me ha estado persiguiendo de día y de noche la imagen de la pequeña zíngara, el insultante lamento de su acordeón y el encuentro del VIP’s. Estoy decidido a llevar a cabo mi propio acercamiento entre dos mundos. Media cuadra antes de llegar me ha alcanzado el sonido del acordeón y he sentido el martilleo en mi pecho y en mi cabeza y se me ha anudado el estómago. Deseo volver a verla, saber todo sobre ella, quiero levármela a mi casa, hacerla mi mujer y cuidar de ella. Veo la heladería, personas entrando y otras saliendo con deliciosos copos de helado en las manos, saboreándolos con la lengua, la misma con la que han saboreado acaso la noche anterior penes, vulvas o anos. Junto a la fachada de cristales, hecha un repollo-niña sobre sus trapos y el acordeón en el regazo, está ella. Los viandantes pasan incesantemente por su lado, sin mirarla. Ella tampoco los ve, oteando siempre el horizonte a uno y otro lado.

Me detengo a un metro de ella, la miro por un instante, ella no parece o no quiere advertir mi presencia, me llevo la mano al bolsillo, saco una moneda de dos euros y me agacho para depositarla sobre el trapo negro donde apenas lucen tres moneditas de 10, 5 y 2 céntimos. Una mierda.

La gitanita me mira y me sonríe.

-Gracias, dice sin dejar de tocar la infame melodía. Dice “Gracias” con una vocecita y un acento que me ponen los pelos de punta, su vocecita que no es la de una niña como había imaginado, es una voz de niña-adolescente, de mujercita en eclosión y su acento recuerda al de los rubios obreros y vendimiadores rumanos de torsos y brazos musculosos y piel rojiza. Ella también procede de Europa Oriental, pero sus raíces se hallan repartidas a lo largo y ancho de una égira de miles de años y de kilómetros desde Europa hasta el Punjab indostaní.

“Eres hermosa”, susurro para mis adentros. “Eres una niña preciosa”, me digo. Me quedo parado, sin quitarle los ojos de encima hasta que vuelve a mirarme.

-¿Quieres un helado?

Parece titubear por un momento, mira hacia el interior de la heladería, hacia sus escaparates coloridos, su carita sucia se pone seria pero, para mi regocijo, me sonríe de nuevo y asiente con la cabeza y luego dice:

-Gracias, otra vez con su acento familiar e indefinible a la vez. Entro en la heladería, una vez dentro caigo en la cuenta de que no le he preguntado qué sabor prefiere, me digo que da igual, que si es un regalo, que si acaso, cuándo fue la última vez que se tomó un helado en su vida. Pido un barquillo doble de chocolate suizo y pistacho y salgo y se lo doy.

-Gracias, vuelve a dedicarme una sonrisa que ilumina su rostro infantil y (al fin) deja el acordeón, lo acomoda a su lado sobre los trapos y arremete contra mi dulce carnada de dos sabores.

-Chao. Que lo disfrutes, me despido. Por hoy. Ella dice “Gracias, señor” una vez más y me alejo tramando mi siguiente avance.

Nuevamente, éste tiene lugar a los pocos días durante los cuales casi no puedo pensar en otra cosa. La pequeña gitana con su acordeón y sus harapos de colores está en mi cabeza desde la mañana hasta por la noche, está conmigo en la ducha, en el laburo y en cada comida, llena la oscuridad y el silencio antes de dormirme y en mis sueños me mira con pérfida inocencia y una sonrisa pícara en sus labios carnosos, mientras sus dedos de ángel caído en el lodo extraen de las teclas del fuelle hermosas melodías tradicionales de las estepas y llanuras de los Cárpatos meridionales.

En esta ocasión no hay prolegómenos, llego hasta su lado y me detengo, mirándola. Ella me reconoce, ya que me obsequia su perturbadora sonrisa, menos insinuante que en mis sueños pero no menos inflamatoria para mis deseos.

-Hola, le digo y ella me responde igual. Me acerco un poco más y descargo toda mi artillería:

-¿Quieres venirte a mi casa?

Estas palabras tiene un efecto desolador: su rostro se pone serio de repente, como el del joven subsahariano, se ha borrado la sonrisa que lo iluminaba, sus ojos parpadean nerviosos huyendo hacia un lado y otro, huyendo de mí; la espantosa melodía se ha vuelto más malsonante aún si cabe, como si el viejo acordeón quisiera, furioso, espantarme de su lado, acaso poseído por el espíritu de algún abuelo celoso de su virtud.

Ella dice no con la cabeza, sin verme ya; parece preocupada, como si mi sola presencia fuese para ella motivo de pecado e ignominia. Doy por hecho que ha adivinado en el acto mis maléficas intenciones, lo cual me facilitará bastante las cosas. Como el hombre del VIP’s, insisto:

-Pero no pienses mal. Ven a comer algo y ya está. No voy a hacerte daño.

Y ella, como Kissinga/Alphonse, se resiste, defendiendo con su negativa su honor amenazado; ahora parece ignorarme, pero se le ve enfurruñada y cariacontecida.

-¿Qué dices? ¿Te vienes?

-No, señor, dice al fin, sin dignarse a mirarme aún, mortalmente ofendida.

-¿Por qué no?

-No, señor, repite. Gracias, dice, sin dejar de ver el fondo de la calle. Me retiro, sólo por esta vez.

-Bueno, no pasa nada. Ya nos veremos.

Ella no responde.

 

Esta vez dejo pasar una semana o así. He de castigar su altivez, pienso y fantaseo con ella todo el día, me desahogo dos o tres veces cada día pensando en ella y en las abominaciones que le haré cuando al fin ceda a mis requerimientos.

Para mi sorpresa, esta vez me recibe de nuevo con una preciosa sonrisa en su carita de muñeca.

-Hola.

-Hola.

-¿Cómo te llamas?

-Ljudmila (se pronuncia “Liudmila”).

Más tarde sabría el motivo de este cambio en su disposición para conmigo: le ha contado a su madre de mi oferta y de sus sospechas acerca de mis indecorosas intenciones. La madre se lo ha contado al padre y éste ha montado en cólera al saber de su negativa, estimando que podría haber obtenido, a cambio de someterse a mis caprichos, más dinero de lo que toda la familia gana en la calle en un mes. Le ha dicho, en su enrevesada lengua de gitanos del Este: “Si ese hombre te vuelve a invitar a su casa, le dirás que sí.” Ella ha guardado silencio mientras terminaba de tomar, cabizbaja, su sopa de pan en una escudilla.

-Ljudmila. Qué nombre tan bonito.

-Gracias, dice coqueta, sin dejar de sonreír.

-¿De dónde eres?

– De (…) (luego sabré que ha dicho “Djakovica” y que es una región al suroeste de Kosovo, limítrofe con Albania).

-¿Qué dices, Ljudmila? ¿Te vienes?

-Bueno.

Alla-ahu Akhbar.