Stand-bye!

hoja flotandoCuando era niña, no sé a qué edad exactamente pero creo que no pasaba de los seis años, tomé clases de natación en una especie de club jetsético–pueblerino para clase media del que mis padres eran socios.

No recuerdo mucho de piruetas y ejercicios (más bien, como mucho, en la actualidad consigo nadar unos cuantos minutos como sapo despaturrado), pero sí se me grabó en la piel la sensación que tuve esas primeras veces que conseguí flotar, con los ojos cerrados apuntando al cielo, sin que el dedo de la profesora me ofreciera soporte en un punto estratégico de mi espalda. Éramos sólo yo, el agua abrazando mi cuerpo diminuto, la oscuridad y ese extraño silencio acuático que parece regresar todos los sonidos a su origen, hacia la matriz. Había algo hermoso y feroz en esas ocasiones, algo profundamente amenazante y maravillosamente liberador al mismo tiempo.

Así siento la vida ahora mismo, como algo amenazante y frágil, pero a la vez liberador. Y esta liberación, que llega a través de montes escarpados y variopintos desafíos, tiene acaso una mayor densidad, una dimensión más compleja, más elevada que en otras ocasiones. Y yo no puedo seguir mirando para el lado, ni conformándome…

No soy de las que sueña con ser Frodo, pero si toca, toca.

charlie 3Eso sí, las batallas no suelen ser gratuitas. Ahora mismo que intento colocar a mis soldaditos en orden, sacarle brillo a las armas y poner en marcha nuevas estrategias y avanzadillas, no tengo tiempo ni energías para más. Y no quiero terminar superada, neurótica y sin pelo. Porque tengo mucho, muchísimo trabajo frente a mí, y un mínimo de vida que requiere ser vivida fuera de un asiento y una pantalla, y en el camino no estoy dispuesta a dejarme la paz, ni esta claridad que tantos momentos oscuros me ha costado.

O sea que esto que empezó tan bien montadito en realidad es un aviso. Me desaparezco por un tiempo. Un par de meses al menos. Y lo hago disculpándome de antemano, por esas visitas, mensajes y comentarios que me dejo sin contestar, y los que vendrán. Nada se irá al olvido, sólo descansarán en carbonita hasta que alcance prados más verdes y pueda apretar el botón de descongelar. O hasta que consiga dominar al mundo… Seguro que lo primero es un pelín más rápido!!

charlie 4Ojo, que no me voy ni me he aburrido del blog, os sigo queriendo y necesitando. De hecho, tengo más ganas que nunca de estar acá, de escribir para mí, para vosotros, precisamente ahora que me siento llena, fértil, creativa. Pero también prudente. Simplemente no es el momento de tirar de este ovillo, las cuentas no cuadran, toca elegir.

Mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor

Ajajaja, no, no era eso, pero suena tan bonito anyway!!! 😀

Experiencia “Puf”

puf 1Sí, lo confieso, lo hice. Más que porque me gustara la idea en sí (decenas de reparos, tontos y menos tontos, venían a mi cabeza cada vez que me planteaba el tema), por mi emperramiento en beber de muchas aguas, en probar antes de decir no gracias, en coleccionar nuevas aventuras aunque de entrada parezcan algo surrealistas, frikis o incluso loosers.

Lo hice. Por curiosidad. Por aburrimiento. Por tener algo que contaros. Porque lo que suma no resta. Porque me aparecieron unos cuantos cheerleaders en el camino, encantados ante la posibilidad de vivir una nueva experiencia… vicaria, pero experiencia al fin y al cabo. Es curioso, todos te animan pero casi nadie lo ha hecho o piensa hacerlo.

Total, que me creé un perfil en una de esas páginas para conocer gente. Vamos a llamarla “Puf”, aunque el nombre no sea precisamente un alarde de imaginación. Pero como que da igual, porque la palabra le va como anillo al dedo. Puf entonces…

Mi experiencia en Puf duró menos de dos semanas, y todo ese tiempo se vio movilizada por ese potente motor que llamamos culpa. Culpable de hacerlo sin fe. Culpable de no contestar a todas las solicitudes, mensajes, toques, guiños, listas y noséquémases que iban proliferando como hongos en mi buzón de correo. Culpable de inventarme una excusa tonta para no salir a tomarme unas cañas con el gordito angustiosamente simpático de los catorce mensajes. Culpable de reírme de los que me escribían “hola presiosa” o “haber cuando quedamos”. Culpable de salir huyendo de una conversación cuando el tío me confesó que se sentía deprimido y solo y que hace tres años que no echaba un polvo porque nadie le paraba bola.

Nada como Puf para sentirte como una grandísima hija de puta. ¡Qué satisfacción garantizada ni que niño muerto! Maldad garantizada. Partiendo por la propia.

puf 3Es verdad que empecé con cero fe. No tanto en la fauna humana que me podía encontrar como en el sistema en sí, en entrar en un juego que se maneja con los códigos de un supermercado, en este caso de de kilos y alturas. Porque frente a ti no tienes personas sino tallas de ropa y colores de ojos, acompañados de unos cuantos datos a duras penas personales, jirones de información supuestamente valiosa del tipo “tienes coche” o “te gustan los niños”. Pero aún así le puse empeño. Ya sabéis, por eso de vivir las experiencias a cabalidad. Demasiado empeño diría yo…

La cosa es que a los cinco minutos tenía un aluvión de mensajes reclamando contestación. Algunos podréis pensar que las fotos tenían trampa, pero prometo que no. De hecho, descarté de entrada “las mejores”, porque no quería verme más radiante que en mi día promedio, igual como jamás usaría sujetadores con relleno y no cuento en mi colección con ningún “push-up”: Lo que hay es lo que ves, no quiero que nadie se sienta estafado a la hora de la verdad.

Habrá sido la intro entonces, porque esa sí que me la curré. Y así, con unas cuantas frases, aterricé en esa tierra de ilusiones y hambres contenidas como la más maja entre las majas. La más open mind. Densa pero ligera, sofisticada pero sin perder lo simple, cosmopolita pero accesible. Y por supuesto, con un infaltable toque de humor.

El problema es mantenerse a la altura de la imagen que uno tiene de sí mismo –la “ficha” en ese caso- más allá del buen rollo inicial y la declaración de intenciones. Lo cual parece fácil al principio. Pero claro, es como cuando participas en un reallity (a este paso pocos moriremos sin haber estado en uno). Empiezas mostrando lo mejor de ti y a los dos minutos ya estás arrancando ojos a diestra y siniestra y descuerando a tu ex mejor amigo con tu archirrival. La naturaleza humana, que tiene estas cosillas…

puf 4Tampoco es fácil en todo caso mantener una actitud abierta y querer ir a lo profundo del ser cuando un tío te manda una foto en zunga de leopardo o cuando otro aparece en su perfil muy sonriente con su mujer y sus hijos (¡historias reales!). Otras para la colección son: borracho en un garito, mostrando “tableta” al espejo del baño, abrazado a dos rubias tetonas, apuntando a la cámara con una pistola de juguete y con cara de suicidio inminente. Por no hablar de las fotos troceadas (ojos, pedazos de cara, pies sin dueño, una mano con una sonrisa dibujada…) y las directamente falsas (el hermano menor de Brad Pitt en foto de estudio, vestido de Armani y buscando el amor en Puf… yaaa!).

Es que además está el tema de los filtros. Puedes poner los que quieras para buscar gente (incluso nivel de ingresos o de estudios) pero no para ser buscado. Y da igual que pongas que no te interesan los casados y los abuelitos, que uses mayúsculas e íconos con caritas de espanto. Igual te escriben, por si las flies. Porque pareces tan simpática…

Y claro, también hablamos de un sitio donde llega mucha gente que se siente sola. Y que lo que están buscando es de alguna manera solucionar su vida, encontrar una llave a una felicidad que se resiste, a un futuro menos triste, que se visualiza más habitable y mejor por el hecho de estar en compañía. Pero eso de ser una llave para alguien es demasiada responsabilidad. Además de un coñazo.

puf 2¿Qué haces entonces cuando tienes 50 mensajes de 50 tíos que no te parecen atractivos en lo absoluto pero que se nota que han hecho un esfuerzo por presentarse, decir algo amable, parecer graciosos y ganarse una oportunidad? ¿Qué hacer en una tierra de solitarios cuando no te seduce la soledad? En mi caso, sentirme como la mierda.

Sé que otros lo viven con más liviandad, que muchas veces me enrollo más de la cuenta, y que no arrastré a nadie al suicidio con mi indiferencia cibernética. Pero aún así en mi conciencia se balanceaba más de un ahorcado virtual, sobre todo en el caso de los que andaban pregonando su abandono como doloroso cartel de presentación. ¡Cuánto peso para algo que empezó como un intento de diversión!

Igual me habría molado llegar a la parte del “cara a cara” con alguien. Son tan poco habituales las citas hoy en día (yo al menos tengo muy pocas a mi haber) que más que rancias yo diría que comienzan a tener el encanto de lo vintage. No es que haya notado su ausencia pero supongo no soy del todo inmune a tanta peli y serie gringa que me tragué en mis años adolescentes. Que te abran la puerta del coche y te muevan la silla para que te sientes no está tan mal después de todo. Es más, puedo vivir perfectamente con ello.

puf 5Creo que sólo por eso, por la curiosidad de esa cita potencial con alguien potencialmente interesante, que no huí a los dos días y aguanté un puñado más. A ver si alguno me hacía levantar una ceja con el poder de un par de párrafos. Pero definitivamente Puf no es país para poetas. Ni para corazones culposos, ya que estamos…

Fantasías prohibidas

cartel superman mujer maravillaNo soy amiga de lo prohibido. Lo cual siempre es jodido, porque hay muchas cosas en esta vida que están prohibidas. Y si no tienes pasta, muchas más.

Entonces intento, al menos, no prohibirme demasiado a mí misma. Claro, si nos podemos rebuscados, cada día me prohíbo algún chocolate que me impedirá entrar en mis vaqueros favoritos, algún insulto liberador en pro de la convivencia –o de la supervivencia incluso- cotidiana, algún gusto que terminaría de liquidar mis finanzas. Y podría seguir, que sólo estoy mirando por encima.

Sin embargo, mis auto-prohibiciones suelen estar basadas en consideraciones prácticas, como no perder mi trabajo o no rodar por las calles de Madrid, que si por mí fuera me zamparía 5 pizzas chorreantes de queso calentito cada noche. Otra cosa es cuando hablamos de asuntos morales.

No se trata de que no tenga límites ni que me guste hacer de todo, ¡que el de las barbas me libre! Con lo que he visto por ahí, la sola idea me parece espeluznante. Sin embargo, creo que he conseguido que mis límites sean los propios, los que me dicta mi estómago, los que llevo dentro. O sea, que tiendo a –o intento al menos- hacer lo que me gusta y no hacer lo que no me gusta, lo cual no es ni tan poco ni tan simple. Claro, hay elementos culturales, sociales, familiares… pero también procesos de vaciado y limpieza que me han permitido desarrollar una cierta resistencia a imposiciones externas.

Ahora, no reclamo ninguna originalidad al respecto, más bien todo lo contrario. Pasé muchos años sintiéndome transgresora –con todo el subidón y la incomodidad que eso significaba-, pero ahora más bien me parece que la esquina que habito se vuelve cada vez más reconocible, y que se va poblando y fortaleciendo en su condición de opcional (como contraria a heredada). O por decirlo de otra manera, que mi forma de ser, de entender y habitar el mundo, se va volviendo más y más hija de su tiempo.

¿Qué son entonces, hoy en día, las fantasías prohibidas? Para muchos ya no tienen sentido esas imágenes de ojos vendados, esposas, látigos, tríos, juegos de rol o casi cualquier cosa que podáis poner en la lista del imaginario clásico clandestino. Been there, done that. O eso o es que, simplemente, no apetece. Si apetece se hace.

Paralelamente, y acá también voy perdiendo terreno en lo que a singularidad se refiere, hay también una tendencia reconocible hacia nuevas formas de relacionarse, otras maneras de conectar entre personas dispuestas a combatir la oscuridad que se esconde detrás del brillo rosa de las relaciones pactadas, los convenios de por vida y la exclusividad sobre los cuerpos y los deseos. Opciones no menos dolorosas ni difíciles en mi humilde opinión, pero sí más honestas y valientes.

En mi caso, he reconocido (en ocasiones con mucha dificultad) que mi búsqueda de libertad pasaba inevitablemente por aprender a respetar la libertad del otro. Pero a respetarla de verdad. Su libertad de no querer abrirme las puertas. Su libertad de no desearme. Su libertad de desearme menos de lo que quisiera, o de forma menos total. Su libertad de irse. Su libertad de quedarse sin certezas de permanencia, sin condiciones, sin requerimientos de cambios. Su libertad de que otras cosas sean más importantes, o tengan más peso en momentos determinados. Su libertad, al fin y al cabo, de tomar sus propias decisiones.

Creo firmemente en que lo único honesto es la ausencia de promesas, la eliminación de cualquier mañana en los discursos y en los afectos. Lo cual no significa que una relación no pueda durar toda la vida, o incluso que alguien no pueda desear, genuinamente, no estar con nadie más en lo que le queda de vida. De hecho, ¡qué belleza cuando eso ocurre!

Creo en la incertidumbre, y en la importancia de saber estar y funcionar solos, con independencia de si se tiene pareja o no. Creo en el amor desde la igualdad de espacios y oportunidades, y creo que la única exclusividad posible es la que nace del deseo, del sentir real de los cuerpos y de la conexión de las almas, no de una firma o una promesa arrancada en medio de un periodo de colocón cerebral. Pero lo creo no porque sea cómodo o bonito, o porque me guste. Lo creo simplemente porque siento que lo contrario es mentirse, porque muchas veces crecer es aceptar.

Volvamos a jugar con la pregunta que nos convoca entonces. Si entendemos “lo prohibido” como algo a lo que no se aspira realmente, es decir no como un proyecto a realizar sino como una ilusión desde lo intransable, una aberración casi… ¿Cuál sería mi fantasía prohibida en ese caso? ¿Mi fantasía horrible, inconfesable, impura? ¿Un macho protector y proveedor? ¿Una casita en la pradera con cuatro hijas de doradas trenzas largas? ¿Un despreciable famoso con sus despreciables y sucios millones y su abdomen perfecto?

cartel amorCasi, pero no…

(Y habría quedado de lo más sugerente como título, pero que queréis, me pudo el SEO…)

 “La seguridad de un hombre enamorado de por vida”.

 

N de A: Tras un nuevo lapsus existencial, este post pretende cerrar la trilogía “a la carta”, en esta ocasión en respuesta a la sugerencia de mi estimado A. Irles, autor de Otra resaca más, que propuso como tema para una entrada lo siguiente: “Fantasías prohibidas! Y no me refiero a algo sexual (que también podría ser…) si no a anhelos oscuros que podrías tener o que creas que la gente pueda tener…”.

Total, que ninguno me puso las cosas muy fáciles… Ya me las pagarán! 😮

Sobre la trascendencia y el sexo ‘de puta madre’

Inocente de mí, hace un par de semanas lancé una “llamada de auxilio” a través de este blog, poseída por una de mis crisis de sequía creativa. Pensé que me estaba haciendo la vida más fácil, sin imaginar siquiera los berenjenales en los que habría de meterme.

Y es que claro, con el calibre de las propuestas recibidas, como la que aportó el amigo Ducrein, a ver quién se saca un post de la manga en media horita…

Pero antes de que me líe más, os dejo con sus palabras:

http://www.planetaholistico.com.ar/Tantra.htm¿Qué te parece hablar del sexo como paradigma de autoconocimiento y desarrollo personal y, por añadidura, transpersonal? Siempre he pensado que nos solemos quedar en la superficie, que solo rascamos la punta del iceberg y aprovechamos una parte ínfima de todo lo que nos brindan las relaciones sexuales como herramienta. Durante un acto sexual nos encontramos mucho más dispuestos a vaciar nuestra mente, trascender el ego y conectar con nuestra esencia, así que en cierto modo es una pena que todo se quede en un viaje en montaña rusa del cual solo recordamos que ‘nos lo pasamos muy bien’.

Desde que la leí esta propuesta me guiñó un ojo, pero también desde el primer momento me exigió respeto. “No me vayas a pasar por encima”, me advirtió. “Soy un tema importante”. Y así ha estado desde entonces, dando por saco, metiéndose en mi cabeza el temita de marras. El sexo como vía a la trascendencia… ¡Uf, tela! ¿Cómo voy a ser tan cutre de escribir un post intrascendente sobre la trascendencia?

Pensé entonces en documentarme muy mucho, buscar qué dicen los expertos sobre el Tantra, el camino del Tao y todo eso, pero pensé que os podría aburrir. Y aburrirme yo de paso, que es peor (para mí al menos…).

Probablemente ahí esté el problema, el primer problema. Esa tendencia a dividir el mundo siempre en blancos y negros, a nadar con tanta gracia entre dicotomías pero ahogarnos en las sutilezas: chicos malos vs chicos buenos. Polvazo vs sexo de abuelitos. Diversión vs aburrimiento.

Pero no me quiero ir por ahí, no todavía. Retomaré la idea más adelante…

Como es habitual, entonces, voy a hablar de mis propias experiencias, de lo que he vivido, y de cómo el tema propuesto aterriza en mí.

Como os conté en el post anterior, para mi primera vez elegí (si es que se puede hablar de elegir, al menos a nivel consciente, cuando alguien irrumpe en tu vida con esa contundencia) a un personaje bastante peculiar. Y de alguna manera siento que ese arranque me llevó a configurar una suerte de camino en el que la sexualidad se fue volviendo un elemento cada vez más importante en mi vida. No de la mano de quien me acompañó en esa primera experiencia pero sí, en gran parte, a raíz de lo vivido con él. Antes de Ismael el sexo era un deseo eternamente embrionario, una vibración poderosísima a la que no tenía intención alguna de darle cauce. Más bien todo lo contrario.

Novios oficiales no tuve ninguno, pero sí unas cuantas relaciones sin el cartelito. Chicos que me llegaron a gustar muchísimo, que me despertaron mareas dentro de las entrañas, que me llevaron a fantasear. Pero en cuanto mis escarceos adolescentes amenazaban con volverse más carnales, cuando veía en ansia de fusión en los ojos del otro, ponía los pies en polvorosa sin más explicaciones que “lo siento, no sé qué me pasa, ya no quiero estar contigo”.

Probablemente tengan mucho que ver los episodios de incesto que sufrí en la infancia, aunque en ese tiempo no podía verlo ya que tenía los recuerdos bloqueados. No entendía qué me pasaba, y desde mi turbación y mi rabia le reclamaba al cosmos mi derecho a estirar el brazo y coger la deseada manzana de ese árbol que me estaba prohibido. Y entonces apareció Ismael, y mi necesidad de no alejarlo me invitó a cerrar los ojos y saltar al vacío.

Y salté, con el estómago revuelto, el anhelo furioso y la confusión en carne viva.

Desde ese día hasta hoy hay tanto aprendizaje, tantas vueltas, tantas personas importantes, tantas historias, tanto disfrute y crecimiento interno…  Tal vez porque tras esa experiencia me resultara más natural dar otros saltos, abrir otras puertas -mentales y del interior- que querían permanecer cerradas.

Por supuesto que ha habido estancamientos, retrocesos, polvos “puaj”, momentos mezquinos de mi parte, miedos que en algún momento vencieron, complejos, frustraciones y fraudes… no pretendo decir que siempre me lo he pasado de puta madre ni mucho menos, aunque muchas veces sí me lo he pasado de puta madre, jejeje. Lo que quiero decir es que si tenemos en cuenta las definición de trascender (empezar a ser conocido o sabido algo que estaba oculto; extender o comunicarse los efectos de unas cosas a otras, produciendo consecuencias; ir más allá, sobrepasar cierto límite) definitivamente he trascendido a través del sexo.

Ahora, pese a ello nunca me ha abandonado la sensación de que hay un “todavía más” que no estoy alcanzando, niveles más elevados de unión y abandono de uno mismo que se me escapan, capas más profundas en las que rascar. Sin duda he ido más allá de mi misma, y en mi balance hay mucho más que el goce de la carne y el vórtice de un buen orgasmo, pero no sé si me atrevería a hablar de crecimiento espiritual así con mayúsculas… Y aquí ya me empiezo a liar, porque hablo de temas que no tengo claros, que no están resueltos. Así que ni modo… post multicéfalo para vosotros!!!

¿Ha de ser el sexo dulce o amoroso para conectarnos con estados más elevados de consciencia? Y por el contrario, ¿Qué energías de las que no somos conscientes entran en escena en los juegos de poder y dominación, por ejemplo?

Es curioso, pero me resulta difícil meter en un mismo saco la etiqueta de “sexo trascendente” con la de “me lo pasé de puta madre”. ¿Cómo elevarse espiritualmente a través del sexo cuando el orgasmo que se está teniendo es más por asfixia que por amor? ¿Cómo sentirse “espiritual” en medio de una lluvia dorada o cuando el cuerpo pide azotes?

No es un tema menor, o al menos no para mí. Tengo muchísimo más resuelto lo que me ocurre cuando las energías amorosas son las protagónicas. No necesito que me expliquen lo que me pasa cuando me pierdo en la cadencia de un hombre afectuoso –en ningún caso una experiencia menor para quien os escribe, incluso me atrevería a decir que más deseada por menos frecuente– eso lo hemos aprendido casi todos desde pequeños. Lo que no hemos aprendido tantos es que somos una enorme bola de contradicciones con dos piernas.

ositos cariñositosA veces, cuando algún simplista de turno me suelta la típica fracesita de “mejor búscate un hombre bueno”, caigo a mi vez en la pregunta-trampa de si podría pasarme la vida con un osito cariñosito, teniendo sexo “tierno”. O sea, un tío suave, dulce, preocupado por mí, sano internamente y toda esa vaina; que no pegue, no azote, no muerda (o no fuerte), que no diga guarradas y no abandone nunca los límites del respeto y la decencia en el trato. No ayuda mucho que en mi cabeza se dibuje la figura de un Manolito Gafotas en versión cuarentona, medio pelado y de dedos cortos y sudorosos, poco dado a las artes amatorias.

Pero como ya os dije hace unos cuantos párrafos, creo que el problema se limita al ansia por ponerle nombres y categorías a todo, por andar colgando cartelitos. Yo la primera… Porque ni soy Manolita Gafotas ni soy una zorra malvada destruye corazones, y no veo por qué los demás tienen que ir por la vida de blanco o negro cuando yo no lo hago. Si es que al final todos somos surtidísimamente iguales…

Recuerdo que en mi penúltimo año de colegio tuvimos una profesora de música que era mega hippie, hablaba de la reencarnación y nos enseñaba técnicas de relajación y meditación. Duró menos que un suspiro (colegio de monjas rancias y madres histéricas, no necesito decir más), pero alguna semilla se dejó plantada por ahí. Fue mi caso al menos, ya que esas sesiones de meditación eran como pequeños viajes al centro del cosmos, cuyos efectos se derramaban primero en mi cuerpo y después en mi espíritu dejándome transformada… Como si se me ofreciese una gran manta hecha de estrellas en la que ponerme a resguardo del gran caos de la existencia.

Las clases de música eran los viernes por la tarde, y al salir del cole flotando de espiritualidad zen me iba a juntar con mi grupo de amigos, todos ellos unos heavys recalcitrantes que no perdonaban recital o convocatoria que les cayera entre manos. Y ahí estaba yo, dominada por “la música de Satán”, en trance rockero y con las neuronas en éxtasis espiritual tras cada sesión de headbanging, preguntándome cómo era posible que me gustara tanto empujar hombretones y dejarme poseer por gruñidos cavernarios y al mismo tiempo ser capaz de dejarme seducir por las deliciosas sutilezas de la quietud y el silencio. No llegué a entenderlo, pero sí comprendí que ambas eran para mí vías muy efectivas de catarsis.  Ambas experiencias, al fin y al cabo, me purificaban, y permitían que mi cuerpo, mi mente, mi espíritu y mis emociones entraran en comunión. Y lo mejor de todos, la suma de ambas era muchísimo más de lo que cada parte aportaba por separado.

La posible solución del dilema: Respira como te salga de los cojones

Bueno, y ahora os tengo el “momento erudito” del post. Con subtítulo y todo, así los que quieren huir que sepan que pueden hacerlo en este instante. Va de sexo tántrico, por si las moscas, y es largo, pero lo dejo así porque hay partes fantásticas que me parecen escritas para aclarar mis dudas. Y aunque no haya sido realmente así… mola!

Reconozco que he soltado al principio que no quería ponerme muy académica y aburrir, pero aún así no pude resistir la tentación de husmear un poquito en la web, a ver qué decían al respecto “los que saben”. Y como no, he vuelto a caer en brazos de mi amigo “Posho” (sus herederos ya se forran lo bastante como para que yo ayude a engrosarles la cuenta, jeje), que aunque me cae más o menos no más, habla cosas coherentes (y otras menos, pero ese es otro tema).

http://ruizilhao.wix.com/portraits-caricatures#!caricaturesSegún Posho, el Tantra es la ciencia de transformar los amantes ordinarios en almas gemelas (en otra parte del texto lo define como “el camino natural hacia Dios”). Para él, el Tantra ha de ser absorbido, “no es una técnica para ser aprendida”.

Dice el de las barbas: “Cuando estés haciendo el amor no controles. Entra en el descontrol, entra en el caos. Será terrible, espantoso, porque será una especie de muerte. Y la mente dirá: ‘¡Control!’. Y la mente dirá: ‘Salta y mantén el control, de lo contrario te perderás en el abismo’. No escuches a la mente, piérdete. Abandónate a ti mismo y sin ninguna técnica llegarás a tener una experiencia intemporal. No habrá dos en la experiencia intemporal: habrá unidad”.

El objeto es llegar a ser completamente instintivo, tan fuera de la mente “que nos fusionemos con la naturaleza suprema”. Esa es la definición tántrica de nuestra sexualidad: “El retorno a la absoluta inocencia, a la absoluta unidad”. Así, la mayor excitación sexual de todas “no es una búsqueda de la excitación, sino una espera silenciosa: En relajación completa, sin motivo alguno. Uno es consciencia. Está satisfecho pero no es una satisfacción por algo. Y entonces hay una gran belleza, una gran bendición”.

Ahora, Posho advierte que “si eres demasiado técnico te perderás el misterio del Tantra”. Aquel que está basado en técnicas es “pseudo-tantra” porque si las técnicas están ahí el ego estará ahí, controlando. “Entonces estarás haciéndolo, y hacer es el problema. El Tantra tiene que ser un no-hacer; no puede ser técnico. Puedes aprender técnicas para que el coito sea más largo, pero estás controlando. No será salvaje y no será inocente, y tampoco será una meditación .Será de la mente. Esto es técnica, no Tantra”.

Es entonces algo que “no se guía por la cabeza sino por la relajación en el corazón”, y aunque muchos libros han sido escritos sobre el tema, el Tantra real no se puede escribir, no se puede pensar. “Tiene que ser absorbido”. ¿Y cómo?: transformando nuestro enfoque.

(Y estos párrafos que siguen ya son literales, porque me han gustado tanto que no he querido meterles ‘tijera’…)

“Reza con tu mujer, canta con tu mujer, juega con tu mujer, baila con tu mujer, sin idea alguna de sexo. No vayas pensando: ‘¿Cuándo nos vamos a ir a la cama?’. Olvida todo al respecto. Haz alguna otra cosa y piérdete en ello. Y algún día el amor surgirá de ese estar perdido. De repente verás que estás haciendo el amor y tú no lo estás haciendo. Está sucediendo, y estás poseído por ello. Entonces tienes tu primera experiencia del Tantra, poseído por algo más grande que tú. Estabas bailando o estabas cantando en unión o coreando juntos o rezando juntos o meditando juntos, y de repente te das cuenta que los dos se han movido hacia un nuevo espacio. Y tú no sabes cuando has empezado a hacer el amor; tú no lo recuerdas siquiera. Entonces tú estás siendo poseído por la energía del Tantra. Y entonces por primera vez percibirás una experiencia de carácter no técnico”.

“El Tao tiene su propio Tantra. Nunca se divide en lo inferior y lo superior, esa es su belleza. En cuanto divides la realidad en lo inferior y lo superior te estás volviendo esquizofrénico. En cuanto dices que algo es sagrado y algo es profano te has dividido. En cuanto dices que algo es material y algo es espiritual te has dividido, has dividido la realidad. La realidad es una. No hay ni materia ni espíritu. La realidad es una, aunque se exprese a sí misma de muchas formas. Lo espiritual no es más alto y lo material no es más bajo; ellos están en el mismo nivel. Esa es la actitud del Taoísmo. La vida es una. La existencia es una”.

“La primera cosa en el Tao es abandonar la dualidad. El sexo no es más bajo y samadhi no es más elevado. Samadhi y sexo son expresiones de la misma energía. No hay nada loable respecto al Samadhi y no hay nada condenable respecto al sexo. La aceptación del Tao es total, absoluta. No hay nada equivocado respecto al cuerpo, y no hay nada hermoso respecto al espíritu – los dos son hermosos. El Diablo y Dios son uno en el Tao, cielo e infierno son uno en el Tao, bueno y malo son uno en el Tao – esta es la mayor comprensión de la no-dualidad. No hay condena ni preparación. ¿Prepararse para qué? Uno simplemente tiene que relajarse y ser”.

Para los valientes que habéis llegado hasta aquí, y por si os lo estabais preguntando, Santa Wikipedia define samadhi como “un estado de conciencia de ‘meditación’, ‘contemplación’ o ‘recogimiento’ en la que el meditante siente que alcanza la unidad con lo divino”.

Y no, no hay premio… salvo el placer de una buena lectura, jejeje. O de una lectura al menos. Para cualquier queja, pedid una hoja de reclamación a un teletubbie. Y después me contáis de cuál estáis fumando! 😉

Aquello que llamamos primera vez…

http://www.enjoyingchile.cl/web/package/san-pedro-de-atacama-pacote/Me gusta contar que a Ismael lo conocí en un terremoto. Y es verdad. Yo, una chica de colegio de monjas y universidad tradicional (si bien siempre me acompañó una cierta sensación de incomodidad, de no pertenencia, entre mis “pares”), tenía 19 años recién cumplidos, vivía con mis padres y estaba mochileando con una amiga en San Pedro de Atacama. Él, con sus 21 y su charme argentino a cuestas, era artista circense, vivía solo desde los 14 y se encontraba de gira con su compañía. Y ahí estábamos, dos personas de vidas totalmente opuestas, conversando sobre la inmortalidad del cangrejo en la cola del baño de un pub. Y pum! Terremoto grado 8 en el norte de Chile…

Me gusta recordar (aunque a veces me pregunto si no será un truquillo de mi memoria, ya sabéis que jamás recordamos cosas como realmente fueron, incluso siendo ésta nuestra voluntad) que todos corrieron menos nosotros, que nos quedamos ahí, hablando tan campantes mientras las paredes se derrumbaban a nuestro alrededor. Yo porque nunca les he tenido demasiado miedo a los terremotos (o tal vez porque me quería hacer la guay, ainsss, ¡memoria traidora!), y él porque, como recién llegado que era a mis sísmicos terruños, lo encontró todo la mar de divertido de puro novedoso.

Lo q creo recordar bien son dos cosas: por un lado una arrolladora seguridad en sí mismo (yo no la tenía, pero intentaba aparentarla), hecha carne en un cuerpo delgado y fibroso de piernas kilométricas, en el que me fijé por primera vez al día siguiente cuando nos encontramos por casualidad en una piscina de aguas termales. Piel por todas partes, tersa, viril, morena, y esas gotas de agua lamiendo su pecho, riendo cerca de su ombligo, escurriéndose hasta donde yo no podía llegar, entrando juguetonas en ese short vaquero minúsculo que usaba como bañador. Saboreaba yo como colofón una conversación jugosita hasta el pueblo pero me tuve que conformar con un rápido beso de despedida y verlo montarse en una bici destartalada -el cuerpo tatuado, los dreadlocks al aire, el short amarrado en el manillar y sus carnes sólo cubiertas con un calzoncillo mojado y unas Converse- y desaparecer dejando tras de sí una nube de polvo desértico.

Claro que hubo mucho antes de él, si bien con él hubo un antes y un después. Mucho y muchos, hombres que al pensarlos me hacían caer en agujeros de terciopelo, deseos convertidos en pulsaciones, cargados de fuerza; pero no así el ansia de dibujarles un cauce, de abrirles la puerta sin que nada más importara.

Lo otro que se me quedó grabado fue una conversación que tuvimos unos días más tarde, en la que empezamos a intercambiar confidencias e Ismael me contó que no le gustaba acostarse con chicas vírgenes, porque “eran un coñazo” (no fue con esas palabras, pero fue lo que dijo). Lo que a él le molaba, en resumen, eran tías que supieran lo que hacían, no a las que hubiera que entregarles un mapa o tratarlas como si se fueran a quebrar. Compañeras de cama, no aprendices ni cándidas doncellas.

Vale, no es que yo fuera una cándida doncella, pero por hablar claro no me había comido un rosco en la vida. Pero como el tío me tenía trastocada decidí “morir pollo”, como decimos en mis tierras. Hacerme la loca, como que la cosa no era conmigo. Intentar que no se me notara que no llegaba ni a ‘becaria’.

Era tanto mi entusiasmo, tantas mis ganas, que la primera vez que nos encontramos debajo de unas sábanas me lancé hacia su polla como si fuera el más apetitoso de los manjares, decidida a entregar mi mejor performance. En realidad no es que me costara mucho esfuerzo, el doble deseo -por su polla y por hacerlo bien- actuó como el mejor manual de instrucciones y mi amante derramó en mi cara un chorro ignorante y feliz. Y ya de paso, yo pude darme cuenta de los pocos melindres que tenía a la hora de entrar en terrenos nuevos en lo sexual.

Supongo que también intentaba compensar lo que veía como una carencia -mi falta de tablas- con una imaginación abierta, una disposición permanente, un deseo que se iba dibujando y abrazándose al de él a través de innovaciones exóticas, juegos variados y maratones sexo-festivas. Como sea, mi disposición, mezclada con su naturaleza, nos llevaron a un in crescendo invertido que partió por sus picos más altos, sobre todo el lo que respecta a confianza y comodidad (que no a fuegos de artificio). No fue por tanto mi primera vez un polvo tranquilo, tierno, dulce. Fue un polvo de descontención. Un ejercicio de voluntad, un arrojarme a lo que viniera de brazos abiertos, un reclamo de pertenencia: “Ésta también soy yo, esto me gusta, éste también es mi mundo. Y nunca más me vuelvo a quedar fuera”.

(Por cierto, que este post pretende dar respuesta -sólo en parte, pero es que de lo contrario me eternizo- a la propuesta que dejó mi colega Pablo, autor del blog Nadie nos entiende, en mi post anterior (Pasopalabra!), donde me propuso escribir sobre “cómo empezó todo, de cómo fue ese descubrimiento, esa curiosidad, y esa jugoso despertar de tu imaginación tan provocativa”).

Pasopalabra!

signo interrogacionAcá estoy, al otro lado de la pantalla, una vez más volviéndome loca con esto de decidir sobre qué cuernos escribir el próximo post. Pasa mucho. A mí al menos es la parte que más me cuesta de proceso, la que más me desquicia, la que con más fuerza amenaza todo el delicado engranaje que ha de ponerse en marcha para poder parir una mísera entrada en condiciones. Pero vamos, que éste no es el muro de los lamentos…

Es verdad que siempre está la opción relato, una muy recurrida cuando no me apetece –o no me resulta- aquello de escarbar en primera persona, ya sea porque mi yo se encuentra asomado al abismo (en cuyo caso necesito dejar que el bosque repose para ver los árboles) o porque siento que no tengo mucho que contar. Simplemente. A veces ocurre.

Pero ahora mismo, con mi inspiración en huelga de hambre (pobrecilla, creo que la he maltratado un pelín últimamente), esa no es una alternativa que me resulte apetecible. Hay que pelear mucho con teclas porfiadas…

Me pongo entonces a revisar las alertas de Google, a ver si por ahí cae alguna idea. Tal vez algún tema de actualidad, o algún estudio “científico” de esos que se me van ramificando en la cabeza en continuas reflexiones. Pero nada. Ésta es la semana de las putas 50 sombras tocapelotas de Grey, y casi todo gira en torno al temita de marras. En serio, que hastiada estoy de la peli esa y todas las opiniones que suscita, pero sobre todo de las sesudas reflexiones de sus detractores (entre los que por cierto me encuentro) y los análisis psico-socio-lo que sea con perspectiva de género. Sí, andar zurrando a cándidas y virginales doncellas no es bonito. Pero por favor, un poco de originalidad en el enfoque.

Pues nada, después de mucho estrujarme el cerebruto os tengo una idea. Vale, sé que hay que tener morro, pero qué coño, éste es mi blog y aquí mando yo. Así que doy vía libre a vuestras sugerencias. ¿Sobre qué pensáis que debería ir mi próximo post? ¿Qué tema os molaría leer la próxima vez que vengáis a visitarme? ¿De qué os gustaría saber mi experiencia u opinión? En resumen: ¿Qué os puedo contar que os interese? Si recibo al menos seis propuestas me comprometo a escribir sobre las tres que más me molen en mis tres próximas entradas. Así que sed creativos y dejadme propuestas jugosas sobre la mesa, que yo intentaré hacer algo digno con ellas 🙂

A ver qué sale, jejeje…

“Momentum”

Han estado revueltas las aguas de mi mundo últimamente, y confieso que me ha costado un pelín crearme un espacio de calma para volver a vuestros brazos. Desde fraudes sadomaso hasta casi -que no cuasi- delitos de homicidio en el trabajo, pasando por algún que otro drama familiar, visitas con maletas, decisiones cruciales, finales necesarios y nuevos comienzos; todo termina mezclándose dentro, creando colores cambiantes e indescriptibles, algunos en estado latente, otros ya maduros.

Y sí, hay cosas que importan, cosas que duelen, cosas que joden, cosas que amargan, cosas que alivianan el alma, que motivan, que ilusionan, que entusiasman… de eso nos alimentamos, pero olvidamos muchas veces que, como el alimento, todo será finalmente digerido, expulsado y devuelto a la tierra de dónde salió. O, si preferís una imagen más poética, lo que vivimos, lo que nos echamos encima, y también lo que elegimos no vivir, esas omisiones que pesan como piedras a veces, terminarán tarde o temprano deshaciéndose a nuestras espaldas, como una imparable cascada en cámara lenta que arrastra todo a esa gran fuente de lo que importa cada vez menos, de lo que ya fue…

Suele ser el pasado más inmediato el que nos muerde las espaldas, ningún colmillo se queda ahí clavado para siempre. Como tampoco ninguna alegría, salvo la que se lleva dentro.

Es curioso, porque de una imagen que parece casi derrotista es de dónde siento que debe extraerse todo el optimismo, el impulso vital. Precisamente en esa voracidad serena que tiene la existencia cobra sentido el empeño, la alegría de vivir. Creo que no hay mejor manera de rendir homenaje a esta vida que se nos ha dado que reconocerla efímera y absurda, y aprovecharla como tal. Y si de aferrarse a algo se trata, que no sea a culpas ni cadenas. Ni se nos va a castigar ni se nos va a aplaudir cuando devolvamos a la tierra nuestro cuerpo, tal vez el máximo aprendizaje sea entender que somos nuestros propios jueces. Y que toda mezquindad y todo goce que nos permitamos tiene sentido en sí mismo, vive para sí mismo, no para convertirse en un futuro balance de un cuaderno divino.

Pronto más. Muy pronto 🙂

Crédito imagen: http://www.todoaventuras.com/las-cascadas-mas-altas-mas-grandes-y-mas-bellas-de-europa/

Sobre el spanking, o la fascinación por los azotes

spankingAlguna vez he escrito algo, hasta ahora muy por encima, sobre mi fascinación por el spanking y en particular -porque hablamos de un ‘universo’ mucho más amplio de lo que puede parecer a primera vista- por las sensaciones físicas y mentales que acompañan al rol del spankee. Pero vamos por partes…

Spanking es el término inglés para referirse a los azotes o nalgadas, es decir, golpes dados con la mano o cualquier otro elemento complementario (cinturones, zapatillas, látigos, paletas de ping-pong, varas, cepillos de pelo y un largo etcétera) en los glúteos de otra persona con fines eróticos. Siguiendo con la terminología, el spankee es el que recibe los azotes, el spanker el que los da y el término spanko se referiría indistintamente a uno u otro (la única definición que he encontrado de spanko, palabra que aparece con bastante frecuencia en textos sobre la materia, es “una persona con un fetiche por los azotes, por lo general, aunque no exclusivamente sexual”). Además, no es lo mismo hablar de azotes disciplinarios que de eróticos, siendo los primeros bastante más dolorosos que los segundos, ya que su función es más educativa que placentera.

Hasta aquí los grandes rasgos, la superficie. Pinceladas básicas apenas, para aterrizar a los más despistados. Si os interesa documentaros más sobre el asunto, os recomiendo un blog fantástico y completísimo que no le hace el asco a ningún “subtema” que pueda surgir dentro de este universo (a mí algunos me superan, francamente) y que está en activo desde 2005, con permanentes actualizaciones de textos e imágenes: http://azotesynalgadas.blogspot.com.es/

Porque, como no, cuando hablamos de spanking (como de cualquier otra práctica sexual de esas con nombre en inglés y definición en la Wikipedia) las variaciones parecen ser infinitas. Hay quienes se permiten roles intercambiables, disfrutando de ambos (por lo general de uno más que del otro, pero aún así) y quienes tienen claro cuál es el suyo y no lo sueltan por nada. Algunos disfrutan de elementos accesorios al juego, como visitas al rincón o contar en voz alta y otros son exponentes de una práctica más “purista”, donde nada tiene sentido y todo sobra, salvo el sonido de una buena palmada chocando sobre la piel trémula. También están los que llevan el asunto hasta sus últimas consecuencias, ya sea porque lo viven casi como una religión (con temas de control y obediencia que traspasan las fronteras de los juegos de sábanas, si es que realmente existe tal frontera) o simplemente porque le cogen el gustillo y necesitan que les den cada vez más caña, y a poder ser in crescendo, como una droga… Pero la línea divisoria que a mí me parece más significativa en este tema es la que separa al spanko que se asume y disfruta con sus fantasías ‘erótico-disciplinarias’ del que no sale nunca, o al menos nunca del todo, del “armario vainilla” en el que se encuentra, y que  se conforma con unas palmaditas tibias cada tanto sin atreverse nunca a pedir (o dar) más, o más fuerte…

Vale, no soy experta en el tema ni manejo cifras, pero me atrevería a apostar que son muchos menos los que pertenecen al primer grupo que al segundo. Si bien es cierto que lo que vemos y oímos sobre las prácticas sexuales del prójimo es sólo la punta de iceberg, y que en la intimidad se hace mucho más de lo que se cuenta, tengo la sensación de que el gusto por ser azotado sigue siendo bastante más tabú que otras prácticas. Para empezar, porque cualquier cosa que huela mínimamente a violencia, a imponer la voluntad del fuerte sobre el débil, ya es políticamente incorrecto. Y aunque no se viva como algo malo por dentro (que muchas veces sí, lo que es aún más triste y complejo), sino como un juego erótico más, está aún muy lejos de gozar de aceptación social. Y así, la mayoría de los entusiastas del spanking callan para evitar que le cuelguen el cartelito de “perturbados sexuales”. Yo al menos, nunca me he encontrado con nadie que me cuente en una cena que le mola que le peguen en el culo, mientras que por otro lado la gente tiene cada vez menos reparos para hablar con el que se le sienta al lado (aunque sea en petit comité) de sexo anal o intercambios de parejas, por poner algunos ejemplos. Y es que, por decirlo más claro, las fantasías de azotes suelen ir acompañadas de un sentimiento de vergüenza que nada aporta.

En el blog que os mencionaba más arriba hay un post, “La negación de la evidencia”, en el que se hace referencia a “aquellas personas que viven conflictivamente sus fantasías de azotes”. Cuenta ahí su autor, Fer, que ha mantenido correspondencia con varios spankos, especialmente mujeres, y que “para ellas las fantasías de recibir nalgadas son un elemento perturbador de primer orden que les aporta sufrimiento y contradicción con su entorno social, especialmente con parejas con las cuales hay paz y armonía. Estas mujeres temen a su propio mundo interior. El desarrollo de sus fantasías puede, desde su propia perspectiva, subvertir todo el orden de su universo particular”. Y sigue: “Las fantasías sexuales no son algo que se pueda desligar de nuestra persona, sino que son de cierta forma, a mi manera de ver las cosas, la representación misma de nuestra persona y provocan mucho sufrimiento si quedan enfrentadas a otros aspectos más integradores de nuestras vidas”.

En los últimos párrafos, y a modo de consejo (muy sabio será, pero no por eso sencillo), el autor recomienda a quienes tienen “fantasías con deliciosos azotes eróticos y estas le resultan perturbadoras”, que se reconcilien consigo mismos “y, en todo caso, no enfrentar sus fantasías al resto de su vida y viceversa. Probablemente en muchos casos es importante compartir estas vivencias con otras personas y para esto Internet es maravilloso. Y por último, como decía Oscar Wilde, la mejor manera de evitar la tentación es caer en ella”.

¿Qué hay detrás de esa tentación en particular, de cualquier manera? ¿Por qué para algunos hay goce detrás de ciertos dolores, siendo que el cuerpo no está hecho supuestamente para disfrutarlos? ¿Hasta qué punto interviene el elemento físico y cuánto hay de seducción mental ante una situación cargada de simbologías? El spanking gusta a quienes gusta porque resulta excitante, y mucho, pero… ¿por qué resulta excitante?

He leído en algunos sitios la teoría de que los spankees son personas que fueron “disciplinadas físicamente” cuando niños y de alguna manera buscan repetir vivencias de la infancia, recrear relaciones con los progenitores, volver al nido. Los habrá, como hay de todo en la vida. Pero no es esa mi experiencia. A mí me daban sopa verde y me escondían la tele con llave, pero vamos, ¡es que ni tirones de pelo recuerdo! (y ya veis, he ahí otra cosa que según q contexto… jejeje!)

Supongo que, al fin y al cabo, no importa tanto entenderlo como aceptarse. Sobra decir que no todas las pulsiones internas son aceptables, pero para mí al menos el asunto está bastante claro: Lo es todo aquello que no haga daño -y daño no es sinónimo de dolor- y que respete la libertad y deseos del otro sin imponer los propios deseos y necesidades a través de la fuerza real -y real no es sinónimo de física-. Es decir, todo lo que quepa en el saco del mutuo consentimiento entre dos o más personas (y para no meterme en camisa de 11 varas agregaré aquello de “con una sexualidad ya formada”).

A modo de cierre, permitidme que os vuelva a copiar un extracto de un post del blog “Azotes y Nalgadas”, en este caso titulado “Narraciones del mundo vainilla”, si bien yo lo rebautizaría como “Breve test para saber si tienes un spanko escondido dentro de ti”. Podéis hacerlo si queréis, es sencillísimo, en realidad sólo tiene una pregunta: ¿Os sentís identificados con algo de lo que está escrito a continuación? Si la respuesta es sí, ya sabéis. Ah, y si no estáis seguros, acá os va una ayudita extra, algo así como un bonus track para el autoconocimento… ¿Os pone la foto con la que arranca este post? Ay, estimados míos, tal vez ya va siendo hora de darle otros usos a ese cinturón. Uno de mis elementos favoritos, por cierto, además de la mano…

Es tema común entre los spankos el hablar de sus experiencias previas a su entrada al Internet, cuando su afición spanka vivía en la clandestinidad y sus deseos y fantasías se veían pobremente satisfechos con imágenes fugaces que encontraban en la televisión, el cine o la literatura. Yo misma viví esa etapa con un eterno sentimiento de frustración.

Cuando te topabas con una escena de nalgadas, siempre era parcial, algo le faltaba o le sobraba, pero bastaba para alterarte el equilibrio hormonal y acelerarte los latidos del corazón. Era casi como quedarse a medias, como estar a punto de llegar al orgasmo y que alguna interrupción abrupta te lo impidiera.

La misma frustración te impulsaba a buscar escenas, se convertía casi en obsesión malsana y ojeabas cientos de revistas, libros y pasquines, mirabas cuanta película buena o mala ofrecieran por la televisión, en la que lejanamente suponías que podía haber una escena. Hay quien elegía las películas del viejo oeste, en donde, a veces, John Wayne o cualquier otro áspero vaquero, propinaba unos buenos azotes a alguna chica rejega o soberbia. Yo me inclinaba por las películas, programas o libros en donde se recreaba el ambiente escolar. Un buen internado inglés, por ejemplo, casi ofrecía una garantía de que habría, si no azotes, algún conato de ellos, que para ese entonces ya era algo.

(Y ya para terminar, y volviendo a la foto de marras, confieso que soy incapaz de recordar de dónde la saqué. La descargué hace tiempo, simplemente porque me moló, y al encontrármela ahora en una carpeta no pude evitar la tentación de usarla en este post. Me gustaría poder poner un link -se agradecen aportes si alguien la reconoce-, si bien al menos tiene una leyenda con el autor en la esquina inferior derecha).

Segundo cumple, y acá seguimos

tarta 2 añosHoy mi blog cumple dos años. Y aunque toca hacer balance, no os voy a ofrecer esta vez una lista de los post más leídos, los más comentados y todo el rollo, ni tampoco de esas gráficas, estadísticas y cifras que nos alimentan el corazoncillo y el ego bloguero cada tanto al más puro estilo McDonald’s: Con deliciosa chatarra. No, simplemente os voy a contar cosillas, así sin mayor orden o estructura. Como vayan surgiendo.

El otro día un amigo al que no veía hace mucho me soltó de pronto, sin ningún tipo de aviso previo, la siguiente frase: “He leído tu blog” (insértese aquí la mirada intensa y circunstancial de rigor). Le pregunté si le molaba, y cuando estaba lista para inflarme cual pavo navideño, me encontré con la siguiente respuesta:
– Ya no lo leo.
– Ajajaja, vaya, que sincero. ¿Y eso?
– Son los relatos. No sirven.
– ¿No sirven? No entiendo…
– Eso, que no sirven.
– ¿Son aburridos? ¿Confusos? ¿No están bien estructurados? ¿Los personajes no son coherentes? ¿Les falta credibilidad?
– No, no es eso. Es que no sirven para hacerse pajas. Terminan todos en tragedia y entonces me da el bajón.

!!!!

La verdad es que más allá de la vanidad herida me descojoné con ganas, aunque el episodio también me hizo plantearme por unos instantes qué estoy persiguiendo con este blog. Para qué lado quiero llevar el carro…

Además de ser para mí un espacio de expresión creativa, me gustaría creer que también he logrado que éste sea un lugar en el que aprender -yo la primera- e intercambiar experiencias. Y poco más, que ya es muchísimo decir. Así que a quién le interese (tal vez debería incluir este párrafo en la pestañita de “Advertencia”), no,  este no es un blog para hacerse pajas. Ahora, si alguien se las hace con lo que lee aquí, os aseguro que no me ofende en lo más mínimo. Al contrario, me parece un plus de lo más estimulante y, más aún, hasta diría que me da bastante morbo formar parte, aunque sea de forma indirecta, de las actividades masturbatorias de algún prójimo o prójima. Pero eso es muy distinto a querer currármela para que un tío al que no he visto en mi vida se toque al otro lado de la pantalla…

Porque sí, esa es otra cosa que ocurre cuando escribes un blog de sexo. Que te llegan mensajes y mails por todas las vías posibles (las redes sociales definitivamente le pusieron campo a las puertas) de tíos ociosos -nunca una tía, al menos habría novedad- pretendiendo que les escribas guarradas ‘en directo’ porque “la tienen dura”. Ya, y yo no tengo un duro, pero me lo como solita…

Ya por último, quiero hablar de otra consecuencia que este blog ha traído a mi vida, y me vais a perdonar que no cierre con lo más bonito pero como os dije antes, hoy ando dispersa…

Como podéis imaginar, no soy la persona más discreta del mundo en lo que a mis propios asuntos se refiere, y en una serie de impulsos del momento di la dirección de este blog a varios amigos y conocidos, porque al fin y al cabo escribimos para que nos lean. Y aunque llegué a temer que eso me frenara a la hora de escribir con libertad, creo que la mayoría de las veces he conseguido sobreponerme a la sensación de que alguien mira por sobre mi hombro, y simplemente compartir lo que he querido con vosotros olvidando que entre el público se encuentran unas cuantas caras familiares. Pero lo que no fui capaz de prever fue el efecto que leerme podría tener sobre terceros. Y cómo eso podría afectar su relación conmigo.

Curiosamente en el caso de mi familia, que es donde yo tenía más reparos con el tema de la sobreexposición, nunca ha habido un problema. Al contrario, siempre me han apoyado, comparten mis links, me leen y hasta me dejan cosillas interesantes para que me sirvan de inspiración. Y así en la mayoría de los casos. Rollos míos, no pasa nada…

Hasta que pasa. Y aunque sean pocas, no por eso me han resultado menos significativas esas ocasiones. Porque si bien celebro el ser capaz de despertar sensaciones, no celebro cuando éstas se enquistan en sentimientos de temor y recelo, “porque ya no sé si voy a ser capaz de satisfacerte”, o porque “pareces saber demasiado”. Visto y oído más de una vez…

Pffffff 😦

Siempre que te cuelgan una etiqueta hay una pérdida, no se agrega nada, más bien se arranca un pedacito de uno de un pequeño mordisco…

Si alguien cree que sé demasiado es que no me ha leído bien. Con tantas dudas me pesan muy poquito las certezas y mi desastrosa vida sentimental sirve más para guión de sitcom de canal británico que para dar cátedra, por no mencionar que un abrazo calentito cuando la existencia se pone chunga me vale tanto o más -mucho más- que un buen cunnilingus. Pero bueno, no es que seamos libros más o menos abiertos, es que somos bibliotecas enteras, y habiendo tanto donde bucear sólo se conoce lo que realmente se quiere conocer. Al menos yo, de momento, sigo interesada en seguir explorando detrás del personaje que siempre somos para los demás, y en aprender asimismo de cada persona que me abra las puertas a ello.

(A menos que sea un noctámbulo ocioso y pajillero de esos que creen que lo que me falta por aprender en la vida son las dimensiones de su miembro y las dos o tres cosas que me haría con él).

Que paséis una muy muy feliz Nochevieja y lo dicho… acá seguimos!!!

El sexo ‘al revés’

foto blog al revesMi señora madre, una persona con una inacabable capacidad de aprender cosas nuevas, es muy aficionada a compartir cada día en su muro del Facebook una variopinta colección de links que, por una razón u otra, llamaron su atención. Humor, drama, curiosidades sexuales, espiritualidad, cuidado del cuerpo… todo cabe en su casi infinita lista de intereses, y por ende en su elástico muro (y en el mío, que la buena mujer es muy de compartir, jejeje).

Pues bien, hace algunos días, visitando a saltitos el timeline de mis amigos y conocidos, me quedé pegada con un texto que había copiado mi madre con una serie de tips para combatir el alzheimer. Básicamente, lo que se decía ahí era que el mal de Alzheimer se puede prevenir simplemente cambiando algunas rutinas para estimular el lado derecho del cerebro. Dicha técnica mejoraría la concentración, y ayudaría a desarrollar la creatividad y la inteligencia. Se trata entonces de hacer “ejercicio cerebral” o  o “aeróbica de las neuronas” –la palabra oficial vendría a ser ‘neuróbica’- para mantener al cerebro ágil y saludable, creando nuevos y diferentes patrones de comportamiento y de las actividades de las neuronas del cerebro.

Lo central es que las prácticas elegidas cambien los comportamientos de rutina por otros desacostumbrados. Así, por dar algunos ejemplos, se mencionan los siguientes ejercicios neuróbicos, si bien el texto invita a echar a volar la imaginación y desarrollar ejercicios propios que sigan la línea de los propuestos:

– Usar el reloj en la muñeca contraria a la que normalmente se usa
– Cepillarse los dientes con la mano contraria a la habitual
– Caminar por la casa de espaldas
– Vestirse con los ojos cerrados
– Estimular el paladar con sabores diferentes
– Ver las fotos “cabeza abajo”
– Mirar la hora en el espejo
– Cambiar el camino de rutina para ir y volver a casa.

Después de pasarme un par de tardes caminando de espaldas por mi casa –es impresionante como parece existir todo un nuevo mundo cuando uno anda en modo ‘backwards’- y leyendo los mensajes de mi móvil con la pantalla dada vuelta, me puse a pensar en otros ámbitos de la existencia, fuera de la rutina más cotidiana (vestirse, lavarse los dientes, leer)  donde uno podría plantearse el desafío de hacer las cosas “al revés”… Y cómo no, me di de bruces con el inabarcable terreno de la sexualidad humana. Y dentro de éste, con el sexo.

Curiosamente, en medio de todas estas divagaciones, recibí un mail de lo más perturbador que incluía la siguiente frase: “El otro día, medio dormitando, soñé que cambiábamos los papeles y me esclavizabas. Me tenías de pie, esposado, cogido del pelo por detrás al tiempo que me sodomizabas sin contemplaciones”.

Voilá! Punto para mi cerebro derecho!!!

Alguna vez he dejado entrever aquí que lo mío no es el rollo dominatrix precisamente. Más bien asoman a mis fantasías machos recios y decididos, que saben qué hacer y dónde apretar, y que son capaces de contenerme con la sola fuerza de su mirada. Y aún entendiendo los muchos matices que puede llegar a tener una entrega, la mayoría de las veces lo que me apetece es saborear la contundencia metálica de su sentido más primitivo, el más basto. Sin embargo, fue leer esas palabras y sentir que mi imaginación comenzaba a galopar en sentido contrario al habitual. Y no os podéis imaginar lo que me he divertido haciendo de madame de Sade en mi trepidante cerebrito…

Ya tenemos un ejercicio para la lista entonces, el cambio de roles. Y ojo, que en la cama asumimos muchos roles, y no todos son tan obvios ni tan fáciles de intercambiar.

(Y por cierto, una “N. del A.” para mi estimado amigo sodomizable: cuando quieras, ¿eh?, que yo encantadísima de la vida me zambullo en tales experiencias. Pero ojo, que hay que meterse entero a la piscina, porque después no pienso conmoverme ante arrepentimientos ni melindres ni “no quiero estos” ni chorradas… u know, hay juegos que toca jugarlos en serio para que resulten más divertidos… jeje).

Ahora, si bien en este caso concreto ya me estoy visualizando camino al sex shop para equiparme con el traje de látex, el strap-on y todos los adminículos necesarios, creo que en general no se trata de pensar en ideas demasiado sofisticadas ni en cambios espectaculares para que los ejercicios funcionen también en el área sexual. De hecho, conversando anoche del tema con un amigo, no se demoró ni tres segundos en soltar su propia propuesta: empezar a tomar la iniciativa cuando no se tiene el hábito de hacerlo.

¿Y qué tal una sesión completa estando ambos con los ojos cerrados, por ejemplo? O tal vez en un entorno atípico, ligado a la propia historia. ¿Qué te gustan los flacos? Pues a buscar un gordito calentito y a ver qué tal. La cosa es enarbolar la bandera del cambio. Recuerdo incuso una noche en la que para mí fue toda una experiencia –y una sorprendentemente buena, además- un polvo largo, muy intenso y exclusivamente en la posición del misionero.

Bueno, hasta aquí llego yo porque en realidad mi idea era hacer de éste un post colaborativo. Así que os invito a dejar vuestras propuestas, sin importar si parecen tontas o descabelladas, que aunque probablemente no nos enteremos, siempre existe la posibilidad de contribuir a la felicidad de algún lector (o bloguero!) ávido de nuevas ideas.

Sofá, mantita y evasión…

otoño_1Llevo tanto tiempo metida en la cueva, desprendiéndome de hábitos y escamas para adaptarme a mis nuevos escenarios, que por poco me quedo con el gusto de no volver a asomar la nariz fuera. Hace frío fuera, y hay que buscarse la vida. Apetece más abrazarse a los afectos seguros e hibernar…

Pero ese es el problema, que cuando los procesos introspectivos se alargan más de la cuenta se corre el riesgo de transmutar esa introspección en evasión. La religión del sofá y la mantita ejerce una llamada poderosa, y por el contrario la vida real no nos permite apretar el botón de flash forward, por muy jodida que se ponga.

Sobra decir que es difícil, cuando se siente la necesidad de apagas las luces (aunque sólo sea por un poco de descanso hasta la próxima batalla), mantener al cuerpo emocionado con sus propios placeres, así como es difícil escribir sin hambre y pretender alimentar el entusiasmo de cualquiera.

Pero ya sabéis lo que dicen… no hay mal que dure cien años ni tonto que lo soporte!!!  Así que aquí me tenéis, dándole ya vueltas en la cabeza a un tema que me gustaría compartir con vosotros… Mañana o pasado como mucho, que ya tengo ganas de veros por acá. La idea original era escribirlo ahora y no perderme en tanto preámbulo, pero como que me dio sueño. Es lo que tiene sacarse la piel de abuelita después de tanto tiempo para ponerse el traje de lobo y sumergirse en un fin de semana surrealista e intenso… que se llega al domingo arrastrando las patitas, con la casa hecha un desastre y la resaca instalada en huesos y articulaciones. Así que un tecito caliente y al sobre con los pollitos para recargar las pilas, que el mundo sigue girando y ya me quiero volver a montar!

Dulces sueños 🙂

En busca del orgasmo perdido

orgasmo_recurso 2

Escribir este post es una deuda que tengo pendiente hace muchísimo tiempo con una amiga, pero cada vez que me disponía a intentarlo algo me frenaba, como si la tarea me quedara demasiado grande, como si se tratara de enfrentarse a una vaca sagrada. Después de todo, ¿qué coño puedo saber yo acerca del orgasmo, así en mayúsculas? Sí, vale, tengo orgasmos, pero muy rara vez durante el sexo (a menos que yo misma colabore directamente en el proceso), y muchas veces me quedo con la sensación de que al asunto le faltó punch, que estuvo bien pero podría haber sido mucho mejor… Eso sin contar con que durante muchísimos años decir orgasmo era para mí lo mismo que decir aguja, siendo mi cuerpo un enorme pajar donde la búsqueda no parecía terminar nunca.

Pero bueno, no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague, así que estimados míos, he aquí el tema que nos traemos entre manos, desde mi humilde perspectiva.

Decía mi amiga lo siguiente en su mensaje: Quería sugerirte  algún artículo que hable del orgasmo. Hay tantas mujeres que creen haberlo sentido y como es algo tan intangible a veces ni lo conocen. Es difícil de explicar el “como es”.

Sin duda que es difícil porque no existe ‘un’ orgasmo femenino, el asunto se puede manifestar de muchas maneras: Siguiendo los patrones del masculino por ejemplo (excitación, plataforma, orgasmo, resolución), teniéndolo en “línea recta”, con varios picos de éxtasis, tal vez encadenando uno tras otro o en espiral… Ahora, si hay algo que sí está claro en esta tierra de sombras y piruetas es que cuando se tiene un orgasmo se sabe. Y ahí no hay más vuelta que darle.

Me lo explicó una prima con todas sus letras –y su habitual dosis de humor ‘barriobajero’- hace muchísimos años cuando yo nadaba con desesperación en los mares de la anorgasmia pero no me quería convencer de ello y a cada saltito, zumbido o sensación rica trataba de colgarle el cartelito de ‘orgasmo soft’: “Eso es como tirarse un pedo –me dijo-. Da igual si es más grande o más chico, siempre te enteras”.

Lo he dicho ya en algún otro post, pero lo vuelvo a repetir ahora: Uno de los mejores métodos de encontrarse con el orgasmo perdido es la masturbación. Un ambiente relajado, tiempo libre y a explorar. Porque claro, si ni siquiera una sabe dónde tocar para ver estrellitas, cómo esperar que lo sepa nadie más. Y otra cosa, la actitud tiene que ser constructiva. Algo así como buscar con alegría y sin esperar resultados, que de lo contrario pasa algo parecido a lo del gatillazo, mientras más se intenta mayor es el desastre, y mientras tanto una se queda sin dedos y con una irritación de la hostia (en el cuerpo y en la cabeza, buff!).

No se trata de ponerse ahora a elaborar el decálogo del buen orgasmo, ni de ser tan ingenua como para pensar que con una lista de tips bienintencionados cualquiera puede alcanzar sus cimas… A veces influyen factores físicos, otras veces hay traumas profundamente arraigados que no se superan solamente con buena voluntad. Sin embargo, sí puedo hablar de mi propia experiencia y de las cosas que a mí me han servido. Cuando hay terceros involucrados vuelvo a lo dicho, o intervengo yo misma en el proceso –timideces fuera!- o saco el manual de instrucciones, el mapa y las riendas, intentado oscilar con elegancia entre la sugerencia y la exactitud. A algunos les mola eso de compartir información, pero no siempre tanta directriz es algo bien recibido. De todas maneras no suelo comerme el coco con ese tema, y cuanto más me relajo más me encuentro con sorpresitas, como una vez que me corrí sólo con que me apretaran los pezones. Y es que muchas veces un buen manejo del in crescendo puede ser el único mapa que se necesita hacia la felicidad.

Ahora, sí que tengo algunos truquillos cuando somos mi orgasmo y yo contra el mundo, sin pollas enhiestas en el panorama. Como volver a empezar cuando siento que se me escapa. Detenerme, respirar profundo, volver a sentir el cuerpo, partir de nuevo, de cero. Sin pensar en que tengo prisa, en que quiero ya, que estaba tan cerquita, que me falta tiempo para tanta parafernalia… O como buscar otros caminos para ganar intensidad, porque a veces las fórmulas seguras, las vías conocidas y habituales, garantizan el resultado, pero ese resultado no pasa de ser un mero desahogo físico. Y algo tan simple como tocarse en otros sitios, o con movimientos nuevos, puede derivar en resultados sorprendentes. No siempre, claro, pero en algún momento…

Y aún a riesgo de quedar como una hippie loca que le aúlla a la luna, meditar unos minutos antes y dirigir mis energías hacia el vientre suele hacer maravillas. O reír durante algunos minutos, así a lo tonto, con ganas, sin razón, con la boca abierta y después cerrada. De lo que se trata es de irse “para dentro”, conectar con uno mismo, con sus sensaciones y cómo éstas se van ramificando. Salir de la cabeza y volverse puro cuerpo flotando en su propio universo.

Un cuerpo que, por cierto, hay que querer. Otro básico del buen orgasmo. Ya sea en compañía o en soledad, es escaso el disfrute que se puede obtener si se piensa más en que a una le cuelga un michelín del tamaño del Titanic que en las cosquillitas que se están produciendo “ahí abajo”.

Y ya lo último: Alguna vez me ha pasado que, como mi primer orgasmo es el que más se tarda y de ahí en adelante los demás son pan comido, me engolosino demasiado y la cosa termina cayendo por su propio peso. O sea, he tenido un par de orgasmos espectaculares pero en cuanto salgo de uno ya quiero otro, como si el placer ya trajera aparejada la necesidad, y sigo y sigo y sigo, y cada uno de los que vienen después es más chiquito que el otro, llega menos dentro, hasta que la cosa se desinfla, hasta que ya tengo que parar simplemente porque tengo todo anestesiado de tanto frotamiento frenético y ya me sube la mala leche. Así que pregunto, porque siempre es tan bonito sentirnos identificados con el prójimo… ¿a alguien más se le han gastado los orgasmos por glotonería o sí que soy media bicho raro?

Mudanza

mudanzaHoy tengo resaca…

Y un cansancio de la hostia, porque mi vida está envuelta en cajas y no le encuentro el sitio a nada.

Y pienso en todo lo que se mantiene sin escribir, sin hacer.

En mi último relato inconcluso, que me acecha furioso reclamando mi atención dispersa. Encajado a medio camino, a medio parir…

En todos esos posts que aún no he escrito, que se acumulan en mi cabeza a la vez que se evaporan un poquito más cada día, huyendo de mí en busca de una muerte prematura.

En las muchas cosas que he vivido, más allá de cintas, brochas y rotuladores…

Y el sexo, oh, sí, el sexo.

Podría llenar un saco de adjetivos. Podría desgranar unas cuantas historias. El príncipe valiente. El príncipe cobarde. El príncipe más majo. La princesa quiere un sapo. Elegid.

Cierro los ojos y todo se mezcla dentro, como la ropa de una lavadora. El color que se forma frente a mí no tiene nombre, o yo no sé decirlo.

Pero si suspendo la respiración por segundos puedo distinguir algunas prendas.

Una visita inesperada.

Una propuesta inapropiada..

Pausa, ternura, reconocimiento.

Pies ajenos bajo las sábanas.

Cadencia. Contacto.

Invitaciones rechazadas.

Invitaciones casi rechazadas que terminaron convirtiéndose en una sorpresa.

Una polla de encaje perfecto.

Un ser humano bajo la polla.

Risas. Y cuantas…

Sol, playa, hotel, un pasillo, mi cama. Mi cama, mi cama, mi cama, mi cama.

Miradas nuevas, seres en descubrimiento.

Calor. Ventanas abiertas. Exposición.

Me atrevería a decir que un poquito de exceso.

Un ejemplar incansable entre mis sábanas. Una maratón digna de veinteañeros.

Mordiscos en mis pezones. Tal vez demasiados. No me di cuenta, claro, y no importa. Lo que está rico está rico.

Ufff, sueeeeeeño. Mucho sueño.

 

Agosto no ha sido precisamente un mes de vacaciones, pero no me quejo…

En el patio del colegio

en el patio del colegio 1Cuando niña no era precisamente lo que se llama una chica popular, digamos que no coleccionaba amigos en el cole. Tuve un par de ‘besties’, sí, de esas que van contigo a muerte, pero siempre por goteo. O sea, nunca se me dieron bien grupos, lo mío era el tú a tú, o como mucho el ‘petit comitè’. Ni mejor compañera, ni líder de nada ni leches, a mí no me elegían para esas cosas. Supongo que eso se debía en gran parte a que los demás me percibían como una rarita, amén de santurrona. Curiosamente, con el paso del tiempo mis compis me encontrarían de todo menos santurrona, aunque entre tanta pija “aro-perla” y monjita transfigurada nunca dejé de ser un perro verde con mis prematuros tatuajes y piercings y mis particulares opiniones sobre la vida.

Pero bueno, a lo que íbamos… mi triste infancia de Oliver Twist.

(Je!)

Decía que cuando niña era bastante marginada. Lo que me dolía, sí, pero no hasta el punto de querer cambiar mi forma de ser para agradar a los otros. Bueno, al menos así lo recuerdo, si bien ya sabemos que la memoria, además de traicionera, suele ser bastante autoindulgente… ¡sobre todo si nos vamos tan para atrás!

La cosa es que tengo la imagen de haberme pasado muchos recreos mirando jugar a los demás, esperando una invitación que no llegaba; soñando con tener una pelota para llevar al cole y así ganarme un sitio seguro en el grupo, porque el portador del juguete nunca era marginado. Y me recuerdo también en casa, jugando a saltar el elástico con la muda compañía de dos sillas que hacían las veces de las dos personas que tenían que sujetar el asunto con su cuerpo. Claro, no tenía la misma gracia, pero si cerraba los ojos me imaginaba que había más gente, y a veces hasta me emocionaba. Llegué a convertirme en toda una atleta del elástico, aunque tuve pocas oportunidades de exhibir mis habilidades en público.

No es que le tuviera miedo a mi propia compañía, y siempre estaban los libros para poner a girar al mundo de nuevo, además de una familia que me permitió desarrollar un más que sano sentido de pertenencia. Así que no iba por la vida sintiéndome una paria invisible. Pero aún así lo del cole me jodía, y mucho. Y por una razón muy simple: Me encantaba jugar.

Me encantaba y me sigue encantando, en sus distintas manifestaciones: Pasar una noche de Twister con los amigos, recordar viejos tiempos con el imperecedero “verdad o consecuencia” (o su primo hermano el “nunca nunca”), hacer el tonto frente a una cámara de fotos, ser perseguida por las calles de Barcelona por un guiri enajenado amenazando con arrojarme a una pileta (Thomas, ¿te suena familiar?), columpiarme, saltar, brincar, bailar a lo tonto, correr destartaladamente por el Parque del Retiro, girar en círculos y arrojarme sobre la hierba…

Y, cómo no, la exquisita, y casi infinita, variedad de juegos que se pueden inventar en el terreno sexual. O sea, en la cama. Aunque más bien fuera de ella… ¡Un poquito de creatividad, por favor!

De hecho, no recuerdo haber cuidado tan bien un juguete de niña (las muñecas no eran lo mío en todo caso) como lo hice con mi primer vibrador, un mamotreto feísimo y tieso, color carne para más horror, que me compré en mi primer viaje al extranjero, con 18 años recién cumplidos (imposible pensar en ir a un sex shop en mi Chilito prehistórico, en aquella época sólo pajeros espinilludos se animaban a traspasar las densas y polvorientas cortinas de terciopelo que separaban esos antros de vicio del resto de los mortales). Total, que para proteger semejante tesoro, que me arrojó a la fama entre mi círculo de amistades, algo más expandido por aquella época, le tejí una “camita” a crochet (true story!), con mis propias y amorosas manos. Ay, si mi santa abuelita hubiera imaginado en qué iban a terminar sus clases de manualidades…

en el patio del colegio 2Pero lo mejor de todo es que en este juego llamado sexo no se necesitan juguetes (¡aunque bienvenidos sean!), con unas cuantas buenas neuronas se puede hacer una fiesta. Y no sólo eso. Si quiero puedo jugar sola, no necesito sentarme a esperar mi ticket de entrada. Vale, a veces se cierran los ojos y se imagina que ahí está otro. U otros. Pero no es tanto por soledad como por la simple gracia de hacerlo. El banquete está ahí, está servido… si bien siempre se le puede poner un poquito más de pimienta.

Ahora lo veo claro, el sexo es mi patio del colegio. Un espacio en el que siempre soy bienvenida, en el que estoy invitada a jugar porque sin mí el juego no tendría gracia.

Probablemente por eso me parece mucho más cómodo ser adulto que niño. Hasta diría que tiene su encanto, pese a las responsabilidades, las cuentas, los jefes tocapelotas y todos esos rollos. Definitivamente no soy de las extravían la vista en la nebulosa de la infancia con la sensación de que todo tiempo pasado fue mejor. No. Cuando niña no podía ver la tele porque mis padres la escondían en un armario con llave, para que fuéramos niños juiciosos y cultos. Además, tenía que ingerir permanentemente alimentos que no eran de mi agrado, empezando por un brebaje espantoso (y además muy recurrente en la cocina de mi madre) conocido como “la sopa verde”. Y claro, de sexo ni hablar.

Que alguien me diga, por favor, cómo coño va a ser mejor eso…

El síndrome del perro mojado (o ese puto encanto de que no te paren bola)

La otra noche te espere bajo la lluvia dos horas, mil horas, como un perro,
y cuando llegaste me miraste y me dijiste loco, estas mojado ya no te quiero”.

La situación es un clásico, que levante la mano quien no la haya vivido a uno u otro lado de la medalla: Fulanito besa el suelo que pisa Menganita. La considera una diosa hecha mujer y estaría dispuesto a hacer cualquier cosa por ella, desde dejarse profanar sus más oscuros y no profanados rincones hasta procrear a sus hijos o poner todo su patrimonio a su nombre. Pero a Menganita no le termina de hacer “tilín”. Hasta que Fulanito se aburre y se las empluma, en busca de amantes más… dispuestas. Y para peor, las encuentra (aunque eso último no es requisito indispensable en este cuento). Y entonces Menganita, que no podrá creer lo mucho que ha dejado escapar, llorará su estupidez hasta la eternidad, porque ahora todo en ella es lucidez y cada rincón del cuerpo de Fulanito le parece deseable, cada una de sus bromas divertidas y cada gesto un reflejo de la grandeza de su corazón.

Por supuesto la historia también funciona al revés. Zutanito lleva años pasando del nada despreciable culo de Perengana, que ha intentado hacerle ver, de todas las maneras posible, lo conveniente y chupi que sería que estuvieran juntos forever and ever. Hasta que algo en Zutanito comienza a derretirse. Tal vez es que pasan los años, tal vez sus otras amigas no han envejecido igual de bien, tal vez de pronto se da cuenta de que se siente solo, o escucha la llamada del amor… La cosa es que la empieza a ver con otros ojos, y decide dar el salto, darle más, darse más. Y Perengana, que ha prendido cuanta vela ha encontrado en el chino de la esquina para empaparse del amor de Zulanito, que le ha rezado a todos sus santitos y ha soñado por las noches con yacer al lado de ese hombre, de pronto empieza a sentir que ya no lo desea tanto, que entre sus brazos no luce igual, que de cerca ha perdido brillo. No sabe por qué, no es lo que hubiera querido, pero no depende de ella realmente.

¿O sí?

No tengo nada parecido a una respuesta. Y aunque intento permanecer alerta y no permitir que semejantes tejemanejes existenciales me perturben, no siempre he conseguido permanecer inmune a los efectos del síndrome del “perro mojado” (me lo acabo de inventar, por si las moscas… ¿cómo va eso del copyright???). Porque por más gilipollas que suene el asunto en papel, hay algo que va más allá del raciocinio, una especie de cosquillita, un calorcito, un je ne sais quoi emanando directamente de lo inalcanzable que nos pierde. Algo que moldea el deseo, arrojándolo fuera de nuestra esfera y alejándonos cada vez más del control.

No descarto que en este querer permanentemente lo que no se tiene, pueda existir algún regustillo “bio”, alguno de esos guiños fascinantes y medios perversillos con los que la madre naturaleza nos sorprende cada tanto: Por decir algo, se me ocurre que por el rollo de la procreación podría ser bueno que no nos quedemos con la primera conquista que caiga a nuestros pies. O sea, algo así como darle valor a la dificultad: Para comerse el pasto más rico hay que subir más arriba en la montaña, aún a riesgo de despaturrarse en el camino. Y quien no quiere ser la cabra más fuerte.

Ahora, que lo dicho es sólo por dejar la puertecilla abierta, tampoco se trata de echarle las culpas de todo a la creación, el cosmos o los ciclos de la luna… De hecho, si tuviera que aventurar una teoría, me decantaría más por nuestra propia estupidez, porque probablemente muchas raíces de este tipo de comportamientos “románticos” se alimenten en una  inclinación que tenemos los seres humanos hacia el sufrimiento, agravada por siglos de condicionamientos culturales, familiares y/o religiosos. Y así vamos por la vida, como cabras de cerebros diminutos, sintiendo que lo más difícil -y lo que más nos duele- es lo mejor, que vale más si nos ha costado sangre, sudor y lágrimas. Sin ser capaces de ver, muchas veces, los pelotones de pasto verdísimo que nos esperan en las mismísimas faldas de la montaña.

Pensadlo un poco: ¿Vale… la pena?

Ya, descubrí América por teléfono, como se dice en mis terruños…

perro_lluvia (CC ángel palomo)(Crédito de la imagen: Ángel Palomo. http://angelpalomoilustracion.blogspot.com).