Experiencia “Puf”

puf 1Sí, lo confieso, lo hice. Más que porque me gustara la idea en sí (decenas de reparos, tontos y menos tontos, venían a mi cabeza cada vez que me planteaba el tema), por mi emperramiento en beber de muchas aguas, en probar antes de decir no gracias, en coleccionar nuevas aventuras aunque de entrada parezcan algo surrealistas, frikis o incluso loosers.

Lo hice. Por curiosidad. Por aburrimiento. Por tener algo que contaros. Porque lo que suma no resta. Porque me aparecieron unos cuantos cheerleaders en el camino, encantados ante la posibilidad de vivir una nueva experiencia… vicaria, pero experiencia al fin y al cabo. Es curioso, todos te animan pero casi nadie lo ha hecho o piensa hacerlo.

Total, que me creé un perfil en una de esas páginas para conocer gente. Vamos a llamarla “Puf”, aunque el nombre no sea precisamente un alarde de imaginación. Pero como que da igual, porque la palabra le va como anillo al dedo. Puf entonces…

Mi experiencia en Puf duró menos de dos semanas, y todo ese tiempo se vio movilizada por ese potente motor que llamamos culpa. Culpable de hacerlo sin fe. Culpable de no contestar a todas las solicitudes, mensajes, toques, guiños, listas y noséquémases que iban proliferando como hongos en mi buzón de correo. Culpable de inventarme una excusa tonta para no salir a tomarme unas cañas con el gordito angustiosamente simpático de los catorce mensajes. Culpable de reírme de los que me escribían “hola presiosa” o “haber cuando quedamos”. Culpable de salir huyendo de una conversación cuando el tío me confesó que se sentía deprimido y solo y que hace tres años que no echaba un polvo porque nadie le paraba bola.

Nada como Puf para sentirte como una grandísima hija de puta. ¡Qué satisfacción garantizada ni que niño muerto! Maldad garantizada. Partiendo por la propia.

puf 3Es verdad que empecé con cero fe. No tanto en la fauna humana que me podía encontrar como en el sistema en sí, en entrar en un juego que se maneja con los códigos de un supermercado, en este caso de de kilos y alturas. Porque frente a ti no tienes personas sino tallas de ropa y colores de ojos, acompañados de unos cuantos datos a duras penas personales, jirones de información supuestamente valiosa del tipo “tienes coche” o “te gustan los niños”. Pero aún así le puse empeño. Ya sabéis, por eso de vivir las experiencias a cabalidad. Demasiado empeño diría yo…

La cosa es que a los cinco minutos tenía un aluvión de mensajes reclamando contestación. Algunos podréis pensar que las fotos tenían trampa, pero prometo que no. De hecho, descarté de entrada “las mejores”, porque no quería verme más radiante que en mi día promedio, igual como jamás usaría sujetadores con relleno y no cuento en mi colección con ningún “push-up”: Lo que hay es lo que ves, no quiero que nadie se sienta estafado a la hora de la verdad.

Habrá sido la intro entonces, porque esa sí que me la curré. Y así, con unas cuantas frases, aterricé en esa tierra de ilusiones y hambres contenidas como la más maja entre las majas. La más open mind. Densa pero ligera, sofisticada pero sin perder lo simple, cosmopolita pero accesible. Y por supuesto, con un infaltable toque de humor.

El problema es mantenerse a la altura de la imagen que uno tiene de sí mismo –la “ficha” en ese caso- más allá del buen rollo inicial y la declaración de intenciones. Lo cual parece fácil al principio. Pero claro, es como cuando participas en un reallity (a este paso pocos moriremos sin haber estado en uno). Empiezas mostrando lo mejor de ti y a los dos minutos ya estás arrancando ojos a diestra y siniestra y descuerando a tu ex mejor amigo con tu archirrival. La naturaleza humana, que tiene estas cosillas…

puf 4Tampoco es fácil en todo caso mantener una actitud abierta y querer ir a lo profundo del ser cuando un tío te manda una foto en zunga de leopardo o cuando otro aparece en su perfil muy sonriente con su mujer y sus hijos (¡historias reales!). Otras para la colección son: borracho en un garito, mostrando “tableta” al espejo del baño, abrazado a dos rubias tetonas, apuntando a la cámara con una pistola de juguete y con cara de suicidio inminente. Por no hablar de las fotos troceadas (ojos, pedazos de cara, pies sin dueño, una mano con una sonrisa dibujada…) y las directamente falsas (el hermano menor de Brad Pitt en foto de estudio, vestido de Armani y buscando el amor en Puf… yaaa!).

Es que además está el tema de los filtros. Puedes poner los que quieras para buscar gente (incluso nivel de ingresos o de estudios) pero no para ser buscado. Y da igual que pongas que no te interesan los casados y los abuelitos, que uses mayúsculas e íconos con caritas de espanto. Igual te escriben, por si las flies. Porque pareces tan simpática…

Y claro, también hablamos de un sitio donde llega mucha gente que se siente sola. Y que lo que están buscando es de alguna manera solucionar su vida, encontrar una llave a una felicidad que se resiste, a un futuro menos triste, que se visualiza más habitable y mejor por el hecho de estar en compañía. Pero eso de ser una llave para alguien es demasiada responsabilidad. Además de un coñazo.

puf 2¿Qué haces entonces cuando tienes 50 mensajes de 50 tíos que no te parecen atractivos en lo absoluto pero que se nota que han hecho un esfuerzo por presentarse, decir algo amable, parecer graciosos y ganarse una oportunidad? ¿Qué hacer en una tierra de solitarios cuando no te seduce la soledad? En mi caso, sentirme como la mierda.

Sé que otros lo viven con más liviandad, que muchas veces me enrollo más de la cuenta, y que no arrastré a nadie al suicidio con mi indiferencia cibernética. Pero aún así en mi conciencia se balanceaba más de un ahorcado virtual, sobre todo en el caso de los que andaban pregonando su abandono como doloroso cartel de presentación. ¡Cuánto peso para algo que empezó como un intento de diversión!

Igual me habría molado llegar a la parte del “cara a cara” con alguien. Son tan poco habituales las citas hoy en día (yo al menos tengo muy pocas a mi haber) que más que rancias yo diría que comienzan a tener el encanto de lo vintage. No es que haya notado su ausencia pero supongo no soy del todo inmune a tanta peli y serie gringa que me tragué en mis años adolescentes. Que te abran la puerta del coche y te muevan la silla para que te sientes no está tan mal después de todo. Es más, puedo vivir perfectamente con ello.

puf 5Creo que sólo por eso, por la curiosidad de esa cita potencial con alguien potencialmente interesante, que no huí a los dos días y aguanté un puñado más. A ver si alguno me hacía levantar una ceja con el poder de un par de párrafos. Pero definitivamente Puf no es país para poetas. Ni para corazones culposos, ya que estamos…

Porno-Wes

http://cussyeah-wesanderson.tumblr.com/Si sois relativamente angloparlantes y os gusta Wes Anderson (a mí sí, aunque reconozco que de un tiempo a esta parte me está costando distinguir una peli de otra), os dejo este corto de un tal Nacho Punch, una especie de homenaje en rollo “parodia porno” al trabajo del director texano.

No he podido conseguir mucha más info, pero el corto se titula ‘The Grand Sausage Pizza’ y, sobre la base de la típica historia chorra del repartidor de pizza dotado de un pollón que llama a la puerta en la casa de una lolita sola (amén de protuberante y deseosa), Punch echa mano a los recursos más reconocibles de Anderson (estética, tono, primeros planos, antihéroes, referencias escritas…) logrando con ello un resultado bastante aceptable… hasta me atrevería a decir que a prueba de fans!

Es cierto que de la mezcla “melancolía y libido” sale un cóctel un tanto marciano, pero los que buscáis maneras más variadas y “frescas” de entender -¡y ver!- el mundo del triple X, no os vayáis sin darle una mirada a este porno al estilo Wes… Es una chorrada, sí, pero tiene lo suyo. Además, son sólo tres minutos 🙂

PD: Piel no se ve, por si alguno se estuvo entusiasmando. Aviso, x si las flies…

(La cadencia de Anderson y los hervores de la sangre… un mix un tanto imposible!)

 

#nonecesitamosniunhueón

¿Se acerca otro puto San Valentín en el que sentís que os chupaís el dedo? Os dejo esta joyita proveniente de mis terruños originales, aunque apta para todo público 😉

Y por cierto, muchas gracias a mi bellísima amiga Polilla, que me dejó el link en la fanpage.

Riámonos un rato de los condones

Mientras reposo cosillas y pienso el tema más apropiado para mi próxima entrada (y siempre fiel a mi espíritu profiláctico), os dejo unos videos de Youtube, para que os riáis un ratito.

Y es que son todo un tema los condones. Pero ya que toca convivir con ellos, mejor tomárselos con humor, ¿no?

El primero ya es un clásico, y su ¿humor negro? toca la fibra. Y es que… ¿qué padre no ha estado alguna vez en una situación así?

Después tenemos mi favorito, en este caso no se trata de un anuncio sino de… jeje, mejor véanlo!

El tercer video nos recuerda que un condón te puede salvar de más de una manera…

Pero claro, siempre hay peligros en su uso! :p

Y para terminar, os dejo con esta verdadera obra de arte. ¡Que la disfrutéis!

PD: Los videos que comparto fueron vistos en el blog de Apasiónate, con excepción de “Compra Condones”, que encontré trasteando por otros sitios. De hecho, hace poco lo subí a la fanpage de Facebook, pero me permití repetirlo porque lo encuentro espectacular… Aunque si se piensa bien, no se puede decir que sea muy acertado a la hora de incentivar el sexo responsable entre adolescentes!

Sobre frikadas, guarradas y verduras

shutterstock_113128303Hace algún tiempo leí un reportaje interesantísimo titulado “Investigaciones sobre los sentimientos de las plantas” que, aunque no tiene nada que ver con sexo, os recomiendo si tenéis tiempo libre. Básicamente, el texto narra la historia de un ex agente de la CIA que descubrió de forma casual que las plantas son capaces de experimentar sensaciones –satisfacción, miedo, dolor-, las que pueden medirse y cuantificarse con aparatos, de igual manera que se hace con los humanos. Además, pueden manifestar memoria y empatía. Y no sólo eso, en otra parte del texto, se hace referencia a la capacidad de las hortalizas de desmayarse -o entrar en un ‘coma anestésico’- antes de caer en agua hirviendo. O dicho en “científico”: el polígrafo registra un súbito movimiento hacia arriba, seguido por una abrupta línea recta que indica inconsciencia. Por eso mismo se supone que los monjes tibetanos “notifican” a los alimentos, disculpándose en voz alta, antes de prepararlos o comerlos.

¿Por qué suelto todo este rollo? Porque me acordé hoy de esa historia, a pito de nada, y pensé que podía ser un punto de arranque interesante para un relato. Y así, jugando con la idea, se me vino a la mente un título: “¿Tienen sexo las verduras”?

La cosa es que se me ocurrió poner la frase en Google para ver con qué me topaba, a modo de inspiración. Claro, yo me estaba tripeando un relato rollo “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” pero con los más lustrosos exponentes de la huerta murciana en vez de los mencionados androides, y en lugar de sueños sexo a destajo mezclado con existencialismo verdurístico, todo ello ambientado en una especie de orgía futurista de lechugas y patatas. O en su defecto una historia de amor imposible entre un champiñón y un atún en lata con una coraza interna más difícil de perforar que la externa, a lo que se sumaría la tragedia de pertenecer a castas distintas. Se me ocurrió que podrían cobrar vida de noche, emulando a Toy Story… Pero entonces voy y me encuentro con que la realidad sexual de las verduras es mucho más trágica que lo que mi pérfida imaginación podría llegar a urdir, y que las pobres ni siquiera pueden elegir los sombríos “berenjenales” en los que se van a meter…

Primer resultado en Google: Una pregunta en el foro de Yahoo titulada “¿Cuándo puedo saber el sexo de mi periquito? ¿Qué frutas y verduras le puedo dar?”. Bueno, lo normal, un tema nada que ver que se coló en la búsqueda por un alcance de palabras…

Pero llegamos al segundo resultado: “Videos porno de frutas y verduras”. Y si alguien es tan naif como yo de pensar que se iba a encontrar con dibujitos o animaciones -tipo Pixar- de dos cebolletas tocándose los pelos con lascivia, no, tampoco era eso. Pero acá voy a culpar a la gramática antes que a mi candidez, ya que la frase correcta tendría que haber sido “videos porno CON frutas y verduras”. Lo que es muy distinto.

Pinché, claro que pinché. Y fui a parar a una lista de de Youtube Sexo, donde me encontré el siguiente desfile de delicias (sólo en la página 1):

– Poniéndome guarra con la sandíashutterstock_69144256
– Usuario se pajea con zanahoria en su culo
– Morena caliente jugando con calabacín
– Follando con verduras en la cocina
– Verdulera muy caliente
– La concha más rica de mi nena
– Un racimo de bananas para el muchacho pajillero
– Más guarra follando con berenjena
– Comete toda la fruta…
– Fetichista convulsiva de frutas y verduras
– Las maduras, como frutas y verduras… ¡para comérselas!
– Usuaria amateur follando calabacín
– Follando a mi querida con zanahorias
– Increíble fisting anal con dos manzanas  (éste en particular me dejó algo perturbada, para qué vamos a mentir).

Me pregunto con qué se hubiera encontrado el señor Backster, el ex agente de la CIA, si se le hubiera ocurrido enchufarles electrodos a las manzanas del último video y medir sus sensaciones -de la misma manera que se hizo con las verduras “desmayadas”- antes de entrar en tan estrechos y oscuros conductos (seguro que jamás soñaron semejante destino cuando eran semillas). ¿Cuáles habrían sido los resultados? ¿Espanto?  ¿Asco? ¿Fruta en estado zen? ¿Tal vez alguna manzanilla guarra por ahí temblando de placer? Llegados a este punto no puedo evitar pensar en el cuento de Bukowsky, “Quince centímetros”, sobre una muy malvada mujer que encoge con brujerías a su amante hasta dejarlo de un tamaño ideal para ciertos menesteres consolatorios…

Total, que visto lo visto estoy pensando cambiar el tono de mi relato y pasarlo al terreno de la denuncia social a través de la narración de las desventuras y desdichas de un grupo frutas y verduras prisioneras en la casa de un fetichista de lo verde. Y es que, ¡madre mía, cuánta maldad hay en el mundo! O sea, si no me convierto en la voz de tanto alimento explotado, no sé quién lo hará. Hasta se me han ocurrido algunas ideas para el primer capítulo, que podría llamarse “la rebelión de las frambuesas” o algo así. Después de todo, son las que más chungo lo tienen…

Un striptease, por favor

<a href="http://www.flickr.com/photos/14903578@N06/3906664713/">Tyler Durdan_</a> via <a href="http://compfight.com">Compfight</a> <a href="http://creativecommons.org/licenses/by-nc/2.0/">cc</a> Me pasa por no ir directo al grano. Por buscarle la “quinta pata al gato”, como decía la Elenita cuando yo era niña. Sabia ella, también decía mucho eso de “el que busca siempre encuentra”, una frase de lo más apropiada para el asunto que me traigo entre manos.

Hace algunos días, estando en la cama con un chico con el que últimamente me ha dado por irme a la cama (¡y a la ducha, y al sofá y a donde toque!), le solté la clásica pregunta de qué le gustaba en el sexo, para yo poder darle en el gusto. Confieso que al hacerlo no me movía tanto el altruismo erótico como el deseo de que me devolviera la pregunta y así poder plantearle un par de cosillas que me estaban apeteciendo. Sé que la cosa directa puede ser más funcional, pero tal como comentaba en el post anterior eso no siempre es tan fácil, por más disposición que haya, y al no sentirme muy segura del terreno que pisaba elegí ese recoveco por camino. “Total –pensé-, qué le puede apetecer que a mí no me guste. No es de los más hardcore, así que dudo que me salga con que se pone como una moto estrangulando mujeres hasta el éxtasis o que le va la lluvia dorada”.

– Me gustan los stripteases-, fue la automática respuesta.

Me quedé frita, como dicen mis amigos los Chamos. Veamos, yo estaba de lo más dispuesta a lanzarme a la aventura, pero no me esperaba eso. Probablemente porque nunca me había tocado. O sea, en esas lides soy una virginal y cándida doncella, jamás nadie ha perforado mi himen “striptisero”. Pese a ello puse mi mejor expresión de gata en celo, solté un par de mmmms para sugerir que la idea me parecía fascinante y aparqué las preocupaciones para más tarde. Total, todo es ponerse, dicen por ahí. Además, siempre se puede sacar un post de la experiencia 😉

 Paso 1: Elegir la canción.

No sirve cualquiera, sobra decirlo. Descartada de entrada la típica de Kim Bassinger en Nueve Semanas y Media, demasiado presente en el imaginario colectivo como para no sentirme una imitación barata de la rubia soñada de los 90 en versión Pocahontas trasnochada. Descartadas también aquellas demasiado “punchi-punchi” o que por su ritmo trepidante requieran excesivas demostraciones gimnásticas. No me salían ni en el colegio y me van a salir ahora, chorrocientos años después, pfff. Además, nada menos sexy que un baile erótico que termine con un batacazo y una pierna torcida. Finalmente, se caen de la lista las demasiado lentas ya que tienden a generar movimientos de culebra que no llevan a ninguna parte, sin contar con que no son las más aptas para el momento estrella de “me abro la camisa con fanfarria y lo dejo flipando”.

By Exey Panteleev (Flickr: Striptease) [CC-BY-2.0 (http://creativecommons.org/licenses/by/2.0)], via Wikimedia Commons

Paso 2: Elegir la ropa.

Los taconazos se ven muy bonitos en la tele, pero a menos que exista un hábito de uso se recomienda evitar alturas excesivas, sobre todo si no se cuenta con un caño de dónde agarrarse cuando una se ha puesto demasiado entusiasmo en un movimiento. La idea es verse sexy, no tambaleante y ridícula. Por razones lógicas quedan también prohibidas las bragas de abuelita, los sujetadores porfiados, las medias que estrangulan el michelín (rollito), las camisetas cerradas, los pantalones que te van a hacer saltar en un pie cuando te los estás sacando y los calcetines de futbolista. Se recomienda una camisa con botones de clip, falda o pantalón corto que se quite fácil, sujetador con cierre delantero y algún elemento para jugar, como una corbata. O mejor un sombrero, accesorio sumamente útil cuando se quiere retrasar más aún el momento de destapar las “sorpresas” del cuerpo humano. Porque al fin y al cabo en eso consiste el tema, ¿no? En demorar el festín y hacer sentir al otro que nunca ha visto lo que tantas veces ha visto, que tiene que esperar para tocar, que tiene un regalo sin abrir, nuevito y sólo para él, ahí esperando. Y claro, hacerlo sentirse deseado, muy deseado.

Paso 3: Elegir una cara de guarra

Siguiendo con la idea anterior, mientras más cara de guarra pongas, mejor, del tipo “esto es todo para ti papi, porque me tienes como una moto”. Y si se pueden lograr distintas versiones de la expresión, tanto mejor. O sea, y a mi parecer, ahí está el meollo del asunto, véndele eso y casi que va a dar igual cómo bailes… Siempre y cuando, insisto, el show no termine con un costalazo magistral y la bailarina toda despatarrada en el suelo. Porque si puede haber algo peor que caerse en medio de una performance de ese tipo es caerse frente al galán con cara de porno-star. Uf, papelón…

Paso 4: Ensayar frente al espejo.

Parece fácil, pero también aquí hay que tener en cuenta ciertas recomendaciones:

– No hay que documentarse de forma excesiva. Demasiadas imágenes de Jessica Alba o Demi Moore calentando la temperatura pueden terminar afectando la autoestima, sobre todo si se pertenece a la inmensa mayoría de los “normalitos”. Si tampoco se sale ganando en agilidad, la comparación definitivamente no será favorable. Mejor coger unas pocas ideas y apelar a la capacidad de innovación.

– Hay que tener cierto sentido del ridículo y estar dispuesta a no sentirse perturbada al ser una misma la destinataria de las caras de guarra mencionadas en el paso 4. Sonreír ayuda, si la del espejo te sonríe y se lo está pasando bien, tú también!

– Evitar las luces excesivas y los focos delatores.

– Elegir un momento apropiado. Empezar las contorsiones cinco minutos antes de que tu hijo llegue del cole o cuando has tenido un día de los mil demonios no parece lo más recomendable.

– Un poquito de por favor: Vale que nadie más está mirando, pero una depiladita básica puede evitar que una se auto-mate las pasiones en el camino.

– Un consejillo final, no nacido de mi experiencia directa pero casi: Si lo suyo no es el equilibrio y no tiene el espejo fijado a la pared… guarde las distancias!!! No importa lo hot que se esté encontando en ese momento, un exceso de entusiamo no vale siete años de mal sexo…

Mi vecina la gritona

gato enojadoLa primera vez que la oí no fui capaz de darme cuenta de que eso que oía eran los gritos de una mujer gozando. Era tal la ausencia de contención, tan profunda su estridencia, que lo primero que pensé fue que alguien estaba apaleando a un gato a escasos metros de mi ventana. Porque realmente parecía un gato -al límite de algo, luchando con uñas y dientes por defender alguna de sus siete vidas-, a tal punto que decidí vestirme para intentar averiguar cuál de mis desalmados vecinos se dedicaba a torturar animales indefensos a las dos de la mañana. Recuerdo que estaba en la cama con mi novio de aquella época, en medio de un polvo insípido que interrumpimos sin mayor drama, y que estuvimos un rato discutiendo sobre la conveniencia o no de buscarse líos con los vecinos cuando un sonido nuevo, contundente como un trueno, nos saco de nuestro error: El inconfundible sonido de un hombre eyaculando.

Después de esa primera vez hubo muchas, muchas otras. Casi todos los días de hecho, y al festín de aullidos y ruidos guturales se fueron sumando carreritas por pasillos y habitaciones, movimientos de muebles y risas post coito. Pasaban los meses, cambiaban los amantes (lo sabíamos porque hubo algunos más ruidosos que otros) y yo me debatía entre la admiración y la envidia por lo bien que se lo pasaba mi vecina de arriba.

Un día que salí a colgar ropa en mi balcón vi que del piso de arriba se había caído una maceta con una planta. La planta, aunque maltratada, había sobrevivido, así que  me apresuré en subir a devolvérsela, más por curiosidad que de buena samaritana, ya que me moría por conocer a ese personaje que en mis fantasías me imaginaba como una Sofía Vergara despampanante y envuelta en plumas, permanentemente hambrienta de sexo.
vecina
Cuento corto, la persona que me abrió la puerta era una mujer cuarentona (algo que para mí, con mis veinte años recién cumplidos en aquel entonces, era prácticamente equivalente a ser una anciana sexual), gordita, con el pelo mal teñido, unos vaqueros horribles y chanclas de goma. “No puede ser ella”, pensé, aunque tampoco era probable que tuviera una hija que se dedicara a chillar impunemente con su madre en la otra habitación. Pero toda su cara sonreía. Y cuando habló para darme las gracias me di cuenta de que sí, que tenía delante de mí a la responsable de tantos desvelos “voyeristas”. Su tono y su risa eran inconfundibles.

Más de una vez he leído en revistas y páginas de Internet que las mujeres hacen ruido durante el sexo para complacer a los hombres, que no es un ruido que se haga de forma natural. Y no me refiero sólo a aquellos casos en que la chica no se lo está pasando bien y echa mano de gemidos varios para apurar el trámite, hablo en general. De hecho, he encontrado un par de artículos que aluden a estudios científicos en los que se postula la intencionalidad de los sonidos sexuales de las mujeres. El científico Gayle Brewer, autor de uno de estos análisis, asegura que “el  momento  exacto  del  orgasmo  está  disociado  con  los  jadeos,  lo  que  indica  que  los  gemidos  se realizan  bajo  un  control  consciente de los mismos”.

Es verdad que cuando estoy sola y me masturbo casi nunca hago ruido. Sin embargo la primera vez que conseguí tener un orgasmo, después de un largo y frustrante proceso de búsqueda, fue tal su intensidad que recuerdo que vino acompañado de una explosión de jadeos y gemidos que yo no había puesto ahí, al menos no conscientemente. Y no tenía a nadie al lado mío quien impresionar en todo caso.

Tengo otro recuerdo que viene a poner en duda la rotundidad de los mencionados estudios. Es un poco más reciente, aunque igual han pasado algunos años. Fue después de una fiesta, una de esas espectaculares y apoteósicas que nunca se olvidan, sobre todo porque con el tiempo la prudencia aconseja espaciarlas cada vez más, por no decir abandonarlas. Yo estaba con un amigo y los dos habíamos tomado éxtasis en cantidades considerables, así que una vez que llegamos a casa nos pusimos a hacer lo mejor que se puede hacer en esos casos: follar. No voy a hablar aquí de lo espectacular que estuvo ese polvo (nada más lejos de mi intención que hacer apología a las drogas, a mí me han pasado alguna factura) pero sí de su final. Nunca había sentido tan fuerte la sensación de no ser yo la que estaba ahí, de entregarme de brazos abiertos a ese total abandono. Y nunca habían subido, ni volvieron a subir, semejantes sonidos por mi garganta. Sonidos animales, libres, rugidos vibrantes que retumbaban en mi sangre, que despertaban y sacudían todos mis órganos. Sonidos que no eran míos pero lo eran, y que no estaban ahí para complacer a nadie, sino que surgían de lo más profundo de mi propio placer.