Aquello que llamamos primera vez…

http://www.enjoyingchile.cl/web/package/san-pedro-de-atacama-pacote/Me gusta contar que a Ismael lo conocí en un terremoto. Y es verdad. Yo, una chica de colegio de monjas y universidad tradicional (si bien siempre me acompañó una cierta sensación de incomodidad, de no pertenencia, entre mis “pares”), tenía 19 años recién cumplidos, vivía con mis padres y estaba mochileando con una amiga en San Pedro de Atacama. Él, con sus 21 y su charme argentino a cuestas, era artista circense, vivía solo desde los 14 y se encontraba de gira con su compañía. Y ahí estábamos, dos personas de vidas totalmente opuestas, conversando sobre la inmortalidad del cangrejo en la cola del baño de un pub. Y pum! Terremoto grado 8 en el norte de Chile…

Me gusta recordar (aunque a veces me pregunto si no será un truquillo de mi memoria, ya sabéis que jamás recordamos cosas como realmente fueron, incluso siendo ésta nuestra voluntad) que todos corrieron menos nosotros, que nos quedamos ahí, hablando tan campantes mientras las paredes se derrumbaban a nuestro alrededor. Yo porque nunca les he tenido demasiado miedo a los terremotos (o tal vez porque me quería hacer la guay, ainsss, ¡memoria traidora!), y él porque, como recién llegado que era a mis sísmicos terruños, lo encontró todo la mar de divertido de puro novedoso.

Lo q creo recordar bien son dos cosas: por un lado una arrolladora seguridad en sí mismo (yo no la tenía, pero intentaba aparentarla), hecha carne en un cuerpo delgado y fibroso de piernas kilométricas, en el que me fijé por primera vez al día siguiente cuando nos encontramos por casualidad en una piscina de aguas termales. Piel por todas partes, tersa, viril, morena, y esas gotas de agua lamiendo su pecho, riendo cerca de su ombligo, escurriéndose hasta donde yo no podía llegar, entrando juguetonas en ese short vaquero minúsculo que usaba como bañador. Saboreaba yo como colofón una conversación jugosita hasta el pueblo pero me tuve que conformar con un rápido beso de despedida y verlo montarse en una bici destartalada -el cuerpo tatuado, los dreadlocks al aire, el short amarrado en el manillar y sus carnes sólo cubiertas con un calzoncillo mojado y unas Converse- y desaparecer dejando tras de sí una nube de polvo desértico.

Claro que hubo mucho antes de él, si bien con él hubo un antes y un después. Mucho y muchos, hombres que al pensarlos me hacían caer en agujeros de terciopelo, deseos convertidos en pulsaciones, cargados de fuerza; pero no así el ansia de dibujarles un cauce, de abrirles la puerta sin que nada más importara.

Lo otro que se me quedó grabado fue una conversación que tuvimos unos días más tarde, en la que empezamos a intercambiar confidencias e Ismael me contó que no le gustaba acostarse con chicas vírgenes, porque “eran un coñazo” (no fue con esas palabras, pero fue lo que dijo). Lo que a él le molaba, en resumen, eran tías que supieran lo que hacían, no a las que hubiera que entregarles un mapa o tratarlas como si se fueran a quebrar. Compañeras de cama, no aprendices ni cándidas doncellas.

Vale, no es que yo fuera una cándida doncella, pero por hablar claro no me había comido un rosco en la vida. Pero como el tío me tenía trastocada decidí “morir pollo”, como decimos en mis tierras. Hacerme la loca, como que la cosa no era conmigo. Intentar que no se me notara que no llegaba ni a ‘becaria’.

Era tanto mi entusiasmo, tantas mis ganas, que la primera vez que nos encontramos debajo de unas sábanas me lancé hacia su polla como si fuera el más apetitoso de los manjares, decidida a entregar mi mejor performance. En realidad no es que me costara mucho esfuerzo, el doble deseo -por su polla y por hacerlo bien- actuó como el mejor manual de instrucciones y mi amante derramó en mi cara un chorro ignorante y feliz. Y ya de paso, yo pude darme cuenta de los pocos melindres que tenía a la hora de entrar en terrenos nuevos en lo sexual.

Supongo que también intentaba compensar lo que veía como una carencia -mi falta de tablas- con una imaginación abierta, una disposición permanente, un deseo que se iba dibujando y abrazándose al de él a través de innovaciones exóticas, juegos variados y maratones sexo-festivas. Como sea, mi disposición, mezclada con su naturaleza, nos llevaron a un in crescendo invertido que partió por sus picos más altos, sobre todo el lo que respecta a confianza y comodidad (que no a fuegos de artificio). No fue por tanto mi primera vez un polvo tranquilo, tierno, dulce. Fue un polvo de descontención. Un ejercicio de voluntad, un arrojarme a lo que viniera de brazos abiertos, un reclamo de pertenencia: “Ésta también soy yo, esto me gusta, éste también es mi mundo. Y nunca más me vuelvo a quedar fuera”.

(Por cierto, que este post pretende dar respuesta -sólo en parte, pero es que de lo contrario me eternizo- a la propuesta que dejó mi colega Pablo, autor del blog Nadie nos entiende, en mi post anterior (Pasopalabra!), donde me propuso escribir sobre “cómo empezó todo, de cómo fue ese descubrimiento, esa curiosidad, y esa jugoso despertar de tu imaginación tan provocativa”).

El amante amnésico

No lo vi en una peli, me pasó a mí…

Conocí a Julián en un garito del centro, era el amigo del amigo de una amiga. No necesitó mucho para convencerme de acompañarlo: su cara de guarrillo, un desplante a prueba de balas  y un par de sonrisas fueron suficientes para que termináramos en su piso, ambos muy conscientes de lo que se estaba poniendo sobre la mesa: Unos polvos para aligerar el cuerpo, risas y ninguna preocupación por futuros inexistentes.

Y claro, así como llegó se fue. Después de unos cuantos encuentros intercambiando casas –cada vez más espaciados, nocturnos todos, circunscritos a los placeres de la carne y las confidencias eróticas– dejé de recibir mensajes y llamadas. Era más o menos lo que me esperaba en todo caso, así que no le di muchas vueltas, no me ofendí ni me lo tomé como algo personal. A lo más lamenté la pérdida de un compañero de juegos creativo y altamente satisfactorio, pero sin dramas. Por lo general no es difícil saber lo que se puede esperar de una persona cuando empiezas  a compartir cama, otra cosa es que muchas veces (cuando ese panorama que tenemos frente a nuestras narices no calza con lo deseado) elijamos hacernos los locos y soñar con un escenario distinto, contra todo pronóstico. No fue el caso.

fiestaDos o tres años más tarde, estando en una fiesta de esas apoteósicas, multitudinarias y megafashion, lo volví a ver, tomando una copa en la barra con el amigo de mi amiga. Supongo que habrá sentido mi mirada, porque se giró hacia mí y al ver que le sonreía me devolvió la sonrisa. Entonces se acercó, y justo cuando me disponía a saludarlo –“Hey, tanto tiempo, qué tal”- escuché sus palabras y me quedé patidifusa:

“Hola, soy Julián. Eres muy guapa. ¿Cómo te llamas?”

Supongo que soy una persona particular, porque en lugar de ofenderme, y tras la sorpresa inicial, le regalé un ataque de risa, seguido de un par de miradas de esas cargadas de significado. Pero ni con eso…

– ¿De qué te ríes? ¿Cómo te llamas?
– Tío, ¿no sabes cómo me llamo?
– No. ¿Tendría que saberlo?
– ¿De verdad no te acuerdas de mí?
– Mmmm…
– …
– Mmmm…
– …
– Mmmm…
– Hace un par de años… en tu casa… en la mía…
– ¡¡¡HOSTIA!!! ¡Claro tía, qué tal estás, cuánto tiempo!

Por lo general soy de las que intenta ver el vaso medio lleno, así que, en lugar de declararme insultada, elegí asumir su amnesia como algo dado y sentirme halagada por haber sido objeto de su interés y sus artes “ligatorias” en más de una. O tal vez simplemente soy una viciosilla que pone la posibilidad de un polvo rico por encima de su dignidad de amante no recordada. Sé que si la escena hubiera salido en una sitcom, el olvidadizo personaje habría terminado con un cubata derramado sobre su flamante camisa de fiesta. En mi peli, en cambio, terminamos en la cama emulando viejos tiempos. Unas cuantas veces. Hasta que dejé de recibir mensajes y llamadas…

Sexo con el pijo (II)

Image: 'Pleased with a Christmas present...' http://www.flickr.com/photos/52575223@N00/2229522617 Found on flickrcc.netLa siguiente (y última vez) que quedé con el pijo fue en mi territorio. Ya me había escrito varias veces haciéndose el lindo, y pese a mi alto grado de desencanto decidí darle una nueva oportunidad ya que, al fin y al cabo no tenía nada que perder, y en cambio sí tenía tiempo libre de sobra y unas cuantas semanas sin follar. Por otra parte, como esa noche estaba sola en casa, no iba a ser necesario ir a ningún hotel ni pasar por el momento “te toca pagar” que tan poco elegantemente me había advertido la vez anterior. Incluso me ofrecí a preparar algo de cenar, así de conciliadora me sentía.

Quedamos un viernes y esa semana fue un lío, así que recién a la salida del curro pude centrarme en mi próximo encuentro y ponerme a organizar la “logística” necesaria… Ir a comprar las cosas para la cena, cocinar, ducharme, depilarme, lavarme el pelo, alisármelo, maquillarme, ordenar un poco mi eternamente desastrosa casa y un par de cosillas más que se me escapan. Vale, no es que el pijo me quitara el sueño, pero tampoco me apetecía recibirlo en una pocilga, con el pelo pegoteado y las piernas más peludas que King Kong. Así que me puse el turbo y conseguí terminar con todo unos minutos antes de que llegara. Escenario perfecto…  ¿guión perfecto? Mmm, va a ser que no.

– “Hola, no quedaba vino en el supermercado así que no traje ninguno. Qué bien huele”.

(¡Yaaaa!)

De la cena recuerdo poco, alguna conversación insustancial y unos cuantos comentarios obligados y poco entusiastas sobre lo rico que estaba todo. Nada más terminar, se puso de pie y me preguntó si podíamos ir a la habitación. “Vaya –pensé-, viene con ganas. Tal vez la cosa promete más de lo que pensaba”.

Al entrar se sentó en la cama y se bajó los pantalones. Y aunque no suelo tener problemas con la ausencia de preámbulos (tampoco con que los haya obviamente, en la variedad está el gusto, pero a quién no le apetece un “aquí te pillo aquí te mato” de vez en cuando) me pareció raro que fuera tan directo al grano, ya que no se lo veía derrochando pasión precisamente.

– Me muero de ganas de que me la comas un ratito.
– Mmm, yo encantada.

No habían pasado ni dos minutos cuando, sin ningún tipo de aviso previo, sentí cómo se corría en mi cara. “Vale, la delicadeza tampoco se encontraba entre sus virtudes, pero dispuesta a ver el vaso medio lleno, pensé que al menos, si ya se había corrido una vez, iba a durar un poquito más que en el encuentro anterior… ¡o al menos un poquito más de dos minutos!

Pues no. Ante mi sorpresa (actualmente me sorprendo de haberme sorprendido, dados los antecedentes del caso) el tío se subió los pantalones y me dio un rápido beso en los labios.

– Me tengo que ir.
– ¿Estás de coña?
– No, ¿por qué?
– ¡Cómo te vas a ir ahora!
– Lo siento, tengo cosas que hacer.
– Pero tío, ¿me vas a dejar así? Si ni siquiera me he sacado la ropa.
– Bueno, así no te la tienes que volver a poner, menos trabajo para ti.
– Menos trabajo… pero tú… qué coño…
– No te enojes tontita, si es broma. Ya te lo compenso otro día.
– ¿Otro día? (¿ME ESTÁS TOMANDO EL PELO?)
– Ay tía, no des el coñazo. Además, la culpa es tuya
– ¿Perdón?
– O sea, si te comes la polla como si fueras una puta…
– ¡¡¡DESAPARECE DE MI CASA!!!
– Anda, no te cabrees, si es un cumplido. Te llamo, ¿vale?

Nunca me llamó, obvio, aunque a esas alturas tampoco es que lo estuviera esperando, y mucho menos deseando. Es que ni colgarle el teléfono me motivaba. Un par de años más tarde me llegó a la bandeja de entrada una postal de navidad, de esas sumamente horteras con estampa nevada y frase motivacional, dentro de un correo masivo. El mensaje decía algo así como “para mis queridos amigos, mis mejores deseos este año y siempre”. No pude evitar la tentación de responderle, aunque me obligué a ser breve: “Tío, al menos bórrame de tu lista de contactos”. La respuesta llegó en seguida, tan surrealista como él:

“Te incluí a propósito, porque te considero una amiga y te tengo aprecio, pero si vas a estar en esa parada, tú misma, te borro de la lista. De todas maneras te deseo una feliz navidad, aunque tú no me la desees a mí.
Un abrazo apretado
PD: El rencor no es bueno, no te hace bien…”

WTF!!!!!

En fin…

Sexo con el pijo (I)

Image: 'Un dia como una catedral' http://www.flickr.com/photos/56153908@N00/5164898168 Found on flickrcc.netAlto, atlético, guapo, perfumado. Sonriente, aunque con un leve rictus de asco. Jersey de rombitos, camisa dentro del pantalón y mocasines de cuero. Peinado perfecto. Madrileño y pijo hasta la médula…

Seguro que muchas (y muchos) tendréis al menos un pijo o pija auténticos en vuestro currículum.  El mío me “llegó” en un viaje de curro, para ser más exactos arriba de un avión… pese a que puedo imaginar pocos escenarios menos estimulantes para mi libido. Me dejé llevar por la novedad, supongo. Como era un vuelo chárter podíamos elegir libremente los asientos, y lo primero que me llamó la atención de él fue que me eligiera precisamente a mí como compañera de viaje. O sea, no había que ser demasiado observador para darse cuenta de que no teníamos nada que ver, por más que yo fuera disfrazada de persona seria y laboral.

Pero ahí estaba, al lado mío y con el diario descansando sobre las rodillas.

Total, que después de las frases introductorias de rigor nos pusimos a hablar de libros –tal vez no seamos taaan distintos después de todo, llegué a pensar- y me comentó que el fin de semana era la Feria del Libro en el Retiro, por si lo quería acompañar. Vale, me dije a mí misma, no hay que ser prejuiciosa. En una de esas no tiene la cabeza hueca y es buena persona. De cualquier manera, está bueno…

El paseo por el Parque del Retiro fue un poco soso y terminó en nada, pero yo seguía dispuesta a probar. A los pocos días me llamó para quedar y tomar unas copas (que pagué yo, por cierto, ya que oportunamente fue al baño después de pedir la cuenta) y al salir del bar decidió entrar en materia… aunque sin tirarse del todo a la piscina.

– ¿Qué haces ahora? ¿Quieres que te vaya a dejar a tu casa?
– Eeehhh… no sé, cómo veas – (mi nivel de motivación estaba en franco descenso).
– No, bueno, si quieres que te vaya a dejar te voy a dejar.
– Vale
– Bueno, mi casa está a dos cuadras de aquí.
– ¿Quieres mostrarme tu casa?
– No puedo, vivo con mis padres. Sólo te lo comentaba.
– Ah…
– ¿Vamos a la tuya?
– No puedo, vivo con mi hijo.
– Mmm… bueno, conozco un lugar súper chulo, y está cerca.
– ¿Ah sí? Eso suena interesante
– Sí, te va a gustar.

Tras unos minutos de conducción silenciosa el tío aparcó en un sitio eriazo, creo que por el barrio de Barajas.  ¿Perdón, qué, va en serio? Nooo, seguro que sólo ha parado por un ratito, me querrá decir algo, intentaba autoconvencerme. Hasta que lo vi reclinar su asiento y girarse hacia mí con cara de depredador.

– ¡Espera, qué haces! ¿Aquí?
– Cuál es el problema, si este sitio es tan bueno como cualquier otro. Venga, no te hagas la difícil, que sé que quieres…
– ¡Qué dices tío, que no tengo 15 años! Lo siento mucho pero no me apetece echar un polvo dentro de un coche, toda doblada, y para peor en medio de la nada.
– ¿Me estás hablando en serio?
– ¿Me estás hablando en serio tú?

Tras regalarme unos vistosos y muy poco adultos gestos de cabreo, encendió el motor. A esas alturas de la noche mis máximas expectativas eran que me fuera a dejar a mi casa y no me tirara un escupo en la cara, así que me quedé de lo más sorprendida cuando volvió a aparcar… en un hotel. Y aunque me soltó un “vamos” que más parecía un ladrido, aún así lo seguí. En parte porque no me apetecía quedarme tirada en un hotel perdido quién sabe dónde a las dos de la mañana, y en parte de viciosilla no más. O sea, ya estábamos allí, después de todo…

El polvo no fue de los peores que he tenido en mi vida, aunque como era de esperar el hombre no se prodigaba mucho con las manos (¡menos aún con la lengua!). Nada largo ni espectacular, pero al fin y al cabo ejercicio y ciertas cuotas de placer. Para bien y para mal, mi cuerpo es muy agradecido, así que no voy a decir que sufrí, o que sentí desagrado, al menos no en ese momento particular. Aunque me hubiera ahorrado el detalle del galán duchándose nada más acabada la “faena” (señal de alarma número… ¿cuánto? Ya perdí la cuenta).

Pero no terminó ahí la cosa. Al llegar el momento de pasar por recepción y pagar me quedó mirando en espera de que sacara mi billetera. Me hice la loca, ya que al fin y al cabo la idea había sido suya y ni siquiera me había preguntado, lo que implicó nuevos bufidos y caras raras, acompañados de la frase “el próximo lo pagas tú”.

Mmm, ¿perdón? ¿QUÉ PRÓXIMO?

(Pues sí, hubo próximo… por decirlo de alguna manera. Así de bobos somos a veces, hay alguna especie de placer masoquista en tropezar más de una vez con la misma piedra, no se me ocurre más explicación que esa. Pero esta historia ya se está eternizando, así que dejo en stand by la segunda parte. Para la próxima, jeje. Así voy creando suspense…)

Rigoberto Barreño

caballosYo tenía 12, él veintipocos…

Nos conocimos en el campo, donde la ‘mamá viejita’, una señora de edad incalculable, cuerpo pequeño y agilidad asombrosa que nos había invitado –a mí y a mis hermanos- a pasar un verano en su casa. Su hija, la Elenita, era la ‘nana’ en nuestra casa, una figura muy recurrente en las familias latinoamericanas de clase media (de ahí para arriba) con la que se suelen establecer relaciones de familiaridad y afecto, pero siempre con el componente patronal presente. Menos en el caso de los niños, claro. Los niños obedecían a los adultos y punto. Y si la Elenita decía “a misa”, a misa se iba…

La familia de la Elenita era una familia humilde y esforzada. Todos en el campo se levantaban temprano y se acostaban tarde, el trabajo era mucho y la retribución económica poca. De alguna manera se las arreglaban para tener un ayudante, que cuidaba los caballos y se encargaba de otras labores, Rigoberto Barreño, un huaso de tomo y lomo con poncho y ojotas de piel. O sea, un campesino del ‘Chile profundo’, si es que existe alguna manera de trasladar la imagen, sonriente y espabilado, que solía aparecerse, como por arte de magia, en el rincón más impensado de la casa. La mamá viejita lo llamaba “Barreñito” y siempre tenía un plato de sopa caliente para él.

No recuerdo el momento en que me lo presentaron. Ni la primera vez que me fijé en sus ojos, o en su alargado cuerpo moreno y fibroso. No solía fijarme en esas cosas, y es bastante probable que me hayan pasado desapercibidas en un principio. Pero sí recuerdo la emoción cuando se ofreció a enseñarme a montar, los paseos a caballo, la sensación de movimiento y efervescencia bajo mis muslos, las conversaciones vagando por los cerros (¡de qué hablaríamos, madre mía!), las ausencias cada vez más largas, la deliciosa turbación de tenerlo cerca, el acojone, la corrección de sus maneras y la incorrección de sus miradas…

Y entonces una noche después de cenar, cuando se iba para su casa, se acercó a mí para despedirse y aprovechando que nadie mirablenguaa me chupó suavemente la oreja mientras susurraba un “buenas noches” que detuvo el mundo. Ahí lo supe, supe con claridad absoluta cómo se siente que alguien te ponga, cómo grita la sangre y se despierta. Toda esa fuerza, toda esa revolución del cuerpo para mí fueron transmitidas como un latigazo en cámara lenta a través de ese rastro de calor y saliva que dibujó, con sus labios y su lengua, en mi oreja.

Y siguieron paorejasando los días, el tiempo marcado por sus apariciones, las esperas densas y cargadas de electricidad, la sensación de cambiar la piel, de ser otra distinta. Los primeros besos entre las piernas de los caballos.

Pero algo pasó, no sé qué aunque no es difícil de imaginar. Probablemente alguna mirada más cargada de lo conveniente o algún brillo traicionero en los ojos, puso a la mamá viejita en alerta. La cosa es que decidió seguirnos en uno de nuestros paseos. Y claro, se encontró lo que se tenía que encontrar, a su “Barreñito” detrás de unos matorrales entregado a besuqueos desenfrenados con la niña. Ufffff!

Todo lo demás vino como en un remolino. A mi romance de verano no le volví a ver el pelo, la mamá viejita, que ardía en indignación, lo invitó muy poco amablemente a desaparecer de sus dominios para siempre. A mí no me volvió a hablar y llamó a mis papás por teléfono para decirles que “algo terrible había pasado” y que tenían que ir a buscarme lo antes posible porque ya no me podía quedar ahí. Qué mal lo pasé esperando que llegara el día siguiente, muerta de vergüenza y anticipando una bronca de antología… Mis padres no sólo tenían que interrumpir sus actividades y manejar más de cinco horas para ir a buscarme, además me estaban echando por impura, por ligerita de faldas (o de orejas, para ser más exacta).

¿El final de la historia? Me recogieron unos circunspectos padres que ofrecieron las disculpas pertinentes por las molestias causadas. Cargaron mis bártulos. Hubo incómodas despedidas y mucha formalidad. Me subí al coche. Partimos. Silencio sepulcral. Pasaron varios minutos. Más silencio. Yo, mis 12 años y mi suplicio a punto de estallar.

Y entonces los que estallaron fueron ellos… pero a carcajadas! Tal cual. Ahí los tenía, delante mío, descojonándose hasta las lágrimas y haciendo chistes de lo más ingeniosos sobre mis particulares ‘inclinaciones campestres’. En mi familia siempre se ha llevado mucho eso del ingenio… y muy poco lo de la discreción, con lo que muy pronto todo el resto del clan familiar estaba enterado. Total, que me pasé incontables reuniones “arriba del columpio”, contraatacando la jocosa creatividad de la parentela con mis mejores recursos. Todos alcanzamos cuotas altas de sofisticación…

Sé que contada distinta esta historia podría llegar a producir espanto a más de un buen cristiano. Soy consciente del factor edad que contiene. Pero para mí no hubo nada de indecente en ella, nadie “me perdió” el respeto… En su lugar (y para compensar que soy incapaz de recordar mi primer beso, por insólito que sea) me dejó una historia entrañable y divertida sobre mi “primera chupada de oreja”. Que un día se convertiría en post. ¡Quién lo diría!

(Barreño seguro que no…)

Sexo epistolar con un espécimen de cuello y corbata

Esta historia tiene shutterstock_91163753ya tiempo y es tan real como las teclas que estoy aplastando al escribirla. Me acordé de ella hace poco, hablando con unos amigos sobre cosas insólitas que nos habían pasado, y pensé que podía ser divertido compartirla. Sin finalidad didáctica, sin moraleja de ningún tipo. Just for fun. Al fin y al cabo, esa es la idea…

Érase una vez yo, hace unos cuantos años. Debido al trabajo que tenía en esa época, cada cierto tiempo tenía que viajar a distintas ciudades europeas para asistir a presentaciones de productos, empresas e instituciones relacionadas con mi ámbito laboral. En este caso se trataba de una ciudad suiza, si mal no recuerdo, a la que llegué tras no pocos esfuerzos e intercambios de aviones y trenes. Los demás asistentes al viaje, procedentes de distintos países, ya habían cenado, así que pedí algo sólo para mí y me fui a dormir. Al día siguiente cada cual desayunó por su cuenta, aunque ya a la hora de comer pude conocer mejor al resto del grupo. Entre ellos había un francés, rubio, sosillo y con cara de no matar a una mosca, que se presentó amablemente a sí mismo como jefe de producto en Francia de la empresa que organizaba el viaje. Todo de lo más normalito, hasta que al ilustre individuo en cuestión, bien peripuesto y enfundado en su traje de hombre respetable, empezó a correrme mano por debajo de la mesa, sin aviso de ningún tipo (vamos, que yo no recuerdo ni siquiera una miradilla morbosa antes de que procediera con el sobajeo bajo mesa), mientras todos los demás masticaban inocentemente sus ensaladas.

Impactada y bastante descolocada, tras unos minutos en los que el tío no dejó de explorar lo que se le antojó con su mano juguetona (y sin que se le moviera ni medio músculo de su rubicunda cara de santurrón), me levanté y murmuré que iba al baño, porque no supe qué más hacer para poner fin al tema… Después de todo, era un viaje de trabajo, y tenía frente a mí a un montón de viejujos importantes que me explicaban cosas muy serias, ignorantes por completo de la partusa que se estaba desarrollando tras bambalinas. Pero no alcancé ni a llegar cuando me di cuenta de que tenía tras de mí al fogoso jefe de producto, quien se tomó mi huida como una invitación para echar un rapidito en el baño… ¿En el tiempo que nos tardaríamos en hacer pis? No, muchas gracias.

Total, que le pregunté muy gélidamente si necesitaba algo, me dijo que se había equivocado de baño y se descojonó de la risa. Y a mi regreso decidió dejar las manos arriba de la mesa… ¡para proceder a sobarme con el pie!

Evidentemente, nunca tuvimos la oportunidad de quedarnos solos, y ese mismo día yo debía regresar a Madrid, así que di por perdida cualquier esperanza de que pasara algo… Y es que a medida que avanzaba la jornada el francesito soso me iba pareciendo cada vez un poquito más interesante; después de todo, hay que estar muy seguro de uno mismo para hacer una cosa así, y a mí (como a casi todas) la seguridad es una cosa que me pierde. Pero es que además salió ingenioso el muchacho, ya que cuando me tocó irme se las arregló para acompañarme en el coche que me llevaba a la estación de trenes, y se sentó atrás conmigo tan campante, dispuesto a seguir con sus frustrados avances mientras el piloto y el copiloto miraban por la ventana.

No lo pude evitar. Aparte de “dejarme hacer” (ya de por sí bastante osado según pensaba yo en ese momento) le pasé un papelito arrugado que decía “You really have some balls!!!!”. Una sonrisa canalla y un papelito de vuelta, con la escueta frase de “Your email?” bastaron para terminar de cocinarme y mandarme a mi periplo de trenes y aviones en estado de ebullición. Nunca más lo volví a ver, pero durante meses mantuve con él una tórrida correspondencia vía correo electrónico –que, a todo esto, mejoró mucho mi conocimiento de frases subidas de tono en el idioma de Shakespeare- que recuerdo como sumamente estimulante y cada vez más intensa. O sea, que el hombre era un artista, y me ponía a full, sin siquiera estarnos comunicando en tiempo real. Una de las cosas que más me excitaba era imaginármelo diciendo guarrerías en francés, desnudo pero con la corbata puesta, ya que nunca había estado con un tío que usara corbata. Por cierto, sigo sin conocer la experiencia. ¿Algún candidato?

El “romance” epistolar, claro, murió de causas naturales, sin grandes lamentos por ninguna de las dos partes. Los mails aún los conservo, aunque no los comparto por respeto a su autor. Y respecto a la historia, nunca genera reacciones tibias. Cada vez que se la he contado a alguien ha despertado pasiones, dividiendo a la audiencia entre los horrorizados (“Dios mío, qué espanto, ¿y qué hiciste? ¿Lo denunciaste? ¿Gritaste? ¿Conseguiste que lo despidieran?”) , con los que nunca he llegado hasta el final, y los entusiastas (“nooo, no te creo, flipo, qué divertido, ¿y después qué pasó”? )

¿Vosotros qué pensáis?

(Y en cuanto a mí, todavía me pregunto a veces cómo habría sido echar un polvo con una persona que no tiene problema en poner en juego su trabajo porque le dio un calentón. Así sin más…)