Letras de adiós a una polla

A veces debes conocer al otro realmente bien para darte cuenta de que sois dos extraños
(Mary Tyler Moore)

Mi estimado, maravilloso, jugoso montículo de pulsión y sangre:

Crédito imagen: http://surprosur.com/2011/06/23/penemania/

Ha llegado la hora de decir adiós
De expulsar su paraíso de mi caverna.

Mi deseo ya rezuma máculas
Ha comenzado una batalla
De ausentes, de triunfos vacíos
Silente
No declarada.

Y nosotros aquí, en medio de todo…
¡Cuánto desperdicio!

Mi querido miembro, hermoso, arrogante
A ratos carne de mi carne
Ahora apenas rascacielos sin habitante
Pálpito cuajado
Tronco sin tierra, camino bifurcado.

Yo quería, usted quería
Más el querer no hace verano
es necesario despedirse
Mi sed anhela otros lagos.

Conmigo me llevo su llenura
Su honestidad depredadora
Y las veces que me enredé entre sus hilos dorados
Hasta diría que lo he amado

Pero a esas manos que lo mueven…
Ay!
A esas, imposible.

Mi polla querida
Mi marioneta perfecta
Reciba un beso póstumo de estos labios simultáneos.

 

(Crédito imagen: http://surprosur.com/2011/06/23/penemania/)

SOS relatos eróticos

Se me ha presentado la oportunidad de enviar unos cuantos relatos eróticos -algo así como un pequeño “muestrario”- a una editorial de esas serias, que te publican ellos las cosas y más encima te pagan, toda una rareza en estos tiempos que corren… Y claro, como no puede haber peor jueza en este espinoso asunto que yo misma, escribo este post con la esperanza de que vosotros me echéis una manito y me ayudéis a elegir… ¿Cuál ha sido el relato que más os ha gustado, el que consideráis más especial, el que está mejor logrado???

A modo de recordatorio, os dejo los links a los relatos (en el caso de los que van por capis el link es al capi 1), con los primeros párrafos para que sea más fácil recordar de qué va cada uno.

Y por supuestísimo… Muuuuuchas gracias!!!

 

Love story
love story 3-¿Estás listo?-, preguntó ella rozándole el lóbulo con labios deliberadamente húmedos, viscosos de deseo. Letras de miel caliente lo recorrieron, poseyéndolo como posee el sonido de la campana a un niño que espera ansioso la salida a recreo.
– Lo estoy.
– Entonces abre los ojos y mira lo que tengo para ti.

Le quitó la venda mientras hablaba. El parpadeó un par de veces para acostumbrarse al cambio de luz y levantó la mirada. Un hombre alto, más que él, y con una enorme polla en estado de semirreposo, lo observaba con curiosidad. Sintió entonces frío y recordó que estaba desnudo.

Candy

“Tampoco habrá suerte esta noche”, pensó. Si tan sólo fuera por ese espantoso negligé rojo del chino, incapaz por otra parte de contener la insatisfecha abundancia de sus carnes… Pero no, lo peor no estaba en el envase. Era ese deseo rancio que le brillaba en la piel como una mala crema, ese olor a herrumbre que se adivinaba emanando de su coño. No tragó saliva porque tenía la boca seca. “A ésta seguro que le gusta que se lo coman. Que no se me vaya a olvidar pedirle un vaso de agua”, se recordó.

Tras la ventana

Era una casa de esas para esperar dulcemente la muerte.
Con todo ya acabado.
Sin nada por hacer.
Cada cosa en su sitio, como una sinfonía visual.

Nada más entrar supo que muy pronto desearía pasar allí el resto de sus días. Comenzaba a necesitar la paz, y en esa casa se respiraba por todos los rincones. La claridad que entraba por sus grandes ventanales invitaba a la contemplación, no al movimiento. Y él estaba muy cansado.

Telarañas

PantherMedia A10981075– ¡Espera!
– ¿Qué pasa?
– Me duele
– ¿Te duele?
– Sí, no sé, me raspa
– Hmm
– ¿No tienes lubricante? Ponme un poco.
– ¿Ahora?
– No, mañana…
– ¡Es que no sé dónde está!
– Entonces para.
– ¿Cómo?
– ¡Que pares, joder! ¡Que te salgas!

De lejos parece una telaraña, pero al acercarse descubre que es la marca de una trizadura sobre el cristal. Le pasa el dedo índice por encima, con dilación, intentando volverse ajeno o al menos parecerlo. Ella coge el móvil y se dirige hacia el único rincón de la habitación donde no llega la luz, en un intento vano por ocultar sus murmullos. “Sí”, “ya sabes, el cabrón de mi jefe”, “no es nada amor”…

En la cama

Muy lejos del lujo que sugería su nombre, el Grand Castle Hotel era un viejo edificio ruinoso donde las parejas sin recursos iban a echar un polvo. Todo en él resultaba inquietante, desde sus pasillos oscuros hasta sus maderas crujientes, y más de un huésped se había ido con la sensación de que el esqueleto que soportaba el establecimiento respiraba bajo las descascaradas paredes que lo recubrían, atento a todo lo que ocurría. Como si su quietud fuese solo aparente, como si esperase algo.

Claro, también estaban las cucarachas, el moho en las paredes de los baños –compartidos cada dos habitaciones- y el frío que se colaba entre medio de las grietas en invierno. Además de otros inconvenientes que ya me habían sido advertidos por una amiga que había estado un par de veces con su novio. Pero a mí no me importaba nada. Sus puertas se me antojaban la entrada al paraíso.

La danza del adiós

Cinco años y veintitrés días después se mirarán por última vez, casi de la misma manera en la que se miraron en aquel bar cuando todo comenzó: Como si supieran lo que está por ocurrir y no terminaran de creérselo.

Volverán a saltar al unísono hacia lo desconocido, aunque a diferencia de la primera vez no los unirá un abrazo. En cambio, se impulsarán el uno al otro en direcciones opuestas, con estudiados movimientos de bailarines, en una danza en la que nadie tenderá la mano a nadie porque tanto él como ella codiciarán para el otro la prisión que abandonan. Y así, volverán a cambiar el territorio, y pensarán nuevamente que “está todo bien”, sin recordar que eso antes ya lo hicieron, mientras marcan el número del colega de turno para comunicarle las novedades.

El próximo tren  (éste va completito, jeje)

Se suelta la mano. Se cierra la puerta. Se va el tren…

No grita, no se mueve, debatiéndose entre la confusión y el llanto, los ojos fijos en la negra boca del túnel que se tragó a su madre. Intuye que quedándose quieto todo será como antes. No intuye que el hombre de la sudadera gris ha dejado pasar nueve trenes. Ni que tiene una casa con juguetes y golosinas, y un álbum de Los Vengadores en su habitación. Sólo importa que regrese su madre. “Tranquilo chaval, espérala conmigo”, le susurra con voz de ángel, empujándolo suavemente hacia una promesa.

Antes de que empiece mañana

Él la recoge a las 10 en punto. Todas las veces ha llegado a las 10 en punto, así ha sido, invariablemente, desde que se encontraron en el funeral de la madre de Paco. ¿Cuántas veces habrán quedado ya, 12, tal vez 15? Ella perdió la cuenta. Pero siempre es igual. Toca el timbre, espera abajo, cuando la ve aparecer por el portal saluda con una inclinación de cabeza, le abre la puerta del coche, le da una mirada fugaz al reloj que lleva en la muñeca, cierra la puerta y entra él.

El amor en los tiempos del látex

Tomar aire, subir la reja, abrir la puerta –dos vueltas, llave grande, llave pequeña-, desconectar la alarma, poner la calefacción, colgar el bolso y la chaqueta, encender el ordenador, expulsar aire…

En cuanto comenzaba el ritual su boca se llenaba de un sabor a monotonía y polvo que variaba sutilmente según el día de la semana: Los lunes venían con un regustillo a albarán, los martes a limpiacristales, los miércoles al cartón de las cajas del pedido… El sábado era el único día en el que sus tareas se limitaban a la atención de clientes (su primo finalmente había aceptado que ajustara las labores a la afluencia de público), y con el tiempo se había dado cuenta de que era el día que más odiaba de todos: imposible de fraccionar, inconquistable. Como su soledad.

Hambre 

parejaConserva en sus entrañas la misma urgencia de tiempos vividos, y es lo primero que pone a sus pies, como un regalo. Está más delgado, ajado por el paso de los años, pero ella apenas alcanza a registrar esa información, porque nada más verla se le arroja encima como un animal hambriento, devastando sus defensas con el acero de su mirada y la bravura de sus besos. Ni siquiera abandonan el pasillo. Él le arranca la ropa y ella se deja. Le exprime los pechos como si quisiera robarle alguna verdad, los lame con lengua rasposa. Ella deja ir la piel que la recubre y gime una confesión que él no puede entender, mientras su cerebro flamea en pequeñas explosiones de dolor aterciopelado. La gira y la recuesta sobre el piso.

Carne de diván

– ¿Por qué me citaste tan tarde?

– Porque quería ver si eres tan sosa de noche como de día. Ya veo que no.
– Extraña respuesta para un sicólogo. ¿Eso se supone que tiene que mejorar mi autoestima?
-No sé, dímelo tú. ¿Cómo te hace sentir mi respuesta?
– Vaya, lo mismo de siempre, no te gusta lo que te planteo y me sueltas una pregunta capciosa.
– A mí no me parece que sea lo mismo de siempre. ¿Por qué te pusiste maquillaje para venir hoy?
– ¿Maquillaje? ¿Yo?
– Sí, no es que te hayas pasado ni nada, pero nunca usas y se nota. Llevas polvos en la cara, máscara de pestañas y un poco de brillo en los labios. ¿Vas a quedar con alguien después de salir de la consulta o te has arreglado para mí?
– Ricardo, déjalo, que esto se está poniendo raro. No está bien que me hayas citado a esta hora, ni que me digas esas cosas…
– Pero igual viniste, porque estás buscando algo. Y no eres indiferente a lo que te digo. Puedo verlo. Puedo olerlo.

Love story

love story 3-¿Estás listo?-, preguntó ella rozándole el lóbulo con labios deliberadamente húmedos, viscosos de deseo. Letras de miel caliente lo recorrieron, poseyéndolo como posee el sonido de la campana a un niño que espera ansioso la salida a recreo.
– Lo estoy.
– Entonces abre los ojos y mira lo que tengo para ti.

Le quitó la venda mientras hablaba. El parpadeó un par de veces para acostumbrarse al cambio de luz y levantó la mirada. Un hombre alto, más que él, y con una enorme polla en estado de  semirreposo, lo observaba con curiosidad. Sintió entonces frío y recordó que estaba desnudo.

– Te presento a Adriano, es de Brasil. Adriano, éste es Carlos.
– ¿En serio Pame?-, murmuró girando el cuello hacia atrás. ¿Un mulato?

Por toda respuesta ella le dio un cachete en el culo, tan fuerte que le dejó un par de dedos marcados. Después se sentó frente a él en el sofá.

– Ya te vale-, insistió él.
– Agradece que no tuve tiempo para más. Aunque dudo mucho que se pueda mejorar lo presente-, contestó ella dirigiendo una de sus más encantadoras sonrisas al brasileño, que se afanaba en mejorar las proporciones de su ya descomunal miembro.

Al encontrar en sus palabras la invitación que estaba esperando, el mulato se acercó a ella y la besó, acariciándole al mismo tiempo un pezón con sus dedos oscuros. Ella aceptó el beso, dejando escapar un gemido al sentir el contacto de sus yemas en el pecho, pero después lo apartó con suavidad.

– No, no es conmigo la cosa, es con él. Yo sólo voy a mirar. O al menos eso creo.
– Vale. ¿Qué tengo que hacer?
– Quítale el plug y fóllatelo. Con ganas.
– ¿Es su primera vez?
– Es su primera vez con una de verdad. Y no te preocupes, que es él quien va por ahí pidiendo caña. Digamos que se lo ha buscado.
– Bueno, tú mandas…
– Adriano.
– ¿Sí?
– Hasta el fondo.

Ya desde la primera embestida fue incapaz de saber si lo estaban llenando por completo o dejándolo en el más absoluto vacío, como si cada órgano, hueso o gota de sangre se hubieran retirado a algún rincón oculto, porque era tanta polla, tan gruesa y tan dura, que no había sitio para más y hasta el alma se le salía por entre medio de los dientes apretados. Obediente, el monstruo que tenía el mulato entre las piernas se revolvía en él como un puño furioso. Un dolor subterráneo le explotó dentro, escupiendo en su interior pequeñas crisálidas de placer que empezaron a subir por su espalda hasta la nuca y el cráneo. Gritó con hondura, y al final de su grito se encontró con una legión de seres alados que lo invitaban a flotar en una danza de vértigo. Entonces lo comprendió. El universo entero estaba dentro suyo y se movía en círculos. Maravillosos círculos.

Embriagado de sí, todo abismo y agujero, descargó el poderío de su goce en un chorro espeso que se estrelló contra la pared. Adriano se retiró al instante, una gentileza nacida del hábito, y se sentó en el borde de la cama acariciándose el miembro con apetito domesticado. Carlos dirigió entonces la mirada hacia el sofá, para encontrarse con esa sonrisa burlona que conocía tan bien. Ella no dijo nada, pero los vellos revueltos del pubis y sus labios hinchados la delataban.

– Te crees muy guay ¿no? Toda compuestita en tu sofá…
– Jajaja, más que tú al menos.
– Sin embargo ya no llevas las bragas. Veo que te has unido a la fiesta.
– No me pude resistir. Ha sido un espectáculo… fantástico.
– Toda una experiencia, sin duda. Por cierto Adriano, ¿cuánto te debo?
– Quita, quita, que yo pago.
– Mmm… sólo si me dejas que te folle yo ahora.
– Lo estoy deseando…

No lo acompañaron hasta la puerta para no vestirse. Sus cuerpos, reverdecidos bajo la mirada ajena, se buscaron sin necesidad de preámbulo. Fue un polvo rápido, como una caída en un solo acto por un tobogán de felpa, y al llegar abajo descubrieron que había en el mundo algo nuevo, tal vez un olor distinto. Y con eso sobraba de momento.

– Me he quedado con su número por si en algún momento me da un antojito a mí. Por supuesto, estás invitado a mirar si quieres. No te importa, ¿verdad?
– No, claro que no.
– Gato…
– ¿Sí?
– Te amo
– Y yo a ti gatita. Gracias. Gracias por todo.
– Me alegra que te haya gustado el regalo. No se cumplen 40 todos los días. Pero ahora vístete, que hay que ir a buscar al niño al cole.

love story 3Se quedó mirándola mientras se agachaba para recoger su ropa, como si fuera la primera vez. Pensó que podría amarla sin esfuerzo hasta el día de su muerte. Pensó que cualquier día podría morir tranquilo…

Un cuento para no masturbarse :)

Descaradamente he decidido copiar una idea de mi estimada bloguera Contessa Pandora y compartir con vosotros un relato antiguo, si bien no tengo escritos tan ‘antediluvianos’ como los de la colega, que se encontró con un texto de sus 15 primaveras (el continuo maltrato al que someto a los aparatos que me rodean me ha llevado a presenciar la muerte de varios ordenadores y portátiles, con todos mis documentos incluidos, a lo que se suma mi reticencia a hacer respaldos, contratar seguros y ahorrar en general). Aún así, mi relato tiene la respetable antigüedad de 10 años y tres meses, que ya es algo. Aprovecho su escasísimo -por no decir nulo- contenido erótico para dedicárselo a todos mi amigos “juguetones” que me reclaman el insuficiente poder masturbatorio de mis letras, con mucho cariño y algo de malicia 😉

Con vosotros…

El Colorao no vuelve
flaquito

No se podría decir que abrió los ojos. Hizo el movimiento pero la orden no llegó del todo, como si sus párpados quisieran continuar pegados, unidos por una fuerza que superaba con mucho al hilo de voluntad que les ordenaba separarse. Se incorporó con pesadez y algo parecido a la cautela, como si estuviera toreando en cámara lenta un susurro que lo invitara a volver a un abrazo acogedor, y tanteó la silla que tenía junto a su cama, y que hacía las veces de mesita de noche. Sintió la aspereza del plástico y las pequeñas estrías de los cortes que había hecho uno de sus nietos con la navaja del vecino, seguramente el más chiquito, ese al que se le veían siempre las costillas, hasta cuando estaba vestido. Flaquito le decía él, de cariño. El ruido del vaso al caer, más la sensación de que algo no terminaba de cuajar, de que algo faltaba, le dieron un tirón a su sopor. Se restregó los ojos con fuerza y maldijo en silencio, al decidir que la cocina estaba demasiado lejos, y tras el retumbar de aquellas palabras mudas se fue formando un bostezo que se quedó inacabado. Lo que sintió bajo su mano ciega era ahora suave, el algodón que aún conservaba la tibieza de la cercanía con su cuerpo antes dormido, y palpó por segundos la misma tela que tantas veces vio lavar a Ramona junto al río, cuando todavía estaba, cuando juntos les sobraba el ánimo. Se acordó de Ramona mientras se ponía la camiseta, siempre se acordaba de ella cuando se le atascaba la cabeza, el cuello demasiado estrecho, porque entonces se reía con esa risa que era como agua fresca, casi tímida, aunque en el último tiempo estaba tan gastado el cuello que había cedido un poco. Una vez que la tuvo puesta del todo se volvió a tender en la cama y empezó a desenredar las pesadas mantas de entre sus piernas, dando pataditas suaves y cortas. Así se quedó un rato, pedaleando en el aire, escuchando su respiración agitada e imaginando el vaho gris de las mañanas heladas que debía estar saliendo de su boca, como el humo de un cigarrillo fumando con apuro fuera de la mina, y esa respiración más suave que parecía hacerle eco. El pantalón de lanilla no estaba cerca, al menos no respondía al llamado de sus manos, que se deslizaban con pereza sobre el colchón, como si acariciaran una piel. La piel de Ramona. Pensó que seguramente se habría caído junto con algunas mantas, y tuvo que agacharse y andar un rato a gatas por el cuarto. Olía a orines ahí abajo. Cuando encontró lo que buscaba y estaba por sentarse nuevamente, un granito de cemento se le enterró en la rodilla. Lo sacudió con un movimiento rápido y luego se pasó la mano por la piel marchita, para sentir el pequeño surco que había quedado en la pierna, cerca de la cicatriz que se hizo la vez que le cayó la viga encima, ese día que el Colorao era aún un niño, tan lindo como el Flaquito, y se le ocurrió llevarlo al trabajo. Pero ahora estaba en la cárcel, y la Mirta no quería a los hijos del Colorao, y sólo quería cuidar a los suyos, y los pobrecitos andaban todo el día dando vueltas por la casa, sin jugar con los otros porque a ella no le gustaba, y el Flaquito dale que dale con la navaja, rallando las maderas de las murallas, escarbando en el piso, siempre con esa carita de pena, y a él que le gustaría tanto llevarle por las noches una cosita, un engañito cualquiera, un caramelo que sea para sacarle una sonrisa a esa carita triste, le gustaría tanto, aunque igual tendría que llevarle a todos, a los de la Mirta también porque ellos no tenían la culpa, y por eso no le decía a su nuera que se fuera. Eso pensaba mientras se estiraba el pelo hacia atrás con un poco de saliva, poniendo toda la palma sobre la cabeza, escuchando el tenue rasgar de su mano callosa contra la frente. Entonces recordó que estaba atrasado y se puso los pantalones con apuro, conteniendo el gesto de hastío con esa disciplina añosa que le permitía evocar sin derrumbarse cuando Ramona aún estaba viva y le lavaba los calzoncillos, y entonces sí tenía calzoncillos limpios que ponerse bajo los pantalones, aunque parecieran tener el olor a tierra húmeda impregnado. Volvió a agacharse, para colocarse los zapatos, y un mareo le hizo apoyar la mano en la silla, hundiéndolo en un blanco que hirió por segundos la oscuridad del lugar. Atontado, parpadeó varias veces antes de incorporarse, siempre con la mano apoyada en la frío lomo de la silla, seguramente cerca de donde estaba la quemadura más grande, la de la semana pasada, porque la silla ya no tenía esa superficie lisa y brillante de cuando la compraron y las cosas a veces se caían. Cogió la chaqueta del clavo. Al salir de la habitación pasó junto a la ventana y se dio cuenta de que ya estaba amaneciendo. Apuró el paso, pero al llegar a la puerta se paró en seco y giró el cuerpo. Entonces tomó las cerillas que estaban junto al hornillo en la cocina, las que usaba para prender la vela y no despertar con la luz de la bombilla desnuda al niño que dormía a su lado desde que su padre se había ido. Las dejó sobre la silla antes de cerrar la puerta.

Que sepas que he muerto mirándote a los ojos

Fuente: http://www.london.anglican.org/life/funerals/Mi adiós es un adiós de besos al aire.
De andenes solitarios.
Sin espectadores…

Más un adiós necesario.

Mi asfixia es hija de tus garras.
De tu ausencia.
Y yo me retuerzo bajo tus cadenas, toda mi lucidez malograda…

De nada sirven ya mis espasmos,
abandono la resistencia.

Porque la debilidad siempre es más fuerte.
Destruye toda simiente.
Y después sobra silencio.

Que sepas que he muerto para ti porque así lo has querido.
Que sepas que he muerto mirándote a los ojos.

Así, con todo el morro…

foto-post-concurso

Se que os debo una entrada hace rato, pero no sabéis la ilusión que me hace lo que os voy a contar…

Os invito a leer mi último relato, escrito para participar en el concurso de relatos eróticos de Malicieux. Podéis leerlo (y votarlo, que no me enojo) haciendo clic aquí. La forma de votar es de lo más tierni… al final de relato aparece un corazoncito, si pincháis en él ya estáis regalándome un voto.

Y sí, me da un poquillo de pudor esto de autopromocionarme (no soy particularmente fan de los concursos en los que uno mismo tiene que currarse el voto y tocarle las narices a amigos y conocidos), pero la verdad es que muero por hincarle el diente a ese premio -juguetitos, juguetitos, vengan a mí- ya que hace muuucho que no puedo renovar mi stock y salvo el vibrador Bcute Classic Curve que me enviaron recientemente para escribir una reseña, a mi cofrecito happy le salen teralarañas ya… Es que esto de la crisis es muy malo!

Bueno, no doy más la lata. Ojalá que os guste!!!!

Besos y abrazos

Ava

 

 

Candy

candy

“Tampoco habrá suerte esta noche”, pensó. Si tan sólo fuera por ese espantoso negligé rojo del chino, incapaz por otra parte de contener la insatisfecha abundancia de sus carnes… Pero no, lo peor no estaba en el envase. Era ese deseo rancio que le brillaba en la piel como una mala crema, ese olor a herrumbre que se adivinaba emanando de su coño. No tragó saliva porque tenía la boca seca. “A ésta seguro que le gusta que se lo coman. Que no se me vaya a olvidar pedirle un vaso de agua”, se recordó.

– Hola, soy Luisma. Ya estoy aquí.
– Mmm… puedes llamarme Candy.
– Candy. Ya… ¿Te importa si uso el baño?
Se dirigió hacia el interior del piso pero al no obtener respuesta se giró, sin saber qué camino seguir. Ella parecía aún más confundida. Cuando habló por fin, a él le pareció que su voz era todo lo contrario que su aspecto: ingrávida casi, entre la insignificancia y la dulzura. Le recordó el sonido de un arpa vieja.

– La segunda puerta, allí -indicó con el dedo-. Pero por favor no te tardes. Sólo me alcanza para una hora.

La vergüenza ralentizaba sus palabras. Era tan evidente que casi podía masticarse. Él no llegó a conmoverse, pero sí a darse cuenta de que hace algunos meses se hubiera sentido más predispuesto a ser amable. Ahora sólo le quedaban unos pocos recursos, y todos ellos habitaban en la periferia de su corazón. Haciendo un esfuerzo rascó un poco dentro de sí, pero más que nada porque ponerse en evidencia era de alguna manera compartir.

– Tranquila. Eso no te lo cobro. Sólo cuando los dos estemos listos.

Había pocas cosas que agradecer aquella noche. Tal vez la protección que le ofrecían las descascaradas paredes rosa del baño, pero era efímera. Al menos se alegró de no haberse hecho una paja antes de salir de casa.

 

(Por cierto, la imagen es de http://www.superbwallpapers.com/)

Relatos eróticos para concursar

concurso dolce lovePara qué andamos con cosas. La gran mayoría de los lectores de blogs escribimos en blogs (no sé como coño aterriza el resto de la peña en estas páginas perdidas, pero ese ya es otro tema). O sea, que somos una tribu a la que le encanta teclear, y en este mundillo aún más particular de los blogs de sexo lo que se estila es “hacerle al relato erótico”. Yo la primera, claro.

Por eso, a falta de un post “de los míos” (la escasez de tiempo repercute directamente en mi capacidad creativa, vaya novedad) paso a ofreceros otro lapsus informativo, que estoy segura de que interesará a más de uno: un concurso de relatos eróticos.

El concurso es de Dolce Love, la misma empresa que está buscando asesoras de Tuppersex (si os interesa el tema, leer el post anterior, Dolce Love ‘calling‘) y va por su segunda edición. El premio no es para infartarse, 150 euros y la publicación del relato erótico en el Blog de la Doctora Miss Love, pero ya que haya vil metal de por medio es bastante para los tiempos que corren, y francamente… al final lo que más nos gusta es que nos lean!!! De hecho yo ya tengo un par de ideas para participar. Si consigo que me salga un relato digno lo compartiré con vosotros, aunque una vez finalizado el concurso, ya que el asunto tiene que ser inédito (haberlo sabido antes, puf!).

Los textos deben tener entre 300 y 3.000 palabras y pueden presentarse desde ya y hasta el 30 de noviembre, tiempo en el que, al recibo de cada uno de los relatos, se subirán a la red social de Facebook para que los seguidores de la marca puedan votar sus relatos eróticos favoritos y así salgan los finalistas del concurso.

Una vez finalizado el plazo se dejará un mes más (hasta el 31 de diciembre) para las votaciones, a fin de que todos tengan oportunidad de promocionar su relato y de conseguir que la gente lo lea. Tras ese tiempo, los doce relatos eróticos más votados pasarán a la final, y un jurado, compuesto por Venus O’Hara y la dirección de Dolce Love elegirá el relato ganador haciéndolo público el 15 de enero.

Eso sería. Si no sabéis por dónde empezar a tirar del hilo, aquí os copio unos ‘tips’ de Angie, responsable del concurso: “Tened en cuenta que la originalidad hará que vuestro relato sea más votado, así como la forma en que lo promocionéis vosotros”.

Bueno, creo que no me dejo nada en el tintero… salvo mi relato, jijiji, y por supuesto un link a las bases! 🙂

Mucha suerte, mis queridos competidores!!!

 

Tras la ventana (y V)

KONICA MINOLTA DIGITAL CAMERAAcercándose lentamente hasta ella, le puso las manos sobre los hombros y los acarició con avidez. Había algo inabarcable en el contorno de su piel, algo que se deshacía y volvía a renacer, cobrando en cada toque una forma distinta. No importaba dónde se detuviera, si en los huesos de su clavícula o en la curva de su espalda; algo de él se hundía dentro de ella, y una vez dentro era como si no pudiera volver a salir, y simplemente se adentrara cada vez más. Por un instante sintió que si seguía tocando no quedaría nada más de él, y no le pareció una mala manera de irse.

Ella asintió con una sonrisa leve y se pasó la lengua por los labios, y él tuvo la sensación de que saboreaba sus pensamientos.

La besó entonces, primero con suavidad y después con más ímpetu, concentrándose en raspar de sus labios esponjosos toda la humedad y el calor que le ofrecían. Pero sólo consiguió acrecentar su hambre. Y entonces, como si siempre hubiera conocido el camino, acercó su boca a los pezones oscuros de la mujer, que le esperaban un poco más abajo, poderosos y erguidos. Cerró los ojos y chupó, incapaz de hacer otra cosa, y sintió en seguida que lo invadía una sensación tan dulce que casi llegaba a ser insoportable. La deseaba y se ahogaba al mismo tiempo, sin poder detenerse. Ella le cogió la cara con delicadeza e hizo que la mirara.

– Tranquilo. Hay de sobra.

Quiso responderle que estaba tranquilo, pero en cuanto intentó hablar empezó a salirle leche de los labios. Se dio cuenta entonces de que por los pechos de ella corrían dos hilos blancos que bajaban hasta perderse en su vientre.  Retrocedió, sintiendo que estaba a punto de desmayarse.

– ¿Qué es esto? ¿Quién eres?

– Quien tú quieras que sea.

– ¿Eres mi madre? –le preguntó, sintiéndose inmediatamente estúpido.

– ¿Quieres que sea tu madre?

La mirada de ella se volvió felina y la voz un susurro casi inaudible, pero aún así había una carga en sus palabras, como si él pudiera palpar la tentación que le ofrecían. Por unos instantes se sintió inclinado a decir que sí, a abrir esa puerta y ver qué había detrás de ese abrazo tan ansiado. Nada podía ser peor que el vacío… Sin embargo sacudió la cabeza en señal de negación, si bien no del todo sometido a su renuncia.

– Si no lo eres en realidad, pues no. No quiero que lo seas.

– Realidad. Curiosa palabra.

La miró entonces con más cuidado. ¿Por qué estaban conversando? Tenía a una mujer hermosa y desnuda frente a él, y se encontraba a punto de embarcarse en una discusión existencialista.

Cogiéndola de la mano la llevó hasta el sofá y la tumbó allí. Había algo conmovedor en la docilidad de sus movimientos, como si de pronto se hubiera aburrido de los juegos y hubiera decidido entregarse de alguna manera, más allá de lo físico. Recostada sobre los blancos almohadones, con las piernas ligeramente abiertas, toda ella era una invitación y todo preámbulo un estorbo.

Al penetrarla supo que no había más hogar que ese, y que cualquier otro sitio tendría el sabor de la huída. Pese a que entró en ella con deferencia, una embriaguez efervescente le recorrió el cuerpo con violencia, untando una sensibilidad nueva en cada centímetro de piel viva. No había ya en él trazo alguno reconocible, todo parecía haberse fundido en un punto único, como si su cuerpo al completo fuera un enorme y burbujeante glande a punto de ebullición. Abrió la boca, pero en vez de notar cómo se liberaba su rugido lo sintió retumbar en su interior, deslizándose denso y caliente por las paredes de su garganta hasta deshacerse en su estómago.

No llegó a saber si eyaculó o no, simplemente se perdió en la totalidad de su orgasmo. Suspendido en un espacio indescriptible -¿cómo poner en palabras aquello que se encuentra  al mismo tiempo en el pico más alto de la más alta montaña y en el punto más profundo del más profundo de los océanos?-, sintió que volvía a nacer, ingrávido e inmaculado. Lo invadió un sueño profundo y se dejó acunar por sus brazos, Entonces lo supo: Nada podía herirlo, ya nada tenía forma a su alrededor. Lo único que tenía que hacer era flotar…

– Lo siento, esto no tendría que haber pasado. Se supone que hay reglas- la oyó decir, pero como si estuviera muy lejos de él. Responderle le costó un enorme esfuerzo, sólo quería dormir.

– ¿Cómo dices?

– Aún no era el momento, ella no está lista… – la escuchó decir, pero su voz ya parecía venir de otro mundo. Él alcanzó a murmurar una respuesta incomprensible, más parecida a un gemido que a otra cosa, antes de dejarse ir del todo.

pintura parto 1A la mañana siguiente no recordaría nada. Ni siquiera el golpe que tuvieron que darle -el primero de tantos- para que lograra respirar. Su madre daría a luz sin perder esa expresión de hastío que se había vuelto cada vez más frecuente en su rostro, y dejaría el hospital sin mirar atrás ni una sola vez, arrastrando su cuerpo prematuramente envejecido lejos de allí. Ese malestar en particular pronto se convertiría en un recuerdo lejano, y sólo el líquido pegajoso  brotando con desgana de sus pezones le recordaría -durante un puñado de días- lo que había dejado atrás.

 

(Nota que no sé dónde poner: Las imágenes las encontré en Internet y representan pinturas de la artista Beti Alonso. No la conozco de nada, pero me topé con su fanpage de Facebook. Por respeto a su trabajo os dejo el link: https://www.facebook.com/betialonsopintora)

 

Tras la ventana (I)
Tras la ventana (II)
Tras la ventana (III)
Tras la ventana (IV)

Tras la ventana (III)

http://www.fraper.es/portal/cuadros/452-cuadro-jarron-azul-con-flores.htmlHabía pasado más de una semana cuando ella entró por primera vez. Él había dejado de estar pendiente de cada sonido que se desvanecía al otro lado de la puerta una vez que se daban las buenas noches, si bien le seguía costando conciliar el sueño. De alguna manera no había dejado de esperarla del todo, pero como se espera que Dios responda a una plegaria: Todo fe, sin asideros. Por eso, aunque había fantaseado recreando la escena decenas de veces durante las noches anteriores, no supo cómo reaccionar y fingió dormir.

Ella se acercó con sigilo y se sentó en el borde de la cama. Él, boca abajo y desnudo bajo el edredón, recibió el palpitar furioso de su corazón como un anuncio de algo y apretó los párpados.

– ¿Estás despierto?

Sus palabras se vaporizaron en el aire, más livianas que un susurro. No hubo respuesta, pero ella no se fue. Permaneció allí, sentada a su lado, y comenzó a acariciarle el cabello muy suavemente. Pasados unos segundos volvió a hablar.

– Quédate aquí. Quédate conmigo.

Retiró el edredón con cuidado, hasta dejarlo a los pies de la cama. Aunque él no podía verla se la imaginaba perfectamente, absorta en su empeño de no interrumpirle el sueño. Entonces le pasó los dedos por la espalda, como un aprendiz respetuoso que entra en contacto por primera vez con las teclas de un piano, con una liviandad cargada de respeto. Él suspiró, muy quedamente, porque no podía evitar sentir que la estaba engañando.

– Shhhhhh…

Continuó tocándolo mientras tarareaba una canción que él desconocía. Sin aumentar la intensidad de sus roces, poco a poco fue adueñándose de porciones más extensas de su cuerpo, hasta alcanzar con sus yemas perezosas los glúteos –“apenas unos instantes se queda en ellos, ¿por qué se va tan pronto?” – y ya después las piernas. Y entonces comenzó a ascender nuevamente, sin prisa pero esta vez un poco más decidida, un poco más familiarizada con sus llanuras y sus rincones. Él volvió a suspirar y elevó ligeramente las caderas, en parte para dejar sitio a su ya considerable erección, en parte para participar de alguna manera del ritual que se estaba llevando a cabo sobre su piel hambrienta. Como ella no se detuvo, él no volvió a moverse. El enjambre que tenía entre las piernas reclamaba su atención, pero parte de sí estaba fuera de su cuerpo, junto a ella, observando su propia carne yaciente, apenas un accidente entre sus sábanas por capricho del destino.

Quietud y silencio. Cómo los aborrecía de niño. Qué delgada le pareció en esos momentos la línea que separaba el placer del dolor. No el de los artilugios, el de verdad. El dolor de los que están solos.

Pero entre los dedos expertos de la mujer que le ofrecía cobijo todo se desdibujaba. Moldeable como el barro e ingrávido, como si se disolviera y flotara al mismo tiempo, conoció por primera vez el deseo de llorar. Lo hubiera dado todo porque el tiempo se detuviera, por no salir nunca más de esa habitación ni de ese universo hecho de piel y recovecos, en el que ella era la fuente de toda vida y toda felicidad.

http://www.fraper.es/portal/cuadros/452-cuadro-jarron-azul-con-flores.htmlAprovechando una pausa en sus caricias se giró. Aunque ella echó levemente el cuerpo hacia atrás él no fue capaz de percibir en su gesto el aroma de la fragilidad y estiró un brazo para tocarla. Al hacerlo pasó a llevar el jarrón azul que había junto a la cama, que se estrelló contra el suelo escupiendo al quebrarse sus flores envueltas en un chorro de agua turbia.

Antes de que alcanzara a balbucear una disculpa ella le posó los dedos sobre la boca, con una sonrisa leve. Entonces se puso de pie, sus largos cabellos negros cayendo libres sobre sus hombros, los pies descalzos y apenas un ceñido camisón blanco para cubrir sus formas, y se fue como había llegado, sin emitir una palabra, sin dejarle un gesto en el que buscarla.

No fue un pensamiento, sino una imagen lo que se quedó en él cuando ella cerró la puerta: Una postal vieja, que algún amigo del coronel se dejó olvidada en la cabaña de la playa, en la que dos niños de pantalón corto sentados en las rodillas de Papá Noel parecían burlarse con sus pequeñas sonrisas congeladas de todo aquel que estuviera fuera de la imagen, mientras que de fondo deliciosos manjares los esperaban sobre la mesa junto a un árbol colmado de regalos sin abrir.

Tras la ventana (II)

Tras la ventana (I)

Tras la ventana (II)

No dijo nada, tan sólo le hizo un gesto con el dedo y él la siguió hasta una habitación que se encontraba al final del pasillo. Estaba decorada con sobriedad y buen gusto, y ya al primer vistazo se dio cuenta de que se trataba de un cuarto de invitados, lo que en parte le extrañó. En realidad, no sabía muy bien qué esperar. Al buscarla con la mirada reparó en un jarrón azul (¿sería de porcelana? él no sabía de esas cosas) lleno de flores frescas. Empezaba a producirle cada vez más curiosidad la mujer que tenía al frente.

– ¿Para qué las flores?
– ¿Cómo dices?
– No entiendo. Acá no duerme nadie, ¿no? Todo está en su sitio y no se ven objetos personales por ninguna parte. ¿Quién las aprovecha? ¿Las flores?
– Tú.
– ¿Yo?
– Por ejemplo.

Iba a decir “eso es ridículo, no tenías cómo saber que yo vendría”, pero algo lo impulsó a callar. No quería molestarla. Y, sobre todo, no quería empezar a quitar capas tan pronto, porque una vez alcanzado el centro ya no sabría qué hacer. Además, ¿para qué arrebatarle su juguete? Su misterio era como una sombra que, más que oscurecer, refrescaba.

– Me gustan las flores -murmuró de pronto ella, interrumpiendo sus pensamientos-. Así de simple. Desde niña. ¿A ti no?
– Me dan un poco igual. Quiero decir, nunca he gastado dinero en ellas. Pero viéndolas aquí me parecen casi…
– ¿Si?
– Sé que suena ridículo, pero iba a decir “necesarias”.
– ¿Ridículo? Para nada. Me parece un comentario bastante penetrante.

“Penetrante”. Le bastó escuchar esa palabra para sentir como si lo despertaran de una bofetada. La mujer que lo miraba con intensidad no sólo seguía siendo hermosa; era como una invitación, toda ella. Podía sentir como la turbación reptaba por sus muslos hasta hacer nido en su entrepierna. Carraspeó, porque no supo que más hacer, y se acercó al marco de la ventana, dándole la espalda. Había empezado a llover.

Ella comenzó a hurgar en uno de los armarios. Pasados unos minutos, que él agradeció, le tocó con suavidad un hombro. En lugar de girarse él cerró los ojos, sintiendo como llegaban hasta sus labios oleadas mansas de un sabor dulce, a la vez conocido y olvidado, al que no supo dar nombre.

– Probablemente quieras darte un baño. Sobre la cama he dejado toallas limpias y un cepillo de dientes. Es la segunda puerta a la derecha.
– ¿Estás segura de que quieres que me quede?
– No te tardes. Se enfría la cena.

en la ventana_ok

Casi no pudo dormir en toda la noche. La posibilidad de que su anfitriona apareciera en el marco de la puerta era como un manto que todo lo cubría, meciéndolo y manteniéndolo despierto al mismo tiempo. Recién cuando comenzaba a clarear consiguió cerrar los ojos un par de horas, rendido el cuerpo al fin ante su ausencia. Al despertar la encontró fumando en el balcón. Ella no lo vio entrar, miraba hacia la calle, atrapada al parecer por pensamientos profundos. Si no fuera por el movimiento del humo que de desenroscaba de su cigarrillo él hubiera creído encontrarse frente a un cuadro. La mesa estaba puesta: Gruesas rebanadas de pan rústico, huevos revueltos recién hechos, café y zumo de naranja natural. No supo qué decir, así que simplemente tosió. Ella se puso de pie, aplastando la colilla en un enorme cenicero de colores chillones.

– Buenos días- lo saludó con una sonrisa amplia, acercándose a la mesa y alcanzándole un tazón humeante- El café era sin leche, ¿no?
– Buenos días. Sí, gracias, me gusta solo.
– ¿Has descansado algo? Anoche parecías… intranquilo.
– Ya, ehm… perdona si te desperté.
– No te preocupes. Estaba despierta.
– No suelo moverme tanto, no sé qué me pasó. Y además tu cama no ayuda. ¿No conoces Ikea acaso?
– Es una reliquia familiar, dejémoslo ahí. De cualquier manera se duerme muy bien en ella pasados unos días. Ya te acostumbrarás.

Dijo “ya te acostumbrarás” como quien dice la cosa más nimia, mientras mordía un trozo de pan, y él sintió como si lo trasladaran a otra realidad de un empujón, una en la que estaba bien acercarse y abrazarla, hundir la nariz en su pelo e incluso llenarse la boca con sus pechos generosos. Pero él seguía siendo el mismo, un intruso sólo, incapaz de fundirse con el nuevo escenario. En cuanto a ella, parecía cambiar de sitio todo el tiempo, como si todas las reglas le valieran.

– ¿No tienes que irte a currar? Ya es tarde- comentó él por quebrar el silencio.
– No, trabajo en casa. Y además he decidido tomarme unos días libres.
– ¿Para qué?
– ¿Cómo que para qué? Tú estás aquí, ¿no?
– Ya, eso es lo que no entiendo. No me conoces, y aún así me has invitado. ¿Dejas entrar a cualquier extraño que toca a tu puerta?
– Me gustan las historias. Vivo de ellas. Y quiero ver a dónde me lleva ésta.
– Pero aún así, ¿no te da miedo?
– Sentí que querías estar aquí, que era importante- respondió ella encogiéndose de hombros.
– Te estoy hablando en serio.
– Yo también. ¿Qué quieres que te diga? No eres un desconocido, o al menos no del todo. Eres el hijo adoptivo del coronel Adriasola, Isabel me habló de ti y no creo que vayas a hacerme daño. ¿Me vas a hacer algo malo, Pablo?
– No. Al menos nada que tú no quieras.

Esperaba un leve estremecimiento al menos, un gesto, una mirada de complicidad. Y como su imaginación solía ir muy por delante de lo que creía posible, llegó a imaginarla incluso abriéndose el camisón frente a él, al embrujo de sus palabras. Pero nada. Ella siguió comiendo sin alterarse, como si digerir su frase fuera una parte más del proceso alimenticio que estaba llevando a cabo de forma tan concienzuda. Él no pudo evitar sentirse molesto, de alguna manera traicionado por su silencio. ¿Qué se traía esa mujer entre manos? ¿Qué coño estaba haciendo él allí de todas maneras?

– Muchas gracias por el desayuno, estaba buenísimo, pero es hora de partir- dijo sin poder disimular la irritación en su voz.
– ¿Partir? ¿A dónde?
– ¿Cómo que a dónde? No sé si lo recuerdas, pero llegué hasta acá buscando a alguien.
– Ya. ¿Y sabes por dónde seguir tu búsqueda?
– No, pero yo…
– ¿Entonces cuál es la prisa?
– Si no me voy ahora más tardaré en encontrarla.
– Por favor, no te vayas. Al menos no todavía.

Nadie, hasta ese momento, le había dicho nunca “no te vayas”, y eso que se había ido de muchos sitios. Ni siquiera el coronel. No hizo falta más. Estaba acostumbrado a ignorar su necesidad de los otros como los pobres ignoran el hambre, porque no le quedaba otra, pero no sabía lo que era sentirse necesitado. Mareado de pronto por la evidencia de que ella deseaba su presencia cerró los ojos, buscando en la oscuridad un asidero. Ella lo rozó con delicadeza, sin posar del todo sus dedos en el brazo que tenía delante. Su tacto ligero le recordó a la brisa fresca de una noche de verano, y le pareció que ningún día podía ser demasiado largo si ella le esperaba en casa. Sin saber por qué, se le vino a la mente la imagen de Torpedo, un gato callejero al que alimentaba en secreto cuando niño. Tal vez porque su pelo era inexplicablemente suave, inexplicablemente blanco. Como un refugio.

– Si quieres puedo ayudarte a recoger la mesa- dijo sin más. Ya con eso se sintió más liviano.

Tras la ventana (I)

Tras la ventana (I)

(Para mi madre)

ventana

Era una casa de esas para esperar dulcemente la muerte.
Con todo ya acabado.
Sin nada por hacer.
Cada cosa en su sitio, como una sinfonía visual.

Nada más entrar supo que muy pronto desearía pasar allí el resto de sus días. Comenzaba a necesitar la paz, y en esa casa se respiraba por todos los rincones. La claridad que entraba por sus grandes ventanales invitaba a la contemplación, no al movimiento. Y él estaba muy cansado.
Y luego estaba ella, de pie en el marco de la puerta, con un café humeante en la mano.
Un café y una promesa, de tantos ofrecimientos por cumplir.
Para él.

Encendió un cigarrillo, expectante. Ella, pese a su pulcritud, no le devolvió un gesto agrio. Ni siquiera vaciló. Simplemente le ofreció un cenicero.
Ya con eso deseó abrazarla.
En su lugar dejó descansar las yemas de su mano izquierda sobre el brazo del sofá. Con suavidad. Era casi como tocarla. De alguna manera mujer y espacio eran todo uno allí. Ella era ese hogar, cada rincón, cada pared pura. Y él tenía maletas para deshacer.

No lo interrumpió mientras se bebía el café. Ni un gesto sutil para meterle prisas. Calor y silencio entraron en su cuerpo, inundándolo de sensaciones nacientes. Y al otro lado ya no había vacío, estaba ella con sus formas rotundas y el latido que se adivinaba entre sus pechos.

Se acercó para devolverle la taza. Un poco más. Sólo un poco… Tuvo que esforzarse para enmascarar su avidez. Respiró con suavidad.

En contra de lo esperado, no había un llamado en su aroma. Era agradable, como a bizcocho mojado en leche y tal vez algún otro ingrediente secreto, pero él había imaginado otra cosa.

– ¿Y bien?-, inquirió, aún sin rastros de impaciencia.
– Soy Pablo. Y usted Raquel, ¿no?
– Por favor, trátame de tú. Creo que aún puedo permitirme ese lujo.
– ¿Cómo?
– Digo, que tampoco soy tan vieja…
– Oh, no, por supuesto que no- dijo él evitando su mirada. Ella calló y se dirigió hacia la ventana.

– No sé si Isabel habló contigo.
– Sí, si habló- respondió ella añadiendo una pesada suavidad a sus palabras-. Pero siéntate. Acá estarás más cómodo.

Dijo “acá estarás más cómodo” y él sintió deseos de llorar. La comodidad no era para él más que un sustantivo, como tantos otros aprendidos a golpes, del que sólo tenía la cáscara. Se dirigió como hipnotizado al sofá en el que ella ya le esperaba. Era blando y olía a limpio.

– Pablo…
– ¿Sí?
– Pablo -repitió ella como sin animarse a hablar, cogiéndole una mano. Él cerró los ojos y se dejó ir, sintiendo cómo ese primer contacto traspasaba su piel para envolver algo que no sabía que tenía dentro.
– Me gusta cómo suena mi nombre entre tus labios: Pablo.
– Temo que has estado siguiendo una pista falsa. Yo no soy tu madre.
– Eso es imposible.
– Imposible sería que lo fuera. Nunca he tenido hijos. No puedo tenerlos.

Entonces la miró, largamente. La transformación no se produjo de golpe, sino que de forma gradual, como si ella se desvistiera frente a él con cierta pereza y fuera dejando caer las ropas a sus pies. Y así, en los instantes en los que ninguno habló, fueron resbalando entre sus curvas maduras todos los revestimientos maternales con los que él había alcanzado a cubrirla desde que cruzó el umbral de su puerta.

– Lo siento mucho- murmuró él con un tono mucho más seco del que hubiera querido- Lamento haberte hecho perder así el tiempo. Igual me lo podrías haber dicho por teléfono.
– Te ves cansado- dijo ella pasando por alto su última frase-. Muy cansado. ¿No quieres quedarte hasta mañana? Siempre habrá tiempo de encontrar a la mujer que buscas.

Volvió a mirada, esta vez ya como un repaso. Aún no había llegado a los 50 y sin duda se conservaba bien. Sería de las que trotaba todas las mañanas por el Retiro, o tal vez se daba sus buenas palizas con el Pilates. Ella pareció percibir ese descaro que empezaba a asomar entre sus ojos pardos y le regaló una sonrisa insondable.

No. Definitivamente la mujer que tenía al frente no podía ser madre.

Un lunes cualquiera

salón ventanales luzEra una casa de esas para esperar dulcemente la muerte.
Con todo ya acabado.
Sin nada por hacer.
Cada cosa en su sitio, como una sinfonía visual.

Nada más entrar supo que muy pronto desearía pasar allí el resto de sus días. Comenzaba a necesitar la paz, y en esa casa se respiraba por todos los rincones. La claridad que entraba por sus grandes ventanales invitaba a la contemplación, no al movimiento. Y él estaba muy cansado.
Y luego estaba ella, de pie en el marco de la puerta, con un café humeante en la mano.
Un café y una promesa, de tantos ofrecimientos por cumplir.
Para él.

Encendió un cigarrillo, expectante. Ella, pese a su pulcritud, no le devolvió un gesto agrio. Ni siquiera vaciló. Simplemente le ofreció un cenicero.
Ya con eso deseó tocarla.
En su lugar dejó descansar las yemas de su mano izquierda sobre el brazo del sofá. Con suavidad. Era casi como posar sus dedos sobre ella. De alguna manera mujer y espacio eran todo uno allí. Ella era ese hogar, cada rincón, cada pared pura. Y él tenía maletas para deshacer.

No lo interrumpió mientras se bebía el café. Ni un gesto sutil para meterle prisas. Calor y silencio entraron en su cuerpo, inundándolo de sensaciones nacientes. Y al otro lado ya no había vacío, estaba ella con sus formas rotundas y el latido que se adivinaba entre sus pechos.

Se acercó para devolverle la taza. Un poco más. Sólo un poco…

– Te necesito- le murmuró al oído.
Ella titubeó, por primera vez.
– ¿Cómo dice?
– Que te necesito.
No fue una mirada larga, pero él pudo ver que ella entendía, y se sintió desnudo. No era muy listo para esas cosas, pero en ese momento comprendió lo que era traspasar lo evidente. Se lo había enseñado ella al leer en sus ojos, en un breve trayecto en que lo había cogido de la mano y lo había invitado a embriagarse con su luz.
– Te necesito- volvió a repetir, esta vez alto y claro.
– Ya, pero yo no- le contestó ella sacudiendo la cabeza, y de pronto su voz dejó de ser hermosa-. Salvo para que me cambie el router, claro. Así que hágame el favor de ponerse a trabajar de una vez, o tendré que llamar para pedir otro técnico.

Telarañas

PantherMedia A10981075

– ¡Espera!
– ¿Qué pasa?
– Me duele
– ¿Te duele?
– Sí, no sé, me raspa
– Hmm
– ¿No tienes lubricante? Ponme un poco.
– ¿Ahora?
– No, mañana…
– ¡Es que no sé dónde está!
– Entonces para.
– ¿Cómo?
– ¡Que pares, joder! ¡Que te salgas!

De lejos parece una telaraña, pero al acercarse descubre que es la marca de una trizadura sobre el cristal. Le pasa el dedo índice por encima, con dilación, intentando volverse ajeno o al menos parecerlo. Ella coge el móvil y se dirige hacia el único rincón de la habitación donde no llega la luz, en un intento vano por ocultar sus murmullos. “Sí”, “ya sabes, el cabrón de mi jefe”, “no es nada amor”…

Sigue desnuda, y aunque protegida por las sombras, éstas se niegan a cubrir del todo su silueta ligeramente encorvada. Él gira con calma la cabeza y la mira, porque de pronto puede hacerlo. “Si el arrepentimiento tuviera forma -piensa-, sería como esos dos pechos caídos. La forma de lo que ya no está, el peso de lo perdido”.

Antes de coger sus cosas le da un último vistazo a la habitación. Unos cuantos cabellos abandonados sobre la almohada, restos de labial y wishky en un vaso de plástico, la ropa de ella colgando con descuido de una silla. Nunca antes lo había notado, es ropa vieja. Cientos de veces utilizada y lavada. Pero ya ni imaginar sus carencias le conmueve.

Ella apenas parece notarlo, ni siquiera suelta el teléfono. Él no dice nada. A sus espaldas deja la puerta entreabierta, pero sólo por no hace ruido al salir de su vida.

Vladmina & Sambayé, príncipes del caos (y III)

(Por Mauricio Olivera)

Vladmina & Sambayé, príncipes del caosLa de Ljudmila es una familia gitana descendiente de los primeros bohemios húngaros que llegaron a Europa en el siglo XV a través de la actual República Checa, dispersándose desde allí y proliferando en todos los sitios imaginables, entre ellos Croacia y Rumania, donde alrededor de 50.000 serían enviados a campos de exterminio por los gobiernos locales adictos al nazismo durante la Segunda Guerra Imperialista. Los sobrevivientes proseguirían su destino errante desde Europa Central hacia el suroeste (otros, más visionarios, emigrarían hacia el oeste y el sur), donde los bisabuelos de Ljudmila se establecerían finalmente en tierras de la antigua Yugoslavia. Los abuelos heredarían la tradición nómade huyendo de la proscripción del gobierno socialista, desde Croacia hasta lo que es hoy Bosnia-Herzegovina, Albania y Kosovo. Los padres, albano-kosovares musulmanes, terminarían siendo desplazados también al estallar la última de las Guerras Balcánicas, entre 1999 y 2001, llevándose consigo a sus tres hijos y poca cosa más a bordo de un carromato de tracción humana que aún conservan y en el cual el padre recoge muebles viejos y otras porquerías de los contenedores. Un cuarto hijo nacería en su paso por el norte de Italia y otros tres tras su asentamiento definitivo en las barriadas del sureste madrileño.

Ljudmila y su familia residen en una tienda miserable junto al viejo carromato en el poblado de La Cañada Real. Ljudmila es la menor de los tres nacidos en Djakovica antes de la guerra y la migración forzada; el mayor está actualmente en la prisión de Soto del Real por robo con violencia y el segundo se encuentra en un hogar de menores en riesgo social, tutelado por la Comunidad de Madrid, asimismo por conductas delictivas. Ambos son analfabetos, al igual que Ljudmila y sus padres. Los cuatro pequeños, si bien aún tampoco leen ni escriben, asisten casi a diario a un centro educativo donde les facilitan un almuerzo nutritivo y gratuito de lunes a viernes. Ljudmila ha debido trabajar en la calle desde tiernos años, mendigando y luego más crecidita empuñando el acordeón del abuelo, para aportar a la subsistencia del grupo familiar con un escuálido pero valioso puñado de monedas. Los padres de Ljudmila son personas de piel amarillenta, oscura y muy arrugada, aparentan 50 años cada uno pero tienen poco más de 30. Sus dientes son amarillos y carcomidos y les faltan varios. Son seres taciturnos, enjutos e irascibles. Estas gentes, tanto o más desfavorecidas que las procedentes de la región subsahariana, suelen exhibir defectos físicos como estrabismo, o lesiones deformantes en las extremidades inferiores, a veces producidas por minas antipersonales o por raquitismo; van descalzos en invierno, limpian los parabrisas de los automóviles en las esquinas de las avenidas ante el furor de los conductores y, en ocasiones, son detenidos por la Policía y llevados a tristes calabozos. Ljudmila tiene la piel clara y sonrosada y sus dientes son como pétalos de margarita perlados, pequeños y perfectos. Sus orejitas parecen de mazapán, provocan deseos de morderlas, de comérselas a pedacitos o al menos de chuparlas con fruición. Su barbilla también es perfecta como toda ella.

Ljudmila me acompaña caminando las pocas cuadras que distan hasta mi piso, llevando el acordeón en la espalda, enfundado en una tela rectangular como si de un saco o un bebé se tratase. Ljudmila no ha escuchado hablar del “porraimos” ni entiende una palabra de romaní; su lengua natal es, de hecho, el albanés. Al llegar a mi casa, se queda junto a la puerta con su bulto en la espalda, algo encorvada. Le indico que puede dejarlo en el suelo y le pregunto si quiere comer.

-¡Sí!, dice al instante abriendo sus redondos ojos como si no probase bocado en semanas.

-Pasa, siéntate le indico, ella camina con timidez hacia un pequeño living-comedor-estudio habilitado con un par de tumbonas y yo entro en la cocina y preparo un bocadillo de chorizo y queso y saco dos botellines de cerveza rubia del refrigerador y lo llevo todo hasta una mesita de centro frente a donde ella se ha sentado. Cuando ve la cerveza parece asustada y se excusa con un gesto de su mano, diciendo “No, yo no cerveza”, con su vocecita y su acento deliciosos. Le ofrezco un jugo que acepta y cuando regreso con él ya ha devorado casi la mitad del bocadillo. Evita mirarme mientras come, o me mira de reojo y cada tanto pasea la vista inquieta por toda la habitación, con curiosidad, para luego volver a mirar la mesita mientras sigue arrancando dentelladas al pan y masticando animadamente; dejo el vaso de jugo en la mesita frente a ella quien lo toma sin soltar el pan y se lo bebe de unos cuantos tragos, le ofrezco más y asiente con la cabeza. Parece una huérfana, sin serlo, una chiquilla abandonada de una novela de Dickens, a ratos una ardilla mordisqueando una almendra a la vez que vigila su entorno.

Me siento en la otra tumbona con una cerveza, mirándola. Ella ahora me devuelve la mirada y me sonríe, su sonrisa resplandece en el espacio que nos rodea y aún más allá. Cuando termina de comer se bebe el segundo vaso de jugo y sigue examinando el decorado y el mobiliario de mi living. Le pregunto por su pueblo natal, devastado por los bombardeos aéreos y los francotiradores; le pregunto por sus padres, hermanos y abuelos; quiero saberlo todo, le pregunto por su periplo hasta estas calles inhóspitas y me lo cuenta todo con estremecedora simpleza y candidez. Después de un rato, con el corazón a mil y la cabeza zumbando me pongo de pie y le digo “Ven”. Ella se incorpora sin titubear y me sigue hasta el dormitorio, donde se queda mirando la cama de dos plazas.

-Ven, le digo nuevamente entrando en el pequeño baño frente a los pies de la cama. Ella me sigue.

-Date un baño, le digo y descuelgo una toalla seca que doblo y deposito sobre la tapa del WC, al lado de la ducha. Señalo los grifos: “¿Sabes cómo funciona esto?” Ella niega con la cabeza, de modo que pongo a correr el agua de la ducha a una temperatura muy agradable. Entrecierro al salir la puerta del baño, mientras ella ya ha comenzado a quitarse la ropa. Huele bastante mal, ella y su ropa, evito tan siquiera pensar en tocarla o en hacerle nada sin una ducha. “Tómate todo el tiempo que quieras”, le digo y me siento a esperar a los pies de la cama.

Unos diez minutos más tarde sale del baño llevando encima la toalla a modo de capa y el pelo estilando. Se queda de pie mirándome a unos pasos. Me levanto y camino hasta ponerme detrás de ella, cojo la toalla con suavidad y la levanto hasta su cabeza y comienzo a secarle el pelo. Ya no huele mal. Huele a jabón, toda ella y su pelo. Se lo ha lavado con jabón. Permanece inmóvil mientras le seco el pelo, luego los hombros, la espalda y los brazos. Vuelvo a sentarme en la cama con la toalla en mis manos, la dejo en una esquina de la cama y ella queda completamente desnuda a medio metro de mí. Hace ademán de cubrirse con los brazos pero los deja caer a los costados. La contemplo mudo mientras se yergue en mis eslíps una erección formidable. Ahora parece aún más un híbrido inquietante de niña y mujer, con su corta estatura, su carita de muñeca y sus caderas anchas un poco cuadradas; sus pechos son redondos y voluminosos con aréolas como botones de rosa, turgentes y delicados; bajo ellos se le marcan todas las costillas y le asoma una barriguita coqueta sobre un arbusto de vello rizado y fino. Me posee la fiebre, siento toda mi sangre correr hacia mi pene que diríase va a estallar de un momento a otro. Entonces le tomo una mano y la aproximo hacia mí, la siento sobre mi muslo derecho, aspirando el olor a jabón de su cabello, ella apoya su mano en mi hombro, yo acaricio su espalda y su cadera, siento sus pequeños glúteos sobre mi muslo y el cosquilleo tibio del arbustito entre ellos, disfruto cada embriagadora sensación y textura durante algunos minutos. Luego, con la máxima delicadeza la beso en la mejilla, buscando sus labios rellenos, ella se mira los pies y retira un poco su carita, la beso en el cuello y se le escapa un gemidito, a la vez que entrecierra los ojos y levanta un segundo la cabeza; vuelvo a buscar sus labios, vuelve a esquivarme mirando al suelo, la beso otra vez en el cuello y deja escapar otro gemido cerrando los ojos. Me quedo, pues, en su cuello, mancillándolo con mis labios entreabiertos y la punta de mi lengua, y todo su cuerpo se retuerce gimiendo como una lombriz sobre el fogón, sus nalgas y su arbusto amasan mi muslo haciendo círculos; le acaricio un pecho y me deja hacer y siento que voy a encenderme en llamas cuando jugueteo con su pezón entre mis dedos; da un respingo hacia atrás, retirando el pecho pero vuelve a retorcerse cuando sigo besándola en el cuello. Su cuello, blanco y delicado, es la puerta a un misterio de ilimitado y perverso placer.

En un momento la tomo en brazos y la acuesto en la cama. Se queda con sus brazos y piernas estirados, viéndome mirarla de arriba abajo en su abrumadora desnudez. Acaricio sus pechos, su vientre, sus caderas y muslos y finalmente su pubis rizado muy suave. Ella me mira y se deja hacer. Se queda quieta, aún viéndome mientras me desvisto por completo y me tiendo de lado junto a ella. Entonces, por fin, se deja besar en la boca, su boca es pequeña y deliciosa, sus labios parecen un mousse, besa sin la lengua como una primeriza, parece que no ha dado un beso jamás; tomándola de la cintura acerco su cuerpo al mío y nos enredamos en un abrazo, mi pene al rojo vivo roza su vientre y ella lo busca con su mano y lo acaricia con torpeza infantil, arriba y abajo cada vez con más blanda fuerza y ahora soy yo quien no puede reprimir un gemido exultante de goce. Temiendo derramarme prematuramente me libero de su mano y busco con la mía su arbusto rizado, lo acaricio, jugueteo con sus genitales con la yema de un dedo y ahora emite un gritito que resuena en mis oídos. Sigo hurgando con mis dedos hasta encontrar el introito y voy adentrándome en él, éste es estrecho pero ha perdido su sello de garantía. Ocurrió hace cosa de un año, con un joven también gitano de Rumania, unos años mayor que ella a quien no ha vuelto a ver. Avanzo todo un dedo, ella aprisiona mi mano con sus piernas, la libera, levanta sus caderas, vuelve a juntarlas, se arquea con los ojos cerrados, soltando grititos. Por más que lo intento, no hay espacio para un segundo dedo, así que cojo del velador un tubo de gel íntimo y unto con él mis dedos, con ellos me lo aplico sobre el glande y luego entre sus labios menores. Ahora vuelve a mirarme con su carita rubicunda y separa las piernas, invitándome sin palabras a hundirme en ella con mi alfanje enhiesto. Lo hago, al principio con dificultad pese a la generosa cantidad de lubricante, ella gime cada vez más alto y me clava las uñas en la espalda y luego en las nalgas, empujándome dentro suyo. No quiero preñarla y me salgo de nuevo cuando estoy a punto para sacar ahora un preservativo y cubrirlo con gel. Ahora penetro en ella con más soltura, deleitándome en su sedosa estrechez, su olor a jabón y sus pechos contra mi abdomen, me apoyo en los codos para no aplastarla con mi peso. Se me vienen a la mente una tras otra las indescriptibles aberraciones con las que he fantaseado, me imagino profanando su pequeño ano con mi lengua durante horas mientras me masturbo, me imagino penetrándola analmente con mucho lubricante, haciéndole el amor en la boca, lamiendo su vulva, me imagino muchas cosas despreciables pero comprendo que no haré nada de todo eso. Finalmente, después de pocos minutos, estallo de placer como una gran bola de challa luminiscente en el espacio, disparo mi artillería con un mugido incontenible, presa de ondulantes espasmos, en una danza cósmica de fuegos artificiales y furiosos tambores africanos, me fundo con ella en un abrazo delirioso, elevado por millares de ángeles y me derrumbo a su lado, jadeando y flotando en una nube de felicidad que desciende hasta mi colchón, dejándome allí tendido, exhausto y sudoroso.

Al cabo de un rato largo abro los ojos y la miro; ella parece dormida. Me quedo extasiándome en su menuda belleza, en su respiración profunda y acompasada. Me levanto y comienzo a vestirme con lentitud. Ella, sin moverse, abre los ojos. “Ya puedes vestirte”, le ordeno; se incorpora y se va al baño y al rato aparece ya vestida, anudándose el pañuelo por debajo de la cabellera húmeda. Le entrego un billete de 20 euros. “Gracias”, me dice. Le acaricio la barbilla y le indico la salida. Antes de salir recoge su acordeón, ahora silencioso, y vuelve a cargárselo en la espalda. “Adiós, Ljudmila”, me despido. “Hasta luego, señor”, me responde mirándome a los ojos con una última sonrisa.

Esta noche, Ljudmila le entregará a su padre el billete que ha ganado con su sudor, sin decir una palabra. El padre lo tomará y lo guardará también sin abrir la boca, con el gesto huraño de siempre. La madre pondrá frente a ella la escudilla con su ración de sopa de pan, quizás con mayor brusquedad que la habitual, también en silencio. Intercambiarán frases breves sobre lo que harán al día siguiente. Sorberán ruidosamente la sopa. Luego, sin lavarse los dientes ni las caras, apagarán la única vela y se irán a dormir todos juntos, los siete, sobre una pulgada de mantas renegridas. Ella pensará en mí antes de dormirse. Lo hará un par de veces más en los días sucesivos y luego me olvidará, tal vez en los brazos de otro joven y avezado inmigrante. Yo pensaré en ella toda la tarde, me dormiré pensando en ella, reviviendo cada segundo de nuestro encuentro y evocaré su recuerdo cada día en mi aseo matinal durante varias semanas. No la olvidaré jamás. Al igual que su primer amor gitano, yo tampoco volveré a verla en la vida.