Diálogos callejeros 6: Nada me queda bien

tienda-china-madrid.jpg2_Ella es una mulata de formas generosas y vientre plano. Un culo que le nace de la mitad de la espalda, como de dos manzanas abrazándose, y un cabello rizado y fecundo, negro como la noche, compensan unos rasgos un tanto toscos, de pómulos anchos y nariz gruesa. En conjunto es guapa, llamativa, una hembra portentosa entrando en la cuarentena con más piel que tela cubriendo sus entrañas. De cerca sin embargo pueden verse sus remiendos, y en sus ojos hastiados se adivinan los rincones más oscuros del mapa de su vida.

Él tiene una de esas pieles que enrojecen en verano y desalientan en invierno. Está ya en la edad en que oídos y fosas nasales comienzan a escupir pelos al exterior, como si ya no quisieran saber lo que hay dentro y al mismo tiempo fuera necesario taponar cualquier posible acceso. De cerca su cuerpo sigue siendo mudo, apenas el enigma de unos ojos pequeños y la insultante contundencia de una barriga- trofeo. De las que no se consiguen de un día para otro. De las que se llevan con orgullo.

El lugar: Asnaya, una de las tantas tiendas chinas que han conseguido hacerse un sitio en los barrios pijos de la ciudad con escaparates modernos e iluminados y cortes de telas que copian las colecciones de M&H o Sara. Salvo una viejecita que arrastra los pies y mira camisetas juveniles, ellos son los únicos clientes en el local.

La hora da igual; el día, cualquiera. Ayer, tal vez la semana pasada. Mañana…

Ella se dirige al probador. Él da unas cuantas vueltas, manosea unas cuantas prendas sin mirarlas y mira su reloj sin tocarlo. Saca el móvil. Lo guarda. Observa a la china que lo observa desde la caja. Suelta un bufido.

– ¿Te falta mucho?
– No
– Ya
– Que no, te digo. Dos vestidos más y estoy.
– Coño, ¿Qué tienes ahí dentro, la tienda completa?
– Es que nada me queda bien.
– Como no te va a quedar nada bien, con todo lo que te has probado. Joder, ya te vale.
– No sé, las tetas se me ven raras.
– Están como siempre.
– Son las formas, no están bien. Son malas.
– ¿Cómo malas?
– Queda raro, no me gusta.
– Yo te veo bien. ¿No es eso lo que importa?
– Pero a mí no me gusta.
– ¿Y el rojo? Ese te gustó.
– Te gustó a ti. Está mal cosido. Y engorda.
– ¿Y el que llevas puesto? No tiene nada de malo.
– Tú no tienes ni idea.
– Cómo te gusta tocar las pelotas. ¿Te vas a llevar algo o no?
– Te dije que fuéramos a otra tienda, ésta no está bien. Yo no quería venir acá.
– ¿A ver? ¿A cuál?
– A la de antes, no sé, a otra…
– Ya, a otra. Ya.
– ¿Qué quiere decir ese ya?
– Nada
– Ya, nada…

 

Diálogos callejeros 5: Tampoco soy gilipollas

balcón con vocesEs medianoche. Curro. La ventana abierta deja entrar el aire fresco de afuera. La calle dormita, pasan pocos coches.
Se podrían decir que estoy concentrada en mi trabajo, pero no es la palabra más exacta. Más bien diría que voy con el automático puesto, soporizada en una especie de trance cutre, mecida por el repiqueteo monótono de unas teclas de plástico. En el aquí y ahora mi universo existe en sordina, atrapado entre mis ojos y una pantalla brillante.
Y entonces dos voces se cuelan por el marco de la ventana y entran en mi habitación. Primero con sigilo, después con contundencia. Y sólo cuando se han ido parecen explotar, y al hacerlo arrasan con todo, lo cambian todo. Con la fuerza del invasor.
Altas, más no claras.
Exigentes, dispuestas a reclamar su presencia en el mundo. Vestidas de juventud y manchadas de cinismo.
Voces amargas.

– Tío, ¿pero te lo has pensado bien?
– Que sí.
– ¿Y cuándo te pille poniéndole los cuernos qué? ¿Lo has pensado? Que te va a dejar sin un duro.
– Tampoco soy gilipollas. No tendría por qué enterarse.
– Mejor no firmes. Hazme caso.
– Tengo que firmar. Ya le dije que sí.
– Pues dile que no.
– Deja, si no va a pasar nada. Además, ¿quién puede decirle que no a una hembra así? Está tremenda…
– Ahora, pero después te quiero ver tronco. Tremendo juicio el que te va a meter…

(De eso hablamos cuando creemos hablar de amor…)

 

Hay un smartphone entre mis sábanas…

pantallazo durexHace algunas semanas llegó a mi curro un correo de Durex, con el link a un “emotivo” video (yo más bien diría cebollón) que supuestamente revelaría una “esperada tecnología para smartphones que podría cambiar para siempre nuestra vida sexual”.

El video en sí, con su respuesta iluminadora al final del mismo (totalmente predecible por lo demás), no me interesa mayormente, pero sí quería compartir con vosotros algunos de los datos de un estudio de la Universidad de Durham que se ha lanzado junto con la campaña de Durex, porque si bien no me sorprenden, no por ello dejan de resultar alarmantes. Eso sí, hay algunas salvedades que es preciso mencionar, como que sólo se entrevistó –en profundidad- a 30 personas, todas ellas viviendo en Inglaterra (un país no precisamente conocido por las pasiones desatadas de sus habitantes) y que en todos los casos se trataba de relaciones de, al menos, un año. Ahora, para liarla un poco más con los datos, yo agregaría que Inglaterra tampoco es de los países con mayor penetración de dispositivos móviles en su entorno (en Europa España gana por goleada de hecho), por lo que la situación puede ser más preocupante en otros sitios. Aunque para pajas fronterizas ya tenemos a nuestros queridos políticos…

En fin, hechas ya las aclaraciones pertinentes, lo que el documento revela, o mejor dicho pone en cifras, es que “el uso generalizado de la tecnología está impactando seriamente a la frecuencia con la que tenemos relaciones sexuales, incluso llegando a cortar el coito y causando tensión en las relaciones”.

Los investigadores del Centre for Sex, Gender and Sexualities de Durham revelaron que el 40% de los encuestados han pospuesto la práctica sexual a causa de la tecnología, principalmente por el uso de smartphones y tablets. Otros, en cambio, comentaron que intentan ir deprisa durante el acto sexual para poder tener tiempo de responder a los mensajes de sus smartphones. Además, un tercio de las parejas entrevistadas admitió que han interrumpido su relación sexual para contestar al teléfono.

Para Mark McCormack, co-director del Centre for Sex, Gender and Sexualities en la Universidad de Durham, “la tecnología ha revolucionado nuestras vidas y los smartphones son ahora esenciales para la organización de nuestras relaciones íntimas, tanto para el inicio de éstas como para mantener el amor y el afecto cuando las parejas están separadas”, pero “lo que revela este estudio, y refleja el vídeo, es que actualmente la tecnología consume nuestras relaciones en un nivel mucho más profundo. Se ha adentrado en el dormitorio en más formas de las que imaginamos, a menudo con beneficios, pero también con desventajas para las relaciones que pueden ser potencialmente graves, ya que pueden causar frustración y tensión, e inmiscuirse en la actividad sexual”.

Y para los que buscáis una especie de conclusión, os dejo las palabras de Ukonwa Ojo, Head of Global Brand Equity en Durex: “Teniendo en cuenta que la tecnología juega un papel muy importante en nuestras vidas y relaciones, empezamos a explorar cómo podría utilizarse de una forma positiva para mejorar nuestras vidas sexuales; pero al hacerlo, descubrimos que la respuesta más efectiva era la más simple. Después de consultar a un gran número de expertos, realizar el estudio académico y llevar a cabo largas entrevistas cualitativas, la solución resultó ser simple: debemos desconectar para volver a conectar”.

Algunas citas de las entrevistas de Durham

“Cuando él se compró el primer iPhone, yo solía llamarle la tercera persona de nuestro matrimonio y la odiaba con pasión, solía sentarse entre nosotros, en realidad, no me gustaba… se ha convertido en un tercer brazo para muchas personas”.

“A veces estoy en Facebook y él en una aplicación deportiva mientras estamos en la cama; nos damos cuenta que, literalmente, estamos sentados juntos, pero vivimos en mundos distintos”.

“Puede que quiera sexo y él no se de cuenta de esto, porque él está distraído con su teléfono”.

“En los últimos meses, he tratado de prohibirle usar el teléfono en el dormitorio. Ahora estamos intentando usar el dormitorio solo para dormir y tener sexo”.

“Ella ama la tecnología, no voy a mentir, ella ama a su teléfono. A veces parece que tengo una relación con ella y su teléfono, ella ama a su teléfono y nunca se aleja de él”.

“Yo no he pospuesto la práctica sexual, he fingido un orgasmo para acelerarla y volver al trabajo”.

El estudio se elaboró en febrero de este año. Los participantes tenían entre 18 y 55. Todos eran heterosexuales y formaban una diversidad constitutiva en términos de clase, etnia, edad y nivel educativo. El informe completo se puede encontrar aquí (en inglés): http://dro.dur.ac.uk/14770/

También os dejo un enlace al video, para los que estéis interesados 🙂

El sexo ‘al revés’

foto blog al revesMi señora madre, una persona con una inacabable capacidad de aprender cosas nuevas, es muy aficionada a compartir cada día en su muro del Facebook una variopinta colección de links que, por una razón u otra, llamaron su atención. Humor, drama, curiosidades sexuales, espiritualidad, cuidado del cuerpo… todo cabe en su casi infinita lista de intereses, y por ende en su elástico muro (y en el mío, que la buena mujer es muy de compartir, jejeje).

Pues bien, hace algunos días, visitando a saltitos el timeline de mis amigos y conocidos, me quedé pegada con un texto que había copiado mi madre con una serie de tips para combatir el alzheimer. Básicamente, lo que se decía ahí era que el mal de Alzheimer se puede prevenir simplemente cambiando algunas rutinas para estimular el lado derecho del cerebro. Dicha técnica mejoraría la concentración, y ayudaría a desarrollar la creatividad y la inteligencia. Se trata entonces de hacer “ejercicio cerebral” o  o “aeróbica de las neuronas” –la palabra oficial vendría a ser ‘neuróbica’- para mantener al cerebro ágil y saludable, creando nuevos y diferentes patrones de comportamiento y de las actividades de las neuronas del cerebro.

Lo central es que las prácticas elegidas cambien los comportamientos de rutina por otros desacostumbrados. Así, por dar algunos ejemplos, se mencionan los siguientes ejercicios neuróbicos, si bien el texto invita a echar a volar la imaginación y desarrollar ejercicios propios que sigan la línea de los propuestos:

– Usar el reloj en la muñeca contraria a la que normalmente se usa
– Cepillarse los dientes con la mano contraria a la habitual
– Caminar por la casa de espaldas
– Vestirse con los ojos cerrados
– Estimular el paladar con sabores diferentes
– Ver las fotos “cabeza abajo”
– Mirar la hora en el espejo
– Cambiar el camino de rutina para ir y volver a casa.

Después de pasarme un par de tardes caminando de espaldas por mi casa –es impresionante como parece existir todo un nuevo mundo cuando uno anda en modo ‘backwards’- y leyendo los mensajes de mi móvil con la pantalla dada vuelta, me puse a pensar en otros ámbitos de la existencia, fuera de la rutina más cotidiana (vestirse, lavarse los dientes, leer)  donde uno podría plantearse el desafío de hacer las cosas “al revés”… Y cómo no, me di de bruces con el inabarcable terreno de la sexualidad humana. Y dentro de éste, con el sexo.

Curiosamente, en medio de todas estas divagaciones, recibí un mail de lo más perturbador que incluía la siguiente frase: “El otro día, medio dormitando, soñé que cambiábamos los papeles y me esclavizabas. Me tenías de pie, esposado, cogido del pelo por detrás al tiempo que me sodomizabas sin contemplaciones”.

Voilá! Punto para mi cerebro derecho!!!

Alguna vez he dejado entrever aquí que lo mío no es el rollo dominatrix precisamente. Más bien asoman a mis fantasías machos recios y decididos, que saben qué hacer y dónde apretar, y que son capaces de contenerme con la sola fuerza de su mirada. Y aún entendiendo los muchos matices que puede llegar a tener una entrega, la mayoría de las veces lo que me apetece es saborear la contundencia metálica de su sentido más primitivo, el más basto. Sin embargo, fue leer esas palabras y sentir que mi imaginación comenzaba a galopar en sentido contrario al habitual. Y no os podéis imaginar lo que me he divertido haciendo de madame de Sade en mi trepidante cerebrito…

Ya tenemos un ejercicio para la lista entonces, el cambio de roles. Y ojo, que en la cama asumimos muchos roles, y no todos son tan obvios ni tan fáciles de intercambiar.

(Y por cierto, una “N. del A.” para mi estimado amigo sodomizable: cuando quieras, ¿eh?, que yo encantadísima de la vida me zambullo en tales experiencias. Pero ojo, que hay que meterse entero a la piscina, porque después no pienso conmoverme ante arrepentimientos ni melindres ni “no quiero estos” ni chorradas… u know, hay juegos que toca jugarlos en serio para que resulten más divertidos… jeje).

Ahora, si bien en este caso concreto ya me estoy visualizando camino al sex shop para equiparme con el traje de látex, el strap-on y todos los adminículos necesarios, creo que en general no se trata de pensar en ideas demasiado sofisticadas ni en cambios espectaculares para que los ejercicios funcionen también en el área sexual. De hecho, conversando anoche del tema con un amigo, no se demoró ni tres segundos en soltar su propia propuesta: empezar a tomar la iniciativa cuando no se tiene el hábito de hacerlo.

¿Y qué tal una sesión completa estando ambos con los ojos cerrados, por ejemplo? O tal vez en un entorno atípico, ligado a la propia historia. ¿Qué te gustan los flacos? Pues a buscar un gordito calentito y a ver qué tal. La cosa es enarbolar la bandera del cambio. Recuerdo incuso una noche en la que para mí fue toda una experiencia –y una sorprendentemente buena, además- un polvo largo, muy intenso y exclusivamente en la posición del misionero.

Bueno, hasta aquí llego yo porque en realidad mi idea era hacer de éste un post colaborativo. Así que os invito a dejar vuestras propuestas, sin importar si parecen tontas o descabelladas, que aunque probablemente no nos enteremos, siempre existe la posibilidad de contribuir a la felicidad de algún lector (o bloguero!) ávido de nuevas ideas.

Periódicos viejos, tiempo de lectura y solidaridad pro aborto

pescados-envueltosDicen algunos que el periódico del día anterior sólo sirve para envolver pescado. Discrepo, y no sólo porque me encante discrepar…

Me gusta comprar el diario todos domingos. Cuando lo hago a veces recuerdo a mi abuelo, que lo compraba siempre, y no uno, sino que dos, para estar informado desde perspectivas distintas. Aunque claro, mi principal motivación es bastante práctica (que no productiva, os lo puedo asegurar): Mirar curros, a ver si por ahí salta la liebre y puedo abandonar a los crápulas explotadores que me exprimen actualmente.

Ahora, una vez visto el tema laboral (acto que suele destacar por su brevedad), muchas veces el diario se queda sin leer, porque los domingos son mis peores días, aquellos en los que intento encajar todo lo que no alcancé a hacer en la semana. Así que lo más habitual es que vayan a parar a una cesta que hay en el baño, donde termino depositando los diarios, periódicos, revistas y escritos varios –hasta documentos y cartas, si me apuran- que pretendo leer en algún momento de paz.

Ya, classy!

Bueno pues, estando el otro día en el baño por tiempo prolongado (poniendo mis piececitos en remojo, malpensados!) me puse a hojear uno de esos diarios semiolvidados que sobresalía entre el montón, un ejemplar de El País del 13 de julio. Y me encontré con una noticia que, si bien no fresca, podría llegar a ser utilísima. Así que os la copio, tal cual como fue publicada, para que, de aprobarse la ley nefasta, corra la voz. Y ya de paso, lo hago como un gesto de agradecimiento a estas almas solidarias que están dispuestas a echar una manito transfronteriza de ser necesario.

Por cierto, también la podéis leer en la fuente original; os dejo el link al final porque, cómo no, un simple copiar-pegar me llevó hasta ella en San Internet.

Y ya, no digo más que acá lo q importa es la noticia en sí, no lo que yo pueda opinar al respecto…

Apoyo para abortar en el extranjero

Voluntarias españolas de media docena de ciudades europeas ofrecerán alojamiento y asesoría

Las impulsoras de la Red Federica Montseny preferirían no haber tenido que crear la plataforma que está a punto de nacer. “Lo hemos pensado como una necesidad. Es la respuesta obligada a la agresión que supone la ley del aborto anunciada por el Partido Popular”, explica Candela Girón, una de las integrantes del grupo de Feminismos vinculado al Movimiento 15-M de Berlín. La idea es sencilla: si el Gobierno pone demasiadas trabas a las mujeres que quieran abortar, estas se verán obligadas a hacerlo en otro país. Y aquí es donde intervienen Girón y sus compañeras.

Una página web que el equipo de voluntarios está ultimando, y que presentarán la próxima semana, ofrecerá a las interesadas información sobre la interrupción del embarazo en los países donde haya gente dispuesta a colaborar. Por ahora, la red cubre Berlín, Bruselas, Lisboa, Londres y Viena. París, Burdeos y Stuttgart han mostrado su interés en sumarse al proyecto. Y los grupos del 15-M de México, Buenos Aires y Montevideo también han expresado un apoyo que en principio será solo simbólico, ya que parece poco probable que una española vaya a cruzar el Atlántico para abortar.

Esta plataforma nace como reacción a la reforma que el Gobierno está a punto de presentar y que amenaza con convertirse en la más restrictiva de la democracia. Todavía no están claros los detalles, pero sí es seguro que la iniciativa del ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, acabará con la ley de plazos aprobada por los socialistas en la anterior legislatura. El punto más caliente del proyecto, y que ha despertado las críticas en el propio PP, es la inclusión o no de la malformación del feto como motivo para abortar. Las últimas informaciones sugieren que las mujeres podrían interrumpir su embarazo en este caso, aunque con más dificultades que con la ley aprobada en 1985.

Las militantes feministas quieren dar un apoyo integral a las mujeres que se vean obligadas a abortar lejos de casa. “Estaremos allí para lo que necesiten. Les ofreceremos alojamiento en casa de un voluntario, les ayudaremos con los trámites o haremos de traductores si lo necesitan. No queremos solo ofrecer información sobre las leyes del aborto en cada país. También acompañarlas si, por ejemplo, necesitan tomar una coca-cola y hablar con alguien”, explica Sara Jiménez rodeada de sus compañeros en una terraza berlinesa.

Todos ellos son jóvenes que abandonaron España forzados por la situación económica y la falta de perspectivas laborales. En Berlín, la red está formada por un núcleo de unas 25 personas, a las que se podrán sumar voluntarios que quieren ofrecer, por ejemplo, su casa o su tiempo para acompañar a las mujeres. En el resto de ciudades europeas el grupo es menos numeroso, pero las impulsoras confían en que vaya creciendo si se encuentran con muchas peticiones.

“Nuestra iniciativa tiene un doble objetivo. Por un lado, ayudar a las mujeres que lo necesiten por no tener recursos económicos o información para abortar en el extranjero. Pero además es una forma de intervenir en el debate político español. Nos hemos ido de nuestro país porque nos han forzado, pero eso no quiere decir que nos mantengamos al margen de lo que ocurre”, dice Jiménez. La red está formada por jóvenes españoles, pero para su puesta en marcha han recibido el apoyo de colectivos feministas de otros países. Las alemanas, por ejemplo, les asesoraron en el aspecto legal. “Aquí está castigado hasta con dos años de cárcel incitar al aborto si se hace con ánimo de lucro. Pero nosotros ni ganamos dinero con esto ni incitamos a nadie a abortar. Solo queremos ayudar a aquellas que hayan decidido libremente dar ese paso”, continúa la activista.

Los motivos que pueden llevar a una mujer a decidirse por una ciudad u otra son muy variados. “En Berlín, el viaje sería más complicado que, por ejemplo, a Lisboa. Pero la intervención no es cara. Oscila entre los 200 y los 400 euros. En cada caso intervendrán factores que no podemos prever”, explica Joan Ardiaca, de 26 años. La red sirve además como homenaje a Federica Montseny, una de las primeras mujeres europeas que alcanzaron el cargo de ministra. Esta dirigente anarquista redactó en 1936, cuando estaba al frente del Ministerio de Sanidad, el primer proyecto de ley para despenalizar el aborto en España. La iniciativa nunca entró en vigor. Su rápida salida del Gobierno y la guerra civil y posterior dictadura lo impidieron. Pero ese es el espíritu que hoy, casi 80 años después, quieren recoger las activistas españolas en Berlín y otras ciudades europeas.

Miembros de la red feminista Federica Montseny posan en Berlín la semana pasada (Júlia Soler para El País).

Miembros de la red feminista Federica Montseny posan en Berlín (Júlia Soler para El País).

Fuente: http://sociedad.elpais.com/sociedad/2014/07/12/actualidad/1405160549_284342.html

Su coño, mi coño, el de todas y todos…

imagen coño tapadoPensaba compartir este post con vosotros por Facebook y Twitter, pero una segunda lectura me convenció de que más bien merecía ser reblogueado (si bien por no ser un blog alojado en WordPress no me permite hacerlo por los cauces habituales, con lo que me toca recurrir al “copiar-pegar” de toda la vida).

El tema, como veréis, es bastante peliagudo (no en vano a los dos días de haberse publicado, su autora reportaba 76.000 visitas a ese post en concreto), pero está claro que sacarle el culo a la jeringa no es la manera de avanzar. Lo que sí os pido es que si alguien tiene ganas de hacer un aporte en los comentarios –ya sea en mi blog o en el blog de Diana-, que lo haga de forma educada y respetuosa…

Bueno, os dejo con el post en cuestión:

MI COÑO

Es bastante probable que a simple vista parezca que tengo un coño normal: tiene sus labios (internos y externos), su clítoris justo encima, su vagina en medio, su vello púbico (más del que me gustaría)… absolutamente nada con lo que sorprender al personal (con el gustazo que tiene que dar ser hermafrodita). Pero, desde mi punto de vista, mi coño tiene una particularidad bestial: es mío, y yo decido lo que entra y lo que sale de él.

Cuando una mujer es consciente de su sexualidad y de su cuerpo, que no es ni más ni menos que una parte importantísima de su vida, sabrá qué tiene que hacer con su coño. Del mismo modo en que aprendimos a no meter los dedos en los enchufes (sinceramente, no conozco ningún caso de muerte por choque eléctrico) o a no echar las piernas a la vía del tren, sabemos lo que hacer con nuestros órganos sexuales. Cualquier mujer inteligente, que sepa utilizar sus manos y sus piernas y alimentarse solita sabrá cómo utilizar su coño. Las mujeres, señor Ministro, no somos deficientes por defecto. Puede que usted haya tenido malas experiencias, pero le advierto que abusar de una persona deficiente no está bien visto. Ni siquiera en España.

Dicho esto, yo me considero una mujer competente, autónoma y lo suficientemente adulta como para saber si quiero procrear o no. Del mismo modo, considero que absolutamente todas las mujeres que conozco y con las que tengo relación: mis amigas, mis compañeras de trabajo, la dependienta del Zara, la de la gasolinera, la contable de mi padre, mi madre o mis cuñadas, están sobradamente capacitadas para saber qué hacer con sus respectivos coños. Lo cual, además, no deja de ser una decisión personal que de ninguna manera me afecta a mí. Bastante trabajo me da el mío (depilaciones, citologías, menstruaciones…) como para preocuparme del de la vecina.

Pero partiendo cómo partimos del principio de que la inmensa mayoría de la población española es medianamente inteligente me pregunto yo qué coño –con perdón- le importará a usted señor Ministro, a la Iglesia y a la panda de fachas que pasean carteles asquerosos mientras defienden guerras que matan a niños (de los carne y hueso), lo que sale de MI COÑO.

Porque yo follo con quien quiero, Alberto. Y cómo quiero. Como soy una mujer inteligente, utilizo métodos de anticoncepción que, dicho sea de paso, son una barrera contra las indeseables enfermedades de trasmisión sexual. Sepa también, que prácticamente ningún hombre –inteligente, a mi entender- con el que me he acostado se negaría a tener sexo sin protección la primera noche. Y que algunos hombres –inteligentes, por supuesto-, lo pidieron expresamente. Si yo, nublada por el calentamiento o por el amor que sentía hacia esa persona, hubiese cedido y hubiese aceptado mantener relaciones sin preservativo quizá me hubiese quedado embarazada. Quizá también me podría haber quedado embarazada con mi pareja, por haber jugado algún día más de la cuenta –las relaciones son un juego de dos, a mí la masturbación no suele embarazarme-, porque falló el método anticonceptivo –fallan, se lo aseguro- o porque esa persona me obligó a hacerlo. Afortunadamente, a mí no me ha pasado. Pero si me hubiese pasado, yo, mujer inteligente, hubiese querido abortar.

¿Sabe por qué? Tengo 27 años, he estudiado, soy profesional y NO quiero ser madre en estos momentos. Además, creo que tengo derecho a equivocarme como usted y como alguno de sus cuatro hijos, que, seguro, alguna vez debieron de haber practicado sexo sin haber convertido ese polvo en un ser humano.

Tengo derecho a abortar sin ser estigmatizada por ello y a hacerlo en las condiciones médico-sanitarias que se esperan de un país europeo en el año 2014. Tengo derecho a no joderme la vida porque un día algo salió mal y ni usted, ni mis padres, ni un cura, ni un psiquiatra ni el mismísimo Dios aparecido en la Tierra pueden negarme mi derecho a decidir lo que sale de MI coño.

Porque entonces, cuando yo y otras mujeres demos a luz, y en el hipotético caso de que todo saliese bien, tendrían usted y su gobierno que hacerse cargo de todos los hijos no deseados que llevan mala vida porque sus padres simplemente, no estaban preparados. O no podían darle un hogar. O no se conocían casi entre ellos. O no podían alimentarlos correctamente, o comprarles sus medicinas. Cosa, que, como bien sabrá, pasa cada día en España. Una nación que tiene el vergonzoso honor de tener a casi un 30 por ciento de la población infantil viviendo bajo el umbral de la pobreza, sólo por detrás de Bulgaria y Rumanía en el conjunto de los 27 países de la Unión Europea.

¿Sabe usted, señor Ministro, cuántos niños hay tirados ahora mismo en las calles de España? ¿O sin calefacción? ¿Y sabe los que comen todos los días lo mismo? ¿Se ha preocupado de conocer a aquellos que llevan los zapatos rotos al colegio? ¿Y a los que no han podido comprar un abrigo este año? ¿No le dan pena? A mí, sí. Lo que no me da pena es un embrión de pocas semanas que, sintiéndolo mucho señor Ministro, ni siente ni padece y que, efectivamente, podría convertirse en algo mucho más importante y entonces sí –y no antes- merecería toda su atención y la de su gobierno. Mientras tanto, amantes como son de la vida, deberían de preocuparse de que yo y el resto de las mujeres de este país tengamos una vida digna, estemos sanas y traigamos hijos deseados al mundo que tendremos que cuidar, inteligentemente, el resto de nuestras vidas.

A veces cuando lo escucho, señor Ministro, me hace sentir usted como mi gata. Le contaré que he tenido que esterilizarla porque la pobre no dejaba de traer hijos al mundo que no podía mantener, ni yo tampoco. Ella, simplemente, se acostaba con varones sin saber lo que hacía ni sus consecuencias. Tuvo dos partos múltiples. Como mi gata es un animal, si yo hubiese querido habría abandonado a todas esas crías, o las habría matado –qué más da, son gatos- Pero no hice eso, me preocupé de cuidar a cada uno de esos gatitos y de buscarles un hogar donde los quisiesen. Me preocupé, además, de llevar a mi gata al veterinario cuando enfermó después del parto –y de pagarlo-. Y después, me responsabilicé de que mi preciosa gata no volviese a quedarse embarazada otra vez. Porque no me gusta abandonar a los animales. Y menos, a las personas. Ojalá ustedes cuidasen a las ciudadanas de este país tanto como yo a mi gata.

Mi coño
Autora: Diana López Varela
Enlace: http://dianalopezvarela.blogspot.com.es/2013/12/mi-cono.html

Diálogos callejeros 4: Quiero, pero así no puedo

autobús - lluviaSeis de la tarde. Un autobús atestado de gente se arrastra con desgana por las calles de Madrid. Fuera llueve. Dentro, algunos pasajeros se quejan por lo excesivo de la calefacción. Al otro lado de los vidrios empañados  se intuyen los edificios monocordes del barrio de Carabanchel.

Ella lleva una gastada cazadora blanca, el pelo con las raíces más oscuras y restos de esmalte rojo en las uñas. Él, alto, desgarbado y con un bigotillo que roza lo ridículo, le acerca la boca sustanciosa a la oreja, en un intento por privatizar sus súplicas. Éstas, sin embargo,  logran reptar por encima de su improvisado cerco sin deshacerse en el camino, alcanzando los oídos de los no pocos curiosos que se afanan en fingir indiferencia.

– ¿Entonces cuándo?
– Uf, qué cansino. ¿Te lo tengo que volver a explicar?
– No. O bueno, no sé. Lo único que sé es que así no se puede vivir.
– ¿Y tú crees que para mí es fácil? ¿Crees que no quiero? Quiero, pero así no puedo tío, no puedo.
– Ya, cari, pero habrá que hacer algo. Toca adaptase, no queda otra. ¡Joder, qué se yo! En la ducha…
– ¿En la ducha? ¿Para que tu vieja vaya a tocarnos las pelotas a los dos minutos de empezar? En cuanto me tardo un poco porque me toca lavarme el pelo abre el grifo de la cocina para que el agua salga fría.
– No es como lo dices, es para ahorrar… No lo hace con maldad.
– Ya.
– Siempre podemos esperar a que la peña se quede dormida…
– ¿Y cuándo es eso? Tu viejo se despierta con cualquier cosa y tu hermano se pasa toda la puta noche estudiando. Ni siquiera sé para qué…
– Joder tía, colabora un poco.
– No, si yo colaboro. Todos los días me levanto y pongo buena cara, intentando olvidar que estamos durmiendo en un puto sofá. ¿Te parece poco?
– Ese es el problema, durmiendo. Tres meses y no hacemos más que dormir.
– Haberlo pensado mejor.
– ¿Estás de coña? ¿Qué opción teníamos?
– Eso no. Lo otro. Antes.
– ¿Eso también es mi culpa? Seguro que también será mi culpa que necesites un jodido hotel cinco estrellas para echar un polvo. Antes no te complicabas tanto.
– No se trata de eso, y si me escucharas no tendría que repetirte lo mismo por décima vez. No es que no tenga ganas, es que me supera. Así no puedo y ya está. ¿Sabes cómo me siento? Como esas viejas que van a ver a sus maridos a la cárcel y tienen que hacerlo entre mantas amarradas con trozos de cuerda, con todos ahí escuchando y haciéndose pajas a dos centímetros de distancia.
– ¿Y dónde coño es eso?
imagen secreto – No sé, en algunas cárceles lo hacen así. Lo vio en un documental.
– Cari, esta sequía es una cárcel. Pero tú tienes la llave de mi libertad…
– …
– Qué pasa. ¿No me quedó bonito?
– Joder tío, ¿no entiendes que necesito un poco de privacidad?
– Y yo necesito un poco de follar. Pero así va el mundo…

Diálogos callejeros 3: ¿Verdad que es guapa mi novia?

shutterstock_141994456– ¿Cuánto llevas ya con Lucía?
– Seis meses. Es increíble que hasta ahora no te la haya podido presentar.
– Ya, tío. Siempre pasa algo…
– Pues ella es, mi novia, mi amor. ¿Verdad que es guapa?
– Mi chica sí que es guapa. ¿Has visto ese culo?
– Sí, no está mal, pero con el de la mía me sobra. Precioso su culito. Y tiene los ojos claros, ¿te has fijado?
– Sí, muy bonitos. Pero Ana…
– ¿Sabes lo primero que me dijo cuando la conocí? “No eres mi tipo”. Y yo pensé: “¿Ah, sí? Te vas a cagar”. Y aquí nos tienes.
– ¿Eso te dijo?
– Sí. Que no le gustaban los tíos como yo. Que le gustaban más ‘deportistas’. Y que sólo íbamos a ser amigos. ¡Mis cojones!
– Pues a Ana la conocí bailando. Y tuvimos buen rollo en seguida.
– Con Lucía no tenemos tiempo para salir a bailar. Yo con lo del negocio tengo cada vez más curro, y ella como es jefa en su departamento, se la pasa liada. Así que preferimos quedarnos en casa los fines de semana, aprovechando el tiempo. Ya me entiendes.
– Qué hijoeputa eres. Por eso ya no se te ve ni la sombra.
– Claro, ahí, aprovechando en casita. Por cierto, ¿te conté que terminé la ampliación de mi chalé?
– Bueno, ¿y qué tal… eso?
– ¿La ampliación?
– ¡No, cabrón!
– Ah, jajaja, claro. Hombre, fantástico. Pero de verdad te lo digo, el mejor sexo de mi vida. La tía es una artista.
– ¡Calla, calla! Tú no sabes lo que hace Ana con la boca…
– No, pero cuando quieras me invitas a saberlo. Aunque con Lucía alucinas.
– Con Ana sí que alucino. Es de no creérselo.
– Anda, cabrón, invítame otra caña mejor. Y brindemos por eso.
– Vale. ¿Y a las chicas les pido lo mismo?
– Da igual. De cualquier manera, yo te puedo decir lo que van a cenar esta noche…

Diálogos callejeros 2: Si no tienes la polla grande no me hagas perder el tiempo

cañas

Un bar, castizo, muy castizo. Unas cañas y muchas tapas. Ruido. Cuerpos pegados. Cuatro chicas. Dos rubias, una morena y una pelirroja. Las rubias escuchan en silencio. La morena, la más joven, tiene los ojos grandes y redondos, y chupa un calamar con aire inocente. La pelirroja es una hembra, su cuerpo es una invitación, su risa un trueno. Antes de hablar se lame la espuma de los labios.

– Tía, en esta vida hay que ser práctica. A mí no me gusta perder el tiempo. Por eso lo primero que le digo a un tío cuando voy a estar con él, lo primero, es que a mí me gustan las pollas grandes. Y que si no es el caso, ya se puede ir por dónde ha venido.
– ¿En serio le sueltas eso a un tío que vienes conociendo?
– En serio. O sea, si no la tiene grande que no me haga perder el tiempo.
– Uf, no sé. Yo no podría decirle algo así a alguien, es como feo.
– ¿Feo? Feo es encontrarte con la sorpresa de que tiene una cosa que ni se ve entre las piernas. O sea, sé muy bien lo que me gusta y lo que no, y yo con una polla pequeña no puedo. Así de simple.
– Ya, pero pobre. Tampoco sería su culpa. No sé, puedes herir los sentimientos de alguien.
– ¿Y fingir que algo te gusta cuando no, no es acaso otra manera de herir? Y una peor todavía.
– Pero no tiene por qué no gustarte. Se pueden hacer tantas cosas. Existe la imaginación…
– No tía, no me vengas con chorradas. Si te baila dentro, te baila. Y yo con eso no me corro.
– Bueno, hay otras maneras de correrse.
– Ya, para eso me corro sola, no te jode. Yo estoy hablando de echar un polvo y no sentir nada. ¿A ti te mola eso?
– No, claro que no. Pero soltarle a un tío, así a bocajarro, que para estar conmigo su miembro tiene que pasar una ‘prueba de tamaño’ me parece muy violento. Como tampoco me molaría que un tío me dijera “a mí sólo me gustan los labios vaginales que son blanquitos o rosados. Así que si los tuyos son más oscuros ya puedes desaparecer”.
– Bueno, tal vez eso es algo muy importante para él. Mejor eso a que te folle con asco. Al menos sería honesto.
– A veces pienso que la honestidad está sobrevalorada.
– ¿Lo está? Entonces respóndeme una cosa. ¿Cuántas veces has apretado los dientes esperando que pase el mal rato? ¿Y después, qué haces? ¿Sigues fingiendo que estuvo todo bien, permaneces un momento más en la cama para bordar tu acto de compasión? ¿Vuelves a quedar para no herir sus sentimientos?
– Mmm… Este calamar está frío.
– Ya…

Diálogos callejeros 1: En las porno lo hacen con saliva

(Oído en la Plaza de Felipe II una tarde de lluvia) bajo_la_lluvia

– Mi novio siempre tiene ganas, pero a mí no me gusta.
– ¿No? A mí sí. O sea, a veces duele un pelín al principio, pero cuando se relaja es rico.
– A mí me duele todo el rato. Además siempre cuesta mogollón que entre. Y raspa.
– ¿Raspa? ¿Pero qué lubricante usas?
– Ninguno. Nunca he usado.
– ¿Ninguno? ¿En serio? Pero tía, eso es una salvajada. ¡No se puede tener sexo anal sin lubricante!
– En las porno lo hacen con saliva…
– Ya, y la chica siempre se corre, y al tío se le pone dura en un segundo y puede seguir follando por horas… No, de verdad, no puedo creer que lo hagas así, a lo bestia.
– Bueno, con saliva…
– ¡Pero si la saliva se seca enseguida! Eso no sirve para nada.
– ¿Y los lubricantes sí?
– Claro. Sobre todo los de silicona. Los de agua duran menos y son más pegajosos, aunque si es de silicona tienes que asegurarte que sea compatible con los condones. Bueno, ahora casi todos lo son.
– ¿Y entonces se siente distinto? ¿De verdad?
– Pffff, una cosa está a años luz de la otra. Aunque claro, eso no quita que antes de metértela, tu novio te tiene que relajar bien la zona.
– ¿Relajar la zona?
– Claro, que se te dilate, que a tu culo le den ganas. Si no, no tiene gracia. Una vez, hace tiempo, le dije a un amigo que a mí no me gustaba. Y me contestó: “Entonces es porque no te han calentado bien el culo. Si te lo calientan bien es imposible que no te guste”. Y tenía razón.
– Uau, flipo. Yo pensé que a ninguna tía le gustaba, que hacían como que les gustaba.
– No, soy yo la que flipo contigo. Con saliva. Madre mía…