Un cuento para no masturbarse :)

Descaradamente he decidido copiar una idea de mi estimada bloguera Contessa Pandora y compartir con vosotros un relato antiguo, si bien no tengo escritos tan ‘antediluvianos’ como los de la colega, que se encontró con un texto de sus 15 primaveras (el continuo maltrato al que someto a los aparatos que me rodean me ha llevado a presenciar la muerte de varios ordenadores y portátiles, con todos mis documentos incluidos, a lo que se suma mi reticencia a hacer respaldos, contratar seguros y ahorrar en general). Aún así, mi relato tiene la respetable antigüedad de 10 años y tres meses, que ya es algo. Aprovecho su escasísimo -por no decir nulo- contenido erótico para dedicárselo a todos mi amigos “juguetones” que me reclaman el insuficiente poder masturbatorio de mis letras, con mucho cariño y algo de malicia 😉

Con vosotros…

El Colorao no vuelve
flaquito

No se podría decir que abrió los ojos. Hizo el movimiento pero la orden no llegó del todo, como si sus párpados quisieran continuar pegados, unidos por una fuerza que superaba con mucho al hilo de voluntad que les ordenaba separarse. Se incorporó con pesadez y algo parecido a la cautela, como si estuviera toreando en cámara lenta un susurro que lo invitara a volver a un abrazo acogedor, y tanteó la silla que tenía junto a su cama, y que hacía las veces de mesita de noche. Sintió la aspereza del plástico y las pequeñas estrías de los cortes que había hecho uno de sus nietos con la navaja del vecino, seguramente el más chiquito, ese al que se le veían siempre las costillas, hasta cuando estaba vestido. Flaquito le decía él, de cariño. El ruido del vaso al caer, más la sensación de que algo no terminaba de cuajar, de que algo faltaba, le dieron un tirón a su sopor. Se restregó los ojos con fuerza y maldijo en silencio, al decidir que la cocina estaba demasiado lejos, y tras el retumbar de aquellas palabras mudas se fue formando un bostezo que se quedó inacabado. Lo que sintió bajo su mano ciega era ahora suave, el algodón que aún conservaba la tibieza de la cercanía con su cuerpo antes dormido, y palpó por segundos la misma tela que tantas veces vio lavar a Ramona junto al río, cuando todavía estaba, cuando juntos les sobraba el ánimo. Se acordó de Ramona mientras se ponía la camiseta, siempre se acordaba de ella cuando se le atascaba la cabeza, el cuello demasiado estrecho, porque entonces se reía con esa risa que era como agua fresca, casi tímida, aunque en el último tiempo estaba tan gastado el cuello que había cedido un poco. Una vez que la tuvo puesta del todo se volvió a tender en la cama y empezó a desenredar las pesadas mantas de entre sus piernas, dando pataditas suaves y cortas. Así se quedó un rato, pedaleando en el aire, escuchando su respiración agitada e imaginando el vaho gris de las mañanas heladas que debía estar saliendo de su boca, como el humo de un cigarrillo fumando con apuro fuera de la mina, y esa respiración más suave que parecía hacerle eco. El pantalón de lanilla no estaba cerca, al menos no respondía al llamado de sus manos, que se deslizaban con pereza sobre el colchón, como si acariciaran una piel. La piel de Ramona. Pensó que seguramente se habría caído junto con algunas mantas, y tuvo que agacharse y andar un rato a gatas por el cuarto. Olía a orines ahí abajo. Cuando encontró lo que buscaba y estaba por sentarse nuevamente, un granito de cemento se le enterró en la rodilla. Lo sacudió con un movimiento rápido y luego se pasó la mano por la piel marchita, para sentir el pequeño surco que había quedado en la pierna, cerca de la cicatriz que se hizo la vez que le cayó la viga encima, ese día que el Colorao era aún un niño, tan lindo como el Flaquito, y se le ocurrió llevarlo al trabajo. Pero ahora estaba en la cárcel, y la Mirta no quería a los hijos del Colorao, y sólo quería cuidar a los suyos, y los pobrecitos andaban todo el día dando vueltas por la casa, sin jugar con los otros porque a ella no le gustaba, y el Flaquito dale que dale con la navaja, rallando las maderas de las murallas, escarbando en el piso, siempre con esa carita de pena, y a él que le gustaría tanto llevarle por las noches una cosita, un engañito cualquiera, un caramelo que sea para sacarle una sonrisa a esa carita triste, le gustaría tanto, aunque igual tendría que llevarle a todos, a los de la Mirta también porque ellos no tenían la culpa, y por eso no le decía a su nuera que se fuera. Eso pensaba mientras se estiraba el pelo hacia atrás con un poco de saliva, poniendo toda la palma sobre la cabeza, escuchando el tenue rasgar de su mano callosa contra la frente. Entonces recordó que estaba atrasado y se puso los pantalones con apuro, conteniendo el gesto de hastío con esa disciplina añosa que le permitía evocar sin derrumbarse cuando Ramona aún estaba viva y le lavaba los calzoncillos, y entonces sí tenía calzoncillos limpios que ponerse bajo los pantalones, aunque parecieran tener el olor a tierra húmeda impregnado. Volvió a agacharse, para colocarse los zapatos, y un mareo le hizo apoyar la mano en la silla, hundiéndolo en un blanco que hirió por segundos la oscuridad del lugar. Atontado, parpadeó varias veces antes de incorporarse, siempre con la mano apoyada en la frío lomo de la silla, seguramente cerca de donde estaba la quemadura más grande, la de la semana pasada, porque la silla ya no tenía esa superficie lisa y brillante de cuando la compraron y las cosas a veces se caían. Cogió la chaqueta del clavo. Al salir de la habitación pasó junto a la ventana y se dio cuenta de que ya estaba amaneciendo. Apuró el paso, pero al llegar a la puerta se paró en seco y giró el cuerpo. Entonces tomó las cerillas que estaban junto al hornillo en la cocina, las que usaba para prender la vela y no despertar con la luz de la bombilla desnuda al niño que dormía a su lado desde que su padre se había ido. Las dejó sobre la silla antes de cerrar la puerta.

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12 pensamientos en “Un cuento para no masturbarse :)

  1. Hace poco, demasiado ya, perdí a alguien muy cercano. Has hecho que me emocione pensando cómo ella le echa de menos….Sobra decir que me encantó. 🙂

    CP.

    Ps.. Con respecto a mi relato ‘antediluviano’, sólo diré que data de época mecanográfica y copia en papel… de ahí su supervivencia heroica.

    • Sobra decir que tu frase “has hecho que me emocione” es un premio y un regalo para mí. Así como tu presencia en este hogar virtual. Gracias, como siempre!!! 😀
      Y a propo, no puedo evitar preguntártelo: en ese proceso de traspasar el texto en papel al teclado del ordenador… ¿pudiste resistir la tentación de meter mano y aplicar un poquillo de automaquillaje por aquí y por allá? A mi me costó un mundo, y eso q sólo le di al copia-pega. De hecho, confieso que sí cambié una frase, y q tuve q amenazar a mis dedos con la mutilación para no seguir…
      Ainsss, esto de ser “escritor”, siempre con ese mal bicho que todo lo corrige y lo recorrige…

      • Jajaja te podría decir que eso es secreto literario. Pero te estimo demasiado amiga. Sí, he de confesar que metí mano, pero considero labor de ‘abrillantado y pulido’: corregí algo de gramática, algún giro -que yo escribía pero..que tenía quince años…- y adapté estructura para hacerlo en seis entregas ( que te avanzo que queda por publicar la very last one! jiji) originalmente era una estructura de dos partes.

  2. Precioso, Ava.
    Si hay algo que me conmueve es un autor que mira a sus personajes con ternura, por eso me gustan Ignacio Aldecoa, José Luis Sampedro o John Ford. Gracias a tu mirada, los lectores también empatizamos con el viejo minero y deseamos abrazarle y decirle que le comprendemos, que su historia (la conocemos perfectamente, no es necesario saber más para adivinar decepciones, soledades, dureza, cansancio, enfermedad, pobreza…) merece ser contada, que a nosotros también nos gustaría llevarle un engañito (qué bonita palabra) al Flaquito, al igual que desearíamos sentarnos junto a la mecedora del viejo Moe en Centauros del Desierto.
    Últimamente estoy sensible acerca de los mayores (y por extensión de los pequeños…. ¿no son los mismos?), así que tu relato me ha dado de lleno.
    Digamos que tras el cuento me hallo “más turbado”… mucho más.

    • Muchas gracias amigo mio!!!
      Tu comentario me trajo recuerdos que había olvidado, del tiempo en que llegué a España, y todo era nuevo para mi, y por ende contemplaba mi entorno con ojos de recién nacido…
      Cuando escribí el relato había dejado mi país hace menos de un año. Lo leí ante un grupo de personas en un bar, todos españoles, y la reacción de la mayoría fue encontrarlo “exagerado”. Otros comentarios q recuerdo fueron “algo recargado”, “ajeno a la realidad” o “con tanta miseria parece un tanto falso, artificial”. Entonces comenté que estaba inspirado en un caso real, y que de hecho lo había “rebajado” bastante, ya que la persona en quien me había inspirado era una mujer mayor que trabajaba como “nana” en una casa, tenía tres de sus cuatro hijos en la cárcel y mantenía con su sueldo miserable a dos nueras y nueve nietos. Entonces uno de ellos concluyó que probablemente se debía a mi “mirada latina”, y que dada mi procedencia se me podía perdonar semejante exceso literario.
      Y bueno, lo que te decía. Que tus palabras me recordaron esa escena, a la vez que me conectan con el momento presente, tristemente. No sabes el dolor que me produce que, lejos que volverse cada vez más difusa esa “mirada” en mi querido y maltrado continente, se haya extendido a otros sitios que antes parecían inmunes a un estado de carencia tan crudo. Aunque claro, en la sobreabundancia muchas veces se carece de tantas cosas muchísimo más importantes…
      Como siempre, un abrazo de oso!!! 😀

      • Acompañé a mi ex en diversas ocasiones a “tertulias” literarias como la que describes, ella es una muy buena escritora y siempre me sorprendió que se expusiese al cruel despelleje de “colegas” que escribían bastante peor. Ella me decía que necesitaba refrendar lo que hacía a través de la mirada ajena, pero a mi siempre me pareció que lo que expresaban aquellos contertulios no era más que envidia. Con el tiempo, mi ex ha publicado varias novelas y libros de relatos además de recibir varios premios importantes mientras aquellos compañeros de tertulia siguen mirándose el ombligo y descalificando cualquier talento emergente.
        Y si, parece mentira pero hay una pose bastante extendida entre escritores españoles que rechazan todo lo que proviene de Latinoamérica y que, por supuesto, no se corresponde con el gusto de los lectores. Es una lástima.

        Correspondo encantado a ese cálido Osoabrazo!!

        • Sé a que clase de tertulias te refieres, alguna vez he caído en alguna. No es este el caso aunque lo parezca, los comentarios no eran malintencionados ni particularmente envidiosos, o al menos no la mayoría… la idea era más bien aportar otras miradas a lo que había escrito el prójimo. Por eso mismo me parece una escena significativa, porque la extrañeza era real, se trataba simplemente de una historia que les resultaba “marciana”, lejana… Y no es q no hubiera pobres-pobres en ese momento (inmigrantes en su mayoría), sospecho que simplemente eran menos y más invisibles…
          Y lo de la mirada ajena… uff, tela! Aún no tengo claro si mis letras viven para ella o si me la sopla totalmente…
          😛

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