Mudanza

mudanzaHoy tengo resaca…

Y un cansancio de la hostia, porque mi vida está envuelta en cajas y no le encuentro el sitio a nada.

Y pienso en todo lo que se mantiene sin escribir, sin hacer.

En mi último relato inconcluso, que me acecha furioso reclamando mi atención dispersa. Encajado a medio camino, a medio parir…

En todos esos posts que aún no he escrito, que se acumulan en mi cabeza a la vez que se evaporan un poquito más cada día, huyendo de mí en busca de una muerte prematura.

En las muchas cosas que he vivido, más allá de cintas, brochas y rotuladores…

Y el sexo, oh, sí, el sexo.

Podría llenar un saco de adjetivos. Podría desgranar unas cuantas historias. El príncipe valiente. El príncipe cobarde. El príncipe más majo. La princesa quiere un sapo. Elegid.

Cierro los ojos y todo se mezcla dentro, como la ropa de una lavadora. El color que se forma frente a mí no tiene nombre, o yo no sé decirlo.

Pero si suspendo la respiración por segundos puedo distinguir algunas prendas.

Una visita inesperada.

Una propuesta inapropiada..

Pausa, ternura, reconocimiento.

Pies ajenos bajo las sábanas.

Cadencia. Contacto.

Invitaciones rechazadas.

Invitaciones casi rechazadas que terminaron convirtiéndose en una sorpresa.

Una polla de encaje perfecto.

Un ser humano bajo la polla.

Risas. Y cuantas…

Sol, playa, hotel, un pasillo, mi cama. Mi cama, mi cama, mi cama, mi cama.

Miradas nuevas, seres en descubrimiento.

Calor. Ventanas abiertas. Exposición.

Me atrevería a decir que un poquito de exceso.

Un ejemplar incansable entre mis sábanas. Una maratón digna de veinteañeros.

Mordiscos en mis pezones. Tal vez demasiados. No me di cuenta, claro, y no importa. Lo que está rico está rico.

Ufff, sueeeeeeño. Mucho sueño.

 

Agosto no ha sido precisamente un mes de vacaciones, pero no me quejo…

Tras la ventana (IV)

tras la ventana 4Se despertó tarde y se quedó un rato en la cama, incapaz de decidir qué hacer. No quería salir al pasillo y descubrir que el jarrón no era lo único que se había roto en esa casa. Una rápida mirada al suelo le permitió comprobar algo que ya intuía: los trozos ya no estaban allí, ni las flores desparramadas. “Debió limpiarlas mientras yo dormía”, pensó. “¿Se quedará observándome cuando entra en mi habitación de noche”?

El pensamiento lo sorprendió. Tal vez porque en ese momento se dio cuenta, con una punzada que le indicó que estaba más allá de una simple conjetura, de que no era la primera vez que ella entraba mientras él estaba dormido. Pero además no se le pasó por alto el uso del adjetivo posesivo en la frase que surcó su mente: “Mi habitación”.

Cuando ya le resultó evidente que ella no iba a aparecer, se levantó y salió. No quería asomarse al salón y quedarse parado frente a ella sin saber qué decir. Y no quería ser él quien hablara primero. Ella se había ido y lo había dejado solo. Ella tenía que buscarlo.

Sin embargo, al no oír los ruidos familiares de la mañana sintió curiosidad. ¿Ya habría desayunado? ¿Qué estaría haciendo tan silenciosamente? ¿Leyendo?

Como de costumbre la mesa estaba puesta, pero ella no se encontraba allí. Al darle un sorbo al café se percató de que estaba frío. Igual que las tostadas. Se bebió el zumo de naranja con desgana y se metió en la ducha.

Ni siquiera sentir el agua corriendo sobre su cuerpo lo tranquilizó. La ausencia de la mujer le producía la desagradable sensación de que había ido muy lejos la noche anterior, pese a que si miraba la situación desde fuera se podía considerar un ejemplo de virtud. Pero no lo sentía así.

Siguiendo un impulso se puso la ropa que traía el día que llegó, rechazando la que ella le dejaba todos los días sobre la silla. Estaba molesto, con él por no haber sabido contenerse y con ella por no haber apreciado su falta de contención. Pensó que si ella lo veía vestido así podría reaccionar de alguna manera, si bien no tenía muy que reacción esperaba… o deseaba provocar.

Todos sus pequeños rencores y elucubraciones se fueron disolviendo a medida que pasaban las horas, para dejar paso a una sensación de pérdida distinta a la que había cargado por tantos años. No se trataba ya de desear algo que nunca había tenido, sino de temer por algo que se conoce, que se ha poseído. Se preguntó cómo podría alguien llegar a amar, si eso implicaba saber al mismo tiempo- no, más bien sentir sin palabras- lo que significaba realmente la ausencia de lo deseado.

Cuando ya no pudo aguantar el hilo de sus pensamientos arrastró los pies hasta la cocina y se preparó un bocadillo para saciar su hambre. Se tendió en el sofá y cerró los ojos, pendiente de los sonidos que venían del exterior.

 

Ya había oscurecido cuando ella entró por la puerta. Parecía traer el mundo exterior a sus espaldas como un lastre, en su sonrisa huidiza y su andar pesado. Aún así, al verla así él se sintió irritado. De alguna manera excluido. Ella se acercó para saludarlo, pero él se hizo a un lado.

– Te fuiste

El ansia contenida en su voz lo sorprendió y se dio cuenta de que necesitaba dominarse. Ella lo miró con curiosidad. Parecía sinceramente perpleja al percibir el intenso reproche que acompañaba a sus palabras.

– Pero he vuelto.

– ¿Dónde estabas?

– Una reunión de última hora, que se alargó más de lo esperado.

– ¿Con quién?- insistió él con tono agrio.

– Eso a ti no te importa- respondió ella.

– Ya, ¿pero no podrías haberme avisado? Joder, no es tan difícil coger un teléfono.

– Pensé que aprovecharías el día. Te dejé una nota en la entrada. ¿No la viste?

– No-, murmuró, y se sintió inmensamente estúpido. ¿Quién era él para pedirle explicaciones en su propia casa? ¿Tenían algún tipo de relación que le daba derecho a hablarle así? De pronto su presencia en ese lugar le pareció más amenazada que nunca, y volvió a sentir esa carga endeble que colgaba de sus espaldas cuando cruzó el umbral por primera vez.

– Disculpa, yo…

– No pasa nada Pablo, déjalo. Creo que me voy a tumbar, estoy cansada.

 

No, no podía ser eso y ya, no podía terminar así. La cogió de un brazo e intentó besarla, pero ella se soltó con un tirón firme, haciendo un extraño chasquido con la boca. Desesperado, sin saber qué hacer al ver que ella le daba la espalda y se dirigía hacia el interior, comenzó a quitarse la ropa con movimientos decididos, con la vaga sensación de que al estar desnudo le costaría más echarlo de su casa. El inconfundible sonido de la cremallera al bajar hizo que ella detuviera su marcha y se girara a mirarlo. No dijo nada, pero el haberse detenido ya era una respuesta.

Él terminó de desvestirse y extendió los brazos hacia los costados, echando levemente la cabeza hacia atrás.

– Mírame. ¿Por qué no me deseas? ¿Qué es lo que no te gusta?

Cerró los ojos, algo avergonzado con su inesperado y teatral arranque, y al abrirlos se encontró a la mujer a su lado. “¿Pero qué coño”? se dijo, algo mareado por la sorpresa. Resultaba imposible que le hubiera dado tiempo a llegar hasta él. Pero allí estaba.

– No has venido aquí para eso- le dijo con una sonrisa triste.

– ¿Y entonces para qué? ¿Quieres decirme para qué coño estoy aquí? Tú misma me pediste que me quedara.

– Lo sé. No debería haberlo hecho. Pero yo también me siento sola a veces.

– Yo puedo acompañarte. Déjame hacerlo.

Como si se viera forzada a tomar una decisión muy importante ella entrecerró los ojos, y al hacerlo la habitación se oscureció. ¿Cómo se había ido tan rápido la luz? ¿Había sido ella quién había llamado a las sombras? Se encontraba al límite del paroxismo –a eso lo invitaba la lógica-, pero de forma paralela comenzaba a cobrar fuerza la sensación de que sus preguntas sólo tenían peso fuera de los muros que les daban cobijo. Y él estaba dentro. Aunque al parecer no por mucho tiempo.

Entonces ella comenzó a murmurar sonidos incomprensibles al tiempo que movía los brazos, como si cantara muy bajito en una lengua extraña o estuviera recitando algún mantra. Su voz, que más parecía provenir del centro mismo del hogar que del fondo de su garganta, se llevó lo que a él le quedaba de estupor como una suave ola se lleva restos de algas secas al retirarse de la orilla. Poco a poco todo pareció volver a su sitio, aunque era un sitio que él no terminaba de entender. Pero al oírla hablar eso ya no parecía tan importante.

tras la ventana 4bSe dio cuenta entonces de que ella también estaba desnuda, y de que su ropa había desaparecido. Fascinado, contempló su cuerpo firme, mucho más de lo que hubiera esperado en una mujer de su edad, con Pilates y todo. Aunque se encontraban en penumbras le pareció percibir una cierta juventud en su rostro que no había notado antes, o más bien como si la edad no hubiera quedado impresa en él, como si sus preocupaciones fueran de otra índole. Él no sabía qué podía estarla preocupando, pero no albergaba dudas de que sus intentos ya no serían rechazados.

 

Tras la ventana (I)
Tras la ventana (II)
Tras la ventana (III)

Tras la ventana (III)

http://www.fraper.es/portal/cuadros/452-cuadro-jarron-azul-con-flores.htmlHabía pasado más de una semana cuando ella entró por primera vez. Él había dejado de estar pendiente de cada sonido que se desvanecía al otro lado de la puerta una vez que se daban las buenas noches, si bien le seguía costando conciliar el sueño. De alguna manera no había dejado de esperarla del todo, pero como se espera que Dios responda a una plegaria: Todo fe, sin asideros. Por eso, aunque había fantaseado recreando la escena decenas de veces durante las noches anteriores, no supo cómo reaccionar y fingió dormir.

Ella se acercó con sigilo y se sentó en el borde de la cama. Él, boca abajo y desnudo bajo el edredón, recibió el palpitar furioso de su corazón como un anuncio de algo y apretó los párpados.

– ¿Estás despierto?

Sus palabras se vaporizaron en el aire, más livianas que un susurro. No hubo respuesta, pero ella no se fue. Permaneció allí, sentada a su lado, y comenzó a acariciarle el cabello muy suavemente. Pasados unos segundos volvió a hablar.

– Quédate aquí. Quédate conmigo.

Retiró el edredón con cuidado, hasta dejarlo a los pies de la cama. Aunque él no podía verla se la imaginaba perfectamente, absorta en su empeño de no interrumpirle el sueño. Entonces le pasó los dedos por la espalda, como un aprendiz respetuoso que entra en contacto por primera vez con las teclas de un piano, con una liviandad cargada de respeto. Él suspiró, muy quedamente, porque no podía evitar sentir que la estaba engañando.

– Shhhhhh…

Continuó tocándolo mientras tarareaba una canción que él desconocía. Sin aumentar la intensidad de sus roces, poco a poco fue adueñándose de porciones más extensas de su cuerpo, hasta alcanzar con sus yemas perezosas los glúteos –“apenas unos instantes se queda en ellos, ¿por qué se va tan pronto?” – y ya después las piernas. Y entonces comenzó a ascender nuevamente, sin prisa pero esta vez un poco más decidida, un poco más familiarizada con sus llanuras y sus rincones. Él volvió a suspirar y elevó ligeramente las caderas, en parte para dejar sitio a su ya considerable erección, en parte para participar de alguna manera del ritual que se estaba llevando a cabo sobre su piel hambrienta. Como ella no se detuvo, él no volvió a moverse. El enjambre que tenía entre las piernas reclamaba su atención, pero parte de sí estaba fuera de su cuerpo, junto a ella, observando su propia carne yaciente, apenas un accidente entre sus sábanas por capricho del destino.

Quietud y silencio. Cómo los aborrecía de niño. Qué delgada le pareció en esos momentos la línea que separaba el placer del dolor. No el de los artilugios, el de verdad. El dolor de los que están solos.

Pero entre los dedos expertos de la mujer que le ofrecía cobijo todo se desdibujaba. Moldeable como el barro e ingrávido, como si se disolviera y flotara al mismo tiempo, conoció por primera vez el deseo de llorar. Lo hubiera dado todo porque el tiempo se detuviera, por no salir nunca más de esa habitación ni de ese universo hecho de piel y recovecos, en el que ella era la fuente de toda vida y toda felicidad.

http://www.fraper.es/portal/cuadros/452-cuadro-jarron-azul-con-flores.htmlAprovechando una pausa en sus caricias se giró. Aunque ella echó levemente el cuerpo hacia atrás él no fue capaz de percibir en su gesto el aroma de la fragilidad y estiró un brazo para tocarla. Al hacerlo pasó a llevar el jarrón azul que había junto a la cama, que se estrelló contra el suelo escupiendo al quebrarse sus flores envueltas en un chorro de agua turbia.

Antes de que alcanzara a balbucear una disculpa ella le posó los dedos sobre la boca, con una sonrisa leve. Entonces se puso de pie, sus largos cabellos negros cayendo libres sobre sus hombros, los pies descalzos y apenas un ceñido camisón blanco para cubrir sus formas, y se fue como había llegado, sin emitir una palabra, sin dejarle un gesto en el que buscarla.

No fue un pensamiento, sino una imagen lo que se quedó en él cuando ella cerró la puerta: Una postal vieja, que algún amigo del coronel se dejó olvidada en la cabaña de la playa, en la que dos niños de pantalón corto sentados en las rodillas de Papá Noel parecían burlarse con sus pequeñas sonrisas congeladas de todo aquel que estuviera fuera de la imagen, mientras que de fondo deliciosos manjares los esperaban sobre la mesa junto a un árbol colmado de regalos sin abrir.

Tras la ventana (II)

Tras la ventana (I)

Tras la ventana (II)

No dijo nada, tan sólo le hizo un gesto con el dedo y él la siguió hasta una habitación que se encontraba al final del pasillo. Estaba decorada con sobriedad y buen gusto, y ya al primer vistazo se dio cuenta de que se trataba de un cuarto de invitados, lo que en parte le extrañó. En realidad, no sabía muy bien qué esperar. Al buscarla con la mirada reparó en un jarrón azul (¿sería de porcelana? él no sabía de esas cosas) lleno de flores frescas. Empezaba a producirle cada vez más curiosidad la mujer que tenía al frente.

– ¿Para qué las flores?
– ¿Cómo dices?
– No entiendo. Acá no duerme nadie, ¿no? Todo está en su sitio y no se ven objetos personales por ninguna parte. ¿Quién las aprovecha? ¿Las flores?
– Tú.
– ¿Yo?
– Por ejemplo.

Iba a decir “eso es ridículo, no tenías cómo saber que yo vendría”, pero algo lo impulsó a callar. No quería molestarla. Y, sobre todo, no quería empezar a quitar capas tan pronto, porque una vez alcanzado el centro ya no sabría qué hacer. Además, ¿para qué arrebatarle su juguete? Su misterio era como una sombra que, más que oscurecer, refrescaba.

– Me gustan las flores -murmuró de pronto ella, interrumpiendo sus pensamientos-. Así de simple. Desde niña. ¿A ti no?
– Me dan un poco igual. Quiero decir, nunca he gastado dinero en ellas. Pero viéndolas aquí me parecen casi…
– ¿Si?
– Sé que suena ridículo, pero iba a decir “necesarias”.
– ¿Ridículo? Para nada. Me parece un comentario bastante penetrante.

“Penetrante”. Le bastó escuchar esa palabra para sentir como si lo despertaran de una bofetada. La mujer que lo miraba con intensidad no sólo seguía siendo hermosa; era como una invitación, toda ella. Podía sentir como la turbación reptaba por sus muslos hasta hacer nido en su entrepierna. Carraspeó, porque no supo que más hacer, y se acercó al marco de la ventana, dándole la espalda. Había empezado a llover.

Ella comenzó a hurgar en uno de los armarios. Pasados unos minutos, que él agradeció, le tocó con suavidad un hombro. En lugar de girarse él cerró los ojos, sintiendo como llegaban hasta sus labios oleadas mansas de un sabor dulce, a la vez conocido y olvidado, al que no supo dar nombre.

– Probablemente quieras darte un baño. Sobre la cama he dejado toallas limpias y un cepillo de dientes. Es la segunda puerta a la derecha.
– ¿Estás segura de que quieres que me quede?
– No te tardes. Se enfría la cena.

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Casi no pudo dormir en toda la noche. La posibilidad de que su anfitriona apareciera en el marco de la puerta era como un manto que todo lo cubría, meciéndolo y manteniéndolo despierto al mismo tiempo. Recién cuando comenzaba a clarear consiguió cerrar los ojos un par de horas, rendido el cuerpo al fin ante su ausencia. Al despertar la encontró fumando en el balcón. Ella no lo vio entrar, miraba hacia la calle, atrapada al parecer por pensamientos profundos. Si no fuera por el movimiento del humo que de desenroscaba de su cigarrillo él hubiera creído encontrarse frente a un cuadro. La mesa estaba puesta: Gruesas rebanadas de pan rústico, huevos revueltos recién hechos, café y zumo de naranja natural. No supo qué decir, así que simplemente tosió. Ella se puso de pie, aplastando la colilla en un enorme cenicero de colores chillones.

– Buenos días- lo saludó con una sonrisa amplia, acercándose a la mesa y alcanzándole un tazón humeante- El café era sin leche, ¿no?
– Buenos días. Sí, gracias, me gusta solo.
– ¿Has descansado algo? Anoche parecías… intranquilo.
– Ya, ehm… perdona si te desperté.
– No te preocupes. Estaba despierta.
– No suelo moverme tanto, no sé qué me pasó. Y además tu cama no ayuda. ¿No conoces Ikea acaso?
– Es una reliquia familiar, dejémoslo ahí. De cualquier manera se duerme muy bien en ella pasados unos días. Ya te acostumbrarás.

Dijo “ya te acostumbrarás” como quien dice la cosa más nimia, mientras mordía un trozo de pan, y él sintió como si lo trasladaran a otra realidad de un empujón, una en la que estaba bien acercarse y abrazarla, hundir la nariz en su pelo e incluso llenarse la boca con sus pechos generosos. Pero él seguía siendo el mismo, un intruso sólo, incapaz de fundirse con el nuevo escenario. En cuanto a ella, parecía cambiar de sitio todo el tiempo, como si todas las reglas le valieran.

– ¿No tienes que irte a currar? Ya es tarde- comentó él por quebrar el silencio.
– No, trabajo en casa. Y además he decidido tomarme unos días libres.
– ¿Para qué?
– ¿Cómo que para qué? Tú estás aquí, ¿no?
– Ya, eso es lo que no entiendo. No me conoces, y aún así me has invitado. ¿Dejas entrar a cualquier extraño que toca a tu puerta?
– Me gustan las historias. Vivo de ellas. Y quiero ver a dónde me lleva ésta.
– Pero aún así, ¿no te da miedo?
– Sentí que querías estar aquí, que era importante- respondió ella encogiéndose de hombros.
– Te estoy hablando en serio.
– Yo también. ¿Qué quieres que te diga? No eres un desconocido, o al menos no del todo. Eres el hijo adoptivo del coronel Adriasola, Isabel me habló de ti y no creo que vayas a hacerme daño. ¿Me vas a hacer algo malo, Pablo?
– No. Al menos nada que tú no quieras.

Esperaba un leve estremecimiento al menos, un gesto, una mirada de complicidad. Y como su imaginación solía ir muy por delante de lo que creía posible, llegó a imaginarla incluso abriéndose el camisón frente a él, al embrujo de sus palabras. Pero nada. Ella siguió comiendo sin alterarse, como si digerir su frase fuera una parte más del proceso alimenticio que estaba llevando a cabo de forma tan concienzuda. Él no pudo evitar sentirse molesto, de alguna manera traicionado por su silencio. ¿Qué se traía esa mujer entre manos? ¿Qué coño estaba haciendo él allí de todas maneras?

– Muchas gracias por el desayuno, estaba buenísimo, pero es hora de partir- dijo sin poder disimular la irritación en su voz.
– ¿Partir? ¿A dónde?
– ¿Cómo que a dónde? No sé si lo recuerdas, pero llegué hasta acá buscando a alguien.
– Ya. ¿Y sabes por dónde seguir tu búsqueda?
– No, pero yo…
– ¿Entonces cuál es la prisa?
– Si no me voy ahora más tardaré en encontrarla.
– Por favor, no te vayas. Al menos no todavía.

Nadie, hasta ese momento, le había dicho nunca “no te vayas”, y eso que se había ido de muchos sitios. Ni siquiera el coronel. No hizo falta más. Estaba acostumbrado a ignorar su necesidad de los otros como los pobres ignoran el hambre, porque no le quedaba otra, pero no sabía lo que era sentirse necesitado. Mareado de pronto por la evidencia de que ella deseaba su presencia cerró los ojos, buscando en la oscuridad un asidero. Ella lo rozó con delicadeza, sin posar del todo sus dedos en el brazo que tenía delante. Su tacto ligero le recordó a la brisa fresca de una noche de verano, y le pareció que ningún día podía ser demasiado largo si ella le esperaba en casa. Sin saber por qué, se le vino a la mente la imagen de Torpedo, un gato callejero al que alimentaba en secreto cuando niño. Tal vez porque su pelo era inexplicablemente suave, inexplicablemente blanco. Como un refugio.

– Si quieres puedo ayudarte a recoger la mesa- dijo sin más. Ya con eso se sintió más liviano.

Tras la ventana (I)