Tras la ventana (I)

(Para mi madre)

ventana

Era una casa de esas para esperar dulcemente la muerte.
Con todo ya acabado.
Sin nada por hacer.
Cada cosa en su sitio, como una sinfonía visual.

Nada más entrar supo que muy pronto desearía pasar allí el resto de sus días. Comenzaba a necesitar la paz, y en esa casa se respiraba por todos los rincones. La claridad que entraba por sus grandes ventanales invitaba a la contemplación, no al movimiento. Y él estaba muy cansado.
Y luego estaba ella, de pie en el marco de la puerta, con un café humeante en la mano.
Un café y una promesa, de tantos ofrecimientos por cumplir.
Para él.

Encendió un cigarrillo, expectante. Ella, pese a su pulcritud, no le devolvió un gesto agrio. Ni siquiera vaciló. Simplemente le ofreció un cenicero.
Ya con eso deseó abrazarla.
En su lugar dejó descansar las yemas de su mano izquierda sobre el brazo del sofá. Con suavidad. Era casi como tocarla. De alguna manera mujer y espacio eran todo uno allí. Ella era ese hogar, cada rincón, cada pared pura. Y él tenía maletas para deshacer.

No lo interrumpió mientras se bebía el café. Ni un gesto sutil para meterle prisas. Calor y silencio entraron en su cuerpo, inundándolo de sensaciones nacientes. Y al otro lado ya no había vacío, estaba ella con sus formas rotundas y el latido que se adivinaba entre sus pechos.

Se acercó para devolverle la taza. Un poco más. Sólo un poco… Tuvo que esforzarse para enmascarar su avidez. Respiró con suavidad.

En contra de lo esperado, no había un llamado en su aroma. Era agradable, como a bizcocho mojado en leche y tal vez algún otro ingrediente secreto, pero él había imaginado otra cosa.

– ¿Y bien?-, inquirió, aún sin rastros de impaciencia.
– Soy Pablo. Y usted Raquel, ¿no?
– Por favor, trátame de tú. Creo que aún puedo permitirme ese lujo.
– ¿Cómo?
– Digo, que tampoco soy tan vieja…
– Oh, no, por supuesto que no- dijo él evitando su mirada. Ella calló y se dirigió hacia la ventana.

– No sé si Isabel habló contigo.
– Sí, si habló- respondió ella añadiendo una pesada suavidad a sus palabras-. Pero siéntate. Acá estarás más cómodo.

Dijo “acá estarás más cómodo” y él sintió deseos de llorar. La comodidad no era para él más que un sustantivo, como tantos otros aprendidos a golpes, del que sólo tenía la cáscara. Se dirigió como hipnotizado al sofá en el que ella ya le esperaba. Era blando y olía a limpio.

– Pablo…
– ¿Sí?
– Pablo -repitió ella como sin animarse a hablar, cogiéndole una mano. Él cerró los ojos y se dejó ir, sintiendo cómo ese primer contacto traspasaba su piel para envolver algo que no sabía que tenía dentro.
– Me gusta cómo suena mi nombre entre tus labios: Pablo.
– Temo que has estado siguiendo una pista falsa. Yo no soy tu madre.
– Eso es imposible.
– Imposible sería que lo fuera. Nunca he tenido hijos. No puedo tenerlos.

Entonces la miró, largamente. La transformación no se produjo de golpe, sino que de forma gradual, como si ella se desvistiera frente a él con cierta pereza y fuera dejando caer las ropas a sus pies. Y así, en los instantes en los que ninguno habló, fueron resbalando entre sus curvas maduras todos los revestimientos maternales con los que él había alcanzado a cubrirla desde que cruzó el umbral de su puerta.

– Lo siento mucho- murmuró él con un tono mucho más seco del que hubiera querido- Lamento haberte hecho perder así el tiempo. Igual me lo podrías haber dicho por teléfono.
– Te ves cansado- dijo ella pasando por alto su última frase-. Muy cansado. ¿No quieres quedarte hasta mañana? Siempre habrá tiempo de encontrar a la mujer que buscas.

Volvió a mirada, esta vez ya como un repaso. Aún no había llegado a los 50 y sin duda se conservaba bien. Sería de las que trotaba todas las mañanas por el Retiro, o tal vez se daba sus buenas palizas con el Pilates. Ella pareció percibir ese descaro que empezaba a asomar entre sus ojos pardos y le regaló una sonrisa insondable.

No. Definitivamente la mujer que tenía al frente no podía ser madre.

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Un lunes cualquiera

salón ventanales luzEra una casa de esas para esperar dulcemente la muerte.
Con todo ya acabado.
Sin nada por hacer.
Cada cosa en su sitio, como una sinfonía visual.

Nada más entrar supo que muy pronto desearía pasar allí el resto de sus días. Comenzaba a necesitar la paz, y en esa casa se respiraba por todos los rincones. La claridad que entraba por sus grandes ventanales invitaba a la contemplación, no al movimiento. Y él estaba muy cansado.
Y luego estaba ella, de pie en el marco de la puerta, con un café humeante en la mano.
Un café y una promesa, de tantos ofrecimientos por cumplir.
Para él.

Encendió un cigarrillo, expectante. Ella, pese a su pulcritud, no le devolvió un gesto agrio. Ni siquiera vaciló. Simplemente le ofreció un cenicero.
Ya con eso deseó tocarla.
En su lugar dejó descansar las yemas de su mano izquierda sobre el brazo del sofá. Con suavidad. Era casi como posar sus dedos sobre ella. De alguna manera mujer y espacio eran todo uno allí. Ella era ese hogar, cada rincón, cada pared pura. Y él tenía maletas para deshacer.

No lo interrumpió mientras se bebía el café. Ni un gesto sutil para meterle prisas. Calor y silencio entraron en su cuerpo, inundándolo de sensaciones nacientes. Y al otro lado ya no había vacío, estaba ella con sus formas rotundas y el latido que se adivinaba entre sus pechos.

Se acercó para devolverle la taza. Un poco más. Sólo un poco…

– Te necesito- le murmuró al oído.
Ella titubeó, por primera vez.
– ¿Cómo dice?
– Que te necesito.
No fue una mirada larga, pero él pudo ver que ella entendía, y se sintió desnudo. No era muy listo para esas cosas, pero en ese momento comprendió lo que era traspasar lo evidente. Se lo había enseñado ella al leer en sus ojos, en un breve trayecto en que lo había cogido de la mano y lo había invitado a embriagarse con su luz.
– Te necesito- volvió a repetir, esta vez alto y claro.
– Ya, pero yo no- le contestó ella sacudiendo la cabeza, y de pronto su voz dejó de ser hermosa-. Salvo para que me cambie el router, claro. Así que hágame el favor de ponerse a trabajar de una vez, o tendré que llamar para pedir otro técnico.