Una casita en la calle Pudeto

(por Mauricio Olivera)

casita pudetoHay una casa en los altos de la calle Pudeto. Es una antigua casona de dos pisos edificada casi por completo en madera de árboles nativos, como suelen serlo las casas en el Sur. El viento y la lluvia que han castigado por décadas su techumbre y sus paredes han desvaído el color de sus tejuelas de alerce hasta dejarlas de un tono verde musgo pálido y enfermizo. Noche y día, una estela de humo sale del extremo del caño ennegrecido que corona el tejado, aletea un par de frágiles segundos al soplo del cierzo helado y se disipa finalmente en el aire, como un fantasma contra el cielo permanentemente nublado.

El inmueble así caracterizado es habitado de forma estable (valga la distinción ya que todos sus demás ocupantes lo son de modo, por así decirlo, transitorio) por dos mujeres de cierta edad, difícil de establecer debido a elementos mayormente culturales, pero que debe fluctuar, con escasa diferencia entre ambas, entre los 68 y los 72 ó 73 inviernos. Las dos mujeres se conocen desde hace unos 60 años, prácticamente cuando, también con un breve margen entre ambas, llegaron cada una a vivir en aquella casa (es muy probable que ninguna de ellas supiese decir, si se les requiriera, cuál llegó primero y cuál después, lo que por lo demás y a estas alturas ya no debe tener el menor interés para nadie).

Una de las mujeres en cuestión se llama Gertrud y es la propietaria del edificio, en el que regenta en las últimas cuatro décadas una casa de reposo privada para personas de la tercera edad altamente dependientes y con grados severos de postración y deterioro intelectual. Se trata en todos los casos de ancianos de más de 80 años, algunos de más de 90 y hasta 100 años, procedentes de familias relativamente acomodadas de la sociedad local, cuyo derrumbe físico y mental les han convertido en pesadas cruces para sus parientes más jóvenes quienes prefieren pagar los elevados aranceles de la muy antigua y respetada residencia, a cambio de la certeza de que su enfermo y anciano padre, madre, abuelo/a o suegro/a se encuentra al cuidado de manos experimentadas y primorosas que velan permanentemente por sus necesidades más básicas.

Gertrud es menuda y gruesa, de tez muy blanca y ojos azules y su cabello ahora entrecano conserva algunos mechones rubios que delatan su ascendencia germánica; una marcada cojera, herencia del flagelo de la polio en los años en los que las vacunas eran un lujo, desconocido para las gentes de lugares remotos y aislados, imprime un sello tragicómico a su andar. Hija de tardíos inmigrantes provenientes de una ladea del norte de Alemania devastada por la Guerra, nació y vivió sus primeros años entre colonos de la zona costera de la región de Los Lagos, hasta que el pavoroso terremoto de 1960 asoló aquel sufrido rincón del planeta cobrándose una treintena de millares de vidas y arrastrando al mar las casas y pertenencias de muchos más; en tales circunstancias, Gertrud junto con sus padres y un puñado más de sacrificados y rubios sobrevivientes arribaron, tras cruzar un embravecido Canal de Chacao, al norte de la Isla de Chiloé, donde, tras vender los pocos animales que habían escapado a la furia del mar, pudieron rehacer sus vidas a punta de hacha y arado de mano. Luego vino la enfermedad que inutilizaría una de sus piernas y, tras ello, la muerte del padre y el lento declinar de la madre, a quien cuidaría con abnegación en sus últimos años, alimentándola a cucharadas y limpiando sus desechos. Se vería, sin quererlo, obligada a desempeñar la misma labor con los ancianos de otras familias locales en su propia heredad de tejuelas de alerce, a fin de subsistir y, para lo cual, se apoyaría desde entonces y por siempre en la fiel Elena, una niña de origen campesino y sangre araucana cuyos padres le fueron arrebatados por el mismo telúrico horror que trajo a Gertrud a la isla y a la casona. Elena fue rescatada del hambre y el frío por la madre de Gertrud, para colaborar en las tareas domésticas tales como picar leña, encender el fuego, acarrear el agua y corretear los pollos, hasta convertirse en un integrante más de la familia. Si bien en un discreto segundo plano, se integraría también al cuidado de sus padres adoptivos y luego de los veteranos residentes que reemplazarían a aquellos tras su deceso. Elena es una mujer pequeña y delgada, de apariencia frágil, su cabeza parece desproporcionadamente grande en relación al resto de su cuerpo, el que se ha ido encorvando con el peso de los años sin perder la agilidad de su juventud, su piel surcada de arrugas es morena y su pelo negro se ha ido llenando de canas a la par que el de su blonda compañera. Sus manos flacas, ásperas y nudosas delatan lustros de infatigables faenas domésticas con el hacha y el fogón, curtidas por las heladas y temporales de los crudos inviernos sureños. Elena jamás mira a los ojos y parece siempre estar persiguiendo algún escurridizo punto en el suelo a escasos palmos por delante de sus pies. Tampoco intercambia la menor conversación con ser humano alguno, salvo para mascullar entre dientes un ininteligible alegato mientras se aleja para cumplir alguna encomienda; en cambio, suele mantener largos soliloquios igualmente incomprensibles en el patio, donde parece hablar con las gallinas que a diario alimenta y espanta de la huerta, o en la cocina mientras manipula leños y ollas, o al cambiar los pañales de los ancianos de la casa a quienes regaña constantemente con agrias recriminaciones medio escupidas en una insondable mezcla de chileno campesino y mapuche, plagada de juramentos y de sonidos inarticulados. Elena nunca sonríe y jamás ha puesto un pie fuera de la casona desde su llegada, sin haber manifestado tampoco el menor interés por hacerlo. Gertrud, en cambio, además de ejercer la función de relaciones públicas, debe ausentarse regularmente para comprar los suministros, realizar trámites y asistir a la misa dominical o a las exequias de los residentes que, con relativa frecuencia, abandonan este mundo y con él la vetusta casa de reposo.

La relación entre estas dos mujeres singulares, edificada a través de décadas de convivencia y trabajo entre el añoso maderamen y los quejidos de ancianos moribundos, resulta sin duda de lo más peculiar para el observador externo, desconocedor de la historia de penurias, soledades y duelos que las unen desde la niñez. Una lengua ignota, sin palabras más allá de “Buenos días” y “Hasta mañana, Elena”, a las que la aludida responde con un gruñido característico, sustenta el vínculo entre estos seres; durante todo el resto de la jornada, la inquebrantable costumbre y unas pocas breves órdenes del tipo “Hay que cambiar los pañales al Sr. Ampuero de la habitación tres” articulan el funcionamiento de la residencia, mientras que las demás tareas como alimentar el fuego de la cocina, preparar las comidas y las papillas, el aseo diario de los ancianos y la administración de medicamentos, se realizan de forma inmutable y rutinaria y, la mayor parte del tiempo, en el más absoluto silencio, roto tan sólo por el sonido cascado de radio “Estrella del Mar”, el farfulleo de Elena y el furor del viento y la lluvia en las tejuelas y ventanas.

Una vez por semana, un tercer personaje se incorpora por espacio aproximado de una hora al hermético círculo conformado por las dos mujeres. Cada jueves al atardecer, un médico octogenario visita la residencia, casi sin faltar desde hace más de 30 años. Se trata del Dr. Saúl Uauy, un antiguo galeno de ascendencia árabe oriundo de Concepción; jubilado en la actualidad, atiende a unos pocos pacientes tanto o más añosos que él en una consulta habilitada en su propia casa y efectúa esporádicas visitas a domicilio, además del control semanal a los ocho longevos clientes de Gertrud. El día de la visita del Dr. Uauy suele transcurrir de modo similar cada vez, como si obedeciese a un ritual sagrado o a un protocolo escrito de antemano por quién sabe qué pluma desconocida a la vez que poco creativa y económica en palabras.

El día de la visita médica, la actividad en la casona comienza algo más temprano que de costumbre y con cierta leve excitación de Gertrud para quien tener a su clientela a punto, limpia y con sus medicamentos administrados, es un asunto de vital importancia.

-Elena, hoy viene el doctor, hay que apurarse para tener a los pacientes listos.

-(gruñido)

Las tareas son idénticas a las de un día corriente, pero el arreglo de las camas y la higiene revisten un especial cuidado y se utiliza más colonia inglesa que lo habitual. Y aunque Elena no parece percatarse en lo más mínimo, las órdenes de Gertrud tienen un tono más imperioso. Cuando llega el médico todo está en perfecto orden y despide femenina pulcritud. Aquel día también se han cambiado las flores que decoran las habitaciones por otras frescas.

-Buenas tardes, Gertrud.

-Buenas tardes, doctor.

-Buenas tardes, Elena.

-(gruñido)

Durante la visita, Gertrud sigue solícita y atenta cada paso, comentario e indicación del profesional. Elena, en cambio, parece no advertir en absoluto su presencia. Terminada la ronda, el veterano médico da las últimas instrucciones mientras se coloca el abrigo y camina hacia la salida, escoltado de cerca por la dueña de casa.

-Buenas noches, Gertrud.

-Buenas noches, doctor.

-Buenas noches, Elena.

-(gruñido)

 

Por la noche, el ajetreo diario disminuye de manera considerable, en especial una vez que se ha administrado la medicación nocturna de los ancianos, la que suele incluir potentes hipnóticos para garantizar el reposo nocturno de los mismos, de sus cuidadoras y del médico. El volumen de la radio también desciende aunque sin llegar a apagarse hasta que las dos mujeres de la casa se retiran, por fin, a descansar cada una a sus aposentos, a eso de la una AM.

-Hasta mañana, Elena, que duermas bien.

-(gruñido)

Cuando Gertrud se despide, Elena se queda en la cocina aún unos minutos mientras termina de tomarse una última taza de té, alimenta el fogón de la cocina y apaga la radio y las luces del primer piso, para dirigirse luego a su dormitorio, ubicado justo al lado de la cocina. Una vez dentro, cierra la puerta con llave y se lava los dientes y las manos en un lavatorio de loza apostado sobre una cómoda con un espejo oval. Ha cesado el refunfuño que por el día destilan infatigablemente sus labios arrugados.

Elena se enfunda una camisa de dormir que le llega hasta los tobillos y se mete en la cama premunida de un rosario de carey, obsequio inmemorial de su madre adoptiva. Y, tal como le fue enseñado casi desde el primer día en que llegó a la casa, coloca sus manos con el rosario sobre el vientre y principia a correr las cuentas a la vez que farfulla una y otra vez insondables credos, padrenuestros y avemarías en voz baja. La monocorde letanía la adormece lentamente como una canción de cuna susurrada en un idioma extraño. Sonidos guturales se van entremezclando con los rezos a la vez que Elena entra en una suerte de trance místico y sus manos, empuñando el rosario con fuerza, van desplazándose por su abdomen hacia su pubis canoso. De pronto, toda la habitación se inunda de una luz refulgente, las paredes de madera desaparecen y desde el cielo por donde revolotean entonando cánticos de alabanza cientos de miles de ángeles con gráciles alas del color de los ventisqueros, desciende envuelto en nubes Aquél que ha de venir cada noche, el dios-hombre que se cuela en su cama desde hace más de treinta años, acude puntual al llamado de sus oraciones. El Dr. Uauy, viene sin falta y sin demora para desposarla ante el Todopoderoso, quien noche tras noche también bendice la unión mística de los dos enamorados; Elena ha comprendido desde la primera vez que ese hombre apuesto y varonil entró en la casa que se ha enamorado perdidamente de ella, tanto como ella de él y, por ello, su unión ha sido bendecida por toda la eternidad; sus manos con el rosario hecho una pelota ya han aterrizado en esa parte de su anatomía cuyo nombre ella desconoce y por la cual orina y, sin notarlo ella, han comenzado a masajearla vigorosamente, encendiendo oleadas de sensaciones indefinibles que recorren todo su cuerpo desde la cabeza hasta los dedos de los pies, insuflándola de un hálito divino en el momento en que el médico, investido de una túnica resplandeciente bordada en oro, rubíes y zafiros, con los cabellos casi negros como aquella primera vez y no blancos como cuando viene una vez por semana a visitar a los enfermos de la casa, fingiendo que no hay nada entre ellos, termina de descender hasta su cama y se posa sobre su cuerpo y se fusionan ambos en un solo ser celestial hecho íntegramente de amor y regocijo, el rosario no deja de prodigar su enérgico masaje y ya no salen de su boca más oraciones sino sólo quejidos guturales de inefable placer, suenan al unísono millones de trompetas y campanas de boda y el firmamento se abre de par en par, dando paso a una cascada torrentosa de estrellas fugaces incandescentes de todos los colores conocidos por el ojo humano y muchos más que sólo los enamorados divinos han visto, se abren las aguas del canal y los Tres Volcanes a lo lejos explotan a una vez vomitando fuegos artificiales vistosísimos igual que cada año en el puerto para la Noche Caleuchana; el cuerpo de Elena parece convulsionar, flotando en el cosmos, cuando la mano y su rosario imprimen la máxima presión allí abajo, justo antes de emitir un último quejido inarticulado y quedar al fin exangüe, inerte y caer rendido en el más profundo de los sueños. A los pocos minutos sólo se escuchan en la habitación estentóreos ronquidos y el crujir de las maderas de la casa en el silencio de la noche.

A las seis de la madrugada, Elena despierta como cada día, con el recuerdo de su encuentro hierogámico de la noche anterior, éste se va difuminando a medida que realiza su rutina de aseo y vestimenta personal y se apronta a dar inicio a una nueva jornada, alimentar el fuego de la cocina y colocar la tetera, preparar los desayunos de los ancianos, el de Gertrud y el suyo propio. Aún es de noche y las ventanas exhiben la escarcha que ha dejado adherida el aire gélido del amanecer sureño. Es un nuevo día. Esta noche Él vendrá una vez más, como todas, y ella lo esperará rezando con su rosario entre los dedos. La voz de la radio Estrella del Mar rompe el silencio comentando los últimos acontecimientos de la actualidad nacional, a los que Elena presta muy poca atención, al igual que a casi todo lo que pasa a su alrededor.

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