Vladmina & Sambayé, príncipes del caos (y III)

(Por Mauricio Olivera)

Vladmina & Sambayé, príncipes del caosLa de Ljudmila es una familia gitana descendiente de los primeros bohemios húngaros que llegaron a Europa en el siglo XV a través de la actual República Checa, dispersándose desde allí y proliferando en todos los sitios imaginables, entre ellos Croacia y Rumania, donde alrededor de 50.000 serían enviados a campos de exterminio por los gobiernos locales adictos al nazismo durante la Segunda Guerra Imperialista. Los sobrevivientes proseguirían su destino errante desde Europa Central hacia el suroeste (otros, más visionarios, emigrarían hacia el oeste y el sur), donde los bisabuelos de Ljudmila se establecerían finalmente en tierras de la antigua Yugoslavia. Los abuelos heredarían la tradición nómade huyendo de la proscripción del gobierno socialista, desde Croacia hasta lo que es hoy Bosnia-Herzegovina, Albania y Kosovo. Los padres, albano-kosovares musulmanes, terminarían siendo desplazados también al estallar la última de las Guerras Balcánicas, entre 1999 y 2001, llevándose consigo a sus tres hijos y poca cosa más a bordo de un carromato de tracción humana que aún conservan y en el cual el padre recoge muebles viejos y otras porquerías de los contenedores. Un cuarto hijo nacería en su paso por el norte de Italia y otros tres tras su asentamiento definitivo en las barriadas del sureste madrileño.

Ljudmila y su familia residen en una tienda miserable junto al viejo carromato en el poblado de La Cañada Real. Ljudmila es la menor de los tres nacidos en Djakovica antes de la guerra y la migración forzada; el mayor está actualmente en la prisión de Soto del Real por robo con violencia y el segundo se encuentra en un hogar de menores en riesgo social, tutelado por la Comunidad de Madrid, asimismo por conductas delictivas. Ambos son analfabetos, al igual que Ljudmila y sus padres. Los cuatro pequeños, si bien aún tampoco leen ni escriben, asisten casi a diario a un centro educativo donde les facilitan un almuerzo nutritivo y gratuito de lunes a viernes. Ljudmila ha debido trabajar en la calle desde tiernos años, mendigando y luego más crecidita empuñando el acordeón del abuelo, para aportar a la subsistencia del grupo familiar con un escuálido pero valioso puñado de monedas. Los padres de Ljudmila son personas de piel amarillenta, oscura y muy arrugada, aparentan 50 años cada uno pero tienen poco más de 30. Sus dientes son amarillos y carcomidos y les faltan varios. Son seres taciturnos, enjutos e irascibles. Estas gentes, tanto o más desfavorecidas que las procedentes de la región subsahariana, suelen exhibir defectos físicos como estrabismo, o lesiones deformantes en las extremidades inferiores, a veces producidas por minas antipersonales o por raquitismo; van descalzos en invierno, limpian los parabrisas de los automóviles en las esquinas de las avenidas ante el furor de los conductores y, en ocasiones, son detenidos por la Policía y llevados a tristes calabozos. Ljudmila tiene la piel clara y sonrosada y sus dientes son como pétalos de margarita perlados, pequeños y perfectos. Sus orejitas parecen de mazapán, provocan deseos de morderlas, de comérselas a pedacitos o al menos de chuparlas con fruición. Su barbilla también es perfecta como toda ella.

Ljudmila me acompaña caminando las pocas cuadras que distan hasta mi piso, llevando el acordeón en la espalda, enfundado en una tela rectangular como si de un saco o un bebé se tratase. Ljudmila no ha escuchado hablar del “porraimos” ni entiende una palabra de romaní; su lengua natal es, de hecho, el albanés. Al llegar a mi casa, se queda junto a la puerta con su bulto en la espalda, algo encorvada. Le indico que puede dejarlo en el suelo y le pregunto si quiere comer.

-¡Sí!, dice al instante abriendo sus redondos ojos como si no probase bocado en semanas.

-Pasa, siéntate le indico, ella camina con timidez hacia un pequeño living-comedor-estudio habilitado con un par de tumbonas y yo entro en la cocina y preparo un bocadillo de chorizo y queso y saco dos botellines de cerveza rubia del refrigerador y lo llevo todo hasta una mesita de centro frente a donde ella se ha sentado. Cuando ve la cerveza parece asustada y se excusa con un gesto de su mano, diciendo “No, yo no cerveza”, con su vocecita y su acento deliciosos. Le ofrezco un jugo que acepta y cuando regreso con él ya ha devorado casi la mitad del bocadillo. Evita mirarme mientras come, o me mira de reojo y cada tanto pasea la vista inquieta por toda la habitación, con curiosidad, para luego volver a mirar la mesita mientras sigue arrancando dentelladas al pan y masticando animadamente; dejo el vaso de jugo en la mesita frente a ella quien lo toma sin soltar el pan y se lo bebe de unos cuantos tragos, le ofrezco más y asiente con la cabeza. Parece una huérfana, sin serlo, una chiquilla abandonada de una novela de Dickens, a ratos una ardilla mordisqueando una almendra a la vez que vigila su entorno.

Me siento en la otra tumbona con una cerveza, mirándola. Ella ahora me devuelve la mirada y me sonríe, su sonrisa resplandece en el espacio que nos rodea y aún más allá. Cuando termina de comer se bebe el segundo vaso de jugo y sigue examinando el decorado y el mobiliario de mi living. Le pregunto por su pueblo natal, devastado por los bombardeos aéreos y los francotiradores; le pregunto por sus padres, hermanos y abuelos; quiero saberlo todo, le pregunto por su periplo hasta estas calles inhóspitas y me lo cuenta todo con estremecedora simpleza y candidez. Después de un rato, con el corazón a mil y la cabeza zumbando me pongo de pie y le digo “Ven”. Ella se incorpora sin titubear y me sigue hasta el dormitorio, donde se queda mirando la cama de dos plazas.

-Ven, le digo nuevamente entrando en el pequeño baño frente a los pies de la cama. Ella me sigue.

-Date un baño, le digo y descuelgo una toalla seca que doblo y deposito sobre la tapa del WC, al lado de la ducha. Señalo los grifos: “¿Sabes cómo funciona esto?” Ella niega con la cabeza, de modo que pongo a correr el agua de la ducha a una temperatura muy agradable. Entrecierro al salir la puerta del baño, mientras ella ya ha comenzado a quitarse la ropa. Huele bastante mal, ella y su ropa, evito tan siquiera pensar en tocarla o en hacerle nada sin una ducha. “Tómate todo el tiempo que quieras”, le digo y me siento a esperar a los pies de la cama.

Unos diez minutos más tarde sale del baño llevando encima la toalla a modo de capa y el pelo estilando. Se queda de pie mirándome a unos pasos. Me levanto y camino hasta ponerme detrás de ella, cojo la toalla con suavidad y la levanto hasta su cabeza y comienzo a secarle el pelo. Ya no huele mal. Huele a jabón, toda ella y su pelo. Se lo ha lavado con jabón. Permanece inmóvil mientras le seco el pelo, luego los hombros, la espalda y los brazos. Vuelvo a sentarme en la cama con la toalla en mis manos, la dejo en una esquina de la cama y ella queda completamente desnuda a medio metro de mí. Hace ademán de cubrirse con los brazos pero los deja caer a los costados. La contemplo mudo mientras se yergue en mis eslíps una erección formidable. Ahora parece aún más un híbrido inquietante de niña y mujer, con su corta estatura, su carita de muñeca y sus caderas anchas un poco cuadradas; sus pechos son redondos y voluminosos con aréolas como botones de rosa, turgentes y delicados; bajo ellos se le marcan todas las costillas y le asoma una barriguita coqueta sobre un arbusto de vello rizado y fino. Me posee la fiebre, siento toda mi sangre correr hacia mi pene que diríase va a estallar de un momento a otro. Entonces le tomo una mano y la aproximo hacia mí, la siento sobre mi muslo derecho, aspirando el olor a jabón de su cabello, ella apoya su mano en mi hombro, yo acaricio su espalda y su cadera, siento sus pequeños glúteos sobre mi muslo y el cosquilleo tibio del arbustito entre ellos, disfruto cada embriagadora sensación y textura durante algunos minutos. Luego, con la máxima delicadeza la beso en la mejilla, buscando sus labios rellenos, ella se mira los pies y retira un poco su carita, la beso en el cuello y se le escapa un gemidito, a la vez que entrecierra los ojos y levanta un segundo la cabeza; vuelvo a buscar sus labios, vuelve a esquivarme mirando al suelo, la beso otra vez en el cuello y deja escapar otro gemido cerrando los ojos. Me quedo, pues, en su cuello, mancillándolo con mis labios entreabiertos y la punta de mi lengua, y todo su cuerpo se retuerce gimiendo como una lombriz sobre el fogón, sus nalgas y su arbusto amasan mi muslo haciendo círculos; le acaricio un pecho y me deja hacer y siento que voy a encenderme en llamas cuando jugueteo con su pezón entre mis dedos; da un respingo hacia atrás, retirando el pecho pero vuelve a retorcerse cuando sigo besándola en el cuello. Su cuello, blanco y delicado, es la puerta a un misterio de ilimitado y perverso placer.

En un momento la tomo en brazos y la acuesto en la cama. Se queda con sus brazos y piernas estirados, viéndome mirarla de arriba abajo en su abrumadora desnudez. Acaricio sus pechos, su vientre, sus caderas y muslos y finalmente su pubis rizado muy suave. Ella me mira y se deja hacer. Se queda quieta, aún viéndome mientras me desvisto por completo y me tiendo de lado junto a ella. Entonces, por fin, se deja besar en la boca, su boca es pequeña y deliciosa, sus labios parecen un mousse, besa sin la lengua como una primeriza, parece que no ha dado un beso jamás; tomándola de la cintura acerco su cuerpo al mío y nos enredamos en un abrazo, mi pene al rojo vivo roza su vientre y ella lo busca con su mano y lo acaricia con torpeza infantil, arriba y abajo cada vez con más blanda fuerza y ahora soy yo quien no puede reprimir un gemido exultante de goce. Temiendo derramarme prematuramente me libero de su mano y busco con la mía su arbusto rizado, lo acaricio, jugueteo con sus genitales con la yema de un dedo y ahora emite un gritito que resuena en mis oídos. Sigo hurgando con mis dedos hasta encontrar el introito y voy adentrándome en él, éste es estrecho pero ha perdido su sello de garantía. Ocurrió hace cosa de un año, con un joven también gitano de Rumania, unos años mayor que ella a quien no ha vuelto a ver. Avanzo todo un dedo, ella aprisiona mi mano con sus piernas, la libera, levanta sus caderas, vuelve a juntarlas, se arquea con los ojos cerrados, soltando grititos. Por más que lo intento, no hay espacio para un segundo dedo, así que cojo del velador un tubo de gel íntimo y unto con él mis dedos, con ellos me lo aplico sobre el glande y luego entre sus labios menores. Ahora vuelve a mirarme con su carita rubicunda y separa las piernas, invitándome sin palabras a hundirme en ella con mi alfanje enhiesto. Lo hago, al principio con dificultad pese a la generosa cantidad de lubricante, ella gime cada vez más alto y me clava las uñas en la espalda y luego en las nalgas, empujándome dentro suyo. No quiero preñarla y me salgo de nuevo cuando estoy a punto para sacar ahora un preservativo y cubrirlo con gel. Ahora penetro en ella con más soltura, deleitándome en su sedosa estrechez, su olor a jabón y sus pechos contra mi abdomen, me apoyo en los codos para no aplastarla con mi peso. Se me vienen a la mente una tras otra las indescriptibles aberraciones con las que he fantaseado, me imagino profanando su pequeño ano con mi lengua durante horas mientras me masturbo, me imagino penetrándola analmente con mucho lubricante, haciéndole el amor en la boca, lamiendo su vulva, me imagino muchas cosas despreciables pero comprendo que no haré nada de todo eso. Finalmente, después de pocos minutos, estallo de placer como una gran bola de challa luminiscente en el espacio, disparo mi artillería con un mugido incontenible, presa de ondulantes espasmos, en una danza cósmica de fuegos artificiales y furiosos tambores africanos, me fundo con ella en un abrazo delirioso, elevado por millares de ángeles y me derrumbo a su lado, jadeando y flotando en una nube de felicidad que desciende hasta mi colchón, dejándome allí tendido, exhausto y sudoroso.

Al cabo de un rato largo abro los ojos y la miro; ella parece dormida. Me quedo extasiándome en su menuda belleza, en su respiración profunda y acompasada. Me levanto y comienzo a vestirme con lentitud. Ella, sin moverse, abre los ojos. “Ya puedes vestirte”, le ordeno; se incorpora y se va al baño y al rato aparece ya vestida, anudándose el pañuelo por debajo de la cabellera húmeda. Le entrego un billete de 20 euros. “Gracias”, me dice. Le acaricio la barbilla y le indico la salida. Antes de salir recoge su acordeón, ahora silencioso, y vuelve a cargárselo en la espalda. “Adiós, Ljudmila”, me despido. “Hasta luego, señor”, me responde mirándome a los ojos con una última sonrisa.

Esta noche, Ljudmila le entregará a su padre el billete que ha ganado con su sudor, sin decir una palabra. El padre lo tomará y lo guardará también sin abrir la boca, con el gesto huraño de siempre. La madre pondrá frente a ella la escudilla con su ración de sopa de pan, quizás con mayor brusquedad que la habitual, también en silencio. Intercambiarán frases breves sobre lo que harán al día siguiente. Sorberán ruidosamente la sopa. Luego, sin lavarse los dientes ni las caras, apagarán la única vela y se irán a dormir todos juntos, los siete, sobre una pulgada de mantas renegridas. Ella pensará en mí antes de dormirse. Lo hará un par de veces más en los días sucesivos y luego me olvidará, tal vez en los brazos de otro joven y avezado inmigrante. Yo pensaré en ella toda la tarde, me dormiré pensando en ella, reviviendo cada segundo de nuestro encuentro y evocaré su recuerdo cada día en mi aseo matinal durante varias semanas. No la olvidaré jamás. Al igual que su primer amor gitano, yo tampoco volveré a verla en la vida.

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