Vladmina & Sambayé, príncipes del caos (II)

(Por Mauricio Olivera)

A los pocos días de presenciar la escena anterior, ya en pleno verano, me sitúo caminando en dirección al sur por la Calle de Narváez. Hacen 38 ó 39 grados y nada o casi nada es más deseable que una cerveza fría o un helado. Entre el bulevar de Ibiza y la avenida Sainz de Baranda hay una heladería. Desde la calle pueden verse sus escaparates con helados de todos los colores y sabores, en cono de barquillo o vasito y con sabrosos aderezos. A un costado de la heladería está sentada sobre unos trapos medio extendidos sobre el pavimento una niña de unos 14 años, tocando un viejísimo acordeón que mantiene apoyado en su regazo. Se trata de una mujercita menuda, delgada, con un hermoso rostro infantil de piel bronceada y cabello castaño; sus mejillas conservan el rubor de la niñez; sus labios son carnosos y sus ojos parecen profundos cielos de desesperación; sus manos son toscas y ásperas como si hubiesen recogido ramas secas durante muchos inviernos sucesivos de Europa del Este. Su mirada se pierde en lontananza a uno y otro extremo de la calle, jamás mira al frente ni a los ojos. Toca el acordeón horriblemente, como si hoy lo tañese por primera vez. A decir verdad, del instrumento no sale ninguna melodía ni armonía mínimamente reconocible. Y lleva así horas, días y semanas y quién sabe cuánto tiempo más. Viste andrajos de colores vistosos y un pañuelo en la cabeza que le da el aspecto de una anciana que ha escapado al envejecimiento físico pero lleva siglos de catástrofe humana a cuestas, archivados en el fondo de las pupilas como una voluta de humo en una burbuja de cristal.

Vladmina & Sambayé, príncipes del caos 2La pequeña gitana se roba mi atención plena de inmediato, como un relámpago en la oscuridad. Es una flor de pétalos coloridos, salpicados de barro negro, sobresaliendo en el paisaje gris y desolado. Igualmente me llama la atención la disonante cacofonía que vomita sin cesar el desvencijado acordeón. Me fijo en la media docena de míseras monedas desperdigadas sobre los trapos que le sirven además de asiento y cojín, monedas que en su conjunto no alcanzan para pagarse un café en un bar de los suburbios (mucho menos para acallar la espantosa sinfonía que sus dedos arrancan al fuelle, gastado y lleno de remiendos). La miro durante unos segundos. Ella sigue con la mirada distante, clavada en un invisible punto de fuga, sin percatarse de mi existencia. Siento el impulso de dejarle una moneda, tal vez así me mire, hasta podría ocurrir que me sonriese, me llevo la mano derecha al bolsillo, palpo el contenido pero no sigo adelante, me detengo en ese punto, acaso ofendido por su machacona letanía. Retiro la mano del bolsillo, sin dejar de mirarla. Finalmente ha debido reparar en mí, ya que gira la cabeza hacia donde estoy, pero sólo por un segundo, pestañea y luego mira nuevamente hacia el otro extremo de la calle, con aire de no estar aquí.

Sigo mi camino bajando por la Calle de Narváez a paso regular; me viene a la memoria el encuentro del que fui testigo a la salida del VIP’s unos días atrás. Me imagino invitándola a tomar un café: “Hola. ¿Quieres tomarte un café?” Demasiado calor. Ella no es de este mundo, quiero decir de este barrio donde la gente toma aquel detestable en pequeñas tacitas o en un vaso, con un cubo de hielo flotando en la mitad, fumando sin parar, de pie junto a una mesita en la calle o sentados en una terraza; a medida que me alejo sigue taladrando mis oídos el sonsonete del acordeón y desfila ante mis ojos la colorida variedad de sabores de la heladería. “Hola. ¿Quieres tomarte un helado?” Me pregunto si se habrá tomado un helado alguna vez. Me pregunto si hablará castellano. “Hola. ¿Hablas castellano? ¿Te apetece tomar un helado?”

A los dos días o poco más o menos vuelvo a pasar por el mismo lugar a propósito. Me ha estado persiguiendo de día y de noche la imagen de la pequeña zíngara, el insultante lamento de su acordeón y el encuentro del VIP’s. Estoy decidido a llevar a cabo mi propio acercamiento entre dos mundos. Media cuadra antes de llegar me ha alcanzado el sonido del acordeón y he sentido el martilleo en mi pecho y en mi cabeza y se me ha anudado el estómago. Deseo volver a verla, saber todo sobre ella, quiero levármela a mi casa, hacerla mi mujer y cuidar de ella. Veo la heladería, personas entrando y otras saliendo con deliciosos copos de helado en las manos, saboreándolos con la lengua, la misma con la que han saboreado acaso la noche anterior penes, vulvas o anos. Junto a la fachada de cristales, hecha un repollo-niña sobre sus trapos y el acordeón en el regazo, está ella. Los viandantes pasan incesantemente por su lado, sin mirarla. Ella tampoco los ve, oteando siempre el horizonte a uno y otro lado.

Me detengo a un metro de ella, la miro por un instante, ella no parece o no quiere advertir mi presencia, me llevo la mano al bolsillo, saco una moneda de dos euros y me agacho para depositarla sobre el trapo negro donde apenas lucen tres moneditas de 10, 5 y 2 céntimos. Una mierda.

La gitanita me mira y me sonríe.

-Gracias, dice sin dejar de tocar la infame melodía. Dice “Gracias” con una vocecita y un acento que me ponen los pelos de punta, su vocecita que no es la de una niña como había imaginado, es una voz de niña-adolescente, de mujercita en eclosión y su acento recuerda al de los rubios obreros y vendimiadores rumanos de torsos y brazos musculosos y piel rojiza. Ella también procede de Europa Oriental, pero sus raíces se hallan repartidas a lo largo y ancho de una égira de miles de años y de kilómetros desde Europa hasta el Punjab indostaní.

“Eres hermosa”, susurro para mis adentros. “Eres una niña preciosa”, me digo. Me quedo parado, sin quitarle los ojos de encima hasta que vuelve a mirarme.

-¿Quieres un helado?

Parece titubear por un momento, mira hacia el interior de la heladería, hacia sus escaparates coloridos, su carita sucia se pone seria pero, para mi regocijo, me sonríe de nuevo y asiente con la cabeza y luego dice:

-Gracias, otra vez con su acento familiar e indefinible a la vez. Entro en la heladería, una vez dentro caigo en la cuenta de que no le he preguntado qué sabor prefiere, me digo que da igual, que si es un regalo, que si acaso, cuándo fue la última vez que se tomó un helado en su vida. Pido un barquillo doble de chocolate suizo y pistacho y salgo y se lo doy.

-Gracias, vuelve a dedicarme una sonrisa que ilumina su rostro infantil y (al fin) deja el acordeón, lo acomoda a su lado sobre los trapos y arremete contra mi dulce carnada de dos sabores.

-Chao. Que lo disfrutes, me despido. Por hoy. Ella dice “Gracias, señor” una vez más y me alejo tramando mi siguiente avance.

Nuevamente, éste tiene lugar a los pocos días durante los cuales casi no puedo pensar en otra cosa. La pequeña gitana con su acordeón y sus harapos de colores está en mi cabeza desde la mañana hasta por la noche, está conmigo en la ducha, en el laburo y en cada comida, llena la oscuridad y el silencio antes de dormirme y en mis sueños me mira con pérfida inocencia y una sonrisa pícara en sus labios carnosos, mientras sus dedos de ángel caído en el lodo extraen de las teclas del fuelle hermosas melodías tradicionales de las estepas y llanuras de los Cárpatos meridionales.

En esta ocasión no hay prolegómenos, llego hasta su lado y me detengo, mirándola. Ella me reconoce, ya que me obsequia su perturbadora sonrisa, menos insinuante que en mis sueños pero no menos inflamatoria para mis deseos.

-Hola, le digo y ella me responde igual. Me acerco un poco más y descargo toda mi artillería:

-¿Quieres venirte a mi casa?

Estas palabras tiene un efecto desolador: su rostro se pone serio de repente, como el del joven subsahariano, se ha borrado la sonrisa que lo iluminaba, sus ojos parpadean nerviosos huyendo hacia un lado y otro, huyendo de mí; la espantosa melodía se ha vuelto más malsonante aún si cabe, como si el viejo acordeón quisiera, furioso, espantarme de su lado, acaso poseído por el espíritu de algún abuelo celoso de su virtud.

Ella dice no con la cabeza, sin verme ya; parece preocupada, como si mi sola presencia fuese para ella motivo de pecado e ignominia. Doy por hecho que ha adivinado en el acto mis maléficas intenciones, lo cual me facilitará bastante las cosas. Como el hombre del VIP’s, insisto:

-Pero no pienses mal. Ven a comer algo y ya está. No voy a hacerte daño.

Y ella, como Kissinga/Alphonse, se resiste, defendiendo con su negativa su honor amenazado; ahora parece ignorarme, pero se le ve enfurruñada y cariacontecida.

-¿Qué dices? ¿Te vienes?

-No, señor, dice al fin, sin dignarse a mirarme aún, mortalmente ofendida.

-¿Por qué no?

-No, señor, repite. Gracias, dice, sin dejar de ver el fondo de la calle. Me retiro, sólo por esta vez.

-Bueno, no pasa nada. Ya nos veremos.

Ella no responde.

 

Esta vez dejo pasar una semana o así. He de castigar su altivez, pienso y fantaseo con ella todo el día, me desahogo dos o tres veces cada día pensando en ella y en las abominaciones que le haré cuando al fin ceda a mis requerimientos.

Para mi sorpresa, esta vez me recibe de nuevo con una preciosa sonrisa en su carita de muñeca.

-Hola.

-Hola.

-¿Cómo te llamas?

-Ljudmila (se pronuncia “Liudmila”).

Más tarde sabría el motivo de este cambio en su disposición para conmigo: le ha contado a su madre de mi oferta y de sus sospechas acerca de mis indecorosas intenciones. La madre se lo ha contado al padre y éste ha montado en cólera al saber de su negativa, estimando que podría haber obtenido, a cambio de someterse a mis caprichos, más dinero de lo que toda la familia gana en la calle en un mes. Le ha dicho, en su enrevesada lengua de gitanos del Este: “Si ese hombre te vuelve a invitar a su casa, le dirás que sí.” Ella ha guardado silencio mientras terminaba de tomar, cabizbaja, su sopa de pan en una escudilla.

-Ljudmila. Qué nombre tan bonito.

-Gracias, dice coqueta, sin dejar de sonreír.

-¿De dónde eres?

– De (…) (luego sabré que ha dicho “Djakovica” y que es una región al suroeste de Kosovo, limítrofe con Albania).

-¿Qué dices, Ljudmila? ¿Te vienes?

-Bueno.

Alla-ahu Akhbar.

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9 pensamientos en “Vladmina & Sambayé, príncipes del caos (II)

  1. siempre en la orilla, nos dejas en la orilla con tus cortes intencionados del relato, creo que yo lo habría leído de un tirón, así que cuando pongas la tercera parte releeré las anteriores para tomarle todo el sabor de un solo golpe…

    besos querida

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