Vladmina & Sambayé, príncipes del caos (I)

Hace rato que tenía ganas de compartir entre estos muros algún relato o columna que no fuera mío… Llevaba meses persiguiendo a parientes y amigos varios con la cancioncilla de “¿no quieres escribir nada para mi blog” sin que cayera incauto alguno. Y bueno, aunque no ha sido exactamente eso lo que ha pasado (ni incauto ni un texto escrito ex profeso para mi blog, jeje), os presento la primera de una serie (espero!) de colaboraciones en Ava y el sexo.

El relato es de los fuertecitos, así que aterrizad preparados… y como también es un poco extenso para un solo post, lo he dividido en tres partes.

Disfrutad!

Vladmina & Sambayé, príncipes del caos
(Por Mauricio Olivera)

A la salida del VIP’s que está en la Calle de Goya junto al cine Conde Duque está parado un hombre de raza negra de unos 30 años, metro ochenta y 79 kilos, vestido pobre pero decentemente, sostiene en una de sus manos una funda de plástico transparente con un ejemplar de La Farola en su interior la que enseña con suave ademán a la vez que extiende la otra mano a las personas que entran o salen de la indefinible tienda/restaurante. Éste que describo es un tipo humano habitual de ver en las calles céntricas de Madrid y, debo asumir, en cualquier otra ciudad populosa de España y de Europa occidental. Se trata de inmigrantes, en su mayoría “ilegales” (¿cómo una persona puede “ser” ilegal?), procedentes del África subsahariana, entiéndase Senegal, Nigeria y Gambia, pero también los hay de Camerún, Sierra Leona, Guinea, Congo, Malí y muchos otros sitios increíbles por la belleza de sus desiertos y sus sabanas, así como por el horror indescriptible de sus eternas guerras y hambrunas. Los hay por decenas de miles, pobres entre los pobres, en cada esquina y salida del metro, mendigando céntimos a los transeúntes en las exiguas palabras en castellano que van aprendiendo en el durísimo camino de la migración (“Señor, señora, amiga, guapa… una ayuda… para comer…”); se alimentan casi exclusivamente de carbohidratos, duermen en albergues, en la calle o hacinados por docenas en pisos-patera de la periferia; con frecuencia son detenidos por rubios y fornidos policías de negro quienes los encierran y deportan por “ser” ilegales. Cuando son deportados, todos intentan volver a ingresar por todos los medios. Digo intentan porque el llegar hasta aquí desde el corazón de África no es empresa fácil y muchos mueren en el intento, algunos en mitad del desierto, la mayoría al naufragar sus frágiles embarcaciones, botes inflables o precarias balsas en las que 30, 40 ó más seres humanos soportan apiñados la travesía por el Mediterráneo, comiendo malamente si acaso, orinando y defecando en alegre comunión con el oleaje y las patrullas marítimas que en ocasiones los embisten para ahorrarse el trabajo de recogerlos y llevarlos a un centro de detención en Melilla.

Vladmina & Sambayé, príncipes del caos 3Es una tarde de un invierno particularmente “frío y bastardo, aunque seco”, la temperatura es de -1º y la sensación térmica, de -4 a -5º. Se insinúan las tonalidades azules y anaranjadas del atardecer, el cielo está embozado de nubarrones negros, se presienten tenues copos de nieve que nunca llegan a caer. Del interior del local donde todo es calor, luz, compra y jolgorio, sabrosa comida, pésimo café y bajativos de brandy de jerez, sale entre otros un hombre del tipo ibérico, tez clara bien afeitada y cabello liso y castaño perfectamente recortado; viste camisa o camiseta Polo o Lacoste, pantalones Dockers, jersey de cashmir anudado sobre los hombros, lentes de sol Tommy Hilfiger, Oakley o Dior y billetera abultada en el bolsillo trasero o en el de la camisa. Este personaje también característico del barrio Salamanca es un asesor financiero o dentista de poco más o menos de 40 años, casado y padre de 2, 3 ó 4 hijos, dueño de un piso de 480 mts2 y uno o dos lujosos vehículos con aire acondicionado y radio con puerto USB.

El hombre bien vestido abandona, decía, el local donde ha comido y bebido alcohol y café en compañía de conocidos del trabajo y se marcha el primero porque: a) disfruta poco la compañía de los demás comensales, todos/as bastante parecidos a él, y b) teme una hipotética llamada de su esposa a quien no ha informado de este espontáneo after-hour y desea evitar que el timbre de su blackberry interrumpa la velada para tener que dar explicaciones acerca de su ubicación exacta y de la hora de su llegada al hogar; a su mujer, hermosa y delgada, no le preocupa realmente que el padre de familia se quede charlando y tomando copas con los compañeros/as después de la jornada, costumbre por lo demás tan corriente en esta ciudad como en cualquier otra del mundo; sí puede, no obstante, llamar a su marido sólo para comprobar que su tardanza no obedece a ninguna circunstancia trágica o de otra laya adversa. El hombre bien vestido enciende un cigarrillo que ya se había colocado entre los labios antes de salir a la calle, lo enciende y aspira una bocanada de humo y de aire invernal y, acto seguido, examina la pantalla de la “berry”. En los últimos años, un inquietante pensamiento asalta su cabeza cada vez que se pone un cigarrillo en la boca, una imagen fugaz de sí mismo recibiendo en su boca un pene erecto. Cada vez consigue borrar esta imagen casi de inmediato, pensando en otra cosa o buscando con la mirada a una hembra de buen ver. En esta ocasión, lo tranquiliza la certeza de que su mujer aún no le busca para interrogarlo, intentando desvelar hipotéticos pecados de prostitución y homosexualidad que tan sólo existen en las fantasías masturbatorias de él.

-Buenas tardes, señor, buenas tardes, guapa, una ayuda para comer.

Al oír estas palabras y levantar la vista de la “berry”, el hombre bien vestido llamado, digamos por ejemplo, Íñigo o Santiago, se encuentra a un metro de sí al hombre de raza negra a quien llamaremos, también por ejemplo, Kissinga o Francois, pidiendo una ayuda para comer con La Farola dentro de su funda plástica entre las manos.

En ese momento, Íñigo o Santiago experimenta una sensación tanto o más inconfesable que aquella que le atormenta al ponerse el cigarrillo entre los labios, un cosquilleo casi imperceptible en el ano, cierta suave corriente que acaricia su esfínter como si fuese una pluma, despertando a la vez una ligera contracción muscular involuntaria como quien cerrase la puerta de una fortaleza amenazada.

-Buenas tardes, señor.

-Hola.

Dice “Hola”, mientras piensa en que debería haber dicho “Buenas tardes”, baja la mirada para no ver los ojos hambrientos de Kissinga o Malik y rebusca en su bolsillo una moneda entre las llaves de la 4×4 y el encendedor. Con las yemas de los dedos descarta las de uno y dos euros y elige, finalmente, una de cincuenta céntimos, la que saca del bolsillo y coloca sobre la palma extendida de la mano del hombre de color.

-Gracias, señor, muchas gracias, señor.

Íñigo o Santiago da un paso en dirección al oeste pero se detiene, sin dejar de mirar al joven africano, en el momento en que detiene su marcha sin pensarlo casi percibe cómo su corazón golpetea apresuradamente bajo las costillas y su rostro se ruboriza de vergüenza y horror por lo que está a punto de hacer.

-¿Cómo te llamas?

Esta simple pregunta también produce un efecto imperceptible en el cuerpo del interpelado: los músculos de su pecho y hombros se tensan, su cuello se pone rígido y su rostro adopta una expresión más severa que Santiago o Santi no es capaz de descifrar. Kissinga o Alphonse se siente también de pronto invadido por la vergüenza, quiere que el hombre bien vestido se aleje, masculla su propio nombre entre dientes, Santiago no entiende un carajo ni le interesa, realmente, la gracia del adonis de ébano y añade:

-¿Quieres tomarte un café?

Al decir “café”, Santi o Íñigo piensa en un vaso (¡!) de café caliente y cargado para hacer entrar en calor el cuerpo del joven, piensa en un plato de comida para infundirle fuerza y alcohol para ayudarlo a relajarse; piensa en un solo segundo decisivo que su mujer no lo ha llamado aún, que se ha marchado precozmente del convite y bien puede permitirse una hora más fuera del hogar para ayudar a un necesitado y disfrutar a cambio de su compañía. Al vislumbrarse en dicha ansiada compañía, se imagina por fin a sí mismo y al joven negro en una cama, en una habitación de un hotel, donde ya ha estado en más de una ocasión, solo, tras aducir alguna reunión o intempestivo viaje de trabajo para abandonarse a sus fantasías con prostitutas, sin atreverse jamás a hacerlas realidad, contemplando el teléfono de la habitación con un vaso de fino escocés en la mano, animándose a sí mismo a dar el paso y sucumbiendo al fin a la inmisericorde culpa y al terror a lo desconocido.

-No, señor, gracias, señor, murmura el hombre negro volviendo la mirada hacia un punto muy lejos de quien le habla. Kissinga, Malik o Alphonse también ha sopesado en un segundo hasta el final las implicaciones de la invitación del hombre rico. Se niega de plano, ofendido en su primitiva virilidad. También es hombre de familia, tiene una esposa y un puñado de hermosos negritos juguetones con las barrigas hinchadas de parásitos. También hay una abuela. Viven todos en una choza de adobe en mitad de una llanura reseca e infértil, castigada por una sucesión infinita de epidemias, sequías y guerras tribales. La abuela centenaria ha visto las peores atrocidades que una mente humana pueda imaginar. Su vida transcurre machacando con ayuda de una gran piedra cualquier puñado de mijo, arroz u otro cereal que caiga en sus manos, para fabricar un poco de harina que luego amasará con un pellizco de grasa de cabra para dar forma a una única tortilla que la familia devorará a trozos junto al brasero. El abuelo de Malik murió de tuberculosis cuando aquél era también un negrito juguetón y hambriento. Cuatro hermanos anteriores a él murieron antes de cumplir el año de vida, víctimas del cólera. Los padres de Malik partieron juntos a bordo de un camión, rumbo a un país fronterizo donde, según un antiguo vecino de su pequeña aldea, había trabajo para todos en los algodonales; se llevaron con ellos a las dos hermanas pequeñas, con edad suficiente para participar en las faenas de cosecha y recolección y aportar así a la sobrevivencia del grupo. Kissinga se quedó, con 17 años y una esposa adolescente a punto de parir a su primer hijo, para cuidar de ellos y de la abuela, demasiado longeva para cualquier otra vida que no fuese machacar los escasos granos en su miserable pedazo de tierra árida. A los pocos meses, una nueva conflagración arrastró al paraíso algodonero donde estaban los padres y hermanas del joven progenitor, quien no volvió a recibir la menor noticia de ellos desde entonces y hasta la fecha. Una década más tarde y ya con cuatro descendientes a cuestas, Alphonse/Malik siguió la huella de sus padres a bordo del mismo camión destartalado, en su caso rumbo al viejo continente, donde los contenedores de basura rebosaban toneladas de comida apenas tocada por blancas manos europeas que luego en la calle prodigaban pequeñas fortunas en forma de billetes de 10 y hasta 20 euros a los inmigrantes negros como él. La ruda competencia por subsistir en estas calles asfaltadas, los hostiles inviernos de seis meses y la crisis se encargaron de situar al aventurero en una realidad equidistante entre el sueño de la abundancia sin límites y la aplastante necesidad de su aldea natal. Una vez por semana o cuando puede, Malik reúne los pocos céntimos que ha logrado arañar, descontando el alquiler del piso-patera y los treinta y pocos céntimos diarios que cuesta una barra de pan, y envía el restante a su familia desde un locutorio del barrio. Un primo de su abuela lo recibe en la oficina de correos del pueblo más próximo y lo hace llegar a la familia tras cobrarse lo que considera una comisión más que razonable por el servicio. Con lo que quede, se comprarán unas cuantas onzas de granos y algo de aceite y sal, suficiente para no morir de hambre hasta la próxima remesa.

El hombre rico y bien vestido no se da por vencido:

-Que sí, hombre, ven y tómate un café; que no pasa nada, te invito yo.

En la mente de Josemari, Juanrra o Íñigo ya el hipotético encuentro en el hotel ha avanzado de lleno a la fase en la que su ano estrecho y virgen se ha relajado por completo para ser horadado por una descomunal morcilla de Burgos con venas gordas y tortuosas que emerge del bajo vientre del negro. Esta fantasía universal ha aparecido por primera vez en sus devaneos imaginarios hacia los 30 años, junto con un pertinaz prurito anal de causa inexplicada (una exhaustiva evaluación médica proctológica descartó cualquier proceso patológico incluyendo la simple falta de higiene y se prescribió tratamiento sintomático, el que fue ineficaz). Al poco tiempo, la aparición del síntoma comenzó a acompañarse de la fugaz fantasía de ser penetrado analmente por otro hombre, lo que sin duda calmaría, al menos por unos minutos, las molestias descritas, refractarias a otros procedimientos. Como la imagen que acompaña al acto de llevarse el cigarrillo a la boca, esta terrorífica visión era reprimida de forma instantánea; con el tiempo, sin embargo, se fue volviendo más intrusiva, invadiendo mayor espacio y tiempo en el pensamiento de Joserra o Joseba, despertando la sombría inquietud de si se estaría volviendo (o lo había sido siempre) homosexual. “Bujarrón”, susurraba una vocecilla cascada en su cabeza cada vez que se encontraba luchando contra sus fantasías. “Bujarrón” era la palabra que empleaba (con frecuencia) su abuelo para referirse a los hombres que gustaban de otros hombres; el abuelo decía “Bujarrón” en un tono jocoso pero despectivo y con un aire de odio visceral, el mismo que se dejaba adivinar cuando hacía mención a los “moritos”, culpables de todos los males de España. El abuelo había pertenecido a la Legión Extranjera y había estado en Argelia y Marruecos. Sus relatos de las campañas en el Sahara occidental eran objeto de veneración en las reuniones familiares y eran escuchadas con religioso y temeroso silencio. A Josemari su abuelo siempre le pareció un hombre despiadado, capaz de tratar a otros seres humanos de forma degradante y cruel, pese a lo cual sentía la misma profunda idolatría que el resto de los hijos y nietos. La vocecilla recrudece airada cuando Josema se abandona por fin a su imaginería sodomítica, ahora además interracial, y se permite masturbarse y gozar. “Bujarrón” no cesa de repetir la voz del abuelo en su cabeza. Entre la creciente excitación y la vergüenza, la formidable máquina trepanadota de anos acaba por desplazar a las prostitutas de lujo imaginarias en sus ocasionales estadías en el hotel. Se impone, al fin, la inconfesable ocurrencia de utilizar a uno de los cientos de mendigos africanos que ve a diario en las calles próximas a su casa y a su trabajo para poner fin al tormento del prurito que le obliga a fruncir el esfínter en los sitios y momentos menos propicios, preguntándose si la gente que en ese momento lo mira puede adivinar bajo sus pantalones el reflejo involuntario que delata sus oscuros anhelos.

-No, señor. Gracias, señor. Gracias, señor.

El hombre rico que le ha invitado a un café desiste y se despide diciendo “Bueno. Hasta luego”. Mientras aquél se aleja, invadido por una mezcla de excitación, decepción y alivio, Kissinga se queda de pie, mirando hacia el otro lado, meneando la cabeza con amargura, sintiéndose humillado y triste. En su patria, la sodomía se castiga con la horca. Esta radical aplicación de la ley coránica se nutre además de la tradición de los bravos guerreros de las tribus ancestrales del corazón de África, para quienes este pecado constituía la mayor indignidad y era merecedor de indescriptibles suplicios y mutilaciones.

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6 pensamientos en “Vladmina & Sambayé, príncipes del caos (I)

  1. Volver de hacer un concierto y encontrarme con un nuevo post en tu blog… Qué bueno!!
    Está magníficamente escrito y me ha dejado expectante, ¿qué más se puede pedir?
    THX.

  2. hermoso y ritmicamente contado. desde luego que pienso en todas las variantes posibles de la historia, imaginaba conforme me acercaba al final de esta parte que la cortarías en un punto donde la sensación de querer sería como la sensación del ano virgen, digamos del rico, aunque no lo es, las ganas por seguir leyendo es igual de intensa. no sabía que buscas algo a alguien para que escribiera en tu blog, aunque no creo que sea una búsqueda, lo cierto es que si encuentro algo interesante te lo mencionare con gusto

    • Reconozco que no es el objetivo central de mi blog dar voz a otros autores (¿egolatría? ¿con la mía -caótica y chillona- me sobra?), pero cada tanto me encuentro pensando en lo mucho que agradecería una manito extra, sobre todo cuando la inspiración parece haberse ido a tomar por culo…
      Ahora, en este caso me hace particularmente feliz el aporte, así como tus palabras, ya que el autor es alguien muy cercano a mí y a quien quiero muy pero que muy mucho! 🙂
      Un abrazo y gracias x la visita!!!

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