El síndrome del perro mojado (o ese puto encanto de que no te paren bola)

La otra noche te espere bajo la lluvia dos horas, mil horas, como un perro,
y cuando llegaste me miraste y me dijiste loco, estas mojado ya no te quiero”.

La situación es un clásico, que levante la mano quien no la haya vivido a uno u otro lado de la medalla: Fulanito besa el suelo que pisa Menganita. La considera una diosa hecha mujer y estaría dispuesto a hacer cualquier cosa por ella, desde dejarse profanar sus más oscuros y no profanados rincones hasta procrear a sus hijos o poner todo su patrimonio a su nombre. Pero a Menganita no le termina de hacer “tilín”. Hasta que Fulanito se aburre y se las empluma, en busca de amantes más… dispuestas. Y para peor, las encuentra (aunque eso último no es requisito indispensable en este cuento). Y entonces Menganita, que no podrá creer lo mucho que ha dejado escapar, llorará su estupidez hasta la eternidad, porque ahora todo en ella es lucidez y cada rincón del cuerpo de Fulanito le parece deseable, cada una de sus bromas divertidas y cada gesto un reflejo de la grandeza de su corazón.

Por supuesto la historia también funciona al revés. Zutanito lleva años pasando del nada despreciable culo de Perengana, que ha intentado hacerle ver, de todas las maneras posible, lo conveniente y chupi que sería que estuvieran juntos forever and ever. Hasta que algo en Zutanito comienza a derretirse. Tal vez es que pasan los años, tal vez sus otras amigas no han envejecido igual de bien, tal vez de pronto se da cuenta de que se siente solo, o escucha la llamada del amor… La cosa es que la empieza a ver con otros ojos, y decide dar el salto, darle más, darse más. Y Perengana, que ha prendido cuanta vela ha encontrado en el chino de la esquina para empaparse del amor de Zulanito, que le ha rezado a todos sus santitos y ha soñado por las noches con yacer al lado de ese hombre, de pronto empieza a sentir que ya no lo desea tanto, que entre sus brazos no luce igual, que de cerca ha perdido brillo. No sabe por qué, no es lo que hubiera querido, pero no depende de ella realmente.

¿O sí?

No tengo nada parecido a una respuesta. Y aunque intento permanecer alerta y no permitir que semejantes tejemanejes existenciales me perturben, no siempre he conseguido permanecer inmune a los efectos del síndrome del “perro mojado” (me lo acabo de inventar, por si las moscas… ¿cómo va eso del copyright???). Porque por más gilipollas que suene el asunto en papel, hay algo que va más allá del raciocinio, una especie de cosquillita, un calorcito, un je ne sais quoi emanando directamente de lo inalcanzable que nos pierde. Algo que moldea el deseo, arrojándolo fuera de nuestra esfera y alejándonos cada vez más del control.

No descarto que en este querer permanentemente lo que no se tiene, pueda existir algún regustillo “bio”, alguno de esos guiños fascinantes y medios perversillos con los que la madre naturaleza nos sorprende cada tanto: Por decir algo, se me ocurre que por el rollo de la procreación podría ser bueno que no nos quedemos con la primera conquista que caiga a nuestros pies. O sea, algo así como darle valor a la dificultad: Para comerse el pasto más rico hay que subir más arriba en la montaña, aún a riesgo de despaturrarse en el camino. Y quien no quiere ser la cabra más fuerte.

Ahora, que lo dicho es sólo por dejar la puertecilla abierta, tampoco se trata de echarle las culpas de todo a la creación, el cosmos o los ciclos de la luna… De hecho, si tuviera que aventurar una teoría, me decantaría más por nuestra propia estupidez, porque probablemente muchas raíces de este tipo de comportamientos “románticos” se alimenten en una  inclinación que tenemos los seres humanos hacia el sufrimiento, agravada por siglos de condicionamientos culturales, familiares y/o religiosos. Y así vamos por la vida, como cabras de cerebros diminutos, sintiendo que lo más difícil -y lo que más nos duele- es lo mejor, que vale más si nos ha costado sangre, sudor y lágrimas. Sin ser capaces de ver, muchas veces, los pelotones de pasto verdísimo que nos esperan en las mismísimas faldas de la montaña.

Pensadlo un poco: ¿Vale… la pena?

Ya, descubrí América por teléfono, como se dice en mis terruños…

perro_lluvia (CC ángel palomo)(Crédito de la imagen: Ángel Palomo. http://angelpalomoilustracion.blogspot.com).

Anuncios

17 pensamientos en “El síndrome del perro mojado (o ese puto encanto de que no te paren bola)

  1. Por si mi comentario anterior no ha quedado.

    Menganita de mis amores,

    A veces los Zutanitos somos muy idiotas. Más de lo que ya sabes. Sí, que es mucho, me dirás, lo sé, my darling. Pero los Zutanitos son muy cazurros y no se enteran aunque les hagas el baile de la serpiente estilo “Abierto hasta el Amanecer”. Hazme caso, que a veces estoy sembrado y hoy es el día.

    Así que, ármate con tu mejor sonrisa, tu voz más sensual y pégale una hostia de las de “Diof, me ha folado todof los dientef” y luego dile “¿en tu casa o en la mía?”.

    O te confunde con Superdominatrix o capta la indirecta a la primera.

    De nada.

    • No soy yo, en esta ocasión, ni Menganita, ni Zulanito ni ninguno de los “protas”… simplemente tenía el tema en el tintero y me dieron ganas de sacarlo a pasear. De hecho, si de algo tengo que quejarme hoy es de la falta de drama romántico-existencial, de aburrimiento, y no de desatadas pasiones precisamente.
      Y en cuanto a tu consejo… se agradece igual, aunque creo q me decanto por métodos más sutiles 😉

      • Ni tú eres Menganita ni yo Zutanita, sino una tercera voz que se expresa a través de mis dedos.

        A veces se me toma demasiado literalmente. Mea culpa.

  2. Si es que la cabeza no hace más que estorbar la mayoría de las veces. Cuando un tren pasa por delante nuestro, deberíamos “quitarnos de en medio” y dejar que actúen nuestros instintos más irracionales. O se entra o se sale, pero quedarse en la puerta solo sirve para molestar (y además es aburridísimo).
    Y si, yo también he sido Perro Mojado en un par de ocasiones y cada vez que me acuerdo no me reconozco…

    • Ajajaja, de hecho así se llamaba inicialmente esta entrada, “Todos somos perros mojados” :p
      Yo me reviso, todo el tiempo, o lo intento, con casi tantas ganas como hago lo contrario, ponerme ‘en off’… Aún así, repito agujeros en más de una ocasión.

  3. Mmmm…estoy de acuerdo, suele pasarnos eso de no darnos cuenta de lo que tenemos justo delante de nuestras narices… pero creo que es muy dificil que cambiemos esa estupidez supina que nos lleva a sentirnos atraidos por lo imposible e incluso a veces prohibido. Digamos que nos dejamos llevar demasiado por el morbo y la excitación. En el fondo nos dejamos llevar por nuestra parte más irracional en estos casos y eso es complicado de solucionar.
    Besos guapa!!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s