En la cama V: Sábanas perversas

hotel new york 2Vestía con elegancia, traje negro y camisa blanca, pero en realidad estaba desnudo. Frente a mí, en ese espacio sin reglas que encontró refugio en el centro vacío del abrazo -¡colisión más bien!- de nuestros dos mundos, Andrés sólo fue Andrés, su pulpa, mi alimento: no su ropa, no su nombre y -qué duda cabe- no su puta sangre ni sus genes malditos.

Nos arrojamos el uno sobre el otro incluso antes de tocarnos, porque lo que íbamos a vivir estaba ya vivido. A centímetros de distancia nos olimos, como dos cachorros de hiena probando su alimento, y nos desnudamos con la mirada quieta para observarnos con los ojos del hambre y con los del alma.

Los años lo habían tratado bien, pero cada signo no reconocido era como una herida para mí, un recordatorio de lo concreta que podía ser en él mi ausencia. Sin poder evitar que me adivinara, como tantas otras veces, retrocedí un par de pasos e intenté sonreír, pero él no se movió, dispuesto a llegar hasta el final de nuestro escrutinio. Noté en ese momento que tenía una pequeña cicatriz bajo el mentón y estiré el brazo para tocarla. Entonces me cogió la mano y me acercó hacia sí, sin brusquedad pero con firmeza, para posar sus labios en el nacimiento de mi cuello. Cerré los ojos para cabalgar sobre mi piel montada en su aliento, pero al sentir sus dientes hundiéndose con decisión apresurada en mi carne el suave batir de las alas de una mariposa se convirtió en tornado, dividiendo el mundo entre lo que está dentro y lo que está fuera, lo que importa y lo que no. Grité entonces, con esa densidad y esa falta de contención que tienen los gritos atrapados largamente en las entrañas, bebiendo de sus dientes feroces la sombra de su amor. Sólo me soltó cuando empezaron a brotar las lágrimas.

– Deja salir el dolor. Clama, llora, escúpelo cuanto puedas, porque ya no cabe más entre nosotros. Y esta noche no hay sitio para él- me susurró al oído.

– Nunca lo entendí hasta ahora, esa sensación. Podrías matarme y moriría sintiéndome liberada, besando tus manos asesinas.

– Nada de eso, yo te quiero viva. Y mía.

beso ok

Besarlo y beber de su saliva los restos salobres de mi propia sangre fue como entrar a alta velocidad en un túnel vacío después de años de luces enceguecedoras. Y aunque la sensación se me revelaba frágil, volví a sentir por unos segundos que pertenecía, que en este mundo había un sitio para nosotros y que siempre sabríamos como volver pese a todo. En el sabor de Andrés no cabían argumentos, en el lado del mundo en el que él estaba las razones llegaban deslucidas, fantasmagóricas.

– Tendríamos que haber nacido primitivos- murmuré-. Quiero decir, en la prehistoria. O en alguna tribu de esas…

– No te detengas y ya. Corre por tu alimento, sin mirar atrás. Estas cuatro paredes son nuestra selva, aquí somos libres.

Como si sus palabras hubieran puesto fin a un conjuro, lo empujé suavemente sobre la cama y me incliné sobre él, luchando contra el deseo de tragarme su polla de inmediato. Apenas aguanté un par de lamidas ávidas, quería sentir cuanto antes su miembro vivo y caliente dentro de mi boca, su glande conquistando mi garganta. Quería follarlo, sorberlo y amarlo con la fuerza de mis labios, que se negaban a liberar a su prisionero. Aguantó bastantes embates pero terminó soltando un par de rugidos, y me tiró sin clemencia del pelo para apartarme. Se incorporó entonces, emergiendo de sí mismo con una sonrisa torcida, y me besó el labio inferior. Temí que me lo mordiera y aspiré un suspiro que no pasó desapercibido. Él estrujó mi mentón entre mis dedos, y me acercó la polla a la cara.

– ¿Todavía tienes hambre?-, preguntó.

– Mucho.

– Bien. Quiero durar cuando te folle, que ya no puedas más y me supliques que pare. Quiero que mañana te cueste caminar, que me lleves en cada uno de tus pasos. Quiero follarte por cada uno de estos años perdidos, porque alguien me los debe y ya no me importa quién. Ahora tú me los vas a devolver.

Mientras hablaba se sacudía la polla con movimientos convulsos. Nunca se la había visto tan grande como ese día entre sus dedos agarrotados, tan hinchada que parecía que iba a explotar, las arterias aguantando a duras penas el tránsito furioso de su sangre. Acerqué mi boca abierta de pajarillo y lo que me cayó encima fue un alud denso como la noche, con gusto a mar y a aullido.

Cumplió su advertencia. Me embistió sin compasión, reconquistando desde la primera entrada su derecho a poseerme. Oleadas metálicas me retumbaban por dentro, cada vez más grandes, más absolutas. Perdí la cuenta de sus erupciones y mis remolinos, sólo puedo decir que juntos llegamos al centro de la galaxia para flotar en un espacio sin continuidad.

Eso y que al día siguiente (¡y unos cuantos más!) no pude evitar caminar como robot. Y acordarme de él, claro. Aunque eso lo habría hecho de todas maneras, con o sin advertencia cumplida. Pero eso ya es adelantarse, y cuando se intenta ir demasiado rápido se corre el riesgo de ver derrumbarse nuestro castillo de naipes, porque siempre se derrumba al final. No hay ninguna bendición en la clarividencia.

De cualquier manera, si me lo hubieran preguntado en ese momento, hubiera asegurado que mi castillo era frágil por el lazo que nos unía. Pero no. Era realmente lo que nos separaba la carcoma de sus cimientos.

castillo 2

No hablamos mucho mientras recuperábamos el aliento, atrapados por el demandante relajo de nuestros cuerpos. Restos de sombra y de máscara de pestañas se habían quedado adheridos a la blanquísima funda de una de las almohadas, dibujando la silueta de dos ojos sin rostro, ligeramente asustados. También nuestras pieles oleosas habían dejado su rastro sobre las finas sábanas de algodón egipcio del hotel. Miré a Andrés y esbocé una sonrisa, pero algo de la pureza del momento se había perdido.

– Necesito un baño- le dije.

– Y yo.

Me siguió hasta la enorme bañera, que llenamos con agua tibia y el contenido de unos botes de cristal que descansaban en una repisa junto al lavamanos (sales, aceites, espuma, bombas efervescentes… no faltaba de nada). Cuando todo estuvo preparado nos sumergimos juntos en nuestro lecho acuático, yo recostada sobre él, la punta de su miembro haciendo cosquillas en mi culo. Abrí un poco mis carnes y lo dejé reposar allí, sin permitirle realmente la entrada. Él apretó un poco más su abrazo y cruzó sus tobillos sobre mis muslos.

Nos quedamos allí lo suficiente como para que el agua comenzara a refrescar mis enfebrecidos genitales. Sólo entonces me di cuenta de que tenía la garganta seca y me giré, intentando ponerme de pie.

– ¿Dónde vas?- preguntó Andrés empujando hacia abajo mis hombros con sus manos. Me quedé donde me dejó, de rodillas.

– No te vayas –insistió-. ¿Qué quieres?

– Tengo sed.

– Abre la boca.

boca, beberCerré los ojos y le obedecí, pensando que iba a masturbarse nuevamente, pero en lugar de eso lo que llegó hasta mis labios fue el sabor inconfundible de un chorro de orina (pese a que hasta entonces nunca la había probado), que después continuó su recorrido por mi barbilla, pechos y ombligo. Me imaginé que con ello me liberaba de cualquier atadura que aún pudiera existir aún entre nosotros, y me incliné hacia atrás para permitir que su líquido dorado me limpiara bien, sin dejarse nada. Pese a la seguridad de sus movimientos abrió los ojos con cierto asombro, aunque sin duda complacido. Cuando hubo terminado me hizo girarme hacia la pared, a gatas y de espaldas a él, al tiempo que cogía el bote con el aceite, depositando una cantidad generosa sobre la palma de su mano. Torcí la cabeza en un ángulo casi imposible. En escasos segundos su erección se había vuelto enorme nuevamente.

– Sé que no es lo mismo, pero…

De un manotazo en cámara lenta me esparció el aceite alrededor del ano, flexionando ligeramente los dedos para dejar entrar un poco más allá el unto. Acto seguido, sin ningún tipo de aviso o contemplación, me hundió la polla bastante más adentro de lo que hubiera esperado para una primera embestida. Me sorprendió que no me hiciera ningún daño, deslizándose dentro de mí con inesperada fluidez. Inmediatamente sentí una garra de terciopelo apretando mi garganta, mientras cosquillas zumbonas escalaban por mi columna. Andrés se enterró hasta el fondo de mí mientras me penetraba el coño con los dedos. No grité, pero todo se quedó suspendido. Entonces me empujó hacia atrás y comenzó a follarme elevando violenta y repetidamente la pelvis, mientras yo daba saltos sobre sus carnes resbalosas, fascinada con esa montaña rusa anal que hasta entonces no había experimentado. Cuando me puse de pie sus líquidos chorreaban entre mis glúteos y piernas, para ir a perderse entre las pequeñas olas de nuestra ciénaga perfumada.

– Pensé que ya nada podría excitarme- soltó él de pronto-. Crucé tantas líneas intentando recrear una sensación parecida a ésta que todo se terminó desdibujando, perdió sentido. Y ahora que estoy aquí lo veo claro: Si éste es un amor enfermo, prefiero la enfermedad. Mi destino eres tú o no es ninguno.

– No pensemos en destinos ni en mañanas, por favor- le contesté, cerrando el paso a la congoja-. Mientras menos se meta la cabeza en todo esto, mejor.

– Aún así, no podemos negar lo innegable. Aunque no quieras hablar de ello.

– ¿Quieres tú? ¿De verdad quieres hacer eso ahora?

– No-, concedió tras unos instantes-. Lo que quiero es pedir servicio a la habitación y reponer energías, para que no te puedas librar de mí tan fácilmente.

“Eso no podría hacerlo ni dedicando toda mi vida a ello”, pensé, pero en lugar de decir algo le guiñé un ojo.

– ¿Te apuntas entonces?- preguntó poniéndose de pie.

– Me parece la mejor idea del mundo mundial-, le dije con una sonrisa en la que cabían todas las preguntas y ninguna respuesta.

Lo vi alejarse en ese momento, y ese breve trayecto que habría de recorrer camino al teléfono, centímetro a centímetro más lejos de mí, se me volvió de pronto intolerable. Entonces fue como si me hiriera un rayo, como si, sin más, me alcanzara de lleno la certeza de nuestra condena. Y el grito salió de mí sin aviso, sin pasar por mi cerebro, expulsado desde el centro mismo de todo lo que no tiene cuerpo hacia ese mundo hostil que le extendía sus engañosos brazos.

– Hazme un hijo, ahora, esta noche.

– ¿Cómo dices?- preguntó en un susurro, el gesto congelado. No supe descifrar si lo que había en su mirada era confusión u otra cosa.

– Sabes que lo nuestro no es posible, que no va a durar. No depende de nosotros. Sería una manera de tenerte por siempre.

– ¿Y qué pasó con eso de darle un hogar a un niño abandonado?

– Ese es un sueño que ya no cumplimos. Hace mucho que renuncié a él. Pero no puedo renunciar a ti, no del todo-, insistí.

– Eva…

– Yo te amo. Tú me amas. Sería un hijo del amor. No hay más.

Lo miré largamente. Y entonces cerré los ojos y contemplé la selva virgen que se extendía frente a mí, llenándome de su verdor. Aterrada, pero fuera al fin de mis enmohecidos barrotes, me encontré cara a cara con mi deseo y lo abracé, dispuesta a darle la bienvenida. Juntos esperaríamos lo que hiciera falta la llegada de Andrés. Tenía que llegar. Estábamos tan cerca.

 

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33 pensamientos en “En la cama V: Sábanas perversas

    • Los iba a poner a sufrir un poquillo más, pero un comentario tuyo en el post anterior me hizo darle una vueltecilla de tuerca al relato, así q de alguna manera trasladé el “antagonista” de dentro hacia fuera… Bueno, q así no queda muy claro, pero q sepas q tu granito de arena circula entre sus líneas..

      • Ay, que creo que se por donde vas… aunque no haces más que sorprenderme, así que no lo tengo nada claro!. Sea como fuere, me llena de orgullo poner granitos en tus relatos.

        • No es q haya efecto sorpresa ni nada, simplemente q en mi cabeza en esta parte del relato ambos se mostraban más reacios a entregarse a los brazos del otro… y entonces me hiciste pensar, y vi q yo misma, en mi calidad de marionetista que mueve los hilos de esta historia, era la primera dispuesta a dejarme condicionar por su calidad de hermanos, en lugar de permitirles explorar un poquito más allá…

  1. La gente del bus ha tenido que flipar con mi cara cuando acabé de leer. Dios mío me parece un final tan triste, o sea me gusta, pero es muy triste. Me he emocionado tanto que he terminado con lágrimas en los ojos.
    Eres increíble escribiendo Ava.
    Un beso enorme!! 🙂

    • Realmente me entregué a la escritura de este capi (mi cara de zombie hoy así lo atestigua, jeje), y me emociona muchísimo ver que ese trabajo se percibe… Muchísimas gracias por tus palabras, otro beso enorme! 🙂

  2. Consternado descubro que has cambiado la historia a un nuevo hilo que encuentro totalmente opuesto con la trama hasta ahora exhibida. Sin embargo, dado que retornas a viejos páramos ya explorados y a viejos guiños que ambos apreciamos, tengo que confesar que, en esta primera lectura, me ha gustado este reencuentro sabanero.

    Como tengo que releerlo más tarde, me reservo alguna cosa para luego, incluída mi tradicional pulla eroticofestiva que tú tan salazmente ignoras, haciendome sonreir en el proceso.

    Besospanda.

      • Oh… cualquier argumento que no incluyera un matiz de gris en las relaciones ella-él. Una evolución menos abrupta de “Heidi y Pedro”, que de repente se han convertido en “Maximilian y Lucia” (sí, te acabo de contar una de mis fantasías favoritas).

        Eso sí, me gusta leerte decir “polla”. Y también “Si éste es un amor enfermo, prefiero la enfermedad.” El héroe byroniano con la polla dura y en pleno esplendor. Olé.

        • ¿En serio? Te parece que habiendo pasado años, y después de saber y vivir lo q esos dos han sabido y vivido, los personajes pueden tener continuidad?
          Sé q no soy muy buena aceptando críticas, jeje, pero últimamente llevas un rollo de “relatosalacarta.com” que ni te digo…
          Anyway, me alegra que te guste leerme decir polla. Lo tienes muy fácil para estar a gusto entonces! En casi todas las entradas de mi blog te encuentras unas cuantas veces la palabrilla, jijiji…
          Por cierto, esos tales Maximilian y Lucia… ni puta idea! 😮

          • Has escrito “puta”… ¡Cásate conmigo!

            Cierto. Soy un poco “gourmet” literario, y como eres buena, soy exigente 😉

            Vale. Es lógico que pasados los años los personajes evolucionen. Pero el cambio aparece demqsiado bruscamente. Just sayin’

            Max y Lucia son los protas de “El pprtero de noche”.

  3. Solo paso para decirte que hoy encontré tomates secos en el súper y no he podido resistirme a la tentación de probar un especial “tienda gourmet”. Delicioso! (Al menos mi versión).

  4. Jejejeje, qué copión!!! Yo también me preparé uno parecido hace un par de días, sólo q en lugar de pan de nueces era de centeno, y además de queso y tomase seco le puse rúcula 😉
    El tuyo qué llevaba???

  5. A ver. Usé un pan payés. Majé en un mortero unas cuantas nueces con los tomates picaditos, añadiendo un chorrito de un buen aceite de oliva virgen para que emulsionase la mezcla. Añadí queso batido tipo Filadelfia extendiendo todo sobre el pan tostado aún caliente y lo acompañé con un vinillo rico .
    Seguro que así las conquistaba el padre de Eva…

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