500 palabras

Escribo con los dedos aún húmedos. Húmedos de mí. Oliendo a mí…

Dije que tal vez te imaginaba esta noche. No era una intención firme, esa es la verdad. A veces simplemente me gusta perderme entre el oleaje. Pero entonces apareciste, atravesando mis aguas con tu mástil insolente, sin esperar invitación…

¡Bienvenido a la fiesta!

zapatos de tacónEstamos en la habitación de un hotel. Hemos cenado, nos hemos reído y nos hemos quitado todo el ajetreo del cuerpo con un baño tibio y reponedor (sí, las chicas solemos partir por el principio, jeje… Se llama “crear ambiente”). Yo llevo ropa interior, ligas negras y zapatos de tacón (¿fetichismo dijiste? ¡Espera a que saque a pasear mi lado sado y camine sobre ti con ellos puestos!). Tú no llevas nada, ya sabes cómo me pone verte así, más polla que cuerpo. Nada más se necesita…

Tengo dos deseos, así que me acerco a tu oído y te los digo bajito. El primero es que esta noche quiero un poco de dolor en el menú, pero acompañado de un buen manejo del tempo. A fuego lento, in crescendo

Te susurro que lo tienes todo para besar, morder, apretar, arañar, fustigar. Pezones, pechos, muslos, glúteos, los caminos de mi espalda… Ve de a poquito y llega lejos. Mi cuerpo está carnívoro.

Me preguntas entonces qué más quiero, y lo que quiero es rendirme a tus deseos. Sólo por hoy, así que aprovecha.

Por si no ha quedado claro, lo que te ofrezco es una moneda de dos caras: quiero que me pidas que haga y te haga todo lo que te apetezca que haga y te haga, pero sin reprimirte… No vale invitar a la cabeza, estamos en territorio libre. Y quiero, además, que me hagas todo lo que te apetezca hacerme, sin preguntar.

¿Quieres que me ponga de cara a la pared? ¿Contra la ventana? ¿Qué vaya a gatas por mi premio? Lo haré, faltaba más.

¿Quieres ver cómo me toco? Hasta el éxtasis si quieres, gritando tu nombre o el de la deidad que prefieras.

¿Quieres un baile? Lo verás, sólo elige la música y túmbate a mirar. Y si quieres también te acomodo los almohadones.

¿Juegos de roles? El que prefieras, se me ocurren varios que no requieren disfraz. ¿Qué tal un profesor con mala leche? Me encantaría probar su cinturón… Mmm, hay tantas maldades que lo pueden hacer enfurecer…

¿O tal vez prefieras probar tú esos tacones en tu espalda? Claro, todo entra en el menú. Si hay que ponerse canalla me pongo canalla. Ya sabes que también tengo una ‘selfie’ perversilla que cada tanto se asoma a jugar.

En cuanto salga de tu boca lo tendrás.

O simplemente cógelo. Ya te lo dije, esta noche mandas.

¿Ya te has hecho a la idea? Yo estoy llegando al final.

Así que ahora, si no te importa, me quedo sola con mi explosión espectacular, y después me voy a dormir, que mañana curro. Después de todo es mi fantasía, no la tuya…

El síndrome del perro mojado (o ese puto encanto de que no te paren bola)

La otra noche te espere bajo la lluvia dos horas, mil horas, como un perro,
y cuando llegaste me miraste y me dijiste loco, estas mojado ya no te quiero”.

La situación es un clásico, que levante la mano quien no la haya vivido a uno u otro lado de la medalla: Fulanito besa el suelo que pisa Menganita. La considera una diosa hecha mujer y estaría dispuesto a hacer cualquier cosa por ella, desde dejarse profanar sus más oscuros y no profanados rincones hasta procrear a sus hijos o poner todo su patrimonio a su nombre. Pero a Menganita no le termina de hacer “tilín”. Hasta que Fulanito se aburre y se las empluma, en busca de amantes más… dispuestas. Y para peor, las encuentra (aunque eso último no es requisito indispensable en este cuento). Y entonces Menganita, que no podrá creer lo mucho que ha dejado escapar, llorará su estupidez hasta la eternidad, porque ahora todo en ella es lucidez y cada rincón del cuerpo de Fulanito le parece deseable, cada una de sus bromas divertidas y cada gesto un reflejo de la grandeza de su corazón.

Por supuesto la historia también funciona al revés. Zutanito lleva años pasando del nada despreciable culo de Perengana, que ha intentado hacerle ver, de todas las maneras posible, lo conveniente y chupi que sería que estuvieran juntos forever and ever. Hasta que algo en Zutanito comienza a derretirse. Tal vez es que pasan los años, tal vez sus otras amigas no han envejecido igual de bien, tal vez de pronto se da cuenta de que se siente solo, o escucha la llamada del amor… La cosa es que la empieza a ver con otros ojos, y decide dar el salto, darle más, darse más. Y Perengana, que ha prendido cuanta vela ha encontrado en el chino de la esquina para empaparse del amor de Zulanito, que le ha rezado a todos sus santitos y ha soñado por las noches con yacer al lado de ese hombre, de pronto empieza a sentir que ya no lo desea tanto, que entre sus brazos no luce igual, que de cerca ha perdido brillo. No sabe por qué, no es lo que hubiera querido, pero no depende de ella realmente.

¿O sí?

No tengo nada parecido a una respuesta. Y aunque intento permanecer alerta y no permitir que semejantes tejemanejes existenciales me perturben, no siempre he conseguido permanecer inmune a los efectos del síndrome del “perro mojado” (me lo acabo de inventar, por si las moscas… ¿cómo va eso del copyright???). Porque por más gilipollas que suene el asunto en papel, hay algo que va más allá del raciocinio, una especie de cosquillita, un calorcito, un je ne sais quoi emanando directamente de lo inalcanzable que nos pierde. Algo que moldea el deseo, arrojándolo fuera de nuestra esfera y alejándonos cada vez más del control.

No descarto que en este querer permanentemente lo que no se tiene, pueda existir algún regustillo “bio”, alguno de esos guiños fascinantes y medios perversillos con los que la madre naturaleza nos sorprende cada tanto: Por decir algo, se me ocurre que por el rollo de la procreación podría ser bueno que no nos quedemos con la primera conquista que caiga a nuestros pies. O sea, algo así como darle valor a la dificultad: Para comerse el pasto más rico hay que subir más arriba en la montaña, aún a riesgo de despaturrarse en el camino. Y quien no quiere ser la cabra más fuerte.

Ahora, que lo dicho es sólo por dejar la puertecilla abierta, tampoco se trata de echarle las culpas de todo a la creación, el cosmos o los ciclos de la luna… De hecho, si tuviera que aventurar una teoría, me decantaría más por nuestra propia estupidez, porque probablemente muchas raíces de este tipo de comportamientos “románticos” se alimenten en una  inclinación que tenemos los seres humanos hacia el sufrimiento, agravada por siglos de condicionamientos culturales, familiares y/o religiosos. Y así vamos por la vida, como cabras de cerebros diminutos, sintiendo que lo más difícil -y lo que más nos duele- es lo mejor, que vale más si nos ha costado sangre, sudor y lágrimas. Sin ser capaces de ver, muchas veces, los pelotones de pasto verdísimo que nos esperan en las mismísimas faldas de la montaña.

Pensadlo un poco: ¿Vale… la pena?

Ya, descubrí América por teléfono, como se dice en mis terruños…

perro_lluvia (CC ángel palomo)(Crédito de la imagen: Ángel Palomo. http://angelpalomoilustracion.blogspot.com).

Porno-Wes

http://cussyeah-wesanderson.tumblr.com/Si sois relativamente angloparlantes y os gusta Wes Anderson (a mí sí, aunque reconozco que de un tiempo a esta parte me está costando distinguir una peli de otra), os dejo este corto de un tal Nacho Punch, una especie de homenaje en rollo “parodia porno” al trabajo del director texano.

No he podido conseguir mucha más info, pero el corto se titula ‘The Grand Sausage Pizza’ y, sobre la base de la típica historia chorra del repartidor de pizza dotado de un pollón que llama a la puerta en la casa de una lolita sola (amén de protuberante y deseosa), Punch echa mano a los recursos más reconocibles de Anderson (estética, tono, primeros planos, antihéroes, referencias escritas…) logrando con ello un resultado bastante aceptable… hasta me atrevería a decir que a prueba de fans!

Es cierto que de la mezcla “melancolía y libido” sale un cóctel un tanto marciano, pero los que buscáis maneras más variadas y “frescas” de entender -¡y ver!- el mundo del triple X, no os vayáis sin darle una mirada a este porno al estilo Wes… Es una chorrada, sí, pero tiene lo suyo. Además, son sólo tres minutos 🙂

PD: Piel no se ve, por si alguno se estuvo entusiasmando. Aviso, x si las flies…

(La cadencia de Anderson y los hervores de la sangre… un mix un tanto imposible!)

 

En la cama VI: La caída

Es increíble todo lo que cabe en unos pocos segundos. Una vida entera cabe, y eso ya es mucho decir, sobre todo si se ha vivido una como la mía. Extiendo los brazos, porque aún me da tiempo a hacerlo, y cierro los ojos…

Hace frío hoy.

New York

¿Por qué regresar a Nueva York?

Porque aquí comenzó nuestra historia realmente, aquí fui feliz. Fuimos felices.

Desde un principio sus calles nos aceptaron como lo que éramos.

En ellas nos reímos, lloramos, celebramos la enorme dicha de traer al mundo un hijo sano. Aquí dio Andresito sus primeros pasos.

También es cierto que esta ciudad me quitó a Andrés, pero hoy he venido a que me lo devuelva. No quiero nada más.

Bueno, sí. Me gustaría volver a abrazar a mi hijo.

Ver amor en sus ojos por última vez.

Me gustaría que nunca hubiésemos cogido ese avión los dos para ir al funeral de Manolo, o al menos que Manolo no le hubiese dejado esa carta, esa jodida carta.

De cualquier manera, me gustaría que hubiese sabido entender, perdonar.

Pero él tampoco tuvo tiempo. Los recuerdos de nuestra felicidad eran demasiado lejanos. Andrés se fue muy pronto.

Me gustaría saber dónde está ahora, qué hace con su vida. Si aún me odia. Al menos su padre se libró de esa amargura. Nunca sabrá cómo quema.

Su padre. Mi hermano. Como ansío estrecharlo entre mis brazos. Aún ahora, cuando creí que ya no sería capaz de desear nada, su ausencia me lame la piel hasta gastarla.

¿Tendré que rendirle cuentas a alguien? No lo sé. ¿Cómo se pagan los orgasmos prohibidos? ¿Se perderá su sabor en mi boca? ¿Será el olvido mi penitencia?

Estoy llegando casi…

New York

Siempre pensé que el rostro de Andrés sería lo último que vería. No el rostro del Andrés enfermo, agónico, derrotado. No. El rostro de mi Andrés, ese que aún tenía fuerzas para adorarme, el que lo desafió todo conmigo. El único hombre que he amado en la vida. Pero no. Es mi propio rostro lo que veo, y por todas partes pavimento. Eso y la sangre, oscura y densa, saliendo de mi cuerpo. Yo ya estoy fuera, así que no siento dolor. Tampoco paz en todo caso. No hay nada, ni siquiera las cuatro letras de esa palabra: n a d a. Si aún pudiera pensar, pensaría que me he equivocado, y mucho: Andrés no está aquí. Afortunadamente, ya no puedo hacerlo.

 

 

En la cama V: Sábanas perversas

hotel new york 2Vestía con elegancia, traje negro y camisa blanca, pero en realidad estaba desnudo. Frente a mí, en ese espacio sin reglas que encontró refugio en el centro vacío del abrazo -¡colisión más bien!- de nuestros dos mundos, Andrés sólo fue Andrés, su pulpa, mi alimento: no su ropa, no su nombre y -qué duda cabe- no su puta sangre ni sus genes malditos.

Nos arrojamos el uno sobre el otro incluso antes de tocarnos, porque lo que íbamos a vivir estaba ya vivido. A centímetros de distancia nos olimos, como dos cachorros de hiena probando su alimento, y nos desnudamos con la mirada quieta para observarnos con los ojos del hambre y con los del alma.

Los años lo habían tratado bien, pero cada signo no reconocido era como una herida para mí, un recordatorio de lo concreta que podía ser en él mi ausencia. Sin poder evitar que me adivinara, como tantas otras veces, retrocedí un par de pasos e intenté sonreír, pero él no se movió, dispuesto a llegar hasta el final de nuestro escrutinio. Noté en ese momento que tenía una pequeña cicatriz bajo el mentón y estiré el brazo para tocarla. Entonces me cogió la mano y me acercó hacia sí, sin brusquedad pero con firmeza, para posar sus labios en el nacimiento de mi cuello. Cerré los ojos para cabalgar sobre mi piel montada en su aliento, pero al sentir sus dientes hundiéndose con decisión apresurada en mi carne el suave batir de las alas de una mariposa se convirtió en tornado, dividiendo el mundo entre lo que está dentro y lo que está fuera, lo que importa y lo que no. Grité entonces, con esa densidad y esa falta de contención que tienen los gritos atrapados largamente en las entrañas, bebiendo de sus dientes feroces la sombra de su amor. Sólo me soltó cuando empezaron a brotar las lágrimas.

– Deja salir el dolor. Clama, llora, escúpelo cuanto puedas, porque ya no cabe más entre nosotros. Y esta noche no hay sitio para él- me susurró al oído.

– Nunca lo entendí hasta ahora, esa sensación. Podrías matarme y moriría sintiéndome liberada, besando tus manos asesinas.

– Nada de eso, yo te quiero viva. Y mía.

beso ok

Besarlo y beber de su saliva los restos salobres de mi propia sangre fue como entrar a alta velocidad en un túnel vacío después de años de luces enceguecedoras. Y aunque la sensación se me revelaba frágil, volví a sentir por unos segundos que pertenecía, que en este mundo había un sitio para nosotros y que siempre sabríamos como volver pese a todo. En el sabor de Andrés no cabían argumentos, en el lado del mundo en el que él estaba las razones llegaban deslucidas, fantasmagóricas.

– Tendríamos que haber nacido primitivos- murmuré-. Quiero decir, en la prehistoria. O en alguna tribu de esas…

– No te detengas y ya. Corre por tu alimento, sin mirar atrás. Estas cuatro paredes son nuestra selva, aquí somos libres.

Como si sus palabras hubieran puesto fin a un conjuro, lo empujé suavemente sobre la cama y me incliné sobre él, luchando contra el deseo de tragarme su polla de inmediato. Apenas aguanté un par de lamidas ávidas, quería sentir cuanto antes su miembro vivo y caliente dentro de mi boca, su glande conquistando mi garganta. Quería follarlo, sorberlo y amarlo con la fuerza de mis labios, que se negaban a liberar a su prisionero. Aguantó bastantes embates pero terminó soltando un par de rugidos, y me tiró sin clemencia del pelo para apartarme. Se incorporó entonces, emergiendo de sí mismo con una sonrisa torcida, y me besó el labio inferior. Temí que me lo mordiera y aspiré un suspiro que no pasó desapercibido. Él estrujó mi mentón entre mis dedos, y me acercó la polla a la cara.

– ¿Todavía tienes hambre?-, preguntó.

– Mucho.

– Bien. Quiero durar cuando te folle, que ya no puedas más y me supliques que pare. Quiero que mañana te cueste caminar, que me lleves en cada uno de tus pasos. Quiero follarte por cada uno de estos años perdidos, porque alguien me los debe y ya no me importa quién. Ahora tú me los vas a devolver.

Mientras hablaba se sacudía la polla con movimientos convulsos. Nunca se la había visto tan grande como ese día entre sus dedos agarrotados, tan hinchada que parecía que iba a explotar, las arterias aguantando a duras penas el tránsito furioso de su sangre. Acerqué mi boca abierta de pajarillo y lo que me cayó encima fue un alud denso como la noche, con gusto a mar y a aullido.

Cumplió su advertencia. Me embistió sin compasión, reconquistando desde la primera entrada su derecho a poseerme. Oleadas metálicas me retumbaban por dentro, cada vez más grandes, más absolutas. Perdí la cuenta de sus erupciones y mis remolinos, sólo puedo decir que juntos llegamos al centro de la galaxia para flotar en un espacio sin continuidad.

Eso y que al día siguiente (¡y unos cuantos más!) no pude evitar caminar como robot. Y acordarme de él, claro. Aunque eso lo habría hecho de todas maneras, con o sin advertencia cumplida. Pero eso ya es adelantarse, y cuando se intenta ir demasiado rápido se corre el riesgo de ver derrumbarse nuestro castillo de naipes, porque siempre se derrumba al final. No hay ninguna bendición en la clarividencia.

De cualquier manera, si me lo hubieran preguntado en ese momento, hubiera asegurado que mi castillo era frágil por el lazo que nos unía. Pero no. Era realmente lo que nos separaba la carcoma de sus cimientos.

castillo 2

No hablamos mucho mientras recuperábamos el aliento, atrapados por el demandante relajo de nuestros cuerpos. Restos de sombra y de máscara de pestañas se habían quedado adheridos a la blanquísima funda de una de las almohadas, dibujando la silueta de dos ojos sin rostro, ligeramente asustados. También nuestras pieles oleosas habían dejado su rastro sobre las finas sábanas de algodón egipcio del hotel. Miré a Andrés y esbocé una sonrisa, pero algo de la pureza del momento se había perdido.

– Necesito un baño- le dije.

– Y yo.

Me siguió hasta la enorme bañera, que llenamos con agua tibia y el contenido de unos botes de cristal que descansaban en una repisa junto al lavamanos (sales, aceites, espuma, bombas efervescentes… no faltaba de nada). Cuando todo estuvo preparado nos sumergimos juntos en nuestro lecho acuático, yo recostada sobre él, la punta de su miembro haciendo cosquillas en mi culo. Abrí un poco mis carnes y lo dejé reposar allí, sin permitirle realmente la entrada. Él apretó un poco más su abrazo y cruzó sus tobillos sobre mis muslos.

Nos quedamos allí lo suficiente como para que el agua comenzara a refrescar mis enfebrecidos genitales. Sólo entonces me di cuenta de que tenía la garganta seca y me giré, intentando ponerme de pie.

– ¿Dónde vas?- preguntó Andrés empujando hacia abajo mis hombros con sus manos. Me quedé donde me dejó, de rodillas.

– No te vayas –insistió-. ¿Qué quieres?

– Tengo sed.

– Abre la boca.

boca, beberCerré los ojos y le obedecí, pensando que iba a masturbarse nuevamente, pero en lugar de eso lo que llegó hasta mis labios fue el sabor inconfundible de un chorro de orina (pese a que hasta entonces nunca la había probado), que después continuó su recorrido por mi barbilla, pechos y ombligo. Me imaginé que con ello me liberaba de cualquier atadura que aún pudiera existir aún entre nosotros, y me incliné hacia atrás para permitir que su líquido dorado me limpiara bien, sin dejarse nada. Pese a la seguridad de sus movimientos abrió los ojos con cierto asombro, aunque sin duda complacido. Cuando hubo terminado me hizo girarme hacia la pared, a gatas y de espaldas a él, al tiempo que cogía el bote con el aceite, depositando una cantidad generosa sobre la palma de su mano. Torcí la cabeza en un ángulo casi imposible. En escasos segundos su erección se había vuelto enorme nuevamente.

– Sé que no es lo mismo, pero…

De un manotazo en cámara lenta me esparció el aceite alrededor del ano, flexionando ligeramente los dedos para dejar entrar un poco más allá el unto. Acto seguido, sin ningún tipo de aviso o contemplación, me hundió la polla bastante más adentro de lo que hubiera esperado para una primera embestida. Me sorprendió que no me hiciera ningún daño, deslizándose dentro de mí con inesperada fluidez. Inmediatamente sentí una garra de terciopelo apretando mi garganta, mientras cosquillas zumbonas escalaban por mi columna. Andrés se enterró hasta el fondo de mí mientras me penetraba el coño con los dedos. No grité, pero todo se quedó suspendido. Entonces me empujó hacia atrás y comenzó a follarme elevando violenta y repetidamente la pelvis, mientras yo daba saltos sobre sus carnes resbalosas, fascinada con esa montaña rusa anal que hasta entonces no había experimentado. Cuando me puse de pie sus líquidos chorreaban entre mis glúteos y piernas, para ir a perderse entre las pequeñas olas de nuestra ciénaga perfumada.

– Pensé que ya nada podría excitarme- soltó él de pronto-. Crucé tantas líneas intentando recrear una sensación parecida a ésta que todo se terminó desdibujando, perdió sentido. Y ahora que estoy aquí lo veo claro: Si éste es un amor enfermo, prefiero la enfermedad. Mi destino eres tú o no es ninguno.

– No pensemos en destinos ni en mañanas, por favor- le contesté, cerrando el paso a la congoja-. Mientras menos se meta la cabeza en todo esto, mejor.

– Aún así, no podemos negar lo innegable. Aunque no quieras hablar de ello.

– ¿Quieres tú? ¿De verdad quieres hacer eso ahora?

– No-, concedió tras unos instantes-. Lo que quiero es pedir servicio a la habitación y reponer energías, para que no te puedas librar de mí tan fácilmente.

“Eso no podría hacerlo ni dedicando toda mi vida a ello”, pensé, pero en lugar de decir algo le guiñé un ojo.

– ¿Te apuntas entonces?- preguntó poniéndose de pie.

– Me parece la mejor idea del mundo mundial-, le dije con una sonrisa en la que cabían todas las preguntas y ninguna respuesta.

Lo vi alejarse en ese momento, y ese breve trayecto que habría de recorrer camino al teléfono, centímetro a centímetro más lejos de mí, se me volvió de pronto intolerable. Entonces fue como si me hiriera un rayo, como si, sin más, me alcanzara de lleno la certeza de nuestra condena. Y el grito salió de mí sin aviso, sin pasar por mi cerebro, expulsado desde el centro mismo de todo lo que no tiene cuerpo hacia ese mundo hostil que le extendía sus engañosos brazos.

– Hazme un hijo, ahora, esta noche.

– ¿Cómo dices?- preguntó en un susurro, el gesto congelado. No supe descifrar si lo que había en su mirada era confusión u otra cosa.

– Sabes que lo nuestro no es posible, que no va a durar. No depende de nosotros. Sería una manera de tenerte por siempre.

– ¿Y qué pasó con eso de darle un hogar a un niño abandonado?

– Ese es un sueño que ya no cumplimos. Hace mucho que renuncié a él. Pero no puedo renunciar a ti, no del todo-, insistí.

– Eva…

– Yo te amo. Tú me amas. Sería un hijo del amor. No hay más.

Lo miré largamente. Y entonces cerré los ojos y contemplé la selva virgen que se extendía frente a mí, llenándome de su verdor. Aterrada, pero fuera al fin de mis enmohecidos barrotes, me encontré cara a cara con mi deseo y lo abracé, dispuesta a darle la bienvenida. Juntos esperaríamos lo que hiciera falta la llegada de Andrés. Tenía que llegar. Estábamos tan cerca.